REMEMBER
BRUNETE
por
Antonio PARRA GALINDO
prohibida
la reproducción sin citar al autor
(1)
DOS SEMANAS AL BORDE DE APOCALIPSIS
Durante
tres tórridas e intensas semanas de julio de 1937 en las explanadas
de Brunete perdieron la vida alredor de setenta mil hombres. Fue una
de las más cruentas y decisivas batallas de la guerra civil, en la
que se pusieron en juego nuevas tácticas de armas mecanizadas, con
despliegue masivo de tropas. La guerra relámpago. La guerra total.
El choque bajo una lluvia de acero fue un ensayo general de las otras
grandes batallas de la Guerra Mundial: Stalingrado, Leningrado, El
Alamín, la batallas de Normandía.
Aquí
se bosquejó del concepto de guerra moderna, con ataques intensivos,
marchas y contramarchas, fundamentada sobre operaciones relámpago
(blitz krieg), y a base maniobras envolventes de ataques por sorpresa
de repliegue táctico, pero en el que la infantería jugó todavía
un importante papel. Con la intervención de los harqueños de las
“mehallas” marroquíes, y del Requeté que mandaba Camilo Alonso
Vega, así como legionarios, falangistas y soldados de reemplazo. Al
otro lado de las alambradas, había marxistas, internacionales y
militares afectos a la República.
Se
combatió al arma blanca. La batalla tuvo tres fases netamente
definidas. Una, de neta superioridad de las fuerzas del Gobierno de
Indalecio Prieto. A la que sigue el contrapeso de una ofensiva
nacionalista de una contundencia increíble a tenor con lo mermado de
las energías. En esta segunda etapa la audacia del general Varela,
un militar de la Comunión Tradicionalista, distinguido con dos
laureadas en las operaciones de Marruecos, pero a quien los moros
tenían como una especie de divinidad, y del que se decía que nunca
en el campo de batalla miraba para atrás, sino para recoger a los
heridos y moribundos, tuvo una influencia decisiva. Sacando fuerzas
de flaqueza, el Comandante en Jefe del Ejército de Castilla, supo
hacer virtud de necesidad, laminando a fuerza de arrojo y de fuerte
costo en sangre la superioridad táctica de su rival.
Por
último, a partir del 20 de julio y hasta la caída del Cementerio de
Brunete donde se libró la escaramuza final, el platillo de la
balanza se inclina del lado nacional.
Las
líneas maestras de la operación se apoyan sobre un entramado
estratégico que con vistas a neutralizar a las divisiones del
Campesino, Modesto, el polaco Walter, El Campesino y Líster atacando
desde Villalba y tratando de defender la cabeza de puente que
establecieron en Quijorna, en la que se advierte un golpe de tenaza
por el mando republicano. Los nacionales tratan de zafarse de la
presión mediante un sistema estratégico de tres lineas ofensivas.
Desplegaron tres ejércitos a derecha, izquierda y centro.
Por
el flanco de la derecha y en torno a la cota 620 operaban los
regimientos de Asensio. Empujando por el centro desde Los Llanos al
Río Perales venían Barrón y Buruaga y en la margen izquierda,
teniendo como eje de operaciones el Espolón, el Vértice Mocha, la
Cota Artillera de Villafranca, fue la zona en que se congregaron las
tropas del Norte, requetés de la Cuarta de Navarra mandadas por
Camilo Alonso Vega y falangistas de la Bandera de Castilla
procedentes de Villacastín. En el Pardillo estaba un destacamento
del Regimiento San Quintín cuya guarnición fue aniquilada por la
brigada Lincoln.
Las
órdenes tácticas de la batalla corrieron a cargo de oficiales, en
uno y otro bando, de grandes conocimientos militares, todos hechos a
sí mismos en África, y fue combatida en el cuerpo a cuerpo, en
muchos casos, y a la bayoneta calada, por quintos del reemplazo,
bisoños y sin experiencia, los cuales antes de ser lanzados a este
combate no habían visto un arma, excepto los rifeños y legionarios,
quienes llevaron el peso de las operaciones, y que fueron los
verdaderos vencedores de esta gran batalla. A los reclutas y a los
voluntarios falangistas les dieron a manejar fusiles anticuados, casi
de la Guerra de Independencia, o un máuser que se encasquillaba. En
el otro lado, había mercenarios y soldados profesionales, aunque no
faltaba el españolito que, sin comerlo ni beberlo, y por mera
casualidad geográfica, fue llevado al frente viéndose metido en
una contienda que jamás deseara.
Se
calcula que el ejército republicano tuvo el doble de bajas que el
nacional.
El
polvo, la sed, la angostura de los ramales de trinchera recién
excavados y tan incómodos para la vigilia como el sueño fueron los
protagonistas de esta tragedia al pie de la sierra en un verano en
llamas.
Todo
empezó el día 6 de julio al caer la tarde con una ofensiva
relámpago de las fuerzas del general Miaja contra el pueblo de
Brunete- que tenía una población de tan sólo mil habitantes, pero
considerado importante nudo de comunicaciones y de los caminos que
cruzan hacia Extremadura entre las dos Castillas-, Quijorna y Sevilla
la Nueva, posiciones éstas mal defendidas por una bandera de la
Legión y un grupo de voluntarios falangistas de la misma Sevilla, y
terminará en la mañana tormentosa del 25 de julio.
El
triunfo insólito pudo ofrecer tal vez visos de milagroso.
De
otra forma, no se explica que el bando gubernamental contando con
mejor munición, más hombres y pertrechos, no hubiera ganado. Los
nacionalistas, más disciplinados y en una proporción de uno contra
tres, pero imbuidos de un fuerte espíritu religioso, tanto islámico
como cristiano, dejaron sobre el terreno una siembra de cadáveres
(todavía se sigue criticando a Varela este arrojo temerario que
haría vestir de lutos a tantas y tantas familias de la España de
Franco, del Rif, de Casablanca, de Marraquesh) y echaron los restos.
Azaña
perdió en Brunete la guerra civil. Aquí estuvo para la república
el principio del fin. ¿Fue un milagro del cielo o simple cuestión
de redaños?
Madrid
cercado.
El
choque tuvo sus antecedentes en el cerco de Madrid con sus secuelas
de la Batalla del Jarama. Los moros y los legionarios se habían
plantado en la Plaza de España en noviembre de 1936, pero no
consiguieron tomar la ciudad ante la numantina resistencia de los
asediados. Las mujeres del noble y heroico pueblo de Madrid desde los
balcones arrojaban contra los invasores calderos de aceite
hirviendo.
El
frente quedaría estabilizado en la Ciudad Universitaria, por el
norte y por el sur, Franco dominaba Griñón, Cerro de los Ángeles,
y algunos segmentos de las carreteras de Valencia y Andalucía.
También se combatía en los dos Carabancheles. Sin embargo, el
ejército sublevado empieza a acusar los efectos de su impresionante
avance. En tan sólo doce semanas se habían plantado a las puertas
de la capital desde las costas africanas e iniciado el cerco de la
Universitaria. Se enfrenta el Gobierno de Salamanca a graves
problemas económicos, las cajas estaban exhaustas y en la
retaguardia se pedía a la gente que empeñase sus alhajas para
contribuir a la causa de la victoria. Los gubernamentales, aparte de
representar la legalidad vigente, gozaban del respeto de la Sociedad
de Naciones, y del apoyo de los gobiernos de Francia, Inglaterra y
Rusia, así como del de la Tercera Internacional Socialista.
En
manos de la Junta de Defensa, porque el gobierno de Indalecio Prieto
acababa de ser trasladado en pleno a Valencia, se halla todo el oro
del Banco Central, capítulo éste muy importante, puesto que las
guerras se gestan y llevan a cabo sólo con dinero y con más dinero,
como decía Napoleón.
Sobre
el terreno de operaciones se enfrentan dos Españas. Van a combatir,
no obstante, con el mismo ardor, idéntica garra. Por los desmontes
del Cerro de Garabitas, en la Cuesta de las Perdices y los Altos del
Hipódromo se combatía casi cuerpo a cuerpo al grito de “no
pasarán”. Franco da órdenes tajantes de calcular bien la munición
y evitar en lo posible el derramamiento de sangre, que las bajas se
limiten estrictamente al menor número posible y se dispuso a hacer
la invernada como buenamente pudo, con sus hombres a un tiro de
piedra de Moncloa, a sabiendas de que una contraofensiva roja no
tardaría en llegar.
El
general Miaja, presidente de la Junta de Defensa, es un asturiano
inteligente y enérgico, y aunque el gobierno de Largo Caballero
siempre sospechó de él en aquella hora fantasmagórica sobre la
arrugada piel de toro, por tener a toda su familia en el bando de
Franco, lo cierto es que fue la columna de apoyo de todo el esquema
estratégico de la defensa de Madrid que aguantó durante tres años
a pesar de las rencillas, las suspicacias y la incompetencia de los
gobernantes de turno, los cuales, cuando sonaron los primeros tiros
en la Universitaria, trasladaron su sede a Valencia. Se dio el caso
de que, mientras el jefe del gabinete ministerial se encontraba en la
ciudad del Turia, el presidente Azaña se encontraba en Barcelona. La
España “constitucional” se convierte en tricéfala. Hay tres
gobiernos: los vascos de Irujo y Aguirre, los catalanes de la
Generalidad que presidía Companys y el gobierno legal, en cuyo seno
las diferencias entre socialistas y comunistas fueron endémicas.
Incluso los dos grandes prebostes del PSOE Largo Caballero e
Indalecio Prieto no se podían ver. Negrín era un aventurero,
Lerroux, un antiguo croupier y Niceto Alcalá Zamora, un cordobés de
pro, para el que sólo sus paisanos, los de Priego, le merecían
algún crédito, y tanto Martínez Vayo como Giral ya se vio lo que
dieron de sí.
En
este ambiente de rivalidades el general Miaja ayudado por sus dos
hombres confianza, Rojo y Casado, trata de establecer una
poliorcética congruente y precisa ante un enemigo que estaba en la
Casa de Campo y al que, para suerte o para desgracia de los españoles
conocía demasiado bien. Su actuación fue del todo impecable desde
el punto de vista militar. Fragua una linde de defensa prácticamente
de libro. Manda excavar trincheras, fortificar edificios, levantar
barricadas de hormigón, casamatas, ramales y pozos de tirador, todo
un laberinto de sacos terreros y de pasadizos secretos en los
antemurales de Madrid. Era del Cuerpo de Zapadores. No fue culpable
de la derrota. Nada tuvo que ver con la falta de solercia o la
corrupción de los políticos.
También
cuenta con el asesoramiento de otros militares insignes como, el
coronel Casado, su edecán y eminencia gris, el teniente coronel Rojo
y otros expertos en el arte de la guerra llegados del extranjero,
como el general Kleber, de origen húngaro, el ruso Gorief, y otros
muchos.
Se
crean asimismo unidades especiales a cuya cabeza marchan nombres que
destacan como Líster, Modesto, El Campesino, y la famosa columna
Mangada, o el legendario Quinto Regimiento. De suerte que a
principios de enero de aquel año los gubernamentales contaban con
más hombres, superior dotación y mayores posibilidades operativas.
Los sublevados mitigaban su inferioridad de condiciones, pegándose
al terreno como lapas, con una moral más alta, mejor técnica y
decisión, acaso también una mayor fe en la victoria. Pero aquellos
momentos fueron muy duros para la causa nacional. Sin tropas de
refresco, la munición agotada y con serios problemas de liquidez a
causa de la falta de reconocimiento internacional.
Durante
todo el mes de diciembre del 36 habían estado llegando, por el
contrario, a la capital del gobierno de la República tropas de
voluntarios de media Europa y los soldados de Varela estaban muy
fatigados. Semiextenuadas las fuerzas de Yagüe habían tomado
Boadilla del Monte el 16 de diciembre. Y García Escámez, que había
participado en los combates de Somosierra entró en Pozuelo la
víspera de Nochebuena, pero la carretera que iba para el Escorial,
atravesando Las Rozas y los términos de Galapagar, Villalba y
Torrelodones no había conseguido ser cobrada para los rebeldes,
quedando así una cuña abierta, apta para un flanqueo o maniobra
envolvente. Es lo que intentaría poner en práctica el alto estado
mayor de Miaja al desencadenar la ofensiva sobre Brunete. Los
nacionalistas habían abarcado mucho, pero tenían desguarnecidas sus
retaguardias. Su progresión, tan extensiva, les volvía vulnerables.
En la guerra, también, el que mucho abarca poco aprieta. Tenía
todas las bazas de triunfo en su mano, pero Miaja, cauto y muy
astuto, se demoró demasiado.
Operaciones
preliminares.
Así
las cosas, el 4 de enero se produjo un asalto de infantes con apoyos
de carros ligeros italianos contra esta porción de carretera en
manos de la Junta. Hubo una tenaz defensa roja en Villanueva del
Pardillo. Los objetivos nacionales eran las primeras casas de Las
Rozas, el Bar Anita, justo a lo que hoy es entrada a la urbanización
de Villafranca, la Casa Mahou en lo alto del cerro en el que se
yerguen las primeras casas de Majadahonda. Intervienen en estas
operaciones preliminares secciones mandadas por generales de gran
renombre en los anales de la infantería española: Asensio, García
Escámez, Iruretagoyena, Barrón, Buruaga, Varela, tropas nómadas y
punteros profesionales de las Mehalas y de las diferentes “Harkas”,
pero la respuesta de los gubernamentales no iba a la zaga en arrojo y
valor.
Se
tarda dos días en cruzar y limpiar el pinarillo del Plantío. Los
rojos defendían el frente casa por casa. El costo en vidas humanas,
como cabe suponer, fue copioso por ambos lados.
El
día 8 ondeaba la bandera nacional en el Ayuntamiento de Aravaca,
pero el general Orgaz ante la presión de las fuerzas de Kleber ha de
plegarse a otra rectificación de líneas. En días sucesivos,
Kleber, después de conferenciar con Miaja, ordena un contraataque a
gran escala, aunque sólo llega a obtener su ofensiva resultados
limitados.
En
este sentido va a ser primordial un hecho histórico: la entrada en
combate de los primeros “Heinkel” y “Messerschmidt” de la
Cóndor, primer fruto de la entente entre el gobierno franquista y
las Potencias del Eje.
Precisamente,
en una loma de los altos de Villanueva del Pardillo cae abatido en su
bautismo de fuego un aviador alemán. Su aparato es alcanzado por
antiaéreos de Líster una radiante mañana del 17 de enero. Se
llamaba Rudi Eppert y tenía 22 años. Acababa de llegar de Berlín.
Hasta
hace poco, se alzaba allí una estela conmemorativa, esculpidos sobre
la piedra su nombre, con la cruz de hierro, y una frase en alemán:
“Murió por una España libre”. Con las obras del ensanche, este
cipo funerario, que estaba enfrente del Bar La Parada, ha
desparecido.
Fue,
por así decirlo, la primer baja en los trágicos acontecimientos que
sobrevendrían. Esta divisoria, la que va en línea recta, desde el
cementerio del Pardillo, pasando por el famoso Vértice Mocha, hasta
el de Brunete, dejando en medio el Castillo de Villafranca, sería
escenario de los encarnizados enfrentamientos en muchos casos al arma
blanca. La toma de Brunete, aunque emblemática, constituyó un
teatro de operaciones más exiguo, porque donde estuvo el “tomate”
fue verdaderamente en este sector a espaldas del camino real entre El
Escorial y Madrid.
La
corriente mansa y con poco caudal del Guadarrama (Wuad el ramel, el
río de las arenas), arrastra hacia el mar la sangre de los que
cayeron en aquel envite; todavía quizá se estén escuchando los
lamentos de los que perdieron allí la vida al intentar vadearlo en
alguna de las muchas operaciones que tuvieron al río por escenario
hace sesenta y tres años.
El
canto del Pico.
Estaba
claro que el gobierno republicano que se había trasladado en bloque
a Valencia necesitaba una victoria para consolidar su prestigio
moral, contener la ofensiva de Mola por el norte, y copar a las
fuerzas nacionalistas en una maniobra envolvente, el clásico
movimiento de tenaza que se estudia en todas las academias militares.
Era una operación de libro, bien urdida y mejor pensada. Contó con
dos cerebros, los de Casado y Miaja. Ambos militares, con una
brillante hoja de servicios, se habían curtido al igual que sus
oponentes en refriegas africanas y su palmarés les acreditaba como
supervivientes del Monte Gurugú y del Barranco del Lobo. Instalaron
su cuartel general en un palacio campestre requisado al Conde de Las
Almenas, enclavado en un roquedo próximo a Torrelodones. Desde este
altozano se domina una buena panorámica de los crestones de la
sierra hacia el norte y por el sur abre un escenario sobre la llanura
por donde fluyen los ríos Guadarrama, Aulencia y el arroyo Perales.
Varela,
saldada con éxito su operación para estrangular el intento de las
fuerzas del general polaco Walter, “el carnicero de La Granja”,
por tomar Segovia, se instaló en Boadilla del Monte. El Cerro del
Pico y el antiguo palacio de Godoy en Boadilla van a servir de sede
de los respectivos estados mayores de sendos ejércitos.
Villanueva
de la Cañada era buena tierra de trigos y de viñas. Durante siglos
se elaboraba aquí un vino clarete que nada tenía que envidiar al de
Valdepeñas y llevaba un registro de marca. Eran los caldos de uva
pardilla de la comarca de Valdemorillo, que competía con el vino de
San Martín de Valdeiglesias, cuyas excelencias cantan ya los autores
medievales. Los terrenos donde se alzan en la actualidad las
urbanizaciones de Piedras Vivas, los Altos y el Noray eran un majuelo
de grandes proporciones. Detrás del Castillo y cerca de lo que es
hoy la Universidad de Alfonso X, había un ejido comunal para el
ganado y también las eras de la aldea de Villafranca, hoy
desaparecida, al pie del impresionante castillo roquero de traza
mudéjar, donde cuenta la tradición que nació el gran pirata
berberisco, Barbarroja.
Por
la parte de Quijorna el terreno empieza a elevarse y se vuelve
calcáreo. Las margas de Valdemorillo son abundantes en feldespato y
caolines. La Cañada está situada a 652 metros de altitud, pero
camino de Colmenarejo o de Valdemorillo, a poco menos de quince
kilómetros, hay que subir cuestas muy empinadas y el desnivel
alcanza los 820; es decir, que en poco trecho el declive es de 170
metros de diferencia sobre la llanada diluvial (aquí en tiempos
prehistóricos debió de haber un inmenso lago) cuyo accidente más
significativo es el mentado Guadarrama, en árabe Wuad-el ramel, o
río de las arenas que da nombre a toda la sierra.
El
árbol predominante es la encina en sus dos variantes, la de
cascabillo o dulce, y la amarga, de carrasca, un poco mayor. No
quedan más que algunos manchones de esos encinares que en el siglo
XIV fueron tupido bosque, paraíso cinegético para reyes de Castilla
muy aficionados a la caza del jabalí y del lince, como Enrique IV,
que llegó a habitar durante temporadas el famoso Castillo de la
Despernada con una corte ataviada a la morisca. De este monarca se
dijo que era aljamiado, porque prefirió siempre moros antes que
cristianos en su compañía. Allí tenía este buen rey, tan
denostado por otra parte, su cazadero preferido.
La
vegetación xerófita ostenta copiosos retamares que a últimos de
mayo o en el mes de junio despiden una fragancia fuerte y exquisita
que embalsama el aire.
En
los recuestos orientados hacia el Mediodía fructificaban durante
mucho tiempo las viñas. Había una uva pardilla muy apreciada en
Madrid y de ahí puede que venga el nombre de Villanueva del Pardillo
por la uva de mesa que por estos lugares se recogía. Exprimida en
los lagares, daba, asimismo, unos caldos de calidad superior. Muy
parecidos a los que se extraen del moscatel fino.
Puede
decirse que la ondulación del terreno, abundante en vaguadas y
vallejos, en las lomas de Valdemorillo y Colmenarejo, la única que
tienen algunas defensas, facilita la desenfilada o movimientos de
tropas lejos del alcance de las bocas de fuego enemigas. En estos
barrancos estuvieron emplazados los puestos de socorro y los
hospitales de sangre.
No
así en la llanada en que se sostuvo la contienda y donde la única
manera de hurtar el cuerpo a las balas era mediante excavaciones de
trincheras y de casamatas que no pudieron realizarse a conciencia
habida cuenta de la celeridad con que se desarrollaron los
acontecimientos.
Un
tabor de Sidi Ifni.
En
la noche del 5 de julio la División Líster en un buen golpe de mano
toma posiciones frente a Brunete defendido solamente por un tabor de
fusileros de Ifni. Líster, a favor de las sombras nocturnas, ha
actuado con habilidad y dispuesto sus contingentes de una manera
eficaz de tal forma que en la madrugada rompe la ofensiva. Sus
hombres entran al copo sobre Brunete, hacen doscientos prisioneros,
cae el hospital y en el cupo de aprehendidos se encuentran dos guapas
enfermeras sevillanas que, aunque vejadas por la soldadesca, lograron
salvar la vida más tarde, volviendo a ser canjeadas por general Dahl
un piloto norteamericano que cayó en manos de los nacionales.
Condenado a muerte fue indultado lo mismo que otros dos rusos,
Chercasoff y Josiainoff cuyos aparatos fueron abatidos sobre las
lomas de la parte del río Aulencia.
Los
defensores cogidos por sorpresa, una brecha había quedado abierta
entre las filas nacionales. Tomada esta localidad, es fácil alcanzar
Navalcarnero. Esas eran al menos las cuentas del gobierno de Prieto
en Valencia. Sin embargo, el mando franquista reacciona con
celeridad. Se ordena el envío de refuerzo desde el frente norte: una
centuria de las falanges gallegas llamados los “centollos”,
quienes se ponen en marcha ese mismo día desde Tineo, que arriba al
teatro de operaciones al día siguiente, mientras, por otra parte, en
Sevilla la Nueva y en la Cañada un puñado de falangistas resiste
heroicamente. Entran en liza las divisiones número 13 y la 150
comandada por Sáenz de Buruaga. Acto seguido se organiza otra
división, la 12 a cuyo mando se encuentra el coronel Asensio. Toda
la aviación que operaba en el norte recibe órdenes de movilizarse
hacia el frente de Madrid y oleadas de “stukas” “Messerschmidt”
y “Heinkel” aterrizan en los aeródromos de emergencia de Ávila
y Talavera.
También
recibe instrucciones de marcha la mítica Quinta Brigada de Navarra
de Camilo Alonso Vega, la que tuvo más bajas, a la que se incorporan
otros requetés y facciones gallegas. Todos emprenden viaje desde
Aguilar de Campoo y llegan en pocas horas. Varela abandona Segovia y
se instala en Boadilla del Monte, como va dicho. A la dureza de
este mílite curtido en los blocaos de Melilla se atribuye la tenaz
resistencia. Él se puso al frente de las operaciones con un sol
abrasador, y la tierra calcinada por los incendios de los trigales, y
el hedor de la cadaverina. Practicó en un principio la estrategia de
tierra quemada. La atmósfera era irrespirable. Por otra parte, el
mando rojo ostentaba un dominio casi omnímodo del aire con los 150
“moscas” rusos que planeaban indemnes sobre los rastrojos de la
Despernada, sin encontrar apenas resistencia en los primeros cinco
días de hostilidades. Asimismo, la potencia de fuego de su
artillería, más maniobrera y versátil, por ser de menor calibre
que la nacional, era aventajada. Cae sobre las trincheras nacionales
una auténtica lluvia de plomo.
Una
bandera del Tercio establece una cabeza de puente en la Mocha Chica,
donde queda con cien tiradores el capitán Chicoy Dabán. Todo el
destacamento sucumbe defendiendo la posición que tardaría sólo
tres días en volver a dominio franquista. Los legionarios, asimismo,
empleandose a fondo contra los infantes del Campesino, se plantan
frente a las tapias del cementerio de Brunete. La toma de este
enclave sería otro de los puntos emblemáticos en que se desarrollan
los combates. Allí las fuerzas republicanas presentaron la batalla
final.
Sin
embargo, el 7 de julio, cae Villanueva de La Cañada. Sobre las
calles calcinadas por el sol y por la metralla quedan tendidos
doscientos cadáveres de legionarios y falangistas.
Esto
no era sino peccata minuta en comparanza con lo que habría de venir
después, porque a favor de las sombras de la noche, las fuerzas
internacionales atacan Boadilla del Monte, donde tenían instalado
los franquistas su estado mayor. El objetivo está claro: arremeter
por detrás a las guarniciones atrincheradas en las posiciones de
Ciudad Universitaria. Varela imparte una consigna clara: nada de
repliegue táctico. Resistir hasta el último hombre y el último
cartucho.
De
amanecida, telefonea a Salamanca para conferenciar con el Cuartel
General. Franco tuvo que pararle los pies, le ordena circunspección
táctica, pues conocía de sobra la fogosidad de su viejo compañero
de Armas, al que sus hombres apodaban “el gaditano del hierro”
(había nacido en la Isla de San Fernando, 1891). Sin embargo, en
medio de su borrachera de gloria, el liberador del Alcázar de
Toledo, y el héroe del Cerro Matabueyes y del Jarama se sentía como
en la apoteosis de su carrera militar. Don José Enrique Varela acata
las órdenes de su generalísimo a regañadientes.
Este
intento por conservar siempre la iniciativa dentro de las
circunstancias a cara de perro, sería providencial, y significó la
victoria para los colores nacionales. A costa, eso sí, de mucha
sangre. Se dice que, a partir de entonces, se malquistaron ambos
personajes. El andaluz quería entrar en Madrid a toda costa. El
gallego tiene que frenarlo con la cautela que le era propia, su
ferrete ferrolano y su retranca. Presuntamente, también existiera
entre ellos una cierta envidia. Se tiene la impresión de que Franco
tuvo en Varela su mejor caballo de brega al que exprime como un limón
en los primeros compases y luego aparta. Brunete se reconquistó, sin
embargo, gracias al Gaditano de Hierro poniendo toda la carne en el
asador. Fue una lucha recia, sin medias tintas. Varela cae herido
dos veces. En la segunda ocasión salva gracias a los auxilios de un
cirujano monárquico, Eusebio Oliver. Esta circunstancia y el
asesoramiento que tuvo por parte de Juan Ignacio Luca de Tena,
teniente de infantería a la sazón, pero adscrito a su Estado Mayor,
y como buen periodista uno de los grandes heraldos que supieron
vender la imagen Varela, hacen que éste se decante de parte de la
facción monárquica con gran disgusto de los hombres de Falange. Los
recelos entre las familias políticas de la victoria arrancan de
entonces y son rémora ahora. Con la democracia los partidarios de
Juan III han pasado factura a los falangistas. Muchos requetés
engendraron hijos que se adscribieron al PNV y nietos pro eta. Son
incongruencias de la Casa y la Cosa española. Pero pedir a la
política española que comparta soberanía con la racionalidad y el
buen discernimiento resulta como pedir peras al olmo; está claro que
aquí lo que vide es la visceralidad.
Envidias
ancestrales, morbos que persisten desde don Rodrigo y su cava estando
en horca. Las purgas de Ansón y de otros dinastas contra los devotos
del espíritu imperial de José Antonio han sido tan sórdidas como
neronianas aunque sin llegar a la checa ni a los paseos. Pero cunde
la convicción de que para los hombres que se quemaron en la
construcción del nuevo orden falangistas y comunistas han sido todo
uno. Esta inclinación por el bando monárquico lo pagaría el héroe
de Brunete con el atentado de Begoña que casi le cuesta la vida.
Hay
durísimos enfrentamientos en Quijorna y en los Llanos. Gran parte de
los mutilados de la guerra civil española debieron sus heridas a
estos sofocantes días de julio en las llanadas que configuran el
término de Brunete, y que una vez fueron campo de exterminio entre
españoles que luchaban cada uno por una idea diferente de España.
La historia es maestra de la vida. Estos luctuosos sucesos debieran
tenerse siempre presentes en el recuerdo para que no volvamos los
españoles a las andadas. Los que queden para contarlo, claro es.
Porque los muertos para siempre callan.
Blindados
rusos.
En
Quijorna operó un gran contingente de carros rusos. El aspecto de
estos tanques era terrorífico, y en viendolos renquear por los
rastrojos no faltaría quien pensase en los caballos del Apocalipsis,
pero, debido a las altas temperaturas, que hacían saltar los tapones
de los radiadores, y al arrojo de los defensores que se aproximaban a
ellos sin temer la muerte pertrechados con latas de gasolina o bombas
de mano lanzadas sobre la catenaria de los orugas, no fueron
demasiado efectivos. Este dato sorprende todavía a los estrategas.
Demuestra empero la neta superioridad táctica de los
gubernamentales, que tuvieron a su disposición mejores pertrechos de
guerra aunque les faltasen mandos.
El
día 10 el coronel Asensio, que ha tomado posiciones en el Castillo
de Villafranca, ante la superioridad de los contrincantes, dio orden
la evacuación, pero no se trata más que de una dilatoria, porque
inmediatamente manda hostigar al enemigo que se agazapaba en los
marjales y barrancas del Aulencia y del Guadarrama, y reconquistar lo
perdido. Consigue volver a entrar en Villafranca con la ayuda de los
requetés de la Quinta de Navarra. Un escuadrón del San Quintín de
Valladolid toma posiciones en el Pardillo pero no logra resistir las
embestidas de los internacionales. Toda la dotación cae prisionera y
es fusilada frente a las tapias del cementerio.
Hay
una anécdota a este respecto que refieren algunos historiadores
y que habla de la ferocidad y vesania de aquellos instantes. El páter
fue desnudado, lo mandaron subir a una camioneta, le llevaron a un
prostíbulo en la calle Echegaray y, como se negó a seguir la juerga
de sus verdugos, le cortaron los testículos, después sería
fusilado y su cuerpo abandonado en una cuneta de las Ventas del
Espíritu Santo.
Poco
antes de la toma del Pardillo, el capitán del escuadrón, transmite
por radio este mensaje al coronel Asensio:
“Por
las lomas de enfrente se nos aproximan enemigos con muchos cañones y
deseamos protección aviación. Sobre las 16 horas fue atacada esta
posición intensamente, con acompañamiento artillero y morteros,
presentándose con diez tanques. Inutilizamos uno. El resto se retiró
apareciendo nuevamente a las 19 horas dispuesto a entrar en el
pueblo; se le han inutilizado seis carros. Espíritu magnífico;
dispuestos a morir en cumplimiento juramento prestado. Arriba
España.”
Los
requetés y los “mariscos” recién venidos de Tineo acusan el
impacto de un combate, lejos de las praderas cántabras, y la humedad
de su tierra, para operar en un clima al que no estaban habituados.
Se mueren de sed. El calor irrespirable los amodorra. Venían de las
tierras umbrías y frescas del norte y se les mete de repente en un
horno bajo un sol cegador con las cantimploras vacías para combatir
a cara descubierta a un enemigo que se posicionaba a cien metros sin
accidentes del territorio que ofrecieran fácil desenfilada. El
choque psicológico al verse inmersos en medio de un secarral, donde
los fregaos son horripilantes debió de ser tremendo para los boinas
rojas. Acaso sea por eso, por lo que la Quinta de Navarra apenas
tuviera supervivientes. Moros y legionarios, aunque también con un
nivel de bajas terrorífico, aguantaron mejor la calorina. Esta fue
una de las razones de las broncas de Franco a Varela. En el otro
bando, gran parte de los fallecidos se produjeron por dejadez de los
mandos o durante la desbandada.
La
encarnizada resistencia de los héroes de Villanueva del Pardillo
desconcierta en parte al mando rojo y estas vacilaciones fueron
fatídicas, porque, teniendo el triunfo al alcance de la mano, no
supieron o no quisieron por falta de coordinación aprovecharlo. En
la guerra como en el amor no hay nunca que llegar tarde.
Otra
cuestión era la indisciplina, la falta de coordinación entre
subalternos. Hemingway se los pasó borracho en Chicote los días de
la ofensiva y a una fotógrafa polaca, la novia de Frank Cappa, la
arrolló un blindado ruso en la calle real de Brunete. Fue en Brunete
donde fue alcanzado también Julián Bell, sobrino de la escritora
británica Virginia Woolf, mientras conducía heridos a un puesto de
socorro en una ambulancia. El capitán Nathan, que murió en
Villafranca, tuvo sus más y sus menos con un chestnik yugoslavo.
Mientras ellos discutían, una bomba lo alcanzó, pero pidió a sus
compañeros mientras él expiraba entre los bancales del Río
Guadarrama que cantaran una canción. La muerte del caballero sin
tacha, el brigadista que se presentaba en el frente con un bastón de
mando con empuñadura de oro, desmoralizó a los británicos.
Es
en este punto y en la denominada Cota Mocha, o Vértice Mocha (El
Espolón, justo detrás de Piedras Vivas) donde al volver a manos
nacionales las posiciones perdidas se va a decidir la suerte de la
victoria.
A
tal respecto el comandante en jefe de la brigada mixta el día 11 de
julio cuando empiezan a aparecer en lontananza los cazas nacionales
(los Heinkel 111 y los Messerschmidt germanos), desnivelando la
superioridad aérea hasta la fecha en manos de la República, envía
a Miaja el siguiente parte:
“Día
11 de julio.- En las primeras horas de este día el enemigo, apoyado
en una gran masa de aviación y artillería, inicia violento
contraataque contra las posiciones ganadas ayer, siendo rechazado con
fuertes bajas. Mis fuerzas han quedado muy agotadas por lo que
nuevamente insisto me sean enviadas tropas de refuerzo para las
compañías de fortificación. Recorro las posiciones de la Cota
Mocha o Vértice Artillero (El Espolón) y doy orden al jefe de
puesto para que proceda a organizarla nuevamente y fortificarla con
nuestros propios medios. Al atardecer, el enemigo hace fuerte
preparación artillera sobre nuestras posiciones, precursora de un
ataque a fondo. Insisto en vista de ello en que se me atienda en mi
petición. A las 22 horas el enemigo inicia un nuevo ataque que
desmoraliza al segundo batallón en línea sobre la Cota Mocha y se
retira al ver caído a su comandante”
Fue
este sector el de la loma que divide a las dos Mochas, la Grande y la
Chica el escenario de los feroces asaltos. En el curso de breves
horas, los blocaos cambiaron de manos sin interrupción y cientos de
cadáveres quedaron esparcidos sobre los ramales de trinchera que
conectaban el caserío de Villafranca con Villanueva del Pardillo.
La moral a uno y otro lado se resquebraja. Surgen veladas críticas
hacia Varela. Los mandos de la Legión Cóndor también se sienten
impresionados y se niegan a operar porque a veces sembraban la muerte
entre las propias filas causando eso que se llama en guerra bajas por
“fuego amigo”. ¡Demasiado encarnizamiento! Las casamatas y los
sacos terreros, las alambradas de espino o caballos de frisia
separados tan sólo por unos metros de distancia, la retaguardia
estaba confundida con la vanguardia en medio de aludes de fuego.
Luego estaba el calor sofocante, la hedentina apestosa, la falta de
agua, las diarreas... Era fácil morir en este infierno, pero mucho
más fácil era enloquecer. Hubo momentos en que los oficiales de uno
y otro bando dieron muestras de haber perdido la cabeza.
El
16 se produce una de las batallas aéreas más espectaculares de toda
la contienda el rugido de los “moscas” y de los trimotores hace
que retumbe toda la comarca y la tierra vacile sobre su propio eje.
Los regulares y legionarios de Barrón arremeten contra Brunete.
Consiguen alcanzar la plaza pero enseguida son desalojados por
tanques soviéticos. Un tapiz de ruinas y de esqueletos alfombra las
calles. Los mulos panza arriba las tripas al aire y lanzando un olor
insoportable ofrecían un espectáculo dantesco. Los testimonios
gráficos que nos quedan ofrecen un panorama apocalíptico y
apocalípticos debieron de ser los días que se vivieron.
Por
el flanco izquierdo la Cuarta Brigada de Navarra a las órdenes de
Sáenz de Buruaga se emplea a fondo logrando atravesar el río
Perales y dominando Los Llanos. Esta agrupación queda esquilmada.
Pierde en un sólo día de operaciones a 22 oficiales, 187 soldados
muertos y 848 heridos. En total, mil bajas a cambio de un avance
sólo relativo. Varela se había precipitado al ordenar la
contraofensiva. Eso quedó patente. Las prisas tampoco parecen
buenas en guerra.
Sin
embargo, las operaciones siguen su curso en las fatídicas fechas
subsiguientes con denodado ímpetu. El día 20 cae el Vértice Mocha
y casi de seguido el Castillo de Villafranca donde Asensio manda izar
la bandera nacional. Vuelven los dares y tomares, pero el enemigo
presenta batalla con la moral quebrantada. Se ha visto a algunos
brigadistas abandonar sus posiciones corriendo a campo traviesa
camino de la retaguardia. Aquella no era su guerra, aquel no era su
país, y se jugaban la vida por nada. Este carácter mixto entre
idealistas y mercenarios de Las Internacionales que cuarteaba su
moral, cuando tenían que enfrentarse a un ejército profesional
mandado por oficiales africanos, fue uno de los motivos del fracaso
en Brunete de la República.
La
reconquista del castillo determinó la toma de Brunete por un tabor
de regulares de Melilla. El día 25 se produjo la desbandada hacia
Madrid de los contingentes gubernamentales, muchos exhaustos y
muertos de sed. El gran suplicio de la batalla de Brunete fue la sed.
Varela
quería, mientras sus artilleros batían las lomas de la casa de
campo, aprovechar la coyuntura para entrar en Madrid. Sin embargo,
Franco, lo paró en seco. “No es el momento, general. Repliegue a
la fuerza”, le comunicó por teléfono. Franco pensaba en Santander
para acabar así la guerra en el norte. Todo el Cantábrico debería
estar en su poder antes de que llegasen las brumas otoñales.
Hubo,
según el historiador don Manuel Aznar, en el decurso de la batalla
25.000 muertos por parte republicana y 13.000 por el bando nacional.
Enrique Líster da la cifra de 60.000 bajas. Y fueron cerca de
100.000 los contendientes.
Efectivos
en lucha.
En
el encuentro este era el nivel de fuerzas. Por el bando republicano:
División
Líster, División Walter, División “El Campesino” con una
fuerza de 18.000 hombres y 64 carros de combate.
División
III, X, XXIV, que sumaban otros 18,000 soldados y 64 tanques.
Las
brigadas Galán, Zulueta, Naval, cada una con 3000 hombres en sus
filas. En total, a cómputo de brigadas y de divisiones, se
encuadraban, por el bando del gobierno, 50.000 soldados, con una
acompañamiento mecanizado de 128 tanques, plus una artillería con
piezas del calibre 12. , 40. 10,5. 7,5. que desplazaba un poder de
fuego de 20 baterías ligeras, todas ellas asentadas en las cotas de
Valdemorillo a horcajadas sobre el miradero de la hondonada.
La
aviación roja fue estimada en 150 aparatos; por terceras partes,
bombardeo, caza y reconocimiento.
En
la primera fase del conflicto tomaron parte las divisiones del
Campesino, Líster y Walter y la XI operó en La Cañada, mientras la
XXIV al atacar Villanueva del Pardillo y Villafranca, infiltrándose
a través del cauce semi seco del Guadarrama.
Por
los nacionales:
Quijorna:
V bandera de Falange de Castilla nutrida por voluntarios procedentes
de Aranda de Duero y otros pueblos de Burgos y el norte de la
provincia de Segovia.
Los
Llanos: dos centurias y una pieza anticarro
Brunete:
Tabor de Ifni.
Villanueva
del Pardillo: VIII Escuadrón del Regimiento San Quintín, con dos
antitanques.
Villanueva
de la Cañada: una bandera de Falange, sevillanos todos. Dos piezas
artilleras del 10,5.
Villafranca
del Castillo: una centuria de Falange de composición mixta en la
que había catalanes, y una compañía de voluntarios, apoyados por
una batería del 7,5, y dos antitanques.
Cuando
empezó la ofensiva roja, el Ejército de Centro puso a disposición
de la División LXX a órdenes de Sáenz de Buruaga dos unidades de
Infantería, varias compañías de tiradores de Ifni, Tabor de
Larache, que operó en Villafranca del Castillo, asistida por una
batería (cada batería consta de cuatro piezas) del 15,5 servida por
artilleros del Regimiento 13 Ligero de Medina del Campo.
Lo
sorprendente es que estas guarniciones, tan modestas e irregularmente
bastidas con una intendencia pobre supieran aguantar el empuje de
60.000 atacantes republicanos armados hasta los dientes, con
superioridad aérea hasta el comedio de la batalla, instruida por
mandos técnicos nacionales y extranjeros, y un grupo de asesores
militares soviéticos, que trajeron una nueva noción de la guerra de
blindados, luego ensayada a mayor escala en batallas como El Alamein,
Las Ardenas, Leningrado y Stalingrado, o guiados por comunistas
fanáticos y por comisarios que detrás de las lineas vigilaban
pistola en mano cuando notaban flaquear a algún sector. A tiros
hacían volver a los desertores a la posición. En el Ejército Rojo
la disciplina se mantenía sólo por el terror.
He
aquí lo que graban al respecto las notas de un oficial de los
nacionales en su cuaderno de campo:
“Día
26 de julio, 1937:
El
sacrificio estéril al que someten los rojos a sus tropas supera todo
cálculo.
Siguen
recogiéndose los frutos de la victoria de Brunete en la que quedaron
deshechas la Brigada Líster y la XVI Mixta.
Han
sido capturados un centenar de prisioneros y se han pasado a nuestras
filas 600 milicianos con armamento.
Un
durísimo ataque a la desesperada del enemigo intentado sobre
nuestras avanzadas que conquistamos el día de ayer fue duramente
rechazado, continuando la progresión de nuestras tropas que
alcanzaron los objetivos fijados por el mando. Más de 50 carros
rusos han sido destruídos por nuestras tropas. El número de muertos
que ha dejado el enemigo sobre los campos alcanza varios millares,
teniéndose que habilitar un batallón de zapadores para dar
sepultura a tanto cadáver”
En
la lacónica minuta se esconde un dato preciso y precioso. Estos
nobles campos que nos dan cobijo guardan en sus entrañas los huesos
de muchos guerreros desafortunados. Apartado especial merece la
consigna de los nombres de los laureados.
CRUZ
LAUREADA DE SAN FERNANDO
Al
cabo Tristán Pérez Romero:
“
El
18 de julio de 1937,
en el frente de Brunete, en la conquista de la posición Loma
Quemada, este cabo del Regimiento de Infantería Toledo n. 26, tuvo
una actuación determinante. Habiéndose dado la orden de avance, fue
el primero en hacerlo, no obstante el numerosísimo enemigo que
tenían delante con toda clase de armas automáticas. Con gran
serenidad alcanzó las posiciones fijadas como objetivo. Observando
el cabo Tristán que aun había focos de resistencia, se lanzó al
asalto de las trincheras enemigas llegando hasta la misma artillería
roja. Encontrándose sin municiones, utiliza el máuser como maza,
neutralizando a varios artilleros enemigos y hallando gloriosa muerte
luego de realizar esta hazaña”(Diario Oficial, orden n. 259, a
17-XI-1940)
Al
alférez Juan Chicoy Dabán:
“Este
oficial incardinado en el Quinto Tabor de Regulares de Larache que
guarnecía una de las posiciones defensivas de Villafranca del
Castillo, contra la cual desencadenó el enemigo una violenta
preparación artillera el 10 de julio de 1937, atacándola
seguidamente con seis batallones de infantería, precedidos por
carros. El grupo contuvo la primera oleada, pero, dada la
superioridad numérica de los atacantes, sobrevino un quebranto de la
moral de los resistentes. En tan crítica situación, el alférez
provisional arenga a su fuerza reorganiza un contraataque que obliga
a los intrusos a replegarse aguas abajo del Guadarrama hasta su base
en el Castillo, con captura de prisioneros y de armamento.
Gracias
a la actuación de tan bravo oficial quedaron redefinidas las
posiciones propias y se evitó que Villafranca cayese en manos de los
atacantes.
Durante
el desarrollo del golpe de mano, Juan Chicoy Dabán resultó herido
por una bomba “Lafitte” que le produjo una hemoptisis, y, a pesar
de hallarse lesionado se negó a ser evacuado por las asistencias, y
contra los consejos del capitán médico que le asistía. “No es
más que un rasguño, mi capitán”, repetía sin cesar.
El
día 2 de diciembre de 1938 y con el empleo de teniente falleció el
heroico subalterno como consecuencia de aquella lesión” (Diario
Oficial n.17, 23-I-45).
Al
capitán Antonio Dema Giraldo:
“El
10 de julio de 1937, siendo Don Antonio Dema Giraldo, jefe de grupo
de la denominada Loma Artillera, Vértice Mocha y el Espolón, cuya
guarnición estaba constituida por dos secciones de fusileros del
Tabor de Larache, una de ametralladoras del mismo tabor, una centuria
de F.E.T (Falange Española Tradicionalista) y de las
J.O.N.S.(Juventudes Obreras Nacional sindicalistas), con un total de
140 hombres, a las cinco de la tarde, el enemigo se lanzó al asalto
sobre la loma, siendo rechazado y contenido durante tres horas, a
pesar de hacer alarde de una indiscutible superioridad de fuego y de
su alta moral.
Dema
Giraldo se sabía copado y sin posibilidad de comunicar con la
retaguardia. No obstante este conocimiento de su crítica situación
y su convencimiento de que no podría recibir refuerzo por falta de
unidades disponibles, Dema Giraldo prosiguió la encarnizada defensa
de la posición en la que el enemigo llegó a entrar pero de la que
es rechazado en la lucha cuerpo a cuerpo.
Cuando,
muertos sus oficiales, no dispone ya de mandos, dirige a su jefe por
radio el siguiente mensaje:
Situación
insostenible; Martín, muerto. Moscoso, muerto. Si esta noche no
viene gente, caerá la posición por muerte de todos. ¡Arriba
España!
Dema
Giraldo.
Este
acto constituye un magnífico exponente del espíritu de abnegación
y sacrificio que animaba a aquel bravo capitán, el cual con
desprecio de su vida anuncia estoicamente que sólo con su muerte
caería la posición, como así ocurrió poco después, al sucumbir
heroicamente en el momento en que, arengando a los escasos elementos
que le quedaban, se lanza fuera de las trincheras y contraataca. Su
admirable conducta en la loma artillera impidió la progresión de
los marxistas contra Villafranca, lo que hubiera sido una amenaza
contra las posiciones nacionales en Majadahonda, Las Rozas y el
Plantío” (Diario Oficial, n. 19, 11-I-1946)
II
LA CANGREJADA DE LAS VÍSPERAS DE NUESTRA SEÑORA
A
LA MEMORIA DE URSINO PARRA, DE LA QUINTA BANDERA DE CASTILLA.
Me
llamo Ursino Parra Ortega. Nací en un pueblo de la provincia de
Segovia, recostado en la loma suave de un antiguo castro romano, que
corona la vieja iglesia románica. Se llama Membibre de la Hoz,
cereales y algo de vino, pero, sobre todo, molinos, que ya dice la
copla aquello de “y Membibre para molinos”.
Aunque
nuestro pueblo es seco y viejísimo, como todos los de por allá, en
el riguroso páramo, goza de una privilegiada situación verde,
gracias a sus pobedas; justo cerca de donde yo nací, da la vuelta
el río Hoz, uno de los afluentes del Duratón, arroyo modesto y
mínimo, poco más que un regatillo, pero que aquí siempre tuvimos
agua para llenar las botijas y que no se calentara el barril. Seco
jamás lo vi. A cangrejos algunos veranos nos hinchábamos. Mi
hermano Silvino y yo, recuerdo que poco antes de Nuestra Señora del
Carmen, capturamos dos maconas enteras o cestos, el año que estalló
el Movimiento.
Que
me acuerdo bien, porque mi hermano Silvino, que era artillero en
Medina en el XIII Ligero que llamaban estaba forastero de su unidad,
con unos días de permiso.
Mi
hermano Silvino, con el que estaba yo muy unido, recién ascendido a
cabo, había venido con la absoluta al cabo de tres años de
servicio, pero me decía que a él le tiraba la vida de militar
siendo de su acomodo. Me dijo:
-¿Qué
hago, hermano? ¿Me reengancho?
-Tú
verás. Si te vuelves, ya sabes lo que te espera: las ovejas. Además,
con tus galones rojos de cabo y tu paga en el bolsillo les estás
poniendo los dientes largos a los que se reían de ti cuando andabas
de borreguero.
Aunque
mi padre tenía hacienda bastante para ser considerado en el pueblo
una de las casas ricas, el caso es que la tierra no daba lo
suficiente para cinco que eramos. Descontandonos a nosotros dos había
otros tres: Felipe, Petra, Manahén. Hubo una niña a la que se la
llevó la gripe del año 17, a la que no conocí. Nuestro padre se
llamaba Severiano y nuestra madre Paula, que los pobres llevaron una
vida muy azarosa donde no faltaron los sufrimientos y las
enfermedades. Los años que venían malos, por la helada, la sequía
o el pedrisco, las hogazas dentro del arca menguaban. Como eramos
muchos, cuando cumplimos con la escuela, tanto a Felipe como a mí
nos tocó salir a servir. El mayor Felipe estuvo en casa de los
Sombreros haciendo de criado algunos veranos y yo me ajusté con una
familia de Torrecilla como sobrancero. A Silvino le puso padre con
el rebaño de churras que teníamos, que no es que le gustara mucho
eso de andar por las rastrojeras con el zurrón a la espalda, la
perra “Batuda”, pisandole siempre la sombra, el caramillo para
entretener su soledad, la honda a la cintura y un guijarro en el
bolsillo para tirarselo a la chiva que teníamos en el aprisco y que
siempre se desmandaba.
-Cata
de ahí, “Perversa”.
Dicen
que la cabra siempre tira al monte y esta Perversa hacía honor a esa
condición de su especie. Al Silvinete lo traía por la calle de la
amargura, pues, una vez, no se me olvida, entró al majuelo de uno de
los ricachos de mi aldea poco antes de la vendimia y lo avió. No
quedó ni un zarcillo. La tunda que le dio el abuelo fue gorda.
El
agostero tenía la voz muy fina y, como pasó la infancia, lejos de
la civilización, u no estaba acostumbrado a hablar normalmente sino
a voces, de cerro a cerro, desde los ocho años, se reían de su
persona.
A
Silvino le llamaban El Colorín por ser de cara encendida y cuajada
de pecas, el pelo rojizo, muy rubiales, de buen porte, con los ojos
tan pequeños que parecían los de un pájaro. En eso salió a la
rama de padre al que apodaban de mote Ojete de Perdiz. Procedía de
un pueblo que llaman Torreadrada donde comienza el páramo. La
verdad, todo hay que decirlo, los Parras en Membibre de la Hoz
teníamos fama de algo chillones pero unas excelentes personas, muy
pagados de las viejas creencias, porque nuestro solar era una de las
corralizas que alzan sus muros leprosos por bajo del pretil de la
torre de la iglesia medieval. En la familia había habido unos
arrieros y vinateros procedentes de Fuentepiñel, aunque, según ha
indagado mi sobrino, que es aficionado a esto de la genetliaca el
clan procede del Norte de España, vaqueiros de alzada, de la parte
de Tineo o algún lugar de esos de Asturias la encumbrada. Puede que
allí esté el origen de nuestra humilde trashumancia. El Colorín
era el más listo, aunque no fue nunca a la escuela, pues se enseñó
a leer y a escribir él solo mientras apacentaba el hato. Los de
Membibre, que por inclinación natural han sido de siempre algo
guasones, porque menudos son pos aquellos pueblos de las Siete
Villas, se burlaban del pobre pastorcillo, pero, luego, cuando volvió
de la guerra con los galones de suboficial y las forrajeras de
artilleros, no había quienes le pusiera un pie delante. Era muy
valiente y forzudo, que en su regimiento el Colorín era conocido
por el Sargento Bríos; en campaña lo demostró. Era capaz de
agarrar por la punta de la espoleta un proyectil de los del quince y
medio y levantarlo como una paja, y estando de guardia en Cuéllar se
le atufaron los cinco guripas del destacamento y al punto empezaron a
salir tíos por la ventana que aquello parecía un bar de película
del Oeste en lugar de un cuerpo de guardia de un triste penal donde
para combatir el frío unos soldaditos se habían puesto al brasero.
Gracias a que reaccionó y los lanzó por el vano con su proverbial
fuerza no se asfixiaron. Dos terminaron con una costilla rota, pero
salvaron el pellejo.
-Soy
en decirte, chiquito, - le aconsejé aquel día mientras pescábamos
cangrejos cerca de los bodones de la Fuente Las Miraduras- que
devuelvas las Absoluta.
Él
también estaba pensando echar la instancia para la Guardia Civil
como hizo luego Manahén, al que llamábamos Mamana y que el pobre
moriría de guardia segundo en el Cuartel de la Victoria
relativamente joven.
Fue
el día de la cangrejada, que no se me olvida, poco antes de misa,
cuando las campanas empezaron a repicar gordo y de una forma
desaforada como cuando volean a fuego.
-¿Has
oído eso?
-Parece
que tocan a fuego.
-Debe
de ser el pariente Ambrosio al que se le ha ido el punto.
La
víspera había llovido y, escampado, se formaron sobre la raya de
Fuentesaúco, el lugar vecino, unas nubes alargadas y muy extrañas.
Estaban encendidas de cárdeno y de colores rojizos como de llama o
de sangre. Fue, cuando Pascual, uno de los del Tío Sombrero, que
había hecho la Campaña de Cuba y era medio nigromante, se descolgó
con una de las suyas:
-Guerra
barrunto.
-¿Qué
cosas tienes, Tío Pascual? Aquí no se mueve nadie. Son cuatro
camorristas que colocan petardos.
El
veterano nunca marraba en sus acertijos. Parece que lo olía.
-Pues
no creas- me comentó Silvino- que no anda El Sombrero muy
descaminado. Las cosas no están como muy allá.
Y
casi no acababa de decir esto cuando al subir el mogote vimos
acercarse en bicicleta al cabo Valdivieso con dos números bajar la
cuesta de Vegafría y entrando en las tenadas fueron cuando
preguntaron por mi hermano:
-¿Silvino
Parra?
-A
sus órdenes, mi cabo, para lo que quiera mandarme.
-Acaba
de llegar un telegrama. Que se presente de inmediato.
Salió
de estampía en la camioneta de Cuéllar. Casi ni le dio tiempo a
despedirse. Partió como un ánima el buen Silvino y yo pensé que no
le volvería a ver más.
A
los pocos días de la cangrejada empezaron a llamar a filas. A
diferencia de mis tres hermanos, Felipe y Manahén, preferí
alistarme voluntario. Me tiraba Falange. No es que estuviera yo muy
ducho en Política, pero en casa eramos gente sencilla. Muy religiosa
y encuadrada en una tradición de respeto y de orden. Por eso la
reforma social que propugnaba José Antonio Primo de Rivera me
parecía la solución. Membibre de la Hoz, a la sombra de su
campanario románico, sentía ese palpitar de la España eterna,
cristiana y mesocrática.
Onésimo
Redondo.
Habíamos
empezado a segar la cebada. Mi decisión dejó a mi padre Severiano
con el culo al aire como aquel que dice. La cosecha aquel año había
venido una de las mejores, pero la salvación de la patria tenía que
tener prioridad a los trillos, las horcas, las zoquetas, las hoces y
los sombreros de paja. En mi pueblo tuvieron que salir al campo los
más viejos. Se las vieron y desearon para hacer la recolección.
Aquellos
días los recuerdo como de una gran agitación. Nos llevaron a los de
la V Bandera a Valladolid. Yo estaba encuadrado en la misma centuria
que Onésimo Redondo y faltó muy poco para que me fusilaran junto a
él en Lavajos.
Fue
por un detalle sin importancia. La camioneta donde viajaban, camino
del Alto de León, los de mi unidad iba tan compacta que no cogíamos.
-
Tienen que quedarse en tierra tres camaradas.
Lo
echaron a suerte y me tocó a mí junto a dos, de Cantimpalos y de
Valseca. El uno se llamaba Cecilio Sancha y el otro, una ardilla
auténtica, Dimas Matesanz. Cecilio murió en Teruel, se quedó
arrecido en una guardia y a Dimas, lo mató un mulo de una coz en
Brunete. Era muy gracioso porque durante la campaña parece ser que
el plomo le tuvo cierta querencia a su piel algo esmirriado. Pero,
según decía:
-Las
balas, en lo que me toca, tienen pase de pernocta. No las retengo.
Se
desabotonó los botones de la camisa y descubrió un pecho lobo en el
que lucía un autentico retablo de medallas, escapularios y
relicarios.
