e ánimo. Estos caballeros, que se apiñan circunspectos con sus rostros ligeramente buidos por la tristeza colmada de serenidad ante la paleta del artista asisten ensimismados al portento. Héticos, silentes, con una punta de desequilibrio en el mirar - ¿para dónde miran esos ojos que parece que están viendo lo que acontece más allá?- los personajes que retrata el Greco bien pudieran ser alguno de aquellos hidalgos que vagaban por la Imperial Ciudad arriba y abajo de Zocodover y que para disimular el hambre publicando que habían comido salpicaban la barba de unas migajas de pan. Almas ardientes embutidas en estómagos vacíos vivían una segunda vida interior de absoluta indiferencia frente a las cosas de este mundo. El autor se desentiende de su obra y el Greco tiene poco que ver con esta austeridad. Sus biógrafos afirman que gracias a sus cuadros nadó en la abundancia y se condujo munificente como Creso en una Toledo empobrecida y demacrada pese a ser entonces la corte. Es el pintor de cámara de la “dives toletana”[i] llevando una existencia regalada en aquel palacio de alquiler, que contaba con veinticuatro estancias, propiedad del quiromántico marqués de Villena, del que decían las crónicas que ni palabra mala ni obra buena. El tren de vida y la fastuosidad del candiota, que ganó muchos ducados con el arte de Apeles, casan poco con la frugalidad de los personajes a los que traslada al lienzo. Todo arte emboza ya de por sí una contradicción. Aunque el Greco se asimiló plenamente a las costumbres y al espíritu de Toledo, identificándose con él, vivía como un veneciano. Incluso, contrataba músicos para que le amenizasen las comidas. Insistimos: la música es muy importante en la pintura solemne y celeste de este genio del cristianismo. No hay según eso una identidad plena entre retratista y retratados. Su forma de pintar es una manera diferente de entender el mundo, a través de esos semblantes con traza de llama, dotados de un singular dramatismo escénico. El estrabismo estético del autor les confirma una alargadera que algunos atribuyen a determinado defecto óptico del propio Theotocopoulos quien, según referencias, en los últimos años de su vida cayó en la locura. Pero tal extremo no ha podido ser probado y contiende con la envergadura de este griego transterrado y transtornado a Castilla que pintó Toledo como un verdadero sueño lunar bajo una luz lívida de ocres. Parece ser que la tesis sobre la enajenación mental del Greco se sustenta el haber pasado por la casa de locos del hospital del Nuncio de donde extrae los modelos para perfilar sus doce cuadros sobre el apostolado, cuadros conservados todos ello en el monasterio de las Pelayas de Oviedo. El Greco es un pintor de las almas y en todo alma hay un eco del infinito que se plasma en un cierto grado de enajenación. Tuvo infinidad de detractores. El más insigne fue el propio Felipe II, todo un conocedor y en lides pictóricas peritísimo pero que nunca llegó a entender su manejo de los colores. Tuvo un pleito con el cabildo de Toledo porque en el Expolio, inicio de la pintura de la edad moderna, se resiste a pintar a las tres marías a longe, como nos relata el Evangelio. De hecho, el propio monarca, que entendía de pintura, pero de gustos absolutamente convencionales, que no le permitía entender ni su estrabismo ni su tendencia a descoyuntar las figuras, como tampoco el áspero colorido con que formula las escenas de sus personajes atormentados - el Greco es una sabia combinación de lo ponderado y de lo desmedido-, mandó que fuese colgado en la sacristía del Escorial el famoso martirio de san Mauricio y la Legión Tebana encargando otro lienzo sobre el mismo tema y del que ahora apenas se habla a un tal Cincinatti. Este fracaso yuguló las aspiraciones del candiota a convertirse en pintor de cámara. Pero él, pintor de eternidades, nunca podría ser un pintor de cámara al uso. No han comprendido sus detractores que era un pintor de eternidades. Su obra permaneció minusvalorada sin un reconocimiento categórico hasta bien entrado el siglo XX. Domínicos Theotocopoulos (lit. El muy hijo de la madre de Dios) nacido en Candía en 1541 hace honor al título de su apellido. Rompe con los moldes clásicos y ya en Castilla abjura de su romanismo y de su helenismo para erguirse en portavoz del tétrico y a la vez sereno misticismo hispano. En su obra se presenta una antinomia entre lo real y lo ideal. Y pinta a base de crueles borrones impresionistas, muy poco convencionales pero que son de un gran efecto sobre todo en los paisajes de Toledo bajo la luna, cuando la luz circunfleja y espectral se derrama hasta derrumbarse sobre lo gollizos y cuchillares del Tajo. El Greco es poesía marial, el triunfo del bien sobre las fuerzas oscuras. Manuel B. Cossío, su indiscutible biógrafo, señala que en el Expolio nace la pintura moderna. Hay en él un exacerbamiento de la silueta, por lo que resulta uno de los tres grandes retratistas de todos los tiempos junto a Leonardo y Velázquez. Exégeta de los paraísos perdidos viene de la filocalía de los bizantinos. Es su obra de un platonismo excéntrico y de un cristianismo melancólico. El Greco en España se desentiende de sus maestros venecianos y queda transfijo ante los iconos fanariotas que lo vieron nacer. El resultado de esta mezcla de sangres es algo profundamente español: sus cuadros se entienden mejor mientras se escucha en lontananza a los coros del monte Athos. Carece por ejemplo de la desesperación y pathos del arte protestante. De Rembrandt pongamos por caso. Desconoce, asimismo, las estridencias de los bufones. Es un arte enteramente aristócrata, pero de un exotismo criollo, por lo de mezcla de credos, cuasi abrazador. Hasta en los locos del Apostolado se deja translucir un poso de cordura. Supo pintar a los locos de Cristo. El Caballero de la Mano en el Pecho y el busto de san Juan de Ávila refrendan ese supuesto. Arte incorrecto que rezuma corrección. Pinta las esencias, va al grano. Por eso se denomina pintor de pintores. De la vida del greco chipriota poco es lo que se sabe. Que provenía de una familia de recia estirpe cristiana que huyó de Constantinopla el año de la invasión de los turcos, 1453. Que antes de afincarse en Toledo, donde se casó y tuvo un hijo, Jorge Manuel, anduvo por Italia aprendiendo dibujo del Tizziano y de Rafael. Que supo transmitir al lienzo toda la carga de grandeza del alma de Castilla. Que tuvo muchos pleitos con el cabildo de la catedral, con la dirección del Hospital de Illescas por cuestiones que no hacen al caso y que murió en Toledo en 1616. Antonio Parra Galindo, periodista y licenciado en Filología. 14 de diciembre de 2002 CARTA A TOMÁS SALVADOR, UN VETERANO DE AQUELLAS ENCRUCIJADAS. Querido Tomás: Yo sé que me escuchas encaramado en lo alto de una garita, sita en los cuernos de aquella estrella, una de esas estrellas de las noches de noviembre, mes de las ánimas, de los duendes y los aparecidos, en esta tierra que abandonaste ya va para tres lustros. Centinela en tu garita, contemplarás las heladas aguas del Lago Ilmen, que fue para ti como una especie de mar de juventud y así recordarás los días pretéritos como cuando estabas apostado en un pozo de tirador frente a la estepa. ¿Te acuerdas? Hoy siento angustia, no precisamente una angustia de tu ausencia, sino el desaliento y el desazón ante el panorama que me circunda. Alzo la mirada y la primera impresión que atrapa mis ojos es que todas aquellas cosas contra las cuales tu pusiste tu vida al tablero allá en la lejana Rusia son materia triunfante. Esta angustia que me embarga viene tapizada de hojas amarillas, que, como un sudario de antiguo esplendor yerto, se derrumban sobre nuestros parques. La nieve ya corona las sierras y la lluvia otoñal desparrama sus aguaceros mientras a través del perfil de mi ventanuco oigo pasar a las bandadas de aves migratorias rumbo hacia el sur. Son el mejor presagio de la llegada del invierno. Las emisoras españolas radian historias de mareas negras. La mancha de petroleo del “Prestige” amenaza por el noroeste mientras por el sur siguen de arribada las lanchas y pateras del flujo inmigratorio que no cesa. Las cabeceras de los periódicos refieren matanzas y venganzas en espiral que no cesa y se enrosca como la cola del dragón apocalíptico, con surtido de eternos golpes y de contragolpes. El problema palestino, como el del hombre mismo, carece de solución y la tierra mientras tanto parece que se empeña en parir sombras. A costa de los coletazos del dragón encadenado cuyo perpétuum mobile no es sino el estrago y la destrucción, llámese terrorismo, fundamentalismo islámico u horda migratoria incontrolada, que están dando lugar a una presión demográfica y a un corrimiento de pueblos como se desconocía de la invasión de Roma por los bárbaros en el siglo quinto, o llámense mafias con sus secuelas de inseguridad ciudadana que se cierne sobre nuestras ciudades, tanto como la pornografía dura, la pornografía blanda y la pornopolítica, el galeón de nuestras vidas puede irse a pique. Por eso y por muchas cosas más esta tarde triste del mes de difuntos un sentimiento de zozobra me sobrecoge. Se me ha formado un nudo en la garganta. Es como si tuviese miedo por este mundo que me rodea tan frágil, siempre a punto de estallar. Dicen que siempre fue así pero ahora vivimos una guerra mucho más terrible si cabe que la que tú conociste a orillas del Voljov. Porque el enemigo no está fuera sino dentro de nosotros mismos, Tomás Salvador. Valentina Yushina me pide, con motivo de cumplirse el sexagenario de la batalla de Stalingrado, unas lineas para traer a colación la magna efemérides, en la que perecieron cerca de trescientos mil alemanes y que sería el primer golpe de azada con que Hitler excavó su propia tumba. Poco es lo que yo puedo aportar de mi propia cosecha, pobre de mí, que no haya sido consignado de antemano a la hora de contar aquella gesta que duró desde agosto de 1942 hasta febrero del año siguiente con la capitulación de Von Paulus. Se han escrito miles de libros y documentos al respecto. Pero hay una idea que no quiero dejar pasar por alto sobre todo después de haber releído tu gran novela, que aborda el cerco de San Petesburgo (Leningrado) por fuerzas alemanas y que lleva por título “División 250" y es el carácter homérico de aquella conflagración. Como si sus participantes asistieran a una alta ocasión que no volvería a repetirse en siglos. Este libro tuyo, Tomás, es un canto a la Rusia eterna en la que se barajan una serie de nociones proféticas a las que no habría de perder vista para comprender la actualidad y que se resumirían en dos apartados: l.- Las guerras de exterminio con sus miserias, inanidades, flagelos y heroísmos, se organizan en los altos despachos de las finanzas, pues todas responden a intereses económicos, por unos pocos, para que sean muchos los que padezcan sus consecuencias. 2. - Europa haría mal en vivir de espaldas a Rusia, un país que viene a ser su reserva espiritual y apéndice de sus propios sueños. Tolstoi, Pushkin, Gogol, Tchaikovsky, Rimsky Korsakov son manifestaciones de ese genio europeo tan precisos como el de Descartes, Kant o Shakespeare. Un talante que tiene mucho que ver con el cristianismo. Sólo ambas ideas harían a tu División 250 altamente recomendable pero hay en sus páginas otros atributos. En él se respira la poesía de la guerra, la esperanza de un mundo mejor, la compasión y el perdón hacia todos los que padecen los rigores del campo de batalla cualquiera que fuere su insignia. Tú ya sabías por eso mismo que las generaciones futuras no os iban a entender, pero no importa. “División 250" es en la actualidad un libro descabalgado, fuera de catálogo en España, y en Rusia son pocos los que lo conocen pues no creo que haya sido traducido. Están pidiendo a gritos la mano de un traductor para que el público lector de aquel gran país pudiese tener la versión de la otra parte, desde los que disparaban de este lado de las trincheras. Además es una obra de arte y las obras de arte están por encimas de las caducas maniobras de la política. Pero surge siempre una mano negra, dispuesta a impedir que los hombres de buena voluntad se entiendan. Esta ignorancia y este olvido en que ha caído tu obra, Tomás Salvador, me pone muy triste. Esta noche al escuchar los estampidos de los cañones de Stalingrado es como si escuchase las campanas tocar a clamor por los cerca de cincuenta millones de seres humanos que murieron en aquella gran tragedia. Cuando las guerras estallan dicen que la verdad causa baja y nace la propaganda. Las guerras carecen de criterios estéticos. Por eso precisamente. UNA NOVELA DE SEGISMUNDO LUENGO Por Antonio Parra. Tuvo Zamora siempre fama justa de ser tierra de buenos novelistas, escritores y periodistas. Por citar unos nombres: Rufo Gamazo, Agustín García Calvo, Bartolomé Mostaza. Comarca fronteriza, presenta una serie de variantes dialectales y léxicas que son de monto y que honran la literatura castellana desde los primeros poetas del Rimado de Palacio hasta aquel cisterciense que colgó los hábitos por ir a servir al emperador a tierras europeas, y que se llamaba Cristóbal de Castillejo, el defensor del viejo metro castellano en contra de los modernistas italianizantes y que estuvo poco reconocido siempre por los manuales regalistas. Pero eso es siempre Zamora que unos llevan el agua pero que es épica desde la primera victoria de los mesnaderos castellanos contra Abderramán III, quien a la puertas de la heroica ciudad mascó el polvo de una de sus pocas derrotas. Al gran emir de los abasidas los acontecimientos de este verano en la peripecia de la Isla de Perejil con las reivindicaciones trasnochadas del autócrata del Magreb lo han colocado en la punta de lanza de la actualidad. Zamora, por más que orillada, es para los apasionados de la literatura fuego perenne. Las largas horas del verano con sus ocios y esparcimientos me han permitido leer de un tirón una bella obra de Segismundo Luengo, hermoso libro y de una acción intensa y trepidante aunque adolezca de los manidos defectos de las producciones primerizas. Los vagabundos no mueren del autor sayagués fue saludada por la crítica como un suceso y con un alborozado “novelista tenemos” que dejó caer judicante desde las páginas de “Arriba” Eduardo Haro Tecglén - lo que cambian los tiempos- y por el propio Camilo José Cela quien había prologado un libro anterior de Luengo, El Duero baja negro. Alfredo Marquerie encuentra en esta novela concomitancias con los maestros rusos. Y todos por lo general se hacen lenguas de ella, dada la agilidad y garbo, sin dar de lado a la riqueza de estilo y a la propiedad del lenguaje en que está escrita. Aunque el autor sitúa la acción de los “Vagabundos no mueren” a primeros de la pasada centuria lo cierto es que la trama se ambienta en el Madrid de principios de los años 40 con su clima de calma chicha, de refugiados nazis y de agentes comunistas, periodistas incendiarios con una tea en una mano y en la otra el cálamo. Tampoco falta el amor. Precisamente su protagonista, un periodista integro por nombre Patricio, por su renuencia a aceptar aquello que va contra su conciencia, acabará pidiendo limosna. “Los vagabundos” es la historia de un ascenso. El del amor. Y de una caída. El desamor. Lo mejor de su vida, dice, fue Berta, que marcó a fuego a Patricio. Igual que si fuera una res. Berta venía huyendo del Berlín hitleriano y encontró en España un país que la llena de entusiasmo. Amó el paisaje pero desconocía el paisanaje. Berta y Patricio llegan a encontrarse trabajando en La Hora, un periódico que tenía establecida su sede en la calle de la Montera y cuyo propietario era una tal don Zacarías, oscuro personaje y que actuaba como hombre de paja de una red de estraperlistas internacionales que mezclaba las ideologías con la trata de blancas, la extorsión y el chantaje. Los problemas que plantea el libro no pueden ser más actuales. Patricio trabaja para este consorcio pero se niega a vender su pluma a sus amos. Estos a lo primero se sorprenden. Luego se irritan y optan en ultima instancia por quitarselo de enmedio. Una tarde le envían dos “negros” pero se equivocan de individuo y matan por error a una amigo, un vasco que se había hecho cargo de la dirección del rotativo mientras el protagonista pasaba unos días de luna de miel en su tierra zamorana. Estas vacaciones en Galende lo libraron del filo de la navaja El tempo. El tempo de una buena historia tiene algo del ajetreo de un martillo pilón. La vida no es más que un golpe de rodezno. Arriba, abajo, afuera, adentro, delante, detrás. El movimiento de la naturaleza es pendular. Y el modelo elegido no es la trayectoria homogénea del dardo desplazándose en una sola dirección para vencer la ley de la gravedad. Se parece más al movimiento de círculo. Tiene que ver con el acaso y con las alternancias de la casualidad o los binomios de la paradoja que sobrecogen a por igual a entusiastas y a escoliastas. Luengo (sus amigos preferimos siempre llamarle Segis) en esta novela tan ponderada y que contó con los elogios del Dr. Marañón, aparte de los epígonos arriba consignados, de rasgos biográficos, penetra a golpes de azud en los entresijos anímicos de los encartados. Proliferan las buenas observaciones sobre el paisaje y las gentes que lo pueblan. Hay una buena visión del mundo. El estilo es recio, tan pronto amargo como de una ternura sublime. La noria novelística de Luengo se mueve con estridencias barojianas. Hay un pensamiento que se perfila como mensaje críptico a lo largo de la redacción de la obra. Y es que el destino se ensaña inexorablemente con los mejor preparados mientras trata con benevolencia a los inicuos y mediocres. No es cuestión de pedir peras al olmo. La naturaleza es injusta, desordenada e imprevisible sobre todo en lo que hace referencia al comportamiento. Para el bueno no hay piedad. Esa es la fija. De manera que Patricio, un perdedor, pega tumbos por la trama. Se había enfrentado al sistema y nostramo se ensaña con los que le hacen momos. Le queman el periódico, lo intentan asesinar, envían anónimos delatores a su novia alemana “que había traicionado a la causa”. El héroe se enfrenta a la fatalidad aun a sabiendas de que lleva las de perder puesto que ellos son demasiado poderosos. Hay atisbos autobiográficos dispersos por toda la narración. Los que conocimos personalmente a Segis - un astur leonés enteco, bajito de cuerpo pero grande de espíritu y con un par de lo que hay que tener- sabemos que era proclive a enfrentarse hasta con el mismo lucero del alba. Cuando se cabreaba hasta las colecciones de los más sesudos periódicos que se conservaban en la Hemeroteca Nacional se echaban a temblar. El narrador no habla por tanto de oídas sino que aporta datos de su propia vividura. La busca. Los personajes se hallan trazados a soga y tizón. Hay un buen andamiaje arquitectónico. Pero son bocetos acaso de una novela más larga que el autor se proponía transcribir. Obligado por la necesidad o por la falta de espacio y de tiempo de su perentoriedad periodística las cosas quedan como colgando in medias res. Hasta en eso. En su nerviosidad e intrepidez se nota que el libro ha salido del magín de un reportero. Parecen los personajes daguerrotipos de Baroja y hacen pensar en los desarrapados de “La Busca”. La vida de un periodista con sus agujeros negros iluminados de bohemia tiene puertas encantadas que conducen a la planta noble de la gloria. Por más que - también - balcones que se asoman al abismo. Nostramo no perdona, como consecuencia de su intento de agresión al juez durante el auto de procesamiento a los culpables del asesinato de su amigo es condenado el protagonista a cinco años de destierro en Las Hurdes. Intenta huir del cepo que le tienden las fuerzas oscuras que conspiran contra su destino pero hay alguien arriba que decide por nosotros, y no somos libres. Resulta víctima de su propio pathos y a esta adversa circunstancia se añade su mal carácter que le hace ir dejando jirones de su propia alma en cada zarza poniendo la vida al tablero a la menor eventualidad. Patricio acaba de bacinero (mendigo). En los primeros capítulos la descripción de la vida miserable - la pobreza le ha devuelto la libertad- se alcanza el punto de inflexión. Es lo mejor del libro hasta el punto de crear escuela. Cela, Bartolomé Soler, Sebastián Juan Arbó. Emilio Romero en el Vagabundo pasa de largo, y otros, abordan la misma cuestión de los hombres derelictos, quizás con más éxito y fanfarria pero sin la originalidad de Segismundo Luengo quien aquí rampa como un verdadero Cid Campeador de la novelística de su tiempo. Es tan psicólogo como Rafael Sánchez Mazas y tan eximio relator como Manuel Pombo Angulo. Por lo que contiene de reto a las fuerzas oscuras y la crítica a los poderes fácticos, de los que no sale indemne la Iglesia (resulta pertinentísima la descripción del cura de aldea repartiendo sopapos entre sus monaguillos para luego predicar el que os améis los unos a los otros como yo os he amado) esta novela es un exorcismo contra los demonios familiares que nos cercan. Alguien dijo que escribir es llorar, más bien se trata de un ejercicio espiritual en el que se suplica la gracia y el perdón por un mundo maravilloso pero sin sentido en el que resulta poco recomendable meterse a redentor. Porque los males arrancan de antiguo y carecen de solución. Basta con mirar lo que acontece y hurgar en la basura bardanera de los traspatios. Los escritores de la leva zamorana de postguerra, inmensamente rica, no eran paniaguados, contra el criterio que se viene anunciando a bombo y platillo, del régimen sino que con frecuencia vapuleen al sistema con más margen de crítica y cociente de libertades que hay hoy frente al rodillo que se cierne sobre nuestras cabezas. Este sistema que encontró precisamente en sus versos y en su prosa una válvula de escape. Las normas de publicación no eran tan férreas como en la actualidad, a raíz de la llegada de los émulos a la demócrata del Gran Inquisidor y la irrupción de los magnos visires del pensamiento, los veedores y mozos de espuela del Supremo, los zascandiles de Nostramo. Las cabezadas del rodezno. Segismundo Luengo blandea en algunos trancos de la narración la tea de los grandes libertarios a sabiendas de que la “rebelión contra los magnates” no la perdonará ningún jefe de negociado, que el criminal se resguarda a veces bajo la misma cobija que el santo y que también los hay desafortunados, puesto que criados con leche de llueca acabaron destinados a las pocilgas del fracaso. ¿Pero qué es el éxito y qué es la derrota? No hay baremos. Todos ellos acabaron humillando la cerviz bajo la testuz de la libélula apocalíptica y sometidos a los golpes del rodezno de maldades que pega cabezadas a diestro y siniestro y manda intrigas y traiciones. Todo aquello que es parte y aditamento de la existencia humana. La rueda dentada cabecea indiscriminadamente convirtiendo en golpes de melancólico son todo su trajín. ¡ Cuán bellos paisajes! Pero ¿cabría decir lo mismo del paisanaje? Su barbara geografía - comenta - hace a los españoles seres diferentes y como extraños a sí mismos. ¿Están los españoles a la altura de su paisaje? El Escorial es magnifico pero aguarda que suba todo el personal que hace trasbordo en Venta de Baños. Si quieres sentir pena por la humanidad vete a una corrida de toros o metete en un tablao flamenco mientras haces tiempo para tomar el tren burra a las dos de la mañana que pasa por Medina del Campo. Sumergete en los abismos de la telebasura. La inquisición ha resucitado de la mano de la prensa rosa. Lo