2026-02-03

 

RAMBLING ROVER EN NEW YORK CITY y (III)

Mi director me ordenó que llegado a la Ciudad de los Rascacielos yo contase una historia. Cumplí el mandato. Disparé contra todo lo que se movía es decir intenté trasladar al papel y poner negro sobre blanco la vida en aquella ciudad en los años 70   del pasado siglo. 

Nada de lo humano me era ajeno. Trasladaba al papel todo lo que asaltaba mi retina: Casius Clay, la academia de West Point, los contrastes de aquel país donde circulaban por la calle las mujeres más hermosas y las más feas, los ejecutivos más elegantes y los homeless que iban a morir al Bajo Manhattan. Las meretrices de la calle 72 etc.

 Dije que Naciones Unidas era un sitio muy aburrido en el cual iban a parar todos los conflictos del mundo pero difícilmente se podría decir que era un rompeolas.

 Admiraba a los chinos de Mao, sonrientes, eficaces, uniformados con un uniforme que pudiera ser un hábito clerical y uno de mis colegas pekineses que había ejercido la corresponsalía en España me dijo que prefería Madrid y yo se lo agradecí convidándole a una taza de té. Nueva York la más pagana y la más ferviente, de convicciones religiosas profundas.

 América me pareció un país excesivo con las montañas más altas, los ríos mayores, una climatología extrema. A veinte bajo cero en enero en Chicago y por agosto tal calorina que pudieras cortar el aire con una navaja. Los más altos, los más bajos. 

Los gordos que exhibían una gordura bariatica, imponente Muggy days. Subí con mi cámara al Bronx, en Harlem unos morenos se subieron en el capó de mi coche y me vi negro para salir. 

Cruzaba yo camino del trabajo cada mañana el Verrazano uno de los puentes más largos del mundo en mi Seat133 y una vez casi nos lleva el aire. Lo dejaba aparcado en la dársena, tomaba el trtansbordador y subía hasta la calle 52 en la bicicleta que me robaron en una mudanza. En el tercer piso de Naciones Unidas saludaba a Herby un judío que me perforaba las crónicas a una velocidad de vértigo. 

Luego me cansé de la ONU y decidí despachar mis trabajos desde casa. La RCA que instaló un télex. Creo que puedo ufanarme de haber sido uno de los pioneros del teletrabajo. 

Pero los momentos más gratos fueron los que pasé con mis amigos irlandeses jugando a los dardos o trasegando cerveza en las tabernas de la Tercerea Avenida. MacNamara me contaba cómo había sido herido en Vietnam y había derramado sui sangre por América, MacKey otro de la cuadrilla no se sentía tan patriota. Su familia había llegado como emigrantes a la isla de Ellis con la forma tradicional de “jumping the ship” (polizonte) y trabajaron muy duro pero sin fortuna. 

Hugh Heaney lo mismo que Martin Mehan decían de regresar a la Verde Erin. Eran de Belfast y a todos ellos les habían matado algún pariente lops británicos. Pertenecían al IRA. Pero esa era otra historia que me llenaba de melancolía mientras escuchaba los violines y una dulce irlandesa, la animadora, atacaba las estrofas de la bellísima balada “The rambling rover”. 

Irlanda de entre todos los países de Europa es el más querido para mí

 

Una LIRA Y UN TREBOL EN LA 3ª AVENIDA (II)

 

Cuando aterricé en el aeropuerto Kennedy aquel día de San Andrés de 1976 se cernía  sobre la Gran Manzana una potente cellisca. Era el atardecer. Y tocamos tierra sorteando las nubes. Una gran turbulencia se abatía. 

Venía en el asiento de al lado un polaco que, por miedo le entraron ganas de rezar, se apretaba contra la silla y pasaba los dieces de su rosario:

─Scary. Tengo pánico.

─Dont worry, mister, ya hemos aterrizado.

El acojonamiento de aquel viajero era un signo de los que me esperaba. Un funesto presagio. Me había, al salir de Madrid, dado mi director Donato León Tierno una recomendación:

─Parrita, tú cuenta una historia.

Yo sabía que venía a cerrar la tienda. Que se acababa la prensa del Movimiento. 

 otra foprma de hacer periodismo. Cambiariamos la elegancia por la plebeyez y la chabacanería. Concluía un ciclo de grandes corresponsales en el extranjero conjugando la novedad noticiosa con la literatura: Julio Camba, Ricardo León que narró la guerra del 14 desde las trincheras alemanas, Hemingway, Rodrigo Royo, García Serrano, Pistolesi, Ismael Herraiz (“Italia fuera de combate”), Blanco Tobio, Celso Collazo, Alfonso Barra. Pombo Angulo el corresponsal de La Vanguardia que dió a conocer la caida de Berlín.

 Eran cronistas que medían la temperatura de un país no sólo por la combustión política sino también por sus alacridades poéticas: el habla, sus gentes, su historia, sus tradiciones. 

Hoy todo se ha vuelto como más brutal.

Trump tiene modales de esbirro. Es petulante y necio. Mucha gente se pregunta cómo puede ser que un contratista de obras neoyorquino podrido de dolares con aspecto de camionero de la Ruta 66 pueda haber alcanzado la presidencia de los USA. Con  semejante patán no es de recibo.  

Es la narración a cara de perro. Periodismo de cejas bajas que dirían en Fleet Street y nosotros aspirábamos a la excelencia. Cejas altas. Hice de mi capa un sayo.

Yo venía a echar el cierre y me encontré con una metrópoli que me recibía con una temperatura bajo de cinco bajo cero con unas cuantas pesetas en el bosillo que di a un judío para que me encontrara una casa. Se las di y le ofrecí tabaco.

-Aquí solo fumamos hierba- me dijo

Me dirigí a un hotel cerca de la ONU y desde allí largué mi primer despacho. Subí al restaurante a tomar café y al regresar noté que me habían robado las gafas y mi pluma estilográfica, aquella estilográfica donde yo pergeñaba mis artículos antes de pasarlos a máquina. Un mal barrunto. A pesar de todo, sobreviví.

 Nueva York es la ciudad que no duerme, la ciudad automática. Razón llevaba Julio Camba. Era el futuro y yo venía de Europa, una Europa que era el pasado. Como mejor supe y pude narré las intercadencias de la era Carter. My name is Jimmy Carter.

─Jimmy who?

El manisero de Plains. Tenía modales y una dialéctica que me recordaba las páginas de la novela del Tío Tom. 

Creo que fue el último de los presidentes americanos que profesaba el cristianismo. Protestante metodista el cual todos los domingos iba a misa y no se cohibía en afirmar que la guerra nuclear sería el fin del mundo. 

Porque había hecho la mili a bordo de un submarino armado con misiles con una capacidad deletérea nunca vista en la historia de la humanidad. Era Carter el segundo de a bordo del almirante Rickover.

continuará

 

martes, 3 de febrero de 2026