lunes, 14 de noviembre de 2016

BUERO VALLEJO CARA DE YESO (UNA NOVELA MIA INEDITA DECIDADA A ESTE PERSONAJE)

28 de mayo de 2000
                                      UN ROSTRO DE YESO
Su rostro era hermético, ni un rictus ni una mueca, asomándose a aquella sonrisa como hemipléjica, una frialdad de acero en los ojos como témpanos. Era un caballero que siempre vestía de gris. Máscara de yeso, un hombre aljez, sin revoques.
Hablaba un castellano de prosapia rancia que nada tiene que ver con la frase hecha tan al uso, adusto y apodíctico en sus expresiones este dramaturgo. Manejaba a gusto, pero sin afectación algunas, don Glabro los mutis por el foro. Eran más elocuentes sus silencios que sus textos: lo que decía, siempre a medio gas y con ese hilo de voz apagada, en frases entrecortadas implicaba exactos sobrentendidos, y, cuando se le preguntaba la razón de eso, alegaba que porque estuvo acostumbrado durante los cuarenta fatídicos años con la censura; sin embargo, que Dios nos libre de los liberales, que los demócratas fueron ya de por sí autócratas, y al revés, en este laberinto. Desencantado por lo que suspiraba - el fatídico advenimiento macabro-, se volvió atrabiliario como tantos otros.
 El idioma hay que saberlo manejar, si llega el caso, con muleta y con espada. No conviene cargar la suerte.  La literatura, como el toreo, ha de ser ceñido; siempre, lo justo.
Tenía una efigie de perfiles numismáticos, el rostro algo ovalado, nariz heráldica, casi biselada, corte perfecto,  algo cargado de espaldas y de blasones, lambeles de su casta. Su cara parecía justamente para ser vaciada en bronce.
La color de su tez, algo quebrada a causa de una dolencia que arrastraba desde sus años de confinamiento, era cadavérica, blanca como un espectro.

A don Glabro, un monstruo del teatro, lo fui a ver una ardiente tarde del tórrido verano del 72, tras haber concertado una entrevista de forma un tanto atropellada días antes. Era un hombre gris, nada jacarandoso, muy filosófico. Con Cela, una delicia entrevistarlo, uno se lo pasaba mejor. Por nada del mundo el maestro interrumpía su siesta y yo tuve la osadía de telefonear a una hora intempestiva de nona en pleno agosto. Profané el santo de los santos, desbaraté su yoga ibérico.
Se puso al aparato y me habló con voz entre asustada y  atenazada por el tedio, pero rebosando cortesía, en lo que denotaba su buena crianza y la indulgencia para con los pecados ajenos. Era de gustos noctámbulos y le hería la cruda luz del día. Porque tal vez su mundo no fuera diáfano.
La vida le había zurrado de veras. Y hubo un tiempo en que llegó a ser un joven altivo y dinámico, consecuente con sus ideas. Los avatares existenciales hicieron que descendiera de aquel pedestal.
Y nada más verle, lo que a primera vista saltaba era el carácter teatral. Su rostro me hizo pensar en una máscara de albayalde, aquellas manos blancos y caras como paredes de yeso con que los personajes femeninos eran interpretados por actores disfrazados.

Entonces, las mujeres no podían salir a escena, carecían de alma y en consecuencia no estaban facultadas a ser personas stricto sensu, que en griego quiere decir resonante.  Ellas estaban un poco alejadas de los dioses. Hechas para recibir, no podían dar. Así se las postergaba en el arte de Talía. Su amorfía epicena las trasminaba en inasequibles a la escena. Así como el carnero amorece a la oveja y el garañón madrigado cubre a la yegua y los mamíferos sueltan flujo, cuando entran en celo, así los dioses en aras de la vital impureza del celo, y de ahí que la Biblia diga que el ser humano sea concebido en un cabildo de iniquidad, el útero materno. Y los romanos establecieron por preceptivas las fiestas lustrales o de purificación cada cinco años, vedaron a la mujer las tablas. Eso fue inamovible, que quede claro hasta que llegó la revolución feminista que cubrió el mundo de cólera y llanto, Marx de cara feroz se ha puesto minifalda. Se acabó el amor. Bajad el telón. No hay teatro. El gran hermano vigila vuestras deposiciones a través de la red interdigital. Es la infurción que hayáis de pagar en estipendio a los dioses internautas por mancharos la mirada contemplando cada noche al enano. La cámara hace cámaras, nunca mejor dicho ante tanta mierda, controla e incoa los initus(echar un polvo en latín) coinquinado, no os paséis el día y la noche copulando, un cuarto de hora de descargas.
El edificio donde el maestro vivía carecía de elevador y de escalera de servicio. Se pasó muchos subiendo y bajando escaleras, y ellas aparecían de repente en su teatro. Sabía de peldaños y descansillos. Las montaba con toda una tramoya de andamios y despidientes. A todos los poetas les había dado por los social. Un viento solano preñado de nubes terrales se barruntaba en lontananza. Iban a echarse sobre nuestras cabezas una multitud abigarrada de impostores y sicofantas.
 Os advierto que vuestra inobservancia os sumirá a todos en el infierno de insumes descalabros. Nos aburre tanta maruja pedorreando cotilleos inguinarios. ¡Viva la Ejidos, su hija, y la manta que a las dos hembras las cobija! No las aguanto. Ahora comprendo por qué don Glabro, pese a su aspecto de ruso blanco, en lo político vistió de rojo toda la vida. Su honestidad estuvo en toda instancia a prueba de bomba. No era un tarambana.

No había alcanzado la cultura por entonces el prospecto gineceo céntrico de esta hora. No se había abatido sobre nosotros esa obsesión fálica que ve en el varón una especie de zángano para usar y tirar. Además, Arzalluz(¡ cuidado con la “z” de Zion y la de nazi!) creo que por aquellas fechas sólo era un seminarista comido de escrúpulos jesuíticos, que se masturbaba, siempre a vueltas con la carne, en un convento de Alemania. Decía jaculatorias algo cutres cuando le cercaba la tentación: “antes morir que pecar, Dios mío”. ¡Señor bendito, lo que han cambiado las cosas! Pero eso es otra historia, ya irreversible. Aquí ya sólo se habla de hechos consumados. Pusieron a la nación del revés y a ver quien lo levanta.
 Quedamos en que las mujeres no tienen alma. Eso lo dijo Aristóteles porque era un poco de la cáscara amarga.
Cualquiera sale ahora con tal descarga.
Al día de hoy es a la inversa. Estamos bajo el halda y el poder de la super mamaria, que parece que al personal lo echaron picapica. No sé si seremos más libres ni mejor informados. Entonces eramos un poco más progresistas y menos agresivos. Hoy nos hemos convertido unos fatuos hasta haciendo pis. Leer a Trapiello es un acto bochornoso. Han irrumpido como digo los hoplitas del odio.
Había una tragedia dentro de sí y para disimular su verdadero rostro se escondía detrás de la carátula de yeso. Se escudaba en el mimo.
Su casa, modesta, habitaciones en penumbra y paredes cargadas de libros, estaba situada al lado de un mercado popular en pleno barrio de Salamanca. Era un bloque de viviendas de renta antigua, sin ascensor, al menos hasta lo que alcanza mi retrospectiva. Para acceder hasta el piso había que acometer una escalera con peldaños de madera de pino y pasamanos coronando los caracolillos de una verja de hierro; en el rellano mis zapatones emitían un sonido entre trágico y sarcástico mientras escuchaba el latir azorado de un corazón acelerado  por el esfuerzo de subir y por la emoción de ir a saludar a uno de los monstruos sagrados de aquel momento.

A sendos lados del descansillo se alzaban los batientes de una serie de puertas lúgubres con mirillas de bronce, imágenes del Corazón de Jesús o un llamador en forma de mano de hierro empuñando un globo terráqueo, herencia esotérica que nos legaron los moros. La mano de Fátima, aldabonazo a la conciencia dormida de un pueblo, resulta como muy española.
Esa aldaba apoyada en el yunque es la mano de Alá que franquea a los creyentes las cancelas del merecido jardín a sus guerreros. Yo era por entonces un joven audaz, que sabía abrirme camino a fuerza de agílibus.  Golpeaba en todos los llamadores. Algunos me daban con la puertas en las narices, otras se me abrían.
Olía a pimientos morrones que se estaban friendo en alguno de los cuartos, en aquella hora de modorra con el sol pegando de firme. El mercurio había subido hasta los cuarenta y siete grados.
El recuerdo de aquel gran autor vino asociado a uno de los días más tórridos de mi vida. Ya por aquellas fechas era su nombre una leyenda mítica para los jóvenes de nuestra generación. Sin embargo, el hombre de letras vivía con decoro pero sin alardes de riqueza en una manzana de casas que eran el decorado donde se inspiró su drama más conocido “El Sardinel”, que como una casa de muñecas presentaba muchos compartimientos estancos, misteriosa y replegada sobre sí misma, donde cada interior es un bastión dando a un patio de luces, verdadero foso de leones encadenados. No hay puertas al campo, sino grandes dosis de disimulo y taimada actitud del que mira para otro lado si oye asaltar el bastión de su vecino. Me dijo:
-Tú vas a vivir en un chiscón. A los malos poetas se los encierra en una torre de marfil, y los literatos implicados en la lucha contra la movida tendrán que conformarse con las cuatro paredes de un alcahaz.
-¡Ay, sí!- contesté por decir algo, sin dar demasiado crédito a sus presagios.
El maestro tenía buen ojo clínico. Me miró de arriba abajo y no se equivocó un adarme.

Vivimos protegidos por una muralla erizada de almenas. Nos gusta lavar nuestros trapos sucios de incógnito.  Lo dije en el reportaje y no le gustó mucho. Sin embargo, creo haber captado el ambiente que rodeaba al maestro para explicar de esa forma su obra, entreverada de nostalgias y contradicciones, como cuadra al inmenso laberinto español.
Fumaba tabaco negro. Hasta me atrevería a precisar la marca: “Rumbo”, aquella hebra guanche con la piel dulce. Contestaba a mis preguntas con una sencillez y precisión pasmosa de viejo lobo de mar que se sabe al frente de un navío que navega en ceñida por una mar encrespado de borrascas. De mozo fue un experto nauta, capaz de cinglar la nave, cuando un rayo de Jupiter le partió sus remos.
Pocos hablaban un castellano tan sonoro y limpio como el suyo. Daba gusto escucharle. Así y todo no era ampuloso sino la vera efigie de la llaneza de los labrantines alcarreños. Uno se lo imaginaba de  gorguera y con golilla el mostacho de guías y así saldría un personaje de una comedia de capa y espada. Con Lope, la verdad, se traía un aire. La vida lo había tratado sin contemplaciones, pera esa aspereza era oculta tras la máscara impasible del mimo.
Un padre militar de Estado Mayor que pensaba pasarse a los sublevados. Sería su propio hijo el que diera el delación al general Casado. Lo prendieron y acabó el oficial rebelde ante un paredón de la Cárcel Modelo. El joven militante de izquierdas nunca se arrepintió de la delación sintiéndose consecuente cons sus ideas. Pero un parricidio puede ser una coyuntura propicia para marcar de drama una vida. Don Glabro era una trágico.

 Luego, cuando llegaron los vencedores se volvieron las tornas, le fue formado consejo de guerra y estuvo a punto de ser fusilado. Indultado en el último momento dio con sus huesos en el penal de Chinchilla donde se hizo amigo del poeta de las églogas, reo también de la máxima pena y absuelto en las mismas condiciones. ¿Era tan fiero el león como ahora le pintan?
 Fallecería de una hemoptisis, aunque siga corriendo todavía el bulo de que fuera pasado por las armas a causa de sus ideas marxistas. La gente se pone a garlar, cuenta y no acaba.
¿Eran los remordimientos por el parricidio la razón de su pigricia? ¿Qué le dolía a nuestro personaje? El alma por los ijares.
El teatro de Glabro Hariola no hubiera sido agible  lejos de una España sin ánimo de reconciliación. Los vencedores fueron magnánimos. Ahora sucede que los vencidos siguen en sus trece revanchistas. Un anhelo de escribir la historia de otra forma, con un fondo de revancha donde hay un gran encerado y en la pizarra una palabra latina, para siempre incólume y que jamás se deroga pues dice taxativa: “inobliterata”, esto no se borra jamás, como si el destino les hubiese injuriado, late en  estos juegos florales de hecatombes sin sustancia, todo  literatura al revés. Se nos tiran al cuello. El rencor, de esta forma, no tendrá fin en este país. Así no vale. Sin embargo, Hariola representa un caso de exquisita honradez personal, transmitiendo la idea de que se intentó perdonar y comprender, correr turno, y olvidar la vida pasada. Los que creíamos en esa hacedera avenencia eramos unos ilusos. Para seres tan execrables como ese estilista y estilita, Raro Cagüén, recordador perpetuo de monsergas el pasado está más presente que nunca.

Fuimos deslumbrados por el espejismo. Toda su obra dramática tenida por máxima en calidad y eximia durante los años posteriores a la guerra, a partir de las muerte del almocadén quedó obsoleta. Debió de herirle en lo más vivo al maestro semejante relegación: la vida entera suspirando por la venida de los suyos, y éstos, cuando entraron, no lo recibieron ni lo reconocieron.  Glabro Hariola dejó de estrenar. Había sonado la hora de los oportunistas y de los revanchistas.
Antes del 75 sus inauguraciones constituían un acontecimiento social. Cabe recordar aquella “Partitura por un músico ciego”; el ambiente de expectación que creara. Adicto a la máxima del “festina lente” ovidiano, estructuraba y dialogaba sañuda y concienzudamente sus dramas, con parsimonia monacal y perfección de abeja ática. Borraba mucho y su quehacer literario era lento por más que tenaz.
Se le podrá acusar de hosco, retraído y hasta implacable, pero era un hombre consecuente con sus ideas.
Estaba amalgamado de una pasta cuyo gluten, ese adhesivo que unce los conceptos o los deforma, se pegaba a los dedos como la miel de la Alcarria que lo viera nacer. Pero él vivía en su propio Helicón, una región que funde almas en ese molde duro que los avatares de la existencia cuartean.
Aquel revolucionario furibundo que por una idea fue capaz de vender a su padre no tenía nada que ver con aquel burgués en bata y zapatilla de felpa que se echaba todas las tardes unas siestas de pijama y orinal, que fumaba en pipa y pasaba todos los años quince días en la sierra. Ello debía de ser porque el hombre es un pozo sin fondo, una caja de sorpresa. En su rostro bifronte había el buen funcionario acomodadizo y el iconoclasta revolucionario. Las dos Españas parecían morar en él compatibilizándolas.

Pero, cuando lo conocía en persona, llegue a la conclusión de que don Glabro a quien  se parecía era a Hamlet. Su vida y su obra conjuraban el embeleso de Puco y de los duendes juguetones del “Sueño de una Noche de Verano”. Tenía una cara oculta y era bueno al mus. El naipe al revés que el ajedrez depende de situaciones aleatorias y combinaciones viscerales. No es cerebral ni una ciencia exacta  como el ajedrez. En las cartas la fecial(el rey de armas del destino) es el que envida, da julepe. Es el triunfo principal en el tute y en la brisca.
Correcto, pero nada atrabiliario, se comportaba como un ateo de buena voluntad. Quiso ver a Dios por el ojo emblemático de un tragaluz. En parte sus producciones entran en vibración con una virulenta preocupación teologal. Su teatro recuerda al de Calderón en clave existencialista, horro de dogmas y pleno de esencias vitales. Era este lado místico la faceta más importante del hombre que escribía en la penumbra de su apartamento rodeado de la cruz negra de Goya y con los caprichos de la razón a la vista en la ardiente oscuridad de un velado sol, el dramaturgo con la faz gipsífera.
-¿Qué hace ahí tan solo, creador?
-Poniendole el cascabel al gato. Aquí me tienes, ya ves.
-No se encuentra, no hay cascabel.  Esto es un ciempiés.
-Pse.
Me parece que nuestro hombre no tuvo razón de queja por el trato que le deparó la vida durante los oscuros años del almocadén, referencia inequívoca de la actualidad que nos domina, una actualidad que asemeja a un tiempo en rebelión contra el de entonces.
Me parece que se trataba de un místico a la antigua usanza que aparejaba su alma para recibir al Señor, intentando controlar las intemperancias de la loca imaginación. Pulía dentro de su recámara el diamante.  Sufría adversidades, tuvo algún que otro arrobo. ¡Ah, en cuanto llegasen los suyos! No sabía el pobre escritor que se precipitaría sobre el planeta un tiempo ilusorio. Con el retorno de los fantasmas del pasado serían alzados sobre el pedestal los viejos dioses. “Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto”.
- La bendición, hijo. La bendición.
-No, padre; esa sí que no.

Se tomaba sus huelgos. Espaciaba sus obras. Apuraba las más de las veces por la herida de su asombro, pero negaba la resurrección. Encontró solaz en el inefable tesoro escondido del sufrimiento. Era un monje laico y el monje es la perfección del ideal, la idea maestra de la santidad. Si el protestantismo luterano derribó catedrales y destronó imágenes de santos, el consumo sin disparar un sólo tiro ni encender una sola tea hizo venirse abajo toda seña de religión. Nos llevó al huerto a todos. Distribuyó grandes superficies por las ciudades estableciendo una alcaicería de su cuño y letra por donde sólo entran aquellas mercancías con su propio santo y seña, los famosos códigos de barras. Don Glabro, que era brujo, parecía presentirlo. Se desató contra él una tempestad de odio y de bajas pasiones. Puede que fuese un señor en cierto modo perdonado, pero asimismo discutido. Sus escrito perspiran, sin embargo, ese anhelo de salvación y de compasión hacia la humanidad que sirve de piedra de toque a todos los genios. Algunas de sus comedias son como una bola de fuego que se alza sobre las cúpulas. Luz que reina en el ápice de las torres.
-¿Madre o madrastra, qué dice tú?
-Madre siempre.
Su teatro posee un diseño arquitectónico, con poco de tablazón filosofal. Son un edificio para perdurar con muros color perla que con el paso del tiempo en los ocasos amaranto adquirirán una imbricación malva. En ese sentido, su obra adquiere relieve de matices purificadores de mansión áurea. Dicen que en su agonía hablaba con un interlocutor desconocido que sólo él veía con sus ojos flavos vidriosos por el glaucoma.
Sabía que cada cincuenta años cambia todo. Ahora, con la aceleración de los tiempos, el cupo se ha restringido, verdad. Por ahí en eso están los caduceos haciendo trampas. Tuvo en su frente las postreras lumbres de la vida hidalga. Uno le hubiera pensado caballero armado velando las armas en la noche de san Juan. Quizá pensase que no ha de embotar la ciencia el fierro de la lanza.

España ya estaba dividida desde los altos tiempos medievales en abades santiaguistas y calatravos. Y don Glabro, noble portento, entró en Madrid con su pavés por la Puerta de Guadalajara esgrimiendo en su blasón mazos, sierpes, calderones, roeles, aguilas y penachos de las viejas casas solariegas, porque era la vera efigie de la alcurnia espejada en nombres de recia prosapia, gajos de la cepa de los Ceballos, los Mazón, los Pita, Velasco, Velarde, Quirós - de los que se dijo: “Antes de que Dios fuese Dios y el sol diera en los peñascos, los Quirós eran Quirós y los Velascos, Velascos”- junto con los Villavicencio o los Barreda. De sus runflantes escudos salieron donosos libros enmascarados de poesía social, tragedia de zaguán, entretenimiento de tinelo y de cuarto de estar. Bien se conoce que su padre era militar, porque se presentó a mi vista como soldado injerto en letrado, a sabiendas que en los forros franela de la vida y de la muerte no hay sino sarcasmo y lo plasma en su teatro cuajado de paregorías o lenitivos contra el dolor moral en el que al nacer se nos encajona. La prosa dialogada fluye como de una fuente virginal. Una novela, una tragedia, un mimo se gestan en los hontanares de la imaginación. Don Glabro manejaba una fina aguja para suturar los costurones de la existencia. Desde el primer acto concede su derrota y ello no merma interés a sus obras.
-Pero luego pasa el veneno por un atanor. Eso no vale. Es hacer trampa.
-Desde luego. Tripas mueven pies.
-No acucies, no exageres, ni disminuyas. Ciñete a la banda. Lo preciso, lo justo siempre.
-Alcése el telón, abrase el batiente del alaroz y entraremos todos en rampa.
-No me vengas con tus melancolía históricas y con tus palabras raras. Acaba ya de ascender todos los peldaños de una escalera.

Le gustaba entretenerse con entretalladuras y arabescos de la misma forma que a Unamuno le relajaban las pajaritas de papel.
-Ya están ahí los anglo-cabrones. No nos dejarán vivir, ni escribir, ni resollar. Traen su propia inquisición, sus cuadernos de campo, sus perros de presa. A Paco Alamina acabarán por expulsarlo de los verdes campos del edén. Le darán un finiquito con este lacónico pretexto: Bretaña no paga traidores.
- Se le vendrá abajo la contera del bastón.
-Arda su cachava. Vuelvase plomo la goma del regatón.
-Parece que la historia no parece sino una tele-pasión de amores nefandos. El bujarrón le es desleal con otro a su bardaje, éste se encanalla y he ahí que tenemos un crimen pasional. Uno añora, por ende, los claustros sosegados, el aire puro y los coros de los malvises y los jilgueros runflantes sobre la horcajadura de los robles, los campos mullidos de la montaña, el sel de cencida yerba, la llosa y la ería, lejos del ruido y los avatares de esta prosa malsana del periodismo canalla sufragado por las fuerzas oscuras de los que hacen bisojo a Satanás dormido a la vera de un magnolio y que se publican con una obsesión permanente, porque dicen que los lacayos de Satanás son de ideas fijas: la destrucción de España, mantener un estado de inquietud permanente.

Añora mi oído el meloso y cantarín acento astur, el de la praviana cadencia, que halaga las orejas y uno se pierde en sensaciones de recuerdos de efluvios de menta, manzanilla y retama, añora la cama de helechos en el monte para dormir la siesta, y a la sombra de un castaño hablar con la luna y las estrellas, mientras por los labios, que muerden una brizna de hierba, mana un aire del Presi, ese sí que cantaba, ese sí que era un tío, ensalzando sus amores en las cinco Polas, un estallido de unión mística con la España tramontada de nieblas y de vericuetos. Sólo podía cantar de esa manera quien había nacido en una casa cuartel de la Guardia Civil. La recia y poderosa garganta de aquel ruiseñor del país luchaba a fuerza de melodía contra los tentáculos de la fuerza oculta, el monstruo heterocéfalo, que esparce su veneno encendiendo hogueras dispersando fuegos; es ese que llaman el monstruo de la razón tan malvado como incongruente.
-Era hijo de un cabo primero de la Benemérita, don Sindo.
-Aquí no hay más cera que la arde. De gota serena nos ha amanecido. Que estos son los bueyes que habrá que llevar a la besana.
Aquellos personajes se habían escapado de un escenario que en verdad era una jaula escrita por Glabro Hariola y se perdían en sus circunloquios. Ante su propia desgracia eran españoles que se sentían espectadores dentro de su propio drama. Teatro dentro del teatro, se alegará. Cuando se cansaban de arreglar el mundo aquellos Rui, Nuño, Alda y Gumersinda se ponían en cuclillas y jugaban al herrón muy despreocupadamente intentando acertar con el aro de hierro buscando la vertical del hincón o corrían por entre los jaramagos organizando una partida de malla.

La boca de la rama tragaldabas o el orificio del gua eran la puerta de entrada a ese laberinto inhóspito de contumelias y de venganzas. Es de lo que vive esa gente barbara y errante.  Mientras tanto, en las apacibles vísperas de un domingo de primavera, al otro lado del pueblo donde los mozos se entretenían con una partida de chisto o de la rana, las mujeres a la salida del rosario hacían tertulia sentadas sobre tajuelas de madera de aliso y sillas de mimbre. A sus espaldas, en el centro de una corralada, subido a la cumbre de una barda un hermoso gallo con las plumas de almeza con franjas de oro y pavoneado por el centro, roja la cresta de orgullo y desafiando a la luz del sol que se hundía por occidente, en impertérrito gesto alectórico, entonaba Completas. Hay en esta ave triunfal algo litúrgico que habla de los giros estacionales, de los días que crecen y menguan entre raudales de luz ámbar del ocaso. Sus cantos describen la caída y la evolución de la ola.
-Ya fenece triste la raza heroica, don Glabro. Se secaron las frondas de antaño.
-Pues sí, ¡qué se le va a hacer!
De mañana escuchaba el recio cloquear de las almadreñas sobre los morrillos de la calle o las lajas de los portalones y eran los golpes de estos andares paisanos tan rimbombantes como el repique de los nobles apellidos. El mar estampaba sus bramidos contra los cantiles del arrecife y uno escuchaba en el aullar metafórico del viento subiendo y bajando por los riscos y por los valles la letanía de personajes de registro épico. Yo no sé vivir sino a la orilla de los cantares de gesta.
-Ven, Tagle. Acá, Velarde, el que la sierpe mató y con la infanta mató.
Hacían caso de mi llamada y presentaban armas en la antojana de mi casa asomada a los riscos. Se presentaban ante mi vista con la hermosura de la piedra de una colegiata, de estatura prócer, el yelmo y la loriga esgrimiendo la desenvainada adarga y a punto de proferir el grito de combate. Sant Yago  cierra España. Las mozas me tiraban ramos desde las donosas balconadas de macetas florecidas y las doveladas puertas de arquería se abrían francas para brindarme su hospitalidad.
-Es que, ¿sabe? Mi querencia solariega reside en esta franja tras los costillares y vertebras de esa conglomeración de montañas que separa el septentrión de la meseta. Lucho contra el endriago. Allí tenga yo mis manes.

Sus polos me atraen con los caballos de frisia que son los puertos con sus columnas envidadas, los lambrequines rozagantes de penachos al viento, noble catadura de la Castilla a la que sostienen sendos leones tenantes a guisa de columnas de Hércules. Arriba, el vértice del escapulario entado de la Virgen del Carmen. Allí los sinoples, azures, sables, gules, bureles, aspas, escusones, los veros y contraveros. Allí, las águilas, la nave, el árbol, el as de corazones. Fue donde engendré a todos mis hijos. Helen, la inglesa, es santanderina por los cuatro costados.
-Dejémonos de quimeras. No permitáis que la muerte ronde nuestras huellas.
Mi imaginación seguía encastillada en los suyo jugando al corro con las mejores espadas de la Reconquista, alternando con los Ceballos y con los Villa, los Daoíz y los Bustamante, monstruos todos del capitel historiado de una portada románica. Amé a Fronilde la dueña de mis pensamientos.
-Permitid, Dios Santo, Señor de lo visible y lo invisible, que la recia vid de mi parra hunda sus serpas en los contrafuertes de la abadía donde cantarán maitines hasta la eternidad un coro inmortal de monjes:
Te besó el agua
el pie excelso;
hízose la ola médano
en el tibio regazo de la duna.
Eres querencia de valvas
que encuentro de atardecer
en esta playa convertida
en cantadero de sirenas.
Tesoro escondido.
Eres la espuma de juguetona onda fragmentaria,
festón de espuma
de ola que vino hacia mí
y un día me besó gozosa.
Luego murió en la arena.
Triunfante el carcaj sonoro
del carro de tu nombre
todas las estrellas de esta noche
se llamarán Suzanne
mecidas en la marea de tu luz,

Artedo vivo. 
 
