|
Posted: 17 Jan 2019 03:13 PM PST Los del padre Sopeña el padre Abel y las
misas en la capilla santo Tomás de la universitaria Vi volando por los
tejados de la urbe global madrileña que nada tiene que ver con aquel pueblo
manchego del agua va, de los emboscados y las tapadas las callejuelas
adoquinadas donde había duelos por una dama como en las comedias de capa y
espada de los tiempos de Maricastaña y picarescos pues no hay tiempo ni
espacio para los espíritus puros y los cuerpos gloriosos y transparentes, una
nube abigarrada. Dentro viajaba mi consueta. El Numen de la inspiración. El hombre está
destinado a ser ángel. Serán como música y yo soy su Numen. Fui testigo de no
pocas cavilaciones suposiciones, altercados, cárceles denuncias, grescas, insultos, postergaciones y pretericiones de Bermejo que sin haber llegado a
nada en la vida a sus setenta abriles cumplidos se sentía un hombre realizado
que podía mirar a su pasado con nostalgia pero sin ira. Desde su hura ahíta
de papeles y de libros viejos, radios, cintas magnetofonías y un ventanuco que
daba al jardín central desde donde se escuchaba el murmullo hondo del zureo
de los palomos en tiempo de celo, las voces de los niños y las carcajadas de
los vecinos que en verano se bañaban en la piscina. En su apacible vida de
jubilado daba paseos por los encinares del noroeste de la provincia de Madrid
armado de su cachava que le recordaba el bordón del peregrino. Su existencia
se había vuelto peripatética. No soy más que un peregrino siempre en danza.
Pues de la danza sale la panza. Aficionado a las novedades pues no era
misoneísta y le gustaba la vida y el progreso, la llegada de Internet supuso
una revolución sociológica y psicológica porque el mundo se había convertido
en un patio de luces pueblerino informativamente casi como un tebeo de
hazañas bélicas como aquellas revistas que el compraba a veinticinco céntimos
a la señora Isabel la zabarcera segoviana, con el constante ir y venir de
asesinatos, crisis, amenazas, y el zamarreo constante de los informativos.
Chismorreos y alparcerías que suscitaban coloquios aburridos y venales
prosas. Surgió Podemos. Yes we can. Las nuevas generaciones ansias de pisar
moqueta y de hacerse ricos con las políticas estaban llamando a la puerta sin
decir “se puede”. El título del nuevo movimiento se lo debía de haber puesto
el enemigo como una consigna de agitación social y los instalados estaban que
no les llegaba la camisa al cuerpo, temerosos de perder el momio. Un poco
como en los tiempos del Generalísimo. Porque aquí fusilan y chupan del bote
siempre los mismos. Gracias a la Red las gentes están mejor comunicadas pero
son menos comunicativos y el ordenador era una nueva adición como la buena
mesa o el vino bueno y el fumeteo de su cachimba. Cosaco
de la literatura que siempre había sido, escotero y por su cuenta por los caminos
podía pasarse sin comer ni beber pero nunca sin su pipa. La maldición de la
nicotina constituía un incordio para Remigio Bermejo. Quería más a su pipa
que a su mujer. Era un hombre de la estepa y quería arrear sus corceles de la
imaginación con el látigo encendido de su pluma. No era más que un pobre
soñador. se resistía a comulgar con ruedas de molino, a pasar por el aro. Así
le iba. Semejante actitud le deparó no pocos contratiempos. “If you think you
have problems” era un programa de la BBC que él escuchaba en su transistor
gris el Fidelity adquirido con las primeras libras que ganó en la escuela de
Doncaster. Si piensas que tienes problemas, llámanos. Era una emisión para
suicidas y divorciados. Quería zafarse de aquella afición a la Web y su
intoxicación psicológica. Los blogs a cuyas paginas subía las entradas que le
daba la gana, quizás fueran un desahogo, el paraíso de todo escribidor, desde
recetas de cocina e insultos al centinela hasta poemas sublimes de amor, pero
también una herramienta de control. ¡Cuidado, el Gran Hermano te vigila! Él
producía al cabo del día entre bocanadas de humo y visitas al frigorífico
porque la escritura le producía hambres caninas, cientos de páginas.
Estampaba sus remordimientos e inquietudes contra el muro dactilógrafo de su
teclado, testigos únicos de su furor iconoclasta de las veintiocho redondas blancas,
cantidades de papel, textos impolutos, disparos de ametralladora. Detrás de
un tablero de ordenador Remigio podía llegar a ser un tipo peligroso. Cuanto más gritaba el
mundo callaba. Cuanto más rezaba sentía más lejos a Dios. Fue una de las
razones de su dipsomanía. Tuvo la desgracia de darse al alcohol. Erifos su
gran confidente de las tardes silenciosas y las vigilias vacías era un
asesino. Él se esforzaba por la excelencia. Plus ultra, sursum corda. No
seáis cutres pero nadaba en un mar de dudas y vulgaridades, de anonimatos y gentes
anodinas. Desdeñaba la chapuza y sus entregas habían mejorado con el tiempo.
Y estos no eran más que pujos de sus reminiscencias jesuitas. A mayor gloria
de dios, sí, pero donde se encuentra él? Mis preces son un monólogo. —Todo en tanto en
cuanto, hijo mío, — le decía un santo desde la hornacina, era Iñigo de Loyola
que bajaba el pobre desde el cielo cojeando al verle tan desnortado— y un ojo
en el cielo y otro en el suelo. Una vela a dios y otra al diablo. —Eso es del Talmud,
padre mío. —Qué más da. El fin
justifica los medios. El Numen le hablaba en
jesuita con ese mensaje mesiánico del anagrama JHS. Almas para dios. Hay que
salvar almas… almas. Cuantas más salves entrarás más alto en los habitáculos
que se te han preparado en el paraíso. Subirás al séptimo cielo. —No tengo fuerzas,
Señor. Somos débiles. ¿Dónde están las almas? Las gentes con las que me
encuentro arrastran problemas. No tienen empleo, los han echado del piso. Su
mujer se ha fugado. Me topo con la infelicidad de los alcohólicos, la
desesperación de los presos y encarcelados, el dolor de los enfermos. Los
humillados y ofendidos de la tierra vienen a mi encuentro. El Numen guardó
silencio. Iñigo de Loyola se volvió a sus alturas arrastrando la pata mala
desde que se la destrozaron en Pamplona con un arcabuzazo. Había interrogado
a la esfinge y tales respuestas sólo las puede dar Dios. La mente humana es
incapaz de penetrar en los designios de tal arcano que forma parte del
misterio de la vida. —Pero tú estás bien.
Llama y se te abrirá. Pedid y se os dará—escuchó la voz celestial. Era san
Ignacio. La red había hecho de
él un buen escritor, se había perfeccionado mucho, ganó en oficio y ahí se
las diesen todas. El libertario ex corresponsal se reía de los que le
envidiaron y persiguieron con una saña sorda y atroz. Conservaba su fe pero
desdeñaba las intrigas y muermos eclesiales a cargo de los curas incultos de
misa y olla mi olla mi misa y mi Mariluisa, sangraba por la herida de su
arrogancia jesuítica, él no podía ser como los otros ¡qué bah! Él
pertenecería a la elite. Formaría parte de los escuadrones de la guardia
noble del pontífice. EL Papa por encima del Rey y de roque. El cuarto voto.
Un mundo para Jesús salvador de los hombres. Un cierto mesianismo. Las dos
banderas. ¿Y de qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma? Curiosamente habían
sido dineros españoles los que costearon los mantos de seda de la curia, los
capelos cardenalicios, el oro, las perlas ónices y las ágatas de los báculos y pectorales o la pedrería de los vasos sagrados,
durante siglos pues hasta no hace mucho en los templos de Madrid se mostraba
un cepillo de limosnas para la conservación de los Santos Lugares. Roma no
hubiera podido existir como la cabeza de la catolicidad sin los sufragios de
la corona española. En su piedad a machamartillo de cristiano viejo creció en
él la fe y el desprecio a los pomposos jerarcas. Pero como había recabado
órdenes menores y mayores y no era un simple cucarro sus aficiones a la
especulación teológica perduraban lo mismo que su pasión por la liturgia de
rito antiguo. Así que en las profundidades de su hura madrileña colocaba
velas a los santos, rezaba el oficio y le gustaba recitar el canon de la misa
de san Pío V.; todo volverá. No perdamos la esperanza. Pero la religión para
que sea veraz ha de ser un sentimiento personal y más en los tiempos de
colonización ideológica en que vivimos, pensaba. Por todo esto y por mucho se
sentía orgulloso de sí mismo y estaba listo para el día que dios lo llamase. El 18 de abril de de
1963 amaneció tranquilo puso la cadena Ser, Radio Madrid, Unión Radio cuando
la república, para entenderse y allá estaba la voz de fumador empedernido
del bendito padre Sopeña con sus comentarios religiosos
antes de las noticias. Como era domingo, se fue a misa a la Ciudad
Universitaria a la campilla de Santo Tomás. Estaba abarrotada de estudiantes.
