Posted: 15 Feb 2019 11:23 PM PST
ESPAÑA MI NATURA
pedro menendez de avilés quinto
centgenario era de cudillero. Yo levanté la liebre. Ver mi libro Quo Vadis
Spain
Posted: 15 Feb 2019 11:23 PM PST
MENÉNDEZ DE AVILÉS ERA CUDILLERENSE
Una de las mayores sorpresas de mi
estancia en EE.UU fue comprobar la admiración que el pueblo norteamericano
(otra cosa es el gobierno) sentía hacia la gesta de los conquistadores hispanos
desde Oregón hasta la Patagonia. Tanta fue esa admiración hacia el imperio de
Carlos V que los norteamericanos imitaron el emblema de los Reyes Católicos
como divisa del escudo nacional. Pintaron en vez del águila de San Juan el
águila calva de las Rocosas y el epígrafe de una grande y libre la
transformaron en el lema “ex pluribus unum”─ somos uno de muchas partes─ Y el
yugo de la labor y las flechas del poderío hispánico lo convirtieron en una
aljaba con tres dardos apuntando al vacío. Siempre agradeceré al pueblo
norteamericano las atenciones y cuidados que tuvieron para conmigo y mi
familia. Soy admirador de su gran idioma, como Licenciado en Filología Inglesa,
de su literatura, del pragmatismo de sus costumbres, del amor a su bandera que
cuelga a la puerta de todas las casas y
sobre todo de su gran periodismo y, aunque algunos me hayan tachado de
anti-yanqui, ellos saben muy bien que eso no es cierto, porque mi lema el que
se ha apropiado Trump: American first, que yo digo Spain first, radica en la
libertad de opinión, regla sagrada del First Amendement de la American
Constitution. Allí la mente es libre, y diferentes los pareceres, pero si
violas la ley vas para chirona.
Y digo esto sin perjuicio de parte, a
rebufo de la llegada de los nuevos hispanicidas de dentro y de fuera, que los
servicios secretos de la CIA describen despectivamente como “adoquines” y
“bricklayer”.
Algunos de esos gastan coleta y van de
rufianes por la vida, ignominioso apellido y denigrante profesión. Pero los
consideran los tontos útiles de cualquier movida y acción exterior. Un
americano de buena ley siempre se cuadrará ante un patriota español que
defiende a su país con razón y sin ella tratando de desenmascarar las
perversidades de la Leyenda Negra. Eso lo entienden muy bien los
norteamericanos. La proeza de Menéndez de Avilésque a mí me parece que era
pixueto porque su casa solariega todavía guarda el escudo de los Menéndez
Merás─ Palacio Valdés tiene un cuento precioso sobre la acción del último
heredero de la dinastía que un día sube a una barca con la piedra esculpida de
su blasón familiar y lo tira a la mar─ justo en la misma ribera y el
embarcadero, en la ensenada del puerto queda ahí para los siglos futuros
aunque, por desgracia, se haya negado a las nuevas generaciones el conocimiento
de aquella aventura que llevó nuestra cultura española al nuevo mundo bajo el pendón
de Castilla con soldados y marinos vascos, leoneses y andaluces, murcianos y
catalanes.
Ellos, los gringos, tuvieron otra
conquista la del Oeste pero fue de otra manera y con más medios técnicos, una
vez inventado el revólver y los cañones del quince y medio. Y su expansión
hacia el Oeste se llevó a efecto sin mistificaciones de raza o religión.
Desconocían las leyes de indias. El mejor indio es el indio muerto, a decir de
las huestes Colt en ristre de Búfalo Bill.
El temperamento inglés o francés es muy
diferente al español. Claro que los Sioux eran tribus dispersas y no
representaban imperios como el de los incas, aztecas y araucanos.
Fueron miles de kilómetros recorridos en
climas muy extremos y la hazaña sólo se explica mediante dos conjeturas: la
aparición del caballo y la artillería ligera (arcabuz, culebrina, lombarda
frente a los arqueros indios.) Así como un milagro del Altísimo porque a
aquellos aventureros les movía la fe en el Salvador.
Pero hubo otra razón la más poderosa: el
mestizaje y la buena disposición para confraternizar con aquellos hombres y
mujeres que andaban desnudos por el bosque los cuerpos y las caras pintadas,
practicaban a la antropofagia, el sacrificio de seres humanos, no trabajaban y
se exterminaban unos a otros en contiendas tribales pero eran hijos de Dios y redimidos por la sangre de
Cristo para los españoles.
Don Pedro fundó en la Florida dos ciudades
San Agustín y San Mateo en honor del patrón ovetense y, según cuenta Gonzalo de
Solís, esta plaza se rindió a los ataques de los apaches. Los hombres fueron
degollados pero se respetó la vida de las mujeres y de los niños. Transcurrido más de un lustro, regresaron los
españoles al lugar y el cacique les recibió de manera amistosa. Los convidó a
cenar y danzar en torno al fuego después de fumar la pipa de la paz.
Acto seguido, ofreció al recio soldado
praviano una de las esposas de su harén para holgar con ella en virtud del
privilegio salvaje que aun mantienen algunos pueblos esquimales del “jus primae
noctis”, el mayor cumplido que se podía realizar en obsequio de un huésped
recién llegado. La respuesta del conquistador fue tajante y casi admirable por
lo insólita:
─ Soy un hombre casado y nosotros los
cristianos usamos de ese privilegio sólo la noche de bodas después de haber
sido nuestro matrimonio bendecido por Dios.
Cuesta un poco creer tal respuesta en boca
de un capitán de los Tercios del rey de España, pero conviene recordar que el
invitado era un caballero adherido a las reglas del honor y del respeto a la
mujer y que había velado las armas y recibido el toque de varas de la
caballería andante. Casualmente los cronistas de Indias destacan con respecto a
tal punto las siguientes consideraciones: otra actitud menos trágica y más
casual en relación con el sexo; la belleza y la alegría de aquellas vírgenes no
sé si necias o prudentes pero tan “hospitalarias” y dispuestas a hacer un favor
a aquellos hombres de a caballo que venían buscando las fuentes de la eterna
juventud en el siglo del amor que fue el del XVI que decían si Manitú nos lo
dio es para que lo utilicemos.Aquellas tribus a la cópula conyugal la desligaban
de cualquier aspecto morboso y lo consideraba un hecho fisiológico sin
connotaciones peyorativas y bien se conoce que no tenían miedo al infierno del
que tampoco habían oído hablar. Algo de poca importancia. Los encantos de la
india Malinche a los que sucumbe el bellotero Hernán Cortés determinaron el
éxito de la conquista azteca. Ahí estuvo la clave del criollismo, de la mezcla
de razas, llevada a cabo por aquellos esforzados caballeros andantes de Carlos
V que saltaron hasta la otra orilla del charco desde las páginas del Amadís de
Gaula. Muchos historiadores negacionistas o de aluvión quisieran ningunearles
tal éxito, en el deseo de que su hazaña no se hubiese producido, pero el gesto
quedó ahí para gloria de un rey y una fe que defendieron con su sangre. Pedro
Menéndez de Aviléscudillerense de pro pertenece al cupo de los aguerridos
hidalgos.