Vísperas de mucho, vísperas de nada. Proelium. Languidecerás entre libros leyendo a los poetas muertos y escogiendo flores de crisantemos. Aquí, siempre los mismos. Los vencidos se erigieron en vencedores desde un primer momento. El exilio, me dirás. Y venga ostracismo para los de adentro. A los demiurgos se les alargaba la nariz de tanta mentira. Fueron derrotados pero triunfaron en las lides propagandísticas hasta dar con todos nosotros en el espanto del osario del olvido. Se llamaban Fieldmanner o Jacobs y vinieron con los batallones de la Lincoln. En Brunete y en el Ebro les dimos palpelo pero como se inventaron a Faulkner y a Hemingway gracias a ellos nos hemos enterado de lo que cuestan los peines, amigo, cátale ahí.
De abyección nos toca a diario parte alícuota. Las plañideras cantan el oficio perpetuo de la recordación. Tienen mejor voz estas Euménides, Sr. Glabro que sus coristas, o, al menos, son de porte más sañudo. Nos ha salido a todos un grano y ese grano se volverá rezón, a ver si me entiendes.
Nunca pudo este escritor consumar su deseo que con el paso de los días se trocaría en suprema aspiración de trepar por todo lo alto del husillo y encaramarse a la escalera de caracol.  El tiro de esta pendiente nos llevará al laberinto de Creta.
Era un iniciado en la sabiduría tártrica y le gustaba hacer solitarios de baraja embutido en la bata de su albornoz. Y todo aquello fue el predicado de un genitivo que nos envuelve como un sudario. El maestro Glabro Hariola se inventó sus propios sueños y en todos ellos, hasta en los más dispersos, creía. Luego quedaría todo aquella en agua de borrajas con el advenimiento del desencanto.

Aquel estado de cosas fue el genitivo instante que ha parido todo esto que nos envuelve como un sudario, porque ha habido gentes de las letras a las que la democracia tan chismosa, propalada, de la España obsesa, nos ha caído como una mortaja. ¿Era esta la mortal camisa de fuerza que me agarrotaría de pies y manos, el alcahaz o conejera donde me meterían en la cija mis enemigos, sepultura para vivos que me auguró  en aquella entrevista de una tórrida tarde de agosto el maestro, que ahora está de cuerpo presente hace muchos años?
Me llegan los aires de la vida y el canto de los mirlos del jardín central a través de un tragaluz, precisamente ese ojo de buey que él eligió como símbolo para personificar el exilio interior. Apartado de la vorágine de pasiones políticas, tan virulentas y viscerales, haciendome pasar por loco o eremita, me libro del quemadero, porque cerca de donde yo vivo discurre ignífero la corriente fluvial del Flagetón, río de los espacios infernales, que no mana agua, sólo llamas. Hay que ir con pies de plomo, y ojos de Argos. No desearía ser yesca en sus manos inicuas.
Por aquel tiempo, la única estrella que rutilaba en nuestro teatro era la de este genio como apocado y con sempiterno dolor de estómago. Hasta con un segundo Lope lo comparaban. Era el nuevo fénix de los ingenios al que en novela don Équus -así lo llamaban por haber entrado en el espacio vedado de la narrativa como un elefante en una cacharrería- no le hacía mucha sombra con su famoso “Avispero”. Destilaba humor negro. Aquella escena de la viuda que se entrega a su querido detrás de las tapias del cementerio al poco de dar tierra a su difunto quedó como un poco fuerte, pero la censura la dejó pasar en vista de las prendas morales del personaje, un buen candidato al garrote vil. Muy tremendista pero el gusto del populacho finca por esos predios. Los jóvenes de la primavera del 2000 se pasan las horas muertas encandecidas por el morbo del “Gran Hermano”.

En filosofía asistíamos a la conferencias de don Publio Cencerro, un señor de Valladolid que había sido pasante en la cátedra de Ortega, muy redicho, amigo de Israel y de los americanos. Pero sus charlas con lenguaje críptico aburrían a los muertos, porque el mentado profesor Cencerro se explayaba por los paraninfos sobre cosas tan obtusas como el “ser en sí, más allá de”.
Los krausistas, amen de insensatos, no supieron traducir el alemán. Ya lo dejó dicho Clarín, el simpar crítico ovetense con pluma docta y alborozado gracejo. A los filósofos españoles cuando se ponen a imitar a Kant no hay por donde cogerlos. Detrás de tanto bombo y platillo se alza el peto ampara mediocres.
Un rayo de sol entró por el tragaluz y don Glabro también arremete contra esos filósofos subidos a un guindo. Su traza era un tanto existencialista, pero un existencialismo puesto a secar en Móstoles sin valquirias ni cerveza, huevos fritos al ajo arriero y una jícara de morapio peleón.
Al “Avispero” de Équus- y no le viene mal el nombre porque es de jeta alargada y caballuna- ofrece un panorama tremendista y cachondo, de abejas que se desparraman por un agujero negro de sordidez edulcorada con cierta cadencia de estilo musical que rasga las cuerdas sinfónicas de un idioma con nueve siglos de hacer a sus espaldas.
Cuando al autor le da por brescarlas alguna vez, haciendo que salgan afuera los zánganos, va listo.
 

Yo nunca olvidaré el heroísmo del bueno de Hariola sometiendose al bombardeo de preguntas de un entrevistador novel en un mediodía de canícula. Eso tiene bastante mérito, las cosas como son: franquearse así con un caloyo de la escritura recién llegado de Londres, anglófilo hasta cierto punto, pero al que perdieron los garitos de Madrid, y que lápiz y cámara fotográfica en ristre interviuvaba a todo lo que se movía. Tuve siempre un instinto de cazador, pero, probado el morbo de las imprentas, como el plomo de las balas o el olor a sangre de los parapetos, ya no te desenganchas fácilmente. colgado como estaba por este oficio noble ahora convertido en comidilla de lupanar de lujo, donde afrechan cerdos de la envergadura del Casquiñas-Camuñas, tú me camelas, y de la rubia horrible, yo amaba y concebía mi profesión como una alberca de ideas donde se ensayan nuevas formas de convivencia y de bien común. Un buen informador ha de parecerse a san Cristóbal el que lleva el atlas a los hombros.
Era mucho pedir y no tardó en llegar Paco con la rebaja. La democracia no nos quiere libres como Dios nos crió sino algo alquitarados, morbosos, perros de presa de su rehala, pero no muy leídos y con pocos libros. Las ruedas del carro de la Historia se pusieron de pino. El mundo dejó de girar y las estrellas se quedaron fijas dentro de una urna matriz.
Poco a poco comenzó el legrado de memoria, mientras a las dueñas se las cerró la vulva, menudas pájaras.
A Cafrune, el pobre, al que derribaron de su cabalgadura. ¿Fue accidente o acto premeditado? Recuerdo su oronda humanidad y su pelo recio, el rostro barbudo invitandome en el camerino del María Guerrero a tomar mate. 
 

El maestro Hariola se inventó sus propios sueños; en todos ellos creía. Luego se desharía todo en agua de cerrajas con el advenimiento del desencanto. Las Mamariantes - ay sí-, las vírgenes de las selvas pasaron de largo sin venir a nuestro encuentro. Mirábamos para las golondrinas con su vuelo rasgado de alas que tiemblan al quiebro. Ya ha llovido. Pitas, pitas, dejarlas pasar. Ten calma. Los pájaros de aquellas primaveras se fueron, pero han dejado colgados de los nidos vacíos una breza de sueños. La nieve cubre nuestras sienes  doradas por el sol de antaño. Se escucha el clamor de los aristarcos y catones, precisamente los que trajeron este caos coronado, realizando el trasvase del movimiento a la movida, gritando enfurecidos:
-No es esto. No es esto.
Yo he visto algunas tardes mientras me asomo al balcón de nuestra casa de Arguelles -ominoso presagio- levantar por encima del cuadrante del reloj del edificio de Telefónica la Hidra de Lezna. Los farautes del sistema muestran encanallados sus puños contra el automedonte invisible, mientras el papa allá en Roma se dedica a bendecir a las hordas de los nuevos hunos que nos invaden. Más que cardona sabe ese polaco.
-Sacadme de este avispero, cojones, - exclamo agarrotadas las cuerdas vocales por fiebres y pavuras- que yo me quiero ir, que no participo.
Entonces va una de las pupilas del Tele Sarao, que trabaja en el Canal de los Prostíbulos, la rubia de bote de la voz ronca, la que “entrevista”, la cara dura de fango, los desamores de la Hija del Espada con el Danzante, y me dice mientras mete espuela a la cola de la hidra:
-¡Que te lo crees tú eso! Ya no te podrás largar. Vuelvéte jigote dentro del fanal. Te hemos encerrado para siempre bajo la tapa de un tarro. Pudrete entre tus tomos, lleno de reconcomios.
Tengo los huesos molidos y sin andar ni un hectómetro me duelen a reventar los tobillos. El albarelo al que me destinaron los dioses era una jaula de oro, repleta de libros, con confortables sillones, varias maquinas de escribir, mi chibalete electrónico, sueño de todo escritor, aparatos de alta fidelidad, un verdadero Helicón, templo de las musas, pero arriba una claraboya por cuyo montante entraba una luz escasa.
-De reconcomios-repuse- carezco, guapa. Yo sólo tengo sueños. Los que ustedes me tronzaron.

-Soy periodista. Yo tengo mi carrera- me reconvino la rubia con toda la cólera de la que es capaz una española mientra corta trajes al alimón con otras remienda-virgos de su calaña: el ínclito Casquiñas- Camuñas, maricón perdido, el poeta hondo con sus ojos negros y el pelo atado atrás en cola de cerdo, su bardaje, haciendo pareja de bujarrones en comandita con una tortillera y la comadre con cara de furcia, la esposa infiel de un amigo mío, el columnista que se perdió por un ataque de celos “Yo tengo mi carrera de periodismo, soy una profesional” alegaba la muy puta. ¿Profesional de qué? Ah, ya. Pues ya me entiendes.
-¿Qué carrera? ¿La del galgo, hija? Ja. Ja. Ja.
Me dieron ganas cuando soltó tales despropósitos mi colega, que ofenden mi deontología, de liarme a cantazos, quebrar sus tarros, empezar a tiro limpio, pero comprendí mi decisión ser del todo inane, porque el Consenso había propiciado ese cúmulo de fórmulas irrevocables. Sería, pensé, como escupir al cielo y empaparte de tus propios gargajos. Dejemos que la rubia y sus comparsas del tribunal vergonzante sea ministra de su propio canto, lluvia dorada que cae sobre el infierno. El búcaro es frágil. España se irá a la mierda. Pero no por culpa mía, desde luego. Os lo vengo anunciando.
 
En resolución, don Glabro Hariola llevaba más razón que un santo por lo que ha optado por morirse, más que a causa de la enfermedad que minaba su organismo, de aburrimiento. Aquellos tiempos de los que tanto se quejan los que andan subidos al carro (a los españoles nos gusta dar coces contra nuestra sombra y de esa manera aborreciendo el pasado convertimos el presente en un infierno) fueron el doble de éticos. Ya se sabía de antemano donde estaba cada cual y del pie que cojeara, pero había un pacto de silencio que pretendía sellar las viejas heridas mediante el ungüento del olvido.

A Hariola, como era de los otros, de los que perdieron, se le dejaba hacer. Estrenaba y publicaba cuanto quería. No se puede decir lo mismo de los vencidos cuando tuvieron otra vez la sartén por el mango. Nos atizaron a todos revancha. Versos disparados desde los nidos de las ametralladoras vencidos. Ráfagas de versos de García Lorca, Machado y Alberti por un tubo, cojones.
El mundo, ya digo, se mueve a velocidad de vértigo; las estrellas quedan fijas. Aquel verano yo escribía como un descosido revistas y reportajes. Mis hombres buenos fueron Cafrune, el guitarrista argentino, al que sus enemigos hicieron “desaparecer” cuando iba en mula camino de Buenos Aires; el pobre Álvaro de la Iglesia, Evaristo Acevedo, las ruinas de Numancia. Hasta conseguí entrevistarme con un espíritu puro, puesto que fui a ver la tumba donde se guarda el cuerpo incorrupto de sor María de Ágreda. Así como otros personajes y cosas de actualidad en aquel verano crucial de 72, a los que coloqué delante del objetivo de mi cámara “Pentax”, adquirida a plazos y por el precio de cien libras a un óptico de York llamado Dixon.  Cuanto tenía de inexperiencia y de mermas en el conocimiento trataba de compensarlo con audacia, un ardor sin límites y una vocación aquilatada. Nada se me ponía por delante.  No dejo de reconocer que metí muchas veces la pata, pero los años venían buenos y los pobres nunca tuvimos la suerte de sentirnos tan libres.
La cara de espátula de aquel autor que vivía en un cuarto alquilado del Barrio Salamanca, y que andaba algo delicado del estómago, me hizo concebir vanas esperanzas sobre la posibilidad de que a lo mejor cualquier día era posible la reconciliación entre españoles.

No era más que una presunción poco antes de volver a reinar los Borbones, aquella dinastía extranjera, que puso a muchos españoles en la calle. Fue el regreso de los quitate tú que me pongo yo. Se hizo en silencio sangre pero sin sangre aparentemente el traspaso de poderes. Trocamos las conquistas y mejoras sociales por los contratos temporales. El trabajo se volvió precario.
A la inestabilidad en el empleo se unió el reconcomio a domicilio, la comunicación interactiva, la vida en titulares de las primera páginas, el hombre anuncio, la exaltación del estribillo y los lemas comerciales. Tenemos una ahitera de datos y, sin embargo, estamos pez en ese arte fundamental de llevarnos bien unos a otros. Los cuartos de estar son caudriláteros de boxeo, cuando no campos de batalla. Mientras las voces electrónicas garlan a través del cazadero de imágenes, perecen familias enteras de enojo, frustración y reconcomios que terminan en tragedia. Brutales casos de mujeres apaleadas, historias cotidianas de violaciones y de cuernos:
-La maté porque era mía ¿no me comprendes?
-Este es el mundo feliz que os anunciaron.  Es el sistema que habéis escogido.
-Que nos han impuesto, dirás. Esto es el tragala de llevarse todos a matar.
Las feministas desde sus gineceos encaramados coreaban cada víctima:
-Y van cien... Y van doscientas.
Y así sucesivamente.
 
A mí este señor que acaba de morirse en lo que me hacía pensar era en la igualdad de oportunidades. Escribía un teatro para pensar, apto para llevar a esa novia que luego nos salió rana a los estrenos.
-¿Y esa luz, señorito?

En una de ellas el personaje central se entretiene ocupando sus ocios con papiroflexia. Se estaba quedando ciego pero su obsesión era el ventano justo encima de la mesa camilla. Esperaba ver la luz de los suyos, pero los suyos nunca vendrían. El viejo hacía pajaritas de papel o solitarios. Por la lucerna que daba a la acera de la calle columbraba el ir y venir de un bosque de piernas. Recordaba sus días mejores.
El haz de rayos que iluminaba el montante del vano se fue extinguiendo poco a poco a la vez que descendía el telón; simbolizaba esta oclusión la fugacidad de las cosas. La existencia humano es un espectáculo con muchos entreactos, un drama sin argumento en el que no hay más que una sola representación. Ahora comprendo por qué Hariola era un trágico. El hombre del albornoz que hacía solitarios y pajaritas de papel junto al brasero se queda tieso junto al brasero. Al revolver la badila se alborotó el cisco y el mismo tufo acabó con la vida del héroe. Muerte infausta.
A Llana Glorianter, mi novia, a la que llamaban “ Marga Colodra Ésula, le gustó bastante la obra. Recuerdo el óvalo perfecto de su rostro aquella tarde del 68 iluminando la sala de un teatro oblongo cuando cayó el telón. El escenario era azul. Marga se había presentado tan elegante con un traje de chaqueta. Era una santanderina esbelta. Todo un figurín. Salimos un par de veces, pero lo más importante fueron las cartas y los poemas que le escribí. Fue mi musa primera y ya de antemano yo presentía que sería un amor imposible. La sola visión de su rostro me turbaba y me enardecía. Ahora me parece todo aquello una estupidez. La sombra del gnomon de aquel reloj de sol se ha quedado herrumbroso como la aguja estilográfica que computaba el paso de las épocas.
No comprendo al destino ni por qué el primer amor pudo ser tan desesperadamente violento. Alguna tara que debo yo de arrastrar de infancia. Ciertos complejos como por ejemplo el aborrecimiento hacia mi persona que empezó a fraguarse ya en el claustro materno, origen de todas mis misoginias. Ella, la madre, nunca me quiso y en venganza yo tampoco pude querer a nadie. Presentarme ante una mujer me daba pavor al tiempo que me sentía poderosamente atraído por el sexo.

Una vez la llevé al baile de parejas después de un banquete de promiscuación y Llana Glorianter Marga Colodra Ésula me miró con ojos aterrados de ternerita:
-¿Que hacemos aquí? Vayámonos.
-¿No te gusta la verbena?
Le asustaba la ramplonería. Era una mujer exquisita. Se los dije a mis amigos. Jacinto Regleta me preguntó:
-¿No te se da bien?
-No. Es que estoy enamorado.
-Tú ataca, Sindo. No seas primavera. A la mujeres en el fondo lo que les gusta es que las metan mano.
Seguía, sin embargo, subido a mi guindo particular tiznado de visiones idealistas perdido en el bosque de la literatura suspirando a medio gas entre la poesía de Bécquer y las ménsulas de piedra que traían gárgolas pintadas y damas medievales con cara de monjas tocadas del flameo que realzaba su perfil. Me sentía feudatario de un cúmulo de creencias provenidas del acervo literario. La dama de mis pensamientos habría de ser dulcinea, un ser intangible e inalcanzable. Angélico amor cortés, que categorizan los psicólogos como un resabio de pasiones epicenas en el cruce de caminos entre la infancia y la adolescencia.
Producto de tres culturas, como muchos de mis compatriotas, viviría de por vida aquejado por esa dicotomía espiritual o mestizaje que hace de nosotros seres complicados, cuando no abstrusos. Somos moros, cristianos y judíos, de acuerdo, pero ¿qué somos? El poema épico de la tierra de Álvar González parece querer responder:
“Van días y vienen días./ Por la fiesta de san Juan/en que moros y cristianos/hacen gran solemnidad/ los moros esparcen juncias/ los cristianos arrayán/ y los judíos aneas / por la fiesta más honrar.”

Es decir, que vivimos con una mezcla vegetal en el cuerpo de juncias, aneas y arrayán. De la cinta al pretal somos una mezcolanza irreconciliable. Ni yo mismo me entiendo. Me duele España.
La Odygitria guíe el camino a los patojos como yo, que soy un escribidor enfermo, escribo en el mismo libro, porque mi vida no es más que un acto de recordación del niño que fui y de los amores que me asaltaron antes de cumplir mi primer cuarto de siglo. A esa corraliza a la que conduce mi añoranza camino a trompicones por el camino seguido de juntar palabras y hacer su enjarje en las bóvedas de la imaginación bañandolas de azogue, luego fulgen los espejos, sólo hay espacio; el tiempo está de sobra.
De las ojivas se produce una precipitación del cielo en caída libre. Eso es la poesía, una lluvia del cielo.

Llana Glorianter “La Colodra” fue mi primer amor, la mujer fatal que me destruyó y me puso a su vez en movimiento. Creo que jugaba conmigo, que se reía de mí. Me llamaba no sé si cariñosamente o a refitoleo su Muharra. Pese a su cognomen, que evocaba tardes de siega y alborozos aldeanos, pues qué es  la colodra sino una zapico con el que se afila el dalle en un acto que recuerda las notas del diapasón sinfónico en las tardes de primavera allá en el norte, era una Melisa de labios de rubí que irrumpió en mi vida como una aparición, pero esgrimía una guadaña en su mano diestra. Una centella que de pronto rasgó la oscuridad en la que estaba sumido. La hice mi Cava Florinda. Desde que la vi me he vuelto monocorde y el epímone de sus palabras se ha convertido en referencia constante de mi hecho literario, si es que aquí puede haber alguno. ¿Cómo podré yo escribir después de haberte contemplado? El arte no es sino pálido reflejo de tu hermosura. He aquí que aspirando a residencias angélicas me he convertido en moharracho de todo lo que mi obra representa. He acabado mal al convertirme en caricatura de mí mismo.
 
A mí este señor que acaba de morirse en lo que me hacía creer era en la igualdad de oportunidades, en un teatro para pensar que dignificaba al hombre, muy lejos de la basura como espectáculo y las groserías interactivas del Gran Sobrestante preconizado por Orwell en su obra Animales en la Granja. El sueño sobre una sociedad manipulada ha rebasado la realidad y no es precisamente un sistema comunista en el que vivimos sino capitalismo puro y duro. Ese super cofrade o gran hermano no sería sino el capataz o porquero de la idiotez de un establo.
Era un teatro apto para hacerse ver y llevar a la novia a los estrenos.
-¿Qué es esa luz, señorito?
Un viejo arropado en su albornoz se interrogaba a sí mismo sobre el sentido de la existencia mientras tajaba una baraja pringosa. Estaba sólo aguardando a la muerte. Ocupado en su abúlico menester pasaba la tarde de fiesta, mientras a la luz de la lucerna del sotabanco en el que se desarrolla el drama observa el bullir de un bosque de piernas que vienen y van y que no son sino el tráfago del mundo. Recordaba el pobre anciano tiempos mejores.
La faz lumínica se vuelve cadavérica. Se hace de noche en la calle, cesa el movimiento. El protagonista inclina la cabeza sobre la mesa camilla y muere al amor del brasero. Cae el telón.
-¿Te ha gustado la obra, Colodra?
-Mucho, pero la encuentro un poco triste ¿no?
 

Tus ojos eran grandes, airosos los andares, el óvalo facial, un círculo de perfección. Te vi por vez primera y el carro de la vida volcó de repente.  Estaba delante de una diosa. Después de aquello, pasados tantos años, creo que no fuiste una mujer de carne y hueso, sino un fantasma. Dejame los apuntes, me espetaste a bocajarro en la clase de historia. La bruma del norte con toda la poesía soñada des esteros, acantilados y de olas, de prados verdes y una casa en las montanas, se me vino encima. Sobre mi cabeza se abatieron cientos de estrellas fijas.
Me sentí como un diestro que recibe arrodillado a su enemigo-toro del triunfo o de la muerte- arrodillado ante chiqueros a puerta gayola.
Yo era bastante poca cosa. Arrojo tenía y un tesón a prueba de bomba que alzaba la cabeza sobre el vértice de la onda para contrarrestar mi voluntad enfermizo. Los psiquiatras luego me explicaron la secreta razón de aquella tendencia hacia ti; supuso la reacción a mis muchos complejos. Yo a mí mismo no me gustaba. Tampoco estaba seguro de nada. Siempre esa falta de determinación. Siempre descolocado. A trasmano, a deshora.
Una mujer no es una arracada de oro y brillantes ni una escalera para trepar a lo alto, pero nos enseñaron a idealizaros. Los pedestales cayeron derribados por falta de dominio. Mi mente retorcida no te merecía. Fuiste la primera víctima de mis traumas, un conejo de Indias de este funesto complejo de Edipo que azota y desgarra mis índoles. Galerías soterrañas que desembocan en malas salidas.  Con todo y eso, no me enzarcé en el charco del barro ni de la sangre merced a un valimiento especial que Melisa Darlington, la verdadera que no tuvo nada de espejismo, que decía que siempre caigo de pie, lo atribuía a mi buena estrella.

No sé siquiera ni cómo estoy vivo. ¿Por qué no habré acabado yo en la cárcel o dando de puñaladas a un tío habiendo  pingado sobre el abismo? Me ha gustado rozar de vez en cuando el filo de la navaja. Seguramente esa predisposición a la ceguera estribe en la formación católica y lírica que nos dieran. Pardiez que hice el canelo. Ahora el hervor de los antiguos pecados no puede por menos de dejar un poso en el cual me regosto de melancolía. Aquella manzana fresca de las pomaradas del norte había saltado a mi titubeante existencia con una magia de xana, los volantines de un culiebre, la frescura de un bosque umbrío, los oteros y recuestos del valle al que me encaminaba, porque uno no es más que un peregrino dando tumbos. Sin embargo, luego analizas y ves que la fortuna no es del todo ciega, que hay un orden congruo. En tu nerviosismo, en el desencanto de tus ojos, en los rechazos múltiples y en los cientos de cartas que me escribiste y que en un arranque de cólera quemé nada más regresar a un sotabanco de alquiler que tenía alquilado en Paddington, cuando me diste calabazas a la puerta de la iglesia, estaba ya prefijada esa ruta. El amor es lo que más se parece a la literatura. Es uno y múltiple. Son voces que se transfunden y variadas las caras y los cuerpos que abrazamos cuando creemos poseer a uno. Mirando hacia atrás contemplo todo aquel desastre que hizo que me encarrilara por la senda y me convenzo que de nuestras imperfecciones lía la paciencia divina una cierta perfección, congruencia irrevocable. Tu imagen viene reflejada sobre un fondo de hortensias las que tengo yo en mi huerta de la encartación maravillosa, bendito sea Dios. Lo demás son gestos y retahílas. Sólo los que hemos conocido el amor hermoso seremos capaces de decirlo. No te vi como un ser humano sino como la encarnación de una irrealidad legendaria, continuación de innúmeras lecturas de mis autores preferidos. Desde ese punto de vista yo sea un fantasma, pero una sombra con bocas y diente, una lengua viperina y puños hercúleos. Las relaciones platónicas suelen acabar en la comisaría. Todavía me duele aquel espanto de una bella noche calmada de septiembre. De nada me servisteis, Clarín, Palacio Valdés, Pereda,  P. Lujín y Pérez de Ayala. Leíste demasiados libros y hete aquí que se te ha secado el cerebro.

