2026-01-28

I LOVE NEW YORK

 Posted: 15 Feb 2019 11:23 PM PST

 

ESPAÑA MI NATURA

 

pedro menendez de avilés quinto centgenario era de cudillero. Yo levanté la liebre. Ver mi libro Quo Vadis Spain

Posted: 15 Feb 2019 11:23 PM PST

 

MENÉNDEZ DE AVILÉS ERA CUDILLERENSE

 

Una de las mayores sorpresas de mi estancia en EE.UU fue comprobar la admiración que el pueblo norteamericano (otra cosa es el gobierno) sentía hacia la gesta de los conquistadores hispanos desde Oregón hasta la Patagonia. Tanta fue esa admiración hacia el imperio de Carlos V que los norteamericanos imitaron el emblema de los Reyes Católicos como divisa del escudo nacional. Pintaron en vez del águila de San Juan el águila calva de las Rocosas y el epígrafe de una grande y libre la transformaron en el lema “ex pluribus unum”─ somos uno de muchas partes─ Y el yugo de la labor y las flechas del poderío hispánico lo convirtieron en una aljaba con tres dardos apuntando al vacío. Siempre agradeceré al pueblo norteamericano las atenciones y cuidados que tuvieron para conmigo y mi familia. Soy admirador de su gran idioma, como Licenciado en Filología Inglesa, de su literatura, del pragmatismo de sus costumbres, del amor a su bandera que cuelga a la puerta de todas las casas  y sobre todo de su gran periodismo y, aunque algunos me hayan tachado de anti-yanqui, ellos saben muy bien que eso no es cierto, porque mi lema el que se ha apropiado Trump: American first, que yo digo Spain first, radica en la libertad de opinión, regla sagrada del First Amendement de la American Constitution. Allí la mente es libre, y diferentes los pareceres, pero si violas la ley vas para chirona.

Y digo esto sin perjuicio de parte, a rebufo de la llegada de los nuevos hispanicidas de dentro y de fuera, que los servicios secretos de la CIA describen despectivamente como “adoquines” y “bricklayer”.

Algunos de esos gastan coleta y van de rufianes por la vida, ignominioso apellido y denigrante profesión. Pero los consideran los tontos útiles de cualquier movida y acción exterior. Un americano de buena ley siempre se cuadrará ante un patriota español que defiende a su país con razón y sin ella tratando de desenmascarar las perversidades de la Leyenda Negra. Eso lo entienden muy bien los norteamericanos. La proeza de Menéndez de Avilésque a mí me parece que era pixueto porque su casa solariega todavía guarda el escudo de los Menéndez Merás─ Palacio Valdés tiene un cuento precioso sobre la acción del último heredero de la dinastía que un día sube a una barca con la piedra esculpida de su blasón familiar y lo tira a la mar─ justo en la misma ribera y el embarcadero, en la ensenada del puerto queda ahí para los siglos futuros aunque, por desgracia, se haya negado a las nuevas generaciones el conocimiento de aquella aventura que llevó nuestra cultura española al nuevo mundo bajo el pendón de Castilla con soldados y marinos vascos, leoneses y andaluces, murcianos y catalanes.

Ellos, los gringos, tuvieron otra conquista la del Oeste pero fue de otra manera y con más medios técnicos, una vez inventado el revólver y los cañones del quince y medio. Y su expansión hacia el Oeste se llevó a efecto sin mistificaciones de raza o religión. Desconocían las leyes de indias. El mejor indio es el indio muerto, a decir de las huestes Colt en ristre de Búfalo Bill.

El temperamento inglés o francés es muy diferente al español. Claro que los Sioux eran tribus dispersas y no representaban imperios como el de los incas, aztecas y araucanos.

Fueron miles de kilómetros recorridos en climas muy extremos y la hazaña sólo se explica mediante dos conjeturas: la aparición del caballo y la artillería ligera (arcabuz, culebrina, lombarda frente a los arqueros indios.) Así como un milagro del Altísimo porque a aquellos aventureros les movía la fe en el Salvador.

 Pero hubo otra razón la más poderosa: el mestizaje y la buena disposición para confraternizar con aquellos hombres y mujeres que andaban desnudos por el bosque los cuerpos y las caras pintadas, practicaban a la antropofagia, el sacrificio de seres humanos, no trabajaban y se exterminaban unos a otros en contiendas tribales pero eran   hijos de Dios y redimidos por la sangre de Cristo para los españoles.

Don Pedro fundó en la Florida dos ciudades San Agustín y San Mateo en honor del patrón ovetense y, según cuenta Gonzalo de Solís, esta plaza se rindió a los ataques de los apaches. Los hombres fueron degollados pero se respetó la vida de las mujeres y de los niños.  Transcurrido más de un lustro, regresaron los españoles al lugar y el cacique les recibió de manera amistosa. Los convidó a cenar y danzar en torno al fuego después de fumar la pipa de la paz.

Acto seguido, ofreció al recio soldado praviano una de las esposas de su harén para holgar con ella en virtud del privilegio salvaje que aun mantienen algunos pueblos esquimales del “jus primae noctis”, el mayor cumplido que se podía realizar en obsequio de un huésped recién llegado. La respuesta del conquistador fue tajante y casi admirable por lo insólita:

─ Soy un hombre casado y nosotros los cristianos usamos de ese privilegio sólo la noche de bodas después de haber sido nuestro matrimonio bendecido por Dios.

