2026-02-11

REINADO DE SATÁN LOS DEL PSOE SOCIALISTAS PASADOS POR EL TURMIX DE LA EMBAJADA AMERICANA

 

Posted: 17 Jan 2019 03:13 PM PST

 

Los del padre Sopeña el padre Abel y las misas en la capilla santo Tomás de la universitaria

 

Vi volando por los tejados de la urbe global madrileña que nada tiene que ver con aquel pueblo manchego del agua va, de los emboscados y las tapadas las callejuelas adoquinadas donde había duelos por una dama como en las comedias de capa y espada de los tiempos de Maricastaña y picarescos pues no hay tiempo ni espacio para los espíritus puros y los cuerpos gloriosos y transparentes, una nube abigarrada. Dentro viajaba mi consueta. El Numen de  la inspiración.

El hombre está destinado a ser ángel. Serán como música y yo soy su Numen. Fui testigo de no pocas cavilaciones suposiciones, altercados, cárceles denuncias, grescas,   insultos, postergaciones y pretericiones de Bermejo que sin haber llegado a nada en la vida a sus setenta abriles cumplidos se sentía un hombre realizado que podía mirar a su pasado con nostalgia pero sin ira. Desde su hura ahíta de papeles y de libros viejos, radios, cintas magnetofonías y un ventanuco que daba al jardín central desde donde se escuchaba el murmullo hondo del zureo de los palomos en tiempo de celo, las voces de los niños y las carcajadas de los vecinos que en verano se bañaban en la piscina. En su apacible vida de jubilado daba paseos por los encinares del noroeste de la provincia de Madrid armado de su cachava que le recordaba el bordón del peregrino. Su existencia se había vuelto peripatética. No soy más que un peregrino siempre en danza. Pues de la danza sale la panza. Aficionado a las novedades pues no era misoneísta y le gustaba la vida y el progreso, la llegada de Internet supuso una revolución sociológica y psicológica porque el mundo se había convertido en un patio de luces pueblerino informativamente casi como un tebeo de hazañas bélicas como aquellas revistas que el compraba a veinticinco céntimos a la señora Isabel la zabarcera segoviana, con el constante ir y venir de asesinatos, crisis, amenazas, y el zamarreo constante de los informativos. Chismorreos y alparcerías que suscitaban coloquios aburridos y venales prosas. Surgió Podemos. Yes we can. Las nuevas generaciones ansias de pisar moqueta y de hacerse ricos con las políticas estaban llamando a la puerta sin decir “se puede”. El título del nuevo movimiento se lo debía de haber puesto el enemigo como una consigna de agitación social y los instalados estaban que no les llegaba la camisa al cuerpo, temerosos de perder el momio. Un poco como en los tiempos del Generalísimo. Porque aquí fusilan y chupan del bote siempre los mismos. Gracias a la Red las gentes están mejor comunicadas pero son menos comunicativos y el ordenador era una nueva adición como la buena mesa  o el vino bueno y el fumeteo de su cachimba. Cosaco de la literatura que siempre había sido, escotero y por su cuenta por los caminos podía pasarse sin comer ni beber pero nunca sin su pipa. La maldición de la nicotina constituía un incordio para Remigio Bermejo. Quería más a su pipa que a su mujer. Era un hombre de la estepa y quería arrear sus corceles de la imaginación con el látigo encendido de su pluma. No era más que un pobre soñador. se resistía a comulgar con ruedas de molino, a pasar por el aro. Así le iba. Semejante actitud le deparó no pocos contratiempos. “If you think you have problems” era un programa de la BBC que él escuchaba en su transistor gris el Fidelity adquirido con las primeras libras que ganó en la escuela de Doncaster. Si piensas que tienes problemas, llámanos. Era una emisión para suicidas y divorciados. Quería zafarse de aquella afición a la Web y su intoxicación psicológica. Los blogs a cuyas paginas subía las entradas que le daba la gana, quizás fueran un desahogo, el paraíso de todo escribidor, desde recetas de cocina e insultos al centinela hasta poemas sublimes de amor, pero también una herramienta de control. ¡Cuidado, el Gran Hermano te vigila! Él producía al cabo del día entre bocanadas de humo y visitas al frigorífico porque la escritura le producía hambres caninas, cientos de páginas. Estampaba sus remordimientos e inquietudes contra el muro dactilógrafo de su teclado, testigos únicos de su furor iconoclasta de las veintiocho redondas blancas, cantidades de papel, textos impolutos, disparos de ametralladora. Detrás de un tablero de ordenador Remigio podía llegar a ser un tipo peligroso.

