2026-04-05

 

IROS

 

Irse me voy vamos veámonos morfemas predilectos de nuestro vocabulario pero hoy no puedo menos de mandar a la RAE a paseo. Idos no se usaba jamás y ahora nos vienen los "inmortales" con esas de que es aceptado lo de iros en el imperativo plural del verbo ir, que viene del latin eo - is- ire- ivi- itum. Ite missa est, compañeros. El nuevo lenguaje de la new age, el new talk de los ínter nautas llega tarde. La culpa de todo eso la tiene haber descartado el latín de los programas de enseñanza. No es referente acudir a Pérez Reverte como nuevo licurgo del lenguaje académica porque este Pérez y Reverte no escribe el castellano como lo haría Cela, por ejemplo. Es un currito, un pringao, un "mandao" en este gran demandadero que es España, lo ha puesto el que manda de la cara oculta el ojo tapado y la tripa cagalar con almorranas del intestino ciego.

Como el periodista del régimen, el que más vende, el único literato que en España puede vivir de la literatura. Seguimos entre picaros y corruptos. Iros todos a paseo que es la manera más grácil de mandar a uno a la mierda. La formula imperativa más grafica y contundente sería. Que se vayan todos a tomar por el culo.

Posted: 18 Jul 2017 11:07 PM PDT

Redde mihi domine stolam, inmortalitatis quam perdidi. Y, al decir esto, el cura de Riofrío besa la estola. Merear domine portare manipulum fletus et doloris  (merezca yo portar el manípulo del dolor) dice, acto seguido, el preste al colocarse el manipulo y renace un tiempo viejo entre las cajoneras y los espejos ustorios de la sacristía.
Es el arranque perfecto para una misa cualquier domingo del siglo XIX en la España profunda. En la iglesia el pueblo aguarda. Tocan las campanas y delante de la grada formula el cura, embutido en una casulla guitarrera, el rito de salutación eterno: introibo ad altare Dei entraré al altar del Señor. Los feligreses el aire aburrido escuchan las oraciones bisbiseadas por el clérigo de forma mecánica y atropellada. La feligresía mira con cara de circunstancias.


Es el momento en que al pasear la vista por el concurso en todo un travelín (el escribano, el médico, el secretario, el juez de paz, la pareja de la Benemérita) sin cámaras descrito hábilmente por la pluma tan capacitada como la de Armando Palacio Valdés topa con la mirada huidiza de  su amada Rosa la Molinera.


Andrés es un periodista madrileño que ha venido a Asturias a casa de su tío cura a reponerse de una incipiente tisis. Protagonista Andrés Heredia y, deuteragonista la del Molino, van a experimentar en sus vidas un soplo siniestro (pathos) y sucumben al dictamen de la fuerza de un hado fatal. ¿Asturias paraíso o infierno?


El escritor de Entralgo es un maestro de la novela psicológica y sociológica. Obras como “El Cuarto Poder” “La Aldea Perdida” “La Fe” “El Maestrante” constituyen un zócalo en el que se estructura la vida española con el advenimiento del progreso (las minas, el ferrocarril, el voto directo. El periodismo, los partidos políticos) y en parte desmonta el mito de Asturias paraíso natural. En esos pueblos perdidos en esos concejos a trasmano y en esos valles recónditos se esconden las pasiones de cuyas garras no podrá escapar el ser humano: la avaricia, la gula, la intolerancia, los prejuicios de casta, la lujurio, el fanatismo religioso, la violencia.


Palacio Valdés, que ha sido mal leído y mal interpretado como escritor de derechas quizá porque añorase las costumbres patriarcales del viejo Avilés, presenta en sus novelas un denso calado  de encrucijadas anímicas que lo acercan a los grandes maestros rusos y franceses.


Tampoco en él, como en Asturias, —esa Asturias a la cual supo describir y buscarle las vueltas encontrando bajo esa superficie afable el estro trágico de los duendes los nuberos y las xanas— nada es lo que parece.