Cuesta un poco creer tal respuesta en boca de un capitán de los Tercios del rey de España, pero conviene recordar que el invitado era un caballero adherido a las reglas del honor y del respeto a la mujer y que había velado las armas y recibido el toque de varas de la caballería andante. Casualmente los cronistas de Indias destacan con respecto a tal punto las siguientes consideraciones: otra actitud menos trágica y más casual en relación con el sexo; la belleza y la alegría de aquellas vírgenes no sé si necias o prudentes pero tan “hospitalarias” y dispuestas a hacer un favor a aquellos hombres de a caballo que venían buscando las fuentes de la eterna juventud en el siglo del amor que fue el del XVI que decían si Manitú nos lo dio es para que lo utilicemos.Aquellas tribus a la cópula conyugal la desligaban de cualquier aspecto morboso y lo consideraba un hecho fisiológico sin connotaciones peyorativas y bien se conoce que no tenían miedo al infierno del que tampoco habían oído hablar. Algo de poca importancia. Los encantos de la india Malinche a los que sucumbe el bellotero Hernán Cortés determinaron el éxito de la conquista azteca. Ahí estuvo la clave del criollismo, de la mezcla de razas, llevada a cabo por aquellos esforzados caballeros andantes de Carlos V que saltaron hasta la otra orilla del charco desde las páginas del Amadís de Gaula. Muchos historiadores negacionistas o de aluvión quisieran ningunearles tal éxito, en el deseo de que su hazaña no se hubiese producido, pero el gesto quedó ahí para gloria de un rey y una fe que defendieron con su sangre. Pedro Menéndez de Aviléscudillerense de pro pertenece al cupo de los aguerridos hidalgos.

Cañaveral donde siglos adelante habría de dar comienzo la carrera del espacio fue la primera tierra enjuta que toparon los galeones del Descubridor de la Florida. El problema era la carestía porque pronto se acababan los bastimentos que traían de la Península. Los indios navajos les enseñaron a cazar puercos con flechas enherboladas. Cuando no había carne la dieta consistía en palmitos e hicacos (cocos) pero siempre la amenaza era el hambre, el paludismo aparte de los franceses de Juan Girao que les atacaron en su fuerte de San Agustín.

Otro renglón nada desdeñable con que hubieron de enfrentarse eran los elementos del nuevo mundo: los ciclones y temporales de esta zona de la Bermuda donde misteriosamente desparecían los barcos y siguen perdiéndose los aviones. Sin embargo, era gente de una profunda fe religiosa aunque en lo moral su conducta no fuese del todo cabal. Se hacían la guerra mutuamente (el morbo visigótico o mal de los godos la envidia lo exportamos al nuevo mundo) sin embargo, lograron entablar buenas relaciones con los indígenas. A don Pedro los caciques lo veneraban como a un Dios cuando lo veían montar a caballo. Al cabo de una navegación en zozobra, si desembarcaban por fin en la playa, allí mismo mandaban los conquistadores españoles decir misa a los frailes y cantaban el Tedeum. Los cronistas de indias hacen gala en sus libros de una prosa concisa y circunspecta donde se narra de forma impávida los feroces acontecimientos y penalidades que hubieron de atravesar los quinientos soldados y naos que siguieron al Adelantado para colonizar la región. Su enfrentamiento con los soldados del rey de Francia Francisco I fue a muerte. El desalojo de los luteranos estuvo impregnado del espiritu sangriento de la Noche de San Bartolomé pero el drama terrible de las guerras religiosas que habían incendiado el Viejo Continente y que los españoles pretendían evitar en el Nuevo, amenazaba con reproducirse.

La mayor parte de la guarnición unos 550 asturianos y vizcaínos con unos cuantos castellanos de Tordesillas componían su alarde que acompañaba al prócer asturiano eran veteranos de los tercios de Flandes. Tenían que vérselas con los corsarios ingleses y franceses navegando el mar de las Antillas la costa de Sto. Domingo Cuba y el canal de la Bahama. Tuvo que atender a un motín a bordo y sofocarlo en su capacidad almirante de la armada. El sedicioso se llamaba Juan de la Parra, segoviano, al que un sobrino del Adelantado, Pero Menéndez Marqués, mandó colgar de una gavia del palo mayor. Entretanto, dejándolo de lugarteniente embarcó en una carabela rumbo a Puerto Rico para hacer la aguada y cargar cazabe galleta y carne.

Esto acabado, despachó a su sobrino Pedro Menéndez Marques a España para que informase al rey Felipe II de los acontecimientos. En marzo de 1566 por unos exploradores llega a sus oídos la noticia de que en una reserva había un grupo de cristianos como un centenar de hombres y mujeres a los que los indios habían esclavizado y vivían como animales salvajes. Eran españoles y su capitán Diego Maza acercó hasta el sitio al bergantín del Adelantado. El cronista Solis de Meras describe así el encuentro:

Españoles hermanos nuestros sean bien venidos en nombre de Dios y de Santa María y me mandó mi capitán esta carta que os traigo… “Y el mensajero que venia agrega el relator de estos hechos estaba desnudo el cuerpo pintado hecho indio y con sus vergüenzas cubiertas”

Se alimentaban de tasajo, gallinas y curadillo pues enseñaron a los indios a adobar el pescado. Los indios Saturiwaque andaban en pelotas por el berral las caras y los culos pintados las mujeres se escondían cuando llegaban los misioneros al poblado les enseñaron el arte de navegar en canoa y fue así como comenzó el piragüismo, ese deporte tan asturiano, aunque ya los ingleses lo practicaban cruzando el Támesis en traineras. La vida del Adelantado de la Florida don Pedro Menéndez de Avilés es una crónica maravillosa de viajes, caminatas, hambres desolaciones, traiciones y concordias. Entre los aborígenes había etnias como los Saturiwa que se declaraban amigos pero otras los Timicua les acogían disparando flechas envenenadas incendiando fuertes y recintos. Fue una larga y cruel aventura pero siempre maravillosa. El adelantado de la Florida todo un lobo de mar y uno de los marinos más prestigiosa de aquella edad cuando España era la primera potencia marítima del mundo gozaba del mayor prestigio en la corte de Felipe II. Lo certifica el hecho de que empuñó el timón de la nave capitana de la escuadra que condujo al rey en su viaje nupcial a Inglaterra a casarse con la hija de Enrique VIII en Westminster.

