viernes, 2 de diciembre de 2016


LITERATURA Y BOHEMIA LONDINENSE

 

 

 

Antes los chicos que querían ser autores de nombradía y de triunfar en el arisco mundo de la fama (la fortuna sonríe a los audaces) se iban a Paris pero los Beatles y Carnaby St. había puesto a la capital inglesa en la órbita literaria. Cargó una vieja Rémington que había comprado en el rastro su padre en el portamaletas un rimero de cuartillas y algunos bolis y lapiceros. Comenzó su odisea. ¿Escribir cuando nadie lee? ¿Emborronar cuartillas cuando los libros de la princesa del pueblo que debía su fama y sus millones a haberse acostado con un torero, y cuando la vida de todo escritor se encuentra rodeada de patanes ignorantes y perversos? Era una carrera de ratas, sí. Lo que se dice un reto. Le dolía el alma. Tenía los pies hinchados y el corazón cansado de cruzar por los pasos de cerebra de Oxford St en medio del azote de la lluvia. Sólo le quedaba la maldición del humo y de los sueños. Sus trabajos eran rechazados por las editoriales.

 

Estaba atenazado, insignificante en medio del hormiguero de aquella enorme ciudad donde habría tantos escritores fracasados. Creía encontrar culpabilidades en los otros al hacer examen de conciencia. Pero él único responsable de tanto fracaso era él. El hierro punzante de la memoria lo lancinaba. Su alma estaba envuelta en llamas  y su destino a merced de las fuerzas ocultas y de los vaivenes siniestros del hado.

 

Por aquellos días los albañiles en Inglaterra. Estaba estallando la burbuja inmobiliaria y los edificios de tres plantas de estilo victoriano al morir las viudas de guerra pasaban a manos de los especuladores que convertían aquellas residencias verdaderos palacios con tres dominios: el de los señores en medio abajo las cocineras y en las buhardillas los cuartos de las amas de llaves en pisos al uso europeo con paredes de panderete. Se podían adquirir verdaderas joyas mobiliarios en el mercado de Portobello excrecencias glorias de una nación dominadora que había regido un imperio. Cundía la sensación de alborozo. No había pánico en las calles a pesar de los tumbos que daba la libra esterlina. Escribió cientos de crónicas sobre la depreciación de la valuta inglesa por los suelos.

 

― Inglaterra se va al garete, según lo que dices en tu artículo todos los días, le decían desde Madrid

 

― No te creas. Los ingleses inventaron el teatro. Son unos alarmistas

 

No entendían que la política en las Islas se componía de una gran retórica y mucho aspaviento sin que la sangre llegase jamás al río. Sin embargo, Remigio Bermejo tenía la sensación de estar viviendo el final de un ciclo

 

No hay comentarios: