2026-02-25

SU MAJESTAD EL REY NUESTRO SEÑOR ENRIQUE IV TENÍA UNA GRAN POLLA, DESCOMUNAL VERGA SEGÚN LAS PUTAS DE SEGOVIA Y LUEGO DECÍAN SUS ENEMIGOS COMO PALENCIA QUE NO SE LE INFLABA...

 

 

 

 

La cuarta década de Alonso de Palencia detractor y cronista de Enrique IV

 

Digna de una novela policíaca es la peripecia del manuscrito de la cuarta década de la Gesta Hispaniorum de Alonso de Palencia desde su redactada por  un amanuense italiano que “fusiló” su latín porque las actas fueron recogidas de oído hasta su entrada en el archivo de la Academia de la Historia sito en el palacio del Nuevo Rezado, ese caserón de la calle del León, una de las arterias del viejo Madrid donde abría sus puertas la gran pescadería de los maragatos y había varias librerías de lance, cerca de donde vivieron Cervantes y Lope y tuvo su convento Tirso de Molina.

 En ella hace unos años me encontré yo una vez con mi profesor de Arte, Azcarate y le convidé a una copa de ginebra en una cutre taberna que debió de alarmar al viejo profesor y salió pitando. Si hubiese sido don Marcelino Menéndez y Pelayo entre cuyas pasiones figuraban después de los libros el orujo montañés y el anís tal vez no se me hubiera hecho tal desprecio pero es que uno es un poco vagabundo de las estrellas y mis singladuras por el mar de la verdad y de la ciencia me llevan a océanos etílicos.

 Los libros son compañía y soledad pero gracias a estos navegantes de la literatura, las bibliotecas, los archivos y los tenderetes de los libreros de lance- el más singular el de Riudavets en Moyano en la época que me ha tocado vivir- entre los cuales me cuento el vulgo puede tener noticias ciertas de problemas de la historia de España aun no resueltos. Para mí es mucho más novela de intriga este manuscrito que el propio código D´Avinci.

Durante la guerra de Independencia los anales de Alonso de Palencia fueron a parar al monasterio de Montserrat y allí lo conservaron los benedictinos hasta la desamortización de Mendizábal en que llegaron los infolios a Madrid.

 La aldaba de la suerte estaba llamando a la puerta. Durante la segunda parte del XIX los escritos de Alonso de Palencia estuvieron sujetos a una profunda controversia sobre su autenticidad y si sobre era conveniente verterlos al castellano del latín, habida cuenta de las barbaridades contra un augusto monarca español que en sus páginas se injertan.

 A la primera pregunta los eruditos dijeron que en vista de la antigüedad del papel y de la letra gótico humanista dijeron que sí, pero el amanuense que lo compuso al dictado del propio autor era anónimo y a la segunda unos dijeron que no y otros que sí.

 El mamotreto a día de hoy sigue sin traducir. Fue uno de los pocos que se salvó de la quema. Otras obras de este mismo autor que era un escritor compulsivo como algunos trozos de su Guerra de Granada quedaron perdidos. Las Décadas fueron un poco la joya de la corona de la docta institución junto con la Gesta Roderici Campodoci o Poema del Cid.

Don Enrique IV vivió sólo medio siglo pero los cincuenta años de su existencia desde 1425 hasta 1474 en que fallece en Madrid fue una época muy interesante en los anales españoles porque representan un tiempo de cambio que marca el fin de la edad media y el comienzo de la moderna. Pocas figuras de la monarquía castellana por otra parte han hecho correr tanta tinta de plumas agitadas siendo tan vilipendiadas al propio tiempo.

 Ya apuntamos arriba cual pudiera ser la razón de tanto menoscabo y una de ellas el haberse ganado la enemiga del pueblo elegido como consecuencia de los desmanes acaecidos en Burgos reinando su abuelo y los de Segovia de 1410 con el robo sacrílego de las hostias catorcenas. Parece ser que no hubo en Segovia a diferencia de Burgos tumultos ni asaltos a la aljama. Todo quedó en desagravios eucarísticos y la institución de las procesiones devotas a las que tan inclinados mis paisanos. Que acudían embelesados a escuchar los sermones apocalípticos y antisemitas que pronunciara san Vicente Ferrer en la iglesia del Cristo del Mercado. Hablaba en valenciano y sus oyentes le entendían en castellano. En estas diatribas contra judeos Dios debía de hacer un milagro.

Los incidentes más notables fueron por este orden:

-         Toma de la plaza de Gibraltar (1462) que costaría arduo trabajo y muchos muertos. El recuerdo del asalto a Gibraltar y al fuerte de Archidona determinarían en su personalidad de bon vivant una inclinación a los pactos y a los consensos. Enrique IV si hubiera vivido en el posfranquismo a lo mejor se hubiera hecho de UCD. Le repugnaba derramar sangre, no le gustaban los extremos y ante la infamia y el ataque frontal se observa en él una constante: la escapada.

-         Se registra la primera sublevación de Cataluña instigada por los franceses pero ahí el que iba a ser su hermano político Fernando de Aragón hila fino y compra las voluntades de los barceloneses para que no se separen de la corona de Aragón y en 1463 se decretan las paces con Luis.

-         Conflictividad con Portugal y con Navarra. El monarca castellano conjura el recelo de los navarros y de los lusitanos mediante sendos matrimonios los cuales fueron muy desgraciados.

-         Revueltas de los nobles y de la iglesia, en una crisis social que aboca a una guerra dinástica y va a ser el germen de la sublevación de las comunidades.

-         Su reinado no puede desligarse del de su padre Juan II el cual tuvo un reinado turbulento a la sombra del gran valido Álvaro de Luna pero no por ello menos interesantes pues la corte fue mecenas de artistas, poetas, juglares,  pero de él heredó la medrosidad y el carácter irresoluto y la pasión por las artes y las cosas buenas de la vida, incluso algún que otro gatillazo.

Por último hay que estudiar dos aspectos biológicos interesantes. Enrique IV era hermano de un costado de Isabel la Católica y del príncipe Alfonso por cuyas venas corría sangre lusitana, hijos ambos de Juana de Portugal y aquel de Blanca de Navarra. La segunda esposa de Juan II murió loca en el castillo de Arévalo a los cuarenta y dos años de enviudar y esta esquizofrenia por la consaguinidad viene a brotar en la mujer de Felipe el Hermoso hija a su vez de los Reyes Católicos que arrastró una vida longeva y solitaria en el castillo de la Mota. Otro paralelismo que ocurre es la muerte prematura de Alfonso quien llegó a ser coronado rey con el nombre de Alfonso XII pero no llegaría a gozarlo. Murió exhausto después de una noche de amores e igual le acaecería a su sobrino nieto el infante don Juan príncipe de los Reyes Católicos en plena mocedad. La historia maestra de la vida muestra a los hombres en sus miserias y en sus grandezas, la eterna pasión de mandar, que promueve batallas y conjuras sin cuento, y el ardor sexual, rueda de la existencia, sólo que en ciertos casos acerca al hombre a la muerte. Eros y Tanatos son hermanos gemelos Es la primordial lección que se concluye de esta apasionante y embarullada historia que nos narra en sus anales el bueno de Alonso de Palencia tratando de estudiar un poco la condición humana.

 

 

 

 

 

 

 

ENRIQUE IV TENÍA UNA GRAN POLLA

 

“E EL Rey dom Enrique Nuestro Señor aveva una grande verga nos daba deleite como cualquier ome pagando su débito viril en la coyunda”. Este testimonio aportado por las meretrices de Segovia y  que recoge el gran Dr. Marañón a humo de pajas en su magistral estudio biológico sobre el tan denostado rey castellano tira por tierra, al parecer, todas las acusaciones de impotencia que contra su real persona descargó la historia.

 La historia no la escriben los vencedores sino los traidores y este puede un caso manifiesto de interpretaciones de tercería interesada y capciosa.  Los parciales de su hermana doña Isabel le sentaron las costuras. ¡Pobre hombre, un pelele difamado en los anales! Las cosas sin embargo no fueron tan negras como las pintan ciertos autores- Con don Enrique Castilla acusa los estertores de una nueva época, la moderna y eso trajo convulsiones sociales: carestía de monedas de vellón, bandidaje que venía de Francia e Inglaterra, un cúmulo de malas cosechas pero los cronistas obvian la gran arquitectura de aquellos años de los últimos castillos mudejares, la invención de la imprenta que tuvo por escenario un pueblo de la provinvia donde se dieron a la estampa los primeros documentos en letras de molde. El rey y el obispo contrataron los servicios de un ambulante bohemio del que apenas se sabemás que el nombre: Juan Parix, que viviría en  el alcazar. Los sinodales de Aguilafuente se publicaron de la mano de este maestro en 1492.

A Su Majestad se le quiso mucho en Segovia donde tenía su corte gran parte del tiempo cuando se iba a cazar a los montes de la Despernada. Curiosamente vivo cerca del castillo de Villafranca donde estaba la guarnición de este castillo en los predios de las dos Villanuevas la del Pardillo y la Cañada que por entonces eran tan sólo monte pero aun quedan las eras de la antigua villa hoy desaparecida. Su abulia y su amor a la caza puede que se confundiera con la impotencia y no era otra cosa que cierto desencanto con aquella Castilla que le tocó vivir plagada de intrigas y de conspiraciones promovidas por la nobleza, la jerarquía y los judíos. Tedium vitae. Hastío de la vida. Desencanto de la política.

 Tanto el historiador Alonso Palencia como Hernández del Pulgar eran amanuenses a favor de su hermana Isabel a la que se denominó la Reina Católica, amanuenses amañadores porque exageraron o deformaron algunos sucesos y sólo el franciscano Diego Enríquez del Castillo al que nombró don Enrique su cronista particular tras la muerte de Juan de Mena, se permite hablar con cierta discreción y benevolencia sobre estas supuestas mermas de Enrique IV pero sin echar su cuarto a espadas a la hora de desbaratar ciertos infundios. Desde luego le tocó tarifar con aquellos arzobispos como don Alonso Carrillo que era una mala bestia. Aun se le puede contemplar a su reverencia de cuerpo entero vestido de pontifical ante el convento de las monjas de San Diego, de mediana estatura, renegrido, calvo y con malas pulgas. Tarifar con dicho prelado no debió ser fácil porque era un señor de horca y cuchillo y enseguida sacaba la espada. Utilizaba el báculo cual arma arrojadiza. Era un aguerrido prelado prevenido en frontera.

 Él fue el promotor de la gran afrenta denominada el pelele de Arévalo. Este acto infausto no ocurrió en la villa arevalense sino en Ávila. En comandita con el obispo de Calahorra el cual sería más tarde el cardenal Mendoza – tuvo 33 hijos naturales reconocidos-, el marqués de Villena don Juan de Pacheco y después de destronarle arrebatando de su cabeza la diadema de la corona, el cetro de su mano y el manto de armiño de sus espaldas nombraron soberana y heredera a doña Juan la Beltraneja supuestamente habida de su matrimonio con la reina doña Juana la portuguesa pero de cuya concepción hablaban las malas lenguas fue debida a don Beltrán de la Cueva la Beltraneja.  En fin un bochornoso espectáculo porque aquella imagen era una retrato del propio monarca.

El urdidor verdadero, el que manejaba los hilos  de la conjura en la sombra, muñidor de todos los enredos, fue uno de esos personajes siniestros que de vez en cuando cruzan por la historia de España: el marqués de Villena “ni palabra mala ni obra buena”, De don Juan de Pacheco quiromante y conocedor de sortilegios y artes diabólicas se hablaba que tenía dominada la voluntad regia, que le había dado un bebedizo. Marañón presume muy bien que don Enrique sufriera de melancolía en parte porque la reina portuguesa debía de ser un caso parecido a doña Urraca, una ninfomaníaca que a los moros por dinero y a los cristianos de balde. El rey empezó a sentir la depresión psicológica a raíz del repudio de su primera esposa doña Blanca de Navarra de la que no hubo descendencia al parecer por esterilidad de la soberana,  y esto consta por el testimonio del privilegio de “fiel de fechos”(una especie de báscula moral que levantaba acta de los actos humanos incluso los más insospechables), bárbara e inaudita costumbre de los tiempos medievales porque en las bodas regias y para conjurar los achaques de bastardía y de cuestiones de legitimidad que dieron pábulo a no pocas guerras se colocaban en la cámara regia tres pajes, un notario y dos pincernas y todos ellos testificaron que doña Blanca era virgen y que fue desvirgada en la noche de bodas, como corresponde, y que el lienzo que pusieron sobre el lecho fue manchado con sangre y  esperma. El paño de pudores dijo, máquina de la verdad, que su Majestad no tuvo contratiempos en su noche nupcial. No sucedió pues lo que cuenta Góngora en su inmortal soneto:

Con Marfisa en la estacada

Entrose tan desguarnido

Que su escudo aunque hendido

No pudo rajar la espada

No se vio en trance tan crudo

Ni vuestra vergüenza pudo

Cuatro lágrimas llorar

Siquiera por dejar

De orín tomado el escudo

Estos mirones pudieron dar cuenta de que el rey no era impotente y que tenía todos el aparato genésico en condiciones. Era un varón de aventajada oscura, de aspecto taciturno y reservado, tardo en sus reacciones, de enfermizo semblante, y dicen los cronistas que “allá donde ponía los ojos mucho le duraba el mirar”

 Los juicios que vierte Marañón sobre la impotencia de don Enrique acaso fueran juicios de parte o meras conjeturas sectarias: el pie valgo, el aspecto fofo y algo feminoide de su persona (no vamos a entrar en detalles), aunque es posible que esa perdida de la virilidad ocurriera debido a una enfermedad de carácter urinario como el mal de piedra y a lo mejor un cáncer de colon o de próstata, agravados con la edad. Se le acusaba al propio tiempo de verse rodeado de una guardia morisca – nada de particular tenía esto porque el rey cristiano se fiaba, lo mismo que Franco, más de los musulmanes que de los cristianos- y de haber adoptado algunas de sus costumbres como sentarse a la morisca y deleitarse con música de adufes, gaitas y chirimías.  Hablaba la algarabía.