En 1574 es nombrado por el monarca capitán general de la Escuadra, cargo que no pudo ejercer pues al poco muere de tabardillo en Santander. Felipe II traslada el mando de la fuerza naval a don Álvaro de Bazán. Este se encarga de prevenir la flota para ir contra los ingleses. No se logró porque también fallece don Álvaro de Bazán y ha de ser sustituido a toda prisa en el mando por su maestre de campo el duque de Medina Sidonia. La conquista de la Florida y la expulsión de los hugonotes del territorio fueron realizadas a partir de Cabo Cañaveral y de Miami entre los años 65 y 67. Los españoles tenían por base de avituallamiento el morro de la Habana, Puerto Rico y la isla de Santa Elena así como Santo Domingo. Hubo muchas fatigas y no pocos sobresaltos. Algunas naos se perdieron al surcar las aguas malditas del triangulo de la Bermuda. Eladelantado tuvo que sofocar a sangre y fuego la rebelión de algunos de sus capitanes como Martín de Rescalde o la incursión de hordas de indios enemigos       que asolaban las pallozas cubiertas de palmitos y raptaban a las mujeres cristianas. Esto permitió el mestizaje. De esta manera nació el criollismo al que hoy recuerdan y agradecen los pueblos de las Antillas.

En 1574 zarpa de la Habana “y con prospero viento navegó 72 leguas y en el Cabo San Vicente topó con fustas de moros pero pudo llegar sin contratiempo a la Coruña el día de san Pedro. Dos naves de pabellón francés y una fragata inglesa le daban caza pero trató de burlarlas y tuvo el viento tan próspero que en aquel mesmo día entró en la bahía que llaman de Artedo donde estaban  surtos  diez navíos los cuales cuando vieron aquella fragata de nueva invención que parecía de turcos desampararon sus navíos y huyeron al monte… a las diez de la noche, al acercase un batel de reconocimiento,  los hombres de mar y la gente de guerra les grita que allí venía el Adelantado de la Florida don Pedro Menéndez de Avilés. El capitán mandó izar el guión de Castilla de damasco carmesí y una bandera de campo y tocar clarines. Los de los bateles temiendo fuesen corsarios no se cercaron. Eran marineros portugueses y una nave oneraria cargada de hierro y madera. En esto, el Adelantado y los suyos se hicieron a la vela desde Artedo, entrando en el puerto de Avilés al cabo de dos horas donde fueron recibidos por el alcaide de Sabugo con gran regocijo, se tocaron las campanas y la población acudió a un solemne Tedeum en la iglesia de San Francisco. Hacía 18 años que no veía a su mujer doña Ana María de Solís”.

De esta forma circunspecta y con prosa notarial levanta acta del regreso del navegante a su tierra. La familia, como arriba se dijo, proveería del solar de Santa Paya al lado de Pravia pero tenía abiertas otras casas en Grado, Oviedo y Avilés concretamente en el barrio de Sabugo. Todas ellas han desaparecido. No así la de Cudillero, que permanece, ubicada mismamente donde hoy se expende el pescado más fresco del concejo.

Cabe destacar las relaciones del Adelantado con la Concha de Artedo, un excelente puerto natural de mucho abrigo y buen calado de donde zarpó el año 64 y donde quiso, de regreso, ponerse al pairo para despistar a los piratas ingleses que iban tras de sus pasos. El cariño hacia este lugar donde aprendió a navegar en su niñez don Pedro lo destacan sus biógrafos don Gonzalo Solís y Merás y el historiador y catedrático Gómez-Tabanera en su obra Pedro Menéndez de Avilés y la conquista de la Florida en 1565 de cuyo memorial extraemos algunos de los datos al respecto; con aportaciones de nuestra cosecha que hemos puesto negro sobre blanco en este articulito para que sirva de testimonio a las próximas generaciones. Los restos mortales del Adelantado se veneran en una lauda mortuoria sita al lado del Evangelio en la iglesia avilesina de San Nicolás

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pedro Menéndez de Avilés, el primer conquistador y colonizador de la Florida

 artículo del Mundo que me refrita

 

HISTORIA

OPINIÓN

 

 

ANTONIO FERNÁNEZ TORAÑO

 

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16 FEB. 2019 01:16

 

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El autor de 'Pedro Menéndez de Avilés. Señor del mar océano. Adelantado de la Florida' glosa la vida del militar en el quinto centenario de su nacimiento.

Pedro Menéndez de Avilés nace el 15 de febrero de 1519 en el seno de una familia hidalga asturiana en la que contaría con ocho hermanos más, algunos de los cuales formarán parte del grupo de sus más estrechos colaboradores.

La situación económica de su familia, su pertenencia a un estrato social alejado de los escalones superiores de la nobleza del momento, y una innata vocación marinera, llevaron a Pedro Menéndez a alistarse como grumete, a los 14 años, en una Armada surta en Santander destinada a defender las costas del Cantábrico.

Con 30 años, consigue del regente Maximiliano II su primera «patente de corso» y en 1550 una segunda, esta vez concedida por Carlos V, para desarrollar su actividad corsaria en las aguas de la «carrera de Indias» cercanas a las Canarias, y más allá, en las aguas del Caribe, lo que supondrá su primer contacto con los territorios del Nuevo mundo recién descubierto.

En 1554, Felipe II le nombrará Capitán General de la carrera, algo que ya nunca olvidarían los oficiales de esta institución y que generará una fuerte animadversión recíproca sólo extinguida con la propia muerte del asturiano en 1574.

Se inicia así, la etapa europea de Pedro Menéndez de Avilés, en la que simultaneará sucesivos nombramientos como Capitán General de la carrera al servicio de la Corona o en empresas militares en las provincias flamencas, con su actividad como marino mercante en el comercio con los nuevos territorios en América.

En 1559 Felipe II le encargará comandar la flota que había de traerle desde Amberes a España a finales de agosto, salvándole de un más que probable naufragio frente a las costas de Laredo, como consecuencia de una galerna, que sí hizo naufragar a varios barcos de la comitiva que le acompañaba.

En fin, en junio de 1563, de regreso de uno de sus viajes a las Indias, es acusado por la Casa de Contratación de contrabando de metales preciosos y pieles, entre otros cargos, siendo arrestado y llevado a las Atarazanas el 19 de agosto, prisión de la que no saldrá hasta febrero de 1565, con una sentencia absolutoria.

Durante su estancia en prisión, la Florida se había convertido en un asunto de Estado, así que, nada más salir de prisión, Felipe II capitulará con él, en marzo, una expedición público-privada a ese territorio con el objetivo principal de expulsar de él a los hugonotes franceses que se habían asentado allí, y colonizar con españoles aquellas tierras.