Iba algunos domingos pero él prefería los capuchinos de Bravo Murillo, al
lado del Cine Europa donde habló una vez José Antonio, porque allí se honraba
un santo de la veneración de nuestro protagonista: el taumaturgo de Padua.
Iba a cantarle los pajaritos y predicaba a los peces y a las avutardas que le
quisieran oír. Era la emisora más
popular y castiza de aquel Madrid que transmitía el “Carrusel Deportivo” de
Joaquín Marco, los caballitos de Quilache y los programas de “Lo que nunca
muere” y “Matilde, Perico y Periquín”. Era la radio de los viejos
republicanos, no lo sabía. A él le gustaba porque Remigio siempre fue de
ideas un tanto comuneras. Le gustaba ir a su aire y Radio Madrid (roja), la
otra cara de la moneda de Radio Nacional donde campeaba las tardes de domingo
la voz también algo estropajosa del P. Venancio Marcos con sus consultorios
morales (azul) era el cenáculo carmesíes de
aquel abate de aires un tanto volteriano, buen músico, confesor de manga ancha
pues decía que era vocación tardía, conocía el mundo y era muy comprensible
con lo del sexto mandamiento que traía a los jóvenes de aquel entonces de
cabeza. Hasta decían que dejó a la novia una tal María Luisa para casarse
pero a don Federico que era ya talludito porque había hecha la guerra con la
república le entró una crisis y se metió al seminario de Vitoria. Mi mesa mi
misa y mi María Luisa, no te digo. Esta –es una historia bastante curiosa- se
casó pero le guardaba una cierta ausencia platónica y hablaba por teléfono
con ella todas las noches en largas conferencias. Cuando le hicieron director
del Museo del Prado iba de paisano pero por lo general no se quitó la sotana
que siempre en España fue un símbolo de poder. Tenía buenas aldabas, enchufe
con el papa Montini que le hizo prelado domestico cuando dirigía el colegio
español de Roma. Había que estar al santo y a la limosna. La iglesia católica
siempre ha sido poder. A Remigio le parecía un tipo sospechoso de los que se
sitúan debajo del árbol que dé mejor sombra. El cura progre de color rojo
debió de padecer un terrible desencanto cuando llegaron los suyos o los que
creía que eran los suyos. Javier Solana le mandó el motorista con un
brocárdico lapidario (su vida estaba llena de sentencias y refranes, axiomas
que no servían para nada) que se hizo famoso “señor cura, ¿aún cree usted en
dios?”. Amigo del sobrino de Azaña Rivas Cherif cuando la republica y luego
del príncipe, creía Sopeña estar situado cuando llegara la hora de la muerte
del dictador mas ni por esas. Las expectativas de los viejos republicanos
quedaron en nada. El enemigo al que habían combatido con las armas en la mano
los perdonó y hasta les enchufó en la administración pero los psoatas
hicieron mangas y capirotes de semejante ponderación, no tuvieron miramiento
ninguno con los de base, cuando Felipe González alias El Gran Filipo rompió
con la vieja guardia en Solesmes. Eran socialistas pasados por la túrmix de
la embajada norteamericana. La historia de España es una perpetua
conspiración Formó círculo – aquí estamos siempre en las mismas y los que
mandan son todos iguales, la casta poderosa de las cien familias- con
Aranguren al que llamabann Amarguren un profesor de Ética
feo como el demonio quien le suspendió en la cátedra de Filosofía y tuvo que
repetir aunque era del mismo curso y amigo de su hija, con Laín, con Dionisio
Ridruejo el divisionario de la Azul que se hizo socialdemócrata y el gran
Laín Entralgo. Ah cuando vengan los míos fue el grito y todo quedaría en agua
de borrajas. Las misas del P.
Sopeña y Jesús Aguirre eran contestatarias. Empezaba el rollo de los
cristianos de base. Cambiar todo para que todo siga lo mismo. Se aburría
porque para él la misa tiene que comportar la magia de la eucaristía y los
modos eran zafios y personeros. Era una misa cantada en lengua vernácula.
Este aborrecimiento del latín a Remigio Bermejo le resultaba sospechoso.
Sopeña oficiaba de preste asistido por el padre Jesús Aguirre de diácono y el
padre Abel de subdiácono. En la homilía se habló de política del cambio.
