LA DIETA DEL TRAPENSE
Cuando estuve suspendido de empleo merced a un ukase
de la corrupta doña Espe, iba y venía a Arévalo. Las murallas del castillo
donde pasó su infancia la Reina Católica le brindaron protección al pobre
Villeguillo judío de raza y español de nación. Visitaba la trapa arevalense que
se alza sobre un mogote a la vera del río Adaja. Quise hacerme trapense pero el
padre maestro o starez me dio a entender que mi monaquismo es muy diferente al
usual. Creo que el ideal contemplativo de austeridad es el sumo bien al cual
puede aspirar el ser humano. Y un buen escritor es aquel que contempla y se
aleja de sus semejantes para estgar más cerca del corazón humano. Había
cola para ingresar en el noviciado de aquel monasterio. Gente que quería huir
al desierto para encontarse con Dios y consigo mismos.
Lo que más me gustaba amén del canto
gregoriano era la dieta que seguían aquellos benditos frailes. Algunos eran
centenarios. No probaban la carne en todo el año y sus colaciones eran de lo
más frugal. He aquí la refacción diaria de un trapense: dos onzas diarias de
pan, una ración de sopa a media mañana, verdura al mediodía y un plato grande
de col a la cena todo sin sal. Sin vino. Algo de leche de oveja para los
enfermos.
Los trapenses son monjes blancos
cistercienses, una rama escindida de los benedictinos. Su regla fue reformada
por Runcé en el siglo XVIII. Aparte de la estricta observancia del fundador san
Bernardo los cistercienses vivían en comunidad, dormían en dormitorios
corridos, rezaban en la misma iglesia, y se entendían por señas. Pero la mímica
era una forma de hablar y los padres del desierto mastizan que el control de la
lengua es uno de los primeros tramos en el arduo camino de la perfección. Por
otro lado, la vida de conunidad supone en muchos casos un sacrificio porque hay
que aguantar al compañero. Con lo cual siempre surgían problemas,
querellas, fisparidad de pareceres y faltas a la observancia.
El aislamiento trapenmse a la manera
cartuja copia la Regla de San Bruno y fue todo un hallazgo porque el aislamiento
facilita al eremita su camino a la santidad. Los monjes permanecen
incomunicados y la comida les es servida en su celda. sólo se juntan para el
rezo de las nueve horas canónicas. Eso y su abstinencia de la carne y el vino
quizás constituya la causa por la cual los trapenses sean los más longevos
entre el personal de vida consagrada. Representan la cumbre del ideal ascético
aunque no todos valen para afrontar esa renuncia al mundo, sus parlerías y
vanidades
ESPAÑA
MI NATURA
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