La expedición salió de Cádiz el 29 de junio, y el 4 de septiembre de 1565, tras una peligrosa travesía que desbarató la flota que llevaba, dejándola reducida a cinco barcos, Menéndez de Avilés se encontrará, ya en la costa oriental de Florida, en la desembocadura del río St. John (a la altura de donde hoy se encuentra la ciudad de Jacksonville), con cuatro galeones franceses, bien armados y en perfectas condiciones para combatir, pero que optaron por huir a mar abierto, circunstancia que aprovecha para volver sobre sus pasos y desembarcar en una ensenada que ya habían avistado en su recorrido desde Cabo Cañaveral hacia el norte en busca de la colonia francesa.

Allí, levantará un primer asentamiento al que el 8 de septiembre colocará bajo la protección de San Agustín y tomará posesión de aquellas tierras en nombre del rey de España. Pero su mentalidad militar no descansaba, de modo que el 21 de setiembre, tras cuatro días de marcha para recorrer cerca de 80 kilómetros por una selva desconocida e inundada debido a las tormentas, bajo una lluvia torrencial, el Adelantado asalta por sorpresa y toma Fort Caroline, al que inmediatamente pondrá por nombre San Mateo, sin que se registrase ninguna baja entre los españoles.

En las semanas sucesivas, Menéndez de Avilés continuará la persecución de los huidos, de modo que a primeros de noviembre había logrado acabar con la presencia francesa en Florida.

A partir de ese mes, comenzará una frenética actividad que, durante algo menos de 24 meses, le permitirá iniciar la colonización de aquel territorio, consolidando la presencia de otros dos asentamientos en la costa oriental, San Mateo y Santa Elena, más al norte, (hoy, en el Condado de Beaufort, Carolina del Sur). Asimismo, establece hasta siete fortines a lo largo de esa costa, desde Cabo Cañaveral hacia el norte, hasta las cercanías de San Agustín y San Mateo, organiza, mediante la publicación de las correspondientes ordenanzas, la vida militar, civil y religiosa en aquellos asentamientos; apoya el establecimiento de misiones jesuitas, protegidas por la milicia frente a la permanente hostilidad de los nativos; y, al frente de seis navíos de guerra, protagoniza durante dos meses, a finales de 1566, un viaje de reforzamiento y fortalecimiento de las defensas de los asentamientos españoles en las tres grandes islas del Caribe, Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba.

En fin, de vuelta a la Corte en 1567, Felipe II le nombrará Gobernador de Cuba y capitán general de una nueva Armada de guarda y defensa de las aguas del Caribe, así como caballero de la Orden de Santiago y comendador de la Orden de la Santa Cruz de la Zarza.

A finales de 1573, Felipe II le llamará de nuevo a Madrid, en donde le encargará la organización de una Armada con el objetivo de socorrer a Luis de Requesens, en una complicada situación militar en la región de Amberes, pero también, posiblemente, con el objetivo, nunca declarado, de invadir Inglaterra.

Sin embargo, las continuas vacilaciones de Felipe II en cuanto a la ejecución de este proyecto fueron minando y debilitando las oportunidades de éxito de la empresa, y cuando, por fin, el 9 de septiembre de 1574, a bordo de su nave capitana, enfilaba la salida del puerto de Santander al frente de su Armada, le acometió un tifus exantemático de tal virulencia que, llevado a tierra, falleció a los ocho días, el 17 de septiembre.

Tenía 55 años.

 

ESPAÑA MI NATURA

 

Posted: 15 Feb 2019 11:13 PM PST

 

ESPAÑA MI NATURA

 

Господи помилуй lyrie eleison señor ten piedad bellisimo

Posted: 15 Feb 2019 11:23 AM PST

ESPAÑA MI NATURA

 

RESPONSO ANTE LA TUMBA DE CELA

Posted: 15 Feb 2019 06:44 AM PST

 

ESPAÑA MI NATURA

 

ewig erinerung fur RUDI EPPERT. fUE EL PRIMER CAÍDO EN LA BATALLA DE LA SED (VER MI LIBRO "REMEMBER BRUNETE. HABÍA UNA ESTELA FUNERARIA DE MARMOL EN EL LUGAR EN QUE CAYÓ SU APARATO EL 14 DE ENERO DE 1937. EL ALCALDE SOCIALISTA DE VILLANUEVA DEL PARDILLO LA MANDÓ DETRUIR. ERA SU MEMORIA HISTÓRICA NO LA NUESTRA

Posted: 15 Feb 2019 06:44 AM PST

 

 

ESPAÑA MI NATURA

 

YA ESTÁ AHÍ EL JEFE TODOS LOS CATALANES FIRMES

Posted: 14 Feb 2019 06:59 PM PST

 

ESPAÑA MI NATURA

 

I LOVE NEW YORK (capitulo 64 de mi libro Quo vadis Spaon. yo fue corresponsal de FRanco

Posted: 14 Feb 2019 11:25 AM PST

Quo vadis Spain?

Franco al que no podía ver ni en pintura y al que culpaba de

todos los males presentes y futuros de nuestro país al que tanto

amamos porque el verdadero Israel estuvo ubicado en Sefarad. Y

guarda los secretos, misterios y maldiciones de toda tierra prometida.

Mas “de gustibus non disputandum est”, decía el clásico.

Ángel Alcázar de Velasco ¡Presente! No te olvides de mí dondequiera

que estés.

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Capítulo 64

CORRESPONSAL DE LA NUEVA ESPAÑA EN NUEVA YORK. UN MORDISCO A LA GRAN CAMUESA.