Aquello era una romería y el estado mayor desde donde se lanzaban consignas
para la lucha estudiantil. Del templo salían algunos energúmenos derechos a tirar
piedras a los grises. Luego venían las carreras, las reivindicaciones, la
agitación propagandista. Algunos de aquellos sacerdotes se decían marxistas. A la salida se
encontró con el padre Abel al que conocía de Comillas. —¿Tú por aquí? —Pues sí —Te creía muy lejos.
¿No te ibas a ir a misiones, Remigio? —No me probaba. El padre Abel,
excelente poeta, eximio periodista que escribiría en “YA” era un soriano muy
seco, pero buena persona que también fumaba tabaco negro y tenía la voz
tomada. Se olía la tostada. Los curas se hacían socialistas y luego pasó lo
que pasó. A Sopeña lo destituyó precisamente uno de
aquellos cachorrillos de la militancia de base quienes por entonces no habían
dejado de ir los domingos a misa, y en la Universitaria por supuesto. Cuando
se hicieron grandes se transformaron en tigres de Bengala, cría cuervos. Pero
ustedes los curas todavía creen en dios, le escribió en una nota que le llegó
con el cese del motorista. El padre Sopeña según cuentan se quedó de un aire,
nunca sospechaba que aquel jovencito barbitaheño sobrino de don Salvador de
Madariaga andando el tiempo se convertiría en el ideólogo del gobierno del
Gran Filipo y posteriormente el jefe de los guardias de la Otanacabando en el
“carnicero de Belgrado”. Joder con los psoatas.¡Qué dureza! Claro que de raza
le venía al galgo: la proclamación de Madariaga como doctor honoris causa por
Oxford sería uno de sus primeros reportajes. Lo fotografió en los claustros y
bajo la torre del reloj de Fairfaix. Era un viejecito con lentes de montura
de plata la nariz acaballada, y cara de mala leche que pronunciaba el
castellano con propiedad pero con acento extranjero pues se había pasado
media vida en Ginebra hablaba todas las lenguas
de la masonería y por eso era llamado tal vez tonto en veinte idiomas, la
toga algo remendada y una bufanda negra que le curaba el catarro, y el
chambergo doctoral que era más grande que su persona pues era muy bajito y su
mujer que le tiraba de la sotana para que no hablara con españoles
franquistas. Era proverbial el odio hacia Francisco Franco de este autor
historiador. Le habían encumbrado tan alto que el personaje en aquella vis a
vis en la tarde de otoño del 72 le pareció algo ridículo. Dentro de la
universidad famosa de Oxford debía de ser uno más y no se le daba tanta
importancia como entre los hispanos. Dios te libre de los liberales. A
Voltaire también lo mandaron a la guillotina sus propios discípulos. Estas
historias se sabe cómo empiezan. Nunca como terminan. Dejémonos de
aparcerías y de chismorreo baratos. Hay que enjalbegar el alma perdonando a
nuestros enemigos y eso cuesta —No hay que hablar con
herejes y empanadores Y ENALGRAMADORES. Tú a lo tuyo, sigue tu camino y no
mires para atrás—había vuelto a escuchar la voz del Numen. La tarde era plácida.
Luscinia el ruiseñor del véspero trinaba su canción eterna en la copa de una
acacia en la Plaza de Santa María Micaela. Él estaba en su cuarto del sexto
piso de la calle presidente Carmona preparando un parcial de historia,
consultando los apuntes garabateados con letra nerviosa durante el primer
trimestre en los bancos de un aula de la Facultad de Filosofía y Letras.
Echaba un pitillo celtas cortos cada dos horas para no dormirse ante el
cuaderno Había sido un día tranquilo. Había visto a Marta. Su presencia había
llenado la clase de aroma y juventud, usaba una colonia única especial, y de
sonrisas. Lo miró desde su asiento de primera fila. Se quedó embobado y casi
pierde los apuntes y los papeles. La amaba en secreto en un amor platónico a
distancia. Pero ya se ponía el sol. Luscinia dejó de cantar en la cima de la
acacia. Él no era más que un estudiante pobre hijo de un militar de baja
graduación que escuchaba al padre Sopeña en los minutos religiosos antes de
las noticias de las ocho en la Ser, tomaba apuntes y daba clases particulares
de latín para ayudar en casa. ESPAÑA MI NATURA |
|
SATANÁS REINA EN EL MUNDO POR AHORA
PERO AL FINAL LUZBEL SERÁ VENCIDO Posted: 17 Jan 2019 02:53 PM PST |

No hay comentarios:
Publicar un comentario