2023-08-17

 

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LA CORRESPONDENCIA ENTRE MENÉNDEZ Y PELAYO Y JUAN VALERA


Antonio Parra




Desde 1877 hasta 1905 Juan Valera y Marcelino Menéndez y Pelayo sostienen una nutrida e intensa correspondencia que es paradigma del género epistolar, casi única en su género, precisamente en un país donde no abunda la categoría memorialista. El español es grafómano por excelencia pero no muy dado a las expansiones de esta índole aunque aquí los mozos escriben copiosas cartas de amor de las que alcanzada edad provecta se arrepienten y cuando regresan a estas cartas olvidadas que duermen en un cajón piensen para su capote: “caray las chorradas que escribía yo entonces pero no era yo; guiaba mi pluma mi corazón enamorado u otro afán”.

Estos escritos, rara avis en las letras castellanas, intercambio intelectual entre dos autores próceres, son un testimonio inapreciable para conocer una época singular en la historia del parlamentarismo y de la democracia española como fue el tiempo de la Restauración. Dos partidos turnantes: Canovas y Sagasta, un pacto de caballeros concertados para el bien común, representados aquí por Menéndez y Pelayo, tildado de ultramontano, casi un neo del catolicismo reaccionario y montaraz y don Juan Valera, un liberal, humanista. Sirviendo a una misma monarquía desde campos políticos diferentes. Son dos señores que se muestran por encima de las intransigencias de secta y las banderías políticas. Todo un paradigma.

Interesante en todo este intercambio epistolar es la parte corográfica. Valera hace confidencias a su comunicante acerca de todos los lugares a los que visita. Presidió las legaciones diplomáticas de Su Majestad en Lisboa, Washington, Bruselas y Viena. Incomprensiblemente faltan en estas relaciones todo lo concerniente a San Petersburgo donde él también fue embajador. Sus impresiones sobre dichas ciudades y sus moradores no tienen desperdicio.

Por ejemplo los portugueses son para él españoles descastados que renunciaron a su iberismo en aras de un secular vasallaje a los ingleses. La altanería lusitana le parece insoportable y nota cómo en Washington las gentes salen a la puerta de las casas “para tomar el fresco igual que en cualquier lugar de Andalucía o de la Mancha”. Observa cómo los norteamericanos tienen un concepto diferente al de la literatura al que podamos tener nosotros. Ya entonces corrían por Nueva York las novelas por entregas. Edgar Alan Poe rendía culto a las narraciones del terror pero en general las letras yanquis tienen una connotación práctica siguiendo las pautas de Benjamín Franklin. Si le cuentas por ejemplo a un neoyorquino que eres escritor pensará probablemente de ti que eres un dirty old man que se pasa la vida emborronando cuadernos de guarradas pornográficas.

Mientras en Europa son importantes las elites entre los gringos se escribe para las masas. Esta apreciación de don Juan Valera me parece que tiene un gran interés y conserva plena actualidad.

En Bruselas el personal se aburre como una ostra y se dedica a comer y a beber cerveza de alta graduación mientras connota cómo Viena se convierte en una ciudad de suicidas cuando sopla el “Föhn”(viento terral de los Alpes).

Desde Madrid Menéndez y Pelayo, gran bibliófilo, devorador de letra impresa, le encarga libros. Al propio tiempo le da cuenta de sus progresos en la redacción de sus proyectos literarios que son por esa época bastante ambiciosos. También le solicita cartas de recomendación para algún amigo que quiere opositar a cátedras o aspira a algún sillón en la Academia. Salta a la vista que los que se cartean son dos seres humanos, no dos extraterrestres. La cultura no está reñida con el jabón y los poetas y escritores no siempre han de llevar greñas e ir de sarrapados. Sin embargo, mi experiencia triste es de tratar en este tiempo con archiveros es si éstos son auténticamente seres humanos. De ahí mi satisfacción ante este referente. Don Marcelino no sólo fue un hombre de letras, el archivero mayor de estos reinos, sino también ser humano de una sola pieza.

De singular interés son los juicios de valor de don Marcelino sobre algunos aspectos de la vida literaria complutense dando cuenta y razón de lo que se publica. Por esta correspondencia desfilan los nombres de Palacio Valdés, escritor con gancho en aquel momento y que le parece “demasiado realista”. Los dos temen a Clarín como crítico. La Pardo Bazán está muy interesada por los rusos. Galdós va a su aire. Et sic et coeteris...

El egrabense no oculta su desaliento y la astenia productiva. Ha dejado de escribir novelas y sólo redacta algunos cuentos. Se queja al cumplir los 59 años de ser un viejo. Le cansa leer y tema quedarse ciego. La temática de este carteo lleno de enjundia tanto filosófica como informativa, puesto que ambos realizan un estudio de época, es estrictamente estética. Uno y otro son hombres de ideas. Pero rara vez mientan la política. Cabe notar que en la correspondencia datada en 1898 no existe la menor referencia a la crisis de Cuba. La muerte de Canovas es sólo objeto de unas breves líneas. El eminente estadística cayó asesinado victima de un atentado terrorista en el balneario de Santa Águeda e Guipúzcoa el 7 de agosto de 1897. la bala del anarquista Angiolillo – por ese cabo nuestra hoja de servicios no puede ser más dramática: la mayor parte de nuestros primeros ministros no suele morir en la cama- fue el prólogo de nuestra decadencia iniciada con la pérdida del último florón.

Sagasta, empecinado en la cuadratura del círculo, hasta el último hombre y hasta la última peseta, se vio inerme y con las manos atadas para lidiar con el gigante yanqui y sus maulas. La voladura del “Maine” fue una impresionante maniobra política de auto golpe. De entonces hasta ahora son expertos en la materia. El jingoísmo, los hechos consumados, las campanas de Randolph Hearst que siguen sonando a media noche en las manos yertas y universales de Ciudadano Kane. Estamos ante el caso de la trama de la novela de Chesterton “El hombre que fue Jueves”. El ladrón he aquí que es el jefe de los guardias. Y el inventor del terrorismo como arma política es el súper agente secreto encargado de acabar con los maleantes con la dinamita a cuestas, transformado en una especie de gendarme universal. Historias de involución. ¡Si yo les pudiera contar!

En la época de las cesantías en este coloquio epistolar a muchas leguas de distancia los abajofirmantes y derechohabientes del parnaso español, dos auténticas plumas galanas, dos fueras de serie, se intercambian letras de recomendación para cada uno de sus comilitones políticos. La izquierda de don Juan y la “derechona” de don Marcelino se entienden bajo cuerda y dialogan, un maravilloso ejemplo para los españolitos de 2004 que viven tiempos tan crispados. Son dos elegantes que nata tienen que ver con la canallesca. Cada uno posee un concepto de España y la ama a su manera, mas no por eso han de estarse haciendo la guerra.

Pese a la diferencia de edad y de inclinaciones un tanto bohemias los dos debieron de compartir alguna que otra francachela. Ya despunta por entonces las inclinaciones etílicas del santanderino que le habían de conducir a la tumba. Todos sabemos que Menéndez y Pelayo fue un sabio de vida bastante desarreglada. Libros, vino y mujeres fueron la norma de su juventud. El cordobés, de bastante más edad, era de condiciones más áticas y serenas pero en sus buenos tiempos debió de gustar de echarle alguna canita al aire.

Frecuentaron un garito en la calle Barquillo por nombre “La Sinagoga” donde debía de haber unas hebreas bellísimas, sueltas de espíritu y de lengua y que tenían nombres de guerra tan sonoros como Aspasia, Rodopis, Hipatis y otras Raqueles lacrimosas. Amen de comprensivas e inteligentes debían de ser mujeres muy sensibles y cariñosas. Valera desde el extranjero indaga sobre el estado de salud de las pupilas y Menéndez y Pelayo, asiduo cliente del local, le manda recuerdos de su parte. Todo queda en casa pero los detalles no pueden ser más humanos. La prestancia de Valera como escritor de epístolas es destacable. He de decir que aunque sus producciones que leí antaño- “Pepita Jiménez” y “Juanita la Larga”- las encontré demasiado almibaradas y sin gancho estilísticamente es perfecto. Como memorialista sus juicios no son nada desdeñables y su prosa cuajada de primores brilla a gran altura y sus pronunciamientos sobre el mundo que le circunda son definitorios y definitivos.

Todo indica que debió de ser un andaluz diserto y culto, hombre de mundo, muy hábil y c on muchas tablas que solía escaparse por la tangente. En los vaivenes de los partidos turnantes supo nadar y guardar la ropa hurtando el cuerpo a las diferentes crisis de gobierno que siempre le encontraron a muchos kilómetros de distancia o con el charco de por medio. Eso en España donde las relaciones personales se encabronan con tanta facilidad es una ventaja de la cual sabe sacar partido.

Tenía don de gentes. Era buen psicólogo pero en Lisboa se siente abatidísimo. Percibe el fracaso de unidad de los pueblos ibéricos detrás de los cuales se encuentra Inglaterra como muñidora de conflictos. Como siempre. Por eso sus dictámenes antilusitanos son auténticos veredictos: “Esta gente está archiperdida por haber renegado de su casta y por ser ridículo arrendajo de los ingleses... Yo no quiero a Portugal sino despoblada... el portugués es finchado, carrancudo y tieso”. ¿Qué le ocurrió al autor de “Pepita Jiménez” en Portugal?

De todas formas estas cartas son un baremo para estudiar su estado de ánimo. Parece ser que tenía un carácter depresivo. “Hoy no estoy para nada-escribe- Soy el rigor de las desdichas”. Por el contrario, su corresponsal en la Academia siempre estaba embarcado en alguna aventura literaria y era proverbial su poderosa capacidad de trabajo. “Me sorprende la capacidad que posee usted para escribir” le confiesa Valera en una misiva al tiempo que le confía un encargo: ir a la estafeta a encontrar unas cajas de habanos que le perdieron en Correos y que se fueron por la posta. Los vegueros debían de ser lo mejor de Vuelta Abajo dado el interés que muestra.

Las averiguaciones del eminente polígrafo surten resultados y las cajas aparecen y don Juan se los fumó a la salud de su corresponsal desde el exilio dorado. En agradecimiento desde Lisboa remite a don Marcelino una serie de tomos sobre la poesía de los hispano hebreos (el tema judío le apasiona al autor de los “Heterodoxos”) que habrían de hacer las delicias lectoras de un hombre como él bibliópola empedernido y siempre a la caza de raros y de curiosos y que llegaría a acumular una de las bibliotecas más surtidas del país.

Hay un cierto holismo, una interdependencia que llega casi a la telepatía entre estas dos mentes privilegiadas, protagonistas intelectuales de una de las épocas más interesantes de la historia de España. Literariamente fue nuestro segundo siglo de Oro. Un faro de luz que alumbra un mundo sumido en las tinieblas de las covachuelas y de los manguitos. Estas cartas son el vivo reflejo de una amistad entrañable. Podemos conocer algunas intimidades de uno y otro. Verbigracia, la esposa del diplomático era gastiza y dada a los dispendios copiosos. Echa de menos las tertulias de Madrid y se queja de su astenia productiva. Refiere la impresión que le causara la ciudad de Washington con su moderna traza, las grandes avenidas. “Esto es como la Granja pero al por mayor”. Se asfixia de calor a orillas del Potomac. Los mosquitos, libélulas y cocoyas son un martirio en las noches de verano. No hay ac eras. Las dimensiones de los ríos y del propio país son desbordantes. Desde Nueva York a San Francisco- apunta- hay la misma distancia que desde Cádiz a Arcángel atravesando las distancias de un continente enorme donde la naturaleza es todavía virgen.

Allí le sorprenden algunas desgracias familiares como la muerte de su hijo Luisito a los 16 años. Menéndez y Pelayo le manda el pésame al tiempo que le refiere que acaba de pronunciar una conferencia sobre Raimundo Lulio. Asimismo, le envía un ejemplar de “La Regenta” novela que acaba de aparecer en Madrid en 1884 con gran escándalo para el clero ovetense.

He aquí el juicio que emite don Marcelino sobre la novela de Clarín que siempre le parece que vale más que Pereda: “ En él se anuncia un grandioso novelista en medio de ciertas inexperiencias y rasgos de mal gusto”. Ambos comunicantes hacen gala de su espíritu sodalicio pues entonces los amigos lo eran para toda la vida pese a las divergencias políticas.

En 1885 muere Alfonso XII y Menéndez y Pelayo dice que Verdaguer es el mayor poeta de España aunque adolezca de un cierto victorhuguismo. Valera por su parte manifiesta la ilusión que le hace el que “Pepita Jiménez” está ya en los tórculos de un editor neoyorquino. Él será junto a Palacio Valdés uno de los pocos autores españoles traducidos a ese idioma. Tanto a ingleses como norteamericanos les merecemos poco crédito. Jamás nos hicieron caso y en todo autor que es vertido – loor de enemigo – hay latente casi siempre una intencionalidad política. A pesar de que aquí se ha escrito mucho y bien y nuestra literatura sea más interesante que la anglosajona.

En 1886 don Juan es trasladado a Bruselas. Por aquellos días es comidilla en los círculos literarios complutenses la decisión del político español don Manuel Silvela de publicar la obra completa de Sor María de Ágreda, amiga también por carta del rey Felipe IV y autora de la “Mística Ciudad de Dios”, un bizantino y prolijo tratado acerca de la vida de la Virgen María. Estamos en un tiempo en el cual la gente se interesa por el espiritismo. El mismo Valera, sin llegar a ser un hierofante o experto en materias ocultas, perteneció a una sociedad teosófica. Aunque él creía firmemente que las letras y no la superstición eran signos de renovación entre los pueblos. Y en sus lucubraciones por carta estos dos amigos creen todavía viable un próximo renacimiento de España. “Desde hace dos siglos- afirma el embajador con tristeza- hemos remedado mucho a los extranjeros renegando de nuestras cosas. Nos hemos mostrado algo bárbaros por despecho aceptando acusaciones como alabanzas o haciendo gala del sambenito que nos ponían”.

Los dos quieren ser castizos sin sonar a arcaicos y refutan el “absurdo regionalismo catalán” y están determinados a demostrar que España después de Gracia e Italia ha sido uno de los grandes países civilizadores del mundo. ¡Qué gran verdad!









CONTRA EL PRÍNCIPE DE LA MENTIRA Y LA IRRITACIÓN CÓSMICA

 

EXORCISMOS Y POSESIÓN DIABÓLICA


Toma sus incrementos el señor del Mundo que se agazapa en las urnas ha usurpado su posesión de los circuitos electrónicos sonríe desde las paginas de papel cuché de las revistas del corazón se asoma a los informativos tan pronto agarra la alcachofa de la Ser como explota desde la sonrisa pletórica y algo cabrona del Sr. García .

El príncipe de la mentira sigiloso sinuoso y tenebroso tiene a todo el periodismo de la escala mediática agarrado por los cojones. Fementido Satanás engalanado a todas horas y arrastrando almas incautas a las simas de pedro botero.

El señor Gurruchaga ese donostiarra de la voz cachonda viaje con nosotros lo invoca a todas las horas. El imperio del mal se ha encaramado a la cúpula del capitolio proclama sus medias verdades desde la cúpula de Bernini. De la mano de un cantante rabino que canta Leonardo Cohen se ha instalado en Paris. Moscú es suyo y tiene su trono en Londres. Pero no vayáis a ese cura de Alcalá que hace exorcismo. Os meterá una legión de malditos en el cuerpo y no quedan pearas de cerdos a mano donde traspasarlos, la solución que dio Jesús en Tiberiades. 

¡Ah Satanás, estamos en tus manos! El demonio con su piel de serpiente apta para mudar la camisa se ha hecho mujer, habla por la tele en el programa tan pastueño de amigas y conocidas y parla y garla a todas horas impartiendo consignas nunca soluciones ni bendiciones.

Es pertinaz la impugnación diabólica. Al redactar estas lineas pasan por mi puerta todo un alarde de hombres solos desconsolados que profieren gemidos sin rumbo sin hogar sin hijos desposeídos de sus facultades sus esposas los arrojaron de casa dijeron fuera zánganos y metieron en casa al macho cabrio que es siempre mozo y bien dotada para que las gozara.

Son las turbas que seguían a Xto multitud de enfermos lunáticos epilépticos melancólicos que han perdido la honra y el trabajo. Van diciendo Jesús hijo de David ten piedad de mí y la última de todos viene la hemorroisa que se acerca con animo de tocar la orla del manto del Salvador.

Sólo él puede con el Pateta. Muriendo en una cruz venció al diablo.

Sin embargo, acá está nuevamente Mefistófeles parlando lenguas desconocidas enseñándonos la “patita democrática”. Sigue tan canalla y deslumbrante. Desvela cosas ocultas, es capaz de adivinar el futuro, puede levitar y subirse a lo alto de una nube. Ole el mundo facundo.

Desgraciadamente ya no se ven, a las puertas de las iglesias, como se hacía en los tiempos primitivos, filas de penitentes tapados de saco y cubierta la cabeza de ceniza escuchando la lectura del exorcismo que se hacía por una diaconisa tras la lectura del ultimo evangelio. Durante las fiestas hiemales de cuaresma.

Estaban excluidos de la bendición y del canto diaconal los sodomitas y los leprosos.

En estos tiempos aparentemente tan normales y modernos el gran enemigo de los hombres regresa con sus banderas arco iris y sus contoneos de lujuria por detrás. Vergas y culos todo te lo daré si te agachas ante mi te prosternas y me adoras. He aquí un símbolo de que el planeta va marcha cara atrás caminando de cabeza y al revés.

Veo bajar desde Malasaña a la horda satánica. Son los selenitas hijos de Endimión el dios del sueño que viven a oscuras en la cara oculta de la luna ufanándose de sus torpezas y exhibiendo su condición de maricas unos pervertidos por el libertinaje de la época y otros de nacencia. Esos tienen menos culpa, han bajado a Madrid por una escalera que conecta la Puerta del Sol con la luna.

Todos sabemos que el universo está poblado de malos espíritus pero a todos se les fumiga. Llegan los monomaniáticos subidos al carro de Cibeles y otros arrastran descalzos la soga de Judas. Dice Tertuliano que no hay hombre que no sea perseguido por un demonio. Nos explica este padre de la iglesia, e invoca el exorcismo que ha de actuar sobre el alma ex opere operato de forma infalible.

Es una fórmula que se reserva la iglesia para casos extremos. Sin embargo, no es un conjuro. He leído estos días el “Liber exorcismorum” que nos dicen que el energúmeno se aleja del cuerpo del poseso mediante la imposición de manos pero solo los limpios de corazón y con una fe firme serán capaces de consumar la tarea de arrojar al amo del mundo del cuerpo de los poseídos cuyas almas detentan.

Se acerca ya la turba multicolor enarbolando el pendón de Luzbel al grito de non serviam, lo quiero todo al revés.

El evangelio, sin embargo, es contundente al respecto; “Aquellos que me sigan tendrán estos signos: echarán diablos, domarán sierpes, las malas hierbas y los venenos que tomen no les harán daño. Sobre los enfermos e impedidos impondrán sus manos y sanarán”.

En esa demanda seguimos, Señor, domando serpientes con nuestra literatura. Somos los que luchamos contra la bestia.

 

GOGOL TARAS BULBA LÁTIGO DE LA ORTODOXIA


Gogol es todo épica. El homero ruso. Era ucranio pero en Taras Bulba alza el knut cosaco en defensa de la vieja fe, los antiguos valores. Cabalgan los cosacos por la estepa y hay atamanes que recuerdan a Eneas y Aquiles o viejas babuski que son trasplantes de Elena llorando a sus hijos a las puertas de Troya. Nicolás Gogol fue el escritor que marcó mi juventud. Unas navidades con la huelga del domingo ahorré los pocos duros que me daba mi madre, no tomé un café, un paquete de celtas cortos valía dos pesetas, y todo lo invertí en las obras de Gogol que merqué en la gran librería de Gran Vía que entonces se llamaba José Antonio.