Con una estampa de la Santina en bolso y bastante miedo en el cuerpo me acuerdo de mi arribada a NY tal que una noche de san Andrés de 1976. Estaba nevando o a punto de hacerlo en honor de aquel refrán que dice: Por los Santos nieve en los altos y por San Andrés nieve en los pies. Cuando en América se acatarran aquí cogemos unas pulmonías de espanto. Era una tempestad de granizo casi tropical lo que caía terciada con hampos de una nevasca rusa que descendían perezosos sobre la cima de los rascacielos y el viento huracanado jugando a capricho con la aeronave. Por un instante creímos que nos ibamos a estrellar contra las Torres Gemelas. Allí vi un signo de los días porvenir. El horrísono espectáculo para los hiperestésicos como yo no es nuevo. A Nostradamus lo he vivido en mis propios huesos. La fatalidad muslímica frente al destino. Makfut. Está escrito. Desde entonces, y aunque salí de aquélla y de otro accidente que tuvimos en Lisboa, se incendiaron dos motores en pleno vuelo, a raíz de mi accidentado aterrizaje en la Gran Manzana, he tenido pesadillas columbrando aviones caían sobre el World Trade Centre. También la torre Eiffel y el embudo donde se encastilla el Big Ben, torre del parlamento de Westminster, pero sobre todo las

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Quo vadis Spain?

torres Gemelas eran el tema recurrente de mis cefaleas oníricas.

¿Occidente en la encrucijada?

Hasta escribí una crónica y creo haber entregado algún despacho

anticipando esa experiencia apocalíptica de las Torres Mellizas

derrumbándose que ha puesto al mundo los pelos de punta. Y

la obsesión me ha martillado muchos años porque Nueva York es

algo que imprime carácter que cambia la mentalidad y el modo

de ser de las gentes. Allí mi vida experimentó un giro de varios

acimutes. Y silbé sus “blues” bajo la autoridad de Frank Pinatra,

un neoyorquino típico: “I love Nueva York. Nueva York”.

En América todo es grande y es extremo. Las montañas. Los huracanes.

Los hombres y las mujeres; allí se encuentran los más

altos y los más bajos, los más guapos y los más feos, los flacos

como leznas y los más gordos pues dicen que Nueva York, donde

abundan los “fatis”, cambia hasta el metabolismo y a mí me

ocurrió Las ciudades. Los árboles mayores como el alerce de las

Rocosas o las secuoyas de California. Se lo pasan allí en grande

los estadísticos, los amigos de los contrastes y todos aquellos que

sienten pasión por evaluar las contradicciones, sinrazones y a veces

maravillas de la raza humana. América casi carece de raseros

y de varas de medir. Hasta climatológicamente las subidas y bajadas

del mercurio de tan bruscas carecen de parangón. Se pasa

sin solución de continuidad de una mañana calma de primavera

a una tarde de calígine para luego tener una noche de escarchas.

“If you dont like our weather, just wait” (Si no te gusta nuestro

clima aguarda un segundo), advierten los castizos de Brooklyn.

Esta volubilidad a mí me parece que influye en la forma de ser de

los habitantes con bruscos cambios emocionales que hace que no

se asuste el neoyorquino de nada. Y se asusten también de todo.

Allí suele tomarse la vida muy a pecho puesto que para sobrevivir

hay que ser un adicto del curro. Como aquel Hernie, el transcriptor

de mis crónicas en la IT de la Onu, un judío entrañable.

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Antonio Parra Galindo

El pobre se fue a morir a Miami a un cementerio de elefantes.

Que así se llama en el lenguaje coloquial a los que se jubilan y lo

peor que le puede pasar a un neoyorquino es jubilarse. Y es que

allá cuando llueve, es el diluvio y si truena o cellisca lo hace a

conciencia y de verdad. Iban a ser cuatro años de experiencia sin

precedentes. De calores húmedos en los cuales se podía cortar el

aire con una navaja y de hielos espantosos. Recuerdo la morriña

que me invadía todos los veranos al regreso de las vacaciones en

Artedo con sus mareas cantábricas, un verdadero servicio de limpieza

costero que no existe en la Bahía del Hudson fuertemente

contaminadas a causa del carboneo y el intenso tráfico náutico

que ha degradado a las playas como las de Long Island consideradas

como las mejores del mundo; una vez fui a bañarme a los

arroyos de Staten Island, un marasmo de galipote, y por poco

perezco, añorando las olas de mi Cudillero, no a causa del agua

sino en el cieno de las cloacas y de los vertidos de los basureros

oceánicos. De la parte de Nueva Jersey las tardes que cambiaba

el aire llegaba una hedentina que quemaba los ojos y las narices.

Allí todo era grande y distinto. Hasta el tufo. La naturaleza, más

joven que en la vieja Europa, observa un comportamiento más

vigoroso e imprevisible. Allí todo es grande hasta los atentados

como el que acabamos de presenciar horrorizados a través de la

CNN. En los famosos kills se entierran ahora los cascotes del desastre

y Staten Island era y lo sigue siendo la isla de los muertos.

Gestaten, en alemán y en holandés vale tanto como inhumación.

Habíamos tenido un vuelo con turbulencias. La aproximación a

Kennedy la hizo el piloto con mucha cautela. Estuvimos dando

rodeos a la vertical del cielo de la Mejana Inmensa que es la isla

de Manhattan, a la que llaman cariñosamente Big Apple (la gran

camuesa) los neoyorquinos, gentes de todas las etnias y razas que

han aprendido a convivir en armonía y sin problemas, dentro de

lo que cabe, formando ese caldero o melting pot que demuestra

que los caminos del mundo no son los de la xenofobia sino los

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Quo vadis Spain?

de la xenofilia y benevolencia hacia el forastero, el meteco o el

espaldas mojadas que llega en busca de acomodo y de un futuro

mejor. Allí uno nunca se siente de fuera.

Esto no quiere decir que sea una megapolis cómoda o fácil ni

el Edén, porque se lleva una vida que no es para llegar a viejo. Es

una ciudad bronca donde todo es difícil y donde nunca hay que

bajar la guardia pero allí se percibe un halo de humanitarismo

tierno bajo la hosca corteza del neoyorquino quien, cuando habla

por cierto lo hace con palabras precisas y como con barbas. Su

“slang” o jeringonza es uno de los más interesantes por sus alardes

de precisión y de fantasía. Puede decirse que el cheli y el pasota

madrileño lo copian. Hasta el punto de que allí la sabiduría se

aprende en la calle. La ciencia del albañal o sabiduría de la acera

son dos palabras que allí conviene aprender para saber nadar y

guardar la ropa. Sin una orientación y una buena aguja de marear

te caes pues refiere un viejo dicho local “nice guys here dont last”

(los buenos chicos aquí duran poco). Están acostumbrado a las

emergencias. Lo que más me sorprendió al principio es que la

radio ensayaba simulacros de un posible ataque nuclear y llevaba

a cabo pruebas de evacuación a los refugios que terminaban todos

ellos con la muletilla: “Esto no fue sino una prueba, de haber sido

una emergencia real les hubiésemos facilitado las precisas instrucciones”.

