CAMÓN
AZNAR AUTOR DE UNA GRAN NOVELA
SOBRE
LA VIDA EN ASTURIAS PASADO EL TERROR DEL AÑO MIL.
Por Antonio Parra Galindo.
Cosa cierta es que los seres
humanos tenemos una querencia espiritual y afinidades misteriosas
que nos conducen por una vereda determinada, por unos derroteros tan
diversos e inextricables como pueden ser la trasmigración de las
almas, las coincidencias en los paisajes, la comunión estética o
la participación en unos mismos afanes políticos. Hay que hablar
de la polaridad, de la atracción de los cuerpos pero también se da
un irrefutable magnetismo entre las almas. Al entrar aquí habría
que explayarse en tratar todos esos vértices esotéricos que no
explican del todo pero que en cierta manera coadyuvan a vislumbrar
algo del misterio del cristianismo, la más verdadera de todas las
creencias y la más perfecta dentro del piélago de dioses falsos a
los que la humanidad adoró siempre.
Se nos ofrece pues una
metempsicosis intelectiva que nos instala en un grupo o en una
capilla específica, pero nuestros maestros, nuestros profesores
marcan las almas. Ellos fueron la antorcha que guía y su voz
resuena en nosotros de por vida porque los ecos de su voz no
conseguirá extinguir la muerte.
Camón Aznar fue profesor mío
de Arte, recuerdo con fruición y embeleso aquellas clases en la
Facultad de Filosofía complutense de ladrillo rojo y de planta
funcional en los inicios de la década prodigiosa de los sesenta. El
aula donde impartía cátedra este aragonés con aires de despiste
nacional daba vistas a la Sierra de Guadarrama so un jardín de
rosales y cedros y la diafanidad toda de Madrid envolviéndonos,
cobija de amor y de sabiduría, esa luz cruda y entusiasmada, aires
cortantes de cuchillo, ese viento de Madrid que mata un hombre y no
apaga un candil que tanto miedo en el cuerpo le metía a Clarín al
que hoy recuerdo a los cien años de su muerte, se nos fue un día
de Corpus de 1901, y un mal aire que se le coló de rondón por la
barriga, un mal aire de Madrid, acaso un berrinche, se lo llevó a
tumba en Oviedo una mañana en que cantaba el raitán en su
pomarada. También Clarín ha sido en literatura mi parangón. Su
prosa calada de belleza encuentra un eco en la de este aragonés
trasmontano y cuya trayectoria vital tanto tiene que ver con
Asturias.
Siempre que bajo a San Martín
poso en la tienda de mi amigo M. Méndez Vigo, el hábil Manolín
con sus manos que todo lo componen y cualquier artilugio reparan,
perito en amistad y sobre todo gran ingeniero del alma, que está
frente por frente de la casona que tenía Camón en ese valle de
Luiña cuyos paisajes saltan a sus páginas porque se enredaron en
sus sueños porque también a él Asturias se le coló de rondón en
el alma con la magia indeleble del “culiebre” y quedó prendido
de la canción de los labios de una xana.
Es una casa de planta moderna
de tres pisos, galerías acristaladas. Palmera real da escolta a su
antojana y de estilo funcional. Cupiera suponer que uno de los
hombres que más sabían de arte románico y mejor lo explicaron
habitase una de aquellas casas blasonadas con portón y estragal,
balcones corridos, hastial de piedra que se dan tanto en el país,
los que describieron nuestros clásicos del XIX. Pero no; prefirió
la modernidad y el confort indiano. Él era un hombre austero y de
costumbres sencillas, adusto en apariencia como su cara. Tenía un
rostro que de tan trágico resultaba lo puramente español y sus
ojos delataban a todas horas embeleso y pasmo. Dicen que uno
continúa vivo hasta que le abandona la capacidad de asombro, el
espíritu de curiosidad y Camón hasta el último huelgo la mantuvo
consigo y nos la comunicaba. Su mirada bajo el arcosolio de aquellas
cejas tan pobladas y negras, palio de curiosidad y de asombro que se
asomaban cada día a un mirador cósmico, estaba siempre como huida
pero atenta siempre denotaba esa sorpresa del que descubre e
investiga, pescador de belleza en ubérrimos caladeros ocultos a la
mayor parte de los mortales. Tenía el alma de llama y las espaldas
algo cargadas del hombre estudioso, luego cuando se le trataba al
viejo profesor larguirucho resultaba un hombre cordial, algo burlón,
daba gusto oírle contar chistes verdes y chascarrillos en la fabla
de Aragón. Se podía explicar al Greco mirando para el profesor
Camón cuando acometía la exégesis del pintor toledano escanciando
imágenes con aquella voz rajada que él tenía y tratando de asir
lo inasible con aquellos dedos lardos como flecha apéndices de sus
manos enormes, casi de cantero medieval con que accionaba durante la
disertación. Algo estevado y con inclinación de hombros. Muchas
horas sobre el pretil de un códice asomado a esos ventanales
panorámicos de los sueños que son los libros. Nos parecía que el
profesor se nos iba por las ramas y que siempre parecía venir a
clase con resaca como flotando entre las gasas de una gran
borrachera mística. Flotando. Eso. Al andar parecía que flotaba él
tan habituado a conversar con los ángeles de piedra y a extasiarse
ante las gárgolas habitando la región de los pináculos cósmicos.
Sin embargo, conocía muy bien la tierra que pisaba. El Camón
íntimo no tenía nada que ver con el Camón oficial, hermeneuta de
los ángeles románicos, artista de la palabra, que parecía recién
caído de un guindo por sus aires despistados y geniales o escapado
de un códice cálamo en ristre.
