domingo, 13 de noviembre de 2016

CUERDA DE PRESO LIBRO DE RUTA DE LA GC


TOMÁS SALVADOR, RAPSODA EN PROSA DE LA  GUARDIA CIVIL
 
 
 
Cuerda de Presos, fechada entre los meses de marzo a junio de 1953, es una de las grandes obras de imaginación que se editan en la postguerra. Un verdadero poema en prosa, análisis psicológico que revela grandes conocimientos del alma humana por parte del autor, y un homenaje a los abnegados hombres, escogidos entre los más selectos  del pueblo llano que integran la Benemérita. Además de un canto a España en el paisaje de la solana de las montañas cantabro-astúricas.
El argumento se basa en la conducción o cuerda de un preso que realizan pocos años después de ser fundado el Instituto desde la localidad de Villablino en la raya del Bierzo hasta Vitoria, donde es reclamado el interfecto por una serie de asesinatos ocurridos en la región alavesa entre 1872 y el 76.  Los representantes de la ley poderosa, carretera y manta camino adelante, la pareja de tricornios que han servido a muchos amos llevando a un preso por los caminos, un preso que suscita la compasión de la gente que mira el cuadro. Las leyes por lo general no hacen felices a la gente humilde. Pedroso el guardia viejo prefiere dar un rodeo a los núcleos de población importante. Son tres personajes cada uno con su psicología a cuyo andar retumban los pensamientos. Garayo (tú no vas a ningún baile) un viejo asesino en serie que siente una inclinación irracional hacia las mujeres fue un niño infeliz y triste allá en Salvatierra que ayudaba a misa al cura y se sabía de memoria el “yo pecador” en latín. Impresionante la escena cuando un párroco de aldea le sale al encuentro y el Sacamantecas recita el “confiteor”. Las leyes son impuestas por el poderoso y las cargas son desiguales. Una justicia para todos es una utopía, asevera el gran escritor palentino. Sobre todo en lugares apartados, los viejos burgos podridos manejados por caciques, usureros, muñidores electorales y rabadanes enriquecidos. “Cuerda de presos” destila una melancólica sabiduría cervantina y un estilo brillante, eficaz, que proclama a este libro uno de los grandes puntales de la novela psicológica del siglo XX. Es también literatura carcelaria, se analiza la vida y milagros de un criminal peligroso desde la compasión y desde un punto de vista humanitario. “un preso en manos de la guardia civil puede ser un asesino pero también puede ser un muchacho que no quiso servir al rey o un mendigo muerto de hambre. No lleva en la cara la marca del delito y la GC no puede condescender a explicar su conducta. Debe mantenerse erguida, digna, indiferente, inflexible como un roble… a mí me han llegado a apedrear, dijo Pedroso, y conducíamos a un parricida… así es la vida, Silvestre, asquerosa. Y la culpa la tienen los políticos” En la actualidad cuando los picoletos nos brean a multas y son los ejecutores policíacos de gobiernos corruptos, amen de “demócratas” y este avasallamiento que se hace con los de abajo, por ese prurito recaudatorio, dejando a los de arriba marchar de rositas, estas sentencias escritas hace algo más de sesenta años cobran relieve profético.  Triste destino el de la guardia civil por el invierno de paño y por el verano de dril. Servicio de carreteras, escolta de trenes, conducción de presos. Por el campo, agua, sol y viento. El tricornio te derrite los sesos, las polainas te cuecen los pies.
Los dos números del comando son Serapio Pedroso Bujá, ya veterano y con muchos años de servicio, que corresponden a bastantes leguas de andadura, y muchos soles y muchos hielos en la hoja de servicio, peinando los caminos y Silvestre Abuín Corvino, bisoño y recién ingresado en el cuerpo.
Ambos adscritos al puesto de línea de Murias, en la primera compañía de la comandancia de Villablino, han de realizar esta misión de conducir al preso Garayo a manos del juez. Se trataba nada menos que del Sacamantecas, famoso asesino en serie, como va dicho.
Para los dos guardias civiles es un servicio más en medio de las dificultades y aperreo de la andadura. Para el penado un paseo hasta la horca. Su captura en tierras gallegas había significado para el pobre Garayo, una mente morbosa y enferma, niño maltratado por su madre y que tenía dificultades en su relación con las mujeres, un paseo hasta la horca. Un viaje de despedida. Garayo tú no vas a ningún baile, el guardia viejo le había dicho


