2016-12-30

LES PRESENTO MI CORESPONSAL IN LONDON

Corresponsal en Londres

/ Relatos


Vivencias personales o imaginadas de un periodista español en la Inglaterra de los años 60, antes de la llegada del pensamiento único, y de la globalización, se refieren en este libro. Narra de forma oblicua e interactiva, tratando de evitar la autobiografía, la turbulenta época de Manuel Fraga, como legado español en laCorte de San Jaime, cuando se “desmontaba” el franquismo, y daba comienzo la Transición, con el desmantelamiento de la Prensa del Movimiento que tuvo a Fraga por supremo artífice, secundado por el grupo de Jesús Polanco. PYRESA se transformó en PRISA. El embajador, por otra parte, fracasó en su aspiración a ocupar la presidencia
de Gobierno. Y aquellos en los que confiaba “lo traicionaron”. La Transición se “coció” en pucheros londinenses. Antonio Parra fue testigo de cargo y cuenta cómo lo vivió.



Portada:

Corresponsal en Londres - libro publicado en Círculo Rojo
Colección: Relatos
Páginas: 230
ISBN: 978-84-9126-529-0
Tamaños: 15x21
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  • Antonio Parra

    BIOGRAFÍA

    Antonio Parra es periodista, licenciado en Lenguas Modernas y en Ruso por la Complutense. Ha publicado "Remember Brunete" "Franco y los Judíos", "Seminario vacío", "Lloviendo rosas" y "Quien encontrará a la mujer fuerte".

    Otros títulos del autor


    Sobre los puentes de York

    Antonio Parra Galindo
    Editorial: Círculo Rojo
    Tapa blanda: 10,00€
    Género: Poesía
    ISBN: 978-84-9126-065-3

    Teresa, la judía conversa

    Antonio Parra Galindo
    Editorial: Círculo Rojo
    Tapa blanda: 25,00 €
    Clásicos universales
    ISBN: 978-84-9115-095-4

    666 La hora de la bestia

    Antonio Parra Galindo
    Editorial: Círculo Rojo
    Tapa blanda: 19,99 €
    Clásicos universales
    ISBN: 978-84-9076-753-5

    Remember Brunete. La batalla de la sed

    Antonio Parra
    Editorial: Círculo Rojo
    Tapa blanda: 19,50 €
    Género: Investigación
    ISBN: 978-84-15093-58-9

    Seminario vacío. Los pecados mortales de la iglesia

    Antonio Parra Galindo
    Editorial: Círculo Rojo
    Tapa blanda: 15,00 €
    Género: Novela
    ISBN: 978-84-15093-38-1

    JABALÍES

     

    Bajan de la braña al trote cochinero, hozan y escarban los prados, arruinan las cosechas de patatas, destrozan el maíz. Al cerdo salvaje que sembraba el terror entre los árabes de Tingitania por ser animal impuro — la denominación de origen castellana es un arabismo como tantas  otras palabras españolas, pues los moros dejaron una fuerte impronta en la lengua castellana, porque llevamos un moro dentro — los romanos llamabanlo Aper.

    Su carne y su tasajo constituían la base de su alimentación y de las cenas de Lúculo. Era el sustento de las colonias y  algunas legiones al sus scofra colocaban en su insignia sobre el lábaro; era animal de la suerte su ferocidad le hacía envidiable porque no ceja hasta la muerte y cuando está herido muere matando.

    El más ruin jabalí se zampa la mejor bellota. De ahí que haya algunos chicos de la política y de la prensa que no saben hacer otra cosa que joder la marrana, mira por donde.  Mas, no os preocupéis que a todo cerdo…

    Es un animal fecundo y muy sociable que se revuelca para despiojarse en el barro y la paja del escarbadero y dejan la marca de sus revolcones  en esos hoyos que, en medio del prado, cusan graves daños en las caserías, cabreando  a los labriegos.

    Es noctívago o nictálope muy listo y rebañiego.  Sabe cómo moverse y adonde tiene la querencia hasta el punto de que visitan de madrugada los contenedores de basura de las ciudades, a sabiendas de que hay veda y que allí no pueden ser molestados por los cazadores con sus jaurías de podencos.

    Con movimientos impetuosos avanza monte arriba tenazmente, sirviéndose de su afilado hocico y de sus poderosos colmillos los cuales le sirven de antena, como sistema de navegación abriendo brecha. Aunque ve muy mal, está superdotado de un gran olfato con el que ventea a sus presas. Se le creyó en la antigüedad que esos dos cuernos que le nacían en el morro curaban la impotencia sexual masculina, como los del rinoceronte, siendo muy apreciados.

    El celo les dura de noviembre a marzo; las hembras paren  dos incluso tres veces por año lechigadas de hasta doce jabatos.

    Pueden concebir de antemano las gorrinas a los quince meses.

    El macho alfa consigue patente de apareamiento peleando con sus rivales y monta y deja preñadas a las numerosas hembras de su tropel. Es rebañiego ya digo y nunca va solo sino en cuadrilla.

    El colmillo retorcido característico del verraco salvaje, sus dentelladas y golpes son certeros  —cerdo alunado o puerco padre al que los dientes se le forman como una media luna— es lo que le distingue del cerdo doméstico. Con esos caninos rasga las carnes de sus presas. Muy voraz y omnívoro se alimenta de carroñas inclusive, a decir de los entendidos.

    En una apartada aldea de este concejo se le ha visto saltar las tapias de un cementerio y escarbando en una sepultura devorar el cadáver de un paisano que acababa de ser sepultado.

    A la Metida la finca donde paso temporadas acude una cerda con sus rayones de anochecido. El otro día me topé con la piara cuando bajaba a tirar la basura,  ¡menudo susto¡

    Enchufé al verraco con mi farol y salieron de estampida detrás todos los miembros de la familia.

    En algunas partes de España están adquiriendo una mala fama que no le corresponde: el jabalí animal prehistórico y su cabeza apepinada ilustra los motivos heráldicos y blasones de algunas casas solariegas de Asturias, Galicia y Cantabria.

    Por todo el norte salían—por costumbre del tiempo invernal— las partidas de los señores con sus lebreles para dar la batida a la caza del “gochu”.

     Constituyó la presa más codiciada de los monteros medievales y su carne algo agraz y montisca la sirven en restaurantes asturianos como plato del día.

    Sin ir más lejos días antes de Nochebuena, por poco apaño una cólico por la ingestión de estofado de “mortecino”, del súrido, que estaba un poco indigesto, dentro del menú a base de fabada, guiso de jabalí, arroz con leche, pan de borona, y una botella de peleón, ocho euros, en el mesón del Alto el Praviano.

    Tambien se dice del puerco salvaje, al igual que del gocho, que del mismo están buenos hasta los andares pero no he visto nunca adobarse sus jamones o no se tiene dello costumbre por estos pagos, ya que sus grasas son menos suculentas que las del cerdo doméstico y saben  a montuno.

    Anteanoche sentí aullar a un perro. Salí a la puerta y vino cojeando hasta la antojana una podenca. Tenía la pata destrozada. Se la había comido el jabalí de una dentellada en su lucha cinegética.