Había en él como resonancias
magnéticas de un trasmundo inabarcable. Era uno de esos hombres a
los que encontramos por primera vez y su “cara nos suena” acaso
de haberla visto en una existencia anterior. Ese mesmerismo es el
fautor del arte, el que carga la turbina de la cultura puesto que la
cultura se produce por asociación de ideas y es la resultante de un
proceso de bilocación. Dios existe y Cristo está en la historia
pero su santidad y su presencia es otra muy diferente a como nos la
presentan todos aquellos cuyo todo y único afán ha sido apropiarse
de su figura. No conviene darse muchos golpes de pecho ni exclamar
“Señor, Señor”. Los fariseos no entrarán en el reino de los
cielos. En Camón yo llegué a entrever la existencia de un Cristo
que se acercaba a la noción platónica de la divinidad. Todo lo de
acá abajo es un calco imperfecto de la perfección que está
arriba. Pero como Dios no es unívoco y san Anselmo ya lo definió
utilizando un proceso silogístico de exclusión para adecuarlo a
nuestra capacidad precario, como lo que no es, ni mortal ni finito
ni visible, etc., tampoco a Cristo hay que contemplarlo desde un
ángulo unilateral. Por eso hay un Christus “músicus”, un
Christus “praedicator” y otro “praedicatus”, un taumaturgo,
un demiurgo y un reo, un resucitado y un perdedor, el de la
Ascensión y el de la bajada al sepulcro, un sembrador de parábolas
que tuvo que emplearse con el látigo contra la “raza de víboras”
y otro que fue escupido y azotado, un Cristo manso y un Cristo
arquitecto y un Cristo poeta, y otro profeta, pero todos estos
conceptos siendo análogos no son idénticos como tampoco es
unívoco ni equívoco ni idéntico a fuer de universales la idea
mariológica que viene a concretar y completar la visión
cristológica como dos ramas de un mismo árbol, y para entender el
arte y la teología hay que estar acostumbrado a moverse por el
ámbito de la exposición conjunta.
La edad media prefiere
presentarnos al Mesías como el gran triunfador, el Juez grande que
se sienta en la silla de la majestad mientras el barroco se inclina
por el Varón de dolores pronosticado por Isaías (otra versión
diferente del mismo Dios real). La fe tiene sus lados sombríos. Es
una cosmogonía acercándonos a todos estos misterios de lo
trascendente de la gracia santificante. El arte en la medida que
trata de explicar esa tutela sin tregua de la divinidad sobre el
hombre que le sirve de refugio y amparo en su caminar a oscuras por
el mundo de esta forma apoda y acoda a la teología. La existencia
humana viene a ser como una gran romería jacobea del principio a
final. Esta es la idea matriz de esta grandiosa novelita del
profesor Camón Aznar. En vida no fue tan famoso como insigne,
aunque debemos declarar aquí que eso del “famosus” tiene en
Lat. Matiz de deshonra (no van descaminados pues los que usan la
palabra con tanto albedrío), este medievalista de talla cuya obra
poco conocida rinde homenaje al saber en libertad. Personalidad
fascinante algunos de sus artículos de ABC han de considerarse de
florilegio. Yo recuerdo aquella tercera del órgano monárquico -
nada tiene que ver con el monarquita de hoy-de la calle Serrano en
el que escribían mano a mano los Pérez de Ayala con los Azorín,
los González Ruano con los Pío Baroja o el Ortega de la última
época. Firmas triunfales. Festines auténticos de la literatura. La
de Pepe Camón era una estrella con luz propia en aquel firmamento
de estrellas del que sólo nos quedan hoy postes de la luz y
jarrillas, mucha jácara y mucha paja debajo de nombres
promocionados, novelistas de designación reconducidos de lo negro a
lo blanco, ha estallado la bomba de mano de la vulgaridad, sus
libros se nos caen de las manos de tan políticamente correctos como
van. La crítica los acoge con palmas de tango a todos los “hit”
y a todos los “must” que en tongo se deshebran pero hoy la
crítica está reconducida y manipulada por amiguetes a los que las
casas de contratación de la cultura sobornan previamente. Como van
de trapillo a la televisión a comparecer ante el ratón de
bibliotecas emblemático tránsfuga que mira por encima de sus
lentes de inquisidor y detrás del atril de diserto parece una
trinchera a punto de hacer fuego con una de avancarga y luego vaya y
sonría con cara de conejo. Pero estos son los toros que hoy hemos
de lidiar en este coso. No hay más cera de la que arde. Hay que
escribir a cara de perro para hacerle una higa a ese carajo
esperpéntico de lo “deja vu”.
Un crítico era Clarín y un
crítico como Dios manda era don José Camón Aznar. Prosaba con
magnificencia y maneras elegantes de cardenal renacentista, manaba
su palabra por aquel chorro de voz baturra y que luego se
transformaba en melodía cuyos ecos acariciaban los arcos formeros
de un empino de bóveda de cañón. La impostaba porque había algo
en su persona de hierático perfil sedente, la majestad del
pantocrátor. Nadie ha explicado el misterio del arte de Jaca en
sus boceles, impostas, lucernarios, balistarios, ese mundo
fantástico de los bestiarios cincelados sobre la piedra fabulosa
con tanta solercia y cacumen como él. Era un especialista inter
alia en códices medievales. Los beatos iluminados del arte
asturiano nos van a llevar al arte románico que surge como una
agradecimiento arborescente hacia la persona de Cristo cuando pasa
el terror del milenario. Contrariamente a lo que se ha venido
diciendo los capiteles románicos con sus endriagos y harpías,
hipogrifos y dragones alados, reflejan ese amor a la vida en el
reencuentro con la naturaleza.
Hay que
retrotraerse a la mentalidad del año mil. Camón era un
especialista en el siglo XI. El pavor del milenio igualitario lo
refleja en una de las más grandes novelas cortas que se han escrito
en los últimos lustros En la cárcel
del Espíritu. Es la historia de un
monje bávaro que como expiación de un pecado cometido cuya
evolución de psicológico refleja el autor con pluma digna de
Dostoievski - es un pecado contra la fe, la caída en la sima de la
desesperación, la gran aliada de Satanás para penetrar en el
corazón de aquellos a los que quiere perder, desesperación que
define por otra parte a nuestra época- se embarca en una
peregrinación hacia Compostela. No llega a su punto de destino.