Una
hermana que tenía en el Cister de las Huelgas se encargaba de
aquella protección o seguro particularísimo que desviaba la
trayectoria de aquella metralla de fabricación ruso que durante el
día y la noche en Brunete escuchábamos silbar mortíferas.
Decíamos
que, con aquel adarve celestial en el esternón las oraciones de su
hermana abadesa y las incesantes oraciones de su tío cura y de su
madre que no se apartaba de la iglesia, era difícil que a Dimas le
atizaron.
Mira
por cuánto una mañana de diciembre estando en una posición de
Zarzalejo cerca del Escorial, estando en las letrinas para cumplir
una necesidad, rebotó una esquirla sin interesar el gluteo. El de
Valseca vino disparado hacia la chabola.
-Ay,
ay. Me han dado. Estos puñeteros rojos, mamones, no le dejan a uno
ni giñar a gusto.
-Todo
el Estado Mayor del Campesino, reunido en pleno, -dijo uno de
Vitigudino que tenía mucha sorna- han determinado que el trasero de
Dimas “El Tuercebotas” era un objetivo a batir.
Nos
morimos de risa aquella mañana, pero él estaba muy serio:
-A
mí no me hace ninguna gracia. Esa bala perdida casi me capa.
Todo
quedó en el susto. Desde aquel día mi paisano escogía con toda
meticulosidad milimétrica el punto exacto y en desenfilada para
llevar a cabo sus evacuaciones fisiológicas.
A
Onésimo lo fusiló la Guardia Civil cuando subían la cuesta de
Labajos. No llegó siquiera al Alto de León. Había mucha confusión
y ya dicen que los primeros días de guerra son los peores.
En
la columna Serrador.
Por
fin, nos encarrilaron en la columna del coronel Serrador.
Con
mi traje azul falangista, los correajes y las cartucheras y aquel
fúsil al cual me costó trabajo hacer funcionar, me vi a mí mismo
como un hombre diferente. Sin embargo, tardé algunos días en
aclimatarme a la noción de la idea de la guerra. Aun continúo sin
entenderlo el motivo de aquel trajín, el constante ir y venir, la
algarabía y la excitación de los primeros momentos. Las gargantas
se volvieron roncas de canciones, de vino y de tabaco. Todo era como
increíble, efervescente.
A
pesar de mis tres años de mili en Sevilla, tenía casi por completo
olvidado el manejo de las armas, por lo que me metieron en el pelotón
de los torpes. Aquellos rezagados estuvimos de instrucción en la
campa del Cristo del Caloco, pasado Villacastín. Esta demora tengo
por cierto me libró de una muerte segura. Providencial había sido
mi incompetencia como fusilero como lo fue el hecho de que en aquel
primer camión que partió de Medina rumbo al frente y que habría de
ser interceptado por una patrulla de la Benemérita, leal al
gobierno, y acabó con todos muertos de mala manera en la cuneta del
camino real entre Madrid y Benavente. Allí quedó Onésimo, mi
caudillo al que admiraba y al que había escuchado yo hablar en
varios mítines que diera en el Teatro Juan Bravo. Era un pico de
oro, daba gusto escucharle, amén de un muchacho muy competente.
La
noticia de que había sido pasado por las armas me produjo una
lastimosa impresión, de la que no me he recuperado todavía ni
entiendo por qué en aquella guerra fratricida cayeron los mejores de
nuestra generación. Pero estas cosas incomprensibles son partos de
la sinrazón bélica, cuando se desatan los furores.
Al
propio tiempo me sirvió de acicate para opugnar aquella injusticia,
las barbaridades que cometía el gobierno dominado por un señorito
feo, misterioso y algo maricón, que iba a dar toqueteos a los
camareros de la Bombilla en Madrid arrimándose a mozas casaderas
para disimular.
Y
casi justifiqué mi decisión de alzarme en armas contra aquel estado
de cosas; la opresión y miseria en que vivíamos en nuestros
pueblos, la falta de pan, la explotación a cargo del amo, las
miserias sin cuento. Queríamos una vida mejor, un cambio de rumbo en
España. Por eso me alisté en las centurias del Fascio.
Desde
los altos del Cristo del Caloco se divisaba un cordel de montañas.
El paisaje se abría hacia las crestas coronadas de pardos
roquedales. La primera noche de llegar con luna llena apenas pegué
ojo. Se observaba perfectamente la trayectoria de los disparos. La
artillería roja durante día y noche estuvo batiendo los pinares de
la umbría de Guadarrama. Los proyectiles al caer alzaban como
hogueras flotantes y la oscuridad y el silencio volvían a reinar
bajo el brillo helado de la luna.
Me
acordé de mi pobre madre, la cual con los pertinentes encargos de
que no cogiese frío y que me apartase de las compañías malas había
colocado en mi mano dos duros de plata y una batería de medallas
milagrosas del Corazón de Jesús y de la Virgen de Rehoyo, que es la
patrona de Membibre. Confieso que en el sosiego impresionante de
aquella noche de espera ante el espectáculo de las fogatas de los
disparos, vi pasar rauda ante mis ojos como el rollo de una película
que se rebobina la completa historia de mi pasado. Es la visión que
tienen los que van a morir y que asaltan a los presos en capilla.
En
aquel momento la muerte me pareció algo familiar y nada solemne. Que
pase lo que tenga que pasar, me dije. Si lo sentía era porque nunca
más volvería a participar en los festejos de correr el gallo que se
celebraban en mi pueblo por las fiestas de la Candelaria con toda
aparato.
Por
lo único que yo sentía acabar mis días en la flor de la edad -
excogitaba yo en mis reflexiones nostálgicas en aquel verano de
sangre y de canciones de nuestro primer año triunfal- era por La
Mercedes, una chica del Barrio de Abajo, que era mi novia formal. La
había conocido en la dulce y alegre romería del Henar. Había ido
con mi madre a darle gracias a la Virgen de los Resineros el haber
salido con bien de la temporada de recogida de la mies cuando yo me
había ajustado por la comida y sesenta celemines de trigo candeal y
dos costales de centeno con una familia del vecino pueblo de
Olombrada a los que apodaban Los Chicharras, que no se bautizaban por
menos de ochenta obradas de tierra de labor. Seis parejas de mulas
pasaban cada mañana bajo los dinteles de las puertas carreteras de
un corral donde se alzaban los bardales más altos de la contornada.
Lo
de rico es una forma de hablar; cualquier labrantín de medio pelo de
la actualidad vive mejor que cualquier rico de los de entonces.
Si
me matan aquí en esto - no hacía más que darle vueltas al asunto
en mi magín- dejo a La Mercedes en desamparo. A lo mejor se casa con
otro. Esta idea ocasionaba que me llevasen todos los demonios pues
la quería de verdad. Estaba celoso. Era una de las mozas de rumbo
por aquellos pueblos con fama de guapa y de bien plantada. Hacendosa
y mujer de su casa. Provenía de una familia de molineros que
habitaba las aceñas de ayuso, a los que decíamos los Puentones. A
mí el Tío Puente me quería mucho. Yo era trabajador como el que
más, y muy flamenco, que había que tener un par para enamorar a La
Chata con tanta competencia como había entonces, y, aunque no era yo
de los que mejor marchaban en el pueblo, pues mi padre, ya digo, era
algo corto de alcances, muy mirado para lo de los demás y tenía el
defecto de tenerse muy humilde y en menoscabo, lo que no puede ser;
por estos pagos si te haces de miel te comen. Conque todas las
ingratitudes y humillaciones que recibía en sus relaciones con la
gente lo pagábamos en casa.
-Así
que tú te la llevas, Ursino y yo quedo contento-, me dijo mi suegro
que paz descanse poco antes de morir.
A
la Mercedes la había pretendido uno que llamaban El Chafa. Habíamos
ido junto a la mili, pero, como nos encaprichamos de la misma moza,
acabamos de rivales. Él aquí y yo, allí. En una ocasión por las
fiestas de San Martín, habiendo trasegado más morapio de la cuenta,
se puso farruco y me sacó una navaja. Duro vocear y proferir
injurias y juramentos.
-Tati
quietu,
Chafa,
no hagas el tonto, que sabes que te puedo.
Y
con las mismas pegué un brinco, le sujeté los puños y el cachetero
cayó al suelo. Desarmado, salió huyendo.
-Me
las pagarás algún día.
-Marcha
en buena hora. Te perdono por las ofensas, pero yo no le hinco mi
acero a un hombre que no está en sus cabales.
No
lo volvimos a ver. Agarró el montante y salió del pueblo. Muy a mi
pesar y sin tener necesidad de apelar a una violencia mayor, quedé
señor del campo, pero el amante despechado me lanzó una mirada
furibunda que no se me olvidará que me amargó las festividades del
santo patrono de mi aldea.
Este
tipo de enfrentamientos creaban enemistad para toda la vida en estos
pueblos de Dios, donde la comunidad no suele estar bien avenida. Todo
el mundo tiene que acontar algún agravio de los que no se perdonan
nunca contra su vecino. Unas veces es un amor fallido; otras, un
cornijal de tierra o un hito en litigio y otras veces la funesta
envidia, caldo de cultivo de agrias malquerencias que se vuelven
rancias con el paso del tiempo y en vez de olvidarse se enconan
todavía más. Nunca le tuve ningún rencor al pobre Chafa que, según
decían, se había hecho renegado en Madrid, dándose a la bebida y
militante del partido comunista.
El
Tío Puente, que había mostrado hacia mí singular predilección,
pues me quería tanto a o más que a un hijo, me enseñó las artes
del oficio y al cabo de poco tiempo en el molino para mí no
guardaban ningún secreto las técnicas de la molienda. Luego me hice
panadero. Heñir, cocer hogazas, y marcar tarjas serían parte de mi
vida, desde que me licenciaron del servicio. Malo habría de ser para
un panadero y molinero en aquellos tiempos duros que nos tocaría
pasar en los cuarenta y los cincuenta, veinte años muy duros, que le
faltasen los garbanzos.
Mi
Mercedes, con la que contraería matrimonio, al volver de la guerra
me dio seis hijos: Rosa, que nació con lesión a causa de un mal
parto, pero la más cariñosa y lista de todos; La Milagros, que
salió tan guapa y buena moza como su madre, se fue a vivir a
Santander y está muy bien situada con un mozo de la Montaña al que
quiero como el Tío Puente me quiso a mí; el Aurelio, al que nada se
le ponía por delante, le decían eres valiente como tu padre, y fue
lo que le mató, porque su arrojo le volvió temerario y murió a
causa de una emanación de gas cuando limpiaba la sentina de un
petrolero. Detrás venía mi Sagra, que se hizo pastelera, marcha muy
bien pero para subir el negocio tuvo que echarle horas y horas. Los
menores serían Merceditas, la más inteligente y Antoñito, al que
dejo casado con una muchacha de Peñafiel.
¿Quién
me iba a decir por aquellos días en que yo contemplaba desde esta
atalaya formidable, balcón de los montes carpetovetónicos, cumbre
exaltada, paisaje bronco y casi lunar, la desolación de un yermo
reinando sobre el dilatado horizonte montañés en el que las tenadas
y algunas parideras desperdigadas sobre la hoz de la torrentera
representan la única señal de civilización en los encumbrados
tesos, que yo iba a sobrevivir a la pobre Merceditas, y que
regresaría con bien de aquella contienda fratricida de piojos,
heridas, hielos y calores exaltados, que me licenciara con el grado
de sargento y que el abuelo Severiano iría a lomos de la burra
“Mohína” a Cuéllar a cobrar las remesas que le giré con los
primeros haberes, más contento que unas pascuas, pues el pobre, por
lo visto, en su vida de miseria y de penalidades había visto tanto
dinero amontonado?
Pero
fue así. Debió de ser por un milagro del Cristo Angustiado que se
veneraba en la iglesia de aquel recinto, al que pedí con todas mis
fuerzas que me librase de morir en las trincheras. Muchos de los
quintos de cupo y voluntarios que nos alistamos en las banderas de
Mola eramos conscientes del peligro que nos cercaba. La guerra era
una cosa lejana, narrada como un pormenor distante en los bancos de
la escuela cuando la señora maestra, doña Jovita, nos hacía
recitar la lista de los reyes godos y dar razón de las batallas
principales de la Reconquista, desde Guadalete hasta la toma de
Granada, pero ahora la teníamos a un tiro de piedra en los
estampidos de la artillería y los coches que subían renqueando por
la cuesta, dejando el frente a las espaldas, con mujeres llorosas y
enlutadas y un ataúd acoplado en la baca de los coches de punto. Los
pedregosos caminos de Castilla gemían bajo el ir y venir de estos
automóviles fantasmas donde viajaban las comitivas fúnebres y los
familiares que habían ido a recoger los restos. Vidas tronzadas en
la flor de la edad, pero España donde tantas guerras tuvimos se
siente avecindada con las Parcas, y el espectáculo de las luctuosas
caravanas con los restos de los primeros caídos revalidaba los
versos de F. Luis de León dedicados al Príncipe Carlos:
Ilustre
y alto mozo al que el cielo dio tan corta vida
Que
apenas fue sentida;
Fuiste
breve gozo
Y
ahora luego llanto de tu España
De
Flandes y Alemania.
Yo
le rogué a aquel Jesús con faldellín morado y melena caída como
una cascada de dolor sobre el pecho que me salvara. Ahora no soy ya
demasiado creyentes, he visto demasiadas injusticias, entonces lo era
más, pero sea porque la Providencia se apiadó de mí, o que tuve
suerte, o lo que fuere, fue el caso que tuve que soportar el dolor de
dar tierra al ser que más quería en el mundo. Me dejó viudo con el
último de los seis no se andaba. A Antoñito le pusimos un babi de
luto. Al pobre hijo lo tuvieron que criar casi sus hermanas.
Además,
en aquellos días de castrametación en los cerros del Caloco me
acordé mucho de mi madre, La Paula. Eramos Silvino y yo, no sé por
qué su ojito derecho, bueno el derecho y el izquierdo, porque sólo
uno le quedaba, de resultas de un accidente que tuvo cuando fue a
espigar, que se le clavó una panícula en la niña del ojo, y que no
era nada, que no era nada, que no era nada, y total que la raspa le
quedó dentro de la córnea y se le enconó. Quedó tuerta de aquella
aciaga fatalidad, ocurrida de recién casada, cuando estaba encinta
de la Petra. Tres horas estuvo en el mesón de operaciones del
Hospital de la Misericordia, Gorrilla Vidaechea, el oftalmólogo
famoso, fue quien la vaciara.
Los
Parra, oriundos de los vaqueiros de la Mesta, que bajaron no como
pastores sino ganandose la vida de arrieros, que van de recua, parece
que tenemos el polvo de todos los caminos pegados a las abarcas,
polvo que se hace fiemo de dolor y barrizal. Buenas personas pero
gente sin suerte, de andadura infeliz, por mucho que nos afanemos no
saldremos de pobre, que parece que ha caído sobre nosotros un
maleficio, pero la Virgen de la que hemos sido todos muy devotos y
dábamos ya de antiguo para el capellán del Rehoyo tres heminas de
trigo, dos costales de cebada y la décima parte de la matanza, nos
debe de haber cubierto a los miembros de la familia bajo su manto, y
ella nos guíe hasta la cabera morada.
Era
muy enteriza y sufrida la abuela Paula, y finó sus días
nonagenaria. Se decía que con el único ojo que le quedara veía más
que mi padre, que siempre encogido y acoquinado y de cuentas y de
como llevar una casa sabía, aunque no había ido nunca a la escuela,
analfabeta pero más lista que el hambre, ninguno la engañaba.
Aprendió el catecismo de Ripalda de oídas, con tan sólo escucharlo
cantar y recitar cuando iba camino del ejido con las ovejas de
pastorcilla.
Vida
la suya sufrida y trabajada pues crió cinco y ama seca fue de otros
cinco, siendo de constitución robusta, merced a ella salimos
adelante que el pobre abuelo Severiano se ahogaba en un vaso de agua
y luego tenía su genio y era un energúmeno cuando se liaba a pegar
voces, el hombre no hacía ningún daño pero hasta el gato se
asustaba, muy trabajador, aunque nunca le sirviera de nada y en
Membibre se reían de él. Toda la vida con el azadón o la hoz en la
mano, o detrás de las ovejas, y nunca pasamos de pobres.
Y
hablando de las ovejas fue a Silvino, nuestro Silvinete, al que le
tocó ir con el rebaño, que era poco gustoso de empuñar el cayado y
la honda desde que lo amurcó uno de los moruecos madrigados que
teníamos para padrear el hato, pues una vez las dejó ir a beber al
río y se nos empapizaron que se murió más de la mitad y mi padre
le pegó una tunda y estuvo casi una semana el mi hermano por ahí
huido por los cerros y fue la abuela la que fue a buscarle y a
llevarle de yantar, y Silvinete volvió, pero nunca se me olvida como
traía la cara, de sucio y empozado, que parecía un marrano jaro.
Salió a padre en esto de lo pegar voces, aunque, luego no era nadie,
mejor que el pan, pero muy mirado para algunas cosas y con cierto
pundonor. Le quisieron casar con una moza que no era de su agrado, la
hija del Tío Nicomedes, de pocas prendas naturales, creo que la más
fea del pueblo, pero, como tenía tierras que lindaban con los de
nuestra casería pues nuestro padre y el suyo concertaron un apaño y
le tocó al Silvino bailar con la más fea, pues ahí te quedas:
-Que
no me caso y no me caso, pongase usted como se ponga usted, señor
padre.
-Pues
tú harás lo que yo mando.
Pues
sí, pues no. Conque Silvinete salió de naja y se alistó voluntario
en Artillería en Medina del Campo y no le volvimos a ver el pelo
hasta que al cabo de tres años regresó con los galones de cabo. El
abuelo entonces lo perdonó. Y otra vez por Carnavales fue cosa muy
comentada pues Ambrosio y otros de su cuadrilla se propusieron gastar
una broma.
-Vamos
a meterle el miedo en el cuerpo al zagalejo del Tío Severino.
-Vamos.
Disfrazaronse
de momos y, cuando abrevaban en la Fuente Colorada, se le aparecieron
y empezaron a danzar en torno a su persona mirandole con sus
carátulas, pues decían que eran ánimas que iban a llevarsele. El
Silvinete el hombre corrió cual alma en pena, ya se subía a un
roble y desde lo alto de la copa gritaba:
-Ay,
madre mía de mi vida que día más negro ha amanecido para mí.
Le
dio un ataque de nervios, pero, bajo las máscaras los zangarrones
estaban que se desternillaban. Pues es verdad que te hemos dado un
susto. Y debajo empezaron a danzar la danza de la muerte. Mi hermano
estuvo subido a la copa del pino tres días y tres noche, todo el
martes Lardero, el miércoles Corvillo y el jueves de Compadres
también denominado jueves Gordos en otras pares, fue un bonito modo
de empezar la cuaresma, setenta y dos horas sin beber ni beber,
hasta que la pobre abuela, que hizo indagaciones sobre su paradero,
fue a llevarle de almorzar en un capacho:
-Baja,
hijo. No hagas caso de esos modorros.
-Mamaíta,
que por poco me muero.
-Te
han dado un buen susto. No les dará vergüenza a esos borrachos.
La
burla sería muy comentada pero padre no llamó la atención al
Ambrosio y a esos. Tuvo que ser madre la que se calzara las abarcas y
a la salida de misa decirles cuatro cosas a aquellos desalmados:
-Por
poco me matáis al niño de sobresalto. ¿No tendréis nada que hacer
de más provecho que meteros con un agostero de ocho años?
-Era
carnaval, señora Paula.
-Esa
no es razón para meterse con el personal. Hay diversiones más
sanas.
Desde
aquel infausto atardecer de carnavales, el Silvino acopió otro apodo
más, aparte del de Pintillo; le llamaron Sobresaltos y Ay madrecita
mía que día ha amanecido para mí, pues, cuando los mozos de
Membibre se ponían a hacer el burro por las fiestas no había quien
les ganase la mano. Éstas, que antes eran diversiones sanas
degeneraron. Los años de la república habían creado muchas
enemistades con lo de las elecciones y la lucha política y era el
caso que durante los carnavales se disfrazaban algunos de máscaras
para ajustar cuentas de forma que lo que no habían tenido agallas
para decirselo a la cara del vecino que le importunaba o les caía
mal, lo hacían detrás de una carátula que les volvía
irreconocibles. Así se cometieron, pues se lo oí decir al abuelo
Majuelo, que de esta forma le tildaban por gustarle lo que dan las
cepas, y esa inclinación parece ser condición que los Parra
llevamos, que una vez mataron a uno, camino de Vegafría y a otro lo
lincharon porque decía que era de ideas.
Silvino
no volvió a las ovejas:
-Ahí
las tiene usted, padre. Le participo que yo no voy más con ellas.
El
abuelo tuvo que aguantarse. Vendimos el rebaño y nos quedamos sin
queso ni requesón. En la portada no olía a cuajo ni colgaban de la
portada los avíos de las encellas de esparto. El Pintillo desde que
le dieron el susto, como Amilcar a los romanos, juró odio eterno a
las pantomimas y saraos de zangarrones, los bailes de candil y las
novias por designio. Se casó luego con la Juanita, una chica de
Fuentesoto. El Ambrosio, que tanto de rió de él, luego, cuando
estaba en el regimiento de suboficial artificiero, vino a pedirle
perdón, un perdón interesado, porque lo abonaba un ruego, pues le
venía a pedir un favor.
Que
enchufase a su hijo que había entrado quinto en la misma batería
que él llevaba. Mi hermano, como era de buen corazón, le perdonó
aquella trastada olvidando lo que se había reído a costa de las
máscaras, las almas en pena y los relámpagos, porque era un día
que cayó tormenta. El chico pudo venir a casa con tres meses de
licencia.
Arriba,
en aquella montaña donde aprendí la instrucción rumiara yo mis
recuerdos de la vida anterior y le pedía a la Virgen del Rehoyo,
nuestra bendita madre del cielo, que me librase de las balas de los
rojos y que se apiadara de España, que la cosa se arreglase, que no
vivieran a cuerpo de rey sólo unos cuantos, que todos tuviésemos
pan, paz, trabajo y buen pasar dentro de lo que cabe. Esa era
precisamente la vida por la que luchamos y por la que no nos
importaba verter nuestra sangre, si fuese del caso. La vida militar
no me desagradaba a pesar de su incomodidad, las marchas, los
aprendizajes de tiro y las guardias de tres horas. Aunque era agosto,
las noches en aquella región traían relente y había ponerse el
capote. Me gustaba el compañerismo y la resignación ante la suerte
incierta del soldado.
Noche
y día no dejaban de pasar transportes y camiones camino del frente y
columnas motorizadas. Saludaban brazo en alto con esa inconsciencia
indiferente con la que las juventudes de aquella leva fuimos a
batirnos en aquella guerra. Para algunos sería el último viaje.
Cantaban y soltaban inconveniencias o simples burradas a las mujeres
de aquellos pueblos que acudían a ver la riada de gente que se
dirigía al frente. Para algunos será el último viaje, pensaba yo,
asaltado por los pensamientos lúgubres que, al principio, no me
dejaban en paz; después, ya no. Uno se acostumbra a la muerte de los
propios compañeros que caen a tu lado; ese paco, el golpe seco, el
hilillo de sangre orlando la comisura de los labios, los ojos que
miran fijo y ese llegar al tuntún de las balas perdidas. El tiro que
han dado a ese podría estar dirigido a mí.
Pero
también las guerras van íntimamente asociadas con la idea del sexo
furtivo. A muchos de mis camaradas se les hacía la boca agua cuando
les dijeron que en el Alto del León combatían milicianas, algunas
eran unas gachíes de las de fuera borda y, como no creían en el
infierno, muy dispuestas a hacerte un favor, porque eran de ideas
avanzadas, cosa que no pasaba por nuestro pueblo, donde los ratos de
amor se pagaban con la vicaría. Algo de esto está pasando en este
tiempo nuestro del destapa. La gente de ideas ha vuelto a dirigir el
cotarro y, como las mujeres le han tomado el gusto a lo de quebrantar
el sexto mandamiento, pues los hombres vamos a acabar subiendonos a
los árboles, como le pasó al Pintillo cuando marras. Esto de los
árboles no es más que un símil. Más bien acabaremos encaramados a
las paredes.
Ahora
que lo pienso yo me batía por el orden, por el respeto a la vida,
por la tradición santa, por la justicia social, pero, visto el
panorama de nada nos sirvió a mí y a otros cuantos como yo estar
tres años pasandolas estrechas pegando tiros a campo abierto por
todas las regiones de España. Los rojos habiendo perdido la guerra
ahora resulta que la han ganado porque han vuelto en circulación las
instituciones y pensamientos que nosotros propugnábamos: el
federalismo o el troceo de España, la Constitución, el libertinaje
sexual, el odio de clase.
Van
al matadero y de nada servirá el sacrificio de estos, pensaba yo
para mis amígdalas al ver enfilar las rampas increíbles del Cristo
del Caloco con unos desniveles de hasta el diez por ciento. Algunos
vehículos se quedaron sin frenos y cayeron al precipicio. Otras
veces ardían los motores y los ocupantes y servidores de pieza -
vimos pasar a la gran artillería- se achicharraban. Pese a todo,
parece ser que los españoles le habíamos cogido el gusto a hacer
turismo, aunque sólo fuera entonces turismo guerrero. Era para
muchos de nosotros la primera vez que salíamos de los términos
conocidos de nuestro terruño.
Idea
del Cid.
Mientras
hacíamos la instrucción bajo las banderas de la Quinta Centuria,
creo que aprendí que en la vida hay algo más que vegetar, comer y
dormir y trabajar. Es la idea la que manda, una noción de grandeza
que nos levanta a ras de suelo y nos hace flotar por cima de las
mezquindades. Se me venían a la mente los pensamientos de la España
heroica, la del Cid, aquella que nos inculcó doña Escolástica en
los bancos de la escuela situada en una casa paredaña con los muros
de la ermita del Rehoyo.
Este
personaje me pareció como el ejemplo a seguir por los caminos de la
abnegación y del honor. En su yelmo de yerro estaban escritas las
leyendas matrices que inspiraron durante bastantes siglos a los
españoles una fórmula de vida caballeresca. Era tierno y pugnaz
aquel hombre el de la barba vellida. “Vivádes, Rodrigo, mucho más
que nos” y se puso sobre los hombros la gonela de lino y se fue
camino de Valencia, a combatir moros, a ganar su pan. Nosotros
estábamos allí peleando por el Pan, la Patria y la Justicia. El
enemigo había desembarcado en nuestras costas. Esta vez el follón y
embustero salaz no era el turbio almohade sino un contubernio
internacional de mercenarios forasteros que venían a por nosotros.
Estaba la patria en peligro.
Los
vascos de Aguirre y los catalanes de Companys en comandita con las
hordas rojas del comunismo internacional que sufragaban ocultos
grupos judíos querían desmembrarla. Y la patria es el espíritu
común de un pueblo y nos la arrebataban quemando iglesias, fusilando
a curas y dando el paseo a todo quídam, por el simple hecho de ir de
traje y corbata.
La
chispa de un odio secular había prendido la paja de todo el almiar.
Se preparaba una gran almenara. Pero allí estábamos nosotros
dispuestos a lo que hiciese falta, habíamos salido en defensa del
ideal, tercos y acérrimos en la arbolada de nuestra libertad, como
buenos españoles. Considero que todos los hermanos míos, tanto
Felipe como Manahén, Silvino y yo mismo, honramos el uniforme.
Dejamos el surco y las hoces para venir a combatir bajo las filas de
Franco y de Mola.
El
sargento que nos adiestraba en los rudimentos del manejo de las armas
nos hablaba de gestas gloriosas como la batalla de Simancas, donde
cayó el primer califa, y Arapiles en que sucumbió el gabacho. El
Ejército Español ha sido siempre paladín del honor y la libertad.
Se llamaba Morodo y era un aragonés de Caballería, perteneciente a
lo que quedaba de un Regimiento de Jaca que, después de muchas
vicisitudes se había pasado al bando nuestro desde el de los rojos.
El
arma principal, aprendimos de boca de Morodo es la prudencia y la
discreción en un militar. Nos propuso como lema de vida, algo que
difícilmente se cumple, ser leales en el pensar, veraces al hablar y
expeditivos en la obra, investidos de una de las grandes virtudes
castrenses, esto es, la fortaleza que nos hace querer el bien para
evitar el mal. Los rojos estaban despilfarrando medios. No se puede
ganar una guerra quemando templos y marchar al frente con la
mentalidad del que va a correrse una zambra. En nuestras filas había
una mayor disciplina. Contábamos con unos mandos que sabían lo que
se hacían. Por eso, no por otra cosa, ganamos, pues estábamos en
inferioridad numérica, la munición escaseaba y a veces tuvimos que
disparar con tercerolas de la Guerra de la Independencia. Luego
estaba el saber por qué luchábamos. Por un proyecto de vida en
común, por un orden, por la devolución de una grandeza a la patria
que le había sido arrebatada por los políticos de turno, incapaces,
venales, corruptos.
Desde
el noventa y ocho para atrás sólo habíamos tenido que desgracias y
descalabros. Sólo quedaba en medio de aquel mar de naufragios un
ejército mal pagado, despreciado y humillado y al que se mandó a la
guerra de Melilla por los mandatarios de la carrera de San Jerónimo
que podrían hablar muy bien y ser picos de oro pero que en punto a
la cosa pública y a la sabiduría de los intereses de la tierra a la
que gobernaban daban nulo. Podréis abandonar vuestras mochilas y
dejar tirados vuestros capotes en la arena porque son prendas
vuestras, pero nunca habréis de dejar tirada la bandera que es
símbolo de la patria invencible, lema de amor que nos interconecta a
todos los hombres que formamos España. Esta frase que pronunció el
general Prim en los Castillejos gustaba de ser repetida por el
sargento Maroto, nuestro camarada.
Sed
precavidos ante los vicios que amarran la voluntad y turban el
entendimiento. Bebed con moderación porque el vino a veces os puede
conducir a la ruina. El honor es una fuerza que nos lleva al
cumplimiento de nuestro deber. Si se pierde jamás se recupera.
Hombres de honor queríamos ser. La mili fragua a los hombres y ahora
pienso, cuando recuerdo aquellas jornadas, que guardaron para siempre
ese sentido de iniciación sacramental que imprime carácter por los
siglos de los siglos. La privilegiada situación geográfica de
España había suscitado siempre las apetencias del enemigo. Estaba
yo de acuerdo con el sargento Maroto en esta su disertación sobre
las causas del estallido de aquella conflagración, que fue la
primera guerra de la bestia en los lares europeos, poniendo
cristianos frente a frente, para sacar ventaja de la situación.
No
eran los rusos sino ese gigante sin Dios, patria de todos los
furores, que se acercaron a la sazón, diseminando pássim cuajarones
de sangre, a nuestros tesos, el gran agente del animal apocalíptico.
Había que darles malón, teníamos que parar de nuevo a los
gabachos, diferir la hora del té de las cinco a los británicos, así
se les atragante, y toda esa gentuza que había asomado su sucia cara
por entre las bardas del Pirineo con ánimo devastador, y los ojos
verdes de envidia, porque nunca pudieron perdonar a los españoles
que tuviésemos ese espíritu de independencia y de libertad que nos
condujo a dominar un continente. Me
cagüensu. Siempre
se dieron maña, puesto que son listos, para urdir sus tejemanejes.
No les gusta por los visto que hayamos sido los adelantados de
América.
Ahí
quedaron empachados de derechos humanos, campeones de un mundo
unipolar. Mirad en qué hemos acabado, y, lo peor, la suerte que
aguarda. El que venga atrás que arree. Pero a nosotros nos cupo el
orgullo, soldaditos de España, de haber derrotado al universalismo
de los sin Dios, a los fanáticos del fundamentalismo yanqui, nuestro
enemigo que siempre se presenta disfrazado; en una mano, una tea, y
en la otra una montera. Si hacéis lo que yo mande, seréis felices,
pues nuestra constitución garantiza alcanzar la felicidad, “pursuit
of happiness”, pero, qué va, eso también lo prometió Fernando
VII y luego nos dejó en la estacada, vayamos todos y yo el primero
por la senda de la democracia, camino de cabras que atraviesa no
pocos vericuetos.
Dinastía
amordazada y gafe para el país, en poco más de un siglo, más de
cien gobiernos, cinco cambios de régimen, tres guerras civiles, con
otros tantos derrocamientos, destierros, la desmembración del
ejército, la última la de Azaña que suprimió los mandos después
de la sanjurjada. Eran sus pretensiones acabar con la sagrada
institución, columna vertebral de la patria, disolver la familia,
venga amor libre, duro con ella, viva la virgen de la democracia. Las
vestales se quedaron solas. Pero Silvino, hermano, tú y yo dimos el
paso al frente. Con dos cojones.
A
ti te llamaban el Pintillo, decían que no llegarías a nada, pero,
Jodó, cuando apareciste por el camino de Fuentesaúco con tus
galones y la laureada. Eras una personalidad. Algunos se posaron de
rodillas a tus plantas y te trataban de vuecencia, que es el
tratamiento que hay que dar, cuando se está bajo las armas, a los
diplomadas con la medalla laureada, y a todo aquel que luzca
estrellas, de general para arriba, esto es general de brigada, de
división, capitán general y generalísimo. Ahí es nada. Fuiste su
paño de lágrimas. No dejaron de darte la tabarra con el tema de las
recomendaciones para que enchufaras a sus chicos llamados a filas.
¿No se acordaban de cuando te metieron miedo el martes Lardero que
ibas con las ovejas y a ti te asustaba la soledad de nuestros
parajes, los tesos de Membibre de la Hoz eran secos y como
desamparados y qué hace un niño de ocho años detrás de las
ovejas? Vamos a ver.
Tú
te enseñaste a leer y a escribir tu mismo y hacías muescas en el
cayado donde con la navajilla de cortar el pan también pintabas
vírgenes. Te enrolaste en el ejercito voluntario como quien se
escapa de casa, ya no podías más. Que se dieran con un canto en los
dientes los que te llamaban motes y habían hecho de tu persona chivo
expiatorio de todas las tomaduras de pelo en el pueblo.
Al
carajo tus detractores. La vida militar es estamental y disciplinada,
se gobierna por los sones de las distintas llamadas de la corneta que
suena a diana en la madrugada, luego toca escuadra, y después
asamblea, fajina a la hora de comer, y por fin oración, retreta y
silencio. El 16 de julio del 36 tocaron a generala, o alarma, que es
la gorda, o el golpe de llamada que apresta a defender a la patria y
empuñar el mosquetón, en todos los cuarteles de España, y allí
estábamos tú y yo, Silvinete, con el petate al hombro y el macuto
al costado, la cantimplora al cinto y las armas reglamentarias,
detrás del abanderado que llevaba el emblema de la cruz de Santiago
y el Aguila de Patmos. En unos días se produjo una transición
vertiginosa en la cual cabalgamos del “no pasa nada” al “a ver
qué va a pasar aquí”y nos alzamos en disidencia abierta con el
gobierno. Se había ido el rey y en buena hora marchara.
Quien
mejor supo definir a la monarquía española fue Velázquez el cual
pintó a esa figura patética de personaje borroso que se pierde en
la profundidad de campo de ese poema de primores pictóricos que
forma el cuadro de Las Meninas. Un rey entrevisto y borroso como
fuera de contexto, sombra imperceptible. Con fuero para sofaldar
mozas, ir de cacerías y hacer lo que le diese la gana. Allí venían
estudiantes universitarios falangistas que por lo que contaron en las
trincheras y en los blocaos habían hecho promesa de odio eterno a
los Borbones, culpables de todas las desgracias patrias al ser gafes.
Gente entrevista y hemofílica. Había un veterinario con perfil de
tapir.
Era
el encargado de cuidar de los mulos de guía del Regimiento de
Montaña. La hidra se devoraba a sí misma pero tenía que ser así.
Habíamos desechado las concepciones totémicas pero un mundo cruel y
sanguinario, imperio de la apostasía, se venía hacia nosotros. ¿Qué
quieres, monstruo devorador de ánimas? Yo sólo reclamo carne
fresca. El sufrimiento todo lo purifica y nosotros habíamos marchado
al frente no precisamente a escribir novelas. No acudía la
inspiración, pero veíamos las circunvalaciones de la rueda
voltaria. En lo alto de los montes habían instalado un reloj que
sería desde entonces el centinela de la historia. Un azor bajaba del
cielo y en son de amenaza abría su enorme pico, una garganta
profunda y nos mostraba su imponente gazmol donde ocultaba la
munición sagrada, úvula infernal. No hizo en todo el tiempo otra
cosa que mostrarnos el galillo sanguinario en cuya acción tantos
sucumbieron. La función crea el órgano. Y nosotros descubrimos
cuando vimos circunvolar a aquel azor asesino por las crestas del
altiplano del Caloco, que el humano linaje sólo conserva el instinto
cinegético cuando se lo inocula un ave rapaz, cuando se queda
ojeando fijamente al contumaz basilisco, para su perdición.
Aquella
pájaro había sido enviada por Moloch. Nos miramos entonces unos a
otros alarmados. En el sargento Maroto apreciamos al ver planear a
aquel volátil la ingenuidad y la gravedad que están inscritos en el
semblante de España. Todos nos lo creemos. Nuestra paciencia es
tarda, pero, cuando las cosas llegan a un límite, todo parece
estallar. Es la escolopendra que se enrosca a nuestros tobillos.
Nos
encontrábamos solos batallando en medio de una ingente selva
heroica. De improviso, in ictu oculi, para pasmo de los arúspices y
agoreros desapareció el ave de presa que planeaba por los cerros del
Alto del Cristo del Caloco. Mientras tanto, seguíamos contemplando
por el camino el ir venir de ataúdes forrados de brocatel, los
primeros despojos de aquel enfrentamiento de muerte con la bestia.
Entre
la Mocha Grande y la Mocha Chica.
Desde
el Caloco, hacia mediados de diciembre, no se me olvida, mi columna
recibió órdenes de avanzar hacia Madrid. Nos acantonamos en
Villanueva del Pardillo. Allí transcurrió mi primera Nochebuena en
combate, nunca pasé tanto frío en mi vida, el capote de campaña y
dos pasamontañas no fueron bastante para disminuir el hervor de la
helada. Pero no faltó turrón y cante ni tampoco Misa del Gallo,
celebrada por el páter del Regimiento de San Quintín, un monje de
Silos, dom Evaristo Quintañón, que el pobre encontraría meses
adelante la muerte indecorosa que le dieron los marxistas.
Habiendo
caído prisionero y contraviniendo las normas le torturaron e
hicieron toda clase de salvajadas, le condujeron a una casa de
tolerancia y un comisario le amenazó con una pistola, que si no
jodía con una flamenca que era hombre muerto. Si no te cepillas a
esa furcia, te cepillo yo a ti. En honor de sus votos, al
apresuramiento y zozobra de escena tan macabra, o a su impotencia
sexual, no pudo consumar la coyunda y fue disparado, un tiro en la
nuca. Una centuria de las falanges sevillanas vinieron a hacernos
amena la velada y se arrancaron por seguidillas. De aquellos pobres
no quedó ni uno, porque su posición fue la primera en padecer el
impacto de la primera embestida roja desde Brunete sobre Villanueva
de la Cañada. Por falta de personal, las cuatro vigilias en que se
divide la noche militar, como la romana, tuvo que ser cubierta por
dos turnos en lugar de cuatro. El termómetro descendió a los trece
bajo cero y de las riberas congeladas venía un biruji que no podía
ser combatido ni con la mejor coñá que aquella noche, por ser
Navidad, nos dieron en ración doblada, dos copas. Nuestra posición
estaba enclavada en el Vértice de las dos Mochas, la chica y la
grande. En una de ellas resulta que ahora vive mi sobrino, el
periodista que se ha ido a vivir, no sé si por designio específico
del destino o una de las casualidades misteriosas.
Lo
que es ahora un barrio relativamente elegante y apartado de los
grandes lóbulos de la autopista fue nuestro hábitat durante casi
medio año. También los lugares destilan como una energía invisible
que atrae o rechaza, como si se tratase de una química de la piel de
las almas. Yo creo en eso.
Me
parece que debe de haber algo. ¿No os ha ocurrido que cuando llegáis
por vez primera a un sitio os cunde la sensación de haber ocupado en
alguna vida pasada aquel espacio? He ahí un determinante que
demuestra la veracidad de la tesis de la transmigración de los
espíritu y la reencarnación demostrable. De cada piedra del camino
emana una energía genetliaca, algo solemne en la cadena de la
transmisión de la vida; eslabón que engarza el paleolítico con las
postrimerías.
Sea
como fuere, el caso es que este sobrino que digo fue devorado por esa
fuerza de gravitación que une a los que sueñan en una misma idea y
los convoca a un ámbito determinado, por dictámenes de los poderes
cósmicos.
Estas
consideraciones las llevo dichas en un tono desordenado, como soy yo.
Son ideas que dejo caer a troche y moche, no obstante, me parece que
conservan dentro de su descabalamiento un tono unitario, es la
sinfonía de los que cantan en un coro a múltiples voces enarbolando
la bandera de las causas perdidas.
Así
salen de mi corazón. Son como cartuchos de máuser que saltan en el
retroceso, cuando empuño el arma por el guardamonte y tiro del
gatillo. Cinco disparos, cinco. De repetición, de trayectoria tensa,
no curva. Hice fuego la mayor parte del tiempo que ocupamos el
Vértice Mocha que fueron varios meses, desde enero hasta los
primeros compases de la gran batalla de Brunete.
Pido
perdón a Dios de algo que estoy segurísimo: la muerte de pelotones
de internacionalistas que caían sobre nosotros como si fuesen
fieras, pero no soy un asesino, en la guerra no es pecado el
homicidio porque se actúa en legítima defensa; en cualquier caso,
he de apuntar que nunca clavé mi ojo en el alza de mi arma
semiautomática con enojo. La ira nunca me dominó. Creo que es lo
que me diferencia de mi sobrino. Él no estuvo en esta guerra, la
vivió por los libros. Ha matado a bastantes rojos con la
imaginación.
A
mí, por el contrario, cuando escuchaba el sonido del casillo de la
recámara y notaba accionarse el percutor y los tetones, se me venía
el alma a los pies, hubiera pedido a mis funestos hados que me
hubiesen alejado de aquel mogote que pronto empezaron a llamar los
caballeros legionarios, los tiradores del Sidi Ifni, y los Regulares
de Melilla La Torre de la Muerte.
Los
Internacionales ensayaban su puntería contra la atalaya del
destacamento desde la cual se dominaba el cerro. Delante quedaba el
valle poco pronunciado del Río Guadarrama. En margen izquierda
aparecían torrentes calizos de tierra muy inhóspita y descarnada
sirviendo de soporte a la meseta de las majadas. Por la izquierda
estaba un caserío que desapareció cuando hicieron acto de presencia
los fogonazos de las preparaciones artilleras de los ejércitos. El
puente que unía por carretera a las localidades del Pardillo y
Majadahonda corrió la misma suerte que el caserío que vivió a la
sombra del bastión medieval de Villafranca. Los muros de este
edificio de planta cuadrangular que datan del siglo XIII resistieron
mejor los embates aun habiendo sido uno de los más trágicos
escenarios del contencioso brutal.
Trillar
y beldar.
No
me llegué a hacer nunca a la idea del peligro que corría, porque
uno termina también por acostumbrarse a la brutalidad y a la
sordidez, pero nunca a la abulia de las trincheras. Es lo que más
desgasta el sistema nervioso y lo que desde cualquier punto de vista
encarna mayores peligros. Me estaba volviendo un animal. Se opta por
no pensar, siguiendo los impulsos del instinto.
Casualmente
pensaba, con todo, que allí en la vaguada podía haber alguno de mi
pueblo, el Chafa seguro que estaría porque había contemplado ideas
revolucionarias que, dada la solidez espiritual de Membibre de la Hoz
tan de parte de las derechas no llegaron a cuajar, pero en más de
una ocasión había dicho que había que acabar con los caciques y le
colocó un gato muerto a la puerta del cura, amenazas que nunca llegó
a cumplir, porque le faltaban redaños y sólo se iba la fuerza por
la boca.
El
hecho de que estuviésemos diferenciados de bando no debería
significar que nos matásemos, pero en el treinta y seis había
comenzado la caza del hombre.
También
me costaba trabajo pensar que una de las balas mías fuera a romper
un pecho conocido. Debido al horror que he tenido a la sangre o por
un error fatídico podría terminar siendo un asesino.
En
ese supuesto, la actitud hacia el enemigo no podía ser otra que la
compasión. Ellos habían sido víctimas del fraude engañoso de los
manipuladores de opinión, de los que llevan en sus manos las riendas
del poder y programan los golpes entre bastidores; esos se mantienen
contumazmente a distancia.
En
el parapeto empecé a destacar por mi puntería. Me llamaban Ursino
El Fijo. Los peladillas que yo enviaba a los rojos eran certeras y
debió de correr la voz en sus posiciones de que había un falangista
segoviano que hacía siempre fuego a blanco fijo. Cuando yo estaba de
guardia todos los enlaces debían de andar precavidos, porque con las
balas no se juega y con las de El Fijo todavía menos.
Lo
de la puntería se lo debo a mi padre que fue de mozo un
extraordinario casador, aunque algo de mi cosecha también saldría,
porque siempre fui tenaz y laborioso en todo aquello que me proponía
amen de haber criado fama de habilidades en cuestiones de la
labranza. Rectos salían los surcos de la besana de mi arado. Carro
que yo ataba no se volcaba. Cuando daba haces ni una espiga se perdía
en las fajinas. Y es que Dios me había hecho curioso y elegante.
En
el escuadrón cuando había que hacer una labor mecánica o de
policía que en la vida militar vienen a ser las tareas
administrativas de lo civil siempre me llamaban a mí.
-El
de los ojos de perdiz no puede ser más listo - decía el sargento
Maroto - aunque, como yo tampoco tuve tiempo de ir a la escuela y
antecedía al Pintillo en las tareas de borreguero, apenas haya
aprendido a leer y escribir, malamente. Eso lo dejo en las barbas a
mi sobrino Antoñito, el primogénito de mi hermano Silvino. Como es
periodista y ha escrito mucho, y tanto que su padre decía de él,
hay que ver cuanto libro, hijo, esparcete un poco, deja ya de leer,
chaval, que los sesos si no se volverán agua, quizás sea capaz de
poner en solfa estas consideraciones sobre mi experiencia como
soldado de infantería en aquel llano infinito de las dos Mochas.
Aficionado a clavar los ojos en cualquier papel, descolló en las
tareas de reportero y corresponsal, escaló las cumbres del quehacer
periodístico, pues llegó a ostentar el cargo de enviado especial a
muchos países, pero, cuando vino la debacle borbónica, fue objeto
de sañosa persecución.
Llegaron
los Relindos, los Cuajaleche y los Trociscos con sus espicha las
chicas del destape(spice
girls,
in other words),
sus alabarderos de maricón el último, y sus programas de propaganda
torticera y mendaz que parece que todo lo aniquilaron; pasaron la
apisonadora, no volvió a crecer la yerba, a Camuesa
no
la
conoce
la madre
que
la
parió; las purgas que llevaron a efecto fueron terribles, muchos más
terribles que las realizaban con bozal y entre bastidores, para que
nadie se enterara de que allí había campos de forzados y que se
practicaba en sus calabozos de horrores democráticos el tercer grado
en comandita. Se sirvieron en este menester de esbirros especiales
importados de allende el charco; eran de los que no mostraban la
patita, ni hacían alarde de sus enjuagues, se trataba de gente
sibilina, avezada a la clase rifirrafes que traen consigo todos los
cambios de tortilla. Siempre se destacaron en el negocio de la
conspiración, urdir infamias.
El
Relindo
y
su cómitre, ya digo, el tonsurado con sus adláteres entre los que
figuraban una fulana experta en transiciones democráticas, que se
llamaba Pobieda,
y
era caldo de todas las salsas, aparecía por la pequeña pantalla el
rostro pálido de las sombras, podía ser la bestia, ahora que lo
pienso, con aquella catadura de monigote estatutario de la Isla de
Pascua. Pobieda era mañosa en las artes de saltarse el escalafón.
Habían insultado a la bandera, habían cometido delitos de lesa
patria, y toda suerte de infamias, ay dolor.
Pero,
como pretextan ser el mascarón de proa de este pabellón de
desastres por el cual derrota todos los días la que otrora fuese la
excelsa nave española, donde hay rebelión a bordo, con los de
Huneinlaufen-
un
huno
en toda la regla, invocador
de
la pureza racial de su estirpe-,
Rasgabor
El Rascador y
su cuadrilla, que la obsesión vasca es lastre que colea desde el
noventa y ocho, pero aquí los que mandan son los judíos. El barco
se irá a pique pronto. Ellos tienen bulas para hacer y deshacer,
maltratan el país, maltratan el derecho, maltratan la lengua, porque
los vejadores aquí no son únicamente los maridos engañados que
llegando una noche a casa borrachos encuentran a la mujer con otros,
y se arma la de dios, que el alcacer no está para zampoñas ni el
verde para pitos, pero se obsesionan con lo mismo, son como porteras
sicalípticas, oye, celestinas redomadas de furor asesino. No sé si
me entendéis, ni si cumples o no cumples, que aquí la gente se ha
vuelto de muy baja estofa de últimas y para eso estuvimos tirando
tiros aquí en Mocha Grande para que todo cambiase pero las cosas
fueron a peor, malhadados que fuimos del destino.
Ellos
tienen bula, siempre vara alta para hacer y deshacer, gozan de todos
los privilegios de la inmunidad parlamentaria, aquí los más tontos
se comen la mejor tostada, no dejáis de hacer el burro, joder, pero
mira que es os lo tengo dicho, no hacéis caso y luego pasa lo que
pasa; han llegado a ser nombrados incluso presidentes de la cosa y a
decir que todos los males de Europa se encierran en la persona de un
tal Milosevic, al cual hasta que no se lo carguen no paran.
-Samaritana,
dame de beber.
-Aguanta,
reportate, que aquí el que aguanta gana, hijo.
-Esta
guerra la volveremos a ganar también.
-Uf,
no sé, no sé.
-¿No
te parece que ya está bien?
Como
somos masoquistas y obsesos mentales, no paramos de trillar siempre
la misma parva, de dar vueltas y más vueltas. La noria de la
actualidad gira sobre los mismos ejes. Mandan en el país las
tarascas cibernéticas. Cito nombres: María la burda cuyo nombre
está de plantón en la primera cadena, y en la otra, como un vulgar
cabo cuartel de imaginaria, teresa la basta cuévanos de odio
feminista, malos rollos y zozobras, empingorotada de joyas, vestidas
por sastres de talla colocando a las hijas de las amigas y que todas
vengan al “po grama”(un verdadero pogrom de la inteligencia y del
decoro). Así pasamos nuestra pobre y aporreada vida de televidentes
del coro al caño todas las mañanas, entre María la Burda y las
terneronas
de
la Telebastaya, imbornal de los infaustos correveidiles del fomes del
fumazo, celestinescas fámulas del cotilleo innoble y salaz. No las
hagáis caso, dejadlas, hijas, que ellas solas se irán, pero a tan
infames hordas del libertinaje en el escaparate del hogar y
pornografía servida a domicilio las trajo el caudillaje del gran
Filipo, al que ya tenemos que condenar de por vida a ser escrito en
minúsculas, porque hizo trampa el muy ladino, que llegó escondido
dentro del matute ideológico y la laticlavia de un profesor de
Oxford al que llamaron Cazcarrias Cascarrabias
del
que nunca más se supo, el gran mago de la masonería en grado
treinta y tres, un tonto de treinta y tres idiomas, que hablaba y
escribía, todos mal pongamos por caso; fue el que trajo la plaga,
blandió el filo de las venganzas, esgrimió el dalle de las cuentas
pendientes, fuimos muchos los tallos segados por su guadaña. El amo
de arriba dio el visto bueno, me las pagarás todas en un carrillo y
a la vez, plata juntas. Te aviso perro cristiano, campanas de
Compostela a lomos de gallegos y castellanos, los judíos de Londres
se frotaban las manos, sonrisas de oreja a oreja, un carnicero al que
nombraron ministro hablando por los micrófonos de la bibisi en tono
amenazante y al final, lo mismo de siempre, el himno de dios salve a
la reina.
La
intervención del canciller Culin
que
por cierto no estaba borracho aquella noche fue nominativo de todo lo
demás, pero en sus ojos se columpiaba la chispa exhibicionista de la
petulancia. Manda cojones y vengan tarascas. Las palabras de aquel
superministro con las crines rojizas como los de un marrano jaro
fueron la infame siembra de cruces profanadas por estos pagos. No
entraron, arrasaron y sin tener que hacer uso de las armas, la gran
Camuesa en peso se rindió a sus plantas, había triunfado su plan de
balcanizar la Europa con tejes manejes de muchos puntos sobre las íes
y mucho ir y venir haciendo flamear al viento los manteos de la
laticlavia, se hincharon de fiemo las charcas y ellos se forraron
económicamente volviendo de nuevo por treinta sículos los modernos
campos de Haceldama. Pero lo hicieron todo con buenos modos,
aprendieron su lección sobre la palestra trágica de Brunete, y
comprobaron que aquellas no eran formas, no. Estaba un corro de
chabacanas agoreras haciendo el espejo plaza y un hurí dijo a la
concurrencia, jodete:
-El
que manda manda y no sólo ordena sino que manda. Firmes. ¡A sus
órdenes!
Degradaron
a ni sobrino, quisieron evacuarlo del mundo de los vivos, pero su
sombra se adhiere a estos peñascos donde rebotaban aquellas balas
rusas de ancho calibre y esta tierra regada con tanta sangre de los
nuestros. No consiguieron desvanecer su memoria, pues mi sobrino es
listo, se dio al vino, se hizo pasar por loco, además, era gran
devoto de la virgen de Rehoyo, como va dicho, y la señora desde el
principio le otorgó su valimiento; no lo tuvieron, pues, tan fácil
para trincarlo. Si te escondes en la bodega, a lo mejor ahí no
pueden ir a por ti, cuando se producen la tormentas históricas, en
los tiempos de catarsis, las cubas brindan un buen refugio, estás
allí hecho un ovillo en el tibio rebajo maternal del mosto, que la
borrachera nos hizo supervivientes a muchos. Para eso está ahí Baco
enarbolando el laurel de la parénesis y paralogismos de tacto dulce
que lleva a los mortales a los brazos de Morfeo algunas veces, otras,
al caos. Así fueron las cosas en la penisla de Camuesa antes con
todos los honores llamada La España, si así os parecen.
Habrá
matarlo al puñetero si quieren que se desdiga, porque es hombre de
principios, algo chapado a la antigua, terne en sus convicciones y
antes deslomado que renunciar a ellas; si lo sacan a la pizarra a mi
sobrino, más de uno y más de dos se va a llevar un buen susto, pues
es capaz de cantarle las verdades al lucero del alba, y lo más
seguro es que confunda a los doctores del templo que hablan en las
mil lenguas de la torre de babel y si se produce otro guirigay,
seguro que volveremos a ganarlo, porque carta en la mesa presa, y los
que murieron de aquella endecha no lo harían en balde, dieron su
vida para que otros vivieran a su vez.
Otros
han recogido la antorcha y continuarán la obra iniciada por
nosotros. Desde una tronera, ad
te de luce vigilo,
de
los muros de su chabola, un polvorín de libros, situado, qué
casualidad en el mismo sitio donde estuve destacado durante la
batalla de Brunete. Luego que no me vengan diciendo que no hay
designios divinos sobre la vida del hombre, pero la Providencia debe
de hacer estas cosas. Yo tengo un catalejo habilitado en lo alto de
los cielos y con el permiso de san Pedro observo las cosas que hace
mi sobrino predilecto, habitante del alfoz de Living Stones, casas
que crecieron sobre el campo sagrado, sembrado de cruces del os
trigales de la Despernada, lo que se le pasa por la imaginación, sus
múltiples lecturas, los descorazonamientos, sus borracheras
intelectuales y las de las otras. Le veo pasar muchas tardes delante
de mis narices. Como soy un ánima y no precisamente de las del cañón
de mi ametralladora MacIntosh y del rifle Hotchkiss que llegué a
saber manejar divinamente, no se da cuenta de mi presencia, pero me
quedo con ganas de traspasar la barrera del sonido y de la eternidad
y preguntarle:
-¿Dónde
vas, hijo?
Y
de buena gana me hubiera respondido que rezase por él, porque en
estas circunstancias y habida cuenta de como está el patio lo único
que necesitan hombres arruinados como él son plegarias y una
intercesión carismática del poder de los ángeles para sacarles del
atolladero, para que no le den a la frasca, no la emprendan con la
mujer a navajazos y acaben en la carta. Este género de vida que yo
llevo no es vida ni es nada, es una mierda. Ya lo sé, muchacho, pero
paciencia y barajar. Yo suspiro por el día y la hora en que vengan
los nuestros, que flameen banderas misteriosas en lo alto del cielo.