Cuanto más gritaba el mundo callaba. Cuanto más rezaba sentía más lejos a Dios. Fue una de las razones de su dipsomanía. Tuvo la desgracia de darse al alcohol. Erifos su gran confidente de las tardes silenciosas y las vigilias vacías era un asesino. Él se esforzaba por la excelencia. Plus ultra, sursum corda. No seáis cutres pero nadaba en un mar de dudas y vulgaridades, de anonimatos y gentes anodinas. Desdeñaba la chapuza y sus entregas habían mejorado con el tiempo. Y estos no eran más que pujos de sus reminiscencias jesuitas. A mayor gloria de dios, sí, pero donde se encuentra él? Mis preces son un monólogo.

—Todo en tanto en cuanto, hijo mío, — le decía un santo desde la hornacina, era Iñigo de Loyola que bajaba el pobre desde el cielo cojeando al verle tan desnortado— y un ojo en el cielo y otro en el suelo. Una vela a dios y otra al diablo.

—Eso es del Talmud, padre mío.

—Qué más da. El fin justifica los medios.

El Numen le hablaba en jesuita con ese mensaje mesiánico del anagrama JHS. Almas para dios. Hay que salvar almas… almas. Cuantas más salves entrarás más alto en los habitáculos que se te han preparado en el paraíso. Subirás al séptimo cielo.

—No tengo fuerzas, Señor. Somos débiles. ¿Dónde están las almas? Las gentes con las que me encuentro arrastran problemas. No tienen empleo, los han echado del piso. Su mujer se ha fugado. Me topo con la infelicidad de los alcohólicos, la desesperación de los presos y encarcelados, el dolor de los enfermos. Los humillados y ofendidos de la tierra vienen a mi encuentro.

El Numen guardó silencio. Iñigo de Loyola se volvió a sus alturas arrastrando la pata mala desde que se la destrozaron en Pamplona con un arcabuzazo. Había interrogado a la esfinge y tales respuestas sólo las puede dar Dios. La mente humana es incapaz de penetrar en los designios de tal arcano que forma parte del misterio de la vida.

—Pero tú estás bien. Llama y se te abrirá. Pedid y se os dará—escuchó la voz celestial. Era san Ignacio.

La red había hecho de él un buen escritor, se había perfeccionado mucho, ganó en oficio y ahí se las diesen todas. El libertario ex corresponsal se reía de los que le envidiaron y persiguieron con una saña sorda y atroz. Conservaba su fe pero desdeñaba las intrigas y muermos eclesiales a cargo de los curas incultos de misa y olla mi olla mi misa y mi Mariluisa, sangraba por la herida de su arrogancia jesuítica, él no podía ser como los otros ¡qué bah! Él pertenecería a la elite. Formaría parte de los escuadrones de la guardia noble del pontífice. EL Papa por encima del Rey y de roque. El cuarto voto. Un mundo para Jesús salvador de los hombres. Un cierto mesianismo. Las dos banderas. ¿Y de qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma?

Curiosamente habían sido dineros españoles los que costearon los mantos de seda de la curia, los capelos cardenalicios, el oro, las perlas ónices y las ágatas de los báculos y  pectorales o la pedrería de los vasos sagrados, durante siglos pues hasta no hace mucho en los templos de Madrid se mostraba un cepillo de limosnas para la conservación de los Santos Lugares. Roma no hubiera podido existir como la cabeza de la catolicidad sin los sufragios de la corona española. En su piedad a machamartillo de cristiano viejo creció en él la fe y el desprecio a los pomposos jerarcas. Pero como había recabado órdenes menores y mayores y no era un simple cucarro sus aficiones a la especulación teológica perduraban lo mismo que su pasión por la liturgia de rito antiguo. Así que en las profundidades de su hura madrileña colocaba velas a los santos, rezaba el oficio y le gustaba recitar el canon de la misa de san Pío V.; todo volverá. No perdamos la esperanza. Pero la religión para que sea veraz ha de ser un sentimiento personal y más en los tiempos de colonización ideológica en que vivimos, pensaba. Por todo esto y por mucho se sentía orgulloso de sí mismo y estaba listo para el día que dios lo llamase.