Cañaveral donde siglos adelante habría de
dar comienzo la carrera del espacio fue la primera tierra enjuta que toparon
los galeones del Descubridor de la Florida. El problema era la carestía porque
pronto se acababan los bastimentos que traían de la Península. Los indios
navajos les enseñaron a cazar puercos con flechas enherboladas. Cuando no había
carne la dieta consistía en palmitos e hicacos (cocos) pero siempre la amenaza
era el hambre, el paludismo aparte de los franceses de Juan Girao que les
atacaron en su fuerte de San Agustín.
Otro renglón nada desdeñable con que
hubieron de enfrentarse eran los elementos del nuevo mundo: los ciclones y
temporales de esta zona de la Bermuda donde misteriosamente desparecían los
barcos y siguen perdiéndose los aviones. Sin embargo, era gente de una profunda
fe religiosa aunque en lo moral su conducta no fuese del todo cabal. Se hacían
la guerra mutuamente (el morbo visigótico o mal de los godos la envidia lo
exportamos al nuevo mundo) sin embargo, lograron entablar buenas relaciones con
los indígenas. A don Pedro los caciques lo veneraban como a un Dios cuando lo
veían montar a caballo. Al cabo de una navegación en zozobra, si desembarcaban
por fin en la playa, allí mismo mandaban los conquistadores españoles decir
misa a los frailes y cantaban el Tedeum. Los cronistas de indias hacen gala en
sus libros de una prosa concisa y circunspecta donde se narra de forma impávida
los feroces acontecimientos y penalidades que hubieron de atravesar los
quinientos soldados y naos que siguieron al Adelantado para colonizar la
región. Su enfrentamiento con los soldados del rey de Francia Francisco I fue a
muerte. El desalojo de los luteranos estuvo impregnado del espiritu sangriento
de la Noche de San Bartolomé pero el drama terrible de las guerras religiosas
que habían incendiado el Viejo Continente y que los españoles pretendían evitar
en el Nuevo, amenazaba con reproducirse.
La mayor parte de la guarnición ▬ unos 550 asturianos y vizcaínos con unos cuantos
castellanos de Tordesillas componían su alarde ▬ que acompañaba al prócer
asturiano eran veteranos de los tercios de Flandes. Tenían que vérselas con los
corsarios ingleses y franceses navegando el mar de las Antillas la costa de
Sto. Domingo Cuba y el canal de la Bahama. Tuvo que atender a un motín a bordo
y sofocarlo en su capacidad almirante de la armada. El sedicioso se llamaba
Juan de la Parra, segoviano, al que un sobrino del Adelantado, Pero Menéndez
Marqués, mandó colgar de una gavia del palo mayor. Entretanto, dejándolo de
lugarteniente embarcó en una carabela rumbo a Puerto Rico para hacer la aguada
y cargar cazabe galleta y carne.
Esto acabado, despachó a su sobrino Pedro
Menéndez Marques a España para que informase al rey Felipe II de los
acontecimientos. En marzo de 1566 por unos exploradores llega a sus oídos la
noticia de que en una reserva había un grupo de cristianos como un centenar de
hombres y mujeres a los que los indios habían esclavizado y vivían como
animales salvajes. Eran españoles y su capitán Diego Maza acercó hasta el sitio
al bergantín del Adelantado. El cronista Solis de Meras describe así el
encuentro:
▬ Españoles hermanos
nuestros sean bien venidos en nombre de Dios y de Santa María y me mandó mi
capitán esta carta que os traigo… “Y el mensajero que venia agrega el relator
de estos hechos ▬ estaba desnudo el
cuerpo pintado hecho indio y con sus vergüenzas cubiertas”
Se alimentaban de tasajo, gallinas y
curadillo pues enseñaron a los indios a adobar el pescado. Los indios
Saturiwaque andaban en pelotas por el berral las caras y los culos pintados las
mujeres se escondían cuando llegaban los misioneros al poblado les enseñaron el
arte de navegar en canoa y fue así como comenzó el piragüismo, ese deporte tan
asturiano, aunque ya los ingleses lo practicaban cruzando el Támesis en
traineras. La vida del Adelantado de la Florida don Pedro Menéndez de Avilés es
una crónica maravillosa de viajes, caminatas, hambres desolaciones, traiciones
y concordias. Entre los aborígenes había etnias como los Saturiwa que se
declaraban amigos pero otras ▬ los Timicua ▬ les acogían disparando flechas envenenadas
incendiando fuertes y recintos. Fue una larga y cruel aventura pero siempre
maravillosa. El adelantado de la Florida todo un lobo de mar y uno de los
marinos más prestigiosa de aquella edad cuando España era la primera potencia
marítima del mundo gozaba del mayor prestigio en la corte de Felipe II. Lo
certifica el hecho de que empuñó el timón de la nave capitana de la escuadra
que condujo al rey en su viaje nupcial a Inglaterra a casarse con la hija de
Enrique VIII en Westminster.