-No sé si los tengo completas, pero, por si acaso, pregunta a alguna de las “vascas”- te dije
Las “vascas” era un grupo que se sentaba en los primeros bancos. No perdían ripio. Eran muy inteligentes y esforzadas, hijas o parientas de significados personajes del p.n.v. apenas se relacionaban con el resto de la clase a las que miraban por encima del hombro, por lo visto tenían un factor erre hache más decantado y purísimo que los demás (sepas, sin embargo, que toda sangre es colorada hidalguillo) los cabellos muy morenos, los ojos grandes y con rasgos faciales muy acusados.  Se comunicaban entre sí en euskera, aunque a veces  chapurreaban el inglés como praxis. Listas como ellas solas y ávidas de sobresalientes, pero antipáticas y separatistas.

Hice mucho el tonto a lo largo de mis días, pero aquella vez, cuando por primera vez escuché tu voz  cantarina y me encendí como la grana a tus ojos debí de parecer como consumado majadero. Aquel encuentro fue en la clase de Historia. Un profesor canario, tan elocuente como bien parecido - hasta creo que tuvo más de un lío con varias niñas pese a la diferencia de edad- hablaba sobre los indios agotes. Comenzó a latirme el corazón tan fuerte que amenazaba con salirseme del regazo. Ardían las lámparas fúnebres de noviembre  y yo esperaba tu llegada a clase siempre tarde, espiaba con el rabillo del ojo tus gestos. ¿Qué haces ahí, doctrino, mirando para ella con ojos de carnero degollado? Los cielos cinerarios de Moncloa ponían colofón a un verano de idas y venidas en seiscientos, de lecturas al borde del agua, cartas y postales enviadas a los compañeros de curso. Desengañate, tienes un problema de relacionarte con la gente, pero no eres tonto, no; en el amor siempre te han gustado las mejores. Ahora quieres zamparte ese bombón, todo un figurín, una hija de familia. Su hermana es modelo y tendrá una sobrina que andando el tiempo se convertirá en una de las top más cotizadas de la catasta. Hombre de Dios, apuntas demasiado alto, mucho arroz para un pollo. Yo no quiero comerme ese bombón, quiero casarme con ella, tener hijos, formar una familia. Ser feliz. No me vengas con monsergas. Todos los platónicos sois unos cursis. Os enamoráis de Dulcinea y acabáis cepillándoos a una chacha en un baile de candil. Amén de ilusos, hipócritas; ¡oh, la condición humana no tiene remedio! Baja el diapasón, hijo mío. Ese ángel vuela muy alto y, amén de todo eso, no será para ti.
El héroe del campeonato mundial que ganó Inglaterra tuvo un nombre Uve Seller. Su nombre quedó grabado en letras de oro para los anales futbolísticos junto con el de Banks, Ratín, Maza (le pegué un poco fuerte, che, no más; pero, Jesús que patadón, lo expulsaron) y Nobby Stiles bailando por la cencida yerba de Wembley con la copa a cuestas mostrando para millones de espectadores su sonrisa desdentada de bufón de la acometividad. El fútbol, la nueva religión de las masas, transmitido en vivo y en directo por la televisión planetaria, incentivo de las honras patrias. No habían hecho acto de aparición los gamberros motilones de cara pintada enarbolando la bandera británica, ahítos de cerveza en jarras, y bocazas. No había surgido todavía la cintura poderosa de Zidane sentando defensas en el área, ni la escuadra azul de los italianos, como una partida de hijos de Aplolo en descenso del Olimpo, se mancornaba uncidos por el brazo, mientras sonaba el himno de Garibaldi por la megafonía del estadio de Rotterdam. Aquel 66 el fútbol no toleraba mariconadas. Era todo virilidad y goles de cabeza, tiros a puerta desde medio campo a los Bobby Charlton. Y todo aquello ya pasó. ¿Dónde están los héroes ya desvanecidos ?

Volvíamos muy ilusionados para empezar un nuevo curso. Las estrellas del futuro empezaban a parpadear para algunos de nosotros señalando una parte del camino, la otra quedaría para siempre a oscuras. Privilegiados hubo que se permitían el lujo de acudir a las clases en seiscientos o en cuatro- cuatro poniendo al personal con dientes largos. Sería desde entonces de imperiosa necesidad motorizarnos. Faltaban aún treinta y cuatro años para que Alfonso, un guripa que saltó los parapetos de la fiel infantería que por saber morir sabrá vencer, marcó aquel histórico a Yugoslavia en el postrer minuto. Una pica en Flandes, un milagro que sabe hacer España cuando las cosas se tuercen y nos jugamos la fortuna a cara de perro. Estaban las sabuesas ladrando desde lo alto de las barandillas.
 
Estoy loco, eh. No di la talla. Ya entonces observé en mi conducta rarezas como tendencia a la soledad. Me gustaban las tardes de domingo pasadas en mi cuarto escuchando las retransmisiones deportivas, escribiendo poemas a La Glorianter y acariciando la idea de poder algún día invitarla a salir. Esa sed de amar a los veintidós años trataba de encauzarlos hacia un enamoramiento sin ton ni son.  Sabría luego de primera mano que otros noviazgos iniciados en las aulas acabarían mal.

Evoco ahora la hermosura de aquel otoño: las aleyas de la Universitaria, con sus edificios rectángulos de ladrillo rojo, surgidos sobre los plintos de trincheras y casamatas, vestigio de los combates de la guerra civil. Eran bellas las arboledas con sus chopos y castaños de Indias, algún magnolio en las rinconeras. Pero era en especial bello el entusiasmo. El culto a la belleza plasmado en las catedrales góticas, las naves vacías, el susurrar de cantata del órgano, la tristeza de los rosarios rezados con voz sibilante y el canto de vísperas nos revertía a la Edad de Oro, a Garcilaso, a Fray Luis. Aquella ciencia y aquella cultura nos parecía algo esplendoroso, sin embargo, no era más que el canto del cisne. Estábamos viviendo sus postreros días. El pobre Petassus Bigorra, mi profesor de Latín. subido en la gran tarima, la calva nevada de tiza y aquel traje gris que no se cambiaba en todo el curso, y que con tanto denuedo explicaba las raigambres indoeuropeas del latín desconocía que aquellas maravillosas lecciones en las que se rozaba una especie de inspiración sublime, así pasasen diez años, acabarían junto con sus libros elocuentes y magistrales de los que ya nadie habla, pignoradas en la venta al rátigo y al menudeo en la Cuesta de Moyano. La madre del cordero estuvo al hacer la misma Iglesia el haraquiri descastandose de sus orígenes con el aborrecimiento de la lengua de Virgilio. Las monadas kantianas han acabado en letra muerta entre el plomo de los antiguos chibaletes. Señor cuanto ha cambiado todo y qué cambio más maravilloso.
Por el Parque del Oeste Madrid se amagaba a unos horizontes en los que se barrunta la presencia del jabalí. Paisajes de égloga, de encinares, tamizados por el perfil de la sierra celado de verde oscuro. Arriba, los cielos hialinos. Nuestras promociones se destacaron por la singularidad de que los pobres llegaban por primera vez a la universidad. Poetas enfrentados a lechuzas, impotencia y locura, clases pasivas y opositores de por vida, pero en todo instante la sed de saber. Fuimos la generación del canto y la palabra, cotarro de advenedizos, la lava de un volcán.
Pasé por fin a la Glorianter mis apuntes. Cuando me los devolvió al cabo de siete días, me armé de valor y le pedí que saliera conmigo:
-Tengo que estudiar. Los exámenes se acercan.

Estaba enamorado perdido y me declaré. Mientras yo más enamorado que un ternero estallaba en explosiones de elocuencia erótica, la dueña de mis pensamientos mascaba chicle como una descosida. Ni puto caso. Era de esa damiselas que saben elegir pareja con regla de cálculo. ¿Y qué? Ahora no se lo reprocho; todo en esta vida escálculo. No embargante lo cual, me dio las señas de su casa en Santillana del Mar y la abrumé de correspondencia. Cartas me fueron venidas. Cartas iban y cartas llegaban. Glandífera cosecha de mis extravagancias. Hay una fuerza memorialista en mí. Comunicaciones a la Glorianter y a Melisa Darlington, pero esa es otra historia cuyos lejanos reflejos del espejo aquel que dejé a la orilla del camino me arponean todavía. Contra lo que hubiera podido conjeturar no encontré disfavor. No la enamoré yo, perdió su albedrío en mi escritura. Aquellas epístolas largas que le remití desde todos los lugares adonde clavaba mis pobres huesos, ora desde el foso de los leones que es Madrid, ora desde Paris donde iba a trabajar todos los veranos, o desde Londres al que me encaminé para aprender mi inglés y tener las primeras experiencias amorosas, no parecían desagradarla.
-Escribes muy bien, pero tienes la cabeza a pájaros. Me pides relaciones, pero yo no estoy madura.
Era precisamente su inseguridad y aquel tenerme en vilo deshojando la margarita lo que me volvía loco. Pero fui malo, Señor. Pecador y egoísta.
 
 
No era una mujer de la que yo me hubiera prendado sino todo un sistema de ajaracas en el empino de mi bóveda mental. Soy el producto de los prejuicios mentales de mis antepasados. Complicados arabescos. No pocos alifafes. Había caído en las redes de todo un proyecto de vida otorgado desde las cumbres de un paisaje al otro lado de los cerros que la aquistaba la benignidad azarosa de unos dioses habitantes de las montañas hespéridas. Era de esta forma me daba su hospedaje.

Al salirme al encuentro aquella moza cántabra pude comprobar que tendría que realizar no pocas renunciaciones. Los mares y las cumbres de Artedo se cimbraban en su talle y su voz de sirena, miel a los oídos, me susurraba un mensaje que siempre me abarcaría como una presencia sonoro de un más allá telúrico. Mis manes estaban en otra parte.  No tenía, pues, delante a una mujer ni a una compañera de aula, sino a un concepto variante; era otra forma de sentir e interpretar la grandeza de España. Mi alma se puso en camino y vagaba ya hacia aquella provincia de espuma y de manzanos, remanso de sueños y de consejas narradas junto a la lumbre. Llares, trébedes, morillos y el chisporroteo de un leño en el llar.
Para sobrevivir hemos de sentirnos fascinados alguna vez por un cuento de viejas.

No obstante, la ruta estaba marcada por innumerables obstáculos, desafectos, malquerencias. Estaban a punto de regresar del infierno nuestros dioses domésticos con su escolta de mujeres falsas, eruditos de aluvión y literatos de acarreo, que por mis predios fue la gente a su avío y es mal que bien inadvertida. Mis amores en general fueron uvas hebenes de las que nunca se hacen pasas. Por dinero baila el perro. Y virginidades y libertades se aquistan y profanan con doblones. Río yo de tus decantadas fraternidades y ojito con la familia cristiana que se ha vuelto deplorable manada de lobos odiándose hasta las cachas, cazadero de apólogos en el cuarto de estar, besugos sin sustancia. He aquí que viene una nueva imago mundi. Nos fallan los gastados estereotipos de antaño. Esto es un duerno para dar el afrecho a los cerdos, recordar a Orwell y su Animal Farm, la mujer infidel y las hijas al retortero, el chico, respondón y maleante, ese es el paradigmático futuro que las multinacionales nos pretenden vender a crédito. Acudid a venerar la estatua de Mercurio que nos almonedea a crédito y al interés compuesto. Unos se la cogen con papel de fumar y otros juntan palabras una detrás de otra para dejar el vicio. Es lo único para lo que vale la caligrafía para enmendar los renglones torcidos de Dios. Todo es susceptible de mejora, incluso el paraíso. Yo no quiero convertirme en vulgar fámulo de las sociedades secretas. Nada de cheques en blanco ni un proyecto basado en el Gran Hermano.
-Cierto eso que dices: andamos muy a la greña.
-Por no decir a palos.
Se me advirtió de que mi nombre andaría en lenguas. “Eres cruel como buen católico”, y con ese pretexto me dejaría plantado a la puerta de la iglesia.
Por entonces yo creía en la buena voluntad de las gentes y en la Justicia. Hube de ceñir sobre los lomos la clámide del llanto, echarme la capucha de fraile menor, humillarme como un cordelero y aguantar el chaparrón. Desde aquella fecha no ha parado de llover. Sosiégate, hombre. Al cabo llegaron los matarifes con una brazada de criadillas en la mano. Acabamos de pasar por la piedra a una piara, me dijeron. yo no era consciente ni consintiente. Despanzurraron mondongos delante de mí, oye. Les pregunté: ¿y vosotros quien sois? Por toda respuesta entonaron aquel himno que proclama las excelencias de un peregrinaje, cuánta alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor.
En la segunda ola se vio venir a los deshollinadores y en la tercera los capadores del Tercer Reto, esos que se ponen a hinchar zambombas del prójimo cara al pueblo, que si manganato se acuesta con zutano, que el príncipe no se nos casa, que parió la hija de la Campos morena clara y sin cantos de la parida ni candelas ni fiestas del purín a los pocos días ya estaba otra vez en el tajo. No fuera que viniese la competencia a quitarla el puesto. Que si Rocíito y Antonio David, titulares permanente de la prensa crural y venal que algunos denominan peripróctico pericríptica y  de percicnemia, todo lo relacionando con el ano, la tibia, el peroné y la entrepierna. La honra por la pasta. Vale ya de marranadas. He ahí una sociedad corrompida. Queden los puercos revolcándose en el cuchitril.

Irrumpió Quique Casquiñas Camuñas pletórico de confidencias íntimas con su cara de barbo al que le trincan o trinca. Vanidad de vanidades, exclusivas y chorradas. Oye, mira, que no, que de lo dicho, nada. Muy fuerte eso. A ver si enmiendas. Prefiero estos cuchicheos a las imágenes ensangrentadas que vienen de Chechena o las lucubraciones de la fantasía política de los cálamos delante del espigón. Despatárrate, Genara. ¿Otra vez? El hampa etarra campa por sus fueros. Sus pistoleros bailan la ezpatadanza de las libertades pisoteadas, un zortzico acribillado de sangre, ominosa freza de asesinatos por la espalda. Aezalluz, un aldeano muy chulo, cura inculto y demagogo, es un nazi. ¿Cuántos van? ¿Abel dónde está tu hermano?
No me lo puedo creer. Espanto tras espanto vamos camino del abismo. El hurgón de la memoria revuelve las cenizas del fuego fatuo. No me echéis tanta carnaza, hermanos. Alzo mi copa por el fuero. Por el fuero y por el huevo, ay sí. Mucho vestido blanco, mucha parola y el puchero en la lumbre con agua sola. Tanto hablar de sexo y de política y tenéis desatendidos los deberes conyugales.
-¿Cumpliste con la señora? ¿Diste cuerda al reloj?
-Eso tiene fecha fija. Cuando toque.
El sol de agosto en la dehesa afilaba los cuernos de los miuras. Ya está bien de embelecos y de mohatras.
 
Cavilaba sin parar. Mas mi desazón interior no daba tregua. Me sentía preso en las faramallas de la inmensa red de la burocracia, machacaba en hierro frío. La Glorianter me condenaba a las horcas caudinas del incesante azud de noria que nunca sacará agua de las tierras de secano. Temblando, en un estertor estético, me sentí por un momento fugitivo de la vida, inmerso estaba en mi propio vértigo y la visión de un espacio infinito me cegaba. Me di cuenta que mis manos eran buenas para hundirlas en el barro pero nunca para atrapar el aire. De esa hartura de parodias me vinieron los deliquios místicos, las orgías espirituales.

No es más que el pavor de lo incierto lo que me hace sentarme ante la máquina de escribir, el chiticalla de las medios mentiras y las medio verdades, espejo mágico  que no nos concede la luz de la vida, únicamente la refracta en clave de espejismo. Siempre ofusca nuestra mirada una brillazón.
Aquella consonancia de las esferas celestes que unen a las almas en una especie de mandorla mística estaba condenada a la asonancia de los cuerpos y de la materia; cielo y tierra vienen a ser incompatibles. El amor al igual que la vida precisa equilibrio, el contrapeso de las fuerzas opuestas. Con una nota exclusiva no se pondrá componer una sinfonía y desde su origen en aquella pasión estética no existían elementos para ser conjugados. Buscaba yo el frío relente de extrañas auroras. Mi pasión por Glorianter, una proyección de mi propio ego hermafrodita, sólo pulsaba una nota monocorde. Quería acariciar las blancas tocas de los montes cántabros que forjó Hércules a sabiendas de que detrás, bajando la cuesta entre veneros escondidos florecían las rosas. Todo aquello en conjunto formaba parte de la sangre goda de la cual me sentía partícipe y querencioso. Viajaba con las alas de la imaginación hacia las regiones donde el borní enrasa su vuelo y, llegado San Juan, las dos Asturias es una perpetua fiesta. Cada noche en el valle resuenan voladores y el melancólico eco de las canciones de los bailes con orquesta. Toda la provincia se convierte en excelsa romería, un tiovivo de colores resonante de tambor y gaita.
Pero en medio del holgorio la malquerencia enarca sus cejas de desaprobación, sopla entonces un viento que hiela la sangre, tiemblan dentro de la faja los puñales. Estalla el disparo de una escopeta, el herido cae exánime, una moza que llora detrás de un almendro y un hombre al que se lleva la pareja. La orquesta para entonces en seco.
-Jesús, lo ha dejado tieso.

-¿Cuestión de amores? ¿ Fue por celos? Estamos hasta las cejas de la violencia doméstica. Me amostaza lo mucho que este tipo de sucesos encandilan al morbo nacional.
-Ni por pienso. En este caso tuvo la culpa el negocio: una linde. Por un hito que el interfecto corrió una noche aciaga robandole unos metros a la propiedad del asesino y también por malos quereres que vienen de antaño.
En Madrid durante la guerra civil al calor de la vesania cainita las brigadas del amanecer adiestradas por el vigolero García Artadell, aquel carnífice de la checa que mandaba las fatídicas Brigadas del Amanecer, cuando se ordenaba saca de conventos, había violación sistemática de las monjas que una a una pasaban por el boche de los instintos animales de sus esbirros. Profesas y novicias eran arrancadas de sus oratorios- y un alarido terrible se extendía por las celdas- arrastradas de las sayas. Las religiosas eran acogotadas con sus propios rosarios y profanadas en el ara del altar mayor o en el interior de los confesonarios. Consumado el sacrilegio, los verdugos las empalaban introduciendo crucifijos, palmatorias y hasta un cirio por el seno o la verija de las que se habían velado con Cristo.
Aquellos verdugos lo pagaron caro. Serían para siempre maldecidos y sus vidas se hundieron en las sombras. No te sea lícito derramar sangre deliberadamente, dijo el Señor.
El noble pueblo madrileño está visto y comprobado que cuando las cosas pasan a mayores le gusta el aguafuerte.  Nada más apetitoso para su gusto que una corrida de rejones o una hecatombe como la del dos de mayo. Dios te ponga a cobro de la furia del populacho desmandado en turbia sanguinaria.

García Artadell, el comisario de las Brigadas del Amanecer y comilitón del Hermano Yago de Sarrió el que sigue fumando todavía cigarrillos de Virginia desafiando todas las advertencias en cajetilla de que fumar es malo, provoca cáncer, para él no, era  uno de los chequistas más sanguinarios del Madrid rojo, pues tenía inclinaciones sádicas. Un psicópata al estilo neroniano. Con pájaros de esa cuenta hay que tener mucho cuidado. Las dos Españas están plagadas de estos tipos, pues aquí casi siempre y no importa a qué vertiente política esté orientado el paredón los reos y los sayones se confunden; son siempre los mismos. Dieron el finiquito del debe y el haber de la memoria. Ya no se acuerda nadie de aquellas clarisas torturadas hasta la muerte y que expiraron en medio de la infamia de su virginidad horadada y terribles tormentos físicos perdonando a sus enemigos. Otra vez los cielos de la patria se iluminaron con la palma verde de los laureados con el martirio.
No se puede hacer tabla rasa de ese pasado. Habrá que tener a la memoria presente. Sin embargo, hay algunos que sólo se acuerda de lo que les importa mientras desdeñan la memoria objetiva. Son parciales y sólo cuentan su verdad, confundiendo los sacrosantos hechos con un alud de mohatras y de falsos testimonios. Es bueno saber que las novicias murieron con una jaculatoria a flor de labios y profesando su fe sin que el destino les ahorrase suplicios.
 
Me proyectaba con mi mundo antiguo y con mis recuerdos en aquel otro espacio nuevo, dédalo impenetrable de la psique a través de poemas tremendistas:
Mi muerte vendrá subida y bajada en un ascensor. Me elevará a los cielos Tanatos en una caja metálica.

A los diecinueve años yo no era capaz de escribir otra cosa. La grafomanía dio principio por los apuntes tomados en clase que destrozaron mi caligrafía, siguió con una aliteración de versos poco menos que aceptable. Cultura de aula magna y de ideas generales, fraguada a base de frases al oído y de convencionalismos tomados por los pelos. Desde la composición de aquel poema los elevadores eléctricos me dan mala espina. Sin embargo, incorregible y díscolo declarado en perpetua rebeldía, porque no parezco aceptar el mundo tal cual es, me empecino en la escritura. Ya soy un fumador empedernido (el único que queda después de quitarse del vicio es Rostral Acotillo, autor de novelas góticas) y un maniaco de juntar palabras. Garabatear parece liberarme de la neurastenia, aunque puede que a medida que pasa el tiempo me muestre más desesperado.
Escribo como vivo. Al desgaire. Quiero descubrir nuevas trochas del arte. ¿Soy un iluso?
-Compulsa registros - volvió a sonar la voz interior- porque hay ahora mismo una moza cantando en la escalera. Un llanto quiebra la noche. Uxoricidas vengan su honra. Hay embarazos no deseados, viudas sin pan, norteafricanos que llegan hambrientos e indocumentados a bordo de chalupas aleves a nuestras costas. La gente se siente indefensa y defraudada mientras se abre una enorme brecha en el egoísmo de Europa. Los hijos crecen y piden pelas, acaban la carrera y se encuentran sin trabajo o se ponen de recaderos en una pizzería subempleándose de marmitones en cualquier chigre de mala muerte, las mujeres faltan al respeto a sus maridos, les llaman calzonazos o pegan gritos plañideros que escucha a entera barriada. “Maldita la hora que te conocí!”.  Una cotorra amarrada a la alcanda del patio del vecino no para en sus silbidos y de repetir palabras inconexas. A cada hora un boletín trágico: dos guardias civiles heroicos que perecen sumidos bajo las aguas de una riada por los desfiladeros de Montserrat en acto de servicio que ojalá agradezca la Generalidad. Hay un atraco a la argentina en titulares. Toda una chapuza. Parejas hacen el amor por los desmontes. No vayas por el parque del Oeste, ni se te ocurra cruzar por la Casa Campo. Se han convertido en acaballadero de negras. Y a todas horas hay un cura que se emborracha o que extendiendo los brazos nos dice con voz compungida: “hermanos”. El tabaco mata. Pero no al verdugo. Don Yago de Sarrió sigue fumando.


  A juzgar por lo que canta la sibila no hay una solución redentorista. Los pecados mandan. Ahora mismo las nubes del cielo viajan aterradas como rebaño en desbandada; también los cúmulos, estratos y cirros, montañas de masa gaseosa que escoltan nuestros días por el mundo, van a lo suyo, empujados por el cayado del huracán. A la sombra del volcán nos lavaremos los calcaños en pediluvios de ceniza. Una profesa carmelita transita los caminos polvorientos de Castilla a lomos de una hacanea en jamugas. Besa su escapulario que luce una semblanza del Carmelo y el escudo en sinople con los bordes entados bajo las tres estrellas de la orden que iluminan la escotadura del excelso monte. Cerca del camino bala la res que perdió el cordero recién parida. Es el llanto de la pobre artuña. Te advierto que me estás acezando con tus melancolías. Mirábamos entonces para la mujer a la que se le ocluyó la vulva. Sonaron tres tiros secos. Otra víctima de la celotipia. Días antes había ocurrido en Valencia un caso parecido pero al revés. El de una malcasada que acabó con la vida de su desavenido esposo envenenandolo a pequeñas dosis. Por la mañana le metía un poción mínima de acónito en el café con leche del desayuno. A la cena mezclaba un extracto de rejalgar y por la noche en una tisana de hierbas arsénico.¡Qué arpía! Lo descubrieron al hacer la autopsia. La Gran Vía de obscurecido se convierte en lazareto de menesterosos juntándose al borde de sus aceras la mugre de los cinco continentes. Hemos abierto una brecha de vergüenza en las carnes egoístas y bien alimentadas de Europa. Madrid, cornijal de mendigos rompeolas de África sedienta. El comercio de esclavos se reanuda. He aquí el espectáculo de derrelictos durmiendo bajo la helada por único abrigo cajas del embalaje, todo un grito a nuestro corazón de cartón piedra. Allá van a parar las ancianas itinerantes portando en una bolsa de plástico sus pertenencias donde cabe sólo miseria, los jóvenes sin trabajo y los maridos a los que echó de casa la parienta y se fue a jugar al bingo, que se amparan debajo de una cesta. Democracia. Esto es democracia. Que caigan las fronteras. Palos y pedradas rompan nuestras quijadas. Una partida de chinos asfixiada dentro de un camión cisterna que desembarcaba en Dover. Se quedaron pajaritos dentro del contenedor frigorífico. ¿a quién pedir responsabilidades por estas cincuenta corambres? Bah, eran chinos. Sobre gente. habrá más encartes. Y siguen llegando chinos y chinitos. Esto es el cuento del nunca acabar. Nos darán julepe de cadáveres en los boletines de noticias. Corrimientos de población, terremotos humanos. Llega la ola. Dejad que la gente guapa se divierta en las discotecas. seguid discutiendo los amores de Rocíito, las infidelidades de Antonio David, el capricho de las circes y mesalinas del Madrid la noche. Los turbios contubernios vigilantes y acaparantes. Arda la lámpara sagrada de las sediciones. Aquí sólo trabaja la Guardia Civil. Crujan mis quijadas.