El TARAS firmado por mí un sábado de 1963 tiene hoy las paginas amarillas pero al abrirlo me trae, pese a mi anosmia, el aroma de aquellas flores, aquellos vernos, los viajes en metro, los paseos por el Retiro, de mis diecinueve años. No hay novelista más vital y que infunda tanto optimista pero en la vida Gogol fue un pobre desgraciado. El escribiente de un ministerio que busca la tabla de salvación domando el tigre de la literatura que llegaba dentro alentando quimeras y liberándolo de sus pesadumbres.

Sus Almas Muertas nacieron en la mesa de un negociado. Una sátira llena de ternura y de sinrazón frente a la política, la corrupción, la estupidez del azar, lo desconcertante de la vida misma. Taras Bulba es un libro más serio, un canto a la estepa y aquellos cosaco de la caballería rusticana que se batieron por el zar frente al tártaro y a los herejes polacos. Es un libro de loores y olores porque en las macilentas páginas trasciende el aroma del aciano, la juncia, el espliego. La estepa por su variedad de plantas es no solamente la mejor farmacia sino la mayor perfumería del mundo. Es el horizonte de libertad, de los caminos infinitos. El viejo maestro Gogol me llenó el alma de profecía y de utopías porque en sus libros aprendía a amar a Cristo y conservar mi esperanza y mi compasión por el género humano. En los aires de la estepa sopla el viento del Espíritu y los zaparogos con sus amplios charovari o pantalones de montar y las botas de tafilete rojo con las que bailaban el topak se santiguaban antes del combate, besaban el icono y aceptaban la muerte en la pelea contra las fuerzas del mal como una recompensa a la fidelidad a su tradición cristiana y el amor a la patria y al zar. Es un cristianismo viril, fundamental sin grandes entramados teológicos propio de hombres sencillos. El viejo Bulba saca a sus hijos del seminario o bursa donde eran educados por los popes con la vara y les dice que no sé para que tantos libros que no valen para nada ni tienen que ver con la vida real ni esos vestidos talares. Parecéis señoritas, hijitos míos y los enrola a la setnia o escuadrón de caballería para adiestrarlo en la disciplina militar. En el primer capitulo de la novela cuando la madre se despide de Ospak y Andrés los dos niños la prosa alcanza un tremendo rítmo épico que recuerda a la Iliada.

Gogol y Dostoyevski son dos escritores antitéticos pero complementarios. Ambos tienen algo de tártaros, pertenecieron a la escuela de los Vostovniki. Tenía algo de tártaros y en su pluma se traslucen adherencias escitas. Pero ambos son almas grandes como escenario del teatro Bolshoi que mide más de 17 metros de largo (22 toesas) y escriben una prosa inmensa como el Volga que parece que no tiene riberas. En los dos se percibe el anhelo de libertad sin límites como la taiga. Periódicamente uno y otro estuvieron a punto de terminar en Siberia. Fueron víctimas de sus propios sueños. Los peores verdugos fueron sus quimeras pero es el sino trágico de los grandes escritores. Rusia es una paradoja de ternura y de violencia, nación misteriosa y enigmática. Por sus caminos nevados en invierno resuenan los trotes cascabeleros de los caballos tirando de las veikas. Para los rusos el siglo de oro es el decimonono. Porque el espíritu ruso, contradicción pura, si leemos a Turgenev y a Lermontov. La gran apatía de Oblomov se estrella contra la hiperactividad cosaca de Bulba. La pleyade de escritores que produce el gran país de los zares y ahora de Putin – ojo con Putin, no lo infravaloren, es un estadista misterioso- muestra una actitud mesiánica de salvación y perdón de toda la humanidad. Es la preocupación católica del mundo ortodoxo valga la redundancia. Un afán de progreso tecnológico pero sin obviar al hombre y la condición social. Se dijo que Rusia es tsertse mira1, tampoco olvida las tradiciones cristianas. Tolstoi, por ejemplo, peregrinó varias veces a Optina Pystina el monte Athos ruso y uno de los más grandes monasterios de la cristiandad. Se entrevistó con el staretz o maestro del espíritu, un monje anónimo del que se decía hizo milagros y estaba en posesión de uno de los dones del espíritu santo: la introspección de conciencias. El autor de Guerra y Paz, que había sufrido mucho de la dentadura, cuenta que el padre Tijon le curó con la imposición de manos y no le volvieron a doler más las muelas. En Optina Pystina experimentó León Tolstoi una de sus crisis místicas y decide aprender griego para entender mejor el mensaje de Cristo. Sin embargo, en este estudio de las sagradas escrituras y en su afán evangélico fue demasiado lejos hasta el punto de morir excomulgado por el Santo Sínodo. Cosas del genio. Tolstoi se desvía pero su estilo goza de las reminiscencias de esa sencillez evangélica de la que también participó Gogol. Si Tolstoi maravilla, Chejov, llena el alma de paz, Turgenev nos sorprende por su potencia descriptiva -fue el cantor de la adolescencia y del primer amor- Gogol nos enamora. No es un kylak o aristócrata como los dos anteriores sino uno de los de abajo. Su pluma está henchida del espíritu mujik frente a los barin o señoritos de Petersburgo. Es un fuego que purifica.

Desde luego, su genio- tres años atrás 2009 se celebró su bicentenario- no goza de la aquiescencia de los globales. Se le acusa de militarista....el sable era preciso desenvainarlo en tres ocasiones: cuando los comisarios polacos no respetaban como es debido a nuestras setnias y permanecían ante los cosacos con la guerra puesta; cuando alguien se burlaba de la religión ortodoxa y, por último, cuando se trataba de los impíos turcos contra los cuales estaba siempre permitido levantar las armas. El proselitismo católico fue la causa de guerras y de cruzadas contra Kiev orquestadas por los duques de Varsovia. Es la versión en oriente de los conflictos entre papistas y luteranos en el oeste. Mala cosa cuando interfiere la santidad de Dios en las pugnas y apetencias egoístas de la condición humana...Andrés se paró a la vista de un fraile católico que tanto odio y desprecio inspiran a los polacos.