que decía Cánovas, se es español porque no se puede ser otra cosa. Cuando la vulgaridad hace presa en España somos capaces de dar lecciones de cutrez a media humanidad. Las bailadoras llevan una faca en la liga, según observó Próspero Merimée. Es la imagen que ha dado la vuelta al mundo aunque en el fondo nos desconocen. Pasa un campesino en chanclos, un marranero agita la tralla en mitad del andén, cerca de una señora de luto que sentada sobre una maleta de hatillos da de mamar a un niño. En la estación no hay bancos y los del vagón son de madera. He aquí a los habitantes desesperados del triste paraíso. Un estremecimiento anarquista, una desesperación sin límites, recorre todo este libro. Luengo recuerda en la manera de narrar a los maestros rusos. El suyo es un ejercicio de puro nihilismo, un descenso a las zahurdas del subconsciente donde Pedro Botero agita los cuerpos de los condenados en el calderón incombustible. Hasta se escucha una melopea infernal. Todos los españoles en alguna ocasión hemos escuchado esa cantilena. Patricio nos ha descubierto parcelas insospechadas e incontroladas de nuestro yo inerte. en todos nosotros duerme un andarríos como el protagonista de la novela, contrariado y triste, que duerme en la hura de un pajar. Cuando el almud de la existencia se convierte en arma arrojadiza contra nuestro propio destino es para echarse a temblar. No hay solución ni escapatoria posible. Cualquier día te llevan preso los “charoles” o te tienden boca arriba entre cuatro cirios. Esa es la fija. “Los vagabundos no mueren” fue publicada en 1951. Al cabo de más de medio siglo mantiene su lozanía e interés. Y sigue siendo actual ante la invariabilidad del ser humano que siguen siendo los mismos. Sólo mudan siquiera levemente las situaciones. Su estilo tan zurrador y poético como el Viaje a la Alcarria, cuyos pasajes recuerda, continúa siendo golosina para los catadores de la buena literatura. Por eso la obra del sayagués tendrá que ser revisada, es una injusticia que yazga en el olvido. Antonio Parra Galindo 5 de noviembre de 2002 t SOLILOQUIOS AGUSTINIANOS FRENTE A UN HIERÁTICO TETRAMORFOS Dios, la existencia del mal, la intervención diabólica en el mundo, el poder de la gracia, lo engañosas que pueden resultar las formas terrenas para un ser creado para la eternidad son algunas de las ideas que repetidamente y con pulido decoro, a lo largo de párrafos impregnados de retórica, va dejando caer el divino Aurelio Agustín en el transcurso de su dilatada obra. Con parsimonia platónica advierte que no existe el mal (todo un golpe de claxon al mundo actual) sino que consiste en la privación del bien y de la libertad. Para el obispo de Hipona éste se cuenta íntimamente relacionado con el Verbum Bonum como entidad creadora. Quiere decir lo mismo que Dios, un concepto que entrevera el autor con las equipolencias trinitarias. Y a ese Dios, por lo mismo, trata de definir a base de una concatenación de cualidades negativas: insondable, indeterminable, no circunscrito, intemporal, inefable, imperceptible, inmutable. Luego lo trasvasa a la categoría de potencia creadora puesto que la divinidad inmanente y trascendente es toda vez trascendente, pasible, activa, contemplando al hombre como criatura asomada, supeditada y revertida hacia ese Verbum del que depende y que se nos ha manifestado por su epifanía en la persona de Cristo. Aquí puede haber truco pero todas las religiones e incluso la de Agustín que es la más perfecta se reservan el derecho de sus propias añagazas a la hora de dar explicaciones a lo inexplicable. Es el derecho a la duda y al beneficio de la trampa. Sin embargo, el lenguaje de Agustín tiene un aroma de eternidad tanto cuando se refiere a ese dios centro de la creación como un figulus (alfarero) como cuando se compadece de aquellos que desconocen a Cristo, no lo buscan, no le aman y viven en el infierno de su lejanía, desterrados del amor. Viven alejados del sumo bien y enajenados con la libertad llevando una existencia anodina e insípida que los convierte en seres devorados por sus propias pasiones. Aquí Agustín puede que esté haciendo sonar los timbres de cara al hombre moderno al que reprocha su voracidad (edacitas) y el vivir empecatados, que no es vivir, de nuestra sociedad. Pero en tiempos del santo obispo, sepamoslo para nuestro desconsuelo, era también lo mismo que en la rabiosa actualidad. El hombre no tiene solución. Es como Israel. Llevamos una existencia anodina e insípida que nos convierte en alimañas devoradas por sus propios semejantes. Somos siervos de las pasiones y alentamos en la cueva de los propios vicios. Echa el escritor una mirada a cuanto le rodea y no puede por menos de sentir angustia. Las cosas transitorias del presente han de ser toleradas, nunca buscadas, porque esta vida no es sino un destierro, el que brinda la concupiscencia y las cosas del cuerpo. De ahí brota el drama trágico del ánima agustiniana que con tanto entusiasmo de verdadero neoplatónico observa y canta la obra de la creación y hasta llegó a amarla cuando se enamora de aquella esclava númida que le dio a su hijo Adeodato, aunque nunca pudo desvestirse jamás del lenguaje retórico y de los resabios maniqueos de su juventud. El mundo no es mas que un reflejo imperfecto del Súmmum Bonum, exclama cuando desengañado de las cosas humanas y de los estragos que debió de causar en él su pasión amorosa opta por la conversión. El amor humano nunca será capaz de saciarnos - es su conclusión- porque cuanto más lo gozas más estraga. Se echa de ver como el platonismo de los griegos en el obispo de Hipona se une en comunión a la religión de los nazarenos. Este neoplatonismo es toda su fuerza y su savia teológico-filosófica. Una añoranza del edén perdido, una nostalgia del dulce jardín del que fuimos expulsados junto con deseo de contemplar a Dios de frente y sin los óbices de los espejos, enigmas y miramientos constituye el meollo y la enjundia de toda la obra literaria de este romano de provincias. Es el primero en cantar la melancólica belleza, que siente el eco que le convoca a la eternidad y lo transfigura a causa de un deseo inalcanzable hasta que la muerte rompa ese espejo que nos garantiza visión tan imperfecta del sumo bien y se desaten los nudos de los sentidos que coartan el ángulo de mira. En su pluma resuenan los melifluos coros y los “versos entonados durante la felicidad perpetua que vendrá”. Es así que una de los pilares de la iglesia occidente se nos vuelve completamente oriental. Era de rito ambrosiano y el rito del santo obispo de Milán miraba hacia Bizancio como la puerta de la nueva Roma y la Jerusalén celeste. Hay en toda la obra agustiniana como en la de san Isidoro un gran sentido litúrgico. El mundo moderno no aspira a esa luz que vendrá sino a la que ahora y en este lugar baña sus pupilas. El mundo actual no cree en las lagrimas. Es fanático de su propia tecnología pero no entiende la estructuración jerárquica con que contempla el autor de la Ciudad de Dios el mundo de los poderes sensibles subordinado a lo preternatural. Por eso no se extasía con los angeles agustinianos que luego plasmaría Frá Angelico pulsando el arpa de la salmodia incesante. El rasero de medir en ese libro es el illic et tunc (allá y entonces) de los neoplatónicos pero hoy estamos calados hasta los huesos del dios semita que atronó en el Sinaí y para quien los planteamientos no son iguales ni predican la trascendencia sino el hic et nunc de los huesos y de la carne viva. El cristianismo, salvo en las excepciones del jesuitismo y del Opus Dei, que preconizan una justificación por las obras y avenencia con el mundo, no ha conseguido romper con ese estigma, esa tremenda dualidad. Las dos corrientes mentadas se sitúan en una dinámica protestante de moral utilitaria. Pero esto no es católico. Lo verdaderamente católico es la tesis formulada por san Agustín. Moisés y Mahoma desoyendo la voz del Querubín cifran su esfuerzo en amarrar una existencia y un buen pasar acá abajo. Pero el evangelio grita: “ el que busca su vida la perderá”. Ni judíos ni moros ni protestantes podrán nunca comprender la utopía agustiniana a la escucha de los coros del más allá. Como tampoco su irredento idealismo aunque todos ellos hayan de su lado caído en sus propias utopías e irredenciones. El alma agustina no teme a la muerte por beber en el torrente de la eternidad. Sus personajes forman parte de una feliz sociedad de ciudadanos supernos los cuales tras las tristes labores de peregrinación en esta vida en el más allá tendrán asegurada su recompensa pudiendo gozar de la hermosura del verbo. No es el ubi el adverbio de lugar sino el ibi. En esta alternancia de demostrativos está expresada toda una forma esencial de vivir y de pensar. Es hasta allá, ese lugar que nos tiene preparado hacia donde los ciudadanos de la Jerusalén Celeste encaminan sus pasos y dirigen sus miradas. Es allá donde entonarán las loas eternas. Y ¡qué loas, qué cánticos! ¡Qué instrumentos músicos, qué arpas, qué himnodias - concluye se escucharán en aquel lugar sin interrupción! Esta idea de la majestad solemne del hieratismo del Tetramorfos sólo podrán entenderla quienes alguna vez hayan asistido a unos oficios solemnes en una catedral ortodoxa. Los coros suenan en Kiev, en Moscú, en Atenas. Para Agustín el cristianismo es una perpetua melodía y el hombre ha nacido para entonar alabanzas a la divinidad en el paraíso. Aquí volvemos a topar con la vieja noción de Fides ex auditu. La religión predicada por el Nazareno pide tener buen oído. No entra por los ojos como acontece en sus dos hermanas gemelas. En ese amor a la himnodia que tantas veces salta a los renglones de la obra del Genio de Tagaste se nos revela un apasionado de la armonía. El protestantismo y la contrarreforma se encargaron de acabar con ella y nada se diga de la revolución francesa pero es con todo una de las grandes estrofas del pentagrama de la partitura del cristianismo. Dios es la belleza, no se cansa de repetir san Agustín en sus entregas. Es un poco la máxima juanramoniana de no la toquéis más que así es la rosa. No tiene vuelta de hoja. Cuanto más lo expliquemos menos comprenderemos. El dulce obispo nos recuerda que a Xto sólo se le puede conocer por medio del corazón. Ciertamente que su obra vive una contradicción perenne entre el ubi y el ibi, el hic y el illic, una contradicción que sólo se puede superar mediante la tristeza y el vacío que dejan las cosas de este mundo. Esto es al menos lo que postula el divino quirógrafo a lo largo de muchos volúmenes de letra apretada. No hace en ellos otra cosa que machacar sobre un par de ideas. Quienes se sumerjan en la lectura de los Soliloquia, del Manual de la Contemplación y sobre todo en la Ciudad de Dios tendrán la sensación de estar leyendo siempre un mismo y único libro, como si fuera una película de José Luis Garci. El problema en el que cae este torrente de imágenes que conforman el estro y el hipérbaton del hijo de Mónica es la iteración y el peligro de círculo vicioso que tiene todo lenguaje cuando se propone trasladar a los sentidos las ideas que palpitan en los arcanos de lo ultra sensorial. A veces Agustín da la sensación de perderse en el abismo para encontrarse y emerger de nuevo en el alma que renuncia a los afectos. Por eso resulta nada fácil, aunque grata, premiosa, aunque sublime su obra. La lectura de los textos conviene sacarla adelante sin prisa. Algo punto menos que imposible en estos tiempos. Sobre todo cuando la propuesta que contiene se refiere sólo al oído de la fe inmarcesible no a cosas de ámbito concreto y marcadas por las competencias de una realidad demoledora. Recomienda con frecuencia vacar de Dios, esto es, sumergirse en el abismo infinito, liarse la manta a la cabeza. Perderse. La lectura en estos días serenos y tristes de octubre de los Soliloquia me ha retrotraído a mí, hombre que vivo en los albores del siglo XXI que leo noticias y escucho informativos como el asalto con toma de rehenes de un teatro de Moscú, no puede por menos de llenarme de melancolía. Las cosas han variado poco desde los cuatrocientos en que redacta este autor, con una diferencia que el diablo parece que tiene más fuerza y que los cristianos, que ya en tiempos de Agustín sintieron estremecerse los muros de Roma, hoy se mueven en precario. Los verdaderos cristianos, digo. Y he llegado a la conclusión de que, de vivir hoy en día, no dejaría de estar considerado el santo de Tagaste como un pobre hombre. Un perdedor, condenado a la anonimia de escritor fracasado y sujeto a los delirios de su página en blanco. ¡Ay esas páginas en blanco de nuestros fantasmas ensabanados! Zarandeado por el ubi y el hic et nunc de la actualidad todopoderosa viviría volcado hacia el territorio del ibi del más allá. Se le dejaría vivir angustiado por sus propios denuestos a solas con su Dios, un Dios que no suele bajar de su pedestal a los que con tanto denuedo lo invocan. Ubi est deus tuus? Él fue el que inaugura el inmenso monologo y le busca el pulso a todos los místicos que han seguido sus pasos. A sabiendas de no andar en un diálogo sin respuesta, dicen los que no tienen fe. Ubi est deus tuus?¿Dónde está tu dios? Agustín es el primero en llamar al Zeus cristiano por su propio nombre y en dirigirse a él a lo largo de miles de páginas de derretidas dulcedumbres en las que el alma siente el aguijón de este destierro y suspira por la Jerusalén celeste. Fue el gran maestro de los convertidos que en este mundo han sido pero también un consumado malabarista en las artes del disimulo. Nos maravilla y nos encandila hasta cuando hincha el perro a lo largo de sus tratados de largo recorrido y de sus capítulos espirituales, los cuales, pese a todo, siguen sentando plaza de añoranza por ese Dios ausente en nuestra época. Quedaban casi quince siglos para que, cual energúmeno, se alzase Nietzsche contra el teósofo norteafricano pero para sus lectores, entre los cuales me cuento, y que después de cerrar sus Soliloquia nos enfrascamos en este caos audiovisual del siglo de Nietzsche, el Dios de Agustín no ha muerto. Vivirá eternamente aunque sea falso. 28 de octubre de 2002 nRecordando el ayer. LOS TIEMPOS DEL COLUMPIO LONDINENSE. Me acuerdo de bastantes cosas porque fui testigo del pasar de la página de la historia durante mis años de estancia en Inglaterra donde transcurrieron siete años de mi vida, quizás los mejores. Fue uno de esos privilegios y misterios. El furor de los Beatles caló en mí durante mi vividura en aquella nación patria de la juventud mundial que acudía encandilada por Carnaby Street, el Eros de Picadillo y el soniquete de unas coplas harto pegadizas. Puedo decir sin exageraciones parodiando una novela de Graham Green que Inglaterra me hizo. Mis primeros reportajes (algún guardo algunas fotos en carpetas por ahí perdidas) fue al Museo de los Horrores. Había una cabeza clavada en una pica y la imagen de cera de Edward Heath, Haroldo Wilson y Callagaham, estaban en una misma ristra. Me gustaba la alcahuetería de algunos columnistas de la prensa de cejas bajas que hoy imitan todos. Era el tiempo de vendimia para los “gossip” y los “pander”. Iba a conocer el periodismo con éntasis y énfasis de la banalidad que la pela es la pela aunque los ídolos de barro por ellos creado aguantaban menos y tenían vida mucha más efímeras que los monigotes que forman hoy plantilla en el famoseo nacional. La eminencia gris del sistema monárquico que nos pervade que tiene a Ansón como oráculo debe de estar orgulloso de su engendro. El régimen se apoya en la piedra basal de esas personalidades televisivas, fondonas y con mucho maquillaje a cuestas, que cuando dicen hay que ver lo guapo que es nuestro príncipe parece que tienen un orgasmo. Pero para quien ha probado la jalea real estas pócimas de imitación que nos ofrecen nuestros columnarios instalados le parecen mejunjes. Puede que esto acabe como el rosario de la aurora, ojalá me equivoque. Lo traigo a colación porque no puedo menos de evitar una sonrisa ante el entusiasmo y ardor de nuestros gacetilleros ex convictos mucho de ellos a la caza de la noticia como ese Coto Matamoros, y no prorrumpo en invectivas. Me limito a hacer mutis por el foro. Se machaca todos los días en el hierro frío de nuestra vulgaridad. Se glorifica a las figuras de bricho. El oropel sea nuestro decoro y de esta glorificación puede subseguirse el parto de los montes. Pero los ingleses sabían hacerlo bien. Son gente con clase y se ponen el mundo por montera pero a los émulos de aquí se les ve el plumero. Nos están dando entre muchos espasmos y contoneos la calderilla de las pelucas empolvadas y no puede ser más triste el espectáculo en medio de tanto jolgorio. Ahora bien, a lo que yo asistí en los prodigiosos sesenta fue al triunfo de la imagen. A la divinización de la fotografía. Pulsé las nuevas inclinaciones de la media. La promoción subitánea y el escapismo. Presencié el nuevo nacimiento de Venus surgiendo de las aguas. Era una londinense casi esquelética y anorexia que se desayunaba con una manzana y un vaso de agua de rosas y ya no tomaba más en todo el día. Fue un lanzamiento. Twiggy se convirtió en un icono. La madona que adoraron las nuevas generaciones y el espejo en que se miraban todas las inglesas en edad de merecer. “I du know” (no sé) y “I can~t be bothered for lunch[3]” era la frase preferida de esta modelo la mejor cobrada. Cobraba por sesión cien esterlinas. En aquel tiempo ya era un pellizco. Estábamos todos en una nueva dimensión. El reino del “scoop” y del pisotón. Twiggy nos enamoraba con sus ojos líquidos y su delgadez de muchacha plana sin pechos y sin trasero. El ojo privado era nuestra fuente primordial de información. Tenía mucho de pasquín pero acertaba. Recuerdo un chiste de semana santa que insertó Private Eye en sus páginas. “Este año no habrá navidad porque la Virgen María toma la píldora”. La frase provocó una verdadera revuelta nacional pero la revista contestataria y semi clandestina volvió a la carga y preguntaba en un chiste firmado por Cummings, uno de sus más afamados coronistas: “Any one for the last Supper”, decía un camarero de la British Railways que pasaba por los compartimentos con la indiferencia y profesionalidad con la que los revisores de ferrocarriles en Inglaterra cruzan el ténder picando billetes. Al ágape se apuntaron doce obispos y un presbítero. Una infamia contra la eucaristía que provocó una verdadera carcajada nacional. No fue más que un buen chiste de Richard. Pintaba un camarero en un vagón restaurante de la BR y preguntaba a un grupo de clérigos si alguno quería participar en la Última Cena. Era aquella revista escribían el hijo de Evelyn Waugh, Aubirn Amis, novelista de nota y Charles Douglas-Hume el cual se suicidó después de haber tenido una obra en cartel más de dos años en el East End su comedia “Please, no sex, we arte British”. Era una carrera de ratas a la búsqueda de los genes fotogénicos. Había una gran promiscuidad sexual y el sexo era fácil lo que hizo decaer la oferta de las meretrices que en el Soho tuvo un encuadre histórico. Las señoras putas estaban mano sobre mano en aquellos parlor[ii]o parlatorios donde languidecían al amor de las estufas de gas. Nunca habían tenido tan poco trabajo. La pornografía se hizo un género para la exportación y se producían reinas y modelo para la imitación universal. Yo conocí a la Gamba (The Schrimp) que antes de entrar en el mundo de la farándula trabajaba como simple mecanógrafa. Con ella y con Twiggy reinas excelsas del glamour empieza una nueva era. Lord Snowdon el marido de la princesa Margarita tenía un estudio en el barrio de Pimlico. La lente de aumento se convirtió en símbolo de aquella época. Muchos de los héroes que hicieron a Gran Bretaña un país señero y reclamo eran fotógrafo. Sólo encuentro un adjetivo para definir mi experiencia. Es el término flamboyance o flamboyanes. Un tiempo flamígero, vistoso, resplandeciente. Y así fue: hasta las camisas y los trajes con pantalones bombachos se adecuaban a este epíteto. Sustituyeron la gabardina pringosa y el “dufelldcoat” de lana basta, que utilizaban los campeadores y en la marina por los abrigos de garras con vueltos de piel de zorro. lSusurros desde mi ajarafe ENVUELTOS EN LA NUBE DEL NO SABER | por Antonio Parra Los eremitas mozárabes que vivieron en Asturias y León, buena parte de Galicia, en el alta media, buscaban para su apartamiento del comercio con las gentes los lugares más recónditos en sitios inaccesibles como fueron el Valle del Silencio, en casi todas las pedrizas como la que queda trasmontana al macizo central, las cumbres de Tineo o las fragosidades de la cuenca del Sil. A veces, cuando la huida del mundo no podía llevarse a cabo, se encuevaban en piezas secretas de las iglesias y de los monasterios. Eran los emparedados del buen Dios. Así nació la tradición de las cámaras santas y el fuero sagrado de la jurisdicción monacal que nunca podría ser pisoteado por el poder temporal. Hay tres núcleos de monacato visigótico bizantino que florecen a redropelo de la onda expansiva del islam al alborear la edad media. El primero tenía sus contrafuertes en las estribaciones del Macizo Central fajando en ceñida los predios del valle del Duratón donde encontraron albergue y escondite al venir huyendo de la quema - nunca mejor dicho- incoada en nombre de alá, eterno y misericordioso penitentes tan insignes, o nobles tan desengañados como Valentín, Frutos y Engracia o el beato Paniagua, una especie de estilita encaramado a su columna, un loco de Xto emboscado en su espelunca. Este anacoreta era de mi pueblo y vivió en el seno de una roca que se yergue en la significativa comarca del Duratón. Tierra de frontera y de refugio natural gracias a sus pedrizas y a los escondrijos que ofrece la horadada roca viva. El monacato lo inventaron los filosofos griegos por nombre cínicos. El pueblo se llama Fuentesoto. Limita al norte con Valtiendas y tiene una anejo Tejares tocando el termino de Pecharromán y el abadengo más antiguo que tuvo el Cister en Castilla la Vieja. El de Santa María de Sacramenia. Todos estos lugares eran sufraganeos de Villa de Fuentidueña que fue fortificada y repoblada por Alfonso VII el Emperador, tan relacionado con Asturias, pues allí encontró un amor. El de doña Gonterodo con la que contrajo nupcias. Fruto de estos lazos nació doña Urraca la Asturiana que va a ser una mujer y reina importante en la expansión de Castilla. Traemos a colación este detalle porque va a ser de singular relevancia a la hora de establecer el origen y la filiación arquitectónica de la prerrománica iglesia de San Gregorio del referido Fuentesoto de mis mayores. Es de traza cuadrada en lo alto del somo. Los vientos de los siglos que batieron sus sillares no han conseguido derrumbar los paramentos de la torre. Se alzan aun majestuosos e imponentes dominando un tolete que vigila a su vez varios valles. Nosotros lo llamamos hoyos. El Hoyo Castrillo y el Hoyo Peral. Lo más relevante de esta fábrica es que conoce las exquisiteces de la bóveda pero desconoce la solución absidal. Su traza cuadrada es indicio de su antiguo carácter castrense sin descuidar la finalidad orante que sellaron para siempre el destino de estas piedras, un camposanto en la actualidad. El beato Paniagua era un santón mozárabe que habitó una de estas rocas horadadas que se encajonan a lo largo de estos valles. Iba vestido de marlota y se alimentaba, a imitación del Bautista, de miel y de langostas silvestres. Los que iban a visitarlo habían de trepar por una escala, la misma cuerda por la cual se les subían las viandas de su magra pitanza