viernes, 6 de enero de 2017

ASI AHORCARON EN SEGOVIA AL PADRE DEL BUSCÓN PABLILLOS - de mi libro" la novela picaresca nació en Segovia"


BUSCÓN REGRESA A SEGOVIA

 

Muerto el padre de su ayo Diego Coronel y sin cumquibus el pobre estudiante regresa a su ciudad natal de donde no le llegan buena noticias: su progenitor entrega su alma a Dios desde la tablazón del rollo de Segovia instalado a los pies de las gradas de la iglesia del Cristo del Mercado y su madre cumple cadena en los calabozos inquisitoriales. Un tío suyo Alonso Ramplón en una larga epístola le comunica las tristes nuevas con las particularidades de la muerte jocosa en el cadalso del padre de la criatura. “Llegó a la horca, puso un pie en la escalera, no subió a gatas ni despacio y viendo un escalón hendido le dijo al justicia lo mandase aderezar que no todos tenían su hígado… tomó la soga y púsosela a la nuez. En viendo que el teatino le quería predicar vuelto a él le dijo: padre yo lo doy por predicado; vaya un poco de credo y acabemos presto… cayó sin encoger las piernas ni hacer gesto quedó con una gravedad que no había más que pedir. Hícele yo cuartos”

Jamás con tanta concisión y solercia se ha descrito en la literatura universal los últimos momentos de un ahorcado que afronta la muerte con longanimidad y presencia de ánimo. Con todo, en sus memorias hace constar Pablillos que dejó con pena las escuelas de Alcalá a la que siempre recordaría si no como la Arcadia al menos un lugar en el que fue feliz dentro de lo que cabe. “Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado”.

Con una mula alquilona donde carga sus libros y pobres enseres regresa a su pueblo con las orejas gachas y sin haber recibido grado en la docta Complutum pero lleno de sabiduría de calle y de gramática parda. Por el camino le van a ocurrir aventuras. Don Francisco deja correr la pluma al desgaire del placer de narrar soltando párrafos que sembrarán el aire de carcajadas en la boca de los lectores que se entreguen con fruición a la lectura de las inmortales páginas del Buscón a lo largo de los siglos.

Si Cervantes es la sonrisa inteligente en don Quijote, Quevedo es la risa violenta, alegría y solaz para espantar las telarañas del ánima. Encuentra en Torote a un loco republico que ya desde entonces quería arreglar las cosas de España a su modo. Luego, a un negro zulú espadachín y matasiete un mulatazo hotentote padre de todos los bellacos y a propósito de este mismo personaje valentón y, siempre a punto de desenvainar la “blanca”, nos cuenta la historia de los que se bajaban al turco al igual que hoy algunos se bajan al moro, aljamiados correntones y desde el Rif nos cuentan sus borracherías dilapidando nuestro pasado y nuestra religión en hora menguada; cuando por el aire vuelan las brujas en sus escobas transportando incautos con barbas de gancho y amplios bigotes en punta que autorizaban a los matones. Quevedo no aguantaba a los moriscos de los que dice que todos se volvieron bandoleros y pastores. Tampoco a lo genoveses y judíos “anticristos de las monedas de España”.

 Junto al cancel de la iglesia de Torrejón un ciego entona preces al Justo Juez y luego la del Cumquibus (doble sentido una limosnita por el amor del crucifijo).

Aquí juega el autor al ambiguo parodiando el credo atanasiano que dice quicumque salvus vult esse (el que quiera salvarse) y ganar la vida eterna, etc.

En la noción popular el dinero es lo que más hace falta para estar en el cupo de los bienaventurados. Igual de perspicuo resulta cuando cuenta el protagonista que a su padre lo hicieron moneda, esto es: cuartos.

Cuartos eran la fracción de los reales de a ocho y también el descuartizamiento o despiece carnicero de la res. A los ajusticiados más infames se les troceaba y se esparcían los menudillos por el campo para pasto de aves y alimañas.

