sábado, 22 de octubre de 2016

capitulo de mi libro picaresco en preparación


Segovia blasones y talegas

 

La llamaban la ciudad de los caciques y la de los sacristanes bien torreada de almenas cada mochuelo en su olivo las parroquias el sacramento ciudad devota donde las hayas donde convergen las tres culturas judíos moros y cristianos acaso por la combinación de esa amalgama seamos un pueblo difícil muy dado a la envidia y la murmuración pero todos buenísimas personas. Acá hubo conllevancia dentro de lo que cabe viviendo todos juntos pero no revueltos. La risa iba por barrios y por catorcena. El cabildo era riquísimo en rentas y bienes inmuebles pero los canónigos pobres con unas anatas que llegaban a treinta mil fanegas al año. Detrás de la sacristía cada una de las catorce parroquias tenía su granero, cilla o alfolí.

El ama del cura cocía cada quince días y de esta cocedura se suministraban bodigos, a los más necesitados. Nunca faltaba pan entre los diez mil vecinos censados a comienzos del siglo XVI cuando a causa de la industria textil fulguraba. Años más tarde, por la competencia de la lana inglesa y de las pañerías de Flandes, el esplendor pañero sucumbe.

Los Fernández Laguna debieron de formar parte de una de las familias de conversos más poderosas, residentes en el aristocrático sector de san Miguel. Acababan de comenzarse las obras de la catedral —durarían casi dos siglos—nueva. La vieja había sido volada durante la guerra de las Comunidades. Renteros, banqueros, agiotistas, gente de Iglesia, monopoliza la punta de diamante de la pirámide social. Abajo quedan los pecheros, los hortelanos moriscos, de las huertas del Clamores que cultivaban en tablares las mejores escarolas del universo, los albañiles del arrabal de San Lorenzo que esgrafían paramentos, los esquiladores cristianos de Zamarramala, los plateros judíos que se apiñaban en modestas casuchas junto a la puerta de San Andrés la parte del Rastro y del salón al pie de su Sinagoga mayor. Estamos hablando de un ambiente ecléctico. El gremio mayor era el tejedor que se agrupaba en diferentes oficios con arreglo a las distintas funciones: cardar, apartar, tundir, perchar y, por último, el tinte. A los percheleros a los que se encomendaban la labor más penosa se les llamaba perailes. Algunos emigraron a Málaga y fundaron un barrio picaresco porque el género nació en Segovia que llaman el Perchel y perchelera es la Campos. Aguas arriba del Eresma, estaban los batanes. Yo he conocido la última fábrica donde se tejía el veintidoseno la pana de lana de oveja merina y el famoso limiste segoviano en el Espolón.

El textil subsidiaba otros sectores como el del acarreo: arrieros, gabarreros, esquiladores, aguadores, atahoneros, zurcidores, caleseros, trajinantes, vientreros y tripicalleros, jalmeros y, particularmente, mesoneros. Segovia —le cuadra el verso de Góngora a "Córdoba ciudad bravía más de mil tabernas y una sola librería", aquí no lee ni dios— fue famosa por sus figones como el del Vizcaíno. O el de Averías donde recalaban mozos de cuerda en la calle San Francisco.

El pícaro tiene como parte jactanciosa de su psicología el ser compadre de todos y amigo de ninguno. Vivir y beber derrotar por las tascas, convidar, aparentar lo que no es: que se es rico, sin blanca. Ha de emular, simular y disimular. Ha de fingir que tiene alcurnia de cristiano viejo acudiendo a misas novenas triduos y todas las procesiones, colgar jamones del corredor de su casa. Su vida está en la calle y su honra al retortero.