consistente en alguna hogaza, dos o tres botijas de agua y carne y lacticinios sólo el día la pascua o en cualquier otra solemnidad del santoral mozárabe como era san Froilán o san Atilano. Esta es una de las notas distintivas de las iglesias visigóticas: reservar un espacio exclusivo y apartado para la clausura del morabito o santero. Su finalidad social que cumplía a rajatabla era hacer de pararrayos de la divinidad mediante la prosecución de una vida de holocausto de sí mismo. Tales celdas no siguen un trazado compartimento sino que utilizan cualquier vano. Para el propósito sirve un hueco dentro del tiro de la escalera. Un sobradillo en el lucernario, etc. Ello da origen a las cámaras secretas o santas como la de la catedral de Oviedo puesto que aparte de la función propiciatoria mediante su dolor de atrición los monjes del ajarafes tenían por misión la custodia del tesoro parroquial, por lo general, reliquias traídas de Palestina y sobre todo los huesos santos con que viajaban de un lado para otro las comunidades, por más que sus orígenes no estuvieran del todo garantizados. Se emparedaban de por vida. Morían a la vida del cuerpo para nacer a la de la gracia. Y no se lavaban por considerar que tal granjería era una concesión a la molicie. No les importaba ser unos santos malolientes. Se desdeñaba todo lo que hacía alusión a la carne. Las vigilias y sobre todo la postura encorvada ajustando su cuerpo a las reducidas dimensiones del recinto, las largas barbas, las cabelleras merovingias y las uñas de las veinte extremidades como garfios les debía de conferir un aspecto poco halagüeño. Pero eran edificantes y su presencia era anhelada y custodiada como un tesoro por los naturales. El monaquismo español imita directamente a la Tebaida y a los usos y costumbres de los emparedados de la península minorasiática. Los patrones eran los anatolios san Antonio, san Macario, san Acacio, san Pagnufio y los bienaventurados de la legión eremítica. Este anacoretismo tiene poco que ver con la tradición benedictina y camalduense que llegaría siglos más tardes desde Francia. El primitivo cristianismo español es greco bizantino y bebe directamente en las fuentes sin intermediarios romanos. De ahí algunas de sus peculiaridades más notorias. San Isidoro y san Eulogio en sus escritos apenas mencionan a san Agustín y a otros exegetas latinos y su obra está más en la trayectoria de los padres orientales. Cerca de Sepúlveda existe la famosa Cueva de los Siete Altares, una espelunca en la roca horadada donde aquellos devotos de la cruz se reunían en secreto para vivir el Evangelio sin interferencias. Todavía en la pared quedan trazas de agujeros que fueron el quicio del cancel del iconostasio sobre columnas entregas. Un poco más para allá aparecen las muescas de lo que fueron credencias en forma de urna o relicarios abocinados contra el muro que servían de receptáculo de los huesos santos del mártir de turno. La preocupación mistérica y la separación entre oficiante y fieles al igual que en el templo de Salomón con su cortinón o Vellum detrás del cual se encortinaban los hierofantes y pontífices, los murales de los techos en rudas pinturas al temple que deslieron las lluvias de los siglos, la intimidad, la adusta sencillez prerrománica, son una constante del arte ramirense. Es herencia en parte de la solera de las catacumbas. Un segundo núcleo monástico se tiende siguiendo la inclinación de poniente hacia la ruta jacobea buscando los horizontes de León asta el valle del silencio en pleno Bierzo y toca Galicia por la parte de Samos. Allí está Santo Luliano el monasterio donde se educó Alfonso II el Casto el propulsor de la tradición y culto compostelano. La tercera bisectriz tiene por eje el meso cantabrio en el cuadrante Pravia-Oviedo-las Luiñas - Llanes. La iglesia de san Gregorio en Fuentesoto hoy convertida en cementerio con su torre airosa y señera trae reminiscencias a la mirada del propio san Miguel de Lillo y Santa María del Naranjo por la planta y el alzado. Es edificación sin combas, botareles, torres biseladas, los ojos como cuévanos de un campanario en lo alto como un enigma del tiempo pasado. En conjunto se gana una maravillosa simetría. Es la gravedad de la plomada transformada en sillares. Es la proporción solemne del ángulo recto. Las bóvedas y los arcos son muy rudimentarios. Sólo queda el cabecero de la iglesia. Según apunta la crítica de Arte de modo feliz el distintivo de lo ramirense es un cuerpo chico, alma grande. La belleza dentro de la simplicidad de lineas parece que no cabe rebasándose las expectativas. San Gregorio preside la cima de un castreño páramo que demarca sendas Castillas y la raya de la repoblación desde Oña hasta Fitero según el poema de Fernán González. Esta es tierra de pan llevar. Los únicos accidentes que dominan la perspectiva son los campanarios y las almenas de algún castillo ya derrumbadas. O los hitos y mojones de las viejas y estratégicas calzadas romanas. Las avefrías y los lavancos bajan a solazarse en algunas charcas o cilancos de la contornada y los mágicos chopos vigilan alguna vega de algún nemoroso valle como este de Navacolgada, pero el verdor es escaso aunque antaño, en época romana, esta zona debiera de sorprender al viajero por su masa forestal. La tala llegó con las razzias de primavera. La sequedad de nuestro paisaje en parte se la debamos a los árabes cuyo espíritu de vigilancia les lleva a descuajar bosques enteros para dominar así mejor los movimientos del enemigo. Mahoma pues en nuestros oídos suena igual entonces como un viento arrasador del desierto que redujo a cenizas la gran cultura visigótica mucho mas refinada y ecléctica que la fundamentalista y sanguinaria que trajo Muza. El estado de cosas parece que quieren volver a repetirse. Fuentesoto era un oasis en medio del paisaje castellano con el que se trasfunde y juega a alumbrar fuentes por torrenteras y cañadas en la mitad del yermo que lo circunda. La Fuente Caldera de aguas irrestañables y algo termales pues en invierno yo las he visto manar caldas ponía un contrapunto al recio paisaje de las adradas y alcazaba la torre de su iglesia como una adarga, tieso hito en estos tesos que siguen conservando la huella del primer conde Ferrán González que había establecido la capital de su marca en Sepúlveda a menos de quince kilómetros en linea recta de este lugar. Peñafiel al final del valle está como guardandole las espaldas. Cabe conjeturar que los las mesnadas astur leonesas de Alfonso III establecieron a lo largo de la margen izquierda del Duero un cordón sanitario de estacadas en tierra de nadie al objeto de sujetar las aceifas de la algarada. Cuando las primeras azaleas y las adelfas apuntaban sus flores por la cercana sierra y las miosota de la retama lucían sus libreas gualdas por las lomas pronto se veía flamear por el horizonte los alquiceles blancos y el brillar de los almetes. Irrumpían con toda su furia las fasces devastadores de los baladres omeyas. Se arrasaba, degollaba y violaba y raptaba al grito de Dios. También las guerras de religión fueron un invento del “santo” profeta quien en las suras del libro santo no hace otra cosa que recordar a los creyentes la necesidad y conveniencia de acabar con los infieles. “El fuego del invierno tronará como el mugido del camello en el vientre de aquel que coma y beba en vaso de oro y no saque la cara por el Profeta”, se lee en una aleya de este tratado de sibaritismo y de admoniciones bélicas que es el corán. La prevención contra tales instancias y el recuerdo de lo poco amables por no decir terribles que eran aquellos deshielos en los territorios de Alvar González los lleva uno en la masa de la sangre. Diez siglos de lucha incesante no se olvidan así como así. Por causa de la guerra contra el islam el castellano viejo tiene una manera difícil y desconfiada de ser. Pero volviendo a nuestra querida topografía hay que decir que el Duratón es río truchero y cangrejero donde los haya - hasta que llegaron los americanos y echaron ciertos polvos en el agua dejando sin huevo y sin un triste caparazón que llevarse al cesto cuando antes se cogían tan lindas frezadas- famoso por sus hoces encajonadas. El cauce parece que se encona en cañones para acabarse de entregar rendido al padre Duero en las vegas menos bravías y con mejor vino de la parte Peñafiel. Antes de llegar el afluente a su destino tiene que pernear riscos de roca calcárea y herir su camino escoltado por el vuelo circular de los buitres que montan guardia en las atalayas de la reserva del pantano del Burguillo. No sólo el buitre. Por estos alcores planea con la misma impavidez y serenidad cinegética el buhardo y el aguila real. Ellas fueron los únicos testigos en la tierra de las soledades y penitencias de los eremitas que anidaron su amor de Dios y sus ansias de salvación eterna por estos riscos grajeros. Hay peñas tajadas y a través de las socarrenas que ha dejado la erosión se asoma como en un lienzo azul, como una alcatifa para echar a volar, un trozo de firmamento. Hasta aquí por lo impracticable de los caminos y lo inaccesible del bosque no podían precaverse las fuerzas de la razzia. Fueron los más audaces. Los que no quisieron quedarse tierras abajo de Toledo por amor a su fe que tenían en estima mayor que la propia piel y escogieron estas breñas desoladas para llorar sus pecados. Las guaridas de las alimañas las convirtieron en reclinatorio de oración. No se puede entender esta época sin esa desilusión de las cosas del mundo que trajo consigo la traición de don Opas y del conde don Julián. Siguiendo hacia el oeste nos encontramos con la Bureba de santa Casilda de Toledo. La raya de aquellos morabitos amantes de la vida contemplativa tocaba casi el hito de Navarra y dejando a un lado las Vascongadas cruzaba por el norte de Palencia hacia las Batuecas. Era la ruta de las estrellas, núcleo protoplásmico de lo que habría de ser andando el tiempo Camino Jacobeo. Desde León mismo se desgajaba un ramal hacia San Salvador de Oviedo. En los valles de Campomanes y del Lena son muestras de aquella antigua piedad o creencia un buen cupo de monasterios y aseladeros. Entre ellos las Monas, o Nonas, que quiere decir monja. Nun y Nonne, en inglés y en alemán respectivamente. Muchos de aquellos primitivos cristianos hablaban árabe y estaban familiarizados con las costumbres del Oriente. Provenían de Córdoba, Toledo, la Bética y querían ser perfectos. Para ellos Cristo era el gran “rasid” o ermitaño. Sin embargo, no faltaban los que desengañados del mundo, de aquel ir y venir de combates, cuando se escuchaban clangores de guerra y había persecuciones como la acontecida en la capital del emirato circa 820 por Abderramán III, optaban por la huida hacia el norte asumiendo la practica evangelica de devolver bien por mal y rogar por sus perseguidores muslímicos. La línea de separación entre el Alcorán y el Nuevo Testamento era muy tenue, casi imperceptible, produciendose tendencias de asimilación disimilación, corrientes de amor y odio, tolerancia e intolerancia, y había una interacción notable de supuestos fidedignos y de devociones. Así nació la mozarabía. Una forma de entender el mundo, bailar en la cuerda floja, tratando de buscar un acoplamiento con la nueva situación de los hechos consumados. El cristiano sabía que la practicaba de su religión iba a suscitar rechazo en los recién llegados del otro lado de Tarifa. A diferencia de otros lugares del mundo donde el islam no consiente a otros credos y predomina, en España se da una extraña clima de convivencia enrarecida entre las tres religiones que ha llamado la atención de los eruditos. Como si el crudo y gloriar sol de España hiciera aflojar el pistón a las partes en litigio hasta el extremo de estar moros y judíos a entenderse. Fueron ocho siglos de callejón sin salida. De ahí que haya ciertas zonas de León que sean completamente moriscas y en Asturias encontramos topografías como Villademoros o Salamir. [Esta ultima más discutible porque el sufijo mir es godo y la raíz hace pensar en las salinas existentes en aquel término, nada que ver con lo de salam =paz (ar.) Y la desinencia alamir no deja de ser pura casualidad]. Quizás por eso se diga de este lugar “el que va a Salamir no tiene dónde ir” a lo que replican los presuntos implicados: “y luego no sabe cómo salir”. Pero demos un salto en el tiempo atrás y veamos al estilita de San Miguel de Lillo observando desde la tronera del ojo de buey del sobradillo en el cual yace oculto en éxtasis frente al valle gozando de la dulzura y la mieles de la nube del no saber. Pasa el día entregado a sus prácticas hesicásticas y la acequia de la contemplación místico-hesicasta le ha llevado por la ribera del río del olvido de sí mismo a mares insondables. A esta hégira o anábasis la conocen algunos tratadistas la “noche oscura”, o “la puerta estrecha” y otros los “abrojos”. Se sabe que se ha recabado el objetivo cuando en ese constante afán por trascender uno se olvida de que existe. Alcanzado el estadio de la santa indiferencia ya lo mismo da vivir que morir y se comprende muy bien aquel suspiro teresiano del “muero porque no muero” que preconiza la llegada de la muerte mística. Es el viaje al centro que pergeña toda la ascética sufí y que depara al iniciado la consecución de un tercer ojo con el que contempla la largura del Señor eterno, la anchura de su corazón infinito, la altura de su poder, la profundidad de su sabiduría. A Dios no se le explica por el conocimiento sólo se le entiende por el corazón. De esta forma estos anacoretas encaramados de sobre el sobradillo inaccesible (en el monte Athos se les subía la comida por conducto de poleas) actúan a modo de pararrayos ante la divinidad. Su oración encuentra sólo un propósito: la destrucción del mal, que Dios se apiade. Eran verdaderos contemplativos puesto que en muy contados casos caían en esa morbosa santurronería de lo pseudo, de los gritos plañideros de algunas histéricas que se han hecho pasar por videntes. Ayunaban de por vida, se dejaban crecer las barbas y no incurrían en el amaneramiento grotesco de los exhibicionistas. Su respiración se confundía con el nombre de Jesús. Nada tiene que ver su religiosidad con ese ambiente viscoso de las apariciones por entregas ni de los arrobos a plazo fijo. Estos santeros el milagro lo entienden de otra manera y así lo interpretan; no como un quebranto de las leyes fijas sino como una inmersión en las infinitudes del alma en carne viva mediante la cual lo creado puede experimentar lo increado y la criatura se dispara hacia el origen o las manos de donde partió. Y como la contemplación agracia el alma y diz que también el espíritu estos santeros eran personajes muy atractivos. Su fama de virtud intercesora se extendía por todos los lugares y servía de faro de fe en tiempos de oscuridad vacilante. Vivían en la nube del no saber. Por tanto no querían saber nada de políticas ni de algaradas pero eran discípulos - no quepa la menor duda- del Maestro de Justicia cuya segunda llegada esperaban presos en lo alto de sus tejadillos de teja vana aguantando las intemperies, pintando iconos o entreteniendose en la redacción de los códices miniados con el Evangelio de San Juan siempre a mano y sobre todo el Libro del Apocalipsis. Tal debió de ser el Beato de Liébana. Estos cenobitas fueron entonces una corriente que llegó de oriente accediendo a las rutas del norte desde el sur de la Península. Sus cubículos y chiscones devotos - el monacato sería un movimiento posterior al anacoretismo- iluminaron Poniente de una misteriosa claridad. Sus detractores dijeron que tiene su origen en los filósofos cínicos Estaban erguidos en la nube del no poseer y de esa forma rozaban las alturas inefables del que no entendiendo entiende y del que no viendo percibe todas las señales. Recibieron la llamada, la siguieron para después, peldaño a peldaño, escalar la montaña de la perfección en cuya cúspide Providencia aguarda. Habían alcanzado en su trabajosa hégira el fin de su peregrinación. Habían llegado al centro. Y podían mirar al mundo desde las cumbres del silencio, ya que para entenderse con Dios sobran las palabras. Almas simples, proféticas, fueron tan grandes que no dejaron escrito nada, pero tuvieron a su Hacedor dentro del alma, y el que “a Dios tiene nada le falta”. El espíritu de estos esenios empapó el alma de España. Subieron desde tierra de moros, treparon a sus ajarafes. Su alma no destilaba odio. Algunos no sabían rezar sino en árabe. Ahítos de todas las cosas del mundo donde todo es vanidad pero nunca hartos del maná místico buscaron a Dios en el desierto del abandono interior. En cierto modo eran fatalistas. Predicaban la renuncia a los placeres, una nueva moral y su vida fue una respuesta ejemplar a la corrupción de la corte visigoda. De su corazón brotó un cántico nuevo. La plegaria les libró de la molicie del reinado de Witiza y su fe les puso a salvo de la cimitarra terrible de Almanzor. Ellos sabían que al islam sólo se le puede convertir con sus misma armas: la fe y la morigeración de costumbres. Por eso sus troneras fueron un baluarte y algunos murieron mártires pero su sangre no fue semilla de odio y revancha sino derrame salutífero de renovación y de concordia entre los pueblos. Estos días de amenazas y espantos, cuando los clangores de guerra retumban por doquier, y las cámaras transmisoras sabatizan la figura de Ben Laden al que pasan una y otra vez los “newsreel” con su turbante blanco, sus barbas de profeta y el surham de cadí colgandole al desgaire, uno recuerda a Almanzor. Parece que el personaje, que a mí me recuerda los profetas bíblicos, se ha caído de uno de los libros de textos que estudiábamos en nuestro bachillerato en el capitulo dedicado a los caudillos árabes y a los reinos de taifas. La historia se repite. La mejor arma que tuvo la cristiandad para plantar batalla ante el vigor inextinguible de la morisma fueron estos monjes olvidados que predicaban la caridad y el amor a nuestros enemigos desde sus inhóspitos escondites. Algo divino. La venganza y la guerra santa no lo son. Luego Roma suprimió a los contemplativos mozárabes por los cruzados cistercienses. Más guerra. La misa por el Rito de San Isidoro tenía algunas invocaciones en árabe. Fueron espulgadas las que hacían referencia a San Miguel patrono de iglesia, mezquita y sinagoga, y a san Juan Bautista cuya festividad el 24 de junio era solemnizada pot los muslímicos al alimón con los cristianos. Hay cosas de Dios que el vulgo desconoce pero que intuye y están ahí. Más que en la fuerza de las mesnadas la potencia regeneradora llegaba de estos ocultos y humildes morabitos que, cristianos huidos, encuevados, verdaderos topos de la Reconquista vivían encaramados en la nube del no saber. antonio parra 5 de octubre de 2001 LOS LIBROS DE AZORÍN EN SU OSTUGO El maestro Azorín sorprende siempre con sus libros. Tiene ese instinto especial o “flair” para las palabras que hace deleitables los paladares exquisitos para la literatura. No busquéis acción - el Maestro tartamudeaba un poco y era un obseso del aliño- ni capacidad de sorpresa en ellos. Sus novelas adolecen de una cierta inercia que los transforma en retablos. Algo así como unos grandes hastiales en los que el autor va colocando sus paisajes y engastando las figuras. Ninguno de sus caracteres parece gozar de una existencia exenta. Todo resulta obra de un cierto convencionalismo inmarcesible. Los tipos no tienen más vida que la de la melancolía de ser y de arrastrarse por la existencia monocorde y sin sorpresas. Aun así su prosa es el resultando de un considerando muy trabajada. Buena labra tienen sus párrafos por lo general de tranco corto, hasta el extremo de resultar el estilo de un tempo lento y cansino. Azorín es un escritor estático y lineal. Ama la linea recta de las carreteras de la Mancha. Los críticos lo encasillan como levantino, por lo que tienen sus estructuras de preciosismo sensual, casi libidinoso pero a mí me parece un escritor manchego. No es un castellano viejo sino de Castilla la Nueva al que le hubiera gustado haber nacido inglés, si los hados no lo hubieran otorgado el don de nacer en Almodóvar del Campo, el pueblo donde predicó san Juan de Avila, el gran predicador de los conversos. Pura coincidencia porque la preocupación religiosa es exigua. Tampoco parece un autor costumbrista, sino que es afincado en el paisajismo nato y exclusivo. Azorín nos vino bien al buscar en sus libros esos espejos de serenidades donde se estila el alma pura, esos ideales que suelen sentirse en la adolescencia y no se vuelven a tener ya jamás en la vida. Leíamos a Azorín cuando estudiábamos Humanidades hace ya bastantes años en aquellos seminarios atestados del franquismo o en los colegios de pago. A todos nos entusiasmaba el anhelo de ser literato. A primera vista, nos parecía que escribir como lo hacía el autor alicantino debía de ser pan comido. Sus libros poseen una estructura muy sencilla. Le han surgido muchos imitadores y émulos pero, ya metidos en harina, por mucho que nos pareciese fácil al principio, luego resultaba un tanto más complicado de lo que suponíamos, trasladar al papel esos conceptos. Había bastante artificio y un ambiente de retorta, lo cual era acicate de la variedad y cúmulo de imitadores que siempre ha tenido el maestro Azorín. Además, lo que causaba verdadero deseo de mimesis era su capacidad. ¿Cómo allegaría el maestro Azorín todo aquel caudal léxico? ¿Espigando las flores del pensil de los diccionarios? ¿O escuchandoselas de viva voz a los personajes que presenta en los capítulos? Hoy esa sapiencia para las palabras está fuera de uso y hasta no es de buen tono sacar a relucir voces que no están en uso. Los escritores se han vuelto muy vulgares consciente de dirigirse a unas masas embrutecidas y envilecidas por el constante acecho de la imagen. Hay incluso en marcha el proyecto de una nueva lengua de grandes estreñimientos mentales y de dictamen sucinto como esos mensajes que los adolescentes que miran Salta a la Fama u Operación Triunfo les lanzan a sus ídolos. Sin sintaxis o con la sustitución de algunas letras del alfabeto como esas kas de la jerga de encefalografía plana del mundo vascos que expulsan y destronan a esa cu vigésima letra de nuestro alfabetos de amplias resonancias latinas. Muere el idioma en manos de ejércitos de esbirros que se alzan por todas partes. Ya no conoce al castellano ni la madre que lo parió y a este paso puede que no vaya a quedar dél ni el ostugo. Hay es donde el “pequeño filosofo” es un malabarista implacable. En su capacidad para traer a colación, con razón o sin ella las verdaderas joyas de la corona. Su estilo declinante en tantos aspectos se enriquece con estos cabujones que hacen pensar que algunos de los libros de Azorín idiomáticamente hablando sean como el cofre de las agatas. Es para leerlo en el conticinio de las noches en calma. Rinden culto sus libros a las madrugadas embelesadas. Son grandes nocturnos del autor en continuo pervigilio que vela sus armas acurrucado en su rincón. Esa pizca sacrosanta la necesitamos todos para escribir de las esencias y de las existencias del Verbo puesto que escribir tanto como leer encarna una tensión hacia lo alto. Es un salto en el vacío que pretende dejar atrás las ligaduras del cuerpo. Villano en su rincón, encaramado en su horqueta que a todas luces recuerda la columna del estilita, el lector trabaja la idea que le confía el autor, y los dos juntos van puliendo el diamante y fuman juntos la pipa, puesto que la intercesión del humo es tan necesaria para hilvanar buena literatura como la letra muerta que penetra y se adueña de los espíritus. Aunque el de Monovar no fumara. It is a classic, según va el refrán inglés y que los ñoños aplican ahora a oste y moste. Pues bien, Azorín es un clásico con todas las de la ley. Aplicando el dicho tanto a su personalidad que proyecta en la escritura toda esa serenidad que debió de faltarle en la existencia real. Siendo un anarquista se vio obligado a escribir de por vida en publicaciones monárquicas o de alto nivel conservador. Es un clásico en el sentido de que huye del alboroto de la chusma y sus disertaciones y artículos tienden a esas virtudes aristotélicas definidas como eutrapelia o el gozo de sentirse bien. Eubolia, estar dominado por el recto consejo. Sinensis para emitir juicios verdaderos según las leyes comunes. Nome, para apartarse de todo lo que va contra los canónes de la justicia conmutativa y distributiva. Esa eutrapelia que le sobraba a Azorín es lo que le falta a gran parte de nuestros columnistas y literatos de este hora occidua y penumbrosa de nuestras letras que escriben y hablan con fogosidad alejandose de los principios de la epiqueya que era también otra de las virtudes predicadas por los epicúreos. Hoy todo es litigio e inmunda carcajada. La basura nos llega hasta las cejas. Por eso son eminentes los escritos de este escritor al que le imbuye esa estudiosidad de los tribunos de la plebe que se preparaban y llevaban un programa o períoca. Hoy se presentan con el culo al aire. Sin ningún apunte y hablan y escriben farragoso, pues la mentira de esa forma los vuelve sumisos. Ay estos discreteos del amarillismo rosáceo que inundan la vida española justo al cumplirse un siglo después de que el pequeño filosofo publicase su primera novela, La voluntad. El feroz sicambro no yace contra las cuerdas sino que se ha hecho el fuerte en todo este tiempo y entabla sus tejemanejes ayudado por sus cubicularios y mozos de espuelas y otros corifeos de la herética pravedad de un mundo encauzado a lo políticamente correcto. Las líneas dormilonas de los textos azorinianos nos traen con frecuencia el sustantivo exacto o el adjetivo que sorprende y no se caracteriza precisamente por la propensión a los calificativos. Otras causa asombro pues está a pique de nombrar la bandera nuestra con el mote de azufaifa que es una flor humilde que crece en nuestros lares con petalos de distintivo encarnado y gualdo a partes iguales. Proyecta un mundo de simbolismos anicónicos y al entrar en las ciudades castellanas adonde el nos guía escuchamos como una lejana melopea detrás de las puertas cerradas. Es un experto en predecir la deshabitación de Castilla. Las ciudades se le representan como fantasmagóricas. No hay nadie, pero se perciben el rumor de un cuchicheo o el batintín de una fragua o el haldeo de una moza que acude con su cántaro a llenarlo en la fuente. Desfilan por nuestros oídos la lista de nombres con que se designaban a los antiguos aperos hoy desaparecidos y las palabras que decían antes los labriegos en su mollar lenguaje con gran cargazón de verbos sonoros y frases redondas, ahítas de la plenitud de la sabiduría. Aun no he conseguido adivinar lo que significa a este respecto el común de anacalo con que define un oficio como el de capador en su novela Caprichos. Ésta es en verdad la más caprichosa de las novelas pues carece de un argumento lógico y su ilación se basa al socaire de un extraño misterioso robo, delirio de su imaginación en el seno de la redacción de un periódico. Desfilan tipos. El director. El redactor jefe. El revistero de tribunales. El poeta. El crítico de cine. Hay todavía en estas ciudades que describe el maestro albarradas para guardar la finca y jaraíces para pisar la uva. Cahices de grano asilados en el granero. Habla de la cardencha que era una flor que utilizaban los perailes para curtir. Se escucha por algunos oteros el canto de la coalla (codorniz), que por Segovia dicen collalba confundida con el del herreruelo y el paso majestuoso de la totovía apurandose sobre los cilancos. Si los españoles que tienen el “Marca” por libro de cabecera serían un poco menos incultos tal vez y dirían menajeros. Que es como en rigor va el término castellano. En lugar de managers por aquí y por allá y ante un periodista del corazón cualquiera damisela pudiera exclamar con Azorín: -Jesus ¡qué zagal más porro! Y no nos ancaríamos por estos repajos con tantos almocárabes ante cosa sin sustancia. Pero nos atruena la voz del almocrí muslímico desde su púlpito y nos invita a profundizar en las suras del Corán. Cuando escribía el maestro de Monovar aun no había llegado a nuestras costas la revolución pendiente y un español, con sus maclas, seguía siendo un español y no un globalista de tomo y lomo, que en este alhaquín o telar lo que nos sobran son bufonerías de albardanes a todas horas. Y donilleros y fulleros. Lo malo es que la genetliaca que es la ciencia que determina nuestra conducta a juzgar por la posición de los astros en nuestro natalicio se nos ha puesto brava y ahora sí que maestro Azorín España y el mundo entero van de nones. Las alusiones religiosas en su prosa escasean porque- y en eso coincide con sus coetáneos de generación, sobre todo con Pérez de Ayala, notable por su irreligiosidad- era un coribante o sacerdote pagano de la diosa Cibeles que siempre estaba visitando catedrales. Asimismo, la falta de entusiasmo o su epicureísmo vedan a Azorín la entrada en el cupo de los místicos. Su ideal estético es la imperturbabilidad, la ataraxia, preocupado como está por el paso del tiempo. Mucho se habló de la imperturbabilidad azorinesca de “Halconete” que es como bautiza a Azorín en su novela, un friso de la rumba literaria y de la bohemia de Madrid en los inicios del siglo XX. Para él el mundo no era ni bueno ni malo. Era simplemente tonto. Le gustaba exhumar de los diccionarios voces anticuadas y en eso está en línea con la resurrección lingüística del 98 que quieren hablar con propiedad. Y de esta manera llama cendolilla a una muchacha locuela. Parecía inglés. Era de gestos comedidos, algo glabro y de un rubio lacio. Algo grueso en su mocedad pero se fue amojamando y quedando como una corambre en la senectud. Yo le conocí pulcramente ataviado con un sombrero de fieltro gris caminar lentamente por la Cuesta de Moyano. Azorín siempre vestía de azul y de este color era su terno. Es justo la imagen que de él trazatra Zuloaga, el gesto espectral, la mirada perdida. Los libreros de Moyano se quejaban de que el maestro Azorín a veces al desgaire se quedaba con el tomo de algún libro usado y sin pasar por caja lo introducía en el bolsillo de la americana o por la sisa del chaleco. Era proverbial su amor a los libros, cliente habitual de las muchas librerías de lance que aun quedaban por Madrid. Caminaba despacio y a brinquitos casi como los pajartitos. Muichos viandantes lo reconocían y le hacían alguna reverencia o se descolgaban el sombrero: -Por ahí va don Antonio le hizo una revista González ruano y fue portada de ABC pocos días antes de su muerte que creo que fue en el 64. No sonreía nunca. Con un estiramiento acartonado parecía que nos miraba desde la eternidad el escritor que ya no escribía y que apenas podía leer. Parecía decantado de su profesión. Creó que le hizo al famoso columnista madrileño: -César, los libros cansan. Son letra muerta y son motivo de soledad. Eran un poco las frases de su adiós en medio del tedium vitae del Madrid en el que aun todos nos reuníamos en torno a la mesa camilla. En su juventud había sido apasionado de Maura. Él era su ideal político pero Maura fracasó y con él la Restauración. Y él se volcaría con armas y bagajes sobre la literatura. Expurgó todos sus libros de todo contenido político. Sabe salirse por la tangente y entrar en la variante del limbo asexuado de los que no se contaminan de la religión y de la política, algo muy novedoso tratándose de un murciano. Supo evadirse y supo sobrevivir. Aquí el que aguanta gana. Por eso sus producciones presentan una cierta añoranza pagana hacia el “Beatus Ille” horaciano. Hijo de labradores holgados se nos presentan siempre Azorín con aires de aristócrata. Era el autor que nos echaban a leer en los colegios religiosos y en los seminarios en los años 40 y 50. Gozó de una serie de preeminencias en el franquismo más que ningún otro autor. Quizás por ser un literato químicamente puro, algo escapista. A diferencia de Tolstoi, no quiso mezclarse con el pueblo en las fiesta propulares y en las procesiones. Nunca vimos a azorín santiguandose ni haciendo una genuflexión. Quizás creyera que el cristianismo era una mezcla de judaísmo y sincretismo pagano que apela a los bajos instintos del pueblo. El fervor religioso de los españoles le parecía algo brutal. Por eso no hace otra cosa que desentenderse a lo largo de su obra. Era un epicúreo que conocía los secretos de la vida y quería permanecer villano en su rincón, siempre sentado sobre su cayada de rabadán de los rebaños de la literatura. Abominaba de la democracia porque la democracia representa la fuerza del número. Y en eso no le faltara acaso su punto de razón. En el fondo era un añorante del “ancienne Regime” y busca los rescoldos del París anterior a las cenizas del cadalso de María Antonieta. Termidor y Brumario fueron meses aciagos que trajeron para la humanidad muchos espejismos. El tiempo futuro trajo enaltecimientos abominables como el de la mentira, la exaltación sexual, de la que abomina en sus libros produciendo mujeres y hombres algo asexuados. Tal vez piense que, en esta línea de mentiras en las que se fragua el comportamiento y la vida humana, nada es verdad. Sus amoríos son siempre infantiles. Nada venustos porque su pluma desconoce todo lo que tenga que ver con la salacidad. En contrapartida, hay en las páginas azorinianas mucho tempo y una gran sensibilidad. Riqueza de léxico, ciertamente pero poca espontaneidad dentro del marco de un lirismo estilizado. Huye de los placeres de la mesa y en esto el Azorín hético y frugal se acerca a los modernos en su afán por guardar la línea y el buen tono, ser políticamente correcto. Le horroriza la polisarcia de los incontinentes y disolutos. Azorín comía poco. Por eso vivió mucho. Era tan templado que aburría con sus párrafos. Hoy le encomian los detractores de antaño. Por supuesto, que no valía para la novela. 11 de octubre de 2002 CHAPAPOTE EN EL INVIERNO DEL DESCONSUELO. CON ALGO DE ROSALÍA. En este invierno del desconsuelo ya es hora del que véspero alce su antorcha por más que desde el 13 N no encontremos en este país más que razón para cabeceras apocalípticas en los telediarios y razones de la queja y del mal humor. Chapapote viene y chapapote va. El sustantivo es de horrísona condición como eso gallegos que acudían a segar a Castilla “que iban como rosas y volvían como negros” y a los que retrata Rosalía en alguna de sus entandas. El chapapote o galipote, según adonde hayan ido a parar, si a Asturias o a Galicia, algunas de sus impregnaciones en la forma de galleta, es también negro. El verso rosaliniano no hace más que repicar aldabonazos eléctricos en la cámara de tortura de mis pensamientos, atendiendo a la requisitoria de la poetisa: “Castellanos de Castilla/ tratad bien os gallegos/ Cuando van, van como rosas/ cuando ven, ven como negros”. A estas alturas de este invierno del descontento puede que muchos españoles nos estemos haciendo las misma pregunta. ¿Qué habremos hecho para merecer tanto chapapote? El líquido viscoso gelatinoso, al cual don Mariano Rajoy, tan voluntarioso como siempre, quisiera ver delitescente (que se disgregara por absorción del agua o se solidificase al cambio de temperatura) impregna ya toda la conciencia nacional. El “Prestige”, machacona palabra en nuestros labios, retumba con sones lúgubres de la campana del 98. Su manga y su eslora quebrada las esgrime de amenaza el agit prop de los bloques nacionalistas mostrencos y de una oposición montaraz que sube y baja el brazo al accionar de un zapatero conminatorio que no está a sus zapatos sino que empuña la lezna como una navaja. Este zapatero nos acabará clavando el tirafondos en plena cara. Y es así como este barco con las cuadernas llenas de orín ha supuesto una amenaza a la linea de flotación de ese viejo y noble galeón antes llamado España. Para mí que ahora mismo soy fuelle de todas las fraguas y ando como con miedo intentando buscar un clavijero donde meterme, aunque por desgracia ya quedan pocos sitios donde afufar, esto ha supuesto un torniscón a mis esperanzas de ver al viejo galeón con buen rumbo. El hundimiento de este malhadado carguero ha sido la roca Tarpeya sobre la cual se han precipitado las esperanzas de ese gobierno Aznar que gustaba de jalearse aquello de que España va bien. Los hechos aseveran, por su lado, que las riendas las empuñaba un dominguillo del que han hecho carta blanca los vascos, los catalanes, los marroquíes y a quien hasta los propios gallegos bailan el agua. El marido de doña Ana Botella se ha arrojado con armas y bagajes - y yo sé bien lo que me digo cuando le he visto ladrar a este perrillo de aguas faldero bajo las patas del monstruoso mastín- al bando de los conjurados. Cabe preguntarnos si España no se chascará en dos por la quilla y se irá a pique a tres mil metros de profundidad como ha ocurrido con el “Prestige”. Todo ha ocurrido de antuvión. De improviso se han desatado todas las fuerzas oscuras que yacían en las profundidades del abismo. Desde el trece de noviembre del 2002 se han puesto a galopar los caballos del apocalipsis con esa furia de los bridones a los que el viento engendra. Con ello hicieron acto de presencia los rufianes de siempre, aquellos los que en la noción de la anti España da una razón de vivir. Entre ellos no podía faltar el bueno de Ibarreche del que se pregona por ahí que es la leche. Fraga no estuvo fino y hasta se le supone como antiguo firmante del Contubernio de Munich entre los conjurados. Triste sino para un hombre que iba para líder de una nación el haberse convertido en cacique de campanario pero los hechos son así. A ese cerdo también le tenía que llegar su sanmartín. Y a la fuerza esa burra todos sabíamos que habría de malparir. Hoy nos advierte un periódico de Madrid que hay razón para suponer una trama de fuerzas oscuras que trabajan para la secesión e Galicia de España y su unión con Portugal. Por eso digo que muchos que conocemos la historia de Este pueblo que ha venido siendo contada por un aluvión de exegetas criados a los pechos de los domines de Harvard, Cambridge y Oxford, ya se sabe que la historia la escriben siempre los vencedores, ha sonado con cacofonía maligna, porque hemos asociado su nombre al del “Maine” y por ahí andan jaleandolo de mala manera agrupaciones de origen oscuro y de neto signo antiespañol como es la plataforma “Nunca Más”, un señuelo del viejo aforismo antinazi del “Nie Immer” y del “Never Again”. El marchamo de los acontecimientos nos hace temer porque la Península Ibérica en manos del agit prop los hechos nos lleven a ese estraperlo esperpéntico que fue Yugoslavia con un nuevo poder musulmán cada día más afincado y con un cristianismo al que cada día se nota más fuera de sitio. En los altos hornos se está amasando el amargo pan de la conjura. Todo esto guarda mal fario. Y al hilo de las mismas palabras que recapitula Rosalía de Castro en sus Cantares Gallegos que se han cruzado por los cielos de mi existencia como un alud de chapapote hay que traer a colación el resentimiento de la poetisa: “Pobre Galicia no debes llamarte nunca española/ que España de ti se olvida/ cuando, ay, eres tan hermosa”. La democracia ha sido el pretexto para renunciar a un proyecto de vida en común con más de quince siglos de existencia. Tienen la culpa los segadores de Puente Deume que subían a Galicia - los nacionalismos exacerbados siempre exageraron peligrosamente - enseguida de dar por Castilla unas vueltas a las hoces. Y tiene la culpa, por lo mismo, el chapapote. Puede ser que Rosalía fuese una meiga cuyos conjuros llegan hasta nosotros los pies desnudos sobre la arena cual si fuese una rianxeira a medias entre pronunciar conjuros terribles y entonar el “Oh miñas verdes”. Toda la toponimia excelsa que mienta en sus versos (Muxía, Finisterre, Malpica, Corcubión. O Grobe, la Virxe de la Concha) aparece ahora cubierta por la marea negra. Cuando entonces fueron lugares que concitaron su inspiración. ¡Lo que cambian los tiempos! Otros han recogido el reto lanzado por esta mujer hace más de siglo y medio y la mar se venga, con una de sus macabras muñeiras tiznando de negros los seijos[iii] del pedrero, que acaban igual que aquellos neños de Rosalía que bajaban como rosas pero a los que Castilla los devolvía del color de la pez en trueque siniestro. Son la apódosis y la prótesis de una oración causal a la que se le ve bastante poca lógica. España, me guardo para más tarde tu tributo de cenizas. El péndulo de la historia, que no camina sino a saltos, retrocede ahora hacia el Nearcenthal. Los desierto africanos están produciendo un hombre nuevo que no es otra cosa que un sinántropo. ¿Vida en otros planetas? ¿Poligenismo? ¿Partenogénesis o reproducción anemófila? ¿De donde viene el ser humano? He aquí que tanto España como la Iglesia, accediendo a la petición de sus enemigos, consiguieron renegar de sí mismas y asistimos a la liquidación de la era constantiniana como si fuese un combate de lucha libre. Habiendo sido reclamado el derecho de autoinmolación, hemos visto como las dos lo han hecho gustosas. El chapapote no es más que el corolario de todas esas premisas de un silogismo en estado de fractura. Por eso resulta tan difícil entender los tiempos que circulan y hay que pensar lo mismo que Dionisio Areopagita que asistió a distancia por un proceso de bilocación a la hora amarga del Gólgota. O el mundo se disuelve o el dios de la naturaleza sufre. Entre las manos su propia bomba les va a estallar a los propios autores. Era la adehala que hemos tenido que pagar al dios del absurdo. De ahí que nos hayamos quedado perplejos, suspenso el anhélito, y a verlas venir. Si el chapapote nos cubre hasta las orejas no hay que echarle las culpas a nadie. La responsabilidad es nuestra. Exclusivamente nuestra. Hemos trocado el oro literario por el cobre periodístico. Es hora de purgarse con vasos de hiel hasta apurar el cáliz y morder, con dentadura enteriza, el luquete de limón. Hay que aceptar la amargura de todo esto. La burla del destino no puede ser más cruel. Todos sabemos que el malhadado buque no hubiera podido entrar en rada en el puerto de la Coruña ni en cualquier otro puerto del mundo, dadas las condiciones en las que estaba. ¿Y de eso tiene también la culpa el gobierno? Del armador del petrolero hundido, un tal Friedman, judío moscovita dedicado al estraperlo del fuel utilizando como arganeo de sus banderas de conveniencias el puerto mafioso de Gibraltar hoy no se acuerda nadie, cuando él y la organización que está detrás, son los verdaderos responsables de la catástrofe. Pero a la propaganda internacional que hoy a todos los españoles nos enseña los colmillos utilizando de comodatos al Sr. Zapatero y al Sr. Llamazares, al Sr. Ibarreche y al partido galleguista, no le interesa dar pistas sobre sus propias incongruencias. Ellos han creado la ley antes de tender la trampa. Este es un pote muy bullido donde más que el mal en sí lo importante es meter ruido en torno a él. Y el que más chifle, capador. Estamos acostumbrandonos a bregar no sólo con el galipote sino con toda una marea revolucionaria en nuestras vidas. Las fuerzas oscuras están utilizando el incidente para subvertir el orden. Y en este río revueltos, aunque sean las aguas negras del naufragio de un petrolero, hay ganancia de pescadores. Pero lo peor de todo no ha sido este reguero de miasmas que se desprende cada día de los contaminados pecios que encharcan el océano sino de la marejada de odio y de viejos rencores que el incidente trajo como consecuencia. El hundimiento del “Prestige” no sólo se ha convertido en instrumento de la justicia divina sino que es escaparate de la vida española ahogada en crudo sin refinar. Las finanzas, el foro, la iglesia, el periodismo, la enseñanza, los audiovisuales se ahogan en un alquitrán caliginoso que tizna nuestras vidas. ¿Adónde guarecerse? ¿En que lugar ponerse a cubierto de este río de inmundicias que todo lo cubre? El problema actual de la sociedad es que carece de orografía. Toda ella es como un encefalograma plano y estamos, señores, con el culo al aire. “Si o mar tuviera barandas, fuerate a ver ao Brasil / mais o mar no ten barandas/ amor meu, por donde hei de ir”. Nos hemos quedado sin caminos, huérfanos de la orilla cubierta de chapapote que es como un castigo divino. Antaño pecamos mucho. Es justo, pues, que ahora paguemos las consecuencias. “Extraños feitos vense en este mundo de trampa”, lamenta la autora. La que hicimos en Pajares, paguemosla en Campomanes. Y esto ha sido también un poco la venganza de Rosalía que al lado de sus melosas cantigas que añoran los aires de su bella tierra se atreve a hacer pronunciamientos terribles contra España y contra los españoles llevada de una fuerza centrífuga en cuyo vórtice nos hallamos en la actualidad. De esta mujer partió el grito de independencia para Galicia y Vascongadas. Todo parte del iluminismo federalista de Pi Margall. Sabino Arana iba a recoger el guante un tiempo más tarde. Nos duele la vesania con la cual la dulce Rosalía formula dicterios y se despacha a su gusto contra Castilla. A ella debemos en parte todos estos juegos florales nacionalistas cuyos petardos nos estallan entre las manos. Vamos a asistir al último episodio -¿ cruento?- del 98. La España de la linde periférica no supo o no quiso entender a la mesetaria. El tiempo no ha hecho sino agravar esta trifulcas por mor de un antagonismo del concepto medular sobre el cual estriba este país. Ni hasta en eso somos contestes. Comulgamos perpetuamente con la rueda de amolar del desacuerdo. Entre medias de su candor doméstico, esta sacerdotisa del lar, no para de atizar el fuego de la subversión. “Castellanos, tenedes corazón de ferro” y no ahorra epítetos contra España a la que se atreve a insultar de a hecho cuando dice que Castilla que es una reina sentada en un trono de paja un día las pagará todas juntas. Ominosos versos los de esta melosa galleguiña que vivió en Madrid algún tiempo en el número 13 de la calle de La Ballesta. Ahora ahogados en chapapote comprobamos que las amenazas iban en serio. 