viernes, 6 de enero de 2017







ENRIQUE IV MENTOR DE LA ORDEN JERÓNIMA

 

El rey don Enrique nuestro señor— dice Hernando del Pulgar en “Los Claros Varones de Castilla— fue ome alto de cuerpo y hermoso de gesto, siendo príncipe diole el rey su padre la ciudad de Segovia a la que amó mucho, a la edad de catorce años. Estuvo en aquella ciudad apartado del rey su padre los más días de su minoría de edad, en los cuales se dio a ciertos deleites que la mocedad suele demandar y la honestidad negar. Hizo hábito dellos porque ni la edad flaca los sabía refrenar ni la libertad que tenía los sufría castigar. No bebía vino ni quería vestir paños preciosos ni cuidaba de ceremonia debida a persona real. Tenía algunos mozos aceptos de los que con él se criaban: amábales con gran afección, dabales grandes dádivas. Desobedeció algunas veces al rey su padre don Juan II, no porque de su voluntad procediese, mas por procedimiento de algunos que siguiendo sus particulares intereses, le traían a ello. Era ome piadoso y no tenía ánimo de hacer mal ni ver padecer a ninguno, e tan humano era que con dificultad mandaba ejecutar la justicia criminal… donde ponía los ojos mucho le duraba el mirar… no se vido en él jamás punto de soberbia ni por codicia de nuevos señoríos lo vieron facer cosa deshonesta o fea, e si alguna veces tenía ira, durabale poco. Era gran montero y placíale muchas veces andar por los montes apartado de las gentes… luego que reinó pacíficamente, muerto el rey su padre y siendo de edad de treinta años. Fue clemente con algunos caballeros y a muchos señores que éste había aherrojado los soltó de la cárcel, reduciendo y perdonándoles a otros que andaban desterrados de sus reinos restituyéndolos en sus villas e logares e rentas e todos sus patrimonios e oficios que tenían. Era muy piadoso. Este rey fundó de principio los monasterios de Santa María del Parral en Segovia, Guadalupe en Cáceres, y el de san Gerónimo del Paso en Madrid; dotoles magníficamente. Otro sí el de san Antonio el Real de Segovia pues era muy devoto del cordón de San Francisco, e dioles grandes limosnas e fizoles grandes mercedes. La ciudad de Barcelona le ofreció ponerse bajo su señorío con todo el principado de Cataluña que por entonces estaba rebelde”.

A don Enrique hombre calmo donde ponía los ojos mucho le duraba el mirar, señala Enrique del Castillo, de los cronistas de esta época que impugna la vesania y parcialidad con que Palencia maltrata y caricaturiza al benevolente y clemente rey segoviano. Un rey que ha pasado a la historia con el sambenito de la impotencia y la homosexualidad.

Pero se ha demostrado que no es así; el amor por los efebos era traza común en el ambiente refinado desde la antigüedad y con respecto a su flojedad viril queda el testimonio de las mujeres públicas de Segovia. Pueden cotejar esas declaraciones en el Archivo de Simancas. Hubo en España soberanos absolutos e incluso constitucionales mucho más nefastos que el último de la dinastía de los Trastámara.

No quito ni pongo rey pero no entremos en el tema de los Borbones…

La erección del monasterio del Parral iniciada en 1441 se ha atribuido al valido don Enrique de Villena del cual aducen las historias que “dél ni palabra mala ni obra buena” pero se debió a la iniciativa del monarca y a los dineros reales. Tanto su reinado, como el de su padre estuvo marcado por el sello de la época: las convulsiones sociales, las crisis religiosas. Tuvo lugar  su mandato acto seguido a las capitulaciones del Concilio de Basilea donde es elegido papa Martín V, teniendo que abdicar los otros tres:  Inocencio XII en Roma, Alejandro V en Pisa y Benedicto XIII en Aviñón.

Su tiempo como el de su predecesor Juan II, coincidió con el Cisma de Occidente y marca, pese a ello, una era de esplendor de la iglesia católica. El siglo XV es la edad de oro del cristianismo en Europa antes de la llegada de las guerras de religión que la bañaron en sangre durante la siguiente centuria. Aun en medio de los estertores y a pesar de las corruptelas eclesiásticas y del escándalo que supuso el concilio de Constanza.

Dicha ciudad suiza a orillas del Rin es la única en el mundo donde se elevó un monumento a la Prostitución, y ahí sigue hasta hoy, porque por lo visto las sesiones conciliares eran largas y en algo tenían que entretenerse sus reverencias para despellejar el aburrimiento tedioso de las discusiones, silogismos  y desavenencias. Entretanto, las chicas de la vida hacían caja.

