jueves, 23 de marzo de 2017

Lúculo nuevo sibaritismo
Andan los espías vaticanos mordiendo nuestros calcaños mientras la sociedad se entrega a los sibaritismos refinados de la nueva cocina y a mí lo que me gusta es el pote pues no soy un afrancesado como Larra al que en tiempos de Franco se agarraban los periodistas clavo ardiendo y wishfulthinking. Larra era un mediocre escribía mal con pluma envenenada y acabó como acabó como acabó el pistoletazo de la calle Santa Clara. Estamos un poco tristes con lo de la bomba en Londres y los del telediario se ponen trágicos mejor leer hundirse en las páginas del Satiricón para narrar los cien platos que se metieron entre pecho aquellos romanos de triclinio y vomitorio que se dejaban tocar la lira por los embasicetas pues la mariconería en Roma era signo de refinamiento. El plato preferido era el jabalí que se condimentaba de mil maneras. El indefectible aper o jabalí de aquellas comilonas que duraban dos días con sus noches. Comer hasta reventar y la del pobre antes reventar que sobre. Cigüeñas golondrinas tencas de rana testículos de rinoceronte. La matriz de la cerda virgen era manjar refinado como afrodisiaco todo regado con vino de Salerno. Los romanos tenían la fea costumbre heredada de los griegos de aguar el vino y algunos comensales necesitaban un cántaro para mitigar los ardores del garum un plato de pescado típico parecido al bacalao y al curadillo. La ideología de aquellas altas clases sociales que banqueteaban entre efebos y meretrices con grandes cenas que derivaban en bacanal bien se expresa en el Satiricón:
Ay pobres de nosotros tristes mortales que nada somos y en polvo acabaremos.
Vivamos pues en tanto que  Aqueronte se demore
Para llevarnos al Orco

Este sentido de la existencia parece trasladarse al día de hoy. La aspiración a la trascendencia choca con lo intranscendente de nuestro vivir aunque no nos vendría mal un poco de paganismo para curar el ego violento de la intolerancia fanática de cuantos se creen en posesión de la verdad. Nada está escrito, hermanos. Nadie tiene la última palabra. Releer al epicúreo Petronio  no vendría mal  en medio de tanto desmelene, por más que  “de quid nimis”; todo con moderación. A Larra ha tiempo que lo desterré de mis libros de cabecera. Lo tengo por ñoño y desfasado mal que le pese a algún que otro autor aúlico

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