martes, 10 de noviembre de 2015

LAINEZ UN JESUITA QUE PARECÍA UN JABALÍ DE CRISTO


 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEMINARIO DE SEGOVIA MI ALMA MATER

 

 

Vuelo a Segovia, regreso a mi alma mater y me encuentro en las escalerillas de la muralla de la Huerta con el espectro del Padre Laínez que se dirige a mí en tono afable, mientras subo los peldaños desgastados de la escalera a dos aguas donde los centinelas de la edad media montaban guardia en la garita ante un paisaje de montañas nevadas.

La Mujer Muerta al fondo yace en su túmulo de basalto. Escucho en la lejanía las notas de un rabel que entona un romance. El maestro Joaquín Díaz, la música callada de las noches serenas de mi infancia, debe de andar entre las filas de los seminaristas que pasean en su “deambulatio” de Tercia, la hora de la quiete, cuando jugábamos a la pelota en aquel patio, a la sazón llena de gente menuda, hoy desierto, se rompe el silencio, se me enciende una luz en mi cerebro. Y el padre prefecto da una palmada y estallan las voces juveniles de la estudiantina:

 Benedicamus Domino

 Benedicamus y al cielo vayamos.

Tira, Parrita, venga, va.

Mi amigo Filemón, el de Escarabajosa, me tira un balonazo y empieza la partida de futbol entre “Gurriatos” y “Galápagos”. De esa forma nos calentábamos pugnando contra las bajas temperaturas de los inviernos segovianos

Dos acacias en mitad del patio hacen las veces de improvisados postes, yo jugaba de portero. He regresado, a la recherche du temps perdu, a una mañana como esta del Día de San Frutos de hace sesenta años. El padre Laínez fundador del establecimiento hace más de medio milenio ha bajado del cielo para darme una palamadita y animarme pues los católicos andamos atolondrados como ovejas sin pastor y ahora dicen que el nuevo papa el argentino Bergoglio cayó malo. Don Diego Laínez S.J me consuela con su frase preferida: “ un ojo en el cielo y otro en el suelo”. Esto es; hay que estar al santo y a la limosna y ojo al cristo que es de plata pues paso corto y vista larga “and bugger expenses” como dicen los ingleses cuando llegan mal dadas. En tiempos de tribulación no hacer mudanza.

Las puntas de diamante de los merlones de la muralla se alzan enhiestas y vigilantes y una cigüeña planea hacia los tejados de su nido que se alza en la misma espadaña de la torre del Conde de Cheste, lamiendo casi con sus alas la vertical del Acueducto. Estoy en casa.

He venido al encuentro del tiempo redivivo, y arropado por la sonrisa del padre Laínez, siento el renacer de viejas ilusiones mías, cuando soñábamos en voz alta, cantábamos recio nuestras salves en latín y esperábamos la llegada de un mundo feliz.

Diego Laínez nació en la villa soriana de Almazán, fue la eminencia gris y mano derecha de san Ignacio, el tercer Prepósito General de la Compañía. Hablaba siempre en portugués porque en Lisboa estaba entonces la capital de España y los jesuitas con el quinto voto reciben el don de un quinto sentido para saber dónde se encuentra el poder. Son los curas más valientes, los más listos.

Fue el fundador de esta casa convertida tiempo adelante en Seminario Conciliar. Fue uno de los primeros cuarteles que estableció la Sociedad de Jesus en Europa reinando Felipe II. Todo está casi igual que entonces. La huerta se ha convertido en aparcamiento.

Son más frondosas las acacias, algunas malas hierbas, incluso un ailanto, crecen en las junturas del adarve. Se llevaron o ha desaparecido la alberca o pilón de sólidos sillares de granito, donde alumbraba sus aguas la canal del acueducto, un vestigio romano donde la conducción de esta obra de ingeniera máxima. Los diferentes gobiernos socialistas no han hecho otra cosa que robar y esquilmar patrimonio. La fuente manaba por un caño y allí nos bañábamos en calzoncillos algunos seminaristas por el verano.

Pero la espira solemne y triunfal de la “Aceitera” (así llamábamos a la torre de la antigua Casa de la compañía) se yergue solemne y triunfal, con su forma de alcuza, sobre el skyline mirando al mundo con un aire de orgullosa melancolía a las pasajeras cuitas de los mortales, desafiando a la historia. Se encuentra en el punto más alto de la ciudad.