Es el mejor inglés jamás escuchado y eso mismo me decía

el querido periodista y novelista gijonés Faustino G. Ayer, un

enamorado de América y de todo lo americano (los dos ibamos

a comprar el pan juntos a una tahona italiana de la ciudad baja,

dentón) que conocía bien Nueva York, claro dentro de un límite

porque en este foro mundial todo se mueve. Todo parece en perpetua

catarsis y siempre confunde, siempre sorprende. Con este

colega asturiano también tomé copas en el bar cerca de Plaza de la

Trinidad donde acostumbraba a beber hasta quedar tendido Dallén

Thomas. A veces nos acompañaba el ovetense Delfín García,

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Antonio Parra Galindo

corresponsal de RNE, bravo carbayón aunque muy cabezota, que

tenía un aire inconfundible de Humprhey Bogart siempre con

su Pall Mall sin boquilla a flor de labios. Pero en Nueva York la

bohemia es mucho más escurridiza y peligrosa que en Europa. He

aquí a uno de los máximos poetas en lengua inglesa convertido en

difunto de taberna en uno de esos pubs de mala muerte denominados

“dives” (inmersiones) o cavernas o “speakeasy” (hablemos

paso) que recordaban los tiempos de la Ley Seca. A Dallén que

añoraba sus excelsos valles del Principado de Gales Nueva York

fue su tumba; lo derrotó. Así que el Sky line se presentó ante mis

ojos como una visión. Pensé en Moisés y Aarón bajando del Sinaí

con las tablas bajo el brazo. Una nueva era de mi vida empezaba

traumáticamente. Parto acongojado. Yo venía a Nueva York por

una de esas carambolas a contar ese periodo de transición que fue

la era Carter para los lectores de “Arriba” y una cadena de otros

cincuenta periódicos y también a entregar la cuchara porque la

cadena del Movimiento para la que trabajaba iba a ser pignorada

o desmantelada a nostramo, porque dígase lo que se quiera reconozcámoslo

o no en España desde el año 45 los que mandan

son los americanos y algunos amigos yanquis me han confesado

sottovoce de que con Franco les iba mejor. No quedaba más

remedio. En aquel puesto había habido predecesores brillantes:

Manolo Blanco Tobío, Celso Collazo, uno de los creadores de

EFE, Guy Bueno, Félix Ortega, que fue el mejor de todos ellos a

mi criterio de todo el cupo iniciado en el 48 por Pepe Cifuentes

y Rodrigo Royo, quienes tuvieron que vérselas con una ley tan

pistonuda como la MacCarrack, el diplomático de Truman que

luchó en Brunete con las Brigadas Internacionales y que vedaba la

entrada en territorio estadounidense a los españoles. El bloqueo

estuvo en teoría hasta comedios de los cincuenta sólo sobre el papel

porque en la realidad nunca se llevó a efecto. Todas esas firmas

habían dejado muy alto el pabellón y aunque entusiasta y audaz

periodista como se decía en la jerga el momento no me sentía con

344

Quo vadis Spain?

capacidad suficiente como para hacer sombra a aquellos gigantes.

En los primeros días me fumé dos cartones de tabaco pero no

fui el único. José María Carrascal que llegó en barco casi como

un polizón se había fumado treinta paquetes hasta perder la voz.

Y a nadie le extrañe porque Nueva York acojona e impresiona y

más si el recién llegado la descubre en medio de una aparatosa

tormenta como me pasó a mí. La clemente Santina me echó un

capote. Aquella vez y todas. Durante la espera para aterrizar estuvimos

de circunvuelo. A nuestros pies la postal inconfundible del

paisaje urbano: Manhattan con sus dársenas, espigones, grandes

buques amarrados. Bocanadas de humo blanco manaban de las

fauces de las chimeneas de la central térmica edificio lindero con

el de la ONU y se iban a colgar estos penachos sobre los tiesos

adarves del Woolworth, el rascacielos más antiguo, y del Empire

State. Es el emporio de la civilización y la impresión que ofrece al

viajero es la de algo que arde y echa chispas. Viviría dos años con

mi mujer y mis dos niños casi a la sombra de este mastodonte de

hormigón con su chapitel calado donde la inmensa lanza de una

antena de radio hace las veces de campanario. Todas las mañanas

me despertaba la visión y el espectáculo de la city. Es un paisaje

abstracto que no inspira sosiego, que parece que siempre está llamándote

a la calle e instándote a la acción y al movimiento pero

los atardeceres son verdaderamente apoteósicos. El Empire es el

palo mayor de esta ciudad con forma y fisonomía de buque de

guerra con jarcias de cristal. Las Torres Gemelas eran las vergas

de popa. Cualquier bamboleo, descartado pues el firme de Manhattan

no es más que un peñasco yermo vendido por los indios

moahawk a los holandeses por veinticinco dólares en 1622; que

se derrumbase todo el montaje, simplemente imposible, porque

los cimientos son de sílice.

La Nueva Roma se funda sobre un plinto granítico y siguiendo

las instrucciones talmúdicas trata de imitar a la Roca de Is345

Antonio Parra Galindo

rael a la cual alude Ben Garrón cuando fue proclamado el estado

judío en 1948; no mencionó la palabra Dios, sólo la Roca de

Zion. Además, los muros de los rascacielos, orgullo de la ingeniería

del siglo, estaban diseñados como soportar la oscilación del

mayor terremoto. Por lo que el portaaviones sería inexpugnable.

¿Cómo iba yo a pensar que la Nueva Jerusalén de la Diáspora

iba a ser atacada y sus dos símbolos señeros abatidos? Los pilotos

kamikazes hicieron blanco no ya sobre las moles simbólicas de la

Torres Mellizas sino sobre el corazón que mueve todo el ajetreo

de las finanzas. El daño mayor no han sido los muertos, desaparecidas

o el destrozo causado, aunque los norteamericanos tengan

redaños suficientes como para resucitar de los escombros, sino la

afrenta moral a lo que estas dos trípodes de cristal abanderaban.

