BEDOYA, TE EQUIVOCAS, TÍO. FEROZ ATAQUE DEL “PAIS” CONTRA LA IGLESIA
Lo dijo Bedoya punto y redondo. Buena gente lleva mi carro. La verdad es que hoy don Juan Bedoya atasca el carro de heno de sus vitriólicas soflamas contra la SRI y el cucho le llega a él hasta las orejas. Y a su carreta hasta las teleras y los adrales mismos, que como es montañés, de la zona de Potes, sabrá bien lo que quiere decir tales palabras que utilizaba José María de Pereda en sus “Peñas Arriba” en su decir donoso: teleras o ristras, adrales o tablares, cucho, por estiércol, y también cagada, o tentemozo para que la carga se tenga de pino. No puedo por menos de contradecirle al cofrade. Y tentemozo es lo que se me tiene a mí que la indignación me perturba ante las burradas que escribe el coleguita al que conocí cuando era mozo, su celda y la mía ofrecían una hermosa vista al Stella Maris, la mar océano, Peñacastillo, la playa de Oyambre y detrás de los montes el campanil de la iglesia de Ruiloba desde donde veíamos subir los domingos que echaban cine zamarreando la Cardosa arriba al párroco de aquella aldea que se llamaba don Amor embutido en un balandrán kingsize y bajo un paraguas que parecía una tienda de campaña. Pues Bedoya al cual llamábamos Bedoyo – le habían admitido en el seminario de Comillas por pobre pues creo que su padre cumplía condena en un penal creo que por delitos de sangre pues andaba en la partida de Juanín el último de los maquis- pone la iglesia patas arriba en su pasquín que da a la estampa hoy el País.
De desagradecidos anda el mundo lleno. A Franco le debe el comer de balde en los refectorios de Auxilio Social y a la Iglesia el estudiar de papo. La verdad es que no me parecía mala persona. Como no se nos daban bien las matemáticos y teníamos el vicio de leer a escondidas en la camarilla novelas del oeste, a él, a uno de Burgos que era el benjamín del curso, y al que suscribe nos mandaron a galeras, al pelotón de los torpes. Pero éramos bastante buenos en literatura y el P. Martino uno de la Compañía muy entendido en cuestiones históricas, nos había metido en el grupo distinguido. El rector era un jesuita vizcaitarra por nombre Eguillor que era el ser más perverso que parió madre y mira que me cruzado en el camino con toda una buena cuadrilla de hijos de puta. Este "consagrado" nos sometió al tormento del capelo o tercer grado conventual, tortura psicológica (lo más fino que decía eh vosotros tontos del culo, no valéis para curas y os mandé acá para hacer de vosotros obispos… Eguillor al peloto e los torpes nos puso; a Bedoya no sé si por rojo y a mí por franquista pues Bedoya y yo teníamos nuestras peleas por idearios, ya entonces, sin que de las palabras llegáramos a los puños, mansos y gilipollas como éramos de corazón, pero yo creo que nos discriminaba por no ser vascos sustantivos y por no tener el RH en condiciones. Además éramos pobres, lo cual para los Padres era una lacra (lean la novela En Camino de Castillo Puche, y comprobarán que lo digo no es falso) yo no tenía ni para comprarme una sotana pues aquel año del 59 pegué el estirón y el balandrán que había heredado de un tío cura se me había quedado por las rodillas. Como compensación a las iniquidades de aquel cabrón que casi me hizo aborrecer el latín estaba el padre Heras, un maestrillo de Aranda que a mí me ayudó bastante en cuanto al trato psicológico. El padre Heras, todo bondad y todo ternura, a mi me recordaba un poco al santo cura de Ars. Era un santo, un verdadero santo. También éramos de los que formábamos corrillo en los recreos en torno al padre Regatillo el mejor canonista que vieron los siglos. Daba gusto oírle hablar. Era éste un buen jesuita y no era vasco. Venía del colegio de maestrillos de Alcalá. Bedoya o Bedoyita o Bedoyo creo que luego se salió o no cantó misa y escribió en el Alerta de Santander donde también escribía yo. También Rouco que iba y venía a ver a sus paisanos gallegos, eran casi trescientos, nos sigue dando cierto repeluz. Hasta ahí las coincidencias. Pero las divergencias son múltiples. Su libelo contra la iglesia en el diario polanquista me ha hecho enrojecer. Aquellos años seminaristas me valieron para cerciorarme en la fe y para distinguir un el grano de la paja en un país de tanta berenjena y donde abunda la alcachofa. Pienso que fuera de la iglesia no hay salvación pese a algunos jesuitas perversos o a pesar de algunos obispos que parecen idiotas y acaban cayendo en trampa como Rouco, y a pesar de las judiadas que nos hicieron pasar a algunos cuando entonces. Pero no eran la Iglesia sino el lado oscuro de la misma. Todo eso no es materia de fe sino obra de respetos humanos. La crisis eclesial creo que estriba en la gazmoñería y los maricomplejines de algunos obispos que se sienten acorralados que han hecho caso a resentidos – dicho sea de paso sin obviar los muchos errores y pecados cometidos por aquella iglesia denominada del nacional catolicismo que sigue teniendo los mismos yerros que a la sazón sin conservar los muchos aciertos que tuviera entonces- y a determinados teólogos los árboles no les hayan permitido ver el bosque, es heredera mutatis mutandis de aquella, un poco lavada la cara y con los curas que han cambiado de chaqueta pero no de norma. Sigue la misma intolerancia, la misma indiferencia ante el dolor ajeno, la misma petulancia de la jerarquía, las mismas voces. Se conoce que los ha zurrado poco la vida y no han vivido abrazados a la cruz de Cristo. Lo sustancial es el dogma mientras los cánones y las disposiciones interdisciplinarias como por ejemplo el celibato son el accidente. Por eso ante esta iglesia patas arriba como la encuentra mi ex camarada curilla (y a carro volcado todos son carriles, cantinelas y explicaciones) mis ojos tornan a la iglesia del Este pues allí está naciendo ahora mismo una luz para todos nosotros. A mi Juan González Bedoya me causaba cierta fascinación por dos cosas. Porque se sabía el Quijote de memoria y nos leía a los de la cuadrilla la Colmena en los alrededores de Peñacastillo, la Colmena de Cela, y la Vida Nueva de Pedrito de Andía por Sánchez Mazas, el falangista vasco, que eran por aquellas calendas libros prohibidos. Y porque, a causa de una piorrea y tan joven, gastaba dientes postizos. Yo le veía restregarse, a escondidas, su prótesis en los lavabos con un cepillo y me causaba cierta admiración. ¡Qué tío! ¡Qué mayor! Se parecían un poco a los del aparato que llevaba mi abuela. En que tonterías se fija uno cuando es crío. Ahora al cabo de medio siglo o más y que he perdido los míos naturales nada le envidio al Bedoyo ni por los piños ni por sus teologías. Lo cual no quiere decir que seamos enemigos. Le he visto por el Gijón un par de veces. Sigue tan estirado y antipático como siempre pero dicen que los lebaniegos son fríos.
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