sábado, 3 de diciembre de 2016

novelistas de luarca

Novelistas Asturianos.  la “Luarca” de García Miñor. España ya no huele a pueblo. Huele a pedo y es que el diablo, el gran mentiroso, el engañador compulsivo, es un pedorro mental. Hoy gran parte de lo que se publica son paridas, paja. Paja intelectual. Los cimientos del sistema hunden sus plintos en el embuste. Sin embargo, de vez en cuando uno encuentra la flor en medio de la charca, y se sorprende al toparse con libros o novelas de los que no habla ninguno y sin embargo son verdaderas obras de arte. Me estoy refiriendo a “Río Negro”de Antonio García Miñor. El río Negro es el río que abre sus aguas al mar en esta hermosa villa del occidente asturiano. Un río Negro para un pueblo blanco allá donde Asturias empieza a ser Galicia, las casas son más grandes, los tejados de pizarra y los hórreos más pequeños. García Miñor que es un maestro de la narrativa cuenta la historia luarquesa reflejada en las aguas glaucas de su río ancestral que baja desde las brañas, un río cantarín y melodioso en el que ya los romanos batearon pepitas de oro. El que protagoniza Nicanor es un apuesto mozo marinero – en parte me recuerda a José de Palacio Valdés- que va todos los días a la mar y al regreso se sienta en una silla de enea que le legara su padre, allí entorna sus ojos, fuma su pipa, sueña. Está enamorado de una moza del pueblo pero en estos amores se cruza la mujer de un importante personaje que trata de seducir a Nicanor. Cuernos. El marido que al fin llega a enterarse, el último, muere de pena. Luego se habla de la llegada de un club de alterne, alguna bronca, alguna pelea. La envidia que aparece pues ya se dijo que pueblo chico infierno grande. Las vacas marelas[1]que pacen melancólicas en los prados, una romería, el coche de línea que pasa fugaz y se aleja en medio de una nube de polvo, se apean viajeros, algún rústico que regresa del mercau, soldados de permiso, un indiano que retorna a la tierrina añorante del pan de borona, para morir. El autor describe al detalle el transcurso de la vida en la Villa Blanca que es regada por un río Negro y tiene una iglesia románica remozada en el XVIII muy rica y jarochamente alhajada un puerto coquetón y bien abrigado con chigres y figones donde pasé tardes inolvidables en mi juventud bebiendo sidra del tonel y cantando a lo zamarro. Allí comí las mejores sardinas de los siete mares y probé culines que eran néctar de los dioses. ¡Ay aquella ambrosía que besaron mis labios en mi juventud mojados en sidra y en el carmín de alguna moza! Tuve amigos ya fallecidos como el querido Emilio García Merás compañero del Alcázar y para el que guardo un grato recuerdo. Era un gran escritor. De Luarca salieron grandes escritores- toda una escuela- como Dolores Medio y Ángel González que creo ejercieron allí la enseñanza. Otro de los grandes es el olvidado preterido y calumniado Evaristo Casariego. Todo un carlista. Ex divisionario. A su regreso de la guerra de Alemania escribió Con su vida hicieron fuego. El franquismo le puso el veto y él se apartó a vivir a Luarca. Le acusaron de nazi pero él era sólo un carlista de esos en cuya casa todas las tardes se rezaba el rosario. Está enterrado en aquel cementerio bajo la sombra del ciprés del Cristo muy cerca de donde yace Severo Ochoa el histólogo. Severín para los amigos. Militaron en diferentes trincheras pero la muerte, gran niveladora, los fizo iguales. ¡Qué bella es Luarca, la villa blanca y marinera! Dentro de Asturias es un pueblo con personalidad propia. Se recomiendan los libros de Carasiego el tradicionalista al igual que los de Dolores Medio. Eran literatos verdaderos y no el sucedáneo o el Ersatz que nos aflige ahora mismo y que me perdone Pérez Reverte el novelista del Régimen, pero sigo en mis trece: el parking publicista y la lanzadera comercial tiene que ver poco con el arte de escribir y narrar. Un arte en el cual son eximios los astures. Debe de ser por la gran importancia que tuvo la literatura oral en el bable y la tradición de la esfoyaza o las reuniones junto al fuego a descabezar, noches de invierno, mazorcas de maíz, lo que por Castilla y por León llamamos filandones. “Río Negro” en edición de 1984 está prologado por Ignacio Gracia Noriega al cual yo reverencio como uno de los escritores mejores y más prolíficos de la Asturias, amén de uno de los mejores críticos que tenemos pues de Clarín sigue la huella este asturiano de Llanes, por más que sus escritos anden esparcidos por los periódicos como la Nueva España en el que escribe asiduo. Una pena que a las masas se les cierre el camino de acceso a estos libros maravillosos de autores provinciales escondidos, innominados, niguneados por la crítica. Pasan desapercibidos. España prefiere el oropel extranjero al oro nacional. Sin embargo leer novelas clásicas como ésta donde no se habla de política y se exhibe una lexicografía, tan difícil, del lenguaje marinero – la mar habla con propiedad y siempre tuve una forma de decir las cosas porque el lenguaje para los que navegan es parte del aparejo y de la obra muerta- es un galardón, una guinda que se nos ofrece a unos pocos privilegiados bibliómanos como yo, literariamente paladares exquisitos. Y a nosotros es difícil que nos den gato por liebre. Avante toda. Sopla viento de bolina y en ese caso la maniobra recomendable es aferrar obenques y largar velas. García Miñor en estas páginas nos tira una estacha y así, náufragos de las Españas, subimos a bordo del océano de la ilusión, salvamos el pellejo del alma. Mientras en España no huele a pueblo. Huele a pedo. El gran pedorro Satanás se tira cuescos a todas horas y nos manda pintarlos de verde. Se empeña en que comulguemos con ruedas de molino. Don Pateta está de coña: coñas marineras. ¡Ay que coño tienes, Claudia!  

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