Remonta
la loma donde estaba la posición en la que estuvimos atrincherados
casi medio año y atraviesa el llano con paso lento, cruza la
carretera donde se encuentra la estación de servicio y que nosotros
denominábamos enclave Mosquito y anda lo menos tres kilómetros por
la linde del aeródromo y sube por las barrancas de Colmenarejo,
dejando el valle del Aulencia a mano izquierda, allí donde la
artillería roja nos hizo tantas bajas y tuvimos que evacuar tantos
moros, los pobrecitos que murieron dando vivas al Profeta.
Parece
un alma en pena huyendo de la mujer y de los hijos que no le
comprenden, que le chillan y le maltratan.
-No
tuve mucha suerte en esta vida, tío Ursino.
-¿Y
qué le vas a hacer?
-No
sé si lo podré aguantar. Cualquier día cometo una torpeza.
-Qué
cosas dices. Hablar así por que estás deprimido. Mañana cambia el
viento y a se mudan tus pesares.
-Dios
le oiga y que la Virgen del Rehoyo interceda por mí, pero le
participo que soy muy desgraciado.
Lleva
en su mano una garrota y casi le conozco al verlo venir de lejos por
sus andares cansinos, que me recuerdan la manera de moverse del
abuelo Parra. Y va escuchando la radio siempre con los cascos
puestos, como si le aburriera lo que escucha en su alrededor, la
prosaica realidad. Va huyendo el pobre hijo.
-Qué
es esa radio que llevas en las orejas.
-Una
gramola y estoy escuchando la misa de los popes.
-Eso
no es católico.
-Pero
es cristiano.
-¿Has
cambiado de religión? A estas alturas de tu vida no creo que sea muy
aconsejable.
-En
este aparato triunfan los coros angélicos.
-Nadie
lo diría. Es un grabador muy pequeño.
-Pero
lleva un micro- brizna. Han adelanto mucho los tiempos, tío Ursino.
-Y
ahora que caigo en los andares me recuerdas a tu abuelo que paz
descanse y que está conmigo, pero en la manera de hablar que parece
que cantas y sueltas una retahíla pues eres mismito que tu padre
cuando estaba con las ovejas.
-Estoy
oyendo un responso. De esta forma quiero honrar la memoria de los que
murieron por Dios y por España en estos contornos.
-Qué
cosas dices, sobrino. Eso ya no se lleva, no hay que morir por nada.
Hay que vivir por todo.
Desde
mi tronera de los muros celestes, con el debido respeto de san Pedro,
siempre en el cuerpo de guardia, el que da los pases y hace los
registros, le veo pasar a mi sobrino Pélope
el
periodista sin periódicos, el comunicador con el que nadie se
comunica, puesto que lleva vida de incógnito. Lo han hundido, parece
que dijeron morderás el polvo y él pronto comerá yerba. Parece un
hijo de Tántalo, no el primogénito de mi hermano Silvino.
-Pesa
la vida, ¡eh!
-Un
poquito, mi querido tío- me dice-, aunque de remate yo siempre me
las apaño. Pero ya lo creo que pesa y pasa.
Remonta
la loma por el lugar justo donde estaba ahincada nuestra posición y
sigue la senda polvorienta el andar cansino como de hombre que ha
perdido la brújula y enfila la llanada, llegando en sus paseos hasta
las estribaciones de los montes. Allí en una barrancas sobre el
arroyo Perales habré visto yo ya unos cuantos moros muertos. Con su
cachava en ristre y unos auriculares de radio de bolsillo en el que
resuenan grabaciones de programas radiofónicos captadas al desgaire
en esa década de expectaciones que fueron los años ochenta, en
eslavónico. Se trataba de capturas de la belleza que circula por los
aires y que luego retuvo prisioneras en esas prodigiosas bandas
sonoras. Milagros del plástico que celaba prodigiosos himnos
polifónicos, salmodias entusiastas, peanes incombustibles que
brotaban de la garganta de arcángeles escondidos en el envés de las
auras. Quería honrar la memoria de los caídos. Loor a Camuesa.
Pélope era contumaz en aquello que pensaba. Su alma la tenía
colgada de estos retamares heroicos. Al menos, no había puesto su
conciencia en venta. El horror a la sinagoga le había conducido al
redil de la ortodoxia, no quería tener nada en común con las
zalagardas del razón de Estado de la pestilente Cátedra
de Quínolas,
donde reina el gran chamán de ojos hundidos y misteriosos y manos
temblonas de las que se cruza algún sopapo, y pega duro, cuando te
clava en las narices mismas su sortija de ónice ves las estrellas,
pero, como todos dicen que es un santo, que acaba de canonizar el
juego del julepe, todos a callar, ruede la bola. El chamán de
aspecto melifluo y abacial con su albogalero y un escarabajo de oro,
viejo y cansado pero con muchas ganas de mando, le saca a mi sobrino
de sus casillas.
No
aguanto a los impostores. Es más fuerte que yo. Apacienta mis
corderos... sí, sí, mis intereses. ¿y de la oveja artuña, qué?
Eres un rebelde... no se puede ir por la vida pensando en alto... te
matarán... te has puesto en medio del camino de gente muy fuerte...
que no se hagan pasar por príncipes, tío Ursino... ya, ya, pero
ellos tienen la sartén por el mango... defienden sólo sus
preeminencias, quieren seguir mandando, ser es prevalecer, seguir
ganando sus buenas perras... vives encastillado... las Living Stones
cambiaron del todo tu vida, debe de ser por el flujo del fuego fatuo,
hijo mío... a ver que hagan y deshagan, que me manden a la cárcel,
que me pongan los muebles en la calle, me echen de un hogar que no
tengo, lejos de un tálamo que ya no me pertenece... de una mujer que
no es mía, que me grita como una Euménide... de los hijos que me
salieron canallas... de los vecinos que me difaman... yo estoy en mi
casamata, estoy y no estoy, aguardando al que venga a darme la patada
a la puerta... rondas del sanedrín... pero yo no me rendiré, ah, no
me rendiré... no claudica esta plaza, tendrán que sacarme con los
pies para adelante. Mientras tanto, me hartaré a ver telediarios
con las mentiras programadas y más de lo mismo.
Los
pensamientos con que hendía el aire la mente calenturienta de mi
sobrino llegaban hasta esta posada de bienaventurados o limbo
excelso. Hay que reconocer que no es de los que se ahogan en un vaso
de agua, pero justo será decir que su mala cabeza le ha llevado a la
situación en la cual se encuentra. Lo sumió en un letargo que
desembocó en la desesperación, después vendría la pesadilla. El
abandono le hace sentirse solo e incomprendido. Venía en busca de
refugio a la posición, pues aquello para él era como una querencia.
Los espíritus de cuantos cayeron le infundían ánimos para seguir
resistiendo agazapado en el alguarín atestado de libros, toda una
casamata intelectual desde la que aguardaba mi sobrino el día de la
liberación. Se acabarían los días de la ira, precedentes al tiempo
de la rosa. Hablaba solo consigo mismo en la garita, y preguntaba a
las estrellas que relampagueaban lejanas y como perdidas en el
espacio y en el tiempo si había llegado la fuerza. Esta era la razón
por la cual le gustaba el barrio de Arguelles, entraba en los
chiringuitos y bebía más de la cuenta a la memoria de las primeras
banderas nuestras que entraron por Princesa.
Después
de saludarnos con los ojos del alma, puesto que con los del cuerpo no
nos vería, enfilaba las rampas que conducen hasta Colmenarejo pasado
el campo de aviación, en las vertientes de los barrancos asoman su
cresta verdescuro de llama forestal las primeras sabinas, huele a
tomillo que es una delicia y el aire se hace más limpio en medio de
esta soledad evocativa de retamares y de acianos. Esa era una zona
desenfilada cuando nosotros combatimos donde se llevaba a los
heridos; precisamente, a uno de Toledo a falta de camilleros le
porteé yo a las costillas y me debió la vida. El olor a sangre
fresca, le recuerdo como si fuera ahora mismo, se emparejaba con el
de las jaras. Al toledano le sacudieron en una pierna, fue un tiro de
suerte con todo y eso. Todo el campo estaba cubierto de mulos muertos
y de moros malheridos. Estos destacamentos marroquíes son los que
tuvieron más bajas.
Buscaba,
inspirado por ese numen que sopla al oído de hombres que como él
buscan la verdad, la querencia vivificante de nuestro sacrificio, eso
le infundía bríos. Mientras él deambule por estos parajes
solitarios y siga admirando el vuelo de los aviones y de las
libélulas que pasan en vuelo rasante, como interpretando en sus
viradas la canción de nuestro heroísmo, los habitantes de Camuesa
podrán irse a dormir tranquilos acariciando el recuerdo de los
pilotos de la división Condir. Los delatores de la mente
entrelazada y porquerizos del Gran hermano no podrán dar vuelta a
los acontecimientos, lo que pasó venga en buena hora, las cosas no
tienen vuelta de hoja. Hay tardes que le he escuché pregonar desde
las garitas del firmamento donde monto guardia junto a los luceros en
espera de las trompetas del juicio final tres vivas a Camuesa, secos
y vibrantes, allá donde cayó Dema y su gente. ¿Caprichos del
destino? ¿designios de la Providencia? ¿Conservan alma propia los
lugares?
La
tronera.
Las
horas se eslabonaban lentas de aburrimiento en la trinchera. El
cuerpo mide el territorio, aplastas el humus fructífero con la
barriga y la imaginación te juega de vez en cuando malas pasadas en
esa simbiosis de vida y la muerte que tuvieron para mí las
barbecheras de Brunete. En sus baños se fundían la vida y la
muerte. Todo lo que sube baja. Pudrete grano para ser espiga mañana.
El cielo, la tierra, la lluvia, la noche estrellada, y más allá
Dios, pero, agazapados en el parapeto un soldado siente el latido de
la nada que embruja los pensamientos mientras las balas a mil metros
por segundo estallaban cerca de ti. Las peores no eran las que
perforaban el corazón o te hacían un agujero en la sien. Eran las
que estallaban en el interior de tu cabeza. Más terribles que el
fuego real era el bombardeo psíquico. Para esos morteros que el
recuerdo nos envía o el miedo al futuro no hay desenfiladas que
valgan. Ya sabes lo que te quiero decir. Sonaban a cualquier hora
del día y de la noche las descargas. Habíamos ocupado la cota de la
Mocha Chica a primeros de enero de 1937 en los primeros movimientos
envolventes de cerco a Madrid, las luchas en la Universitaria y los
combates cuerpo a cuerpo y casa por casa en Rosales, el Paseo de
Extremadura y el Parque del Oeste. Los legionarios de Yagüe
alcanzaron casi el Puente Toledo. Fueron luego repelidos por el ardor
combativo de los republicanos. Pasadas las navidades se estabilizaron
los frentes. Contaban algunos las heroicidades de los regimientos
indígenas que se batieron como tigres. Los imanes les habían
prometido el paraíso de Alá a los que sucumbieran en la guerra
santa. Para mí esta valentía de los expedicionarios marroquíes fue
determinante factor de victoria. Teníamos por detrás la bajada del
Aulencia y por delante los marjales del Guadarrama ocupados por el
enemigo. Al sudeste, el castillo de Villafranca, al que los moros
debieron de reconocer en algún mapa del corazón como suyo porque,
chacho, como se batieron aquellos tiradores de Sidi Ifni.
Escuchábamos hablar en árabe constantemente. Flameaban los
alquiceles de los de Regulares y la capucha de las chilabas servía
para abrigo en los relentes y su lana bien entretejida salvaba la
vida de los que la llevaban porque las envueltas de los proyectiles
se enredaban en aquella piel de camella. Alá es grande y
misericordioso. Aquellos batallones de rifeños estaban seguros de su
triunfo y peleaban con desdén de la muerte y tesón antiguo. Para
ellos había empezado la reconquista. Las posiciones nuestras estaban
la más cercana la del Pardillo, el Vértice Mosquito, por detrás,
los Llanos casi a la espalda y cubriendo nuestro flancos estaban los
falangistas sevillanos. Eran gente muy gozosa. Se les escuchaba
muchas noches tocar la guitarra. Denominábamos esa sección el
Tablao flamenco y eran tan maravillosos en sus interpretaciones que
cuando se arrancaban por fandangos los cañones y las ametralladoras
enmudecían. En cierta ocasión y para no ser de menos en los blocaos
republicanos sonaron composiciones y una voz maravillosa interpretaba
soleares de Angelillo y del Pena. La guitarra y el arte parecía ser
lo único que nos unía a los dos bandos combatientes. Como los
parapetos estaban tan próximos la guerra se interrumpía para dar
paso a concursos de cante jondo para ver quién lo hacía mejor. Hubo
varios relevos pero a mí nunca me cambiaron destacamento, no sé por
qué. Sabía que cuando se preparase la gorda, ibamos a ser carne de
cañón. El gran fregado dio comienzo la noche del cinco de julio.
Habíamos estado observando movimientos de tropas toda la noche. Caen
los primeros pepinazos de la gran preparación artillera, anticipo de
los encarnizados asaltos de los que iba a ser testigo - y no sé de
qué forma- superviviente pues vi caer al lado mío a la mayoría de
mis compañeros. En mi tronera me sentía un topo que perfora su
galería para escapar de las fauces de la muerte. Lo que más
recuerdo de aquellas horas cruciales fue la sed y el cantar de mis
tripas. Me había entrado descomposición no sé si por el rancho de
la víspera o el miedo que agarrotaba mis nervios. El sargento Dimas,
uno de Caballería, que tampoco fue desplazado, lo mismo que yo en
ninguno de los reemplazos me largó su cantimplora. No estaba llena
de agua, contenía aguardiente. Prueba esto, Ursino. Oye y mano de
santo, el dolor de tripas parece que se me pasó, pero no la comezón
de los piojos, pues liendre había mucha. Los sacos terreros eran un
útero que nos ponía a cobro de las inclemencias del fuego enemigo.
¿Qué tienes, miedo, Parrita? No por mí, sino por lo que hay
después. Los atacantes estaban tan cerca que les veíamos merodear a
unos ochenta metros a la agachadiza. Llevaban puestas las máscaras
antigás. Eso les daba un aspecto terrorífico, como de huestes
demoníacas. Habrá que echarle valor. Los falangistas sevillanos de
Villanueva de la Cañada habían sido arrollados en el avance sobre
Brunete. Tú eres un topo, tienes la piel de zapa suave como el satén
y las patas zapadoras y la cola como un almocafre, sobrevivirás, no
ha llegado aun tu hora. Me había identificado con la madriguera. Mi
aspecto se había vuelto de columna rostral y mi gesto de palmípedo.
Sí, la madriguera del topo. La pala del enterrador. Aquí van a
quedar sepultado tantos. Sí, oye, escucha lo que dicen: alférez
provisional cadáver seguro. Una bala rasante al alférez Manuel
Sánchez Espiga y muy poco después caía el alférez Toledo. Uno se
aclimata a todo a ver morir a tu lado a un camarada. Despierta, qué
te pasa. Sí qué te pasa, qué te pasa. Que estaba muerto. Yo estaba
en mi tronera, escondido en mi pozo de tirador. Un soldado tiene una
visión sólo fraccionada del desarrollo de los acontecimientos en
una batalla. Adentro, dentro. No asomes la gaita que te atizan. Me
hice un gran observador de la condición humana. Mascas el polvo y
reconoces el absurdo de la guerra, una pelea entre hermanos. ¿No se
podía haber evitado? Los del blocao frontero también eran españoles
y se arrancaban por fandanguillos, batían palmas divinamente y sus
coplas no desmerecían al lado de las nuestras. El arte no debiera
encasillarse en adscripciones políticas. Que no se puede poner a
Velázquez al lado de Picasso concedido. El mundo cada vez está más
partido. Un abismo se abrirá entre sos bandos irreconciliables. De
acuerdo. Pero el problema bien podrían haberlo arreglado los
políticos. No dio tiempo casi. Dentro de la chabola te aclimatas a
una vida animal. No vives, vegetas. Lo único que te domina es el
instinto de supervivencia. No pienses en nada. Si me matan ahora ¿
qué será de mi Merceditas? Y tú dale con tu novia. No pienses en
la bicha que el pensamiento la convoca, ya vendrá por ella sola. Yo
me hice amigo de una mosca de las llamadas caga lonas que trepaba
hasta la posición desde las filas rojas. No la vimos venir, pero “no
llores, Abdelazís, tampoco llores, Abenamar, que los dos vais a
España”. Mi mosca amiga, visitante hospitalaria se colaba por el
rectángulo del visor de enjarje del cañón ametrallador,
procesionando como una baqueta que deshollinase sus entrañas de
pólvora. Ajeno el parásito a los avatares de la contienda, con
salvoconducto, cambiaba de trinchera sin necesidad de salvoconducto,
y se “pasaba”, como hicieron tantos y tantos hombres de pana,
aturdidos, en los primeros días de guerra, y sin saber de qué iba
todo aquello, ni por qué se luchaba, parecía disfrutar de lo lindo
de una inmunidad garantizada, gozar del sol, montar a la hembra que
se le cruzaba al vuelo, echar su simiente, abrir sus larvas: se lamía
sus patas, evolucionaba por los huecos de la techumbre y después se
largaba sin dar razón de sus entradas y salidas, sin tener que dar
el santo y seña al centinela. Teníamos a una compañía de
Fortificaciones al otro lado. A veces podíamos escuchar sus
conversaciones, ellos también se quejaban de las moscas cojoneras y
de la liendre que hacía estragos. Envidiaba la libertad rumbosa del
díptero que exacerbó en mí la capacidad de observación. Al cabo
de unos día pude aprender algo de sus costumbres hasta que una bala
perdida la estampó contra la pared. Para ti van destinadas las
metrallas de los frentes, una mosca también puede causar baja y ser
objetivo de balas perdidas.
Me
salvó la vida, sin embargo, porque en el momento que el disparo
penetraba por el agujero de observación yo hice un movimiento con la
mano para sacudirme al molesto bicho de la frente, agaché la cabaza
justo al instante mismo en que racheó la bala por encima de la
cabeza. Estás de suerte, muchacho. Volvió otra al cabo de un rato e
hizo los mismos alardes de equilibrio en su vuelo esquivo y fue a
lamer la sangre de su hermana muerta en acto de servicio. Nunca
olvidaré aquella trompa voraz chupando como una diminuta maza, sus
ojillos monstruosos y aquellos artejos que agitaba sin parar, así
como sus antenas de colocación, el radar infalible que estos
insectos llevan acoplado en sus antenas. Las moscas solían
presentarse a hora fija tras haberse dado un banquete sobra la panza
de una mula correntona que yacía tendida entre dos fuegos. Ninguno
de nosotros tuvo arrestos para ir a evacuar el cadaver mientras su
acemilero lloraba a lagrima viva pues habían liquidado a su
compañera de tantos transportes, de tantas marchas y contramarchas.
Nada menos que desde el norte de África pasando por Jaca y Alcalá y
otras partes donde posó el escuadrón, había venido a dejar el
pellejo en La Mocha.
Los
soldados de Caballería son una gente especial, miran y huelen
diferente y hasta utilizan un lenguaje especial de recias palabras
que recuerdan el tiempo glorioso en que las guerras se hacían a
pata, con tracción de sangre, a lomos de caballería.
Era
un mulo de un regimiento de montaña de los que llamaban de guía,
cientos de ellos cayeron en Brunete por aquellos días. Ellos se
encargaban del transporte de la munición y del rancho convirtiendose
en blanco muy vulnerable. Se puso de moda entre los tiradores gastar
peines de munición para hacer boca contra las recuas que veíamos
correr a los cuatro pies despavoridos delante de nosotros como una
manada de elefantes sin cornaca, como un rebaño sin pastor, sin el
cabo pieza que les gritase arre o so.
Ofrecían
tantos cadáveres de animales y de hombres tendidos junto a las matas
de retama, al amor de los caballones y de los surcos de trigales
incendiados, un aspecto de vasta desolación. El aspecto era
abracadabrante.
El
hedor era insufrible. Como come el mulo así caga el culo y así
huele cuando lo revientan con tiros de fusil, Los combatientes
enloquecían de súbito; se dijo que entre los de las brigadas
internacionales se producían deserciones incontables al no poder
soportar el olor que exhalaban las pobres mulos de guía destrozados
por los disparos. A otros les salvaron la vida pues en el avance
encontraron detrás de los troncos derribados parapeto. No era una
buena desenfilada que digamos. Menos daba una piedra. En guerra, uno
se acostumbra a todo, incluso a las emanaciones pestíferas de la
carne en putrefacción. Resulta increíble la capacidad de aguante
que tiene el ser humano cuando nos ponen en el disparadero, a pecho
descubierto delante del punto de mira de una espoleta que se acerca
cantando turbios himnos de muerte y de pesar hacia ti, dejas de
sentir el cuerpo, te conviertes en un fleje que salta.
Hay
que cubrirse. Los peores tiros son los de rebote. Allí estaban, algo
obsceno, soldados y caballos con los mondongos al aire, las vísceras
desparramadas, muestras cálidas de una lección anatomía
esplagnológica, aun humeantes, el último calor de la vida que se
va, como cuando acuchillan a un marrano, tendidos al sol, sobre una
toza. La artesa de los campos de Brunete se convirtió en exhibición
espantosa de este triunfo de Tanatos. Hay que ver lo poco que somos.
Tuve
miedo, pero no llegué a la lamentable situación por la que pasaban
algunos compañeros que apenas comenzar el combate se lo hacían en
los pantalones. En las chabolas olía por eso a mierda.
-Mi
sargento, pido permiso para ir a tirar de los pantalones.
-No
te va a dar tiempo.
-Pues
me voy a ir de vareta.
Bastantes
hubo dentro de la posición que no pudieron aguantar el retortijón y
se cagaron pie abajo. El miedo, la disentería, las moscas los
tuvimos por compañeros. Otros, más púdicos encontraron la muerte
en postura poco gloriosa, les atizaron en el instante mismo en que
descargaban el vientre, hace falta tener mala pata. De no haber
abandonado la posición, no les hubiesen pegado un tiro en el
salvohonor, pero en el frenesí del azar a veces pasan esas cosas
No
eran sólo los mulos los que morían. El calor de aquel tórrido
verano en que no pudimos enterrar a nuestros muertos hizo de aquel
campo de batalla un infierno no por la muerte en sí sino por las
circunstancias increíbles en que hubimos de resistir. De la
centuria de Salamanca y el Quinto Tabor de Larache, quinientos
hombres en total que integraban la guarnición de la Loma Artillera
sólo pasaron revista catorce cuando tocaron a fajina Quijorna. El
Ejército de Maniobra que mandaba el general Modesto al cabo de los
encarnizados combates y de muchas bajas propias ahincó la bandera
tricolor en el mástil de la plataforma. A mí me dieron por muerto,
pero sobreviví merced a una artimaña. Al oscurecer del día nueve
de julio salté del parapeto para ir en auxilio del comandante Dema
Giraldo, al que una bomba de mano había lanzado contra el tronco de
una encina corpulenta. Le había destrozado un brazo y sangraba
abundantemente pero con la mano que le quedara útil aun tuvo
arrestos para desenfundar un revolver de cachas de nácar. Con él
seguía haciendo fuego. Conté hasta treinta cadáveres de asaltantes
rojos que habían quedado agarrados a las alambradas de bruces mismo
contra los pinchos. Los obuses y la artillería de los carros nos
envolvían en una cortina infernal de polvo y fuego de tal manera que
todo el sector estaba siendo batido con eficacia y el perímetro de
la Mocha no presentaba un palmo de territorio que no ofreciese la
muesca de una horadada de embudo. Dema estaba recorriendo en el
instante en que fue alcanzado el blocao infundiendo ánimos a los
defensores. Tenía el botón de la guerrera desabrochada y los ojos
enfierecidos. No es que estuviese borracho, pero he de decir que hay
ocasiones en la vida en que la humana fragilidad sería incapaz de
resistir la virulencia de un ataque como el que tuvimos nosotros sin
recurrir al andarríos del valor. Nuestro comandante parecía fuera
de sí sobre todo cuando vio caer a su segundo a pocos pasos, el
alférez Martín, agarró toda una caja de bombas de mano y un par de
botellas de coñac. El Fundador nos infundió ánimos. Había muchos
heridos con metralla en el cuerpo, las heridas causaban dolores
insoportables y a falta de ningún analgésico el brandy hacía que
nos sostuviéramos en pie. A mí, que me bebí casi una jícara
entera de aquel licor de la mejor reserva que nos habían dado los de
Intendencia del Tabor, me salvó la vida.
-Toma,
Parrita, prueba. No le hagas ascos. Puede ser esta la ultima que
cojamos. Arriba España. Sentí su aliento cuando yo estaba
accionando la ametralladora. El giro del abanico había puesto en
fuga a los milicianos que venían a nosotros al arma blanca. Ellos
también estaban borrachos
-
Aguanta lo que puedas.
No
apeaba aquel grito de los labios el valiente comandante, al que se le
veía desesperado porque no habían venido los refuerzos que había
solicitado al puesto de mando; sin embargo, antes todo que la
rendición. Era un hombre no muy alto, pero recio, el rostro falcino
y alargado, creo que le faltaban algunos dientes. De su kepís color
tierra de bordados rojos en la tapa le caían unas carrilleras que le
quedaban holgados y se le marcaban los huesos del occipital con
violencia. Hablaba con acento del sur y se movía de aquí para acá
con la agilidad de una ardilla. Estaba borracho de sol africano y de
amor a España.
Repté
hacia la base de aquella encina intentando hacerme con el herido
arrastrandolo por los pies. Ya no recuerdo más. En aquel momento fui
alcanzado por una esquirla y me desmayé.
Nave
oneraria del valor.
Se
encuentra todavía aquella encina bajo cuya sombra encontró la
muerte crepitante el capitán Dema Giraldo y donde atizaron a aquel
falangista de un pueblo de Segovia en una costilla, que resultó ser
mi tío Ursino, al ira auxiliarlo. Los camilleros de una unidad del
XVIII Ejército lo encontraron desangrándose. Fue uno de los catorce
que el batallón de asalto de la columna Modesto capturó como
prisioneros.
Símbolo
espiritual de las dos facciones enfrentadas aquel árbol la tarde del
tórrido julio cuando se produjo la reconquista por las tropas de
Modesto y de Jurado podría ser el cronista de las vivencias
acontecidas en aquel lugar. La fuerza del destino ha determinado que
no fuera talada, yo me santiguo cuando paso cerca del sitio donde
ahonda sus raíces milenarias, el tótem verdadero de las Living
Stones, el barrio adonde mi suerte o mi desgracia me ha arrastrado,
vivo a escasos metros donde peleó y fue herido salvandose de ser
fusilado casi milagrosamente el Ursino. ¿El imán de la sangre? ¿Soy
yo una reencarnación, casi un fantasma de la causa que llevó a mi
tío a pelear a Brunete?
Podría
argumentar este dato a mi favor como una muestra de que en mi exilio
interior y la cruz que estoy padeciendo, un verdadero calvario de
incomprensiones y de suplicios que parece que todas las fuerzas
oscuras han querido hacer de mí una suerte de rehén de sus
revanchas o de sus neuras. La verdad es que lo estoy pasando atroz,
no es lo mismo decirlo como verlo y no quiero alargarme en detalles
porque a quien se lo dijera no me creerían vengo a llorar muchas
tardes al pie de la encina oneraria. Y, encima, se reirían de ti
porque estos tiempos desconocen la misericordia.
Es
la nave que porta el fardo de mis culpas y todo ese cargamento de
trigo espiritual necesario para que el hombre en sus funciones
anímicas no perezca de inanición. Me acoge bajo sus ramas que
conocen tantos secretos del pasado de mi pueblo, de la ingratitud de
los míos, el silencio culpable de la comunidad frente a estos hechos
que han sido elididos de los manuales. En los textos de historia no
se menciona el nombre propio de España. Han encontrado un seudónimo.
Y esto acentúa el valor de aquellos falangistas de aquellos
expedicionarios de Larache que murieron con el nombre de España en
sus labios. Arriba España. Todo por ella. Confío en que la mía sea
la última sangre derramada entre españoles, que ésta sea la última
guerra civil.
En
el siglo anterior habíamos tenido tres amen de las múltiples
algaradas, cuartelazos y conmociones. Luego vino la guerra de
Marruecos que puso la guinda a estas historias. No pararon las
conjuras.
Vago
por los pueblos con mi tenderete de libros a cuestas. El personal
nada quiere saber. Los jubilados están jugando a las cartas. Nadie
quiere saber de esta reivindicación de la memoria que me he
propuesto. Ese es el mal de este país aparentemente ahíto de
historia y ahora con la panza medio llena que nadie quiere saber. El
interés y la curiosidad moral es nula. Volvemos a ser un pueblo
triste y cicatero.
-Remember
Brunete.
-¿Qué?
-Recordad
a Brunete.
-Vamos
no jodas, vete con tus historias a otra parte. No queremos saber,
que se olvide la traca.
-El
conocimiento y el recuerdo nos devuelven al amor.
-Altas
palabras. Hablas como un cura.
Los
pistoleros del norte seguían descerrajando tiros, Eta no quería
aplicar punto final a sus matanzas, poniendo bombas bajo los asientos
de los coches aparcados. Aquí estábamos con el corazón en un puño,
cada día de funeral, ministro de la gobernación se embutía el
terno de frac, ponía cara lúgubre, de compunción visceral, y se
colocaba en los duelos después del coche de respeto, las multitudes
llenaban las plazas gritando basta ya, mostrando a los asesinos sus
manos blancas, en los ayuntamiento los de la función pública
suspendían el tajo para guardar un minuto de silencio por la nueva
víctima, la lista de bajas crecía. Mano dura, medidas coercitivas,
pena de muerte. Eso es lo que se necesita, nada de paños calientes,
una cura de caballo, la patada en la puerta, la ley de fugas, el ojo
por ojo, titilación de la órbita, la ley del Talión. ¿Cuánto le
duraría a los israelíes del Moscad el bocazas del Arzalluz, cuánto
el Anasagasti templando sus gaitas, cada vez más empecinado en
demostrar que no estaba calvo y que era un moderado que respaldaba a
los asesinos de tapadillos?
Al
ministro de la cosa se le ponía en el transcurso de las horas más
jeta de sepulturero y no paraba de cantar aquello de ya la llevan a
enterrar y entre todos la mataron y ella sola se murió. ¿A quién a
la Nicolasa? ¿A quién va a ser si no? Parecía un zacateca inglés
pariente de Juan Simón. Nuestra necrofilia se hizo oficial. La
cartera de interior estaba abocada a transformarse en una empresa de
pompas fúnebres. Las prensa derramaba cada vez más lágrimas de
cocodrilo, y los pedrosjotas cualesquiera, los tonsurados de la
noticia y de la pela, les habían dicho en Absterburgo tú ponte ahí
y a callar, porque de ahora en adelante vamos a necesitar mucho
detergente, labor de mopping up, ¿el aljofifado de los charcos que
deja eta en las calles españolas, matan, quedan impunes y el país
va bien, paisa, quién la llevará a cabo? Vamos a necesitar una
fregona especial y meter merdellonas en plantilla con carácter
especial, y tendrán que ir a la casa del primer ministro del consejo
de Estado a obligarla a la jefa que se ponga el almaizar de una
puñetera vez, hostia, la toca, el velo, el griñón, que tapadas
estáis más guapitas, el humeral, todo lo tendrá que llevar, porque
está sucia, España está sucia, se habían puesto a cantar sobre la
tumba de Larra el mambo con letra de se va el caimán, después de
candar con siete cerrojos la tumba del Cid Campeador. Muchos
aspavientos hipócritas, el grito de plañidera en el cielo, alardes
de editoriales cuando las balas segaban la vida de hombres buenos,
ciudadanos de pro. La sociedad se había olvidado de Brunete. Aquí
lo que importa es estar cómodo, cada uno va a lo suyo y Adán, padre
del género humano, Noé, de la posteridad, y Abrahán, de los
creyentes. Pero eso no son más que especulaciones. Rizar el rizo, ya
ves. En lindos atolladeros nos metemos con tanto pensar. Si estamos
en el marasmo ¿a qué viene eso de la hidroponía? Que vuelvan los
alquimistas y este mandato nuevo habréis de darles: para empezar hay
que capar a la Lógica y a todos los lógicos; más tarde, ya
veremos, y primordialmente enriqueceos, quiero hacer de vosotros los
inquilinos más ricos del cementerio. Aprended el oficio de
alquimista antes de morir repitiendo cada noche después de los
jesusmíos la canción del Alquimista Esforzado: “my job is to turn
metal into gold as soon as posible”
y para ello vine al mundo y fui encarnado. Aquí está un aspirante a
millonario.
Esta
toponimia había sido borrada a posta de los libros de texto. En ese
sentido los más contumaces eran los maestros de las ikastolas.
Morían
médicos, funcionarios de prisiones, militares, catedráticos. La
encina oneraria seguía guardando las memorias que el tiempo echó a
rodar bajo su copa gigantesco. Ten presente que España resucitará
alguna vez que estos que perecieron en una batalla por una idea, con
un nombre en los labios, o que tal vez no murieron por nada, porque
formaban parte de los que no estaban en el registro, esa inmensa
turba de juan lanas y de juan español, pero que fueron la reserva
dinámica de nuestros alientos, los que siempre pagan los platos
rostros de las torpezas y ligerezas de los de arriba, vendrán a
pedirnos cuentas. Al pueblo se le puede engañar una vez, dos veces,
pero no siempre. Vendrán. Esa es la fija. Blandiendo una tea o un
cuchillo, o haciendo sonar el trombón de la revancha.
Me
parece que las vamos a pagar todas juntas. Mas no será porque yo no
haya hecho cuanto estaba a mi alcance para evitar esos atropellos.
Hasta la urbanización en la cual habitamos la nombran en inglés,
“Living Stones”. Es un retruécano del grupo musical, el que
atronaba las discotecas con su “Satisfecho”, himno de un rock
diabólico.
No
vamos a negar que el señor del mundo se pasea por todas las partes
en plan vencedor seguido de larga escolta de adoradores, de sus
brujos y quirománticos.
Nos
echaron a todos mal de ojo, alguien está trabajando por ahí en eso
el hechizo fascinante que nos meta los pollos en el corral de las
desgracias. Sufre, cabrón, purga la pena, habrás de pagarlas todas
juntas. ¿Qué mal os hice? Se estrellan contra mis rostros las
bofetadas, graznan los ánsares capitolinos con sus voces chascadas,
el mundo anda muy revuelto. La Prowes Sóror, la nueva mujer de la
hora de la ira aterriza en Seúl con un sombrero de copa negro que
debió de portar sobre su cabeza, hasta que se la cortaron en la
Torre de Londres, Guy Fawkes el conspirador papista, parece una
sombra recién desembarcada del barco de los Padres Peregrinos, o una
viuda con todos sus lutos camino de la iglesia a punto de comenzar
un oficio de tinieblas, esta mujer engaña hasta su propio apellido y
a sus carnes postizas, miente por toda la barba que no le crece ni en
las nalgas, vete a saber si no es hermafrodita, bollos a todas las
horas en las tardes con Terelu en la casa blanca, que la hidra ya es
llegada, ya está la serpiente entre vosotros, esa que adoraban los
ofitas, y que han puesto los de Eta en su anagrama; si no lo creéis,
mamoncetes, mirad debajo de las faldas. Sonría a la niña bonita,
baile la danza de las fiestas peanes, mueva los brazos, y haga
dengues y contoneos del morris dance, haga maulas, acepte las flores
que le ofrecen las púberes canéforas, previamente inspeccionados
estos ramilletes por sus matones de seguridad, pero sus ojos despiden
chispas de una ferocidad de hembra insatisfecha. Suyo es el mundo.
Han ganado, por fin acabaron con el “tiranuelo” Hondarras,
sedimento del nacionalismo execrable, el que no interesa un pijo,
porque para el amo de la cudria los términos de nacionalismo y de
terrorismo no son unívocos, tiene un cacao mental llevado de su afán
de dominio pues divide y vencerás. Hondarras no se dejó, plantó
cara y acabó ante los jueces del Monte-es-Orégano, acusado de
crímenes de lesa humanidad. Lo han declarado persona non grata y
enemigo del pueblo como hicieron con Cuadral. Nada hay que se les
resista, imponen su cetro.
Han
llamado a los ebanistas para que les hagan un cadalso a la medida,
mal rollo el que comparece ante vuestra vista, pobres seres humanos
engañados, todos estáis en la lista, os irán llamando uno por uno,
están convocando plazas para verdugo en todas las provincias del
imperio.
No
hace falta gran cosa para pasar las pruebas, basta el aval de bruto y
de musgaño. Es así que el mundo se está llenando de sayones y de
ayudantes de verdugo con mando en plaza de horca. Un patíbulo en
cada casa y el conmutador a distancia para observar la vulgaridad que
nos desgobierna proclamada por los pregoneros de la Telebastaya que
desparrama sus vigilantes. Oronimia, violenta esposa de
Saturno,
morritos del alma, que bien te lo curras, te has ganado a pulso la
plaza, ibas de nueve meses a fichar como todas las mañanas, te
dieron media hora para parir y vuelves al curro apresurada desde el
paritorio dejando al nene en la incubadora, no sea el demonio la
pajera te birlen el altozano. Profazo y profecía eso eres tú, torda
de caderas anchas.
Estas
son cartas, si quieres barajas, si no te gusta el juego, te retiras:
Pendil Pelliza fuero tendrá de pendolaje, guía que sigue siendo,
testarudo e incombustible de nuestras noches blancas en manumisión,
nuestras manos recuerdan al esclavo que fuimos; los jóvenes se suben
al bus de la vieja o se enrollan con gran hermano, silba de una vez
la canción triste de la calle del Gilipollas, mientras el espíritu
de la apostasía cabalga en un caballo blanco; el loco de la colina,
the Beatles, here you are, nuestra vida hecha está de plagios, nos
espiamos unos a otros, ha sonado la hora del destape y la gran
carrera por ver quién fusila aquí. Nuestra Oronimia Trocables
regresa a los estudios con el cordón umbilical en el culo como a
quien dice, el recién nacido en la casa cuna, es que no quiero que
me quiten la silla, sabes, hay tortas por un programa. Eliseo, una de
calamares, tres tortillas, cámara, acción.
Te
confío todos mis secretos, el palpitar de mi derrota, encina
oneraria, el dolor de los que habiendo ganado ven por tierra su
victoria, llevan una vida de topos en los zaquizamíes y pisos
francos de los edificios de cinco estrellas o de un sotabanco maldito
o una buhardilla en un lugar del extrarradio, allí se atrincheran,
los libros por sacos terreros, papelotes y archivos, imágenes de
vírgenes necias y prudentes, todas desconsoladas, altavoces de
emisoras lejanas, café, vino y tabaco, que las guerras de ahora se
siguen ganando a fuerza de lingotazos, soplen y marchen, hay que
avanzar, el alcohol es la madre del cordero. Y un teléfono a mano
para llamar protestando a los programas de música bailable, y a los
talk in donde explaya Jáuregui sus paridas y la Ceñuda carente de
ideas no se desamarra del pesebre. Veo. Veo. Pues entonces eres un
vidente. Como la del Escorial. Pues larganos un mensaje, anda,
queremos que se aparezca. Yo me aparezco, tu te apareces, ella se
esfuma, es la espina dorsal de la espuma, y así claro no hay quien
pueda. Aparte de eso, me parece que es sospecho que en esta bendita
tierra de María Santísima andemos siempre entre la corrupción y la
aparición. O el milagro, o la lotería, una de dos. Tienes que abrir
la caja de Pandora exclamando entre estertores y con una voz lóbrega
como de película del exorcista, con tremolas y música de ambiente.
Hijos míos. Demostrarás los primeros sábados de mes que tienes
hilo directo con el Jefe. Dios se ha echado un móvil.
Luego
vendrá Torbado disfrazado de cofrade con un enorme cristo al pecho y
fumando en pipa y nos relatará el inmenso cachondeo de las
apariciones. Hay que aportar. Se pasará siempre la bandeja después
de los mensajes. Quedan bendecidos todos los que entren en este
lugar. Levantad todos los objetos. Orad por el papa. ¿Por cuál de
ellos? ¿Por Wojtyla o por Clemente? la impostura nos está pisando
los talones. Ah, qué sacrilegio nos acabas de largar. Santa María,
Madre de Dios, guardanos de los profetas hueros y de los pontífices
que despotrican, de los curas orangistas y de los profanadores de las
conciencias. Vamos a montar un negocio de agua milagrosa. La
organización acaba de comprar la finca por ochocientos millones,
pero el fresno misterioso de tronco retorcido y aspecto fantasmal
poco se parece a ti, encina oneraria, aquél mete un poco de miedo y
tú das paz, porque honras la memoria de la sangre derramada
combatiendo a los enemigos de la patria.
Se
estrecha el cerco.
-¿Quién
vive?
-España.
-¿Que
gente?
-El
quinto regimiento.
-Ahora
sí que la hemos cagado. Esos no son de los nuestros.
-Entre
Franco y Miaja ¿qué más da? Los dos son dos oficiales, sirvieron
en la guerra de África, con la diferencia de que uno milicia en
infantería, el otro, en zapadores y han sido cantados, cada uno en
su peana por dos poetas hijos de una misma madre, los hermanos
Machado. A Miaja le canta así Antonio:
Tu
nombre capitán es para escrito en la hoja de una espada que brille
al sol para rezarlo a solas en la oración de un alma, sin más
palabras, como se escribe César, o se reza España.
Y
Manuel elogia al otro abanderado poco más o menos en los mismos
versos:
Caudillo
de la nueva reconquista, señor de España que en su fe renace, sabrá
vencer y sonreír, y hace campo de pan la tierra que conquista. Sabe
vencer y sonreír. Su genio militar campa en la guerrera gloria...
Terminado
el tiempo de los dictadores paternalistas y la del proletariado
comienza la era del mazorquero. Dejará de escucharse en pleno
combate el tambor de los poetas, porque, cesadas las guerras, aquí
no habrá más que paz armada. El rodillo de la apisonadora
democrática convertirá al mundo en un campo de concentración, en
un cementerio. Los ciudadanos gozarán del pleno derecho de la paz
del nicho. Podrán estar tranquilos por el momento quedando en el
cuadrado del sepulcro a salvo de la mentira, la envidia, la
delación, los cuernos, porque aquí, ya advertía Campoamor, el
labrador más honrado es capaz de envenenarte la sangre y el ganado.
Sin
embargo, los protagonistas de los recios choques en medio del fuego
graneado y los asaltos al arma blanca que tuvieron por escenario el
campo de Brunete, no podrían tener en cuenta tales reparos, su única
preocupación, salvar el pellejo, claro.
Al
oficial de Regulares le había cogido en plena cara una bomba
Lafitte, le trituró el pecho la descarga. Dema Giraldo estaba
todavía con todo el conocimiento cuando el enemigo se hizo dueño
del sector, le quedó tiempo para hacer fuego con un colt de cachas
de nácar abatiendo a los que avanzaban en la primera ola, pero en
unos segundos se rompieron los caballos de frisia, los de zapadores
cortaron los alambres de espino con una cizalla e hizo acto de
presencia un pelotón mixto, hablaban en varios idiomas, inglés,
ruso, francés, catalán. Se le había acabado toda la munición:
-Arriba
España... Ay, madre, ay madre.
En
esos instantes se acercó hasta el tronco de la encina donde el
capitán de Regulares se había incorporado un poco, para que la
muerte no le cogiese, como a otros de cúbito supino, un guripa
esparteras, la manta terciada sobre el pecho y unas grandes patillas,
pudiera pasar por un legionario pero pertenecía al cuerpo de asalto
del Campesino y sin pronunciar palabra aquel soldado enjuto, de piel
tostada por el sol, y hundió el machete hasta casi la guarnición,
nadie sabe si movido por la compasión y la saña, en el vientre del
herido. Dema se le quedó mirando entre sorprendido y retador y en
las angustias de la agonía todavía le cupo la oportunidad de
echarle en cara su alevosía:
-¿Por
qué? ¿Por qué, hijo mío, por qué?
Trató
de llevarse la mano a la frente para persignarse pero no tuvo
impulso. Y en ese preciso instante emitió el último suspiro dando
una gran voz.
La
encina oneraria me pareció el árbol de la cruz. El llano de las
Mochas se oscureció de súbito, como si el sol tuviese deseos de
demostrar así a aquella matanza entre españoles y dejó de enviar
sus radios al campo de batalla.
A
unos pasos de la encina yacían diseminados los cuerpos de los
atacantes y los defensores, todos gentes de pana, las mismas miradas
que se quedaron vacías al unísono, el mismo cigarrillo y de la
misma marca en la comisura de los labios al instante de ser
alcanzados por la metralla, el mismo día y a la misma hora
milicianos y falangistas habían dejado de fumar, cesaban los cantos
recios, el sol de plano, las aradas que daban pan y el espectáculo
que brindaban a los ojos las encinas centenarias donde los bandos de
perdices muy habituadas a aquel lugar de paso donde estaban los
grandes cantaderos del Guadarrama presenciaban la matanza encaramadas
a las robustas ramas y ocultas entre las hojas puntiagudas de un
color verdegay, no les espantaban los estruendos de las detonaciones
de las armas automáticas, la perdiz es un ave voluntariosa de
costumbres querenciosas, cuando barrunta tormenta se enrama en los
arboles cuanto más sólidos y de fundamento mejor, encimas y robles,
entonces se hace bastante fácil cobrar a los cazadores. Según los
perdigueros asturianos y los gallegos, cuando la perdiz se encapilla
en el carbajal- encarballarse- o se esconde entre las matas de urce
es que va a haber tormenta, ofrecen blanco fácil, se quedan paradas
y no obedecen a las señales del jefe del bando cuando les engatillan
un disparo, creen que es un trueno la causa de la detonación.
Igual
que perdices en alcanda o ruiseñores en una jaula de oro murieron
mozos españoles, lo más granado de una generación, y dejaron por
obligación el latoso vicio de la cigarra. Bambú y Gol se llamaba la
marca de los librillos que iban en todas las petacas, sólo los
oficiales y algún que otro comisario se atrevía con las labores
selectas de virginia o del tabaco egipcio, que se fumaba en aquellos
cigarrillos petizos de forma ovalada, el resto eran ideales,
mataquintos, los franceses no se cansaban de repartir aquellos
explota pechos apellidados galos que ya debía de fumar Vercingetorix
para aliviar los trabajos de la guerra de las Galias.
Un
poco más allá como de una marmita que se va apagando en la lumbre
la torreta de un carro de combate que había sido abatido con una
botella de gasolina por un falangista. A sus ocupantes, todos ellos
jóvenes y muy rubios apenas les había dado tiempo a saltar. Las
piernas de uno había quedado amarradas al releje delantero y otro,
que debía de ser el servidor de la ametralladora quedó pingado de
medio cuerpo para arriba, las piernas y el tronco no pudo izarlos
como si un perro de mala idea le hubiese prendido de los pantalones
sin soltar las mandíbulas; el perro de la muerte. Todos debieron de
tener una muerte espantosa. El motor seguía ardiendo cerca de los
caballones de un majuelo. Las roderas de los carros de asalto habían
destrozado la mayor parte de las cepas. No habría uvas dentro de
unos meses. La añada del 37 fue la más infausta de todas en
aquellas viñas que pertenecieran a una de las familias más
aristocráticas y con más alcurnia dentro de los anales y blasones
de la genetliaca española, los Ribera.
-Pegale
un tiro, Chafa y rematalo, que ese debe de tener siete vida igual que
los gatos. No bastará que le hundas el machete hasta los bandullos.
El
sargento Ponderal le gritaba al cabo de su platón con todas las
fuerzas de sus pulmones los deseos de venganza, pero éste no sabía
qué hacerse. Una nueva transfixión no dejaba de parecerle amén de
un crimen una idea macabra, el otro estaba indefenso. Además “estoy
por decir que yo le conozco no será Ursino el panadero, el hermano
del Pinto, que es de mi quinta, el hijo del tío Parra, hay que ver
las vueltas que da la vida, resalado, tú me levantaste la moza, y
ahora te tengo yo aquí delante de la punta de mi bayoneta, podría
hacerte longaniza, pero eso no me parece de cristianos, somos
combatientes nada de asesinos, lo dijo un instructor ayer en La Plana
Mayor de Mando”.
El
sargento Ponderal había sido el primero en escalar aquel parapeto de
sacos terreros en lo alto de la loma artillera. Era un castizo de los
Cuatro Caminos, voluntarioso, guasón y acostumbrado a vivir entre
galápagos, luego no era nadie, pero tenía ese desparpajo candoroso
de los hijos del arroyo, la lengua suelta, absuelta y pugnaz a la que
acostumbra la vida en una corrala. Noble y heroico pueblo de Madrid
duro y a la vez tierno. Nada tenía que ver con los políticos ni con
los mandamases. Estaba allí porque creía en la República, porque
esperaba en un futuro mejor para sus hijos que no estuviera dominado
por el hambre, la pobreza, los desafueros de los poderosos contra los
humildes.
Era
un castizo, un hombre de una sola pieza Ponderal, el valor se le
supone y el honor eso ni se pregunta, lo lleva en la mirada, eso ni
se pregunta. La amarga suerte, el destino implacable de aquel verano
turbulento estaba haciendo las pocas limpias jugadas de llevarse por
delante día a día, minuto a minuto, a medida que se iba ensanchando
el estadillo de bajos tíos tan grandes como aquel sargento de
milicias. (“Estoy
aquí peleando por el pan y la justicia, por el derecho a un trabajo
digno, no quiero en adelante tener que seguir viviendo de limosna,
para que ni a mi hija ni a mi mujer la sofalde uno de esos caciques
cagüensu o acabe entre las zarpas de un cura libidinoso. Viva
Stalin. El héroe soviético nos librará de las garras de lo
usureros yanquis”). Sobre
poco más o menos era el mismo ideario por el que se batían los del
otro bando. Todos querían conseguir una España nueva lejos de la
carcundia, la mezquindad y prepotencia de los de siempre. Se habían
alzado contra el dominio de los caciques y contra una iglesia
dominada desde el Vaticano, una potencia extranjera.
Se
les había hecho ver a unos y a otros que el papa era el vicario de
Cristo, eso era una infamia, había manipulado de siempre los
intereses de unos cuantos. Roma había dado la espalda al Evangelio
de la misma forma que Zion es una traición a la esencias de Israel.
Todos
estos errores habían determinado que la tierra santa se estuviere
convirtiendo en tierra de maldiciones y el mundo en un polvorín a
punto de estallar.
El
Chafa y el Ursino amaban a la misma mujer, eran del mismo pueblo,
pertenecían a una cuadrilla idéntica y merendaban en la misma
bodega escabeche bonito y lonchas de pan blanco, pan del pueblo, se
habían emborrachado a la par, pisaron uvas gemelas en el lagar, al
prensarlas salía el mosto de vida, y ahora estaban pegandose tiros
en un brunete.
Pues
vaya unos paisanos. Esa es la fija, que aquí siempre estamos
haciendonos la guerra, se invocan ideas políticas pero estos
programas convivencia no son sino la máscara tras la que se esconde
un encono de siglos.
“Claro
está que tú y yo no podemos despedazarnos igual que si fuéramos
perros”.
Dos
poetas hermanos, los Machado, dedicaron versos a dos generales. Dos
militares mellizos, los hermanos Pozas, cada uno por su parte, eran
los ayudantes de campo y del general Rojo respectivamente.
Maldito
sea el que inventara la guerra y mil veces maldito el que inventara
la guerra civil.
Pero
esas ya arrasaron lo bastante nuestro territorio. Hubo tres y otros
tantos amagos en forma de conjura en menos de noventa años. De
seguir así los españoles, tendréis que acreditar otra nueva
condecoración. A la medalla de sufrimientos por la patria se
agregará la cruz de Caín.
Cristo,
ten piedad de nosotros, estuvimos muy lejos de tus enseñanzas.
Otros
dos hermanos, uno estaba en el Quinto Regimiento y otro pertenecía a
la Quinta Bandera de falange. Ambos perecieron en Brunete cada uno
combatiendo su respectivo lado de la trinchera.
“Pero
yo al alistarme en la columna Mangada estampé una firma debajo de la
reforma, el progreso, la suavización de las condiciones de vida, la
conllevancia entre nosotros que nunca ha sido buena, por estar
nuestra mente llena de prejuicios y de tabúes, ¿no es eso?”
Ponderal
estaba aquella tarde muy reflexivo, debía de ser el calor, un dogal
de esparto parecía tensarle la garganta, tenía seca las fauces, y
no hacía otra cosa que pensar en aquel aguamanil que tenía en su
cuchitril la portera de su casa en la calle Carnicer.
-Echa
un trago, hijo y se te pasarán las ansias. Todavía no nos la han
envenenado los facciosos, es agua de Lozoya.
-Esto
no es Lozoya, seña Engracia. Sabe a pozo.
Todo
sabía, olía y tenía hasta un color diferente aquel verano. Pararon
las verbenas, cerraron La Bombilla y no había toros porque el albero
de Carabanchel se había convertido en escenario de una cruenta
batalla donde, trabada la lucha casa por casa, se echó a los
legionarios de Yagüe y a los moros de Castejón hacia el
extrarradio. En noviembre las columnas facciosas habían alcanzado
unas escuelas situados a la derecha del Manzanares justo donde
empieza la luz del puente Toledo. (Les
hostigamos
con bríos enormes
y recularon
hasta
la
misma
cárcel,
allí
cayeron
muchos
de
los nuestros)
Madrid
era una ciudad fantasma, enervada en su lucha en cuclillas sobre el
parapeto, pero sin miedo. Estaba prohibido encender hogueras, las
ventanas estaba acolchadas con sacos terreros para no atraer el
cañoneo faccioso o convertirse en blanco de la aviación.
Ponderal
guardaría un recuerdo cálido de aquellos días. La fraternidad
entre los madrileños había crecido de forma espectacular y las
mujeres se abrazaban a ti con sólo ver el uniforme de la república,
el pañuelo rojo, el gorro caqui ladeado, la estrella de cinco puntas
por encima del borde del losange. Había tenido varias novias en tan
sólo quince días.
El
estallido bélico hizo que las madrileñas perdiesen sus tabúes, el
puritanismo moral legado de muchas generaciones. Se había producido
situación similar a cuando se descorchan botellas de champán.
Grande era el ansia de libertad.
Pero
él no había participado en las sacas especiales, ni en los
fusilamientos sistemáticos que tenían lugar cada mañana en la
cárcel vieja de San Antón, Porlier, Yeserías, no participó en el
asalto a los conventos. Cuando vio las momias que exhumaron en la
iglesia de San Sebastián miró para otro lado. Los esqueletos
puestos de pie sobre sus ataúdes o de medio lado apoyados cerca del
cancel o atados a la verja tenían un aire de espectros tristes. (Da
mala suerte meterse con los difuntos, esto no está bien), pero el
populacho había entrado a saco en las sacristías por el suelo,
desparramaba los ornamentos litúrgicos de las cajoneras, se llevaba
los blandones y candelabros, arramplaba con las cajas de latón del
cepillo de las limosnas.
Algunos
milicianos se retrataban en el atrio con la casulla de un cura o un
humeral sobre los hombros y se iban a tomar cañas tan panchos a la
calle Echegaray y a la Cruz, ponían el hábito de santa Rita a las
puta, o las desnudaban y cuando estaban en cueros las hacían
colocarse el sobrepelliz transparente de un monaguillo.
-¿Qué,
te gusto así más, chato?
-Alza
la puntilla, Paloma, que te mire bien.
-Venga,
que te voy a ayudar a misa. A la hora de alzar me pones mirando para
Las Ventas del Espíritu Santo y me consagras, como está mandado.
-Hay
que ver lo basta que eres y lo buena que estás.
En
aquella orgía de libertad se convirtieron algunos abusos que el
propio sargento de Milicias sería el primero en reconocer, pero en
cierto modo era lógico. El pueblo respondía con tales salvajadas a
una represión de siglos, pero él era un soldado, no un comisario
del pueblo, no estaba ni siquiera afiliado al partido comunista,
simpatizaba con el Poum. (Esas barbaridades me sacan de quicio.
Cuando vi a aquella compañera haciendo esos dengues con el roquete
creí que me iba a dar algo). Ponderal que había nacido el año 13
y era de la quinta del 33 se sentía inmerso en un ambiente de
vorágine, algo nuevo para los sentidos despertado por el aleteo de
las pasiones. Su generación se vació en los campos, dio lo mejor de
sí misma, que no pudo ser más.
Reconoció
que aquella caliginosa tarde en el majuelo de la Mocha Chica cuando
su pelotón avanzó hacia la Loma Artillera a costa de infinidad de
bajas.
