jueves, 13 de julio de 2017

VALDESIMONTE

MARTIROLOGIO ROMANO EN DECADENCIA (de mi libro SEMINARIO VACÍO DE SEGOVIA)

Bajábamos al refectorio hambrientos después de las preces la misa conventual y los puntos de la noche anterior en que nos obligaban a meditar en la muerte. Silencio sepulcral. Sólo se escuchaba el entrechocar de los cubiertos y el borbotar de las cafeteras humeantes y maternales que servían en calderos por las mesas alinedas los semaneros. El presidente se sentaba en la consola circular preferente que llamábamos “rostrum” y el prefecto se paseaba por las aleas del comedor mirada en ristre y un breviario de piel rusia y cantos de oro bajo el brazo.
Era don Marciano Monroy un clérigo elegante que vestía sotanas entalladas de cachemir y olía a agua de colonia. Usaba loción “Varón Dandy”.
Tenía la boca pequeña y la mano lista para repartir cachetes a los rezagados los desaliñados los “díscolos e incorregibles” según el reglamento. Con él de vigilante no había que salirse de la fila.
Podías comulgar sin ir a misa.
Por menos de nada te caía una “hostia” de la mano regordeta del prefecto.
 De vez en cuando se metía por medio de las ternas y corría la baqueta. Zas. Fuego a discreción. Había sido don Marciano capellán castrense de un barco de la marina de guerra que se llamaba el “Furor” y de los sargentos había aprendido aquella odiosa técnica de sacudir el polvo a los educandos. La letra con sangre entra.
 Creía nuestro prefecto que todo en esta vida se arregla con un buen sopapo. Nos tenía a los trescientos y picos tíos que integrábamos el seminario menor derechos como velas. Zas.
—Pero si no hice nada, don Mariano.
—Pórtate bien te dije.
Y al que protestaba volvía a solmenarlo de refez.
Tenía una mano gruesa de cavador, de Valladolid, y cuando te daba con lo gordo hacía daño. Pero olía a buen tabaco y a agua de colonia.
Sus cigarrillos americanos Winston, Chester, Camel, sahumaban de perfume los pasillos de los tránsitos. Porque hedía un poco a montuno en todo el seminario.
Así, purificamos el ambiente, alegaba don Marciano.
 Entonces, el lector de semana se subía al púlpito y declamaba la página del martirologio romano que correspondía a los santos del día, con el brío y el entusiasmo del pregón pascual.
El mejor de todos los que leían en aquel seminario de postguerra era un alumno pequeñito de quinto al que apenas se le veía sólo la cabeza porque era muy corto de estatura. Le llamaban rompetechos pero andando el tiempo llegaría a ser un predicador de campanillas.
Tenía una voz poderosa y una dicción perfecta. Era de un pueblo que llaman Valdesimonte.
No se me olvidaría aquel lector, que consiguió cantar misa, uno de los pocos, y aprobaría las oposiciones a canonjías. El cabildo le nombró deán de la catedral de Segovia.
Sus lecturas matinales al igual que las novelas de Emilio Salgari que leería con una exactitud pasmosa, lo vivía, y a través de su voz que escuchábamos, embaídos, vivíamos las aventuras de los mares del sur y la muerte gloriosa y violenta de los casi un millón de mártires que tuvo la iglesia en las nueve persecuciones acometidas por los nueves cesares contra los cristianos.
Nos aprendíamos no solo el santoral nombres y hazañas increíbles sino también lugares de una toponimia que despertó nuestra imaginación: Bitinia, Treveris, Cilicia, Capadocia, Numidia, Siria donde se derramó antes que en ninguna otra nación la sangre por Cristo, etc.
Valdesimonte solía terminar su alocución con esta coletilla que traían todos los menologios con un lacónico “Y en otras partes otros muchos santos mártires confesores y santas vírgenes”. Entonces don Marciano daba una palmada y empezábamos a desayunar: tostadas con mantequilla y café con leche en polvo, un regalo de los americanos.
A unos los despellejaron vivos a otras las cortaron los senos, a otros las orejas o les arrojaron a piscinas de agua hirviendo, los tiraron al Tiber, o estiraron sus miembros hasta descoyuntarlos en el ecúleo. A todos se les pedía lo mismo que tributasen honores al emperador pero ellos se negaban en redondo a quemar incienso en honor del cesar.
