sábado, 25 de marzo de 2017

CHEJOV NO ERA UN RELOJERO


CHEJOV CONVIRTIÓ EN MÚSICA LA LITERATURA

 

 

Mira que comparar a un músico con un relojero. No sé de donde habrá sacado este tío que dicta tal símil pues dice que Chejov era como un relojero. Este individuo como es de Turegano adolece del defecto de los de su pueblo la cabeza grande y las ideas cortas.

No; don Antón tiene que ver poco con las artes mecánicas. Es un taxidermista del sentimiento y de las contradicciones del alma humana. Llevo yo al autor ruso en el alma. Leí todas sus obras y cuentos algunas de ellas en original. Los rusos llaman al “cuento” o short story (“sdacha”) y Chejov escribió cientos de ellos. Decía nuestro sabio Clarín que la literatura no daba para comer pero algunas veces para merendar.

Anton Chejov se ganaba la vida como médico de orina y pulso pero al objeto de mantener a su numerosa familia y cuadrar cuentas que le permitiesen llegar a fin de mes escribía estas maravillas que publicaba en la “Litreraturna Gazeta” por unos cuantos kópeks.

Los dramas “El jardín de los cerezos”, “El Tío Vania” “Tres Hermanas” etc., son harina de otra costal. Chejov llevó al teatro a alturas sublimes que sólo alcanzaron unos pocos: Shakespeare, Ibsen, Moliere, Tirso de Molina y modernos como Bertold Brecht o el irlandés Beckett, el rumano Ionesco. El estro que inspira tanto su obra novelística dramática o cuentista se sitúa dentro de la tradición cristiana.  Vió venir la caída de ese mundo al que canta con la genialidad de los pocos hombres de letras que en este mundo han sido. El derrumbe de la burguesía condujo a la revolución leninista cuyo centenario celebramos pero pese a todo Rusia es eterna, nunca dejará de ser Rusia, el cristobalón que arrambla con el mensaje del Salvador a cuestas de sus fornidos hombros. es el Cordero de Dios.

Sus libros recuerdan a los troparios bizantinos esos larguísimos y bellisimos oficios del ritual ortodoxo, de tono cansino y repetitivo pero que elevan el alma al Creador. Parece que se escucha el argentino repique de los incensarios, los tonos en fabardón de las letanías del canto diaconal. Y los cuentos resuenan con el ritmo y la armonía de un motete ortodoxo.

Chejov hijo de un sacerdote ortodoxo confesó haber asistido a muchas de estas misas durante su infancia. No quiso ser pope y marchó a estudiar medicina a Moscú. Insistimos su estilo vibra con la musicalidad de aquellas misas cantadas velas e incienso los santos del iconostasio la luz de lios iconos las casullas recamadas de oro la estola del diacono que recita el evangelio mirando hacia el Norte bien amarrada con la diestra como queriendo plantar guerra a la furia de Aquilón que destruye las naciones (según los padres orientales del Norte ha de venir el anticristo).

Sus libros nos sumen en la melancolía e incentivan en el lector el deseo de ser mejores y tolerar a sus semejantes, toda vez que derrama tolerancia y piedad por el ser humano pecador e inconsciente abocado a la destrucción y la muerte después de una vida que consiste en aburrimiento — marcada por la acidia y la desilusión en sus tres cuarta partes; esa fue la clave la melancolía del arte chejoviano que nunca se concierte en desesperación—. La vida nuestra cambió cuando escuchamos el estruendo de los hachazos del leñador que talaba los cerezos de la huerta que iba a ser vendida a los acreedores del Jardín de los Cerezos. Tuve la suerte de asistir a las representaciones que hizo de sus obras teatrales la gran compañía del Royal Company Theater en el Old Vic en mis tiempos mozos de Londres y aquello me atrapó fue como una epifanía que me amarró con dogal de oro a la estética del alma rusa. Nadie como los ingleses ha conseguido poner en escena las obras de Chejov. La lengua inglesa atesora registros mágicos que se parecen a la del alma rusa en su pathos, en sus contradicciones, en sus sorpresas, muertes y resurrecciones. Andante ma non tropo.

 No. Chejov no es un relojero como afirma ese columnista del Adelantado de Segovia pero para nuestra desgracia en España rebañiega no cabe un morueco más en el redil.  De Turégano tenía que ser el ínclito.

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