2025-03-09
2025-03-08
GRACIAS QUERIDO JAIME BENITO POR TU MENSAJE QUE DENOTA TU BONDAD Y BUENA CRIANZA
Gracias Jaime Benito. He llorado mucho porque para mí vuestra abuela fue como mi madre y estoy desconsolado, aunque era ella una mujer fuerte que supo pechar con las dificultades de aquella época que representa para mí la infancia, la casa del abuelo Benjamin y de tu abuelo Dionisio un santo varón. Hasta me acuerdo de sus bodas que duraron tres días, la mecanización, el cambio social y político, el desarrollo. En medio de todo vuestra abuela, y vuestros tíos en especial Yolanda supieron conservar el legado de valores que ellos con su trabajo, su humildad de agricultores y su bondad cristiana, un acervo que no habéis olvidado vosotros. Salutem plurimam, muchísima salud y Slava Rossia pues me consta que sabes ruso una lengua que me entusiasma aunque no la he conseguido dominar del todo. Un fuerte abrazo para todos y en esta sensible perdida, en este duelo, permanezcamos unidos con la cristiana esperanza en la resurrección os lo desea vuestro primo Antonio
2025-03-07
SE MARCHÓ AL CIELO MI TIA PAULINA A LOS 96 AÑOS
FALLECIÓ PAULINA GALINDO MARTÍN
El pasado día 5 Miércoles de Ceniza fallecía Paulina. Era mi tía una segunda madre para mí y ayer la dimos tierra (fuego, quiero decir, fue incinerada) y quiso que sus cenizas reposen en la Torre de San Gregorio junto a los de su padre y mi abuelo Benjamín en ese cementerio que tiene más de mil años y cuyas escaleras para subir a la torre muestran los peldaños desgastados más de una cuarta por las pisadas de los siglos. Son testimonio de nuestra vieja fe cristiana.
Mucho escribí yo y lucubré al pie de este castro que vigila la entrada a Fuentesoto (inscripciones romanas, cruces templarías, hitos y mojones de la Vía Frumentaria, arte gótico combinado con el prerrománico asturiano).
La iglesia al parecer fue arrasada en una razzia de Almanzor. Allí esperan los restos de Paulina, de mi padre Silvino, de mi madre Juanita, del tío Pedro el sacristán, de mi `primo Agustín el sonido de la trompeta de la Resurrección porque fe es creer lo que no vimos y tener por cierto lo que nos han dicho.
Hubo dos personas en el mundo a las que quise con delirio. Mi tía Paulina, mi amor inglés la Suzi. Mis nietos Mario, Laura, Carla, Sofía, Pelayo vinieron después en mi segundo matrimonio, pero sobre todo mi hija Helen a la cual me arrancó el destino.
Culpas y pecados míos que no podrán borrar los ríos de lágrimas que fluyen de mis ojos portando el caudal de mi arrepentimiento. Paulina era la mujer fuerte de la Biblia, la que cuidaba de mí en aquellos tórridos veranos en Fuentesoto en una niñez que marcó la pauta de mis inclinaciones de escritor.
Todo escritor lleva en su alma un niño en su interior y escribir para mí ha sido revertir a aquellos gozos y aquellas sombras de Fuentesoto en su forma de parlar, de llorar, de rezar y de reír.
Paulina se ha ido con 96 años. Y yo quiero expresar mi dolor a sus hijos Juan José, Mariano al cual saqué de pila, a Leónides y sobre todo a Yolanda que la cuidó en su enfermedad (curó de un cáncer de pecho) y luego por el reuma que afectó a su movilidad y estuvo en silla de ruedas largos años. Yolanda ha sido otra mujer fuerte, heroica, calladamente. Descansa en paz querida Paulina. Y que en el cielo te veamos.
viernes, 07 de marzo de 2025
2025-03-06
2025-03-05
los inventores del thriller
SHERLOCK HOLMES
Las novelas policíacas son la cosa más aburrida que he
visto pero alguna leí en la mili de Ágata Cristi. Los ingleses ganaron mucho
dinero con este género y royalties que exportaron al mundo. Ellos son los inventores
dej thriller en sus variantes detectivesca, suspense, novela
de buenos y malos, novela negra,
Agotado el género,
se decidieron por las novelas de espías que también son un rollo. Un rollo
inteligente o como ellos dicen clever
porque en ellas no ha de haber ningún milagro y los hechos se decantan por
deducción.