Antes
de iniciarse el asalto había llegado uno de Fortificaciones y
descorchó tres botellas de “Machaquito”.
-Vamos,
beber. Lo vais a necesitar. La hora es dura, para saltar ese parapeto
hay que tener un par de cojones.
Dos,
tres, hasta cinco buchetes de aquel aguardiente propicio ingirió,
empezó a pasarsele la tiritona. Era un líquido como milagroso.
-Como
que hay Dios que los tenemos copados. Seguidme.
Y
saltaron con él un tal Negrela, gallego de Ferrol, y aquel Chafa de
Segovia, que era un demonio, y otros cinco o seis más.
-Yo
iré contigo, camarada sargento, hasta el fin del mundo.
-Cúbreme.
Siguieron
al carro de combate ruso que abrió rampa. Vio venir a uno de los
otros lanzarse como un loco contra el tanque agitando una botella de
gasolina inflamada. Cayó a poco metros del blindado pero cuando
quisieron recordarse éste era ya un mar de llamas. (Hay
que reconocer que los tienen bien puestos, se defienden como gatos
panza arriba, suicidas)
A
Negrelas le vio pegar tumbos y caer hecho un ovillo junto a uno de
los sardones que crecían en el desmonte. No dijo nada el pobre
hijo, había acabado para él toda la guerra. Manoliño ¿ qué
foi? Nada
que rompió
la
lúa. Non tiño sorte.
-Han
matado al gallego, mi sargento. Esos hijos de puta. Pobriño. Arrea,
camarada Ponderal que estos van a tener la respuesta que cumple -
exclamó el Chafa resolutivo.
En
un par de salto evolucionó por la rampa sin desenfilada ninguna y se
plantó ante el parapeto, entró pegando tiros y clavando el machete
contra los sacos terreros, milagroso que no le dieran, pero el cuerpo
de aquel bragado castellano parecía estar guarido de un imán con el
cual iba hurtando el cuerpo a las balas.
No
era un homicida el sargento Ponderal pero aquella tarde cuando
incrustó todo el acero contra el pecho de un moribundo se le fue la
mano. A lo mejor le había hecho un favor ahorrandole sufrimiento. La
compasión y la rabia se entreveraron en su semblante ante la
expresión de dolor del oficial de Regulares. Con un grito muy fuerte
de arriba España expiró. Mira que hay que fastidiarse; éste
pudiera ser de la misma laya, estamos hecho de un material único.
Quedó
con la cabeza apoyada sobre el tronco de la corpulenta encina, aquel
quejigo al que le llaman el árbol de Júpiter que se alzaba
majestuoso señorial, evocador de un tiempo milenario que no se
abarca así como así.
Atardecía.
El livor del rostro de Dema Giraldo adquiría una expresión fatídica
bajo el reflejo del último rayo del ocaso.
Escocían
los ojos, olía a gas y a perros muertos, a orines y a estiércol
caballar. Flotaba sobre el aire azul el rostro impávido de Diego
Velázquez alzando el pincel sutil que pintó tantas veces aquella
atmósfera de entrelubricán en sus retratos cortesanos y Quevedo y
Lope de Vega debían de presenciar la escena con terror.
Los
españoles cuando se ponen a matarse unos a otros saben hacerlo a
conciencia. Goya había profetizado la escena en sus sueños de la
razón. El cuerpo del cid debió de conmoverse en su tumba.
Un
lúgubre cortejo de damas enlutadas ascendía por el camino real que
conduce al Escorial por Colmenarejo, ya acometían las rampas en
línea recta, ya se ponían a derramar lágrimas sobre los despojos
de algún valiente. Eran las mujeres de España, la voz caliente de
la sangre que sabe decir el ay hijo.
Estamos
todos de cuerpo presente. Han matado a Dema Giraldo. Mueren siempre
los mejores.
(Era
un combatiente como yo. Por eso quise darle el tiro de gracia,
quería simplemente evitarle sufrimientos, eso quería hacer, aunque
a lo mejor no estuve fino, soy una mierda, en la guerra nos
convertimos todos en una mierda, el frente no huele más que a
mierda. No, Ponderal, no tienes derecho. Era un enemigo del pueblo,
no me vengas, tú ahora, gusanillo de la conciencia con prejuicios
burgueses, ellos son los rebeldes, ellos se sublevaron, nosotros no,
ellos trajeron a Madrid a los moros y quieren una nueva invasión del
territorio patrio, otra reconquista).
Al
lado de las cartucheras desplomadas yacía el macuto y del macuto del
capitán de Regulares había rodado una cantimplora de estaño con
una faja de estameña, echó un trago. No era agua de pitorro, sino
coñac del bueno. Somos lo mismo, pero ellos beben brandy del bueno y
nosotros cazalla, pero es la misma muerte, el mismo idioma, el mismo
miedo, igual quitapenas, un tío que los tenía bien puestos.
Entonces el sargento Ponderal se cuadró. Por sus ojillos de gazapo
casi rodó una lágrima. Maldita guerra. Loor a los héroes, ele ahí
los tíos. España no tiene remedio.
Los
cincuenta metros cuadrados de la encina albar, que aun pueden
contemplarse en el barrio de Living Stones, cruzado el río
Guadarrama, donde está hay varias urbanizaciones y una estación
telescópica - digo yo que desde allí se hará más fácil
contemplar el espacio iluminado por el cuerpo como antorcha de los
que cayeron y que hoy montan guardia junto a los luceros, ora el puño
en alto ora la palma extendida hacia el horizonte, pero los pechos
descubiertos y la mirada perdida hacia el horizonte, blanco de los
fuegos indiscriminados que llenaron España de espasmos asesinos, un
fratricidio no se tiene todos los días, pero se las estaba viendolas
venir, la cosa se iba barruntando- son un monumento a la naturaleza
carpetovetónica, gloria del bosque mediterráneo, menhir patrio y,
en particular, testigo de cargo de una matanza.
Conozco
bien este magnífico ejemplar de la quercus glandífera, árbol de
Jupiter adorado en la antiguada por nuestros antepasados, y hasta he
llegado a amarlo en su trono de radios espectaculares y retorcidos.
La encina en mi caminar se me hizo confidente de los hechos
presenciado en el verano furibundo.
Ha
sido también mi oráculo.
Su
presencia, hito que divide las dos rasas, advierte de la tranquilidad
diáfana que envuelve los lóbulos dorados de estas muelas en el
paisaje de cañadas y de vegas escondidas. Sus ramas ostentan la
custodia del arca patria apuntando hacia el norte en un plus ultra de
hoja perenne. Uno pone el pie en un camino que lleva al peregrino
místico por la antigua cañada real hacia los alcores de
Colmenarejo; allí la retama y la amapola, la hierba perrera y el
cardo se desvanecen y aparece el urce perfumado, la jara levantisca y
acre, y rodetes de tomillos enanos que embalsaman la brisa de
odoraciones vivificantes.
Los
llanos acaban prácticamente pasada la carretera al pie mismo de los
desmontes donde se inician los cordales de la sierra. En los comedios
proyectaban su alzada los muros de una alquería; antes de la guerra
fue una casa de labor de traza manchega, con mucha holgura en las
corralizas y patios interiores. Esto era un arrabal del viejo pueblo
de Romanillos ya desaparecido. La artillería del Campesino y los
aviones de la Condir al alimón dieron cuenta de ella. Desapareció
del mapa por completo y Regiones Devastadas no hizo el caso de su
memoria, pero en esta antigua casa convertida en una choza grande
habitaba una familia de chatarreros.
Conocía
a algunos de sus miembros. Todos presentaban chirlos en las mejillas
y al que no le faltaba un ojo te saludaba con un muñón, lo que
delataba los peligros de su oficio, pero sobre estos surcos que
ensanchan la mirada cuando se cataloga el panorama hubo durante algún
tiempo tajo suficiente. todavía aquella pobre gente derrotaba por
estos tesos en las heladas mañanas de enero, en plena calima estival
para hacerse con un poco de plomo o de estaño, escarbaban las
obradas del encinar o husmeaban por los baldíos y llecos de los
barrancos para encontrar cobre y vainas de obuses. Con frecuencia al
maniobrar los explosivos eran víctimas de su propio hallazgo cuando
no topaban con el esqueleto de algún morito que nos vimos a liberar
de los liberales.
Era
un modo de hurgar en la zanja de los que sucumbieron por mor de un
enfrentamiento de tenor apocalíptico. El sanedrín anglosajón
pagaba a los dos bandos enfrentaron a cuyos próceres cantaron dos
poetas hermanos carnales. Era una guerra entre hermanos.
Un
ángel bajó y removió las aguas del estanque. Los españoles no nos
queremos, acaso porque no nos gustamos y aquella pobre gente recogía
los desperfectos del plomo que destroza la carne, de la metralla que
derribó la casa, aquella casa blanca, con sus bardales en forma de
visera, el estragal y el pórtico. Balas que querían destrozar
nuestra pena, lavar el pasado de culpa y de infamia.
Otra
vez la del alba sería.
Luego
pignoraban los cascotes de los proyectiles que volaron los puentes,
talaron los fresnos de la ribera y desmontaron las torres blancas de
los iglesarios con planta de cruz y chapiteles ochavados.
El
rumboso nido que habían edificado las cigüeñas en la aguja de la
cúpula empinada de la iglesia de los Santos Mártires se vino abajo
con gran fracaso de alas, dolor de hogar violado y de tamujo aventado
sobre las cumbres. Entonces dimos en tierra los españoles con un
proyecto de futuro.
-No
más iglesias. Sinagogas aquí.
-Hay
que ver qué burros sois, diaño. Os habéis pasado la vida queriendo
liquidar vuestra propia sombra.
Luego
vinieron los especuladores de los bienes raíces y en los campos de
la guerra edificaron nuevas urbanizaciones, levantaron chalés sobre
las ruinas de las casamatas.
La
artillería estaba clavada en su posición. Vi a lo lejos los
paineles de jalonamiento, los lienzos blancos que indicaban el lugar
exacto de cada pieza. Seguían abriendo fuego desde cerca de
Villalba. El general Casado estaba al frente de la operación, una
preparación artillera en toda la regla y gran escala, pero allí
estaban flotando al viento los mantos de seda de aquel moro
encastillado. Resistió hasta que se le acabaron todos los panes de
munición hasta que la tralla de un obús de un calibre alto, debió
de ser uno del ciento cinco, casi artillería de costa hizo blanco
contra la torre que se vino abajo como una melaza.
-Que
es una gachí, tío.
-Es
un marroquí con toda la barba.
-Que
no. Que es la Madre de Dios. Me lo vas tú a decir, camarada.
-Salud.
-Salud.
Y viva la república.
A
los traperos de la guerra se les acabó el tajo, expiró el plazo, no
hubo más restos de cañón que exhumar para nuestra vergüenza. El
gobierno enviaba fuerzas de paz a Sarajevo. En Yugoslavia hubo otra
guerra civil de mil demonios y los ingleses se sacaron de la manga
uno de sus típicos estereotipos con que dan la vuelta a la historia
y ponen del revés los hechos evidentes, cantantes y sonantes:
“ethnic cleansing”, depuradores de pueblos.
Sin
embargo, eso de la limpieza étnica como las ejecutorias de hidalguía
son un embuste hecho a la medida del sionismo terrorista. Se
desenvuelven bien en esa táctica. Primeros los nihilistas rusos que
emigraron a Palestina. Un tipo que voló la embajada inglesa con todo
el alto estado mayor, que se llamaba Manahén Begawan, alcanzó el
grado de primer ministro. Llegó al cargo con las manos manchadas de
sangre. Había volado el Hotel David de Jerusalén. La tea
aniquiladora que no selecciona sus víctimas pero que aterrorizan a
la población en una mano y en la otra, la de la propaganda, reparte
consignas mostrandole un poco los dientes a la historia. Son muy
listos; saben que ésta sólo la escriben los vencedores. En esos son
unos expertos consumados. Así, la fuerza del chantaje y la mentira
se impondrá en este planeta y, si es preciso, si la humanidad no les
permite salirse con la suya o hacer caso a sus soflamas, lo volarán
cualquier día estallando cargas nucleares. Días aciagos nos
aguardan.
Pese
a tales advertencias las muchedumbres- saben convertirlas mediante el
terror y la alienación de los que están siempre dispuestos a poner
una carga de dinamita o a envenenar las aguas- cayeron en el garlito
de la maquinaria propagandista de la bibisi, nuestra abuela de los
informativos, otra cuenta de la vieja y la suma y la resta no nos
sale, como lo del holocausto.
Luego
vino Tony Twit a darle el abrazo de la muerte a nuestro ínclito
Charlie, le convidó a merendar en la bodeguilla, se bebieron el
mejor vino de la ribera y tacos de jamón de bellota, justo y para no
variar la tradición, lo que había hecho Churchill cincuenta años
antes que a ese inglés bien que le gustaba el pimple, soplen y
marchen, cantando el Dios salve a la reina y el Britania en la rula
de las olas. Spain is not democrappyic enough.
A los postres, después de un canapé envenenado, alguien mencionó
el submarino nuclear que carenan los mejores calafates del Reino
Unido en la Bahía de Algeciras. Del “Incansable” no se hable
más, porque eso es mentar la soga en ca el ahorcado. No pasa nada.
¿Cómo que no? Tiene una fisura. Hubo un combate naval en el mar de
Bering, los ingleses haciendo honor a su condición de piratas y de
nietos invencibles de Drake enviaron al fondo del mar a un sumergible
ruso. Un acto de guerra que ha sido silenciado por todos los
papanatas orales y escritos al servicio de la serpiente que repta.
Era un ruso. Pero aquel imprevisible ataque no desencadenó la gran
guerra nuclear. No juguéis con fuego, que vuestro propio incendio os
quemará, seréis cegados por el humo que apacentáis. Que nadie me
hable del Tireles. A Charlie se le atragantó el café con una gotas
e hizo gracia a sus pulmones de un veguero de Vuelta Abajo, a Swithin
Cooper se le pararon los pulsos y pensó para sus adentros “a ver
si va a pensar ahora éste que estamos metidos en lo de Hinaulafen”.
Sin embargo, Charlie ni se enteró, ambos líderes brindaron por la
amistad hispano británica y se fueron a casa tan contentos del
bracero de sus respectivas, cada uno con la suya, claro está.
-¿Cuántos
judíos metieron al horno de san Nicolás Himmler y su cuadrilla?
-Vete
tú a saber un porrón. Seis millones.
-Menuda
trola. Los seis millones resucitaron todos en California y en Buenos
Aires al cabo del tiempo. No fue más que una entelequia con la que
juegan la baza de borrar la memoria de Cristo. Pero vete tú a estas
alturas a decir esto por televisión.
-Te
fusilarán como a un palestino. Si niegas el holocausto acabarás en
la cámara de torturas, te pondrá la máscara de gases asfixiantes
para que inhales.
-¡Hijos
de Satanás!
Vino
entonces un inquisidor moviendo la cadenita con todo el empaque
petulante de un tal Periostio Periodista y acuchilló mis
pensamientos. Me acriminó porque soplé contra el fuego sagrado.
-Esa
es vela que nunca podrás apagar- exclamó.
La
modernidad se había convertido en chatarra de los últimos presidios
de la guerra mundial, pero de los campos de Brunete nos se acordaba
nadie. Es más: estaba mal visto mencionar el nombre de la vieja
aldea polvorienta, porque aquí no se puede ni nombrar el tiquín con
el que el cachetero te acuchilla, ni sacar a relucir derrotas
inoportunas que la bicha tiene mal fario.
Después
de la entrevista el primero del Consejo pidió agua con bicarbonato y
una aspirina. Twit, con su cara de tonto, es de la meten doblada. No
pudo salir peor aquella reunión de alto nivel en los chiscones de la
Bodeguilla. Si les sacas un vaso de buen vino a un inglés no se te
despegará hasta que se beba todo un túnel. así dicen que Churchill
se benefició de la mejor añada de un año mágico según los
calendarios enológicos, la del cuarenta y cinco, recién acabada su
guerra.
Lo
que cumple es narrar victorias y referirse no a los muertos - esos no
los quiere nadie- sino a los vivos.
No
se trata más que de una táctica de la Barragana Suprema. Aquí no
se reconoce a los perdedores. El lema es dar noticias buenas de lo
propio y malas del contrario. De esta forma, Rusia se ha convertido
ahora mismo en blanco de todas las iras del báratro.
Sin
embargo, hay que reflexionar sobre el calado de tal añagaza. Si
tanto se meten con Rusia, es porque resiste y su oposición a las
propuestas de dominio universal y mando único, eso que defendía una
purpurado investido con el laurel del premio a los derechos humanos
en Oviedo y que ha sentado papable, todos le nombran heredero de
Cúpula,
ojo
al cristo y oído al parche, pero la pinta tuya no puede ser más
mafiosa, eminencia. Podrás ser obispo de Roma y después santo, pero
a mí no me la das.
Lo
que se acerca así pues será un imperialismo a lo burro fundado
sobre el soporte de toda la algazara dicharachera del periodismo de
manada, de la habladuría enconada y de las mezquindades de baja
estofa. Con la iglesia topamos, Sancho. La aldea global será un gran
bulevar. Todo te lo daré si prosternándote ante mí me adoras. Vade
retro.
Y
el príncipe leía sus discursos en la toma de juramento, en la
entrega de premios que concluyó con el canto del Asturias patria
querida resonante de días de humo y de rosas y de vapores báquicos.
-Vamos
apuntala y “amina”.
-Soy
un revisionista inconformista. Aina Mais. No comulgo con ruedas de
amolar.
Al
heredero de la corona se le está cayendo el pelo, se le ven
apareciendo las entradas.
-¿Se
casa por fin?
-Se
casará pero no reinará. Está escrito por ahí.
-Uy
no digas eso. Se van a poner buenos los de Telebasta en la cadena uno
y en la dos, Telebastaya, y harán coro con ellas dos la Radio
Pollina, la Cadena Albarda, y el Sindico Comecocos ya verás. ¿Y la
reina qué te contestará? Clavaste en su pecho el más afilado
puñal.
-Hecha
una Euménide.
-Perdí
el decoro.
-Te
meterán entre rejas.
-Lo
sé. Acabaré en galeras, pero bogando con el esparavel detrás
seguiré cantando a la chusma y al cómitre mi himno a Brunete.
Remember. Es un epicedio. Gloria a los muertos que derramaron su
sangre por Cristo.
-¡Contestatario!
-Consectario,
sí, contra la revancha. Será necesario alcorzar un poco esta
pocilga.
Mis
chatarreros, buscadores del dolor enterrado al pie de la encina donde
sucumbió la Quinta Bandera de Salamanca y todo aquel plantel de
Tiradores de Sidi Ifni, lo mejorcito de la mejala, al lado del tronco
añoso donde expiró el gallardo Dema Giraldo y sus dos alféreces
provisionales traían a mi espíritu las mejores memorias de la
patria.
Los
campos de Brunete fueron los escoriales donde se amontonó el hierro
de la batalla. Nunca serán, pues, baldíos de la memoria. Su gesta
está presente.
Al
otro lado de la sierra, pasada la Bola del Mundo y de Los siete
Picos, yo veía a los chatarreros que prestaban escolta a la columna,
detrás de la ambulancia de los sanitarios y del páter, cuando
acudíamos mis hermanos y yo a despedir a mi padre cuando iban de
maniobras al Campo de Tiro de Brunete.
Era
una caravana expectante de gente con los andares apresurados y
lúgubres. Sin pasar por universidad ni haberse recibido con el grado
de oficial en Zaragoza, sabían de metralla más que nadie, eran
artificieros expertos en el campo de maniobras de nuestra vida.
De
oído conocían el calibre de cada pepinazo, la trayectoria tensa y
cortante de los pacos y el tartamudeo de las ametralladoras.
Aquella
encina de mi destino me ligaba a ellos y a su suerte de chamarilero
de historias. Supe al verlos pasar que mi futuro estaba en la venta
ambulante. Cargué las cajas de libros en el coche, clavé los
apeos, ya tienes un tenderete.
Los
proyectiles del quince y medio tenían una trayectoria curva,
silbaban sobre el viento igual que un pájaro de malas entrañas. A
las bombas de mano no se las sentía llegar mudas como habían sido
diseñadas por el fabricante pero hacían una caracola de cometa
detrás de la mano que las tumba.
Fuego
diurno y fuego nocturno, balas dumdum y muerte al tuntún y de pronto
aparecía un fulgor en el aire, un estallido, se agitaban los
resortes de la centrifugación y el clamor de un gemido. Ay madre. La
vida de un hombre que chascaba. Las granadas enemigas eran como el
bóreas de una pesadilla, te agachas y zas, no hay perdón.
Así
y todo los barridos de ametralladora son los peores, el plomo se
clava en tu piel y no te das cuenta, no lo sientes, hacen carne sin
las alharacas de los fuegos de artificio del obús que te echa la
zarpa dejando el terreno de partículas multicolores. Es el temible
haz de cola de milano -así se conoce en la jerga balística- que
siembra los blocaos de cadáveres.
Y
bum, bum, bum. Ya tenemos el geiser que lanza al aire objetos
sólidos y cuerpos de camaradas mutilados. A mí me dieron, a ti te
han dado, ay esta puta guerra, meted vuestra pistola en un cajón y
la mejor hoja de laurel la del puchero con los guisos y con los
estofados, no quiero medallas ni condecoraciones, quiero vivir, que
me dejen, que me olviden a la sombra de un castañar en mi casa de
campo.
Cuando
te alcanza el disparo no lo sientes. Cuando te rebana un obús la
pierna o un brazo, menos. El dolor viene tiempo más tarde cuando el
frío hace acto de presencia, heraldo de la muerte. sólo algunos
historiadores, cotejando datos y declaraciones, comprobaron que en
Brunete se acababa de alzar el telón del apocalipsis. La trilita que
desgarra la carne y la angustias y la comezón de los muñidores de
la mentira, de los comisarios de la verdad absoluta, que iba a
destrozar las familias. El sexo, como arma blanca para utilizarlo en
el cuerpo a cuerpo de los malcasados. Se escuchaba por todas partes
el silbido de la serpiente. Un mundo desaforado se avecinaba, la
rebelión en la granja, el todos contra todos.
Almiares
de carne humana y huesos enterrados.
En
balística la proporción lógica causa efecto transforma la materia.
Es la única idea, hacer daño. Nadie sabe de la capacidad del
intelecto humano al servicio de la maquina incierta e incontrolable.
Parece que acumulas potencia destructora en tus manos con una simple
ecuación que combina contrarios elementos en la materia. El cuadrado
de la masa por la velocidad fueron factores que indujeron a Einstein
a su descubrimiento macabro.
El
cálculo topográfico conjuga también al milímetro esas variables.
Tú
tiras de la maroma, tapas los oídos y te desentiendes. Si te ponen
en el traspontín de una antiaérea con tu ajuar de camuflaje, no
eres sino una mandado. Las ovejas que matas, la carne que destruyes,
los arboles que te llevas por delante en un periquete, las rebabas
que escupe tu bayoneta calada al hendirla contra el enemigo, la
sangre que mana, los urces sin savia, los mulos con sus respectivos
acemileros que destripas, los tejados que vuelas, no son tus
víctimas. Un soldado de España nunca podrá ser un terrorista. Ahí
los pistoleros de Negrín, calcados al pie de la letra en sus
funestas estrategias de matanza por los sicarios de Arzalluz (miradle
ahí con facha de enterrador de nuestro país con toda la furia a
cuestas de avenate al que dan bascas hispanófobas, y nadie le hace
frente, ni se le rechista, parece un dios, todas las mañanas se va
de chiquitos por las Siete Calles, el chigrero se confunde y en vez
de vino le da a catar sangre humana con etiqueta del mejor vega
Sicilia).
Un
artillero tampoco es un asesino, pero ¿se puede llegar al homicidio
en nombre de la patria? Eso que se le pregunten al jefe de la banda,
al que he dicho antes. Que no se entera. Todavía anda por las ramas
de su árbol sagrado, ese roble de Guernica de inclinaciones
antropófagas y desde esa cima expectora todas las tardes amenazas. A
la cabeza de un partido político diseñado en el modelo del Irgan.
Parece ser que a los camuñas y tiranos como él les va bien la vida.
Hasta se manifiestan en su favor las madres de la Plaza de Mayo, le
hacen corro de harpías jaleando sus crímenes cometidos en nombre de
la libertad y de la patria vasca.
Pero,
ojo, con irritar a Jupiter. Su trono está sobre una encina que vivió
las cargas a retaguardia en los predios de las dos mochas. En
cualquier instante nos puede lanzar una ráfaga de su lanzallamas
mortal. Quedará ese carballar destruido, pisoteados sus fueros. Los
dardos jupiterinos se encargarán de hacer que el roble en cuestión
deje de dar bellotas y su cancerbero hortelano y criminal señor
pronto a dar malvas. Arzalluz se irá al carajo manda cojones.
Borrarán su memoria de hombre diabólico del mentón prominente
antes que le corresponda si nos sigue chuleando. A ese lugarteniente
renuente a pasar por calvo también lo pondremos en suerte. Le vamos
a enviar un barbero de Sevilla para que le haga un corte a navaja
permanente de gratis al objeto de que deje de agitar como ikurriña
inflamada ese flequillo amenazante de calvo presumido la testa llena
de sarna y el alma dada de pez. A las calderas de Pedro Botero duro
con él. Tiene vara alta con los americanos, es el darling boy de la
bibisi, aparece en la sien- nene cada por tres, pues mejor me lo
pones. Un tiro en la sien, dejará entonces de piarlas. Impacto sobre
el objetivo, parte de daños y perjuicios y pelillos a la mar. Todas
esas cosas no le incumben al brigada de retén. Si se pone chulo
llamaremos a la vigilancia. Irá derecho al cala. Allí será el
rechinar y el crujir de dientes con otros maromos. No hay derecho,
hombre por dios, porque he sabido que cada vez que los cachorros del
hombre satánico del norte hace carne sus camaradas en la cárcel
brindan con champán y viven allí a todo tren vida regalada a cuerpo
de rey y ojito con pasarse amenazan a sus carceleros. Se cambiaron
las tornas y los custodios pasan a ser los que están en la mazmorra
y no los asesinos. Pero el peor terrorismo no es el de esos sayones
sino la indiferencia de una sociedad que sólo se preocupa de sus
regímenes de adelgazamiento, donde los maltratos psicológicos se
han convertido en moneda de cambio en el interior de los hogares, el
cabeza de familia sin autoridad, la esposa que intenta realizarse
fuera del hogar y la prole bien crecida, amamantada e instalada, que
renuncia a abandonar el nido. Un flash de un atentado y el personal
continua enganchado a los programas de Ama Rosa siempre tan repeinada
con su escolta de boys y arropada por sus negros que recitan la
letanía de sus plagios. Se fusila, se copia, se afilan los colmillos
del vengador. La mentira y la emulación propios son la principal
añagaza del enemigo de los hombres, y no nos engañemos constituyen
el privilegio de los que disparan contra nosotros, nos hemos quedado
sin anticuerpos para organizar la defensa moral. La patria muere
atacada por el sida. La democracia se ha quedado sin respuestas.
Entre todos la mataron y ella sola se murió. No es fácil de
sobrellevar este clima de terror reconcentrado y como en recamara. Es
mucho peor que el de los atentados con coche bomba con los que
irrumpe cada vez con más frecuencia haciendonos presentir el polvo
macabro de la derrota eta y sus padrinos trilateralistas. Somos casa
en facción y así iremos a la ruina, bajo el punto de ira de las
armas de trayectoria tensa del Hermano del Norte, del fraude de
políticos poco avisados como Corla y la miseria moral que nos cubre
hasta el cogote. Todos estos son cartas triunfales con los que juega
ahora mismo el tahúr asesino dispuesto a acabar con un enemigo
contra el que está dispuesto a vengarse. España desamparada y
desarbolada será troceada y balcanizada como lo ha sido Yugoslavia.
Es dictamen del sanedrín universal.
Únicamente
los chatarreros de la postguerra predecesores de los barrenderos de
la sangre que aljofifan la suciedad post moderna y post industrial y
barren el zarzamillo de los añicos de las ventanas venidas abajo
-Madrid otra vez bajo las bombas con la luz apagada, ciudad cercada
que resiste- evalúan estragos mediante reconocimiento in situ. Son
los audaces recogepelotas de letales duelos artilleros. Se hacen
cargo mediante la correspondiente monda de los restos apilados en los
almiares de carne y de huesos destrozados. Madrid se ha convertido
bajo la invasión de los nuevos bárbaros del norte en un henar
suculento de cadáveres. ¿Quién nos va a salvar los muebles? ¿Quién
nos librará de la onda expansiva de los macarras del tesón
separatista? Me temo que los gritos de basta ya y de eta yo no serán
suficiente. Más muertos vendrán si no hay una terapia más
radical. Aquí haría falta un nuevo remember Brunete.
Los
chatarreros, los traperos de la misericordia, los enterradores de la
amanecida son buena gente pero no habrá fregonas ni escobas
suficientes para purificar el ambiente de tanta borrachera de sangre.
Son buenos samaritanos, cumplen de esa manera una obra de
misericordia mientras los cofrades de los asesinos en la trena
española, verdaderos hoteles de cinco estrellas para estos
miserables, celebran las batidas de sus comilitones en celdas con
nevera, televisor y gimnasio a costa del contribuyente, se mofan y
amenazan a los carceleros con un mañana te toca a ti ya sabes. Con
todo y eso, este no es el peor terrorismo sino el que han traído
estos tiempos de desamor, y de putería imperante, época de
Teresiñas que gritan consignas feministas como perras atrailladas y
de unos medios de expresión dominados por la serpiente que da pábulo
a los que ponen la bomba, y habiendo infiltrado la red tanto a
guardias como a asesinos nadie será capaz de poner el cascabel al
tigre. Llevamos una fiera de desilusión dentro de nosotros. Eta no
es más que un síntoma de la descomposición que amenaza al país,
el último peldaño de la violencia interna, una feroz maquinaria de
odio visceral que agarrota los nervios y destila por doquier podridos
humores. Esto tendrá que estallar.
Su
profesión meritoria es una profesión a extinguir, el oficio de
chatarrero quiero decir, desde que en los campos de Hiroshima no
pudieron trabajar. Las radiaciones son muy peligrosa. Allí no fueron
avistados con su castina fundente ni la azuela de tanteo. El hermano
americano quiso poner contra la pared a esta tribu de esperaderos de
la pólvora, los estibadores de los barcos de la muerte, de las minas
contra personal y contra carros que siegan piernas y brazos. Los
americanos, adoradores de un dios terrible y celoso, monstruoso como
la estatua sedente del Lincoln del capitolio, quieren acabar hasta
con los chatarreros y barrenderos. Eso es tracción de sangre y en su
país se apuesta por la tecnología de nueva generación.
Vamos
a ponernos serios: de lo que se trata es de sentar a Europa en la
silla eléctrica; sonó la hora de la zafra grande, invoquemos la
cámara de gas. Ellos tan legalistas y legitimistas traerán a la
tierra el trágala de la tiranía esgrimiendo la palabra, como un
conjuro, como un abracadabra, monserga de los derechos humanos, un
concepto que va en contra del derecho de gente.
Las
horcas caudinas por los que nos harán hincar la cerviz serán
estrechas y de techo bajo con los tejados para abajo y los cimientos
para arriba y esto no lo va a arreglar ni el Corla con sus
amonestaciones a la tranquilidad porque después de todo España va
bien. Bien jodida y de cabeza, pero cómo va a mandar en un país un
fulano al que se le ha negado la patria potestad en su vivienda y no
domina a su mujer que no se quiso poner el almaizar sobre los hombros
ni el humeral de las veladas y mucho menos la toca.
Tocas
y humeral a estas alturas del siglo XXI, vamos, anda ya, no me vengas
con disparates. Aquí todas somos feministas, hacemos uso de nuestro
cuerpo con el que nos apetece y nos viene en gana hasta el pecado
mortal, que eso del hijos sí, y todos ellos de padre desconocido,
maridos menos nos parece muy a tono con los tiempos que corren, tú
me has oído, Chirle- charlo, sabes muy bien lo que te quiero decir,
ahora ya no se sale a misa y vamos todas al desfile de modelitos
destocadas y descocadas. Nos asiste el sagrado derecho a la libertad
sexual. Eso es sacrosanto a qué darle vueltas y no me pongas en el
disparadero que puedo ir a la guardia civil a denunciarte por
comportamiento vejatorio hacia mi persona, nada me importa que seas
presidente.
Volaron
el campanario.
El
campanario del templo parroquial de Quijorna tenía un bonito techado
de eridelas cuadrilongas y tejas imbricadas que daba a su sombra
sobre el paisaje de ocres tamizados de oro un aspecto de pueblo casi
francés. La artillería concentraba el fuego sobre aquel objetivo.
Cuando las balas impactaban sobre el bronce, se producía un repique
o un voleo, según el calibre. Entonces los falangistas burgaleses se
persignaban y se infundían ánimos unos a otros diciendo:
-Vaya.
Tocan a misa.
Aún
bastante tiempo, las treinta y tantas horas que duraron las
escaramuzas se seguía escuchando en medio del tumulto la voz del
bronce. Algunos creyeron que por milagro y un signo que predecía a
las claras de qué parte estaba la deidad en aquel lance.
-Tened
fe y resistid, hijo míos - gritaba un teniente que mantuvo en jaque
durante un día entero a toda la artillería y la caballería del
Ejército de Maniobra. Cuando no pudo resistir más porque de
retaguardia no le llegaban tropas de refresco ni la munición
requerida (bombas de mano y armas anticarro) se pegó un tiro.
En
lo alto de la cúpula un morito del Tabor de Larache se encastilló e
hizo una numantina defensa disparando desde los cuatro ventanos que
mantuvo a raya a las tropas del ejército republicano; las columnas
marxistas no daban crédito a lo que vislumbraban en el horizonte: un
ser con faldas accionando furiosamente el disparador, gastó más de
cinco cintas sin fallarle la refrigeración, certera la mira,
diezmaba a la infantería que embestía contra el sector de Quijorna
camuflada detrás de esparteras y matorrales, llovían tiros y
versículos del corán, deprecaciones al dios baluarte de toda
grandeza y misericordia, numantina poliorcética de un rifeño tan
agitado por la causa de los nacionales que parecía haberse vuelto
loco.
Iba
vestido de blanco, tocado de un turbante verde, el alquicel al viento
de una gasa casi transparente.
La
posibilidad de que fuese una gachí sirvió de acicate a las
avanzadillas del general Pozas, todos querían llegar el primero para
hacerse con el trofeo, Marte y Venus se dan la manita y obligan a
espejismos maravillosos. Es una mora. Que no hombre que no, ¿cómo
va a ser una dama? Los marroquíes son muy caballerescamente
meticulosos en esto, más que nosotros, y, por moros celosos, no
permiten que las mujeres vayan a la guerra.
Cuando
apareció disparando contra los blindados rojos, los mandos que
seguían el desarrollo de la batalla con prismáticos tuvieron que
restregarse el globo ocular no fuese a ser lo que estaban viendo el
resultado de una ilusión óptica. Ha llegado Almánzor con toda su
hueste. Va a vengar a Boabdil el Chico.
-Eh
vosotros, a por “ella”. Neutralizarla. A qué no tenéis cojones.
-De
esos tenemos como el que más, pero también tenemos instinto de
conservación. A ver quien es el majo que se arriesga el pellejo
subiendo a la torre en medio de esa tolvanera de plomo.
Un
soldado ataviado en traje de mujer que al poco rato de iniciarse la
refriega mostraba manchas de sangre en su aljuba.
Podría
ser un espectro, el espíritu de un fantasma, tal vez el mismo
arcángel san Miguel en persona blandiendo su flamígera espada.
Los
dactilógrafos del Morse se agitaban convulsivamente y de consuno con
la telefonía portátil de campaña se pusieron a vomitar partes.
Toda la megafonía legitimista, tan legitimista que había legalizado
el crimen y la saca en la retaguardia, entró en funcionamiento y se
escuchó el ultimátum de un comisario sonando por el megáfono
exhortándole a que alzara bandera blanca.
El
intérprete le instaba desde un pozo oculto de tirador a que se
rindiese en nombre de Alá.
-Él
es el más grande y misericordioso y premiará a los que entregan su
vida en defensa de la justicia.
Volvió
a gritar haciendo bocina como un almuédano lleno de fervor
religioso:
-Alá
al kader.
-Venga,
Mohamed, baja de ahí en eso. No tienes ninguna escapatoria posible
¿no te das cuenta de que te tenemos cercado?
La
contestación fue una ráfaga colectiva. La cinta articulada de su
arma automática soltó cien cartuchos. La linea de colimación era
perfecta, destruyó otros cien objetivos. La toma de gases y el
embolo hacían sincronía de unísono y hasta parecían que ululaban
a gritos agónicos el himno guerrero de la Legión. Era el estruendo
de la jarca en el desierto con su grito de clamor de toda la
caballería de Alá.
El
novio de la muerte operaba la ametralladora con una mano y con la
otra esgrimía un ejemplar del Alcorán.
-No
me rindo a los enemigos del Profeta, acabaremos con los judíos que
han manchado esta bendita tierra.
Sus
palabras sonaban claras, rotundas, temibles, casi proféticas. Eran
oratoria pura de la yihad.
Corrió
entre las trincheras la voz de que era una mujer, una tía con los
ovarios en su puesto, y no una de las pedorras de Echegaray y
Ballesta que se trajeron consigo los milicianos al campo de batalla
para dulcificarles la vida bajo las armas. Infectaron las trincheras
de ladillas, soltaron sifilazos a mansalva y convirtieron el Alto
León en un lupanar. Para deshacerse de su presencia tuvieron que
correr y no pararon hasta la puerta de casa, al grito de ya vienen,
ya vienen a pegarme algo, ay, madre lo que me pican los testículos
escarificados.
Pero
otros se inclinaban dentro de la espiral de rumores por la versión
más misteriosa. No se trataba de una amazona, sino de la Virgen
María en persona- esto era ya la rehostia- que había bajado a
Brunete en carne mortal, como lo hizo en su día al pilar de
Zaragoza, sumándose a la causa nacionalista, para defender la torre
de un templo católico al que las turbas desalmadas pretendieron
fusilar como ya lo hicieron en el Cerro de los Ángeles con la
estatua del Sagrado Corazón.
La
Madre de Dios posó sus benefactores huellas sobre las tejas de
pizarra del chapitel eclesial decantandose en su intercesión a favor
del bando de Mola y de Franco. Fue jaleada la noticia a los cuatro
vientos sabiamente manejada por los expertos en información de los
batallones de Yagüe. Corrieron como la pólvora por las trincheras
nociones del suceso. Era el caso que Dios se había sumado a la causa
de Franco. El Padre de los Creyentes vetaba a los rojos.
Ello
aupó la moral de los requetés de Navarra, los más religiosos y que
lo estaban pasando mal con bajas escalofriantes por falta de
adaptación al territorio. La calorina y la sed minaron su
disposición para el combate. Nos vino Dios a ver, un ángel de los
cielos debió de haber soltado la armella del tirafrictor de la bomba
de humo y la carga fumígena de aquel hecho milagroso apuntaló los
ánimos desvencijados para la lucha. Teníamos de frente a un enemigo
que atacaba con sorpresa, arropado por los blindados que hicieron
aparición como fantasmas por los encinares. Los destacamentos del
Vértice Los Llanos y del Pardillo acababan de enarbolar bandera
blanca. Los de la Loma Artillera donde estaba mi unidad habían
perecido casi todos y sólo quedamos un puñado de supervivientes que
fuimos hechos prisionero. Yo me salvé gracias al Chafa,
precisamente, el que fuera rival de amores, nunca se lo podré
agradecer, fue un recuerdo el más grato que guardé de mi estancia
en aquel infierno de Brunete y cuyas circunstancias trataré de
explicar más adelante.
Pero
si parte del nuestras lineas se mostró indeciso y vacilante, o, como
decía Pepe Lita, el asturiano que hacía de enlace entre nuestra
centuria y la comandancia de puesto, el de Quijorna fue el que mejor
resistió. Quizás pudiera incidir aquel hecho anómalo del tirador
de la policía nómada en lo alto del campanario, que tomó por
alminar de mezquita la torre de aquella iglesia consagrada en el
siglo diecisiete, haciendo fuego a discreción con su Alfa 7,92. No
estaba chaveta. Sabía lo que hacía. Cuando se le acabaron balas en
la recámara optó por las bombas de baquelita, granadas rompedoras y
en última instancia cuando no tuvo más remedio se lió a tiros en
seco con un arma corta de nueve milímetros cuadrada junto al pecho
como una aljaba. Su audacia tuvo en las filas nuestras un efecto
multiplicador. ¡Vaya un tío! Un disparo artillero incidió en el
hastial del edificio volando su improvisado nido. Su ocupante saltó
al vacío. Fue una suerte de suicidio. Era un sargento de Regulares.
Había preferido la muerte a la rendición. Luego creo que le
condecoraron con la Laureada.
A
los judíos de la Brigada Lincoln se les rebajaron las ínfulas
después de aquella noticia. España no era Cuba ni tenían de frente
a un ejército integrado por mambises. Este hecho que algunos medios
calificaron de sobrecogedor y exponente del fanatismo de sus
contrincantes les daría mala espina. Barruntaban derrota. Si esa
hebrea renegada - pensaron los comisarios de la estrella de cinco
puntas para su capote- que parió al mayor enemigo de Israel hace
causa común con los moros y los católicos hijos de la superstición,
va a ser el apaga y vayamos.
Y
salieron zumbando. Tomaron algunos el primer avión para Nueva York o
se volvieron para Kansas city. Se marcharon blandiendo el puño en
alto amenazas y promesas de vindicta, geo-estrategias globales,
políticas y politicastros. Nos dejaron acá a Ernesto Papa Doc, que
se iba todas las noches de putas a Chicote y entre libación y
libación escribía novelas, inventando una nueva sección en
periodismo, el de corresponsal de guerra, género no objetivo que
pertenece más a la sección de la publicidad que al de la noticia.
Ya
estaba en el pensamientos de los internacionalistas, muñidores de
la moderna leyenda negra contra España, crear el monstruo de Henry
Kissinger dispuesta a dar los abrazos de la muerte e investir
caballeros a los agentes del terrorismo sectario. Os enviaremos a
Corlas, os minaremos Lavapiés, atentaremos en Vallecas, soltaremos a
los dogos de los asesinos del norte, alfombraremos Madrid de trilita.
Antes
de zarpar profanaron la estatua de Isabel de Trastámara bautizando
su velo y la corona regia de mármol con excrementos caninos, en
gesto de los que no perdonan.
Qué
cabrones. Sólo saben que mentir y que hacer daño. No me extraña
que la gente no les pueda ver. Van por el mundo sembrando el terror,
guerras, desolación. Nunca habréis oído hablar de un judío
simpático. Hasta su humor es un humor de rebotica. Se pasan toda la
vida inventandose holocaustos. Venterneros del odio, patrones de
todos los canallas, el gran sanedrín es un coro de protocanallas.
Nos
enviaron ya lo formulé en más de otra ocasión al del Bigotito
chirle charlo, el que se acuesta con la valenciana de culo caído y
trajeron remesas de milicianas y comisarias que apostaron en todos
los canales de televisión, percheleras ceceantes que sabían mover
las nalgas con poderío. Unas eran ninfas del amor, otras se
dedicaban a eso de la tercería, un oficio que siempre tuvo con
bastante gancho en este país celestinesco, se pegó a las masas su
morbo y otras escribían libros por poderes, pagaban a un negro para
que fusilase los bestseller en inglés. Llanto y dolor en las casas,
desvalimiento. Los hijos pegaban a los padres y los echaban de sus
casas para meter al negro que le bailase el agua a la madre,
escuchábamos a todas horas insolencias y paridas acojonantes,
crónicas marcianas que soportar en nuestra mesilla de noche, nos
amenazaron con un bardaje que saltó a nuestros parapetos desde la
tierra de Bolívar que no podía ser. Nadie sabe lo que tiene el
negro que escribía novelas por entrega a las madamas de los
programas rosas. La patria fue de esta forma cayendo poco a poco en
las garras del sionismo. La pata de la raposa afirmaba su equilibrio
sobre los trípodes, los angulares que todo lo ven y los micrófonos
matarratas, bombas de mano de la vulgaridad que se ha vuelto como una
piel de zapa en nuestras vidas prácticas en la doble moral. El
personal se desnudaba ante las cámaras o sacaba a relucir toda la
mierda de su vida en un interrogatorio de liviandades conducido entre
arrequives, momos seductores y gestos ensayados ante el espejo por
una inquisidora de tiros largos con mucho morbo, pero muy cursi,
sobre todo.
Se
las daba de tía buena e incluso de escritora con una audiencia de un
millón de lectores. Hasta publicaba cosas ¿Cómo puede sacar tiempo
para escribir con lo duro que es nuestra Pantera Rosa? Pluriempleo y
codos. Es la receta del triunfo. Jóvenes sin trabajo la ardua pela
el empleo en casa dejad de maltratar a vuestro pobre viejo que él no
ha debido de cometer otro delito que el de ser vuestro padre, pero
esta sociedad roma lo considera pecado mayor, mira que criar cuervos
para que te saquen los ojos, tú matate a trabajar para sacarles
adelante para que luego te insulten, te menosprecien cuando no te
aticen como dios manda que estos mozos de la nueva leva sin mili se
han vuelto verdaderas hienas, venid a ver cuál es el secreto, la
clave del éxito, sed todas como la Pantera Rosa. Presume de
divorciada. Le puso los cuernos al cineasta. Ese que monta películas
insoportables y tiene tan metido en la cabeza a Humprhey Bogart que
rueda sus escenas entre humo de cigarrillos americanos, ay que me da
la tos, le ha nacido complejo de sala de proyecciones, pues se pasó
la infancia y la juventud en una butaca del cine Montija, o iba al
Europa donde entraban dos y salían tres, que menudo sacomano,
querían imitar los besos de Clark Gable las parejas pero a lo burro
y la mimesis incidía en una aumento de la natalidad, pues ese que
tiene la cara de haba alargada y miserable pues se llevó al huerto a
la Pantera Rosa, luego se divorciaron y a ello la pusieron en la tele
y por las tardes a construir argumentos de novelas del colorín
colorado este cuento se ha acabado, muy en plan de feminista o así,
porque sus programas se abrían con una de esas pedorras que se dicen
vejadas, ahora vas y lo cascas. Tres horas insultando a la familia
burlándose de la institución sagrada exaltando el sexo, el lo hago
porque me apetece y el a nivel de pareja, ay señor, ay señor, y
luego vas y lo cascas y se descubre el pastel y resulta que no era ni
escritora ni entrevistadora ni nada y muy mala periodista que puestos
a decir al go siempre se saca uno esa profesión. Encima tenía un
negro que fusilaba a Barbara Garlan a placer y el cómitre ahora vas
y lo cascas se vengó descubriendose el pastel que la Pantera Rosa no
era nada. Sólo la entretenida de un jefazo de la Cadena Cónica, el
amigo del gran Filipo el que estuvo en América de corresponsal y al
que coronaron rey midas en una sinagoga.
Telebasta
y Telebastaya la de las manos asesinas fueron una institución que
sustituían a las iglesias selladas a cal y canto. No se cansaron de
gritar consignas. Entronizaron una monarquía de cimbel y de reclamo.
Nos dieron la promesa de un heredero que nunca reinará y será la
culpa de los aduladores palaciegos, de la prensa de cantón y de los
enterradores de la monarquía que acuden a los programas zapapico al
brazo para sepultar honras, de las cotorras de Transmisiones
micrófono sural en ristre, los hermeneutas recién traídos de la
Peña Infiel, los vampiros del hola. Las hormigas podrán retratarse
con las testas coronadas, os atiborraremos de baratas filosofías y
malas novelas de los hijos de Marías, las conjuras del Ansón y os
rebozarán en la baba del odio telemático que destilan los
comentarios de Faro Cohén. Este tiempo de tornadizos es de locos
repúblicos y a río revuelto ganancia de pescadores. La serpiente
siempre muda su camisa.
Todo
eso está muy bien, pero remember Brunete. Aquí les dimos una buena
soba a los judíos. En el 92 os echamos y en el 36 os tiramos al mar.
Habrá una Bereque pero se le eclipsará la buena estrella y dejará
de tener baraca. Vais a perder la batalla de David contra Goliat, os
vais a enterar de lo que vale una lendrera, probareis de vuestra
propia medicina, y a beber las mismas copas del llanto que habéis
causado a la humanidad. Aceite de ricino para desayunar y para cenar
granadas rompedoras. Seréis ahorcados, criminales, con la soga del
gran cadalso que levantasteis en vuestros tronos del aire. Remember
Brunete. Estas dos palabras serán el lema de los conjuros de
vuestras propias cenizas.
Los
carros de combate al aparecer por la contra pendiente ofrecían un
aspecto de langosta apocalíptica. A los pocos minutos de entrar en
acción un majuelo que teníamos delante quedó hecho trizas. Los
relejes lo devoraban todo. Sin embargo estas máquinas aterradoras
con su cabeza descomunal y la trompa del cañón de nueve milímetros
en la torreta tenían un telón de Aquiles según un teniente que
instruía a nuestro pelotón.
Son
sordos y medio ciegos, avanzan en una única dirección y no pueden
voltear cuando alguien les llega por el flanco o a retaguardia con
una botella de gasolina. La falta de versatilidad maniobrera les
rinde vulnerables. Los lobos tampoco pueden tornar porque parece que
llevan el pescuezo soldado a la cabeza pues así el tanque. Por eso
tienen igual que acometer en manada utilizando el factor sorpresa.
Esta
condición lupina así como la ferocidad del acero y del hierro
fundido les da un aspecto conminador. Cuando asomaban por el
horizonte el hocico y chirriando con estridencia fatídica las
cadenas de los relejes, bufando con crestas de humo exhalando por los
tubos de escape y ganando superficie sin que nadie sea capaz de parar
su marcha, nos echábamos a temblar, algunos soldados no podían
remediarlo porque veían ante sí la muerte por aplanamiento bajo su
rodillo tétrico y se iban de vareta. A mí me ocurría eso mismo. Yo
también me meaba por la parta abajo, me castañeaban los dientes.
Los
blindados eran de fabricación rusa, muy tosca con pocos arrequives,
pero poderosos y contundentes, pero por el ruido que metieron debían
de consumir todas las existencias de gasolina del parque móvil. Sin
embargo, ellos tenían excedentes de combustible y de munición,
precisamente algo de lo cual nosotros no andábamos muy sobrados.
En
cuanto a valor creo que estábamos a empate. si cojones tenían los
rojos, porque eran españoles un factor que nunca hay que olvidar,
nosotros teníamos tantos más, y no va a ser cosa de hacer aquí
alardes. Tenían armas mucho mejores pero no las sabían utilizar,
organización también parecía faltarles, mientras nuestros mandos
exhibían sobre el terreno una coordinación aquilatada. Ellos
atacaban en ráfagas, aunque, todo hay que decirlo, el ataque por
sorpresa de la madrugada del seis de julio fue una operación
estratégicamente de libro.
Se
te quedaba la boca seca al ver avanzar a los acorazados visión
solemne de la guerra moderna.
-No
tengáis miedo. Haced fuego sólo cuando estén a mira.
Dema
visiblemente agitado con el arma montada recorría la posición. Su
canguis competía con el nuestro. Daba violentos tragos a su
cantimplora llena de anís del mono.
-Son
rusos.
La
palabra Rusia era muy pronunciada por aquella fechas entre el
sobresalto y el temor pero también con la esperanza de que por fin
había una nación comprometida con la causa de la república. Los
que habían programado la carnicería habían decidido que Stalin
fuese estrella invitada en el sarao. El caudillo soviético
desconfiado y audaz entró al trapo pero no tardó en olerse la
tostada. Sólo se sentía el personaje del reparto de una tragedia
griega por entregas. Su actitud fue cambiando a medida que fueron
desvelándose matices desconocidos de los acontecimientos. Al final
de colaborador pasó a ser enemigo formal de la Bestia sin Rostro.
Quizás
simpatizara en el fondo con Hitler pero en aquellos aciagos días que
se avecinaban los campos de exterminio eran para todo el mundo. Puede
que los judíos fuesen la clase exenta y privilegiada. Lamento que
eso no se podrá decir sin correr riesgos y mucho más en este
momento.
Se
quedaba la boca seca. Era como si un estropajo hubiera sido
introducido a presión sobre tu garganta. Los trompies
en
ajuar de combate habían empezado a tramontar el repecho. Quedaban a
menos de doscientos metros de nuestra posición. Dema dio la orden de
contraofensiva. Unos saltaron hacia adelante y otros los vimos correr
como almas en pena hacia la carretera del Pardillo. Eran las primeras
deserciones. En el grupo de prófugo se encontraban dos camaradas de
Ciudad Rodrigo. El otro era de Toro. Los blindados, aquellas cigarras
apocalípticas, asustaban a cualquiera.
-No
sois hombres - gritó Dema a los que veía poner pies en polvorosa.
Hizo
una ráfaga que alcanzó al que iba zaguero. El tiro, de una puntería
certera, le impactó en el cuello. Nuestro capitán le ahorró
sufrimientos. Lo mismo debía de dar morir un poco antes que un poco
más tarde. Debajo de los relejes de los orugas soviéticos o abatido
por el disparo de un tirador de Larache.
Aquellos
armatostes eran vulnerables. Observamos cómo el valiente Dema se
acercó a rastras a la grupa de uno de ellos con una bomba
incendiaria. En un segundo el vehículo fue una almenara. Escuchamos
gritos terribles en ruso de los que viajaban a bordo al ser
alcanzados de lleno por un vórtice ígneo de cerca de mil grados,
temperatura comparable a la de un alto horno.
El
blindado que venía detrás al ser testigo de la desgracia de sus
compañeros frenó en seco y comenzó a disparar sin ton ni son y
otras tres unidades más aparecieron embarrancadas en fila india. El
jefe había dado orden de regresar. Intrépidos infantes del requeté
y de la falange colándose en las filas rojas habían neutralizado el
primer ataque acorazado que se registró en Brunete. Los lanzallamas
se encargaron de demostrar que en la guerra el acero puede ser
desbancado por el coraje.
La
muerte de aquellos pobrecitos achicharrados debió de ser dantesca.
Una pira de hierros retorcidos. Olía en el campo a carne de
churrasco igual que cuando en Membibre por san Martín asábamos
cordero a la estaca. Me dieron pena aquellos pobres rusos a los que
habíamos tenido la ocasión de oír durante las largas sesiones de
escucha en la duermevela antes de la batalla. Hablaban aquella lengua
tan melodiosa y llena de cadencias. Parecían personajes de un drama
de Chejov ajenos a la tragedia que les depararía el destino días
más tarde.
Algunos
eran muy rubios. Les vimos bañarse en el Aulencia una sofocante
tarde del mes de junio.
-Tiro
contra ellos.
-Deja,
deja que se bañen a gusto. Son soldados como nosotros. No saben lo
que les espera. Que gocen del sol de España.
Aquellos
simpáticos mozos de Murmansk, Kiev, Moscú y Leningrado,
impresionados tal vez por la benéfica temperatura diríase que en
lugar de haber venido a la guerra creían estar haciendo turismo en
la provincia de Madrid.
Se
bañaban alegremente en un recodo de la ribera allá donde resultaban
más espectaculares la vista del castillo con su torre del homenaje
en el alzado piramidal del cerro y las almenas vigilantes, ocres con
el incendio rojo del crepúsculo. Habían encontrado el lugar ameno,
esa querencia que desencadena verdaderas tormentas de actividad en el
ser humano el cual tanto se afana por encontrarlo. Debían de
sentirse protegidos por la silueta majestuosa de la fortificación
mudéjar dominando el alcor y la ribera orlada de las banderas
enardecidas de los chopos.
Atardecía
y se escuchaban voces de mujeres. Algunas milicianas se bañaban con
los soldados soviéticos despojadas de su atuendo y con todo al aire.
-La
madre que las parió a esas tías - dijo Pepe Lita.
-Por
el habla deben de ser de Vallecas, mi teniente.
-Les
tiro una ráfaga. Las tenemos a huevo.
-Deja,
deja - insistió el alférez Martín- me parece que vamos a ver
toritos.
-Joder.
Con las ganas que tengo. Hace ya tanto tiempo que no veo a una gachí.
-No
te creas que eres tú solo el que no se come una rosquilla de palo.
-Los
rojos lo tienen mucho mejor por ese cabo. El mando les pone putas en
plena línea de fuego.
-Así
no habrá desertores. No tendrán que escaparse a Madrid para
satisfacer sus necesidades.
-Dí
para engrasar el mosquetón y todos te entenderemos. Que lo de
necesidad fisiológica es otra cosa, cabo Recelado.
-Limpiar
el ánima con la feminela.
-No
seas tan gráfico.
-Fusiles
son los dos.