    Al chancho lo tienen miedo los galgos y los perros de presa. Era una herida de guerra, signo cruel de la eterna batalla de la supervivencia. ¡ Animalito!

    30 dic 2016

    BOTELLÓN LA NOCHE DE SAN MIGUEL

     

    Antonio Parra

     

    Era el día de san Miguel patrón de iglesia y sinagoga y yo quería soñar no sé por qué en el largo de los caminos tépida noche de otoño las aceras de Veláquez alfombradas de las brillantes y rotundas pilongas que por cierto fueron la base del descubrimiento por el israelí Weissemann en 1942 del TNT (no creo ser yo un químico profesional pero tampoco hablo a humo de pajas) ofreciendo su virginidad a los pies de los pasantes urbanos; noches de Madrid en que la ciudad parece que trae música en el aire y nostalgia de juventud.

     Beba, padrecito. Corro de jóvenes del botellón saliendome al paso por una alea del parque, me vacilaban y chicoleaban desde los jardines de Moncloa. Probé pero no degusté al igual que Xto en la vía dolorosa. Buenos chavales algo pijos faltos de mili. Un paso ligero os daba yo. Algún que otro refuerzo y veintisiete imaginarias. Lo que ven mis ojos es una tenida triste pero hay noches en que uno no está ni para ver visiones. Te quedas clavado en la albarrada. Bolsas de plástico y ginebra de garrafón risas y carreras todo a favor de muy dolorosa resaca y vómitos al pie de un pino oh divino arcángel resguardame bajo tus alas. Los setos de circunvalación hacen las veces de columna mingitoria y las muchachas sin ningún pudor acuden a mear en batallón entre risas y chanzas y mensajes SMS con llamadas de móviles. Se bajan los vaqueros y las bragas y hacen un calvo a los viandantes pero no pasa nada. Algún mamporrero debe de haber oculto entre la oscuridad dandose un lote de vista pero no aparece en el horizonte.  Todo es como muy jovial. No hay altercados lo que demuestra que  saben beber si no con moderación al menos con tiento estos chavales que decía ya mi abuelo al agua como rey y al vino como rey.

    felicito a mis lectores por el año 2017

    s nowi god

    bon natale

    fröhliches and friedliches Neue Jahr

    Bonne Année

    happy new year



    PULLAS ANTISEMITAS DE QUEVEDO CONTRA GÓNGORA Y LOS JUDIOS (capitulo no publicado de mi libro sobre Andrés Launa autor del lazarillo". Se trata de un texto que me salió redondo y yo al leerme a mi mismo me maravillo


    Quieren hacer al Manzanares Navegable... ayer meome un burro y hoy me ahogo, parodia de la sequía

     

     

    este blog defiende la unidad de España y a su cultura
    EL MANZANARES EN QUEVEDO Y GÓNGORA


    El arte de Quevedo es el luquete de naranja/limón que ponemos al vino para quitarle el acíbar y despojar a la vida de todos esos posos de amargura que la circunda, aunque, bien es cierto, los que seguimos a Xto hemos de beber el cáliz hasta las heces como lo bebió don Francisco tres veces desterrado, dos a punto de morir, una en la emboscada que le tendieron los venecianos, y se libraría por pies, por hablar el italiano sin acento ninguno, como un toscano, y la segunda en un lance amoroso en que acabó con tres de sus oponentes, que, en sacando la de Toledo, no había espadachín que le pusiera un pie delante y eso que era zambo, por lo que Góngora se mofa de sus cacorros, hacia adentro y desmangallados, así como de su presbicia (tenía los ojos malos y era cegato aunque su vista de lince fuera tan aguda como su daga). Dos veces lo desterraron de la Corte a sus predios de la Mancha y en una ocasión lo llevaron a presidio cinco años a León, en una fría mazmorra del convento de una orden militar
    (1) llena de humedades, lo que aceleraría su muerte.
    Como buen español(1), fue victima de la malsana yedra, que con harta frecuencia crece al sur de los Pirineos como el mal francés que del otro lado viene y que aquí se convierte en morbo visigótico, que llevó a Fray Luis, a Jovellanos, a Cervantes a la cárcel y a otros tantos al destierro. Dicen que la saña constituye el vicio y el deporte nacional. Por eso se ensalza aquí, hasta los cumbrales, a las medianías. Para triunfar en este país hay que ser del montón o tener buen parecer. ¡Ah! Las apariencias españolas. Aquí los mediocres nunca hicieron daño, mientras al que despunta en algo se le corta la cabeza.
    Y un consejo- vademécum para andar por las españas: ser siempre del montón. Como Quevedo era egregio y aventajaba a todos en estatura literaria y en calidad humana, fruto de su vividura, pues fueron a por él. Tengo para mí que el mejor libro, la mejor novela, y única en su género, es el Buscón, todo un tour de force estilístico y de solercia en el manejo del idioma castellano, del que su autor conocía todos sus recursos secretos. Que maneja como si fuera mago del idioma. Y esta esgrima verbal le hace fulgurante en el estilo y en sus estocadas, certero.
    Escritor, todo meollo, o carne sin hueso, nunca cáscara [hoy no lo entenderían] nada de hablar por hablar. El fondo se adecua a la forma en una perfecta hipóstasis del mensaje. Y esto es el desiderátum de la perfección. El no va más Mujeres y gallinas, vecinas, todas ponemos. Unas, cuernos; otras, huevos. ¿Se podrá contar mejor una historia sobre la condición femenina en este ras con ras, en este par de líneas, dos auténticos tijeretazos de versos? No. Los libros y los versos de este prócer, desde sus tratados teológicos hasta las letrillas jocosas como Erase un hombre a una nariz pegado en que pone en berlina a Góngora y con él a todos los sayones y escribas de nuestra España, tan voluble, tan tornadiza, turiferarios de Caín, no son para paladares delicados. Hay en ellos mucho cuajo, por lo que su literatura nunca será apta para cuáqueros miramelindos. Es Quevedo la antítesis de la cursilada a lo Julián Marías. Por eso le salieron enemigos a mansalva y aún lo queman en efigie los hijos de los hijos de los nietos de aquel linaje de narigudos ridículos, cornudos, o simplemente malvados que él tanto festejara.
    Aún lo tienen por peligroso y lo queman en efigie a la chita callando pero él sigue siendo el coloso del parnaso de las letras castellanas. Parece que me mira don Francisco desde la calcomanía con que honro su memoria en mi despacho y se sonríe con sorna. Saca pecho, enseña sus guedejas cansadas de tanto afán dejándolas colgar en desaliño de estudioso sobre el pescuezo y oculta el pie equino, de nacimiento, lo que, aún renqueante, no le impidió cabalgar y ser el mejor espadachín de la corche y no esos matasiete que pinta de cartón piedra e imitación Pérez Reverte en sus novelas de época. En el callejón de la rinconada de la iglesia de san Martín, justo donde está la calle de La Ballesta, un jueves santo, a la salida de los Oficios, tiró de espada y dejó muertos a tres contrincantes que le cerraron el paso. Todo un maestro de esgrima y no los de las novelas por entrega de Reverte.
    ¿Causa del riepto? Uno de los caballeros abofeteó en el atrio del templo, a la vista de todos, a una dama. En guardia. A la salida nos vemos. Pues vale. Pero de uno en uno, caballeros. El maestro de esgrima no era un matasiete o uno de esos jaques que lampaban por la corte, galanes de monjas, cortejadores a la hora de misa y el triduo, única ocasión en que aparecían en público las señoras como dios manda. Las que iban al prado en coche tenían mala reputación. Dentro de las carrozas con las cortinillas bajadas recibían a sus amantes. Podía pasar de todo. A veces los bastidores se meneaban con un ritmo sospechoso, el tiro parado y tieso el tentemozo, dormitando el cochero ciego de vino y sin menearse silenciosos con el saco de granzas al morro los caballos ruanos de los caballeros o las mulas episcopales, pues también tenían por costumbre de bajar al Prado los eclesiásticos en desguisa.
    Este era Quevedo. El caballero de las espuelas de oro como le llama casona. ¿Misógino? Ni por pienso. A su pluma debemos el mejor soneto en castellano y en él canta a la mujer. Y su lamento de letra herido y de amante despachado aun esparce el eco que han conseguido quebrar la vara de la muerte:
    "Cerrar podrá mis ojos la postrera