Pocos se meterán entre pecho y espaldas los seis
centenares de páginas del Sastre de
Panamá. Sherlock Holmes me cae simpático porque era un marginal y es un
tipo que va a su bola con esa independencia del escocés frente al inglés. Así
debió de ser Conan Doyle. Cuando vivía en la capital inglesa algún cachondo me
hizo llevarle al 133 de Baker Street, mi amigo creía que la cosa del detective
no era ficción, que el policía vivía allí.
Como novelista Doyle es de la misma estirpe de
Walter Scout en cuyo arte aprendió. La novela negra como la histórica ha de
tener profundidad de imaginación, un cierto espíritu burgués, pasión por el
artificio.
Así cuando conviene hace disparar a sus personajes cohetes
voladores para dinamitar una coartada. La novela es el arte de seducir y de
deslumbrar. Por lo que un buen escritor ha de tener no madera de héroe sino de
impostor. Otro aspecto nada desdeñable para mí es la calidad de cocainómano y
fumador empedernido.
Escribir es una adición. No me chuto sino con
infinidad de lecturas pero fumo porque la realidad esconde demasiadas
interrogantes y todo se disuelve en humo. Las volutas que se alzan al éter
desde la cazuela de mi pipa, son un exorcismo contra lo sórdido e inevitable de
un destino implacable.
Además el tabaco crea atmósfera.
Quien no conoce a los hombres no conoce a los
vicios pero tiene el fumeque un peligro: la abulia y fue el aburrimiento lo que
puso a Sir Conan Doyle en el disparadero de matar a su personaje dejando que se
despeñara por el desfiladero de Reichenbach. Luego tuvo que resucitarlo a
cambio de cien libras que le adelantó la editorial.
Nunca le satisfizo al autor su personaje que tanto dinero
le dio a ganar. A Doyle lo que verdaderamente le entusiasmaba era el
espiritismo y no la novela de intriga en la que vierte este escritor escocés
toda la racionalidad y sentido común británica por la vía
deductiva. Lo que se denomina cleverness. Un inglés
siempre dirá de una película o de un drama en que la acción sale por donde
nadie lo esperaba que es Cléver.
Sherlock Holmes was
a clever thinking machine que no trabaja ya meramente como detective
privado sino como guardián de una civilización.
LOS SIETE DOMINGOS SAN JOSÉ
Es el santo del silencio, dicen que
nunca desoye las súplicas de los necesitados. Tú, Tirso Artedo, mucho hablas
sin estar seguro de nada, dices lo que sabes sin saber lo que dices.
Cantábamos el "iste confessor" los siete domingos del
patriarca venerable, días fríos del invierno. Enero cuando
nos íbamos a lavar encontramos helada la palangana, ay dios, y
yo estaba todo meado en la cama. La enuresis no me abandonaba hasta que pequé
el primer estirón. El recuerdo de aquellos sinsabores helados me viene envuelto
entre los cánticos y el incienso al glorioso San José en las mañanas josefinas
de febrero.
Algunos se arremangaban la sotana y usaban la beca roja de los
filósofos a manera de bufanda, buen tababocas... el bonete de cuatro picos el
viento se lo llevaba y en las aguas del Eresma se escuchaba la canción
profética de tú no serás cura, no sé que coños pintas en este seminario sujeto
al bulling y a la befa de tus camaradas que te proclaman "meona".
Pecho descubierto a los cierzos,
hermano, cara siempre al viento. Eran solemnes los aires de posguerra.
Sentíamos en el pecho la ilusión de crecer pasando las hojas del Raimundo de
Miguel, aquel gran diccionario. Vivimos entregados a la liturgia de los latines
y a las cláusulas del reglamento. Sentíamos la llamada del deseo y nos
masturbábamos en el silencio de la noche y la soledad de nuestra camarilla.
Aquello se nos empinaba. Padre, mire
cómo estoy, qué hago yo con esto?... Duchas de agua fría, hijo, y encomendarse
a san Luis Gonzaga... ya lo hago padre bendito pero como si nada.
Cuando íbamos en la
terna avanzando con el balón de reglamento recién inflado,
Dios qué bien botaba sobre la tierra pedregosa del campo de Baterías, mirábamos
para otro lado cuando pasaban las concepcionistas. Eran chicas, mujeres, y
el padre Muñana nos repetía no miréis, hijos, para ellas: Mulier aquilonis percussio et aula diaboli” (son el golletazo del alacrán
y el aula del diablo) aquel jesuita quería caparnos.