Tales cargos señalaban que era “una ofensa a la religión cristiana el traer consigo a moros infieles y de holgar y salir a cazar en su compañía y que esta gente eran expulsos o prófugos de Granada donde no habían querido seguir la facción del rey Chiquito (Boadil) y que forzaban a las cristianas que encontraban de camino”.

Para mí al igual que para muchos historiadores todas estas hablillas son el resultado de la falsedad, del mal ejemplo, el ansia de poder y la hipocresía de aquellos príncipes de la iglesia: el ya mentado Carrillo, el cardenal Mendoza, el obispo de Coria, Iñigo Manrique, el almirante don Fadrique Enríquez que era el suegro del rey de Aragón don Juan padre de Fernando el católico, y era judío converso. Todos ellos más que en el bienestar de sus súbditos y el ejemplo y la edificación de sus fieles tenían su mira puesta en las riquezas, en los devengos, martiniegas, diezmos y primicia. El pueblo esquilmado gemía bajo la bota de todos estos tiranos, algunos eclesiásticos como los maestres de Santiago que por acá dieron bastante guerra y los de Calatrava, y otros de la más encopetada nobleza que se jactaban de traer sangre de los godos y de venir de la pata del Cid.

 La historia demuestra que esta divinización de los templarios se corresponde con una verdadera demonización, con los poderes ocultos Aquellos monjes soldados asimilados a monasterios fronterizos en punto a cristianismo dejaban bastante que desear por crueles y malsines y opresores del pueblo como fue el caso de la trama de la famosa comedia de Lope, Fuenteovejuna: un reitre calatraveño abusa de una moza y el pueblo pide cuentas al rey que entonces estaba por encima de la Iglesia

Le hicieron abjurar a don Enrique en la reunión habida en la villa de Cigales (buen vino debieron de beberse aquellos cabrones) pero luego el rey como era irresoluto y de carácter inhibido se volvió atrás y se fue a cazar puercos a los montes de la Mocha Chica y de Navalcarnero y ello daría lugar a toda una guerra civil, a las banderías famosas castellanas del siglo XV a los despechos del maestre de Calatrava don Pedro Girón a varias luchas y batallas entre castellanos y portugueses por culpa de la Beltraneja: las batallas de Toro y Albuera y al tratado de los Toros de Guisando, un punto de inflexión en la historia española, pues no hay mal que por bien no venga, en el que Enrique IV nombra su sucesora y princesa de Asturias a su hermana Isabel.

Hay en Segovia o había dos olmas principales. Una era la de San Miguel donde fue jurada reina la princesa de Asturias un 12 de diciembre de 1474 y otra la olma del convento de San Antonio el Real aledaño al palacio del monarca.

La leyenda dice que fue el rey nuestro señor don Enrique de Trastamara el que la mandó plantar y yo la he visto oronda y solemne echar ramas muchas primaveras a este prodigio forestal pues estaba cerca del Campillo, donde comienzan los arcos del acueducto y donde yo jugaba de niño al fútbol en los terraplenes del campillo. Esta olma fue talada en los años 80 a efectos de la grafiosis una enfermedad forestal que acabó con nuestras famosas olmedas, pero la conseguí fotografiar.

Cuando iba a mi pueblo ante esta olma me cuadraba y me echaba a temblar, guay de mi España. Don Enrique al que tanto quisimos en Segovia porque fue un poco el alma de la ciudad, que recibió como señorío propio a la edad de catorce años de su padre el rey don Juan II y a la que gustaba de llamar mi Segovia no fue ni tan impotente ni tan malo como argumentan sus detractores. Es un consuelo saber que “tenía una grande verga”, una buena polla castellana, vaya. Con lo que querrá decirse que era un hombre como los demás, ni mejor ni peor, muy campechano y convivial como eran en otra época los que nacieron a los pies del acueducto, que gustaban de comunicarse, darse los buenos días, acudir a las ferias y a las bodegas, echarse de vez en cuando una cana al aire, devotos hasta cierto punto y don Enrique profesaba un fervor muy significado a san Antonio de Padua y pertenecía a la cofradía de las cinco llagas, (lo enterraron en Guadalupe de hábito franciscano) pero sin pasarse, amante del traguillo en la bodega y una charla con los amigos ante una ración de escabeche bonito de cubillo en que se contaban historias de cuanto entonces y se adobaba la conversación entre besos al jarro y de hoy en un año, salud es lo que hace falta, que en el cielo le veamos, si se brondaba por un difunto, con retraheres y chascarrillos, en una palabra, un castellano de pura cepa, nada engreído y al que la corona le venía un poco grande y acaso el cetro le pesara más de la cuenta, prefería la cachava. ¿Entonces por qué le difaman? Por crueldades de la política y por veleidades del destino. Trataremos de esclarecerlo en este libro.  La historia -vuelvo a insistir- en este país no la escriben los vencedores sino los traidores.

 

ENRIQUE IV Y LA IGLESIA

 

La iglesia española había adquirido un gran poder e independencia frente a Roma gracias al llamado Cisma de Occidente. Una gran parte de los prelados de Castilla y Aragón se inclinaban por el pontífice de Aviñon en cuya sede se instaló uno de sus nombres de mayor relumbre: el Papa Luna Benedicto XIII. Hubo obispos tan significados como el primado de Toledo Gil de Albornoz que estuvieron con la “legalidad” y la legalidad entonces no era el Vaticano.

 Se produce entonces una literatura y una tradición irreverente hacia la primacía papal habida cuenta que el poder en este lado de la cristiandad residía en el episcopado. Roma estaba lejos y no tardó en condecorarse con una aureola negra de corruptela, perversidades, puterío, practicas simoniacas y esta corriente de opinión se detecta en autores castellanos como Juan de Mena, el Marqués de Santillana, el Arcipreste de Hita y el de Talavera. Estas invectivas se disfrazan de alegoría como en el “Laberinto de Fortuna” (en la corte de Roma se excomulga a los vencidos y a los vencedores se corona”) y otras son más directas como en el “Libro del Buen Amor” (yo vi en Roma do es la santidad que todos al dinero facían humildad). La Silla Apostólica es considerada un comodín y como juzgado de última instancia para dirimir litigios y sobre todo pleitos matrimoniales.

 Enrique IV quiere ver anulado su matrimonio con Blanca de Navarra y ello ocasiona una de las muchas contiendas civiles entre el príncipe de Bearne y la corte castellana. Pio II reclama dineros y fa largas. Esto de las nulidades matrimoniales va a ser uno de los grandes negocios del palacio de San Juan de Letrán. Entre los reinos cristianos veían en el Papa la última ratio o suprema corte de apelación cuando querían dar marcha atrás en sus bodas, y éste con estos dimes y diretes y sus monseñores hacían caja. El sexo ha sido una fuente de divisas para la curia romana porque así son los humanos y porque el catolicismo se ha entendido como un problema de bragueta desgraciadamente en desdoro de las enseñanzas evangélicas. En sus predicaciones Jesucristo pasa de largo y como de puntillas en lo que se refiere a las relaciones entre hombre mujer. Sólo anatematiza contra aquellos que promueven el escándalo pero aquí tenemos a toda una ingente masa de confesores, curadores de almas y directores de conciencia que con mentes enrevesadas sembraron el bullicio, los escrúpulos y el dolor en muchas almas tiernas, haciendo caso omiso de los traumas que han causado en sus dirigidos cuando se han producido abusos sexuales.

 La Moral y los Cánones nos llevarían siempre a un terreno pedregoso de quien peca, cómo y con quien. Por ejemplo, en la edad media se consideraba un pecado muy gordo ver desnuda a la mujer. Sólo estaba permitido el coito dentro del tálamo conyugal y así y todo sin morbo, a pelo, el aquí te pillo, aquí te mato porque incluso dentro del lecho de los esposos el goce se consideraba una desviación de la moral cristiana. De Roma llegaban las bulas de cuaresma, los reescritos, los anatemas, las sentencias inculpatorias por concubinato o la absolución de culpas que eran materia reservada al Papa. Estas prácticas se consideraban una rutina pero el pueblo era muy creyente, creía en el cielo, el infierno y el purgatorio, y al expirar dejaba mandas de misas y de limosnas o hacía donaciones pro anima que tanto han Enriquecido a la Iglesia. Los obispos eran magnates y sus clérigos próceres.

Gozaban de inmunidad penal y en parte su poder se acercaba al de los mismos reyes. Sin embargo, dentro de esta jerarquía corrupta y dominante de los siglos XI al XV, cuando los arzobispos eran próceres y señores de horca y cuchillo, nunca estuvo el cristianismo tan arraigado y seguro de sí mismo pese a las limitaciones de sus pastores que a veces eran lobos disfrazados de piel de oveja, ni fue tan firme la fe. Existía el convencimiento de que el cristianismo era la religión verdadera y mi país con razón y sin ella. Se moría por esa fe. ¿Por qué? Porque había un propósito común de avance frente al Islam y una liturgia que se extendía por toda Europa desde Portugal hasta Suecia y desde Inglaterra al Principado de Moscú. ¿Y el Papa? Bueno, bueno, dejémoslo estar. El pontificado no era un fin sino un medio como timonel de la Iglesia. Lo importante era Cristo.

Entonces la Iglesia tenía un cuerpo muy grande y una cabeza pequeñita que no se asomaba a la televisión y vivía prisionera en San Juan de Letrán, lo que exacerbaba su carácter mágico. Se le besaba el pie y todos los reyes querían ganar como mejor trofeo de sus vidas la rosa de oro o ser proclamados defensores de la fe como ocurriría con Enrique VIII de Inglaterra el cual despechado en sus anhelos de disolver su matrimonio con Catalina de Aragón, se puso de manos traseras, renunció a esa fe que defendía y fundó una iglesia por su cuenta. Al intentar rebasar el límite de sus competencias el pontificado se produjo la hecatombe religiosa de la edad moderna. En parte Roma tuvo la culpa de Lutero y de Calvino.

 La otra culpa de la rebelión la tuvieron las epístolas de San Pablo que desencadenaron una tormenta de fundamentalismo y de Biblia a palo seco. Castilla se va a quedar sola en la quijotesca defensa de la utopía papal aunque los castellanos fuesen poco fervorosos en sus practicas religiosas pero siempre respetaron la tradición. Enrique IV, aunque tibio con moderación, favoreció a los franciscanos y hace donaciones y mandas para que las clarisas abriesen dos conventos en la ciudad. En uno de ellos estaba instalado su palacio y esta generosidad hacia los frailes menores se repite en Madrid y en Toledo donde dice la tradición que tuvo amores con una monja que era priora de aquella congregación.

La consecuencia a extraer de esta interpretación es que con frecuencia hacen más por Jesucristo los que se consideran a sí mismos pecadores que santurrones. Porque tan importante como la fe es la tradición y es por ende que al convertirnos en martillo de herejes en Trento los españoles nos enfrascamos en la defensa de una causa perdida. ¿Ocurrirá otro tanto con el mundialismo, el entendimiento entre civilizaciones de ZP? Otra vez don Quijote y Sancho. Los españoles no solemos ser gente pragmática aunque en este país haya muchos listillos

En las Gesta Hispaniorum sale a relucir esta desconfianza hacia la primacía romana que se compadece con la alegría de vivir aunque fuese en pecado mortal. Los obispos no solían decir misa a diario, tarea que delegaban en sus capellanes. Únicamente oficiaban en las solemnidades. Y éstas tenían un poco de convención social y un mucho de espectáculo porque la Iglesia no consiste meramente en cánones y en casuística. Relata un historiador del siglo XVII que un confesor niega la absolución a un penitente porque había tenido cinco cópulas con su mujer en una misma noche… quinque in eadem noctem; eso era lascivia y un mal uso del sacramento del matrimonio destinado a la procreación no al deleite. Esta obsesión sexual que tanto daño hizo a la iglesia puede que sea una aberración de su doctrina soteriológica. La iglesia es también filocalía, culto a la belleza, melodía y misterio.

 La misa no viene a ser más que la representación alegórica y teatral del drama de la redención. Después de eso, que cada uno haga de su capa un sayo y allá con su conciencia. La norma evangélica es el ideal al que aspira todo bautizado a sabiendas de que contempla una meta inalcanzable. Los hombres hemos sido fraguados en barro.

