BENIDORM EN EL DIA DE SAN ANTON. CUARTO CENTENARIO DEL GRECO Y MÁS COSAS
este blog defiende la unidad de España y a su cultura
SANTIAGO O SAN JAIME TANTO MONTA,
MONTA TANTO
SAN JAIME PATRON DE BENIDORM
La iglesia mayor de la localidad alicantina de Benidorm está dedicada a San
Jaime que es como llamaban en el idioma lemosín o catalán a Santiago el Mayor
el hijo del Trueno o Boanerges. Es el san James de los ingleses y el san Jackes
de los frances. Proceden del nombre hebreo de Iacobus. Por lo tanto un apostol
judío es el patrón de España junto con Cataluña. Se me ocurre una reflexión. ¿A
qué viene tanto alboroto, tanta trifulca con el secesionismo? Porque de la
misma forma que Dios es uno y trino, España es una y multiple en la variedad de
los pueblos que lo conforman en sus usos y sus costumbres. Guiados por esa
ringlera de razonamientos llegaríamos a la conclusión de que el mesianismo
separatista de Artur Mas y de los grupos financieros que lo respaldan es un
sinsentido, un error de parciales que no se adecúa a la totalidad. San James el
santo a caballo flameaba en las banderas y oriflamas de Jaime el conquistador.
La idea medieval que proyectan los poetas provenzales desde los lais cortesanos
hasta Ausias March pasando por Ramón Lulio es el triunfo de la cruz en su brega
contra la media luna. Es la idea en la cual se troquelaron tanto Aragón como
Castilla. Se impuse la creencia de cruzada. Jorge Manrique en el siglo XV ya
advertía que el cielo y la honra se obtienen mediante la oración y la vida
penitente y el ejercicio de la virtud y la tolerancia pero también en la lucha
contra el infiel. Es una idea prestada por el Islam que hicieron suya los
reinos cristianos descendientes de Carlomagno. Y todos esos reinos se fundieron
en una misma empresa bajo el lábaro y la protección del gran discípulo del
Salvador que evangeliza a toda la península ibérica. Negar esto significaría la
destrucción de España y por ende el aniquilamiento de la cristiandad. Se puede
convivir, se debe tolerar, pero a veces no es bueno rendirse. Del Levante
español, tierra del "seny" vuelvo con las baterías cargadas y
pletórico de razón porque contra la razón no hay fuerza
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BENIDORM UNA VISIÓN AMABLE DE LA ESPAÑA CATALANA QUE HONRA A SAN JAIME O
SANTIAGO PATRÓN DE ESPAÑA Y A SAN ANTÓN
SAN ANTÓN EN BENIDORM
Por san Antón la gallina pon y hasta san Antón pascuas son. Aquellas
nevadas de mi infancia cuando iba a la escuela pisando nieve desde el Puente
Valdevilla hasta el colegio de los claretianos mis botas se hundían más de una
cuarta de nieve, cubiertas nuestras testas con pasamontañas han cedido lugar a
los primaverales paseos a la vera del agua de Benidorm. Los tiempos cambian
pero la fiesta sigue siendo entrañable. Aquí lo celebran con "cremás"
y nosotros con filandones y matanzas (del puerco naturalmente)
Era entonces tiempo de heladas y de rizas. San Antonio Abad era el icono
campesino patrón de los cristianos viejos, de los que no abominaban la carne de
cerdo. San Antón abominaba el jalufo por
supuesto y se le representa con un cerdillo a sus plantas.
Fue el único mortal que por designios de la providencia pudo domesticar a
un gocho y hasta le hizo hablar y cantar con las piedras del desierto sirio
donde él llevó vida contemplativa hasta los 105 años. ¡Ah el tostón de san
Antón¡ el marranillo morato que ha convertido a este santo varón anacoreta en
el patrón de los animales.
El 17 de enero es el santo de los burros y por extensión de todo ánade o
mamífero a los que llevan a bendecir a la puerta del viejo convento de los
Escolapios en el centro de Madrid.
Los conversos que a todo lo sacaban punta decían que el pueblo cristiano
estaba integrado por cretinos al tener un patrón que protege a las acémilas. Sin
embargo, yo tengo para mí que este santo era muy bondadoso y milagrero.
