miércoles, 28 de diciembre de 2016


LA TELEVISIÓN LLEGÓ A SEGOVIA E INVENTARON EL GAS BUTANO (reflexión en la tarde de San Silvestre)

 

Aquellas navidades de 1956 fueron especiales. Las recuerdo como si fuese ahora. han pasado sesenta años. Aparecieron unos alambres muy raros en lo alto de los tejados cuatro barras horizontales que parecían tendederos de ropa, de los que colgaba un alambre conectado a unas jarrillas. Eolo los zurraba de lo lindo, mas no se desplomaban. Seguían ahí enhiestos, haciendo posible el milagro de las 625 líneas para un mundo que vivía todavía en blanco y negro. Se trataba, claro está, de uno de los dos inventos que cambiarían la vida en Segovia y en España entera, el modo de ser y de pensar de la gente. Encarnarían la rebelión de las masas de las profecías de don José Ortega y Gasset.

El otro sería el gas butano, las cocinillas camping que echarían a nuestras abuelas del llar, de la cocina de carbón y el horno de leña. Después llegarían la lavadora, el 600D, el tocadiscos, el ordenador, el veraneo en la costa, y todos esos adminículos de la sociedad de consumo, los cuales, de consuno, determinaron una revolución social en todas las esferas. Sin animo misoneísta y de ir contra el espíritu de los tiempos nuevos, en lo que ganamos también perdimos porque se acabaron aquellas veladas del invierno, aquellos jolgorios y reuniones vecinales, aquel amor, aquellas risas de las noches de filandón al calor de la “gloria” o hipocausto, un invento que trajeron a Castilla los romanos. Era la “vela” — desde los Santos hasta las Candelas— cuando se contaban cuentos y consejas, se cantaban villancicos y jugábamos a las Siete y Media, el Se Cansa, a coger el Polvorón, la Malla o el juego de las prendas.

Los muchachos nos calentábamos en la portada jugando al Zorro Pico Zaina a fuerza de morradas y empellones. Era una juego para conjurar el frío de nuestros cuerpos y curar sabañones a lo bestia estacazo y tente tieso. Todo aquello se acabó.

Los segovianos de ahora se desparraman en el sofá frente al televisor contemplando aburridos o crispados el chismorreo político de las tertulias o las noticias insustanciales de los nuevos ecos de sociedad.

Sólo aquellas familias con posibles pudieron adquirir algún receptor telefunken que costaban un ojo de la cara y son piezas de museo tecnología de los dinosaurios pero que invitaban los vecinos, amablemente, a pasar a ver aquellas galas del sábado y los concursos en los cuales Laura Valenzuela y José Luis Peker estaban inmensos, o las noticias del telediario que daban al alimón David Cuero y Jesús Álvarez o el gran locutor segoviano Santiago Vázquez.

En Segovia empezaron a captar la señal de la antena situada en la cumbre de la Bola del Mundo siete u ocho aparatos.

Uno de ellos era el don Nicomedes García el millonario (su fabrica adinerada perfumaba los contornos del barrio de la Estación con los aromas del licor anisado) y otro el del magistral de la catedral don Bienvenido López Bayón al que yo ayudaba a misa en San José Obrero. Era un sacerdote muy austero y de santidad de vida, pero al cual le gustaba modernizarse con los nuevos descubrimientos de la ciencia.

Tocaba la batería y el acordeón eléctrico y bajaba a dar sus clases al seminario en Vespa una de las primeras motocicletas que hubo en la ciudad.

Cura bondadoso, instigaba a las familias del barrio de San José Obrero a que pasasen a ver la tele. Él junto con don Efrén Lobo, su coadjutor, instalaron el primer teleclub en los bajos de la parroquia.

Recuerdo aquella noche de san Silvestre de 1956. Subimos a casa del canónigo y en el rellano de la escalera estaba un señor de Frumales dando voces.

Era el abuelo de don Bienve. No quería estarse en la salita donde daban un programa de variedades porque le parecía que aquel artilugio donde las imágenes hablaban y se movían era diabólico.

—Huele a azufre, Bienve. Satanás anda metido en esa caja. Te lo digo que esto me apesta a chamusquina yo por ahí no paso.

—Abuelo, no es para ponerse así. Es la vida moderna.

Esto diciendo y algo amoscado con su nieto se caló la visera de labrantín y se fue al hogar de jubilados a tomarse un chato.

No hubo manera de reconciliarlo con la vida moderna. Moriría al poco tiempo el señor Baldomero a punto de cumplir cien años.

Todos ellos ya fallecieron; amigos míos y de mi familia: el magistral Bienvenido, el presbítero Efrén, Jovita, su madre, el señor Baldomero, mi madre Juanita y mi padre Silvino.

A todos ellos recuerdo en esta melancólica tarde de san Silvestre entre los clamores y la alegría hueca de la Noche Vieja cuando la gente se desmelena y se descorchan tantas botellas.

¿Estarán todos ellos viendo Galas del Sábado desde el cielo?

Hoy el sistema Pal ha sustituido al UHF de las 625 líneas y los televisores son de plasma y no aquellas misteriosas pantallas de cristal gris empotradas en un mueble de caoba. En parte las conjeturas del abuelo del magistral que olía el azufre satánico de la caja tonta no fuesen cabales del todo.

Sin embargo el buen labrantín de Frumales, oliéndose la tostada, tuvo el presentimiento de que estaba llegando la venida de un mundo global, muy diferente al que él vivió, manipulado por la gran teología de los bits y bites de Internet y de las ondas hertzianas, tributo del Zeitgeist.

En la vida nueva no cabe pensar cada uno por su cuenta. Hay que estar en la onda y sumarse a la plebe y al mogollón. De lo contrario, serás señalado con el dedo.

 

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