Fray Lázaro viene a morir en un albergue u hospital de peregrinos
en Soto de Luiña y que todavía sigue funcionando. Miguel Ángel,
el del bar de la plaza al que llaman el diácono, sigue examinando
credenciales y estampillando avales a los que pernoctan en el
refugio con el mismo rigor y sentido de la hospitalidad cristiana
con que lo hacían aquellos ostiarios de las posadas del Camino
Francés.
El autor parece que tiene
delante el hermoso paisaje de las Luiñas a la hora de escribir el
libro; en los primeros párrafos habla de un “lugar en la llanura,
rodeado de bosques y ceñido por la curva de un río” y trata de
reflejar sin entrar en detalle cómo era la vida de un benedictino
(¿Benitos o monjes blancos? Los benedictinos hacían vida comunal
mientras los bernardos dormían en crujías o dormitorios corridos.
Es el único anacronismo que encuentro en la obra, error mínimo).
He aquí una sala hipóstila.
Los lechos eran esteras, el refectorio alargado con el púlpito
empotrado en el muro. Mística y casta serenidad trasminan las
páginas de “En la cárcel del espíritu”. Es un viaje a un
claustro donde el tiempo se amansa y donde vemos a los pendolistas
de bruces sobre el pupitre del manuscrito en el que laboran con un
pincel en la mano “que cae sobre el pergamino con la levedad del
copo de nieve”. Describe la sala capitular siempre resonante de
discursos y la iglesia como un trasunto de un cielo humano y
dialéctico con arcos que son como respiro de los espacios y
pinturas que concretan los pensamientos inmutables. Es un lugar
habitado por monjes descarnados de grandes ojos redondos que ocupan
un espacio pero que no habitan en el tiempo, esqueletos de
ideaciones apocalípticas. Cada vez que el sol enrojecía las gentes
iban a encontrar refugio a los montes porque detrás de la sombra se
percibía la silueta del dragón, observa el escritor corroborando
al propio tiempo lo siguiente:
“En la crisis milenaria hasta
las iglesias se vaciaron. Cada hombre arrastraba con su sombra su
sepultura. En los monasterios sólo se leía un libro el del
Apocalipsis y la preocupación de los comentaristas consistía en
adatar a su tiempo las páginas descomunales del libro”
Este párrafo tiene hoy plena
vigencia porque otro terror del milenario es el que acabamos de
vivir o estemos acaso viviendo. Camón, que se nos muestra como
eximio novelista, topógrafo del sentir y del latir de una época,
describe a estos frailes que escribían e iluminaban y que parecían
mojar el cálamo en llama y salían del minio colores que eran como
“la cresta de un incendio”, “ojos cuya redondez era la del
mundo abiertos con el espanto del que ha visto morir al universo.
Sus túnicas se doblan con las mismas curvas contraídas de las
hojas secas al quemarse”. Al redactar estos magníficos párrafos
parece que tiene delante la talla de madera del Salvador que se
venera en la catedral de Oviedo mostrando la majestuosa traza de un
atlante que se yergue ante la amenaza apocalíptica y empuña como
un cetro de paz la esfera armilar.
Pero el peligro ha pasado ya,
los curas volvían a aprender latín y las tierras a labrarse, los
antiguos manuscritos a ser copiados. “La pánica alegría de aquel
momento se convirtió en gratitud hacia la divinidad. Un inmenso
amor de redondez panteísta hacia la naturaleza y hacia Dios
impulsaba catedrales y cosechas”. Se vivieron años en definitiva
de exaltación edénica. Lícito es preguntarse si a pesar de todos
los pesimismos no estaremos abocados a una de esas grandes épocas
de la humanidad cuando acabamos de doblar el cabo de los terrores
milenaristas con todo Nostradamus a cuestas, las profecías de
Malaquías y las predicciones de todos los estrelleros y magos de la
New Age que hemos dejado atrás. El mundo, concluye Camón, volvió
a ser de nuevo un paraíso sin serpiente. ¿Se aleja también ahora
la tempestad? ¿ O los horrores que describe Juan- “tomó al
dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y la
encadenó mil años. Cuando hubieren acabado los mil años será
Satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las
naciones”Ap.20-7-8- pertenecen al hic et nunc de nuestra
sangrienta actualidad? El estado emocional del mundo se parece
bastante al de aquel entonces. La clepsidra implacable marca la hora
global: tiempo de la Segunda Venida. Hace mil años los monjes de
las iglesias asturianas le aguardaban encerrados en una celda
construida en lo más alto del templo, en el sobrado mismo a la que
se accedía por una tortuosa escalera de caracol.
Y a veces por una cuerda como
entre los eremitas de la Tebaida, el monte Athos o entre los coptos.
Para bajar había que descolgarse de una cesta. La contemplación
por aquel entonces demandaba estas truculencias del Estilita
encaramado en su columna para no contaminarse, torres de marfil
penitenciales. En Santullano y en Santianes parece ser que quedan
restos de estas cámaras anacoréticas. Era el éxtasis del vigía
que escudriñaba el horizonte desde el campanario pero el Cordero
tardaba en llegar. Oteaba desde las techumbres el monje pero el
Amado se hacía de esperar. A la sazón puede que esta guardia se
monte desde las páginas Web, aunque no hay constancia pero es
suposición plena. Los cistercienses de ahora tienen turbios los
ojos a causa del pervigilio doblado el raquis, difícil será
encontrar a un contemplativo rectas las espaldas. La guardia sigue
en sus diferentes relevos y parece que Dios continúa hablándonos
desde el silencio. Hay quien hace la escucha siguiendo su rastro
desde la garita iluminada. Abajo se condensan las sombras, los
fantasmas nocturnos.