Proporcionaba las ristras de longanizas y el choricillo casero. Digan lo que
digan de este animal de cebo que no de compañía están sabrosos hasta los
andares.
Quevedo, el poeta mayor de la lengua castellana y de orígenes poco claros
porque a pesar de lo que cuenta la crítica, utilizaba el hebreo clásico y era
el único español de su tiempo que había leído en el original el Testamento
Viejo, la tenía tomada con don Luis de Góngora y Agorte, de orígenes mucho más
inciertos y cristiano nuevo, le achaca "huir del lechón de san Antón como
de la peste" y le dice que era un catarriberas, un primavera, un
advenedizo y le dedica el siguiente soneto:
Yo te untaré mis obras con
tocino/porque no me las muerdas, Gongorilla/perro de los ingenios de
Castilla/docto en pullas cual mozo de camino/Apenas hombre, sacerdote
indigno/que aprendiste sin christus la cartilla/chocarrero de Córdoba y
Sevilla/y en la corte bufón a lo divino/¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo rabí de la judía/cosa que tu nariz aun no lo niega?/ No escribas versos
más por vida mía/aunque aquesto de escribas se te pega/por tener de sayón la
rebeldía.
Regio y muy fuerte pero estos sonetos poco tienen que ver con la
tranquilidad de mi alma mientras paseo por la dársena de Benidorm y en Levante
la fiesta del santo patrón se celebra con grandes hogueras y suenan las
campanas de la iglesia del Carmen que inundan de paz y serenidad el paisaje
urbano de esta bendita ciudad, una de las más amables de España, llena del seny valenciano muy alejada de las
trifulcas televisivas y del zafarrancho de agresividad que vive mi España, en
paz gracias a Dios y con ganas de gozar y de vivir.
Pelillos a la mar. Las gallinas empiezan a cacarear y los gallos lanzan sus
triunfales epitalamios de madrugadas. Viva san Antón en este dulce y apacible
Benidorm de guiris y jubilatas
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viernes, 10 de enero de 2014
el Greco apoteosis del arte español. En su obra se refunde el mundo
bizantino ortodoxo y el católico romano
MEDITACIÓN ANTE EL ENTIERRO DEL CONDE
ORGAZ
Antonio Parra
Dado lo
cargado y la crispación del ambiente y como dicen que es llegada la hora de la
bestia y el funeral para nuestra patria, marché la otra tarde a Toledo y me
planté ante el insigne lienzo en el cual está encerrada buena parte del genio
singular de lo español y al regreso me senté a escribir con calma, mucha calma,
mi alma sedienta de belleza y tratando de evitar las contiendas que nos afligen
pues ya los pasos de la aurora andan pisando la incierta luz del día y a batallas
de amor campos de pluma que decía Góngora que equivale en poesía a lo que era
el Greco en la pintura, quiero decir: un genio. El genio de los genios. No
estaba ante un cuadro sino ante el molde de un enigma. Allí pasé dos horas de
la tarde dándole a la cometa de mis sueños.
“Tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve”. Esta frase
murmurada entre dientes por los prestes que ofician las exequias, san Agustín
revestido de capa pluvial y mitra de obispo y san Esteban con la dalmática
diaconal, sirve para poner música de fondo a la escena que da marco al entierro
del conde Orgaz, lienzo donde se estampa con auténtica veracidad una de las
páginas más realistas de la historia de España y un cuadro de costumbres. El
Greco junto a Velázquez es pintor poco decorativo. Ambos buscan el alma de las
cosas y su arte es el arte de la síntesis. Con tales mimbres que servirán de
materia prima de lo sublime [una leyenda local consistente en las mandas que
dejara a una iglesia de la ciudad, la de santo Tomé: unas cántaras de vino,
unas cargas de leña, unas hogazas de pan a los pobres, y algunas monedas para
misas gregorianas] se enhebra el enternecedor milagro.
Existe de más de eso una gran
familiaridad con la muerte, de acuerdo con la mentalidad de la propia época, y
la necrofilia de una monarquía como la de Carlos V quien en los últimos años de
su vida en Yuste gustaba de asistir a la celebración de sus propias exequias,
sin que el gesto tuviera nada de macabro; antes bien se veía como lo más
natural del mundo. Allí estuvo, nada más y nada menos que fr. Bartolomé
Carranza, dominico, que luego sería primado de Toledo durante un año hasta que
le echasen mano en Torrelaguna los corchetes del santo oficio que lo
incriminaron de herejía por un cierto catecismo que había dado a la estampa en
Flandes y por sus conexiones - una pura calumnia- con Carlos de Seso, el fautor
del luteranismo en España, un italiano que fungía como corregidor en Toro, y
los conventículos reformistas de Sevilla y Valladolid.
Pero así se las gastaban entonces. Eran los tiempos recios a los que alude
santa Teresa en sus escritos elípticos, y los difficilia habemus témpora
de Luis Vives. Toda esa reciedumbre, esa tortura de una época cuando temas como
la existencia del purgatorio y la teología de la justificación por la fe eran
de tanto monto, pues hasta las verduleras en Covent Garden y en Zocodover,
duchas en teología debatían con tanto ahínco esos temas como ahora lo hacen
nuestros contertulios de la radio sobre la guerra en el Golfo Pérsico, el sexo
con garantías o la violencia de género, sujeto muy del agrado de los
articulistas en sus coloquios tribunicios. Al socaire de estas cuestiones sobre
la vida futura, el fin del hombre, sus relaciones con la divinidad, plasmadas
en las fimbrias de esas casullas que con tanto gusto pinta el Greco con su arte
minucioso aprendido en el trabajo de los artistas de iconos orientales, los
cuerpos pierden peso en sus magníficas producciones para dejar que se alcen
hacia arriba, la mirada transfigurada, los espíritus. Son en él recios los
trazos, espectaculares las caras iluminadas por una luz que emana de adentro.
Parece extraño que en este tiempo tan iconoclasta como el nuestro pueda ser
entendida y admirada la iconodulía del Cretense, que, a contrapelo de sus
delicadezas y exquisiteces formales del pudibundo recato en que va a caer la
sociedad de su tiempo, sabe interpretar en sus briosos desnudos las donosuras
del cuerpo.
El chipriota vive este tiempo 1541- 1614 a caballo de los reinados de
Carlos V y de Felipe II. Es contemporáneo del concilio de Trento. Ahora se
trata de relacionar su pintura con el modernismo. Incluso, con motivo de su
exposición en la National Gallery, se ha propalado la nueva de que su “Visión
del Apocalipsis” inspirara a las “Señoritas de Aviñón”. Ya es mucho pedir pero
todo lo que sube el Greco de cotización va en desdoro y menoscabo de la de
Velázquez. Y eso, tampoco. Vaya lo uno por lo otro pero esta prelación del
chipriota con respecto al sevillano quizás tenga que ver con los tiempos que
corren, más relacionados con las angustias y torturas, la luz fantasmal y los
desnudos deformes y hasta homofobos, que con la placidez de don Diego que no se
busca complicaciones en su pintura.
Al fin y al cabo era pintor de
corte, una aspiración que Domenico no alcanzara nunca porque sus desgarradas
visiones no encontraron plácida acogida en la retina del monarca, y mira que
Felipe II era un experto en el Arte de Apeles. Pero el rey no llegó a entender
al griego que se adelantó a su tiempo. Y
no es reivindicado hasta los románticos del siglo XIX. Es sólo a principios de
1900 cuando empieza a ser conocido y andar su nombre en boca de eruditos y críticos. Hoy es uno de los pintores más
estudiados del universo y los entendidos resaltan la su peculiar macropia que le hacen ver caras
alargadas y el mundo irreal.
Que dos bienaventurados ausentándose
por unos instantes del paraíso bajasen a Toledo, la capital del imperio, hasta
que Felipe II en 1561 decide trasladar la capitalidad a Madrid, para dar
sepultura al noble y cristiano caballero entra dentro de esa cotidianidad ante
la presencia de la muerte. Y casi se
concibe como un hecho corriente y moliente esta intervención del más allá.
En el arte de Greco hay algo de
órfico; la pintura se hace música y es
imposible entenderla sin el acompañamiento de esa gran polifonía, como
reverberando en el fondo, que engozna sus composiciones. No hay que perder de
vista este carácter que tienen sus cuadros de “trotparios” de la himnodia polifónica bizantina. Los brochazos en sus cuadros se
convierten en melodía
El Greco en este lienzo del Conde Orgaz que supone el triunfo de la misericordia
y del amor, esenciales al cristianismo, pinta dos cuadros; el superior y el
inferior. Los cielos y la tierra se dan cita en el acontecimiento. Ambos planos
son estancos y para bien o para mal no llegarán nunca a juntarse.
Paradójicamente el plano terrenal gana la batalla al celestial. El Greco
pinta las cosas como son o debían ser según los cánones del ideal platónico
pero se cohíbe ante los tremendismos y las ficciones del más allá. En eso se
parece un poco a Velázquez quien tampoco supo pintar a los dioses. Y hasta supo
reírse dellos como demuestran su fragua de Vulcano y el Baco figurativo. Uno y
otro, empero, saben dislocar el dibujo para transmitir el movimiento de las
cosas, “dando espíritu al leño y vida al lino” que diría Góngora.
En el Entierro lo que está arriba es inferior en calidad a lo que está
abajo. Es mucho más desdibujado e imperfecto. Pues para él lo que acontece de
tejas abajo es mucho más importante que lo que pudiera dilucidar el más
allá. Sin embargo, la moderna crítica -
me refiero a un artículo de John Updike-
dice que es al revés. Todas una galería de rostros comparece haciendo corro
ante los dos insignes fosores o enterradores revestidos de dalmáticas y capa
pluvial quienes sujetan por los sobacos y las piernas al difunto amortajado con
toda la regalía. ¡Cómo brillan los aceros de su armadura!
A la vista está que por una vez el
espacio tridimensional gana la batalla al tiempo continuo. Los ojos posan ante
todos y cada uno de los asistentes al duelo. Afloran una serie de personajes
que, tristes y enlutados, hacen rueda de respeto. Muy engolados, pero serenos.
El blanco de sus gorgueras rizadas contrasta con el negro de sus tiesos
jubones. En la capa llevan algunos bordados la cruz de la Orden de Santiago.
Admirable es la técnica de paños mojados, que acentúa la trasparencia, con la
que está bordado la sobrepelliz de uno de los oficiantes, mientras un
franciscano y un dominico rezan los responsos, y un monaguillo, el hijo del
propio Domíngo Theotocopoulos, Jorge
Manuel, mira “para la cámara”. Hay un cierto exacerbamiento de la silueta a lo
que se une el proverbial estrabismo estético de este autor. La vida no es más
que un perenne destello o un instantáneo fulgor. Hace de preste oficiante don Diego de Covarrubias. En la pechera de
la pañosa de los circunstantes se borda la cruz colorada de los maestres de
Santiago. Ni que decir tiene que estamos entre caballeros.
¿Podrá haber en el mundo algo más melancólico que un entierro? Los dos frailes explican a la posterioridad
el augusto suceso sin parar mientes en lo que acontece sobre sus cabezas puesto
que ya va dicho que el Greco, pese a ser un pintor virgíneo, lo es más de la
tierra que de los cielos. Toda su vida fue una ascensión incandescente hacia
ese plano superior, un regusto por la quimera. Plasma el maestro con mayor
acierto el cielo en la tierra que al revés, pues su realismo no le permite
transubstanciar lo que sus ojos, poros del alma, no visualizan. De esta manera
el ángel de la guarda llevando al cielo el alma del conde Orgaz, representada
en la forma de un niño, es mucho menos creíble que las caras de los caballeros
que asisten impertérritos al desarrollo del milagroso acontecimiento que dos
santos bajasen del cielo para asistir al sepelio del maravilloso caballero. No
cabe cosa tan extraordinaria en medio de un hecho paranormal. Tanta
familiaridad ante lo que es poco consuetudinario resulta francamente portentosa
como si los circunstantes estuvieran habituados a vivir con el prodigio.
Ninguno de ellos muestra ninguna sorpresa ante la presencia de los dos santos
bajados del cielo para hacer las veces de enterradores. Estos son dos
aparecidos y sin embargo su aspecto no puede ser más real. Acaban de irrumpir
en escena un anciano obispo y un joven misacantano. Sosegaos. Sabe trasladar al
lienzo la España de Felipe II en plena apoteosis de una ciudad: Toledo. El
pintor, que borda primorosamente las fimbrias de sus ornamentos, pues ni la
capa pluvial de san Agustín ni la dalmática del primer diácono dan pasmos,
tampoco se sobresalta al narrar los acontecimientos. La piedad melancólica es
el hilo conductor del suceso narrado con toda la majestad pero al mismo tiempo
con toda la sencillez.