Un ex soldado de Dublín sale de la turba de desharrapados. Tiene la nariz rojiza, los tobillos hinchados y una voz gorda y aguardentosa. Acapta algunas monedas en una cajita de puros usada y se acaparra del relente de la noche en el soportal de una tienda de ordenadores. La tecnología punta no va con su catadura de arambeles y de jirones del manto flavedo cuyo tinte amarillento preconiza decadencias, pero este guiñapo humano fue un día todo coraje con su teresiana amarrada a la barbilla por barboquejo, la camisa y la sahariana abierta en gran escote, las patillas de boca de hacha y el escudo legionario en los bolsos de la cuartelera, los correajes, las ocho cartucheras con la munición, accenso que hacía la guerra en cualquier  blocao tierra adentro en cotas por tierra de nadie que se llamaban Dar Accoba, Der Salem, Alhucemas. Los símbolos de su denuedo se resumían en aquella pica de Flandes, la ballesta, y pico y pala, ardor anónimo de un infante sirviendo a la corona en la lucha contra los agarenos. Soy un superviviente de Xauen la Sagrada y  la perra suerte me ha aparcado en este escaparate donde hay diseminados por sus luna unos carteles de rebajas. Su grafía me parece estremecedora. Es el alef-beys, abecedario sangriento. El dedo fatídico ha empezado a escribir en la pared. Can you spare a copper, brother? Lord, have mercy. Have mercy upon me. Here you are; all I have. Thanks a lot.
Le di al veterano de Sidi Ifni, el de la cara congestionada bajo la luz caparrosa de las farolas del neón. Ya no leo. Antes era muy estudioso. Estuve en los cursos para sargento. Pero una mala mujer, you know. Era la mujer del teniente del batallón . El marido engañado se enteró y quiso vengar la afrenta. Yo fui más rápido con el machete, no más hombre, pero más audaz y contundente.  Estos duelos se ganan al primer golpe. Pero tus tobillos están hinchados, buddy. Ando mucho en la noche. Así espanto el frío y los malos recuerdos.
Tenía la cara que parecía le había dado un congestión y no era sólo la litrona en cartones  tetrabik; eran además los cierzos que enrasan desde las cumbres guadarrameñas y entran en Madrid colándose con preferencia en los fondillos de la chaqueta de los vagabundos, los pobres andan desguarnecidos y sin defensa. Crudos fríos, perversas noches, los malos sueños de la borrachera y resacas dantescas de delirios. No pensaba yo que este sería mi destino cuando servía al Rey en la Cuarta Bandera del Tercio. Era la de Cristo y la Virgen. Eramos en el batallón muchos andaluces y gallegos, algún irlandés. Ahora el aguardiente me ayuda a concluir el trecho que me quede. Son dolorosas las heridas, se me mueve la metralla y hay noches que escucho el crujir de mis huesos bajo el arisco y hermoso cielo estrellado de España.

Militante de tres guerras coloniales - el puto teniente aquel el de la mujer calentona-, ablación de un brazo hasta el codo y los treinta y tres puntos por donde agujereó la metralla de una Lafitte desde la garganta al pubis. Estas jodías bombas no tienen ninguna consideración. Dar-er-Salem, la trinchera de la muerte.  No se llevaba a bien con sus recuerdos. ¡A ver! Una infancia en Dublín, y el rostro nacarado de una mujer que al tajar la baraja de sus recuerdos salía siempre como una carta inexorable. Estar de plantón en las guardias de la posición, las orgías en los serrallos, los besos comprados a las ardientes rifeñas, el vino perrillo a una gorda el chato que embeoda y otorga salvoconducto a la cirrosis, y aquella monserga como una letanía en los asaltos del Coronel de Hierro: “cinco tiros en el cuerpo y avanzando”. El mal del bled y las pájaras que llevaban al alma en forma de desvalimiento con una palabra en inglés. Fading. All soldiers never die, only fade away. Just remember.  Pero no es así; cuando sopla el siroco, uno se cae con todo el equipo. Deserta, comete locuras y se lía a tiros con los sargentos. No hay vida gloriosa más que en los anales y los libros de texto.  La historia se desarrolla de otra manera.
Luego estaban las paradas desfilando al trote cochinero detrás de la mascota, la mala ubre de los cabos, los pescozones de los sargentos, y, por contera, el saco terrero. Con todo y eso, muy contento de servir al rey. Los buenos pierden, los malos ganan. La inocencia se va a tomar por rasca. Si Satanás hace un guiño a la mujer caliente empieza el baile de máscaras. ¿Dónde están los que se fueron?  Don Glabro nos lo adelanta - parece que es profeta, tío- en muchos de sus dramas. Toque la orquesta. Que toque sus fárfaras y muja de nuevo la voz de semental africano, Barry White.

Un guripa abandonado en los brazos de la fatalidad se quedó plantado al relente en una calle de la gran ciudad. se convirtió en su féretro una tienda de electrodomésticos. Fue la garita de su último relevo. Cantando el himno de mi bandera se fue a hacer guardia junto a los luceros. Lo descubrieron a la mañana siguiente unos barrenderos abrazado a una botella de anís del Mono con esa galantería con que los accensos de las levas legionarias saben acariciar el mosquete. no tuvo picos, palas ni azadones, una cruz de piedra en el desierto junto a las chumberas de Alcazarquivir, sino la morgue de los pobres y más tarde la fosa común.
Al saber de su triste suerte que comentaron los periódicos - lo leí en la página de sucesos mientras me aliviaba de las flatulencias y cefaleas de la resaca con bicarbonato y una taza de café- me vinieron a la mente las palabras del salmo: “Quia melior es una dies in atriis tuis super millia” (mejor que ninguna otra cosa mil veces un día viendo la cara del Señor).
Den escolta a su ataúd las cumbres misteriosas del Atlas, lloren por él las impresionantes cuestas que surgen en el camino hacia Xauen, la ciudad que parece que se columpia en lo alto del cielo.
 

Gracias, hermano, por la limosna. Moriré contento. Que me entierren arropado a la bandera blanca de la legión con la cruz de borgoña. Sea su honor por el que dieron la vida tantos mi divisa. Viva el tercio. El vagabundo prorrumpió en un grito de guerra. Los gurriatos que dormían bajo los aleros se despertaron y parecían comprender la contraseña de combate. A todos nos temblaba la barba. Vinieron unos guardia municipales. Baja el diapasón, buddy. Vas a despertar a los vecinos. Callate, borracho. No nos aturdas con tus monsergas. Pero siete libras de golpe así por las buenas es mucha limosna, compañero , que no cogen en el plato. Sólo lo da gente alegre y generosa, como tú, que sabe lo que vale un peine. Ya no quedan hombres. Esta ciudad es una zarabanda de guiris y de lipendis haciendo la jerosis ( todo es sequedad), teósofos de chicha y nabo y enanos concurrentes. Están por doquier. Se han apoderado del micrófono y no lo sueltan. Los aires de España están plagados de sus intemperancias e incongruencias, cuando no blasfemias, día y noche. Locutores que hinchan el perro, que impostan la voz, se auto-escuchan, nos incordian, nos aburren. Dios los perdone. Sin embargo, tú, accenso de los tercios, un derrotado que andas como Jesucristo disfrazado de pobre, dice cosas sabias.
El veterano de la Bandera de Cristo y la Virgen había cambiado su inglés por un andaluz acolchado de consonantes vertiginosas y de vocales tardías, un tropel locutorio en el que se trompicaban los tonos de los rapsodas de la Verde Erín. A mí la legión, exclamé. Soy de los tuyos. Arriba el Alejandro de Farnesio y el Duque de Alba. Si vas repitiendo esos nombres por Europa seguro que los flamencos ponen tachas. Pero París bien vale una misa y ya no habrá necesidad de enterradores. Salíamos con el Cristo del Cachorro en andas la noche de Jueves Santos. ¿Recuerdas el perfume de la brisa marina allá en Málaga?
Miré para el derrelicto. En sus ojos estallaban las luces de las señales heliográficas, un Morse lumínico, el S.O.S de las salvaciones multitudinarias. Alegre recibirlas cuando estábamos copados en la posición. Vamos en vuestro auxilio. A mi la legión. Siempre os quedará la fiel infantería que por saber morir sabrá vencer. Todo el monte Gurugú era un hormiguero de chilabas. Los punteros de las mejalas escondidos entre las pitas, las chumberas fantasmales incluso metidos debajo de las peñas; yo también vi morir a muchos entre mis brazos, recuerdo sus nombres: Egidio, Massip, Topete, Zaplanas. Al capitán Müller, al corneta O´Callagham, a Pierre el parisino y a Gaziño, de Puente Deume. Novios de la Muerte, ésta que es mujer y fementida les tomó entonces por las palabras y se los llevó a un lugar de memoria perenne, donde el cielo se ilumina, el incienso se esfuma y quedan eternas para siempre grabadas las palabras.

Nos pusimos a silbar a coro, el irlandés como no tenía dientes con más dificultades que yo, que he la fortuna de lucir sonrisa profiláctica, el himno legionario, una hermosa canción y nada fúnebre, contra lo que algunos piensan, por ser un canto a la vida y un reclamo del valor. ¿Habrá algo más dichoso que morir para que otros sigan alentando?
Con la emoción de esta pregunta que nos mantiene a los legionarios de pechos sobre el ventanal de los recuerdos furtivos nos dimos el adiós, un taconazo que hizo temblar los estípites que sostienen las cariátides del Banco Central, próximo lugar al que pernoctaba el veterano de las guerras de África con escasa fortuna, pero era uno más. “Con todas esas rubias- me dijo a manera de saludo- en cuanto que abran los garlitos de la Calle la Cruz me voy a dar un homenaje: aguardiente de absintia que recoge el vientre. Llevo unas semanas que me voy de vareta. ¿Tendré el sida ? Me habrán pegado la sífilis. Me escuecen los compañones de un aspecto enorme como si estuvieran hinchados, la piel se seca por ahí formando escaras y han aparecido pequeños tumores en forma de racimo de uva albilla. Señor, pequé. Beberé y moriré, si es preciso, a tu salud, camarada. Que, por cierto, en qué bandera te encuadraron? en la Primera, la de los Jabalíes. Tampoco era mala, pero la que primero aprontaban en los zurridos y, claro está, la que soltaba más bajas. En comparanza con vosotros nosotros llevábamos vida de señoritos.

Buena guardia, pues, O´Duffy. Del fading ni del viento del desierto con sus zangarrianas y cancamurrias de parapeto ni te acuerdes, calate las tiras de lona debajo de la teresiana, no te dé el sol en el cogote. la milicia legionario es una religión, imprime carácter, es un modo de ser. Nosotros aprendimos en África a aguantar el sol y la sed, pero sobre todo a convivir. un legionario nunca podrá ser un antisemita. Amamos al hebreo siempre detrás de nosotros en la retaguardia con sus cantimploras y alcarrazas de agua fresca o llenas de vino de la Mancha de la misma forma que un marroquí ama a las moscas sobre la barbilla. Sabemos siempre estar a la altura de las circunstancias. Cristo y la Virgen. Santiago, cierra a España.
Buena guardia, y, ya digo, soporta el plantón del relente.  Compra la priva pero no te la bebas toda de golpe. No te acuerdes de la madre del capitán cuando te echen el saco terrero a los lomos. ¿Qué le vas a decir tú, caballero legionario, al hijo de un estibador del puerto de Dublín que se ahogó a causa de una borrachera en las aguas traicioneras del Liffey?
Nunca le pregunté por su nombre. Por lo general, los alistados en esas banderas no tenemos ni nombre ni vida propia. El vino y las balas nos lo dan al llegar al banderín de reenganche a los novios de la muerte por único ajuar. Sin embargo, creo que le conocían con el sobrehúsa del Panocha, aunque se inscribió con el de Patricio O´Duffy en la bandera. De buena gana lo hubiese llevado a mi casa y darle cobijo, pero, quita allá. Tal y conforme están las cosas en mi matrimonio desarreglado, los gritos de la parienta se hubiesen escuchado en el Alto Los Leones. No estaba mi cuerpo por la labor de que me diera otra paliza en honor a mi heterograsis etílica -llevaba dos botellas de vino y tres carajillos ya entre pecho y espalda, sufro y bebo para salir del infierno portátil y la herramienta de muerte que puso en mis manos el azar aciago- y de que mi colega y yo acabásemos a la luna de Valencia.

Había cerrado el metro y no había autobuses. De modo que regresé al barrio como pude en monólogo con las farolas y dando besos a las acacias de Velázquez, y a los pinos enanos del paseo de la Puerta Toledo, a los que vi crecer. Madrid en el recorrido de sus tabernas indefectibles encierra el embrujo de ciudad gata y tolerante. la imaginación galopaba por tejados y buhardillas. Ser y no ser. No me aturdáis, diablos cojuelos. Daba trompicones con los bordillos. Me caí un par de veces. Ya rehecho de mis sorpresas, escuché a mis espaldas la voz de un castizo chicoleandose de mis andares zigzag
-Mirále. Parece que va a colocar banderillas.
-A tu puta madre- contesté, más sobrio que un juez.
 Porque la borrachera la tenía yo en el alma.
Los hombres de honor, los bravos soldados del Tercio, terminan de azotacalles, durmiendo al relente, mendigando en las plazas. Tampoco su reino es de este mundo. Sólo no les detesta el frío relente de las madrugadas.
 

Recorría el bulevar de Recoletos huyendo de la apolexia circundante [cuando ya nada nos quede la decrepitud heraldo de la muerte tornará inseguro nuestro andar, el pulso de la mano dejará de ser firme] y pensaban que cabalgaban sobre mi ciudad los siete jinetes del apocalipsis. Porque la apolexia conduce a la apogamia o pérdida de la facultad de reproducirse. La semblanza que ofrece Madrid es bien triste.  Parece una estampa de la tercera edad. Las primeras páginas de la maquinaria propagandística occidental venían saturadas de amenazas por los clangores bélicos en Yugoslavia que mandó tronar el hético Zambrana que tuvo un tío en Oxford, pero es como el que tuvo un tío en Alcalá. Los bombardeos de los B52 en los lejanos Balkanes se compensaban con los muertos en casa, donde el carnicero Arzalluz tanto manda. Un tiro en la nuca y a escardar. El teaosisec[1] vasco ( eso del lendakari no es más que un plagio de Irlanda) repartía el bacalao y conciencia ciudadana. Acaparaba la actualidad. Se creía el ombligo del mundo y no era nadie. Les ocurre a todos los paletos. Hacía declaraciones, repartía proclamas incendiarias y otras menudencias mientra una jarifa, con cara de seta y pinta de porno a través de Cuernos Entenados, consorcio propagandístico se  quitaba las bragas cara al tendido. Conducía el radio concurso de sexo por lo legal. Y a los viejos les hacía cada preguntaba que temblaba el miedo, a las que ellos respondían muy ufanos los cabroncetes refocilándose ante las preguntas al larguero de La Jarifa entenada.
Mientras, una inmensa flotilla de zataras con carga inmensa de espaldas mojadas, pues se había empezado a contrabandear con la carne humana en vivo, según decían, cruzando el Estrecho, arribaba a nuestras playas. Vengan moros. Palos y patadas quiebren mis quijadas.
 
-¿Y tú cuántas veces, Nicanor?
-Cinco.
-Hala. No me lo puedo creer- hacía un mohín de desconfianza irónica la nueva conductora de los espacios que había ido de cabeza al plató directamente desde la mancebía.
-Voy como un reloj, señorita desde que me adosaron la prótesis. Me lo monto con inyecciones de absenta.
-¿Y de viagra?
-Yo sólo aporreo el tambor.
Bien por don Nicanor. Seguían las preguntas a tumba abierta. La Jarifa, una cachonda mental, refocilaba a las audiencia de sus matinées sicalípticas con más de los mismo. Nunca se agotaba el guión. Parecía que la plebeyez se había apoderado del planeta. Habrá agua en Marte. lo acaban de descubrir los americanos, pero de tejas abajo la decrepitud y el mal gusto se apodera. Este es el reptar de la sierpe. Todo estaba atado y bien atado: libertad sexual de la cuna a la sepultura.
 

Por aquellos día fue cuando Anacleto Brigola, librero de lance, se puso más borde que de costumbre. A ver si te echan los toros al corral. ¿Me deseas mala suerte? sí. No estás muy trabajado, amigo mío.¡Qué bien vives! Dicen que era confidente de la policía. Madrid es una ciudad donde las paredes oyen. Anacleto Brigola era el epítome de la desfachatez y de la desvergüenza, mi verdugo con blusa y mandilón, enterrador de nuestros sueños, tumba de las bibliotecas con libros hermosos como cantorales, bullones de rejería y escudos de oro por los filetes, ex libris en el frontis, lujosas encuadernaciones que pignoraba el bibliopola infame como aquel que lanza detritus de la sutil imaginación humana a los cerdos como si fuera bazofia al grito de agua va. Esto no se puede aguantar.¿Cómo está el patio? Parecía un rey de armas sentado en el trono de su casita gris, un palacio de papel.  Con los enterradores y los libreros a montón-uno tiene que ir por la vida pisando huesos- nunca terminé de sentirme a gusto. Parece que huelo a la legua el tufo de la carroña; la profanación de estos animales muertos de la Literatura lo tengo por sacrilegio.
Pero, no cantes victoria, barbián que extiendes tu dominio por la tierra, heraldo de la esclavitud, contra ti lucho. Mis armas, un arsenal de palabras, que voy sacando del carcaj de los vencidos. Son dardos que hacen pupa. Por supuesto, sé que a los demagogos se les desenmascara con letanías. Chínchate, Mefistófeles: las palabras desperdigadas en los papeles volanderos escritos por mano desconocida e incierta son forma de hombre en su pugna contra Leviatán porque al volver a unos labios la letra antes muerta luego resucita. En sus brazos la potencia del Verbo vuelve a la vida.

Un buen libro es eterno, para que te enteres y uno malo, pues también. Los ilusos que habían delegado  a los libreros de viejo de pignorar las extravagancias y fantasías del pensamiento de hombre en sus tenderetes poniendo al retortero la inteligencia con todos sus recursos de ironía, sutilidad, evocaciones, y toda esa belleza oculta que late entre las páginas de tanta encuadernación que nos abruma, pronto tendrán que darse con un canto en los dientes. Es una parcela fuera del límite dominante del Gran Cofrade. Sólo los lectores empedernidos conocemos el regate por el que es posible driblar la defensa ciclópea de los lacayos cibernéticos.
Puede que, en contra de lo que se decía, un libro ya no ayude a triunfar pero da garantías por poco dinero de abstracción y de vivir una vida diferente a la tuya. Son los libros escalera del cielo, postigo liberador, aunque a veces sean la trampilla excusada que al pisar algún incauto cae de patitas en el pozo de los leones.
Inquisidores los hubo siempre a dos bandas. Hacen a pelo y a pluma. Ya no hay autos de fe ni se envían a los tratados peligrosos a la pira del fuego en la plaza pública, pero todo autor o aspirante a novelista o ensayista que se precie ha de pasar por el fielato de la aduana que defiende los valores estrictamente democráticos, donde se sienta un temible funcionario con la gorra de plato, que mete en el Índice al que se atreve a poner en tela de juicio el tingladillo de la globalización, haga reparos al holocausto, no sea un vaticanista que cumplimente la primacía - cumpla y mienta - del pontífice romano.
Más elegantes los capataces que vigilan las obras de la casa del futuro en construcción y con métodos a su alcance más subrepticios pero no menos contundente que el garfio, la uña de hierro, el potro o la parrilla de los pretores de Roma, meten en vereda a los contestatarios del sistema de valores, e incluso les hacen correr la baqueta, les emparedan con los procedimientos sibilinos de la censura previa, el quién es quién relapso de herejía llevan a rajatabla, y las cargas de profundidad a estos intrépidos nautas de la rebelión que se hacen a la vela en el mare nostrum, mar suyo, lago total de sus intereses, coto total de los que cotizan en bolsa, se suceden una tras otra. La frágil barquilla mía se vino abajo.
-Muerte civil a ese proscrito.

-Podríamos pasearlo, mi teniente o incendiar con gasolina su cocedero. 
-No procede. La muerte civil es hoy más temible que la trena, hagame caso.
Después de alguna conversación como ésta en la covachuela de un ministerio o sobre las alfombras de un despacho oficial, ya no existes. Nadie sabrá cuáles son tus obras. Si tienes la suerte de encontrar editor habrán de ir a la cizalla trituradora, o las tengas que malvender por ahí en los azoguejos. Deberíais de daros con un canto en los dientes, pero siempre os estáis lamentando estando como estáis instalados en la cultura de la queja. Venga ya. Vivís en España, el país de la cultura perfecta. Los mejores paisajes de Europa, la exuberancia de los bosques sagrados de las catedrales, el mayor número de libros publicados. Os deberías de dar con un canto en los dientes. Mas, no hay manera; a todas horas gimiendo igual que plañideras.
-Este es un valle de lágrimas.
-En casa me maltrata la mujer, que me pegó una extraña enfermedad venérea. Los hijos me pegan. Mi madre me aborreció de niño. No tengo trabajo. De todas partes me echan. ¿Qué hacer sino venir a zurrarle la badana un poco a Gutenberg?
-Él tendrá la culpa de que te quedes ciego de tanto leer. Los ojos se te volvieron vidriosos, te saldrán cataratas.
 
El bibliopola me veía llegar escudriñandome de arriba abajo las mañanas de sol, no fuera que la razón fuera de mi desaliño una de los frecuentes homenajes que me daba a mí mismo en Rodríguez, un restaurante económico donde se come la mejor paella casera de todo Madrid y unas frascas de dos cuartillos de Valdepeñas que fueron la felicidad de mis mediodías hiemales.

Tengo que confesar que en sus modestos manteles, siempre tan relimpios, encontré desahogo a mis pujos alcohólicos, porque, como llevo dicho, de muy atrás me arrancan mis más y mis menos con Erifos, el traidor dios del vino, al que debo haber hecho tantas veces el ridículo, que me hizo derrotar por los malolientes tugurios como una barco a la deriva (al cabo de unas copas no soy yo mismo, ni sé dónde estoy, cuando Erifos me arrebata entre sus zarpas) y haber encallado más de una noche en las comisarías de todo el territorio nacional. Tengo ficha de dipsómano.
Milagrosamente he ido saliendo de mis estragos y desafueros. España, pese a nuestros lamentos, tiene algo de Tierra Prometida, el Paraíso, aunque a cuenta de nuestra incultura e intolerancia hayamos hecho un infierno de esta nación, que es a mi modo de ver la más hermosa. Y salí gracias a la misericordia de los guardias de asalto, la piedad de los jueces, y la conmiseración de aquellos que encontré en el camino y a los que vine a perjudicar con mis excesos y canallescas zambras etílicas cuando Erifos, la deidad insolente y delirante, hace lo que quiere de mí; enajenada la voluntad, no soy ya más que un guiñapo.
Sin embargo, el librero no se andaba con contemplaciones ni le valían maulas. Alguna palabra dije, algo observó en mí que desde un primer instante no le caía bien y me tomó ojeriza.
Era un tipo de los que ven crecer la yerba, difícil de engañar. Me buscaba los puntos para entrar en redondo con su lanceta fatídica sobre mis pobres mondongos.
-¿Qué, ya trabajaste? Mucho vago hay por acá.
Sabía que yo era un cesante.  La envidia, la ojeriza le acezaban, no perdía ocasión para mortificarme. Me rindo. No soy más que un escritor sin fortuna. Un perdedor. Me gusta la sombra de los chopos y el olor insinuante de los baratillos. Te advierto que no estoy por la labor de darte un guantazo.

Pero él duro que te pego no me dejaba a sol ni a sombra como si tuviese una fijación maligna con este pobre pecador. Una llamada al orden, cáspita, que no te pases. Mucho vago hay por estas lindes. A mí me lo dices que he sido un trabajadorón toda mi vida. Mi mente no para de hacer fabulaciones ni mis dedos de darle a la tecla. Lo reconozco. Fracasé.  Canastos, cómo lo llevas hoy.
Anacleto paso corto y vista larga y maneras de polizonte estaba en segundas nupciales casado mira por donde con la hija de Juan Simón. Nunca he visto chica más lúgubre, pero era ella la que hablaba con las ardillas poniendo en su locución un acento de mucha ternura. Se llamaba Antera y creo que estaba bastante compenetrada con su marido a quien aguantaba las neuras. Lo que la una vendía caro el otro lo regalaba. El chiringuito de la señora de Brigola estaba montado algunos puestos más arriba, mas ella no vendía una rosca, lo que demostraba que el secreto de la venta de los libros casuales, que es un arte, se centra en la baratura. Por eso, cuando Anacleto se metía las manos en los fondillos de guardapolvos de menestral para devolver el cambio era costumbre verle sacar en el puño un buen fajo de billetes. Nunca le habían atracado, escucha, ni le había metido un meneo en pago a sus intemperancias y constantes salidas de tono ningún cliente.  Mientras su señora se dedicaba a apostrofar a los animalotes de Dios, él recogía el dinero a espuertas. A veinte duros el ejemplar poquito a poco iba recabando montón.

Eran cosas de su amantísimo es poco aunque lo de amantísimo no sea más que un decir.  Sus modales eran los de un cuatrero para aquellos que le caían mal o de los que tenía mal concepto. Sin embargo, se derretía por el contrario a la vista de aquellos que representaban la autoridad o estaban en el ajo de lo favorable. Sabía ser cordial  cruz y raya este ángel exterminador de la buena letra, tratante de libros al por mayor, genio de la venta al montón. Abatido e incluso servil con el encumbrado y con el desollado un verdadero matarife. Era una experto en el manejo de la adulación y el látigo. En él se cumplía la máxima que pregona “al amigo el culo, al enemigo por él, y para con el indiferente, se le aplique la legislación vigente”.
A uno que arrastraba las erres y que llegó a tener en sus manos la cartera de Gracia y Justicia - largo camino recorrido desde el chital, Adonai lo bendiga-, cuando venía al puesto casi se escuchaba desde la misma estación de Atocha el crujir de las vertebras de Anacleto prosternándose ante él. De éste cabría decirse que le caía bien. Hay que ver cómo Tambor del Bruch (era el mote, el alias con que se tarjaba a este recio carácter en la Cuesta) le bailaba el agua. Pero, canastos, hay que ver lo pelotilla que eres, me das asco, tan mirado para otras cosas, y he aquí que te derrites ante un cuarterón, me das asco. Que ese hombre manda mucho,  que es el consejero delegado del poder invisible, la Rosa Roja de Oro puro, de acuerdo, pero te achantas y haces el ridículo. En cambio, yo no he recibido otra cosa de ti que exabruptos. Se han clavado en mis carnes tus dientes de comadreja. ¡Qué es eso de tanta prosopopeya y luego darle la mercancía gratis! En mí no manda nadie, hago de mi capa un sayo, pero no es eso, amigo mío.