 La fe del carbonero tan denostada tiene entonces lados inefables. Y un poco es la fe del carbonero la que practica Enrique IV quien no acaba de entender al primado Carrillo, su enemigo jurado. Se muestra humilde y pese a todo mantiene en su corte a un cabildo de capellanes. Uno de ellos será Diego Enríquez del Castillo quien escribió la crónica de la batalla de Olmedo pero un día que se fue de putas le robaron el ms. Seguramente los parciales de Alonso de Palencia.

Quinque cognitiones in eadem nocte. Que barbaridad. Entonces los había que eran superman. Sin embargo a estos clérigos disolutos, a estos obispos que iban a la guerra y tenían sus mancebas, creo que nadie se atrevería a profanarles una capilla o entrar una noche en un templo a robar hostias consagradas. Los culpables se expondrían a un buen ladrillazo de Roma. La iglesia de entonces era plaza fuerte. En la actualidad se bate en retirada y eleva a los altares a jerarcas tan dudosos como Wojtyla. Yo me quedaría con don Alfonso Carrillo que sigue ostentando su báculo y su mitra en esa estatua de bronce de Alcalá mirando para Cisneros que tampoco era manco por eso cabo y se fue a pelear con el sarraceno a Oran. Pero este concepto de la fe se defiende con la espada y de que la letra con la sangre entra la habían asimilado los cristianos de la tradición muslímica y de los largos años de brega durante la Reconquista. “Mete tu espada en la vaina” recomienda Jesús a Pedro en el huerto de Getsemaní cuando Cefas en un arranque de coraje corta la oreja a Malco uno de los que bajaron a prenderlo. Ciertamente el pensamiento cristiano es pacifista y “dejado” en los brazos de la Providencia pero la religión católica la integran seres humanos pecadores y de la misma forma que los mahometanos no siguen la ley del Corán con frecuencia y los judíos caminan por la historia de espaldas al Sinaí porque también son pecadores no se puede pedir peras al olmo ni exigir la perfección a la jerarquía eclesiástica de la cual ellos carecen. Esta actitud es muy condenable pero se encuentra muy extendida cuando se recrimina a los seguidores del Crucificado matar en nombre de la Cruz. Sin embargo los ocho siglos de la Reconquista¿ no fueron una guerra defensiva y en cuanto tal lícita según el pensamiento del padre Vitoria?

 

 

 

 

 

ENRIQUE IV Y LOS JUDÍOS

 

Se ha intentado comparar a Enrique cuarto mal llamado el impotente con Carlos II el Hechizado pero todos los historiadores son contestes de que no puede haber parangón tal. El Trastamara era valiente- fue el primer monarca que devolvió a España el peñón de Gibraltar y resultó herido en la toma de Archidona al poco- vicioso amante del vino y de las mujeres aunque es posible que también de los mozos y la sospecha de su bisexualidad no probada habrá de ser investigada por los investigadores, muy poco rezador y su amistad con los moros le hace ser sospechoso a algunos de sus contemporáneos de sectario de Mahoma. Le gustaba la caza, correr toros y cañas y más de alguna vez se le vio en algún torneo sobre el palenque pese a su horror a la sangre por las heridas inferidas en el asalto a las almenas de Archidona. Mientras el Austria era un imbecil y un caso clínico de los desastres a los que puede llevar la naturaleza: enano, casi deforme y supersticioso, puesto que creía en fantasmas  y en aparecidos. No Enrique IV no fue el baldón de la monarquía absoluta ya que en su época de convulsiones, revueltas y aventuras se crearía el germen de la unidad de la patria. Su hermanastra Isabel va a recoger el testigo. Los más calamitosos reinados que convirtieron a España en una caricatura de sí misma fueron dos: uno absolutista con trazas de constitucional el de Fernando VII y otro constitucional con trazas de absolutista el de Juan Carlos I al que puso Franco. Éste no solamente no ha recuperado Gibraltar sino que entregará Ceuta y Melilla a su primo el alauita y puso el país a los pies de los caballos norteamericanos que estampan sus cascos apocalípticos contra el empedrado internacional; la eventual secesión de Cataluña, el pavoroso desempleo juvenil, la llegada en masa de inmigrantes de todos los rincones del planeta y seres tan despóticos y repelentes como Esperanza Aguirre, Aznar don José Mari, ZP, Federico Trillo, Bono don José, el Chávez, Rajoy don Mariano soplando gaitas y doña Trino la culona la cancilleresa que pasa la mano por el lomo a la Obamesa y por supuesto Rubalcaba, ZP, y ese león de Grau catalán arbitro de todas las instancias y caldo de todas las salsas Pujol el caganer, que recuerdas a los antiguos validos medievales siempre a la caza de un momio y defensores cada uno de su parcela local para afianzar la privanza. Con don Enrique España aun en agraz se estaba fraguando mientras con don Juan Carlos se descompuso y esto parece la corte de los milagros trufada de una turba de soplones y aduladores: Herrera en la Onda, los malditos tertulianos como Fernando Jáuregui, Pilar Cernuda y la cohorte de cantamañanas que se configura con el enano Lucas el de las radios de la mañana hasta llegar a don Herrera en la Onda que iba para cantante y se quedó en radiofonista  más chulo que un ocho. En periodismo mejor no hablar pues ahí tenemos a don Tirantones Coloraos con su gran tonsura que se permite el lujo de haber mujer de plexiglás. Todos ellos nos machacan las meninges o nos aterrizan los ojos con novelones de gran calado como los de Carmen Navarro la hija del Yale o los folletines de Pérez Reverte, haciendo gracia al lector de mencionar a los de la telebasura y la prensa del bulevar en cuyo pináculo se encarama el áulico Hola, protolameculos nacional donde manda un cura astur que de primeras era republicano y al que conocen con el alias del Hormiga, con todas las revistas del colorin detrás. Entre unos y otros dejaron a España y a la gran cultura española convertida en un patatar lituano. Y todos estos buitres, epitome de la ambición y las ansias de poder dejan muy pálidas las esferas de aquellos maestrantes y magnates de la nobleza castellana de la decimoquinta centuria castellana: El primado Carrillo, renegrido, petizo, hombre correoso, generoso con los de su bando, violento, infumable eclesiástico, los obispos de Coria y de Mondoñedo, don Pedro Girón, don Suero de Quiñones el del paso honroso del Órbigo, el duque de Betanzos y otros muchos de la cuadrilla. Que aquellos prelados al lado de los “modelnos” se han quedado en hermanitas de la caridad. Ellos nos han tirado al lago de las pirañas. Con ellos por ellos y en ellos España va cuesta abajo.

 El solo hecho de haber ganado la plaza de Gibraltar al año siguiente de ser coronado debiera de hacer del Trastamara uno de los monarcas más honorables del elenco, pero aquí hay una conspiración sepulcral para los hechos medulares y los hombres que los claros varones de Hernando del Pulgar hoy son botarates se publica la gallofa, se persigue a los buenos escritores y los libros escritos en el reinado del Rey Felón duermen el sueño de los justos dentro de un cajón, olvidados en un altillo o una gaveta. En cuanto a lo de impotente vayamos por partes Porque ahí queda el testimonio de las putas de Segovia que don Enrique estaba mejor armado que un carabinero, como aseguraban las pilunguis de Segovia. Es un hecho ineluctable que se enamoró de una azafata portuguesa de su segunda mujer doña Juana de Portugal que se llamaba doña Guiomar de Castro. La reina la echó fuera de Segovia pero doña Guiomar siguió siendo visitada en Arévalo donde la puso casa y renta; y otro de sus romances lo tuvo nada menos y nada más que con la abadesa de un monasterio de Toledo que se llamaba sor Benilde. ¿No haría Enrique IV a pelo y a pluma? Que va o por lo menos no era tan impotente como dicen los que le calumnian, entre ellos el doctor Marañón que fue un buen judiazo.

Entonces, ¿de donde le viene tanta infamia? Muy fácil. Sus relaciones con los judíos adquirieron un sesgo poco favorable porque ya en tiempos de su padre últimos años del reinado de Juan II se produjo el ultraje sacrílego de las sagradas formas en la iglesia de San Facundo que conmovió a la ciudad. La hostia que hervía en un caldero de la sinagoga empezó a subir por el aire y se produjo el llamado milagro de la Catorcena. Parece ser que tales actos sacrílegos suelen producirse cuando los judíos tienen mucho mando y es suceso continuo y lamentable en la España de 2011 al igual que lo era en la España de 1418: quema de las puertas de la iglesia católica de Santa Catalina en Majadohonda, atentado contra varios templos de Barcelona, robos de copones en los Carabancheles y así sucesivamente. El hecho en la Segovia del siglo desencadenó toda una conmoción popular. Esa enemiga o animadversión no sé si justificada pero real tenía un trasfondo económico porque los judíos eran los alcabaleros y freían a impuestos a la comunidad. Por otra parte se daba el hecho curioso de que los hijos de Moisés se bautizan aunque en oculto sigan practicando la Ley Vieja. Este parece ser el caso de Alonso de Palencia burgalés que era algo pariente de Pablo de Santamaría el rabino de Burgos que convertido a la fe de Jesús llega a arzobispo y su hijo Alonso de Cartagena al que se atribuyen las Coplas del Provincial y que sería obispo de Málaga era pariente de Palencia. En ese contexto habría que examinar el origen de las opiniones que vierte contra el soberano embadurnadas de contumelia y de hechos reales. Medias verdades. Su IV Década alude a las indecisiones y a los calamitosos sucesos por las burlas que cundían por todo el reino sobre los cuernos que le puso don Beltrán; sin embargo, su paternidad la reconoce su propia mujer doña Juana en Buitrago cuando es interpelada al respecto por el cardenal de Albi cuando iban a casar a la Beltraneja con el rey francés.

-¿Jura, Majestad, que Juana es hija del rey su marido?

-Sí, lo juro- dijo la portuguesa con un acento que tenía cadencias de fado. Su voz se perdió por los montes y valles de Somosierra

Se pasa por alto el que plantara por vez primera vez el pabellón castellano en la Roca de Gibraltar y amen de eso fuera el promotor de las guerras de Granada. Mucho apreciaba a los moros porque hablaba el árabe y había adoptado algunas de sus modas o lucía en el campo armas arábigas pero fue el primero en darse cuenta de que la unidad nacional tendría que tener un trasfondo de unidad de las tres religiones a la sombra de la cruz. Su hermana Isabel recogerá esa antorcha.

 

 

 

 

ENRIQUE IV AGRIDULCE REINAR

 

Aquella navidad de mi niñez tocamos la zambomba, hicimos música rascando la botella de anís con el almirez y cantamos villancicos ante el belén que había colocado mi hermano Nano adornando con musgo el portal traído de las peñas de la cantera donde se afanaba en su pobreza el Tío Enrique y su cuervo al que había enseñado a hablar y a decir palabrotas a los chicos. Con papel albar se hizo una especie de arrollo y a la orilla estaban las figuritas de las lavanderas. Un pastorcito iba camino del portal con un cordero al hombro. La cena pobre consistió en castañas y algo de asado. El villancico que cantamos aun resuena en mis orejas. “Sobre tu cunita niño he visto arder una farolica como la del tren… que alumbra con gas a la medianoche y a la madrugá” era un cantar ferroviario y era apropiado para aquel momento pues vivíamos al lado de la estación cerca de la Dehesa Boyal que donó al concejo Enrique IV y donde se celebraba por san Pedro la gran feria de ganado. El pitido del tren traspasaba el silencio de la madrugada. Habíamos aprendido cuando dormíamos y la señal acústica de los convoyes que iban lejos nos despertaban a distinguir a un mercancías que solían circular hasta el alba, del correo de Santander o del automotor de Medina o los trenes militares que llevaban soldaditos hasta África. Mi padre se puso algo melancólico recordado otras navidades del ayer, los pensamientos se alejaban en la evocación de las Nochebuenas en la majada o en el frente de Teruel. La nochebuena se viene la nochebuena se va y nosotros nos iremos para no volver más. Levantados los manteles, mi padre me preguntó si iba a misa de gallo y yo le dije que sí, tengo que ayudar. ¿Quién es el capellán? Don Valeriano. Pues abrigate, hijo. No olvides el tapabocas ni el pasamontañas. Había caído una gran nevada y era tan brillante la luna que la noche parecía iluminada. Hasta llegar a la fuente de la Dehesa tenía que pasar el puente de Valdevilla, atravesar la cuesta que eleva el Río clamores al ocultarse como un Guadiana, cruzar por entre medias de la Base Mixta y la cárcel cerca de los jardines de Villangela, desde donde se subía por la plaza de toros a los centenarios depósitos de agua del acueducto, la fabrica de Caretas donde se fabricó el biscuter y la de Klein donde se fabricaran caretas antigas de la primera guerra mundial. Todo era campo por aquellos días de mediado el siglo XX pero en el siglo XV tupido bosque donde solía cazar el Rey Nuestro señor y sería precisamente en una quinta de recreo donde se alzaría el palacio-monasterio bajo la advocación de San  Antonio de Padua, san Antonio el Real. Hacía yo el recorrido cuatro veces dos por la mañana y dos por la tarde y me conocía cada recoveco, cada castaño de Indias y allí empezó mi fascinación por roma y por la historia de España desde aquel día que vi sacar unos huesos en una rumba romana que excavaron a la puerta misma  de donde estaba la casa del capellán de las hermanitas de los pobres. En el epígrafe se decía que la difunta era una “puella” (muchacha) que falleció a los quince años. Tanto el capellán don Pablo como don Valeriano leyeron el epígrafe y rezaron una oración por el eterno descanso de aquella adolescente muerta en los tiempos de Trajano. Hacía frío y me abrigué con el tapabocas. En la dehesa boyal dormían los rebaños de la Mesta miles de cabeza de ganado. Los mastines me ladraban al pasar pero el rabadán de vigilancia me advirtió que caminase sin miedo, los perros no te harán nada, chaval, y menos hoy, repuse hoy que ha nacido Dios:

-¿Vas a misa de gallo?