Sabemos que el protagonista era
vástago segundón del señor de Klamheim con feudo sobre el
castillo de Toeltz. Siguiendo la costumbre de la época sobre la
primogenitura ingresó en la abadía. Allí fue feliz fray Lázaro
hasta que el diablo vino a visitarlo atosigándolo con el dogal de
la duda y la desesperación. Sus años de noviciado tuvieron ese
carisma de la ondulación y melisma del canto llano. El cuerpo de
los monjes está hecho para la liturgia, la melodía monódica que
recorre las bóvedas con la elegancia del cisne en el estanque. El
templo románico se convertía en un lago de beatitud donde hasta la
estructura hipóstila desempeñaba una función de alabanza a Dios a
través de la voz humana. Era un discurrir placentero por el perfil
de los días y el turno de las estaciones materia y forma
conjuntadas y sin diferencias entre el alma y el cuerpo. La vida
monástica es una búsqueda de armonía y un anhelo de
contemplación.
Era el cristianismo total a la
sombra del Pantocrátor de la mandorla mística antes de la llegada
de la peste franciscana, el principio del fin, el primer conato de
reforma religiosa que iba a desembocar en las demasías de las
guerras de religión. Era entonces cuando Roma no tenía tanta
importancia pero la cristiandad era más católica, más universal y
más libre. Los ojos se entornaban hacia Jerusalén. “No había
fronteras en la fe ni en los pueblos, ni nacionalismos montaraces,
ni cismas ni herejías”. Por eso viene a concluir el autor: estos
siglos que van desde el terror milenarista marcan el triunfo
verdadero de Cristo. Algo que en la historia no se ha vuelto a
repetir. Todos los que amamos a la grandeza de la Iglesia verdadera
tendremos que suscribir esta hipótesis que Camón aquí describe
maravillosamente. Los tímpanos románicos expresan asimismo esa
idea célica del paraíso impersonal y cósmico, un empeño que sólo
fue posible mediante el rescate de la sangre de Cristo. Es la
ideación pura, el concepto teológico en carne viva lejos de las
vivencias personales. El creyente sentía partícipe de una empresa
total. A Dios no se le puede ver, tampoco se le puede nombrar. Es lo
absoluto e incognoscible. Sin embargo, los que se acercan al arca
santa de tapas nieladas, ese cofre de salvación de la fe en
español, a contemplar esos ojos que acechan y perdonan, ojos del
mundo redondos y opacos y esa sonrisa de la talla tan dulce como
tosca o se prosternan ante el Pórtico de la Gloria consiguen una
visión de ese reino futuro que aguarda a los que perseveran
siquiera sea a través del ojo de cerradura que abren las arcadas
románicas.
El autor va explicando el
proceso con acuidad y pluma veloz a través de una prosa en el que
el castellano recobra todos los honores de lengua espiritual apta
para hablar con Dios y entusiasmarse ante los deliquios de la Virgen
María. Entusiasmo es un endiosamiento y sin entusiasmo no puede
haber cristianismo ni tampoco buena literatura. Es algo que sólo
puede comunicar Dios a través de sus criaturas. Es privilegio del
todo no de la parte y es ahí donde fallan algunos de los novelistas
de aluvión el colmillo retorcido o que andan de medio lado que
escriben en la España de nuestros días sino del todo. Por eso no
lucen aunque traten de encandilarnos con sus mejores galas. Para
sentar plaza de novelista o de crítico lo que hay que hacer es
estar contra lo de entonces. Este sino de los tiempos nos recuerda a
las plagas de Egipto y no queremos esta vez dar nombres. Demasiado
revanchismo. Respiran por la herida. La cicatriz de la derrota les
sigue superando de ahí que sus libros nos hagan recordar a
verdaderos manaderos de pus.
En el estilo
de Camón Aznar pasa lo contrario. Es una novela de tesis que prende
desde el principio. Además, es uno de los cantos más bellos a la
mujer que hayan podido escribirse desde la duda y desde los dolores.
Lázaro viene a coincidir con el dictamen del protagonista del
Nombre de la Rosa
que de la misma manera devino en monje giróvago: los momentos de
felicidad mayor no fueron los del convento ni los del éxtasis
místico sino la noche que pasó en compañía de aquella muchacha a
la que llegó a conocer casualmente. La crisis religiosa que padece
hasta su exclaustración y la posterior condena abacial a hacer la
ruta jacobea que en muchos casos equivalía a la pena de muerte
porque el viaje estaba cargado de peligros y bajo la amenaza del
hambre, la peste y los lobos, es una preparación del camino para
explicar su estado de ánimo.
El detonante de la crisis viene
dado por una experiencia con la que no contaba: la muerte del
maestro de novicios. La visión de su cadáver convulso y
desesperado le hace reaccionar. El preceptor había practicado la
virtud desde que profesó y seguido a rajatabla las constituciones
de san Benito pero en el postrer momento, el definitivo, tuvo un
instante de debilidad, resbaló en la duda presa de terrores
incomprensibles que le acercan a la boca del abismo. La
desesperación es un sentimiento específicamente satánico. Esa
tentación a punto de expirar cuando más aprieta el diablo la
tuvieron muchos santos. No hay nada más allá, el cielo está
vacío; ese viene a ser el argumento. Todos los seres de la creación
tienen un destino trágico, juegan la baza con las cartas marcadas,
de lo que se colige: procede disfrutar aquí todo lo que se pueda
porque si no hay otra vida todo estará permitido en ésta.
San Pablo fue acometido muy
recio por los espasmos de esta duda pero la venció y fue arrebatado
al séptimo cielo del que bajó diciendo que ni el ojo vio ni el
oído oyó lo que es aquello pero la serpiente antigua se atrevió a
plantearle cara al Apóstol de las Gentes. Le llamó exaltado y
lunático utilizando como argumento su gota coral. Parece ser que
Saulo se cayó del caballo en un arrebato epiléptico.