Las escenas de las hazañas o deshazañas porque implicas la muerte y destrucción de tantos hombres jóvenes y de tantos hogares en un ambiente de tristeza y de sátira. Se intuye que el mundo que describe GOGOL está en trance de extinción con el advenimiento primero de la revolución rusa, las intrigas del Vaticano. En su prevención hacia los polacos a los que tilda de herejes augura proféticamente la subida al solio pontificio de Wojtyla que destruirá la iglesia de Cristo. Poco podían hacer aquellos caballeros andantes empuñando sables desde sus arzones ante la tecnología. Las guerras dejarían de ser humanas. Se ha suprimido la caballería. Siech, el Dnieper, la Volga son objetos de la potencia descriptiva del literato. Para mí descubrir a Gogol en mis años mozos fue una epifanía. Encontré al mujik que hay en mí al hombre del campo, los ensueños de la naturaleza, el amor a una mujer, esperanzas que no llegarían nunca. La pasión por la escritura y ese abandono en el Dios trinitario que alentó mi vida. Un cristianismo viril sin beaterías, intimo y personal. Cristo nos enseñó a decir sí o no y nunca según y como. Nunca pude entender a la democracia cristiana y me rebelé contra la solapada hipocresía de mis maestros jesuitas. Taras Bulba es un templario, un cristiano viejo pero su objetivo inmediata no es la toma de Jerusalén sino la reconquista de Constantinopla2. Me hubiese gustado ser uno de los équites de un kuren y cabalgar al lado de cosacos que se llamaban Doloto, Pecharfitza, Kirdiaga, Bordenka, Calaper, Piedchikov. La mayoría están todos muertos o desparecidos en combate. A Pecharitsa, por ejemplo, lo apresaron los otomanos, le cortaron la cabeza, la salaron y la enviaron a Estambul. A Kirdiaga lo descuartizaron los calmucos de ojos oblicuos en un encuentro en la estepa La caballería cosaca toma como modelo la estructura de los Tercios del Duque de Alba. Son los templarios rusos. La disciplina como los ritos de iniciación son durísimos, crueles. A los reclutas se les recibe al correr de la baqueta. El conscripto ha de pasar por una fila de veteranos que le sacuden golpes con una estaca. Todo el poder lo tiene el atamán, señor de horca y cuchillo que es elegido por el kuren o comité. Su mandato dura un lustro y recibe el bastón de mando en la ceremonia de proclamación, la espada y el caballo. El acto de elección a mano alzada suele terminar en una orgía. Corre el hidromiel y el aguardiente y los lanceros cantan viejas canciones de la estepa y bailan la priodka demostrando su habilidad en lartes desultorias poniendose de pie sobre el lomo de un caballo o danzando en cuclillas. Con que avidez leía yo en el metro aquellos libros rusos de la colección Austral. Me abrieron la puerta de un mundo y me gustaban mucho más que las aventuras de Emilio Salgari y Verne que marcaron mi aprendizaje en la lectura en los años de mi última niñez y primera adolescencia. Dejaban en mí como un fulgor divino, un cierto entusiasmo o endiosamiento. Es para lo único que valen las buenas letras para alejarte de la realidad. Yo formaba parte sentado en la silla de madera del metro en el trayecto Sol- Cuatro Caminos de las expediciones guerreras. Percibía el sonido de los timbales y escuchaba el galope de los caballos. Detrás de los expedicionarios en el convoy con la impedimenta viajaban los taberneros judíos y armenios en cuyos bolsillos quedaban los pocos copecks de la paga del soldado pero cuando se les acababa el dinero no dudaban en tomar las mercancías y golpear a los vivanderos. A Taras Bulba se le acusa de antisemita y es posible que lo fuera....hemos llegado a un tiempo en que ya no son nuestras las iglesias. Los arrendatarios judíos las han cerrado por falta de pago y no permiten que se celebre misa. Se han hecho amigos del Papa y los curas católicos marchan por Ucrania en carruaje; en vez de caballos tira una yunta de cristianos ortodoxos... dicen que las judías están haciendo cintas con las casullas de los popes. Pero no es por cuestión de raza sino de religión. Los grandes enemigos de Jesucristo son los rabinos3. Se enfrentan al peligro turco, a la amenaza tártara, a los polacos pretenciosos y con la cabeza a grillos pero el mayor reto lo plantean los judíos. Ante esta arenga y al grito de ahorcarlos a todos se organiza el consabido pogrom, tiraron a algunos del gueto al pilón pero uno de los superviviente se arroja a los pies de Bulba y le suplica clemencia. Este se la concede. Y el judío luego a cambio de una buena bolsa le va a ayudar aunque no agradecer por salvarle la vida Yankel se resguardó entonces dentro del toldo de una carreta y cuando pasó el nublado empezó a hacer negocios y acumulaba riquezas. Los judíos lo podeis todo, exclama el protagonista, sois capaces de engañar a Satanás y os hablais en un lengua que sólo entendeis vosotros. Gogol en la descriptiva de las condiciones infernales en que se desenvuelve la aljama de Varsovia donde hay casuchas miserables, y población arrastrando babuchas y kaftanes, hombres con tirabuzones todo cubiertos de negro y mujeres que rapan su cabeza para evitar todo signo de ccoquetería y nadie las mire y se encasquetan una horrible peluca- es la ley de moisés que el mundo se ponga boca abajo para que yo no cambie- y un niño pelirrojo se asoma a una ventanillo que con la cara cubierta de pecas parece un huevo de perdiz, se apiada de aquella pobre gente a la que el mundo despreciaba y acusaba de todos los males pero pueblo resiliente y habituado a sobrevivir tiene una increible capacidad para sobrevivir fundamentalmente porque su dios es Mercurio y más que a Yahve adoran al Becerro como salvoconducto. Se han acostumbrado a vivir bajo el látigo del sarraceno y de los jeduques polacos a los que engañan. Meten en todas partes el hocico, desprecian al gentil y hacen gimnasia mental con las suras del talmud. Andan desharrapados y caminan encorvados por las calles del Este. Su figura agambada se parece a un signo de interrogación. Una gran pregunta cuyo misterio sólo conocen los cielos. No hay respuesta, corazaón mío. Sólo esperar que llegue el Mesías....Taras se encogió de hombros ante la habilidad de Yankel y se dirigió a su columna. Los de a caballo entraban a sangre y fuego en las aldeas, quemaban las chozas. No hay cosa más terrible que una guerra de religión. Una tártara sedujo a Andrés que traiciona a los suyos cuando el regimiento poner cerco a una ciudad. Taras Bulba ha de pasar por el trance de fusilar a su propio hijo y asistir al martirio en un auto de fe en Varsovia. Él mismo es crucificado por los jeduques a orillas del Dniester. La tragedia es una impresionante crónica de los conflictos entre católicos y ortodoxos en el siglo XVII y una loa al pueblo ruso del que asegura nacerá un día un caudillo que será el crisol de paz de las naciones y restaurará el reino de Dios. Esta actitud que me conmovió profundamente en mi juventud no me ha abadonado. El gran maestro es de entre los rusos copn la excepción de Andreiev el que más ha influido en mí y el que me indujo a la aporreada tarea de escribir desde una columna profética y a sentir compasión por la humanidad. Su capacidad de sarcasmo y su ternura me caló hasta los huesos. También su dolor. Al parecer Nicolás Gogol 1809-1852 En una estado de enajenación tiró al fuego la segunda parte de almas muertas de superior calidad a la primera. Es terrible la soledad, la incomprensión y la locura que persigue al genio literario. Su estro profético no para de sonar. Doy gracias a Dios por haber encontrado en él acicate profesional. Contra viento y marea el escritor debe seguir remando, fiel a su vocación de ansias por el bien, la belleza y la verdad. Ese afán es el que le diferencia del propagandista: la fidelidad a sí mismo. De este modo la escritura se convierte en una liberación (osbovoshe) con trascendencia. Arde en la zarza. Hay que quemar pecados, detracciones, flujos de conciencia para ir en busca del acmé de nuestros sueños más allá de la loca, intercadente y fluctuante realidad que nos ata al destino. Es el verbum creativo reflejo de la mano de Dios. El propio Stalin llamaba a los escritores ingenieros del espíritu pero al escribir el poeta se redime, purifica su propia culpa, echa fuera los demonios (Dostoyevski). Otro raskolniqui o diferenciador Ivan Bunin decía que Rusia salvará al mundo por el amor. Este sentimiento es como un relámpago que ilumina de repente toda la vida de un hombre o de una mujer. Que lejos estamos de alcanzar esa meta. Lo que impera es el rencor, el desafecto, la indiferencia, la preocupación por el dinero. Muy lejos estamos de alcanzar ese estadio. La utopía está servida pero gracias a la utopía del maestro Gogol y de sus epígonos cuán bello es vivir.

1El corazón del globo

2ZAROGRADO para los cosacos

3Pensamiento profético del autor. Cuando esto escribo en noviembre de 2012 ha saltado la noticia de que las autoridades israelíes han cerrado la basílica del Santo Sepulcro porque sus usuarios católicos, griegos, armenios y maronitas andan atrasados en el recibo de la luz

  CAMÓN AZNAR AUTOR DE UNA GRAN NOVELA

       SOBRE   LA VIDA EN ASTURIAS PASADO EL TERROR DEL AÑO MIL.

 

Por Antonio Parra Galindo.

 

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Cosa cierta es que los seres humanos tenemos una querencia espiritual y afinidades misteriosas que nos conducen por una vereda determinada, por unos derroteros tan diversos e inextricables como pueden ser la trasmigración de las almas, las coincidencias en los paisajes, la comunión estética o la participación en unos mismos afanes políticos. Hay que hablar de la polaridad, de la atracción de los cuerpos pero también se da un irrefutable magnetismo entre las almas. Al entrar aquí habría que explayarse en tratar todos esos vértices esotéricos que no explican del todo pero que en cierta manera coadyuvan a vislumbrar algo del misterio del cristianismo, la más verdadera de todas las creencias y la más perfecta dentro del piélago de dioses falsos a los que la humanidad adoró siempre.

Se nos ofrece pues una metempsicosis intelectiva que nos instala en un grupo o en una capilla específica, pero nuestros maestros, nuestros profesores marcan las almas. Ellos fueron la antorcha que guía y su voz resuena en nosotros de por vida porque los ecos de su voz no conseguirá extinguir la muerte.


Camón Aznar fue profesor mío de Arte, recuerdo con fruición y embeleso aquellas clases en la Facultad de Filosofía complutense de ladrillo rojo y de planta funcional en los inicios de la década prodigiosa de los sesenta. El aula donde impartía cátedra este aragonés con aires de despiste nacional daba vistas a la Sierra de Guadarrama so un jardín de rosales y cedros y la diafanidad toda de Madrid envolviéndonos, cobija de amor y de sabiduría, esa luz cruda y entusiasmada, aires cortantes de cuchillo, ese viento de Madrid que mata un hombre y no apaga un candil que tanto miedo en el cuerpo le metía a Clarín al que hoy recuerdo a los cien años de su muerte, se nos fue un día de Corpus de 1901, y un mal aire que se le coló de rondón por la barriga, un mal aire de Madrid, acaso un berrinche, se lo llevó a tumba en Oviedo una mañana en que cantaba el raitán en su pomarada. También Clarín ha sido en literatura mi parangón. Su prosa calada de belleza encuentra un eco en la de este aragonés trasmontano y cuya trayectoria vital tanto tiene que ver con Asturias.

Siempre que bajo a San Martín poso en la tienda de mi amigo M. Méndez Vigo, el hábil Manolín con sus manos que todo lo componen y cualquier artilugio reparan, perito en amistad y sobre todo gran ingeniero del alma, que está frente por frente de la casona que tenía Camón en ese valle de Luiña cuyos paisajes saltan a sus páginas porque se enredaron en sus sueños porque también a él Asturias se le coló de rondón en el alma con la magia indeleble del “culiebre” y quedó prendido de la canción de los labios de una xana.


Es una casa de planta moderna de tres pisos, galerías acristaladas. Palmera real da escolta a su antojana y de estilo funcional.  Cupiera suponer que uno de los hombres que más sabían de arte románico y mejor lo explicaron habitase una de aquellas casas blasonadas con portón y estragal, balcones corridos, hastial de piedra que se dan tanto en el  país, los que describieron nuestros clásicos del XIX. Pero no; prefirió la modernidad y el confort indiano. Él era un hombre austero y de costumbres sencillas, adusto en apariencia como su cara. Tenía un rostro que de tan trágico resultaba lo puramente español y sus ojos delataban a todas horas embeleso y pasmo. Dicen que uno continúa vivo hasta que le abandona la capacidad de asombro, el espíritu de curiosidad y Camón hasta el último huelgo la mantuvo consigo y nos la comunicaba. Su mirada bajo el arcosolio de aquellas cejas tan pobladas y negras, palio de curiosidad y de asombro que se asomaban cada día a un mirador cósmico, estaba siempre como huida pero atenta siempre denotaba esa sorpresa del que descubre e investiga, pescador de belleza en ubérrimos caladeros ocultos a la mayor parte de los mortales. Tenía el alma de llama y las espaldas algo cargadas del hombre estudioso, luego cuando se le trataba al viejo profesor larguirucho resultaba un hombre cordial, algo burlón, daba gusto oírle contar chistes verdes y chascarrillos en la fabla de Aragón. Se podía explicar al Greco mirando para el profesor Camón cuando acometía la exégesis del pintor toledano escanciando imágenes con aquella voz rajada que él tenía y tratando de asir lo inasible con aquellos dedos lardos como flecha apéndices de sus manos enormes, casi de cantero medieval con que accionaba durante la disertación. Algo estevado y con inclinación de hombros. Muchas horas sobre el pretil de un códice asomado a esos ventanales panorámicos de los sueños que son los libros. Nos parecía que el profesor se nos iba por las ramas y que siempre parecía venir a clase con resaca como flotando entre las gasas de una gran borrachera mística. Flotando. Eso. Al andar parecía que flotaba él tan habituado a conversar con los ángeles de piedra y a extasiarse ante las gárgolas habitando la región de los pináculos cósmicos. Sin embargo, conocía muy bien la tierra que pisaba. El Camón íntimo no tenía nada que ver con el Camón oficial, hermeneuta de los ángeles románicos, artista de la palabra, que parecía recién caído de un guindo por sus aires despistados y geniales o escapado de un códice cálamo en ristre.