No eres lo que se dice mi regalo, aunque he sido tu mejor cliente, ingrato. Me has llenado de kilos, vendiendo al peso y de erudición, tunante, y luego mi mujer levanta el tejado con sus voces diciendo que merco la polilla a casa, pues mucho peor son los que tratan blancas o los camellos que hacen polvo a las nuevas levas sembrando el dolor, la miseria y el hambre en las familias con cocaina. Diréis que la literatura es una droga, pues bendita eucaristía gracias a la cual uno entra en comunicación con las ideas vivificantes -algunas más felices que otras- que tuvo la imaginación humano. Durante mis frecuentaciones a lo largo de los años de atrás de estos galpones pintados de gris, una invención que los rácanos de la prensa pesebrera atribuye a la República como si Largo Caballero hubiese leído un solo ejemplar o Sagasta y tenía a orgullo su ignorancia, el del tupé que anunciara nuestro desastre más garrafal cuyas consecuencias no han acabado, porque aquel fracaso tuvo un largo recorrido y no sabemos en qué parará la cosa, pues, como digo, se lo ponen a los repúblicos y no señor. Esta fue una idea de la cual nos lucramos tantos y yo me huelgo muy personalmente de aquel gran español que se llamó Marqués de Estella. Como las carreteras, como el monopolio de la gasolina que le costó al pobre Calvo Sotelo la cabeza. Vengo aquí porque el espíritu de los grandes españoles, el genio de la raza se me aparece de forma callada disfrazado de libro amigo, que libro y amigo viejo quiero yo en mis lares y un añoso leño con el que calentarme.
Sin embargo, a los marchosos y a los escritores sin porvenir les declaraba personas non gratae y le arrojaba poco menos que a patadas de su tenderete, con lo que perdían el favor de los dioses y el crédito de las nueve musas. Se quedaban sin entrada como me quedé yo para ingresar en el Helicón. “Fuera del Helicón por maricón, reservado derecho de admisión”, decías, perro, y yo sin decir esta boca es mía, que todo lo aguantaba por amor a esta afición despendolada que se ha trocado en vicio. Un lector es como el manso cordero que va a la toza del matarife sin un balido. Me entrabas a degüello, me insultabas. Paso, que voy. ¿Es que estorbo? Sí. La calle es de todos, que yo sepa.

En más de una ocasión, energúmeno, me trataste de aplicar la ley de vagos y de maleantes. Y mis amigos no se cansaban de repetirme que no hiciera el menos caso, que eran cosas del “Tambor del Bruch” el día que se levantaba con el pie izquierdo. Pues bueno. Que vale. Quedate con tus libros y con tu mujer de rostro arrugado, siguele haciendo reverencias al fámulo de los rosas rojas, esa familia a la que tanto dolor, tantas traiciones y tanto progreso le debe la historia. Hablale con voz meliflua de clarisa. Haz lo que te dé la gana. Trenos y gallitos como aquella conversación que escuché en el puesto, bibliopola, con estas orejas que se han de manducar los gusanos:
-Pero qué ocurrencias tiene usted, don Elías. Cuantas ganas tengo de que le hagan ministro y verle metiendo caña pisando las alfombras del planta noble.
-Todo se andará- decía el fideicomiso de los Rosas rojas, más orondo que un pavo, a punto de tirar el puño y el capullo a la basura (invenciones de mitómanos y de editorialistas sesudos) como otrora se dio hachazo al yugo y las flechas, pero he ahí que los rojos no perdonan. Cuando se ponen a jugar la pelota son terribles, nadie les trilla la parva, no dejan hacer baza aunque después cuando llegan las claras del alba de la verdad tienen que plañir su derrota. Hay en esa gente que manipula y maquilla la actualidad algo del plomizo llanto de Boabdil el Chico. Adamados fuisteis, cuadrilla, y  hubisteis de llorar como gallina por aquello que no supisteis defender con las armas en la mano. Siempre os ocurre. Parece que os coge la negra cuando os vienen las prisas. Pero tenéis suerte de no encontrar la horma de vuestro zapato. haceis facecias por la radio, escribis en los matutinos editoriales plúmbeos. Escurrís el bulto para terminar encaramados a la columna diaria del maligno Don Cagüen al que voy a mandar un negro un día de estos, si no fuera porque no quiero mancharme las manos de gallinácea arrancándole a ese pollo la cresta. Pues no va y dice ahora el maromo que un día vistió la camisa azul esa sabandija, que pronto será risa de todos.
-Haga usted caso de lo que yo le digo, don Elías. Cambie de partido. Vuelven las derechas.
-Hombre, Anacleto. En ello estamos.
Extremaba con aquel individuo de la Organización Mundialista, que tenía más poder del que se supone, las cortesías y deferencias; con otros era grosero, insultante, déspota.

Elías tomó cuenta de los consejos del tratante y en el siguiente gabinete tras las elecciones generales ganadas por el Partido del Tupé, que desbancara en las idus de marzo por mayoría absoluto al Partido Calvo, obtuvo el nombramiento de ombudsdam ministerio sin cartera. Fue lo mejor que pudo hacer: chaquetear, dar la vuelta a los forros de su abrigo de felpa. Deshojó el capullo y tiró la rosa a la papelera aunque en el fondo él siempre fuera rosa y una rosa muy encarnada, carnosa, sin espinas, pomo de las esencias del dinero y de la fuerza. Rosa Cruz. Un tío muy listo era. Una vez elegido y ostentando las preeminencias del coche oficial, dejó de portar por la Cuesta, sus obligaciones se lo impedían.
Tenía toda la pinta de rabí (la gran papada, una panza surtida que trataba de combatir con regímenes de adelgazamiento que se venían abajo cuando el estrés hace de las suyas porque los gordos están gordos por comer, y yo sé bastante de ese tema, sino por los nervios y la angustia) el pelo crespo, la nariz, una lamia a la inversa, los ojos encendidos y ardorosos como la almeza. No acertaba a dominar las erres. Al pronunciar esa letra parecía hacer gorgoritos. No era fetichista; más bien lector contumaz y amante de la ciencia. Misoneísmos aparte, sucede que leyendo un judío se bautiza y los incircuncisos se tornan a la Tora en pequeñas dosis y terminan por abrazar la preceptiva talmúdica. Los sueños se interpolan, las vidas se combinan. Unos y otros terminan haciendo encajes de bolillos.
Es lo bueno de la lectura que torna a los hombres más comprensivos, que no necesariamente más cultos. Los elegidos pertenecen al último grado de invitados al gran banquete de las delicias.

Yo amaba y odiaba al mismo tiempo al bueno de Tambor del Bruch y sentía compasión por su mujer Antera la incomprendida, la que en por las tardes daba de comer a los roedores de cola roja, como un pompón retráctil sobre la rama, manises con la flor de la mano. Traté de perdonarle en gracia a que él me suministraba un material que fue durante años y años las vitaminas espirituales que mitigaban la anemia de mi desconsuelo, pero siempre me soltaba alguna andanada o respondía con destemplanzas a mis observaciones sobre la vida y la muerte, porque la Cuesta es uno de los lugares que me volvía reflexivo y filosofo. Era el prado del Beatus Ille y del Ubi sunt horacianos, varadero de los barcos embarrancados o pecios que escupieron a la costa de los galeones de la poesía. Mira que haber pretendido ser un famoso escritor y acabar en esto, delante de este galpón administrado por un cómitre de la galera más lóbrega, malhablado que te suelta de repente improperios, te habla con segundas y te llama vago a mí que he sido un trabajadorón toda mi vida. Mala suerte si el roble se vuelve ceniza entre mis dedos o si la fortuna me ha herido mortalmente. Yo no tengo la culpa.
Lo que menos me gustaba eran sus calambures y corbetas en alusión a mi flojera.
-¿Qué? ¿Ya has trabajado hoy?
-Mira que no me calientes, Tambor del Bruch.
Agachaba la cabeza y no contestaba a su equívoca pregunta cargada de intenciones malignas. Sin embargo, una tarde que venía de yantar en Casa Rodríguez bien repleta la andorga y el humor enardecido por las libaciones del excelente vinillo que en ese figón suele servirme Luisito hicele cara mecagúen un vagón de señoritas. Estaba dispuesto a dar cuenta de sus ofensas.
-Te vas a tragar lo que has dicho. Se me ha agotado la paciencia.

El vozarrón con que machacaba el tratante a los escritores fracasados y a los cesantes se tornó en la vocecilla de las adulaciones para los altos cargos como don Elías. Tiré adelante, me fajé con él. Del primer golpe le hice añicos las gafas y a la segunda puñada rodó por los suelos con su oronda humanidad ilustrada. Y a la tercera ya estaba pidiendo árnica.
-Hombre no es para ponerse así - dijo mientras ayudaba a levantarse y con un pañuelo blanco se restregaba el polvo de la pernera. Vi en sus ojos no el brillo de rabia de los toros bravos sino el pánico del gamo perseguido por el ballestero junto a la fuente Castalia. Pese a sus ínfulas resultó un cobardón. Así suele suceder con los que mucho hablan, se les va la fuerza por la boca. Vino su mujer alarmada.
-Pero qué pasa, qué pasa. Ay, Señor, que me lo matan.
-Por esta vez no, señora Antera, pero a la próxima...
Yo sólo me acordaba entonces de un grandullón que zurré en mi barrio porque me hizo trampa a las canicas
Otros libreros de lance se presenciaban el desarrollo de la pelea en plan expectante asomados como conejos a la entrada de la madriguera sobre el quicio de las puertas pintadas de gris. No me había durado Tambor del Bruch ni un asalto.
-Que hemos tenido una palabras éste y yo. Nada grave- intenté de justificarme ante aquel concurso.
Pero el coro de libreros de lance asomando la jeta por la boca del garlito movían la cabeza en gesto de desaprobación. Me estaban llamando violento con la mirada.
 No creo que le haya pillado desprevenido. Mira que se lo he dicho: no me faltes y él duro que te pego con sus exabruptos. Y que conste que esto no fue más que una caricia. A la próxima irá en serio.
No llamaron a la policía. Mi oponente se lamió las heridas como mejor pudo. Yo no volví a portar por el chiscón, aunque siga echando de menos las ventas de los sábados, esas adquisiciones increíbles a dos reales. Lo ves. Deberías de haberte hecho el longuis. Es que no puedo, no puedo. Además, no la había tomado sólo conmigo. También con Antera a la que llamó delante de mis barbas una vez mentirosa y falsa.

La librera tuvo depresiones como consecuencia de los malos tratos psíquicos y hasta tuvo una crisis menopáusica de la que curó gracias a sus coloquios de árbol a árbol y de rama a rama con las ardillas. Tenía la cara arrugada y los ojos tiernos de tanto llorar. Sólo curaba de sus despechos maritales la ceba franciscana de los bichejos de Dios descendiendo de las acacias y de los castaños de Indias para comer en su regazo. A cada una de las ardillas esta santa Clara de la Cuesta les llamaba por su nombre y les hacía cariños.
-Bruja más que bruja, ¿por qué no bajas a darme un beso, anda?
Sus interpelaciones y amorosos relumbros alcanzaron su acmé estático al saber que una de las hembras de esta especie “Sciurus” sexualmente tímidas había tenido una gran camada de gazapillos. Era cosa de ver cómo aquella pobre mujer acercaba cada mañana al árbol por donde se descolgaban los roedores una escudilla llena de leche, la solicitud con que andaba todo el día expectante descuidando incluso las ventas por ver si el macho hacía acto de aparición. Se lo había comunicado un guarda del botánico:
-He visto una lechigada escondida entre los atochares de mi sección.
Y dijo el nombre correcto con que la fitología conoce a estos arbustos: tenacíssima Stipa. Muy corriente en las hondonadas someras del último curso del Manzanares y adorno de sus riberas, al igual que la fragante ginesta cuya suavidad odorífera contrasta con su aspecto híspido exorna las lindes que separan las hazas en los caminos.
Cuando supo que sus amigas había desaparecido de su guarida una madrugada Bursa - que era otro alias por que conocíamos a Antera la Librera- la pobre estuvo descorazonada y compungídisima. El garduño del veneno acabó con ellas.
 

De esa forma desparecerán sin dejar rastro nuestras bibliotecas mediante un auto de fe subrepticio. Dejad que los niños vengan a mí y que los libros se mueran de asco. ¡Tanto afán de saber y de acaparar papel para que un día venga el Tambor del Bruch y le diga a vuestros herederos:
-A ver lo que os doy por la librería de vuestro señor padre. El pobre leyó tanto que no le aprovechó nada. Ya supe que el pobre andaba mal de la cabeza.
Aquel palacio de la inteligencia y de los sueños se remató en cinco mil duros. Compró pues a una tasa inferior al precio en peso de papel.  Así, claro, ya se puede vender libros a cuarenta reales y así y todo convertirse en millonario. Por lo que digo no voy descaminado cuando dije que los libros a los que consideré razón de vida, mi anchura y longura, mi profundidad y mi alteza, sólo fueron un lastre en mi vuelo hacia las alturas.  Pesaban demasiado cuando quise alzar el vuelo. S
Vivo por otra parte en una tierra en la cual los que escriben libros a ojos de los se convierten en sospechosos cuando no cómplices de la infamia. Si dices que eres escritor te miran por encima del hombro, como si estuvieseis loco o algo así. Escribir y leer me llenaron de melancolías porque el que sabe sufre pero también montando por estas ataguías de las páginas de un libro se puede sentir el silbido vivificante de la libertad
 Eran siete y sólo sobrevivió uno de la prole.
La geología -algunos parecen que lo olvidan- es una parte de la zoología. El que se encariña de los animales no puede ser cruel ni tampoco tener mal corazón. Aquellos exquisitos apóstrofes tiernos de la librera a los roedores hambrientos servían de marcado contrapunto a aquel ambiente abstruso y poco expansivo del mundo de las ideas o las extravagancias de la política que también socaban cual carcoma la tablazón de las casetas de la Cuesta.

A tanto como a dar un beso a su protectora no llegaron los s ya que debían de estar imbuidas las ardillas de un sentido estético y no querrían comulgar con ruedas de molino teniendo que ir a hacer el amor a la mujer fea, pues Antera era fea como un diablo.
De repente un buen día desaparecieron las ardillas de la cuesta diz que las envenenaron o algún desaprensivo que les había echado a su cazuela, como desaparecí yo de aquel encante donde me habían querido poner las banderillas negras y yo me defendí como gato panza arriba. Nunca volví a ver al librero que ni me retó a duelo, ni me llevó a juicio por aquella agresión. Calibrando seguramente para su fuero interior que se lo tenía bien merecido.
A mí los libros me alzaron hasta los confines sublimes del séptimo cielo o me subieron en los fangos abisales de la ignominia y el desprecio. Ningún pueblo como el español donde se haya escrito tanto y tan bueno cálamo currente y ocurrente y donde se registre en alguna. Mi paso por la vida resulta incierto a causa de mis melopeas, unas de vino y otras de literatura. Erifos y las Nueve Musas hicieron, cada uno por su parte, su obra deletérea y a la vez colocaron los cimientos de esa torre encantada de la que me ha costado salir. uno encuentra consuelo en la filosofía y en el vino y la cerveza libado en tascas y cuchitriles de medio mundo anodino a mis zozobras. Son las andaderas con las que me tengo en pie.
Los cálidos apóstrofes de Antera la Bursa a las ardillas y los tejones del Buen Retiro valían tanto como cien súmulas apologéticas. En ellos ponía la mujer toda la ternura de la que era capaz. Por el niño que nunca pudo arrullar, el hijo de las entrañas al que no le cupo la suerte cantar nada y por la maternidad que no se dio en su vientre. Había tenido una niña al año de casada pero se murió de tos ferina.

Mírese por donde se mire y dígase lo que pluguiere, el vino fue mi báculo, cadena de condena y alas liberadoras, en tan amargos instantes cuando se me estaban cerrando todos los horizontes, cuando, por remate a un largo episodio de malos tratos y recriminaciones, tuve que huir de casa, porque había descubierto las infidelidades de mi mujer, y mis hijos abusaban de mí o me maltrataban, fue mi báculo. Haría las veces de paño de lágrimas en este romeraje por el que he venido transitando a lo largo de mi existencia menguada por los sobresaltos, los absurdos, el desconsuelo y el eterno llanto. La dulce Señora también tuvo piedad de mí. Esta convicción secreta que no puedo demostrar con pruebas palpables pero de la que estoy seguro fue también sostén en lo aciago.
Ha sido larga la peregrinación. Los próximos años que cumpla serán sesenta y resulta que parece fue ayer. Me daba la impresión de estar a la vista de un nuevo mundo cuando nos refugiamos en la calabrina- albergue de aquel montañés en una excursión que hicimos a los Lagos de Covadonga, todo el horizonte para nosotros, el mar y la tierra a nuestras plantas, pero no era cierto. Aquel paralaje nos costaría muy caro a los dos. Nos equivocábamos. Disfrazado en traje de pastor con boina y cayado se nos apareció aquella tarde de septiembre el maldito diablo.
No era la primera vez que recibí su visita. Reincidía. Nunca me mostró sus pezuñas en Londres pero en España y, sobre todo, en aquella Asturias del alma a la que tanto quiero porque representó siempre para mí un vividero de todas las potencias del alma, la presencia del monstruo el que pone la trabilla y separa a unos corazones diseminando la cizaña de la sospecha y del recelo su cita fue de lo más inoportuno. El besamanos y el proyecto de boda acabó de una forma terrible, en vómito, la detención en la comisaría, los insultos, las recias palabras y aquel policía de la Social que me encañonó con la pistola en el bar del hotel.¿Amargos recuerdos que pesan en la memoria, seré capaz de olvidaros?

¡Feliz manera de cortejar, vaya un bodorrio! Todo empezó y terminó en Covadonga en aquella excursión fatídica. Nos perdimos. El cura aquel siempre al rabo gafaba siempre nuestros encuentros. Me pareció estar viviendo experiencias que había registrado en la Regenta. Creía que iba a encontrarme con un ángel y lo que abracé fue un sapo. Sin embargo, la Santina hizo un milagro.
¿Qué hubiese sido de mí sin su mediación propiciatoria? Ahora me pesa de haberte conocido porque me apartasete del camino recto que conducía a la cima per ardua et per áspera acabando entre los matorrales del abajadero. Yo decía aina, aina, y tú me contestabas ayuso, ayuso.  En este forcejeo del so y del arre no sé quien perdería más si tú o yo, pero por lo que a mí respecta el golpe fue durísimo.
Encontrarte en aquel caserón de ladrillo rojo fue como dejarme seducir por los cantos de sirena que emitían sobre mi sensibilidad en barbecho y ávida de sensaciones nuevas el “sonus epulantis” del birimbao davídico, los cantos esotéricos, pero no obtuve ay de mí el beneplácito de los dioses y sucedió que serían las lágrimas mi pan día y noche y los impíos se reían de mí preguntandome con fisga dónde estaba mi Dios. Esta desazón, esa falta de quietud que hace que nunca sosiegue lo atribuyo yo a un suceso que ocurrió en mi infancia. Cierta tarde, próxima a la Navidad durante la fiesta del obispillo que en mi ciudad levítica se celebraba por san Nicolás, un tiempo en que la rigurosidad del ambiente se relaja con la proximidad del nacimiento del Salvador que nosotros atisbábamos en nuestros caletres como algo que no había que tomar al pie de la letra porque Jesucristo nace y muere sólo de mentirijillas o por así decirlo sobre el papel, nos divertíamos en el recinto claustral unos cuantos monaguillos después de un funeral.
Era tal nuestro ímpetu que pusimos la sacristía  boca abajo en aquella tarde oscura de lluvia. Hurgamos en las cajoneras, desparramábamos el incienso, bebíamos el vino de las vinajeras y nos atracábamos a hostias y obleas de la ofrenda, gateábamos por el mástil de las cruces alzadas y hubo uno que se encaramó en lo alto de la pértiga de un blandón de difuntos, cuando en esto entró el capellán.

Don Evaristo, pequeño, per listo como un rayo, y malo le parta, por más señas “rompetechos” le tuvo que hacer el sastre una capa pluvial a su medida para oficiar los sepelios y cabía en el sobrepelliz de un niño de coro, creo que no medía más allá del metro y medio, pero estaba dotado de fuerzas descomunales. Se puso al vernos como una fiera. Bramaba como un toro recién salido de chiqueros entrando en tromba contra nosotros. A uno de un empellón casi lo eleva del brazo de una cornucopia, a otro lo subió a lo alto de una cajonera. Pero yo fui el que llevé la peor parte.  Llovieron sobre mí cachetes, puntapiés, coscorrones y sopapos en el culo, las costillas y las nalgas. El fementido capellán no sabía dónde daba y en el paroxismo de su arrebato cogió un hisopo del calderil y empezó a “rociarme de agua bendita”. Parecía fuera de sí. Estaba como endemoniado. El astil  era de hierro y yo lo caté en toda su contundencia porque me abrió una brecha en la cabeza que dejaría secuelas inquietantes de por vida.
A consecuencia de la descarga que me provocó un vómito devolví el vino y las hostias. Estuve sin sentido varios minutos y todos me creyeron por muerto. Tendido en el suelo y sin conocimiento yo sentía el aliento del capellán que no era precisamente agua de colonia porque olía a tabaco y a dientes podridos y seguía escuchando las maldiciones de aquel loco:
-No se puede hacer carrera de vosotros, majaderos. No tenéis respeto a nada ni a nadie. Yo os enseñaré para que otra vez os portéis con más decoro como corresponde a unos dignos acólitos de la Santa Madre Iglesia. Vais a acabar con mi hacienda, fementidos. Si se entera el señor obispo me quitan  el beneficio y las anatas. Una sacristía no es una lonja. Quiero que os enteréis, modorros.
Y agitaba en el aire el caduceo. La vara de Mercurios cayó sobre nosotros, todo el peso de la ley. ¡Dios y qué aquel ogro pudiera haber ungido con el oleo bendito, que aquel enano fuera clérigo!

La desproporción de aquella reacción furibunda me volvió muy crítico con algunas cosas aunque seguí por mucho tiempo amando a la Iglesia. Nunca a sus indignos ministros. También de las adherencias de aquel golpe he padecido toda la vida dolores de cabeza. Cierto naturista me aseguró que a la larga  me vendría un tumor cerebral.
Mis relaciones con la Cántabra y la forma sórdida y desastroso en que acabó todo me recordaron aquel hisopazo de las honras del Obispillo. Un grupo de niños inocentes enfrentados a un ogro feroz vestido de sotana y un enamorado crédulo que llega a celebrar su boda y horas antes de la ceremonia ésta le deja plantado al pie del altar. Los dos- el capellán y esa mujer- me hicieron mucho daño. Respiro aun por ambas heridas. Durante los años en que estuve vagabundeando por la ciudad y arrastrando mis pies cansados por las aceras o durmiendo en los soportales y viviendo a salto de mata mediante la venta ambulante de libros usados tendiendo en la vía publica mi alfamar las mientes de aquel hombre y de aquella mujer cobran proyecciones terribles que me llenan de espanto la memoria. Son el haz y el contrahaz del rostro de Jano, la encarnación de Saturno que devora los frutos de sus entrañas. Uno fue un golpe moral y el otro físico. El moral me hizo más daño. Aquello me sigue doliendo. Me dolerá toda la vida.
 
Antera, amiga de las ardillas, volcaba su afectividad por los hijos que no amamantó cebandolos entre hojas verdes y libros apolillados. Al escucharla yo perdoné. Tuve que perdonar las injusticias, los agravios, las malevolencias y fracasos de mi existencia encadenada, aceptando el yugo y el barzón, metiendo la testuz de buey solidario y como dios manda. Los presagios del Hombre de Yeso me uncieron a esa canga impostergable. Un ictus yámbico cayó sobre mi cara. Te pasará esto y esto. Está escrito en el libro de la vida. Luchar contra el destino no se puede; contra esto que te digo no valen maulas.

Te echan al mundo predeterminado por un genoma.
-¿No hay voluntad liberadora?
-El cauce que eliges es irremisible.
-Pues ahora sí que nos ha dejado tiesos. Yo creía hasta ahora en el libre albedrío.
-No. Los cromosomas tienen sus propias reglas. Nadie podrá zafarse a la férula de sus dictámenes inexorables.
-Hablas como un canonista.
-En realidad de verdad yo antes era un libertario igual que tú.
Don Glabro era un iluminado. Me miró con aquellos sus ojos caladores que buscaban siempre la profundidad de sus personajes y no decían paridas como los de Alfonso Paso. Se produjo en la nave de la catedral sombría un fucilazo cuyo estruendo sonoro y su potencia lumínica desgarraron el velo del Templo. Iluminóse el cielo nublo con el titilar centelleante del véspero.
-No labres mi destino, poeta.
Sin embargo, no se dignó escuchar mis quejas. Venía embalado de profecías y se acercó hasta mi rostro con sus ojos rígidos, envarados en la distancia, los pómulos gipsíferos. Venía con la absoluta. Las palabras que pronunció sobre mis oídos sonaron irremediables. El horizonte oscuro parece que se iluminó. Tal vez me había tomado por alguno de sus atrabiliarios héroes de papel que él lanzaba a los escenarios al cabo de una producción lenta y esmerada, como consecuencia de un laborioso proceso de atanor y de vaso graduado, antes de arrojarlos sobre un escenario. Nací de aquella alquitara. Era hijo de su alambique, un monstruo como Hamlet. Crucé por el mundo como la sombra de Fausto.

Primero, el día diáfano; luego, la ardiente oscuridad. Prometeo encadenado a un matrimonio de torturas. El cuervo bajaba y me roía las entrañas al amanecer. Al ocaso volvían a crecerme mondongos y tripas que serían pasto de aquel pájaro glotón que nunca se saciaba. Padecí de siempre hambres extrañas y devoradoras. Me lanzaron a las tinieblas exteriores de un casorio sin amor ni perspectiva aparejado a la deshonra, la deyección social, la privación del puesto de trabajo, ignominia mayor, porque un hombre sin colación se convierte a ojos de los demás y de sí propio en un pintamonas. ¿Qué tengo yo que hacer ahora?
-Suicídate.
-Pues no estoy por la labor. No les voy a dar ese gusto. Seguiré escribiendo.
Me quitaron al amor hermoso, ese que pasa tan sólo una vez en nuestra vida y no nos damos cuenta de su trascendencia porque al reaccionar ya es tarde. Me expulsaron del Paraíso. Aquella tarde de agosto le hice levantarle de su siesta pero vino a cascarme verdades como puños. Dio vista a mi futuro columbrando el desmoronamiento de mi existencia paso a paso. Tenía ojos de lince y una visión futurista. Era un mago. Gozaba de esa proyección escatológica del demiurgo, patrimonio exclusivo del autor genial. Tremendo, ¿no?
Ya las cosas no tienen vuelta de hoja. Si fuese posible borrar las huellas del pasado, yo no hubiese tomado aquel avión en Heathrow ni hubiera escalado las trochas que llevan a la montaña de Covadonga. No pertenezco a la herencia de los santificados. Diversos acontecimientos de mi vida irregular me m arcaban. Yo era carne de cañón, un precito, un condenado. Pero la Virgen me salvó. Ya se hace irrealizable el proyecto de volver sobre los pasos pero, cubierto el rostro de ceniza entonando el Miserere por la vía de la expiación impetrar la perdonanza de ese Dios de misericordia y de compasión.