El Greco es el pintor del catolicismo universal al que aspiró España en su
siglo de oro, en el que cupieran bajo la vara de Cristo sin exclusiones
nacionalistas o chovinismos todos los pueblos. No puede haber entonces pintor
más insigne de la ortodoxia. Que dos santos bajen del cielo para dar sepultura
a un caballero que era legatario de esos ideales de universalidad nada tiene de
extraño. La sociedad española a la sazón estaba acostumbrada a vivir con el
milagro. El Entierro es la faz emblemática de todo aquel pensamiento. Ni ante
la vida ni ante la muerte un hidalgo español ha de perder la compostura. Dicen
que el enlosado de Santo Tomé al recibir la visita de los dos santos se llenó
de fragancias celestiales pese a lo cual todos los que asistían a la ceremonia
permanecieron quietos e impertérritos.
Entre los figurantes estaban don Juan
de Austria, Góngora, los
hermanos Covarruvias, el hijo del
artista y el propio Greco que deja
su firma estampada en griego en los vuelos del pañuelo de uno de los
personajes, cabe la hopalanda.
No es un cuadro lo que pinta, sino una idea, un estado de ánimo. Estos
caballeros, que se apiñan circunspectos con sus rostros ligeramente buidos por
la tristeza colmada de serenidad ante la paleta del artista asisten
ensimismados al portento. Héticos, silentes, con una punta de desequilibrio en
el mirar - ¿para dónde miran esos ojos que parece que están viendo lo que
acontece más allá?- los personajes que retrata el Greco bien pudieran ser
alguno de aquellos hidalgos que vagaban por la Imperial Ciudad arriba y abajo
de Zocodover y que para disimular el hambre publicando que habían comido
salpicaban la barba de unas migajas de pan. Almas ardientes embutidas en
estómagos vacíos vivían una segunda vida interior de absoluta indiferencia
frente a las cosas de este mundo. El autor se desentiende de su obra y el Greco
tiene poco que ver con esta austeridad. Sus biógrafos afirman que gracias a sus
cuadros nadó en la abundancia y se condujo munificente como Creso en una Toledo empobrecida y demacrada
pese a ser entonces la corte. Murió arruinado y en la Ciudad Imperial las
farras que se corrió y la fama de juerguista, cosa que poco tiene que ver con
su arte, hicieron época
Es el pintor de cámara de la “dives toletana”[i] llevando una existencia regalada en aquel palacio de alquiler, que contaba
con veinticuatro estancias, propiedad del quiromántico marqués de Villena, del que decían las crónicas
que ni palabra mala ni obra buena. El tren de vida y la fastuosidad del
candiota, que ganó muchos ducados con el arte de Apeles, casan poco con la frugalidad de los personajes a los que
traslada al lienzo. Todo arte emboza ya de por sí una contradicción. Aunque el
Greco se asimiló plenamente a las costumbres y al espíritu de Toledo, identificándose
con él, vivía como un veneciano. Incluso, contrataba músicos para que le
amenizasen las comidas. Insistimos: la música es muy importante en la pintura
solemne y celeste de este genio del cristianismo.
No hay según eso una identidad plena entre retratista y retratados. Su
forma de pintar es una manera diferente de entender el mundo, a través de esos
semblantes con traza de llama, dotados de un singular dramatismo escénico.
El estrabismo estético del autor les confirma una alargadera que algunos
atribuyen a determinado defecto óptico del propio Theotocopoulos quien, según
referencias, en los últimos años de su vida cayó en la locura. Pero tal extremo
no ha podido ser probado y contiende con
la envergadura de este griego transferido y trastornado a Castilla que pintó
Toledo como un verdadero sueño lunar bajo una luz lívida de ocres. Parece ser
que la tesis sobre la enajenación mental del Greco se sustenta el haber pasado
por la casa de locos del hospital del Nuncio de donde extrae los modelos para
perfilar sus doce cuadros sobre el apostolado, cuadros conservados todos ellos
en el monasterio de las Pelayas de Oviedo. El Greco es un pintor de las almas y
en todo alma hay un eco del infinito que se plasma en un cierto grado de
enajenación.