Durante el viaje duradero once días justos el lector convive con las particularidades y manías de unos guardias civiles retratados al natural y acaba por  entender el por qué custodios y custodiados llegan a comprenderse y hasta tenerse simpatía, aunque el conducido sea un criminal que tuvo atemorizado en su día a todo el Condado de Treviño, sin menoscabo de las obligaciones del servicio y de los planes que urde el convicto para escapar.
Una noche en Cistierna aprovechando el pervigilio y la fatiga de sus vigilantes lo intenta pero su conato de fuga es abortado a culatazos. A partir de ahí, ya es un hombre vencido que marcha con la cabeza hundida entre los hombros, los brazos péndulos, los codos trabados y el gesto sumiso. Ha de caminar siempre delante:
-No vayas tan deprisa, Garayo que no vas a ningún baile.
-Sí, señor guardia.
Esta corriente de simpatía es algo más que el síndrome de Estocolmo. Tomás Salvador que ha realizado un buen trabajo de campo y que con pluma maravillosa describe las vicisitudes de estas andanzas por el antiguo Reino de León bucea en la pisque profunda del criminal donde hay un alma dulce y desdoblada por la violencia de unos instintos asesinos que el Sacamantecas no puede controlar. Es el sexo y sus perversiones lo que le va a deparar la horca Es como el dispositivo de un resorte.  Cuando ve una mujer, en desquite de algún agravio inferido allá en la infancia o váyase a saber, se acerca a ella con las peores intenciones. Unas lavanderas de cháchara alborozada que lavan  pañales de sus críos a la vera del río Torío en viendolo se echan a correr o lo acantean:
-Señor guardia, cómo me ha mirado ese tío
Fue  el de este pobre alavés un caso parecido al del famoso Destripador de Londres y de muchos otros violadores a los que su personalidad depara la corbata de hierro. Aquí se demuestra que son víctimas ellos mismos de una mala inclinación que no es otro cosa que una enfermedad mental.
Las ideas fijas, las fobias, las obsesiones que asedian su imaginación definen a Garayo como un psicópata. El libro es un tratado de metodología carcelaria y, amen de eso, bueno para saber geografía u ensanchar conocimientos.
Serapio Pedroso se nos muestra como un arquetípico civilón del XIX: duro de pelar, que no ha de bajar nunca la guardia. Con la disciplina, el uniforme, el libro de firmas, y los registros y partes de novedad. Cuando se brinda la ocasión, trata de leerle la cartilla a su compañero Silvestre al que aquel servicio arranca de los brazos de su novia gallega. A la par se sirve darle algunos consejos:
-Las mujeres son como Dios quiere que fuera. No hay por qué estrujarse los sesos.


La tercerola pesa lo suyo, seis kilos, y el uniforme te hace ser austero y concebir la vida de otra manera. No es tampoco granjería el destino de la cónyuge de cualquier miembro de la Benemérita. Siempre con los bártulos de un lado para otro y viviendo sin comodidad pero en la camaradería de las casas cuartel.  Compartían con sus maridos un magro pasar y una existencia de penurias y de sacrificios.
El servicio es el servicio. Y la pareja lo realiza en jornadas de treinta kilómetros, a veces un poco más, siempre y cuando no protesten demasiado los tobillos. Una conducción era de los de más responsabilidad y compromiso campo a través. Arriesgado porque el agro español era avispero de bandidos. La comitiva tenía que bordear los pueblos y evitar las ciudades. La vista de los reclusos inspiraba en los lugareños piedad mientras para los guardias que los llevaban esposados con las manos a la espalda eran objeto de mofas e invectivas, cuando no  eran recibidos a tiros. Dura lex sed lex y la Benemérita siempre representó en este país al brazo armado de los poderosos. Hubo de servir a muchos amos y gobiernos de todos los colores. Así fue desde su fundación con Isabel II y ¿será con Felipe VI? Actualmente las cosas no llevan buen camino. Late una animosidad ferviente contra los de arriba por los de abajo los eternos humillados y ofendidos. Nos frien a multas. A pesar de todo el instituto armado sigue siendo el organismo funcionario de más prestigio.
No se trataba de un cometido fácil. Los números habían de caminar con la tercerola al hombro. Hay un cuadro de Fortuny que revela lo dramático de la escena de estas conducciones cuando los presidiarios habían de ser arrancados materialmente de las manos de sus mujeres e hijos.
Los haberes y gratificaciones por este concepto eran de unos céntimos por lo que los celosos y beneméritos funcionarios  tenían que compartir el pan duro, la cebolla y algún tarugo de queso con los conducidos. El mismo agua, el mismo sol.  Era igual el cansancio. Al término de cada marcha que debía ser efectuada bajo luz cenital, nunca de noche, los tricornios de capas negras y correajes amarillos deberían hacer entrega del prisionero a la autoridad competente, que lo encaminaba al calabozo. Ellos pernoctaban en la casa cuartel, si lo había. Si no, en la posada.
Hay sociología, geografía y lírica en estas páginas.  En las que se deslía una verdadera poesía a la sierra del Bierzo y al río Duero de aguas claras y molineras que en la provincia de León se hace guerrero y prevenido en frontera. Pero sobre todo, Tomás Salvador exhibe una caudal de conocimientos sobre la historia de aquellas tierras a las que ama.
Era hijo de un hijo del Cuerpo. Había nacido en Villada (Palencia) y a la legua se nota que llevaba a la Guardia Civil en los tuétanos. Y esto determina que en su pluma impasible no anide jamás el resentimiento. Los civiles conocen a España y España les conoce a ellos. Esta índole de conocimientos les permite fijar el fiel de la balanza en un término medio. Ni el entusiasmo delirante. Ni el pesimismo a ultranza. Su política es, siempre que se pueda, pasar de largo y dejar las cosas a su aire. En aras del bien común conviene hacer la vista gorda. Paso corto vista larga y ojo al cristo que es de plata.