Había en él como resonancias magnéticas de un trasmundo inabarcable. Era uno de esos hombres a los que encontramos por primera vez y su “cara nos suena” acaso de haberla visto en una existencia anterior. Ese mesmerismo es el fautor del arte, el que carga la turbina de la cultura puesto que la cultura se produce por asociación de ideas y es la resultante de un proceso de bilocación. Dios existe y Cristo está en la historia pero su santidad y su presencia es otra muy diferente a como nos la presentan todos aquellos cuyo todo y único afán ha sido apropiarse de su figura. No conviene darse muchos golpes de pecho ni exclamar “Señor, Señor”. Los fariseos no entrarán en el reino de los cielos. En Camón yo llegué a entrever la existencia de un Cristo que se acercaba a la noción platónica de la divinidad. Todo lo de acá abajo es un calco imperfecto de la perfección que está arriba. Pero como Dios no es unívoco y san Anselmo ya lo definió utilizando un proceso silogístico de exclusión para adecuarlo a nuestra capacidad precario, como lo que no es, ni mortal ni finito ni visible, etc., tampoco a Cristo hay que contemplarlo desde un ángulo unilateral. Por eso hay un Christus “músicus”, un Christus “praedicator” y otro “praedicatus”, un taumaturgo, un demiurgo y un reo, un resucitado y un perdedor, el de la Ascensión y el de la bajada al sepulcro, un sembrador de parábolas que tuvo que emplearse con el látigo contra la “raza de víboras” y otro que fue escupido y azotado, un Cristo manso y un Cristo arquitecto y un Cristo poeta, y otro profeta, pero todos estos conceptos siendo análogos  no son idénticos como tampoco es unívoco ni equívoco ni idéntico a fuer de universales la idea mariológica que viene a concretar y completar la visión cristológica como dos ramas de un mismo árbol, y para entender el arte y la teología hay que estar acostumbrado a moverse por el ámbito de la exposición conjunta.



 La edad media prefiere presentarnos al Mesías como el gran triunfador, el Juez grande que se sienta en la silla de la majestad mientras el barroco se inclina por el Varón de dolores pronosticado por Isaías (otra versión diferente del mismo Dios real). La fe tiene sus lados sombríos. Es una cosmogonía acercándonos a todos estos misterios de lo trascendente de la gracia santificante. El arte en la medida que trata de explicar esa tutela sin tregua de la divinidad sobre el hombre que le sirve de refugio y amparo en su caminar a oscuras por el mundo de esta forma apoda y acoda a la teología. La existencia humana viene a ser como una gran romería jacobea del principio a final. Esta es la idea matriz de esta grandiosa novelita del profesor Camón Aznar. En vida no fue tan famoso como insigne, aunque debemos declarar aquí que eso del “famosus” tiene en Lat. Matiz de deshonra (no van descaminados pues los que usan la palabra con tanto albedrío), este medievalista de talla cuya obra poco conocida rinde homenaje al saber en libertad. Personalidad fascinante algunos de sus artículos de ABC han de considerarse de florilegio. Yo recuerdo aquella tercera del órgano monárquico - nada tiene que ver con el monarquita de hoy-de la calle Serrano en el que escribían mano a mano los Pérez de Ayala con los Azorín, los González Ruano con los Pío Baroja o el Ortega de la última época. Firmas triunfales. Festines auténticos de la literatura. La de Pepe Camón era una estrella con luz propia en aquel firmamento de estrellas del que sólo nos quedan hoy postes de la luz y jarrillas, mucha jácara y mucha paja debajo de nombres promocionados, novelistas de designación reconducidos de lo negro a lo blanco, ha estallado la bomba de mano de la vulgaridad, sus libros se nos caen de las manos de tan políticamente correctos como van. La crítica los acoge con palmas de tango a todos los “hit” y a todos los “must” que en tongo se deshebran pero hoy la crítica está reconducida y manipulada por amiguetes a los que las casas de contratación de la cultura sobornan previamente.  Como van de trapillo a la televisión a comparecer ante el ratón de bibliotecas emblemático tránsfuga que mira por encima de sus lentes de inquisidor y detrás del atril de diserto parece una trinchera a punto de hacer fuego con una de avancarga y luego vaya y sonría con cara de conejo. Pero estos son los toros que hoy hemos de lidiar en este coso. No hay más cera de la que arde. Hay que escribir a cara de perro para hacerle una higa a ese carajo esperpéntico de lo “deja vu”.


Un crítico era Clarín y un crítico como Dios manda era don José Camón Aznar. Prosaba con magnificencia y maneras elegantes de cardenal renacentista, manaba su palabra por aquel chorro de voz baturra y que luego se transformaba en melodía cuyos ecos acariciaban los arcos formeros de un empino de bóveda de cañón. La impostaba porque había algo en su persona de hierático perfil sedente, la majestad del pantocrátor. Nadie  ha explicado el misterio del arte de Jaca en sus boceles, impostas, lucernarios, balistarios, ese mundo fantástico de los bestiarios cincelados sobre la piedra fabulosa con tanta solercia y cacumen como él. Era un especialista inter alia en códices medievales. Los beatos iluminados del arte asturiano nos van a llevar al arte románico que surge como una agradecimiento arborescente hacia la persona de Cristo cuando pasa el terror del milenario. Contrariamente a lo que se ha venido diciendo los capiteles románicos con sus endriagos y harpías, hipogrifos y dragones alados, reflejan ese amor a la vida en el reencuentro con la naturaleza.

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Hay que retrotraerse a la mentalidad del año mil.  Camón era un especialista en el siglo XI. El pavor del milenio igualitario lo refleja en una de las más grandes novelas cortas que se han escrito en los últimos lustros En la cárcel del Espíritu. Es la historia de un monje bávaro que como expiación de un pecado cometido cuya evolución de psicológico refleja el autor con pluma digna de Dostoievski - es un pecado contra la fe, la caída en la sima de la desesperación, la gran aliada de Satanás para penetrar en el corazón de aquellos a los que quiere perder, desesperación que define por otra parte a nuestra época- se embarca en una peregrinación hacia Compostela. No llega a su punto de destino. Fray Lázaro viene a morir en un albergue u hospital de peregrinos en Soto de Luiña y que todavía sigue funcionando.  Miguel Ángel, el del bar de la plaza al que llaman el diácono, sigue examinando credenciales y estampillando avales a los que pernoctan en el refugio con el mismo rigor y sentido de la hospitalidad cristiana con que lo hacían aquellos ostiarios de las posadas del Camino Francés.


El autor parece que tiene delante el hermoso paisaje de las Luiñas a la hora de escribir el libro; en los primeros párrafos habla de un “lugar en la llanura, rodeado de bosques y ceñido por la curva de un río” y trata de reflejar sin entrar en detalle cómo era la vida de un benedictino (¿Benitos o monjes blancos? Los benedictinos hacían vida comunal mientras los bernardos dormían en crujías o dormitorios corridos. Es el único anacronismo que encuentro en la obra, error mínimo).

He aquí una sala hipóstila. Los lechos eran esteras, el refectorio alargado con el púlpito empotrado en el muro. Mística y casta serenidad trasminan las páginas de “En la cárcel del espíritu”. Es un viaje a un claustro donde el tiempo se amansa y donde vemos a los pendolistas de bruces sobre el pupitre del manuscrito en el que laboran con un pincel en la mano “que cae sobre el pergamino con la levedad del copo de nieve”. Describe la sala capitular siempre resonante de discursos y la iglesia como un trasunto de un cielo humano y dialéctico con arcos que son como respiro de los espacios y pinturas que concretan los pensamientos inmutables. Es un lugar habitado por monjes descarnados de grandes ojos redondos que ocupan un espacio pero que no habitan en el tiempo, esqueletos de ideaciones apocalípticas. Cada vez que el sol enrojecía las gentes iban a encontrar refugio a los montes porque detrás de la sombra se percibía la silueta del dragón, observa el escritor corroborando al propio tiempo lo siguiente:

“En la crisis milenaria hasta las iglesias se vaciaron. Cada hombre arrastraba con su sombra su sepultura. En los monasterios sólo se leía un libro el del Apocalipsis y la preocupación de los comentaristas consistía en adatar a su tiempo las páginas descomunales del libro”


Este párrafo tiene hoy plena vigencia porque otro terror del milenario es el que acabamos de vivir o estemos acaso viviendo. Camón, que se nos muestra como eximio novelista, topógrafo del sentir y del latir de una época, describe a estos frailes que escribían e iluminaban y que parecían mojar el cálamo en llama y salían del minio colores que eran como “la cresta de un incendio”, “ojos cuya redondez era la del mundo abiertos con el espanto del que ha visto morir al universo. Sus túnicas se doblan con las mismas curvas contraídas de las hojas secas al quemarse”. Al redactar estos magníficos párrafos parece que tiene delante la talla de madera del Salvador que se venera en la catedral de Oviedo mostrando la majestuosa traza de un atlante que se yergue ante la amenaza apocalíptica y empuña como un cetro de paz la esfera armilar.