    sombra que me llevase el blanco día
    y podrá desatar el alma mía
    hora a su afán ansioso lisonjera
    mas no desta parte en la ribera
    dejará la memoria donde ardía
    nadar sobre mi llama el agua fría
    Y perder el respeto a la ley severa;
    Alma a quien todos sus días pasión ha sido;
    Venas que humor a tanto fuego han dado;
    Médulas que han gloriosamente ardido;
    Su cuerpo dejará, no su cuidado;
    serán ceniza, mas tendrá sentido
    polvo serán, mas polvo enamorado
    "
    Se refería a Lisi. De quien fuera Lisi poco sabemos. Sólo que el poeta la inmortalizó en estos pensamientos. La vida real fue mucho más cruel con él. Los grandes hombres acaban contrayendo matrimonio con la que menos les conviene y su bodorrio de mozo viejo con una tal Felipa acabó en desastre. Pero ahí queda como pecio de aquel desastre conyugal aquella antífrasis: "mujeres y gallinas, vecinas, todas ponemos".
    ¿Don Francisco putañero? No sé pero conocía el mundo por de dentro y de ese mundo parte fundamental es el bello sexo. Habría que colegir al trasluz de sus escritos que ese conocimiento íntimo de la condición femenina no la ganó en los libros o en los confesionarios como Tirso, que era fraile, sino "viva voce" alternando en las tabernas
    (2) y abriendo la puerta llana de las mancebías. Su concepto de la existencia era demasiado grave para tomarse en serio a las mujeres.

    De ahí sus exclamaciones utópicas sobre el amor, el olvido y la muerte. Polvo y ceniza en definitiva pero polvo enamorado. "En tus ojos, Lisi, vi el oriente en hermosura duplicado", etc. Cruzaba el deán el portillo y venían detrás un par de diosas. Amor divino y amor profano que lo uno no quita para lo otro.
    A lo que se ve debió de ser visitador frecuente de los puticlubs de entonces que se llamaban cuexcas
    (3). Había una en Madrid, la Casa del Tócame Roque y otra en Alcalá que dio pie al dicho de "A Alcalá, putas, que llega San Lucas"(4).
    Es posible que la tal Lisi por la cual bebe los vientos el poeta fuera una de aquellas mozas de partido tan abundantes en Madrid, a lo mejor una de aquellas irlandesas tan mal vestidas y hablando con acento de Coca por su afición a empinar el codo, "tan mal vestidas y tan bien hechas" de cuya arribada da cuenta en alguna de sus cartas. Así que Alcalá, putas, que viene san Lucas y mujeres y gallinas todas ponemos. Ojos ponéis de vendimiar agüela, frase con la que alude a las alcahuetas. "Cuando te abracen, advierte, que segadores semejan, con una mano te abrazan, con otra te desjarretan... con un cuarto de turrón y con agua y con gragea goza un Príamo, barata, cualquier Tisbe gallega... corita
    (5) en cogote, gallega en ancas, gran mujer de pullas para los que pasan" está describiendo a las ventaneras, costumbre que tenía un nombre legal: solicitación... al trato torpe.
    So capa del desenfado burlesco, Quevedo es de una profundidad aterradora. Toda su poesía recuerda un cuadro del Bosco por las descripciones que hace de la corrupción y relajo de costumbres del Madrid del primer cuarto del siglo XVII.
    La rechifla con que describe el Manzanares es deliciosa: "Tiéneme del sol la llama tan chupado y tan sorbido que en mi se mueren de sed las ranas y los mosquitos".

    Y es facistol de chicharras en la solfa de lo frito el aprendiz de río que lleva penosa vida condenada de charquillos, merendero de tusonas y de mirones que bajaban a ver las ninfas desnudarse en el arroyo estantío... muy hético de corriente, muy angosto y muy roído, con dos charcos con muletas... acostado en un puchero el cuerpo y el sueño a gatas", etc.
    En las numerosas aceñas que debía contar a la sazón la raquítica ribera del Manzanares observa el paso del tiempo, otra de las preocupaciones de Quevedo: "azudes de la noria de la vida son las horas; ayer ya no es, no existe mañana y hoy es un punto fugitivo... soy un fue y un será y un es cansado..".
    Pero hay otro detalle, aparte del panorama jocoso que traza sobre el Manzanares, en lo social y costumbrista con sus lavanderas a las que algún beneficiado baja a ver las nalgas mientras recuden los pañales del niño, con sus trémulas pausas y los mastines de Sodoma que hacen acto de aparición de atardecida, los azacanes o aguadoras, las damas de toldo y arandela o meretrices, los mendigos que acuden a despiojarse, los niños que van a bañarse en las pozas o a jugar al marro, y es la información meteorológica que facilita. Como colofón de lo dicho, el Manzanares, a falta en Madrid de una plaza del Potro cordobés, del Arenal de Sevilla, el Perchel malagueño, el Zocodover de Toledo, el Arrabal arevalense o el Azoguejo de Segovia, punto de encuentro de perailes, pícaros, rameras y gente del bronce, hace las veces de "locus communis", paradero del que va y viene. Garcilaso que debía de ser tan inocente como buena persona y mejor poeta ve al Manzanares lleno de cisnes, ninfas y nereidas, utilizando un tropo muy común entre los poetas del Renacimiento en su afición a la mitología. Era mucho pedir. La ribera del Manzanares estaba poblada de ninfas pero de otra especie diferente a las que describe Garcilaso. Góngora y Quevedo en su sorna son más realistas al tiempo que nos proporcionan valiosa información sobre el referido "locus amoenus" que no era tan ameno como para mirarlo con ojos idealistas sino realistas.
    Por tales trazas el siglo XVII debió de ser seco. Se había producido un cambio climático en toda Europa. El clima que era lluvioso y bonancible en las centurias precedentes debió de acusar los efectos de una glaciación. En 1666 a causa de esta sequía acontece el gran fuego que arrasa Londres y la plaza mayor en 1634 también se quemó quedando sólo la Casa de la Panadería.
    Esta sequía trajo consigo aparejada la hambruna. Mientras, los literatos se toman la cuestión a pitorreo. Eso y empezar las jácaras todo fue uno. Fue tan capona la primavera que no pudo abrir. No hay agua pero no falta el vino. Se alude a los moscos irlandeses cuya borrachez se hace manifiesta en las calles de Madrid o a los moscos tudescos que ingerían una cantara de un golpe en las bayucas aledañas a las escaleras de San Felipe.