Sin embargo resulta difícil no dejarse llevar por la emoción cuando la pluma de Tomás se mete en el alma de sus tres andariegos personajes: don Quijote y Sancho detrás de la sombra de un hombre arrepentido y vencido, pero con el mosquetón al hombro. Por si acaso, a sabiendas de que a la pareja en el descampado siempre puede aparecersele un delincuente. ¡Cuántos de sus abnegados números impunemente perdieron la vida en emboscada al ser sorprendidos por salteadores que acechaban con su naranjero o los retacos metidos entre la faja, detrás de una peña o a la salida de una cárcava!
Por eso mismo, conviene cabalgar con tiento. Paso corto y vista larga. Y ojo al cristo que es de plata. Es añadido de algunos para cuadrar la máxima. En Andalucía dado lo quebrado de su geografía y para hacer frente al bandolerismo de Sierra Morena iba montada. Se les llamaba “los de a caballo”. Nutrían sus escuadrones contingentes jinetes bien apercibidos en la monta de caballos árabes.
Años adelante, la Guardia Civil se haría de infantería. El atuendo típico: borceguíes o piales, rara vez almadreñas, leguis o polainas, guerrera verde y pantalón de tela del mismo color, una escárcela para los partes de ruta y hoja de servicio, que también hacía las veces de morral para guardar el vino y una botija de agua (se les prohibía el vino cuando salían de correría), cartucheras de cuero, camisa de hilo, capote azul marino con forros y vueltas rojas sobre correaje amarillo, tricornio forrado de tela, mosquetón y machete a la cintura. En traje de gala, tan apuesto y donde los sastres se esmeraron por realzar la hombría de bien y la belleza varonil, el calzón es blanco y el tricornio va adornado con lengüetas gallonadas. Y una manta de Palencia para combatir los relentes que se solían terciar  como todos los soldaditos. Era el uniforme acostumbrado de la infantería española que se inspiraba en el ejército napoleónico.
“Es bueno andar.-escribe- el alma parece que se libera y deja de sentir las pesadumbres del infortunio”. Soldados de patrulla, peatones del bien común, fuerza armada que vela por la paz, y que ha servido a muchos amos por poca paga y dedicación constante.  Guardias que conocen la sed, el polvo y las incomodidades de la inclemencia meteorológica, pero siempre en su puesto. Sin despear. Sin derecho a la protesta. Su perfil se hace familiar apareciendo por la cintura del horizonte allá a lo lejos o de sorpresa al revolver de una garganta, surgiendo de una loma o alzando sus siluetas inconfundibles por el fondo de un barranco.
Son la sombra misma de Juan Español.
Carretera y manta. Paso corto y vista larga. Los civiles  han por norma no murmurar unos de otros ni hablar mal del compañero. El Duque de Ahumada pensaba que la política era un mal necesario, menester al cual se dedicaban los más serviles. Aunque era consciente de que tenía que rendirles vasallaje en aras de la lealtad a la patria y su vocación de servicio.