Don Francisco es un maestro del lenguaje de doble filo el rey de la sinécdoque que sabe en todo momento sacar a plaza los recursos infinitos de la lengua castellana.

El sol doraba los panes y ya en pleno fulgor cuando la mula del estudiante alcanza a la del sacristán de Majada-la-honda poeta trasnochado que regresa de la docta ciudad con las orejas gachas, viene soltando pestes sapos y culebras de Alcalá donde no ganó un premio en el certamen poético en honor del sacramento:

Pastores no es lindo chiste

Que hoy es san Corpus Christe

Hoy es día de danzas

Cuando el cordero sin mancilla

Tanto se humilla y visita nuestras panzas

Y entre nuestras bienaventuranzas

Entra en el humano buche

Suene el lindo sacabuche

Pues nuestro bien consiste

Pastores ¿no es lindo chiste? Etc

Pablillos no consigue domeñar la risa:

—Alta a la dueña, pare el carro, hermano. San Corpus Christe no existe, no están en el martirologio. Es la fiesta de la institución de la eucaristía.

—¿No?- replica el clérigo- Pues aguarde mv. Escuche el poema que he compuesto a las Once Mil Vírgenes en octavas reales

—No es posible.

—Que existan once mil vírgenes.

—Yo las he cantado y alabado con cincuenta versos a cada una. Un millón de octavas reales en total.

—No quiero más cosas a lo divino

—Pues atienda a esta comedia y estos sonetos a las piernas de mi amada.

—¿Vióselas vuesa merced?

—No por vida de mi madre porque tengo ordenes sagradas pero todo se andará.

En aquel momento los árboles de Segovia se estaban muriendo de risa de ver a los parroquianos con corbata y sin camisa. Quevedo se despacha aquí en la sátira más implacable contra los poetas “chirles y hebenes” a través del cura de Majadahonda que suelta disparates, uno tras, otro y que se jacta  haber cenado con Vicente Espinel, conversar con Liñán y Miguel de Cervantes y haber hablado con Lope. “Estuve tan cerca de su persona como lo estoy ahora de usted mismo”.

La comedia tenía más jornadas que un viaje a Jerusalén y los sonetos eran una sarta de ripios donde se pondera la desmesura de algunos exaltados vates que se ganaban la vida escribiendo disparates.

 Poetas repúblicos, cantoneros, vagabundos de los que había gran saturación en aquel siglo dorado de las letras hispanas donde hasta las verduleras sabían de teología y se entusiasmaban con los autos sacramentales que al espectador hogaño le resultan  infumables. Poetas conceptistas despedazadores de vocablos volteadores de razones. “Mandamos quemar las coplas de estos poetas”.

A todo esto en la posada de Atocha ya le esperaban al sacerdote majariego una turba de ciegos que esperaban les hubiese escrito una sarta de composiciones piadosas para recitar por los caminos.

Cuando se despide el sacristán de Majada la Honda hace una defensa numantina de sus versos y declara que irá a la Ciudad Eterna para que el Papa de Roma le haga justicia. Una lectura de través de esta aventura nos llevaría a conclusiones más precisas sobre lo que hoy denominan dialogo de civilizaciones y la antipatía del autor hacia los moriscos que se hicieron pastores y este pueblo de Madrid a cuya capitulo (las más humildes parroquias a la sazón constaban de un coro de más de treinta miembros) pertenecía el sacerdote poeta de origen mahometano, enamorado el del millón de octavas a las once mil vírgenes era el punto de recalada de los rebaños de la mesta toda ella morisca y puede que él mismo autor de tales disparates y herejías chirles fuese un musulmán oculto, acogido a altana. Y esta es la razón que late so capa de sátira en la premática contra los poetas hueros y hebenes. Moros en la costa. “Mandamos quemar estas coplas”. ¡Ah los greguescos calzones que llevaba el Divino Figueroa! 

 

 

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