Conque no puede ser más símbolo aquello de torres más altas

han caído. Para mí que conozco Nueva York, amo Nueva York y

fui residente allí cuatro años, los más importantes de mi vida, lo

ocurrido el 11 martes fatídico de septiembre del nuevo milenio

ha sido una señal. Un toque de atención que exhorta al rearme

moral más que al físico, una vuelta al pensamiento de la nueva

frontera de la época Kennedy. Que América vuelva a ser amada

más que temida y odiada. No se aconseja un castigo porque Dios

no puede castigar sino que el ataque representa un aviso enviado

desde lo alto. Algo no va del todo bien pese a la euforia de los

últimos años. Se exige no la guerra de represalias contra la diabólica

mente que urdió la infernal hecatombe sino la reflexión

meditada y el reposo sobre cómo somos, qué queremos, hacia

dónde marcha el mundo. Y esta idea se me ocurre cuando a mi

memoria viene el recuerdo de aquella tarde noche de san Andrés

en medio de la tormenta durante la angustiosa aproximación a un

aeropuerto congestionado de un tráfico terebrante. Allí oscurece

mucho más rápidamente que aquí. Me impresionó la visión de

aquellos dos conos mágicos como una soberbia representación

de una ecuación matemática sobre el paisaje. Dos falos erectos

346

Quo vadis Spain?

encarnación de la potencia genésica de una nación joven ¡qué

contraste frente a los aires caducos de Londres! Dos mástiles de

un trasatlántico en el que actuaría de timonel, de serviola y de

mascarón de proa la estatua de la Libertad apuntando su hachero

con la flama perenne hacia Europa. Nunca imaginero tan mediocre

como era Bertholdi, aquel escultor que fue contratado por la

municipalidad neoyorquina para llevar a cabo el proyecto, tuvo

tanto éxito con un molde. Es lo que significa el coloso. Los pobres

de la tierra recién llegados a la isla de Elis estuvieron viniendo

a refugiarse bajo sus zócalos y ahora el pebetero de la verde

dama en cuya cabeza hueca cabe todo un restaurante puede que

esté también amenazado. Ha soplado un viento recio en el rebufo

de la carlinga y la cola de los dos aviones estrellados contra la

fachada de las dos torres. Vesania fundamentalista. Muchos corearán

aquella frase del Corán “Alá es grande”. Pero la grandeza

divina nunca podrá cimentarse sobre un montón de escombros y

una pira de cadáveres. Sin embargo, yo entonces con treinta y dos

años y medio pensaba que estaba llegando al epicentro del futuro.

Caía en la forja de una horno donde todo se cuece donde está el

crisol del mundo nuevo. La primera impresión fue la de acogotamiento.

Nueva York amedrenta un poco cuando se la ve desde el

aire y más en las circunstancias de aquel vuelo en medio de una

tempestad que hizo que el avión se zarandease como una vaina.

En uno de los fucilazos del relámpago quedó diseñado sobre las

nubes el cordonazo de san Francisco o la palma de santa Bárbara

que decían los pastores de mi pueblo. Me pareció entonces que

una mano invisible estaba diseñando el croquis de los tiempos

por venir con una anticipación de veintiséis años sobre los acontecimientos.

Mi olfato periodístico me dijo que no hay que dar

de lado a las corazonadas y yo en aquellos momentos la tuve y ya

desde entonces nadie me pisó el scoop y por eso mi corresponsalía

fue un poco a la contra de la de los demás. Parece ser que a

muchos les supo a cuerno quemado que uno quisiera contar la

347

Antonio Parra Galindo

verdad. Yo a los cables de la AP, de Reuter y del “Times” les daba

siempre la vuelta y al revés te lo digo y acertarás, piensa diferente

y acertarás. Hice periodismo de calle. No me limité a pegar telegrama

o a refritar el Times como otros becarios de la Fullbright y

con master en Columbia que se convertían en amanuenses de los

lobbies por los pasillos del Edificio Azul o del Departamento de

Estado. Desde el principio tuve muy claro que venía a servir los

intereses de mi país. Me dieron por díscolo pero hice bastantes

dianas y conseguí moverme con soltura en el laberinto de la política

exterior de Cyrus Vance, para mí un auténtico caballero. Los

americanos tienen un alto código de valores tanto éticos como

morales y eso se nota también en el apasionante mundo político

y estratégico de la Casa Blanca y del Pentágono. La verdad tiene

muchos carriles y a un periodista se le perdona todo menos el de

ser aburrido ni pastueño. La mansedumbre de feligrés da buen

resultado en el rebaño y en la manada, nunca en esta bataneada

profesión a la vez canalla y sublime. Mi lema era un poco el de la

libertad al estilo del fundador del “Manchester Guardian”: Facts,

sacred. Opinions, free” (los hechos son sagrados; las opiniones

libres). De acuerdo pero existen diversas formas de presentar objetivamente

unos mismo datos. A la que descendíamos el avión

perdía presión. Vi como el pararrayos de una de las Towers absorbía

la descarga de una centella. La gran azotea se iluminó con una

luz de espectro. La gran fábrica del rascacielos aguantó impávida.

Aquello me pareció el techo del mundo pero yo ya colegí que

aquellos prodigios de la ingeniería eran vulnerables. La exhalación

había pegado justo sobre la punta de la antena de una de las

torres y el firmamento fulguró. Entonces el World Trade Centre

estaba casi vacío y en alquiler la mayor parte de sus ciento diez

pisos y dependencias. Bajo la borrasca ofrecían estos dos titanes

de acrílico un aspecto de desafío a los elementos. Habían sido

erigidos a prueba de terremoto. Eran el orgullo de la técnica. Sin

embargo, dos aviones de pasajeros una fatídica mañana del final

348

Quo vadis Spain?

de un verano para olvidar, el del 2001, acabaron con esa suposición

presuntuosa. Al verlas por primera vez recuerdo que pensé

en Babilonia y en Babel.

—¿Scary, eh? — dijo entonces un puertorriqueño compañero

de vuelo empujándome con el codo.

— A little— repuse en inglés y él se puso a jurar entonces en

español como suelen hacer los simpáticos de la isla de Borinquen

que habían emigrado en oleadas a Manhattan en la década anterior

y constituían casi un cuarenta por ciento de la población.

Gran parte del pasaje estaba vomitando en aquel instante de

turbulencias y de zarandeos. No pude por menos de reprimir la

carcajada que distendió el estado de nuestros nervios. De allí a

poco sentimos gañir los neumáticos del Jumbo contra el tarmac

de la pista de Kennedy. Todo el mundo empezó a aplaudir. Y

yo a rezar. Recuerdo que en ese instante apreté contra mi pecho

la medalla de la Virgen de Covadonga parte indispensable

de mi ajuar. A lo largo de cuatro años no se me pasó el acojone

y creo que todavía me dura pero acabé amando a Nueva York

identificándome con su latido. Es el pulso del mundo del mundo.

No me extraña que Manolo Blanco Tobío dijese que lo que más

extrañaba — para este gran periodista gallego muy habituado a

los modos de vida norteamericanos Europa era una especie de

exilio— es una ojeada rápida todas las mañanas al Nueva York

Times. El bien y el mal conviven allí puerta por puerta. Ángeles y

demonios sentados a la misma mesa. Los rabinos con sus kaftanes

y los popes con sus manteos comparten un sitio en el metro. El

superfluo y la elegancia de la Madison Avenida entremedias de la

cochambre del Bowry. De todo aquel caos que fue mi experiencia

neoyorquina saqué la conclusión de que tiene que haber un dios,

un demiurgo que ponga orden, que se apiade. Eso. Alguien que

se apiade porque Nueva York hace pensar en la famosa frase de

san Pablo “nada de lo humano me es ajeno”. No se puede ser ateo

349

Antonio Parra Galindo

en Nueva York. Todo menos ateo. Sientes como una fuerza que

te lleva, una especie de protección. De lo contraría te hundirías.

La gran manzana, la inmensa colmena, el hormiguero de gentes

que se afanan un día y otro y también el avispero y las injusticias.

Y como no la mafia. La metrópoli suscita ideas enfrentadas, pensamientos

contradictorios de amor y de odio. No es una ciudad

para volver porque de ella no se consigue salir nunca. Te atrapa

desde el primer minuto y ya no te suelta aunque te alejes físicamente.

Nueva York es una condición mental, estado anímico.

Yo diría que es una ciudad mística. He aquí una lectura judía en

versión talmúdica de la “Civitas Dei” agustiniana. Que sólo cree

en la gracia del esfuerzo y que a Dios lo coloca en otro plano. A él

rogando y con el mazo dando. Es una concepción utilitarista de

los elegidos llamados a poseer la tierra sucediendo esto acá abajo

sin tener que aguardar al más allá. No se conforma con la resignación

cristiana ni lo injusticia a la que lucha por atajar en este

mundo. Por eso es un frenesí continuo. Arriba y abajo. La ciudad

que nunca duerme. La riada humana. El poder automático.

Está tan cargado de voltios el lugar que los picaportes y los

pestillos sueltan chispazos. La estática pervade el entorno. Yo viví

en el Este hacia la calle 14. Allí todos están juntos, nunca revueltos.

Mi barrio era una mezcolanza de judíos y de sicilianos que

veneraban la camorra y nietos de Al Capone todavía practicaban

ese vudú italiano que es la “jettatura” pero católicos al por

mayor ya que en la fiesta de san Jenaro sacaban su imagen por

Manhattan en procesión. En la otra manzana había polacos con

su manera tan peculiar de concebir el cristianismo y antipáticos.

Los pacíficos ucranianos todos con su peculiar y angulosa cabeza,

los húngaros con sus botas de fuelle me gustaban más y me hice

amigo de los judíos como mi quiosquero, un bendito de Dios por

nombre Samuel, que me regalaba unos puros verdes trapicheados

de Cuba y hablaba algo de ladino o judeoespañol. “Aguarde su

merced agora un momentico pues vengo al punto” Entre todas

350

Quo vadis Spain?

las etnias son los más de fiar. Los más caritativos, los que más ayudan,

aunque en cuestión de dinero no se casen con nadie. Luego,

hispanos los había por todas partes y ahora creo que son más.

No se puede contemplar esta inmensa urbe con prejuicios, nueva

York los desborda. Es un mundo que rebasa todas las barreras y

trasciende las ofuscaciones y atavismos de la vieja Europa donde

se mira con recelo al nacido en el pueblo de al lado. Allí este tipo

de resentimientos se desconoce. No hay envidia y si existe por lo

menos no se nota. Ni miradas por encima del hombro. Sí tiene

que haber un Dios flotante por encima de nuestras cabezas, un

Cordero que quite los pecados del mundo. Alguien que se apiade.

De la torre herida por el rayo. De la humanidad que palpita y

gime desconcertada. De la inconsciencia, la banalidad, la vulgaridad

a espuertas, la frivolidad sin limites. Se vive mucho mejor en

el Rellayo pero uno no sé por qué termina añorando a la Ciudad

Automática. Un mundo sin paletos, sin intereses de campanario

y con periodistas e informadores, literatos amantes de su patria

y de su país con razón y sin ella, que tienen muy en cuenta la ley

del libelo a la hora de sentarse delante del ordenador y que saben

como nadie maquillar la información y autocensurarse mientras

que la prensa a este lado del charco da fe de una picaresca en auge

y la rosa en su chabacanería procaz parece una corrala. Aquí todo

se ha vuelto un poco peripróctico, ya que la información, anal y

asnal, parece girar en torno al mismo cabo. Lo acabamos de ver

en la manera que han abordado el choque de los aviones contra

el hastial imponente de las torres. Nos han demostrado que entienden

el periodismo como una vocación de servicio público,

un menester que ha de hacerse con categoría, responsabilidad y

serenidad ¿Para eso queremos una Facultad de Ciencias de la Información?

ESPAÑA MI NATURA

 

Posted: 14 Feb 2019 11:24 AM PST

 

 

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