-Sí, señor.

-Pues felices pascuas, zagal.

Cerca de la base mixta y frente al dispensario antituberculoso me asomé a la verja donde yacía desportillado un carro de combate de la primera guerra mundial, ruedas enormes, ¿Qué haría en Segovia aquella reliquia de la batalla del Somme? Rápidamente al rebufo de los muros leprosos de la huerta de las monjas, altos muros misteriosos de adobe me planté en el convento escondido entre un bosque casi de olmas. Como don Valeriano se había puerto malo le sustituyó como oficiante el capellán del hospicio don Ramón. Que era un cura alto con un gran corpachón que remataba en una cabeza de garbanzo y una voz profunda. Conocía todos los misterios de la historia de España aquel buen capellán. Entré en la sacristía y sor Fuencisla la demandadera ya tenía preparadas las vinajeras, sentí su voz detrás de las cortinas de la clausura del coro bajo:

-Buenas noches, sor Fuencisla.

-Buenas noches, hijo y alegría.

-Sí, señora, alegría y placer que esta noche nace el niño en el portal de Belén.

-Me gusta ¡qué bien te los sabes! Debes de ser un chico listo.

-No se crea, sor, el latín no se me da mal pero no me entran las matemáticas

Sor Fuencisla estaba más contenta que unas pascuas y me dijo que en el convento hubo fiesta y tambien entonaron villancicos al Niño Jesús como en todos los hogares españoles por tan señalada fecha. Al poco llegaba don Ramón que venía tosiendo- pues era un empedernido fumador y moriría el hombre al poco tiempo de la caja cambios- desde el zaguán un tanto azacaneado y moviendo para los lados la cabeza y con las botas cubiertas de nieve manteos y capisayos al desgaire accionando los brazos largos. Pendulaba en todas direcciones  el buen capellán su cabeza insignificante y pequeñita, de garbanzo. Sí; tenía un melón ridículo sobre los hombres pero en aquella testa cabía toda la historia de España de la cual nos daba clases magistrales y se cabreaba muchísimo cuando aquellos libros de texto ponían cosas muy desagradables sobre el monarca de la granada y del reinado agridulce.  Por eso en el seminario los latinos le pusimos de mote Don Cicerón que es lo que significa el apodo en la lengua del Lacio. Creo que por ese cabo me convencí de que el rey segoviano había sido difamado y que sería preciso rehabilitar su figura de tanto escarnio.

 Se vistió el presbítero a toda prisa los ornamentos blancos y yo mismo con otro monaguillo que se llamaba Otero salimos con paso solemne de la sacristía, uno portaba el cirial y el otro un incensario. El coro empezó a entonar la antífona:

Asperges me, Domine, hisopo et mundabor. Lavabis me et super nivem dealbabor.

Miserere mei Deus secundum magnam misericordiam tuam. Vidi aquam egredientem de templo et omnes ad quos pervenit aqua ista salvi facti sunt et dicent: aleluya

Las notas gregorianas del asperges  en tono andante ma non tropo resonaban hermosas cantadas por las voces blancas de las clarisas y habían sonado en aquel templo desde su fundación por el rey don Enrique nuestro Señor durante medio milenio. Era el catolicismo “at work” en su gloriosa tradición de “business as usual”. Pasan las generaciones, nacen y mueren los hombres, las primeras que lo cantaron yacían en humildes sepulturas, amortajadas con el cordón franciscano de tierra en la Huerta del Nogal en el patio central del convento. Luego don Ramón con su voz cascada y potente de fumador empedernido pronunció el exorcismo:

Exaudi nos domine sancte páter aeterne Deus et mittere digneris sanctum angelum tuum de coelis qui custodiat, foveat, protegat, visitet atque defendat omnes habitantes in hoc habitáculo

El preste sabía que su negocio tenía que ver con la eternidad y rogaba para que alejase el espiritu del mal a todos los moradores de aquella casa. Amen. Estaban todas las lámparas encendidas. El retablo de la crucifixión con sus maravillosas figuras de arte flamenco en relieve, tan vividas y tan copiadas al natural que hacían pensar en cómo era el rostro de los hombres en la edad media, no sólo los reyes sino los menestrales, los rabadanes y los tejedores que iban y venían a Flandes con la lana de las merinas de Segovia, refulgía como los chorros del oro. San Antonio de Padua, talla neogótica, con un misal en la mano, y su cerquillo de fraile menor iluminándole el rostro En las paredes de damasco colgaban algunos cuadros religiosos con reporteros en los cuales se representaba el escudo de armas de los Reyes Católicos, (que dotaron al convento, si bien fue su predecesor el que lo fundara habilitando para la ocasión una finca a la afueras que tenía para sus recreos cinegéticos) y escenas de la Natividad y allí estaban los bancos de roble macizo que lucían entremedias las armas de Castilla y el blasón del penúltimo de la Casa Trastamara: una granada. Buen símbolo porque decía don Enrique:

-He aquí mi agridulce reinar.

Estaban vacíos los bancos porque debido a la gran nevada había acudido poco personal a aquella misa del gallo. Únicamente cuatro viejas así como el carpintero Geroteo el mejor feligrés de aquella comunidad, una buena persona pero que tenía fama de empinar el codo un poquito y aquella nochebuena había pimplado de más porque olía a anís que le llevaban los demonios cuando fui a darle a besar el portapaz. Con esa generosidad de los beodos el bueno de Geroteo y sonriéndome cordial sacó de la pelliza una moneda y me dio un duro de plata:

-Toma, monago, tu aguinaldo.

Pocas veces a lo largo de mi carrera como monaguillo y seminarista he visto brillar tanta alegría y tanta munificencia como en los ojos de aquel borrachín. Tampoco tanto oro. El cristianismo suele ser generoso. Un duro cinco, pesetas de las de entonces constituían un dineral para los niños de mi edad. Guarde Dios tu alma cristiana, Geroteo y este gesto me persuade en mis convicciones de que nada es lo que parece en este mundo que hay que ir con pies de plomo a la hora de enunciar juicios de valor. Cuando fue a besar al Niño y yo sostenía a don Ramón el humeral, Geroteo con paso vacilante y la cara roja me guiñó un ojo. La misa terminó en la efervescencia y candor con que la liturgia católica guarda para esta santa noche. En la iglesia hacía un frío que pelaba porque no había calefacción ni estufas por aquel entonces. Sin embargo puede ser y así ahora lo pienso que la luz que fulgía de la estrella del portal de Belén calentase nuestros cuerpos y nuestras almas. Ya en la sacristía las buenas monjitas nos agasajaron con vino de misa soplillos y pastas. Sor Fuencisla que me tenía buen concepto me encareció que fuese bueno y que estudiase y que siguiera devoto de San Antonio. Así lo soy y lo he sido toda mi vida. El órgano remató glorioso una fuga de Bach interpretada por una de las hijas de Santa Clara de Asís que en el siglo había estudiado siete años de conservatorio, Sor Jesusa, y las notas golpeaban caricias sobre los empinos de las bóvedas de crucería y los arcos escarzanos y conopiales. Dirigiendo mensajes de amor divino hacia la luna llena que asomaba yerta y pasmada por entre los vitrales de la nave del crucero Una nochebuena más. A la salida y entre  la euforia de los vapores del licorcillo de consagrar más de tres copas generosas me tomé con la aquiescencia del capellán y de la propia priora que un día es un día, bajó un arco que lleva al salón del trono, tuve una visión. Yo vi acercarse a un caballero, llevaba sobre los hombros un ropón de cordero que le cubría la pelliza, un turbante como los de los moros. Era rubio, trabado de hombros, una barba rojiza, los pies grandes, las manos como manoplas de segador y un aspecto campechano pero había una indecisión que recobraba su persona, timidez y amabilidad, transmitía llaneza y familiaridad. Bien pudiera pasar por un tratante de los que acudían al azoguejo  los jueves de mercado y que después de comer cordero asado  regado con clarete de Peñafiel se ponían un palillo entre los dientes y se sentían felices en su pobreza, pero había una distinción en su rostro y unos ojos claros y misteriosos de rey godo, cuya sangre corría por sus venas mezcladas con las de todas las dinastías de Europa: los Valois, los Plantagenet, los Lancaster y la de la casa de Anjou y de Viana  y un cierto reposo pleno de dignidad, porque, “donde ponía- escriben los cronistas- la vista mucho le duraba el mirar. Este lento mirar le convertían en un ser distinto a los demás.  A todas luces se trataba de un personaje majestuoso. No debía de ser muy friolero aunque bien pudiera ser que los cuerpos gloriosos no acusan el acoso de los incidentes climatológicos ni padecen enfermedades. Era don Enrique igual que yo me lo imaginara. Me recordaba a mi abuelo con su nariz y con sus fuertes corvas, la cuadratura algo petiza de los labrantines que por aquellos días se pasaban la vida inclinados sobre el surco, segando, bieldando, dando haces en ese ir y venir castellano que llaman acarrear. Todo es movimiento y variación.

Se fue a sentar junto a una mesa de pino junto a un altar y se reclinó sobre el respaldo del sillón frailuno. Había mandado traer un brasero y de vez en cuando revolvía la ceniza con una badila.

-Hace frío en Segovia y mucho más la noche de Navidad. Ven, chiquito.

Comprendí quien era el fantasma. Mis sueños o mis delirios me habían trasladado hacia el propio Rey el cuarto de los Enriques de Castilla.

-         Aquí estoy, Majestad.

-         Somos paisanos. A ti te bautizaron en San Millán y yo recibía las aguas santificantes en la de San Martín.

-         ¿Y eso cómo lo sabe, Majestad?

-         Las almas de los difuntos somos espíritus puros y podemos penetrar en todos los misterios de la condición humana. Conocemos el pasado el presente y el futuro. He venido a darme una vuelta por mi heredad. Este era mi palacio de verano. En vida a mí me gustaba mucho cazar. Cuando abatía un jabalí lo asábamos a la estaca en esa cocina enorme del monasterio que tú habrás visto y luego nos lo comíamos en amistad aunque  por su ley la carne de cerdo estaba prohibida. Menudas cuchipandas.

-         Ya pero cuando el hambre aprieta vacan las normas y prescripciones del Alcorán. Dios es uno. Y mis súbditos bebían vino a escondidas. Eran mis mejores soldados. Como albañiles insuperables. Xadel Alcalde un morisco de Burgos con su cuadrilla de alarifes construyó estos muros donde tú estás. Eran los que trabajaban por estos reinos. De mi huerto se cuidaba un tal Abderramán y cultivaba un pejugal que era digno de ver por sus lechugas y sus rábanos. Ese Abderramán edificio el monasterio del Paular. Eran todos ellos moros de Aragón.

-         Ya pero cuando el hambre aprieta vacan las normas y prescripciones del Alcorán. Dios es uno. Y mis súbditos bebían vino a escondidas. Eran mis mejores soldados. Como albañiles insuperables. Xadel Alcalde un morisco de Burgos con su cuadrilla de alarifes construyó estos muros donde tú estás. Eran los que trabajaban por estos reinos. De mi huerto se cuidaba un tal Abderramán y cultivaba un pejugal que era digno de ver por sus lechugas y sus rábanos. Ese Abderramán edificio el monasterio del Paular. Era todos ellos moros de Aragón.

No me sorprendió aquella respuesta de aquel bien rey cristiano de ojos cansados que parecía harto de pelear. En aquella fatiga se reflejaba quizás la eternidad del mundo. Dentro del movimiento y variación todo es igual y también la sabiduría del conocimiento de los hombres. La condición humana sigue aferrada a los principios de la casuística. Me dijo que uno nacía ladrón, otro forzador de doncellas, aquel homicida y esotro para la gramática o la especulación. Unos se entregan al vino y a los placeres de la panza y otros sólo prueban el agua. Unos blancos y otros negros, unos grandes y otros chicos. Unos valetudinarios y enfermizos y otros que no toparon jamás con un galeno. Y entretanto realizaba estas reflexiones jugaba con la granada de su blasón como si fuese una pelota. Ama y haz lo que quieras, comentaba san Agustín pero eso es sólo retórica. Nunca se podrá acomodar a esa perspectiva de amar al prójimo como a ti mismo. Tales expresiones no resultaban sino hablar bonito. Tu pusilanimidad alteza nace de tu sabio conocimiento del ser humano. Prefiero cazar por esos montes. Las alimañas del campo son menos dañinas que algunos palaciegos de mi corte. Eligió buen símbolo como lema para su reinado agridulce. La granada es el fruto que más se parece al almíbar y al acíbar. Más que un blasón era una profecía. Entraremos en Granada mas eso quedará para mis sucesores. ¿Y de qué nos servirá vencer a los moros si no somos dueños de nosotros mismos?, dijo en un tono más reflexivo. La iglesia se había transformado en palacio. Sonó un rabel y unos puericantores cruzaron la habitación y saludaron al Rey:

-Buena pascua y buenos años, Alteza.