12 de enero de 2003. LOS JESUITAS DE PÉREZ DE AYALA Y LOS QUE YO CONOCÍ por Antonio Parra 15 de enero de 2003 La Compañía de Jesús ha de ser desmantelada de raíz. Es la conclusión con la cual termina la novela de Ramón Pérez de Ayala, AMDG, dedicada a analizar la educación que venía siendo habitual en los colegios jesuíticos hasta hace muy poco tiempo. Serviría esta obra de piedra de escándalo y daría pábulo al decreto de supresión de la orden sancionado por la República española en 1931. Los jesuitas como los judíos han sido expulsados de muchas naciones y de muchos lugares en razón a su eficacia y a su modo de operar que es el secretismo y el control de las fuentes y de las fuerzas del poder. Sin embargo, el novelista asturiano nos descubre que en esta animadversión que late contra los hijos de san Ignacio hay su parte alícuota de verdad. O cuando el río suena agua lleva. En el inocente Bertuco y hasta el pedorro y glotón Coste, el niño de las sonoridades fecales, y el que al fin del drama trata de escapar desde Gijón hasta Vegadeo siguiendo el camino de la costa, me ha visto reflejado y descubrí a lo largo de un centenar de páginas, y por unos momentos de solaz, al niño que fui. De esa educación que recibí en los tiernos años, a juicio de la critica y viendola al trasluz de la enseñanza que se imparte en la actualidad, no pudo ser más deformada. Yo tengo que decir que della me viene lo bueno y lo malo. La capacidad de entusiasmo y la alucinación, la desconfianza y el individualismo con respecto a mis semejantes, puesto que la salvación del ser humano ha de ser una cosa estrictamente personal. El Regium situado frente al mar cántabro y a unas leguas de Pilares se parece infinitamente al colegio de san Antonio, en un altozano con vistas a ese mismo mar que se eleva, subida la Cardosa, en la localidad de Comillas provincia de Santander. La mentalidad y hasta los personajes que desfilan por los capítulos de este singular y amena narración, seguramente lo mejor que salió de los cálamos del escritor ovetense, son los mismos. Nosotros también llamamos como los niños del Regium a los retretes por el nombre genérico de “lugares” y tuvimos que convivir con muchos vascos. Desde entonces creo que los de esta procedencia se me atragantaron y que Dios me perdone. En la figura del hermano Echeverría, el enfermero sobón y algo marica, encuentro yo una réplica de aquel director espiritual al que llamábamos padre Muñana que al confesar nos abrazaba con gran efusión e intenciones no del todo santas. No nos andemos con caxigalinas. La paidofilia fue uno de los lastres de aquellos internados. Tampoco faltan los místicos como el padre Sequeros quien acaba teniendo una romance con una mujer casada, la inglesa Ruth Flowers, todo en plan platónico, claro es, pero sin que por esto desmerezca por el ardor y el empeño. La relación existente entre mi adolescencia y los jesuitas es de causa a efecto, aunque no estoy seguro de la posible atingencia que puede tener la misma con el mundo de hoy. En los albores del año 2003 ya no vejen tales cánones. Quedaron sobreseídos todos los planteamientos. Es otra época. Otros afanes. Estamos delante a un nuevo bestiario que dejan en ridículo toda aquella fantasmagoría, cuando suenan clangores bélicos y una nueva guerra del golfo está a punto de estallar. No sé qué sentido puede tener el bucear en todo aquello que pertenece a un mundo anquilosado y fané, según la leyenda del tango. Mi yo - el del prejubilado que madruga para ir a Moyano a ver de qué humor se ha levantado Riudavets, para ganar un euro en cada adquisición libresca, porque los libros que adquiero en su puesto se los revendo a una paisana- nada tiene que ver con el de aquel seminarista que entraba en la capilla de ejercicios con el alma aterrorizada por el miedo al infierno y ciertos sueños de progresos en el camino de la santidad, que derrotaron hacia el vino tiene bastante poco que ver. Para empezar los jesuitas se irguieron como baluarte de una institución hoy inexistente. Desconozco - ya digo - el vínculo entre lo que fui y lo que soy, y a veces dudo de poder ser el mismo. La iglesia ha caído, España ha caído. ¿Dónde están sus viejos guardias de corps? Los jesuitas fueron otrora su baluarte pero hoy ya no valen para nada. Nadie se baña dos veces en el mismo agua y esta noche tengo que acordarme de Demócrito, a veces dudo si esta vida que tengo yo será la misma que a la sazón. Yo mismo soy un producto de todo aquel afán. A lo largo de cuarenta años BODAS DE PLATA DEL PAPADO Vuelan los murciélagos por todo el raso de los cielos y el papa Wojtyla ha alcanzado el cuarto de siglo en la silla gestatoria. Mucho papa y poco Cristo. A mí me parece uno de los hombres más nefastos de la era cristiana. Hay algo que hace sospechar de su probidad vaticana cuando los enemigos de la Iglesia se deshacen en lisonja y desenvainan los incensarios a su paso. Yo estaba en Nueva York aquel día de octubre de 1978 cuando se alzó la humareda blanca y creo que me despaché con una crónica de circunstancias sobre esta vocación tardía. Un tabloide neoyorquino llegó a suponer que estuvo casado. Teníamos papa. Un papa judío. El que más laboró por la caída del muro y la instalación del nuevo orden que oprime al mundo. Estuvo en la nómina de purpurados de la CIA. Es tan arrollador que es un papa superior a su cargo. La silla de san Pedro no le cabe en las posaderas. Luego lo retraté en su visita a Harlem y hubo signos y conjeturas de que aquel hombre iba a ser problemático. No seguían disciplinantes en sus acompañamientos sino una larga estantigua de periodistas. Entregaría la barca del pescador al turco. El mundo se había vuelto loco y todas las gentes peregrinaban a los santuarios marianos. Hay pressura gentium. Europa ha sido vencida, desintegrado. Karl Wojtyla mucho puente para tan poco río. Las aguas de la iglesia bajan mefíticas. No hubo tantos escandalos desde la corte pontificia de Aviñón. Yo estaba instalado en mis frondosidades místicas. Virgen del Puy a la que tanto serví pero no escuchaste mis oraciones. Vivimos en la época del número soberano. Es la fuerza de la masa. El Diario El Mundo al servicio de la bestia se deshace en elogios hacia el polaco. Loor de enemigo. Malo. Padece de abasia y de abastasia. Le falta movilidad y no se puede poner en pie, pero él continúa terne. Parece que tiene pacto con el diablo y no piensa morirse. No es humano. La prensa de Madrid parece escrita por sabuesos de la extranjería. Tipos que no son de aquí ni de allá sino marcianos. Mis musas se desatan en llanto. Por todas las partes del viejo Madrid, cesantes y emigrantes. Se vienen abajo las torres de guirlache. Ay de mi alhama. Llegan y llegan, presidente. Los del Opus hacen rancho aparte. La Iglesia padece de hidrocefalia. Todos los honores a un papa y las iglesias vacías oliendo a cagadas de gato. Mientras, los enemigos de la cristiandad se ponen las botas. ¿Arderá todo esto como ardió la iglesona de Gijón el año 30? Hemos de tolerar reportajes y artículos lamentables de pisaverdes de la modernidad que escupen por el colmillo y pontifican democracias de refilón. Se echa de ver que soy un buen oteador, pero nada os preocupe, no pasarán, no han pasado nunca, aquí surgirá un espadón. Puedo cimbrar mis argumentos sobre la bóveda de la historia cuyos arcos de herradura son como espigas que renacen en el campo de la ilusión. Habrá lóbulos trigeminados que nos conducirán por los cimborrios a la concameración de un nuevo palacio donde entrará de nuevo el caballo de Atila pisando fuerte. Ulanos al poder. ¿Qué harás tú, alma mía, en los días gordos que nos esperan? Todo se ha consumado. Pero aguarda. No dijeron todavía la última palabra. No hubo ciudad más hermosa que Estambul. Pero hele. Acaban de bombardear sus sinagogas. Hubo cincuenta muertos. Llorando están las cúpulas del cuerno de Horno. Los almuédanos banden amenazas. Hay alimoches durmiendo en las ramas de los grandes cedros. Estas aves rapaces observan cómo nos percuden en lo más hondo de nuestras convicciones pero no abrirán el pico jamás y la rueda de las noticias es un litotritor al que no se le resisten los corazones de piedra. Los bustos parlantes repiten una y otra vez las mismas monsergas. La fuerza del mal domina las entradas del periespíritu. Van a levantar un aduar a las mismas puertas de la catedral de Burgos. Pronto veréis entrar las cáfilas de la marcha verde y os daréis cuenta que no es fabula: los periodeutas que vienen se llegan a cauterizar la herida a sangre y fuego mientras los paladines de las noticias nos siguen improperando desde la garita electrónica de su caja tonta. Y no quiero lanzar más guays, porque los esperteyos (murciélagos) vuelan y vuelan y yo veo mi huerto como en Carlyle Green cuando sonaron las campanadas de Roma. Estábamos en la esllaba (cocina) tomándonos un té con hielo. Se venía hacia nosotros un elefante herido barritando. Las mozas blasfemas proferían ecfonemas. Opté por entregarme al vino y muchas noches me encontraron enturbio (borracho). No sé por qué me salen hoy en el día del augusto jubileo las palabras bables. Pero les mobeyes (gaviotas) vuelan incesantes por el firmamento de mi espíritu Y es que mi Asturias es inocente y maliciosa, socarrona y reflexiva, satírica y sentimental. Allí el amor a la tierra no es particularista ni secesionista sino integrados y yo amo a Asturias en sus furias y en sus envidias. En sus virtudes y en sus defectos. Me voy por sus sebes y sus murias camino adelante. A moces. Los prados están tamizados de flores: blancos belortos, violáceas corolas del cólchico, gencianas, malvas y salvias y todo el amor que brinda en su tallo la festuca. Cudillero es mi puerto seguro, aunque pienso que a veces los asturianos no están a la altura de sus augustos paisajes. Asturias es lo que queda de la España destruida. Yo prorrumpo en un “estijerón” un solemne himno ortodoxo. Estoy gimiendo y temblando y soy un cristiano fugitivo. Que no puede comulgar con la iglesia sinagoga que invoca Wojtyla, que no busca a Cristo, que se representa a sí mismo. Gran actor. Cuanto mayor es el sufrimiento más cerca estoy de Dios. El icono me mira con dulce y noble expresión. Su visión me hace bien y me devuelve la paz y la alegría. Guarda silencio, refrena tus ímpetus, pero como no voy a clamar si nos están invadiendo por el sur. Veo al Redentor con la cruz a cuestas y coronado de espina. Con Cristo hay luz y sin él espantosas tinieblas, pero la cara redonda de este vejete no tiene nada que ver con la visión de Cristo. Alcése Dios y sus enemigos se dispersen. Huyan ante su faz los que le odian. Disipénse como el humo. Son palabras que leo en un menaion antiguo. Cánticos y lecturas prorrumpen en una dulce modulación. Qué lejos estamos del Cristo ortodoxo. El oikos pascual ha fenecido. Los tiempos son tales que surgen voces del contakion refiriendo las palabras evangélicas: “Huya entonces a los montes quien esté en Judea”. Todas estas colectas sálmicas tienen una misión que cumplir: esponjar el alma, trasponerse y embargarse del espíritu evangélico. Viví largos años consagrado a la plegaria no sé si con gran provecho, pero el sentido ritual de los libros inspirados cristianizó el salterio ¿Cómo es posible que los libros de la antigua alianza clausurada por Xto perduren en el Nuevo? Orar utilizando palabras de otros hombres que han vivido en diferentes épocas no es que sea muy original pero es una fórmula imprescindible para entrar en el laboratorio de la gracia. Los exegetas argumentan que el salmista está descifrando en sus palabras hebreas la llegada del Salvador. Aunque no sirve darle vueltas. El salterio cristiano es un préstamo judaico. La lectura modulada de los responsorios fue la escala por la que trataron de llegar monjes de todas las épocas a la Nueva Jerusalén. La iglesia ortodoxa tiene el spakón que se corresponde con la antífona (literalmente, voz contra voz) de los católicos y a los estiquerios griegos de ritmo binario de tendencia autocéntrica. ¡Ah “stavros” dulce cruz. Dominus regnavit a ligno. El cristianismo no es más que cruz y que menoscabo o desprecio de lo presente. Poco me importa que mi mujer me sea infiel, que los hombres me desprecien. Yo sufro por el amor de Xto y proclamo la verdad como un diácono, por más que el papado actual no me sea bien quisto. Se aficionó demasiado al mundo y éste le está pagando con la falsa moneda en una especie de “lip service” mediúmnico. Los poderes sublevados contra el Ungido perecerán. Hay en nuestro mundo de hoy un combate acérrimo y este aspecto agonístico no es para ser dado de lado. Nuestra esperanza es precisamente Xto vencedor de la muerte y que derrotó a los demonios. Es una lucha decisiva contra la carne y contra la sangre en la que estamos embarcados. Contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo tenebroso. Contra los espíritus malos instalados en los aires. Xto asumió la historia de Israel y lo eleva a la eternidad. Pero no al revés, como algunos pretenden, y ese ha sido el error máximo de Wojtyla. El corazón del mundo se aleja de él por más que la boca esté cerca. Rebrota la leyenda de los viejos ritos, mientras el morisco ocupa Getafe. Es Ramadán y ya hay más de cien mil dellos sólo en Madrid. Vienen y vienen, presidente, guay de mi España. Pipino había pedido libros litúrgicos a Roma. Envió un antifonario y un responsorial a Simeón Secundicerius. hoy por las calles de Madrid no se escucha hablar en cristiano. La iglesia de Juan Pablo II está muy lejos de esa belleza mística que tiene el trotarios. Él, que venía del Este, ha roto con la tradición. Tendrá que dar cuenta a Dios de muchas abominaciones. Por eso no quiere morirse. Capituló a las instancias del siglo. Me sigo refugiando en la liturgia rusa, pues de allí viene la esperanza y la fe. Juan Pablo -siniestro personaje- no ha querido reconciliarse con el patriarca de Moscú. Es un horizonte que junta el cielo con la tierra. Me impregno de eternidad. Lo que nunca comprenderá este polaco es lo que dijo el Maestro sobre el menosprecio del mundo. Ay de vosotros si os alaban y no os persiguen. La cristiandad por la acción de las radios y de las estaciones audiovisuales sigue siendo un corral de vecindad. Nuestro mundo - dijo un santo padre- está hecho de tal modo que al creyente se le tiene por un ser anormal; si no logran desnudarlo de su fe, lo encierran en un monasterio. Wojtyla se ha unido a los descreídos. Es la vera efigie del mal pastor que no da la vida por sus ovejas. Tiene en mucho su vida y la perderá. Es un falso profeta. No le creáis. Me someto a tu embrida y voy escotero por la vida a la busca de reliquias. Un itinerante de la tercera edad que va a ver las Edades del Hombre. El cristianismo se ha convertido en pieza de museo. Me prende la duda. Lo que más me gusta es dudar. Pienso en las recompensas que el destino reserva a los santos. Mis días me han convertido en cantor del crepúsculo. Soy también escritor. Tutor de la moral. Venid todos al banquete de la palabra. Ya sé que me controlas a longe. Mirad esos sacristanes con los dientes enfermos. Se encienden en el horizonte las candilejas de la tormenta. Mi prensa, que no publico más que en el interior de mi corazón porque ese es mi periódico rompe en guays y sollozos de jeremiada. Todos los periódicos del mundo a los pies del New York Times. Contemplo la obscena hilaridad de la muerte y el alegre retumbar de las barajas sobre las testas vacías. No digas tanto que te han estampado con el sonoro bofetón del gusto. Mi vida se ha convertido en diatriba del tempestuoso presente. Oigo el cascabel de los bufones que se aproximan. Son los hoci poci medievales. Hay en lontananza un montón de borradores. Acumulo textos nuevos. Viene el inoj (monje). Ya flamean las haldas de su escapulario negro. Confirma el religioso que yo aprendí a admirar leyendo a Chejov. Rebasaba mis tautologías e indigencias mentales. Bendiciendo iba por el mundo. De todo aquello sólo queda un rasguño en el cielo. Y dejas pastor santo tu grey en este yermo. ¿Cuándo terminará la comedia de los cuentos póstumos? Execro esa culpa por los tiempos póstumos pero me entusiasmo con la metafísica del profetismo. Ellas escupen para la bandera, y mientras tanto la baraja se nos llena de sotas y en las mansas olas estallan temblores de odio antiguo. Corre por el país una marejadilla de guerra civil. Vidas derelictas, textos abandonados. Comprate una pipa nueva, fuma y te sentirás mejor mientras escribes negro sobre blanco. Abandonos de septiembre. El bronce de la lluvia. Befas. Muy peligrosas befas. De niño yo quería ser cantor. Sueño con mezquitas convertidas en iglesias antes de que baje la marea del vino que me hizo pasar hartos trabajos. Susurro la estrofa de una vieja canción: “Bernardo estaba en el Carpio. El moro en el Arapil. Como el Tormes va crecido. No se puede resistir” Toda la noche oímos pasar pájaros sobre los puentes atalajados del Guadalquivir. Uno ha de resignarse y asumir el papel del gato del portugués que va adonde le llevan. Have a break, have a Kit Kat. Este es un by line o motete comercial digno de la pluma de un Orwell, quien también se ganó su duro pan escribiendo para el comercio. Fue publicitario como cualquier propagandista de la hora actual. Pienso en los lameruzos del “Mundo”, lengüetazo va lengüetazo viene, a la Constitución del 78 que entre todos la mataron y ella sola se murió. Triste está don Gregorio Peces. Triste y cansino. Un manso. Que lo aspen. Mal rayo le parta. Que ahorquen a Raúl del Pozo, uno de los grandes áulicos, en su propia melena blanca. Es la hora de Judas. No hay árboles en los bosques de todo el mundo para que pendan de sus ramas los infinitos traidores. Arzallus, paraguas en alto, dirigía el orfeón que cantaba un aire vizcaitarra en honor de los gudaris. Ese himno se ha convertido en canto funeral por las Españas que mueren en medio del inmenso bostezo de las tenidas de la prensa democrática. Arzallus estuvo muy solemne con sus loas al RH propio y a toda la raza turania. Mulas de la Inquisición cerca del convento y el delator al acecho. Andaba el viento muy pomposo de capas pluviales. En Triana había jolgorio. La escarcha se confita sobre las calles empinadas. Escribiendo me hago compañía y de mi pluma se alzan memoriales y cartas que envío y nunca serán contestadas. Mi vida ha sido una marejada sobre los trigales. Y allí en un rincón siempre me encuentro a Teresa con sus reformas y sus trajines andariegos. Una trotaconventos convertida en fundadora. El Ser. El Mito. La nada. Mujeres españolas, hembras de rompe y rasga. La “Espe”, la Campos, doña berenguela y doña Tota la asturiana. Agachad la cabeza y gemid bajo el puñal de Perperina. Las ninfas cibernéticas andan algo espatarradas. Memoriales. Rentas. Importancia del oro. Hipocresía. El dulce disimulo del místico. ¡Ay, cuánto sufrir y padecer! Tus prosas monjiles se han quedado en nada. Como España. Soy un jayón de la cultura. Todos mis méritos, hablando en certinidad, son expósitos. Hojeo las páginas del Jelirah, el libro cabalístico que hizo tantos jesnatos. Visito el sepulcro en Santa María de la Huerta de Ximenez de Rada el constructor de la catedral de Toledo. Su nombre ocasionaba la jindama o el pavor entre los moros que se escondían en las madrigueras de los tolmos o trepaban por entre los cuchillares y gollizos de montaña. Te convertirás en jorguín de la noticia. Ese es tu sino a jorro de los acontecimientos. ¿Me preguntas por Wojtyla? The jews are invincible in peace, invisible in war. Van los últimos a la guerra para volver los primeros. El viento de la historia azota al olivo de Israel y son vareadas sus ramas a conciencia por los cortijeros. Luego en la almazara su fruto es exprimido y molturado hasta el máximo. Así tiene que ser para que el crecal, su árbol místico y simbólico, de su fruto. Ellos son los obreros de la hora undécima. Trabajan con pendolistas a jornal y como el diablo se hizo periodista ellos se aprovechan. Esas tendencias estetizantes. Esos gozos necrológicos. Para mí ninguna pulga es malvada. Todas son negras. Todas saltan en los garitos infames del Madrid tabernero donde van a beber los modernos periodistas cuyo trabajo fundamental es la injuria y el sarcasmo y hablan un lenguaje elaborado del intelecto separado del idioma de la calle. El periódico mengua el estilo y en su cotidianidad destruye los temas. Ya pintó El Bosco a periodistas que la emprendían a mordiscos. Ponedlos un bozal. Los bibliotecarios hacen su propia metamorfosis y se convierten en agitadores. Los niños siempre desean saber qué se esconde dentro del caballo de cartón. Una agada del Talmud prohíbe la excesiva sciencia. No lo quieras saber todo. Te volverás loco o más te valiera no haber nacido. Deponer derribar, pintarrajear monumentos esa es la norma de la modernidad. Su escritura en la pared se confunde con el dele de Satán. Y en el paisaje urbano se erguía austero el toldo del rascacielos. Una vaca le daba cornadas a la locomotora. Yo escribo en estado de exasperación. Todo es chapucero. Los versos giran con la rotación de la tierra. Dan ganas de pegar saltitos en el viento. Mañana dejaré de fumar e ir a la cervecería. Nunca cumplo mis propósitos. La única razón posible es la razón vinolenta. El alcohol nos da amparo y nos tortura. Ah mis dolores de cabeza en las mañana de resaca. Es como descender a un pozo hondo y entrar en un camino sin rumbo que no conduce a ninguna parte. Voy escotero por el mundo sin escudo y sin refugio, cantando las verdades a cara descubierta. De tarde en tarde percibo sobre mis hombros el viento suave de las bonanzas. Nunca practiqué el mamoneo de la lisonja. No fui periodista pasamanero sino ardoroso vidente de la totalidad. Mucha ambición y pocos principios. Esa es, como os vengo diciendo, la historia de los papas. Gastos, reservados, bulas, franquicias, estolas, capas pluviales, acetres de oro y de plata y pasta, mucha pasta. Y ángeles barrigudos que soplan adufes desde los policromos retablos barrocos y vuelan retozones hacia la victoria. Nos ahorcarán a todos con cordón de seda de una viga de la Cámara de los Lores, el club más selecto de toda Europa. Eramos bastante jóvenes y estábamos un poco desilusionados con la político. Organizábamos sentadas y manifestaciones contra la guerra de Vietnam. Wojtyla por entonces no era más que un obispo muy pagado de sí mismo en Cracovia dentro de la nómina de agentes de la CIA. Nacimos en la era de la fotografía. Todos queríamos ser fotógrafos a imitación de Lord Snowdon. Yo me compré una Pentax y me fui a Belfast a hacer fotografías. Por poco me mata un paraca cuando una noche de Noviembre en plena Falls Road accioné el obturador del flash. Era la hora incierta del twilight cuando llegan las brujas. Fui salvado por la misericordia de los cielos y por la intervención de la Madre Teresa de Calcuta a quien acudía en ese momento - cuando me crucé con el blindado escocés- a entrevistar a uno de los suburbios más pobres de aquella ciudad. Volví a Londres y pernocté sentado delante de la fuente de Eros en Picadilly. Los muros de los almacenes de Marks and Spencer estaban llenos de pintada y de consignas. Haz el amor y no la guerra. Nunca le daba a las anfetaminas. Yo he sido escapista del porrón y del vino a palo seco. - Eh you, purple heart takers. O vosotros corazones de purpura, ¿adónde os encamináis con tanta prosopopeya? -He conocido el secarral de muchas resacas y de atormentadas noches de etílico. Por una más. Yes, I know, drinking could become a messy business. -El LSD o ácido de dietilamina no lo conoces. No has conocido entonces las alucinaciones de la paz celeste ni los enunciados de los infiernos más horrorosos. -No encaja tu discurso. -Ni yo mismo me encuentro razón de ser. Mi vida no es más que un pelote de borra para henchir cojines. Pero nos ibamos a jugar los cuartos a Espinal que por aquellos días era el club más selecto de Londres, justo en Berkeley Square. Ya estaban a la puerta los lacayos vestidos de amplias libreas negras verde botella. Por las jambas de las puertas penetraban imperiosos personajes que iban a ser trasquilados. Señores, hagan juego, personajes dignos de una novela de Dostoievski. Todo lo cargábamos al inland revenue y nos largábamos a cenar a Álvaro el restaurante italiano más posh el que estaba al final de Kings Road. Todo aquel mundo pasó arrollado por la vorágine de una nueva era que llegaba al son de la música de los Beatles vibrando entre las cuerdas de las guitarras eléctricas de todos los chicos de barrio. El mundo se colaba por los entresijos de la imagen. Todo era imagen tal vez irreal. Por eso la gran modelo de aquellos días era Twiggy, la mujer irreal. No era una mujer pues no tenía