En 1574 es nombrado por el monarca capitán
general de la Escuadra, cargo que no pudo ejercer pues al poco muere de
tabardillo en Santander. Felipe II traslada el mando de la fuerza naval a don
Álvaro de Bazán. Este se encarga de prevenir la flota para ir contra los
ingleses. No se logró porque también fallece don Álvaro de Bazán y ha de ser
sustituido a toda prisa en el mando por su maestre de campo el duque de Medina
Sidonia. La conquista de la Florida y la expulsión de los hugonotes del
territorio fueron realizadas a partir de Cabo Cañaveral y de Miami entre los
años 65 y 67. Los españoles tenían por base de avituallamiento el morro de la
Habana, Puerto Rico y la isla de Santa Elena así como Santo Domingo. Hubo
muchas fatigas y no pocos sobresaltos. Algunas naos se perdieron al surcar las
aguas malditas del triangulo de la Bermuda. Eladelantado tuvo que sofocar a
sangre y fuego la rebelión de algunos de sus capitanes como Martín de Rescalde
o la incursión de hordas de indios enemigos que asolaban las pallozas cubiertas de
palmitos y raptaban a las mujeres cristianas. Esto permitió el mestizaje. De esta
manera nació el criollismo al que hoy recuerdan y agradecen los pueblos de las
Antillas.
En 1574 zarpa de la Habana “y con prospero
viento navegó 72 leguas y en el Cabo San Vicente topó con fustas de moros pero
pudo llegar sin contratiempo a la Coruña el día de san Pedro. Dos naves de
pabellón francés y una fragata inglesa le daban caza pero trató de burlarlas y
tuvo el viento tan próspero que en aquel mesmo día entró en la bahía que llaman
de Artedo donde estaban surtos diez navíos los cuales cuando vieron aquella
fragata de nueva invención que parecía de turcos desampararon sus navíos y
huyeron al monte… a las diez de la noche, al acercase un batel de
reconocimiento, los hombres de mar y la
gente de guerra les grita que allí venía el Adelantado de la Florida don Pedro
Menéndez de Avilés. El capitán mandó izar el guión de Castilla de damasco
carmesí y una bandera de campo y tocar clarines. Los de los bateles temiendo
fuesen corsarios no se cercaron. Eran marineros portugueses y una nave oneraria
cargada de hierro y madera. En esto, el Adelantado y los suyos se hicieron a la
vela desde Artedo, entrando en el puerto de Avilés al cabo de dos horas donde
fueron recibidos por el alcaide de Sabugo con gran regocijo, se tocaron las
campanas y la población acudió a un solemne Tedeum en la iglesia de San
Francisco. Hacía 18 años que no veía a su mujer doña Ana María de Solís”.
De esta forma circunspecta y con prosa
notarial levanta acta del regreso del navegante a su tierra. La familia, como
arriba se dijo, proveería del solar de Santa Paya al lado de Pravia pero tenía
abiertas otras casas en Grado, Oviedo y Avilés concretamente en el barrio de
Sabugo. Todas ellas han desaparecido. No así la de Cudillero, que permanece,
ubicada mismamente donde hoy se expende el pescado más fresco del concejo.
Cabe destacar las relaciones del
Adelantado con la Concha de Artedo, un excelente puerto natural de mucho abrigo
y buen calado de donde zarpó el año 64 y donde quiso, de regreso, ponerse al
pairo para despistar a los piratas ingleses que iban tras de sus pasos. El
cariño hacia este lugar donde aprendió a navegar en su niñez don Pedro lo
destacan sus biógrafos don Gonzalo Solís y Merás y el historiador y catedrático
Gómez-Tabanera en su obra Pedro Menéndez de Avilés y la conquista de la Florida
en 1565 de cuyo memorial extraemos algunos de los datos al respecto; con
aportaciones de nuestra cosecha que hemos puesto negro sobre blanco en este
articulito para que sirva de testimonio a las próximas generaciones. Los restos
mortales del Adelantado se veneran en una lauda mortuoria sita al lado del
Evangelio en la iglesia avilesina de San Nicolás
cotejar ambos textos
Pedro Menéndez de Avilés, el primer
conquistador y colonizador de la Florida
artículo del Mundo que me refrita
HISTORIA
OPINIÓN
ANTONIO FERNÁNEZ TORAÑO
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16 FEB. 2019 01:16
1comentariosVer comentario
El autor de 'Pedro Menéndez de Avilés.
Señor del mar océano. Adelantado de la Florida' glosa la vida del militar en el
quinto centenario de su nacimiento.
Pedro Menéndez de Avilés nace el 15 de
febrero de 1519 en el seno de una familia hidalga asturiana en la que contaría
con ocho hermanos más, algunos de los cuales formarán parte del grupo de sus
más estrechos colaboradores.
La situación económica de su familia, su
pertenencia a un estrato social alejado de los escalones superiores de la
nobleza del momento, y una innata vocación marinera, llevaron a Pedro Menéndez
a alistarse como grumete, a los 14 años, en una Armada surta en Santander
destinada a defender las costas del Cantábrico.
Con 30 años, consigue del regente
Maximiliano II su primera «patente de corso» y en 1550 una segunda, esta vez
concedida por Carlos V, para desarrollar su actividad corsaria en las aguas de
la «carrera de Indias» cercanas a las Canarias, y más allá, en las aguas del
Caribe, lo que supondrá su primer contacto con los territorios del Nuevo mundo
recién descubierto.
En 1554, Felipe II le nombrará Capitán
General de la carrera, algo que ya nunca olvidarían los oficiales de esta
institución y que generará una fuerte animadversión recíproca sólo extinguida
con la propia muerte del asturiano en 1574.
Se inicia así, la etapa europea de Pedro
Menéndez de Avilés, en la que simultaneará sucesivos nombramientos como Capitán
General de la carrera al servicio de la Corona o en empresas militares en las
provincias flamencas, con su actividad como marino mercante en el comercio con
los nuevos territorios en América.
En 1559 Felipe II le encargará comandar la
flota que había de traerle desde Amberes a España a finales de agosto,
salvándole de un más que probable naufragio frente a las costas de Laredo, como
consecuencia de una galerna, que sí hizo naufragar a varios barcos de la
comitiva que le acompañaba.
En fin, en junio de 1563, de regreso de
uno de sus viajes a las Indias, es acusado por la Casa de Contratación de
contrabando de metales preciosos y pieles, entre otros cargos, siendo arrestado
y llevado a las Atarazanas el 19 de agosto, prisión de la que no saldrá hasta
febrero de 1565, con una sentencia absolutoria.
Durante su estancia en prisión, la Florida
se había convertido en un asunto de Estado, así que, nada más salir de prisión,
Felipe II capitulará con él, en marzo, una expedición público-privada a ese
territorio con el objetivo principal de expulsar de él a los hugonotes
franceses que se habían asentado allí, y colonizar con españoles aquellas
tierras.
