lunes, 16 de enero de 2017

EL PADRE ANGEL Y EL PERRO PACO.

 

 

El perro Paco o el perro de los estrenos era un chucho que en el Madrid del final del XIX aparecía en todo acto público, corridas de toros, estrenos de teatro, desfiles militares, suscitando la compasión de la gente. Todos le daban de comer. Era ubicuo y debía de estar dotado con el don de la bilocación. Podía aparecer en dos sitios al mismo tiempo.

El padre Ángel ese cura asturiano sin sotana no se pierde función social, coctail, congregación de famosos o lo que sea, se presenta de improviso.

Clic clac, y allá está el buen curita, cuadrado en la foto,- todo un genio de imagen- luciendo una corbata roja, nunca abrocha el cuello de la camisa, sonrie, se retrata con las famosas y luego pide, pone el cazo.

Es el jefe de una organización que llaman mensajeros de la Paz que yo pienso que debería de llamarse de la Guerra porque él no se pierde un desastre natural, terremoto, riada de agua... lo que le echen.

Más que presentarse, "se aparece", y luego pide dinero con voz doliente, compungida y gangosa de beatorro, como aquellos mendigos que se sentaban al cancel de las iglesias con un jarrillo en la mano recitando la oración del santo juez.

El padre Ángel es todo un personaje de la España esperpéntica, como lo fue el "perro Paco", o un heredero de aquellos curas trabucaires que se tiraban al monte con el naranjero bajo la sotana y asaltaban las caravanas de facciosos.

Dicen que es millonario con las ofrendas que a marchas aceleradas van cayendo en el cepillo, porque posee una maña especial para sacarle los cuartos a la gente.

Su política ubicua de estar al santo y la limosna, pues viaja más que Kissinger, le da redultados y es todo un exito de imagen gracias a la cursilería bobalicona de nuestros comunicadores .

¿A quién va a dejar la pasta? ¿A los sobrinos o a los pobres cuando se muera?

El otro día estaba en Katmandú y al poco surge con su sonrisa, sus gafas de montura de oro, en Oviedo, en un acto de apoyo al equipo local. Hay que estar al loro.

A mí me causa risa y pena este clérigo. Me pregunto si dice misa o reza el breviario con tanta agenda, tanta schedule, tanto viaje.

Si yo fuera obispo, lo ataría corto.

Lo mandaría a un convento de clausura a que pare quieto.

Pero a ver quién es el majo que mete al omnipresente curilla en vereda. Tiene más conchas que un galápago.

No es extraño que el presidente Putin les haya puesto en cuarentena a las enejés y no les permita organizar o desorganizar en Rusia.

Nada es lo que parece. No nos dicen lo que es. En este engañoso mundo todo quisque lleva un disfraz. Luce una sonrisa y por detrás aprieta una navaja.

La caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Me temo que esto de las oenegés sea el cuento de nunca acabar. Siempre tendréis pobres con vosotros. Pero a mí no me tendréis.

Ángel, pongase usted el nudo de la corbata y sea un cura humilde, callado y como Dios manda. Que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda.

 

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