caderas. Era la luminaria de la gran persuasión. Un conjunto de jóvenes se reunió para que algo sucediera y sucedió en verdad, pues todos veníamos pisando fuerte. Había barra libres y restaurantes all the food you can take. Tampoco nos faltaban las mujeres en ningún momento. Así estábamos todos. Tan felices. Eramos una generación fuerte que llegaba apretando el paso. Cierto es que aparcábamos poco a poco las costumbres de la infancia. Muchos dejamos de rezar el rosario y de ir a las sabatinas. No había más conjugaciones del verbo moneo ni declinaciones de ese rosa rosae místico en los labios de los aflictos pronunciados con voz solemne y quejumbrosa. Nuestra plegaria era un rezo de desesperados y de desterrados en este valle de lágrimas. Pero en Londres descubrimos que los valles de la campiña inglesa contenían más risas de sátiros que de lágrimas penitenciales. Sarta de dieces. Ave María y otros tantos peldaños de los que trepan por el husillo de la escalera de caracol que va al cielo derecho tras empinada ascensión. Salutación humilde a la esclava del Señor. Por aquel tiempos conocimos a otras esclavas con otra clase de subordinación. Soniquete que se escuchaba por todo el ámbito de las Españas cuando el sol iba de vencida, un canto de resignación. Eran las plegarias de las vísperas declinantes. Pero ya el medievo pasó. No hay Dios. Todo está permitido. En la insistencias rosarias se basaba la mística del hesicasmo. Los primeros en rezarlo fueron los moros con invocaciones a Alá otras tantas veces. ¡Qué desencanto al descubrir que el cielo estaba vacío y que no había nadie al otro lado a la escucha de nuestras imprecaciones! El mundo se volvió un poco más difícil, más placentero, más perverso. Claro que Antes tuvo sus detractores. Miguel de Molinos, aquel jesuita iluminado, apóstol de la oración mental, lo consideraba la rahez de las devociones. Los cartujos por su parte la mantuvieron siempre como bandera claustral y orgullo de orden. La Virgen María vela por el cartujo en vida y en muerte. Acaso el rezo del santo rosario sea una de las claves de su perdurabilidad. “Cartusia nunquam reformata quia nunquam deformata”, solía decirse. Por lo regular los cartujos gozan de vida y larga y un monje cualquiera al cabo de sus días bien puede haber pronunciado cientos de avemarías y de gloria Patris. Por eso cuando muere un monje blanco en los cielos hay folixia. El alma de estos bienaventurados cruzan la aduana celestial sin más. San Pedro les pone pocas objeciones. Venga, cartujos, pasad. Sale a recibirlos en persona la Virgen María en calidad de reina de los cielos y posadera invisible que vela por la seguridad de los cenobios cartujanos. Allí los hijos de san Bruno tienen vara alta. Al menos, es lo que creía yo durante muchos años. Luego, por mis pecados, nunca se me apareció la Virgen y he dado con los huesos de mi vida y de mi muerte en un pleno fracaso. Virgencita, Virgencita, no acudas a salvarme. Que me quede como estoy. Con mis rosarios al cuello fui un poco el risum teneatis. Pobre loco, oí murmurar en mis calcaños. Las 150 avemarías corresponden a los otros tantos salmos ya cantados en la iglesia de Antioquía por san Ignacio Mártir. pero aunque ya Beda el Venerable en una de sus cartas al Beato de Liébana hace mención de esta práctica piadosa no cobra carta de naturaleza en la cristiandad hasta finales del siglo XV. Dicen que ha sido la mejor arma que ha tenido la iglesia en su lucha contra el dragón. El nombre de María lo pone en fuga. La hidra deja entonces de agitar sus siete testas y los ignívomos monstruos de la noche se amansan. ¿Qué tendrá el rosario? Conjuro sublime que ha servido de sortilegio contra la ponientada de azufre. María, mar amargo, o simplemente mujer, difunde luz en medio de las sombras y los diablos huyen. Santa María, madre de dios, entonces yo tuve un sueño y vi las acroteras sobre las cuales se eleva y reblandece el templo del dinero sentado al padre dolar Jupiter rotundo hablando inglés y catalán a la pléyade de aduladores y de sicarios. La virtud de las vestales lloraba inconsolable a la sombra de un sicomoro. Todas las calles del viejo Bowry estaban sembradas de cadáveres de borrachos. Habían caído en la toma de la Bastilla del Morapio -Bien empleado os está - clamó el Tonante - por perdedores. María aplastará la cabeza de la sierpe pero Jupiter, deidad sincretista, no admitía tales postulados. Por lo que las naves cinerarias singlaban sus cargamentos de muerto desde el viejo Lower hasta los kills de Staten Island. Iban costeando los bajíos de la ribera y bojando la isla donde tan infeliz fui. Los bous y las lanchas navegaban fúnebres proa a la desembocadura del Hudson en medio del griterío de gaviotas plañideras. Los hundían en la bocana de aquel puerto desabrigado que mira para la tierra firme de New Jersey donde abarloaban otras tantas naves onerarias o barcos basureros del Gran Manhattan. Sus hediondos cargamentos quedaban aplacerados en las aguas someras de aquella bahía. Staten Island, donde yo viví y practique mi particular robinsonismo de apátrida es la isla de los muertos. Se trata de un nombre alemán. Nueva York es como un trágala. La ciudad del irás y no volverás. De lo tomas o lo dejas. El viento gemebundo extraía sonidos, como una cantárida que chupara las entrañas de Eolo, y entonaba melodías en los cangilones de las antiguas azoteas de poliuretano. El aire sabe soplar con furia asesina sobre estas calles encajonadas y como en lo hondo de una sima de manera que los viandantes no ven nunca el sol. Me llevaron a la taberna de Chelsea donde un poeta galés dipsómano cayó redondo a causa del bourbon. Era una taberna enorme con los mostradores de caoba, muy silenciosa, tamizando la luz gris de la calle sus ventanales. El ambiente era de penumbra. Olía a pises de gato. A bebidas rancias y se masticaba en aquel lugar el silencio de los vencidos por la vida. Nadie hablaba. En Manhattan, por no herir susceptibilidades, se suele honrar a Baco de manera silenciosa. Sobre el tapete verde los parroquianos depositaban un fajo de billetes. El camarero en jefe o gran sumiller a medida que se iban emborrachando los clientes retiraba el dinero de cada consumición. Cuando se acababa el remanente los adoradores de Baco salían a la calle dando tumbos pero en medio de un silencio impresionante. nunca se verán borrachos más mudos que los que frecuentan los speakeasies neoyorquinos. Parecen monjes. Pero a mí lo que más impresionara fuera Wall Street y sus paneles donde despliega su poder el gran dinero, con el azacaneo de la inmensa lonja del Mercado. El zurriagazo de la gran competición. Es una calle donde la inquietud jamás duerme excepto los fines de semana. Es un inmenso ring, el gran corredero de gallos de las finanzas internacionales. Allí el que más chille, capador. Salta un shit cada tres vocablos. Pero atención el parqué es un campo de minas donde las más importantes fortunas del mundo pueden saltar por los aires. Yo pasé por aquelles en bicicleta en la era Carter antes de que sonara el gran golpe de gong de la revancha mundialista. At that time we did not think global yet. Pero faltaba poco. La fruta estaba madura. Las lavanderas de New York (ay si las hubiera) tendían a secar las sabanas permitiendo que Neptuno travieso y soplador les subiese las faldas. Eolo se encarnizaba con sus enaguas. Luego vas y lo cascas, hombre de dios. Ciertamente, no vi lavanderas, pero sí un reguero de humanidad atormentada que estaba aguardando la llegada del Mesías. Manhattan, forrada de níquel y edificada toda ella de rascacielos de fibra de cristal, desconoce algo tan banal y tan humano como poner la ropa a secar. Las moradas, tan trasparentes y con tanto ventanal, se hallan herméticamente selladas. A toda hora están echados los pestillos. Las fallebas se oxidaron tiempo ha. En sus tendales invisibles que atravesaban sus lianas de rascacielos a rascacielos puse a secar mis sueños y por poco se me hiela el corazón, pues percibí que allí no habrá esperanza. Comí en algunos restaurantes chinos el mejor pescado de mi vida: pez barbado, recazo, lubina y angulas del Hudson. Ciertamente el pescado que servía en estos restaurantes cuando no estaba capturado a la roca sino que era de piscifactoría resultaba gordo e insípido. Nueva York, según la vi yo en aquellos años, era una ciudad judía que amarraba a sus poetas al banco de las tabernas. A otros los mandaba ahorcar mientras otros espontáneamente se tiraban desde las rejas del puente de Brooklyn. Una nube de fatalismos nos envolvía. Quizás de tanto leer al New York Times algunos, no pocos, se volvieron tarumbas, aguerridos y sibilinos en política internacional y se contagiaron con esa violencia mental que inocula en las almas el Talmud. Los inmigrantes seguían llegando a la isla de Elis muchos creyendo haber pisado el primer peldaño del Paraíso y de la Tierra promisa. El clima de Nueva York, tan mudable, se presta a las fantasmagorías. La gran manzana atrapa y no creo que al decir esto caiga en veleidad. La brisa aporta los suspiros de todos aquellos irredentos que sueñan con alcanzar su manumisión. Contento me tienes. La estatua de la Libertad es uno de los monumentos más horribles del mundo y su antorcha, una añagaza monstruosa. Jamás un pueblo que tiene una estatua así podrá ser libre. Obra de Bertholdi y construida bajo los auspicios de un judío, Joseph Pulitzer, la cariátide se mofa de muchos. Es la nueva virgen a la que imploran los desclasados de la tierra. Un grito que resuena a improperio de Jeremías. Los cantos revolucionarios son traídos y llevados en volandas por la brisa de la Bahía. Give me your poor and huddled masses yearning to be free. Una utopía. Yo quise ser la cabeza de un turista que se asoma por los huecos de la diadema de la virgen de radios coronada. Toda ella es de níquel inoxidable teñido de verde esperanza deslustrado por la furia de cien cierzos. Ofrece una nueva imago mundi. Es un germen revolucionario. Toda la ciudad a la que vuelve la espalda se rinde a sus pies, pero no por ello deja de ser menos un pegote. Cuarenta y cinco metros y 170 peldaños os saludan visitante. Me acuerdo de la huelga de gasolineras estadounidense el seis de mayo de 1979. Todo un país ante la indisponibilidad del combustible pareció volverse loco. Todo eran pánicos, gritos y zarandajas. Ya por aquellos tiempos, cuando se secaron los surtidores, algunos periódicos propusieron bombardear Irak. Por aquellos calendas medias de los setenta Sadam Hussein era un amigo y en la Gran Casa de Langley se le brindaba protección y asueto. Para comprobar esta versatilidad de la poderosa Unión que no tiene amigos sino intereses y que ellos llaman change of allegiance no hay más que entretenerse una tarde ojeando números atrasados de la revista “Time”. Washington tiene por costumbre cambiar de vasallos con harta facilidad. El norteamericano vive en perpetuo estado de guerra. Siempre tiene que estar haciendo la guerra a alguien, siquiera a sí propios. Yo las estaba por aquel entonces viendolas venir y me repetí solemnemente para mi capote: naranja, limón y ajo, mando los médicos al carajo. Lady Liberty a la que veía desfilar a babor en mis idas y venidas a la ONU cuando tomaba el ferry de Staten Island, no me impresionó. Su aspecto era horrible y atemorizador. Ofrecía una aspecto astroso y para colmo era ciega como la envidia. ¿Era un monumento a las masas o una representación de la diosa Némesis que prestaba acogida a los parias prometiendoles a golpe de llama venganza por los oprobios de siglos de cristianismo y de corporativismo? La gran manzana es el emporio de la emulación. Se empinaba sobre el podio del libre examen y del capitalismo salvaje. A los recién llegados les aguardaban los colmados de los sweat shops del Bajo Manhattan pero con un poco de suerte y paciencia y la capacidad para decir cada mañana la gran jaculatoria de los mercantilistas: “another day, another dollar”. Aparecía de repente gigantesca en un recodo del Sky line, mientras singlábamos en el transbordador camino de mi domicilio En uno de aquellos viajes vi flotar cadáveres de ahogados cerca de Queensboro Bridge. Era una chica. Sus pechos flotaban enorme e hinchados cara al sol debajo de la blusa. Desde entonces tengo pesadillas por las noches y me cubre el espanto de tan dantesca visión en la que se aparecen los miles de ahorcados, de los condenados a muerte en la silla eléctrica o de los vulgares asesinos. Con ellos yo descendía poco a poco a los infiernos entre tumbos temulentos de las escalerillas del alcohol y de la lengua estropajosa. He aquí que un busto parlante ha sido elevada a la categoría de reina. Tendrá por cetro un esperpento. No se trata de divagaciones poéticas sino de una realidad asumida entre las lianas y los sargazos de la política nacional donde todo se enreda y se magnifica. El heredero de la corona se casa con un reportera divorciada. ¿Cómo es ella? Monilla más que beldad. Pero instalados en la tarima del absurdo aquí todo puede ser posible. Los áulicos están hechos unos melifluos. La canallesca se reserva el derecho del botafumeiro. Este hecho tendrá una gran resonancia. Ya se ha dejado dicho que en este país se consuman los sueños de lo imposible: gozar de una monarquía sin monárquicos. El Sr. Ansón está hecho todo un brazo de mar aunque la crítica unánime apunta a que es el mejor escritor de la transición. Y, aparte de eso, todo un mandarín de la noticia rodeado de cachorros, alevines y presentados del escribir. Los novicios de la “mass media” bajo su protección pronto cantarán misa. De oca a oca y tiro porque me toca pero no hay períoca o argumento en este tratado absurdo de la vida. Uncete mulo a tu armella. Ponte bajo la tralla del escribir. En dos hoteles de Bagdad ha caído un misil. Este nos mi Bagdad el del “Collar de la Paloma” de Ibn Hazm. Me lo han cambiado los americanos a persuasión de los judíos que han sido los primeros en meter mano en el avispero y el mundo tiembla ante los niños suicidas palestinos y los hijos del caíd mientras Occidente sigue acariciando, obseso peripróctico, la locura o el espejismo de la libertad y vive los devaneos asesinos de la prensa rosa. Demasiado doctrinarismo. Hoy se escribe mucho artículo de fondo. Pontifican a esgalla los monstruos de la comunicación a través de sus programa oceánicos. En antena seis horas. ¿Cómo podrán saber y hablar tanto? Ninguno nos ha dicho hasta ahora dónde está Ben Laden. Ese hijo de Mahoma engendrado en la oscuridad de un oasis. Su inadvertencia, la de estos hierofantes, con la cabeza coronada de Masters nos llevará a cometer no pocos errores de apreciación. Nos tienen a blancas. No sabemos dónde está el enemigo y eso aumenta la potencia de las mandíbulas del dragón. Lo que necesita Madrid son xenodoquios y lazaretos para acoger a los extranjeros llegando en oleadas mientras los aduaneros y guardafronteras miran para otro lado. En la calle Bretón de los Herreros la oficina de extranjería se hunde a causa del peso de los expedientes acumulados en sus pasillos. Esto es un cuele. Los sagrados huesos de la camara Santa y los de San Antolín se revuelven en sus tumbas. Nunca hubiéramos podido llegar a suponer caer tan bajo. ¿Serán estos los pródromos del holocausto de España? Kafkiana noticia la de que se esté hundiendo un edificio oficial de esos que lucen en su balcón mayor una desmarrida bandera de España porque las vigas le vencen a causa del peso de las cédulas con papel timbrado. Llegaron en masa, presidente. Lo anuncié yo en una novela. El espíritu de profecía se enredó con los puntos de mi pluma. Un signo que contrasta con la imagen del general Emilio Alonso Manglano, un jubilata, a quien vi yo ayer cruzar por un paso de peatones de Argüelles. Iba fumando tranquilamente un cigarrillo. Fue el jefe de los espías españoles. ¡Dios cómo habré sobrevivido yo ante tanto enemigo suelto! Su persona centró la peripecia de una de mis novelas. Como está casado con una norteamericana barría para casa. Crueldades de los tiempos. No sé lo que me dio verle cruzar la acera como un pensionista más a este señor que otrora fue tan poderoso. La visión respaldó el apotegma árabe de que si te sientas a la puerta de tu casa verás pasar el cadáver de tu enemigo. Me arrellané en el asiento de mi autobús gozoso de ver sin ser visto pero, en particular, de haber sobrevivido. Hay que aguantar los escupitajos de Riudavets, sus invectivas de sargento delator en cuyo puesto las mañanas de inviernos como buitres en torno al afecho se arremolina turbamulta de bibliómanos y de tarados mentales. La caseta número quince de Moyano es un comedero de vulpejas. Me gritó que no diese mítines. A uno de los clientes le huele terriblemente el aliento. Otro tiene unos brazos excesivamente largos y se lleva todo libro echa el librero de lance en el duerno ilustrado. Nadie habla pero hay un afán de receptación inmenso. Todo el mundo está silencio pero dando quehacer a su trajín. -Cuidate. No me gusta ese coloro de xantina que tienes. - Debe de ser la diabetes. Todas las moscas del país se vienen a mi bragueta al amor del azúcar de mi orín. Todas van a la miel. -Es como el heliotropismo de tantos y tantos periodistas y escribidores. Todos cara a l sol que más calienta. Si lo hacen las moscas ¿por qué no lo iba a hacer los humanos? -Tú, mientras tanto, por tu malvado designio llegas tarde a todas partes. Seguro de que vas a la mar a bañarte y te encuentras con las playas se han secado. Para tu fatalidad. -Sí. He sido un hombre sin suerte. Los cohechos de la fortuna nunca me hicieron sonreír. La he buscado con denuedo pero la vida me ha vencido. -Mas tú no te preocupes. Sigue escotero y que te pase lo del legionario. Siete tiros en el cuerpo y avanzando. Pienso que en parte la razón de muchos de mis males se debió a mi altanería mística. Hoy graznar a los ánsares y me echaron del senado pero yo los dejé que se quemaran en el fuego de su propia lascivia. Así les quité la palabra de la boca con que me acusaban y los dejé sin argumentos. Su potestad tribunicia. No me asustan. Todos eran voltarios. Siempre al sol que más calienta como Raúl del Pozo el de la melena blanca con pinta de histrión el que prevarica sentado ante las cámaras de la Gran Loba. -¿La madre o la hija, cuál de las dos? -Tanto monta monta tanto Son días de odio cerrado. Los hombres miran con caras desencajadas. La vida es sórdida. Llevamos existencia de lupanar. Se nos han negado los verdaderos goces. Los muertos pasean por los bulevares y hay estantiguas de jubilados por las aceras, gente con las manos en los bolsillos, los lunes al sol, y martes y trece, y los miércoles, los jueves y los sábados. Hay quien saca sus enseres de pacotilla como los desahuciados para pignorarlos en plena vía pública. Todos esos objetos son pecios de antiguos naufragios. Los enseres y cachivaches que nos rodearon e hicieron más amable nuestra vida antes del divorcio o antes de la botella o de los tientos a la bota cuyas libaciones intempestivas nos redujeron a la categoría de ex. Sí hay mucho ex. No faltan tampoco los ex hombres. Si visitas el punto del Sr. Paco te puedes comprar una biblioteca. Ya nadie lee. Quedad con Dios, sujetos y a merced del pico de las nuevas vultúridas y de los modernos papagayos. Poned la vieja vajilla al retortero. Nadad todos en la mar de los postreros estraperlistas. En el encante hay ojos que miran como escopetas cargadas, pupilas desconfiadas que vomitan pez y agua salobre por las fauces desencajadas de gárgola. -Bolo, ¡cuánto hablas! Yo en este barco que se hunde me encuentro divinamente. Había allí endemoniados y aquejados del “morbus sacer” y epilépticos como el Gran Jauregui que participaban de la crisis comicial de la política. No se les borraba de un plumazo. No se les excluía del altar de los micrófonos. Se les dejaba garlar en programas oceánicos toda la noche. Llevaron las nuevas trovadoras y trotaconventos y las chicas guays empezaron a desfilar por la pasarela. La vida se convirtió en un escaparate y en una catasta mientras los parados dormían a la luna de Valencia y pasaban sus martes al sol. Los gordos no tenían derecho a vivir. El mundo se pasaba las semanas y los meses enteros pensando en dietas de adelgazamiento. Cundía el bla bla bla de nuestros genotipos atávicos. Oveja que bala pierde bocado. Hablar del fenotipo resultaba un poco más peliagudo aunque quien más quien menos acudía a airear su desvergüenza a los programas con te de tarde y a los consultorios de Anarosa, los nuevos predios de la bujarronería y el color local. De allí se salía con la convicción de que la vida y el amor no era más que basura. Quedaron sin curro los poetas y los curas se fueron a trabajar a las oenegés cerrando las basílicas a cal y canto. A las mercenarias del amor que llegaron en grandes oleadas del extranjero, por aquello de que en España siempre hubo mucho vicio, se les amontonaba trabajo. Los inspectores del fisco se nos subían a las barbas. Todo iba bien pero se nos amontonaban los papeles. Cédulas y más cedulas. Hojas de reclamaciones. Compre usted hoy, pague mañana. Los cojos andaban, los ciegos veían. Se había producido un verdadero milagro económico y el personal se pasaba el día entero congratulándose de la bendiciones de los tiempos que vivimos. Eramos mucho menos libres, más esclavos, mucho más incierto nuestro destino, pero aquí los farautes y heraldos se hacían lenguas de las bondades de la democracia. Corta el rollo. Venga ya. Eres más viejo que un Alcántara. Lo decían por el serial de la tele. Yo no sé como pude resistir tanta infamia y tanto desacato a la verdad pero amigos míos ciclotímicos, más débiles se suicidaban desde el Viaducto al no poder aguantar la presión de tanto mandamás cretino. Madrid se llenó de pobres y de marginales. Muchos cristianos viejos se convertían al islam. El muladí no es rara avis en esta tierra de mudanzas y de tornadizos, pero el fenómeno adquirió visos de pandemia social. Las cuaresmas pasaron a llamarse ramadán y las iglesias quedaron execradas para convertirse en mezquita con su imán dentro y todo. Los moribundos a grandes voces ya no pedían confesión. Llamaban a los rabinos con lamentos terebrantes. Cundía la apostasía por todas partes. Los abstemios empezaron a empinar el codo y los santos bajaron de sus hornacinas de cristal para irse de noche de picos pardos. Era la moda tránsfuga. En religión. En política. En el hogar. Muchos honrados padres de familia, que no pudieron soportar los muchos traumatismos afectivos en casa (el hijo drogadicto, la hija que se evade con un moro, la esposa que hace guarrerías con desconocidos) también se hundieron en el fango de las noches madrileñas y vieron la nariz y los labios marcados por el tabes. En sus partes íntimas les salió coriza. Era la consecuencia de sus peripatéticos escarceos golfos por la Casa de Campo en noche de plenilunio. “Full moon. All the lunies come out”[4], que diría un neoyorquino. Las sacerdotisas del amor venal, por boca de redactoras y comunicadoras de lujo en medio del marasmo de la animación cultural, habían establecido sus altisonantes púlpitos en las grandes cadenas radiales. Las divas de la tele hacían las veces de celestinas y hablaban en programas vespertinos a una audiencia de borrachos, impotentes y amas de casa maltratadas, puesto que eso de la violencia de género iba a más. Los que no tuvieron arrestos para suicidarse, patentes las puertas de la bodega de la democracia, se dieron a una gran borrachera de libertad que desconocía el fin. Vi por aquel tiempo a muchos pobres telumantes regresar a casa con los estómagos ahítos de vino que no