La expedición salió de Cádiz el 29 de
junio, y el 4 de septiembre de 1565, tras una peligrosa travesía que desbarató
la flota que llevaba, dejándola reducida a cinco barcos, Menéndez de Avilés se
encontrará, ya en la costa oriental de Florida, en la desembocadura del río St.
John (a la altura de donde hoy se encuentra la ciudad de Jacksonville), con
cuatro galeones franceses, bien armados y en perfectas condiciones para
combatir, pero que optaron por huir a mar abierto, circunstancia que aprovecha
para volver sobre sus pasos y desembarcar en una ensenada que ya habían
avistado en su recorrido desde Cabo Cañaveral hacia el norte en busca de la
colonia francesa.
Allí, levantará un primer asentamiento al
que el 8 de septiembre colocará bajo la protección de San Agustín y tomará
posesión de aquellas tierras en nombre del rey de España. Pero su mentalidad
militar no descansaba, de modo que el 21 de setiembre, tras cuatro días de
marcha para recorrer cerca de 80 kilómetros por una selva desconocida e
inundada debido a las tormentas, bajo una lluvia torrencial, el Adelantado
asalta por sorpresa y toma Fort Caroline, al que inmediatamente pondrá por
nombre San Mateo, sin que se registrase ninguna baja entre los españoles.
En las semanas sucesivas, Menéndez de
Avilés continuará la persecución de los huidos, de modo que a primeros de
noviembre había logrado acabar con la presencia francesa en Florida.
A partir de ese mes, comenzará una
frenética actividad que, durante algo menos de 24 meses, le permitirá iniciar
la colonización de aquel territorio, consolidando la presencia de otros dos
asentamientos en la costa oriental, San Mateo y Santa Elena, más al norte,
(hoy, en el Condado de Beaufort, Carolina del Sur). Asimismo, establece hasta
siete fortines a lo largo de esa costa, desde Cabo Cañaveral hacia el norte,
hasta las cercanías de San Agustín y San Mateo, organiza, mediante la
publicación de las correspondientes ordenanzas, la vida militar, civil y
religiosa en aquellos asentamientos; apoya el establecimiento de misiones
jesuitas, protegidas por la milicia frente a la permanente hostilidad de los
nativos; y, al frente de seis navíos de guerra, protagoniza durante dos meses,
a finales de 1566, un viaje de reforzamiento y fortalecimiento de las defensas
de los asentamientos españoles en las tres grandes islas del Caribe, Santo
Domingo, Puerto Rico y Cuba.
En fin, de vuelta a la Corte en 1567,
Felipe II le nombrará Gobernador de Cuba y capitán general de una nueva Armada
de guarda y defensa de las aguas del Caribe, así como caballero de la Orden de
Santiago y comendador de la Orden de la Santa Cruz de la Zarza.
A finales de 1573, Felipe II le llamará de
nuevo a Madrid, en donde le encargará la organización de una Armada con el
objetivo de socorrer a Luis de Requesens, en una complicada situación militar
en la región de Amberes, pero también, posiblemente, con el objetivo, nunca
declarado, de invadir Inglaterra.
Sin embargo, las continuas vacilaciones de
Felipe II en cuanto a la ejecución de este proyecto fueron minando y
debilitando las oportunidades de éxito de la empresa, y cuando, por fin, el 9
de septiembre de 1574, a bordo de su nave capitana, enfilaba la salida del
puerto de Santander al frente de su Armada, le acometió un tifus exantemático
de tal virulencia que, llevado a tierra, falleció a los ocho días, el 17 de
septiembre.
Tenía 55 años.
ESPAÑA MI NATURA
Posted: 15 Feb 2019 11:13 PM PST
ESPAÑA MI NATURA
Господи помилуй lyrie eleison señor ten
piedad bellisimo
Posted: 15 Feb 2019 11:23 AM PST
ESPAÑA MI NATURA
RESPONSO ANTE LA TUMBA DE CELA
Posted: 15 Feb 2019 06:44 AM PST
ESPAÑA MI NATURA
ewig erinerung fur RUDI EPPERT. fUE EL
PRIMER CAÍDO EN LA BATALLA DE LA SED (VER MI LIBRO "REMEMBER BRUNETE.
HABÍA UNA ESTELA FUNERARIA DE MARMOL EN EL LUGAR EN QUE CAYÓ SU APARATO EL 14
DE ENERO DE 1937. EL ALCALDE SOCIALISTA DE VILLANUEVA DEL PARDILLO LA MANDÓ
DETRUIR. ERA SU MEMORIA HISTÓRICA NO LA NUESTRA
Posted: 15 Feb 2019 06:44 AM PST
ESPAÑA MI NATURA
YA ESTÁ AHÍ EL JEFE TODOS LOS CATALANES
FIRMES
Posted: 14 Feb 2019 06:59 PM PST
ESPAÑA MI NATURA
I LOVE NEW YORK (capitulo 64 de mi libro
Quo vadis Spaon. yo fue corresponsal de FRanco
Posted: 14 Feb 2019 11:25 AM PST
Quo vadis Spain?
Franco al que no podía ver ni en pintura y
al que culpaba de
todos los males presentes y futuros de
nuestro país al que tanto
amamos porque el verdadero Israel estuvo
ubicado en Sefarad. Y
guarda los secretos, misterios y
maldiciones de toda tierra prometida.
Mas “de gustibus non disputandum est”,
decía el clásico.
Ángel Alcázar de Velasco ¡Presente! No te
olvides de mí dondequiera
que estés.
339
Capítulo 64
CORRESPONSAL DE LA NUEVA ESPAÑA EN NUEVA
YORK. UN MORDISCO A LA GRAN CAMUESA.
