sábado, 5 de marzo de 2016

noches del viejo cafe gijon


Son las navidades, me paso por el Café Gijón. Hay una comida de viejos contertulios (profesores, pintores, periodistas, algún escritor, la mayor parte jubilatas y encuentro a Sagrario compañera de banco en aquella Complutense que entonces llamaban Filosofía, una latinista, una nueva Beatriz Galindo toledana; aquellas mozas que amamos tanto hoy van para abuelas pero se conservan adobadas en esa belleza que dan los libros que son la mejor cosmética del alma, ojos claros y serenos pero la vida pasa y el reloj del Gijón con su sonería de plata sigue cantando implacable en su numerología exacta la frase de tempus fugit, abrígame, reina dentro de tu borsalino de garras, es la hora de dar una conferencia o de ir al teatro) nostalgia y frío todo Madrid ciudad airada y congelada -el viento de Madrid mata a un hombre y no apaga un candil- cuando el personal divagador parece echarse a la calle, con motivo de las fiestas y los pascueros gordos enfundados en sayas todo de blanco y rojo con barrigas artificiales tocan la campana del jingle bells, y se arremolina aledaños de la calle Arenal junto al Disneylandia del Corte Inglés y barzonea por las calles atestadas. Es la cultura del ocio y de las luces de neón, esto es, la modernidad.

 Por Sol no se puede dar un paso. Las loteras en sus sillas de los años cuarenta y tapadas con cien ropones venden el número de la suerte pregonando el "gordo" de mañana. Madrid tiene por estas fechas un aire de manada y por la cañada de la Castellana discurren los rebaños humanos.

El pelo de la dehesa no lo hemos perdido gracias a Dios pese a la globalización, y una copa de ginebra siete pavos no está mal pero el viejo establecimiento me acoge con hospitalidad innata que se dispensa a los náufragos de la letra herida, (previo pago claro está, porque en el Gijón no se fía ya como cuando entonces), y de las canciones que nadie canta, los versos que nadie escribe; siento cierto calor y en sus sillones donde  vuelvo a posar, me refugio del frío de Madrid ciudad helada; el frío peor es el de los huesos del alma.

Me acojo a altana. No soy más que un "irmandiño", un comunero de la palabra, al igual que aquellos herejes que se refugiaban en el sagrado de una iglesia huyendo de los corchetes de la Inquisición. Los mangas verdes acechan por todas partes en esta hora rara de extraño silencio y de aparente libertad.

Por fin, y mira que nos lo temíamos, no cerraron el establecimiento más famoso de Madrid. De momento la alcaidesa Botella, que se parece al de Arrigorriaga pero sin tanta ilustración, no se sale con la suya.

Detrás de las puertas volvederas los poetas podrán seguir haciendo botellón porque este lugar es como mi casa vierte una energía positiva una cierta protección que no sabría explicar pero anduve estos días morriñoso tras releer la gran novela reportaje que el querido Umbral con su garbo inimitable dedica a este Partenón sin cariátides, varadero de ilusiones, fracasos y esperanzas. Y sonreí con melancolía ante la fugacidad de las cosas que tanto nos preocupan y entusiasman.

Hagamos con la letra muerta a la crueldad del destino un corte de manga; sólo perdura la literatura que es el alma de las cosas y tal vez ni eso, quizás porque la literatura tenga que ver tanto con el amor. También con el odio y el esplín, cerezas de una misma banasta. ¿Será verdad aquello de que sólo nos salvarán la poesía y el amor al que cantaron los vates que nos precedieron y se sentaron en estos veladores: García Nieto, Ramón de García Sol, Eladio Cabañero, Luis López Anglada, José Hierro, Pérez Creus, Garcés, Gabriel Celaya, Dámaso Alonso que jamás pagaba un café porque era tan ahorrativo como magistral lírico y tantos y tantos otros cuyos  rostros evoco pero cuyos nombres no acierto a decir ya. Su sombra pasa de vez en cuando por los magníficos espejos al fondo que son el armario donde se guardan nuestros fantasmas.

Paco era un inmortal, un Beaudelaire a la española que espiga en sus rimas y sus prosas las flores del bien y del mal: la vida misma a brochazos como un Picasso al que se le entiende o un genio al estilo de Dalí, al que se entiende más por su caligrafía fina, que sabe distorsionar la realidad sin cargar la suerte ni marchitarla.

 Su pluma es un pincel. Por eso, sus libros son plásticos, entreverados de calle y de clasicismo a la vez. Adalid de la frase corta y contundente, palabras que retumban y sorprenden.  A lo largo de sus páginas (más de cincuenta libros) exhibe una prosopografía exacta, de modo que sus novelas resultan cuadros al temple y a la vez verdaderos tratados de psicología para una sociedad pero también un soñador para un pueblo. ¿Qué se hizo de nuestros sueños, Paco Umbral? Todo aquel embeleso ¿adonde iría a parar? Los libros de Cela son geniales pero diferentes. Cela iba por otro camino. Él era la filigrana literaria. Umbral, el brochazo incontestable.

 Sin saberlo, ni comerlo ni beberlo, era don Francisco Umbral un falangista a la contraria, un niño de derechas jugando a rojo. Fue precisamente el Arriba de Rodrigo Royo el que le abrió sus puertas de la calle Larra y donde comenzó a colaborar, algo imposible a día de hoy si tu apellido no está en la lista del sionismo internacional que arroja a los castizos a las tinieblas exteriores.

 Desde Quevedo nadie había descrito también como son los rostros por fuera y las almas por dentro. Jamás se queda su frase en el sobrehaz del tópico. Umbral calaba.

 La "Noche que llegué al Café Gijón" retrata aquella sociedad del adolescente que fui con sus noches blancas, el anhelo de leer, de comprar libros y de soñar y de aspirar trotando por los caminos de ese Madrid incierto que va desde la plaza Castilla a Bilbao, a las Ventas del Espíritu Santo y de Chamberí a la Arganzuela, como cantaba el cuplé, cuando recalábamos en Chicote admirando pero sin derecho a consumición a aquellos señorones que se llevaban aquellas putas de lujo sentadas a pie de obra luciendo su hermosura a pie de obra, mujeres caras, aquellas mujeres yeguales, de piernas despampanantes y senos exuberantes como la rubia de Almacord de Fellini. Para, después, a la trasera de la moto de un amigo circular por Atocha a toda velocidad bebiendo el viento.

Esta novela es un relato de pensiones de estudiantes melenudos y no del todo amigos del jabón que trataban de abrirse paso en una España que iniciaba la modernización pero sin renunciar a las grandes cosas del pasado. Teníamos el destino en nuestras manos y las contestación a flor de labios porque la réplica al poder aun era posible y no estaba dirigida por el marketing que todo lo controla tanto la revolución como la involución. Hoy ya no. Sociedad del dinero que sólo sabe reír con carcajadas en lata.

 ¿Te acuerdas de cuando entonces, Paco Umbral?

Por las páginas de este libro mágico y fundamental circulan a toda mecha, desparecen, suben y baja, rostros y nombres de gente que conocí: Julián Ayesta, Dolores Medio, Carlos Oroza, Jesús Revuelta, Buero, Fernán Gómez. Los dioses del parnaso a los que desemboza el vallisoletano mostrando la cara oculta para que no parezcan tan dioses

ha de continuar

 

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