Circulando por las callejas
medievales tres en fondo cuando pasaba un cura saludábamos quitándonos el
bonete. En el ventanal gótico el espectro de una mujer asesinada cantaba el dies
irae.
Porque se nos dijo que en casa
abandonada moraban espectros palacio del marqués de Buitrago.
Acto seguido regresábamos a la gran iglesia jesuítica a cantar
vísperas. Eran los siete domingos de san José. Al volver al estudio por los
largos corredores en silencio
Parecía que a su vera el futuro nos
saludaba con un salutem plurimam.
A la sombra de la aguja de la Aceitera, la
torre de la iglesia, la torre Carchena con vistas a la huerta del Judío,
sentíamos una cierta protección pero no estábamos a salvo de la vorágine que
por doquier estallaba.
Para merendar en el refectorio
lonchas de queso americano.
Valdesimonte leía el martirologio y cuando terminaba la relación de los santos
del día daba carpetazo... y en otras
partes otros muchos santos mártires confesores viudas y santas vírgenes. De
tanto oírla nos aprendimos la coletilla.
Yo tenía una estampa en mi camarilla
de san Pichaque. Siete domingos de san José... oficios largos y un cierto
cansancio curial de sonrisas heladas. De aquellos domingos invernales conservo
el picor de los sabañones. Y la voz de Valdesimonte dando lectura a los santos
del día que nos adoctrinaban de una hagiografía maravillosa alternadas con
novelas de Julio Verne y Emilio Salgari.
Vivir en Capadocia. Cabalgar con el
llanero solitario por los campos abiertos de Kentucky, invocar a santa Bárbara
Bendita cantando el himno final de los siete domingos josefinos, una larga
novena novelada aunque no superábamos a quien cantábamos o veneráramos.
Apóstol de la iglesia
Préstanos tu favor
A la lucha catando marchemos
Expansivo el corazón
Entonces vi sonreír a san Francisco
de Borja desde la hornacina del cuadro donde aparecía destapando en Granada el
féretro de la emperatriz Isabel.
Desde entonces el duque de Gandía
optó por no servir a un señor que pudiera corromperse como
el cadáver de aquella reina conceptuada como la más bella dama de
Europa.
El eco de nuestras voces se perdía en la gran bóveda de la iglesia del
seminario. Una paloma se asomaba por el ventanal y volaba del caño al coro por
las bóvedas de luneto.
Dentro de mil años aquellas voces juveniles serían recogidas por la gran antena
parabólica de
Y volveríamos a venerar al patriarca
silencioso, el casto José con su florida vara... San José el silencioso del que
apenas sabemos nada, porque en todos los evangelios no dice ni una palabra.
¿Quien era el casto José?
Es mencionado sólo un par de
veces en
Con el se identifican los artesanos
carpinteros, los maridos sufridores y los padres putativos que se preguntan
sobre si serán o no serán por nosotros engendrados los hijos nuestros... Yo
sólo sé que pagué el bautizo.
Nos garantiza siempre una buena agonía. Que no nos ahogue entre sus
criminales arillas de los celos y sospechas la serpiente maligna.
Él oyó el silbo de la culebra que le advertía que diese a María libelo de
repudio pero al escuchar la voz del ángel se quedó en lo putativo.
Las dudas del varón siempre las carga
el diablo. Fue un santo oscuro. Su culto cunde gracias a los jesuitas en el
siglo XVI.
Aquellos fríos domingos del invierno segoviano oramos al santo del silencio.
Al que le crecía una vara de nardo en
las estatuas. En los apócrifos se nos cuenta que san José no era carpintero
sino albañil y se ganó la vida en Egipto poniendo ladrillos.
Los maronitas le pintan no con un
serrucho sino con una paleta y una hilada.
El evangelio de la infancia cuenta que tuvo en el Cairo un maestro que se
llamaba Gamaliel quien le enseño el Aleph pero el abecedario hebreo ya se lo
sabía nuestro Señor que como hijo de Dios gozaba del don de la ciencia infusa y
este Gamaliel era algo zoquete y un poco bruto, partiendo del axioma de que la
letra con sangre entra.
Un día le dio de palos al divino
Maestro. Se abrieron los cielos y el dómine cayó muerto. En la sinagoga
por lo visto acusaron a José de ser padre de un muchacho que tenía tratos
con el diablo. Muy afligido el santo varón pidió al Niño que
devolviera a la vida al iracundo maestro. Jesús obedeció. Impuso las manos
sobre el difunto y éste resucitó. Bonita historia apócrifa. Por eso mismo, yo
creo... quia absurdum