Con una estampa de la Santina en bolso y
bastante miedo en el cuerpo me acuerdo de mi arribada a NY tal que una noche de
san Andrés de 1976. Estaba nevando o a punto de hacerlo en honor de aquel
refrán que dice: Por los Santos nieve en los altos y por San Andrés nieve en
los pies. Cuando en América se acatarran aquí cogemos unas pulmonías de
espanto. Era una tempestad de granizo casi tropical lo que caía terciada con
hampos de una nevasca rusa que descendían perezosos sobre la cima de los
rascacielos y el viento huracanado jugando a capricho con la aeronave. Por un
instante creímos que nos ibamos a estrellar contra las Torres Gemelas. Allí vi
un signo de los días porvenir. El horrísono espectáculo para los hiperestésicos
como yo no es nuevo. A Nostradamus lo he vivido en mis propios huesos. La
fatalidad muslímica frente al destino. Makfut. Está escrito. Desde entonces, y
aunque salí de aquélla y de otro accidente que tuvimos en Lisboa, se
incendiaron dos motores en pleno vuelo, a raíz de mi accidentado aterrizaje en
la Gran Manzana, he tenido pesadillas columbrando aviones caían sobre el World
Trade Centre. También la torre Eiffel y el embudo donde se encastilla el Big
Ben, torre del parlamento de Westminster, pero sobre todo las
340
Quo vadis Spain?
torres Gemelas eran el tema recurrente de
mis cefaleas oníricas.
¿Occidente en la encrucijada?
Hasta escribí una crónica y creo haber
entregado algún despacho
anticipando esa experiencia apocalíptica
de las Torres Mellizas
derrumbándose que ha puesto al mundo los
pelos de punta. Y
la obsesión me ha martillado muchos años
porque Nueva York es
algo que imprime carácter que cambia la
mentalidad y el modo
de ser de las gentes. Allí mi vida
experimentó un giro de varios
acimutes. Y silbé sus “blues” bajo la
autoridad de Frank Pinatra,
un neoyorquino típico: “I love Nueva York.
Nueva York”.
En América todo es grande y es extremo.
Las montañas. Los huracanes.
Los hombres y las mujeres; allí se
encuentran los más
altos y los más bajos, los más guapos y
los más feos, los flacos
como leznas y los más gordos pues dicen
que Nueva York, donde
abundan los “fatis”, cambia hasta el
metabolismo y a mí me
ocurrió Las ciudades. Los árboles mayores
como el alerce de las
Rocosas o las secuoyas de California. Se
lo pasan allí en grande
los estadísticos, los amigos de los
contrastes y todos aquellos que
sienten pasión por evaluar las
contradicciones, sinrazones y a veces
maravillas de la raza humana. América casi
carece de raseros
y de varas de medir. Hasta
climatológicamente las subidas y bajadas
del mercurio de tan bruscas carecen de
parangón. Se pasa
sin solución de continuidad de una mañana
calma de primavera
a una tarde de calígine para luego tener
una noche de escarchas.
“If you dont like our weather, just wait”
(Si no te gusta nuestro
clima aguarda un segundo), advierten los
castizos de Brooklyn.
Esta volubilidad a mí me parece que
influye en la forma de ser de
los habitantes con bruscos cambios
emocionales que hace que no
se asuste el neoyorquino de nada. Y se
asusten también de todo.
Allí suele tomarse la vida muy a pecho
puesto que para sobrevivir
hay que ser un adicto del curro. Como
aquel Hernie, el transcriptor
de mis crónicas en la IT de la Onu, un
judío entrañable.
341
Antonio Parra Galindo
El pobre se fue a morir a Miami a un
cementerio de elefantes.
Que así se llama en el lenguaje coloquial
a los que se jubilan y lo
peor que le puede pasar a un neoyorquino
es jubilarse. Y es que
allá cuando llueve, es el diluvio y si
truena o cellisca lo hace a
conciencia y de verdad. Iban a ser cuatro
años de experiencia sin
precedentes. De calores húmedos en los
cuales se podía cortar el
aire con una navaja y de hielos
espantosos. Recuerdo la morriña
que me invadía todos los veranos al
regreso de las vacaciones en
Artedo con sus mareas cantábricas, un
verdadero servicio de limpieza
costero que no existe en la Bahía del
Hudson fuertemente
contaminadas a causa del carboneo y el
intenso tráfico náutico
que ha degradado a las playas como las de
Long Island consideradas
como las mejores del mundo; una vez fui a
bañarme a los
arroyos de Staten Island, un marasmo de
galipote, y por poco
perezco, añorando las olas de mi
Cudillero, no a causa del agua
sino en el cieno de las cloacas y de los
vertidos de los basureros
oceánicos. De la parte de Nueva Jersey las
tardes que cambiaba
el aire llegaba una hedentina que quemaba
los ojos y las narices.
Allí todo era grande y distinto. Hasta el
tufo. La naturaleza, más
joven que en la vieja Europa, observa un
comportamiento más
vigoroso e imprevisible. Allí todo es
grande hasta los atentados
como el que acabamos de presenciar
horrorizados a través de la
CNN. En los famosos kills se entierran
ahora los cascotes del desastre
y Staten Island era y lo sigue siendo la
isla de los muertos.
Gestaten, en alemán y en holandés vale
tanto como inhumación.
Habíamos tenido un vuelo con turbulencias.
La aproximación a
Kennedy la hizo el piloto con mucha
cautela. Estuvimos dando
rodeos a la vertical del cielo de la
Mejana Inmensa que es la isla
de Manhattan, a la que llaman
cariñosamente Big Apple (la gran
camuesa) los neoyorquinos, gentes de todas
las etnias y razas que
han aprendido a convivir en armonía y sin
problemas, dentro de
lo que cabe, formando ese caldero o
melting pot que demuestra
que los caminos del mundo no son los de la
xenofobia sino los
342
Quo vadis Spain?
de la xenofilia y benevolencia hacia el
forastero, el meteco o el
espaldas mojadas que llega en busca de
acomodo y de un futuro
mejor. Allí uno nunca se siente de fuera.
Esto no quiere decir que sea una megapolis
cómoda o fácil ni
el Edén, porque se lleva una vida que no
es para llegar a viejo. Es
una ciudad bronca donde todo es difícil y
donde nunca hay que
bajar la guardia pero allí se percibe un
halo de humanitarismo
tierno bajo la hosca corteza del
neoyorquino quien, cuando habla
por cierto lo hace con palabras precisas y
como con barbas. Su
“slang” o jeringonza es uno de los más
interesantes por sus alardes
de precisión y de fantasía. Puede decirse
que el cheli y el pasota
madrileño lo copian. Hasta el punto de que
allí la sabiduría se
aprende en la calle. La ciencia del
albañal o sabiduría de la acera
son dos palabras que allí conviene
aprender para saber nadar y
guardar la ropa. Sin una orientación y una
buena aguja de marear
te caes pues refiere un viejo dicho local
“nice guys here dont last”
(los buenos chicos aquí duran poco). Están
acostumbrado a las
emergencias. Lo que más me sorprendió al
principio es que la
radio ensayaba simulacros de un posible
ataque nuclear y llevaba
a cabo pruebas de evacuación a los
refugios que terminaban todos
ellos con la muletilla: “Esto no fue sino
una prueba, de haber sido
una emergencia real les hubiésemos
facilitado las precisas instrucciones”.