-Hay
que deshollinarlos de vez en cuando.
Toda
la posición se mantenía expectante. Todos estábamos excitados
ante aquel insólito espectáculo de las tías en cueros. La vega del
castillo de Villafranca vivía un anticipo del despelote y del
destape que habrían de producirse cuarenta años más tarde. Todos,
menos un flecha al que llamábamos Bogajo que era seminarista y
estaba a punto de cantar misa, nos dábamos ración de vista, un
lote, vaya. Un artillero había aportado uno anteojos de campaña con
periscopio bifocal y pudimos seguir el curso de los acontecimientos
que tuvieron lugar sobre la fresca y cencida hierba del soto.
Aquel
par de merdellonas le tomaron gusto al oficio y tuvieron coyunda no
sólo con los tanquistas rusos, ofrecieron su pecado mortal a los
combatientes del sector.
Lo
hacían a plana luz del día sin recato alguno. Había para todos.
Luego veíamos cómo presentaba armas todo un afortunado batallón.
Para traer ninfas del cantón deberían de estar muy seguros de que
la batalla aquella la iban a ganar y el gesto debió de tener su
aliciente propagandístico, querían que los de Franco nos
convirtiéramos en vulgares mirones. Las guerras se combaten a base
de dinero y echarle mucha carnaza de mujeres pero nosotros a ese
respecto estábamos a blanca, el páter del batallón durante las
misas de campaña no se cansaba de repetir que era malo y que si lo
hacíamos acabaríamos de cabeza en las calderas de Pedro Botero.
Únicamente los legionarios trajeron sus cantineras de recua pero no
debían de ser de mucha confianza puesto que ni ellos las hacían
demasiado caso y se iban de picos pardos a las ciudades de
retaguardia, a Avila, Segovia y Medina del Campo, Arévalo en
determinados casos, pero esto no era plan. Los de fortificaciones
tenían mucho más suerte porque tenían un Líster que si no hubiese
sido porque era rojo a mí era un gallego que me caía bien. Varela
no permitía el trato torpe entre nosotros y eso debía de hacer
bajar la moral de combate en algún punto. No está bien que yo lo
diga pero en parte fue uno de los problemas más acuciantes que
tuvimos algunos de nosotros, alevines, pobres, que nos veíamos lejos
del pueblo y nos dijimos ahora es la nuestra, ancha es Castilla y en
esas circunstancias de albedrío eufórico te entra de repente la
melancolía de mujer, ganas de hembra. Eres joven, a lo mejor mañana
te fusilan si caes prisionero o te tritura un tanque o vuelas por los
aires en volandas de la metralla de una bomba de mano y ¿qué
hiciste en esta vida, dí? Pues sólo se vive una vez y uno va a la
guerra a mejorar la raza, a conseguir la victoria o la muerte. No me
seas borde, mira qué pensar en esas cosas, Ursino, tienes demasiada
imaginación, se te va la olla, lo que cumpliría es que te
estuvieses quieto, mira los tanques. Ya se acercan a ti. Si te
alcanza un disparo de su cañón de retroceso, mañana estaremos en
Membibre de funeral, te tocarán las campanas, don Amancio te cantará
el gorigori y el abuelo Casiano se subirá a la burra o enganchará
el carro, Jovita, chica, que me voy a Cuéllar a cobrar el giro con
la gratificación, ascendieron a Ursino por méritos de guerra con la
laureada a título póstumo, te llorarán, qué bueno era y el abuelo
se embolsará los cuartos de la indemnización, la última masita. La
Merced irá al funeral de riguroso luto pero a los tres meses se
vestirá de alivio y se casará con otro. No hacía más que darle
vueltas a ese pensamiento de la muerte porque dicen que Eros y
Tanatos son el Castro y Pólux los mellizos de la simbología
esotérica, vienen juntos como los contrafuertes de dos ventanos
geminados cabalgando a la par. No me hagas caso, es que cuando tienes
a un carro de combate a dos palmos de tus narices piensas que todo
puede ocurrir, remember Brunete, llevarás luto por mí, Mercedes yo
sé lo que me digo, te quiero. Esos rubios de Leningrado ay que ver
que cuajo como se bañaban mens sana in córpore sano y al arrimo
suyo venían las tías esos pendones que seguían a los guerreros
como perras salidas. Decíamos que qué asco con la boca pequeña
mientras tragábamos saliva que por dentro nos moríamos de envidia.
Varelita debiera de copiar de Líster y del Campesino esa deferencia
con sus soldados y no tanto pasearse de punta en blanco. Es un tipo
que tiene una vocecilla de señorita pero dicen que tiene un par de
huevos y es muy disciplinario que el otro día mandó fusilar a dos
requetés por haberse dormido en la posición, habían hecho que
llegar de Santander y estaban derrengados con cuarenta de fiebre. ¿A
qué habremos venido a este pueblo infernal que hasta hace poco día
no conocía nadie y del que hablan en la actualidad a toda plana? A
dejar aquí los huesos, a convertirnos en mojama y que nos den luego
unos centímetros cuadrado en el Valle de los Caídos. Nos estamos
sacrificando por el futuro de la patria, pero yo no oigo cantos
triunfales desde este pozo de tirados. Únicamente el ralentí de los
motores de la división Smirnoff - se llaman como el vodka oye - que
bufan allá abajo en la ensenada y aspiro el aire contaminado de la
trinchera y las pestíferas bocanadas de burro muerto. Advierto los
primeros contrafuertes del castillo medieval. Recuerda las fiestas de
los salones, los relevos de la guardia en la torre homenaje, un largo
mirar. Naciste para ser piedra de almena. Los tanques rusos se
acercaban hacia nosotros a banderas desplegadas sin tapabocas
cubrepunto en la mira del ánima. Preparados a disparar y a hacer
boquetes. Un moro junto a uno de los caballones incendiados en la
parte de atrás allá donde los surcos habían sido almenara reciente
se prosternaba en oración a su dios batiendo suavemente con las
palmas de las manos vueltas hacia adelante el santo suelo. Con las
mismas que acababa de pasar la feminela para engrasar su precioso
máuser adoraba a alá. Sujeté el fleje expulsor de la bomba de mano
con los dedos. La baquelita de la caja del contenedor tenía un color
negro brillante, fúnebre en todos los sentidos, icé la carga
explosiva en el vacío moviendo el brazo con todas mis fuerzas y la
carga de trilita produjo una suerte de ruido especial como el de un
beso del espárrago al entrar en contacto con la parte superior. Sonó
un desbloqueo, luego una detonación. La carga inerte se estampó. Me
agaché y protegí la cara escondiendola entre los brazos. Un
compañero, servidor de la ametralladora que operaba a mi lado,
prorrumpió en un hurra ovante. Sus palabras estallaron lo mismo que
un triunfal latigazo. Se alzaban los gases fumígenos. Para ser la
primera vez que utilizas una peladilla de esas no marraste el golpe,
Ursino. Es que yo creí que el blindado que venía hacia nosotros era
una borrega desmandada de la casa de mi padre. El émbolo de la
ametralladora seguía su trabajo. Se escucharon alaridos temibles y
empezaron a salir rusos del vehículo cazado, achicharrados,
cubiertos en llamas. Otros carros que venían a la zaga explotaron su
misma rodera entre las encinas pero eran más cautos, iban a chocar
con nuestras lineas medio a tientas y a ciegas y del todo sordos. Era
un terreno batido por nuestra propia artillería que se entregaba a
los peligrosos alardes de fuego amigo. Decid a los de Medina que
cesen de batir el flanco que nos van a dejar sin gorros. Detrás de
los rusos venían los infantes del primer asalto. Los atalajes de las
máscaras antigás les confería un aspecto fantasmal. Fueron casi
todos segados en las oleada pero algún descolgado, rebasada la
trinchera, fue a aterrizar frente a nosotros. Teníamos tendidos
paineles de señalización para la defensa antiaérea. Sirvieron de
poco. Lo mejor en estos casos es ocultarse en la madriguera. Los
zapadores habían colocado como cebo de los chatos una simulación de
baterías de cartón que nos resultaron muy útiles. Contra sus petos
de plástico fueron a estrellarse las bombas incendiarias. Eran gases
vesicantes. Creo que en Brunete se ensayó el napalm. Salvése el que
pueda, escuchamos decir, pero nuestro abandono y nuestra indefensión
habían crecido con el paso de los minutos. Teníamos sembrada de
cadáveres la zanja. Muerto Dema, no había razón para resistir.
Uno de Ciudad Rodrigo alzó bandera blanca. Nos disipareis. Nos
entregamos. Nosotros también somos obreros como vosotros. Viva la
república y la revolución social. Poco les valieron aquellos
remedios, ni el trapo blanco que al poco quedó en rojo. Los
atacantes estaban como poseídos por una fuerza del mal. Por salvar
el propio pellejo. En la guerra si no matas mueres y ese instinto de
supervivencia les había hecho ser feroces. Todo el territorio estaba
iperitado de impregnaciones de radiactividad. La peor de todas, la
de la venganza bajo una nube de plomo. Aguantamos el chaparrón de
acero como dios nos dio a entender a una temperatura ambiente de
cerca de cincuenta grados que creo que hacía aquella tarde. El olor
a gelatina del napalm se condensaba con el del petroleo. A algunos
cadáveres les salieron ampollas después de haber exhalado el último
suspiro.
Eran
gases vesicantes.
Las
tropas de asaltos se nos presentaron como si fueran furibundos
argonautas vengadores de una hecatombe estival. Los atalajes de su
escafandra estival eran verdaderas guitas del infierno, correas de la
muerte.
Y
luego estaban aquellos anteojos de baquelita por los que las pupilas
amenazadoras como bombas de mano se salían de las órbitas.
-El
tiempo de la venganza ha comenzado -atronó uno de los sitiadores con
voz recia formidable, casi de ultratumba
-cavete
ne
forte graventur corda vestra in ebrietate et in crápula et in
cogitationibus seaculariis.
-¿Qué
significa
eso de cavete?- me preguntó Pepe Lita, el asturiano de Soto de
Luiña, nuestro enlace y al que el comandante había ordenado que
quedase de cabo de pieza vigilando el libre funcionamiento de la
ametralladora.
El
páter, don Amalio, que en aquel momento acababa de dar la
Extremaunción a Jorge el de Bogajo, explicó que se trataba de un
imperativo latino que significa tener cuidado, andar con precaución.
Jorge iba para cura.
-Coño.
Hasta para morir hay que saber latín.
-Estos
son la zupia que ha recogido Negrín en sus levas por los
Carabancheles y otros barrios bajos de Madrid para traerlos aquí a
morir. Remember Brunete.
-Esta
noche habrá luna y yo no la veré brillar- se franqueó el bueno de
Pepín Lita conmigo.
Ya
estaba la ninfa Oréade en lo alto del firmamento y se mostraba tan
campante. Me acordaré de ti, muchacho. Les será fácil borrar el
rostro de los que han caído. Mas no así la gesta. Su alma y su
nombre serán imborrables.
Un
ranchero no trajo brulote (aguardiente de azúcar).
-Venga,
bebe. Cavete. Hay que estar preparados. De ir para alante que por lo
menos nos lleven bautizados. Los efluvios de aquella mezcla etílica
nos metió en el cuerpo mucho coraje. Ibamos para la muerte con
vientos en las velas.
-Fuego.
-Fuego
a discreción.
Apretamos
con mano temblorosa y vacilante el detente del mosquetón; proseguía
la sarracina, un almodrote de pólvora y de misiles que llegaba por
todas las partes. Reconocíamos la voz de los nuestros sólo hasta
que sobrevino la debacle. Los llanos de la Mocha se habían
convertido en falbalá de polvo y llanto, de crujir de dientes. Casi
se sentía el ruido de los cascos de los caballos de san Juan al
trotar por la planicie. Todo ardía y era destruido.
-Pienso
en el Oviedo de Fruela arrasado por los árabes- dijo Lita de pronto
-. Pero Maragato luego derrotó a Mohamed en la batalla de Pilares.
Así ocurrirá con nosotros.
Era
la catástrofe, el derrumbe general. La parusía escrita por un judío
antirromano. Alguien que contempla la segunda venida en el espíritu
de la modernidad. La revelación no es más que un cambio y allí
estábamos nosotros siendo revelados, que no relevados. Unos días de
permiso era lo que nos hacía falta pero nunca se nos dio.
Pensé
en el fuego eterno y en la esperma yerma que afligiría a los
ninivitas cuyo gran pecado fue el de sodomía tan desagradable a los
ojos de Dios puesto que presupone una prevaricación de la
naturaleza. De esa manera habían empezado a pingar nuestras
existencias sobre el vacío.
-¿A
qué viene eso?
-Pues
que lo pienso.
-Hay
que ver las cosas que se ocurren, Lita.
Tenía
el pelo negro como el coaltar, puro alquitrán y una buena
disposición de miembros, un cuerpo hecho para arremeter, para irse a
la cobija, era el del enlace.
El
páter se puso la estola y enarbolando un crucifijo se fue acercando
hacia los tanques mientras entonaba las estrofas de un penitencial
mozárabe, el Attende, Domine, et miserere.
Vimos
entonces a un sepulturero con un legrón abrir un trenque. Su agitada
figura era semejante a un espectro, a una aparición que nos sacó de
nuestras cavilaciones enigmáticas. Los rojos se nos echaban encima
haciendo un alarde alaridos y de cápsulas fulminantes gritando lo
mismo que nosotros lo de fuego a discreción. El campo se llenó de
cadáveres y de trayectorias invisibles de los disparos haciendo
blanco sobre las crestas. Estábamos en medio de una refriega con
cargas de la caballería ligera. Aquella era una película de indios
con fuego real.
Los
teníamos a una distancia donde son peligrosas las bombas de mano y
se impone la lucha cuerpo a cuerpo: a menos de diez metros.
Yo
también hube de saltar de la tronera en aquel instante. se había
atorado un proyectil en el ánima de la ametralladora. Estaban
atascados los émbolos.
El
feo misterioso.
Aquel
señorito al que llamaban el feo misterioso era el que iba a bailar a
la Bombilla. Fue el que hizo de la bella y gentil Alcalá, convento
suplicante de la ciencia y la unidad querida por Cisneros, una
almenara de odios. No reivindique nadie su memoria que él fue el
culpable de los dos millones de muertos cuya losa pesa aún sobre
nosotros. Los que dicen que era un gran escritor se manifiestan con
la euforia de los que creen que acaban de descubrir las sopas de ajo.
Luego la preparó me cagüensu, y ahora todos a aguantar mecha con
tanto lío que no queda otro remedio. Pero pasaba que la guerra
parece ser cosa muy de españoles que cuando se ponen a hablar siendo
de inclinación inteligente acaba en un monólogo sin concesiones y
entonces ha de ser la lid, pues ninguna otra salida queda.
-Quiquiriquí,
sacarme de aquí.
-Quiquiriquí,
que vienen a por mí.
Entrabamos
en un laberinto de miradas y de espejos donde el azogue refractaba la
luz de una espada brillante.
Nos
vimos todos ya de cuerpo presente. Era llegada la hora de la
desesperación sin misericordia ni contemplaciones. Hubimos de
sujetarnos de forma permanente a una dieta de gazpacho con guindillas
y arroz con garbanzos. Por dios os lo pido no revolváis el potaje.
Nos acivilamos, todo el país pareció caer en la noche. Se oían
gritos por los barrios de gente acuchillada. El auriga sujetaba el
acial y nosotros, bestias de carga, nos empeñábamos en seguir
pegando cabezadas y pertugadas. A Garcilaso, luz muy esclarecida de
nuestra nación, lo sustituimos por García Lorca. Los palenques
literarios mostraban a los enanos encaramados a la altura de los
gigantes. Me acosté con una negra de Santo Domingo. Unas nalgas
preciosas, tú. ¿Dónde? En un local de ambiente que llamaban
Zelbeñie
de
la
calle
Magdalena.
Era
un chigre como todos pero con la particularidad de que por cada mil
duros que te gastases en la consumición se te permitía besar a una
camarera en la boca. Por cada dos mil en las nalgas y por cinco mil
te acostabas con ella. Por eso le llamaban Zelbeñie o Beso Gradual.
Lo había abierto un comisario soviético de raza judía que por lo
visto era de libidinosas inclinaciones. Buen morbo se gastaba el
gachó.
El
sacristán luego poniendo en juego su poderosa octava empezó a
entonar un responso por los niño muertos, por las criaturas
abortadas que no llegaron nunca a colmo. Un arcángel de alas negras
cubría los campos de la muerte en lo que el diácono despachaba las
solemnes letanías.
Estábamos
fatigados de insomnio y de aburrimiento. Nos conducíamos como
bestias viviendo una vida fantasmal. No se nos corregía la triple
papada ni eso de las micciones nocturnas que ibamos todos a acabar
prostáticos. Al cojo de Mamblas cuando le curaron la pierna - todas
las amputaciones son dolorosas- vino a hacerle el embozo de un
hospital de sangre sito en la ciudad de Ávila una enfermera alta de
perfil bizantino y gestos majestuosos. Al herido se le fue todo lo
que tenía entre las ingles para arriba. Fue sin querer pero el
cacharro entró en ebullición con bastantes ganas de guerra.
-¿Dónde
te atizaron, falangista?
-En
Quijorna. Nada más llegar.
-Pues
también es mala suerte. Pero cúbrase, cúbrase. Uy qué horror.
Acto
seguido el cojo de Mamblas tuvo una polución y también dos a vista
de aquella maravillosa enfermera cuya visión le había deparado el
cielo. Y es que lo que no puede ser no puede ser. Antes se pierde el
diente que la simiente y no digamos nada cuando se es joven y un obús
traicionero te trincha una pierna.
Vino
un sanitario con pinta de borrachín y la nariz en forma de cebolla
que le recriminó su conducta deshonesta.
-Pero
¿no te da vergüenza, soldado? ¿Delante de la matrona jefe, nuestra
solícita presidenta?
El
cojo de Mamblas estaba todo corrido de vergoña.
-El
segur de la guerra me cortó una pierna, lo otro no. Lo otro lo tengo
cada día más grande. Hasta parece que me ha crecido. Pronto va a
parecer la nariz de Felipe González-peroraba con su voz melodiosa y
con ese acento de cristal sonoro en el que se expresan las buenas
gentes de aquel lugar que parece que estar siempre hablando a una
mula pasera de las Morañas y ésta las escucha con parsimonia de los
cuadrúpedos avezados a todo camino.
-Dénle
baladre al animalito.
-¿Lo
quieres envenenar?
-Eso
mismo. Las gentes de bien en las aldeas sólo nos divertimos haciendo
daño.
-Ya
sabes -prosiguió muy terco-. Todo hombre de bien lleva en la frente
la señal de la coz de una mula.
-Eso
es de Campoamor.
-Pues
ahora dígotelo yo que empiezo a barruntar el fracaso. La fuerza de
la sangre es una quimera.
-Vete
con ese cuento a Hinaulafen maestro de novicios de asesinos.
Antes
vestían birrete, sotana, fajín y hasta esclavina; ahora los vemos
con capucha y una gran bandera que imita la Unión Jack inglesa. Ya
sabréis quién es el padrino de tanto bautismo de sangre, de tanta
sopas con honda vaticanas. El que tenga oídos para oír que oiga.
-Ah
pues yo qué coños sabía.
-Nuestra
vida cotidiana es una pesadilla,
-¿Verdad
que ése tiene también cara de mula? Creo que me explico.
-¿Y
qué nombre le ponemos?
-Lo
que el burro quiera.
-Le
basta y le sobra con que le denomine RH El acróstico ha de sentarle
bien a quien va de malo por la vida. Como el j. r. de Dallas. Igual
que el otro tiene éste la cara de palo y por él no me extrañaría
nada que anduviéramos a palo otra vez.
Desde
mi tronera mientras arremetían los tanques rojos y nos arrollaban
veíamos cruzar tales imágenes del futuro. Se avecinaban tiempos
difíciles. Nosotros derrotaríamos a la bestia en el campo de
batalla pero ésta ganaría la guerra de las transmisiones propalando
mentiras que habrían de sentar cátedra de verdad en lo sucesivo.
Los
accesos boscosos a Madrid por aquel entonces eran una catacumba a
cielo abierto. Nosotros combatíamos la esclavitud. Ellos venían
cantando el celebre latiguillo de viva las cadenas con sonoros mueras
al capital.
-Salud
y revolución social. Arriba la república.
Nosotros
cantábamos Arriba España que creo que queda mucho más bonito:
La
camisa azul postinera, el yugo y las flechas por blasón, al cinto la
repleta cartuchera,
sobre
el hombro un nuevo mosquetón.
Allá
va por la blanca carretera un valiente y gallardo mocetón a
defender, dispuesto, la bandera, de Falange Española de las Jons.
La
guerra se hace con canciones o, de lo contrario, ni nos movemos de
casa. Ellos traían los deberes hechos al campo de batalla y
entonaban sus propias cantinelas más irreverentes que las nuestras.
No
queremos Dios ni queremos catecismo. Lo que queremos es el socialismo
que es mucho mejor. Y queremos comunismo.
Menos
poéticas sus tonadas pero tal vez más efectivas. Se veían venir
los estallidos de la sangre. Y repetían estas canciones hasta un
suplicio de las gargantas con el ardor inaudito de estudiantes
calabazanos. Por eso perdieron la contienda porque carecían de un
dios que les protegiera durante la ardua empresa acometida.
Los
comisarios cazadora de cuero y pistolón al cinto recorrían las
posiciones. Por las noches a través de la radio escuchábamos a un
tal Arturo Barea de voz aguerrida y fuerte. Era un buen periodista
de un estilo pugnaz y nada finchado, uno de los puntales más
destacados de aquel régimen. Daba gusto escucharle y más de uno,
atraído por sus ideas, se cambió de bando, pero la mayoría de la
programación nocturna de Unión Radio eran habladurías enconadas y
caían en ese desmadre que ha caracterizado a los judíos: la falta
de gusto, las modas perversas y toda la carnaza de la que ellos
siempre se libran y se la venden a otros sin otra idea en mente que
la de corromper a los pueblos.
Me
volví zahareño y poco comunicativo. No era menos ante el
espectáculo de la carnicería que se estaba produciendo ante
nuestras propias barbas.
-¿No
podríamos parar esto, Isidoro? Hacer las paces y fundirnos en un
abrazo de Vergara y marcharnos a España de una vez.
-
No podremos, Ursino. Ellos no quieren. Sus jefes son los que han
empezado la fiesta.
-Vamos
a explosionar con una bomba en este sequizo.
En
el frente me sorprendió no haber encontrado ninguna preocupación
política. Repetíamos como papagayos las cuatro ideas que nos habían
metido en la cabeza los instructores. En los ratos francos de
servicio la gente jugaba a la brisca y al principio, antes de que
comenzara la friega se habían jugado partidas de mus por poderes de
trinchera a trinchera.
La
trinchera vino a ser un símbolo de la España negra, irredenta
nadando en la apatía. Nos tratábamos de sacudir el tedio y el miedo
jugando a las cartas. La sequedad de los campos de Brunete se
compaginaba con la sequedad de nuestra alma. Luchábamos hermanos
contra hermanos repartiendonos la tierra como tigres. Emergíamos de
los podridos pueblos con ideas cavernícolas, la saña a flor de
labios, la mentalidad puntillosa y la fiebre de rencores antiguos.
Toda aquella rancia ira tuvo que explotar en pleno campo de batalla.
Menos
mal que no había viejos cotorrones aunque no nos faltaban jóvenes
zorroclocos. Si te descuidabas un poco, te robaban hasta la camisa.
Algunas veces me acordaba de Membibre y pensaba en mis pobres padres
y trataba de imaginarme lo que estaban haciendo los míos en un
momento dado, sobre todo cuando me encontraba vigilando en la garita.
Abría la ladronera de la puerta de la posición y dejaba que volara
el pájaro de la imaginación detrás del cordal de las sierras:
-Ahora
estarán saliendo de misa. Ahora mi padre habrá bajado al molino a
dar agua a los machos y en lo alto de la torre de la iglesia
crotorarán las cigüeñas alabando a dios en su nido por la reciente
puesta. El tío Anacleto estará en las eras amontonando la parva en
el troje.
Y
se me oscurecía la mirada velada de lágrimas. Pero cuando más
añoranza tuve de mi pueblo fue el once de noviembre de 1936. Era la
fiesta de san Martín el misericordioso, el de la capa rasgada ante
el pobre y dicen que es el que más mira por los borrachos, en casa
le teníamos una gran devoción, él debió de cuidar de nosotros
preservando nuestros huesos intactos y logrando que todos los
hermanos regresáramos a casa incólumes después de aquella gran
borrachera de la guerra.
Hubo
una explosión terrorífica como un relámpago. Se alzó sobre los
cielos el signo de la centella y había una granazón de estrellas
que aparecieron de repente para pasmo de los que allí nos
encontramos. Los investigadores de la geofísica moderna no han dado
aun con la clave de aquel suceder.
La
barba de Moisés volvió a partirse, instalada en el cacumen del
monte Horeb. Los sacos terreros haciendo terraplén se vinieron hacia
nosotros con gran fracaso de grita y de maldiciones.
-Nos
entierran vivos. ¿Hay un dios justo para merecer nosotros este
castigo? Precisamente nosotros que nos esforzábamos por el porvenir
de esta tierra que pertenece a los españoles todos, a los vivos y a
los muertos. Lo que antecede y lo que sobrevendrá. La patria es un
patrimonio común inviolable.
Perdida
la gravedad, fui catapultado entre radiaciones de las armas
automáticas anunciadores de que el nido de ametralladoras había
sido recuperado para las armas de la República. Me quedé con el
percutor de la Hochkiss en la mano y la cinta de la ametralladora
terminó por enroscarseme al cuello lo mismo que si dijéramos una
serpiente fatídica. El bronce de Aneo que señaliza los presupuestos
de la conspiración.
Aterricé
en posición invertida los pies para arriba y la cabeza boca bajo.
Estaba
experimentando sobre mi propio cuerpo los efectos del cambio que
habría de producirse de allí a unas fechas.
En
las postrimerías del siglo mi sobrino toparía con aquella cruz
invertida en los muros sagrados de la iglesia mayor de Arévalo y en
los de santa María Micaela de Villafranca del Castillo, porque
precisamente en la bajada de donde estaba nuestra posición se
erguiría a finales de los noventa un templo circular con la cúpula
ochavada a modo de linterna mística.
El
párroco, un hombre joven que se parecía a san Juan Bosco, puso el
grito en el cielo ante aquel desafuero. Ninguno queríamos la cruz
inversa pero por lo visto los españoles de estos tiempos tenemos que
comulgar con rueda de molino. Aquel símbolo formaba parte de la
conspiración universal, que orquestaron los fementidos.
Una
patrulla de gamberros amargaba las noches al pobre párroco con sus
serenatas de baloncesto, litronas y retozos sobre la hierba del
parque. Las pequeñas bestias descubrieron un placer secreto en
causar destrozos. Acabar con las marquesinas de las paradas de
autobús, pintar símbolos macarras en las paredes urbanas que
aparecían a la mañana siguiente como alizares salidos del pincel
del diablo.
Invocaban
por padres todos ellos de la movida a un tal Pablo Picasso.
Obedecían
a una consigna furiosa que recurría al escorzo diabólico por
doquier y al píntale de verde. Destripar el mundo. Dar la vuelta al
aire.
Como
la gente dejó de acudir a la iglesia éstas permanecían vacías o
cerradas a cal y canto.
Donde
estaba la viña en la que cayeron tantos de ustedes, tío Ursino,
frente por frente del templo al que he aludido y que tantas
dificultades está encontrando han levantado un supermercado. Hay un
mesón de churrascos argentinos y una taberna regida por una de las
mujeres más perversas que he conocido, Moña Reoctava que bajó de
las montañas a escupir odio sobre nosotros. Chigres y tugurios
tampoco faltan en la barriada. El vicio prospera tanto como el
desaliento y la incomunicación.
Te
prometo que el ángel que veló por vosotros en la batalla y os llevó
al buen puerto de la eternidad a los que caísteis a causa de la lid
por la patria me echó una mano en más de una ocasión. Por ejemplo,
cuando quiso pegarme un turco. Sólo consiguió arrancarme la cruz de
un escapulario que llevaba encima, pero el gancho era un directo
fortísimo que alguien impidió. Dicen que los borrachos tenemos por
abogado a san Martín a cuya intercesión debemos el que al cabo de
las tenidas lleguemos al hogar con los huesos en su sitio por más
que molidos por las folías del etílico y la incomodidad de las
resacas.
En
este lugar estuve esperandóos a todos entre mis libros con los que
me he decidido enterrarme para hacer la higa a los inicuos. No ha
llegado el que esperaba. La pobre Teresuca hizo por mí lo que pudo
en vista de las muchas dificultades.
-Eres
un hombre con mucha entereza.
-Y
con muchos pecados a las espaldas - dije yo -. Es preciso que alguien
venga a mi resguardo. Porque estoy condenado. Vivo en el infierno.
Habló
en aquel preciso instante una voz por los megáfonos.
-Estáis
copados. Rendíos. Salgan todos de la fortificación con las manos en
la nuca. Entreguen las armas.
Todavía
resuena en mis oídos el estruendo de aquella voz potente de acento
conminatorio e imperial. El sol se hundía por las quebradas donde
crecía el albardín y todo el esparto y la retama habido y por
haber. Con esta planta se curtieron muchas alpargatas de los que
murieron en aquella guerra. La recia alborga de los que cayeron
besando a fuerza de pasos sobre la arena trenzó una historia de
miedos y de heroísmos a gran escala.
Nos
habían vestido un mono de peto. Dejaron un arma en nuestras manos y
nos dijeron que tirásemos en aquella dirección. Algunos perdimos el
gorro azul de levita roja con dobladillo encarnado al saltar sobre
las trincheras rojas al grito de arriba España y el peto del mono
azul quedó agujereado por orificio de balas.
De
la misma manera que apuntábamos para un sitio, la verdad sea dicha,
podíamos haber apretado el gatillo a favor de los otros. Qué miedo
cuando se enfrentan las dos Españas pero aquella confrontación se
había hecho estrictamente necesaria.
Se
escuchaba un clamoreo sordo de fuego de mortero que poco a poco se
apagaba. Fallaba la altimetría y flojeaba la moral. Los moscas
alemanes en los cielos de la vertical de Quijorna se merendaban a los
chatos rusos. La artillería de campaña enviaba recomendaciones de
fuego desde la Ciudad Universitaria a todos los edificios de Rosales
y del Parque del Oeste. Se combatía casi cuerpo a cuerpo en el Campo
del Moro.
-Ramiro,
no me jodas. No recules, quedate fijo al terreno. Si corremos es
peor. Nos tienen a huevo. No conviene amagar a la suerte.
Venían
en oleadas. Aquella eclosión de milicianos parecía una invasión de
hormigas.
Poco
a poco se fueron haciendo más prolongados los retumbos de los
estampidos. El enemigo se descolocaba y el cañoneo cesó al punto.
Abandonamos
la casamata como nos indicó el comisario. Sólo nos presentamos
Lita, el cabo asturiano que había recorrido todo el sector del
frente como enlace de patrulla en sus tareas de reconocimiento, y un
sargento marroquí de Regulares, muy maltrecho a causa de una herida
en una pierna. Se le estaba poniendo la piel de color verde. Vendría
pronto la gangrena.
Una
formación de milicianos desperdigados en semicírculo frente al
foramen del pozo donde estaba instalada nuestra casamata nos apuntaba
con sus armas. Miradas hoscas atenazadas por el odio y los deseos de
revancha. No nos llegaba la camisa.
-Os
ha llegado la última hora.
Nuestros
enemigos las armas montadas tenían mal pinta. Antes de la guerra
debían de haber estado presos. Azaña vacío el penal de Chinchilla
y del Dueso y mandó a sus inquilinos para el frente. Las primeras
columnas de vanguardia de los que operaban en Brunete contaban con
una extracción patibularia.
Su
aspecto y su mirada especial de desesperados delataba que a ninguno
les importaba perecer en aquel envite porque todos ellos se habían
prometido en esponsales con las parcas.
El
que parecía su arráez, un sargento de Ingenieros, con toda la pinta
de recién escapado de una cuadrilla de titanes y al que llamaban
Ponderal, se acercó hacia nosotros.
Lita
se derrumbó llorando como un niño temblandole la barba. Noté
aflorar unos efluvios que no eran los de la cadaverina averiada de
los mulos despanzurrados a nuestras espaldas, sino de la corrupción
excretoria. El asturiano temeroso de ser fusilado sobre la marcha
exoneró su vejiga y se descompuso en los mismos pantalones ante la
escudriñadora mirada del sargento Ponderal.
No
había podido aguantarse. Es un acto reflejo de los condenados a
muerte.
Ponderal,
quien ya nos había dado muestras de lo que era capaz de hacer al
haberse ensañado con el cadaver de nuestro comandante muerto al pie
de la encina centenaria, nos echó su aliento a vinazo y prorrumpió
en una estentórea carcajada. El diablo se había reído ante
nuestras mismas barbas.
-Vaya
unos valientes. Vosotros sois los falangistas forajidos, la esperanza
de la patria. Y una leche. Os cagáis en los pantalones. Sois una
mierda. No valéis para nada. Maricas, fascistas de mierda.
Aguanté
el chaparrón mordiendome los labios. Cuando estaba de rodillas el
energúmeno nos conminó a que levantáramos pero de un patadón en
plena cara volvimos a rodar por tierra. Empecé a echar sangre por
las narices.
Muley
a pesar de estar tan malherido era el que daba más muestras de
querer vivir, a nosotros este aliciente nos importaba menos, a mí
particularmente, que soy muy decidido.
El
sonido del fuego de artillería en la distancia cada vez más en
mengua ponía contrapunto a la pella de recriminaciones invectivas
del energúmeno.
El
pobre Muley se prosternó a tierra en gesto de sumisión y
acatamiento a la vista de aquel coloso que lucía galones nuevos
dorados y una estrella roja de cinco puntas del tamaño del ojo del
cíclope. Sus lágrimas y su desesperación poco antes de ser
fusilado me llenaron de indignación y evoqué la tristeza expresada
en el poema del conde de Foxá que trae a la memoria sonoridades del
ardor de las batallas de un medievo en cantar de gesta fronterizo en
algaradas de expugnaciones de castillo y campiñas taladas durante
razzias de primavera cuando en Córdoba la sultana reinaba en su
trono un califa por nombre Abderramán de ojos azules pues era hijo
de una cristiana.
La
mirada del moro expresaba el señorío y la resignación del humilde.
Era sin duda un buen creyente y mejor hijo del Profeta:
“No
llores,
Abdelazís;
no
llores que vas a España. Que el fusil te lo da Franco y en su fusil
su palabra; y está el jardín del profeta al otro lado del agua - Ya
están girando las hélices, ya en el avión embarcas, ya vuela sobre
las nubes la flor morena de África.- ¿de quién son esos tejados y
esa puerta regalada?- Esos tejados, buen moro, son la ciudad de
Granada. Sus ojos mirando al suelo se le llenaban de lágrimas. Los
Regulares de Ceuta llevaban pardas chilabas. -¿Dónde está Córdoba,
amigo? Mi Córdoba la nombrada. -Los rojos la están cercando, casi
la tienen ganada. ¿Por qué no vuela ese pájaro? ¿Por qué no
mueve las alas? (Bajo los roncos motores sonaban tenues campanas) Que
llegaban a Sevilla, jazmín y remo, en el agua barcos del
Guadalquivir, el limonar del Alcázar y en los turbantes, la sombra
antigua de la Giralda. ¿Harás el te en las trincheras, Abdelazís
por España? Platerillo de Tetuán, babuchero de sus plazas, el que
vendió las ajorcas desde Arcila y Casablanca y en Fez no estudió el
Corán porque pertenece a Francia. Sé que caerás una noche y Alá
sabe en qué batalla. No sé si será en Toledo o en Oviedo la
cercada o te helará con la luna la Ciudad Universitaria. Pero sé
que está tu sangre defendiendo a mis campanas, mis libros del
Escorial y mis custodias labradas. Que al otro lado del monte los
hombres sin dios te aguardan, con tanques de oro judío y cien
banderas de Asia. Si mueres Abdelazís sobre los surcos de España,
no el zoco chico de Tánger celebrará tus hazañas ni el domador de
serpientes contará sólo tu fama. Los poetas de Castilla te dirán
con lengua brava: también tienes tú tu lucero, español de piel
tostada”.
De
la punta de la bayoneta recién ahincada en la carne del capitán
Dema manaba todavía un reguero de sangre que había venido
salpicando una hilera desdichada desde donde yacía el defensor del
Vértice Mocha bajo la encina inmensa y misteriosa y el mantelete de
nuestra empalizada.
-Dema
Giraldo. ¡Presente! Has sabido morir como sólo saben morir los
hombres.
El
comisario de casaca de cuero - llevaba las solapas de la zamarra
alzadas como si hiciese frío, un hecho insólito en medio de aquel
tórrido verano en el que se nos heló la sangre- se acercó con
ademán chulesco.
Aquel
gachó no venía desde luego con sanas intenciones.
-Pedir
perdón, paisa, - oí exclamar al rifeño en chapurreado castellano.
-No
se te concederá.
Volvió
a prosternarse ante su raptor Muley pero el sargento Ponderal hizo
oídos de mercader ante sus protestaciones de inocencia. El tirador
de Sidi Ifni era hombre muerto. Ni siquiera le dio su verdugo
oportunidad de incorporarse para recibir a la muerte en pie.
Ponderal
metió su dedazo enorme por la ranura del guardamonte de su carabina
último modelo. Metió en el cuerpo del indefenso musulmán toda la
munición de su canana. Lo menos treinta disparos que atestiguaban la
saña y el mal corazón del odio empecatado. Ante el espectáculo de
semejante salvajada no lloraron los cielos de España pero un ángel
que se cuida de guardar estos desacatos al mandato divino debió de
anotar aquel hecho infame en las páginas de un cuaderno negro cuyo
contenido no será revelado hasta el día del juicio final.
Aquello
estaba mal. No era digno de la condición hidalga que se le atribuye
a un español, pero las fuerzas cósmicas que inflaman el corazón de
los atolondrados mortales para que cometan semejantes atropellos
habían sido emponzoñadas por ese odio y ese oro judío que pide
revancha. El mal espíritu del demonio cainita se había metido en el
cuerpo del sargento de Fortificaciones. Rusia bajo las garras del
odio hebraico se había convertido en santo y seña de toda aquella
iniquidad, pero no eran rusos sino judíos los que estaban detrás y
otra vez tendrían que pagar justos por pecadores en la devolución
de visita. Que bien sabía la bestia simular sus actos y encubrir sus
masónicas coartadas. Todo daba la impresión de justamente lo que no
era. Los gazapos de la camada de la liebre maligna cubrían los
surcos de sangre de los campos de España.
Un
día la careta será descubierta y caerá la máscara. A lo mejor no
tardando mucho.
Todo
un cargador contra un pobre morito que había sido reclutado en una
de las últimas levas prometiendo el paraíso de Alá a los creyentes
que cayeran en la guerra santa de la recuperación de España.
Aquello
clamaba al cielo.
-Muere,
moro hijo de puta.
Un
blasfemia puso rúbrica a aquel instinto de venganza en el que no
aleteaba la conformidad castrense; únicamente un prurito criminal.
La verdad y la justicia habían sido puestas con las orejas de burro
de cara a la pared. La heroica España estaba en el dique seco.
Aquello clamaba al cielo.
Los
sesos con toda la pía mater y la sustancia gris del puntero salieron
proyectados contra las rocas en salpicaduras de pringue funesto y se
mancharon de encarnado las junturas de los sacos terreros, la
esquirla de un hueso occipital quedó prendida entre las ramas de una
mata de hinojosa. El esbirro había vuelto a tajar con golpe certero
pero la historia de todos los pueblos está escrita con estas grandes
gestas de martirio que jamás podrán ser reclinadas en los
comulgatorios del olvido.
Una
cinta de su turbante verde voló por los aires, igual que el alma del
pobre Abdelazís, y se ensortijó con las zarzas de la sebe de una
torrentera seca y sangrienta. El carnero de Abrahán. No hubo voz de
dios hablando entre las zarzas evitando el holocausto inane del justo
Jacob, pero aquel trozo de gasa ensangrentado anunciaba a los tiempos
venideros un futuro de esperanza y voló a anunciar la liberación
hasta las montañas cubiertas de blancos penachos del Atlas. La
muerte es como la coz de un caballo, o la patada de la mula Romera
cagando sobre el declive.
Entonces
pegué yo un grito con voz formidable. Una fuera extraña que
despreciaba la vida propia y la seguridad me impulsó a plantarme
delante de aquel sayón. Pensaba en la justicia de lo que ha de
venir.
-No
es justo, Ponderal. Esto va contra las normas del derecho
internacional. Es preciso respetar la vida de los rehenes. A los
cautivos de guerra no se les fusila así sin más.
La
Virgen del Rehoyo cuya imagen sentía dentro del pecho como un imán
de salud, de vida y de fuerza, me infundió valor para plantar cara.
-¿Y
a ti quien te dio vela en este entierro? Mira que no me retruques
porque soy capaz de hacer contigo lo mismo que hice con él y más.
Por
toda respuesta me desgarré la camisa azul y ofrecí el pecho a las
balas.
-Vamos,
gallina. Dispara si tienes cojones contra un hombre desarmado. Yo no
soy moro, sino cristiano pero me siento más próximo a él que a ti
aunque seguramente estés bautizado. Él es mi prójimo. Tú mi
esbirro.
Ponderal
quedó desconcertado y sin saber qué hacerse. Pero parece que le
turbó mi discurso haciendole recapacitar sobre lo ilógico de su
conducta.
Entonces
fue cuando sonó detrás la voz de uno que reconocía yo. Era un
grito de los de mi pueblo. El canto de los juegos de infancia. El
Chafa mi rival en los amores vino a ser mi defensor en aquella
circunstancia de vida y de muerte.
-Alto
el fuego. No le liquides, Ponderal que ese tío es de mi pueblo. La
cara alargada, la cabeza como la ojiva de uno de esos pepinazos que
nos envían desde sus cureñas y plataformas envenenadas los del
trece ligero que atrincheran sus baterías detrás de la loma, y en
el occipucio un lobanillo de grasa, los ojos chiquitos como de pollo
de perdiz y el pelo colorado como el de algunas ratas, algo caído de
hombros, el labio superior fuerte y como partido, las piernas largas
con buenos calcaños, y la voz chillona que parece que cantan. Este
tiene que ser un hijo de la tía Paula. Un Parra.
Reconocí
la voz del Chafa a mis espaldas. Pero coño ¿qué haces tú aquí?
Pues lo mismo que tú. Anda que contento me tienes. Vaya una jupa que
nos han dado estos moros. Hay que reconocerles el merito que tienen.
Con la carabina en la mano no se les despinta una bala. Nuestros
jefes están que trinan. El otro día en Majadahonda cortaron la
caballera a todo un batallón del Hipomóvil. El Campesino no ha
dicho que moro que agarréis es moro muerto. Hay que desjaretarlos.
Al que cojamos prisionero no les arriendo la ganancia. Pero yo no soy
moro. Yo soy de Membibre de la Hoz. Hay que ver que cosas. Las
vueltas que da la vida. ¿No tendrás un cigarro, Ursino? Me quedé
sin tabaco esta mañana y estoy que trino con estos nervios, con los
ataques y contraataques. No creí salir vivo.
¿Cómo
es que me podía haber reconocido mi coterráneo? Jamás podría yo
explicarlo. Sólo sé que aquella mala bestia al que llamaban
Ponderal se quedó quieto, medio alelado. Un ángel debió de pasar
por los campos de Brunete a la hora de aquel ocaso dejando inerte
aquella mano levantada a punto de bajar asestando sobre la víctima
un golpe de cuchillo. Una fuerza oculta sirvió de lastre. El
centurión Longinos hundió su lanza en el costado del que manaron el
agua y la sangre pero no procedió a la crural. A Cristo no le
rompieron las piernas en la cruz porque el Padre había dispuesto que
no descoyuntasen miembro alguno de su cuerpo. Todas las compartes
permanecerían intactas.
Ponderal
había rematado a nuestro comandante al que después dieron la
Laureada y pocas tan merecidas y mira que en Brunete se derrochó
heroísmo pero como el de nuestra comandante muy pocos. Cierto que
tuvo que apoyarse en el saltaparapetos para resistir el dolor y la
desesperación de aquel instante, pero ¿quién no?
Se
ha fraguado a lo largo de los siglos una historia poco verosímil de
los valientes y de los santos. No son retratos al pastel ni
figurillas de mayólica sino hombres muy de carne y hueso.
Por
lo que a mí se refiere, se me condonó la gracia de vivir en el
postrer instante. Iban a descargar todo un peine de munición cuando
fueron pronunciadas aquellas palabras de misericordia en el último
instante, del Chafa, no me cupo la menor duda. Lo había enviado en
la oleada de atacantes la Virgen del Rehoyo.
Detente,
Abrahán. Ahí tienes un carnero de un año con los cuernos enredados
entre las zarzas. Que el recental ocupe el lugar del holocausto que
correspondía a ese pobre fascista. Era una fórmula de oración de
sustitución a gran escala. Había que encontrar otra víctima para
alimentar la cadena, para cebar al monstruo. Para eso es para lo que
sirven todas las guerras para hacer de válvula de escape a la
codicia estúpida y a las condiciones regresivas del ser humano que
mata por prurito de matar. La bestia humana se cría en malas
entrañas. El frenesí predatorio y el instinto carnicero forman
parte de su naturaleza. Al hombre y a la mujer les gusta la guerra
permanente.
El
coloso bajó el arma que apuntaba mismo contra mis sienes. Estoy
seguro de que una mano secreta lo contuvo porque estaba dispuesto a
liquidarme de la misma manera que acababa de hacer con el rifeño.
Alcé los ojos y vi dibujarse en los alto los perfiles de la Madre de
todos nosotros. Otro prodigio. Las lomas guadarrameñas se iluminaron
con su sonrisa de compasión llenando de una fragancia especial los
aires. Tenía la cabeza algo inclinada hacia el lado derecho conforme
la pintan los imagineros orientales. Aquella mujer excelsa que
aplastaba la cabeza del dragón con sus plantas triunfales de la
muerte y los engaños y añagazas de la carne no podía ser otra que
la patrona de mi pueblo, la Virgen del Rehoyo que había venido a
visitarme luciendo lo mejor de sus galas azules. Estaba en su trono
aéreo impávido e ingrávido esgrimiendo su sonrisa por encima de
las densas nubes que había formado la deflagración artillera y el
humo de los incendios. Se habían socarrado las cosechas de aquel año
y las vides mostraban su luctuoso inventario de muerte, sarracina y
de cepas descuajadas.
Mientras,
el Perpetuo Socorro planeaba desde lo alto. Habíamos padecido mucho,
pero
yo velo por todos vosotros, estoy con todos los hombres.
De
ella se reían los judíos y los impostores, los que adoran a Baal y
a Mamón y sólo tienen por máxima deidad a las cajas fuertes, los
afiliados a la única seguridad tajante - para ellos lo concreto y
redituable- del numerario. Bancos,
dadme cuentas corrientes, el dinerete, lo único importante. Aquí
lo que hemos de hacer es ir a lo positivo.
La
patrona de mi pueblo estaba allí según anunció el ángel. Dios
permitió que yo columbrase su imagen gigantesca ocupando la mitad
del hemiciclo del horizonte para aumento de mi fe y como experiencia
inenarrable en recuerdo de la Batalla de Brunete. Un signo a prueba
de balas. Salvé la vida e hice la promesa de acudir a dar gracias si
salía vivo de aquélla. De momento no me habían herido ni causado
ningún daño; era un simple prisionero.
Nuestra
Señora del Rehoyo se venera en Membibre de la Hoz desde el siglo
XII. Ha desaparecido la vieja talla de madera y unos imagineros nos
fabricaron una estatua con el pelo rojizo, los ropajes con pliegues
majestuosos, eso que se da en llamar en arte técnica de paños
mojados. Demasiado mojados porque como después me diría mi sobrino
que para eso es periodista y es de los que está siempre a la que
salta se fijó en que a esta imagen de la virgen se la notan las
piernas desnudas y las curvas del pubis y la región iliaca que dejan
entrever la escotadura de un biquini. Vamos que la quitas las manos
juntas y como en oración y es como para sacarla en una revista del
corazón. La antigua talla del siglo XII fue vendida por un párroco
desaprensivo a un anticuario, en plena debacle de los años sesenta,
cuando se produjo la segunda desamortización religiosa de
Mendizábal, y se pignoró nuestro gran patrimonio artístico. Pero
mi sobrino que se fija en todos los detalles dijo aquello que el
hábito no hace al monje y que la virgen del Rehoyo es la más guapa
de España, vestida o desnuda que lo mismo dará. Todo es del cristal
del que se mira que diría Campoamor. El artista se inspiró antes de
meter la gubia en el tronco de aquel pino resinero en una muchacha
con el pelo rojizo. Parece una de la familia. Esta
moza debe de ser de los Parras ya digo.
Cuenta
la leyenda que se había aparecido a san Frutos quien mandó
esconderla en una nava y luego al cabo de bastantes siglos fue
descubierta por un humilde pastor que sus ovejas guardaba. La ermita
le
fue dedicada en el siglos XVIII sobre una antigua iglesia mozárabe
cuyos muros zagueros tocaban unas viejas cuevas. Se ha aparecido a
mucha gente del pueblo. Entre ellos a mí que desde entonces tengo en
gran atenencia estos prodigios marianos, tan necesarios para una
época tan descreída como la que nos ha tocado vivir. Si san
Marcial es el abogado contra el fuego y san Martín al que con tanto
fervor hemos entronizado en Membribre de la Hoz nos libra del mal
vino, la Madre de Dios bajo la advocación del Rehoyo impedirá que
España vuelva a caer en manos de los impíos.
De
alguna manera volverá a renacer la antigua fe. Era algo por lo que
estábamos luchando.
Algunos
de los supervivientes de aquellos combates, cuando sonó la anúteba
y hubo un gran despliegue de fuerza, tan ardorosos y extraordinarios
vieron otros muchos prodigios. Unos hablaron de que se había
aparecido el apóstol Santiago montando un caballo blanco como en
Clavijo. A mí se me apareció la Virgen. La vieja fe es parte
sustantiva de la manera de ser del carácter español. No deberíamos
renunciar a ella en ningún instante.
Sucedió
que también a mí me ocurrió el prodigio de escuchar la voz
misteriosa en el majuelo descepado igual que en la cuaderna vía de
Berceo y desde esa fecha tuve por libro de cabecera a los “Milagros
de
Nuestra
Señora”:
Fabloles
voz del cielo doliente et querellosa.
Oid-dixo-,
cristianos, una extraña cosa:
la
gente del judaísmo sorda y engañosa
nunca
contra don Cristo fue más porfiosa.
Quedaría
una
fuerte batuda o huella indeleble de aquella convicción que se
perfila cada vez más segura en nuestros día, a la vista de los
acontecimientos: en Brunete derrotamos a la bestia y se le hizo
mascar el polvo sin malfetría ninguna ni engaño. Desde entonces los
ejércitos de la impostura que nutren sus filas de las transmisiones
con sus cuartos poderes basados en la mentira y el engaño de la
virtualidad que nos acojona sienten pavor ante este batintín que
agolpa las fuerzas nacionales. No quieren hablar ni por pienso de la
Reina Isabel la Católica, han inficionado, sepulcros blanqueados, a
la mima Iglesia y en su ánimo de revancha y de dar la vuelta a los
acontecimientos han llegado a un grado de perversidad y de
mixtificación increíble.
Su
vientre fue la dulce posada del verbo encarnado. Su manto es la dulce
almejía que nos servirá de refugio contra las fuerzas de la
iniquidad rampante. Ella es la representante de la Trinidad en la
tierra en lucha perpetua contra la serpiente que se esconde entre las
ramas del árbol de la ciencia.
Observé
aquella visión con los ojos remellados muy abiertos. Chafa tú me
salvaste. Nos formaron en una especie de playa que hay en las
estribaciones del cerro donde se alza el castillo.
A
los flancos dos ángeles poderosos con brazos de atlantes sostenían
la esfera armilar y derramaban incienso sobre las cañadas de un
turíbulo funerario por los que habían perdido aquella tarde. Había
dejado de pensar en mí y me acordé de los falangistas mirobrigense
y de los gallegos, casi todos lerenses a los que llamaban los
marisquiños y habían venido al Guadarrama, al Aulencia y al arroyo
Perales desde las riberas brumosas del Miño y del Sil. La virgen
cubría con su almejía el sueño eterno de aquellos pobres caídos
haciendo las veces de madre para los soldados desconocidos que
perecieron en los arrabales de la capital española. Las
inmediaciones de la Universitaria, Pozuelo, Villaviciosa de Odón,
los altos del Paseo de Extremadura, los Carabancheles y el Campo el
Moro, es un inmenso relicario de aquel valor, de todo aquel esfuerzo.
Extramuros del dolor y alfolíes del recuerdo. Remember Brunete.
Cuando paso por estas lomas en el ir y venir del tráfico insistente
de la Nacional VI mi mirada se queda cautiva en la remembranza de las
gestas. Con los ojos del alma soy capaz de ver lo que los del cuerpo
no ven, y ni el cine ni la televisión dicen o los historiadores
soslayan. Algún día puede que resuciten aquellos muertos. Que
vengan a pedirnos cuentas. Hay en estas páginas arrancadas
alevosamente de la historia de España o torticeramente manipuladas
la hermosura del rostro arrasado por el vitriola.
-Podéis
decir de nosotros lo que os convenga - claman desesperanzados los
espectros de los que murieron en la batalla-. Pero lo que nunca nos
podréis arrebatar es la gloria de nuestra generosidad. Tuvimos un
par de huevos. No asesinábamos por la espalda como suelen hacer
ahora los esbirros a sueldo de Hinaulafen que continúa sonriendo
engreído desde las páginas de los diarios, ahíto de primeras
páginas y suscitando la atención general que le sirven en bandejas
sus turiferarios, acólitos, compañeros de viaje y caciques del
nacionalismo cerril.
-Es
verdad, Ursino. Sois un ejemplo de lo que en adelante nunca ha de
suceder, pero, como les duele su derrota, han decidido todos ellos
borrar vuestra memoria.
Bajo
la gruesa artillería de su propaganda el pobre pueblo se ha
convertido en un atajo gimiendo bajo el yugo y el látigo de los
impostores.
Teresiña
que foi? Dierónme as vixigas. Era hermosa y mira ahora mi rostro. Te
lo arrasaron de vitriolo, pero sigues siendo la mais linda rapaza do
povo. Yo tenía una novia que se llamaba Teresiña. Le picaron las
viruelas pero parece que compensaba. Había soñado en la belleza de
una Beatriz pero acabé por desposar a una pejina. Así es la vida
que nos depara tales sorpresas.
Vi
brillar la diadema de la Virgen del Rehoyo. Guapa rapaza rubia, una
silvina. Tenía el pelo rojo como mi hermana Petra y era pecosa.
María pertenece a nuestra estirpe. Se ha hecho de los nuestros.
-Los
Parras no tenéis gran ventura en las empresas terrenas, pero yo os
recompensaré alguna vez. Extenderé mi manto y os protegeré.
-¿Dínos,
Madre, qué fue de Helen? ¿Y de la niña que se nos ahogó en un
pozo? ¿Y de Henarcilla a la que cantamos el entierrillo a causa de
unas fiebres el año 40? ¿Y de la pobre Mercedes muerta tan joven?
¿Y del Guille y de Dimas y de Segundino?
Me
miró con ojos pensativos y sonrió con tristeza. En aquella sonrisa
contemplé yo los secretos de la vida. De alguna manera todo tiene
una razón de ser, incluso las desgracias personales, los fracasos
sentimentales, la ruina de los pueblos y de las naciones que vienen
abajo igual que los individuos y las familias que los compone. Bajo
el halda mariana todos estos desastres encuentran una razón de ser
en el regazo de la esperanza, aunque más allá de esto no puedo ir.
Desentrañar los misterios que nos rodean no haré. Redunda en pro
del enigma de la patogénesis. Tenemos una mujer que vela por
nuestros destinos en el firmamento. Ella supone algo más que una
figulina de barro cocido. Ejerce sobre nosotros una maternidad real.
María llevaba una almanafa o almaizar al estilo moro. Eso ya es un
símbolo de todo lo que vendrá.
Sentí
sobre mí la fuerza del dios y el cielo era un alfarje dorado con
esmalte de muchas estrellas que ejercía sobre mi cabeza unos efectos
analgésicos. Era como un almuz contra la ceguera ambiente y los
dolores. En ese baluarte que nos pone a cobro de las acechanzas más
persistentes. María nos libra. María, refugio del pecador nos
defiende.