acertaban con la llave del portal y como no había ya serenos que pudieran auxiliar dormían su borrachera en los quicios del cancel. A muchos se los llevaba el relente de la madrugada. Las páginas de los periódicos de aquellos días venían atiborradas de noticias de estos fallecimientos por coma etílico. Y en el Vaticano el gran usurpador del trono de Pedro impartía bendiciones el domingo de Palmas entre balbuceos chocheantes y aclamaciones de la juventud. Por lo visto, los de más de cuarenta años habían perdido la cédula de la catolicidad. Los peregrinos croatas luciendo gorras con su escudo escaqueado miraban desafiantes pero de los pobres serbios maltratados y perseguidos nadie hablaba. Magnum gaudiun nuntio vobis: Wojtyla besa un corán. Estabamos sumidos en el cubileteo de la información y una marejada de datos. Los moros estaban preparando en Leganés sy zuriburri. Los arquitectos de aquel sistema opresor debían de ser mentes maquiavélicas, gente con sed de venganza soportado durante siglos en la aljama. Oriana, llevas toda la razón. Quo vadis, europa? Nadie se atreve a quitarle la tiara a ese mamarracho en silla de ruedas que defiende la sede de su poder como un gato panza arriba. El profeta Isabelo entre cervezas en el Café Gijón ya me lo advirtió: -Lo que queremos es un papa judío. Pero a los que hemos denunciado el hecho - no tenemos tribunales ni periodicos que difunden o hagan justicia - nos acusan de no estar bien de la cabeza. Dicen que nuestra arquitectura mental bordea los predios de la patología. Ay, Antonio, tu mente está enferma. Mi mirada se desparrama en futilidades. Hay que calibrar los peligros con mayor sutileza, pero Isabelo llevaba la razón al anunciar el fin de la vieja era y el comienzo de la gran revancha. Las chicas topolino de los años cuarenta llevaban gafas oscura como de ciega y zapatos que parecían coturno y en la primavera del 2004, cuando todo se hiperboliza, van por el mundo con el teto al descubierto. Que corra el aire por sus caderas. Enseñan los arillados ombligos. Todo son premuras, ansias, reivindicaciones, y anginas de pecho, científicos que anuncian haber descubierto la piedra filosofol, mujeres que quieren ser independientes, violencia de género, casas que se derrumban. El mal es más profundo de lo que muchos suponen. Ahí apareció Acebes, ese chivo de Avila, para anunciar que las instiotuciones que fueron habidos, todos muertos los cuatro sicarios de Alcaida, pero a lo largo de esta democracia no hemos hecho otra cosa que cantar funerales y asistir a miles de entierro de hombres de bien. Dirán los mentores del sistema que es el tributo que hay que pagar. ¿Más sangre, pues? Todo lo que haga falta. Opera un ambiente de cambio. Arriba alinígenas y hombres y mujeres de los Andos que parecen tacos de jamón, pernicortos y con un gran torax. Hubo un tiempo en que teníamos pasión por la ciencia y amor a la patria. Ya no nos queda nada. Esta tarde me trae el viento memorias de infidelidades, de memorias ventaneras, de marcas en los muslos. Todo lo que yo sufrí no sé para lo que ha servido. España, patria mía, eras la síntesis de lo trascendente, la unidad de destino en lo universal. Mas he aquí que aprovechando nuestra debilidad, nuestros circunloquios, el derecho humano, no digan la palabra moro, nunca mencionen el chichi ni el salpicadero de la parienta en los que se solazan y remojan otros porque te acusarán de machista, lo que se impone es aguantar marea, hay fuego a dos bandas, nos hicieron la tenaza, Boabdil el Chico ha vuelto a Granada. Yo creía que mi España era un verdad metafísica, exacta, eterna. Nombre de rezo y de plegaria, tierra consagrada a María y ahora yace lacerada en el campo enemigo bajo la adarga y los espontones de la amenaza sarracena. Los judíos mueven los sutiles hilos de esta tupida tela de araña. Es el anochecer de nuestros destinos. Las aguilas de Patmos cesaron su vuelo y los pájaros están enmudeciendo. Ya viene la maldita hueste de Almanzor nos asesinarán recitando salomas y suras del corán. Trepo hacia los arcos pensativos de mi empeño. Guerra en el horizonte. después, veremos a muchos mozos en sillas de ruedas como en Sarajevo y los mutilados alzarán sus muñones ante la indiverencia de los viandantes que dejarán en su platillo tirado sobre la acera algún céntimo de cobre. El tercer milenio empezó comn guiños papales al sistema sionista, confusión en los helados corazones. Por todas partes resonaban los clangores bélicos. Lo plural pugnaba con lo singular. Aquellos que no se resignaron a comulgar con ruedas de molino, a ser integrados en la masa, lo pasaron mal. Pero los pensamientos seguían fluyendo por el río de las ideas y de los hechos disparatados. Un señor muy absurdo y algo venado parece ser el cancerbero de todo esto y el automedonte del carro de la historia quizás sea un loco o un borracho. Se acabó la risa y se romperán todos los diques que contienen la ataguía del pantano de las lágrimas. La humanidad quiere seguir viviendo en pecado mortal. Pero a esta época lo que en verdad le faltan son maestros y escritores de raza. Escritores de traza son aquellos que cada frase da en el blanco y hoy existe una gran carestía de esa especie. Quizás por eso, y sólo por eso, sea que mis borradores estén llenos de fuego. Mi escritura con un pobre atalaje dispara golpes certeros porque yo pongo de manifiesto lo que otros calles. Quizás digan que mis novelas sean un laberinto perto yo no creo en la acción sino en el río madre que se lleva nuestras inconsistencias formales. La vida humana en realidad carece de un diseño prefijado. En ella no hay plot. No me siento con fuerzas sino para entrar en los arcanos del inconsciente y escarbar entre las cenizas del fuego que fue para encontrar los rescoldos. ¿Será verdad lo que dijo Xto que el mundo es demoníaco? El caos vence al orden. Por ese cabo he tenido no pocas pesadillas. Al empuñar la pluma o cuando me siento ante la pantalla de mi ordenador, hay una fuerza que me empuja a la rebeldía del fotógrafo del infierno. Todas mis ideas contemplativas de unidad y de calma se hacen trizas. Lo feo, lo macabro, lo bestial gana la partida. -No eres más que un torzal que canta en el muro. Tus trinos no los escucha nadie. Te han abandonado tu mujer y tus hijas. Todos aquello en lo cual soñabas no existe. -Ayudame, señor. Siempre pensé que hay algo pecaminoso en la mujer que nos acerca a la muerte. Los ángeles de fuego estaban pisoteando la zarza ardiente desde donde Dios Abrahán habló al padre de los creyentes. El laberinto de las tres religiones vuelve insoluble el laberinto humano. No hay salida. Por eso, me refugié durante algún tiempo en el alcohol. Me siento inerme frente a una España confusa - y lo peor es que las masas no saben el peligro que las cerca-que anda siempre en manifestación y que corea consignas como papagayos, que grita con odio porque sí y no sabe porque grita como si fuéramos víctimas de una condena, como si fuéramos presas del malhado. Por todas partesd surgen pajarracos con moz chillona y mefistofélicas sonrisas que recuerdan al conde de Romanones. Los bailes están colmados, los jóvenes no suspenden las actividades de fin de semana. Nuestras hijas se recogen a las cinco de la mañana y las madres en lugar de reñirlas les dicen que hacen bien, que sólo se vive una vez. Los hombres andan cohibidos y vacilantes ante este resurgimiento a gran escala de los vastos poderes femeninos. En cualquier esquina te pueden vender chocolate o salir una fulana de esas que zurcen virgos y voluntades a tutiplé pues no en vano vivimos en el país de celestina. En el impluvio de nuestras casas hay traidores y fantasmas y luego vienen los periodistas que se especializaron en los cuernos a toda página y nos cubren de escupitajos. Echan balones fuera, manipulan, intoxican. Por eso, los que ejercieron con orgullo esta noble profesión andan siempre angustiados y caminando sobre el filo de la navaja. De azotea en azotea, de pretil en pretil salta el diablo. Se acerca la hora de tinieblas propicia a los vampiros. Bebemos igual que un odre y comemos como cedros. Por eso voy adquiriendo con el paso de los días la forma de un jamón que se refleja en la luna del escaparate. No he podido vencer a esta polisarcia maldita. Como desde niño compulsivamente y con nervios. Tengo miedo del domingo, tengo miedo de mi mujer con la que he vivido durante un cuarto de siglo y que siempre me resulta un misterio y estamos tan incomunicados como dos peces que aletean en dos acuarios separados. Nunca sujetarás tu bulimia, perdiste la batalla de los kilos. Esta mañana al despertar vi por la ventana en el jardín central varios centenarios de cornejas que me recordaron temerariamente escenas de una película de Hitchcock. Me dieron vomitonas. Ando mal de salud. Las calles de Nueva York son como una gtran pesadilla pero el monstruo se lo traga todo. La quinta avenida está llena de taxistas judíos recien desembarcados de Ucrania y Bielorrusia. Por ahí se empiezan los perolegómenos del sueño americano. El sistema urbanístico no es tan intyrincado como en Lpondres ni aquí para ser cabbie hace falta pasar umna oposición y aprenderse el emplazamiento de cerca de nueve mil calles. You always can drive a taxi after all. Es el consuelo de los despedidos, de los que quedan redundantes y son convocados a la larga fila del dole, el Inem de los ingleses y de los norteamericanos para que nos entendamos. -No dejes el corazón wentre las zarzas, pecador. No te pierdas por una mujer. -Todas son traidoras, impúdicas. Es defecto de fabricación. La voz de la sangre. Por eso los moros, que son tan celosos, las atan corto. Los hay que no aguantan y se suicidan. Otros se tiran al alcohol pero los más empuñan el revolver o les dan una paliza. Los que todas las mañanas hacemos un cuerpo con la vida sabemos de los muchos peligros que encierra la mujer. Tuvimos la impresión de vivir una existencia de beodos y de sonámbulos corriendo detrás de los curas y de las ninfas de la Casa de Campo, las cuales habían arribado en oleadas desde Colombia, Ghana, Nigeria, la Argentina y otras muchas partes de ultramar. Todas aquella pobres mujeres, víctimas de los negreros modernos - a principios del siglo XXI uno de los negocios más lucrativos era el de comerciar con carne humana de emigrante y tratar blancas- pronto aprendieron las tretas de su oficio y las había especializadas en la llamada disciplina inglesa que aplicaban abondo a todo aquel que las quisiese reclamar. -All men are equal under the whip, dear[6]- pregonaba una rubia cockney recostada contra el tronco de un cedro del Parque del Oeste. Nunca se sabrá si era un sibila o una de las innumerables vírgenes locas que azotan a estas horas las calles de Madrid, verdadero Babel de la prostitución internacional. Todos somos iguales bajo el látigo. A todos nos cubre el rasero de la muerte. Eros y Tanatos son nuestro rasero nivelador. El oficio más viejo del mundo es tan terne y tan rudo de pelar como la raza turania de Ibarreche. No hay quien pueda con él. Yo sólo escuchaba el canto de aquella sirena al pasar. Al poco la vi convertirse en furia. En la diestra blandía un puñal. Era el puñal de Perperina. Las parcas que salieron desde detrás de un seco no paraban de gritar: - Vamos, los enamorados. La hora ya está cumplida. Huyo con mis quirites, evitando los poderes de la glosocracia y de la retórica que nos invade hacia las nubes del no saber. Es el más difícil todavía. Gran estilo. Frases épicas. Los plumillas de la serpiente de verano le dan a la cometa. Vamos a comer constitución y el arte y la belleza son apolíticos, distanciados. Por eso nos sume la batahola de la vulgaridad y del feísmo. No se os ocurra a vosotros alzar la voz contra la estafa. Moros en la costa, y vienen y vienen presidente y ahora resulta que los culpables de la razzia son los humildes y sacrificados miembros de la Benemérita. Y más bombas sobre Bagdad. Es lo suyo. Hemos caído de espaldas en un marasmo de vulgaridad y la que nos espera es la depauperación de las clases pasivas. Aquí radio Bla Bla Bla. La madre y la hija hacen calceta. Yo estoy viejo y gordo y en la calle oigo los ritmos de la música rap. No puedo alcanzaros, hijitos míos. Me cortaré las barbas. Todo es necedad. Me dan miedo los sintagmas del lenguaje altisonante y torticero que utilizan los políticos o las espléndidas construcciones verbales de los artículos de fondo de la prensa de alto coturno democrática, escritas de un tirón, condenadas al olvido, empero, pues son obras de vanidad. Lo mío es la liturgia interior. Soy sacerdote del tiempo y los ciclos. Dicen que en la eucaristía se hacía presente el triunfo del hombre sobre la muerte. Acumulo sensaciones que me atenazan. Me duele un poco el pulmón izquierdo. Puede ser ese maldito nódulo que ha aparecido en la radiografía o es ¿el cáncer que aguarda? Digo lo que los condenados a muerte en la prisión convento de San Antón al ser convocados. Fulano de tal y tal. Y ellos contestaban: “Chupándomela”. Gozo de mis preeminencias y tengo la seguridad virtual de que el Maestro no abandonará a su iglesia. Hice de tal creencia una liturgia y mi platonismo me lleva a lleva a pensar que esta vida es una preparación para la gran liturgia celeste que durará eternamente. De momento ando sumido en la hora alectoria del canto del gallo. Tocan a misa de alba. La luz de neomenia entra por los lucernarios. No hables con las gentes. Todos los hombres llevan un poco de muerte dentro y se les nota. La noche está dividida en vigilas. Yo salmodio. Me ciega la luz de los panes de oro de la cancela del iconostasio. Esos santos y esas vírgenes como recién pintados son una apología del fuego interior que consume al alma mística. Guarda mi vida, dulce Atanasio. Los querubines del coro entonan acrósticos. Se inicia el tiempo de Navidad. Hoy es la fiesta de san Andrés. Los estribillos se prolongan en las alturas. No hables con los hombres cuya boca transpira maldad y veneno. Escucha las vigilias nocturnas que se celebraban en los templos de Cesarea de Filipo, Bitinia, Jerusalén. Ya están los monjes de maitines “ante pullorum cantum”. Antes del canto del primer gallo. Ya entran por las naves las antorchas y luminarias infinitas. Los griegos llaman a esta hora del canto “lycinicon” y los latinos la denominan lucerna a secas. Se abren las puertas de la Anastasis para recibir a la congregación jerosolimitana. Era entonces cuando en la Jerusalén el pueblo fiel pasaba la noche en las iglesias, atestadas de monozontes y de vírgenes. En el Monte Sinaí se cantaba el salterio íntegro con una sola voz y un solo corazón. Todas esas memorias se arremolinan en mi corazón esta noche del largo suplicio de Wojtyla. La única razón es la del mugido. Nos llenan los ojos con las cagadas de la odiosidad. Yo sueño en la hora de la vuelta de la fracción del pan. Fue a la hora del canto del gallo cuando los judíos perdieron a Xto. Por la oración luchamos contra el poder de las tinieblas. Ese es el fin del monacato. De los monozontes (monjes) y de las “parthenai” (vírgenes) entonando melodías en el dilúculo a favor de la luz que venía. Los santos solitarios cuidaban del esplendor de su casa. Nunc dimittis. Por amor a la ley nueva se hicieron hesicastas o monologuistas. Roma estaba rodeada de monasterios. Antiguos templos, desde el Monte Celio hasta el Aquilino. Allí residieron también los magistrados de la plegaria. Por eso san Columbano mandó azotar a los monjes que se dormían durante el oficio. Los poderes sublevados contra el Ungido perecerán. Hay un aspecto agonístico, de combate acérrimo, en la gran liturgia latina. Montada toda ella contra los prestigiosos engaños del perpetuo seductor. Hay que decir - para los que pretenden olvidarlo - que Jesús asumió sobre sus espaldas la historia de Israel y la eleva a la eternidad. Su sabiduría celeste vencerá a la insipiencia del mundo. Desenmascará del poder de su mano los poderes diabólicos de la gran jorguina. Si sigo fumando, muero. Habrá que parar y subirse al norte a generar endorfina a la orilla del mar. Los políticos hablan de pactos de Lizarra y de consensos y esto no se puede aguantar. Pili Pestiño en el hornillo mediático de por las noches no cesaba de repetir qué horror, qué inmenso horror. Don Híspido Estadístico sigue con sus monsergas. Todo son frases hechas, convencionalismos. Ibarreche suena a escabeche y aquí puede empezar la escabechina. Ahora entendiereis la razón por la cual sueño en mi propia escala de Jacob litúrgica como abstracción de estos escabeches y de estas leches, de las etas mediáticas, de los insultos y de la odiosidad generalizada. Pili Pestiño y Eliazar Bad prorrumpen en gritos de catequesis democráticas. Esto es el fin del amor. Del ágape. Del filos. Del Eros. Do son todas mujeres nunca mengua rencilla. Violencia de género. Egisto adultera con Clitemnestra, mujer de Agamenón. Parsi fe, esposa de Minos, se lo monta con un toro. El concúbito con las bestias era frecuente en la antigüedad, pero aquí lo que priva es acoplarse con la parienta del prójimo. Cuernos que redundan en tiros y en puñaladas. Por eso las matan. Las guarras de tarifa y de pantalla a todas las horas hozando y campando por sus respetos en la tele de nuestras hispánicas torturas que son unas grandes celestinas, tanto la madre como la hija, proclaman desde sus púlpitos mesiánicos dicen que el follar rejuvenece y transfigura por lo general. Seguimos con troteras y danzaderas. Entre izas, rabizas y colipoterras, dicho sea en honor de Cela y de Pérez de Ayala. Hace falta ser maniqueista. Yacen con la mujer de su vecino y luego pasa lo que pasa. Ars amandi. Asia madre de religiones. Bebamos en las fuentes del pensamiento bíblico. Se dice que cuando se registran diversos orígenes de la especie humana hay poligenismo. Pero, volviendo a lo mío, la plegaria es la clave del paraíso. Todo está escrito de antemano en el Libro de la Vida. León el Grande cuando despacha misioneros a Inglaterra pide que no erradiquen todas las creencias del paganismo. Somos productos de una simbiosis. Un cristianismo sin sus raíces sincretistas sería ridículo. Luego vinieron las invasiones lombardas a cargo de los guerreros de larga barba y al final de los siglos medios la aparición del monaquismo tiene que ver con la creencia de que el mundo se acababa. Gregorio el Grande provocó la ruptura con Bizancio. Los visigodos rechazan el arrianismo y en Inglaterra los predicadores de Agustín convirtieron los antiguos templos celtas en aras bajo la cruz alzada. En la Kisla de Iona en Escocia se guarda todavía la piedra del destino. En la batalla de Poitiers Carlomagno atribuyó la victoria a la intervención directa de san Martín. El culto moratiniano se extendió por toda Europa y fue un preludio del jacobeo. De las donaciones de Pepino arrancan los Estados Pontificios y el Papado. Le llamaban el Breve por la talla, no por la duración de su reinado. El tiempo de Carlomagno fue la época de los códigos miniados y de manuscritos palatinos. Trono y altar. Missa dominico o enviados. Escuelas palatinas. Pablo el Diácono. Alcuino de York. La capilla de san Vital de Ravena. Las teselas, los mosaicos. Los reyes holgazanes. Carlos el Calvo y en el 842 Les serments de Sgtrasbourg. El texto más antiguo en francés. No olvidemos que el papado es una institución carolingia al fin y al cabo. Y es a lo que voy. Mientras tanto, las querellas religiosas y las revoluciones palaciegas, por el otro cabo, hacen sucumbir a Bizancio. Ahecharon la herencia de los emperadores y de ahí vino la gran criba. Iconodulía e iconoclasia, dos puntos convergentes. El emperador es el basileus y ante él sus súbditos se prosternan porque es la figura de dios en la tierra. Toda su corte estaba vestida de púrpura. En Constantinopla estaba el monasterio de Studium de más de 5000 monjes y la iglesia de la Theotokos, el convento del Pantocrátor, el Fanar, la Iglesia de santa Sofía. Quedé confortado a fuer de inquieto al escuchar el tono suave y metapsíquico del emisario celeste a cuya intervenciones indiscretas o improcedentes salidas de tono, así como las confusas revelaciones de las que soy víctima merced a mis inclinaciones eucarísticas, que me han valido más de una vez dar con mis huesos en los calabozos celulares o manteamientos, baquetazos y oprobios, se me comunica la voluntad divina. En contravención de los preceptos talmúdicos yo no ando vigilante, pierdo la cabeza, veo elfos y sílfides por todas partes y con aviesa inclinación me desparramo o pierdo los papeles, quedome sin partitura y como justificante alego encontrar en la bebida un analgésico. Por el placer del instante me olvido del deber del porvenir. ya sé que soy un borracho. Mi judaísmo pertenece al de los rabíes que se tumban a la bartola y no buscan el camino del adoctrinamiento mesiánico. Cierto que he sido sometido a fuertes golpes propinados por el ciego azar que me hirieron en lo más vivo. Sé que éste es un julepe sin reglas en el que el que más pone más pierde. Estoy sometido. A la mañana siguiente de mis hégiras etílicas me parezco un ser abominable, sucio y desmantelado ante el espejo. Hasta yo mismo me aborrezco hasta la fantasía. El corazón me da brincos. No tienes perdón de dios ¿ Y te parece bonito?, brama la conciencia. Sus imprecaciones retumban a lo ancho y a lo largo de mi psique. Entonces me parece que esa torre interior en la cual el yo se reconcentra está a punto de venirse abajo. No te derrumbes, castillo interior. Quiero que seas mi albergue muchos años. Hay denuestos, lloros, promesas. Todo en vano. A los pocos días veo un restaurante abierto y no puedo sujetarme. Yo soy un ebrio del vino a las comidas. Contrario a las prédicas de Moisés soy un fatalista y me derrumbo a la más mínima. Dios sólo ayuda a los que se ayudan a sí mismos. Ésta es una de las recomendaciones de oro de la cabala. El cristianismo todo lo pone en manos de la gracia que dimana del Spiritu Santo, pero ¿quién es ese? Me pregunto. Neque si Spiritus Sanctus esse audivimus. A la naturaleza no hay quien la sujete cuando se pone brava y todo depende de un porción de cedulas que trabajan de una manera y determinan nuestro comportamiento. Son dos hombres los que albergo en mí, dos condenados a librar encarnizada batalla perenne sin solución de continuidad. Dentro de mí mismo se hostigan la potencia y el acto. Se vaticina un duelo a muerte entre las dos religiones monoteístas que volverán a disputarse los efectos personales de Cristo al pie de la cruz igual que las ratas de biblioteca pujan por las miganduras literarias y menudencias de libros de segunda mano en el puesto de Putavets y el de la Mujer fea. El cristianismo ha muerto. Con Jesus de nuevo en el sepulcro y bajando a los iinfiernos después de volver a ser crucificado por los demócratas la cuestión se ventará entre Alá y Adonaí. Padre, perdonalos. Se encaraman los leguleyos los que vienen con pamplinas de la hora undécima. Dios eligió a los judíos pero el pueblo electo se convirtió en su verdugo. Un doctor de la ley no quiso recibirme cuando le fui a hacerle caso. Era un catedrático que esperaba con una cartera y una nariz larga cartera en mano frente a un topis de la casa MacDonald. Ya no hay providencia. Sólo protervias. Asesinatos y blasfemias de Haro Tecglen en la prensa del gran Polanco. No puede haber un dios que permitió las masacres del Holocausto. He ahí la clave de la nueva religión nacida al albur de la apostasía y de la falta de memoria. Mis amigos me vuelven la espalda. En los cafés los camareros me miran mal. El Putavets se chiva a la policía de que no voy a comprar libros sino a dar mítines en su