Es el mejor inglés jamás escuchado y eso
mismo me decía
el querido periodista y novelista gijonés
Faustino G. Ayer, un
enamorado de América y de todo lo
americano (los dos ibamos
a comprar el pan juntos a una tahona
italiana de la ciudad baja,
dentón) que conocía bien Nueva York, claro
dentro de un límite
porque en este foro mundial todo se mueve.
Todo parece en perpetua
catarsis y siempre confunde, siempre
sorprende. Con este
colega asturiano también tomé copas en el
bar cerca de Plaza de la
Trinidad donde acostumbraba a beber hasta
quedar tendido Dallén
Thomas. A veces nos acompañaba el ovetense
Delfín García,
343
Antonio Parra Galindo
corresponsal de RNE, bravo carbayón aunque
muy cabezota, que
tenía un aire inconfundible de Humprhey
Bogart siempre con
su Pall Mall sin boquilla a flor de
labios. Pero en Nueva York la
bohemia es mucho más escurridiza y
peligrosa que en Europa. He
aquí a uno de los máximos poetas en lengua
inglesa convertido en
difunto de taberna en uno de esos pubs de
mala muerte denominados
“dives” (inmersiones) o cavernas o
“speakeasy” (hablemos
paso) que recordaban los tiempos de la Ley
Seca. A Dallén que
añoraba sus excelsos valles del Principado
de Gales Nueva York
fue su tumba; lo derrotó. Así que el Sky
line se presentó ante mis
ojos como una visión. Pensé en Moisés y
Aarón bajando del Sinaí
con las tablas bajo el brazo. Una nueva
era de mi vida empezaba
traumáticamente. Parto acongojado. Yo
venía a Nueva York por
una de esas carambolas a contar ese
periodo de transición que fue
la era Carter para los lectores de
“Arriba” y una cadena de otros
cincuenta periódicos y también a entregar
la cuchara porque la
cadena del Movimiento para la que
trabajaba iba a ser pignorada
o desmantelada a nostramo, porque dígase
lo que se quiera reconozcámoslo
o no en España desde el año 45 los que
mandan
son los americanos y algunos amigos
yanquis me han confesado
sottovoce de que con Franco les iba mejor.
No quedaba más
remedio. En aquel puesto había habido
predecesores brillantes:
Manolo Blanco Tobío, Celso Collazo, uno de
los creadores de
EFE, Guy Bueno, Félix Ortega, que fue el
mejor de todos ellos a
mi criterio de todo el cupo iniciado en el
48 por Pepe Cifuentes
y Rodrigo Royo, quienes tuvieron que
vérselas con una ley tan
pistonuda como la MacCarrack, el
diplomático de Truman que
luchó en Brunete con las Brigadas
Internacionales y que vedaba la
entrada en territorio estadounidense a los
españoles. El bloqueo
estuvo en teoría hasta comedios de los
cincuenta sólo sobre el papel
porque en la realidad nunca se llevó a
efecto. Todas esas firmas
habían dejado muy alto el pabellón y
aunque entusiasta y audaz
periodista como se decía en la jerga el
momento no me sentía con
344
Quo vadis Spain?
capacidad suficiente como para hacer
sombra a aquellos gigantes.
En los primeros días me fumé dos cartones
de tabaco pero no
fui el único. José María Carrascal que
llegó en barco casi como
un polizón se había fumado treinta
paquetes hasta perder la voz.
Y a nadie le extrañe porque Nueva York
acojona e impresiona y
más si el recién llegado la descubre en
medio de una aparatosa
tormenta como me pasó a mí. La clemente
Santina me echó un
capote. Aquella vez y todas. Durante la
espera para aterrizar estuvimos
de circunvuelo. A nuestros pies la postal
inconfundible del
paisaje urbano: Manhattan con sus
dársenas, espigones, grandes
buques amarrados. Bocanadas de humo blanco
manaban de las
fauces de las chimeneas de la central
térmica edificio lindero con
el de la ONU y se iban a colgar estos
penachos sobre los tiesos
adarves del Woolworth, el rascacielos más
antiguo, y del Empire
State. Es el emporio de la civilización y
la impresión que ofrece al
viajero es la de algo que arde y echa
chispas. Viviría dos años con
mi mujer y mis dos niños casi a la sombra
de este mastodonte de
hormigón con su chapitel calado donde la
inmensa lanza de una
antena de radio hace las veces de
campanario. Todas las mañanas
me despertaba la visión y el espectáculo
de la city. Es un paisaje
abstracto que no inspira sosiego, que
parece que siempre está llamándote
a la calle e instándote a la acción y al
movimiento pero
los atardeceres son verdaderamente
apoteósicos. El Empire es el
palo mayor de esta ciudad con forma y
fisonomía de buque de
guerra con jarcias de cristal. Las Torres
Gemelas eran las vergas
de popa. Cualquier bamboleo, descartado
pues el firme de Manhattan
no es más que un peñasco yermo vendido por
los indios
moahawk a los holandeses por veinticinco
dólares en 1622; que
se derrumbase todo el montaje, simplemente
imposible, porque
los cimientos son de sílice.
La Nueva Roma se funda sobre un plinto
granítico y siguiendo
las instrucciones talmúdicas trata de
imitar a la Roca de Is345
Antonio Parra Galindo
rael a la cual alude Ben Garrón cuando fue
proclamado el estado
judío en 1948; no mencionó la palabra
Dios, sólo la Roca de
Zion. Además, los muros de los
rascacielos, orgullo de la ingeniería
del siglo, estaban diseñados como soportar
la oscilación del
mayor terremoto. Por lo que el
portaaviones sería inexpugnable.
¿Cómo iba yo a pensar que la Nueva
Jerusalén de la Diáspora
iba a ser atacada y sus dos símbolos
señeros abatidos? Los pilotos
kamikazes hicieron blanco no ya sobre las
moles simbólicas de la
Torres Mellizas sino sobre el corazón que
mueve todo el ajetreo
de las finanzas. El daño mayor no han sido
los muertos, desaparecidas
o el destrozo causado, aunque los
norteamericanos tengan
redaños suficientes como para resucitar de
los escombros, sino la
afrenta moral a lo que estas dos trípodes
de cristal abanderaban.