     España se desentiende, se despreocupa. Toros y cañas y autos sacramentales para olvidarse de los desastres de Flandes o los naufragios de la Flota de la Carrera de Indias. Los piratas ingleses estaban siempre al acecho. Ande yo caliente ríase la gente. Aquí cada uno va a lo suyo y eso le saca de las casillas a Quevedo. Empieza una refriega, una lucha entre dos colosos. Los dos tenían un conocimiento eximio de los idiotismos del idioma y no se les iba lo que se dice la fuerza por la boca
    Góngora a la vista de la escualidez del "Támesis de los Madriles" y del escuchimizado hilo de agua que vertía en aquellos tórridos veranos exclama: ayer meome un burro y hoy me ahogo. Y se cachondea con la misma insolencia de sus puentes. "Mucho puente para tan poco río" dice del de Toledo, y del de Segovia, "señora puente castellana cuyos ojos están llorando arena" y en otro verso de su letrilla hace referencia a que "los orines de las mulas den salud al río". De lo objetivo se pasa a lo subjetivo y el río de una ciudad va a ser el pretexto para una recia enemistad entre don Francisco y don Luis. La reyerta literaria hará las delicias de los amantes de las bellas letras porque en ella predomina el insulto. Sí pero hay que saber insultar. Además, la sangre nunca llega al río. Y en este donoso cruce de invectivas Góngora llama a Quevedo Anacreonte, melifluo y zambo y putero. Cegato y pelotillero. Quevedo se despacha motejándole de tahúr, mal sacerdote, judío y narigudo. Los dos poetas mayores de nuestro siglo de oro se ponen de vuelta y guerra o a caer de un burro. Lo de ayer meome un burro debió de ser ficción de Góngora pensando en su rival




    MEOME AYER UN BURRO


    Y hoy me ahogo en aguaduchos de orines. Poco más o menos Góngora y el ínclito Quevedo se mofan a porfía del río de Madrid que no es el Eúfrates ni el Tigris. Más bien un cagadero. Tuvo por afluente el Arroyo Abroñigal que es un río meadero, todo boñigas. Allá donde la villa y corte exonera su vientre, lava sus culpas y antiguamente había verbenas. Por la de San Marquillos el Verde y luego la de San Antonio que es la primera que dios envía. Bajaban allí las ninfas disfrazadas de chulapas, a hacer de cuerpo, y viejos verdes tonsurados arrastrando la loba y el manteo al salir del coro las espiaban desde las peñas con un catalejo que el locus amoenus siempre tuvo mirones para el amor de alquiler. Darse un lote de vista y llevarse las manos a la cabeza con un adonde vamos a parar y cómo están los tiempos no estaba mal visto.
    El propio autor de Los Sueños murmura del rumbo aciago que cobraban sus tiempos. A juzgar por estos versos todo sigue igual en el hombre. Nada cambia:
    Todo se ha trocado ya. Todo del revés se ha vuelto.
    Las mujeres son soldados y los hombres doncellas.
    La obsesión que manifiesta Quevedo por los putos entre los que incluye a Góngora también había gente saliendo del armario en nuestro Siglo de Oro
    Por Cuaresma, combates nabales que nabos y cohombros los daba excelente su ribera, lo mismo que cebollas y orondos tomates de un rojo casi lujurioso. ¿Rábanos? Los de su ribera, los mejores. Aunque siempre picaron un poquito. En la costanilla del Ava Pies y el postigo del Avemaría había sinagogas y muchos rabinos.

    Con el edicto de expulsión muchos de ellos se metieron a frailes y colgaban morcillas y botillos a la puerta de sus conventos por bien parecer. Madrid no es lo que parece. Aquí el personal siempre vivió hacia adentro. Un lastre que arrastramos de nuestros antepasados los judíos. También, se cursa estudios por ser más. Nunca por más saber. Y por mejor parecer. El parecer es el súmmum bonum de los hidalgos de gotera, la honra, el buen criterio. Hasta, sin haberse desayunado muchos días, como nos refiere el Lazarillo se echaban migajas en la barba para anunciar que habían comido. Por ahí vienen los calvos. Observa Quevedo que hay calvas de muchos tipos: sacerdotales, jerónimas, y calvos calvísimos, aprendices de calvo y aquellos que no saben portar su calvicie con dignidad, a lo Anasagastegui, que la por entonces se hacían el recorrido. "Hay calvo que re rebuja para tapar el melón y aparece hecho un basilisco". Aquí estamos yendo y viniendo del "no te jode a nos ha jodido". Vivimos un sinvivir de la política entre el tupé de Sagasta y el recorrido de Anasagastegui, áspero tribuno de la plebe vasca, que, por no saber, no sabe llevar su calva con dignidad.
    Luego llegan los sastres. ¿Sastres vienen?  Al infierno vamos. El ángulo de visión de Quevedo, el de un verdadero buzo de las clases sociales en el maremágnum de gentes con los que le tocó convivir. Odiaba a las viejas, pues no en vano tuvo fama de misógino. A los sastres. A los médicos y a los sacamuelas.
    ▬Ay sí.

