ALHAMELES DE LA
DISCORDIA
Nada más levantarme me
asomo a la ventana y me saluda el roble que plantó el abuelo y los laureles que
crecen en la cuesta desde tiempo inmemorial, seguramente plantados por algún
legionario romano de una de las cohortes que hacían el camino desde Asturica y Emérita
Augusta a la tarraconense. Merodea la depresión por mi cerebro y me aflige el
lumbago, me duelen los cuadriles, me duele España. El verano asturiano rinde
sus últimos honores. A lo lejos alza su cresta de hoja perenne de bosque
acérrimo del monte Pascual al cual rinden culto en la ladera aldeas escarpadas
como Faedo, Uncín la Quintana y otras. La serenidad del dintorno es un
aldabonazo a mis meninges pero escucho también el chasquido de las trallas de
los alhameles que van de recua, marchan y vuelven camino de Ceuta. La presencia
de algunos políticos como ese sodomita jefe de los guardias, el que abre
tristemente el portón de España al moro Muza en colusión con los nuevos don
Rodrigos y sus cavas Florindas, el obispo Ulfilas, y los curas pánfilos y
buenistas me enfurece. Señor, aparta de mí este cáliz. Soy un español pacifico.
Ni robo, ni mato, ni forcé doncellas. Las que me llevé a la cama se vinieron
conmigo de buen grado. Sin embargo, a la sazón a mí como muchos españoles nos
acomete la ira y nos dan ganas de empuñar las armas y tirarnos al monte. Para conjurar
esos peligros abro un libro de, “Doña Rogelia”, de Palacio Valdés, uno de mis
autores asturianos preferidos. Es buen contrapunto. ¿No habrá quien meta en
fajina a Pedro Sánchez? Doña Rogelia es como una estatua griega, una xana que
se columpia por el bardal y sube y baja cando le da la gana por la tenobia del hórreo.
Ay, señor cura, ¿Quién será el que nos libre de las malas lenguas? Doña Rogelia
está ahí, soberbia amazona, capaz de derribar a un paisano de un puñetazo
llevando a un caballo percherón bajo la sombra de los avellanos y nos precave contra
los males y enconos la política. La política es una pérdida de tiempo, dice. Puede
ser pero sólo vale a enfrentar a unos con otros. Ahí está el busilis de la
cuestión. Doña Rogelia dice cosas de
mucha enjundia en esta novela rural que es un verdadero retablo de las
discordias aldeanas a mediados del siglo XIX. Leo un capítulo, tal vez dos, y
para espantar a los fantasmas que cercan mi mente marcho para Avilés a ver si me
distraigo un poco por el barrio húmedo y los mesones de Sabugo. Al pasar por el
cementerio de la Carriona rezo un padrenuestro por mi querido don Armando allí
enterrado. Sigo escuchando el chasquido de las trallas de los alhameles. Arrieros
somos pero Ceuta y Melilla siempre españolas.
Martes, 15 de
septiembre de 2026