Con habilidad textual los autores de las actas de los mártires casi increíbles por su valor solían ahorrar al lector los momentos escabrosos de la tortura por ejemplo a santa Justa y Rufina dos vestales sevillanas la palma del martirio la obtuvieron después de que el verdugo “se las pasase por la piedra”. El derecho romano prohibía asesinar a las vestales. Biografías increíbles lugares lejanos y yo me seguía preguntando, Señor, por qué. Nos quedábamos a dos velas.
 El más sanguinario fue Nerón que mandó iluminar Roma con los cuerpos de los seguidores del Cordero recamados de pez y convertidos en antorchas. Aquel emperador algo cegato y mal poeta que mató a su esposa Popea de un puñadazo del que abortó y luego se enamoró del efebo Spiro cuyo rostro adolescente le recordaba al de Popea hizo castrarlo y le escribía versos de amor.
Los seguidores del Nazareno eran considerados como una secta del judaísmo. La arena del circo máximo y del anfiteatro se purificó con la sangre de Barbaras, Octavias, Macrinas, Sinforosas Emerencianas Tarsilas muchas de ellas madres de familia, otras que desempeñaban el oficio más antiguo del mundo en los barrios bajos de Roma Nápoles o Pompeya, pero entraron en el cielo empuñando la palma del martirio y sus nombres fueron registrados con letras de oro en el Libro de la Vida.
Sus estatuas llenaron las hornacinas de los templos y se convirtieron en los nuevos dioses familiares de la cristiandad que aquí cada santo siempre tuvo su octava y cada fiesta su triduo.
 El judaísmo nunca estuvo más cerca del cristianismo que entonces y como bien dijo Tertuliano la sangre de los mártires fue semilla de cristianos. Y al destruir las legiones de Vespasiano la ciudad santa de Jerusalén que pasó a llamarse Aelia Capitolina empezó la gran diáspora.
El largo camino por tierras ajenas que será nuestro destino junto con la protesta y la rebelión a los dioses convencionales echó a andar por la historia.
No se olvide que somos elegidos para el dolor y para dar testimonio de Su Nombre. El judío nunca adorará por tanto a falsas deidades incluso aunque se disfracen de falsos eslóganes como de vuelta a la tierra prometida.
Eso lo sabemos bien los que portamos la antorcha del fuego sagrado, somos motivos de escándalo. Somos carne de horca, lugar común de afrenta y vituperio.
Por eso la voz estentórea del de Valdesimonte desde el pulpito del refectorio sigue resonando en mis oídos como un aviso y como un exhorto a la esperanza, al pasmo y a la crítica. Sigo teniéndomelas tiesas contra el tirano — los nerones y caligulas de hoy son más sofisticados  que los de los primeros siglos pero mucho más contundentes, muchos de ellos visten sotana y cuelgan al cuello la cruz inversa— combato una pelea sin fin.
 Contra los impostores lanzo mi grito con san Lorenzo a las propias barbas del verdugo. Dame a media vuelta que ya está tostada esa paletilla ahora por el otro lado.
En boca de los mártires el sarcasmo era un arma poderosa. Por ejemplo, me viene ahora a la memoria el desparpajo con que respondían aquellos falangistas en la checa de san Anton de Madrid cuando eran convocados a subir al camión donde serían “paseados”:
—Fulano de tal y cual
—Chapándomela— contestaba un flecha pequeñito al que apenas le apuntaba el bozo y su clamor recorría imperioso las galerías de aquella cárcel donde se fusilaba siempre al amanecer.
Ese menoscabo de la propia vida y la valentía ante la muerte al tirano le saca de sus casillas.
Gloria, pues, a la santa memoria de aquellos víctimas de lo políticamente correcto. Que no chaquetearon ni combayaron. Por seguir a Xto fueron apaleados, fusilados y crucificados. Me río a las propias barbas del verdugo. A mí estos esbirros me la chupan. Así que digo con el de Valdesimonte, en loa, a los santos desconocidos y de los que nunca sabremos el nombre:
Y en otras muchas partes otros muchos santos mártires, confesores, y santas vírgenes
Animula, vagula blandula hospes comesque corporis”.
La vida pasa pronto como reza el verso el verso del gran emperador Adriano que luego traducimos en las clases de latinidad.  


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