jueves, 9 de febrero de 2017









JOAN MARAGALL UN CATALÁN UNIVERSAL QUE AMABA A ESPAÑA


 


Si el mon ja és tan formós, Senyor, si es mira


Amb la pau a dintre de lúll nostre


¿qé més nos podeu da en una altra vida? (si el mundo es tan hermoso, Señor, y se refleja con tu paz en nuestros ojos ¿Qué más nos darás en la otra vida?)


Son versos que reflejan el talante místico de uno de los grandes escritores catalanes de la Renaxence, de talante libertario, españolísimo, “terra lliure ( ya aseveraba Gracián de los catalanes que son el alma de Aragón, más tozudos todavía, igual que las barras que exornan su divisa, para libre Aragón). Él  llevaba el dolor de España a cuestas a través de una Cataluña a la que amaba en su idioma, en sus fueros y costumbres y en el seny de su sabiduría popular. En medio de la hispanofobia que nos desborda la catalanofobia es parte del problema.


Joan Maragall (Barcelona 1860-1911) era un españolista que quería una España regenerada en sus costumbres, en su iglesia anquilosada, que aquí los curas siempre miran para otra parte, en su parlamentarismo, huero y corrupto, no mareen sus señorías tanto la perdiz, culpable del matonismo y de la acción directa que desemboca en la Semana Trágica de 1909.


Desde tal planteamiento regeneracionista y tolstoiano que busca la estética y la armonía entre los hombres, choca con los poderes facticos constituidos en la iglesia el sector textil de la alta burguesía y los militares escribe un artículo en el “Diario de Barcelona” pidiendo la amnistía para el anarquista Ferrer. El cabecilla promotor de la Semana Trágica no fue indultado. Su artículo no fue publicado ni en Diario de Barcelona ni en la “Veu”.


Maragall un barcelonés sencillo pero que procedía de una familia poderosa fabricante de paños fue un hombre que decía la verdad, lo que le malquistó con las fuerzas vivas. Su utopía le condujo a un cierto robinsonismo. Es el precio que han de pagar los que, sintiéndose héroes, se arriesgan a pensar por su cuenta en este país.


En Castilla hubiera sido considerado un miembro de la generación del 98 — se carteó con Unamuno, polemizó con Pío Baroja, puso en berlina a Ortega y a Azorín— pero era demasiado avanzado en sus ideas para ellos y además catalán hasta las cachas sentía la terra ferma.


 Por ventura los literatos de Madrid le parecieran demasiados decadentes. Al igual que a ellos, a Joan Maragall le dolía la España ensimismada del desastre de Santiago de Cuba y de Cavite. Proponía soluciones. La iglesia le dio la espalda a este gran místico (según Corominas, el “Cant Espiritual” de acendrado espíritu evangélico, es uno de los mejores poemas que hayan sido escritos de la mano de un hombre, codeándose con el mismo Apocalipsis de san Juan). Una iglesia que a través del obispo Morgades acababa de expulsar del sacerdocio, internándole en un psiquiátrico, a Mosén Cinto Verdaguer, el autor de la Atlántida.


Se dijo que el mejor canto a España lo compuso en catalán este humilde sacerdote de Vich que había ejercido sus funciones en la marina de guerra y navegó bajo la protección del marqués de Comillas en el crucero “Furor” como capellán castrense.


El buque comandado por el capitán Villamil fue cañoneado por la escuadra del almirante Dewey a la salida de la bahía de Santiago de Cuba.


Si Verdaguer siente en lo más vivo de su patriotismo nada patriotero la tragedia de Cuba y la de Cavite mientras escribe la “Atlántida” una epopeya del Nuevo Mundo, Maragall en su Oda a España refleja este toque de atención a un gobierno de Madrid obtuso a un periodismo gritón y vociferante.


Exige nacer de nuevo, olvidarse de lo viejo para florecer en una suerte de palingenesia que una a vascos catalanes gallegos asturianos valencianos andaluces leoneses cántabros. castellanos y lusitanos. Desde Barcelona realiza la proclamación de la Gran Iberia como una amalgama de pueblos federados. Es un concepto que tuvo adeptos en eminente políticos catalanes: Cambó, Prat de la Riba, Mañé.


Madrid, siempre a lo suyo, y mirándose el ombligo, pone oídos de mercader a tales sugerencias. Frente a ellos resuena la voz del poeta henchida de cordura: “ Escucha, España, la voz de un hijo/ Que te habla en lengua catalana/ Hablo un idioma que me legó mi tierra áspera/…”


“El alma de Cataluña es adusta y clara, nos dice. En cada uno de nosotros por amor a la libertad y al individualismo reside un anarquista. Solemos reír de lo que no entendemos… el catalán siente su alma pero no siente el peso de su alma y por eso le interesa más su historia que su filosofía y ama a su lengua más que su propia historia.” Leer a este escritor barcelonés tan sencillo y tan sublime porque en toda su obra retumba la voz del pueblo resulta un bálsamo para el espíritu en este febrerillo loco 2017 cuando vuelve a la arena el miura del separatismo: el sacomano de las arcas a cargo de unos políticos desaprensivos, la tozudez de unos, el tancredismo de otros que se inhiben de saltar al ruedo y pasan la patata caliente a los jueces cuando el asunto cobra cada día peor cariz y el problema político podría radicalizarse hasta convertirse en un conflicto militar y estratégico,  parecido al de Ucrania, que podría involucrar a las grandes potencias.


Las primeras palabras que escuchó este cronista fueron en el idioma ampurdanés aquella señora ilerdense que vino refugiada a Segovia después de la batalla del Ebro. Fueron “mame” (madre) y “cadira” (silla).  Me especialicé en latín con el profesor Mariner un tarraconense catedrático de la Central y el diccionario Corominas me enseñó los secretos del castellano. Así que esta noche no puedo menos de tener un recuerdo emocionado para la señora Antonia Sabaté, para Quico, para Ramón, para la Agus y la Juani, que fue mi tata. Cataluña pues en el corazón y Maragall, Prat de la Riba, Pla, el mismo Pi i Margall son autores a los que habría que leer para conjurar el griterío de estas trifulcas que podrían desembocar en un nuevo 98 mucho más trágico que aquel en el que perdimos Cuba y Filipinas  

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