tenderete. los vagones del metro van repletos de músicos rumanos y del Ecuador. Nos brindan serenatas. Por todas las partes se detecta el horror de una nueva época ya pronosticada. La estábamos viendolas venir cuando cayó el muro. La que se nos venía encima. Por todas las partes se acuchilla a la razón y se adora a los dioses falsos. Son los postulados de la teología del Holocausto: un nuevo deicidio mediante los potentes altavoces de los micrófonos que divulgan y ramplonizan todo lo que quedó atrás. Se os parecerá Putavets empuñando un látigo y un libro. El aire de la cuesta de Moyano hará flotar las alas de su blusa como si fuera un pájaro, ave de mal agüero, gustando del sabor de la carnaza. Los cristianos viven en paganía bajo el conjuro de las trotaconventos midriáticas. Los engañosos saberes han abierto aula. Los rediles están llenos de malos pastores y los púlpitos de prevaricadores. Va a ser Navidad. Va a nacer de nuevo el Mesías y la gente está de muy mala leche. Las brujas parlan recados desde sus exoras de neón. Es el rayo que no cesa: amoríos, hijos ocultos, y una extensa prole de mánceres y entenados y de entretenidas. Bailan las Euménides alrededor de la charca del cortijo. -¿Cómo está la Ordóñez? -Divinamente. Para que te chinches. Entonces fueron ellas. Los cristianos vivían en paganía bajo el conjuro de las trotaconventos de la estúpida caja. Eran víctimas de engañosos saberes. Las cosas por ese cabo iban cada vez peor. Al pueblo se le mantenía a posta en la oscuridad y la aberración. La política nacional semejaba a una casa de tolerancia con sus meneos, sus idas y venidas, las ramplonerías, la repetición constante de nombres y situaciones. Se negaba toda transcendencia. Nunca pudo el espíritu tan aherrojado ni sometido a tanta tiranía. Yo trataba de volver a cristo. Las iglesias estaban candadas y vacías. La barca de Pedro iba a la deriva. Un poderoso papa del este empuñaba el timón. Quería dar de través a toda la embarcación. Con obispos libeláticos ad sedem los tronos episcopales se desceñían de las estolas. Unos daban en la prevaricación, otros empuñaban el garrote del mutismo o metían incenso dentro de los pebeteros del que más manda porque había que espabilar la llama del fuego sagrado. Pero quedaban ahí toda una reserva de diáconos y de creyentes de buena fe que se sentían confundidos dentro de la grey bajo la égida del mentado impostor, un rabadán de pelo entrecano y gran cifosis que iba predicando por ahí “yo soy la iglesia”. Él se empeñaba en el cinismo escatológico. Habían predicado la pobreza y ellos vivían en grandes palacios. Al Vaticano lo candaban con siete llaves. Había en todo aquello mucha incongruencia. Los que estábamos viendolas venir temíamos el castigo. Pero el ser humano no es más que una nube de tamo. Así y todo ellos se creían muy fuertes en lo alto de la escalera encaramados a la torre del consenso. Por mucho que os afanéis vuestra torre se vendrá un día abajo. Sois una cuadrilla de mangantes. El humo que levanta una tormenta de ceniza. El alveolo hueco y la sonrisa vacía. La mueca de la calavera derribada por los rincones del osario. Con tales prolegómenos hinqué mi cerviz al yugo de la fuerza que gobierna y desgobierna el caos. Escuchábamos por los caminos los gritos de desesperación envueltos en el eco de las palabras de don Juan: “Llamé al cielo y no me oyó/ y pues las puertas me cierra/ de mis pasos en la tierra responda el cielo, no yo”. Esta es una concepción del cristianismo puro que no casa con los principios de Maimónides que predicaba que Dios y el hombre se mueven a dos niveles completamente diferentes. Luego vinieron a partir ahí los conversos y los hidalgos con goteras. La vida carece de sentido cuando no se vive bajo el acicate del placer intelectual o de la contemplación. ¿Comprenderéis entonces mi voluntad de huida? Sí que entendemos que os habéis inmerso en una tórpida tendencia. Y en los chats y en los cibercafés se propala que ha fenecido la Una, la Grande y Libre. Cagüen tal. El bigote de Carod Rovira nos conmina a hablar catalán. Barcelona, archivo de la cortesía, se separa. Agítese antes de usar. -No acierto a entender quién trajo tanto veneno. ¿Es que ha venido el ángel negro a agitar las aguas otrora pandas y ahora enfurecidas. Es el todo contra todos. Hermanos contra hermanos. No hay amistades, no hay sueños. -Ah esa tórpida tendencia a los extremos de los españoles. Hablaban los padres de la patria y has estrenaron senados para habilitar nuevos consensos. Ni Carrillo ni Wojtyla se han muerto. A España le ha llegado la hora. Agtención señores ha empezado una nueva transición y Carrascal desde Nueva York con sus blazer sus corbatas y su mala dentadura, hablando con esa voz de Chespi tiralevitas de los mericanos, lo ha dicho: vosotros teneis la culpa. Sólo os cuidaste del imperio. Ha empezado el baile de la sustitución de rótulos. -¿Y tú con quien vas? -Los peperos se achantan. La derecha aquí siempre fue algo mediosa y prestaba oido al parche por si acaso. Esa derecha dura de cerviz y sin entrañas, tan española, que lo podrá ser todo, menos gebnerosa. La izquierda controla la calle y los moros de la morisma le echan cocjones. A este paso recuperarán Granada. Bastarán tres bomba más y nos vamos a la mierda. Los herederos de Anás y de Caifás, indignados con la peli, de Mel Gibson, ha blasfemado,nos ha llamado- no te fastidia, faltaría más judios, palabrta que hay que borrar del diccionario- se vuelven a rasgar las vestiduras. Les solivianta una frase. Lo de la sangre que caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Ya estna los tramoyistas preparando las calles para la sustitución de rótulos mientras sobrecoge a todo Madrid el espectro de Tierno Galván. Este es el andamiaje novedoso. Mirad con los bueyes que teneis que arar. La prensa canalla os da gatuperio a todas horas. Os mearán en la cabeza y habréis de decir que están lloviendo. A comulgar todos con rueda de molinos, peara de farsantes. Los bartolos de la SER nos satirizan y comnvocan al personal pasota a incendiar sedes. Madrid en dia de reflexión, rota la sacralidad y la tregua del sabath democrático, víspera del rito, asolaron las sedes del partido rival. Esto es el acabóse. La morisma sarracena con su crueldad habitual sigue matando. Nuestro tren se marcha - esperemos que no pise una bomba oculta entre los durmientes de la vía-. Agitemos los pañuelos. Te dejé amor entre las adelfas y tú estabas mirándome. Fue mi gran pecado. Los celos. El afán de posesión. Era una tarde de calor allá en Edenthorpe. Mi comportamiento fue inhumano. Lo sé. Yo me acuso. Tiembla una gota sangrienta en aquella amapola que deshojé y tu voz clara me sigue convocando por encima de la trompetería de los arrepentimientos. Sé que has muerto de cáncer. Mi destino no pudo ser más trágico. Diana Cazadora soplabna la cornamusa y en los andenes de la estación de Paddington. Tus ojos me miraron aristócraticos. Los labios, tu dulce piel, me besaron. Se adelgazó tu mirada y siempre me impresionó tu gesto solemne. ¿Y ahora dónde estás? ¿Entre los cadáveres de espuma? ¿Entre los féretros de las rosas? En pie, flechas de España. Tomad asiento en cualquier piedra del monte donde Cristo pronunció el sermón de las bienaventuranzas. El viento expande por las lejanías el susurro de viejas estrofas. Y he aquí que yo yazgo en esta oquedad. Ya no me llegarán jamás tus cartas alborozadas. Ya no merece la pena vivir. El único refugio es este anacoretismo espiritual y llevar vida de cínico, buscando la unidad y llamando a alguien que no contesta, aunque dicen que el Señor hable a las almas por signos. Todo fueron aquilones e inspecciones. Yo estaba de cúbito prono y al descubierto. No me supe resguardar. Esas palabras que rebotan contra el frontón de la memoria y huyen a los cosenos de una geometría que carecía de líneas y me ofreció una simetría falsa. Y, en medio de tanto manso ruido, los bosquimanos subían por entre las olas del oceáno con un hacha entre los dientes. Os invadimos. Vuestra tierra y vuestras mujeres nos pertenecen. Habeis pecado mucho. Y allí estaban en eso los teorizantes de la radio analizando los consensos. Ir y venir que llaman acarrear. Las calles estaban llenas de afiches y panfletos exhortando a los consumidores a la buena vida del comprar. Todo se merca y se pignora. Los que lleven en la frente la marca de la bestia podrán comprar y vender. El azar existe y perpetra felonías con sus combinaciones malvadas. ¿Y tú dónde estas? Engordo y me duele la barriga. Hay materias ahora pulverulentas en el aire, crecen miasmas en los interiores. Los sarracenos se inmolan en Móstoles con una bomba pegada a los cojones con esparadrapo. Quieren ir a reunirse con las huríes de Alá. Y España está que no vive otra vez. Otra noche más. Disimulamos nuestro nerviosismo escuchando el partido. Los goles de Ronaldiño nos abstraen de nuestra cruda realidad. He aquí la ristra de los informativos pungitivos. Nos castigan a escuchar. Todo sucede en contra de lo que todos pensamos. Todo va mal. Los trilladores de las parvas de agosto blandían su tralla contra las ancas de las mulas tesoneras. Se levantó entonces un tamo espeso y pruriginoso que causa desazón a los ojos. Nos echan arena a los ojos, nos cagan con gallinácea como a Tobías. Los ahechadores del miedo andan al acecho. Franco dio previsión y prevención a los españoles. Por eso llegan ahora a España tantos extranjeros a gozar de nuestros privilegios en la seguridad de que esto es Jauja. Llegan y llegan ,presidente. Todos se hacen presente a comer el pan de España y a cagar el morral. Es una irrogación general. Una extorsión a gran escala. Sarracenos, fuera de España. Esta es nuestra tierra. Digo esto cuando por todas las partes asuelan y estamos inmerso en el morbo secesionista. Este siglo XXI ha empezado como una pesadilla. Es una marea negra. Se difama y se pelea con virulencia. En los periódocos retoñan los floreo judaicos. Hay un cubileteo general. El pueblo español no sabe que está en guerra. Las masas consumidoras y productoras callan. Ahí no las den todas. -Yo voy de currito. A mí que me registren. Esta no es mi guera. El español de a pie no quiere líos, está pensando en sus vacaciones de se,ama santa. Nunca se pronunció tanto esa maldita palabra solidarios din que se hiciera verdad la máxima rousseauniana de que el hombre es un lobo para el hombre. No hay caridad ni compasión. Todos estamos solos y vigilantes de lo que haga o deje de hacer nuesdtro vecino. Y aquí no pasa nada. Nunca pasa nada. Al que se muere lo enterramos y santas pascuas. En medio de tanta solidaridad y tanta condena, con la boca pequeña, y el caso es vociferar y capitalizar los réditos de imagen que un determinado hecho, por trágico que fuere, proporciona. -Si esta es la tarima de la civilización, no os quedará otro remedio que bailar a compás -Echad el ancla. Moved el escandallo. Desde el fondo alguien os hablará con voz de eternidad. Hay confusión entre los señores diputados y mucho rebullicio en la sala. Pasen los periodistas y coman. El mal es general. El mundo se subdivide en los que comen y no trabajan, los que trabajan y comen, los que trabajan y no comen, los que ni comen ni trabajan. Siempre andamos enfrascados en una disyuntiva que nos descoyunta las piernas. Y llegan y siguen viniendo, presidente. en el metro a cualquier hora sólo se ven machupichus y machupichas con la maleta y argentinos que dicen qué bueno qué bueno que viniste, colombianos con droga, polacos a Alcalá, búlgaros a Segovia. Se han roto las ataguías del pantano de la armonía. Los pueblos se mueven de una lado para otro. El efecto llamada les convoca adonde les dén de comer. -No digas eso. Eres un xenófobo. Y otras vez cundieron las riñas entre apolíneos y dionisíacos, madridistas y atléticos, centralistas y separatistas con su abyecta socarronería. Todo son alegatos y demandas, maulas, palinodias. España padece de oligoantropía. Es mal general. Las españolas no paren y toda extranjera que viene aquí a tirar la bomba viene con su correspondiente bombo. Son multiparas. Se ha provocado por todos los medios nuestro derrumbe moral. El aborto criminal ha sido una de las armas de Satanás y las secuelas de oligoantropía. Los judios hiperbolizan y los cristianos minimizan. Estamos en sus manos. Sálvanos oh Cristo. Los soldadesca otaniana liquida a los popes ortodoxos y pisotean su panagia, la cruz no detiene a los desalmados. Los mandó allí el socialista solana. Esto comenzó como todas las guerras mundiales, como todas las convulsiones en esa faja de cúpulas bizantinas y de minaretes que son los Balkanes. Entre las tres religiones monoteistas nunca podrá haber paz. Sólo guerra. Desparrama tu vista sobre el mapa y sólo desolación encontrará tu mirada. Ahí no las den todas. Nos hemos vueltos cínicos, indecentes. Más bestias que nunca. HACTENUS O EN EL DILUCULO DEL TERCER MILENIO: REFLEXIONES SOBRE LA VIDA ESPAÑOLA (CONJUNTO DE ENSAYOS AL DESGAIRE) por ANTONIO PARRA [1]Iskra significa llama en rus. [2]Ver el libro del P. Llanos Nuestra ofrenda con la lista de todos los capellanes castrenses caídos y la de los mártires que fueron pasados por las armas, prisioneros en el bando marxista. Curiosamente, este padre daría un giro a su pensamiento y a sus ideas de 180 grados. [3]No me puedo molestar por la comida. [4]El plenilunio echa a todos los locos fuera de casa [5]Los borrachos engendran borrachos [6]Todos los hombres son iguales debajo del látigo, querido. [i].Dives toletana, sancta ovetensis, pulcra leonina, fortis salamantina, ebúrnea burgalensis. Un adagio que se atribuía en la España medieval a a las antiguas catedrales. [ii].locutorios o salas de estar, en América sala de billares [iii].bolas de piedra en el arenal de la playa. |
Posted: 27 Feb 2018 08:52 AM PST A FAVOR DEL MANIFIESTO EN PRO DEL CASTELLANO EN ESPAÑA Antonio Parra Galindo El profesor don Fernando Savater es una de las inteligencias vivas con que aún contamos en el país. La sensatez y la congruencia de un vasco universal. Un buen filósofo y un gran novelista. Con la vellera – bueno no es viejo Fernando- se le está `poniendo cara de pera como a Gil Robles pero no pasa nada otros crecemos a lo ancho y no somos el talle de espiga de nuestra mocedad. Desciende el golpe ocular, se desalmenan los dientes, echamos barriga no tenemos el poderío y la verga de cuando la metíamos en cualquier agujero (cosa muy natural y que hay que aceptar sin remedio, que pidan árnica y viagra una de calamares, marchando, todavía con alguna manipulación…) pero se nos ha afilado la imaginación y nuestra percepción posee una mayor acuidad que cuando jóvenes. Por eso el manifiesto a favor del castellano es uno de los acontecimientos más congruentes que hemos presenciado en los últimos meses. España es diferente y sucede que en ciertas partes de este maravillosa nación la nación de naciones la más vieja del continente europea a los niños de las escuelas se les niegue la educación en la lengua común que es la nuestra la de Quevedo y Cervantes. Adonde vamos a ir a parar. La derecha echa culpa de esta desgracia o mejor dicho sinrazón desalmada a ZP pero lo cierto es que esta merma es el resultado de un desfalco a nuestros intereses nacionales un borrón del escriba poco perspicuo de los que escribieron la constitución. Y esa ley ha de ser enmendada velis nolis. Lo de las ikastolas y las señeras coloradas ha empezado a rendir su fruto. Café para todos. El objetivo era desespañolizar España por exigencias del guión que escribía don Enrique Kissinger el del abrazo de la muerte. Bueno nuestro bello idioma parece que ahora se enfrente a otro besos y a otro abrazo de la muerte y suspiros en inglés. Nos vendieron la burra mal capada pero yo bien que lo dije. Politizar el asunto no viene al caso. Cela me dijo en una entrevista una vez que las lenguas no se imponen mediante decreto del Boletín Oficial del Estado. Y aquí se pretende legislar sobre algo tan humano espontáneo y personal como es la jerga que tiene utilizar el personal; eso ocurre sólo entre los totalitarios y fascistas y a juzgar por lo que dicen hay bastantes pedisecuos de don Adolfo Hitler en Cataluña y en Vascongadas. Ya decía yo que el botijero Pujol me recordaba un poco a un Goebbels con tortícolis con el cuello de medio lado y el Arzallus esa mala bestia aprendió oratoria y jesuitismo en la Alemania del Reich. Si están vivas seguirán vivitas y coleando. El error el craso error de aquellos padres de la patria de cuyo nombre no me acuerdo o no quiero acordarme (Cisneros, Peces Barba y otros ínclitos tribunos de la plebe, impresentables) es considerar que el castellano era una herencia del franquismo. Tiene la cosa tres pares de perendengues. Mira que llamarnos fascistas a los 400 millones que nos expresamos en la maravillosa locución de Lope, de tirso o de Cervantes o estaban bobos aquellos patres consriptio dormidos en la higuera. Claro que obedecían ordenes de los desde el principio quisieron balcanizar España y desmontar la unidad nacional obrando al dictado del bueno de Henry Kissinger y de esa furia hispanófoba que nos hemos encontrado vagando por el mundo. A los españoles nos odian y nos persiguen tanto como persiguieron a los judíos y a lo mejor es que muchos de nosotros tenemos algo de judíos. Pero en fin nos hicieron “malfetría”. Y ahí está. Este capitulo de la constitución es una mala pasada una judiada para que nos entendamos. Yo habito esta lengua que forma parte de mi refugio interior. Nos podrá arrebatar todo pero no serán capaces de quitarnos la palabra. Desde luego suscribo el manifiesto pero con algunas chavetas. Hago reserva Vg.: 1.- el inglés compulsivo desde los kindergarten en la Comunidad de Madrid, tal y como pide doña Esperanza Aguirre. 2.-Que nos devuelvan las editoriales y los periódicos que nos quitaron. 3.-Que el cine que vemos y que la televisión que masticamos hasta el aburrimiento no sean seriales norteamericanos o malas traducciones de peores novelas de autores ingleses. 4.-Que se devuelva a los jóvenes universitarios la fe y la ilusión con la cultura española. Algunos no saben que nuestra literatura es una de las más antiguas y mejor perfiladas del mundo pero ellos los pobres tienen que comulgar con ruedas de molino. 5.-Que nuestros poetas, novelistas y cineastas puedan publicar y rodar en su propia lengua. Y que se vaya a un convento de cartujos Vargas Llosa. Me harta ese fulano el perulero del que bueno que viniste ché. Él es juez y parte del enredo y no nos va a enseñar este trasandino a escribir en nuestro idioma. Debe de ser porque don Mario cree en la venganza de los indios y eso que no fuma tabaco. 6.-Que se acabe el papanatismo del guirigay de nuestras malas radios comerciales. Que se descrispe un poco el país. 7.-Y que Casillas don Iker es el mejor portero del mundo y que merece una calle en Mostotes de donde se hizo el bando aquél contra los franceses y viva la madre que le parió a nuestro guardameta de la selección. 8.- Y que nuestros contertulios, nuestros políticos y nuestros periodistas del rollo en la pomada lean un poco más a Quevedo. Ganarán perspectiva, no dirán tantas burradas y se desasnarán un poco. Me formé cuando estudiaba románicas con catalanes. Don Sebastián Mariné Bigorra un español de la tarraconense me enseñó el latín y a don Martin Riquer le debo ese entusiasmo por el medievalismo que fue la plenitud de mi vida. Conozco la obra de Raimundio Lulio y el Corominas fue mi diccionario herramienta pero el catalán últimamente se me ha atragantado. Me parece una lengua sosa, poco evolucionada y sin un respaldo literario que le haga fuerte para afrontar el futuro. El gallego de los BNG es un chapurreado lleno de mezcolanzas indigestas. Vale para hablar con la burra y ponerse ciego de orujo debajo del cabazo cuando no te ve nadie. Ese vasco aldeano y reivindicativo no me dice nada. Nada tiene que ver con los zoéticos que cantaba don Pío por lo bajini Es un fósil. Tampoco se ha resucitado el bable o al menos el bable que yo conocía el que sabía Alarcos y que me sale cuando me he tomado unos cuantos culines en el chigre. En fin que esto de las lenguas regionales o los viejos Coros y Danzas es una receta para el desastre. Parece que la constitución nos la escribieron los enemigos. Habría que reformarla. Ahí tiene razón el profesor Savater. Con su ponderación y congruencia conjura a los imbéciles a los que con ganas siempre de enredar confunden la velocidad con el tocino. Y los culos no son las temporas, señores míos. |
FRANCO CENTINELA DE OCCIDENTE Y ALIADO DE LOS EE.UU Posted: 27 Feb 2018 02:22 AM PST ![]() ENTREVISTA DE FRANCO A UPI Franco el 5 de noviembre de 1944 (repaso mis notas y cuadernos de campo de mis tiempos neoyorquinos) concedió muy pocas entrevistas, ninguna rueda de prensa. Pronunciaba discursos. Una de las escasas interviús la tuvo con un tal Bradford que dirigía la agencia United Press Association y le dijo: ▬España nunca hubiera podido aliarse con Alemania un país pagano ni con ningún otro que no tuviera por guía la catolicidad. Yo soy anticomunista y siempre combatiré el ateismo ▬Podrán volver a España todos aquellos soldados del bando republicano excepto aquellos sobre quienes pesen delitos de sangre. ▬ España nunca fue fascista ni nazi ni antisemita. De hecho estamos ayudando y dando cobijo a aquellos hebreos del Este y de Alemania en transito a los EE.UU ▬ Los USA me parecen una de las grandes naciones de la tierra gobernada por dirigentes honrados que creen en el juego limpio. ▬ Tampoco hubiera España atacado a la Francia vencida. sería deshonroso pegarles a nuestros vecinos una puñalada trapera. El año 1939 proclamamos nuestra neutralidad. Me opuse a los planes del Führer a formar parte de las potencias del Eje pues nuestro credo se basa en tres pilares: Dios, Patria y Justicia. Con respecto a la división explicó que sus soldados marcharon a Rusia a combatir al comunismo y a liberar al pueblo ruso de sus garras. No teníamos ningún afán de conquista o agresión. Los autores de esta importante entrevista que influyó en la mente de Roosevelt de no invadir a España se llamaban A.L Bradford y Ralph Forte los dos eran ingleses. Durante las dos horas del encuentro a decir de los autores del relato Francisco Franco desplegó su "charme" un tanto ingenuo para un político y les mostró los tapices del Pardo que habían pertenecido a Felipe II. Bradford y Forte se sentían impresionados por la grandeza del pasado hispánico. Comunica a sus interlocutores que su idea era la restauración de la monarquía, a la pacificación interior y a la reconciliación de los españoles después de una terrible confrontación entre hermanos. Aunque a su juicio, ▬ y aquí aparece el gallego soltando una gallegada▬las "monarquías no van al ritmo de los tiempos modernos". Odiaba el Caudillo la palabra republica pero no deja de insistir y pedir clemencia para con los vencidos. De esta forma rompía el silencio de un quinquenio. En 1939 había sido portada de "Life". Estas declaraciones determinaron un impacto en la opinión de los aliados e incuso en el "Observer" Arturo Koestler que había sido indultado por los falangistas después de ser detenido bajo la acusación de espionaje y luego indultado y canjeado a través de la verja de Gibraltar con la viuda del aviador capitán Haya, alaba en un editorial la sapiencia del jefe del Estado Español. Todo esto está en las hemerotecas y puede cotejarse con mayor detalle en mi libro "Franco y Sefarad un amor secreto" un libro contra corriente pero lleno de atisbos nada desdeñables. Yo estoy muy contento de |

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