Don Enrique se les quedó largo rato mirando pero no pronunció palabra. Subía y bajaba la música del rabel alternando la clave de los arpegios. Uno de los juglares de palacio con motivo de la Navidad para hacer dedos componía un madrigal a su amada. Un rabino con un cantoral enorme con herrajes se llegó hizo una reverencia y le besó la mano. El librote que llevaba bajo el brazo era el Talmud con todas las enseñanzas. Se sentía el ladrar bronco de los lebreles de la jauría. Piafaban los mulos en las caballerizas. El pastelero de Madrigal en la cocina alimentada por leños de roble preparaba un guiso preferente. Otros rancheros doraban la carne de un buey que sería servido al día siguiente en el convite que daba su Majestad todos los años por estas fechas a los nobles de Segovia, al corregidor y al obispo. Le miré de nuevo y su aspecto era de total fatiga como si humillado y preterido hubiera alzado bandera blanca frente al cruel destino. Entonces despareció la visión. Todavía me dio tiempo a vagar por las dependencias de la mansión. Estaba habitada por frailes menores de la observancia y por claustrales. Los descalzos discutían con los calzados. Uno de forma muy violenta apostrofaba a un compañero que decía llamarse fray Pedro de Villacastín por habersele visto por malos pasos a altas horas de la madrugada por los lupanares de Segovia y este respondía que acompañaba al rey en estas giras por la ciudad a casa de las visitadoras y que más pecaba la lengua que el ojo. Contó la historia de doña Guiomar de la cual el rey estaba muy prendado con gran enojo de la reina doña Juana. Otro de los religiosos contaba cosas maravillosas del monarca no sólo sus proezas sexuales de quinque in eadem nocte sino su fuerza inaudita de domador de leones porque tenía una partida de estos animales que le había regalado el rey de Granada y que él solo entraba en la jaula para darles de comer y que estas fieras en lugar de atacarle le lamían la mano. Observantes y claustrales se llevaban a matar por lo que la conllevancia resultaba harto problemática en aquel monasterio. Pleitos entre claustrales y observantes, la cosa llega hasta Cisneros y parece mentira que perteneciendo ambos bandos a la misma orden del cordón sus actitudes tengan poco de seráficas y mucho menos de cristianas. Igual ocurre entre los agustinos regulares y los monacales, el Carmen descalzo y los que llevaban zapatos.

 

Al rey cristiano de ojos cansados que parecía harto de pelear le hastiaba la vehemencia con que cada feudo enarbolaba su estandarte porque -sepan cuantos- era un príncipe que detestaba la violencia y se desmayaba a la vista de la sangre. Me preguntó qué que era lo que quería ser de mayor y torció el gesto.

-Tú no vales para clérigo ni para político.  Tienes alma de guerrero pero como eso no puede ser, abrazarás la vida áspero e ingrata de las letras; escritor, mi cronista.

Aun desconociendo a punto fijo cual era el significado de aquel augurio que enunciaba (ciertamente, a mí me gustaba emborronar y mandaba mis articulitos y mis cuentos al “Sígueme” y a la “Hoja parroquial y alguna vez mi nombre en letras de molde) la idea me atraía. Escribir por tu propia cuenta y riesgo, tener ideas personales, no vivir a lo borrego, no comulgar con ruedas de molino y pensar por boca de ganso, lo que diga la masa, peligroso oficio y arriscado afán. Me iba a uncir al yugo compartiendo el infortunio y la soledad del hombre de letras. Largas vigilias, trabajo perdido, mayúsculas decepciones, mensajes del naufrago dentro de una botella. Vivir hablando y pensando con los difuntos apartándose de los vivos. A sabiendas de querer robar el fuego sagrado a los dioses y de entrar en el laberinto de Creta burlando al cancerbero universal, ese que no habla, no sabe no contesta y cuando lo interrogas hace un movimiento de sí o no con la cabeza. Recorrer el dédalo de la literatura si no llevas contigo el ovillo de Ariadna es exponerte a las cornadas del Minotauro que es un mihura que no falla ninguna de sus embestidas. Los pensadores son humillados y ofendidos. Al vulgo no se le puede llevar la contraria que sólo cree en el poder y en la riqueza en los placeres del lecho y de la mesa.

-Pese a todo, niño segoviano, conocerás el Bien, la Verdad y la Belleza. Y ese es el Cristo- dijo su Majestad rompiendo un largo silencio de taciturnos pensativos- Aunque se desprecie la doctrina y las togas cedan a las armas. Serás rebelde y comunero.

-Entraremos en Granada, señor.

-Eso se hará. Pero yo no lo veré. Boabdil chiquito entregará las llaves de la alhambra a mi sucesora y hermana. Se habrá consumado un sueño, culminaremos el prepósito de venganza de la ignominia de la Cava Florinda. Ese es el sueño de España, la unidad nacional bajo el reinado de la cruz. Yo no sé si lo he conseguido pero peleé en Gibraltar y aquí estan las heridas en mi cuerpo para probarlo y mis caballeros, Enrique de Guzmán y el Conde de Niebla colocaron el pabellón de Castilla en lo alto del peñote.

-Actualmente sólo hay ingleses y moros.

-Hasta que Gibraltar no sea tierra española cundirá la desazón y volverán los bandos y las armas de los españoles unos contra otros-dijo el Monarca Misterioso. Y prosiguió:

-Soy amigo de moros porque quiero atraerlos hacia nuestra causa. Son buena gente pero acérrima. Muy cabezotas, hijo, muy cabezotas. Lo malo es que detrás del moro está el judío y ambas religiones confabuladas contra nosotros constituyen un enemigo casi invencible. Ello forma parte sin embargo de la maldición de don Rodrigo.

Casi me dieron ganas de abrazarle pero como sabía que era un ángel o un trasgo que bullía en mi cabeza no me atreví. Me quedé mirando para el artesonado de siete faldones que se alzaba sobre nuestras cabezas, una maravilla del arte morisco, con las estrellas de David labradas en pan de oro y toda esa esgrafía morisca de talante tan segoviano que huye de estampar en las paredes la figura humana y se entrega a los arabescos y ajarafes, en labor de ataujía, para no desairar al Profeta. Las tres culturas bajo la preeminencia de la cruz eran impronta enriqueña y se perdió mi mirada entre los baquetones y boceles de la capilla de Santa Úrsula. Más arriba coronaba el palacio la espadaña de ladrillo rojo con su tejadoz liso de pizarra, su tortea y su veleta. La campana estaba sonando a maitines y en el halda podría leerse la inscripción latina Henricus me fecit.

-Muchas misas me habrán dicho las queridas monjas

el aire se remansaba y cruzaba los ámbitos del monasterio una inusual quietud. Estábamos en el salón del trono el rey y yo arropados por la imagen del querido san Antonio que él donara y un cristo atado a la columna que debió de salir del buril del Divino Morales. Defenderemos la verdadera fe y Dios nos ayude. De lo que ocurra después mejor no preocuparse. Alguien llorará sobre nuestras cenizas. En la sala capitular la tumba que él construyó para su enterramiento. Lo inhumaron en Guadalupe al lado de su madre la portuguesa doña Juana. Recordé un cantar que me enseñó mi madre al Antonio divino y santo:

si busca milagros, mira: muerte y error desterrados

miseria y demonio huidos leprosos y enfermos sanos

el mar sosiega su ira, redímense encarcelados, miembros y bienes perdidos recobran mozos y ancianos

el peligro se retira los pobres van remediados cuéntenlo los socorridos díganlo los paduanos

 

En aquel instante el espectro despareció y yo me perdí por los pasillos del gran laberinto de la existencia.

 

NUNCA LA DIOSA RAZÓN GOBERNARÁ EL MUNDO

 

Tal pensamiento me asalta sabrá dios por qué en soleada mána de marzo día de san José el casto varón, campeón de los padres putativos. Dicen que las dos palabras de la vida son la necesidad y el sentimiento. La idea sólo triunfa cuando alcanza el grado de sentimiento. No sé i esto será verdad. Este día de san José del 2011  vuelve a pedirse la paradoja del día de san Antón del 1991. entonces era Hussein, ahora es Gadaffi el malo de la película, quien dijo que la historia no se repite

 

EMBAJADOR EN LONDRES CONDE DE GONDOMAR. Alcabalas e impuestos

Primero de los grandes embajadores, su tarea fue impedir la ruina de las pañerías de Segovia en competencia con flandes.

Diego sarmiento y acuña quiere quitar las aduanas de tierra firmen in England. La carga se hacia en coruña

Los españoles traian el paño de londres en menoscabo del de Segovia y ewsto da lugar a las guerras de las comunidades

Inglaterra fomenta las tarifas aduaneras

Papale de estado o sellado del conde duiqyuede que olivares

Sistema de ahorro con los arbitrios para que funcione sociedad moderna

Derechos de anclaje para entrada de barcos

Aforos y derecho de fondeo

Chapin de la reina eran las pechas qye se pafabab por las vboidas del rey

Rental de puerto seco o fielatos

Almajarifazgos

Vinos buenos vinos segundos y aguapiés

La sisa del vino se registra en 1601

Y la del aguardiente 1631

Alcabalas y reales cedulas

Alcabalero era cervantes

 

 

 

SOL CRUZ CORAZON Y VIENTO

Mejor lejos de internet copiando cuaresmas y resmas de cuadernos mi corazón a la basura en modo alguno me rindo a las tenciones de japún el diablo judío paralogismos razonamientos falsos y hablo de cosas que no he vivio 1666 la virgen de Guadalupe se aparece a juna diego  sincategóricos o vacios de contendio tantrico la saleyte  papa noel lleva las manos engrasadas de aceite ballena crimoinalidad depresión de prvación pérdida del rumbo me vienen ideas a la cabeza en forma de pecados debiera arrepentirme y hacer penitencia antes morir alonso Rodríguez nació en 1426 jamás salía del aposento insulsas comunicaciones con los chombres que llevan a degustar la dulzura de dios. dia de animas de 1996 caridad vinculo de perfección doroteo y dositeo M61O4 HJ el coche malaga matriculado varon de deseos como  solddos en pramento amagar y no dar trump almah doncella alma redentoris matris mre gusdtasbnban a mi mucho estas cosas de religión pasrthenos virgen en griego laconismo hemorroisa libnrosa dañosos y malos

 

HACIA UNA IGLESIA MÁS DIACONAL, ESPACIO DE LIBERTAD

Antonio Parra

Anoche a las 9.37 de un tranquilo y lluvioso sábado de abril volví a escuchar por quinta vez consecutiva en mi vida el tañido de Ail campanone@. Estaba leyendo un precioso himno a la Virgen del Oficio Parvo, tenía abierta la radio en una emisora francesa cuando la voz del bronce desde la torre que vigila la gran cúpula de Bernini en la Plaza de san Pedro ha sonado doblando a clamor. En mi libro se leía un versículo significativo: AAttolite portas principes capita vestra@ (Puertas salid de vuestros goznes, dejad pasar al rey de la gloria). Fuera llovía con fuerza aguas mil, beneficiosa lluvia de alma que necesitamos en la travesía del desierto. El instante, adornado como por un aura mesiánica, era emocionante.  Pasó un ángel por el mundo rozando las puertas con sus alas. Nos ha rozado la caricia de un carisma.


 Me pareció que el repique no era a muerto sino a gloria. Seguramente, Wojtyla, cubierto por el manto de la Virgen, ha subido al cielo y goza de la visión del Resplandor del Rostro, según han anunciado todos los períodicos y todas las radios y televisiones del mundo, incluso los no creyentes, pues ya lo dice el refrán Aqualis vita mors ita@, según la vida así la muerte, se ha ido como vivió, en olor de multitudes, y armando el taco. He sabido que sus últimos momentos fueron de un patetismo y un dolor terrible. Fue un luchador contra la bestia. En su pugilato contra las fuerzas del infierno obtuvo rotundos éxitos. Alguna vez fracasó pero la victoria final, estamos seguros, estará de parte de las banderas de la Iglesia. Aciagos días esperan. El enemigo es muy fuerte.  Quizás su muerte tenga que acogerse con la alegría del tránsito del justo que pudo decir con san Pablo Abonum certamen certavi, cursum consumavi, fidem servabi@[1], pero con las naturales prevenciones del que conoce la fuerza tremenda del enemigo a batir. Hasta hace poco, los medios que hoy lo inciensan proclamaban con furor el fin de la era cristiana. Basta darse un paseo por las hemerotecas para curarse un poco de la efervescencia triunfalista del instante.

 También los papas sienten horror ante el suplicio pero, tozudo hasta el final y pase de mi este cáliz, empuñó el timón de la barca del pescador hasta el final. El atleta de Cristo no quería morisrse ni entregar la antorcha. )Muerte dónde está tu victoria? Muy pronto será beatificado.