He de traer aquí a colación como prueba testifical de que hay ocasiones que Cristo se encarna en nuestro dolor y paga el rescate de nuestro dolor y todo ese tributo de la carne empecinada en el mal y en lo irreparable de las leyes físicas a través de la mujer que le dio su carne (María es el antídoto a la flaqueza humana) interviene y media, resguardandonos debajo del arnés de Dios. Tal arbitraje sobrenatural se produce múltiples veces en nuestra existencia unas veces sin que nos demos cuenta los interesados y otras siendo nosotros consientes. Son estados latentes de una conciencia ineluctable.
La augusta Señora bajada del Cielo, cuando los esbirros del obispado, alanos encalabrinados, podencos balduendos que habían aventado el olor a sangre iban tras mis zancajos, azuzados por aquel infame arcipreste, el cual me había condenado a muerte por despeñamiento, evitó mi defenestración desde aquel risco desde donde don Pelayo frenara al agareno. Tendió su manto y mi cuerpo, lejos de despanzurrarse contra los hincones del congosto, fue a resbalar entre las ramas de un nogal frondoso. La Mujer vino desde el Mar Amargo y me acogió en su regazo. Sé de la dulzura de aquel velo. Aún estoy vivo. Ya entonaban el réquiem muy compungidos aquellas camándulas que rampearon hasta el abajadero.
-Se nos ha tirado. Es un suicidio.
-No. Resbaló simplemente.
-Alguien lo empujó.
-Qué cosas tiene Su Ilustrísima. Ha sido un accidente. El Señor no ha permitido que se casara con esa mujer para hacerla una desgraciada. Tiene antecedentes penales. Es un psicópata.
-Pues, sí. Tendremos que trocar el traje de boda por el del sepelio. Así es la vida.

Cuál no sería la sorpresa cuando los guardas y los señores curas que se habían echado al monte, guiados por un espolique, en busca de mis despojos me encontraron tumbado cerca de una cambronera fumandome un veguero. Sólo unos rasguños. Me habían empujado al vacío, pero yo no quise decir nada ni presentar denuncia. Al verlos acercarse por la ladera me puse a cantar el “Salve Regina”. No salían de su asombro y no hacían sino repetir la palabra milagro. En el “Mercedes” del sr. Cardenal conducido por un fámulo me acercaron a mi hotel en Cangas de Onís. A la mañana siguiente desde el aeropuerto de Ranón tomé el primer avión para Inglaterra.
Todavía parece que veo el velo de la Virgen flotando sobre la hondonada frenando el peso de mi cuerpo, toda mi obra muerta pecadora, como un cendal santo que paró en volandas mi caída libre sin que llegase a tocar el fondo rocoso de la hondonada donde zampuzaban las aguas burbujeantes de un río bravo. Iba rezando avemarías. Me escuchaba a mí mismo y me veía ya camino de las estrellas. Hasta aquí hemos llegado. Alcé la vista y vi enrasar en círculo su vuelo al alfaqueque manero por cima de mis cabellos. Las palomas zuritas huían del gavilán. Flotaba ya la brisa en calma sobre los ásperos cuchillares de aquella montaña. Me acordé de la Virgen porque nací en la tierra de aquella pobre judía despeñada a la que llamaban María del Salto. Esto es el fin, pensé. Alguna vez tienen que pasar estas cosas. Sin embargo, tuve la misma suerte que mi paisana condenada a muerte por el sanedrín local: un coro de ángeles nos estaba aguardando en el foso.
Digo estas cosas para que conste como testimonio de que no estamos solos en nuestra lucha contra los avatares del mal. María, medianera de todas las gracias, es el único puerto seguro del pecador atormentado por la culpa. La vi allí con su manto zurcido en estrellas, su corona de reina global, sus ojos misericordiosos vueltos a mí librandome del acoso de los fementidos clérigos y de mi novia inicua, la que atrajo con su reptar y sus maneras sinuosas de serpiente de cascabel a los sayones de sotana.
-No me has cogido esta vez. No te saliste con la tuya, Gunteroda Golianter.
Todos los nombres tenía y tantos le dije.

Se me aparecieron dos monstruos de continente horrendo y cuerpos desformados en el foramen del horno. Me maldecían, me escupían, blandían los puños, se mesaban los cabellos al darse cuenta de que habían fracasado en el sabotaje. Contra Dios y su Bendita Madre no les valieron sus maulas. Yo les dejaba desgañitarse y seguí fumandome el Farias.
Ahora pienso que el hisopazo que me diera en el cráneo aquel gnomo tonsurado por las fiestas del Obispillo y la traición de aquel arcipreste de Cangas de Onís, el cual, según lo que luego supe, se estaba beneficiando a Gunteroda el muy canalla (cuernos de cura sabrán siempre a cuerno quemado) eran dos hechos eslabonados. Zurriagazo y tente tieso, y un retruque como el que no quiere la cosa y a volar. Pero resultaron fallidos. Ahora están fuera de contexto. Me valió entonces y me vale ahora el regazo de la Mujer fuerte.
El Dios de Israel - y esta es una idea teológica que crepita sobre las páginas bíblicas, según la escuela midrásica de Hillel- inclina siempre el fiel de la balanza del lado del desvalido. Protege la inocencia. Es un gran misterio que seguirá hasta el fin del mundo pero que tendremos que aceptar.
Puedo decir entonces con el Apóstol, que, encadenado por el Espíritu, subo yo también hacia Jerusalén y en nada reputo mi vida porque sé que Dios está detrás.
Pocos podrán entender el calado de esta afirmación fideísta pero de los polos clave que toda la soteriología. La salvación se da gratis a todos que llevaren la marca de la tau en la frente. “No matéis a los que sean portadores de este signo”, advierte el Libro del Apocalipsis. De suerte que, por de más vilipendiado, escarnecido y siempre haciéndome a un lado a un lado para que pase el cortejo me siento un afortunado al formar parte de la herencia de los marcados con un signo de bienandanza en mis temporales. Formo pare de la heredad de los elegidos por la gracia.

He dado pasos inciertos por mullidas alfombras, pisé el parqué de las plantas nobles, tuve un despacho soleado para mí solo, un sueldo a fin de mes. Todo lo tiré por la borda o más bien fui lanzado al vacío como aquella vez en que quisieron despeñarme una tarde maravillosa en la víspera misma de mis esponsales y desde el balcón mismo de la Santa Cueva, pero al precipitarme sobre el acantilado grité una frase terrible:
-Vuelve don Opas el que abrirá la puerta al sarracena. Guardaros de los malos pastores y del pastor que no apacienta sino que destrona.
Cristo me envió a sus guardias y puso un poyal de hojarasca para que no hiciera daño y ahora está aquí esta esterilla donde reclino mis libros y me prosterno en adoración a su augusta persona. Con ella bajo el brazo acudo a los gazofilacios, encantes y azoguejos de los mercadillos en las villas, ciudades y pueblos. Parecen ídolos de barro estos libros míos pero un día volverán a resucitar cuerpos gloriosos con la lozanía que un de un día gozaron. siempre huyendo de los golpes, temiendo la llegada de los municipales que me incautaron el alijo y me pusieron multas en repetidas ocasiones. A vueltas con el desden y con la ignorancia de mis compatriotas que han escogido el camino de la condena, rehuyen la luz y se aferran a las tinieblas. Qué desesperanzas no me habrá afligido, qué batiboleos, en todo este tiempo!
Pero resuenan todavía en mis orejas los requiebros de Antera en sus amorosos convocatorias a las ardillas y a los gorriones. Le recordaron el silbo del Buen Pastor que busca la artuña descarriada y que al igual que ella sabría distinguir el recental que ha perdido entre todos los que triscan en el redil bajo las panda de sus madres las conoce a todas y sabe llamarlas por su nombre.
-Bruja. Más que bruja. A que andas por ahí. Venga, baja. ¿Donde te has metido amada y me dejaste con gemido?
Escuché una palabra misteriosa que decía:

- Vuelve la telera, Gumersindo, y no hagas caso, que mi amor te aguarda en el aprisco. No sé lo que me quieres decir. todo el mal y el bien se encierran en el útero de la parturienta. Comprenderás la razón de por qué a muchas de vuestras mujeres se las ha cerrado la vulva.
-Ya quisiera más de una que se las hiciera un favor.
-En quien estas pensando.
En esa enana deforme que opina en los programas de la Campos y hoy acaba de decir una frase terrible “delenda  est Hispania”. Al proclamar esa sentencia ponía cara de hidra, parecía mismamente una rana. Nos hemos dado al espíritu de la fornicación que se yergue fatídico sobre los pueblos, la espada de la esterilidad amenaza. Envía a tu exterminador. El Hombre de yeso como perdió la guerra hablaba como un resentido. No sé si llegó a poner la camisa azul como Pravo Cagüen,-el cohen de los columneros, Zoilo de mala espina- lo que sí que decir es que cambió de chaqueta. Respiran otra vez por la herida los vencidos. Tuvo Glabro un triste fin. Lo acaba de arrasar la muerte con la que luchaba desde hacía tiempo, pero sus dotes de clarividencia para conmigo no los niego. Comprendió la poción que me reservaban mis días futuros. Habrás de apurar el cazo. Bruja. Más que bruja. Unos en misa y otros repicando. Las dos cosas no puede ser.
Se había cruzado por mi alcorce la sombra siniestra de un espejismo. El ángel malo vino a expulsarme de los aposentos de Eventhorpe. Un allanamiento de morada, un desahucio. Tomé mis bártulos una mañana en que Favonio soplaba a conciencia por las rampas de aquel páramo, cargué en la maleta todos mis libros y la biblia que me había regalado Aunti Eileen junto con aquellos maravillosos baedeckers sobre la ciudad de York donde Alcuino proyectaba su sombra erudita que fueron el pasto espiritual de monjes reencarnados, cerré mi casa y coloqué la guitarra entre los libros. La locura y el exilio me aguardaban.

Era Aquilón el que soplaba, el viento de la desgracia, que quiso establecer su trono en el mundo para parecerse al Altísimo. Esparcía por el mundo a sus delegados y fideicomisos que adoptaban los disfraces más impensables para llevar adelante su tarea de seducción. En aquella ocasión era un arcipreste muy barbihecho y lampiño y un señor obispo con capa magna cuya cola cubría media parte de la catedral. Largate. Que te marches. No queremos. Exhalas mal humor, hijo de todas las maldiciones. ¿Y eso dijo tu madre? Sí, lo dijo. Pues ahora sí que estamos apañados. Hube de largarme por la puerta de atrás. Yo que había hecho mi entrada en irrupción triunfal en la barbacana. Fue una madrugada aquella que viví en Cangas de Onís. Palpé mis huesos. Estaban enterizos tras aquella rodada por el perfil de la garganta más empinada de Asturias. ¿Y no te has hecho daño? Ni el menor rasguño. Nada. Sin embargo, me quedó para siempre un cardenal en el alma. Los barrenderos con una familiaridad municipal del agua cariñosa, purificadora y exacta, habían sacado las mangas de hierro. Regaban ajenos a mi drama personal bautizando al nuevo día que llegaba.
 
No tenía que haber sido así, pero estaba escrito en un libro, y cada libro posee su propio hado para gobernar las cosas humanas, los encuentros, los desencuentros de las casualidades. Besos y disparos bajan de una misma rienda. Al mal y al bien lo sirve un único acueducto. La mueca burlona de la gárgola iba evolucionando a risa. El grito quedóse en carcajada del bestiario. Conté los dientes dentro de sus fauces. Treinta y tres tenía: cabeza de zorro, alas de buitre, escamas de sierpe y emasculado al igual que el castor, pero despalmaba enorme y berrendo como la verga del mulo. Hacía un escorzo de ilusiones hermafroditas. La esfinge estaba allá saludando a los visitantes, a la vez hierática y estática a la entrada de la plaza donde la más feliz compostura arquitectónica ensamblaba el más bello de los conjuntos. Marco dorado y perfecto de ciudad medieval. Se podría representar a Hamlet allí mismo.

Un conjunto escalonado de estatuas, ábsides y arcos de medio punto nos llevaba a un postigo enmarcado bajo la simetría de un guardapolvos exornado de boceles. En lo alto de la casa fortaleza, dos ventanales geminados como cuévanos. Medían el aire las golondrinas con su vuelo inimitable. La cigüeña machacaba el ajo.
De pronto me sorprendió el mirar del basilisco que me dijo:
-¿Dónde vas con tanta palabras a cuestas?
-Busco por estas escalinatas un duro de plata que perdí de niño.
Echaba fuego por los ojos el basilisco. Nunca hubiera llegado a imaginar que una criatura tan pequeña, pues apenas llegaba a los 40 centímetros tuviera tanto poder. Exhalaba azufre por las fauces.
-Rindéte ya de una vez.
-Ni por pienso -, exclamé.
A la vista de mi determinación, el fabuloso animal siguió su camino. El dragón venía siguiendole los talones agitando su poderosa cola capaz de derribar con uno de sus meneos a toda una constelación.
No quiso causar pánico porque era un dragón voluntarioso, ajeno a preparar escándalo alguno, pidió a un cantero muy experto y mañero con la gubia que le ayudase a transformarse en gárgola, cosa que hizo el hombre avezado a estas lides de transformar las lucubraciones especulativas de los cartularios y de los becerros en granito.
Hecho gárgola el basilisco, el maestro de obras lo insertó debajo de un pináculo. Desde ese instante se transformó en roca parlante que conseguía maravillar a los turistas con sus disertaciones teológicas sobre el bien y el mal, los Novísimos. Dejaba caer sobre el infinito de las tardes sus parrafadas silentes, clepsidra que computa el lento discurrir de los días, mirando al firmamento diáfano, estilo ingrávido de reloj de sol.

Taladraba el silencio vespertino de las callejas con múltiples recovecos y pasadizos del barrio de la muralla el bordoneo melancólico de la salmodia de los canónigos. En secreto, yo había acariciado eternamente la idea de un puesto en la gran sillería del coro de la iglesia mayor de mi ciudad. Mi imaginación rondaba los asientos de una misericordia tallada en madera de nogal. Estaría leyendo en cantorales de becerro que daban vueltas sobre los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos de la Naturaleza el oficio divino.
Saldría alguna vez en mi vida el sol de Cristo, haz de rayos, emanación mística que desciende del cielo, oficiando a manera de escala de Jacob que comunica lo visible con lo invisible, lo ancho con lo largo, lo alto con lo profundo. A un lado, por encima del esbelto cancel - una armadura de quince metros casi- estaba el icono de la Madre de Dios, la excelsa Theotokos, socorro del pobre, refugio del pecador, alfamar que cubre las carnes del desguarnecido, consuelo del preso, alfaneque del cautivo, puerta del Cielo y clave del arco formero de la santa iglesia catedral de mi pueblo, la más aireada y esbelta de la pléyade de torres excelsas que alzara la fe de Castilla.
Pensé en cierto episodio de la Leyenda Áurea. Según un antiguo cuento ruso, la Virgen descendió a los infiernos en en compañía del Hijo para libertar a los condenados. Este viaje se titula en las hermosas narraciones simbólicas que tienen a la Señora por tema marco “Xoshdenie Bogorotitse po mukam. Cualidad esencial de la que muestra el camino son los dedos apuntando en bendición de los cuadros hagiográficos bizantinos. Una lluvia de consagradas alabanzas.

La catedral era el vértice. Invisibles los angeles en trayecto de ida y vuelta, se mostraban muy atareados igual que los sacristanes en día de procesión, acezando por las filas, subiendo plegarias y bajando favores. Muestrános, Señora, el camino. El incienso, elevándose en la plenitud de la misa pontifical de la fiesta más grande de la Virgen, la de la Dormición, el sermón de campanillas, el magistral arrastrando los manteos por los enlosados donde estaban las lápidas de los lucillos y de las laudas funerarias.
El Viaje de Nuestra Señora a la tierra del dolor. Ella bajó también a los infiernos. A rain of blessings. Tormenta de bendiciones, muestrános el camino.
Un recuerdo para las fiestas grandes. Anunciaban los añafileros la llegada del prelado a su cátedra. Oficié de acólito y cuando portaba la capa magna de seda roja, escuché a Su Ilustrísima dirigirse a uno de los beneficiados.
-Como yo piso ahora a estos, otros me pisarán.
Aquella vía enrejada que conectaba la forja del coro con la del altar mayor se denominaba el osario y desde los primeros tiempos de la fundación del edificio en la segunda mitad del s. XVI venía funcionando para enterramiento de los capitulares. Eran losas de granito, no demasiado gastado, puesto que se podían apreciar los epígrafes latinos y los escudos de armas de los obispos con apellidos de recia prosapia castellana (Velasco, Pita, Órbigo, Quiñones, Regatillo, etc) legibles aún.
-Pero ¡qué cosas tiene usted, señor obispo, quién piensa en eso! - trató de tranquilizarle su fámulo y ayuda de cámara, llamado Resines.
-Ay, sí. Aquí también pondrán mis restos.

A la legua se notaba que el pobre patriarca no podía echar de la mente sus fúnebres pensamientos. En esto habían llegado ante el baldaquino los canónigos pertigueros. Yo le ayudé a desprenderse de la capa magna y el organista Celso atronó las naves con la Marcha Real. Al poco el coro atacó el “Asperges me, Domine, hysopo et mundabor” y dio comienzo la misa de pontifical que según las liturgia del quince de Agosto es puro jolgorio. Nuestra Madre también venció a la muerte. se durmió y en ese estado fue transportada al Paraíso.
Después del introito y los kyries, el sermón de campanillas, una oración sagrada en la cual el Magistral echaba los restos y rizaba el rizo. Le veíamos verse con despejo en lo alto del ambón, aquel púlpito de jaspes con labra de narraciones historiadas del Antiguo Testamento, agitando la muceta y moviendo sobre nuestras cabezas los entorchados de encaje sobre un vuelto rojo. Las ramas del árbol de Jetsé transformadas en columnas se alzaban hasta el cielo.
Aquellos sermones comenzaban con un versículo de la Biblia o una sentencia de san Bernardo o del Crisóstomo en latín; a renglón seguido, el apostrofe ya tantas veces escuchado: “Amadísimos hermanos en Cristo Jesús, como dice el salmista, etc”. Concluyendo con el colofón apoteósico de la peroración final. Don Dionisio se agitaba igual que una pluma agitada por el viento con gran meneo de manteos y de capisayos. Era el epítome de la elocuencia. Parecía desmandado. Sin embargo, sus gestos estaban estudiadísimos. Trataba de conmover a su auditorio. Lo conseguía la mayor parte de las veces.
En ocasiones señaladas como los triduos y novenarios de gran solemnidad en aquella ciudad levítica amante de las procesiones y en la cual el obispo mandaba tanto o más que la autoridad civil, solían contratarse predicadores forasteros. En estos alardes de labia doctoral resultaban tan contundentes como efectivos los frailes dominicos, aunque los jesuitas tampoco se quedaban atrás.
Era un sistema de valores bien definido y sin término  medio, una huida hacia adelante bajo el tornavoz de blanco mármol de Carrara de cuyo techo colgaba una paloma de patas rojas y una herida en el buche. El púlpito de estilo imperial al que se subía por dos trayectorias, una escalera de caracol que daba vuelta al responsión de carga de la impresionante nave mayor hacía juego con aquella representación simbólica del Paraíso.

 1 de julio de 2000
Yo me perdía en el álgebra misógina de toda aquella parafernalia de claves secretas y de inversión de signos. Cada piedra señalaba un camino diferente.  En uno de los capiteles de la girola la gubia bufa y descarada de un laborero anónimo no resistió la tentación de plasmar la cabeza gorda y febrígena de una hiena. Estaba claro que semejante hecho no era fruto de la casualidad sino de la intención ambigua, porque la fusca es uno de los mamíferos más repugnantes y el que mejor imita la voz humana, se aparea por la grupa y a reculas  - el macho cubre a la hembra sin montarla quedando ligados ambos durante un cierto tiempo- y sus costumbres se parecen y difieren a las del lobo y a las del perro. Sus órganos reproductores, muy abultados, son sin embargo imprecisos por lo que atañe a un comportamiento sexual sin definir, lo que determina ciertas inclinaciones hermafroditas. El macho se amadama y la mujer se viriliza. Ello es síntoma de degeneración de la raza. Plasmada en aquella escultura de uno de los capiteles del claustro catedralicio, selva palúdica de una imaginación volcánica porque al lado se abrazaban arpías y centauros y hacían burla a los hombres un grupo de cuadrúmanos que en sus tentaciones obscenas plasmaban mejor que nadie las tentaciones y los vicios y avivaban la presencia del maligno en el interior de aquel recinto sagrado. Un fraile menor con cogolla, hábito y cordón embutidos en un cuerpo y una cabeza de azor predicaba a una congregación de pollos que le escuchaba aterrorizado. Las molduras de los bajorrelieves de las misericordias justo donde los canónigos regulares cantaban, calentaban el culo, aliviaban el picor de almorranas que escocían los siglos y hacían la digestión plasmaba mejor que nada y que nadie la grandeza de aquel mandamiento nuevo del que se hablaba con tanto entusiasmo y a todas horas pero en el que pocos creían.

Las esculturas y las pinturas medievales cumplían un papel didáctico. Eran por decirlo de alguna manera nuestros primeros dibujos animados. De su misión catequística y profética se holgarán los siglos. Proclamaban la lección del tiempo futuro. Estaban cantando aquellos monigotes la epístola del avenir.
Todo ello era un símbolo del acontecer que se nos echaba encima. Creo que aprendí la lección de la glíptica escultórica que colocaba a Simón el pobre en el paraíso y mandaba a los curas malos, a los obispos y a los papas indignos al báratro. Vi cantar el himno de los bienaventurados a los tres niños en el foramen del horno babilónico y rabiaban los perros en la corte de la dinastía alóctona. Un principe deseado no llegó a reinar por culpa de nuestros pecados. Pobres reyes que dejaron el reino perdido y su corte donde dejó de fumar Gabriel Arna un acaballadero donde montaba el burro padre a todas las yeguas del concejo.

Cada una de aquellas piedras sagradas tenía su propia lectura. Gabrielito Arna pedía árnica. Mira que vas a reventar como el lagarto de Jaén. Dejó de fumar un mes y paró la tos. Cada especie zoomórfica del abigarrado bestiario claustral era una iniciación a la hermenéutica. Las cartas anunciaban la llegada de tiempos de depravación. Un profesor del quinto de Gramática nos explicó todo aquel cosmos esencial. Ya entonces me entusiasmé con el beluario cristiano. Saqué provechosas enseñanzas y tuve la seguridad aquel quince de agosto, cuando escoltaba como paje a aquel santo obispo, don Diego Horcate, que viviría los turbulentos días del Apocalipsis. Fue una gracia de iluminación que tuve aquel 15 de agosto, el día de la fiesta del Tránsito. En la distancia escuché el piafar de los caballos, al cuervo crascitar y a una loba vieja metamorfosearse en mujer de bandera a la que perseguían los reporteros pijos de la revistas de la crija y los lobos encamados de la Entena Treinta Tres. Las arpías propalaban el llanto y el miedo. Se derramaba el vitriolo en los vasos sagrados. Cada día cometían un sacrilegio los convergentes oficiando misas negras.
La virgen bizantina, puerto de holgura, faro luminoso, presidía las celebraciones litúrgicas. Cuatro siglos estuvo en aquella tribuna de la nave del transepto. Me miró con sus ojos claros y habló palabras en griego que al principio no entendía. Luego, sí. Aquella mirada, aquellos ojos panópticos, parecían comprenderlo todo, perdonarlo todo, sin exigir, sin perorar, sin increpar y sin pedir nada a cambio. Su altar en lo alto del triforio figuraba como el puesto de los primeros socorros. ¡Cuanto debieron de ver aquellos ojos misericordioso, cuántas lagrimas escucharon, y cuantas ternuras derramaron aquellos labios. Llevará para siempre su voz grabada en mi memoria. Al descender a los infiernos pagó el rescate de mis locuras y en una madrugada de vino y hiel desvió la bala asesina de uno que me disparó, suceso desgraciado que sólo he de rememorar en gloria de Su Dulce Nombre, María, estrella del mar. Mi alma ansiaba aquellas masas de agua luminosas de eternidad y, disparada hacia los cumbrales de aquellos empinos abovedados, trepaba en busca de una armonía y una imposibilidad ausente de la naturaleza de las cosas. En este mundo todo es fayanca, inestabilidad, desequilibrio.
 

Sonaban entonces gratificantes los requiebros amorosos de Antera, bruja más bruja, baja, ¿estás ahí?, en los que quiso comprimir cuanto amor capacitaban sus entrañas hacia los hijos que no la nacieron. tales interpelaciones eran un grito de llamada del buen pastor a la oveja que se descarría. Sindo, vuelve al redil, parece que me decía. El gesto amoroso y la librera me instaba a las cosas altas, al optimismo, deja de leer periódicos airados, no tomen cuentas tus oídos los boletines envenenados que llevan en su seno un cargazón de muerte.  Me acordé del famoso poema de Wordsworth Turn up the tables. Bruja más que bruja, ¿estás ahí? Aspira toda esa fragancia del Jardín Botánico. Colige las rosas. Tú no puedes entrar en esa manada de malditos hitlerianos. Eres del cornijal de Israel, depón el odio, entra en el arca del amor y del perdón de los elegidos. Apartate de ese ambiente execrable. Todo el mal y todo el bien de este mundo arriban a través del vientre de una mujer. Una nos llenó de desolación y la otra de dicha. Don Glabro estaba en la verdad. Comprendía la poción de llanto para mí reservada en la alcancía de la fatalidad. Por eso, sólo por eso, perdoné y me prosterné a los pies de Tambor del Bruch.
-El otro día estuve grosero y agresivo contigo contigo, hermano. Quizás somos de esa manera esta generación porque fuimos educado en el odio, la violencia y el resentimiento.
-No pasa nada - dijo-.Espero que no vuelva a suceder.
-No habrá próxima vez, te lo prometo.
Y también perdoné a la Mujer, la que me hizo tanto daño cuando me clavó el aguijón la avispa. Tuve muchos años su punzón en la piel, y no manaba sangre sino vino de la herida. Aquel golpe brutal me arrebató el deseo de vivir convirtiendome en un cadáver ambulante, la madre que me parió, fue una loba, ay sí, nada que ver con un ser humano. Pero ¿por qué se cruzó en mi camino la sombra siniestra? ¿Por qué nací del vientre de aquélla que me aborreció? Ya desde los primeros pañales, cuando excreté el primer alhorre, por mi malaventura, renegó de mí. Desde aquel omen, por mis orejas tantas veces escuchado en el crujir de dientes y llanto de las tinieblas exteriores he devenido réprobo y malsín, gandul, apático, maltrabaja. En el colmo de mi iniquidad voy y echo la culpa a los judíos. Eya velar. Cuando es una virgen hebrea la que me salva, por una de esa contradicciones, por unos de esas antilogías de la naturaleza. Basta ya. Dejate de contemplarte en el espejo curvo.