Conque no puede ser más símbolo aquello de
torres más altas
han caído. Para mí que conozco Nueva York,
amo Nueva York y
fui residente allí cuatro años, los más
importantes de mi vida, lo
ocurrido el 11 martes fatídico de
septiembre del nuevo milenio
ha sido una señal. Un toque de atención
que exhorta al rearme
moral más que al físico, una vuelta al
pensamiento de la nueva
frontera de la época Kennedy. Que América
vuelva a ser amada
más que temida y odiada. No se aconseja un
castigo porque Dios
no puede castigar sino que el ataque
representa un aviso enviado
desde lo alto. Algo no va del todo bien
pese a la euforia de los
últimos años. Se exige no la guerra de
represalias contra la diabólica
mente que urdió la infernal hecatombe sino
la reflexión
meditada y el reposo sobre cómo somos, qué
queremos, hacia
dónde marcha el mundo. Y esta idea se me
ocurre cuando a mi
memoria viene el recuerdo de aquella tarde
noche de san Andrés
en medio de la tormenta durante la
angustiosa aproximación a un
aeropuerto congestionado de un tráfico
terebrante. Allí oscurece
mucho más rápidamente que aquí. Me
impresionó la visión de
aquellos dos conos mágicos como una
soberbia representación
de una ecuación matemática sobre el
paisaje. Dos falos erectos
346
Quo vadis Spain?
encarnación de la potencia genésica de una
nación joven ¡qué
contraste frente a los aires caducos de
Londres! Dos mástiles de
un trasatlántico en el que actuaría de
timonel, de serviola y de
mascarón de proa la estatua de la Libertad
apuntando su hachero
con la flama perenne hacia Europa. Nunca
imaginero tan mediocre
como era Bertholdi, aquel escultor que fue
contratado por la
municipalidad neoyorquina para llevar a
cabo el proyecto, tuvo
tanto éxito con un molde. Es lo que
significa el coloso. Los pobres
de la tierra recién llegados a la isla de
Elis estuvieron viniendo
a refugiarse bajo sus zócalos y ahora el
pebetero de la verde
dama en cuya cabeza hueca cabe todo un
restaurante puede que
esté también amenazado. Ha soplado un
viento recio en el rebufo
de la carlinga y la cola de los dos
aviones estrellados contra la
fachada de las dos torres. Vesania
fundamentalista. Muchos corearán
aquella frase del Corán “Alá es grande”.
Pero la grandeza
divina nunca podrá cimentarse sobre un
montón de escombros y
una pira de cadáveres. Sin embargo, yo
entonces con treinta y dos
años y medio pensaba que estaba llegando
al epicentro del futuro.
Caía en la forja de una horno donde todo
se cuece donde está el
crisol del mundo nuevo. La primera
impresión fue la de acogotamiento.
Nueva York amedrenta un poco cuando se la
ve desde el
aire y más en las circunstancias de aquel
vuelo en medio de una
tempestad que hizo que el avión se
zarandease como una vaina.
En uno de los fucilazos del relámpago
quedó diseñado sobre las
nubes el cordonazo de san Francisco o la
palma de santa Bárbara
que decían los pastores de mi pueblo. Me
pareció entonces que
una mano invisible estaba diseñando el
croquis de los tiempos
por venir con una anticipación de
veintiséis años sobre los acontecimientos.
Mi olfato periodístico me dijo que no hay
que dar
de lado a las corazonadas y yo en aquellos
momentos la tuve y ya
desde entonces nadie me pisó el scoop y
por eso mi corresponsalía
fue un poco a la contra de la de los
demás. Parece ser que a
muchos les supo a cuerno quemado que uno
quisiera contar la
347
Antonio Parra Galindo
verdad. Yo a los cables de la AP, de
Reuter y del “Times” les daba
siempre la vuelta y al revés te lo digo y
acertarás, piensa diferente
y acertarás. Hice periodismo de calle. No
me limité a pegar telegrama
o a refritar el Times como otros becarios
de la Fullbright y
con master en Columbia que se convertían
en amanuenses de los
lobbies por los pasillos del Edificio Azul
o del Departamento de
Estado. Desde el principio tuve muy claro
que venía a servir los
intereses de mi país. Me dieron por
díscolo pero hice bastantes
dianas y conseguí moverme con soltura en
el laberinto de la política
exterior de Cyrus Vance, para mí un
auténtico caballero. Los
americanos tienen un alto código de
valores tanto éticos como
morales y eso se nota también en el
apasionante mundo político
y estratégico de la Casa Blanca y del
Pentágono. La verdad tiene
muchos carriles y a un periodista se le
perdona todo menos el de
ser aburrido ni pastueño. La mansedumbre
de feligrés da buen
resultado en el rebaño y en la manada,
nunca en esta bataneada
profesión a la vez canalla y sublime. Mi
lema era un poco el de la
libertad al estilo del fundador del
“Manchester Guardian”: Facts,
sacred. Opinions, free” (los hechos son
sagrados; las opiniones
libres). De acuerdo pero existen diversas
formas de presentar objetivamente
unos mismo datos. A la que descendíamos el
avión
perdía presión. Vi como el pararrayos de
una de las Towers absorbía
la descarga de una centella. La gran
azotea se iluminó con una
luz de espectro. La gran fábrica del
rascacielos aguantó impávida.
Aquello me pareció el techo del mundo pero
yo ya colegí que
aquellos prodigios de la ingeniería eran
vulnerables. La exhalación
había pegado justo sobre la punta de la
antena de una de las
torres y el firmamento fulguró. Entonces
el World Trade Centre
estaba casi vacío y en alquiler la mayor
parte de sus ciento diez
pisos y dependencias. Bajo la borrasca
ofrecían estos dos titanes
de acrílico un aspecto de desafío a los
elementos. Habían sido
erigidos a prueba de terremoto. Eran el
orgullo de la técnica. Sin
embargo, dos aviones de pasajeros una
fatídica mañana del final
348
Quo vadis Spain?
de un verano para olvidar, el del 2001,
acabaron con esa suposición
presuntuosa. Al verlas por primera vez
recuerdo que pensé
en Babilonia y en Babel.