Con el sambenito de “carca” fue detenido en el Madrid rojo de 1937 feroz mes de noviembre y acaso fusilado (oficialmente murió de hambre) pero su inmensa obra que no ha sido evaluada ni catalogada en su totalidad está cuajada de crítica social, pone en berlina a los caciques, fustiga al clero indocto verdaderos verracos con sotana que padreaban por las aldeas y contribuían a mitigar la despoblación demográfica, llenando sus parroquias de “fios” naturales, caricaturiza a los indianos que regresan a morir a la tierra hablando fino y con acento de azúcar de  dengue, grandísimos usureros que hacen prestamos al 25 por ciento, critica la brutalidad de los rudos labriegos que maltratan a sus mujeres y a sus hijas. Se mofa de los veraneantes.


Surgen pleitos y malquerencias por un mojón y por una linde. Aparece un campesinado irredento que labra las tierras en aparecería a un terrateniente residente en Madrid que jamás pisa la comarca.


Como un profeta este maestro de la narrativa que es bronco y certero en sus novelas de ambiente rural asturiano, y afable y simpático, en contrapartida, en las de ambiente andaluz, como la Hermana San Sulpicio  o Riverita  — se dice que han sido un asturiano Palacio y un gallego Cela los grandes cantores de Andalucía— va desbrozando la madeja que abocará a los españoles a la guerra civil de la cual él fue victima.


El Idilio de un Enfermo presenta una dinámica de arriba y abajo —upstairs, downstairs— dos lineas paralelas que jamás podrán encontrarse y ese desencuentro adquiere un carácter trágico entre un amante señorito y una muchacha aldeana a la que seduce y acaba raptando. Buena novela costumbrista. Hoy ya bi se encuentran escritores con ese talento narrativo de nuestros escritores decimonónicos. La lectura de cuyos libros apenas requiere esfuerzo. Es la clásica escena del nido de amor en el hórreo al amor del narvaso y cerca del pesebre donde rumia el ganado, bucólica escena pastoril.


No por trillado lugar común  menos efectivo recurso de la novela del XIX. El molinero Tomás padre de la muchacha quería casarla con su tío el indiano. Choque de pasiones encuentro de voluntades pero, entre medias, el arte.


Una buena novela, y pocos lo logran, es como una buena misa cantada (introito, ofertorio, lavabo purificador, anáfora, consagración, epicrisis bendición y despedida.) Y las novelas del maestro de la Aldea Perdida tienen eso y mucho más: humor, descripciones potentes como el de la misa dominical, la romería, el encuentro amoroso en el establo nido de amor. La fuerte prosopografía o pintura de la cara y a través del rostro penetramos en el alma de los personajes: el seminarista Celesto terror de las mozas del concejo un sátiro que promete acabar con su vida crápula en cuanto se ordene de subdiácono (entonces sanseacabó pero ¿Cuándo vendrá ese día?), la agnición o reconocimiento mediante algún tic personal como el del cura de Riofrío que el hombre no se explica bien en sus sermones,  recurre a latiguillos como ya me entiende usted, y ¿estamos?


Para paliar su poca capacidad retórica,  acababa llamando modorros y escribas y fariseos a sus parroquianos que dejaban el precepto dominical para ir a la hierba. El azimut de la narración se alcanza en la descripción de la romería en honor al santo tutelar: tambor y gaita, ramo, procesión, suena la Marcha Real a la hora de alzar, corra la sidra en el tonel, estallen voladores en el ferial y atruenen los compases de la danza prima, a los gritos del ataruxo y del ijujú. No faltan tampoco los palos pues era costumbre, el mocerío de aldeas rivales ha venido bien prevenido con garrotes de siete ñudos, tiemblan las navajas en bolso por un quítame allá esas pajas. Culto a Dionisio, a Venus, a Marte y a Baco y todo aboca a un final lamentable cuando por la senda aparecen los civiles que llevan preso al protagonista acusado del rapto de la molinera. Desaparecen en un recodo de la calella entre el polvo del camino y el fulgor de los charoles. Pero que no decaiga la fiesta. El seminarista Celesto que está a punto de recibir órdenes sagradas y decir sanseacabó a su vida disipada se enzarza en una discusión teológica con el excusador sobre el concepto escolástico de sustancia y accidente. La porfía sube de tono y están a punto de resolver sus diferencias a vergajos.


Algo vale que el mucho vino trasegado les hace de nuevo sentirse amigos y regresan a casa cantando viejas tonadas del país algo traspuesto, melancólicos, y borrachos. El que va de romería se arrepiente al otro día. Otro año más; nadie puede atrapar con las manos al tiempo que se va.


Un halo trágico — como en la Iliada en la eneida cuya estructura épica trata de imitar Palacio en su narrativa— se condensa como un aura ineludible sobre los lances e intriga de la trama y ya no podrán escapar los personajes a las garras del Destino: “oiga, Celesto, quien es aquella chica la del pañuelo negro y los corales en la garganta… ah sí la hija del Molinero… no piense usted en ella don Andrés, le daré un consejo… es una yegua”... Adraganto y Queronte aguardan. Rosa, expulsada por su padre de casa, se va a servir a Oviedo y luego acaba en la prostitución.


Andrés, de regreso a Madrid, reanuda su vida de crápula. La tuberculosis se apodera de su organismo y muere al año siguiente de sus vacaciones en Riofrío, a causa de un vómito de sangre. Nada es lo que parece. Pese a las predicas de moralistas, reformadores y sociólogos, la condición humana permanece invariable. Todo sigue igual. Sólo puede redimirnos el Arte.

 STOLAM CHARITATIS. ORNAMENTOS BIZANTINOS

Posted: 19 Jul 2017 10:48 AM PDT

ornamentos liturgicos bizantinos
En la Iglesia Ortodoxa, los miembros del clero se revisten de ropa especial para la celebración de los oficios litúrgicos. Existen dos vestimentas fundamentales: el alba y la estola. La primera de ellas, el alba o stijarion, es la túnica bautismal. Todos los sacerdotes y obispos se ponen esta túnica durante la divina liturgia. Es de color blanco, ya que representa la “túnica de la salvación”; la misma túnica blanca en que todo cristiano se reviste en el día de su bautismo, simbolizando la nueva humanidad de Jesús y la vida en el Reino de Dios (Apocalipsis 7,9 ss).
La segunda vestimenta esencial del clero cristiano, la estola o epitrajilion, que va alrededor del cuello y sobre los hombros, es signo del ministerio pastoral. Originalmente se confeccionaba de lana, simbolizando las ovejas, es decir, el rebaño de Cristo, por quienes los pastores son responsables espirituales. Tanto los obispos como los sacerdotes llevan esta vestimenta al ejercer su ministerio pastoral, dando testimonio de que los ministros de la Iglesia viven y actúan única y exclusivamente para cuidar y servir los miembros del rebaño de Cristo Jesús el Señor. A través de la historia de la Iglesia, se aumentaron y se desarrollaron más los ornamentos litúrgicos empleados por el clero. Los obispos, sacerdotes y diáconos comenzaron a usar unos puños especiales o epimaniquias, diseñados para mantener las vestimentas en forma ordenada durante los oficios. En el momento de revestirse con estos puños litúrgicos, los clérigos rezan versículos de los Salmos que les recuerdan que sus manos pertenecen a Dios [1].
También comenzó a usarse un cinturón para sujetar los ornamentos. Al colocarse el cinturón, los clérigos rezan salmos que les recuerdan que es Dios quien les da la fuerza para llevar a cabo su ministerio. Solamente los obispos y sacerdotes utilizan este cinturón litúrgico [2].
La túnica que llevan los diáconos, hipodiáconos y lectores también se llama stijarion. Probablemente tiene su origen en la misma túnica bautismal, sólo que de forma más ricamente elaborada. Los diáconos e hipodiáconos también llevan una estola llamada el orarion. Esta estola probablemente fue, en su forma original, un largo pedazo de género en que fueron escritas las letanías litúrgicas y otras oraciones. Esta vestimenta recibe su nombre del verbo orar.
En los oficios litúrgicos hasta el día de hoy, el diácono levanta el orarion en gesto de rezar cuando entona las partes del oficio divino que le correspondan. El hipodiácono, en cambio, lleva su orarion atado por la espalda en forma de cruz.
Los sacerdotes además de la túnica bautismal blanca, de su estola pastoral, puños y cinturón, también llevan una túnica exterior grande llamada felonion o casulla. El felonion cubre toda su espalda, y por delante le cubre hasta la cintura.
Esta vestimenta seguramente fue desarrollada en base del vestuario formal de la temprana era cristiana y, bajo la inspiración bíblica, llegó a identificarse con el llamado de la vocación sacerdotal. Al revestirse del felonion, el sacerdote reza las siguientes palabras del Salmo 132:
Tus sacerdotes, oh Señor, se revestirán de justicia, y los santos se regocijarán con alegría ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amen.
Es probable que antiguamente los obispos también llevaran el felonion, y sobre él se colocaban el omoforion, la vestimenta que es emblema de su ministerio episcopal como pastor principal de la Iglesia local. Sin embargo, cuando el imperio cristiano fue capturado por los turcos en el siglo 15, a los obispos cristianos del oriente les fue confiado el poder civil sobre todos los cristianos bajo dominio turco. Entonces, debido a que el imperio cristiano ya no existía, los obispos adoptaron el uso de la insignia imperial y comenzaron a vestirse de la misma manera que antes lo habían hecho los gobernadores civiles cristianos. Utilizaron, entonces, la túnica imperial, el sakkos, y la corona imperial, la mitra.
También comenzaron a pararse sobre el orlets (el águila; una pequeña alfombra con la imagen de una águila en ella) durante los oficios divinos y a llevar el báculo, que simbolizaba más su poder civil y seglar, que su ministerio pastoral. Fue también en este período que comenzó a usarse la palabra déspota al dirigirse uno a los obispos, palabra que significa soberano, un título para el poder temporal y no espiritual. Y los clérigos comenzaron a llevar pelo largo, también signo de gobierno terrenal en tiempos antiguos. En el siglo 17, durante la reforma del Patriarca Nikon, estas mismas costumbres fueron adoptadas por la Iglesia Rusa para sus obispos.
A través de los años, algunos de estas nuevas insignias en la Iglesia fueron “espiritualizadas”, y se les otorgó un significado bíblico. Así, la mitra llegó a entenderse como señal de la victoria cristiana, pues los santos reciben sus coronas y reinan juntos a Cristo. (Apocalipsis 4,4) El águila comenzó a comprenderse como signo del vuelo hasta la Jerusalén celestial, ya que es el clásico símbolo bíblico de San Juan y el Cuarto Evangelio. (Apocalipsis 4,7; Ezequiel 1,10) El báculo llegó a representar la vara de Aarón (Éxodo 4,2), y así sucesivamente. Se debe entender, sin embargo, que estas particulares insignias del oficio episcopal son de un desarrollo más tardío y accidental en la historia de la Iglesia. A las vestimentas de los obispos y sacerdotes es necesario agregar el epigonation, pieza de tela en forma de rombo. Este es una distinción que simboliza la “espada de la fe” y el Verbo de Dios.
Los sacerdotes reciben este símbolo cuando el obispo les confiere la bendición que los autoriza a realizar la Confesión Sacramental. En relación a la participación del obispo en los oficios divinos, también se desarrolló el uso de dos candelabros especiales con que el obispo bendice a los fieles. Uno de estos candelabros tiene tres velas, y se llama el trikiri; la otra tiene dos velas, y se llama el dikiri.
Estos candelabros representan los dos misterios fundamentales de la fe cristiana ortodoxa: que hay Tres Personas Divinas en un solo Dios; y que Jesucristo, el Salvador, tiene dos naturalezas, siendo Dios perfecto y hombre perfecto.
Existen también dos clases de gorros litúrgicos que tienen significado especial en la Iglesia Ortodoxa: uno en punta, y otro cilíndrico. Generalmente, todos los sacerdotes de las iglesias de tradición griega o árabe se usa el gorro de forma cilíndrico, pero en iglesias de otras tradiciones locales es usada sólo por algunos como una distinción especial.
Los obispos y monjes la utilizan con un velo negro que cae por la espalda. El gorro en forma de punta es utilizado por los monjes y, según la tradición rusa, por algunos miembros casados del clero como signo de alguna distinción especial. También en la tradición rusa, ciertos miembros casados del clero reciben el honor de llevar la mitra durante los oficios litúrgicos. En otras iglesias ortodoxas, sin embargo, la mitra es reservada únicamente para los obispos y abades de los monasterios, los archimandritas.
El uso de estos gorros litúrgicos, como se puede ver, varía entre las distintas tradiciones locales de las iglesias, y no es universal. Hoy en día, su utilización en la Iglesia ortodoxa está en regresión. Por último es necesario señalar que tanto los obispos como los sacerdotes se ponen una cruz pectoral. Además, el obispo lleva un medallón o encolpion con la imagen de Cristo, de la Theotokos con el Niño Jesús, llamada la Panagía, que quiere decir, la Toda Santa. Ciertos dignatarios tienen el derecho de llevar dos medallones, uno a cada lado de la cruz pectoral.
En cuanto al uso de la cruz por los sacerdotes, de acuerdo a la tradición rusa todos los sacerdotes la llevan, mientras en otras tradiciones locales como la griega y la árabe, es utilizada litúrgicamente sólo por aquellos sacerdotes a quienes ha sido otorgada como una distinción especial.
La Iglesia Ortodoxa firmemente sostiene que el uso de vestimentas litúrgicas es esencial a la práctica litúrgica, experimentada como la realización de comunión con el glorioso Reino de Dios, un Reino que aun ha de venir, pero que a la vez ya está junto a nosotros en el misterio de la Iglesia de Cristo. Sin embargo, la tendencia actual es que las vestimentas sacerdotales tengan mas simplicidad, más próximas a la inspiración bíblica y sacramental de las primeras comunidades cristianas.