La cobertura de su fallecimiento ha sido todo un fenómeno sociológico impresionante sin parangón en la historia del mundo. Hemos vivido instantes de dolor y de apoteosis, de gozos y de sombras. En particular me ha llamado la atención la acepción y seguimiento que ha tenido la narración de su muerte y agonía entre los británicos. Los ingleses siempre tan reservones hacia Roma, y tan cicateros con los dineros de san Pedro, desde que se desvincularon con la comunión católica en tiempos de Julio II han destapado el tarro de las esencias en sus loores. AThe pope of popes@(el papa de los papas) titulaba ATimes@. AEl superpapa superstar@, AEstá golpeando con los nudillos las puertas del cielo@, titulaba otro, y un tercero  nimbaba su cabeza con una aureola de santidad bajo las alas de una paloma blanca. No podía ser de otra forma entre uno de los grandes defensores del culto de hiperdulía. Casi parece un sueño. Demasiado. Too much. Esta papafilia de los británicos casi suena a milagro. (Si levantara la cabeza el cardenal Newman! Hasta hace un cuarto de siglo semejantes elogios en Londres hubieran sonado a inocentada, a una broma pesada de un primero de abril, April´s the Fools[2]. Con la muerte de Karol el mundo se ha parado.


 La cadena televisiva ASky News@ ha desplegado todo un regimiento de reporteros y cámaras no escamoteando elogios y pleitesías hacia el último sucesor de los apóstoles. Cabe recordar y aquí subyacen causas de orden político que Polonia y Portugal fueron los dos países católicos que la anglicana Inglaterra conservó como aliados más firmes en el exterior para proseguir la tradicional política de Foreign Office de balanza de poderes. La figura de Juan Pablo II fue decisiva en la destrucción del comunismo. Han caído todas las barreras. Las fronteras han cambiado de sitio. Todo parecía que íbamos a vivir un nuevo Pentecostés pero los recelos antiguos subsisten. Francia y Alemania donde las poblaciones son de mayoría católica o protestante pero cuyos gobiernos se caracterizan por la aconfesionalidad, se han sumado a esta ola de enfervorizados panegíricos. La RAI parecía vivir su hora más grande. Dedicó una entrevista de dos horas al director del Opus Dei.


 Moscú callaba. A la hora de escribir no había trascendido ninguna nota oficial de su muerte del patriarca Alexis II, cabeza visible de las iglesias autocefalas eslavas. Constantinopla tampoco ha dicho esta boca es mía. Y Atenas se ha despachado con un comunicado de circunstancias lo mismo que los otros dos patriarcados el de Antioquía y Alejandría. De esta paralización del movimiento ecuménico tiene la culpa la situación en Oriente Medio. Esa fue una de las maclas de su pontificado: el flanco oriental. Fallos de la condición humana. Se ha roto el hilo conductor del ecumenismo, uno de los triunfos de Juan XXIII que se ha convertido en fracaso con el papa polaco, a causa de viejas rencillas históricas entre Varsovia y los zares. Juan Pablo II ha muerto sin poder cumplir su sueño de rezar en la Kremlin Sabor. Los hermanos separados quedan más distantes cada vez. Los ortodoxos son los celadores de la tradición y no hay que olvidar un detalle: el cristianismo fue griego antes que latino y Cristo hablaba indistintamente arameo y koiné. Tampoco hay que dar de lado otro hecho fundamental: la intervención del patriarca Sergio, rehabilitado por Stalín en 1940, y que bendijo a las tropas del Ejército Rojo que iban a combatir a los alemanes en el frente del Este, fue determinante para repeler a la agresión nazi. Pero estas son precariedades de la humana fragilidad que suelen suceder cuando las cosas de Dios se mezclan con las de la política. Todo se desbarata y se saca de quicio cuándo entra en juego la Aloca de la casa@. De aquélla murieron 26 millones de seres humanos y hubo otros tantos desplazados, corrimiento de pueblos, hambres, injusticias sufrimientos. Este ha sido el papa del holocausto, el campeón del anticomunismo pero cualquiera que haya estudiado un poco la historia del marxismo llega a conclusiones obvias sobre su origen, los grupos - no todos de origen ruso aunque muchos de los nihilistas eran hijos de pope- que implantaron y quienes eran y de dónde habían salido los fautores de la cheka y el agit prop, propagadores del ateísmo y el odio a la Cruz. Temible es la hidra de las siete cabezas por su contumacia y correosidad. La serpiente maligna repta y cambia de piel. Juan Pablo seguramente estuvo asistido por el brazo del Espíritu Santo pero no pudo abarcar todos los campos este hercules de Dios que al final de sus días ha llegado a comprobar con amargura cómo el materialismo occidental con sus secuelas de desintegración del individuo y de la familia, el hedonismo, el egoismo y la insolidaridad sexista representaban una amenaza tan formidable como la que se conjuró con la caida el Muro de Berlín. Esa opción creo que queda abierta a los sucesores de Wojtyla en la cátedra apostólica.

Las profecías malaquianas entran ahora en juego para el que las quiera leer y son al parecer ominosas con respecto al penúltimo papa, el que hace el número 111 que adoptará divisa el lema Ade gloria olivae@ y trasladará, cuando se desencadenen las persecuciones en la Ciudad de las Siete Colinas, la curia a Jerusalén. Precisamente al cardenal Rouco le pilló la noticia de la muerte de su querido papa recién fallecido en la Ciudad Santa de viaje de peregrinación. El último subirá a la Catedra de san Pedro, el 112 de la lista de san Malaquías obispo de Armagh y el 266 del cómputo total será Petrus Romanus.  Con su mandato se cerrará el círculo.


Al finado le correspondió el puesto número 110 bajo el epígrafe de Alabore solis@ (los trabajos del sol) cita misteriosa pero que parece haber ido con el carácter esplendente y arrollador de Wojtyla cuyo brillo hizo desaparecer la noche del comunismo, aunque otras sombras tan densas y mortíferas le amenazaron por detrás a este esforzado caballero de Santa María y que había adoptado el lema cisterciense del Atotus tuus@ por emblema pontifical: el agnosticismo, el culto a los instintos inferiores, la depravación de las costumbres, el hambre en el tercer mundo, legados de la injusticia y el colonialismo, los problemas de orden social y laboral determinados por la supresión de barreras y la política de puertas abiertas que junto con el descenso de la demografía en la vieja y caduca Europa está contribuyendo no solamente a la rectificación de líneas en los mapas geopolíticos sino a un avanve imparable del mahometismo. Su tiempo ha coincido con el de la gran revolución tecnológica mayor de la historia. Y desde el punto de vista de la utilización de la imagen y de los medios de comunicación al servicio del evangelio ha sido un verdadero superman. Pero le quedaron flancos por cubrir: las iglesias vacías, la deserción de las masas, la gran apostasía. Se ha querido atraer a los jóvenes, loable política que ha dado algunos resultados en los movimientos neocatecumenales, pero, por otra parte, con algún menoscabo de las personas de más edad que son los únicos que van a misa y cubren las necesidades del cepillo. Peinas canas, tienes barriga y el cura parece que no quiere saber nada de ti. La práctica de la religión cristiana es árdua, incómoda y reclama no pocas renuncias. Los chicos no lo tiene fácil. Mirando hacia atrás, cotejo las contradicciones de su pontificado y encuentro que era demasiada tarea para un hombre solo. Y Wojtyla estaba muy solo. Arrasaba en sus viajes evangelizadores. Ha pasado por la tierra como un verdadero huracán. Pero las masas tan emotivas a veces se muestran olvidadizas. Él iba contra corriente.  No se puede servir a dos señores. La tristeza del joven rico del Evangelio.

Como dicen los británicos AYou can´t win them all@. Un guerrero solo no puede ganar todas las guerras. Adolecía del principal defecto de los polacos, según reconoce su biógrafo el periodista del NYT Tad Sluz: confundir la política con la religión. E imbuyó su pontificado de ese nacionalismo a ultranza. Su arrojojo rayaba con la imprudencia. 



[1]Libré un buen combate, llegué al final de mi carrera, guardé la fe.

[2]Ese día están permitidas las inocentadas.

 

Parada de autobús

Dos cosas legitiman existencia legal de un ciudadano en democracia ek nif o dni y el abono transporte salvoconductos de las urnas comiciales eres un numero llevas vida anónima idas y venidas a la parada esperar bajo laa marquesina esclavos de nuevo cuño y nada de rechistar hacer momos sonreir beatificos cuando os pregunten los de la tele por el tiempo su bonobús era algo vital lo perdió o se lo robaron y se sintió perdido varias veces de semjante tragedia era culpable erifos tu foto al lado de un rlogo rojo enmarcado de cinco estrellas de la comunidad un billete de largo recorrido para ir y venir por la autonomía you are whar you ewat viajas luego existes subes los peldaños llegaba a casa y se entretenia escuchando la voz de oro de una maga estas tonto escuchana los himnos de suplicas las recitaciones ciaconales un mundo que se escondía en el eter pero no era real colas de emigrantes y la parada del autobús eran su vida real los buenos dias de mala ganas del vecino el volante del verrugo que dejíoo a la señora y se fue con una negra polidipsia veves demasiado vienen y vienen y nos vamos a tomar por culo la vida ya tiene pocas satisfacciones Absalón yu voida transcurre en las subidas y vajadas dek numero 666 que asi se llama tu autobús. La aficion a empinar el codo de Absalón degeneró en polidipsia

 

ONÉSIMO REDONDO  FUSILADO HACE LXX AÑOS

Antonio Parra

“No puede decirse hoy cuántas docenas de millones se llevarán los catalanes – escribía Onésimo Redondo Ortega en “Libertad” de Valladolid palabras que le costaron el destierro en 1932- de la hacienda española regalados por Azaña y sus sirvientes; el regalo lo pagarán otras regiones autoras del engrandecimiento catalán y de la hostilidad antiespañola de aquel separatismo. Según Azaña, la Generalidad Catalana va a tener sus guardias propios y sus gobernadores como país extraño, sus tribunales, sus cárceles y su universidad. Se nos rompe la unidad patria”.

Estas frases conservan hoy una rabiosa actualidad. Onésimo aparte de un gran pensador – el abnegado jonsista filosóficamente cuadrado ante la revolución pendiente y al que los españoles deben, que no a los rojos ni a los tecnócratas, esas mejoras sociales: empleos fijos, vacaciones pagadas, el derecho a la atención sanitaria, a la educación gratuita, un techo donde guarecerse etc.- fue un profeta que dio la vida por la unidad española cinco veces centenaria en la defensa de los de abajo. No era ciertamente un señorito,  sino un agrario entusiasmado con la reforma del rústico y propulsor de un sindicato remolachero. Fue asimismo un brillante periodista de lo más congruente, la mejor pluma sindicalista y, repito, dejó detrás  una obra “cuadrada”, como prolongación a su rotundo y augusto apellido, dispersa a lo largo de una serie de antológicos artículos, descatalogados adrede, pero que, leídos hoy, guardan un palpitante ahora y son una invitación a la reflexión para la juventud del momento.

Desgraciadamente a esta juventud se la mantiene a blancas. Nadie les ha contado de donde venimos ni les ha razonado las claves del laberinto español. Es el silencio de los corderos que se propugna desde arriba. Se pretende borrar la memoria y sustituirla por otra memoria, un juego ciertamente peligroso porque no es bueno ni conveniente para la salud mental meter la vertedera en los osarios.

El cainismo que algunos pretenden cargados por el odio y el instinto de revancha nos lleva a este pobre Abel. Abel Redondo, Onésimo (el piadoso que es lo que refiere su nombre en la lengua griega). Otra de las innumerables víctimas. Juventud generosa que caminó al matadero aquel bochornoso mes de julio de hace 77 años.

Únicamente era un periodista. Yo también soy periodista. ¿Me rindo?  Onésimo desenmascaró a la bestia, expuso sus brillantes ideas en el foro. No se lo perdonaron nunca.

Otro vallisoletano, José Antonio Girón, recogería el guante y pondría en ejecución aquel proyecto de futuro para España que Onésimo Redondo firmó con su sangre y la verdad que a setenta y siete años vistas de aquella tropelía, de aquel asesinato, cabe traer a colación aquellas palabras del líder José Antonio: “Ojalá que mi sangre sea la última que se derrame entre españoles”.

Onésimo Redondo Ortega el “divino impaciente” formó parte junto con Ledesma Ramos  y Primo de Rivera  del trío de “eternos ausentes”. Pero él más que nadie fue un pensador para un pueblo. ¡Presente!

 Si José Antonio fue un poeta más que un político, estos dos últimos eran dos castellanos filósofos, asqueados del vano parlamentarismo de políticos banales y trincones, dos pura sangres, casta de hidalgos que llevaban la revolución social en la piel. Se les incluye entre las derechas pero eran la izquierda pura dura y el pensamiento independiente y leal del ideal cidiano.  Castilla los hizo y los deshizo, y hoy parece haberlos olvidado.

Enemigos del marxismo ciertamente pero fustigadores del neoliberalismo capitalista. Nadie habló tan recio y tan claro de los estragos de la masonería.