El padre Laínez era pequeño de cuerpo, la color blanca aunque un poco ortigado, de alegre rostro y con una perenne sonrisa apacible en la boca, la nariz larga y aguileña, los ojos grandes y vivos y muy claros. Fue de delicada complexión aunque bien compuesto y ancho de pecho y no menos de corazón. Fue desde muchacho quebrado y ya siendo hombre muy fatigado de dolor de ijada y de riñones, y algunas veces, aunque, pocas, de gota, pues comía poco. Su ingenio fue exuberante, grande, agudo, profundo, vehemente, claro, robusto. Tenía una sed insaciable de leer; así leía continuamente y pasaba libros escribiendo de su mano y sacando lo que le parecía bueno dellos. En esto servía a la Iglesia y al Bien común. Pasaba un buen tomo de las obras del tostado en muy pocos días y hacía extractos dél con extremada aplicación y diligencia”

Esta es la semblanza que traza sobre aquel gran general de los jesuitas uno de sus biógrafos. No se puede calar más hondo en el difícil arte de la prosopografía, trazando un verdadero retrato psicológico de este alabardero de Cristo, martillo de herejes y confutador de la herejía calvinista.

Predicó por toda Italia y la Auvernia francesa. Estuvo a punto de morir la noche de San Bartolomé. Siendo niño le pidió a Dios el don de la sabiduría y el Señor parece ser que se la concedió, sin dejar pasar por alto que, como buen jesuita, fuese un hombre controvertido. No fue muy larga su vida. Murió en Roma a los 53 años.

Sus biógrafos añaden otro detalle: nunca probaba la carne, siempre el pescado. El matrimonio le parecía el mayor de los tormentos. Sin embargo, en el ambiente corrupto de la Roma de los papas del Renacimiento no escapó a las tentaciones de la carne era la misma que nos describe Delicado Baeza en su “Lozana andaluza cuando una cortesana vino a tentarle presa de una ciega y desapoderada pasión pero él dejó a la serpiente con el silbo entre los labios, huyendo de las trazas y halagos.

Parco en el yantar, muy tranquilo en las contiendas y trabajos que hubo de soportar en defensa de la fe. Recomendaba a sus novicios libros devotos y edificativos aunque fueran escritos en bajo estilo y con poca elegancia de palabras.

No quiso ser obispo de Mallorca y renunció a la silla arzobispal de Pisa. Asimismo, se escapó de Roma cuando le propusieron para sucesor de san Ignacio. No se llevó del todo bien con el papa Paulo IV el famoso papa “Caraffa” pues fue un luchador incontrovertible contra la simonía y el nepotismo, males endémicos de la curia por aquellas calendas. En algunos retratos que de él se conservan alienta una mirada profunda de jabalí. De ahí el mote que le pusieron algunos curas desafectos a la Compañía: “aper” (jabalí). Sin embargo, este augusto intelectual soriano que a lo mejor hoy hubiese sido un cura progre era la vera efigie de la mansedumbre, en el trato era afable y volviendo a sus biógrafos estos hablan de la “comitas” (dulzura) de su carácter, aunque insobornable.

Este encuentro virtual con mis raíces me ha sacado del tiempo presente y por el espejo retrovisor de la vida contemplo mi pasado, la vida transcurre deprisa. No sé si se me ha aparecido el padre Laínez o es una obsesión que me invade desde tantos años entre libros, dándole la vuelta al aire, jugando con las ideas, al compás de mis sueños y de mis fracasos, pero es el legado que recibí de mi alma mater ese afán de leer e indagar esa constante búsqueda de la verdad apasionada.

En esto, que una voz joven me saca de mis ensimismamientos espectrales. Alguien me llama la atención. ¿Habré metido de nuevo la pata?

Eh oiga usted ¿Es todo esto suyo? Baje inmediatamente, está prohibido. Esta parte de la muralla es del Ayuntamiento no pertenece al seminario.

Estaba sacando unas fotos y recordando viejo tiempos contesto.

Desciendo, acto seguido, muy solemne por la escalera imperial a dos aguas por donde subía y bajaba el relevo de la guardia de la muralla y ya, más amigable, le explico al joven (mea culpa) que me he colado aprovechando que se abría, al paso de un coche, la puerta automática de la huerta para colarme en el recinto. Estoy disfrutando a mis anchas con mis recuerdos.

Pues, si cae usted, o le pasa algo en menudo lío que nos mete. Han puesto un pleito al obispo por estos terrenos que son de la Iglesia desde tiempo inmemorial.

 ¿Quién puso la demanda?

Mi interlocutor se encoge de hombros.

Ah, no sé.

Lo quieren todo estos tíos, todo es suyo le digo al joven que se llama Rafa y que es nada menos que el vicario del Obispo y hace las veces de cancerbero, vigilante, portero, recoge las llamadas, está al tanto y tiene fama de ser muy buena persona entre el clero segoviano. Episcopein en griego quiere decir obispo el que anda a la mira. Rafa, hijo haces bien. Aprecio en este buen cura la humildad y cumplimiento del deber que nos inculcaron y que viene a ser la marca de la casa. Creo que Rafa que es sacerdote joven sería un buen obispo para estos tiempos difíciles que vivimos. Como  heredero del legado que nos legó Laínez a los que por acá estuvimos y damos ahora pasos perdidos en un mundo lleno de controversias y de esperanza

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