viernes, 31 de marzo de 2017


ISTOLACIA MON AMOUR

 

Los españoles no sé si será verdad a ver que te crees tú nacemos con fuego en la cabeza. Vuelven los gorros frigios y no es bueno responder a la afrenta y al insulto en la misma jerga que los perdularios de Turegano que no son más que tigres de papel y de llegar el caso ahí está el sable artillero de mi padre para pegar algún mandoble. Mi pluma es mi espada pero los que me conocen saben que no soy un enagüillas ni me vengo abajo el código del honor es el de la valentía. Ese de la cabeza gorda se refugia tras las haldas de la marquesa pero tú que te has creído curilla si te echaron del seminario por marica. Sin embargo mi otro amigo Verumtamen que es aprendiz de la vida me dijo aquí no hay más que envidia chiquitos. Los curas no son buena gente quiero decir los vaticanistas estilo san José María que pena en los infiernos. Opus Dei Opus mei. Ojalá resuciten los templarios y algunos iban a saber lo que vale un peine. Las cigüeñas machacan el ajo en lo alto de la torre esto es crascitan y hace el amor cada cinco minutos son muy amorosas pero al cigüeño turégano se le averió el fuelle y su mujer se largó a otro nido. Canta la corrigüela en el seto y entona los lamentos de la Sede Baldea mientras yo manejo el leme de mi luengo bajel. Deja que pasen los bateleros del Volga llevando y trayendo a Nostramo. Mi reina Istolacia a la que juré amor eterno me hizo su caballero andante y desde aquella ostento el derecho de pernada. Ínterin, dejo que Agapita a pie de monte pronuncie sus augurios. Tiene una voz de urraca como la Sibila de Cumas pero no es mala chica. Beso tus manos, marquesa, no te dejes encalabrinar por las viscosidades de ese fulano de la cabeza gorda y que de cura rebotado asumió el oficio de inquisidor anticristo. Vale más la criznega con que recoges tu coleta de rumana que todos los versos juntos y toda la prosa de ese sandio que proclamó lo de Turégano ciudad episcopal y no era más que una villa carcelaria pueblo de trilleros y  tratantes que vendían gorrinos por los pueblos, buenos solamente para conducir la piara mientras en el campo abierto se escuchaba el chasquido de las trallas... que no te engañe ese baboso. Beso tus nobles manos, marquesa. ¡Ay Istolacia, mon amour!

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