Una LIRA Y UN TREBOL
EN LA 3ª AVENIDA (II)
Cuando aterricé en el
aeropuerto Kennedy aquel día de San Andrés se cernía una potente cellisca. Era el
atardecer. Y tocamos tierra sorteando las nubes. Una gran turbulencia se
abatía. Venía en el asiento de al lado un polaco que se apretaba contra la
silla y pasaba los dieces de su rosario:
─Scary. Tengo miedo.
─Dont worry, mister, ya
hemos aterrizado.
El acojonamiento de
aquel viajero era un signo de los que me esperaba. Me había dicho mi dado mi
director Donato León Tierno una recomendación:
─Parrita, tú cuenta
una historia.
Yo sabía que venía a
cerrar la tienda. Que se acababa la prensa del Movimiento. Concluía un ciclo de
grandes corresponsales en el extranjero conjugando la novedad noticiosa con la
literatura: Julio Camba, Ricardo León que narró la guerra del 14 desde las
trincheras alemanas, Hemingway, Rodrigo Royo, García Serrano, Pistolesi, Ismael
Herraiz (“Italia fuera de combate”), Blanco Tobio, Celso Collazo, Alfonso
Barra. Eran cronistas que medían la temperatura de un país no sólo por la combustión
política sino también por sus alacridades poéticas: el habla, sus gentes, su
historia, sus tradiciones. Hoy todo se ha vuelto como más brutal.
Trump tiene modales de
esbirro. Es petulante y necio. Mucha gente se pregunta cómo puede ser un
contratista con aspecto de camionero de la Ruta 66 puede haber alcanzado la
presidencia de los USA semejante patán.
Es la narración a cara
de perro. Periodismo de cejas bajas que dirían en Fleet Street y nosotros aspirábamos
a la excelencia. Cejas altas. Hice de mi capa un sayo .Yo venía a echar el cierre
y me encontré con una metrópoli que me recibía con una temperatura bajo de
cinco bajo cero. Me dirigí a un hotel cerca de la ONU y desde allí largué mi
primer despacho. Subí al restaurante a tomar café y al regresar noté que me
habían robado las gafas y mi pluma estilográfica, aquella estilográfica donde
yo pergeñaba mis artículos antes de pasarlos a máquina. Un mal presagio.
Nueva York es la ciudad que no duerme, la
ciudad automática. Razón llevaba Julio Camba. Era el futuro y yo venía de
Europa, una Europa que era el pasado. Como mejor supe y pude narré las
intercadencias de la era Carter. My name is Jimmy Carter.
─Jimmy who?
El manisero de Plains.
Tenía modales y una dialéctica que me recordaba las páginas de la novela del
Tío Tom. Creo que fue el último de los presidentes americanos que profesaba el
cristianismo. Protestante metodista el cual todos los domingos iba a misa y no
se cohibía en afirmar que la guerra nuclear sería el fin del mundo. Porque había
hecho la mili a bordo de un submarino armado con misiles con una capacidad deletérea
nunca vista en la historia de la humanidad. Era Carter el segundo de a bordo
del almirante Rickover.
martes, 3 de febrero
de 2026
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