Pero ¿por qué me mordió la víbora inoculando el veneno de la iniquidad con el que deambulo por la tierra? Creía posible en esta tierra la satisfacción del ideal, un orden de vida, la satisfacción de unos objetivos, echo sin embargo la vista atrás y únicamente contemplo perjurios, pecados, infamias. Hay que emplear el lítote y la metáfora para no describir en su cruda verdad la esencia de mi derrotar. He pasado por el mundo haciendo daño. Aspiraba a la culminación de unas aspiraciones altruistas: la verdad, la belleza, la patria, la tranquilidad hogareña, el beatus ille, la respectabilidad catedrática. Pero vino la diabla y encendió en mi almaun fogaril jamás extinto. Era Semiramis a cuya deletéreo aldaba fui encadenado.
-Ese pescuezo dentro de la canga. Gemirás bajo el yugo por tus pecados- gritó funesto.
Unos dedos de uñas afiladas introdujeron pinchos y cristales debajo de la collera. Había un bichero acechando en mi vida y yo no lo sabía, disfrazado de mujer.
-Me haces daño, hombre.
El auriga sembró el suelo de gargajos y manchó las nubes de blasfemias. Tuve en aquel instante conciencia de lo que es y lo que significa ser malo.
-Si pesa mucho y lacera no rechistes, piensa en otros que conducen peor carga.
-No me quejo de mis quebrantos, señor amo.
-Ah, me has llamado dueño y señor de tus destinos y es lo que soy. Andarás desde ahora a golpe de rebenque, sentirán en el maslo el arpón de mi aguijada. Habrás de volver la otra mejilla ¿es que no eres cristiano?  
 
    
       
 
 
 
      

          
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
16 de junio de 1998
Aderita Merino Redondo:
León
               Querida Amerita:
Paz y Bien. Muchísimas gracias por sus dos postales, sobre todo, la del Pantocrátor Tetramorfos  de la bóveda de la iglesia de San Isidoro, una de las más antiguas de la cristiandad y donde se oficiaba en rito mozárabe, que es el que yo, preferentemente, sigo. Y gracias por acordarse de mí en el día de mi santo, pues que San Antonio Bendito - así se lo pido con denuedo yo, pobre pecador- les ilumine y haga el milagro de la curación de Eusebio.

Pues me había tenido con el alma en vilo, porque no entendí muy bien a la sra. Tina, que me dijo que se había “ muerto su cuñada “ que me dejó muy preocupado, porque yo no tenía noticia de que Pilar, una mujer relativamente joven y sin noticia de haber estado enferma, no me cabía en la cabeza que su hermano hubiese habido poder quedado viudo de buenas a primeras el pobrecito, y yo duro llamar a su casa, pero no cogían el teléfono, pero cuando he recibido sus bonitas postales, ya sosegué, al saber que la difunta era una tía mayor de su cuñada, pues que Dios la tenga en su gloria y Dios nos dé salud para encomendarla muchos años, como se solía decir por mi tierra.
También tenía noticia de que ud marchaba por estas fechas de Pentecostés, como suele hacer todos los años a Sahagún de Campos a hacer la recolección de un huerto que tiene allí. ¿Qué tal los alcachofales? Pues ese es un fruto que yo conozco poco, porque por mi tierra segoviana no se tenía costumbre de sembrar, aunque los alcachofales son muy saludables y mi madre las ponía con carne de cordero y estaba muy rica.
Ay con lo bien que se debe de estar ahora en el pueblo, en esa bendita tierra leonesa, con este campo tan maravilloso que nos ha regalado el Señor. Este año por toda España debe de haber un cosechón. Si su hermano se determinase acoger el volante e ir a pasar unos días a su pueblo, pues vendría nuevo, pero el pobrecito tiene esas congojas inexplicables. A lo mejor la ausencia de su esposa le ha servido para recapacitar, y usted le cuida, Deci. Que buena persona y qué leal es usted, y qué elegante.
El último sábado me ocurrió en El Escorial un caso, que todavía estoy dandole gracias a la Señora. Tendí como todos los primero sábados, pero recogí pronto, porque no se vendía nada, sobre todo de los libros que yo he editado, que nadie los compra y es casi por lo que voy. Me fui a rezar el rosario al cerco. En esto me vino un francés, que debería de estar borracho, y me quería pegar porque dijo no sé qué que yo había dicho de Amparo Cuevas y yo dije que Dios me libre, Al entrar en el prado de repente se le pasó la neura y cambió totalmente. Luego despareció entre el gentío y no lo he vuelto a ver más a tan extraño personaje. Yo creo que era el Maligno.
En El Escorial pueden ocurrir cosas muy raras.

Pero no quedó ahí la cosa. Al regreso, veo que la guardia civil estaba tomando los datos, nombre, filiación y licencia de vendedor ambulante a todos los compañeros que venden allí estampas y rosarios. De buena me libré. Pobre gente. Les cayó una multa de cien mil pesetas. Por lo visto, los de la Fundación nos habían denunciado porque se les hace la competencia o piensan ellos que les hacemos la competencia. Me sentí muy triste porque esa artimaña me parece anticristiana, pero recuerdo que el primer sábado de mayo yo había escuchado una voz dentro de mí que me había advertido: “ no vuelvas”. Yo no hice caso o desobedecí ese mandato, pero Nuestro Señor, que sabe mi rectitud de intención, que no voy allí a ganar dinero, sino que el tenderete es ocasión para hacer apostolado y comunicarme con la gente, se apiadó de mí.
Pero le participo, Amerita, que estoy muy desconsolado y sin saber a qué atenerme. Rueguele a Dios que me ilumine sobre qué debo hacer. Como sacerdote, odio la superstición y allí hay bastante superstición en especial entre los que manejan ese cotarro que es una fabrica de acuñar moneda y una mina de oro. En teología la vana observancia y la adoración de fetiches y de árboles es un pecado muy grave contra el primer mandamiento de la ley de Dios y, si luego, dices que tienes mensajes y no hay mensajes es una impostura blasfema y una mentira - se peca por partida doble  - y son materia muy grave de condenación por parte de la supuesta vidente o veedora, que no aparece por la pradera y se dirige a sus seguidores por interpuesto. Eso es una solemne estafa por la cual tendrá que dar cuenta a Dios y burlarse de su Santa Madre.

Otro signo muy pernicioso para mí ha sido la muerte del pobre Don Ángel, ese sacerdote de Astorga, al que han encontrado tieso en su piso. El último primer sábado de mayo yo alcancé a verle y a charlar con él unos instantes. Hablamos del oficio parvo y de la Santísima Virgen. Pues qué muerte más terrible ha tenido el pobre. No se sabe si ha sido muerte natural o un asesinato.
Recuerdo que en la conversación a solas que sostuvimos - volvimos a hacer hincapié en la necesidad de que allí se dijese a una misa - él expresaba ciertas reticencias acerca de la vidente y de todo el tinglado que han montado allá el Julián y los otros ¿ Conocía al pobre P. Ángel? Iba de sotana con una carterilla deslucida en la cual portaba el breviario y vestía muy pobremente.
Bueno, Deri, le ruego que guarde absoluto sigilo sobre estas cosas que le digo. Yo por mi parte voy a dejar de ir ya definitivamente al Escorial. Tampoco saldré a vender libros. Dios me llama ahora por el camino de la oración y del recogimiento. Se ha acabado una etapa en mi vida y empieza una nueva. No obstante, le doy al señor muchas gracias por haberla conocido a usted en Prado Nuevo y mi consejo es que continúe yendo, pero a los de la fundación ni una perra. Son unos timadores y carecen de entrañas porque no les importa el prójimo.
Me dan miedo.
Bueno, Deri maja, usted no se preocupe, porque Dios no nos dejará de su mano. Estoy seguro de que Eusebio de pondrá mejor. Teresita nunca falla. Además, el mero hecho de que vaya tirando en medio de los espasmos de una enfermedad tan traidora y poco llevadera como la que tiene es un signo de garantía y un aval de curación sino total, al menos parcial. Así podrá vivir muchos años. Quiera Dios que la tenga a usted a su lado, así como a su esposa.
Queden todos con Dios. Aquí le mando estas coplillas.
RESPONSORIO DE SAN ANTONIO DE LISBOA

Si buscas milagros, mira muerte y error desterrados; miseria y demonios huídos; leprosos y enfermos sanos. // El mar sosiega su ira, redimánse encarcelados, miembros y bienes perdidos recobran mozos y ancianos// El peligro se retira, los pobres van remediados; cuéntenlo los socorridos, digánlo los paduanos// El mar sosiega su ira... etc. // Gloria al Padre. Gloria al Hijo. Gloria al Hijos. Gloria al Espíritu Santo// Ruega a Cristo por nosotros Antonio divino y santo, para que dignos así de sus promesas seamos. Amen.
ORACIÓN:- Haced, Oh Señor, que la intercesión de vuestro confesor Antonio llene de alegría a vuestra Iglesia para que siempre sea protegida con los auxilios espirituales y merezca alcanzar los eternos gozos (cien días de indulgencia cada vez que se reza y una plenaria si se reza todos los días durante un mes).
Le rogaría, Deri, que al menos una vez al día rece esta oración a San Antonio a ver si tenemos suerte en la intención que nos convoca. Un fuerte abrazo y PAZ Y BIEN para usted y los suyos.
 
Antonio 
 
 
 
 
 
 
 
16 de junio de 1998
 
Eva María López del Valle,
Horno del Vidrio 20, Bajos 2ª
08800 Vilanova i Geltrú,
Barcelona.
My dearest Eva María:
Thank you very much for your setter and the photo in which you look beautiful. You have a deep set eyes very expressive and stern and well cut face with very nice features, and intense staring, which reveals intelligence and selfcontrol. First of all, I would like to send greeting on your birthday, the fourth July. Eres verdaderamente una hermosa mujer de caracter o de gobierno. I hope that this letter reaches before that date and before you leave for England.
Many happy returns on youy seventeenth birthday. In the company of your parents , brothers and sisters and the people you really like. I presume that probably you have a boy friend or novio

I am sure you are going to have a nice sejourn in Nottingham. It is an industrial town of the north, drab and flat in the county of Lancashire. The people from the North are renown for its friendship. They are outspoken. At the beggining you will not understand a word they say because the northern accent is very close. However,try to listen to the radio, and watch TV and read as much as you can. Always a dictionary at hand. Carry with yourself a notebook and write down all the words you pick up for the first time and learn by heart ddifferent expressions.
At first, you will find strange the food. People in England ususally make only a meal a day, dinner, but they have a good breakfast. Eva María, perhaps you will miss home, but you have to get over it. To learn and speak English fluently is essential in order to get a good job. I am sure you will realize that and you will end up talking in the language of Shakespeare like you speak Catalan or Castilian.
I pray God that everything goes smoothly for you there. These  are my advices:
       1) Don´t grumble over the food. Take with yourself some chorizo or butifarra because in the first day you will starve. Also take a bottle of brandy or anis for your landlord or landy , since liquors and wine is England quite appreciated
       2) Travel as much as you can while you are there. I suggest spots like York  or the Bronte country which is beautiful. This is the first time you leave home for a long sojourn abroad away from your parents, birthers and sisters. Sometime you will perhaps feel homesick and like crying but it does not matter; we have gone through that all of us.
       3) If you go to a party, do not accept lifts from  strangers. Arrange before hand all the particulars of transportation. No te metas en un coche con un desconocido si no vas acompañada de un amigo o de una amiga
 I assume that you will stay as a guest in a house living with a family. English families are usually very nice. There is a bond  very strange among English families. If you make yourself friend of someone in England , you will have a friend for life. It is like in Catalunya.
I am sure that you will like England and you will fancy return back one day. It will be a rich and unforgettable experience.
 I spent in that country ten years of my life. In a way I am more British than Spanish. It is a place where I was happy. It was hard at the beginning.
Now I am writing in English to you. It is because this was the language of my first and true love. In English I think many a time especially the most tender feelings. I consider you, Eva María like my daughter. I did not have opportunity to write to her much, but I am writing to you now. The idea brings good memories of tenderness.   Affection, compassion. It is as thought as if I went back to my youth, and to those good all days in York.

I am sure that at schools went well and that you passed COU. Please, in your next letter, if you have time, tell me abaot the whole thing. I am just your pen pal, a pen pal who feels for you something very special. Sometimes I think you are my Helen , the daughter I lost and who has come to my life under the name of Eva María from Vilanova i Geltrú. Don´t worry about me, dear. I am alright. I feel a lot of affection for you, and in fact I find your letters fascinating, but I am an old man who happens to be very fond of Eva María but in a platonic way The more pure the realtionships are the more durable. Sex to a certain extent destroys everything but creates un undeleble bond between two people; without it, neither you and me will be here . Sex with the person you really are in love with is the most delightful thing that life can afford to men and women.But it is something holy. Like a sacrament.I dissaprove people jumping into bed easily and that is wrong but I may be antiquated and full of taboos. So much sex in television bores me to death. However, I know that the new generations are more genuine y less hypocritical than we were. Certainly you do not suck the finger. You know what I mean.
I may sound old fashioned but I feel very tolerant in that respect. Try to keep your self for the man you are going to share your life with. But  that is a personal decission You have three dads. Daniel, your daddy in Albacete and poor old me to whom you can talk, and perhaps will be ablo to give you some advice. Although I can see that you have grown up fast and life has taught you a lot. You are a very sensible and responsible girl.
At 17 you have reached a point of maturity. What you say about taht idea that the more you know the more you suffer it is true. According to an old Latin saying Scientia dolorem fertur ( el conocimiento allega dolor ).  To be happy the best thing is not to know. However, the animals also suffer. In the other hand , as the old Greeks used to say knowledge and the thirst for knowledgre prolong life. In order to live longer people ought to do less physical exercise in favour of mental work and learn how to cope with their shortcomings.    Because mind is the best gift God to mankind and also the best regulator of health. We can be our own doctor and our own healers.
 If they want to keep fit men and women ought to use their rational attributes rather than the physical in order to improve themseleves. The human soul is created to high things. Such as Beauty and Truth. Without Beauty and Truth there is not Love ,and without Love happiness doesn´t exist.  You know why our cities are full of walking corpses and of living dead, Eva María ? Because they do not love, because they feel slaves of material things and also they live like pigs. They pass through life without an aim. They eat, sleep, fuck ( excuse the words ) go to work and lead a life without an aim. My council is NE QUID NIMIS, verbigracia: de nada demasiado. And SUSTINE ET ASTINE. Esto es soltar y aflojar, porque vivir es andar siempre en una cuerda floja y la verdad es relativa lo mismo que el Rostro de Dios que es mixtilineo y poliédrico.

However, people are getting more vulgar. The more vulgar the lest suspicious. That is why persons like me feel out of field. We are preachers in the dessert. I am the odd man out. Society considers us marginal, but to hell with that marginality. They, in my opinion. are the outcast. Oh, my dearest and tender catalana, Eva María, how right you were when you pass judgement upon me saying that I am the last of the breed, that I do not belong to this day and age. Certainly, I do not want to be Terenci Moix, netiher do I want to be that primsie good old puff of Antonio Gala.
I do not know whether my writing is good or bad, but I can guarantee that my prose is full of virility, and also I don´t feel a turncoat. I am peace with myself and full of contentement. In spite of all, life has treated me well. I do not publish . I am not famous but you come and say those wonderful things about me and I feeel on the pink, in the top of the world, full of consolation. God is great. He never leaves us.
 I have been saying the same things over thirty years.  It may be that this is the reason why I felt an exile on my own homeland.
 But that is life and life is tough. You are entering the rat race ( la carrera de la competencia )and starting to lead a life which in spite of everything promises to be marvellous. When one door slams another opens. God always helps. The more you live the more you feel that there is a hand which provides and picks you up in the moments of conflict in the real deficcult situations. I have been a man of faith. And that faith kept me up .
That is my my advice: never lose faith. There is always a dawn after sunset. Dusk
comes after sunshire and viceversa. God will provide and he will bless you, Eva María. You just have to work hard and continue as you have done. Be yourself and think that you are going to reach the goal. Certainly I admire you me because being so young you have attained such a degree of maturity.
What you say about my writing flatters me and I am very proud of you compliments. Literature, my dear girl, is a tough business. It is not an easy job to climb to the top but it is also a marvellous vocation. gives a lot of satisfaction but  success is something peripheral to it. People should write to be better people, to be satisfied with themselves and become more genuine. Usually captures the best slides from the inner and the outer self that is latent inside us, and fills a whole life.
Remeber a phrase from the poet Virgil: Audaces fortuna jubat ( la fortuna ayuda a los audaces ). This world belongs to the dreamers because if you don´t dream you are already dead, but I know you are the kind of person who keeps it feet on the earth.
I am very happy to hear that you are working in a restaurant to get enough money for your journey to England. It is very rewarding to come home and feel tired but proud because you earned your money with your own sweat.  It is your effort which counts. Here my son Toñín is helping out in a “ pizzería “ doing the washing up.

Poor me ¿ My writing reminds you of Cervantes ? He is a monster of nature and I am just Antonio Parra, just “ un aficcionado “. However , that is the best compliment that can be adressed to a guy who writes in Spanish, to be like Don Miguel de Cervantes. Those are big words, but I thank you very much , my dear.
I admire Cervantes but, with exception of El Quijote, is much better writer Quevedo. Spanich Literatures is one of the richest of the world. There are a lot in it of hidden treasures, mostly authors unknown to the big public, because in this country fame has been very capricious and venal. If you carry on reading one day you will be aware of the fact that my statement bears the truth.  Spain is a mystery, a laberynth perhaps
Apart from the mentioned my favourite authors are the russians: Gogol, Dostoyevski, Ivan Bunin. Chejov and also the British Somerset Maughan, especially a novel called “ Of humand bondage “ translated in Spanish like “ La Servidumbre  humana “ which I deem a masterpiece. However, I don´t like the Americans writers.
But this is very conventional. For me a letter from yours holds more merit and aesthetic pleasure than, for instance, a novel with the signature of Azorín, a writer I used to admire when I was your age. Now I loathe him. Maeztu is alright but i prefer Ganivet or Marañón. Valle is tiresome. Too many metaphors and brilliant images the same as García Lorca. Machado , excellent but deleterious and devastatingly  sad. You will be much better writer than many of them.
Among my qualities are intuition and certain zest for prophecy ( remember, Eva María, I come from jewish blood ) and this instinct forecasts me that Eva María López del Valle is going to be someone very especial. You are not like the rest of the pupils of your school or instituto. Tú tienes algo , hija, del sagrado fuego, eso que reservan los dioses para unos cuantos elegidos.  This is true and I am not joking. Be sure of that.  The omen I foretell will become real one day, I hope that I can be still alive to witness it.
Anyway, I must put full stop to this letter. I am sure that your level in English is high enough to understand this text. It is also a great practice since you are going to be working with this language in the near future. HAPPY BIRTHDAY MY DEAREST. Look after yourself when you are in England. I assure you that I shall be praying that everything turns up well. When you are back in Barcelona, drop me a line. I am very proud of being your friend and shall be glad to hear form you safe and sound again in Vilanova at the end of the summer. GOD BLESS YOU
PS. If you do not understand this letter, let me know and I will translate it to Castilian. OK ? ( When you get to England you will be saying OK. That is a favourite. OK and sorry
 Yours faithfully
 

Antonio
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
9 de julio de 1998
 

Querida Aderita: Las cartas de Vd. Siempre son un consuelo, pues acabo de ecibir la del día 2 del corriente, mes de la Virgen del Carmen, como bien dice, pues yo acababa de venir de Segovia donde voy casi todos los años por San Juan , la fiesta de los templarios, aquellos monjes mitad frailes y mitad soldados, que defendieron a la cristiandad del peligro de la morisma que ahora nos acecha. En Astorga hay también Temple. Todas sus iglesias están dedicadas o a San Miguel o San Juan Bautista el Pluscuamprofeta y tienen algo mágico. La iglesia de la Vera Cruz como está al lado de la de los carmelitas pues siempre me acerco al convento que fue de Juan de la Cruz y le rezo a la Virgen una salve. Tiré una fotografía y no salió del todo clara, pero aquí se la mando, como la del frontispicio o frontón de la Iglesia Juradera de San Miguel donde fue proclamada reina Isabel de Castilla, la madre de la unidad de España, en 1474. Yo hago esta peregrinación a mi pueblo todos los años para rogar a Dios por nuestra patria, tan atribulada , tan partida y tan triste. ya no hay en mi Segovia aquella alegría de antaño ni aquellas ganas de vivir. Parece como si San Frutos, nuestro patrón, estuviese a punto de pasar la hoja.
  Subraya una leyenda que cuando nuestro santo anacoreta se determine a pasar la hoja pues que se va a terminar el mundo. Espero que no sea verdad , pero que Dios se apiade de nosotros, que somos muy malos. Total que aquí le remito estas fotos sacadas por mí el otro día. Pida al Divino Miguel que nos tenga siempre bajo nuestro escudo y que nos infunda alientos a los que batallamos por la Iglesia y estamos siendo perseguidos e incomprendidos, señora Amerita. Yo he sentido muchas veces en este tiempo de atrás el vigor de su poderoso brazo por lo que le doy gracias al Santo arcángel y a Vd. Que sé que ruega tanto por mí, siendo sus oraciones gratas a los oídos del Señor.
  Su carta me ha sacado de un marasmo, pues he pasado un mes de junio muy intranquilo, sin saber qué hacer y algo desorientado porque a veces no sé qué rumbo tomar ni adonde encaminar mis tristes pasos y digo con San Ignacio de Loyola cuando se encontró aquel moro que blasfemó contra la virgen María y el santo quería volverse para atrás y encontrar al moro para cortarle la cabeza. Al fin recapituló y dijo: “ Para donde tire la mula “. Esto es para donde quiera llevarme el Señor.
  Pues lo mismo digo yo.

  Pero ya digo. He tenido unas semanas de sequedad, de dudas y vacilaciones. Rezar se me hacía muy cuesta arriba y andaba algo modorro, con muchas hambres y mucho cansancio, que no hacía sino beber agua y las noches las pasaba intranquilo. Yo lo achaco en parte al ayuno de Pentecostés. Había dejado de fumar en pipa y fijese , Amerita: parece una tontería , pero yo sin mi cachimba soy nadie. Paso muchas horas trabajando y leyendo. Había hecho la promesa por sacrificio de dejar de fumar durante algunas semanas, pero creo que ha sido peor el hambre que la enfermedad. Sentía como angustia y luego mi mujercita estas lunas de verano no la prueban y a veces me saca de quicio, pero yo quieto. Mi cachimba es como mi novia, un asidero. Hoy me he comprado una nueva y he recibido su carta, he largado algunas pujadas y estoy como un chico con zapatos nuevos.
 ¡ Qué débil es la carne ! Señor, ¿ por qué tenemos tanta necesidad de asideros, siendo Tú nuestro sostén ? Ya sé que fumar es un vicio, y yo las cuaresmas - en la Santa Iglesia Ortodoxa tenemos hasta cuatro: el adviento, las dos pascuas, y el ayuno de la Virgen de Agosto, que empieza el 15 de julio como preparación a las fiestas de la dormición de la Theotokos, la Panmakaristos, la Poliarqué, o llena de gracia, bendita sea su gloria siempre, madre de los hombres, intercesora entre el cielo y la tierra - suelo guardar abstinencia del tabaco, pero me dan tentaciones de comer y, si estoy estresado o nervioso me cuesta mucho trabajo. He conseguido vencer a la lujuria. Los fornicadores me parecen los seres más despreciables, pero los placeres de la buena mesa son muy fuertes para mí. La llaman la debilidad de los monjes.

  Ayer día de San Vitorino fui a Arevalo que es el patrón de ese bendito pueblo y me fui a comer a la Pinilla y me puse ciego de cochinillo, que Dios me perdone y que San Vitorino el mártir y subdiácono no me lo tenga en cuenta pero hice honor a su fiesdta, que por cierto, no vendí nada, pero el alcalde de Arévalo que me compró mi libro de Teresita, dijo que le había gustado mucho mi libro. Bendita sea la santita. Sentí mucha alegría. No todo van a ser zozobras y sinsabores. Bien sabe Dios que he luchado como un león para sacar adelante a estos pobres hijos de mi imaginación. Si luego el resultado ha sido muy diferente al proyectado eso no entra en mi incumbencia. No me siento responsable. Si yo fuese el calamita de Antonio Gala o el grosero de Cela a lo mejor salía hasta por televisión y me llamaban a firmar al Corte Inglés, pero como mis libros tienen otro rumbo, pues me tendré que conformar con la voluntad divina. No hay más cera que la que arde.
  Aquí le incluyo también la portada de la Pequeña Flor. Pongasela cerca de la cabecera de su hermano Eusebio haciendo hincapié en un ruego muy especial: digala “ Teresita, mi hermano padece la misma enfermedad de nervios de la que murió tu padre en Les Buissonières. Ten piedad de nosotros, según lo prometido. Curale, bendita virgen de la caridad y la abnegación. Haz que descienda sobre su pobre mente nublada tu lluvia de rosas, el maná del consuelo, para que recupere la razón “.
  Estoy seguro de que nos va a hacer caso. No seguro. Estoy segurísimo. Ella hará el milagro. Algún día me dará Vd. El alegrón de esa noticia, confío en que no tardando mucho.
  De lo de no ir a Prado Nuevo creo que es esa la voluntad de Dios. Dejemos pasar el tiempo y que se sosieguen los ánimos. Lo único que lamento es no poder encontrarme con Vd. Pero ya sabe que estamos unidos en la oración. Por otro lado, no se me quita del pensamiento. Todos los días pienso en Vd. Lo mismo que en mi hija Helen, y no falla en el memento de vivos ni tampoco sus cristianos y santos padres en el de difuntos.

  De por Madrid, pocas noticias, Mucho calor, yo ,me meto en mi huertecillo y riego los árboles “ suyos “ que no se secaron y andan ya muy frondosos. Las ramas hacen pérgola. Le doy gracias a la santísima Virgen este favor que me hizo al conseguir que ese espacio se cerrase. De momento no han dicho nada los vecinos. He tenido este mes de junio los rosales muy floridos, pues los podé mediado el otoño y dieron flores granas y gualdas. Como la bandera de España.
  Mi hijo Antonio Gabriel no pasó el hombre para la guardia civil. Se lo cargaron en inglés y luego vino la madre a ponerme como un trapo y dijo que es culpa mía. Yo traté de aleccionarle según mi método que nada tiene que ver con la forma con que enseñan esta lengua en los institutos, pero él se me liaba a dar voces y aquí cada maestrillo tiene su librillo.
  El mayor suspenso que tenemos en la España de hoy en día es que la autoridad paterna está por los suelos y eso tiene mala compostura. Hay que callar y aguantar porque de lo contrario salimos por la televisión, porque las mujeres hoy en día tienen la sartén por el mango. En fin, todo se solucionará. No sabe Vd. Aderita de la que se ha librado con esto de no tener hijos ni tener que aguantar a nadie. Actualmente la vida matrimonial es muy dura. Mire cómo están las familias, cuanta violencia, cuanto encono. Falta cariño. Faltan mujeres verdaderas. Hembras siempre las hubo para mucho presumir y aparentar, pero una mujer como Dios manda es sólo aquella que sabe hacer feliz al marido. Yo no he tenido esa suerte en ese segundo envite. A lo mejor es que yo no era para casado. Mi segundo matrimonio ha sido una enorme torpeza, pero me abrazo a mi cruz, la cruz que Dios me mandó por mis pecados antiguos. Lo digo como lo siento: sin ningún remordimiento y en ofrenda de expiación.