Tuvo infinidad de detractores. El más insigne fue el propio Felipe II, todo
un conocedor y en lides pictóricas peritísimo pero que nunca llegó a entender
su manejo de los colores. Tuvo un pleito con el cabildo de Toledo porque en el
Expolio, inicio de la pintura de la edad moderna, se resiste a pintar a las
tres marías a longe, como nos relata
el Evangelio. De hecho, el propio
monarca, que entendía de pintura, pero de gustos absolutamente convencionales,
que no le permitía entender ni su estrabismo ni su tendencia a descoyuntar las
figuras, como tampoco el áspero colorido con que formula las escenas de sus
personajes atormentados - el Greco es una sabia combinación de lo ponderado y
de lo desmedido-, mandó que fuese colgado en la sacristía del Escorial el
famoso martirio de san Mauricio y la
Legión Tebana encargando otro lienzo sobre el mismo tema y del que ahora apenas
se habla a un tal Cincinatti. Este fracaso yuguló las aspiraciones del candiota
a convertirse en pintor de cámara.
Pero él, pintor de eternidades, nunca podría ser un pintor de cámara al
uso. No han comprendido sus detractores que era un pintor de eternidades. Su
obra permaneció minusvalorada sin un reconocimiento categórico hasta bien
entrado el siglo XX.
Domínicos Theotocopoulos ( lit. El muy hijo de la madre de Dios) nacido en
Candía en 1541 hace honor al título de su apellido. Rompe con los moldes
clásicos y ya en Castilla abjura de su romanismo y de su helenismo para erguirse
en portavoz del tétrico y a la vez sereno misticismo hispano. En su obra se
presenta una antinomia entre lo real y lo ideal. Y pinta a base de crueles
borrones impresionistas, muy poco convenidos pero que son de un gran efecto
sobre todo en los paisajes de Toledo bajo la luna, cuando la luz circunfleja y
espectral se derrama hasta derrumbarse sobre lo gollizos y cuchillares del
Tajo. El Greco es poesía marial, el triunfo del bien sobre las fuerzas oscuras.
Manuel B. Cossío, su indiscutible
biógrafo, señala que en el Expolio nace la pintura moderna. Hay en él un
exacerbamiento de la silueta, por lo que resulta uno de los tres grandes
retratistas de todos los tiempos junto a Leonardo y Velázquez.
Exégeta de los paraísos perdidos viene de la filocalía de los bizantinos.
Es su obra mezcla de un platonismo
excéntrico y de un cristianismo melancólico. El Greco en España se desentiende de sus maestros venecianos y
queda transfijo ante los iconos fanariotas que lo vieron nacer. El resultado de
esta mezcla de sangres es algo profundamente español: sus cuadros se entienden
mejor mientras se escucha en lontananza a los coros del monte Athos. Carece por
ejemplo de la desesperación y pathos del arte protestante. De Rembrandt
pongamos por caso.
Desconoce, asimismo, las estridencias de los
bufones. Es un arte enteramente aristócrata, pero de un exotismo criollo, por
lo de mezcla de credos, cuasi abrazador. Hasta en los locos del Apostolado se
deja translucir un poso de cordura. Supo pintar a los locos de Cristo. El
Caballero de la Mano en el Pecho y el busto de san Juan de Ávila refrendan ese
supuesto. Arte incorrecto que rezuma corrección. Pinta las esencias, va al
grano. Por eso se denomina pintor de pintores. De la vida del greco-chipriota
poco es lo que se sabe. Que provenía de una familia de recia estirpe cristiana
que huyó de Constantinopla el año de la invasión de los turcos, 1453. Que antes
de afincarse en Toledo, donde se casó y tuvo un hijo, Jorge Manuel, anduvo por
Italia aprendiendo dibujo del Tizziano y de Rafael. Que supo transmitir al
lienzo toda la carga de grandeza del alma de Castilla. Que tuvo muchos pleitos
con el cabildo de la catedral, con la dirección del Hospital de Illescas por
cuestiones que no hacen al caso y que murió en Toledo en 1614. Otros autores
dicen que en 1516
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