Pero el peligro ha pasado ya, los curas volvían a aprender latín y las tierras a labrarse, los antiguos manuscritos a ser copiados. “La pánica alegría de aquel momento se convirtió en gratitud hacia la divinidad. Un inmenso amor de redondez panteísta hacia la naturaleza y hacia Dios impulsaba catedrales y cosechas”. Se vivieron años en definitiva de exaltación edénica.  Lícito es preguntarse si a pesar de todos los pesimismos no estaremos abocados a una de esas grandes épocas de la humanidad cuando acabamos de doblar el cabo de los terrores milenaristas con todo Nostradamus a cuestas, las profecías de Malaquías y las predicciones de todos los estrelleros y magos de la New Age que hemos dejado atrás. El mundo, concluye Camón, volvió a ser de nuevo un paraíso sin serpiente. ¿Se aleja también ahora la tempestad? ¿ O los horrores que describe Juan- “tomó al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y la encadenó mil años. Cuando hubieren acabado los mil años será Satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones”Ap.20-7-8- pertenecen al hic et nunc de nuestra sangrienta actualidad? El estado emocional del mundo se parece bastante al de aquel entonces. La clepsidra implacable marca la hora global: tiempo de la Segunda Venida. Hace mil años los monjes de las iglesias asturianas le aguardaban encerrados en una celda construida en lo más alto del templo, en el sobrado mismo a la que se accedía por una tortuosa escalera de caracol.

 

Y a veces por una cuerda como entre los eremitas de la Tebaida, el monte Athos o entre los coptos. Para bajar había que descolgarse de una cesta. La contemplación por aquel entonces demandaba estas truculencias del Estilita encaramado en su columna para no contaminarse, torres de marfil penitenciales. En Santullano y en Santianes parece ser que quedan restos de estas cámaras anacoréticas.  Era el éxtasis del vigía que escudriñaba el horizonte desde el campanario pero el Cordero tardaba en llegar. Oteaba desde las techumbres el monje pero el Amado se hacía de esperar. A la sazón puede que esta guardia se monte desde las páginas Web, aunque no hay constancia pero es suposición plena. Los cistercienses de ahora tienen turbios los ojos a causa del pervigilio doblado el raquis, difícil será encontrar a un contemplativo rectas las espaldas. La guardia sigue en sus diferentes relevos y parece que Dios continúa hablándonos desde el silencio. Hay quien hace la escucha siguiendo su rastro desde la garita iluminada. Abajo se condensan las sombras, los fantasmas nocturnos.


Sabemos que el protagonista era vástago segundón del señor de Klamheim con feudo sobre el castillo de Toeltz. Siguiendo la costumbre de la época sobre la primogenitura ingresó en la abadía. Allí fue feliz fray Lázaro hasta que el diablo vino a visitarlo atosigándolo con el dogal de la duda y la desesperación. Sus años de noviciado tuvieron ese carisma de la ondulación y melisma del canto llano. El cuerpo de los monjes está hecho para la liturgia, la melodía monódica que recorre las bóvedas con la elegancia del cisne en el estanque. El templo románico se convertía en un lago de beatitud donde hasta la estructura hipóstila desempeñaba una función de alabanza a Dios a través de la voz humana. Era un discurrir placentero por el perfil de los días y el turno de las estaciones materia y forma conjuntadas y sin diferencias entre el alma y el cuerpo. La vida monástica es una búsqueda de armonía y un anhelo de contemplación.


Era el cristianismo total a la sombra del Pantocrátor de la mandorla mística antes de la llegada de la peste franciscana, el principio del fin, el primer conato de reforma religiosa que iba a desembocar en las demasías de las guerras de religión. Era entonces cuando Roma no tenía tanta importancia pero la cristiandad era más católica, más universal y más libre. Los ojos se entornaban hacia Jerusalén. “No había fronteras en la fe ni en los pueblos, ni nacionalismos montaraces, ni cismas ni herejías”. Por eso viene a concluir el autor: estos siglos que van desde el terror milenarista marcan el triunfo verdadero de Cristo. Algo que en la historia no se ha vuelto a repetir.  Todos los que amamos a la grandeza de la Iglesia verdadera tendremos que suscribir esta hipótesis que Camón aquí describe maravillosamente. Los tímpanos románicos expresan asimismo esa idea célica del paraíso impersonal y cósmico, un empeño que sólo fue posible mediante el rescate de la sangre de Cristo. Es la ideación pura, el concepto teológico en carne viva lejos de las vivencias personales. El creyente sentía partícipe de una empresa total. A Dios no se le puede ver, tampoco se le puede nombrar. Es lo absoluto e incognoscible. Sin embargo, los que se acercan al arca santa de tapas nieladas, ese cofre de salvación de la fe en español, a contemplar esos ojos  que acechan y perdonan, ojos del mundo redondos y opacos y esa sonrisa de la talla tan dulce como tosca o se prosternan ante el Pórtico de la Gloria consiguen una visión de ese reino futuro que aguarda a los que perseveran siquiera sea a través del ojo de cerradura que abren las arcadas románicas.

El autor va explicando el proceso con acuidad y pluma veloz a través de una prosa en el que el castellano recobra todos los honores de lengua espiritual apta para hablar con Dios y entusiasmarse ante los deliquios de la Virgen María. Entusiasmo es un endiosamiento y sin entusiasmo no puede haber cristianismo ni tampoco buena literatura. Es algo que sólo puede comunicar Dios a través de sus criaturas. Es privilegio del todo no de la parte y es ahí donde fallan algunos de los novelistas de aluvión el colmillo retorcido o que andan de medio lado que escriben en la España de nuestros días sino del todo. Por eso no lucen aunque traten de encandilarnos con sus mejores galas. Para sentar plaza de novelista o de crítico lo que hay que hacer es estar contra lo de entonces. Este sino de los tiempos nos recuerda a las plagas de Egipto y no queremos esta vez dar nombres. Demasiado revanchismo. Respiran por la herida. La cicatriz de la derrota les sigue superando de ahí que sus libros nos hagan recordar a verdaderos manaderos de pus.


En el estilo de Camón Aznar pasa lo contrario. Es una novela de tesis que prende desde el principio. Además, es uno de los cantos más bellos a la mujer que hayan podido escribirse desde la duda y desde los dolores. Lázaro viene a coincidir con el dictamen del protagonista del Nombre de la Rosa que de la misma manera devino en monje giróvago: los momentos de felicidad mayor no fueron los del convento ni los del éxtasis místico sino la noche que pasó en compañía de aquella muchacha a la que llegó a conocer casualmente.  La crisis religiosa que padece hasta su exclaustración y la posterior condena abacial a hacer la ruta jacobea que en muchos casos equivalía a la pena de muerte porque el viaje estaba cargado de peligros y bajo la amenaza del hambre, la peste y los lobos, es una preparación del camino para explicar su estado de ánimo.

 

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El detonante de la crisis viene dado por una experiencia con la que no contaba: la muerte del maestro de novicios. La visión de su cadáver convulso y desesperado le hace reaccionar. El preceptor había practicado la virtud desde que profesó y seguido a rajatabla las constituciones de san Benito pero en el postrer momento, el definitivo, tuvo un instante de debilidad, resbaló en la duda presa de terrores incomprensibles que le acercan a la boca del abismo. La desesperación es un sentimiento específicamente satánico. Esa tentación a punto de expirar cuando más aprieta el diablo la tuvieron muchos santos. No hay nada más allá, el cielo está vacío; ese viene a ser el argumento. Todos los seres de la creación tienen un destino trágico, juegan la baza con las cartas marcadas, de lo que se colige: procede disfrutar aquí todo lo que se pueda porque si no hay otra vida todo estará permitido en ésta.

San Pablo fue acometido muy recio por los espasmos de esta duda pero la venció y fue arrebatado al séptimo cielo del que bajó diciendo que ni el ojo vio ni el oído oyó lo que es aquello pero la serpiente antigua se atrevió a plantearle cara al Apóstol de las Gentes. Le llamó exaltado y lunático utilizando como argumento su gota coral. Parece ser que Saulo se cayó del caballo en un arrebato epiléptico.

 Es una interrogante que parte las carnes de muchos creyentes y pasa agitándose por los cielos de la historia. Algunos la llaman el silencio de Dios. No todos tuvieron el privilegio de ser arrebatados como Pablo de Tarso a las alturas. Porque vio creyó y esta fe le hace increpar con la vehemencia que le caracteriza a la muerte preguntando dónde estaba su victoria y proclamar incluso “culpa feliz” al pecado de Adán factor desencadenante de la redención. Pero hay que insistir que no todos gozan del carisma de la claridad de la trasverberación que arranca las nieblas del error de sus intelectos.


El orante se ofrecen en oblación y ha de cargar con los delitos y lapsos de los otros. A veces la cruz resulta demasiado pesada y viene la duda del sepulcro vacío. He aquí a  Lázaro de Kleimheim copista y amanuense de los libros santos en un monasterio de Alemania sumido en el laberinto. Siente que el cielo se le viene encima, gime y busca sin hallarla la salida a la encrucijada. El tiempo de rezos y el duro trabajo caligráfico que trazaba líneas y colores, rasgos, sobre los preciosos cantorales, no eran más que un alivio pasajero. Cuando en las cortas vigilias antes de Maitines sobre la estera o la yacija de paja que le sirve de lecho en la crujía hipóstila vuelve el gusano a roer y la tentación por sus fueros. El cielo está vacío y con la muerte estalla sobre nosotros la nada. Él no resucitó, los vendajes del sepulcro no eran los suyos y el mito de la resurrección fue un montaje, la fabricación de unas plañideras histéricas que estaban enamoradas físicamente del Galileo. Todo es un invento, una inmensa fábula. Sus torturas y escrúpulos únicamente encontraban una tregua mediante las manualidades de su absorbente labor de miniaturista.

El proceso está perfectamente descrito tanto como el ambiente de la época. La hambruna y la mortandad de la peste van a ser otro emulsivo del entusiasmo con que arranca la undécima centuria. La sociedad feudal hace crisis. La lucha por las indulgencias y las disputas entre trono y altar por la preponderancia vuelven más duro el panorama. Si existe un Padre Célico que ordena nuestros destinos y todo lo dispone hacia el bien para que nos sintamos a gusto y no nos falte de nada ¿por qué entonces permite el mal y la injusticia, el desamparo? El joven benedictino se amarga la vida haciéndose una pregunta eterna. Él pensaba que había un orden en el mundo pero mira alrededor y comprueba que vive cercado por la desgracia y lo diabólico. Hay un desfase entre la idea y la materia. Zumba sobre sus oídos el garrotazo amenazante de la entelequia. La vida del monje se convierte así en una lucha contra la quimera.