Es una interrogante que parte
las carnes de muchos creyentes y pasa agitándose por los cielos de
la historia. Algunos la llaman el silencio de Dios. No todos
tuvieron el privilegio de ser arrebatados como Pablo de Tarso a las
alturas. Porque vio creyó y esta fe le hace increpar con la
vehemencia que le caracteriza a la muerte preguntando dónde estaba
su victoria y proclamar incluso “culpa feliz” al pecado de Adán
factor desencadenante de la redención. Pero hay que insistir que no
todos gozan del carisma de la claridad de la trasverberación que
arranca las nieblas del error de sus intelectos.
El orante se ofrecen en
oblación y ha de cargar con los delitos y lapsos de los otros. A
veces la cruz resulta demasiado pesada y viene la duda del sepulcro
vacío. He aquí a Lázaro de Kleimheim copista y amanuense de los
libros santos en un monasterio de Alemania sumido en el laberinto.
Siente que el cielo se le viene encima, gime y busca sin hallarla la
salida a la encrucijada. El tiempo de rezos y el duro trabajo
caligráfico que trazaba líneas y colores, rasgos, sobre los
preciosos cantorales, no eran más que un alivio pasajero. Cuando en
las cortas vigilias antes de Maitines sobre la estera o la yacija de
paja que le sirve de lecho en la crujía hipóstila vuelve el gusano
a roer y la tentación por sus fueros. El cielo está vacío y con
la muerte estalla sobre nosotros la nada. Él no resucitó, los
vendajes del sepulcro no eran los suyos y el mito de la resurrección
fue un montaje, la fabricación de unas plañideras histéricas que
estaban enamoradas físicamente del Galileo. Todo es un invento, una
inmensa fábula. Sus torturas y escrúpulos únicamente encontraban
una tregua mediante las manualidades de su absorbente labor de
miniaturista.
El proceso está perfectamente
descrito tanto como el ambiente de la época. La hambruna y la
mortandad de la peste van a ser otro emulsivo del entusiasmo con que
arranca la undécima centuria. La sociedad feudal hace crisis. La
lucha por las indulgencias y las disputas entre trono y altar por la
preponderancia vuelven más duro el panorama. Si existe un Padre
Célico que ordena nuestros destinos y todo lo dispone hacia el bien
para que nos sintamos a gusto y no nos falte de nada ¿por qué
entonces permite el mal y la injusticia, el desamparo? El joven
benedictino se amarga la vida haciéndose una pregunta eterna. Él
pensaba que había un orden en el mundo pero mira alrededor y
comprueba que vive cercado por la desgracia y lo diabólico. Hay un
desfase entre la idea y la materia. Zumba sobre sus oídos el
garrotazo amenazante de la entelequia. La vida del monje se
convierte así en una lucha contra la quimera.
“Los hombres andaban como
cadáveres a pie por los caminos y e las casas no salía humo”.
Esta imagen del hogar frío y la chimenea apagada, el jardín
abandonado y la casa cerrada acentúa la sensación angustiosa de
ciudad desierta y de país despoblado es de entidad apocalíptica
porque nos remite a connotaciones de castigo divino, de manipulación
de la descendencia que es en definitiva un atentado contra las
fuerzas de la vida. Fue el pecado de Sodoma. La Asturias de diez
siglos atrás guarda cierta analogía con la de hoy con un
crecimiento demográfico cero atendiendo la llegada de la alfaida,
la marea humana, de hordas en masa que van a constituir una
sociedad amorfa y desespañolizada y alóctona. Todas esas
contingencias ya se preparan.
Así fue al despertar del
medioevo cuando desde Escandinavia denominada entonces “oficina
gentium” se impulsaría la colonización masiva de Europa sobre
las ruinas del romano imperio. Los bárbaros del norte llegaron en
oleada y de forma sorpresiva. Era una visita que nadie esperaba.
Todo descorrimiento de pueblos presenta unas connotaciones
apocalípticas que hacen pensar en el castigo bíblico. Lázaro de
Kleimheim sentía sobre sus carnes esa presión.
Pero la auténtica crisis de fe
va a tener lugar coincidiendo con la llegada de un fraile
esquizofrénico, trasunto de Savonarola, al que su soberbia le sume
en la herejía, desde otro monasterio circunvecino a predicar una
cuaresma. “De la boca de Fray Martín no partían razonamientos
sino rayos, nada de adoctrinamientos sino anatemas. Hay en su
persona un anticipo de Lutero puesto que en el visitador se plasma
la rebeldía diabólica, la cabeza engallada del “non serviam”.
Su presencia produce en las aguas tranquilas hasta entonces del
monasterio una conmoción. Acusa a los monjes de ser castos y
crueles, de predicar la caridad porque no se atreven con la
justicia. Roma es el símbolo del engaño, la mentira y la avaricia.
Sus sermones atraen la ira de la parroquia. Se le suspende a divinis
pero recalcitrante en el error vuelve a predicar contra las
Indulgencias y es dilapidado por hereje al pie del altar por la
chusma airada. El hermano Lázaro contempla con horror aquel
asesinato, ve cómo el cadáver es arrastrado a las tinieblas
exteriores para que se lo coman los buitres. Era un blasfemo, un
apóstata. Y aquí llegamos al nudo de la trama de esta
impresionante novela teocéntrica en el que se denuncia a una
sociedad hipócrita capaz de matar en nombre de Dios y que se atreve
a manchar sus manos de sangre porque alguien cuestiona el libre
albedrío, el derecho a pecar. La libertad humana es sacrosanta, la
propia divinidad la respeta. Por una vez lo infinito se doblega ante
el capricho de lo finito. La angustia y grito de fray Martín
proyectan hacia el cielo la angustia del hombre contemporáneo.