    El Manzanarillos debe de tener la sangre municipal y espesa y por eso y por la mierda que corría en los remansos, pasada la Virgen de Atocha, se criaban tan buenos tomates, lechugas y pimientos. La Villa y Corte era un pueblo desde 1606 en que obtuvo el título de capitalidad por orden del tercero de los Felipes. Góngora fue nombrado capellán regio y puede que la ojeriza con Francisco de Quevedo, aspirante al oficio de cortesano y que tuvo vara alta en la ante corte la del valido el Duque de Lerma se debiera a ser los dos contrincantes para un mismo empleo...
    Además, dice el refrán que quien es tu enemigo el de tu oficio. Aparte de gananciosos de la sopa boba y anhelando un beneficio, una sinecura, una prestamera, los dos eran grandísimos poetas. Los mejores que hubiera jamás en esta lengua. Las rivalidades a muerte se originan precisamente en esos concursos oposición en que los españoles se queman las pestañas memorizando textos que no les servirán para nada sino para colgar un título en la pared y pasárselo a los demás por el pico, aparentar más, ¿veis?
    Yo estudio, yo soy algo, más que tú, el origen está en el puñeteros morbo visigótico y buscarse un carguete de por vida a costa de la iglesia que fue la primera que abrió el torno o lotería de las oposiciones a canonjía, luego vendrían las de notarías, que esas sí que son peliagudas o las del ingreso en el Cuerpo Jurídico del Estado o en la Cuerpa mismamente. Luego a tumbarse a la bartola.
    Manía del español que quiere vivir sin pegar golpe. Góngora ganó un beneficio en la catedral de Córdoba pero no pisaba la mezquita, no iba nunca al coro y tuvo que tener que pagar, como consta en los archivos, multa de muchos maravedíes por su inasistencia pero ay amigo obtuvo aquel beneficio a fuerza de codos y estuvo una hora de reloj, en lo que caía la arena por la clepsidra, recitando una tesis de la Summa de Santo Tomás. Tenía un título. Hoy mucho más rentable que aprobar oposiciones es meterse a político y entonar la coplilla gongorina sobre la meada del burro que provoca inundaciones por Madrid.
    De nada sirve que fuera si no un mal sacerdote al menos muy negligente ▬apenas se le conoce haber abordado el tema religioso en su obra▬ y de origen converso al que asustaba comer jalufo. Pero había ganado las oposiciones. Ayer meome un burro y hoy me ahogo. Agua va. Cuando las dueñas se ponían a arrojar los pericos o servicios de aguas mayores. Góngora se fumaba el Oficio divino y se quedaba en alguna timba o se iba por las rinconadas de la vera del Guadalquivir a la búsqueda de algún efebo.
    Sacerdote sin vocación y cura de misa y olla. Por la mañana cátedra de Prima y por las tardes, de sobrina. Ahí nos las den todas. Se da la buena vida y busca, villano en su rincón, una misericordia segura en la que sentar sus posaderos y tener ración por oposición que es para lo que empollaban latín los españoles de entonces y los de ahora se atiborran de temas. Aspiran a un buen pasar, eso que se llamaba antes la vita bona del Beatus ille. Echa la galga, amigo. Tumbémonos a la bartola. Pasan los clérigos con el bonete de tres puntas, las mulas hacaneas con un paxio o artolas cargada de libros camino de Alcalá terciado el manteo y la loba cuajada de cazcarrias y de barro de los charcos del camino. Suben la cuesta los arrieros. Huele a ajo y a vino y a trasudores de Castilla cuando va el personal trajinante y detrás llegan los ministriles. Un domine con antiparras acaba de pasar camino de su casa a pupilo. Va a dar "lición" a sus gramáticos. Les enseñará algo de gramática parda.
    Un morisco cargado de un banasto con hortalizas. Una vieja marabina a la que hiede el aliento podrido del mosto, la cebolla y las caries. Y sigue la comitiva con ministriles, algún jaque arreando un macho burreño de gran alzada y ahí están las lavanderas cantando las coplas del momento mientras restriegan la colada que reúne las bragas de una marquesa y los calzoncillos con palominos de un obispo. Y no podían faltar en esta escena los azacanes cargados de cantaros de agua de nieve. Delante de las damas de toldo y arandela, "cisnes del placer, y fenices del gusto". Abigarrado retablo de tipos y de costumbres. A cada profesión le corresponde un vicio.
    Un niño llora y un viejo con su lazarillo canta la oración del Justo Juez. Las capas negras de los letrados se confunden con las capas pardas de los mercachifles y labradores, las tocas blancas de las dueñas hacen contrapunto con los velos negros de las viudas. Cantan los cubos de los carros a los que no se permitía pasar por la puente y han de vadear por el albero salpicando los charcos o hundiéndose en el légamo. Estallan en el aire las trallas. Se escuchan algunos juramentos. Algunos carruajes hacen molino y los carreteros se quejaron toda la vida del pontazgo de la Puente Castellana.
    Los borrachos de Velázquez se han reunido en un corrillo y coronan a Baco desnudo con una corona de laurel y lo cubren con un manto púrpura como el que cubrió las desnudeces de Noé. Uno de ellos que debe de ser fraile huido del convento les sermonea en latines. Nadie le hace caso. Mucho puente para tan poco río sí pero con mucha humanidad viva que se mueve por abajo y por arriba. Señora doña puente Castellana, tus ojos están llorando arena.
    La literatura estando más allá de la imagen que en encandila y decipit (decepciona), según los escolásticos, es vividura y trascendente. El imago es una noción ficticia de lo intrascendente. La imagen destruye y deslumbra pero la palabra o el concepto construyen e ilumina. El arte de la palabra va mucho más allá de la cinemática y el cine es cínico pues poseen el mismo étimo griego; "kinos" designa al movimiento pero también al perro.
    Quevedo y Góngora que son a la vez culteranos y conceptistas nos llevan por las altas sendas de la imaginación. Nunca frisó nuestro idioma tan alto como en estos dos vates, tan diferentes y tan parecidos. Esta trifulca sobre el río de Madrid en el que coinciden descriptivamente pero que luego van a desenvainar, por rigurosidades e inquinas personas que no hacen al caso, las plumas, convertidas en lanzas. ¡Y qué lanzas, madre mía! Al ver lo que escriben el uno del otro los ahora políticamente correctos, escritorzuelos de toma chicha y nabo, se llevan las manos a la cabeza y gritan:
    ▬Insulto. Insulto.
    Pero hay que saber insultar, señores míos, y hacerlo con cierto salero. No ese desmantelamiento que les es propio a los anti-castizos.
    La literatura, insistimos, es vividura. Y vividura profética. Por eso mismo cuando nos encontramos en un libro donosamente escritos nos asalta la impresión de haber estado en aquel sitio, en aquella casa o a la vera de aquel río que nos pinta el autor. Uno ha subido y bajado unas cuantas veces por el Puente de Toledo y está familiarizado con el genus loci y los manes madrileños.
    Nos han sucedido aventuras. Vimos no a las ninfas y nereidas pero sí bastante ninfas del cantón que en el Cerro la Plata cobraban a duro el "polvo". Niños y militares sin graduación algo menos y una paja tres pesetas. Algunos fuimos iniciados en el amor a tan módico precio por la Josefa una sacerdotisa de Venus al aire libre, que venía de Valencia, culona, de amplias tetas, tenía un poco de bigote pero compensaba. Cela dixit.
    Hemos visto desfilar a los pastores de la mesta. A los jaques sacamantecas con la "poderosa" entre la faja, y a los mismos borrachos de Velázquez dar tumbos por las bayucas aledañas a la catedral de san Isidro que ya estaban abiertas hace cuatro siglos. Nos hemos puesto la coroza de los penitentes que salían en Viernes Santo detrás de un paso al lado de las vestidas de dolorosas luciendo cuerpo y jeme... Tan chulas y presumidas ellas. La religión aquí estuvo íntimamente relacionada con el sexo.