—¿Scary, eh? — dijo entonces un
puertorriqueño compañero
de vuelo empujándome con el codo.
— A little— repuse en inglés y él se puso
a jurar entonces en
español como suelen hacer los simpáticos
de la isla de Borinquen
que habían emigrado en oleadas a Manhattan
en la década anterior
y constituían casi un cuarenta por ciento
de la población.
Gran parte del pasaje estaba vomitando en
aquel instante de
turbulencias y de zarandeos. No pude por
menos de reprimir la
carcajada que distendió el estado de
nuestros nervios. De allí a
poco sentimos gañir los neumáticos del
Jumbo contra el tarmac
de la pista de Kennedy. Todo el mundo
empezó a aplaudir. Y
yo a rezar. Recuerdo que en ese instante
apreté contra mi pecho
la medalla de la Virgen de Covadonga parte
indispensable
de mi ajuar. A lo largo de cuatro años no
se me pasó el acojone
y creo que todavía me dura pero acabé
amando a Nueva York
identificándome con su latido. Es el pulso
del mundo del mundo.
No me extraña que Manolo Blanco Tobío
dijese que lo que más
extrañaba — para este gran periodista
gallego muy habituado a
los modos de vida norteamericanos Europa
era una especie de
exilio— es una ojeada rápida todas las
mañanas al Nueva York
Times. El bien y el mal conviven allí
puerta por puerta. Ángeles y
demonios sentados a la misma mesa. Los
rabinos con sus kaftanes
y los popes con sus manteos comparten un
sitio en el metro. El
superfluo y la elegancia de la Madison
Avenida entremedias de la
cochambre del Bowry. De todo aquel caos
que fue mi experiencia
neoyorquina saqué la conclusión de que
tiene que haber un dios,
un demiurgo que ponga orden, que se
apiade. Eso. Alguien que
se apiade porque Nueva York hace pensar en
la famosa frase de
san Pablo “nada de lo humano me es ajeno”.
No se puede ser ateo
349
Antonio Parra Galindo
en Nueva York. Todo menos ateo. Sientes
como una fuerza que
te lleva, una especie de protección. De lo
contraría te hundirías.
La gran manzana, la inmensa colmena, el
hormiguero de gentes
que se afanan un día y otro y también el
avispero y las injusticias.
Y como no la mafia. La metrópoli suscita
ideas enfrentadas, pensamientos
contradictorios de amor y de odio. No es
una ciudad
para volver porque de ella no se consigue
salir nunca. Te atrapa
desde el primer minuto y ya no te suelta
aunque te alejes físicamente.
Nueva York es una condición mental, estado
anímico.
Yo diría que es una ciudad mística. He
aquí una lectura judía en
versión talmúdica de la “Civitas Dei”
agustiniana. Que sólo cree
en la gracia del esfuerzo y que a Dios lo
coloca en otro plano. A él
rogando y con el mazo dando. Es una
concepción utilitarista de
los elegidos llamados a poseer la tierra
sucediendo esto acá abajo
sin tener que aguardar al más allá. No se
conforma con la resignación
cristiana ni lo injusticia a la que lucha
por atajar en este
mundo. Por eso es un frenesí continuo.
Arriba y abajo. La ciudad
que nunca duerme. La riada humana. El
poder automático.
Está tan cargado de voltios el lugar que
los picaportes y los
pestillos sueltan chispazos. La estática
pervade el entorno. Yo viví
en el Este hacia la calle 14. Allí todos
están juntos, nunca revueltos.
Mi barrio era una mezcolanza de judíos y
de sicilianos que
veneraban la camorra y nietos de Al Capone
todavía practicaban
ese vudú italiano que es la “jettatura”
pero católicos al por
mayor ya que en la fiesta de san Jenaro
sacaban su imagen por
Manhattan en procesión. En la otra manzana
había polacos con
su manera tan peculiar de concebir el
cristianismo y antipáticos.
Los pacíficos ucranianos todos con su
peculiar y angulosa cabeza,
los húngaros con sus botas de fuelle me
gustaban más y me hice
amigo de los judíos como mi quiosquero, un
bendito de Dios por
nombre Samuel, que me regalaba unos puros
verdes trapicheados
de Cuba y hablaba algo de ladino o
judeoespañol. “Aguarde su
merced agora un momentico pues vengo al
punto” Entre todas
350
Quo vadis Spain?
las etnias son los más de fiar. Los más
caritativos, los que más ayudan,
aunque en cuestión de dinero no se casen
con nadie. Luego,
hispanos los había por todas partes y
ahora creo que son más.
No se puede contemplar esta inmensa urbe
con prejuicios, nueva
York los desborda. Es un mundo que rebasa
todas las barreras y
trasciende las ofuscaciones y atavismos de
la vieja Europa donde
se mira con recelo al nacido en el pueblo
de al lado. Allí este tipo
de resentimientos se desconoce. No hay
envidia y si existe por lo
menos no se nota. Ni miradas por encima
del hombro. Sí tiene
que haber un Dios flotante por encima de
nuestras cabezas, un
Cordero que quite los pecados del mundo.
Alguien que se apiade.
De la torre herida por el rayo. De la
humanidad que palpita y
gime desconcertada. De la inconsciencia,
la banalidad, la vulgaridad
a espuertas, la frivolidad sin limites. Se
vive mucho mejor en
el Rellayo pero uno no sé por qué termina
añorando a la Ciudad
Automática. Un mundo sin paletos, sin
intereses de campanario
y con periodistas e informadores,
literatos amantes de su patria
y de su país con razón y sin ella, que
tienen muy en cuenta la ley
del libelo a la hora de sentarse delante
del ordenador y que saben
como nadie maquillar la información y
autocensurarse mientras
que la prensa a este lado del charco da fe
de una picaresca en auge
y la rosa en su chabacanería procaz parece
una corrala. Aquí todo
se ha vuelto un poco peripróctico, ya que
la información, anal y
asnal, parece girar en torno al mismo
cabo. Lo acabamos de ver
en la manera que han abordado el choque de
los aviones contra
el hastial imponente de las torres. Nos
han demostrado que entienden
el periodismo como una vocación de
servicio público,
un menester que ha de hacerse con
categoría, responsabilidad y
serenidad ¿Para eso queremos una Facultad
de Ciencias de la Información?
ESPAÑA MI NATURA
Posted: 14 Feb 2019 11:24 AM PST
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