A un escoliasta de la época no
se le ocurriría explicar con tanta clarividencia e interés el
proceso psicológico, la dura prueba a la que es sometido este
religioso que vacila zarandeado por uno de los problemas más
arduos: la presencia del mal. Pronto vemos al protagonista sumido en
la soledad del ángel destronado. La Biblia lo recuerda: “Ay de
los solos”. El sacrosanto refugio del monasterio es perforado por
esa duda caliginosa y a partir de ahí no va a ser un espacio
resonante de las notas de la himnodia gregoriana. Los turíbulos
no sahúman el perfume del incienso sino el humo fétido del azufre
al que acompañan las estentóreas carcajadas del ángel caído en
su vagar absoluto por los derroteros de la historia. Se ha perdido
la inocencia del Edén. El hombre vuelve a su condición de
animalidad precedente al génesis, no es más que una fiera que
piensa, copula y traga, merodea y caza sin obediencia a otras leyes
que no sean los apetitos instintivos. O dicho de otra forma el peso
de la novela se apoya sobre el ominoso barrunto de la muerte de
Dios. Pero parafraseando a Nietzsche cuya entera obra son las
exequias de la divinidad fallecida, ¿existe Dios? ¿Y si no existe
cómo podremos hablar de su muerte? ¿No será la idea de la
divinidad algo subjetivo, una especie de prolongación de nuestro
ego insaciable? El simio se puso derecho y anda ahora erecto,
evolucionó como evolucionará algún día su pensamiento hasta
conquistas insospechados hasta ser el mismo su propio dios en su
proceso de adaptación. La tentación de Babel otra vez bajo los
planteamientos seductores de Darwin.
La dilapidación del hereje
hace que Lázaro, el puro, el incorruptible entibie su fe desde la
base de un razonamiento verosímil: no es lícito asesinar en nombre
de la divinidad pero esto fue precisamente lo que estuvo haciendo el
ser humano desde las cavernas a través de la práctica de un ritual
supersticioso. A Dios había que inventarlo puesto que daba
coherencia al grupo porque nos reafirma en lo que pretendemos, nos
halaga el oído. De esta forma el concepto del ser supremo pasa a
ser algo subjetivo, puro maquillaje para nuestra vanidad
intelectiva. Un analgésico para el dolor que comporta el destino de
los nacidos para la muerte.
Lázaro había pecado y el
pecado es como la rotura de una armonía con el cosmos. Sin embargo,
la razón no es más que la tapa de los sepulcros. Un buen día
reconoce su culpa y va a caer de rodillas a los pies del abad con
todo el monasterio reunido en capitulo. En aquel entonces las
penitencias eran públicas. El prelado no puede absolverlo
tratándose de tamaño pecado mortal, el de desesperación; es un
pecado contra el Espíritu. Lo envía de peregrinación a Santiago
de Galicia. A la sazón las autoinculpaciones se llevan a cabo ante
el capítulo. Las penitencias también eran públicas. Los pecados,
distintos. De una magnitud más solemne si cabe porque diferente era
el concepto de cristiandad. Recordad a tal respecto la Huida a
Canosa. Todo un emperador prosternándose descalzo ante Gregorio
VII. Hasta que no estaba saldada la deuda con la iglesia o con los
hermanos, Dios no perdonaba. Era frecuente ver vestidos de saco en
el ámbito de las ciudades a los flagelantes clásicos. En realidad
las peregrinaciones empezaron a partir de esta noción de culpa que
había que expiar mediante el viaje iniciático. Los romeros cuando
de personas consagradas se trataba recibían de manos de su abad un
bordón, unas veneras de concha y el clásico petaso o sombrero de
ala ancha que servía para protección de la intemperie y también
para ocultar el rostro. También recibían el ósculo de paz y
treinta dineros para el camino. Nada más.
No era consciente el Hermano
Lázaro cuando se despidió de sus compañeros que la hégira
expiatoria que iba a comenzar le iba a llevar más lejos de sus
sospechas. Como primera medida tuvo que dejar morir a su yo para
empezar a vivir. Dejó de pensar. El trajín de la andadura le
deparaba el robustecimiento de sus miembros corporales. El alma se
purificaba. Tenía que aniquilarse y ser semilla que después de
caer en la tierra hará que fructifique la espiga. Alguna veces
añora la casa matriz y se acuerda de sus frailes con una vida tan
reglamentada y tan diferente de la azarosa que a él le persigue,
añora los ritos y canta cuando puede el oficio divino o dice misa
en plena soledad porque partió con la recomendación expresa de su
superior de evitar las iglesias y los poblados. Sin embargo, al
llegar a Tarbes localidad de los Pirineos pide al obispo letras
dimisorias para poder consagrar la Eucaristía. No ha de olvidarse
ese nombre. Tarbes es la diócesis donde se produjeron las
apariciones marianas de 1858 a santa Bernardita Soubirous. Lourdes
está en pleno corazón de las peregrinaciones jacobeas. Aunque
obtiene la facultad de celebrar y concelebrar pronto olvida su
condición de clérigo porque, tramontados los puertos y habiendo
dejado atrás el monasterio de San Pedro de Sieresa, una serrana de
un valle navarro lo recoge cuando estaba medio muerto y lo lleva a
su choza, le da de comer, le venda las heridas de los pies y, cuando
despierta escucha hablar en vasco: “gaixo ziñatan, orain zaunde”
(enfermo estabas antes, ahora bueno). Se inicia una bella historia
de amor pastoral. El protagonista vive los instantes más bellos de
su existencia, conoce la plenitud. Ni siquiera se acuerda de los
votos arrastrado por su pasión pero un día al salir a arar
encuentra el cuerpo despedazado de un hombre por los lobos la noche
anterior. Le viene a las mentes el recuerdo de la palabra empeñada
al superior. Vence las lianas que le atan a aquel hermoso caserío
rodeado de fortísimos montes donde viven gentes sencillas en estado
de gracia original anterior al pecado del primer hombre y abandona
la vida arcádica. La mujer le sigue durante un trecho pero vuelve a
abandonarla.