Me
acordé también de los tanquistas rusos. Una mano invisible y
cubierta de la desazón del odio inexplicable, que estaba presente en
aquella guerra, como en todas, les había hecho desembocar en aquel
lugar. Habían viajado a las llanuras de Brunete en busca de la
muerte, pero el aire de deportividad y la despreocupación con que
encajaban tan certero golpe les volvía a nuestros ojos seres
entrañables. Tal vez en el cupo se escudase oculto algún querubín.
Habían
venido de lejos a batirse por un ideal o a morir la más dantesca de
las muertes dentro de la caja de mandos de un carro de combate o
vigilaban desde el pescante expuestos a ser blanco de los disparos
punteros de nuestra infantería. No se puede morir así en tierra
ajena y a manos de quien desconoces.
Sus
blindados ardieron en inhóspita pira a los pies de una carrasca
retorcida cerca del recodo de una trocha, oh infausta muerte, delirio
de la sinrazón humana. El sol de los ardores de España y el aire de
caliente tramontana les serviría de sudario a los bisoños
expedicionarios soviéticos. La guerra para los que la gestan desde
la plataforma de un submarino o en la cangreja de un blindado guarda
un carácter tétrico de inmersión para abajo. Al vientre de la
ballena de Jonás. Si es símbolo lo que queréis ahí van todos en
tromba. Todo es premura y congosto, pero un campo batalla no ofrece
otra alternativa ni facilidades. Dentro de un tanque o en la bodega
de un submarino se perece la más horripilante de las muertes.
Recordad al Kursk. Resulta que los cientos valientes de aquella
tripulación hundida el trece de agosto del dos mil en el mar de
Baren tuvieron enojoso precedente en los voluntarios comunistas que
vieron la luz de dios por última vez en las lomas de Brunete, donde
tampoco lo pasaron muy bien, aunque su presencia registró un hito
para la historia. Era la primera vez que dentro del territorio de
Iberia se hacía la guerra desde tales plataformas catapultas que
recibirían su fuente de inspiración en las hoces murales romanas
para abrir brecha en los muros enemigos y los instrumentos de asalto
de las legiones apodados “terebra”.
De
esta forma el ahora se funde y se entreteje con el antes y se
encadenará con el después. No hay hechos aislados en el mundo sino
que todo se transfunde y se entrelaza en una relación de causa a
efecto. Los compartimentos estancos en puridad no existen más que en
nuestra imaginación. Y esta relación - por eso mismo- no puede
ceñirse a una sucinta lista de acontecimientos formales, ni a hechos
objetivos sino a un encadenamiento de causas y de concausas, ese
conglomerado más allá del absurdo de la conducta humana.
A
mí me que me den campos abiertos para morir. Quiero expirar con el
aroma de los cardos en mis pituitarias y la esencia bravía de las
ulagas que coronan las cuestas y las rasas de nuestro paisaje, mi
rostro bañado en el resplandor de las lejanas estrellas. Nada de
horizontes cerrados. En la carlinga de un carro de combate que
alcanza la muerte se hace inhumana.
Pepe
Lita, un asturiano de facciones negroides, pues había nacido en
Cuba, era el enlace de nuestro batallón. Se movía como una rata por
aquel dédalo de conejeras y de ramales fortificados. Parecía un
superviviente nato, hecho para la resistencia y la conquista. Sin
embargo, no pasó la primera rueda de reconocimiento en el primer
arqueo de los cautivos cuando nos tomaron por banda las tropas de
asalto del XVIII Ejército de Maniobra. Un comisario se quedó con su
rostro que le debía de recordar algo por lo visto y vació el
cargador de su pistolón sobre su frente altiva de color verde oliva
de indiano de Soto de Luiña. Allí habían dejado zanjado su
destino. Lita, un elegido de los dioses, subió a hacer guardia junto
a las estrellas en el primer retén, donde dicen que se juntan los
pensamientos y están las personas que un día amamos y que alguna
vez volveremos a ver.
Era
fácil perderse pero el sentido de orientación desconocía cualquier
reto; siempre encontraba la hura. Eran lugares, decía, que no van a
dar ninguna parte. Tan pronto estabas con los rojos como con los
nacionales, pero eso les acontecía con frecuencia a los labradores
del Pardillo que araban en una finca que caía en un sector y
arrejacaban en otro. Lita con sus ojos escrutadores de hurón
escurridizo parecía hecho justo a la medida de los supervivientes.
Distinguía a la perfección cada uno de los remontes y hasta las
guaridas de las alimañas sabía (el crascitar del cuervo, el
crotorar de la cigüeña o el zureo de la tórtola encamada). No le
eran ajenos los secretos del Morse y el del código de transmisiones
heliográficas. En último término, los que ganan las batallas son
los espías.
-Me
han hecho prisionero casi antes de entrar en fuego.
-También
es mala suerte, muchacho.
Estaba
en un error apreciativo sobre Lita y su calidad de tipo con suerte.
Porque apenas llegamos a la telera donde nos recapitularon a los
prisioneros en la punta de un cerro a la entrada del pueblo de
Majadahonda justo donde se encuentra hoy el bar que llaman “Sol y
Aire” y que fue un merendero después de la guerra un brigadista le
conminó a que agachase la cabeza.
-No
se me ha perdido nada, compañero.
-Por
eso mismo. Agacha la cabeza.
-Al
cielo sólo me humillo -volvió a insistir cortés pero enérgico.
-No
aguanto pencas de nadie y menos de un fascista.
-Qué
tú
haces, cobalde.
No
tuvo tiempo ni de santiguarse pero la Virgen de la Caridad del Cobre
o la Santina debieron de porfiar para llevarse a aquel valiente a las
alturas utilizando, ascensionales, los pliegues amorosos de su manto
que sirvieron de sudario a tantos de los nuestros. Loor a su memoria
de anónima sangre derramada. Aquellos tiempos fueron grandes porque
fueron épicos.
En
ese instante le vació sobre el cráneo del afro- asturiano todo un
peine de munición aquel salvaje. Allí quedó el pobre Lita tendido
sobre unos merlones, abono de aquella tierra para que el trigo
creciera un poco más.
No
había camilleros, ni curas, ni porteadores de munición. Faltaban
las bombas de mano en aquella tierra sedienta y sangrienta. Vamos a
acabar de una vez. Tengo veinte años. Me van a pegar un tiro, seré
para siempre un escogido de los dioses. ¿O no me lo van a pegar?
¿Salvaré? Se abrieron todos los flancos del horizontes cuando cesó
el cañoneo y vimos aparecer sobre las lomas escuadrones de
caballería detrás de los tanques. Hubo varias batidas en el sector
de Qujorna y el Vértice Lijar. Los jinetes rojos haciendo un alarde
de valor imponderable saltaban sobre las trincheras sable en ristre.
Algunos eran abatidos en el instante del asalto cayendo de los lomos
de su montura blandamente como el cuerpo que se desploma cadencioso
sobre el reclinatorio de la blanda sepultura y luego los corceles que
montaban salían desbocados por los trigales en furor sin rumbo al
emprender la última carrera. La presencia de aquellos guerreros es
lo que más espanta ahora mismo mi memoria visual. El recuerdo
olfativo quedó atrofiado para siempre a causa de las emanaciones
cadavéricas y el auditivo sólo escucha gritos. De vez en cuando
aparecía estola a los hombros y las enseñas doradas de los
sacerdotes castrenses preguntando quién quería confesar. Lita, que
era para estas cosas algo supersticioso, por más que buen cristiano,
rehusó el ofrecimiento. Yo me hinqué de enojos detrás del
parapeto. Como la trasera estaba llena de cardos y de pinchos me
ortigué las rodillas pero el suplicio duró poco, menos de lo que
tarda en santiguarse un cura loco. El reverendo debería de tener
prisa. Acaso miedo y no me mandó rezar ninguna penitencia. Padre,
que se le olvida ponermela. Pero, hijo ¿te parece poco el estar en
este infierno? Si sales con vida de ésta, ya habrás cumplido una
dichosa penitencia para toda la vida. Fue una de las escasas
experiencias cómicas que tuve en aquellas horas en las cuales anduve
entre Pinto y Valdemoro como aquel dice. Por lo visto, el ponerme a
bien con Dios, luego me dijeron, no sólo me infundió valor sino que
me salvó la vida. Ya nunca he relatado mis pecados con tanto fervor
como aquella vez.
La
onda expansiva de un obús nos había arrojado fuera de la trinchera
al asturiano y a mí. El resto de los sirvientes de la batería
anticarro y las dos secciones de ametralladoras se los tragó la
tierra removida sobre aquella catacumba de cascotes, polvo. Debimos
de inspirar lastima a nuestros captores. Ponderal no hizo uso de sus
armas y el Chafa empezó a dar voces. ¿Te acuerdas de cuando
entonces? A ese no le hagan nada, es de mi mismo pueblo. Anda coño,
¿pero qué haces tú por aquí? Mira que hay que joderse. Quemaron
los trigos, pasaron los tanques destruyendolo todo con un furor
rusoasiático, grandes escarabajos de muerte. Han acabado con el
olivar que tenía lo menos cuatro siglos. Por estos remontes es donde
cazaba el rey Felipe IV- muy venatorio él en todos los sentidos de
la palabra- y es esa la encina casta donde acribillaron a mi capitán
don Antonio Dema Giraldo es donde sus palafreneros de entonces
debieron de abrevar el caballo. En círculo no la abarcan el tronco
tres hombres. Milagro es que no haya ardido. Allí crecerán
renuevos, florecerán los sardones, revolotearán las mariposas rojas
y el aguila gualda cubrirá carrera en su tránsito hacia las
estrellas desde arriba. Llevaba mucho alcohol en el cuerpo. La había
cogido buena antes de pegar el envite y venirse disparando hasta
nosotros hasta que se le terminó todo el cargador. Murió como un
valiente. Como saben morir los españoles de pura cepa, raza
acérrima y ubérrima. Había nacido en Cuba el año 1894
Sería
ocioso, por otra parte, adentrarse en más detalles de lo vivido por
mi tío Ursino. El pobre, al igual que cualquier soldado de cualquier
guerra, no pudo tener una visión total de los acontecimientos
padecidos por un sector muy importante de la juventud española y
europea en las tres semanas de un ardiente mes de julio. No era un
estratega sino un simple voluntario al que le tocó padecer las
consecuencias de aquel enfrentamiento temerario - pero acaso
inevitable- y tan poco fraterno. Para él la guerra no fue un
espectáculo ni unos anales sino un simple vivencia imborrable con su
carga de sed, de hambre, miedo y otros padecimientos dirimido en
plena canícula casi a las cinco de la tarde como si de una novillada
se tratase con la diferencia de que el primer espada no era Majoleta
sino Moloch en persona y los mozos de leva los erales de aquel
sacrificio. Él hablaba años adelante y yo le sonsaqué algunas
cosas una tarde en que fui a visitarle y estuvimos mi padre, él y yo
compartiendo recuerdos.
Acaso
lo que más le impresionó fue la sequedad del ambiente a causa de la
falta de agua. Con riesgos de sus vidas los soldados de uno y otro
lado bajaban a llenar sus cantimploras a un regatillo del que fluía
un pequeño venero junto a unos juncos en la vega del Guadarrama. La
deshidratación y el ansia de refrescar la garganta podía incluso al
instinto de conservación por lo que algunos se jugaban la piel
reptando hacia el manantial que estaba en zona muy batida por el
fuego de fusilería.
Oler
la carroña entrañaba la posibilidad de poder morir de asco. Los
cadáveres de las personas yacían insepultos cara al sol y al
planear de los buitres por aquellas fechas con tanto trabajo y mucho
donde elegir y catar. Esas sensaciones olfativas tan desagradables se
mezclaba con el de los cuerpos atrincherados en las casamatas y en
las zanjas someras a las que no cabía el título de parapetos porque
fueron excavadas sin profundidad y donde para tirar no podías
ponerte de pie, tenías que estar tumbado o acurrucado. Tampoco había
vagado a los de Sanidad para desinfectar por más que alguna de estas
huras defensivas habían sido tratadas con desinfectante o habían
recibido una mano de cal.
Nunca
me abandonará el recuerdo de aquellas sensaciones que se pasaron por
mi mente igual que un relámpago -muy duradero porque en el
transcurso de un instante en lo que se dibuja una centella- quedaron
patentes todas las ventanas de la memoria y en cosa de unos pocos
segundos vi desfilar ante mis ojos la procesión de mis días- aquel
crepúsculo estival cuando la artillería alargó el tiro y toda una
infernal batería de fuego fusilero concentró su mira sobre nuestras
cabezas. Para colmo, estaban aquellos monstruos, los tanques
soviéticos, especies de coleópteros de pesadilla. El ruido que
metían las cadenas de las orugas en combinación con el cañón de
la torreta y el de las ametralladoras acercaban la noción de estar
protagonizando escenas inmediatamente anteriores al Valle de Josafat.
Verdaderamente
los blindados con su avance imponente descuajando encinas y
cabeceando sobre la rampa a causa de los embudos y de fallas sobre el
terreno eran para amedrentar a cualquiera. Los oficiales pedían
bombas de mano y botellas de gasolina. Tirarles a la catenaria ¿Qué
es eso, mi alférez? ¿Qué va a ser? Las ruedas. Parecéis alelados.
Las fauces se secaban. Agua. Agua. Cantimploras. Venga. ¿Dónde se
han metido los porteadores de munición? Sin botellas de gasolina y
sin bombas de mano no era imposible detener la progresión de
aquellos mastodontes deslizándose sobre las posiciones con sus
orugas implacables.
Con
semejantes monstruos mecánicos enviados a pelear a la guerra de
España Rusia se había vuelto en un nombre maldito y execrable, pero
no era la Santa Rusia de Nikolai Berdiaeff, de san Valdemar o de
Pedro el Grande sino una nación de nariz ganchuda y de soviets, de
pogrom y de planes quinquenales, resuelta a destruir Europa invocando
las patrañas filisteas escritas por un judío implacable y sin
piedad al que llamaban Carlos Marx y que había encontrado muchos
compañeros de viaje en la España sabatizada de Manuel Azaña, de
Largo Caballero, de Margarita Nelken, machorra y sáfica, o de La
Pasionaria, aquella aldeana que se jactaba de que cuatro hijos tenía
y no supiera quién era el padre, la de las frases ametralladas en
consignas, hijos sí maridos no, la que condenó a muerte a Calvo
Sotelo, ha hablado por última vez. Durante la transición y el
paripé de la consolidación de la democracia encontró no pocas
imitadoras entre el mujerío liberado y respondón. Las discípulas
de la Dolores fueron responsables en parte de uno de los flagelos que
afligieron a los hogares destruidos y a las familias en trance de
descomposición: la violencia doméstica o de género (esa definición
la he inventado yo que me he preocupado mucho sobre el tema en el que
veo la mano oculta del diablo). Las tenazas del separador se agitaban
sobre las cabezas de separadas y de separados. Madre Augusta, ¿que
haré yo? La mujer española ha perdido su condición misteriosa de
alma femenina y viste el mono de miliciano por muchos modelitos que
se echen encima. Quieren ser tierras como la Pasionaria y la Campos
al grito de hijos sí, maridos no. Lo hago porque me apetece y con
quien me dé la gana. A estas harpías de guante blanco les debemos
la esterilidad de los úteros. Se han ligado las trompas de Falopio
para ejercer más libremente la prostitución bajo el slogan canalla
de hijos sí maridos no. Tienen que venir moros a empreñarlas.
España se despuebla efectivamente. de modo y manera que los rojos
que perdieron en el campo de batalla y no pararon de correr hasta
llegar a Guadalajara, casi los tiramos al mar, se han salido con la
suya. He aquí su venganza en los vientres yermos, las sonrisas
heladas, las esposas infieles que quieren vivir su vida. Llegan los
de los Derechos Humanos y nos vienen con el cuento ya escuchado de
que España no es lo suficientemente democrática- ¿Democrática o
“demográfica” oiga usted? Más bien lo segundo. Mierda y
vulgaridad en nombre de las masas. Al pueblo se le tiene contento con
la pensión en la caja y la prensa basura. Pero España para entrar
en el gran club tiene que apearse del caballo racista, no zurrar a la
parienta que se desmanda, y en último termino cuidar del terrorismo,
y por que hay terrorismo porque faltan los derechos humanos. Es la
pescadilla que se muerde la cola. En democracia el culo se confunde
con las témporas. Chupa del frasco. Cuerpo triste, sal por donde te
metiste. Donde las dan las toman. Y la hiciste en Pajares en
Campomanes habrás de pagarla. Guay de mi España.
Todos
estos personajes cortados por un mismo patrón habían sido una freza
infernal incubada en los colmados de la Cacharrería ateneísta
transformado por una vez en fondo de reptiles de la anti- España.
Su
mirada era como metálica, tenía una dentadura perfecta, casi
fosforescente. Valentín González el Campesino al que tuve el honor
de conocer en tan lamentables circunstancias y al que debo la vida
por cierto era uno de esos hijos que sólo da esta raza acérrima,
enquillotrada, anarquista, un volcán y un iceberg, tierno como una
margarita y frío como una témpano. Le vimos llegar a la paridera.
Bastón de mariscal y un aire impertinente. su barba estaba era de un
negro de almeza. Miraba a cada uno de los prisioneros fijamente y
había la fuerza de un remolcador en aquella mirada que algunos
cronistas tildaron de asesina pero que a mí me pareció de hombre
cabal. Al bajarse del Mercedes lo primero que escuchamos fue una
blasfemia y un insulto.
-¿No
os da vergüenza, hijos de puta? Por culpa vuestra han perecido los
mejores de mis hombres. Todo una escuadrón de caballería hemos
perdidos. Seis tanques rusos con dotación.
La
moral de todos los que estábamos allí en aquel ocaso del nueve de
julio de 1936 se había venido abajo. Muchos chaqueteaban. Los más
lloraban como niños y pedían clemencia al todopoderoso y mítico
comisario, pero nuestras súplicas no infundían en él ningún
sentimiento de piedad. Vi dibujarse en la comisura de sus labios un
rictus de cólera y asco mientras iba pasando su mirada terrible por
cada uno de nosotros uno a uno con aquellos ojos suyo que parecía
que quemaban. Su sagacidad y unas dotes específicas para meterse
dentro de las conciencias de cada cual.
Dejémonos
de aquello para volver a esto. Porque aquel instante se relaciona con
éste. La patria no es más que la interacción entre los que
pasaron, los que andan por las sendas y los que vendrán. Retoños y
raíces soldados a un tronco común que permanece invariable en los
avatares de las centurias.
Las
coplas del tiempo futuro - canción que buye en mi pecho- pronostican
el acontecer inminente. Brunete era una gran sartén donde se
frieron vivos muchos españolitos, pero los cocineros, los que tenían
la sartén por mango, estaban lejos, llevaron a efecto su injerencia
por poderes, calentitos o fresquitos en sus despachos en rascacielos
enmoquetados fumandose un puro mirando para los mapas. Era el dominio
de las cuentas corrientes. Oro quiero yo y un poco de valor para
hacer la guerra, pero, sobre todo oro. Al otro lado de las montañas,
donde empieza la sed, se batían por España en un tiempo de amenazas
y de confabulaciones los mozos de la quinta del 36. Fueron al frente
en alpargatas y a pecho descubierto. La artillería alargaba el tiro
desde el otro lado de la empalizada que contaba con sus propias
confabulaciones y su sala de máquinas. Esos de ahí en eso que
venga, que vengan. Quiero muertos pero que no me den mártires ni
estelas de caídos. Nosotros borraremos los nombres de los laureados
y volaremos con dinamita los cipos conmemorativos. ¿Estamos? Aquí
no hay que dejar huella. Estorban las coartadas. Con la misma
contumacia con la que saltó por los aires Spandau dejarán que se
derrumbe la Cruz del Valle de los Caídos.
Unos
dirigieron el curso de las operaciones desde una ruló y otros iban a
los frentes en visita de inspección con guante blanco dejando que la
historia sea una larga narración de atropellos, crueldades y
salvajadas, más o menos, pero luego hay que tapar el verdadero
nombre de los culpables, creando un hipotético minuendo y sustraendo
de conjuras en ebullición. Si queréis haceros una idea del baúl de
la cólera del gran dios inquirid suplicantes a los flámenes del
templo de Marte en cuya ara bajo la lápida del columbario donde
están las reliquias de los que dieron testimonio se agazapa el
perverso zaguanete, el que tiene la llave de las urnas de los idus
noviembre porque en el mundo que se avecina la cantidad tendrá
prelación sobre la calidad. Será el dominio de la masa y de la
fuerza bruta. Tenemos un régimen de violencia en perspectiva donde
los demiurgos de la Casa Blanca llevarán la contraria a la cordura
del clásico. Ya Plinio advertía:
“Sententiae
numerantur sed non ponderantur”. El
individúo no cuenta. Lo que vale es el consorcio, el engranaje, la
organización. No hay peso moral sino carga bruta. El cuerpo y la
materia vencen al espíritu. No es nada ponderado el dios de la
democracia. Pura violencia del número, de la cantidad contra la
calidad.
Si
deseáis, pues, haceros una idea del bagaje de la cólera del dios,
inquirid, suplicantes, al Inquisidor Mayor, el que apacienta las
mesnadas de borregos a golpes de cayado oculto, o lo que dan en
llamar desinformación. Una vuelta de tuerca. Otra más. No andaba
descaminado Dostoievski en la escena final de los Karamazov cuando
escenifica el careo entre el monje y el crucifijo. Es un epílogo de
obra maestra en que se representa el drama del género humano, la
cruel realidad. Hay una cuenta y razón del hombre que no se
compadece con los designios divinos. Sólo el genio es capaz de
atisbar mediante la intuición todos esos planes que son en verdad
otros planes.
Como
se acerca el tiempo de los gigantes, los escritores, sean buenos,
malos o regulares, se encuentran en la obligación de denunciar los
manejos de la gran tramoya. Les compite la tarea de desjarretar a la
bestia. Bien sencillo es pero qué dificultoso porque la cuestión
está en manipular la verdad tergiversando lo que en realidad
aconteció, poniendo los hechos patas arriba, sustituyendolos por
consignas y toda esa propaganda deslenguada sin gusto ni estética
nenguna que tanto apela a los bajos instintos del arrabal al modo
yanqui, el gesto y la actitud procaz, o la palabra malsonante que
resuena en el batintín de las emisoras que capitanean los enchufados
a la red sin rateles, televisión de pago, albañal de las bajas
pasiones, charca del instinto, manantial del desatino y de la
batología,
irrestañable e inexhausto, agua de borrajas para lavar el cerebro
sucio de una sociedad sin conciencia.
Manipulad,
malditos. Mentid y engañad. Dislocar la verdad poniendo los hechos
patas arriba. Que todo sea propaganda deslenguada. Erostratismo
a
marchas
forzadas. ¿Quién era Erostráto y en qué se fundamenta la
filosofía erostrática? Un pobre diablo el cual, harto del anonimato
y de la obscuridad, se atrevió a plantar fuego al Templo de Diana en
Efeso, con tal de ganar notoriedad. Claro que tampoco fue el único.
Siglos adelante un celoso converso judío, Pablo de Tarso, haría lo
propio por amor a Cristo y por salvaguarda de la letra del Evangelio
aunque de paso tuviera que cargarse el culto marianista con todo lo
que ello comporta para la Iglesia. No supo entender que en esa mujer
está la vía que conecta a la religión de Jesús con los cultos de
los tiempos oscuros. El velo de Isis oculta las respuestas.
Pues
eso, que el erostratismo campea entre los enchufados a la red. Hemos
sustituido el lema de “Mi reino no es de este mundo” por otra que
dice te lo cambio por un plato de lentejas y allí aparecen de
repente una bandada de cornejas. Toni Genil y Támara tienen mucho
más decencia que las percheleras de las mañanas y de las tardes con
Teresa, el sabor a ti, pasa la vida que no es un tango sino una
tómbola. La piedra basal de los Borbones tiene como columnas de
Hércules a esta prensa camorrista y folletinesca al frente de cuya
dirección de orquesta se sitúan los Hermidas, los del Olmo, los
García y las dueñas escogidas de mi rosal, Ansón templando gaitas.
Si esta es mi España que se la entreguen enterita a Hinaulafen,
fijate. porque me vienen a la mente las palabras de José Antonio
“prefiero una España roja a una España rota”, que no se la
entreguen a los judíos de la cucaña que bien que se afanan por
acabar con el nombre de España. Razón llevaba. La España de Azaña
y, sobre todo, la del sobrio e incorruptible estuquista, Largo
Caballero, un socialista íntegro, tiene puntos de contacto pero no
se compadece con la de los iluminados de Aguirre, Arana, Irujo y sus
hombres clónicos del presente esos dos percherones del separatismo
de Vasconia inflamada de odio que son Arzalluz y su edecán,
Anasagasti. Está demostrado que su odio a España es algo visceral.
El Andaluz para Marruecos, la cornisa cantábrica para el inglés.
Cataluña y Valencia para los americanos y sólo nos queda Madrid.
Eso va a ser lo bueno. ¿Qué vamos a hacer con Madrid? Adiós mis
pavos. Judas ha montado un chiringuito en lo alto de la Casa de la
Bola. Este año se nos atragantarán las uvas.
Al
gran hermano le corean las famosillas y otros lanzamientos
expectorados por Polanco. Yo prefiero a Altamara porque ha puesto a
los flamencos rocieros en su sitio. Suenan las panderetas. Europa nos
quiere ver así y así nos hizo. No puede pensar que entre españoles
la hombría de bien. Nos asigna un papel que tenemos que cumplir
hasta que la unidad nacional desaparezca. Estos apóstoles de la
amenaza que se dicen católicos pero que respiran saña
anticristiana, nos pueden conducir a otra guerra civil. Eta dispara
las pustulosas pistolas que los del PNV cargan. Hay que guardar el
canon que nos asigna. Dejemos que el Hermida satánico haga
Posturitas, menee la cadenita con un dedo, se meta las manos en la
sis del chaleco y nos abrume con sus recomendaciones silbantes. Eso
que lleva de ventaja en tratarnos como burros. Un analfabeto no
merece siquiera ni el beneficio de la duda. Que les den de comer.
Llevarlos a todos a un a botillería, a un merendero joven o a un
bochinche donde sólo sirvan filetes rusos hecho con carne de vacas
locas. Pues no son más que basura. Darles basuras de comer. Que
pague el contribuyente. son tan repelentemente proyanquis que quieren
hacer de la rugosa piel de toro un nuevo mosaico de taifas para que
se consume de esta forma la venganza del Maine.
-A
esos que se lo coman las arañas.
Esa
es la repuesta del Posturitas remilgado al grito de se sienten, coño.
Y
ahí están los jaques del sistema velando por la guarda de la línea.
Que nadie se desmande no vaya a ser cosa que esto acabe como el
rosario de la aurora. Como un rey de España sin reino. Una corona
sin país. Con los ingleses enquillotrados en Gibraltar.
-Ha
dicho la Reina que no nos vamos y que el submarino nuclear lo
carenaremos en la Roca de Calpe. Nelson manda.
De
esta forma el recordad Brunete es un asunto de vital importancia para
la supervivencia de la nación porque es la réplica al remember el
Maine que han pretendido los sicarios eternos de España.
-No
lo han dicho los periódicos de Perico Tonsuras pero como sabéis el
Tireless
quedó
maltrecho después de su enfrentamiento naval con el Kursk
al
que hundió lanzando uno de sus torpedos, pero al sumergible
británico también le tocó su parte. Huyó tocado por una
andanada.
-No
lo decimos porque somos maestros en el arte del disimulo. A nosotros
lo que más nos conviene es la guerra psicológica en estos momentos.
Nos vamos por los cerros de Úbeda. Desinformamos a punta pala y todo
lo que nos da la gana.
Al
Hermida lo van a hacer rey. Ya lo pintan los diseñadores de imagen
con un cetro y la esfera armilar a sus pies rozados por los pliegues
de un manto de armiño. Sus apariciones son cada vez más cortas ante
las cámaras pero tiene toda la pinta de un brujo. Sus gestos
prepotentes recuerdan a Mefistófeles.
-Gran
magnate. Tú eres el rey de los mediúmnicos e iniciáticos
garabatos. Te damos la vara del mando. - corean las putillas del
famoseo cursi escrito con ph de phamosus que en latin quiere decir
infame, claro está, y conforme van las cosas el étimo es de lo más
correcto-. Todo te lo debemos, rey Midas, Hermida.
-Eso
no me lo puedes decir. Te demandaré ante los tribunales.
-Pero
en este país ¿ no hay libertad?
-Manda
bemoles. La censura.
Es
una censura tan férrea como la de la república.
-Vacas
flacas.
-Vacas
locas
-Hablo
en serio. Me retrotraigo a que el mundo se enfrenta al peligro de un
nuevo castigo bíblico. Tenemos las siete plagas de Egipto casi en
puertas.
-Anda
ya.
-Lo
que oyes.
Una
corona de oro para el rey de las ondas, el que pone y depone, el que
encumbra y destrona, el que primero las rapa, después se las monda y
a continuación se las come, el nuevo mandamás de las antenas. La
bisectriz en la cima, cacumen del ángulo recto.
Cuando
se escribe en los comienzos del siglo XXI, uno no puede por menos de
acordarse de la gesta protagonizada por unos cuantos rojos y azules
de la España profunda, que nada tiene que ver ni por asomo con esta
que algunos padecemos y otros la gozan porque para ellos es el río
revuelto ganancia de pescadores (moros, falangistas, requetés,
legionarios, y los zapadores del regimiento de Fortificaciones que
tuvo un actuación señera en el transcurso de la batalla que nos
ocupa).
Es
como comparar a la España oficial o virtual que es la que hoy se
lleva con la real a la que pertenecían mi tío Ursino, Viriato, el
Empecinado, Churruca, Alvarado y Cortés y Valentín González el
Campesino. No hay color.
El
Campesino era un hijo de la raza sin más preámbulos. Iba para
caudillo pero se quedó en peón caminero. El hábito no hace al
monje. Tampoco las estrellas hacen a un general y el era un capitán
general por instinto sin haber pasado por las aulas de la academia.
Hijo de un menestral extremeño que había combatido en Cuba y al
que la patria le había agradecido mal sus servicios prestados en el
manglar (un tiro en un hombro que le había dejado medio manco, las
secuelas de la malaria y una ñáñiga
multípara
con la que no llegó a matrimoniar, la trajo como sirvienta dejando
su prole allá y casandose con otra, la madre del héroe de la guerra
civil al llegar) un día decidió vengarse. La España que defendió
no era la de los curas ni la de los señoritos. Poco más o menos
venía a pensar lo mismo que muchos de los falangistas que estaban al
otro lado de la empalizada y a los que él conjeturaba con un par de
redaños, porque en más de una ocasión culpó a los mercenarios del
polaco Walter de mercenarios:
-Mirad.
Esos no chaquetean. Con dos docenas de esos conquistaba yo un
continente. Qué tíos.
Se
enfrentó con Walter, el polaco y a sus hombres, que constituían uno
de los mejores batallones de las Internacionales, llamó maricas e
hijos de la Gran Bretaña. No le crecían pelos en la lengua. Era
abierto y pugnaz, pero nunca un sádico. Tenía una manera de hablar
contundente y una visión innata de la estrategia. Los legionarios le
seguían causando fascinación. Eran el cuerpo al que estuvo apuntado
y del que desertó y faltó muy poco para ser fusilado. No bebía-al
principio- y había recibido una naturaleza increíblemente fuerte y
resistente. Cuando emigró a Rusia, Stalin le nombró general pero
este disciplinario que odiaba la subordinación pronto entró en
dificultades con los soviets que lo deportaron a Siberia parece ser
que no por motivos políticos sino por que se acostaba con todas las
mujeres de los capitostes del politburó. Era un superdotado para la
supervivencia y el camuflaje servidos por una inteligencia innata.
Así consiguió huir de Rusia atravesando todo el Asia y llegando a
los Estados Unidos. Fue a dar con sus huesos a Mexico. La última vez
que se le recuerda fue en Paris, así lo retrata I. Montarelli, ante
una jícara de fino, estaba alcoholizado, su rostro arrugado pero los
ojos profundos y negros eran los mismos y la dentadura, aquel teclado
de piano casi fosforescente, conservaba la fosforescencia de fuego
fatuo conservando todas las piezas. Una vida de leyenda. Estuvo preso
en el Hacho ceutí y se fugó para unirse a una mía de los rebeldes
de Marruecos. Abdelkrim, al principio bien, pero luego lo tomó por
un espía. A punto de ser fusilado este pimpinela escarlata consiguió
pasar el Estrecho a nado. Luego aparece en las minas de Almadén.
Durante una huelga puso una carga de dinamita en el camino por el que
había de pasar una pareja montada de la Benemérita. Se hace
contratista de Obras Públicas y reside muchos años en Quijorna como
peón caminero. Le tenía querencia a aquel lugar en las escarpaduras
de la cordillera Carpetana en el camino de Navalcarnero. Había sido
un personaje principal. Puso todo su empeño en la reconquista de su
pueblo de adopción donde llegó a utilizar la caballería pero dejó
desguarnecido el flanco derecho. Los del Tercio abrieron brecha por
su retaguardia. Quijorna fue retomada a costa de muchas bajas por
ambos lados y muchas desavenencias con el Estado Mayor central.
Como
lo pasó en el desierto, desde aquélla no podía tragar a los moros.
Podría haber sido suya la frase de Mola que decía que debajo de una
humilde chilaba se ocultaba un alfanje afilado. Valentín González
consideró lamentable el que el mando nacional se hubiera embarcado
en una empresa común con los crueles rifeños, una tragedia y una
felonía porque había conseguido saber que en Marruecos se agazapa
el enemigo de Cuba el mismo que viste y calza ya que cuenta a los
Estados Unidos como aliado principal contra España y que el rey
alauita no ha perdonado la toma de Granada y que piensa regresar al
Andalusí como ellos lo denominan.
Estaba
del todo avisado. Su inteligencia fuera de lo común es perspicaz y
adivinatoria como la de todos los grandes genios. Arengaba a sus
tropas invocando el nombre de Santiago en Clavijo para echar de nuevo
a la morisma al mar. Por otro lado no podía ver a los curas.
Reverendo
o moro que cayera en sus manos lo pasaba siempre mal. Esta aversión
hacia el clero debía de haber sido por algún lío de faldas en su
juventud. Le había levantado la novia un capellán. Al marroquí le
tomaba por taimado, sanguinario y ladrón. Además era un producto de
la locura africana que costó tantas victimas en el bando español.
Tan sólo en el Desastre de Annual hubo doce mil muertos. Dios qué
bien vasallo si hubiera buen señor, cupiera decir de aquel Cid de
Quijorna, que se había empecinado en entrar triunfante en Quijorna
para demostrar de esa forma al mundo que tenía razón. La hecatombe
de las guerras africanas le habían hecho odiar al agareno. La
carnicería de Cuba también determinó un aborrecimiento expreso y
tácito del gringo y del sistema capitalista. Valentín González, el
cid de Quijorna se mantenía en la línea del combatiente nato, era
un hombre de acción, su vida había sido una linea ascendente llena
de congruencia y su conducta, si no irreprensible, rendía honores a
su ideología que nada tenía que ver con las dobleces y cabildeos de
los prohombres de la República, con el corrupto Lerroux, ni con las
belicosidades de Alcalá Zamora o la crueldad sibilina de Manolo
Azaña, ni con los abrigos de pieles de Pablo Iglesias o las
banderías de Largo Caballero que no se podía ver con Indalecio
Prieto. Frente a toda aquella incompetencia de gallinero pueril, las
refriegas peligrosas, los discursos. La hora de las vanidades y de
las amenazas había dado paso al estallido de la sangre, Brunete fue
el campo de Agramante de un tempero que había tenido una larga
preparación histórica en los descalabros de la monarquía que
habían dado pie a los enemigos de España tanto internos como
externos a urdir sus conjuras. Marruecos era no sólo una punta de
lanza sino un trampolín. El Campesino sabía que los moros no iban a
aportar ayuda desinteresada a Franco y que pasarían factura. Ha sido
así. Las pateras que han estado cruzando el Estrecho todo este año
2000 expresan ese ánimo de saldar la deuda que apunta a una nueva
reconquista o a un reverdecimiento de la fecha del 711. El moro sabe
esperar. No tendría nada de particular que viéramos sentarse en el
trono vacío de Granada, esperando en el marco poco glorioso de la
España de las autonomías que recuerda el ambiente de los taifas
cada vez más al sucesor de Boabdil gracias a la política de
mestizaje fomentada por políticos tan bochornosos como Ruiz
Gallardón, el hijo del meritorio de Serrano Suñer y nieto de aquel
El Tebib. Va la cosa de gallardones y de frutos de encina, suenan
campanadas convocando a la asamblea de felones. Han pasado factura.
El moro no entrara si personajes tan vomitivos como Manzano, Mercedes
de la Merced y el nieto del cronista, joven airado y cejijunto, no
les hubieran dado puerta franca. España tierra de acogida. España
invadida, que devora a sus propios hijos para echar su cadáver a los
perros. Es lo justo que están haciendo estos tribunos de la plebe
herederos de aquellos mangantes conspicuos de la Segunda República.
Aquí van a sonar los tiros, pueden arder sinagogas. La grandeza y
libertad entrevista por los Reyes Católicas fue puesta patas arriba,
se cometió crimen de lesa patria, y el que avisa no es traidor, no
se puede dejar un país tan importante del que en buena medida
dependen los destinos de la humanidad en manos de crápulas.
En
el campo de concentración improvisado en las eras de Quijorna el
gran guerrillero rojo irrumpió igual que el lobo del redil, pudimos
percibir el brillo de fosfato de su dentadura fluorescente de
perfectos colmillos. Era un hombre triunfante que siempre había sido
optimista. Valentín González debía de estar de buen humor, algunos
festones de nubes blancas flotaban sobre el horizonte. A lontananza
se veía fuego, eran los rescoldos de los rastrojos quemados y las
hogueras provocadas por los bombardeos. También llegaba, cada vez
más ahogado y menos perceptible, el estrépito del cañoneo de la
fusilería, los disparos de las ametralladoras. La caída de
Villafranca y de Quijorna no significaba el que se siguiera
combatiendo en el Vértice Llanos y la Cota Lijar donde la suerte les
estaba siendo más favorable a los nacionales, aunque esto, la
verdad, importa poco a un soldado como Ursino Parra que acaba de ver
morir a la mayor parte de sus compañeros y que acaba de salvar la
vida misteriosamente para ser tomado rehén por el temible
“Campesino”, un personaje de leyenda y del que se contaban
historias fabulosas, tanto acerca de su crueldad como de su
generosidad, su valentía y su arrojo. Él y Líster eran los mejores
caudillos con los que contaba el poderoso Ejército de la República
en aquellos instantes. La toma de Quijorna, el pueblo en el cual
trabajó como peón caminero, para él representaba muchísimo.
Significaba el desquite de no pocos agravios y desplantes sufridos en
su vida pasada a manos de los poderosos. ¿Me darán el paseo?
¿Acabaré yo en esa zanja igual que esos? No hacía otra cosa que
mirar las nubes templadas sobre el cielo fascinante y coloreado de
aquel nueve de julio, parecía un rebaño de corderos pascuales
paciendo a discreción lejos del cayado de su pastor que acababa de
perecer en un duelo artillero. Iban de un lado para otro de las
cornisas del horizonte blancas y purísimas igual que el vellón de
Gedeón. Zalea del trasquilo de la lesa patria, vedijas de humo que
barbotea gaseoso y que tan pronto viene como se va así nos
sentíamos, leche de la ubre. Esta vaca pronto va a dar calostros, ya
lo verás. La temperatura había subido, el ambiente se hacía
irrespirable a medida que avanzaba la tarde y yo que llevaba casi
tres días sin probar bocado porque en lo que duró el asalto a la
posición no había tenido más alimento que un bote de sardinas que
hube de abrir utilizando como abrelatas el machete y el mendrugo de
un chusco revenido me sentía como desprovisto e cuerpo pero tampoco
tenía alma, pues me parecía flotar como en un limbo y observaba
aquel ambiente de calamidades que me envolvía como si la cosa no
fuese conmigo, como si yo fuese ajeno a la situación decisiva que yo
estaba viviendo.
Nuestros
guardianes permitieron que nos sentásemos en el suelo y en esa misma
posición de descanso más de uno se durmió para no despertar más
puesto que fue rematado en el suelo. ¿Tú te duermes? No mereces
entonces vivir. Nefasto era el pervigilio, nos sentíamos personajes
en capilla que van a ser fusilados pero sobre el papel de una novela
por entregas, nada de en la vida perdura. La tenada olía a oveja
machorra. ¿Ha estado por aquí Margarita Nelken, la ministra de
Justicia con nombre de azucena pero seguro que era un lirio? No es
eso, chaval, no molestes a la señora ministra que acaba de marchar a
Valencia con una de sus queridas. El amor sáfico de las milicianas.
Algunas habían ejercido la prostitución, eran las primeras en
llegar a todas las sacas y otras se confesaban tortilleras
empedernidas. Safo ¿por qué nos haces esto? Las libertades eh. ¿Y
para eso quieres abrir un ministerio de Cultura? Para colocar en sus
oficinas a los marimachos del amor amargo? Se perderá la guerra.
Lirio, lirio loco, que cantaba ya Camoens.
Cerca
de donde nos guardaban se pudrían unos cuantos cadáveres apilados
sobre un almiar, atroz hedentina y no venían los de Sanidad. Como
eran todos ellos ciudadanos de las ínsulas se debían de haber
quedado tomando el té de las trincheras. Esas no son horas. Te amaré
siempre, Margarita Nelken, te juro amor de por vida. Pero hombre
tienes que sentar la cabeza, a tus cincuenta y siete años ya no te
cumple hacer el tonto, pasó aquella hora. Es que vivimos en unos
tiempos poco clementes. Siempre fue así, no te quejes, a todas horas
está sonando el reloj del Apocalipsis y el olor que llegaba de las
tumbas al aire libre volvía las auras irrespirables a causa del
mefítico ventalle. La carroña del mulo se transformaba a ojos
vistas en un montículo de masa semi líquida viscosa. Yacía tan
sólo a unos metros de donde nos habían detenido el cadáver de una
miliciana de cabellos rubios. Sus ojos azules que perduraban abiertos
parecían haberse colgados para siempre de la luz de una estrella que
sólo veía ella pero que nosotros intuíamos. Yacía casi a la vera
de un requeté al que un obús había partido en dos mitades, el
tronco estaba un poco más arriba que las extremidades inferiores. La
muerte, gran niveladora de las cosas humanas, no hacía distingo de
bandos, para ella tanto montaba un rojo como un falangista. La
miliciana los brazos en cruz y las piernas muy separadas en actitud
casi provocativa e incitante eran un desafío a la muerte. Su cuerpo
abultado estaba echado sobre unos juncos y evocaba en cierto modo
aspectos del culto a la maternidad. Seguramente era una diosa aquella
compañera del pelo color de estopa y los ojos azules. ¿De dónde
habría venido? Sus brazos en cruz desafiaban al sol declinante que
se despedía de la redolada castellana en este rincón de la
provincia de Madrid con luminosidad funeral. Brava y bella muchacha.
Las cumbres oliváceas de Valdemorillo la daban el último adiós.
“Esta
es la última puesta de sol que contemplan mis ojos, mañana no
saldrá el sol para mí”, pensaba para mis adentros creyendo que
había llegado para todos nosotros el final. El que estaba a mi lado
era precisamente el capellán del Regimiento de Toledo, que había
perdido al ochenta por ciento de sus hombres y eso que era tropa de
refresco que venía a reforzar y a cubrir bajas. Había visto aquel
hombres horas antes de iniciarse el fregao cerca de la iglesia de
Quijorna como aturdido y espantado por el miedo. Parecía que le
habían traído a la rastra a dar la absolución y administrar los
últimos sacramentos a los moribundos. Se presentó en la posición
con gesto descompuesto. Venga. Ya sé todos tus pecados. No has
robado ni has matado. A veces te fuiste de putas pero eso es normal y
algunas veces te desahogas contigo mismo porque te falta la hembra.
Procura no faltar a misa los domingos. No te masturbes que no sólo
te condenas sino que te haces polvo a ti mismo y has de sacar fuerza
de flaqueza. ¿Y de penitencia, padre? Ninguna. ¿Te parece poca
penitencia esta ratonera en que nos han metido los políticos? Era
muy de manga ancha. Ya podían ser todos los curas como tú, padre
Ermunio - Disertorio Ermunio, así lo llamaban- que otro gallo le
cantaría a la Iglesia.
A
Ermunio se le había espantado el miedo y delante de la boca de los
fusiles mostraba toda la entereza y el desdén ante la muerte de la
que saben hacer gala los hombres de fe en los momentos críticos. El
capellán me hizo una seña con la barbilla como tratando de espantar
ahora mis temores. Queda mundo, sé libre. Aprovechando un descuido
de nuestros guardianes me dio la bendición, trazando la señal de la
cruz en el aire. Su rostro lo veía yo como iluminado.
Todos
aquellos prisioneros, eramos más de un centenar, estábamos en
capilla, nos quedaba poco tiempo en el mundo de los vivos. Se hacía
muy duro abandonar esta vida a los veintiséis años. Ego te absolvo
a peccatis tuis. Su rostro estaba como transformado, no tenía miedo
ya, revestido, por un don especial de una fortaleza que
inexplicablemente llegaba de lo alto.
-Padre
Ermunio, me siento limpio. Parece que floto en medio de una nube de
paz.
Estaba
preparado para morir en aquel instante, veía lo que había sido mi
vida con una clarividencia pertinaz y melancólica, todos los
instantes del pasado pasaron ante mi conciencia como en una foto
animada, como disparados por una ráfaga de ametralladora. Se
representó la torre de la iglesia de mi pueblo con su campanario
románico y el altar barroco y aquel cuadro de san Andrés que se
representaba con la barba torcida y las losas del piso que servían
de tumbas con las inscripciones desgastadas, y el porche a la solana
donde se reunían los mayores en corrillo a la salida de las
celebraciones litúrgicas, dejaron de tocar las campanas a gloria
para repicar a muerto. Ya no contemplarían mis ojos el paisaje
abierto que se mostraba desde el mogote en el cual estaba el templo
enclavado. San Martín bendito ayudános. Tu protección amorosa se
extendía sobre el mar de trigales que rodeaban el pueblo sellando su
horizonte aldeano. En las tierras a esa hora cabecearían las espigas
esperando la hoz de los segadores pero no había obreros que fueran a
la labranza del amo, todos los mozos estaban en la guerra y no había
brazos para efectuar la recolección. Ya no me volvería a juntar con
los de mi cuadrilla en la corralada, ni a salir de ronda la noche de
san Juan, ni a colocar el ramo en el balcón de mi novia Mercedes. La
presencia silenciosa de mi padre al que llamaban el Tío Ojos Tiernos
en Membibre por un ectropión
que
padecía desde niño y que enrojecía el párpado y el lagrimal con
su jarro yendo a por vino a la bodega que estaba detrás de la torre
a cuyo amor se recostaba la casa del primo Ambrosio, cofrade la
Hermandad, y al que sobresaltaban los truenos y los relámpagos como
al que más y que dejaba de salir al campo si olía a tormenta, me
sobresaltó. Vi en su andar renco y claudicado la inanidad de las
cosas humanas. Todo desaparece. Nos vamos para no volver nunca más.
Me iban a fusilar. Mi cuerpo se desharía en una de aquellas fosas
comunes a cielo abierto ¿y del alma qué sería? ¿Dónde estaba el
alma? No sabemos pero hay que estar preparados, hijo. El padre
Ermunio sabía de esas cosas mucho más que yo. Sin embargo, nadie
había vuelto de allá a decirnos lo que había. Allí, sentados en
los poyetes de piedra que flanqueaban la bodega, bajo la sombra de
los almendros, tuvimos echadas buenas parrafadas y buenos jarros de
vino que nos echamos al coleto, el vinillo de la tierra. Para las
ocasiones se escanciaba el de Peñafiel y en las bodas y durante las
justas solemnes, el de Villamañán, el que trajeran los arrieros de
León. No volvería a ver a Felipe ni a Manahén ni a Petra ni a
Silvino. Con este último era con el que estaba más hermanado.
Precisamente, no hacía ni una semana que estandole escribiendo una
carta en el interior de la chabola, se coló una bala perdida por el
hueco de un saco terrero, el proyectil me tiró al suelo pero sólo
quedó agujereado el gorro con un orificio de entrada y otro de
salida. Ni un rasguño. Yo creo que aquello fue un síntoma de buena
suerte, quién me iba a decir que a los pocos días iba a caer
prisionero y del Campesino del que se decía que no daba cuartel a
los facciosos a los que echaba mano. La bala después de traspasar la
tela del gorro azul pasó de largo. En todas estas cosas pensaba. En
los ojos abiertos del campanario traspasados de cielo y que siempre
me parecieron la mirada hueca de la eternidad. De allí a poco el
campanario tendría la tarea de anunciar mi nombre en la lista de los
caídos. Ursino Parra no sería más que uno más de la larga lista
de cien mil que dejarían ver el sol de España en los llanos de
Quijorna. Se me recordaría durante unos años y en el memento de
difuntos el sacerdote rezaría por mis intenciones en voz baja. Mi
Mercedes lloraría por mí, la abuela Paula sería la persona en el
mundo que me tendría más presente y Ojos Tiernos me echaría un
responso cuando pasara por el camposanto camino de las eras.
Caminaría de mala gana en la borrica a cobrar el giro con mis
últimos haberes y a recoger los pocos efectos personales si es que
mis asesinos no los quemaban. Morir antes de cumplir los treinta años
es un privilegio que reservan los dioses para unos cuantos escogidos,
aunque a mí, la verdad, me hubiese gustado morir de viejo. En la
guerra las personas no eran nada, las cosas lo eran todo. Mandaba la
ley de la fuerza. Valentín González perdonaba a los legionarios.
Desde que estuvo en el cuerpo estos soldados le caían bien por lo
que muchos obtuvieron la gracia en el último instante. ¿Puedo
fumar? Si tienes tabaco. Creo que esta petición fue lo que me
salvara. El héroe de la España roja quedó sorprendido de mi
audacia. ¿Quién dijo tal atrevimiento? Hay que tener un par de
redaños para mirarme a la cara. Yo soy poco condescendiente con los
facciosos pero si alguno me cae bien le perdono la vida, tú me caes
bien, cabeza de pepino. ¿Yo? Sí, tú. Venga para el camión. Y al
cura y al moro que lo fusilen. ¿Cómo sabes que es sacerdote? No
hay más que observar sus gestos amanerados y, además, con el
rabillo del ojo vi cómo te sacramentaba hace un momento. Yo tengo
pesquis, a mí no me la dan. Y en ese mismo momento él mismo
desenfundó el pistolón y disparó a bocajarro contra el pobre
Disertorio
Ermunio
que
quedó tendido con los brazos en cruz sobre el forraje seco de la
paridera. Entre tres de sus escoltas lo cogieron en una manta y lo
tiraron a los perros. Quedó insepulto al lado de la rubia miliciana.
La expresión de ambos cadáveres era la misma: una interrogante de
beatitud.
III
VARELA,
UN CHUSQUERO,
Y
CON UN PAR
Fue
casi un presagio que advertía lo que habría de suceder. En la
Navidad de 1936 el general Varela, que acababa de liberar Toledo a
últimos de septiembre, en una fulminante operación durante la cual
hizo un derroche de facultades estratégicas, llevada adelante con el
arrojo y la decisión que caracteriza a este soldado raso, el cual de
soldado raso subió al empleo de general resultando- su rostro
impasible y sus impecables guantes blancos que no se quitaba ni en
medio de los más encarnizados combates ocultaba toda la garra
civil- uno de los militares más condecorados, estaba a las puertas
de Madrid.
Su
división operaba en Villanueva de la Cañada. Él en persona fue a
realizar una descubierta. Avistado por un grupo de blindados rusos
que se ocultaban entre la fronda que rodeaba el foso del Castillo de
Villafranca, abrieron fuego. El general fue herido triplemente; en el
omóplato, en el cúbito del brazo derecho y en un muslo. Esta herida
era la que inspiró mayor preocupación a los médicos.
Evacuado
al hospital de sangre de Griñón, su cuadro clínico no se dio a
conocer. De haber trascendido, es casi seguro de que la ofensiva
sobre Madrid que Varela con sus tabores y sus legionarios al trote
cochinero y a paso de carga venían arreando desde Algeciras, hubiese
sido un fracaso.
Le
fue extraída la bala, pero la herida se infectó. Por segunda vez,
el egregio oficial se negó a que los médicos le amputaran la
pierna. No recibió el alta hasta el 11 de febrero. Sin embargo, le
dieron tal cantidad de sulfamidas y otros fármacos para
contrarrestar el peligro de gangrena que hipotéticamente el
tratamiento sería determinante de la grave enfermedad hematológica
de la que habría de fallecer el general a principios de 1951.
Varela
era un hombre duro. La sangre que derramó en Villafranca del
Castillo fue un preludio de los ríos de sangre que corrieron por los
campos de Brunete. Lejos de amedrentarse, los tres impactos que
marcaron su piel lo envalentonaron más. Buscaba el desquite.
La
guerra civil se perfila como una bronca en una sala de banderas entre
generales monárquicos y republicanos, ascendidos todos por méritos
de guerra o por escalafón en las sangrientas y absurdas querellas
del Norte de África. Eso por un lado. En el otro flanco estaban
situados jefes y oficiales de ascendencia cubana, con una hoja de
servicio no menos brillante y meritoria en los méritos por la
patria. Era una veta menos entusiasta con la monarquía. La derrota
que supuso la pérdida de la última colonia les tornó poco
sensibles a la causa de la realeza, como por ejemplo Mola o Sáenz de
Buruaga, ambos nacidos en la Perla de las Antillas, de familia
militar. El caso de José Enrique Varela Iglesias, hijo de un humilde
sargento de infantería gaditano, que habiendo entrado como soldado
raso en el Ejército fue el general más significado y discutido de
la contienda del 36, después de Franco, parecía distinto, como
corresponde a una personalidad singular. Este comunero se va erigir
en el primer postulante de a causa carlista. Más papista que el papa
y más papista que los monárquicos, precisamente debido a su
extracción advenediza.
En
la alta oficialidad se miraba a “Varelita” (también era de poca
estatura, y no muy apuesto, pero con unos redaños que no cabían en
la Tacita de Plata ni en la Isla de San Fernando donde vino al mundo
en 1891) con recelo por advenedizo. Sin embargo, la tropa lo
idolatraba.
Para
más inri se hizo conspirador y monárquico. Más papista que el
papa, su ambición, presencia de ánimo y pundonor debió de chocar
con los militares de sangre azul. Amigo de Sanjurjo y enemigo de
Primo de Rivera con el que en Alhucemas tuvo unas palabras, cuando el
dictador en una comida manifestó su deseo de abandonar el
protectorado, idea muy congruente y que hubiese evitado mayor efusión
de sangre, pero que tanto Varela como Franco consideraban una
cobardía, tuvo un papel relevante en el Alzamiento Nacional.
A
los postres de una comida de campaña ofrecida a don Miguel Primo de
Rivera en el campamento legionario de Ben Tieb, y en la que éste se
pronunció en pro de la retirada de Xauen y el repliegue táctico de
los contingentes españoles en el Protectorado, Varela se levantó y
dijo:
-Muy
mal. Yo protesto, mi general.
El
fogoso Varelita no había sido capaz de dominarse, pensando en tantos
compañeros suyos que había sucumbido en aquella tierra humedecida
con sangre de tantos españoles.
Hombre
bondadoso, el insigne ministro de la Guerra, no tomó aparentemente a
mal aquel acto de indisciplina por parte de un subordinado que en
otras circunstancias hubieran significado un arresto fuerte o la
degradación. Este gesto va a dejar un poso de amargura en las
relaciones con los falangistas, fundados por José Antonio, un hijo
del dictador. Una rama de la Falange, la más revolucionaria y
avanzada en sus ideas, atentaron contra él con una bomba de mano el
15 de agosto de 1944, a la salida de misa de doce en el Santuario de
Begoña, Vizcaya. También salió milagrosamente ileso. Pero tuvo que
dimitir a los pocos días de su cargo como Ministro del Ejército,
siendo su resignación aceptada. Está claro que era un gran militar,
pero mal político.
Son
contradicciones que se dan en cualquier biografía. El héroe del
Alcázar de Toledo, de Brunete, del Jarama y de Teruel, que manifestó
de siempre una capacidad especial para granjearse la lealtad de los
moros, se malquistó con los falangistas, los militares, en especial
los de baja graduación, hablaban pestes de él, porque al finalizar
la guerra quiso llevar a cabo purgas drásticas en los regimientos, y
Franco siempre le miró con recelo.
