CONVIDADOS DE PIEDRA
Me fui el otro día a la iglesia de San Sebastián calle Atocha a rezar por los difuntos de la tragedia del tren descarrilado.
En España por fas o por nefas a diario andamos de funeral. No había nadie en misa. El cura y yo solos y una sacristana medio coja en la iglesia del Desnudo Asaeteado, valiente mílite de la Legión Tebana cuya fiesta celebra SRI a 2o de enero.
En un interregno vi entrar a un caballero ataviado a la moda del siglo XVII; sombrero chambergo, jubón, polaina, medias rojas y chapines de oro que se pasaba por una de las naves, muy altanero él y con cara de pocos amigos; una pluma en el sombrero y las guías de los bigotes derechos como velas, espada al cinto.
En la iglesia dentro de una de las capillas del trascoro hay varios túmulos sepulcrales del mejor mármol de Carrera, unas tumbas arrodilladas, otras yacentes, sepultados con la mitra de obispos, los cardenales.
La escultura da vida a los atributos vitales de estos personajes. La del comendador don Gonzalo de la Mota, el comendador de Sevilla, muestra al viejo soldado de pie, mirando para el infinito. Enseguida, me di cuenta de quién pudiera ser el altivo personaje que acababa de trasponer el cancel del templo.
Era nada menos que don Juan Tenorio. Con paso firme y haciendo resonar las espuelas se dirigió a la tumba de don Gonzalo y le mesó la barba.
Para un español de aquellos años este gesto de agarrar la barba de un
vecino era, más que un insulto, un desafío. Al punto se produjo un estruendo
enorme y el comendador de Sevilla al cual dio muerte en duelo el Tenorio por
una cuestión de celos saltó del, pedestal desde donde contemplaba la eternidad
y dijo:
─Tú me desafías y yo os convido a
cenar. Daré con esa cena pago a tu atrevimiento.
Palideció don Juan Tenorio y
mucho se arrepentiría de su audacia porque dicho convite sería una bajada a los
infiernos lugar del que no volvería jamás; una cena de alacranes, víboras y
serpientes le esperaban con diablos con rabo sirviendo al comensal que
escanciaban el vino sobre el cuenco de recipientes de calaveras.
Olía a azufre. Salía humo.
No sé cómo me las arreglé para
encontrar la salida de tan infausto lugar, después de haber presenciado una escena tan
tremenda que es el final del Burlador de Sevilla.
Tirso de Molina con sabiduría dramática
colosal argumenta este drama de atadero atando todos los cabos. Y obliga al Tenorio a pagar su culpa.
Tal hiciste, tal pagaste. Ese
el mensaje que lanza a todos los vientos el insigne autor dramático.
El bien suena pero el mal truena.
El burlador de Sevilla, aquel
tratante de blancas del siglo de Oro para el cual nada se le ponía por delante
respecto a mujeres, que desvirgó a Isabela
la princesa, arrebató a Tisbea de los brazos de su marido, forzó a doña Ana de
Ulloa y consumó el matrimonio con Aminta la pescadora quitándosela a su
marido el día de la boda, paga sus fechorías.
Pero fray Gabriel Téllez, quien para
mí es el mejor dramaturgo del Siglo de Oro, nos hace sentir la contundente
fuerza del sexo, la volubilidad y debilidad de las mujeres y un ambiente
erótico como nunca conoció la historia en tal centuria. Largo nos lo fiais. Quien tal hizo que tal pague. Encontró al final de sus días siete hacheros encendidos y una sepultura abierta.
Ya más relajado por la visión o
sueño que acababa de tener dentro de aquel templo madrileño, después de Vísperas, por la calle la Cruz me dirigí a la Puerta del Sol y
tomé el metro, camino de casa pensando que en esta vida todos somos convidados
de piedra, émulos del burlador que se burla de nosotros.
jueves, 22 de enero de 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario