2026-02-20

ESCRIBIR ¿ PARA QUÉ?

 

El escritor David Uclés en el Café del Nuncio, en Madrid, el 16 de octubre de 2025.© Jaime Villanueva (EL PAÍS)

El poeta más fascinante del siglo XIX, Arthur Rimbaud, no vendió ni un libro en vida. El escritor más importante del siglo XX, Franz Kafka, ni siquiera publicó sus libros. Sin embargo, Miguel de Cervantes se convirtió en un fenómeno popular a los cinco minutos de salir de imprenta la primera parte del Quijote en 1605. Todo cabe en la misteriosa viña de la literatura. Así es de prodigiosa esta milenaria labor de escribir historias y de construir belleza con las palabras.

Tras la Segunda Guerra mundial se consolidó en Europa y Estados Unidos la figura del escritor profesional, inédita hasta entonces. A quien esto escribe le parece que el escritor profesional solo se da en sociedades democráticas avanzadas, con alto nivel de prosperidad. Pero es verdad que esa figura es reciente y levanta suspicacias.

A raíz de que David Uclés ganara hace unos días el prestigioso Premio Nadal un torbellino de opiniones, en prensa y redes, ha venido a enmarañar el viejo asunto de si los novelistas que venden libros son malos y los que no venden son buenos. España es un país que deserta voluntariamente de la racionalidad siempre que puede. Lo vemos en política, claro. Lo asombroso es verlo también en literatura.

La crítica literaria en España es también emocional. Es imposible que el crítico evite la sociología en la que viene envuelta una novela. A Uclés con la exitosa La península de las casas vacías le ha pasado lo mismo que a mí con Ordesa. Cuando dichas novelas apenas habían llegado a los expositores de las librerías algunos críticos las apoyaron con fervor, convencidos de que serían obras tan maestras como minoritarias. Cuando se convirtieron en obras populares le retiraron su apoyo.

Eso hizo Nadal Suau con la novela de Uclés y con la mía. Celebrar una novela que leen amas de casa y jubilados de clubes de lectura de la España vacía, jamás de los jamases, antes muerto que sencillo. Los críticos tienen que construir su propia marca de la casa, su divina personalidad. Es la vieja lucha entre lo popular y lo culto. Y es también el desarreglo emocional que produce a cierta crítica el triunfo de la literatura, en tanto en cuanto esta deja de ser de su propiedad y su gobierno pasa a manos del lector común, tan despreciable para la inteligencia de los elegidos.

Sin embargo, estamos hablamos del triunfo de la literatura, en una apelación que usó José Carlos Mainer en un ensayo reciente al hablar de los poetas de la Generación del 27. ¿Qué fue en realidad la Generación del 27 sino el triunfo de la literatura? Federico Garcia Lorca no es patrimonio de los cientos de especialistas del mundo académico. Lorca es de todos. La literatura, muy de vez en cuando, irrumpe en las librerías y se impone a los libros comerciales y es capaz de vender miles de ejemplares.

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