    Acompañar al Santo Entierro era un pretexto para lucir su cuerpo serrano. Debían de ser las mismas damas que acompañaban a Felipe IV tan salaz como piadosísimo a los triduos y oficios de las Cuarenta Horas que organizaban los jesuitas. Nuestro catolicismos es áspero, algo tristón y pasionista. Ya lo decía don Francisco: "Católica y cruel Majestad".
    Hemos padecido y gozado de situaciones similares a las de Quevedo o a las de Góngora. Los genios en sus escritos nos invitan a hacer un viaje hacia el futuro. Ay Madrid que te quedas sin gente, la ciudad por la que ha discurrido gran parte de nuestro vivir. Universidad de picaresca y de misticismo. Aquí la luz tutela y es tan ardiente que acaba destruyendo. Madrid me mata a mí. Madrid te mata a ti. Por eso tanto le queremos.
    A veces tuvo aire de sepulcro. Cuando Dámaso Alonso se refería a un millón de cadáveres ambulante sabía bien lo que se decía. Con algo de sepulcro pues todo en la vida es cárcel y todo en la vida es sepulcro.
    "Del vientre a la prisión
    vine en naciendo
    de la prisión iré al sepulcro amando
    y siempre en el sepulcro
    Estaré ardiendo.
    ¿De amor? Por supuesto. Quevedo y Góngora que conocerán tan bien a las mujeres las dan poca importancia. Lisi la amada inmortalizada en el soneto del polvo enamorado es un accidente. Don Francisco lo que conoció mayormente fueron las Lisis a la vera del Manzanares, las tusonas, busconas y godeñas, en particular las hijas de la Verde Erín cuya arribada a la Corte desde la católica Irlanda era todo un acontecimiento, y que tanto le entusiasman, tan mal vestidas como bien hechas, un tanto inclinadas al mosto, las coritas asturianas y gallegas de ancas triunfales, que con una mano te abrazan y con otra te hurgan la faldriquera.
    ¡Ah las dulces mozas! querenciosas del oro, todas del partido de Santo Tomé, zamarreando por la orilla del río estantío "en esta capona primavera que no pudo abrir un lirio".
    No le gustaran a Quevedo, a lo que se ve, mucho los ríos; lo intuía, estaba oliendo el poste. Parece sentir en sus versos las humedades reumáticas de aquella mazmorra a orillas del Bernesga, del Órbigo y del Castro que son cachirríos y del Duero meninos (por afluentes). Allí le esperaban las sombras. Todo en la vida es cárcel. He ahí otro signo del poder premonitorio que mueve la pluma de los que escriben, sobre todo, si lo hacen bajo la luna de la inspiración y el poderío que brinda la introspección profética.
    No se entiende muy bien esa tirria que le inspira don Luis. ¿Serían ramalazos de ese anticlericalismo proteico que se detecta en toda la literatura castellana? ¿Odio de clérigo? ¿Rija de opositor a Corte?
    Yo te untaré mis obras con tocino
    porque no me las muerdas, Gongorilla,
    perro de los ingenios de Castilla
    Docto en pullas cual mozo de camino.
    Apenas hombre, sacerdote indino.
    Que aprende sin Christus la cartilla,
    Chocarrerías de Córdoba y Sevilla.
    Y en la corte, bufón a lo divino.
    ¿Por qué censuras tú la lengua griega
    siendo rabí de la judía,
    Cosa que tu nariz no lo niega?
    No escribas versos más, por vida mía,
    aunque esto de escribas se te pega
    Por tener de sayón la rebeldía.
    Duros epifonemas. Le tacha de judío converso y de maricón (poco hombre) y de narigudo.
    La odiosidad debió de nacer en el complot contra el Duque de Lerma que significaría la caída del Señor de la Torre de Juan Abad de patitas en el destierro. En su invectiva apunta un dato de una gran solidez histórica que ha sido poco estudiado: la influencia que tuvieron los criptojudíos en la corte de Felipe IV a través de los jesuitas. Pero se da asimismo la paradoja de que Quevedo se va a coger a la protección de los jesuitas y durante sus presidios y destierros sus amigos serían los jesuitas y su biógrafo sería un jesuita. En otros epigramas censura a su rival su afición al juego: tahúr, poco cristiano, mal clérigo. Misal apenas. Naipe cotidiano. Capellán del rey de bastos que en Córdoba nació. Murió en Burgos. Y en Pinto le dieron sepultura.
    Por su parte Góngora en un poema escrito ahora justamente hace cuatro siglos dice de Francisco de Quevedo lo siguiente:
    Anacreonte español, no hay quien os tope,
    que no diga con mucha cortesía
    que ya que vuestros pies son de elegía
    vuestras suavidades son de arrope
    ¿No imitareis al terenciano Lope
    que al de Belerofonte(6) cada día
    sobre zuecos de cómica poesía
    Se calza espuelas y le da un galope?
    Con cuidado especial vuestros antojos
    dicen que quieren traducir al griego
    No habiendo mirado vuestros ojos.
    Prestadle un rato a mi ojo ciego(7),
    porque a luz saque ciertos versos flojos
    Y entenderéis(8) cualquier gregüescos(9) luego.
    El soneto gongorino tampoco tiene desperdicio. Tilda a su oponente de poeta descuidado, suave, zambo, mal caballero
    (10), espadachín y matasiete. Y le pide que le ponga la mano en el culo para escuchar una ventosidad de sus adentros. Góngora no se tira un farol. Se tira un cuesco.
    La polémica entre los dos grandes literatos, aunque profusamente estudiada por la erudición, ha dejado inédita una idea importante: el enfrentamiento de Quevedo, caballero de la orden de Santiago, que ridiculizó a los que querían hacer santa patrona de España a una judía Teresa de Jesús, y los cristianos nuevos. Tanto él como Lope -éste de una forma más superficial- tomaron partido por los cristianos viejos.
    De modo que sus diferencias con los conversos, que tanto nombradío e influjo trujeron bajo el mandato del valido del Rey, el Conde Duque de Olivares, y su aireamiento con los franceses que tenían el criterio de que la Santa Sede había caído en manos de los judíos, pudo ser un motivo de su detención y posteriormente su encarcelamiento en San Marcos de León durante un quinquenio. Una flagrante injusticia.
    Al parecer, el mejor escritor en lengua se movía en contextos políticamente incorrectos para su tiempo. De todos modos, espíritu crítico y valiente, mete el dedo en la llaga y descubre uno de los enigmas de la historia española y las causas de su decadencia.
    Aunque cegato, su pluma era certera, y su visión de águila caudal que diquelaba desde muy lejos.
    Su fama de chistoso y jaranero que tiene en la cronología hispana, donde todos los chistes guarros se atribuyen a Quevedo, no se compadece con la hondura de su pensamiento tan español, tan entero. Miré los muros de la patria mía. ¿Acaso este postergamiento y ninguneación a que se someten sus obras, más citadas que leídas, sea otra venganza judía?
    Mientras tanto las aguas del Manzanares siguen fluyendo enterradas bajo un bunker de hormigón por decreto de los nuevos munícipes faraónicos anhelosos de convertir a este afluente del Tajo que pasa por los Madriles en un nuevo Guadiana. Pronto lo harán navegable y habrá choque de escuadras y batallas "nabales" por menos de un pimiento. Es igual. Ayer meome un burro y hoy me ahogo. Ay, Manzanares, Manzanarillos, en ti se mueren de sed las ranas y los mosquitos.
    14 de agosto de 2008
    1. Todo este mundo es prisiones;
    Todo es cárcel y penar.
    Los dineros están presos
    en la bolsa donde están
    la cuba es cárcel del vino
    la trox es cárcel del pan
    la cáscara, de las frutas
    Las espinas del rosal.
    El cuerpo es cárcel del alma,
    la tierra es cárcel del mar
    2. Fue cliente del figón de Juan Lepre que abría sus puertas en la calle Huertas de Madrid. Parroquiano de ese establecimiento fue también Diego Velázquez y alguno de sus comilitones del jarro le sirvieron de modelo al cuadro Los borrachos
    3. Casa de tolerancia (Germ.)
    4. En la fiesta de san Lucas el 18 de octubre se solían impartir los grados a los estudiantes
    5. Corito, asturiano. En el siglo XVI las gallegas, asturianas y vizcaínas no gozaban de buena reputación.
    6. Belerofonte, el hijo de Neptuno, que montó a Pegaso y venció a la Quimera
    7. El culo
    8. Por oír
    9. Pedo
    10. Quevedo fue el caballero de las espuelas de oro. Su defecto físico no le impedía ser un consumado experto en la equitación