Ese esfuerzo integrador por asimilarse por aparentar ha sellado la personalidad de las gentes de esta región. No son profetas en su tierra. Dan más juego en el extranjero. Laguna siempre nostálgico de la primavera segoviana—su pueblo le vendría estrecho—, sin embargo, hubiera sido incapaz de vivir en un lugar de casas torreadas (a los castellanos les define más que a los ingleses el dicho de "my home is my castle"[1] donde se atrincheran, no suelen invitar a nadie, les cuesta presentar a la esposa tal vez por reminiscencias árabes); en Segovia todos se encastillan y eran frecuentes las rivalidades: duelo a muerte por cualquier afrenta, una mujer, o un cipo. Esta psicología de espadachines viaja hacia el Nuevo Mundo dentro del morral de los conquistadores. Quienes eran benignos con el indígena pero que se mataban unos a otros entre sí. Acarreadores y caciques y maestrillos catalinos, hijos de la piedra hideputa, quítate tú, que me pongo yo. Ambiente opresivo de ciudad levítica. Eso es lo peor de un sin vivir de ambiente tan sobrecargado de viejos rencores. Lo explica muy bien Unamuno.

Pese a todo aquí se pisan los mejores caldos del mundo y se bebe el mejor vino de la ribera. Entender a la Villa y Tierra es derrotar por sus tabernas, sentarse en el poyo de piedra de las bodegas a la sombra de un almendro, charlar con un pariente y gozar del privilegio de "vieda" en virtud del cual no se podía entrar en la ciudad ni una cuba de clarete importado forastero hasta que no se acabase el autóctono. Los caldos que no fuesen municipales tenían que pagar portazgo.

En el catastro del Marqués de la Ensenada se computan cuatro chigres de vino bueno y cuarenta del malo u ordinario. Tenían por costumbres los bodegoneros bautizar las frascas y eso le ponía a don Francisco de Quevedo de los nervios. Cantineros moriscos, ladrones, les llama. No por Mahoma ni por racismo o porque fueran herejes —por nuestras venas corre sangre morisca— sino más bien por eso: por cometer el sacrilegio de aguar el vino.

Ni Cervantes ni Quevedo hacen buenas migas con los moriscos. Iglesias había tantas como figones. He aquí el listado cada una de ellas con su clerecía y su sacristanía porque ya lo venimos diciendo en Segovia mandan mucho los sacristanes que llamamos catalinos. Iglesia Mayor, san Miguel, san Facundo, san Andrés, san Quirce, san Sebastián, san Esteban, Trinidad, san Nicolás, san Pedro ad Vincula, san Martín, san Román, san Pablo, san Juan de los Caballeros, santa Coloma, san Millán, san Clemente, santa Eulalia, santo Tomás, San Lorenzo, san Justo y Pastor, san Salvador, san Marcos y la capilla de santa Ana. Y había veintiún conventos de frailes monjas y canónigos regulares. Sitios abondo para orar no faltan. El que en Segovia no reza es porque no quiere. Y nueve hospitales. El de la Misericordia para pobres. Sancti Spiritus de san Juan de Dios para enfermos de las bubas —dar sudores a los pobres que lo necesitan—. El de convalecientes. El de san Antonio de Padua de Peregrinos—la ruta jacobea que partía de Cartagena se situaba en el comedio de distancia entre el punto de origen y Compostela—. El de la Encarnación monjas de Santa Isabel para pobres vergonzantes. El de Viejos al que iban los mayores de sesenta años. Hospital de la Refitolería que acogía a expósitos hijos de padre desconocido y madres solteras. San Juan De Dios para sarnosos. El de san Antonio Abad para enfermos de fuego sacro. Hasta en el título que concede a sus hospitales Segovia conserva ese aire retozón, juguetón y bromista, ese lebeche revoltoso y con mala leche que surge del aduar del Azoguejo para dar vida a la novela picaresca. Son los pasacalles y arreboladas que cantaban Agapito Marazuela y el Tío Tocino, zurrando la caja. "Vengo de moler morena de los molinos de abajo duermo con la molinera no me cobra la maquila... no me cobra su trabajo, que vengo de moler, morena". Amor a la vida y terror al hambre, la peste, y la guerra y la muerte—terror a los domines de la inquisición— es el ideario de la novela picaresca que movió al doctor Laguna a mojar la pluma, para contar el dintorno de su existencia errante, con tanta solercia y discreción, igual en los tratados de medicina que en sus libros de solaz y divertimento.

Cuna de la novela picaresca es Segovia. El viento de lebeche burlón sopla con sorna sobre nuestro sombrero hasta el punto de que con frecuencia se nos vuela la pañosa.                                         




[1] mi casa es mi castillo

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