Notas
1 Al colocarse el puño en la mano derecha, el sacerdote reza lo siguiente: “Tu diestra, oh Señor, se glorifica por la fortaleza; tu mano derecha, oh Señor, aniquiló a los enemigos y en la multitud de tu gloria, ha borrado a tus adversarios.” Para la mano izquierda reza: “Tus manos me han creado y me han formado; instrúyeme y aprenderé tus mandamientos.”
2 Al colocarse esta vestimenta, el celebrante reza: “Bendito sea Dios, que me ciñe de fortaleza, y ha hecho inmaculado mi camino. Haz que mis piernas sean como las del ciervo y colócame en las alturas.”

 WILBERFOSS EL PARAÍSO

Posted: 20 Jul 2017 01:16 PM PDT


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"NATIONALITY IS A GOOD THING, dice James Russell Lowell pero lo universal es mejor" acoté esta cita hace muchos años cuando era lector de español en la Universidad de York, cruzaba cada mañana los puentes sobre el río Ouse, me afanaba, soñaba, entraba y salía por las librerías de lance y bebía cerveza en un pub que llamaban The Tavern in the Town que era un viejo molino de los tiempos de Lanzelote del Lago, el mayor de todo el país.

Inglaterra me sedujo. England made me. Pero es un poaís que ya no existe. Ahora lo llaman Reino Unido. Cultivaba mi alma apasionada y dentro de mi carne y de mi espíritu reventaban en granazón los diviesos de la poesía. Inglaterra acariciaba con su alegre sonrisa. Y mis sueños se columpiaban sobre los arbotantes de la catedral de Santa María. Era como vivir dentro de una burbuja o mejor dicho yo en York probé las mieles de un cuento de hadas.
 El acíbar y la vinagre no tardaron en llegar por mis pecados. De aquellas moliendas y reflexiones nació el gusto hacia la buena literatura inglesa. Los poemas de este autor bostoniano al que me le imaginaba en una buhardilla atestada de volúmenes sobre las estanterías con su cuaderno de notas y fumando en pipa los leí yo en aquel pueblo de Wilberfoss donde nació mi primera hija Helen. Leído este libro - dice una apostilla que escribí a lapiz en la pagina de respeto el fin de semana del 24 enero fiesta de la conversión de sam Pablo junto al fuego. yo leyendo y la Suzi haciendo punto". Creo que aquel fin de semana tuve una visión de la cruz y la esperanza mientras leía a los poetas de New England y cantaba con los hippies las canciones de Massachussets. El mundo se iba a alobar.
Dejaba de ser provinciano y nacionalista. Todo lo que yo había aprendido ya no me serviría de nada. ¡Tremenda fatalidad! Lo anunciaba aquel iluminado de Boston James Russell Lowell. Yo era un poeta recién casado que leía incasable mientras Suzanne hacía punto para ropa para la infanta que nos iba a nacer. Wilberfoss fue para mí el paraíso
CONTINUARÁ