Sin
embargo, puede decirse que si bien el Caudillo hizo una guerra cómoda
dirigiendo las operaciones desde una ruló, Varela, un harqueño
típico, fue el primero en dar el callo. Su palmarés impresionante
con dos laureadas así lo certifican. Organizó las mías o centurias
de tropas indígenas, con secciones mixtas de infantería y
caballería al modo árabe. Había nacido para la guerra y llevaba la
estrategia en la masa de la sangre, con operaciones en Beni Arós
contra El Raisuni y la Cueva de Rumán donde desalojó pistola en
mano a toda una “yemáa” rifeña. Hablaba varios de los 64
dialectos del Atlas.
Destinado
a Melilla, poco después del Desastre de Anual el año de 1923 con
los episodios sangrientos de Irigueriben, Monte Arruit y Nador,
durante una descubierta recibe dos tiros- era la primera vez, hubo
una segunda, pero afortunadamente no se producía una tercera- en
cada una de las dos piernas, que, pistola en mano, impidió al
cirujano que se las cortaran. Había síntomas de gangrena.
La
frase preferida de este militar africano era “Venga, venga” y
“Cinco tiros y avanzando”. Consideraba que la mejor defensa es un
ataque. No hay nunca que volver la vista atrás. Por ello fue
legendaria su temeridad ante cualquier peligro. Esa cualidad o
defecto de su temperamento le permitió conservar las dos piernas
hasta su muerte ocurrida a los 59 años como consecuencia de una
leucemia, así como arrollar al Frente Popular.
Varela
nunca ahorraba bajas ni escatimaba medios. Todo lo fiaba a su arrojo
y a un instinto especial de supervivencia que maravillaba a los moros
(con Franco sucedía algo parecido). Sólo por el oído sabía qué
sección atravesaba dificultades en el frente o cuál era el flanco
más débil del enemigo para por allí presentar batalla. No creía
en aquel refrán de “la bala con la que has de morir nunca la
sentirás venir”.
Estuvo
destinado en Larache, Ceuta y Alcazarquivir, donde funda la harka,
tropas muy experimentadas, excelentes tiradores, que en la chilaba
llevaban toda su munición e impedimenta. Nunca sufrió el mal del
bled, una especie de morriña o pájara que acomete a los europeos y
sabía moverse como Pedro por su casa por las intrincadas callejuelas
de la Casbah. Estas fuerzas expedicionarias demostraron su enorme
adaptación al terreno, capacidad de maniobras en la lucha de cabilas
por las quebradas de los Morabos, Asgar y Temasint, principal reducto
de Abd-el-Krim y El Raisuni. Las lomas del Rif conocieron la bravura
del teniente coronel Varela.
Con
la rendición de Abd-el-Krim, y, ascendido a coronel por
recomendación de Sanjurjo, es destinado al regimiento donde sirvió
su padre en Cádiz. Allí va a organizar las primeras intentonas
golpistas, secundando junto con Queipo de Llano, Godet y otros
generales la denominada “sanjurjada”. Es llevado preso al
Castillo de Santa Catalina y luego a Guadalajara donde traba
contactos con grupos tradicionalistas y carlistas de Vergara para
formar un Ejercito del Norte, el Requeté. En 1934 cuando se alza
Asturias y Cataluña se proclama independiente, ofrece sus servicios
al gobierno, que éste rehúsa. Azaña se decanta por el general
Franco para contener a los mineros y por López Varela para reprimir
la sedición secesionista de la Generalidad.
Dice
el general Mariñas en su biografía que a lo primero la contundencia
con que se comportó el gobierno de la República para mantener la
unidad de España fue un balón de oxígeno para la lealtad de los
militares africanistas, que por algún tiempo pensaron que el
gobierno legalmente constituido tenía buena voluntad, pero la
lenidad con que actúa y la pasividad ante las fuerzas
revolucionarias determinó que la euforia inicial africanista se
transformase en desencanto. Ocurriría lo de tantas veces: el Frente
Popular, derrotado en el campo de batalla, se alzaría con el laurel
de la victoria en la contienda propagandística.
Dentro
de la clase política, aún la menos lerda, se entregaban a una traca
de fuegos artificiales, de contemporizaciones y amaños. Así se
justifica e incluso se contextúa documentalmente el pesimismo de
Mola para abrir una brecha de salida al marasmo, cuando insiste en la
existencia de una conspiración judeo masónica gestada desde el
extranjero y en el que son cabeza de puente los países anglosajones.
Mola, que había sido director general de Seguridad, hablaba con
conocimiento de causa. Tenía buenas fuentes de información.
En
las salas de banderas entonces se conspira. Hay quienes piensan como
Godet que España puede ser salvada mediante un gesto a lo Pavía,
pero su plan fracasa y Franco evacua consultas con Varela. Los dos
eran monárquicos, lo que en cierto modo les pone en difícil
tesitura ante Mola, un republicano convicto y confeso.
Varela
en una reunión que sostuvieron en 1936 algunos militares de rango
(Orgaz, Villegas, Cabanellas, Mola y Franco) se pronuncia a favor de
un golpe de mano fulminante: el arresto del ministro del Ejército
que haría él personalmente y la toma de Capitanía. Pero los que le
secundan se vuelven atrás. La situación terrorista empeora y ante
la ineficacia operativa del gobierno que se cruza de brazos muchos
crímenes quedan impunes.
Era
su estilo. Varela quería un golpe de mano sorpresa. Franco, por su
parte, pensaba en una acción premeditada y larga. No se hubiera
lanzado a la aventura sin el respaldo de ese “tercer hombre,
responsable de nuestra guerra civil, al que nunca hemos visto los
españoles la cara”, puesto que vivía en Londres. De Tánger,
avispero de espías ya por entonces, vino la orden de embarque en el
“Dragón Rapide”. Había que tener paciencia y barajar, poner las
ideas a remojo, someterlas a la acción del catín. La reserva y
prevenciones del gallego contrastan con la impetuosidad del de la
Isla de San Fernando.
El
crimen de Calvo Sotelo va a ser la gota que colme el vaso y los
cabecillas de la rebelión, aunque con disparidad de criterios hasta
entonces, se unen en estrecho haz. Al principio es Mola el que
encauza los acontecimientos, enfrentandose airoso al contubernio que
se fragua en los áditos o
cámaras
ocultas del gran templo del dinero y de los círculos máximos de
influencia. El desembarco se planeó en Gibraltar y de allí partió
la orden llamando a Franco, que estaba en Canarias, a Tetuán para
ponerse al frente del Movimiento.
Cuando
cruzan el Estrecho las primeras barcazas con legionarios y moros,
Varela se encontraba detenido en el Gobierno Civil de Cádiz. Una
serie de circunstancias gratuitas y el factor fortuna que siempre fue
su escolta determinaron que el propio gobernador que lo había
llevado preso, dentro de la confusión de aquellos primeros compases,
se pusiese a sus órdenes.
En
una reunión en Sevilla que preside Queipo de Llano se nombra a
Varela jefe de operaciones. Con su estrategia relámpago y ataviado
con su fez rojo del Tabor de Melilla, los impecables guantes blancos,
y a veces el alquicel de seda también impoluto, desparrama las
lineas nacionales por todo el sur de la península. Caen Málaga y
Córdoba, mientras por el oeste Yagüe ataca Extremadura. Ronda es
ocupada con sólo tres bajas. Hay que citar los nombres de Cerro
Muriano, de Alcolea y de Granada, pero, sobre todo, en la reconquista
del Alcázar de Toledo el 28 de septiembre de 1936, en la que
descuella el gran instinto estratégico del general Varela,
embolsando mediante una maniobra de tenaza a los que atacaban el
famoso enclave, al cortar la carretera Madrid-Toledo a la altura de
Yepes.
Los
guantes blancos y el uniforme impoluto color crema ocultan un hecho
ineluctable. Fue Varela el que llevó la parte de León en la
progresión bélica. Mientras, Franco hizo una guerra cómoda desde
una rulot. Pero esto formase parte de algo ya previsiblemente
acordado de antemano. Varela tenía prisa por llegar. En ningún
momento hurtó el cuerpo a las balas.
Este
va a ser su sino en Brunete, en Concud, el río Alfambra, el Jarama,
la batalla de Segovia. Se muestra como el cerebro de la operación y
el que en la primera fase de la guerra hizo todo el gasto. Luego, a
partir de la batalla del Ebro, cuando su salud se resiente, pasa a un
segundo plano. ¿Quizá por diferencias con el Caudillo?
Eso
no se puede decir así tajantemente. Lo nombró ministro del Ejército
en su primer gabinete de gobierno. Que luego sus rivalidades con
otras facciones del espectro político español derivasen en
divergencias notorias con los Falangistas y descontento entre la
escala básica de suboficiales es otra historia.
Parece
que la ambición era uno de sus defectos. ¿ Alguna vez pudo olvidar
su condición humilde, de hijo de un brigada chusquero? Parece que en
su matrimonio con Casilda de Ampuero, dama de la nobleza vasca, con
la que contrae matrimonio ya casi cincuentón, late una idea de
promoción social.
Desde
sus tiempos de conspirador contra la República se había decantado a
favor del Requeté. A raíz del atentado en Begoña el 16 de agosto
de 1944, después de un Tedeum, Franco lo aparta de su gobierno.
Pero, mal político, resulta Varela con su simpatía personal y esa
estrella o baraca que resulta tan importante para los árabes, un
gran administrador. En este último cargo de Delegado Alto Comisario
del Protectorado de Marruecos triunfa y rinde grandes beneficios a su
país donde sabe labrarse la amistad y la admiración de los rifeños.
Se había hecho militar en una harka.
Como
consecuencia de un cáncer en la sangre moriría en Tánger el 25 de
marzo de 1951. Su cuerpo fue trasladado con grandes honores a la
Península y sus restos inhumados en el cementerio de Cádiz.
IV
EL
ABRACADABRA
MOLA
El
enigma tanto de su vida como el de su muerte fue uno de los secretos
mejor guardados. Pertenece a ese cupo de hombres tallados por el
destino, que rara vez se amoldan a definiciones. Oriundo de Placetas,
un bohío en la provincia cubana de Santa clara, hijo de un capitán
de la Guardia Civil Montada, ve la primera luz en el Trópico el 9 de
julio de 1897, este muchacho algo corto de vista con la cabeza
pequeña y las piernas de cigüeño, sorprende por su sentido del
humor y su habilidad para las matemáticas. Nueves y dieces sacaba en
el instituto de segunda enseñanza de Gerona, adonde es trasladado el
padre de Emilio Mola Vidal cuando éste tenía siete años, y después
en Málaga. Allí acabaría el bachillerato. El septenio pasado en el
Caribe va a ser el más importante llegando a influir en su
enigmática personalidad.
Recibe
el despacho de alférez de Infantería (1904) y, ya con empleo de
teniente, va destinado a Logroño, pero pide una vacante en el
Regimiento 54 de Melilla. Por aquellos días el general Berenguer,
que habría de ser su amigo y valedor, está organizando un refuerzo
de policía nómada integrado por rifeños instruídos por mando
peninsular. El teniente Mola se tocó con el tarbús y se caló la
chilaba o alquicel de los Regulares un día de agosto de 1911, recibe
el bautismo de fuego en Buxdar. Algunos de sus hombres desertaron y
se pasaron al moro. Sale vivo. Él también se jacta de buena
estrella ca no se había torcido en su camino ningún bereque. Sin
ella no se puede hacer la guerra del desierto, pero la bala que te ha
de matar nunca la sentirás venir. Un presentimiento. Toma parte en
las operaciones de Monte Arruit y combate en las vanguardias que
hostigan a Mohamed Amesian, un morabito que había declarado la yihad
contra el rey de España. Se decía que sólo le podría abatir un
proyectil de oro. Era un disparo corriente y moliente, de un máuser,
el que le segó la vida. Ante tal fatalidad, su harka huye en masa o
depone las armas. Allí, en aquella refriega, su bautismo de fuego;
el teniente Mola recibe un impacto en una pierna. Volverá a caminar,
pero su forma de hacerlo sería como la de un galeón proa a las
galernas, que cabecea entre las olas. Ese paso inseguro, ese
desencanto, trasmina a veces el fondo de acedia que se echa a notar
en no pocos de sus escritos. Los combates en primera línea contra
las huestes cabileñas serían poca cosa comparadas con los parapetos
que habría de saltar cuando se lanzó al ruedo de la política. Miró
siempre derecho y entraba al toro por los cuernos pero para esta
suerte de lidia casi no resulta buen aval el honor y por ese cabo don
Emilio era un matador enterizo y sin pelos en la lengua. El enemigo
sabía que para matar a valientes como él no hay que ir de frente.
Ahí puede estarla clave del enigma Mola, del enigma Miguel Primo de
Rivera, del enigma Joaquín Calvo Sotelo. Sabían donde tenía el
lobo su guarida. A él, como a los otros, lo asesinaron porque se
opuso. Fue, pues, víctima del gran diseño.
Asciende
a comandante por méritos de guerra. Y en su hoja de servicio se
escriben con caracteres de gloria los nombres de Fondac, Dar Acoba,
el parapeto de Izarduy. Es allí una noche en que está de centinela
en la posición desde la que se domina la panorámica de los montes
del Atlas, espalda oscura y gigantesca giba del mundo, cuando se le
ocurre mientras escribía a su novia Conchi esta frase:
Las
balas son como las cartas; cuando escriban mi nombre en el sobre
tendré que recibirlas.
Era
como una premonición: miles de soldaditos a los que el plomo
sarraceno saldría a recibir en la gaba de Anual. Otoño de 1921. El
teniente coronel también obtuvo su cupo pero el sello no era mortal.
El proyectil fue a parar en su flanco más débil, las rodillas. En
el hospital militar de Carabanchel adonde fue trasladado hicieron
virguerías pero no pudieron evitar que el paciente quedase de por
vida flaco de cánulas. Le apodaban el “rodillas flojas”. Regreso
a Logroño. Otro destino en Santander. El Raisuni sigue haciendo de
las suyas y pide otra vez destino en Marruecos. Asciende a coronel y
“otra vez a torear”, decía él, recibe el mando de la Mejala de
Xauen. No hay manera. La gaba vuelve a teñirse de sangre y Mola es
uno de los primeros en aconsejar a Primo de Rivera el repliegue
táctico de aquellas posiciones en tierra hostil. Pero antes derrocha
su temple defendiendo otra vez Dar Acoba. Los combates son tan
violentos que un periódico de Málaga llega a dar la noticia de la
muerte en acción del valeroso coronel del Tabor de Larache. Era un
bulo. Cuando Mola, una vez conseguido que quedara el camino expedito
entre la vanguardia y la retaguardia, llega a Tetuán a la recepción
dada en su honor por el Alto Comisario con la ropa deshilachada y sus
gafas sujetas por una cuerda, una explosión hizo añicos la patilla,
pide perdón por no haber podido ir al sastre que le vistiera de
etiqueta para la ocasión y observa con melancolía la indiferencia,
hubo poca gente a recibir a los héroes de Dar Acoba, con que se
acogió a los supervivientes del mítico blocao de la muerte.
“Todo
esto -cita en su cuaderno de campo- es desconsolador para la salud de
España”. ¿Tanta abnegación para qué? Somos un país de grandes
despropósitos. No hay ten con ten y falta la medida. Se desmesura lo
insignificante y se desdeña lo que tiene una importancia capital. A
Mola parece que le abruma esta cicatería. El cuerpo de la patria
está herido de muerte.
Al
cabo de un año de luchas la operación de evacuación de las
avanzadillas quedó consumada en 1925 en medio de las protestas de
algunos militares eximios (ya citamos el enfrentamiento que tuvo
Varela con don Miguel) y la opinión pública que se desentiende.
De
vuelta a casa, se dedica a la lectura y, sobre todo, al bricolaje.
Don Emilio era un manitas. Calafateaba maquetas de barcos, construía
relojes, forofo de la fotografía algún se guardan alguna de las
capas y encuadres por él obtenidas. Otra vez vacaciones en el
Logroño de sus amores. El asueto entretenido con la pluma y la caja
de herramientas a mano no va a durar mucho. Siente de nuevo la
llamada de África. De nuevo hay que salir a “torear” formando
eterna con Sanjurjo y Franco. El desembarco de Alhucemas pone fin a
dieciocho años de guerra. El Dictador, que era terco, se había
salido con la suya. Pero al poco tiempo cae y Mola, a la sazón, al
frente del Tabor de Larache, es llamado por Berenguer para ocuparse
de la Dirección General de Seguridad. Sería la figura más
significada de aquella “dicta blanda”, pródromo de la caída
monárquica.
La
bola de gobernación sigue bajando y subiendo a despecho de las
rencillas, sinsabores, traiciones y felonías que agobiaban a un
cuerpo de funcionarios mal pagados y escindidos en capillas. Su
irrupción en a aquel edificio supuso como la suelta de un toro en un
colegio de ursulinas. Mola se siente igual que Daniel en el foso. No
parece entender nada. Quizá ha comprendido demasiado bien. Se da
cuenta de la envergadura de la conspiración. Los tentáculos del
pulpo que irradian los cuadrantes de la esfera del reloj. Suenan aquí
sus campanadas, es cierto, pero los dispositivos del manubrio se
disparan desde lejos.
Hombre
que siempre se jactó de decir la verdad aunque le costara muchos
disgustos y sinsabores, don Emilio Mola contextúa lo que está
ocurriendo y desenmascara las agitaciones de las logias masónicas.
En su autobiografía de estos años “Lo que yo supe”, vademécum
para entender la historia de España del siglo XX y las secuelas que
podrían acarrear en el XXI, realiza estas confesiones a bocajarro:
Posteriormente,
cuando, por imperiosa obligación de mi cargo, estudié la
intervención de las logias en España, me di cuenta de la enorme
fuerza que representaban, no por ellas en sí, sino por los poderosos
elementos que las movían desde el extranjero: los judíos.
Ellos
habían abierto la brecha de la sangrienta guerra norteafricana y
“portillos tan anchos no va a haber manera de cerrarlos”. Dicho
de otra forma, en los planes de dominación mundial que alberga el
zionismo internacionalista sobra la palabra España. Acabando con
ella destruirán uno de los baluartes de la civilización cristiana.
Esta en marcha un plan pavoroso de des europeización del que será
paralelo en este siglo y en los venideros la descristianización.
Marruecos fue la cuña de apoyo que tuvieron los judíos en sus
campañas secundando al Turco, tras el despecho, supuesto o real, del
decreto de expulsión de 1492. Quieren volver a Granada, siempre con
los moros detrás. El portillo es muy ancho y e día en día las
pateras que llegan por el Estrecho, cuyas aguas conoce el moro desde
el tiempo inmemorial, lo agrandan.
Se
dio cuenta de que la base del orden y la fuerza en un estado moderno
pasa el dominio de la información. Hay que montar la red y tener
bien sintonizado el aparato. Buen militar, tenía un gran sentido de
la anticipación. “Desengañese, usted, general, - le dijo a su
jefe, don Dámaso Berenguer- hoy rasca cualquier cabeza y aparece un
gorro frigio” y es que Mola, pese a la presbicia, era hijo de
guardia civil y echaba la vista larga. Era un hombre de Estado que
obra en la esfera no de los intereses oligárquicos sino con la mira
puesta en el bien de la Patria. “Usted se debe a España, no al
gobierno” escribe en una carta al oficial insurrecto de Jaca,
Fermín Galán. Le tocó a este hombre de honor a este cubano
desencantado, vivir un tiempo de aguas turbias. Y Mola era lo que se
dice un caballero. Su porte gentil no desmiente el inconfundible
aire británico. Jugaba siempre demasiado limpio y eso ahora, a la
vista de las circunstancias, más que virtud, es defecto.
El
orden público en aquel ambiente de revueltas y en aquel estado
paroxístico de los estados de ánimos cuando se barruntaba una
revolución y el separatismo en auge, era una patata caliente. Se le
había confiado una misión imposible, por cierto a un hombre de
talante republicano: salvar la monarquía. El levantamiento de Jaca
denota que existe también malestar en los patios de armas. Habían
nombrado bombero a un caballero de modales exquisitos. El ministro de
la Gobernación duda y siente que la labor asignada excede sus
fuerzas.
Cae
el gobierno Berenguer y su sucesor, el almirante Aznar confirma a
Mola en el puesto, mas por poco tiempo. La víspera del 14 de abril
su domicilio es blanco de algunos pistoleros. Hubo de refugiarse,
saliendo de su despacho a boca de noche gracias a la complicidad de
un grupo de funcionarios de policía en un cigarral de Toledo. Un
hombre de visión realista, a diferencia del Marqués de Estel la que
hasta el último momento consideraba que su dimisión sería sólo
momentánea, el responsable saliente de la gobernación no se hace
vanas ilusiones. “Van a por nosotros. Nos empapelarán y purgarán
estos demócratas”.
Efectivamente,
una entrevista con Manuel Azaña, el triunfador de las elecciones, el
21 de abril le abroquela en su escepticismo ya endémica con respecto
a una eventual salida negociada de la crisis española. El mal hundía
muy hondo sus raíces.
El
nuevo gobierno ordena su ingreso en prisiones militares. De su
estancia en el penal de San Francisco escribe con amargo desenfado y
da la medida y talla de uno de los rasgos más salientes de su
carácter: la elegancia:
Adquirí
la persuasión de que el sentimiento de la gratitud y del valor de la
responsabilidad, del culto a la honradez, el recto concepto de la
justicia y de la nobleza de espíritu, no son cualidades que
encuentren albergue en el corazón de todos.
El
Fiscal General de la república, Ángel Galarza Gago, decreta su
libertad bajo fianza de 25000 pesetas que en aquellos tiempos y para
un modesto funcionario, que vivía de su paga y su masita de soldado,
eran muchas pesetas. Tuvo que echar mano de sus conocimientos de
marquetería para satisfacer la deuda. Incluso en una semana escribe
un tratado de ajedrez del que se venden miles de ejemplares en
Hispanoamérica, con la particularidad de que el autor nunca había
tocado un tablero de ajedrez ni sabía nada del asunto. Sólo era un
buen matemático.
También
devenga algún dinero de la publicación de sus memorias. Lo
que yo supe
salió
a la luz en la editorial Bérgua que estaba dirigida por un
comunista, pero con un gran olfato comercial. Sin embargo, el tomo se
vendió estupendamente y ayudó a paliar la penuria en que quedó la
economía familiar. La ley de Azaña cayó sobre él con todas sus
consecuencias: inhabilitado de empleo y sueldo, pase a la segunda
reserva. De este estado de marasmo y de su enfrentamiento con Azaña,
un masón convencido que amañó la proclamación de la república en
la cual creía él en un principio y de la que acabó desilusionado,
le sacó la victoria de las derechas. El gobierno de Lerroux se
acuerda de él y Gil Robles, recién nombrado ministro de la Guerra,
le pide su asesoría cuando estalla la revolución de Asturias. Puede
volver a Melilla. Después es destinado a la XII Brigada de
Infantería de Pamplona. El gobierno de Azaña, al decretar este
traslado forzoso, en su afán por descartarse de los generales
desafectos a la causa-Franco va a Canarias, Goded, que había
planeado ya de antemano una toma de las Cortes a lo Pavía y Sanjurjo
sigue en el penal de Santa Catalina- comete un error que iba a
costarle caro. La medida no deja de ser maquiavélica, porque los
republicanos, teniendo conocimiento de que Mola pasa por ateo
convencido y no comulga con las ideas monárquicas, lo manda nada
menos a la cuna del fundamentalismo carlista. Era como meterlo en la
boca del lobo. Pero el tiro va salirles por la culata.
Cree
Jorge Vigón, uno de los biógrafos más sagaces con los que ha
contado nuestro personaje que cuando sentó plaza en Pamplona Mola va
a experimentar una metanoia o catarsis. Sus conocimientos de primera
mano sobre los tejemanejes del poder oculto y las conspiraciones
masónicas tergiversan la palabra democracia- este sistema político
no es más que una añagaza para el fomento del dominio mundial.
¿Cómo va valer lo mismo el voto del carnicero de Cuatro Caminos que
el de un catedrático de la Calle Ancha?, se pregunta en aquellos
días de ostracismo y de gran actividad literaria. El vuelco ya está
dado. Aquel general descreído y algo burlón se perfila como uno de
los primeros púgiles contra la bestia. Uno de los primeros
encartados en un golpe, bien preparado, no una asonada, pero que el
paradójico Mola sabía de antemano, pues era un hombre de mente
despierta y muy analítico, sabía que iba a costar ríos de sangre.
Era
paradójico por la sencilla razón de que siendo un militar
descendiente de liberales supo ganarse las voluntades de los
carlistas, engañar al general Batet, comisionado por el gobierno
central para vigilarle, y porque en su pensamiento pesaba más la
razón de Estado que los intereses de partido. Amostazado por la idea
de una patria a punto de desaparecer a causa de la labor de los
agazapados de las mafias y de las logias -el lenguaje político de
los demócratas que nos llevaron a la encrucijada del 36 se parece
como una gota de agua a la jerga tribunicia de los padres de la
patria el año 2000, con idéntica verborrea, el correr de la sangre
al amor de las bombas y de los tiros en la nuca de los pistoleros
etarras- se sintió en el deber de ser director de orquesta de
aquella conjura que tuvo una gestación en Pamplona tan trabajosa
como sin pronósticos. Lo que no quería es hacer una chapuza aquel
manitas perfeccionista y concienzudo. De estatura prócer, aquellos
andares de jirafa como consecuencia de su disposición orgánica y
también como resultado de la bala que le fracturó el menisco en
África, aquel rostro cejijunto, que engañaba porque era hombre de
genio irónico que en los momentos más difíciles sabía sacar
aquella enigmática sonrisa, no parecía un español al uso. Su humor
era muy inglés. Sin embargo, se movía por propia iniciativa,
llevado por el sentido del deber y ese amor a España que había
mamado en la Casa Cuartel de Placetas - en su personalidad confluyen
la del militar y la del hijo de guardia civil - y sus contactos
fueron mínimos con el misterioso sector que estaba trabajando en
Londres desde la sombra. Éste ente misterioso se decantó por
Franco. El Ojo Que Todo Lo Ve debió de seguir sus pasos en la
reunión del monasterio de Irache, quizás hizo fracasar el
alzamiento en Barcelona donde sucumbió Godet y puso chinas en el
camino para que Mola pudiera ponerse en contacto con José Antonio
detenido en Alicante. Tuvo que tajar la baraja y contemplar una
serie de cartas heteróclitas, allanar las desavenencias y
desconfianzas tan propias de españoles, pero supo imponer la teoría
de que España era la razón suprema por encima de las miras
personales. El manifiesto de Mola encuentra un antecedente glorioso
en el bando publicado por el alcalde de Móstoles en 1808. Concebía
aquella lucha como una nueva guerra de la Independencia contra un
invasor foráneo, que no tenía un núcleo concreto sino que era un
cefalópodo de incontables tentáculos y múltiples cabezas
(comunistas, separatistas, socialistas, anarquistas, de varia
extracción y de múltiples tendencias). Lo que se desprende de este
intenso semestre en la capital navarra en que hubo muchos cabildeos,
palpaciones y tacto de codo, jugandoselo todo a una carta, es que
este general intentaba parecerse al flautista de Hamelín. Mola era
el mago de la varita mágica. Su temple egregio se ganaría el
respaldo de unas facciones tan difíciles de avenirse por las buenas
como eran falangistas y requetés. Si no lo hizo la sangre fría de
aquel hombre que el 14 de julio despide en el descansillo de la
escalera de su casa de Pamplona a su hermano Ramón Mola destinado en
Barcelona, adonde le despachaba con una carta para el jefe de aquella
guarnición, sabiendo que no le volvería nunca a ver, los planes de
la revuelta fueron llevados adelante con el beneplácito de la
Providencia. Barajaba las cartas a cara de perro. Hacía con vistas a
un impropicio agüero. Él se erigió en director de orquesta. Su
conocimiento de la psicología de los prohombres del régimen
Azaña-Casares Quiroga le facultaba para la comprometida misión que
llevó adelante. Otro, sin la cabeza fría del hispano cubano,
epítome del patriotismo, y que sentía a España en lo hondo de su
alma, circunstancia que le permitió limar las asperezas con otros
implicados en la rebelión de diferentes ascendencias políticas, él
no era un conservador ni un rentista, se subleva al socaire del lema
Dios, Patria y Justicia, no entendía de fueros, se hubiera venido
abajo.
Cuando
llegan las noticias de la movilización de la fuerza en Marruecos,
Azaña pierde los papeles, despide a Casares Quiroga y nombra a
Martínez Barrio, éste, en su calidad de jefe de gobierno llama por
teléfono a Pamplona donde mediante halagos trata de convencer al
primer cabecilla de la revuelta para deponer las armas, ofreciendole
la cartera de Defensa. Los nervios que perdió el presidente
supusieron un reguero de inquietud, zozobra e indecisión en las
salas de estandartes y la liquidación de los sospechosos. Estos
períodos iniciales de una revolución suelen ser terribles en cuanto
al derramamiento de sangre. El pánico revuelve los odios y las
sangres. El toro embiste porque tiene miedo. El teléfono no para de
sonar, circulan bulos y rumores, se pasan recados o fórmulas de
ultimátum. Es que el personal se ha puesto nervioso. Eolo abre la
caja de los vientos. La tempestad no tardará en llegar.
Cortés,
pero rotundo, Mola le da su negativa. Presa de pánico, el líder del
ejecutivo destituye por Giral a Martínez Barrio y designa a Miaja
para ministro de la Guerra.
Se
vivieron una serie de días y de noches de cuchillos largos y
conferencias telefónicas a larga distancia. Entre estos diálogos de
zona a zona destaca la dramática bronca entre Miaja y Mola, que otra
vez vuelve a pedir a su amigo, en nombre de la fraternidad de armas,
se conocían desde las campañas del Protectorado, que deponga su
actitud. Mola por toda respuesta le grita desde Pamplona: “Piensa
usía fusilarme, mi general. Soy un sublevado”. Miaja desde su
despacho en el Palacio de Buena Vista cuelga el auricular. El taco
que soltó pudo escucharse hasta en Campamento. Este accidentado
coloquio telefónico tuvo lugar el 18 de julio de madrugada. Al día
siguiente se publica el famoso bando:
“Emilio
Vidal Mola, general de Brigada y Jefe de las Fuerzas Armadas de la
provincia de Navarra, hago saber que vacilar un momento más sería
un crimen. España, presa de la más espantosa anarquía se desangra
y muere. Vulnerada la constitución, negados los más elementales
derechos del ciudadano, comenzando por el de la vida, entregados los
pueblos y ciudades al dominio de los pistoleros, España ofrece hoy
un espectáculo de miseria y sangre que jamás ha registrado en su
historia. El Ejército y la Marina, fieles a su juramento de derramar
la sangre por la Patria, extienden hoy su brazo armado para detener a
España al borde del abismo”.
Con
este documento declara el estado de guerra. Una multitud de mozos y
de hombres no ya tan jóvenes se lanzó al combate a la sombra de la
bandera bicolor por decisión de don Emilio, tras larga reflexión.
No podía aceptar la enseña republicana sino la roja y gualda “con
la que hemos enterrado a tantos de los nuestros en África”.
Estuvo
dudando hasta el último momento. Pugnaban dentro de su alma los
escrúpulos republicanos y sus convicciones patrias. Le costó
trabajo adoptar esa decisión, pero, una vez izada la roja y gualda
en el gobierno civil de Pamplona aquel general a la que su presbicia
física no le impidió tener una vista de lince espiritual, con ese
gesto y con la arenga que dirigió a la fuerza acantonada estaba
dando a entender que quemaba las naves. Por encima de sus intereses
personales y de su integridad física estaba el honor de España en
manos de una caterva de políticos maleantes.
A
su bando se sumaron con suerte intercadente y en medio de una nube de
incógnitas que puso a unos oficiales contra otros las guarniciones
de La Coruña, Oviedo, mandando por Aranda y Gijón, donde los
soldados que se sumaron al Alzamiento se encastillaron en el cuartel
de Simancas y, copados por dinamiteros de la cuenca minera, pidieron
a un buque de la Armada que abriese fuego contra ellos. Ídem, las
guarniciones de Zaragoza y Barcelona donde es sofocado el general
Godet, Cádiz, Sevilla, Segovia, Salamanca y Burgos. En Madrid
también la iniciativa es aplastada, expugnado el Cuartel de la
Montaña que defiende Fanjul por las turbas revolucionarias.
Al
“alea jacta est” emitido con contundencia de arenga militar desde
el balcón de la Diputación Foral de Pamplona por un hombre alto que
fruncía demasiado el entrecejo y tenía la voz muy ronca
correspondieron suertes diversas, desenlaces dramáticos y
situaciones cómicas. El destino inescrutable de las Armas se
entrevera con el de las Artes y con el del Amor. No corona con el
laurel de la victoria a los más bellos, ni a los más esforzados
sino a los más hardidos siguiendo una ley pura estadística del
cálculo de probabilidades. En el acontecer de los hechos no hay
ética ni se sigue un escalafón. Las balas son como las cartas.
Llevan su destino y remitente y no queda más remedio que recibirlas.
Otra vez a torear, pero en aquella ocasión las arenas ardientes del
ruedo ibérico desafiaban al sol teñidas de rojo.
Brunete
sería el epílogo no sólo de aquel frenesí caustico, que lanzó al
populacho a la calle amostazado por una ira vernácula, cuentas
pendientes de muchos siglos, creando a la par una tensión inusitada
en los cuarteles, el ambiente era tan denso que se podía cortar con
una faca, sino que fue el corolario trágico a los diecinueve años
de guerra absurda en Marruecos.
Pero
eso sólo lo llegó a entender el general Mola que fue la eminencia
gris de aquel golpe. Franco, más pragmático y acaso con esa buena
fortuna que nunca le ha de faltar al buen legionario contra el mal du
bled en la jarca, se constituyó en mero brazo ejecutor, aina su
experiencia en la poltrona caliente de Gobernación. El ángulo de
mira desde el Kilómetro Cero le permitió estar al tanto de una
serie de vicisitudes en las que no repararon sus compañeros. Llegó
a saber demasiado. Tal vez ese conocimiento de las fuentes de
información selló su sentencia de muerte en un absurdo accidente de
aviación.
Supuso
que los hilos del gran guiñol los movía a distancia una mano
invisible que esconde su procedencia y esconde sus dedos. Don Quijote
-Mola tiene toda la facha de un quijote de uniforme- cabalgaba de
nuevo por la gaba batiéndose con los fusileros de Abdel Krim y la
incomprensión y la indiferencia de retaguardia. España siempre
tiene que acabar poniendo los muertos en pugna con los imposibles.
¿Será un delito amarla y la circunstancia de haber nacido español
un obstáculo imperdonable de terquedad políticamente incorrecta la
voluntad de querer serlo?
He
aquí un nudo gordiano en el que la prensa maleante e inverecunda que
tenemos el año dos mil, en manos toda ella de capital extranjero,
sigue jaleando con ardorosa fisga y lamentable refitoleo. Los
columnistas del País y del Mundo lanzan venablos cargados de veneno
contra la enseñanza de nuestra Historia. Por lo visto, nuestro
glorioso pasado cae del lado inverso. Nos crecen los enanos y en este
verano del primer año del siglo veintiuno la situación por lo que
al porvenir de España se refiere los enemigos contra los que se
alzaron Mola y los suyos son más potentes y poderosos. La carcoma de
estos últimos cinco lustros ha roído todo el maderamen. Toda la
obra muerta del edificio dará en fracaso. El enemigo, resabiado por
aquel fracaso, ha cambiado de táctica. Los españoles hemos
sucumbido a los cantos de sirena de una pensión fija, una casa en la
sierra, los hijos en la universidad, las secuencias soporíferas del
Gran Hermano, el sexo para todos, el consumismo y el analfabetismo
cibernético. Cunde la sensación de que esto se acaba, de que
entramos en la recta final.
Las
desgarbadas zancadas del general Mola yendo y viniendo a lo largo de
la Piel de Toro ganandose adeptos a su causa, sondeando opiniones y
haciendo ese tacto de codos tan necesario a los que se embarcan en
una aventura desconocida que requiere palparse bien la ropa, atarse
los machos, enviando a reuniones a sus espías, unos colaboradores
que gozaban de nombres tan poéticos como “Garcilaso” detrás del
que se escondía una mujer, Elena Medina, la matahari propia,
recuerdan los titubeantes monólogos de Hamlet por las brumas de
Dinamarca. To be or not to be. ¿Somos los españoles esquivos a los
dioses? ¿Por qué se nos derraman contra nosotros los cantaros del
ciego desencadenando de vez en cuando lluvia de aceite hirviendo?
Pero, entonces, como ahora, el espectro no contestó a las
interpelaciones del patriota acendrado. Dio la callada por despuesta
el muy ladino y la caja de Pandora sigue en manos de los más zotes.
Esto puede ser peligroso. Al final, siempre se acaba haciendo
justicia y la engañifa denunciada y desenmascarada, aunque ese
momento tarda tanto en producirse.
Detrás
de esa mampara de fragilidad dubitativa de su fruncido ceño, el
hombre de acción sobrepuja al pensador, al intelectual que había
dentro de aquella carcasa desgarbada de angelote, con la marquetería
y la fotografía como distracciones habituales en sus ratos de ocio.
“Habrá piedad para los engañados, para los engañadores, jamás”
anuncia en una de las escasas entrevistas que concede. No era ni un
irresoluto, sino la expresión de la voluntad puesta al servicio de
una causa. La única idea que le movía era España. Ni pactos de
Zanjón, ni abrazos de Vergara. La victoria tenía que ser
aplastante. Una guerra es el enfrentamiento de dos afanes. El que
pierde la ambición de ganar pierde la guerra. Los pactos no eran
posibles, ni tampoco una política de trapicheos y de cataplasmas,
desde el punto y hora en que Manuel Azaña mandó sofocar una
rebelión popular con aquella frase que tanto ha dado que hablar y en
la que no se descuelga como una demócrata. Tiros a la barriga. La
orden, que se diga, no era muy viril que digamos.
Dos
hechos iban a acaparar la atención del jefe del Ejército Norte
aquel verano de guerra. En primer lugar, la orden tajante dada al
príncipe de España, Juan de Borbón, el cual había llegado a
España para incorporarse a filas como el que hace turismo, de que
abandone el país. Otro enfrentamiento con la bicha. Nunca se le
perdonaría aquel desacato a la altanería borbónica. Se puso la
excusa de que la vida del heredero que nunca llegó a reinar era
demasiado valiosa y podría rendir en adelante mejores servicios al
país. No hay que olvidar, en cambio, que las relaciones de don
Emilio Mola con Alfonso XIII no se distinguieron por ser precisamente
un modelo de cordialidad. Además, tampoco quería herir la
susceptibilidad de los ámbitos de Montejurra. Aquel plantón sería
el inicio de una saga de malentendidos entre don Juan de Borbón y el
régimen de Franco.
El
otro suceso trágico fue el asalto al cuartel de Simancas en Gijón,
cercado durante varios días por las hordas milicianas. Poco antes de
producirse la toma, el radiotelegrafista del buque “Cervera”
recibe el siguiente parte. “Tirad contra nosotros. Tenemos el
enemigo dentro”. Vuelve a repetirse episodios tan frecuentes en
nuestra historia de Sagunto y de Numancia. Otra vez Guzmán el Bueno
tira el puñal desde lo alto de la almena. No cabe la capitulación
en la mentalidad de los acérrimos españoles. Ahí tienes esa daga,
mata a mi unigénito. Fuego graneado contra mi posición. Está
infectada de ratas venenosas. Hubo muchos muertos, asesinatos,
salvajadas. El general Aranda resiste como puede la embestida. Pero
Oviedo tampoco se rinde y es al fin liberada por las columnas
gallegas de Marín Alonso y de García Valiño.
Todo
el utillaje industrial, las reservas de divisas, la diplomacia, la
aviación, los puertos, el armamento y los puertos de las ciudades
más avanzadas cayeron del bando republicano. Carecen de algo muy
importante para conducir una guerra: mandos; improvisan entonces
generales de la misma forma que los nacionales se las ingenian para
sacar dinero de la hucha de las economías familiares organizando
colectas de alhajas por los pueblos de Castilla y requisando las
escopetas de los somatenes del abuelo o fundiendo campanas para
fabricar proyectiles. Ya ocurrió durante la invasión napoleónica.
Había, sin embargo, una aliento de victoria, una vibración de
deseos comunes. Todo ello suplía esas carencias de lo esencial. Lo
demás se dio por añadidura. Entró en juego ese coraje y valor que
saca a plaza el español en situaciones excepcionales, cuando tiene
un caudillo delante o una idea por la cual se siente entusiasmado. En
aras de esa idea no le importa dar la vida, como refrenda el patético
comunicado recibido en el puesto de mando del “Cervera” poco
antes de que cayera el cuartel de Simancas: “Haced fuego contra
nosotros, tenemos el enemigo en casa”. El capitán del buque no
podía creer al mensaje que venía a través de los hilos y
palpitando antes en las señales heliográficas. “Dadnos una
clave”. Sobraban claves. La comunicación entre el regimiento y la
fragata se cortó de repente. Los supervivientes del Simancas
intentaron una salida a la desesperada tratando de abrirse camino con
bombas de mano. Fueron abatidos a los pocos metros de los muros del
recinto.
Este
tipo de diálogos escalofriantes se vuelve a repetir en la toma del
alcázar toledano y un hijo suyo cogido por los rojos como rehén.
“Ahí va mi puñal. Dispónte a bien morir”. Aquello debió de
ser tremendo. Toda baja, por leve que fuere, abochorna siempre a un
oficial que luzca con honra sus entorchados, quien ha de basar toda
su ciencia militar y el arte de la guerra en la defensa de la paz y
la salvaguardia de la integridad física de sus súbditos, en la
garantía del derecho y de las libertades.
Su
experiencia en los parapetos africanos le había hecho a Mola un
experto en psicología. En campaña hay que saber disponer el
funcionamiento de Radio Macuto a nuestro favor. Eso lo sabía hacer
bien. Cuando veía decaer la moral de sus soldados se las ingeniaba
para propalar el bulo de que estaba a punto de llegar un relevo. Esta
noticia infundía alientos. Era mentira: la columna de socorro nunca
podría hacer acto de aparición porque era inexistente. Pero el
guripa se ilusionaba un tanto.
Los
pavorosos partes sobre el desarrollo de los acontecimientos en el
Frente Norte deberían de abrumarle. Todo el peso de la
responsabilidad para él. No era un caído ni dos sino compañías
enteras, divisiones, escuadrones que perdían lo mejor de su
oficialidad y soldados rasos. Era frecuente en aquellas fechas ver
circular las caravanas de duelo por las carreteras solitarias de
Castilla y de Navarra: un coche de punto con una caja de madera de
pino mal ensamblados sus tablones sobre el que flotaban las cintas de
la enseña nacional. Adentro, unas mujeres enlutadas que llevaban al
ser querido a enterrar al pueblo. Fue una hora de grandes lutos,
toques a clamor y sepelios. Tanatos carreteando bruzadores siniestros
mostraba a Hesperia su faz más lóbrega. En los campos de batalla
los acemileros de las compañías de zapadores sobre los lomos de los
mulos porteaban cadáveres. En Brunete eran tantos que los del pico y
pala no se anduvieron con contemplaciones. Los transportaban sujetos
por maromas a la rastra de la pata de las caballerías; se tuvo que
inhumar con cal viva en fosas comunes. Los servicios de limpieza no
daban abasto para recoger los cuerpos. Para uno que está al mando la
muerte de un soldado se siente como la de un hijo. El propio padre
del general Mola y su hermano Ramón fueron pasados por las armas en
la Ciudad Condal. Aquella guerra, la peor de todas las guerras
civiles, empezaba a cobrar un aspecto aterrador por el número de
víctimas incalculables. Era algo que la eminencia gris del
Alzamiento no presuponía. Aparentemente, las malas noticias de los
frentes no hacen mella pero hay indicio de que este hombre tan
enterizo y a la vez tan humano está a punto de derrumbarse. Cuando
habla de que piensa dejarlo todo, marcharse y ahí queda eso, está
demostrando que no era insensible a sus congojas interiores. Aunque
la procesión fuera por dentro, en cambio, no se vislumbra en su
compostura afable y austera el pánico; eso sí, la arruga del gabelo
que le da ese aspecto de hombre enfurruñado se abarquilla y el surco
se hace más profundo entre los quevedos de sus antiparras de culo de
vaso. Intenta buscar escapatoria a los negros presentimientos que lo
abruman haciendo visitas relámpagos a las guarniciones. El general
invisible, como le llamaban los periódicos, se trasmina en el
general omnipresente. Sube a Somosierra, marcha a Ávila o a
Salamanca, ora se presenta en el Alto del León para decirles a los
artilleros de Serrador y a sus falangistas que son unos jabatos, ora
se entrevista con Yagüe, su viejo amigo que tuvo a sus órdenes como
teniente en Dar Acoba que viene zumbando desde el Estrecho al frente
de los Regulares de Larache, ora vuela a Irún en plena noche, pero
sobre todo le gusta callejear de incógnito por Valladolid con su
inseparable cámara de fotos bajo el brazo. Su sagacidad castrense no
le permite embalumarse. Es hombre de reflejos, de labor bien hecha y
de trabajo rápido. Nunca le gustaron a Mola las chapuzas. Por eso
diagramó la estrategia de la campaña septentrional como si fuese el
plano arquitectónico de una gran catedral. De este gusto por pasar
desapercibido y de estar siempre allí donde se producían los hechos
queda constancia en su pasión por el reporterismo bélico. Cuando
acudía a una posición retrataba al personal, pero él detestaba los
primeros planos. En cierta ocasión haciendo una visita de
reconocimiento al frente de Irún tomó algunas placas que cedió al
periódico “Unidad” de San Sebastián. Las instantáneas eran tan
crudamente realistas que no pasaron la censura. Nadie sabía en la
redacción que había sido obtenidas por aquel modesto y campechano
general de brigada, experto en todo y con un ojo de lince para los
buenos encuadres.
V
A
LA MONARQUÍA LA ARRUINAN LOS MONÁRQUICOS, Y A ESPAÑA PUEDE
SALVARLA UN FUNCIONARIO, SI QUIERA UN GUARDIA CIVIL. EMILIO MOLA ERA
UN HIJO DEL CUERPO.
Emilio
Mola debió de sentir en lo más hondo el espíritu de cuerpo y la
responsabilidad del funcionario, la misma que impulsó a Villaamil, a
concas y a Cervera a mostrar su pecho a las balas yanquis, cuando la
flota española se encontraba copada por la de Simpson en la Bahía
de Santiago de Cuba. Es ese sentido del deber de unos pocos el que
salva a una inmensa mayoría desfondada, presa de la manipulación de
los canallas que nunca faltan en la vida española, de los pancistas
y de los compromisarios de aluvión. Los árboles no dejan ver el
bosque pero estos ejemplos eximios de abnegación, pundonor y sentido
del deber - un Clarín, un Cajal, un Francisco Franco y otros
ilustres que supieron vivir a costa de las magras arcas del Estado-
salvan a todo el funcionariado, un cuerpo laboral hoy muy en
entredicho, cuando se trata de sustituir una burocracia por otra
burocracia. El mayor dolor del general Mola debió de ser el tener
que lidiar con un antiguo compañero, como el general Miaja,
compañero de blocao en las campañas de Anual, pasando por encima de
la fraternidad de armas o proveer la firma para su sentencia de
muerte a Galán, que había sido uno de sus oficiales predilectos en
el Tercio. La sublevación de Jaca fue ahogada por el gobierno de
Dámaso Berenguer que envía a detener a los alzados de aquel
regimiento de montaña al director de la Academia General Militar de
Zaragoza, Francisco Franco Bahamonde. En último instante, Mola
también intentó hacer algo por el antiguo camarada, pero éste
declinó toda ayuda. Al fin y a la postre, los dos eran hijos de
guardia civil y llevaban el espíritu de la Benemérita en los
tuétanos.
Dos
casos paradójicos. Por un lado, el responsable de apagar la rebelión
era un Franco (Francisco), mientras otro, en Cuatro Vientos, Ramón,
se rebelaba contra la “dicta blanda”. Por otro, los hermanos
Pozas hacían de consiliarios excepcionales a los dos militares que
llevaron la batuta de las operaciones militares dentro de uno y otro
bando. Dos ejércitos enzarzados y, allí, dos hermanos estudiando
los mapas de operaciones sin otra finalidad que el aniquilamiento
mutuo.
A
uno y otro lado de las trincheras quedaba un padre haciendo fuego
contra su propio hijo. Una guerra civil parece ser que para lo que
sirve es para dar patente de corso al cainismo atávico. En este
sentido, los parricidios y fratricidios serían harto frecuentes.
Cuando
se aprieta el gatillo no se tienen en cuenta las barreras de la
sangre. Las cartas, como las balas, carecen de filiación
sentimental. Una vez dentro de la rampa del buzón, no tienen
retroceso. Son asesinas, huelga remite. Como lleven escrito tu
nombre, no tienes más remedio que abrirlas, dejar que desgarren tu
piel.
Aquel
otoño del 36, año fatídico pero también de esperanza, al poco de
ser designado Franco como cabeza aglutinante del mando único,
instala Mola su cuartel general en el palacio de Benavites abulense
(Ávila pasa a ser entonces la capital del espionaje). Todos sus
esfuerzos van encaminados a tratar de llegar a un arreglo pacífico
con Miaja. Los hermanos Pozas son los interlocutores de esas
conversaciones bajo cuerda.
El
armisticio no pudo ser. Sin embargo, el antiguo jefe de Seguridad no
dejó una sola paja sin remover. Suyas fueron sus frases: “Por mí
que no quede” y “Si no se nombra mando único, yo me marcho. Y
ahí queda eso”.
Aunque
de ideas encontradas, Miaja y Mola se sienten republicanos, se
conocen bien, y, sobre todo, saben llevar con dignidad las estrellas
en la bocamanga. Estos fallidos conatos por un entendimiento entre
las dos mitades de una media naranja con gajos envenenados, fueron
torpedeados en primer término por Negrín y por el propio Azaña.
Franco también era ambicioso. Proclamaba la rendición total.
Ni
Miaja, ni Rojo ni Casado eran refractarios a una avenencia, pero
estaban entre la espada y la pared, habida cuenta de las veladas
amenazas que no cesa de proferir la Pasionaria contra los militares.
Amén de eso estaba el separatismo de los Aguirre y de los Companys
que aspiraban a contar con unas fuerzas de seguridad hechas a la
medida de sus afanes con mozos de escuadra y con gudaris.
Oviedo
siempre en el corazón.
Miaja,
que era un buen asturiano, no debió de pasarlo bien durante el cerco
de Oviedo, defendida por Aranda, un amigo personal y afecto, igual
que él, a las ideas liberales. Aranda se sublevó bajo la bandera de
la República y no es hasta el 31 de agosto que ordena que la enseña
tricolor fuera sustituida por la bicolor, una sustitución que se
realizó en medio de graves trabajos e indecisiones.
El
17 de septiembre se avistan en Oviedo los primeros alquiceles blancos
de los Regulares durante la escalada al monte Naranjo. Las columnas
gallegas de Martín Cortés y de Sijeiro cruzan la Escamplera
arrollando a los dinamiteros de Mieres en los sotos y lomas del
Pando, las gargantas del Padrún y del Canto. Ocupan la Manjoya
atacando el transformador de corriente.
Una
detrás de otra van cayendo las posiciones enemigas: La Cadellada,
Loma Verde, Peñaflor, Los Cueros; son arrollados los rojos en
Loriana y Villamar. La antigua Vetusta haciendo honor a los epígrafes
que avalan su lealtad augusta e invicta, resistió bravamente. Cuando
portan por la calle Uría las primeras columnas de los refuerzos
libertadores sólo le quedan a Aranda un par de docenas de oficiales
y apenas doscientos defensores; el resto, bajas. Oviedo no es más
que un montón de escombros de los que se destaca el alzado
impresionante de su torre flamígera. La catedral quedó malparada
pero salió airosa de sus embates con la metralla. En medio de las
ruinas sigue incólume el humor hecho un roble de los “carbayones”,
ése que derrocha Clarín en sus mejores prosas, donde la ternura se
da la mano con el sarcasmo, la extravagancia y el lítote. La
atenuación retórica y esa capacidad para saber reírse de uno
mismo, aunque con peor leche, acerca la hilaridad asturiana, al
“humor” de los británicos. Oviedo valiente, que no se arredra
ante nada ni repara ante nadie. Oviedo católico y cruel, ciudad
levítica que a veces se permite el lujo de devorar, como Jano, a sus
propios hijos. Romano, celta y mozárabe, cumbre de ultramontanos y
de liberales, con todo el peso de la historia de España a cuestas,
convencional y clasista, habituado a ser, como Dios ordena, infierno
y paraíso, palacio y cárcel, según qué palo pinte de la inmensa
baraja de la fortuna.
Habían
corrido torrentes de odio. Con lo que el chiste fue sólo hacedero
dentro de lo que cabe. Fue imposible espantar los demonios cainitas
de forma que la revancha siguió cobrándose el portazgo de sangre
con que se ha de pechar en toda guerra civil.
Precisamente,
una de las primeras víctimas de aquel furor fratricida fue un hijo
de Clarín al que se fusiló en los primeros días del Alzamiento.
Oviedo, la galana y la gentil, puede ser también tétrica, sobre
todo cuando rondan sueltos los diaños del llamado “morbo
visigótico”: la envidia, y la malquerencia.
Por
lo visto, no se le había pasado el furor a algunas gentes que trajo
aparejado la publicación de la “Regenta”.
La
ciudad
levítica pasó factura
del desafuero en la persona del unigénito. En realidad, Leopoldo
Alas con clarividencia profética había previsto este estallido de
venganzas en su obra “Su
único hijo”
y
también
lo
pronostica
en
uno de sus “Cuentos
Morales”
donde
presenta a un pobre hombre de libros que es muerto a mano airada a la
salida de una biblioteca. Al no ser afecto a ninguno de los dos
bandos en litigio, se convierte en malquisto de derechas y de
izquierdas; unos lo dejan maltrecho tras apalearlo y los otros lo
rematan en plena calle. La parábola de la guerra civil que vendría
estaba servida. Es un tipo de conflicto que suele llevarse a los
mejores.
El
genio clariniano lo vio venir, pero también estuvo presente en la
mente de Emilio Mola, un buen militar curtido en las guerras
africanas pero que tenía la pluma bien tajada de un escritor de
altura y la sensibilidad de un buen poeta. Sintió acercarse con
mente prócer aquellos espantos y empezó a temblar por dentro como
la hoja de un olmo agitada por la brisa. Había barruntado la
tormenta ab initio. La paz no fue posible. Estaban los zorros en sus
alcahaces afilando sus zarpas y los perros de presa ensayaban saltos
a la yugular.
Mola
quiso evitarlo poniéndose en contacto con sus conmilitones del
Palacio de Buena vista, pero había pasado la hora de los hombres de
honor, llegaban los comisarios con sus pistolas al cinto, hirvientes
de consignas con las que estrangular la verdad cabal. Se venía
encima un mundo nuevo, tal y conforme lo había intuido Orwell en su
“Rebelión en la granja”, se alzaba el telón de los
totalitarismos con diferentes nombres (comunismos, fascismos,
democracias capitalistas), y había que dar el salto de la dictadura
austera al distendido consumismo, en cuyo mundo sobran las ideas. Era
demasiado tarde. El demonio ya no estaba preso en la cárcel de los
infiernos. Lucifer vagaba por el orbe terráqueo con pase de
pernocta.
Al
estado mayor rojo le quedaba poca holgura de maniobra. Conque los
buenos oficios a dos bandas de los hermanos Pozas se van a pique. La
paz no interesaba. Había que probar nuevas armas en los campos de
Agramante de la vieja Europa, que aquellas generaciones de las
antiguas naciones se desangrasen para conseguir una América más
próspera, más feliz y más predominante. Poco importaba quién
fuesen los contendientes. El caso era que los alemanes se matasen con
los franceses y con los ingleses; después, con los rusos. Y que los
españoles se despedazasen entre sí. Saben hacerlo como nadie
llegada la ocasión; la historia nos lo demuestra.
Corría
la sangre. La formación del Frente Popular trajo aparejada el arribo
de las Brigadas Internacionales. Serían los contendientes más
aguerridos y sanguinarios, según quedó patente en Brunete. Mucho
más que los “temibles” soviéticos. Algunos han olvidado los
revulsivos crímenes del “Carnicero de la Granja” y el mal
recuerdo que supuso para la población local el paso de los
brigadistas por Albacete.