Serapio y Silvestre hacían las rutas de las viejas legiones romanas, dejando a un lado la Ruta de la Plata, se desvían hacia Ciestierna por el Itinerario de Antonino. Siete leguas por día como mucho. Es un viaje lleno de aventuras novelescas y de vicisitudes varias que dan lugar a que el autor se luzca al describir sobre el mapa las costumbres, tradiciones e idiosincrasias de esta parte septentrional del Reino de León que él conocía bien. “La Cuerda” es a la vez un libro de viajes al uso de aquellos años de comienzo de la década que marca los comedios del siglo XX: “Judíos, Moros y Cristianos” y “Viaje a la Alcarria” de Cela, “Pata de Palo”, de Bartolomé Soler, o “Viaje al sol” de enrique Llovet que recorre la Mancha hasta las estrivaciones de Sierra Morena en una vespa, primorosas narraciones de andar y ver, pero, como novela la del Sordo de Villada parece que aventaja a las demás.
Por el camino el uno al otro hablan de sus cosas o se cuentan historias como los viejos peregrinos. El libro en cuestión tiene algo de novela de caballerías y de “morality”. Para entretener la caminata el guardia Pedroso draga sus recuerdos. En estos apólogos quien más sale a relucir es su abuelo, “un arriero muy listo cuando estaba sereno, pero muy poco cuando había bebido más de la cuenta”. Anotan toda la vida que les sale al encuentro. Por ejemplo, es memorable la entrada de un convoy de ferrocarril que entra en el andén de La Robla un amanecer de octubre o la descripción de la fiesta de san Froilán patrón del reino leonés en el Boñar. Los juegos de bolos y el chito o las peleas de aluche. Y la descripción de un cantamisa en la localidad maragata un verdadero tour de force narrativo.
Al llegar a Villadiego Tomás Salvador nos ilustra sobre una cuestión de filosofía histórica y nos refiere cómo a los judíos nadie les quería por la usura y los continuos desmanes que su presencia ocasionaba en las ciudades. Los bandos de Pedro I fueron los síntomas de un primer  alzamiento  sionista contra los cristianos. El pueblo pronto les escogió como culpables de sus males. La corona de  Castilla hubo de intervenir poniendo a las aljamas bajo jurisdicción real.
Fernando III otorga una premática en virtud de la cual todos los judíos podrían acogerse a sagrado en la iglesia de san Lorenzo de aquella villa. De ahí viene la famosa frase de “tomar las de Villadiego”.
Uno corre el peligro de perderse en soliloquios extasiado ante la insólita maestría de esta obra al seguir los pasos de estos tres seres humanos. Un criminal camino del patíbulo y sus vigilantes. Tres hombres que dan pasos por el sendero. Con ellos aprende a resguardarse del frío y del calor, a aguantar la fatiga y el hambre. Fijándose en la estrella Polar emprende el derrotero del norte. En Villalón se inicia en los secretos de la fabricación quesera. Que por cierto el cuajo que se derrama por las cinchas le vale al guardia Pedroso para alivio de su conjuntivitis. “Cerca de Poza de la Sal - el pueblo de Rodríguez de la Fuente- la vista le empezó a dar guerra. Parecía tener arena en los ojos”. Una buena mujer le saca una tarriza llena de cuajada y con ella se unta los ojos enfermos. “Ya no tendrá que pedir la baja”.
En lo alto de la torre de la iglesia de Mora dos cigüeñas parecen estar jurándose amor eterno mientras que con las dos tarreñas de su prolongado pico machacan el ajo. Es otoño pero por las noches en el campo se escucha aun, machacona, la estridulación de los grillos. Unos arrieros, ahítos de vino, discuten a la vera de un camino. Han desenganchado y sus monturas descansan y rumian al pie de los brancales de un carro. Pero al ver venir los guardias cesan al punto la riña y se quitan las boinas con respeto.


