2026-03-17

 

Foto: Ilustración de Michel Moro

Hace pocos días el Gobierno de España anunció la creación de una herramienta llamada Hodio, acrónimo de Huella de Odio y Polarización. El sistema pretende analizar cómo circulan los mensajes de odio en las redes sociales y medir hasta qué punto esos contenidos son amplificados por las plataformas digitales. La iniciativa, presentada en Madrid durante una cumbre internacional contra el odio, busca producir indicadores periódicos para entender mejor un fenómeno que ya forma parte de la vida pública contemporánea.

A simple vista, la idea puede parecer abstracta. ¿Cómo se mide algo tan difuso como el odio? Pero en realidad no se trata de medir emociones privadas, sino de observar hechos concretos: qué mensajes se publican, cómo se difunden, quiénes los empujan, qué nivel de alcance tienen y de qué manera los algoritmos contribuyen a convertir determinados contenidos en tendencia. En otras palabras, no se estudia lo que una persona siente en su intimidad, sino cómo ciertos discursos hostiles se convierten en corrientes visibles de presión, agresividad e incitación a la violencia.

Esa preocupación no existe solo en España. En muchos países se ha vuelto evidente que las plataformas sociales pueden amplificar las voces más agresivas y tóxicas. Su arquitectura técnica favorece, muchas veces, aquello que provoca reacción inmediata: la indignación, el insulto, la simplificación extrema, la consigna agresiva. Lo que genera conflicto circula más; lo que divide, engancha; lo que hiere, se comparte con velocidad. Por eso el odio no aparece solamente como un problema moral o político, sino también como un producto que el propio diseño digital puede estimular.

En ese contexto han surgido observatorios y sistemas de monitoreo que intentan estudiar el problema de manera más rigurosa. No basta con lamentarse después de cada episodio de violencia o de acoso. Hace falta detectar tendencias, seguir campañas coordinadas, identificar núcleos de amplificación y comprender cómo determinadas narrativas se normalizan hasta parecer parte del paisaje cotidiano.

Para entender la utilidad de este tipo de herramientas basta mirar algunos hechos recientes vinculados con Cuba. El intento de infiltración terrorista por las costas de Villa Clara no puede analizarse solo como un hecho aislado. Algunos de sus participantes habían dejado en redes sociales rastros previos de radicalización: discursos de odio, mensajes de exaltación violenta e incluso imágenes en las que aparecían con las armas que más tarde usarían en la acción paramilitar. Esos contenidos no fueron un detalle secundario. Formaban parte de un clima, de una preparación simbólica, de una construcción previa en la que la violencia iba siendo presentada como algo legítimo.

Algo semejante puede advertirse en el caso de Morón, donde el asalto a la sede del Partido estuvo precedido por incitaciones a la violencia y por un lenguaje anticomunista cada vez más agresivo. Nadie debería confundir la discrepancia con la legitimación del ataque. Una cosa es criticar y otra muy distinta es alimentar un lenguaje que deshumaniza al adversario y convierte la agresión en una salida aceptable.

Ahí reside la pertinencia de observatorios como Hodio. Su valor no está en sustituir a la justicia ni en censurar opiniones, sino en ofrecer instrumentos para comprender cuándo el odio deja de ser una expresión marginal y empieza a operar como fuerza organizada de intoxicación del debate público. Medirlo permite hacerlo visible. Y hacerlo visible es un paso necesario para enfrentarlo.

Porque el odio digital no se queda siempre en la pantalla. A veces prepara el terreno, enardece, legitima y empuja. Defender una conversación pública más sana es una necesidad política, cultural y de seguridad social.

En tiempos de redes, cuidar el lenguaje público es una forma de proteger la convivencia.

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