Estaban
en su ápice las soflamas incendiarias de los Bergamín, los Alberti,
los Miguel Hernández, las sacas y las requisas a media noche. El
fuego se les escapaba de las manos a los incendiarios que lo
provocaban. Ya no era una cuestión, según la tradición golpista
decimonónica, acostumbrado a ver los cascos del caballo de Pavía
pisar las alfombras del Palacio de las Cortes, entre unos pocos
militares alzados o adictos a un régimen, sino de algo mayor
envergadura avanzando hacia la guerra total, casi cósmica, que
aventuraba el estallido de un conflicto reseñado en el Libro del
Apocalipsis. Se iba a producir el descepe de la viña europea. La
cultura cristiana estaba en entredicho, el dragón sin rostro agitaba
conminatorio su inmensa cola, arrojando espuma de azufre por los
ollares, matando con la mirada como el basilisco.
Cundían
las soflamas incendiarias. Las barricadas parecían la única
solución ca Moloch así lo quería, las tentativas de avenencia
dentro del puro espíritu castrense y de la fraternidad de armas de
los generales que secundaron la “rebelión” de Franco, y los que
se mantuvieron leales a la Constitución.
Por
aquellos días Mola apenas se despega de sus binoculares de campaña,
no suelta sus cuadernos de campo ni tampoco su famosa “leika”
durante sus visitas a los frentes. En Irún toma las instantáneas de
los enfrentamientos habidos cabe el puente de Behovia. Las placas son
tan tremebundas y dan tan buen testimonio del paso de las turbas del
furor rojo que no consiguen pasar la censura nacionalista, pero el
general demuestra ser un buen reportero de guerra. Sin haberlo
pretendido, se siente protagonista de una tragedia general donde el
hilo conductor de todo es el espanto, la muerte y la destrucción. Ya
lo había dicho en aquel célebre bando desde el balcón del
ayuntamiento de Pamplona: “el que sepa rezar que rece”.
España,
amordazada y confusa, se sentaba ante el sanedrín que no daba la
cara pero que nos declaraba reos de muerte. La propaganda agitaba las
aguas a sendos lados de la cerca. Masones y judíos saben
desenvolverse como nadie en este tipo de situaciones de emergencia.
El pueblo desconocía los tejemanejes de aquella tramoya sangrienta
que orquestaron las logias marroquíes en contubernio con las de
Gibraltar y las de Londres. El pueblo sólo sabía morir. Es lo que
ha estado haciendo siempre.
En
un principio el gran director de orquesta cree en la terapia de
choque de un golpe de estado. Pronto es consciente de que la
situación se le ha ido de las manos. Tampoco se fía demasiado de
“Franquito” al que se imagina utilizado a su pesar por las
sociedades secretas, aunque diga con la boca pequeña de que el
asunto está en buena rienda. Nunca dudó de su competencia como
militar a la antigua usanza, pero Mola, como político mejor
fogueado, temía que lo gobernasen las fuerzas oscuras. En parte no
fue así, pero pudo ser.
Ante
la espiral de odio no podría hacerse otra cosa que calarse las
antiparras. Había días en que el entrecejo del general en un
pliegue mayor, casi desorbitado, de lo que tenía por costumbre, y se
volvía más ceñudo, mas no por eso se apeaba de sus labios aquella
sonrisa burlona, como esbozada al trasluz de Mefistófeles, bien sabe
Dios que en evitación de lo que se avecinaba el general cubanito
hubiera ido a pactar hasta con el diablo, porque Mola era hombre de
consensos y de inteligencia, que las guerras se hacen con dineros y
cabildeos esto es a fuer de muchos briefings de los servicios
secretos, pero aquella sonrisa suya era misteriosamente comedida y
siempre a punto para oxear la tristeza de los negros presagios que
nublaban la línea de un horizonte ensangrentado. Su vozarrón
cuartelero tampoco dejaba descubrir la colera y la desesperación que
lo embargaba por dentro.
Unos
días en una abadía de Palencia.
Adicto
a la norma prusiana de la movilidad en el campo de operaciones - lo
peor que le puede ocurrir a un mando es perder contacto con sus
subalternos-, Mola demuestra que no es un hombre de gabinete. Se
vuelve omnipresente y omnisciente, se halla en todas partes, parece
haber recibido de los cielos el don de la bilocación. Y eso que
tenía bastante poco de creyente y menos de beato.
Lo
mismo se le veía portar por las calles de Pamplona donde acudía
para ver a su familia que al día siguiente bajar a Cáceres, que
dirigir la toma del monte Jaizquibel en San Sebastián que llanear en
su “Mercedes” charolado por las carreteras provinciales de
Castilla la Vieja.
El
mes de agosto estuvo unos días de reposo en el monasterio de San
Isidro de Dueñas. Allí rezó y fue huésped de los padres
trapenses. Un novicio, el hermano Rafael, apuesto joven de origen
asturiano, que acaba de profesar le intima algo muy misterioso: la
causa de la luz vencería a las tinieblas, “pero ni V. Ni yo
veremos la llegada de ese día, mi general”.
Al
oír el recitado de esta profecía, Mola se queda pensativo. Al cabo
de un poco rompe a reír como no queriendo dar importancia a la
premonición de aquel monje con fama de santo:
-
Las balas son como las cartas. Todas llevan destinatario y remite.
Cuando vienen hay que recibirlas. Yo tomo mis precauciones, hermano
Rafael.
Mola
era el mismo de siempre. Aquel vozarrón y aquella risa de Esténtor
que sonó en las cárcavas de Dar Acobba o en los desfiladeros de
Xeruta y Tabaganda, acostumbrada a los peligros y en votos perpetuos
con la muerte, que ponía en fuga a las cabras y tranquilizaba a los
guripas de su batallón. Pero el novicio iluminado por la profecía
le había anunciado el triunfo y también su fin. El valiente soldado
moriría al año de aquel vaticinio y el lego trapense le seguiría
unos meses más tarde.
Mola
tomaba sus precauciones ante un eventual atentado. Su padre, el
capitán de la Guardia Civil, se lo había dicho en repetidas
ocasiones:
-Mira,
andate con tiento, hijo. No te fíes de nadie.
Pero
las balas son como las cartas...
Una
noche viajando hacia Logroño en automóvil, su “Mercedes”
charolado fue embestido por otro vehículo que se vino hacia ellos a
todo gas y desplegada la luz larga. Luego se dio a la fuga. El
conductor, ofuscado, salió de la calzada, capotó, y dos vueltas de
campana, pero los ocupantes resultaron ilesos. Era un aviso. La
suerte estaba echada. El cerebro gris que ahormó el Alzamiento
resultaba un personaje incómodo incluso para los que los
planificaban. El inesperado accidente en el que encontró el final en
Burgos una mañana de junio pudo ser un sabotaje. Nadie, empero, ha
sido capaz de demostrarlo. El hermano Rafael Arnaiz Barón tuvo un
aviso celestial aquel día en que el director orquesta de aquella
inmensa operación de salvación de España fue a pasar un día de
retiro a Palencia. Un ángel le movió a pronunciarse de aquella
manera y cuando hablan los ángeles clarividentes, que conocen los
íntimos pliegues de las conciencias y los arcanos del destino, los
mortales callan. El general era de la opinión de que a los tiros no
hay que darles mayor importancia, porque la bala que te hará
sucumbir no la sentirás llegar, no suena en el aire ni nada. Más
que a su suerte personal sus preocupaciones iban encaminadas al
salvamento de la república. Su prestigio crece, su nombre suena en
todos los labios, los requetés lo endiosan, pero aquel infante
bronco, áspero y desgarbado, que hablaba con aquel vozarrón
retumbante capaz de poner firmes a toda una división, se sabe en el
punto de mira de un enemigo que acecha agazapado, y que espera el
momento para eliminarlo. Bien conoce sus tácticas, pero ya es
demasiado tarde para proceder a una rectificación de líneas en toda
la regla. Dentro de una misma guerrera laten dos personalidades
diferentes: el pecho de aquel capitán tantas veces herido y
condecorado en el Rif que ofreció ante las balas, y la mirada sagaz
del policía astuto, del conspirador frío y maquiavélico, con pocos
escrúpulos y para el que el fin debe de justificar los medios. Y con
más conchas que un galápago como vulgarmente se suele decir.
Su
sonrisa de Gioconda se contrapone a su fama de oficiales de Regulares
sin contemplaciones al que los meses al frente de la seguridad
española le hicieron comprender que a veces las cosas no son tan
sencillas como parecen. Ahora prefiere tender puentes en lugar de
volarlos. Sin embargo, había pasado la hora del armisticio. España
tendría que apurar su cáliz de dolor y desangrarse
irremisiblemente. Así lo había dispuesto el Gran Cofrade, el que
tenía entre sus dedos los mandos del atizador. Ante su presencia
había que hundir la cerviz, aceptar el diktat de la Bestia sin
Nombre ni Rostro, a la que había visto moverse por arriba y abajo de
la Piel de Toro enarbolando su guadaña, desde el sillón de su
despacho de la Puerta del Sol. Pero los judíos y los masones también
habían saltado los parapetos y urdían las finas redes de su
conspiración. Cubrían bien los flancos imposibilitando la retirada.
Cabanellas, aquel general de aspecto feroz, patituerto y algo zambo,
durante la reunión de Salamanca, haciendo valer su autoridad de Jefe
de la Junta de Defensa por ser el general más decano, no hizo otra
cosa que poner chinas en el cubo de la rueda del carro. Los dientes
de la manivela no encastraban, se rompió el sotrozo que regía los
goznes del eje, el carro estuvo a punto de volcar. Fue cuando Mola
trató de dar el portazo. Cabanellas le hizo perder los nervios
mientras almorzaban en un barracón del cortijo de los Pérez
Tabernero. Su postura fue un contraste con la de Francisco Franco que
permaneció silencioso y distante durante el encuentro. Apenas
despegó los labios; mientras tanto Cabanellas y Mola hablaban por
los codos. A Leviatán no le gustan los que hacen pinitos literarios
y los que piensan por su cuenta. Los prefiere acomodadizos y
mansuetos, con poca capacidad de respuesta, pues así son más
manejables. Por eso salió Franco designado; era más ductivo y
complaciente. Mola acata la designación, pero en el fondo para su
pundonor político aquel resultado no deja de ser una baladronada.
Mola, consciente de la hecatombe que se venía encima, hubiera
incluso buscado una solución política, Franco no. Con el general
cubanito al frente de la Junta la guerra hubiera durado mucho menos.
Al menos es lo que podían prever sus contactos con la quinta columna
y con Pozas que estaba a las ordenes de Miaja y había sido asesor
suyo. De esta suerte era el hombre ideal de aquella situación. Se
necesitaba una guerra larga y prolongado en que se desangrase Europa
como prologo a lo que tendría que suceder más tarde en Europa. De
haber salido designado el hispano cubano generalísimo, la guerra se
hubiera conducido de otra forma, pero su sinceridad lo perdió. No
gustaba de caminar de espaldas a la luz, quería ser fiel a sí
mismo, vivir y morir consecuente con sus ideas. Lo dice en estas
preciosas memorias cuya segunda parte no llegó a publicar.
Llevando
la iniciativa.
El
esfuerzo de arrancada de la campaña donde nunca perdieron los
nacionales la iniciativa estratégica a pesas de no contar con las
cartas de triunfo en la mano, y de tener que recurrir a los faroles y
a las andanadas de quien se siente la parte más débil. Corrió a
cargo de Mola, que demostró su eficacia operativa en las operaciones
del sector norteño. No era lo que se dice una perita en dulce el
frente vascongado, donde se contó con la asesoría táctica de
asesores militares ingleses. Más fácil fue la irrupción sobre
Oviedo de las columnas gallegas desde Luarca. Los nacionales penetran
por el Puerto de la Espina, casi desguarnecido y con unas magníficas
condiciones de defensa que los milicianos rojos no supieron
aprovechar. Se produce la desbandada a través de las fragosas
sierras y vaguadas de Mallecina y Las Sandamias. Allí le pasaron mal
las fuerzas de la República y Santana de Montarés, un verdadero
fortín casi inexpugnable, balcón sobre las aguas de Cudillero y de
la preciosa bahía de la Concha de Artedo, el hercúleo monte de
Cereceda, Lamuño y las Luiñas. Se recobró mediante una estratagema
sin disparar un solo tiro, cogiendo por sorpresa, ebrios o dormidos a
los movilizados de Sama que lo defendían.
El
“recordad a Brunete” es un grito repetido a lo largo de estos
tres años de operaciones, cuyos ecos resuenan por todas partes. El
general Mola había hecho con aplicación sus deberes en la campaña
del norte, la cual, pese a las dificultades iniciales, luego se
encarrila mejor que el frente del centro sur. A la Junta de Defensa
se le paran los pulsos cuando llegan noticias de la
internacionalización del conflicto con el envío desde toda Europa y
de los Estados Unidos de voluntarios para militar bajo la causa del
Frente Popular. La guerra de España se agranda y se
internacionaliza. A tal respecto la venida a Madrid del nuevo
embajador ruso, el trotskista Rosenberg, sería punto culminante de
esta propagación de las llamas. En Rusia mandaban los clanes judíos.
Cuando se las prometían felices, stal in les hizo traición. La
expugnación de San Sebastián supuso un total de quinientos muertos.
En la toma de la ciudad se empleó a fondo la Quinta de Navarra
comandada por Camilo Alonso Vega. Allí, en las quebradas
cantábricas, frescas y tamizadas de yerba tuvieron más suerte sus
hombres que en Villafranca del Castillo y en los secarrales de la
llanada de Brunete. La falta de aclimatación a los fuertes calores
y al polvo sería para muchos de ellos fatídica. Los tercios
requetés combaten a la vieja usanza de la infantería española sin
escatimar bajas. Pero el frente del Norte fue el más arduo, porque
alcanzar y sostener la delantera bélica supuso fuertes bajas y unos
enfrentamientos cuya memoria sangrienta no ha sido olvidada. Mola
estuvo fino. Se granjea el beneplácito de los férvidos requetés
él que no era creyente o, cuando menos un católico tibio, y
levanta, el primero, el pendón de la cruzada contra el separatismo
vasco. ¿Se quemó tácticamente en ese empeño? Es el primero que
lucha contra el separatismo secesionista de Aguirre y compañía.
Fue
en San Sebastián donde perdió a uno de sus mejores hombres, el
coronel Beorlegui. Rechaza Bilbao su ultimátum y se apresta a la
contumaz resistencia del “Cinturón de Hierro”.
Guernica.
A
cambio de la claudicación, el jefe de los ejércitos nacionales del
sector norte había prometido el perdón y la lenidad con los
encartados. La contestación a su propuesta del cabeza del gobierno
de Euzcadi fue pasar por las armas a quinientos prisioneros que tenía
encadenado en las bodegas del “Santoña”, buque prisión de
triste memoria. Demostró en esta medida la ralea del personaje. Dijo
que no cabían en aquella lucha ni abrazos de Vergara ni paces de
Zanjón. Era un guerra de exterminio. Fue en represalia a aquellos
fusilamientos que el mando nacional ordena el bombardeo de Guernica,
donde paradójicamente apenas hubo muertos, pero que la propaganda
aliada ha sabido explotar hasta grados inauditos, aferrandose a un
mural artísticamente deficiente pero emblema de subversión servida
por Pablo Picasso.
Aguirre
era un hombre de unas características señaladas: frialdad
calculadora, un pasado jesuítico, una fanatismo fuera de los común
y de una insolencia supina, al saberse respaldado por los ingleses.
Todo un gudari de los que matan por la espalda, porque a esta lista
de méritos o deméritos añade el de la cobardía. En sus mensajes
cifrados a Largo Caballero mezcla una altanería atávica con el más
infame de los estilos castellanos; infecta su locución de
concordancias vizcaínas muy de propósito para manifestar de esa
forma su desprecio a yodo lo que represente a idea de España y a la
lengua castellana, trata de s hacer llegar a Madrid un mensaje que él
no se subordina en nada, que no es más que un aliado, ni le
garantiza siquiera el beneficio de la duda. Azaña tiene que comerse
sus gazapos. La petulancia euscalduna va a suscitar la enemiga del
gobierno de Largo Caballero, quien le deniega toda asistencia aérea
de tal forma que Guernica va a ser la resultante de la incoherencia
del socorro rojo y la contumacia de los capitostes de Sabino Arana,
los cuales, cuando se puso la cosa fea, emprendieron viaje a
Inglaterra, nodriza de sus separatismo y de sus ideas. Muy valientes
aquellos gudaris. El mundo moderno había entrado en su propia
dinámica de guerra, en la cual perduramos, y donde se hace
abstracción de la verdad y todo se relativiza y se subjetiva en
función de unos intereses de dominación universal. En ese contexto
de nueva orla de valores estéticos cae el mural de marras en el que
Picasso, el primer monaguillo del Gran Cofrade, inmortaliza aquel
episodio tan poco claro del bombardeo de la famosa villa foral.
Refleja por cierto el ardor combativo de aquellos gudaris que
pusieron pies en polvorosa acusando a Alemania de su resentimiento.
Las cuatro bombas incendiarias que cayeron sobre sus tejados han
metido más bulla y resultarían más perniciosas que las que los
átomos radiactivos que cayeron sobre Hiroshima o el fosforo que
arrasó Dresde. Así se escribe la historia. Este cuadro demoníaco
donde las caras alcanzan configuraciones tétricas nacidas de los
pinceles del malacitano parisiense preconizan sin duda los primeros
compases de un concierto apocalíptico, el triunfo de la mentira más
flagrante. La obertura está inconclusa. ¿Cuántos crímenes,
cuantos desastres habrán de cometerse para que se escuche la nota de
cierre de esta partitura sin fin? Remember Guernica, pero también
Remember Brunete.
Las
covachuelas de la Casa de la Bola.
“Si
yo
hubiera sido uno de esos hombres que anteponen la conveniencia a la
lealtad, como hay muchos, pude adoptar entonces una idea indefinida e
inclinarme del lado de donde el día de mañana pudieran ponerme los
garbanzos por las nubes”.
Esta
queja que formula en su libro autobiográfico -joya memorialista de
muchos quilates, por lo objetiva, en un ambiente como en el español,
donde no hay tradición genérica para este tipo de libros- define el
perfil secreto de un hombre de honor, espejo fidedigno de lealtades y
militar de virtudes patrióticas. He aquí a un funcionario de cuerpo
entero; su estatura física, con ser aventajada, destacaba más en lo
moral. La gorra de Mola flotaba sobre un mar de cabezas de pigmeos.
Fue egregio en sus principios, sobresaliente en sus obras y en sus
dichos que le acreditan como un escritor hábil y original. Franco,
que también hizo en la juventud sus pinitos literarios, presenta una
producción más endeble, aunque más imaginativa y retórica que la
de Mola, que se revela como un autor más sofisticado.
“Lo
que yo supe”,
libro que funciona a guisa de memorias de un conspirador, es una
relación circunspecta y circunstanciada de los catorce meses que
estuvo al frente de la D.G.S., como punta de lanza y uno de los
peones de brega más batidos del gabinete de Dámaso Berenguer. Se
trataba de apuntalar el sistema monárquico ante lo inevitable. Era
pedir peras al olmo, la corona borbónica que ceñía sobre sus
sienes, con más ahínco y buena voluntad que acierto, Alfonso XIII
en un reinado que fue una crónica de insolencias y de desastres, y
albergaba el propósito de que le sacasen las castañas del fuego los
militares. Apresuradamente Mola fue sacado de su guarnición en
Larache donde mandaba a los Regulares. Al cabo de un accidentado
vuelo, en que estuvo a punto de perder la vida, porque la cascara de
nuez en que viajaba fue zarandeado por la borrasca- todo un símbolo
y un vaticinio de lo que habría de venir y cómo sucedería su
muerte-. Pero pudieron los ocupantes llegar a Sevilla. En tren se
traslada a Madrid y de buenas a primeras aterriza en esa Casa del
Correo, un verdadero fondo de reptiles al pie del famoso belvedere de
las “uvas” o reloj de Gobernación. Era para la Mola la hora cero
y el kilómetro cero. El militar africano se zambullía en una España
sórdida, para él casi desconocida, vera efigie de aquellas escenas
de costumbres en un Madrid garbancero tal como lo reflejan las
novelas de Galdós, un mundo de cesantes y recomendados a verlas
venir.
Acostumbrado
a servir en un Cuerpo, donde mal que bien, el compañerismo era una
segunda religión, y el honor, divisa, aterriza de lleno en este
ambiente de intrigas, de funcionarios malhayados y de soplones, donde
la única ley era la recomendación, la arbitrariedad, y el antojo,
la norma. El año largo que pasa en este empleo va a ser una de las
etapas más movidas de su carrera política, cargada de truculencias
y de desengaños. Su diagnóstico con respecto al porvenir de la
nación española, “en manos de las logias y donde judíos y
masones” mandaban manejando un guiñol de hilos invisibles, nos
acerca a la desolación. Por paradoja un hombre de honor,
acostumbrado a mirar de frente y que nunca caminó de espaldas a la
luz, según declara en estas memorias, se va a dar un baño de
intrigas en un mar de conspiración. Mola, el conspirador. Tiene que
aprender pronto y sobre la marcha. Acepta el cargo sólo por rúbrica
de amistad con Dámaso Berenguer, conde de Xauen (los amigos son para
las ocasiones y no se les puede abandonar en la estacada). Describe
con acuidad y circunspección, muy connaturales a su persona, por ser
él hombre con poder de retentiva y buen observador - se hizo
proverbial su famoso golpe de vista, y es que Mola se fijaba mucho-
cuáles fueron sus primeras impresiones al llegar a la Casa de la
Bola: los mulos embastados en pleno patio junto a los carros de la
policía, los caballos de los guardias de salto cuyos jinetes,
desabrochado el uniforme, fumaban tranquilamente cerca de los
gualderines y ataharres de sus monturas y lanzaban sobre el recién
llegado miradas interrogativas. Los ánimos estaban crispados porque
la caída del Dictador no había sido lo que se dice un relevo de la
guardia. Primo de Rivera se marchó dando voces. Al verse solo y sin
amigos, tuvo por cosa más llevadera el exilio que la prisión. Un
lacayo con entorchados y alguna mugre en las coderas salió a
recibirle. Su nombramiento no había sido anunciado. Cuando se entera
que ha llegado el “nuevo” da comienzo el visiteo y las
recomendaciones. Todo el mundo se lleva mal con todo el mundo. Por
delante se adula y por detrás se clavan cacheteros. Se ha desatado
la sinhueso con sus hojas de doble filo. La política carece de
entrañas, como conocen muy bien por experiencia propia algunos
buenos servidores de la Administración del Estado que han de andar
con tiento para evitar ser mordidos cuando pisan las alfombras de
ciertas covachuelas debajo de las cuales acechan áspides y
serpientes de cascabel. La sensación no puede ser más deprimente y
este Escipión recién venido de la guerra de las Galias se hace la
inevitable pregunta de dónde me he metido y adónde me han echado.
Debió de ser el mismo sentimiento que le dominó en Melilla, donde
de vuelta de las montañas del Atlas tras una campaña en los blocaos
donde se había peleado con denuedo contra las huestes sarracenas, al
desfile organizado en honor de los soldados que regresan, heridos,
mermados y diezmados, con el polvo de la batalla en las botas y en
las cejas, no asisten más que cuatro pelagatos. Es como para tirarse
al surco, lanzar la gorra a las estrellas y ahí queda eso. Esa
ingratitud para con sus mejores hombres, tan española, tampoco es
que le pille de sorpresa, pero su moral rueda por los suelos ante la
insensibilidad por la cosa pública y la maledicencia. Las gentes
vivían encerradas en sus propias mezquindades, iban a lo suyo,
murmurando para su coleto la coplilla del “ande yo caliente”.
Entrega
del testigo.
Recibe
de su antecesor en el cargo una fría despedida. Había estado al
frente de la DGS el general Bazán, un hombre que hablaba algo de
ruso, y que tenía colaboradores en la Ojrana, policía secreta
zarista, que había seguido funcionando entre grupos de emigrados;
entonces se creía que toda la maldad venía de Rusia, cuando la
verdad es que los rusos no habían sido los sujetos pacientes de la
acción de unos conspiradores, de extracción judía todos ellos, que
habían elegido al imperio zarista como alquitara de creación de una
nueva sociedad de laboratorio determinada por el nihilismo, el
anarquismo y en especial el marxismo socialista. He ahí una gran
mentira. Los subversivos apátridas recibían los apoyos financieros
de Wall Street. El capitalismo, para funcionar a pleno rendimiento,
ha de tener un enemigo de frente. Por ese cabo, los rusos le han
servido de cimbel. Luego los propagandistas largan carnaza y el
pueblo pica en el anzuelo. Bazán no paraba de fumar tagarninas y
puros de baja calidad. Este hábito causan una impresión
desagradable en Mola que era abstemio, pero al menos le previene con
cierta franqueza: “No te fíes aquí, Emilio, de nadie, ni siquiera
de lo que yo te diga”. Bajo estos auspicios le entregan el testigo
del control de la seguridad en todo el reino, un reino a punto de
convertirse en república. Y otra vez a torear. No te fíes de nadie.
El arma mejor de un espía es el disimulo. En boca cerrada no entran
moscas. Sin embargo, el recién llegado estaba empeñado en conseguir
prórrogas, poner parches a la desesperada situación. La
organización policial, la cual durante años había venido
llamándose Cuerpo de Vigilancia, estaba podrida. Contaba con
eminentes funcionarios, muy capacitados y solertes, pero sus males
eran los de una monarquía, que, en palabras del ilustre militar,
había ya cumplido con su deber en la vida. A este respecto nunca
ocultó sus simpatías republicanas. Al rey lo vio un par de veces; a
la reina, doña Victoria, una. Don Alfonso le pareció un español
franco, campechano, generoso, de carácter abierto, pero mal
aconsejado y que no conocía el país que gobernaba. En su esposa,
aquella inglesa trasterrada, contempla el dolor, el fastidio, la
desconfianza. Era una dama asustada. Se daba cuenta de que todo en
torno a ella se estaba viniendo abajo, pero Mola niega que las
relaciones conyugales se hubieran deteriorado. También niega que el
monarca hubiese puesto el veto a su designación para jefe de los
guardias habida cuenta de las simpatías republicanas que el general
no había ocultado. Por encima de sus convicciones se alzaba sus
nexos de amistad y lealtad al Duque de Xauen, que lo había mandado a
llamar. El rey no sabía por donde se andaba. La reina, sí. Poseía
como mujer un mayor instinto. Cuando es recibido en palacio, Mola
observa con compasión la lisión hemofílica del Príncipe de
Asturias. Una de las infantas, como no encuentra otro motivo de
conservación, le pregunta por las condecoraciones que exhibe en la
guerrera. Era la infanta Isabel. Habla del infante don Jaime y del
infante don Fernando, pero a don Juan, el que, al correr turno por
muerte de sus hermanos o por incapacidad física, le correspondería
la herencia del trono, ni lo menciona. La impresión que le merecen
aquellos Borbones en desbandada es precaria y lo dice la opinión que
le merecen sin rebozo. Como se sabe, ese clima de sospecha y el
ambiente de recelo se mantendría hasta la guerra civil, cuando a
instancias de Mola se prohibió la entrada en territorio nacional a
Juan de Borbón. Parece ser que el Jefe de los ejército del Norte
decretó esta expulsión bajo presiones carlistas. El príncipe de
Asturias tuvo que abandonar aina el territorio. Sólo le dio tiempo a
retratarse en el parador de Aranda donde aparece don Juan muy tieso y
jocundo. Los dinastas parece ser que no han perdonado este gesto que
tuvo para con el padre del rey el general Mola. Luego Franco sería
más pragmático al respecto, pero los rifirrafes continuaron, en
parte por orgullo borbónico y en parte también bajo presiones
internacionales. En las mentadas fotografías da la impresión de que
don Juan en lugar de venir a alistarse en una guerra hubiera venido a
hacer turismo. El envío al exilio tal vez le salvaría la vida, pero
parece ser que durante toda su vida no pudo olvidar el baldón y
guardaría rencor hacia el régimen que se alzó precisamente para
restaurar la primacía de los Borbones. En política, claro, huelgan
los agradecimientos. Nadie da las gracias. No hay que fiarse
demasiado de las palmaditas en el hombre ni del tacto de codos. No
hay respaldos sino gajes y caudales, pero estos militares que se
levantaron no pueden evitar su condición altruista.
Relaciones
con los Hermanos Franco.
Mola
era un general republicano, ya va dicho, pero correcto y leal en su
actitud hacia la monarquía. Sus relaciones con los hermanos Franco
son ya harina de otro costal. Ambos militares son un caso paradójico
difícil de explicar. En política, opuestos y una vela a Dios y otra
al diablo, como aquel que dice. Ramón Franco, al que se conceptuaba
de mayor valía, uno de los pioneros de la avición civil en España,
el héroe del Plus Ultra, había sido perseguido por la Dictadura,
pero, al tirar Primo de Rivera, Berenguer quiso rehabilitar lo, tras
haber sido suspendido de empleo y sueldo, nombrandole agregado
militar para la embajada española en Washington. El interesado, so
color de que la aceptación llevaba implícita el tener que acudir a
un besamanos, dijo que por esas no pasaba. Lo exigía la estricta
etiqueta protocolaria. Tales inverisimilitudes eran moneda corriente
dentro de la excéntrica familia cuyo apellido ha dado tanto que
hablar en los últimos lustros de la historia de España. El clan lo
encabezaba un padre que había sido contador mayor de la Armada y
héroe de filipinas, republicano de toda la vida y en su vida
particular algo “alegre”. Entre la prole los había para todos
los gustos, algunos de los hijos eran de ideas avanzadas -Pilar,
Nicolás, Ramón- y otros tradicionalistas: Paco. Este último nunca
consiguió perdonar al progenitor el abandono del hogar, pues notorio
es que idolatraba a su madre. Ramón conspiraba contra los Borbones y
de hecho estuvo implicados en varios complots, mientras su hermano,
que se mantuvo equidistante y durante la monarquía siendo director
de la Academia Militar de Zaragoza, supo nadar y guardar la ropa, iba
a ser el encargado de restaurar, tras una larga peripecia, la Corona
que voluntariamente se fue al exilio.
Parece
ser que existía entre el general Mola una fuerte simpatía hacia
Ramón, al que alude en múltiples ocasiones a lo largo de sus
escritos. Gozaba con la protección del dictador que le excusa en sus
intemperancias y en sus canas al aire. Sin embargo, con Francisco no
preside el mismo afecto. Las relaciones son más frías y distantes,
aunque en sus memorias lo nombra varias veces cuando dice que estando
la cosa “en manos de Franquito no hay nada que temer”.
De
nuevo en combate. Otra vez a torear. En sus cortos meses al frente de
la seguridad nacional cuaja este elegante laureado su mejor faena al
tiempo que sirve a su patria con pundonor. En el desempeño de sus
funciones Mola se nos muestra riguroso, pero no es un hombre de
gabinete sino de avanzadilla. Su agilidad y acumen le llevan a darse
varias vueltas por el Ruedo Ibérico en tarea de reconocimiento.
Viajes de incógnito por el País Vasco donde observa el abandono en
que se encuentra la delegación del gobierno central ubicada en el
barrio obrero detrás del cuartel de Garellano, sigue ruta hacia
Pamplona y San Sebastián. Al separatismo le mide los cuernos.
Percibe un ambiente de secesión aun más grave en Cataluña. Sin
embargo, al pasar por Sevilla repara en las múltiples limitaciones
de un sistema paternalista que había creado una estructura de
sobornos y de corrupción. Primo de Rivera se había volcado con
bríos y dineros en su tierra natal para la que Exposición
Universal, pero el clima de prosperidad y de efervescencia económica
son ficticios y bastó la crisis del año 29 para que todo aquel
mundo de euforia se viniera abajo. También en aquel entonces, como
en la España socialista de González y la pepera de Aznar España
iba bien, se construyen carreteras, se implantan postes de teléfono,
se sanea la valuta gracias a Joaquín calvo Sotelo, mogol de las
finanzas y cuyo acierto mayor fue el monopolio de los suministros de
la gasolina, el Gran Cofrade no se lo perdonara. Al poco, el pufo.
En
Barcelona se entrevista con el líder anarquista, Ángel Pestaña y
con Ramón Sales, abanderado del sindicato único. Hace una semblanza
psico- prosopográfica de cada uno de ellos. La cara es el espejo del
alma. Nos dice que uno era de aspecto distinguido y el otro de baja
estatura, algo trabado, el pelo negro y rizoso. Mola empieza a darse
cuenta de que un estado moderno ha de contar con unos buenos
servicios secretos. Había que desplegar una estructura policial para
anticiparse al pistolerismo anarquista y al terrorismo secesionista
con disfraz comunista. El general se dio una maña especial para
contar hombres en todos los sitios, pagando soplones, claro está.
Pero se da cuenta de que el enfermo no tiene cura. Es tarde. Topa de
frente con esa bestia sin rostro, pero nos dice claramente quienes
son. Judíos y masones y le cobra cierto gusto a este oficio de
conspirador.
Su
viaje a Sagunto, cuna de la Restauración y donde se han erigidos los
primeros altos hornos de una revolución industrial a la que, como a
tantas cosas, España llega tarde, guarda algo de iniciático.
La
ciudad que durante las guerras púnicas plantó cara a las acies
instructae de Aníbal y a sus legiones, la defensora y garante de la
libertad constitucional, arropa a un movimiento nihilista importante.
Es
el caldo de cultivo para el establecimiento de las primeras células
del partido comunista. Trotsky contaba a la vera del Palancia con una
leva de seguidores. Ni rastro queda ya del famoso pronunciamiento de
Martínez Campos.
¿Habría
alguna posibilidad de restablecer la legitimidad? El hombre de guerra
metido a polizonte siente que es escaso el hueco que queda para la
maniobra.
Estaba
abierto un proceso de descomposición y la necrosis anda ya
adelantada.
No
obstante lo cual, él sueña y trabaja. Se da cuenta de que su
percepción noemática, la idea que se había formado estando en
Marruecos, era muy diversa a la real.
Le
había llegado de una manera fragmentaria a través de la prensa
censurada del Directorio. No recata, pues, su perplejidad.
Como
no era pusilánime sino muy batallador, no se da por vencido. “Haré
lo que se pueda, pero aquí no manda el rey sino un poder
encubierto”.
Exactos
atisbos. Gobernar en España, con toda esa autoridad oscura de
frente, se convierte en un constante marear la perdiz. Las guerras de
Marruecos han sido muñidas impávidamente en esos escondrijos
impalpables del poder oculto, que desconoce los sentimentalismos y
pasa por encima de las barreras.
Ya
se da cuenta de que el reino alauita va a ser uno de esos apéndices
que baraja el Zionismo para poner la situación histórica del revés
y pasar factura a España por lo de 1492. El primer tratado que firma
el gobierno de los estados Unidos con una potencia extranjera es con
el imán de Marruecos. El más rancio tratado de amistad. Vínculos
indisolubles, et coetera et coetera
Detrás
de eso, late el ansia de vindicta: la reconquista de Granada aunque
sea en pateras. Debajo de una humilde chilaba se oculta una acerada
gumía. Una mala capa oculta a un buen bebedor.
Con
el árabe a veces falla el adagio de que la cara es el espejo del
alma. Mola empieza a darse cuenta de que un estado moderno debe gozar
de una estructura policial. Había que desplegar una buena red de
servicios secretos para tener a España protegida de la acción
revolucionaria. Para anticiparse a la jugada.
Sería
en ese campo el pionero de algo que estructura el devenir cotidiano
de las democracias. Es la lucha por el control de la propaganda. El
que se adueña de las arterias de comunicación tiene el poder. Era
un hombre listo. La infraestructura que consigue poner en pie estuvo
a punto de abortar la guerra civil.
Mola
sabía demasiadas cosas. No era un alma simple y supo maniobrar,
aunque estaba maniatado, con unos y con otros al otro lado de las
trincheras.
Sin
embargo, estudiando un poco su vida y su obra, el estudioso llega a
la conclusión de que no le dejaron. Ese fue el drama de Emilio Mola
Vidal.
Intuye
que lo que se venía era un nuevo concepto de poder en el marco de la
aldea global. Sus catorce meses al frente de los cuerpos de
vigilancia fueron escuela de aprendizaje; Un curso acelerado en los
problemas nacionales.
Para
él la bestia negra eran los comunistas. Le obsesiona la idea del
espía, del agente soviético que se convierte en personaje de
leyenda literaria. Los autores que lo tratan con esmero son Pedro
Mata, Bartolomé Soler, Wenceslao F. Flórez abordan esta cuestión.
También entonces los rusos eran los “malos de la película”.
Por
todas partes se veían rojos debajo de la alfombra. Se avistaba un
enemigo en el horizonte. Estaban en alto las espadas. Sonaban los
timbres de la agitación anunciando la rebelión de las masas. Nacía
una sociedad moderna con una campo de conocimiento muy especializado
y reducido pero dotado con un buen sistema inmunológico a fuerza de
lavados de cerebro. Los señores de la guerra afilaban sus cuchillos.
Los degüellos de Brunete, el Ebro y Stalingrado casi se veían
venir.
Ante
este cuadro de circunstancias que asomaba por el horizonte no es
extraño que Mola se sienta dominado por una curiosidad en que la
novedad excitaba el interés sin dejar de la mano al pesimismo.
Presentía que pronto la situación se haría incontrolable. Era un
mundo hostil y contradictorio, tal vez maravilloso, sí, pero donde
seres humanos como él de una sola pieza no hallarían cabida.
No
hay lógica sino una cargazón de desasosiego. De su pluma manan
entonces aquellas frases de agotamiento: “Yo lo dejo, yo me marcho
y ahí queda eso”.
Fogonazos
de magnesio.
Sentía
verdadero horror a los fogonazos de magnesio. Tímido de carácter
pero campechano por naturaleza, gustaba poco de las reuniones
sociales. Donde estaba más a gusto era con sus soldados. Fue un buen
mando y siempre contó con el respeto y el cariño de sus
subordinados.
Era
la discreción en persona y bondadoso, aunque los que le conocieron
decían que tuvo fama de espartano. Se propuso ser un buen policía
por amor a su patria. Fue eficaz. Durante su gestión se hace una
especie de catastro criminológico de la subversión. Es el fichero
de Mola.
En
1930 España sobrenada en un ambiente de arenas movedizas. Retiñen
por doquier las campanadas de las consignas. Las planchas masónicas
vierten la palabra al oído.
Todos
esperaban el primer zarpazo del oso ruso pero en sus papeles de notas
y en un diario que llevó durante los meses de gestión en el cargo
se descubre que eso del ruso era una entelequia. Los señores que
mandaban a luchar a los descamisados a las barricadas estaban
cómodamente asentados en sillas giratorias de rascacielos de Nueva
York. El oro de Moscú. Un comunista inglés Dogal Hyde refiere cómo
se hizo en Gran Bretaña la leva de los internacionales. Un grupo de
negreros ad hoc iban por las calles de Bristol recogiendo a los
vagabundos y sin techo en las calles de los barrios bajos, les
vestían, daban de comer y luego los emborrachaban les metían en un
barco. Despertaban de su curda en París. Luego otra vez con las
mismas. A base de buena cerveza y de morapio a los reclutados, ya
difuntos de taberna, les facturaban en trenes especiales hasta la
frontera con España, allí les daban un fusil y los mandaban para el
frente. He aquí la gloriosa hueste del Quinto Regimiento y el
“cuerpo de elite” de las brigadas internacionales integrada
mayormente por desharrapados y ex presidiarios. Era la táctica del
partido comunista que dirigían los judíos de Bethnal Green, famoso
cuartel general de los Rothschild en el Reino Unido.
Todo el mundo habla del famoso oro de Moscú, pero todo aquello eran
infundios de exilados de la Ojrana. Los judíos habían declarado la
guerra al zar y lo estaban consiguiendo.
El
dinero de la agitación arribaba a espuertas en marcos, en francos y
en dólares. Mola se encuentra por primera vez con los gnomos de
Zúrich.
Paradójicamente
los Rothschild eran unos ricachos interesados en la lucha de clase.
La revuelta y la subversión, era una idea que había lanzado
Disraeli, es un buen caldo de cultivo para hacer negocios.
Roma
no paga traidores pero los suizos sí. Ginebra fue el campo de
operaciones de Lenin. Desde sus bancos se catapultó a Hitler. Como
Aladino al entrar en la habitación donde se esconde la lámpara
maravillosa, nuestro general queda complejo ante la maraña que ha
sido tendida desde el extranjero. Esos flujos de dinero subterráneo
- aquí penetramos en un corredor muy oscuro y escurridizo-
sufragaron las guerras de Melilla.
Nadie,
empero, será capaz de delatar esas manos vicarias. Sus dedos son
demasiado sutiles. Mola quisiera haberse convertido en el hombre sin
rostro para poder así sin requilorios proseguir en las pesquisas. No
fue capaz de probarlo porque los tratantes de blancas, los
vendepatrias, gozan de importantes coartadas. Tienen padrinos
poderosos.
Únicamente
lo intuyó. Su corazonada fue válida.
Tampoco
pudo atajar con mano de hierro el problema. El conde de Xauen, a
diferencia de su predecesor, no era partidario de la represión, por
eso al directorio de Berenguer lo motejaron con el nombre de “dicta
blanda”.
Había
que batir al enemigo en su territorio. En la punta de los dedos tenía
la palanca y sacaba muchas cabezas de ventaja. Es un sistema al que
asimilas o te aniquila.
Hacía
faltan periódicos, medios de comunicación, emisoras de radio. Tener
al lado a la gente de pluma, pero eso no sucedió. Los intelectuales
le dieron la espalda a Berenguer, en mayor medida que se habían
vuelto contra Primo de Rivera. La primera medida liberaliza dora fue
el levantamiento de la censura.
Unamuno
analfabeto.
Ahí
empezaron los suplicios para el hombre que se sentaba en la poltrona
siempre ardiendo con noticias de huelgas, sediciones, ruidos de
sables, y una seguridad ciudadana en estado lamentable, del edificio
de Gobernación.
Una
y otra vez se lamenta en sus memorias de no contar con la
colaboración de una intelectualidad de floreo, aquejada de un fuerte
analfabetismo enciclopédico, según lo califica el propio general
Mola.
Dice
que al lado del eficiente funcionarios y del hombre de ciencias o
letras verdadero que vacía sus días en la mesa de laboratorio o
ante las cuartillas con un sentido de la responsabilidad patriótica
se encuentra el pseudo científico, el bocazas, el desaprensivo, el
pícaro.
Sin
embargo, estos son los bueyes con los que hay que ir a arar.
Maldecía
de la política que había malquistado a las familias y sembrado
desavenencias en los cuartos de banderas. Una de las anécdotas que
cuenta fue su encuentro con don Miguel de Unamuno y la pobre
impresión de raro, tacaño y soberbio que el escritor le produce.
Fue
con motivo de su rehabilitación política y profesional. Al regreso
de su exilio en Lanzarote es invitado a Madrid donde los estudiantes
le dispensan una recepción triunfal. Se da un baño de multitudes
pero cuando viene venir a los guardias abandona su puesto en la
cabeza al frente de la manifestación y se refugia en el primer
portal.
Se
había preparado una buena zarabanda en la Calle ancha de San
Bernardo. Hubo varios heridos. Al día siguiente, un mitin en el Cine
Europa de Cuatro Caminos. El profesor de griego habla de forma
destemplada y cruda. La estridencia de sus palabras provoca
enfrentamientos entre monárquicos y republicanos. Arengó a las
masas como un buen demagogo. Unamuno se estaba sacando la espina de
su destierro. Hubo carreras y cargas policiales. El temible vasco,
sin embargo, no era lo que se dice un valiente. Cuando las ve de
malas y como la prudencia es el montepío de las bofetadas por si
acaso se mete en su hotel y pide la protección, cosa que el general
Mola le concede ipso facto para tenerlo a cobro de las iras de los
dinásticos. En su discurso don Miguel se había metido con el rey.
Estaba
España en los pródromos de Brunete. Mola estaba viendolas venir y
lo anuncia sin rebozo. Los intelectuales no iban precisamente a
erigirse en salvadores de la patria. Meses más tarde se produciría
la celebre frase de otros de los grandes autores citados a troche y
moche en la España del pasado siglo: “No es esto, no es esto”.
Unamuno
sale de incógnito camino de Salamanca con una escolta policial. En
Peñaranda de Bracamonte hacen un alto para comer, pero se niega a
pagar el precio del menú, que ha de correr a cargo de los
presupuestos del estado. Su comportamiento merece el desprecio de los
servidores del orden.
En
la semblanza que hace Mola de él en sus Memorias tampoco sale muy
bien parado el personaje. Le parece uno de esos bravucones de
taberna, un ser exhibicionista, demasiado pagado de sí mismo y, para
colmo, cobarde. Lleva razón el héroe de Dar Acoba: “ la prudencia
es el montepío de las bofetadas”. Más que un filosofo a Mola
Unamuno le parece un humorista.
Este
concepto parece influir en Millán Astraín. Tendrían que ser los
militares los que sacasen a los españoles las castañas del fuego,
nunca los escritores, los intelectuales de aluvión, los periodistas
de manada. ¿Tendrá que volver a repetirse el triste caso en el
siglo XXI, a la vista de como se han puesto las cosas en el País
Vasco?
Por
eso el fundador de la legión gritó aquello de “muera la
inteligencia”. Fue una lítotes, una fanfarronada, pero sus razones
tendrían el valeroso militar, que, aunque era tuerto, le faltaba y
tenía el cuerpo acribillado por las balas, tenía buen golpe de
vista.
Luego
su apotema sería interpretado en falso, pero poco antes había dado
Ortega su do de pecho con aquello de “delenda est monarchia”.
Conque en este país resulta que al rey lo echan siempre sus
vasallos.
La
exigencia orteguiana supuso un hachazo en pleno rostro para militares
como Millán Astraín que se habían jugado la vida y derramado su
sangre en el Rif por su rey en una contienda muy áspera que nunca
llegó a ser entendida por los propios participantes ni muchos menos
por aquellos que veían los toros desde una barrera o acomodados en
un sillón en la península.
En
Madrid una prensa hostil y una intelectualidad para eunucoides
carecía de la sensibilidad necesaria para justipreciar el calado y
los redaños de aquel ejército malparado y peor dotado pero que en
todo tiempo y lugar, como ocurriera décadas antes en Cuba y en
Filipinas, supo estar a la altura de unos idearios de lealtad a la
patria, buen hacer castrense y compañerismo.
El
orteguiano clamor del rey abajo ninguno tendría su oportuna réplica
un crudo día de San silvestre del año 36 en Salamanca, feudo
espiritual del profesor de Griego, en boca del fundador del Tercio,
quien por cierto había elegido para enseña de sus legionarios, la
corona de los Borbones. Una ballesta, un pico y una pala forman parte
de la divisa de este cuerpo de soldados de elite, debajo de la blasón
real y su diadema en gules. Esta fue la bandera que a cientos y
cientos sirvió de mortaja. Se batían, como sus antecesores de los
pasados siglos en Flandes, por el rey de España.
No
era cosa para reírse. La reacción de Mola y de Astrain estaba del
todo justificada. Del sofocón tuvo don Miguel aquella tarde un
colapso y se quedó literalmente al brasero. Un capitán de los
tercios, tan mutilado que su cuerpo parecía un cedazo ametrallado
por las balas, le había herido en lo más vivo de su orgullo.
Confesiones
desparramadas.
A
la luz de los últimos acontecimientos y el sesgo que cobran las
lineas maestras de actualidad en este año de gracia del 2000. Pujol
se niega a aceptar las matriculas automovilísticas con el nombre de
España, e Ibarreche, que es la leche en polvo, se comporta del mismo
modo taimado y jesuítico que su antecesor aquel Irujo, capitoste y
brujo del gobierno vasco responsable del fusilamiento de cientos de
militares y paisanos de la bella Easo sin cumplir su palabra de
perdonar la vida a los encastillados en el cuartel de Loyola, e hizo
de estas matanzas un espectáculo público en la playa de Ondarreta.
Dice una cosa y luego hace lo que le conviene. Eta mata impunemente,
como lo hicieron sus mendigozales o alevines del separatista Aguirre.
Se repiten hasta el aburrimiento este tipo de situaciones. Mayor
Oreja tiene que comerse cada mañana los mismo sapos que se
desayunaban, café con churros, Emilio Mola y su antecesor de los
tiempos del Directorio, el general Bazán. Este es el cogollo de la
cuestión. Los conflictos a la sazón se han multiplicado por cien.
En
la actualidad quizás valga menos la vida humana y, como tenemos el
triunfo del mundialismo a gran escala, nadie hace nada para evitar
que la pella se nos eche encima. No surgen Molas ni Francos. Los
militares están muy desacreditados y sólo sirven para llevarlos a
pelear en “guerras humanitarias”. Las unidades están integradas
en un amplio porcentaje por mujeres y hay coroneles de la cáscara
amarga con mando en plaza que intentan salir del armario.
Cierto
que sin la pluma de don Miguel de Unamuno ni su cerebro, nuestras
gacetillas se encuentran salpicadas de firmas de columnistas de
manada. Ha aumentado nuestro analfabetismo enciclopédico y en el
gran momento de la comunicación de masas, a través de la red de
redes, como llaman al invento del judío Billy Gades, nos encontramos
más incomunicados que nunca, e ignorantes de todo aquello que en
verdad hemos de saber.
Pese
a todo, hay queda eso. Emilio vio el desemboque de la situación con
sus ojos de lince. Judíos y masones en el espigón y moros en la
costa. Ya cruzan el Estrecho con sus quillas aceradas los plaustros
de la morisma.
A
este oficial de Regulares, por amistad, por fraternidad de armas o
por una de esas casualidades del destino que así lo dispuso, lo
hicieron polizonte y jefe de los guardias.
Lo
lanzaron al mar de la política, un piélago de aguas empantanadas,
de la política española, cuando el sistema de partidos tronantes,
erecto al socaire de la restauración, se iba al garete. Las gentes
bien pensantes hablaban de la vuelta al statu quo. Mola era una de
ellas. Por eso, su primera salida como director General la realiza a
Sagunto. Había que arbitrar una formula de consenso so pena de que
se viniese abajo todo el inventillo.
El
tinglado de ahora, el invento de entonces. Mítines de Azaña en la
plaza de toros. España ha dejado de ser católica. Mola no es que lo
fuese mucho, tampoco, pero la noción de vacío le llenaba de pavor.
Otra vez a torear, saltar al albero, y hacerlo a cuerpo. Crispación
y nervios. Mucha paranoia. Aquí la gente se suele poner nerviosa
cuando llegan ciertas fechos, en los cambios de fase del ciclo lunar,
por ejemplo. Estamos en la mismas. Parece que el destino del español
es almorzar sapos y culebras. Ya no trompetean la consigna de abajo
los Borbones. El grito que se cacarea es más temible: delenda est
Hispania. No me hablen ustedes de chapas, declaró ayer José Mari
Aznar en las Cortes a cuenta de lo de las matrículas y lo de las
barras catalanas. Arzalluz pontifica desde los púlpitos del Norte
con voz de energúmeno. Ibarreche es el espíritu redivivo de Irujo,
de Aguirre y de san Ignacio de Loyola. Gol en Mendizorroza. Soy
católico, soy cruel. Y Anasagasti reparte caña anti española sin
descomponer el gesto. Tiene cara de bollo suizo.
Estos
son los tremedales del día a día que nos embarga. El eje de nuestra
actualidad gira en torno a los vascos. España se ha vuelto a dividir
en dos bandos: en violentos y en “demócratas”. Los violentos son
los que reparten caña, música de Parabellum sin parar para
entretener las siestas del personal y goce el canalla de patente de
corso y plena inmunidad, y a la Tana, la gitana, la que le pegó tres
tiros a su marido, le ha llegado el indulto. Como la vejaba y la
insultaba pues resulta que no era delito cargarse a su media
costilla. Sentó jurisprudencia su caso especial y desde ahora todas
las malcasadas dormirán con un revolver debajo de la almohada. Los
que no sean demócratas ni estén en el cupo de los violentos tendrán
que apechugar con las consecuencias. ¿Qué va a ser esto, oh?
Se
utiliza casi la misma fraseología manida de por aquellas calendas,
palabras huecas de alto bordo, cruzan la calle los mismos pistoleros.
Lo que ocurre es que a los del siglo XXI ya no se les encasquilla el
revolver. Ha subido muchos enteros la tecnología asesina, aunque la
sed de matar siga invariable. Las bombas son de mayor calidad. Pueden
detonarse con un mando a distancia como se enciende el televisor.
Churras y merinas van desfilando ante nuestros ojos alarmados que ven
pasar los últimos rebaños de la trashumancia. Los moruecos van
delante de las ovejas camino del matadero y los mastines de su
guardia no hacen nada, porque un rabadán inicuo cometió la
salvajada de rebanarlos los colmillos.
-Señor
Anasagati, no hable usted tanto que se despeina.
-Digo
frases que quedan muy pomposa. Hay que acabar con España. Os vamos a
soltar nuestra tropa de gudaris y de mendigozales, los “flechas”
de don Sabino.
Hablaba
y hablaba el señor diputado ante una batería de erizados micrófonos
porque el Rabadán Invisible lo dispuso así a golpes de callado. Las
guerras modernas se ganan con un buen margen de cobertura metódica.
Por eso Anasagasti, Ibarreche y compañía nos salpican con sus
perdigonadas de baba.
-Un
Mola es lo que vosotros necesitáis. Lo estáis pidiendo a gritos
En
los tórridos días de julio.
Por
aquellos días un asesinato en los tórridos días de julio del 36,
un crimen de estado, fue materia suficiente para abocar a una
conflagración armada. La opinión pública conservaba ese mínimo de
moralidad necesaria para que una nación pueda seguir funcionando.
Nuestra ética permanecía intacta. No se había deformado.
En
el día en que esto escribo acaba de asesinar al ultimo gobernador
civil de Guipúzcoa y el personal, que acaba de cobrar la paga
extraordinaria, se muestra renuente a aplazar el veraneo. Dominan el
cogollo de unas nuestra liviana actualidad la Rocíito, ya sin
collarín, la niña que tuvo un torero con una tal Belén, portada de
las revistas de coña y enclocadas publicaciones del coño y la
polla, como la triste y aplanada España (madre no hay más que una).
El muerto, frito a tiros en una balacera matinal mientras desayunaba
en una tasca navarra, es otro mas. ¿Y van?
Cuando
lo del 5 de julio de 1898 en la Bahía de Santiago, el pueblo de
Madrid estaba en los toros viendo torear a Joselito, y tampoco se
suspendió el festejo. Oh católica y cruel Majestad, llamad a las
plañideras que para eso están. No tardará en aparecer la chica de
la tele proclamando la consabida muletilla del basta ya, para pedir
condenas que no cadenas, vengan de donde vengan.
La
política en este país se sigue desempeñando de una forma cainita.
Carece de entrañas. El manto de la Magdalena no está hoy para
tampoco para zampoñas. España se abronca, la herida vasca se
encona. A los heraldos se les fusila. Emilio Mola Vidal fue un hombre
que se adelantó a su tiempo, que dijo la verdad. Por eso, han
borrado su memoria. Hasta le han quitado el nombre de la calle que
hoy se llama Príncipe de Vergara.
Muertos
los libros de Caballerías, la patria parió filósofas. Luego, se
convirtió en periodista. Contertulio o conducator de algún programa
de larga duración de los que llaman oceánicos porque empiezan
cuando amanece y duran hasta la hora del té, que bien que nos lo dan
algunos, y abarcan todo el espacio nacional, el pueblo a sus pies y
la rejilla de programación en sus manos con la que hacen y deshacen.
¿Qué es noticia, vida mía? Lo que tú quieras, amor. Porque
periodismo y poesías lo eres tú que te tan objetivo (las
apariencias engañan y a vosotros que no se os apriete el zapato) te
conviertes en un subjetivo de tomo y lomo. Periodistas al poder. Pero
antes hay que domarlos. Devaneos y quimeras, aunque España va bien.
Un
lustro antes de que estallara la gorda, un ministro de gobernación,
el general Marzo, le intimó a su segundo, que era Mola:
-Desengañate,
Emilio. Esto mala compostura tiene. El manto de la Magdalena no está
para tafetanes.
-Ni
el verde para zampoñas, camarada general. - le contestó éste.
Mola
tenía vista de lince y la cabeza bien amueblada. Se dio el caso de
que siendo un librepensador por España alcanzó la palma del
martirio. Su apellido sigue ejerciendo un poderoso imán para los que
aman a este país. Algún día resucitará por muchos intentos que se
hagan para lacrar su memoria. De Marzo nunca más se supo. Tenía
conexiones con la Ojrana zarista. Su sucesor pensaba que a la
monarquía muere siempre a manos de los monárquicos. Es su sino en
este país.
Fin
de
REMEMBER BRUNETE,
POR
Antonio
Parra Galindo miércoles,
30 de mayo de 2001 (18:58 h.) Hoy cumple mi
Almudena 25 años. A ella le dedico este texto.