Su muerte se produjo en extrañas circunstancias el 23 de julio de 1936. Mi teoría es que lo fusiló un cabo de la Guardia Civil alertado por un “chivatazo” en un control de carreteras ipso facto en la cuneta de la Nacional VI a la altura del pueblo segoviano de Labajos.

Pero hay quien sostiene que cayó en una refriega con facciosos milicianos de la columna que mandaba el coronel republicano Julio Mangada.

Hoy a causa de la pazguatería o el chaquterismo de los desmemoriados Onésimo Redondo, el de los pensamientos cuadrados, un verdadero Aquiles egregio y un español entero en medio de un rebaño de enanos, es el gran olvidado de los Tres de la Fama  Nacional Sindicalista, un trío que empezó a desmemoriarse merced a la traición de los “aprovechados”: los Laín, los Tovar, los Ridruejo. Y por todos aquellos que habiendo gozado de las granjerías y prebendas de Falange no tienen redaños ahora para llamarse a sí mismos falangistas.

Dicen “sólo soy joseantoniano”. ¿Por donde? ¿Por el ano? En cualquier caso, sus escritos siguen ahí para el que los quiera mirar alentando una verdad incontrastable.

Onésimo murió a las cinco de la mañana del 23-VI-1936 y a los cinco días de  haber sido  puesto en libertad.

Era un preso político en las cárceles de Ávila cuando el triunfo de los sublevados en la Ciudad de las Murallas le valió su amnistía. Había padecido prisiones y destierros por haber puesto en berlina al presidente Azaña, blanco favorito de sus dardos y al que tachaba de judío y masón. No era más que un periodista, un hombre de ideas. ¿No decían que el pensamiento no delinque? En este caso sí.

La DGS dio orden de su busca y captura. Parece ser que había estado organizando la resistencia jonsista e iba camino del  Alto de León cuando fue apiolado por la Benemérita y pasado por las armas sin más.

Cabría decir que no fusilaron a un hombre,  destrozaron una idea, mataron a un paisaje y despilfarraron el futuro en un acto de barbarie irracional que sólo encuentra explicación en la vesania y en la ira ciega de los españoles a la sazón.

Cuando paso por Labajos camino del Alto León, siempre miro para el monumento a Onésimo a mano derecha de la carretera siempre tiene flores frescas al igual que el monolito al Padre Huidobro en la cuesta de las Perdices. Una mano invisible coloca allí esas cinco rosas en honor de los que montan guardia cerca de los luceros.

He vivido largos años en el Yorkshire. En todos los pueblos de la campiña inglesa se alzaron monumentos parecidos a los que encontramos por ejemplo al llegar a Labajos.

A la memoria de los caídos en las dos guerras mundiales. En la batalla del Somme por ejemplo en un solo día perecieron treinta mil británicos, quince mil franceses y de alemanes no hay casi recuento puesto que perecieron muchos más.

La Gran Guerra se llevó millones de europeos pero a diferencia de aquí allí los muertos no son arma arrojadiza ni moneda de cambio. Ni se ponen cadáveres sobre la mesa. Lo que ocurrió pues ocurrió y a lo hecho pecho y “let bygones be bygones”.

Se les deja descansar en paz y no se indaga si fueron buenos o malos, de un bando o de otro. Aquí, por lo que se ve, no.

El victimismo de Zapatero, pretexto para una segunda transición, está provocando un tremendo malestar y el enconamiento de ciertas heridas que creíamos cerradas.

Él era uno que creía en la capacidad vertebradora  y redentora de Castilla como nexo de unión del centro con el litoral y un católico ferviente a machamartillo pero sin alharacas porque sabía que el catolicismo para bien o para mal formó parte de los destinos de España

Propugnaba que es la síntesis, la cifra y el compendio de muchos pueblos, muchas etnias y muchas razas y, aunque formado filosóficamente en Alemania, Onésimo Redondo nunca comulgó de las doctrinas hitlerianas sobre la superioridad de la raza aria.

Era un mesetario del Centro. Al pan, pan.

Nunca fue amigo por su mesocracia castellana basada en el lema calderoniano del rey abajo ninguno en la superioridad de las castas ni en los privilegios y derechos adquiridos de los de arriba – hombre del común nacido en Quintanilla pueblo castellano de la misma manera que Ramiro procedía del zamorano Sayago – y no creía mucho en el lema de los “puños y las pistolas” ni el matonismo pijo que caracterizó a primera hora a algunos miembros de Falange, afortunadamente no todos.

 No fue hasta enero de 1936 cuando se produce la fusión de FE con las JONS. Onésimo, insistimos, era un jonsista natos poco partidario de la violencia. Eso sí propugnaba un rearme espiritual basado en el lema paulino de que la vida es lucha constante. Vita militia est

Hoy cuando se cumplen setenta años y pico de su fusilamiento desde estas páginas recordamos su memoria sin ningún instinto de revancha y aspiramos a animo a los jóvenes a que vuelvan a leer a Onésimo.

Sus artículos olvidados  son esféricos y – por aquello de la cuadratura del círculo y en honor de su apellido una vez más-“cuadran” plena y brutalmente con el presente de nuestra pobre patria.

Sigue siendo un olvidado, un preterido, un periodista que firmó con su sangre el proyecto de futuro en él que creía para España.

Y eso es tan respetable como el de los que cayeron en el otro bando. Porque no es conveniente aquí establecer categorías. Todos son nuestros muertos aunque por desgracia aquí los que fusilan y los que caen fusilados son siempre los mismos. ¡Qué fatalidad!

Debería haber en Villanueva de la Cañada un monumento a la memoria de los caídos en la Batalla de la Sed (45.000) de los dos lados, como lo hay en Labajos y yo propugno en mi libro REMEMBER BRUNETE

 

14/07/2006

REVISADO el 16 de julio de 2013, Día del Carmen

 

El conserje del Financial Times

 

 

 

HAMBRES DE HULL

 

El hambre, los gritos de la señora Siniewski, que estaba enferma de cáncer, la morriña de la tierra de España, las nieblas de Hull y la falta de alimentos, me convirtieron en un ser distinto. El ayuno siempre resulta favorable y me curaba en salud, adelgazaba. Yo era un personaje hético y delgaducho que soñaba a la tarde con el pastel de manzana.  Sencillamente me abstenía de alimento, pues me gasté los dineros de la beca de un trimestre en la compra de un automóvil.

Bernardino, por su lado, sólo tenía otra clase de problema: las chicas. Era de los que pueden pasarse  sin ingerir nada semanas enteras. Vivía inmerso en una eucaristía mística de los tiempos nuevos, pegado a las ondas de mi transistor que emitía música pop desde un barco fantasma surto en la bahía del Humber cuya estrella en la parrilla de programación era un tal Jimmy Sevilla, ídolo de todas las jovencitas del barrio, el cual rebuznaba por los micrófonos y decía tantas tonterías que provocaban carcajada en las audiencias. También hacía otras cosas peores como beneficiarse a todas las chicas del condado de York. Tenía una debilidad morbosa por las enfermas y hasta hizo el amor con una chica a la que en un hospital de Scunthorpe iban a  operar de apendicitis. Bernardino, tan crédulo él, ignoraba  que aquel fantasmagórico personaje, que aparecía rodeado de bellezas, ostentando camisas chillonas de lamé, siempre fumando un puro y una sonrisa sería una asaltacunas. Después de su muerte al principio de siglo XXI fueron descubiertos los atropellos y violaciones de niñas y niños de Jimmy. Fue un escándalo que conmovió a Inglaterra.  La tumba del pinchadiscos de Radio 070 en Leeds fue execrada y sus huesos desparramados. Se le despojó de la orden del imperio británico. Infausto fin para una de las carreras más famosas en el mundo del espectáculo. El tipo aparentemente tan avuncular y simpático que popularizó en Gran Bretaña el cinturón de seguridad al volante con un anuncio que decía clack click every trip[1] pero no el cinturón de castidad, no sería más que un Barba Azul, rapista, que levantaba todas las faldas de sus fans, un insaciable perverso sexual, todo un Jack el Destripador a la vera del Humber. Mas, no adelantemos acontecimientos, dejemos sonar la música de la noche de aquel día. Las gruñís seguían a los Kinks era la revolución sexual que venía una monedita al aire y esta tarde en tu casa o en la mía y con todo y eso mi alma estaba aterida,  llena de escrúpulos fantasmales y de obsesiones sexuales.

Aquello no era precisamente lo que a mí me enseñaron los buenos frailes paúles. La carne tiraba hacia abajo y yo había perdido el rumbo después de quebrar la vasija donde guardaba los tesoros de todas las dulcineas del Toboso que en el mundo han sido.

Vivimos todos nosotros al de por junto capítulos de novela de Kafka y Dostoievski. Inane vida literaria. Tampoco sabía lo que me depararía el destino en este duro menester de juntar palabras ni al demonio que había yo metido en casa. El dios de la literatura está únicamente en tu mente. Es tan atroz como irresoluto y liba incienso a la diosa Megara.

Deliraba en busca de la gloria y de la fama, quise aprender ruso pero se me daba muy mal. El alemán me parecía una lengua compacta pero inextricable. Lucubraba, me enredaba en infinidad de proyectos que al poco de comenzar se derrumbaban. Planes elaboraba sin llegar a materializarlos jamás. Me sentí flotando en una nube de capas dehiscentes constituidas por “alter egos”. Me citaba con mis propios desvaríos. ¿Estaba enfermo? Me dolía la barriga ¿tendría un cáncer?

La lectura de los Hermanos Karamazov en libros prestados en una biblioteca publica de Cuatro Caminos que olía a mugre, señalaba cuál sería mi destino en dictamen inapelable. Era mi hoja de ruta. Serás un fracasado, marcharás por la vida con tus libros a cuestas. Ese será tu castigo.

Mi vida tenía algo de la lobreguez  del padre Zósimo el que interroga al cristo y éste no contesta. Gracias a las descripciones de don Fedor, había vivido la cochambre de los patios interiores de Petersburgo, había vestido el uniforme de los húsares del regimiento zarista Preobrayenski, me había enamorado con amores perdidizos e imposibles de Tania, de Anastasia o de Nadia y otras muchas, porque el corazón de un poeta es una casa huéspedes.

Paseaba de la mano de Antón Chejov por el jardín de los cerezos y ya escuchaba los hachazos del leñador que talaría la encina familiar junto al estanque.

O bien, había sido un funcionario encerrado en su covachuela respectiva que trabajaba de nueve a dos, con manguitos, pegando pólizas o copiando expedientes en alguno de los ministerios de la administración imperial. Todo era papel mojado. Habitaría en una buhardilla escondida entre el ramaje de los robles del Parque Pearson. Abajo en la cocina silbaba la tetera del samovar llena de mugre.

Las bocas de fuego como gárgolas metálicas escupirían chorros de agua caliente y vertían té de Ceilán. La cafeína solía ser una fuente de inspiración. Me aficioné en la juventud a los alcaloides.

Durante un mes me sostuve a fuer de tazas de té y de tostadas con mantequilla; Nunca, sin embargo, había sido tan feliz ni me había sentido tan libre la verdad. Me animaba a mí mismo con tales pensamientos, con el objeto de neutralizar los deseos que me daban de echarlo todo a rodar, tomar el primer tren con destino Dover y regresar a casa. He de tirar por lo menos un curso. No puedes volverte ahora con las orejas gachas.

El aprendizaje del inglés una lengua relativamente fácil a mí como a muchos españoles me traía por la calle de la amargura. Quería aprender y vivir y luego plasmar mis nuevas experiencias sobre las cuartillas. La voluntad de acabar de escritor me ayudaba a vencer el hambre y a soportar el desdén de cuantos me rodeaban. Sin embargo, el mundo no era como yo lo imaginaba. La realidad era superada por la ficción.

De vez en cuando subían desde el piso inferior gritos en polaco cuando la señora Siniewski reñía a alguna de sus seis hijas los domingos por la mañana cuando la familia se disponía para asistir a misa de doce. La leal Polonia -semper fidelis-[2] practica un catolicismo rancio y contundente que tiene algo de liberación nacional y de exaltado nacionalismo anti ruso. Se parecen un poco a los católicos del Eire que parece que van a misa sólo para joder a los ingleses.

Dios, visto de  tal manera, se le presentaba a Bernardino como el mago de Oz luciendo una capa verde rematada por un cucurucho como el de los capuchones de Semana Santa con un cartel en la frente que pone: Yo soy el que soy. Bernardino se imaginaba aquel Dios bíblico, barbudo y luciendo buen pelo con un ojo triangular de cíclope, como un señor de la guerra, empeñado en salvar exclusivamente a sus elegidos. O como un Moloch sediento de sangre. Las blasfemias en polaco un idioma que nunca aprendería, sonaban más fuertes que en ruso. Era un idioma eslavo algo salvaje y norteño que tenía casi todas las desinencias acabadas en “ego” o por “oski”. Me recordaban un poco a los nocturnos de Chopín; no así a Bernardino ni a Remigio Bermejo, el cual más complaciente, pensaba convidar a tomar una copa a una de las hijas de la mesonera.