     

    2016-12-28

    ALEGRATE QUE ES NOCHEVIEJA молитва Архангелу Михаилу - архангел Михаил очень сильная защита |#Архан...


    LA TELEVISIÓN LLEGÓ A SEGOVIA E INVENTARON EL GAS BUTANO (reflexión en la tarde de San Silvestre)

     

    Aquellas navidades de 1956 fueron especiales. Las recuerdo como si fuese ahora. han pasado sesenta años. Aparecieron unos alambres muy raros en lo alto de los tejados cuatro barras horizontales que parecían tendederos de ropa, de los que colgaba un alambre conectado a unas jarrillas. Eolo los zurraba de lo lindo, mas no se desplomaban. Seguían ahí enhiestos, haciendo posible el milagro de las 625 líneas para un mundo que vivía todavía en blanco y negro. Se trataba, claro está, de uno de los dos inventos que cambiarían la vida en Segovia y en España entera, el modo de ser y de pensar de la gente. Encarnarían la rebelión de las masas de las profecías de don José Ortega y Gasset.

    El otro sería el gas butano, las cocinillas camping que echarían a nuestras abuelas del llar, de la cocina de carbón y el horno de leña. Después llegarían la lavadora, el 600D, el tocadiscos, el ordenador, el veraneo en la costa, y todos esos adminículos de la sociedad de consumo, los cuales, de consuno, determinaron una revolución social en todas las esferas. Sin animo misoneísta y de ir contra el espíritu de los tiempos nuevos, en lo que ganamos también perdimos porque se acabaron aquellas veladas del invierno, aquellos jolgorios y reuniones vecinales, aquel amor, aquellas risas de las noches de filandón al calor de la “gloria” o hipocausto, un invento que trajeron a Castilla los romanos. Era la “vela” — desde los Santos hasta las Candelas— cuando se contaban cuentos y consejas, se cantaban villancicos y jugábamos a las Siete y Media, el Se Cansa, a coger el Polvorón, la Malla o el juego de las prendas.

    Los muchachos nos calentábamos en la portada jugando al Zorro Pico Zaina a fuerza de morradas y empellones. Era una juego para conjurar el frío de nuestros cuerpos y curar sabañones a lo bestia estacazo y tente tieso. Todo aquello se acabó.

    Los segovianos de ahora se desparraman en el sofá frente al televisor contemplando aburridos o crispados el chismorreo político de las tertulias o las noticias insustanciales de los nuevos ecos de sociedad.

    Sólo aquellas familias con posibles pudieron adquirir algún receptor telefunken que costaban un ojo de la cara y son piezas de museo tecnología de los dinosaurios pero que invitaban los vecinos, amablemente, a pasar a ver aquellas galas del sábado y los concursos en los cuales Laura Valenzuela y José Luis Peker estaban inmensos, o las noticias del telediario que daban al alimón David Cuero y Jesús Álvarez o el gran locutor segoviano Santiago Vázquez.

    En Segovia empezaron a captar la señal de la antena situada en la cumbre de la Bola del Mundo siete u ocho aparatos.

    Uno de ellos era el don Nicomedes García el millonario (su fabrica adinerada perfumaba los contornos del barrio de la Estación con los aromas del licor anisado) y otro el del magistral de la catedral don Bienvenido López Bayón al que yo ayudaba a misa en San José Obrero. Era un sacerdote muy austero y de santidad de vida, pero al cual le gustaba modernizarse con los nuevos descubrimientos de la ciencia.

    Tocaba la batería y el acordeón eléctrico y bajaba a dar sus clases al seminario en Vespa una de las primeras motocicletas que hubo en la ciudad.

    Cura bondadoso, instigaba a las familias del barrio de San José Obrero a que pasasen a ver la tele. Él junto con don Efrén Lobo, su coadjutor, instalaron el primer teleclub en los bajos de la parroquia.

    Recuerdo aquella noche de san Silvestre de 1956. Subimos a casa del canónigo y en el rellano de la escalera estaba un señor de Frumales dando voces.

    Era el abuelo de don Bienve. No quería estarse en la salita donde daban un programa de variedades porque le parecía que aquel artilugio donde las imágenes hablaban y se movían era diabólico.

    —Huele a azufre, Bienve. Satanás anda metido en esa caja. Te lo digo que esto me apesta a chamusquina yo por ahí no paso.

    —Abuelo, no es para ponerse así. Es la vida moderna.

    Esto diciendo y algo amoscado con su nieto se caló la visera de labrantín y se fue al hogar de jubilados a tomarse un chato.

    No hubo manera de reconciliarlo con la vida moderna. Moriría al poco tiempo el señor Baldomero a punto de cumplir cien años.

    Todos ellos ya fallecieron; amigos míos y de mi familia: el magistral Bienvenido, el presbítero Efrén, Jovita, su madre, el señor Baldomero, mi madre Juanita y mi padre Silvino.

    A todos ellos recuerdo en esta melancólica tarde de san Silvestre entre los clamores y la alegría hueca de la Noche Vieja cuando la gente se desmelena y se descorchan tantas botellas.

    ¿Estarán todos ellos viendo Galas del Sábado desde el cielo?

    Hoy el sistema Pal ha sustituido al UHF de las 625 líneas y los televisores son de plasma y no aquellas misteriosas pantallas de cristal gris empotradas en un mueble de caoba. En parte las conjeturas del abuelo del magistral que olía el azufre satánico de la caja tonta no fuesen cabales del todo.

    Sin embargo el buen labrantín de Frumales, oliéndose la tostada, tuvo el presentimiento de que estaba llegando la venida de un mundo global, muy diferente al que él vivió, manipulado por la gran teología de los bits y bites de Internet y de las ondas hertzianas, tributo del Zeitgeist.

    En la vida nueva no cabe pensar cada uno por su cuenta. Hay que estar en la onda y sumarse a la plebe y al mogollón. De lo contrario, serás señalado con el dedo.

     

    2016-12-27

    segovia cuna de la n ovela picaresca










    La autoría de la gran novela picaresca "Lázaro de Tormes" fue uno de los misterios más apasionantes de la historia de nuestra literatura del Siglo de Oro. 
    Fue atribuido, entre otros, a los hermanos Valdés, a Diego Hurtado de Mendoza, e incluso a un franciscano alcarreño que era paje del cardenal Cisneros. 
    El enigma duró cinco siglos. 
    Antonio Parra en este texto, después de exhaustiva investigación, revela la paternidad de aquel lazarillo, criado de muchos amos, y descubre mediante técnicas de análisis estilográfico, (dicciones, expresiones, idiotismos, peculariedades de forma, y el modo de construir la frase) que el autor no es otro que Andrés Laguna medico de cabecera de Carlos V.
    Como converso y criptojudío, no se atrevió a firmar el texto con sus nombres y apellidos. 