El cristianismo que encuentra
pasada la cordillera es una religión en estado de guerra. “España
vive-dice-sólo para vencer a los enemigos de la fe en franco
contraste con la mansedumbre y placidez del sur de Alemania. Aquí
todo se extrema a punta de lanza. Todo se radicaliza con ímpetu de
ataque”. Tampoco el cristianismo es un concepto unívoco. Nunca
nos pondremos de acuerdo pero es así. Lo único que le mantiene
vivo es lo externo porque lo interno pertenece a algo tan sagrado
como es la conciencia y es allí en lo íntimo del alma donde Dios
habla al ser humano. Pero los ritos, las oraciones, las fiestas, la
letanía, la tradición. ¡Si quitamos eso, en qué queda la fe! ¡En
monsergas místicas! ¡En una interpretación del Evangelio ad
líbitum! Sólo un monje benito puede entender que el catolicismo
consiste en liturgia, en un constante recitar de oraciones con
arreglo a los ciclos estacionales. Porque la practica rutinaria de
la regla nos libra de nosotros mismos. Ora y labora. No te
desesperes. Cumple la norma, únete a la tradición, pero si
cambiamos la norma, si introducimos cambios en la liturgia
obtendremos una mutación de la esencia y llegaremos al síndrome
del templo vacío, a la macrocefalia jerárquica. Tenía que
renunciar al amor pero al igual que en el “Nombre de la Rosa”
Lázaro reconoce que no hubo instantes más suaves que los que le
depararon sus nupcias con la serrana de Arán. Su recuerdo le hace
casi enloquecer. Sin embargo, tiene que empuñar su cayado y entonar
el “Ultreya” sin temor a los peligros de la andadura
iniciática. Otra vez se pone en ruta. El Salvador le acompaña.
Para expiar la culpa, caminar. Tenía psicología de huido y cruza
cañadas, desfiladeros. En algunas posadas vuelve a saludarle la
tentación, traba conversaciones con otros caminantes hacia
Compostela. Unos perseveran, otros son seducidos por los cantos de
sirena, las mesoneras y mozas de partido, que ya entonces el
itinerario era ya la ruta de la sífilis, el chancro y las tabes, el
perro de san Roque, mal francés y camino francés, otros mueren en
los lazaretos o quedan sepultados en los cementerios de
peregrinantes, otros mueren devorados por las alimañas, se
extravían, enloquecen, se dan al vino o mueren a mano de los
bandidos. ¡ Señor, Señor cuanto pecado, cuánta imperfección y
cuánta defección! El destino es la tumba.
Alfonso VII el gran rey de
Castilla, el repoblador, el que tanto amaba a Oviedo y a los
asturianos puso guardia de templarios en la ruta para proteger a los
transeúntes. El Hijo del Trueno Boanerges es el símbolo de ese
cristianismo prevenido en frontera.
Que encuentra el monje alemán
pasado el fito de Navarra, era casi una fe desconocida que acaba
atrapándole, se emborracha, se enamora de España a través de una
moza vascuence. Hasta los sarrios y las cabras enarbolan el pendón
de la cruz frente a la media luna. Ha pasado el letargo del
milenario y la cristiandad empapada de vida quiere liberarse de las
cadenas y de los yugos que le uncen a las pechas y servidumbres del
califa. Al grito de ultreya y del “Dios lo quiere” de Pedro
Ermitaño se llena de actividad, despierta de su modorra y se
embarca en la dudosa aventura de las Cruzadas, algo por lo cual
nuestra fe ha sido tan vapuleada por sus enemigos. Sin embargo, ahí
tenemos a Ariel Sharon una especie de Ricardo Corazón de León
Judío y nadie le dice nada.
Fray Lázaro había escuchado
de labios de un francés que hacía la ruta de Compostela por la
parte más sañuda: la de la costa- curiosamente al remontar Oca
dejando a un lado Vascongadas que ya en aquel tiempo seguía sin
estar romanizada y sin cristianar- “el que va a Santiago y no
visita al Salvador por honrar al criado menoscaba al señor” y
opta por el ramal de la derecha el que a través de Arbas enfila la
ruta de los antiguos monasterios mozárabes de las Monas o Nonas y
cruzando por Mieres desemboca en el Templo de la Transfiguración,
verdadero Tabor del arte ramirense y de la fe vieja. Queda prendado
de las costumbres de aquellos monjes asturianos que nada se parecen
a los de Alemania. Para empezar hacen vida eremítica y algunos
viven encaramados en lo alto de una celda incrustada entre las
socarrenas de alguna peña tejada o en lo alto de una iglesia
prerrománica, aquellos templos de cuerpo tan chico pero de altos
muros. Es así como opta por abrazar la vida contemplativa en San
Julián de los Prados. Es izado a lo alto de su cobijo en una cesta.
Desde allí ora al Criador y contempla ante un paisaje de montes
bellísimos que demuestra ser cierto el aserto del códice “In
Asturum conventu dedit Dominus montes fortissimos circuitui ejus et
praesidit ex hoc, nunc et in saeculorum saecula” (Dios escogió a
la provincia de los astures a los que protege mediante una cadena de
montes fortísimos). El paisaje de Asturias, santuario de España,
tiene algo de sacramentos. Pero el pobre monje tiene allí que ganar
el cielo luchando con la tentación que se presenta unas veces en
forma de mujer como le ocurrió a san Jerónimo con la satiresa.
Otras quien golpea es el silencio de Dios o el desaliento. Hay
pasajes en esta obra tan bien llevados que hacen pensar en Tolstoi
el cual de forma parecida describe el proceso de la tentación del
cenobita en el “Padre Sergio”. Las fuerzas del bien y el mal se
turnan. Ángel y diablo parecen confluir en una batalla sin medida.
Es el ritmo sonoro con sus impasses e intercadencias del péndulo.