  Es un iluso aquel que crea que la felicidad en la tierra se puede conseguir. Yo le ofrezco al señor estas mortificaciones de cada día. Sufro en silencio sus injurias o cuando hace o dice cosas que no están bien y que sólo sirven para conseguir que se venga abajo mi autoestima. No la maldigo pero el día que la conocí hubiese estado mucho mejor en mi casita, porque en veinticuatro años de convivencia no me ha dado ni un día bueno. Una cosa temo que cualquier día me eche a la calle para meter al querido. Pida mucho por mí , querida señora, pero en esta España democrática de hoy en día hay miles y miles de maridos españoles defraudados que se encuentran en mi misma situación. Es un mundo cruel. Hemos sido un pueblo muy católico pero también podemos ser muy malos. Estamos muy solos e indefensos. Nadie nos echa un capote. Bueno, sí. Dios está de mi parte. Sin el auxilio de la consoladora de afligidos ¿ qué hubiese sido de mí ? En mi libro sobre “ LA Mujer Fuerte “ lo digo bien clarito aunque bien sé que es un libro durísimo como durísima es la batalla que se cierne contra la Bestia. En verdad, en verdad, los días de tinieblas de los que hablan en El Escorial para aterrorizar a los secuaces de esa vidente ya están aquí. No son algo físico sino algo inmaterial, algo que se palpa. Es esa nube de odio y de desesperanza que se cierne sobre los corazones, es ese egoísmo, esa falta de entrañas. Es el tiempo bajo el signo de la Bestia . Tiempo de prevaricación y de congojas bajo el dominio de la gran Puta, con perdón - aunque la Biblia la llama barragana -, porque hoy hasta las madres prostituyen a las hijas.
  Me maravilla que siga habiendo personas como Vd, Amerita, que pertenece al restringido cupo de los santos que quedan Israel. Persevere, Aderita. Siga realizando cada día sus practicas piadosas, sufra con paciencia los contratiempos y tribulaciones que cada día la envíe Nuestro Señor no para purgar sus pecados sino para expiar los ajenos, en particular en todo lo relacionado con la enfermedad de su hermano, pues esta es su cruz - recuerde que todos hemos de acarrear una y a veces la nuestra nos parece más pesada que la del vecino, pero ese dolor no es medible ni cuantificable porque cada uno tiene que apencar con lo que le toca- y yo tengo para mí que ese sufrimiento que nos purifica y nos hace crecer es un signo de predilección del Altísimo. A los que se van a condenar parece irles muy bien la vida, pero llega la hora de la muerte y ¿ qué ?

  En fin, espero en que no crea que le digo estas cosas por asustarla ni por la tremenda, Vd.  es un alma justa, a la que quiero y respeto con todo mi corazón, a la que confío todas mis dudas y mis secretos. QUE DIOS TE BENDIGA.
 
 
Suyo seguro servidor que besa su mano ANTONIO
 
 
 
 
5 de octubre de 1998
En la fiesta del glorioso San Bruno. Paz, salud y bien, en nombre de Jesús Bendito y de todos los santos que están a su diestra.
Muy estimada Amerita. Siempre que la veo, me da un alegrón, porque está Vd. llena de paz y de bondad y porta el espíritu de Nuestro Señor Jesucristo, aún dentro de los fallos e imperfecciones que todo ser humano puede tener.
Ahora le pongo estas breves líneas - pues si mis humildes cartas le sirven de consuelo y son acicate de perfección, bendito sea Dios - para que recuerde que la tengo presente en mis plegarias. Esto no es una relación epistolar amorosa al uso, porque el amor de la carne se reviene y es causa de tristeza. No así el amor divino.
Recuerdo ahopra mismo cómo San Jerónimo encontró cuando estaba en el desierto una mujer que le cuidaba, Santa Paula. San Froilán, obispo de Lugo , también se apoyaba en la caridad que le brindaba una piadosa mujer por nombre Caya. Lo mismo ha de decirse de San Pablo, al que acompañaban un coro de abnegadas féminas en sus peregrinaciones, como al propio Señor.  Ellas tuvieron el privilegio de ver su cuerpo glorioso, las primeras, en la mañana de la resurrección. San Juan dirige una de sus epístolas a una señora de Efeso por nombre Electa.

Dios me libre a mí de ponerme en parangón con nuestros santos, pero yo le quiero hablar de la pureza de esta relación. En estas misivas yo le confío mi corazón. También me gusta recibir las suyas, que muestran a una mujer fuerte, decidida y muy cristiana. Aunque a veces en lo que yo he escrito pudiera detectarse una especie de misoginia o desprecio hacia la mujer, lo cierto es que no puede haber ser en el mundo que yo más admire. La Virgen  fue mujer y le cupo la grandeza de portar en sus entrañas al Redentor de los Hombres. Me horroriza el trato egoista y hedonista que está dando a la condición femenina esta sociedad so color de defender y promocionar sus intereses. En verdad , a vuelve un ser degradante, un animal.
No hago estos días más que leer el libro del Apocalipsis. El aguila de Patmos, la pluma más inspirada y el escritor supremo de cuantos han sido y serán, nos deja entrever que la destrucción del mundo vendrá por la fornicación, porque supone un desafío a las reglas establecidas por el Señor para la conservación de la especie. La Bestia inmunda es fornicaria. Yo he llegado a la conclusión - se trata de una interpretación subjetiva, tan sólo - de que los Hijos de Dan, la tribu maldita que no se nombra en la Biblia, para no contaminarse, podrían ser los Estados Unidos, y que la sigla del anticristo (666) corresponde a Clinton.
Pero ya me estoy metiendo yo en berenjenales. No quiero aburrirla, ni tampoco atemorizar porque estoy seguro de que la Misericordia divina es infinita y acabará por imponerse a los impíos. En mi carta pasada creo que le hablé de la misión encomendada al Gran Miguel. Que vele por nosotros. Bajo su espada flamígera estaremos seguros. Yo he sentido los socorros de su invencible brazo en múltiples ocasiones. El heraldo supremo me ha librado de la boca del león.
Ayer, cuando regresé de Prado Nuevo, me sentía lleno de gozo. Celebré la misa de Teresa de Lisieux y sentí como su `presencia viva y su calor a la hora de alzar, cuando tuve al Señor entre mis indignos dedos. Esta santa nuestra es un cielo .  Su  fiesta yo la celebro el día tres y no el primero de octubre, pareció querer recompensarme por una humillación que padecí en el prado, cuando el tío Mariano, ese que se sienta a mi lado, y cuando o hablaba con una señoras de Teresa, la dulce y bendita, empezó a pegar voces diceindo:

- Su fiesta no es hoy. Fue el dia tres.
Lo decía con malos modos y hasta empezó a pegar voces sobre el capó de mi automovil. Estuve por decirle que no se metiera donde nadie le llamaba. Callé. Pero él vueltala burra al trigo empezó a echarme en cara eso. 
Para mí este tipo de mortificaciones son un regalo que le hago al Señor, al que pido me dé paciencia. También le digo que en mi celda olía a rosas.
Celebro que la mejoría de Eusebio vaya en incremento. No hago más que pensar en él. Hasta he leído varios libros de psquiatría para estudiar su caso.
Cuando dice que se va a morir, es señal de delirio. Está saliendo a la luz una fobia de su subconsciente.  Es un caso típico de paranoia, una de las enfermedades más dificiles de curar ( Sin embargo Teresa del Niño Jesús estoy seguro que lo conseguirá), porque afecta no sólo a las potencias cognoscitivas sino también a las volitivas. Los facultativos habrán de estudiar cual es el mecanismo de esa reacción delirante.  Tendría el médico qué analizar su pasado. Este tipo de enfermedades mentales se incuban durante la infancia. Habría que estudiar su historia clínica: si tuvo algún catarro mal curado, alguna caida accidente, una posible meningitis, problemas de dentición o de muelas. Y psiquíca: las relaciones con la madre o con el padre. Las crisis delirantes suelen producirse en primavera y en otoño para este tipo de pacientes, pero algunos son recidivos en el verano, porque los ardores de la estación seca parecen afectarlos.
Estoy seguro de que la acupuntura le habrá venido bien. Creo que se le ha cogido a tiempo y que Eusebio es recuperable. Una pena que no tenga ahora mismo una terapia de grupo y de que haga alguna manualidad. Lo extraño es que, siendo tan habilidoso y curioso para todo, se haya desentendido de las herramientas. Eso es síntoma de que su sistema psicomotor puede haberse visto afectado. Habría que saber cómo habla y se expresa cuando tiene esas fobias a la muerte.

Había pensado, señora, que estaríamos salvados si su hermano se decidiera a pasar el día atareado con alguna distracción o trabajo, el que fuere. Si Eusebio estuviese en otra familia, y no lo arroparan las solicitudes de Vd o de su esposa, a lo mejor me preocuparía, pero en vista de que está donde está ( el amor y la comprensión de los suyos es los que puede sanarle) no hay cuidado.
La veo preocupada por la casa y no es para menos. Yo habrá pensado que sería aconsejable que Vd. Sacase el carnet de conducir - todo s cuestión de proponerselo - y así podría conducir hasta su pueblo. ¿ Por qué no ? Yo le pido al Señor que ese problema se resuelva. Me recuerda un poco a Santa Teresa de
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Querida Aderita:
PAZ, AMOR Y BIEN , Y TODOS LOS CARISMAS DEL ESPÍRITU.

Hoy 30 de agosto de 1998 celebramos la decapitación de Juan el Bautista, víctima de la lujuria y malos modos de una saltatriz - aquella infame bayadera por nombre Herodías que viene a ser la enseña de nuestros tiempos. Es una fiesta cargada de simbolismo. A los sacerdotes el breviario romano nos regala con este maravilloso himno de exaltación del martirio:
 Invicte Martyr , unicum / Patris secútus Fílium, / Victis tríumphas hostibus. / Tui precatus múnere / Nostrum reatum dilue, / Arcens mali contagium, /Vitae repelens taedium./ Soluta sunt iam víncula / tuis sancti corporis:/ Nos solve vinclis saeculi, / Dono superni Numinis./ Deo Patri sit gloria / Ejusqe soli Filio / Cum spiritu paraclito/ Nunc et per omnia saecula. Amen.
Oh mártir único e invicto, que seguiste al Padre y al Hijo, y triunfa de tus enemigos fatídicos. Con la ofrenda de tu cabeza, al se degollado por manda de aquella danzante con contoneos inicuos, tú que  con su sangre desataste del pecado de la carne el compromiso, libranos de la culpa, Juan Bautista  Divino, por tu vestido de marlota, que en el desierto cubrió tu desnudez, y por el cayado de la fe que empuñabas, excelso precursor de Cristo, te lo pedimos. Haz que ardiendo en deseos de evitar el contagio maligno y huyendo del tráfago del siglo, nos libre de las cadenas de este mundo el estro supremo, y ataduras de la carne que sufrimos. Gloria al Padre y a su Único Hijo. Con el Paráclito. Ahora y siempre por los siglos de los siglos. ( Es una traducción no literal, sino libre).
Te aconsejo que la reces este mes de septiembre, porque fue el primero de los mártires, fue enviado a los suyos, y los suyos no lo recibieron.

Gracias por las llamadas telefónicas y cartas. Ya te puse al corriente de lo que me ha sucedido. La víspera de la Virgen, que es para mí uno de los días más hermosos del año, fui despedido de mi trabajo. Ni mi mujer ni mi familia por el momento lo saben. Ha sido un hecho injusto en el que a todas luces estaba la mano del diablo, cuya presencia se ha intensificado en el mundo en las postreras semanas. Sin embargo, va a caer derrotado, aunque nos esperan jornadas terribles, si continúa la prevaricación. Reza siempre a Nuestra Señora. Estoy seguro de que tu hermano curará, pero no desdeñes tampoco el sufrimiento . Aceptálo como un regalo del Señor.
Mi llamada para volver a trabajar en ese centro de mujeres despiadadas, lleno de íncubos y de súcubos fue una trampa. Ahora que me han sido retirados mis honorarios no sé cómo voy a vivir. Hasta es posible que mi familia me eche de casa. Seré vagamundos. Iré por los caminos,  Un pobre de solemnidad. Por el momento me he apuntado al paro. Me corresponden seis meses. Venderé libros. A proposito, si quieres comprarte alguno. Tengo FLORECILLAS DEL PERPETUO SOCORRO, tela, 321 p..- 1000 pts; ILUSTRÍSIMOS SEÑORES, por Albino Luciani, el papa que reinó treinta y tres días en la Iglesia, y dicen que murió envenenado, una maravilla de libro, tela, 326 p., una maravilla de libro. Si  te interesan, Aderita, me lo mandas a decir.
¿ Qué tal en Portugal ? Ya me contarás, Deri, y no te preocupes por mí, aunque lo he pasado muy mal, porque me duelen las injusticias, no el dinero, sino la falta de tacto de todas esas marranas. Le doy gracias a Dios por haber denunciado en mi obra sobre la Mujer Fuerte el feminismo. El papa Luciani - observo con gozo - tuvo la misma preocupación ¿ Por eso lo asesinaron ? Así y todo, la sangre de los mártires es semilla de Cristianos. Pronto vendrá el que ponga las cosas en su sitio. Cuidáte. AUDITÓRIUM NOSTRUM IN NOMINE DOMINI. Nuestro Auxilio está en el Señor. Albricias.
Tuyo
Antonio
30 de agosto de 1998

Poscriptum: Estoy pensando que el día de mi pasión, cuando me dieron la mala noticia de que estaba despedido del trabajo era el 14 de agosto, día de S. Eusebio. Yo le ofrezco al señor mis sufrimientos por su curación y también encomiendo a la persona que me hizo mal. Tenía el alma muy negra y en el cuerpo una enfermedad que se llama cáncer de columna. Dios se apiada de la tal Carmen Fernández del Toro. También le pido a Eusebio que encomiende a Dios su alma porque me han dicho que está muy enferma en el hospital. Que Dios se apiade de nosotros. No hagamos el mal, porque el mal siempre se vuelve contra nosotros. El bien en cambio es eterno, nadie lo destruye mientras la iniquidad pasa.
Al cabo de cierto tiempo ¿ quién se acuerda del impío ?
 
 
 
 
 
 
    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
30 de septiembre de 1998
         QUE EL GLORIOSO MIGUEL NOS ALBERGUE BAJO SUS ALAS DE FORTALEZA. AMEN
Muy estimada Aderita en Cristo Jesús y Nuestra Madre del Auxilio:
Ante todo, felicidades en el día de su cumpleaños, aunque con retraso. Que me disculpe por no haberle felicitado, aunque por esos días me acordé especialmente, pues no se me va su cara del pensamiento, y no lo digo de cumplidos. Gracias también por la limosna. Cuando todos parecen haberme abandonado, usted no se olvida de este pobre pecador. El sentimiento no puede ser más puro. ¡ Cuán importante es la castidad en estos tiempos que corren! Yo veo en esta piedad que siente Vd. Hacia mi pobre persona el edo del Altísimo, que me enseña los caminos. Domine, edoce me in vías tuas. De mozo fui yo tan modorro y alocado - quizás soberbio - que no acerté a seguir al Maestro y no supe guardar continencia quebrantando el voto y la palabra empeñada. Ahora padezco las consecuencias, pero sus cartas me sacan de ese letargo, y digo, Señor, qué estúpido fui por no haber sido capaz de seguirte. pero Él, que conoce todos los secretos del corazón, no tiene en cuenta nuestros pecados y sigue derramando su gracia, pese a nuestro despego e ingratitud.
Gracias, Deri, de corazón. Me alegro infinito al ser enterado de que Eusebio siente mejora. Tal vez, ese nieto tan majo es el regalo de Teresita, para volver en su acuerdo al pobre abuelito, que tanto sufre por tonterías. Es muy bonito que tuvieran todos un buen día. Siento yo santa envidia de lo unido que están todos. En mi familia no puede decirse lo mismo. No hay más que enconos. Yo acepto esa cruz tan pesada que el Salvador puso en mis espaldas como expiación de mis muchos pecados, y quiera Dios que no desfallezca ni desespere porque sólo de esa forma mereceré el paraíso.
Hoy es un gran día. A propio intento le mando estas líneas en la gloriosa fiesta del Divino Signífero, pues sé que le profesas una gran devoción. El heraldo de Dios es el mejor valedor de nuestra inocencia, jinete incomparable en las acérrimas batallas por la vida y por el reino que se libran a la sazón. España, veneradora del ángel que se tiró el guante al soberbio Lucifer - cuantos pueblos conozco que están bajo su advocación, casi todas las iglesias y ermitas a él dedicadas suelen elevarse sobre las colinas y los cerros, puesto que el arcángel San Miguel se apareció en el monte Gárgano hacia el año 530- no se merece esta suerte. nos hemos convertido en el escarnio del mundo.Y tantos pueblos y ciudades de nuestra patria honran a Miguel por patrono y abogado - cosa que salta a la vista cuando uno conduce por las tierras castellanas o leonesas: allí, en esa ladera, atalaya impertérrita, pese al paso de tiempo, desvencijada y hundida pero todavía con sus arquerías apuntando hacia el cielo, se yergue un templo al que dijo: Quis sicut Deus ?  Quiencomodios fue el alférez que nos guió en la batalla contra la morisma. Desgraciadamente, los moros han vuelto. No se trata meramente de la reconquista de Ceuta y Melilla. Quieren las llaves de Granada y propugnan un desquite contra Boabdil. Cualquier día de éstos la tumba de los Reyes Católicos la veremos profanada ( yo he tenido esa revelación). Ha habido tercerías de los Hijos de Dan, la tribu maldita,- portan escritos en la frente el “ anosmia”, el guarismo malditodel 666, y sólo ellos `pueden comprar y vender porque acuñan moneda, tienen potestad sobre los códigos de barras y han montado su tingladillo-  que no se menciona en la Biblia porque de ella nacerá el anticristo y hoy son los que mandan en el mundo. Honran a Moloch. Son fornicarios, cínicos y andan muy sedientos de sangre. Se avecina un tiempo terrible.
Pero no quiero cargar las tintas de negro. Soy optimista, porque, Deri, ganaremos.

En las dos últimas semanas ha tenido a bien el señor regalar a este su pobre siervo para que no se enfríe la fe con dos signos. Soy peregrino. A veces me quedo en mi celda, pero la otra noche salió mi mujer con sus amigas y yo sentí una punzada en el corazón terrible, al tiempo que escuchaba una voz de un tono muy dulce. Me llamaba por mi nombre monástico: “ Millán, los lobos han merodeado por mucho tiempo tu casa.  Coge el coche, yo te guiaré”, y me llevó a un sitio que suelo frecuentar, el café Gijón. Me senté en uno de los veladores, pues soy un tertuliano conocido. Una mujer que se llama Margarita entabló conversación conmigo, y no sé por qué pero noté que sentía más que atracción, admiración por mí. Es judía. Hablé de Cristo y del perdón. La dejé sin argumentos y luego vino un joven judío, bien plantado. Es israelí pero habla el español perfectamente.  Conocen al dedillo la Escritura, pero yo les dejé admirados con la sabiduría que brotaba de mis labios - no era yo sino alguien que hablaba por mí - y quedaron muy corridos cuando les advertí que el nombre de la Bestia se llama Clinton.  En hebreo su nombre significa el impronunciable y tiene tres letras que corresponden a los tres números. El miembro del Mossad cruzó una mirada conmigo llena de inquietud y de perplejidad. Luego se acercó a nosotros un hombre muy extraño.  La judía Margarita y el joven marcharon y el hombre extraño - que confesó ser un dominico - reanudamos la tertulia en otro lugar. Era un piano bar. En sitio tan sacrílego nunca pudo producirse una conversación tan piadoso, pero el hombre extraño y yo nos reconocimos porque había en su frente y en la mía un signo, una cruz que en cierta ocasión tú reconociste Amerita. Hablamos y hablamos del síndrome de la iglesia vacía, del torrente de fornicación que se ha apoderado del mundo. En esto, un individuo que nos reconoció y que estaba acodado sobre el piano fumando con indolencia y con el rabillo del ojo. Empezó a insultarme, pero yo me hice el despistado. El dominico se marchó. Al despedirse nos fundimos en un abrazo, pero yo no tenía ganas de regresar. Me picaba la curiosidad y quería saber por qué. El calibre de los insultos subía de punto. Recé al arcángel y pude escabullirme hasta un diván donde tranquilamente empecé a sacar mi pipa. A mi lado había dos mujeres muy morenas. A diferencia del efecto benévolo que había causado mi persona en la Margarita y el agente del Mossad en el Gijón, en el piano bar el efecto había sido a la inversa. No sé porqué adiviné que se trataba de dos marroquíes - la noche de Madrid está llena de corrupción y de espías - y ellas se extrañaron mucho de mi adivinanza. Se liaron a maldecir de los españoles. Yo podía haberles pagado con la misma moneda, pero conozco que el diablo es el que incita a las broncas y , fiado como estoy en las manos de Dios, busco el remedio en la huida y en el desprecio. Entonces, al mirar a los ojos a las melillenses sentí un estremecimiento en mi corazón, vi que las manos de las mujeres, estaban cubiertas de sangre, y que sus ojos de obsidiana eran como los del Basilisco. Porque alertaban de traiciones, venganzas, y de sangre derramada. Porque no tenía escapatoria, ya que las mujeres estaban enconchavadas con el chulo. Hay algo en mi persona, que pertenece al divino Heraldo que hace retorcerse como sabandijas a cierta gente.  Eso forma parte de las miserias y grandezas de ser un luchador contra la Bestia, un luchador sin armas ni bagajes. Él las lleva y yo me siento seguro y bien pertrechado. Se revuelven igual que rabos de lagartijas. A Carmen Fernández del Toro, la funcionaria a la que debo haber perdido mi empleo - era una copia exacta de esa Eva Belcebú que describo en mi libro - le aquejaba el mismo veneno. Por eso, se rebulló contra mí y de ¡ qué forma !
Me dio en aquel instante por cantar una canción que escuché de labios de mi pobre padre militar, que estuvo algún tiempo destinado en Larache:
 Melilla ya no es Melilla. Melilla es un matadero. Donde se mata a los hombres. Como si fueran corderos. Pobrecitas madres que solas quedán. Al ver que sus hijos a la guerra van. Ni me lavo ni me peino. Ni me pongo la mantilla. Hasta no venga mi novio de la guerra de Melilla
Decir yo esto y aplacarse las fieras fue todo uno. Las individúas dejaron de molestar. Eso sí. Al día siguiente, me enteré por los periódicos que el individuo mal encarado se había liado a navajazos. Un muerto. Regresé a casa de madrugada, pero ni mi mujer  ni mis hijos habían regresado al hogar. Eran las fiestas de Majadahonda y se habían ido a la verbena. Me acosté con angustia, pero rodeado de infaustos presentimientos. A la mañana siguiente al despertar pongo las noticias y me entero de la de la caída del avión al aterrizar en Melilla. No hubo tal percance. Fueron tiroteados en vuelo. No lo han dicho porque los medios de comunicación de ahora no son la voz de la verdad sino la de la mentira. Cuentan sólo lo que les parece. Le doy gracias a Dios por haberme puesto en guardia. Aquellas mujeres tan extrañas , que debían de ser espías árabes; aquel monje, con cara de cansancio, que me recordó en todo momento a Cristo bendito y hasta me pagó una copa. El dolor de un padre de familia que ve cómo todo se tuerce y de un patriota español que ve a su querida patria en peligro, y de un sacerdote que ve a la Iglesia en manos de las fieras de rapiña. ¿ Oyó lo de Marckinkus, el cardenal vaticano que envenenó al pobre Juan Pablo I ? Por todo eso, sangra mi corazón hasta la muerte.

Para mí es un consuelo que existan personas tan cristianas como Vd. Muchas gracias por haber leído mis libros. Reconozco que el segundo es muy fuerte. Está escrito en forma de parábola. Es lo que se llamaría una “ morality” o “ sotie” con sentido oculto. Si uno abre las páginas del Libro de Daniel, Ezequiel o el Apocalipsis y se encuentra con esa crudeza y brillantez - no parecen de este mundo - del que mueve su pluma bajo el soplo directo de la inspiración divina. Aquí le adjunto las ultimas páginas de otro texto que estoy escribiendo. No volveré a publicar en vida, pero gran parte de mis escritos los conocerá el mundo en siglos venideros.  Si es que esto  no ha pegado un reventón , que es lo que yo me temo. Ruego al Padre por las lagrimas y sufrimientos de Jesús que perdone a su pueblo. Hemos pecado tanto que sin duda nos merecemos el castigo. Sin embargo, almas puras como tú, Aderita, impetran el favor celestial, aplacando la cólera divina.
Es una gran idea el haber decidido arreglar la casa y vivir en el pueblo. El maligno es el que está dando largas a ese albañil perezoso para que no cumpla lo prometido. Yo pido al Señor para que se cumplan sus deseos. Y para que puedan irse a vivir temporadas al pueblo, sobre todo en la estación florida. Las ciudades son cárceles de humo y auténticas ratoneras. Cuando se produzca la gran movida, será mejor habitar el campo que los espacios urbanos.
Bueno, Deri. Queda con Dios. Animo. Valete, filiae Ierusalem. Ya sabes que el que tiene a Dios nada le falta. A veces me gustaría poder escribirte con mayor frecuencia, pero tengo el ánimo por los suelos, y creo que lo comprenderás y en esta situación en que me encentro entiendo perfectamente lo mucho que padeció Jesús en el pretorio, llueven sobre mí golpes y salivazos de toda índole y hasta tengo que pagar por pecados que no he cometido, pero sin cruz no hay cristianismo. Hay que amar el sufrimiento y perdonar a nuestros enemigos.  Con todo y eso, me alegra mucho saber que estas humildes cartas mías te son de algún consuelo. Tú te mereces más. Mientras tanto, cuenta con mi adhesión y mi agradecimiento. Espero que nos veamos el sábado que viene, si Dios quiere. Y que Él te bendiga a ti y a toda tu familia. Y a todos nos tenga en su paciencia, en su tolerancia y en la constancia de los mártires.
Antonio
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


[1] Taioseach, maestro, líder. El que enseña. De ahí viene teacher. Es gaélico.

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