    EL LAZARILLO NACIO EN SEGOVIA





     
     
    EL LAZARILLO ERA DE SEGOVIA


     


    Hoy día de san Esteban Protomártir se dio a la estampa mi décimo libro en la Editorial Círculo Rojo, 344 páginas con ilustraciones. Se trata de una verdadera bomba porque hemos encontrado las claves de un enigma. Se consideró a esta genial primicia de la novela picaresca obra de autor anónimo.


    Antonio Parra, sin embargo, ha encontrado quien era el padre de esta novela, lo sacó de la pila al inclusero literario y le dio nombres y apellidos. Lo escribió el médico segoviano "de orina y pulso", así como farmacéutico y filosofo: el doctor Andrés Laguna bajo la protección de un Mendoza que acogía en su casa a los conversos. El Lazarillo fue escrito en Roma donde Laguna ejerció como médico del papa y veedor del concilio de Trento. Existe una gran similitud de estilo entre el Lazarillo y otras obras del humanista segoviano.


    El precio son 20€ y se podrá adquirir en la Librería Cervantes de Segovia así como en "Punto y Hora" de la misma localidad o llamando al teléfono 663581941 o enviando un mensaje a bibliopolis@outlook.es. Gastos de envío gratis

    2016-12-06

    LA ORDEN JERONIMA MONASTERIO DEL PARRAL SEGOVIA










    EL PARRAL BALUARTE DE LA ORDEN JERÓNIMA

     

    Llego con la pilas a tope de un lugar en Córdoba que dicen Valparaíso, un monasterio, fundado peñas arriba del palacio de Medina Azahara por jerónimos de Segovia. Me han venido a la memoria recuerdos cuando vagábamos hace muchos años riberas del Eresma Paseo de los Melancólicos, uno de los emplazamientos más románticos de nuestra ciudad cabe los muros del Parral, el convento que instituyera don Juan de Pacheco marqués de Villena que allí está enterrado junto a su mujer doña María de Portocarrero. Íbamos los curillas de entonces a visitar al único monje que quedaba el que reinstauró la comunidad en 1928. Bajábamos a admirar los túmulos de buena labra que presidían las estatuas de las tumbas yacentes.

    Por Semana Sanita el altar mayor aparecía cubierto con un inmenso mural en el que se representaba el calvario y la pasión de Cristo con Segovia al fondo. ¿También los segovianos fuimos los esbirros del Salvador?

     Algunos decían que el alma en pena del marqués de Villena se paseaba por los ánditos de las capillas mientras los monjes cantaban gregoriano. El Parral y Fuencisla fueron escenario de antiguas leyendas.

    La laura está sin acabar—se le terminó al valido de Enrique IV el presupuesto— pero su airoso campanario en la vaguada con los adornos calados de la crestería otorgan un perfil inconfundible al panorama de la ciudad.

    El marqués de Villena (ni palabra mala ni obra) de quien se decía ha sufrido los zarpazos del escarnio de la infamia y la contumelia al igual que el rey Enrique IV.

    Fuera o no alquimista y nigromante y que tuviera al monarca hechizado — hoy diríamos que lo tenía sorbido el seso— el hecho es que don Juan de Pacheco contribuyó a que la corte del último Trastámara en Segovia fuera un emporio de cultura que maravillara a los extranjeros que la visitaran, un lugar de tolerancia y de progreso.

    En este mismo orden de cosas el “quincento” español constituye el triunfo de la iglesia católica como religión de Estado con preeminencia sobre las otras dos religiones monoteístas.

    A esa victoria contribuyeron los conventuales de la OSH, orden que fue aprobada mediante una bula paradójicamente del papa reinante en Aviñón, Benedicto XIII el valenciano Papa Luna sobre cuya figuran los barrotes y cerrojos del calabozo y el destierro de la infamia.

    Sin embargo, el Papa Borja fue un eclesiástico piadoso que pretendía una reforma de la iglesia desde arriba. Y las constituciones jerónimas guardan ese sello anarquista, independiente y creador que caracteriza a los españoles los cuales cuando se meten a frailes gustan también de ir a su aire.

    La orden jerónima inspira sus constituciones en aquel penitente romano de origen dálmata que propone el desierto la abstinencia y la huida del mundanal ruido para estudiar las Escrituras como método de santificación. El triunfo está en la huida y esa renuncia al mundo y sus vanidades nos ponen en camino de la Jerusalén celeste.

    Adopta también algunos principios de la Regla de San Benito “ora et labora” (trabajo manual y súplica incesante) pero añade otro estímulo maravilloso. “Festina lenta” (sin prisa pero sin pausa, hay que ir poco a poco).

    Dentro de este aforismo subyace la tradicional parsimonia del monje jerónimo morador del silencio y de la calma, habito blanco y escapulario pardo, en los labios una sonrisa, cinto de cuero negro porque para subir la montaña hay que atarse los machos —sint lumbini vestir praecinti— el cerquillo y el colodro bien rapado como expresión de su renuncia a lo mundano.

    Ahora a lo que parece se han puesto de moda entre los jóvenes las afeitadas pelambreras jerónimas a lo motilón.

    Otro aspecto destacable era su amor a la liturgia y la recitación de las horas cantadas el día y la noche. Felipe II tan es así que nunca faltaba a los rezos en San Lorenzo y si, por casualidad, alguno de los chantres se equivocaba o se comía un versículo —cuenta la tradición—, mandaba repetir todo el salterio.

    Fueron los jerónimos los monjes de los Reyes Católicos (fray Hernando de Talavera el piadoso confesor de Isabel) los que construyeron el Escorial, los que en Yuste rodearon al emperador en su lecho de muerte. Los primeros que fueron enviados a las Indias con Colón, luego los encomenderos los sustituyeron por franciscanos y dominicos.

    El monasterio del Parral se constituyó poco después del de Lupiana Guadalajara epicentro de la Orden y Alma Mater, al cabo de su aprobación por el Papa Luna y cobra auge durante los reinados de Juan II y de Enrique IV llegando a ser una institución tan poderosa, merced a las encomiendas y donativos, que se decía que una ardilla podía atravesar la península ibérica e ir de Valencia a Lisboa saltando de un árbol a otro sin salirse de las propiedades de la OSH.

    Al igual que los fundos cistercienses estos conventos de clausura son establecidos en lugares apartados a la vera de los ríos y cerca de los montes donde sonríe la naturaleza y están todos ellos dedicados a la Virgen.

    Así: santa María del Parral, Nuestra Señora de los Ángeles en Javea, santa María de Lupiana etc.

    Actualmente, los jerónimos adolecen de las mismas carencias que afligen a la iglesia latina; la principal: falta de vocaciones por lo que algunos de sus monasterios tuvieron que cerrar o agruparse. Ese parece el designio de los tiempos.

    Sin embargo la impase parece coyuntural no estructural y hasta me aventuro a formular una profecía: en un futuro no lejano los claustros volverán a colmarse de novicios y que Dios me oiga. En el monacato está la vida perfecta. Nosce te ipsum