La luz libra una cerrada y sórdida batalla con la oscuridad. Nadie
sabe de estas luchas interiores. Por toda la redolada ha cundido la
fama de santidad del fraile extranjero encaramado en su celda de
estilita. Cuando celebra misa los domingos y las fiestas de guardar
el pueblo en masa es testigo de sus trances y al final de aquellas
misas largas que duraban casi tres horas en el rito mozárabe
algunos feligreses se acercan a tocar sus vestidos para llevarse a
casa un trozo del hábito, una hebra de su barba bermeja e hirsuta
como reliquia. Una noche de junio el valle resuena con el eco
melancólico de los cantos de ronda y el brillo lejano y seductor de
las hogueras de san Juan, el aguerrido grito del ijujú de la danza
prima cerca de las quintanas. El Padre Lázaro vuelve a sentir la
llamada del siglo y sucumbe a la celada de la tentación. Se escapa
de su nido de oración y de penitencia en lo alto de san Illán de
los Prados por una cuerda y huye a favor de las sombras con la luna
a las espaldas. La vida de un peregrino es una huida hacia delante.
Siente la llamada del deber. Tiene que cumplir la penitencia
impuesta por su abad. Le sonríe las estrellas como lagrimas de
cristal en la Vía Láctea. Ultreya. Ultreya. Le convoca la fuerza
del camino. Proaza con su torre quedó atrás y contempla Avilés
reclinado en la ría pero no se atreve a entrar. Escucha el sonido
espectral de las Tablillas de san Lázaro. Hay peste en el lugar.
Siente las arremetidas de la fiebre, pasa la barca de Muros de Nalón
y al atardecer da vistas al Valle de las Luiñas que le recibe con
sus praderías y cuetos detrás del Monte de Santana, cruza el río
Uncín y llega al lazareto de Soto. Su estado de salud ha empeorado
y es allí en aquel hospital de pobres donde exhala el último
suspiro después de haber recibido la absolución de una abate
francés también romero a la Ciudad del Apóstol. El penitenciado
no consigue cumplimentar su proyecto, pero Camón observa que lo
importante no es la meta. Es la vía lo de más. Los santos pueden
alcanzar la cima de la virtud heroica habiéndose quedado a medias,
siendo unos perfectos desconocidos. En definitiva se hace camino al
andar.
Es una de las novelas
psicológicas encastrada en una trama que nunca decae bien escrito y
mejor pergeñada que responde a un conocimiento histórico de la
vida de las ideas y de la sociedad visigótica recién iniciada la
Reconquista que casi entusiasma. Al profesor Camón se le conocía
como crítico, especialista en el Renacimiento pero su faceta de
novelista y de dramaturgo pasaron desapercibidas. Su cara era como
la de un pergamino y su estilo de hombre pacífico y modesto, aunque
tuvimos entendido que fue anarquista cuando la República, atraía
como atrae un códice iluminado porque era el espejo en el cual nos
miraríamos de viejos, y es cierto porque al contemplarme a mí
mismo en el espejo veo que me parezco algo a mi maestro cuando tenía
mi edad. La vida me ha hecho rodar por sendas muy parecidas a las
del profesor de la Central. He seguido la ruta de los entusiasmos y
la de los libros hasta dar con mis huesos en una de las hondonadas
paisajística mente más sublimes de la península donde fue a morir
Fray Lázaro el protagonista de “En la cárcel des espíritu”
¡Qué cosas!. Aquí la tierra nos puede ser más leve al cubrirnos
con el manto de eternidad. Tan risueña perspectiva hará
seguramente llevadero el albergue porque es también las rutas que
llevan a la Luiñas lejanas donde yo quisiera descansar.
Siempre que paso por delante de
la casona que se encuentra a tiro de piedra de la tienda de Manolo
Menéndez Vigo, contertuliano de mis parrafadas y que no sólo me
arregla los pinchazos de la rueda de mi bicicleta sino que me da
clases de bable, el que hablan en Muros, aunque Manolo provenga de
Lugo, y detrás de la de Eloína, otra buena mujer de aquel lugar
entrañable, siento la melancolía por aquel tiempo que se fue, por
los libros que no se leyeron o de los que apenas hablan pero que son
importantes. Solía Camón viajar a su rinconada de este lugar en el
concejo de Cudillero con harta frecuencia. Una vez lo vi en Oviedo
haciendo tiempo para tomar el tren de Madrid acodado en uno de los
veladores de la Mallorquina. Parecía un dios vencido y un centinela
a punto de relevo en su garita del Café Peñalba, quizá recordaba a
los muchos que cayeron. Era un día de lluvia y llevaba puesto uno de
aquellos impermeables de plexiglás a la moda de los sesenta “pluma
d´oro” anunciado por la tele de los primeros tiempos por Torre
Bruno dando voz a un personaje característico que llamaban “Topo
Giggio”, con un gorro para la cabeza. Tenía un aspecto de
cansancio y le vi viejo ante una taza de café que se había quedado
frío. Acababa de enviudar y ya no había aquel entusiasmo en aquella
mirada de figura de arquivolta románica de los tiempos de la
Facultad sino la de un senescente abatido y sin curiosidad. Era por
el verano del 77 aunque no recuerdo muy bien la fecha exacta. Al poco
tiempo murió el profesor Camón Aznar. Quiero con este artículo
honrar la memoria de uno de mis maestros. Fue uno de esos
intelectuales que habiendo nacido a esta vertiente del Pajares como
Claudio Sánchez Albornoz, Ferrandis, Menéndez y Pidal, Alarcos,
Azorín o Gustavo Bueno han sentido esa fascinación ineluctable que
infunde Asturias sobre los espíritus. Los amantes de la letras de
los tiempos venideros tendrá que hacer justicia a estos prohombres
del pensamiento hoy olvidados o ninguneados. Ellos abrieron brecha e
iluminaron la paz del sendero.
Antonio Parra. jueves, 7 de
junio de 2001 (2:41 h.)
CARTA A DON ARTURO