A Constanza acudieron “profesionales” desde todos los rincones de Europa. Roma “peccatrix”. Todos somos pecadores.

Como paliativo a este ambiente de ignorancia y de inmoralidad del clero nace el talante reformista y fundamentalista de la orden jerónima. Vuelta a las raíces tomando como modelo a aquel anacoreta dálmata que se santificó en las cuevas de Siria pues huyó de Roma, asustado de la depravación de sus sacerdotes. La imaginería tradicional pinta a san Jerónimo desnudo,  todo raíces de árbol, y en puros huesos largas barbas y biblia en mano.

Se trata de una orden mitad monástica mitad cenobita destinada a ocupar el lugar que habían dejado vacante las ordenes militares con la supresión del Temple en 1348, pero sin picas ni espadas. Los jerónimos sólo esgrimen, como únicas armas, el Libro de los libros, el rosario y el azadón.

Desaparece la figura del guerrero mitad monje mitad soldado. Las cruzadas han fracasado. El escudo de la reconquista de los jerónimos es la oración y el trabajo. Cobran estos frailes arraigo en Andalucía y en Portugal de donde surgieron.

El gran historiador Manuel Nieto Cumplido canónigo archivero de la Mezquita de Córdoba, glosando y a veces enmendando la plana al padre Sigüenza, el historiador de la orden jerónima en su monumental libro de anales de la Orden, señala que Enrique IV hizo un cuantioso donadío de rentas y tierras para la fundación de Sta. María del Valparaíso en las estribaciones de la Sierra de Córdoba, cerca de las ruinas de Medina Azahara, así como al monasterio de Guadalupe y al de Lupiana en Guadalajara. Habiendo sido aprobadas sus constituciones mediante un breve de Rodrigo Borja, conocido por el Papa Luna, quien sería destituido, al parecer, injustamente. Las malas lenguas lo acusaron de antisemita.

El talante clemente y pacificador del monarca castellano se hace notar en medio de las convulsiones de la casa de Aguilar con el cabildo y las revueltas contra los judíos a los que la ciudad acusaba de usura y los bandos y la inquietud social creados por los encomenderos y los miembros de la nobleza.

No existe hasta ahora una historia del monasterio del Parral, centro neurálgico de la espiritualidad segoviana, (los archivos fueron quemados durante la invasión napoleónica o se perdieron durante la desamortización de Mendizábal) pero éste es un campo virgen que brindo a los jóvenes investigadores de nuestra ciudad, siempre teniendo en cuenta que la ejecutoria de don Enrique IV, más allá de las difamaciones de que fuera objeto y de la leyenda negra que pesa sobre él, fue la de un buen monarca, en sus intentos, logros y fracasos, por acabar con bandos y facciones o las discordias entre catalanes y castellanos, junto a  sus campañas de cristianización de Andalucía que se repobló durante su reinado.

Él fue  el primero que izó la bandera española en el lomo del Peñón de Gibraltar  donde flameó por tres siglos enteros, pero toparía con la oposición de los judíos como Alonso Palencia y los historiadores de raíz conversa, como Gregorio Marañón o el propio Menéndez y Pelayo, los cuales tiznan su honra con la especie de la impotencia o los devaneos de su mujer con don Beltrán de la Cueva, por los que tanto padeció, o lo desacreditaron, en su campechanía y llaneza, virtudes que en Segovia lo hicieron popular.

Sus detractores echan al olvido las virtudes para, en cambio, magnificar sus defectos, mediante la publicación de libelos, o coplas tan infames como las de “Mingo Revulgo” o “Ay Panadera”.

Su muerte todavía no ha quedado esclarecida. Pudo haber sido envenenado por agentes de su propia hermana Isabel asesorada por “sus judíos”, tan proclives siempre a la conspiración y a la exageración. Aunque, luego, el magnicidio a ellos les salió rana y la Reina católica los expulsó de sus dominios. No se fueron todos ni tantos como dicen, claro está. El testimonio del Cura de los Palacios habla de mil sujetos que zarparon rumbo a Berbería por Gibraltar

Algunos pagaron con moneda de ingratitud sus muchas mercedes pero su obra está ahí.

No fue lo que se dice un rey justiciero. Más bien tolerante y hombre comedido y del centro y acaso sería esa endeble magnanimidad lo que le perdió.
Esta actitud resulta poco redituable en política, donde es imperativa la traición, la mentira y la crueldad. Maquiavelo dixit.

 

Jueves, 05 de enero de 2017

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