“Los hombres andaban como cadáveres a pie por los caminos y e las casas no salía humo”. Esta imagen del hogar frío y la chimenea apagada, el jardín abandonado y la casa cerrada acentúa la sensación angustiosa de ciudad desierta y de país despoblado es de entidad apocalíptica porque nos remite a connotaciones de castigo divino, de manipulación de la descendencia que es en definitiva un atentado contra las fuerzas de la vida. Fue el pecado de Sodoma. La Asturias de diez siglos atrás guarda cierta analogía con la de hoy con un crecimiento demográfico cero atendiendo la llegada de la alfaida, la marea humana,  de hordas en masa que van a constituir una sociedad amorfa y desespañolizada y alóctona. Todas esas contingencias ya se preparan. 

Así fue al despertar del medioevo cuando desde Escandinavia denominada entonces “oficina gentium” se impulsaría la colonización masiva de Europa sobre las ruinas del romano imperio. Los bárbaros del norte llegaron en oleada y de forma sorpresiva. Era una visita que nadie esperaba. Todo descorrimiento de pueblos presenta unas connotaciones apocalípticas que hacen pensar en el castigo bíblico. Lázaro de Kleimheim sentía sobre sus carnes esa presión.


Pero la auténtica crisis de fe va a tener lugar coincidiendo con la llegada de un fraile esquizofrénico, trasunto de Savonarola, al que su soberbia le sume en la herejía, desde otro monasterio circunvecino a predicar una cuaresma. “De la boca de Fray Martín no partían razonamientos sino rayos, nada de adoctrinamientos sino anatemas. Hay en su persona un anticipo de Lutero puesto que en el visitador se plasma la rebeldía diabólica, la cabeza engallada del “non serviam”. Su presencia produce en las aguas tranquilas hasta entonces del monasterio una conmoción. Acusa a los monjes de ser castos y crueles, de predicar la caridad porque no se atreven con la justicia. Roma es el símbolo del engaño, la mentira y la avaricia. Sus sermones atraen la ira de la parroquia. Se le suspende a divinis pero recalcitrante en el error vuelve a predicar contra las Indulgencias y es dilapidado por hereje al pie del altar por la chusma airada. El hermano Lázaro contempla con horror aquel asesinato, ve cómo el cadáver es arrastrado a las tinieblas exteriores para que se lo coman los buitres. Era un blasfemo, un apóstata. Y aquí llegamos al nudo de la trama de esta impresionante novela teocéntrica  en el que se denuncia a una sociedad hipócrita capaz de matar en nombre de Dios y que se atreve a manchar sus manos de sangre porque alguien cuestiona el libre albedrío, el derecho a pecar. La libertad humana es sacrosanta, la propia divinidad la respeta. Por una vez lo infinito se doblega ante el capricho de lo finito. La angustia y grito de fray Martín proyectan hacia el cielo la angustia del hombre contemporáneo.


A un escoliasta de la época no se le ocurriría explicar con tanta clarividencia e interés el proceso psicológico, la dura prueba a la que es sometido este religioso que vacila zarandeado por uno de los problemas más arduos: la presencia del mal. Pronto vemos al protagonista sumido en la soledad del ángel destronado. La Biblia lo recuerda: “Ay de los solos”. El sacrosanto refugio del monasterio es perforado por esa duda caliginosa y a partir de ahí no va a ser un espacio resonante de las notas de la himnodia  gregoriana.  Los turíbulos no sahúman el perfume del incienso sino el humo fétido del azufre al que acompañan las estentóreas carcajadas del ángel caído en su vagar absoluto por los derroteros de la historia. Se ha perdido la inocencia del Edén. El hombre vuelve a su condición de animalidad precedente al génesis, no es más que una fiera que piensa, copula y traga, merodea y caza sin obediencia a otras leyes que no sean los apetitos instintivos. O dicho de otra forma el peso de la novela se apoya sobre el ominoso barrunto de la muerte de Dios. Pero parafraseando a Nietzsche cuya entera obra son las exequias de la divinidad fallecida, ¿existe Dios? ¿Y si no existe cómo podremos hablar de su muerte? ¿No será la idea de la divinidad algo subjetivo, una especie de prolongación de nuestro ego insaciable? El simio se puso derecho y anda ahora erecto, evolucionó como evolucionará algún día su pensamiento hasta conquistas insospechados hasta ser el mismo su propio dios en su proceso de adaptación. La tentación de Babel otra vez bajo los planteamientos seductores de Darwin.

La dilapidación del hereje hace que Lázaro, el puro, el incorruptible entibie su fe desde la base de un razonamiento verosímil: no es lícito asesinar en nombre de la divinidad pero esto fue precisamente lo que estuvo haciendo el ser humano desde las cavernas a través de la práctica de un ritual supersticioso. A Dios había que inventarlo puesto que daba coherencia al grupo porque nos reafirma en lo que pretendemos, nos halaga el oído. De esta forma el concepto del ser supremo pasa a ser algo subjetivo, puro maquillaje para nuestra vanidad intelectiva. Un analgésico para el dolor que comporta el destino de los nacidos para la muerte.


Lázaro había pecado y el pecado es como la rotura de una armonía con el cosmos. Sin embargo, la razón no es más que la tapa de los sepulcros. Un buen día reconoce su culpa y va a caer de rodillas a los pies del abad con todo el monasterio reunido en capitulo. En aquel entonces las penitencias eran públicas. El prelado no puede absolverlo tratándose de tamaño pecado mortal, el de desesperación; es un pecado contra el Espíritu. Lo envía de peregrinación a Santiago de Galicia. A la sazón las autoinculpaciones se llevan a cabo ante el capítulo. Las penitencias también eran públicas. Los pecados, distintos. De una magnitud más solemne si cabe porque diferente era el concepto de cristiandad. Recordad a tal respecto la Huida a Canosa. Todo un emperador prosternándose descalzo ante Gregorio VII. Hasta que no estaba saldada la deuda con la iglesia o con los hermanos, Dios no perdonaba. Era frecuente ver vestidos de saco en el ámbito de las ciudades a los flagelantes clásicos. En realidad las peregrinaciones empezaron a partir de esta noción de culpa que había que expiar mediante el viaje iniciático. Los romeros cuando de personas consagradas se trataba recibían de manos de su abad un bordón, unas veneras de concha y el clásico petaso o sombrero de ala ancha que servía para protección de la intemperie y también para ocultar el rostro. También recibían el ósculo de paz y treinta dineros para el camino. Nada más.

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 No era consciente el Hermano Lázaro cuando se despidió de sus compañeros que la hégira expiatoria que iba a comenzar le iba a llevar más lejos de sus sospechas. Como primera medida tuvo que dejar morir a su yo para empezar a vivir.  Dejó de pensar. El trajín de la andadura le deparaba el robustecimiento de sus miembros corporales. El alma se purificaba. Tenía que aniquilarse y ser semilla que después de caer en la tierra hará que fructifique la espiga. Alguna veces añora la casa matriz y se acuerda de sus frailes con una vida tan reglamentada y tan diferente de la azarosa que a él le persigue, añora los ritos y canta cuando puede el oficio divino o dice misa en plena soledad porque partió con la recomendación expresa de su superior de evitar las iglesias y los poblados. Sin embargo, al llegar a Tarbes localidad de los Pirineos pide al obispo letras dimisorias para poder consagrar la Eucaristía. No ha de olvidarse ese nombre. Tarbes es la diócesis donde se produjeron las apariciones marianas de 1858 a santa Bernardita Soubirous.  Lourdes está en pleno corazón de las peregrinaciones jacobeas. Aunque obtiene la facultad de celebrar y concelebrar pronto olvida su condición de clérigo porque, tramontados los puertos y habiendo dejado atrás el monasterio de San Pedro de Sieresa, una serrana de un valle navarro lo recoge cuando estaba medio muerto y lo lleva a su choza, le da de comer, le venda las heridas de los pies y, cuando despierta escucha hablar en vasco: “gaixo ziñatan, orain zaunde” (enfermo estabas antes, ahora bueno). Se inicia una bella historia de amor pastoral. El protagonista vive los instantes más bellos de su existencia, conoce la plenitud. Ni siquiera se acuerda de los votos arrastrado por su pasión pero un día al salir a arar encuentra el cuerpo despedazado de un hombre por los lobos la noche anterior. Le viene a las mentes el recuerdo de la palabra empeñada al superior. Vence las lianas que le atan a aquel hermoso caserío rodeado de fortísimos montes donde viven gentes sencillas en estado de gracia original anterior al pecado del primer hombre y abandona la vida arcádica. La mujer le sigue durante un trecho pero vuelve a abandonarla.



El cristianismo que encuentra pasada la cordillera es una religión en estado de guerra. “España vive-dice-sólo para vencer a los enemigos de la fe en franco contraste con la mansedumbre y placidez del sur de Alemania. Aquí todo se extrema a punta de lanza. Todo se radicaliza con ímpetu de ataque”. Tampoco el cristianismo es un concepto unívoco. Nunca nos pondremos de acuerdo pero es así. Lo único que le mantiene vivo es lo externo porque lo interno pertenece a algo tan sagrado como es la conciencia y es allí en lo íntimo del alma donde Dios habla al ser humano. Pero los ritos, las oraciones, las fiestas, la letanía, la tradición. ¡Si quitamos eso, en qué queda la fe! ¡En monsergas místicas! ¡En una interpretación del Evangelio ad líbitum! Sólo un monje benito puede entender que el catolicismo consiste en liturgia, en un constante recitar de oraciones con arreglo a los ciclos estacionales. Porque la practica rutinaria de la regla nos libra de nosotros mismos. Ora y labora. No te desesperes. Cumple la norma, únete a la tradición, pero si cambiamos la norma, si introducimos cambios en la liturgia obtendremos una mutación de la esencia y llegaremos al síndrome del templo vacío, a la macrocefalia jerárquica. Tenía que renunciar al amor pero al igual que en el “Nombre de la Rosa” Lázaro reconoce que no hubo instantes más suaves que los que le depararon sus nupcias con la serrana de Arán. Su recuerdo le hace casi enloquecer. Sin embargo, tiene que empuñar su cayado y entonar el  “Ultreya” sin temor a los peligros de la andadura iniciática. Otra vez se pone en ruta. El Salvador le acompaña. Para expiar la culpa, caminar. Tenía psicología de huido y cruza cañadas, desfiladeros. En algunas posadas vuelve a saludarle la tentación, traba conversaciones con otros caminantes hacia Compostela.  Unos perseveran, otros son seducidos por los cantos de sirena, las mesoneras y mozas de partido, que ya entonces el itinerario era ya la ruta de la sífilis, el chancro y las tabes, el perro de san Roque, mal francés y camino francés, otros mueren en los lazaretos o quedan sepultados en los cementerios de peregrinantes, otros mueren devorados por las alimañas, se extravían, enloquecen, se dan al vino o mueren a mano de los bandidos. ¡ Señor, Señor cuanto pecado, cuánta imperfección y cuánta defección! El destino es la tumba.

Alfonso VII el gran rey de Castilla, el repoblador, el que tanto amaba a Oviedo y a los asturianos puso guardia de templarios en la ruta para proteger a los transeúntes. El Hijo del Trueno Boanerges es el símbolo de ese cristianismo prevenido en frontera.

 

 

Que encuentra el monje alemán pasado el fito de Navarra, era casi una fe desconocida que acaba atrapándole, se emborracha, se enamora de España a través de una moza vascuence. Hasta los sarrios y las cabras enarbolan el pendón de la cruz frente a la media luna. Ha pasado el letargo del milenario y la cristiandad empapada de vida quiere liberarse de las cadenas y de los yugos que le uncen a las pechas y servidumbres del califa. Al grito de ultreya y del “Dios lo quiere” de Pedro Ermitaño se llena de actividad, despierta de su modorra y se embarca en la dudosa aventura de las Cruzadas, algo por lo cual nuestra fe ha sido tan vapuleada por sus enemigos. Sin embargo, ahí tenemos a Ariel Sharon una especie de Ricardo Corazón de León Judío y nadie le dice nada.




Fray Lázaro había escuchado de labios de un francés que hacía la ruta de Compostela por la parte más sañuda: la de la costa- curiosamente al remontar Oca dejando a un lado Vascongadas que ya en aquel tiempo seguía sin estar romanizada y sin cristianar- “el que va a Santiago y no visita al Salvador por honrar al criado menoscaba al señor” y opta por el ramal de la derecha el que a través de Arbas enfila la ruta de los antiguos monasterios mozárabes de las Monas o Nonas y cruzando por Mieres desemboca en el Templo de la Transfiguración, verdadero Tabor del arte ramirense y de la fe vieja. Queda prendado de las costumbres de aquellos monjes asturianos que nada se parecen a los de Alemania. Para empezar hacen vida eremítica y algunos viven encaramados en lo alto de una celda incrustada entre las socarrenas de alguna peña tejada o en lo alto de una iglesia prerrománica, aquellos templos de cuerpo tan chico pero  de altos muros. Es así como opta por abrazar la vida contemplativa en San Julián de los Prados. Es izado a lo alto de su cobijo en una cesta. Desde allí ora al Criador y contempla ante un paisaje de montes bellísimos que demuestra ser cierto el aserto del códice “In Asturum conventu dedit Dominus montes fortissimos circuitui ejus et praesidit ex hoc, nunc et in saeculorum saecula” (Dios escogió a la provincia de los astures a los que protege mediante una cadena de montes fortísimos). El paisaje de Asturias, santuario de España, tiene algo de sacramentos. Pero el pobre monje tiene allí que ganar el cielo luchando con la tentación que se presenta unas veces en forma de mujer como le ocurrió a san Jerónimo con la satiresa. Otras quien golpea es el silencio de Dios o el desaliento. Hay pasajes en esta obra tan bien llevados que hacen pensar en Tolstoi el cual de forma parecida describe el proceso de la tentación del cenobita en el “Padre Sergio”. Las fuerzas del bien y el mal se turnan. Ángel y diablo parecen confluir en una batalla sin medida. Es el ritmo sonoro con sus impasses e intercadencias del péndulo. La luz libra una cerrada y sórdida batalla con la oscuridad. Nadie sabe de estas luchas interiores. Por toda la redolada ha cundido la fama de santidad del fraile extranjero encaramado en su celda de estilita. Cuando celebra misa los domingos y las fiestas de guardar el pueblo en masa es testigo de sus trances y al final de aquellas misas largas que duraban casi tres horas en el rito mozárabe algunos feligreses se acercan a tocar sus vestidos para llevarse a casa un trozo del hábito, una hebra de su barba bermeja e hirsuta como reliquia. Una noche de junio el valle resuena con el eco melancólico de los cantos de ronda y el brillo lejano y seductor de las hogueras de san Juan, el aguerrido grito del ijujú de la danza prima cerca de las quintanas. El Padre Lázaro vuelve a sentir la llamada del siglo y sucumbe a la celada de la tentación. Se escapa de su nido de oración y de penitencia en lo alto de san Illán de los Prados por una cuerda y huye a favor de las sombras con la luna a las espaldas. La vida de un peregrino es una huida hacia delante.  Siente la llamada del deber. Tiene que cumplir la penitencia impuesta por su abad. Le sonríe las estrellas como lagrimas de cristal en la Vía Láctea. Ultreya. Ultreya. Le convoca la fuerza del camino. Proaza con su torre quedó atrás y contempla Avilés reclinado en la ría pero no se atreve a entrar. Escucha el sonido espectral de las Tablillas de san Lázaro. Hay peste en el lugar. Siente las arremetidas de la fiebre, pasa la barca de Muros de Nalón y al atardecer da vistas al Valle de las Luiñas que le recibe con sus praderías y cuetos detrás del Monte de Santana, cruza el río Uncín y llega al lazareto de Soto. Su estado de salud ha empeorado y es allí en aquel hospital de pobres donde exhala el último suspiro después de haber recibido la absolución de una abate francés también romero a la Ciudad del Apóstol. El penitenciado no consigue cumplimentar su proyecto, pero Camón observa que lo importante no es la meta. Es la vía lo de más. Los santos pueden alcanzar la cima de la virtud heroica habiéndose quedado a medias, siendo unos perfectos desconocidos. En definitiva se hace camino al andar.

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Es una de las novelas psicológicas encastrada en una trama que nunca decae bien escrito y mejor pergeñada que responde a un conocimiento histórico de la vida de las ideas y de la sociedad visigótica recién iniciada la Reconquista que casi entusiasma. Al profesor Camón se le conocía como crítico, especialista en el Renacimiento pero su faceta de novelista y de dramaturgo pasaron desapercibidas. Su cara era como la de un pergamino y su estilo de hombre pacífico y modesto, aunque tuvimos entendido que fue anarquista cuando la República, atraía como atrae un códice iluminado porque era el espejo en el cual nos miraríamos de  viejos, y es cierto porque al contemplarme a mí mismo en el espejo veo que me parezco algo a mi maestro cuando tenía mi edad. La vida me ha hecho rodar por sendas muy parecidas a las del  profesor de la Central. He seguido la ruta de los entusiasmos y la de los libros hasta dar con mis huesos en una de las hondonadas paisajística mente más sublimes de la península donde fue a morir Fray Lázaro el protagonista de “En la cárcel des espíritu” ¡Qué cosas!. Aquí la tierra nos puede ser más leve al cubrirnos con el manto de eternidad. Tan risueña perspectiva hará seguramente llevadero el  albergue porque es también las rutas que llevan a la Luiñas lejanas donde yo quisiera descansar.


 Siempre que paso por delante de la casona que se encuentra a tiro de piedra de la tienda de Manolo Menéndez Vigo, contertuliano de mis parrafadas y que no sólo me arregla los pinchazos de la rueda de mi bicicleta sino que me da clases de bable, el que hablan en Muros, aunque Manolo provenga de Lugo, y detrás de la de Eloína, otra buena mujer de aquel lugar entrañable, siento la melancolía por aquel tiempo que se fue, por los libros que no se leyeron o de los que apenas hablan pero que son importantes. Solía Camón viajar a su rinconada de este lugar en el concejo de Cudillero con harta frecuencia. Una vez lo vi en Oviedo haciendo tiempo para tomar el tren de Madrid acodado en uno de los veladores de la Mallorquina. Parecía un dios vencido y un centinela a punto de relevo en su garita del Café Peñalba, quizá recordaba a los muchos que cayeron. Era un día de lluvia y llevaba puesto uno de aquellos impermeables de plexiglás a la moda de los sesenta “pluma d´oro” anunciado por la tele de los primeros tiempos por Torre Bruno dando voz a un personaje característico que llamaban “Topo Giggio”, con un gorro para la cabeza. Tenía un aspecto de cansancio y le vi viejo ante una taza de café que se había quedado frío. Acababa de enviudar y ya no había aquel entusiasmo en aquella mirada de figura de arquivolta románica de los tiempos de la Facultad sino la de un senescente abatido y sin curiosidad. Era por el verano del 77 aunque no recuerdo muy bien la fecha exacta. Al poco tiempo murió el profesor Camón Aznar. Quiero con este artículo honrar la memoria de uno de mis maestros. Fue uno de esos intelectuales que habiendo nacido a esta vertiente del Pajares como Claudio Sánchez Albornoz, Ferrandis, Menéndez y Pidal, Alarcos, Azorín o Gustavo Bueno han sentido esa fascinación ineluctable que infunde Asturias sobre los espíritus.  Los amantes de la letras de los tiempos venideros tendrá que hacer justicia a estos prohombres del pensamiento hoy olvidados o ninguneados. Ellos abrieron brecha e iluminaron la paz del sendero.

Antonio Parra.