-Buenas tardes y menos voces. ¿Adónde se camina?
-A tierra Gordaliza del Pino para lo que quieran ustedes mandar.
-Con Dios.
-Vayan en su compañía, señores civiles.
Poco más adelante, unas lavanderas restriegan su colada a la sombra de un alisal ribera del Órbigo y lanzan miradas subrepticias para Silvestre el guardia joven, pero su compañero profiere un comentario jocoso y aguas que no has de beber dejala correr pero el guardia Silvestre Abuin no puede por menos de sentir saudade de la novia que dejó allá cerca de Ponferrada. El deseo siempre tira. Unos lavancos festejan posar entre los carrizos de un cilanco y luego espantados emprenden un viaje raudo y multitudinario como si fuesen de boda. El preso les mira con envidia y sus acompañantes se hacen a un lado para dejar a las aves pasar.
Erasmo Soria, natural de Salamanca, hablaba en verso y cuidaba de los encuartes o corrales de relevo de la antigua diligencia en la mansión o descanso de la ruta que conectaba en poco menos de 24 horas a Burgos con Bilbao. El trío hace un trayecto corto en este medio de locomoción y se sienten volar. A Pedroso lo encajonan en la rotonda o compartimento vigilando al conducido mientras su camarada trepa a lo alto del pescante con el delantero y el postillón. Se escucha el golpear de la tralla y el bramido de las ruedas, una revolución de flejes y muelles que se disparan hacia adelante y hacia atrás. La diligencia era el último grito de la velocidad. Tomas Salvador hace un nostálgico canto a este carruaje al que por aquellas fechas le quedaba algo más de medio siglo de vida.
Las descripciones que realiza lo mismo que las observación son las de un genio. Lo mismo hay que decir de la acción y el interés que reclama la atención del lector. Todas estas virtudes le confieren el título de novelista mayor de su generación. Dio a la estampa tres obras maestras, tres clásicos, de una tacada: “División 250", una de las mejores historias de la segunda guerra mundial, “Cabo de Vara”, y “Hotel Tánger”. Sus producciones no se parecen ninguna entre sí.  Cultivó no sólo el tema psicológico y la literatura carcelaria sino también obras de ficción y hasta literatura para niños. A Tomás Salvador, al que recuerdo embutido en su camisa azul poco antes de morir, en un reportaje que le hizo Lalo Azcona, con su cara de comisario pachón, no le perdonaron ciertos desvíos de lo que hoy se considera la corrección política aunque no fuese de ningún bando. Él no devolvió la pedrada. Era un guardia civil con un concepto de servicio de Estado. Decepcionado de la política y por los vencedores, colgó la chapa y se dedicó íntegramente a la literatura. No tuvo dificultades para publicar pero nunca ganó dinero. Se ganaba la vida con un quiosco en las Ramblas.


Tenía un concepto humilde de su oficio y en “Cuerda de Presos” llega a aparecer él como uno de los múltiples personajes del retablo según una tradición de colarse de rondón en sus propios libros. Ya lo hicieron Cervantes, Petrarca, Bocaccio y el Dante. Él se convierte en zapatero. Escribir una novela lo comparaba a hacer un par de zapatos.  Un novelista no viene a ser sino un maestro de obra prima, pero, ojo, que él lo bordaba. Abordó, insistimos, todos los géneros desde el infantil hasta el de evasión pasando por el histórico. Con mucho “Cuerda de presos” nos parece su entrega mejor. Labra en él un monumento a la sufrida Benemérita. Escrito con el corazón grande de un buen hijo del cuerpo, el final es enternecedor. Cuando entrega Pedroso a los miñones a su pupilo siente como un cosquilleo en los adentros al tiempo que le entrega todo el tabaco y todas las vituallas que porta en el morral. Siente una pena infinita y demuestra que el Sacamantecas no es más que un pobre diablo. Su obsesión con las mujeres le venía de los malos tratos e inseguridad incoada en las palizas recibidas de mano de su madre, pero el mundo es así. Está mal hecho y hay cosas que no tienen solución. Hay gente que nace para ser carne de presidio y de horca. Gargayo, verbigracia. ¿No habrá un Dios que se apiade? Y si El no se apiada, porque está lejos o demasiado alto, ¿no nos tendremos que apiadar nosotros que también somos victimas y viruleros de grado o a contramano porque la humanidad no cambia? Esa parece ser la tesis de esta pequeña gran obra de arte escrita desde la resignación y majestad cervantina.  

En el camino de vuelta y ya de correría, no de conducción penal, Tomas Salvador sentado en la tajuela de su chiscón de zapatero, los vio pasar. Les dijo adiós con la mano y volvió a su lezna y a su bramante.  Un buen libro se confecciona igual que un par de zapatos a la medida. Con paciencia. Con tesón. Metiendo el tirafondo con maestría. Que ensamblen todas las piezas y que el conjunto ofrezca la impresión de un totum continúum a prueba de tropezones y caladuras.

En estos días críticos de sobresaltos, amenazas y revanchas, cuando suenan clangores de guerra en lontananza, la obra del Sordo de Villada (consecuencia de los estampidos artilleros de cuando estuvo en Rusia en el Voljov) es un referente de perdón y de misericordia cristiana. Pocos han entendido igual que él lo que es un guardia civil ni nos han demostrado a lo largo de toda una saga de historias que nos elevan el animo y nos hacen sentir mejores la grandeza de ser español.  Hoy es un autor olvidado y preterido. Algunos hasta lo llamaron loco. Ni sus propios camaradas lo entendieron. Por impolítico. Sin adscripciones determinadas ni bandos y eso aquí parece que no lo perdonan.

 

 

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