Le molestaba a la madame que yo escuchase la radio y me mandaba apagar el transistor recién comprado a grandes voces:

—Turn that radio off please[3]

La pobre señora, viuda de guerra, el marido murió en un campo de concentración ruso,   salía al pasillo medio congelada, envuelta en una piel de oso que trajo de Cracovia. Por los gritos que pegaba en la oscuridad colegí que debía de tener fortísimos dolores a causa del cáncer óseo. Tenía los pómulos salientes y los ojos azules rasgados. Parecía rusa y debió de ser muy hermosa en su juventud. Bernardino muy obediente se levantaba de la cama y cerraba el conmutador. Yo no tenía alientos ni para rebullirme en el lecho. La inedia me había dejado esquelético.

Tengo por costumbre dormirme con la radio  de pilas encendida y el ruido le molestaba por lo visto a Mrs. Siniewski. Entonces me arrullaba en la música en las palabras de los disqueros  Tony Blackburn y Jimmy Sevilla halándome desde la lejanía de un barco pirata  surto en el abra de Scarborough.

En aquel país los inviernos son fríos los días soleados  escasos pero las noches cortas, atardecía a las dos de la tarde, pero la luz se prolongaba inacabable por el buen tiempo.

Los dioses trataron con delicadeza a la Pérfida Albión procurando que los encuentros casuales se conviertan en besamanos. Los ingleses no tienen clima solamente weather, y el weather, o meteorología, es un tema de conversación inagotable.

La cosa tenía su gracia vendo mi reino por un plato de lentejas. Fue cuando conocí a la Sibila Mole, la de Leeds una gorda que se dejaba meter mano en cualquier callejón del barrio de Cottingham y aledaños. Estudiaba segundo de magisterio en la Residencia del Endsleigh. En la ciudad aquellas chicas tenían fama de algo locas. Permitía tocamientos dentro de las bragas bajábase los leotardos y venga; se quedaba con los blancos muslos al aire pero “hacerlo” del todo no. Eso sí que no.

—Not the whole way, please[4]

 Al día siguiente, Bernardino que era algo escrupuloso para estas cosas, por haber formado parte de los cuadros de honor de las congregaciones marianas, me obligaba a confesarme con un capuchino irlandés que tenía una voz profunda de bajo, ronca a causa del tabaco y poseía una barba color de azafrán que volvía locas a las feligresas. Father Shannon ostentaba el cerquillo de su tonsura cuidado con esmero y te daba golpecitos en la espalda, ala vamos, desembucha, para animarte a descargar el saco y decía qué más, hijo, qué más.

Imponía a sus reos espirituales sentencias reprobables como dormir sin calzoncillos con un cilicio terciado en la entrepierna, recorrer las enormes distancias del muelle de Hull plagado de tabernas y chiringuitos de dudosa reputación renunciando a entrar en alguno de estos colmados donde se expendía la sabrosa cerveza negra del país. Debía de ser muy popular entre las mujeres porque estas hacían cola ante la rejilla del reclinatorio. Y no lo soltaban ni a sol ni a sombra, y acudían a visitarlo al convento incluso de madrugada pues decían que obraba milagros y había pertenecido a la comunidad del padre Pio.

Más que un santo a mí aquel fraile me parecía a la sazón un elegante tenorio. Ahora me da igual pues pienso que eso de perdonar los pecados, musitar cuestiones personales por la rejilla, formaba parte del gran servicio de espionaje con que siempre ha contado la iglesia latina; o bien era una formula secreta para ciertos desahogos carnales en aquellos cajones de madera que debió de inventar Sigmundo Freud el psicoanálisis.

Sin embargo, ¡qué remordimientos más tontos me aquejaban por entonces¡ siempre he padecido de escrúpulos e inseguridades, y qué de telarañas me metieron en la cabeza aquellos curas fiscalizadores, algo salidos. Querían saberlo todo. Pero no fui yo solo. El trauma lo padecería toda mi generación. Querían volvernos insanos, anormales y no sé cómo no acabamos en abanderados de la bujarronería o víctimas de las más retorcidas perversiones sexuales.

No se puede educar a unos niños con el terror del infierno y las calderas de Pedro Botero. Eso no lo manda Dios pero lo ponían en práctica aquellos sicarios del alma humana. a Bernardino le salió en Inglaterra el judío converso que llevaba dentro y pese a su apostasía no podía remediarlo: era un místico castellano obsesionado con un trato con el Altísimo directamente y sin intermediarios. Los curas y la curia romana ¿para qué? Su otra obsesión eran los traumas sexuales que arrastraba desde la niñez. Remigio por su parte se habla echado una novia gibraltareña. Se llamaba Gladis era morena y tenía unos ojos grandes y una nariz aguileña. Era sobrina del primer ministro sir Yosua Hassan. Los llanitos por aquel entonces cerrada la verja porque la doctrina Castiella les apretaba por donde duele proferían maldiciones contra España. La chica era una mal educada y una estrecha. Le hablabas en castellano y te contestaba en inglés con acento andaluz. A Remigio no se le daba bien y quiso pasársela a su colega. “Tú que eres judio mira a ver si puedes hacer gavilla de ella” u el joven machacante de la literatura montó en cólera ante la propuesta de su amigo. Odiaba al estado sionista y al lobby judío de Norteamérica.

—No me hagas comulgar con ruedas de molino. Gibraltar español. Y esa Gladis es una estrecha que te está sacando los cuartos, colega. Seguro que trabaja para los ingleses y ándate con cuidado que por menos de nada vienen los Inmigración te dicen a ver los papeles y te echan del país…

—Bueno, vale, lo que tú me digas.

La dio el pasaporte a la sobrina del ministro principal pero seguía sin comerse una rosca. Cuando iba a bailar al Locarno la gran sala de fiestas de la city bautizada con el nombre de una batalla de la primera gran guerra sólo recibía calabazas.

—Bailas, nena?

—No

llegaba otro pelanas y la interfecta se lanzaba a la pista de cabeza y eso le cabreaba mucho al Bermejo. Una vez promovió una escandalo en el dancing halla. Su propuesta de mover el esqueleto no fue aceptada y al ser la chica solicitada por otro y acceder fue detrás de ello y le dio un golpecito en el hombro al maromo y le espetó a la chica en sus jodidos morros una frosería:

—¿Qué? ¿Acaso este chaval la tiene más larga que yo? Aquí todos venimos a lo mismo a arrimar material.

Desde aquel instante odié  los bailongos pero en aquella cutre saka de fiestas iba a encontrar a Rose la mujer que cambiaría el curso de mi existencia. El Bernarnido aunque se ñas diera de irresistible donjuan tampoco triunfaba. Sys maneras eran clericales y tenía pinta de un rabino reobotado al que expulsaon de la sinagoga. Pedriño un coruñes que llevaba en Inglaterra más de dos décadas y trabajaba en un geriátrico le aleccionaba en  las artes de la seducción:

—Tú cuando salgas con una chica nada de profundidad filosófica, háblala de cosas intrascendentes. Todas son lo mismo; cañerías, su registro viene de la tierra. Todas desean lo mismo que te las pases por la piedra.

Gladis la sobrina del ministro principal (los llanitos son gente muy lista mandaban a sus hijas a estudiar en los colegios de monjas católicas) era una estrecha. Mais toujours cherchez la femme. Quien sera la que me quiera a mí. Remigio no tenía suerte con las mujeres. En el Locarno iba a encontrar a la mujer fatal. Bernardino maldecá a los judíos detestaba a los americanos zionistas y se limpiaba el culo con la foto de Disraeli. Había elegido  el camino de la contestación y la miseria andaba por sendas proféticas yirtando varetas coceando contra el aguijón y remando contra corriente mala cosa pero aseguraba que cuando estaba en apuros siempre se le aparecía  el angel de Tobías que le recomducía a la sinagoga.

Estando un día sin techo porque no tenía suficiente para un hotel cuando azotaba las calles del Strand decidió recorrer a pie las siete millas que separan Picadilly de Golders Green y fue a ver al rabino que  lo acogió en su casa por tres noches lo lavó y lo vistió al despedirlo le puso un billete de conco libras pero él se lo gastó en una fgrancachela con una chica del Soho. Quiso hacer lo mismo ogtra vez con un cura  católico un jesuita el padre Gómez que tenía fama de santo y hablaban glorias de sus caridades y socorros con los pobres de Marylabone a quien trató de calmárselo diciendo que había nacido en Arévalo un lugar en Ávila donde san Ignacio había establecido la primera casa de la compañía. El buen padre no tragaba, se mostró receloso,  hasta agresivo. Le explicó su situación de rodillas ante el confesionario.

—Padre Gómez ayúdeme, estoy en la calle

—Yo también soy pobre. Tengo voto de pobreza castidad y obediencia además de un cuarto voto el de obediencia al Papa.

—¿No me podría dar unas monedas para comer caliente?

—Dios ayuda a los que se ayudan a si mismo. ¿Qué más? ¿No habías venido a confesarte? Pues confiesa tus pecados. Esto no es una oficina de empleo ni una casa de acogida.

—pero padre me muero de hambre

El cura le dio las señas del Ejercito de Salvación y salió corriendo del confesionario reclamado por sus obligaciones de humildad pobreza castizad y obediencia. A Remigio el hermano portero casi lo echa a patadas del convento cuando se lió a pegar voces:

—¿Es esta la manera como los jesuitas entienden la caridad?

—Fuera— No se puede quitar de la boca el pan de los hijos para echárselo a los perros dijo el humilde fámulo con mala leche que por el acento y por las concordancias vizcaínas de su locución coligió que debía de ser vascongado

Dijo el de la portería:

—Si estaría el Rector en casa algunas limosna tendríamos mutil pero nuestro padre marchó a Roma a capitulo hace una semana o así.

Remigio tomó el olivo lleno de furor pensando que la recomendación del mandamiento nuevo evangélico sonaba a bromas o aquellos que se decían personas consagradas. El amor paulino mirad como se aman unos a otros le pareció un chiste. Para remate, en un semáforo de Marylabone se detuvo junto a él un haiga. Dentro iba el padre Gómez fumándose un puro y acompañado de una rubia. Voto de pobreza. Voto de castidad.

La diosa Megara en lo alto de la Torre del Post Office empezó a emitir señales y a pegar voces. Yo tendría que cambiar el chip y convencerme de una voz por todas de que había recibido una educación bastarda- que los judíos podían ser unos cabrones pero se ayudaban unos a otros y cumplían el mandato bíblico. Eran mis cabrones. Los católicos mientras tanto se odiaban claramente y se hacían la guerra. La limusina que conducía el Reverendo Padre y su barragana arrancó y desapareció a toda velocidad perdida entre los atascos del trafico londinense. Vaya una panda de tarados sexuales y de hipócritas.

Hull acabaría por cortarme las alas y rebajarme los humos pero allí todos nosotros empezamos a aprender a vivir y a razonar por nuestra cuenta. Era una ciudad destartalada y sin ningún atractivo. Muchos de sus edificios mostraban las mellas de los bombardeos alemanes. A la puerta del Guildhall o ayuntamiento había una estatua de Daniel Defoe su hijo más ilustre. El artista lo esculpió mirando al océano fumando con tranquilidad una cachimba larga. Desde su pedestal oteaba el horizonte. El nos enseñó la austeridad del robinsonismo literario. El esplendoroso aislamiento y la aurea mediocritas. Teníamos que aprender por nosotros mismos y mostrar indiferencia ante los avatares y contingencias que nos depare la vida. Entretanto culateábamos el arcabuz cargábamos la pipa a sabiendas de que la juventud no vuelve y que las ilusiones nuestras quedarían diluidas. Teníamos los ojos muy abiertos, todo nos entusiasmaba nada nos aburría. Pero este idealismo puede resultar fatal para un muchacho que se inicia en las tareas del periodismo. No nos decían que la existencia y la escritura siguen rutas diferentes y que la vida de todo escritor está abocada al fracaso, a la incomprensión, la pobreza y con frecuencia a la cárcel. La mayoría sucumben al realizar el salto mortal. Caen por el precipicio. Nuestros libros no serían editados en elegantes ediciones ni adornarían los escaparates libreros luciendo encuadernaciones piel de Rusia. Robinson vivía en su isla y nosotros nos desparramos  por rimeros de papel donde sudábamos en sangre nuestros anhelos  de conjurar a los vestiglos de la mente negro sobre blanco. Hay que darle a la imaginativa. La loca de la casa es una yegua ruana que pega brincos. Difícil de domar es este corcel. ¿Es que os dieron cuerda o qué? Yo era in literato mezcla de escritor y amanuense (escribir para dejar de fumar, alejar las enfermedades o la tristeza) me estaba vedada la entrada los doctos paraninfos. Era un hijo de la piedra que había venido a Londres la gran Babilonia al encuentro de mi ego huyendo de los inquisidores de mi país. Era un extranjero que cada día celebraba sus fiestas diasias con mujeres vino y rosas. Debía mi trabajo al General y Londres era un gran saturnal.. Tenía que ser un estómago agradecido no quedaba otro remedio. Trataba de ser discreto. Mas, amor y viento nunca tuvieron buen cimiento y una venda me tapaba los ojos

 

 



[1] Haga clac clic en cada viaje, póngase la cincha

[2] siempre fiel

[3] Apague usted esa radio por favor

[4] coito sin penetración o el necking popularizado por los estudiantes de Berkeley en 1967