 

El 18 de abril de de 1963 amaneció tranquilo puso la cadena Ser, Radio Madrid, Unión Radio cuando la república, para entenderse y allá estaba la voz de fumador empedernido del  bendito padre Sopeña con sus comentarios religiosos antes de las noticias. Como era domingo, se fue a misa a la Ciudad Universitaria a la campilla de Santo Tomás. Estaba abarrotada de estudiantes. Iba algunos domingos pero él prefería los capuchinos de Bravo Murillo, al lado del Cine Europa donde habló una vez José Antonio, porque allí se honraba un santo de la veneración de nuestro protagonista: el taumaturgo de Padua. Iba a cantarle los pajaritos y predicaba a los peces y a las avutardas que le quisieran oír.

Era la emisora más popular y castiza de aquel Madrid que transmitía el “Carrusel Deportivo” de Joaquín Marco, los caballitos de Quilache y los programas de “Lo que nunca muere” y “Matilde, Perico y Periquín”. Era la radio de los viejos republicanos, no lo sabía. A él le gustaba porque Remigio siempre fue de ideas un tanto comuneras. Le gustaba ir a su aire y Radio Madrid (roja), la otra cara de la moneda de Radio Nacional donde campeaba las tardes de domingo la voz también algo estropajosa del P. Venancio Marcos con sus consultorios morales (azul) era el cenáculo  carmesíes de aquel abate de aires un tanto volteriano, buen músico, confesor de manga ancha pues decía que era vocación tardía, conocía el mundo y era muy comprensible con lo del sexto mandamiento que traía a los jóvenes de aquel entonces de cabeza. Hasta decían que dejó a la novia una tal María Luisa para casarse pero a don Federico que era ya talludito porque había hecha la guerra con la república le entró una crisis y se metió al seminario de Vitoria. Mi mesa mi misa y mi María Luisa, no te digo. Esta –es una historia bastante curiosa- se casó pero le guardaba una cierta ausencia platónica y hablaba por teléfono con ella todas las noches en largas conferencias. Cuando le hicieron director del Museo del Prado iba de paisano pero por lo general no se quitó la sotana que siempre en España fue un símbolo de poder. Tenía buenas aldabas, enchufe con el papa Montini que le hizo prelado domestico cuando dirigía el colegio español de Roma. Había que estar al santo y a la limosna. La iglesia católica siempre ha sido poder. A Remigio le parecía un tipo sospechoso de los que se sitúan debajo del árbol que dé mejor sombra. El cura progre de color rojo debió de padecer un terrible desencanto cuando llegaron los suyos o los que creía que eran los suyos. Javier Solana le mandó el motorista con un brocárdico lapidario (su vida estaba llena de sentencias y refranes, axiomas que no servían para nada) que se hizo famoso “señor cura, ¿aún cree usted en dios?”. Amigo del sobrino de Azaña Rivas Cherif cuando la republica y luego del príncipe, creía Sopeña estar situado cuando llegara la hora de la muerte del dictador mas ni por esas. Las expectativas de los viejos republicanos quedaron en nada. El enemigo al que habían combatido con las armas en la mano los perdonó y hasta les enchufó en la administración pero los psoatas hicieron mangas y capirotes de semejante ponderación, no tuvieron miramiento ninguno con los de base, cuando Felipe González alias El Gran Filipo rompió con la vieja guardia en Solesmes. Eran socialistas pasados por la túrmix de la embajada norteamericana. La historia de España es una perpetua conspiración Formó círculo – aquí estamos siempre en las mismas y los que mandan son todos iguales, la casta poderosa de las cien familias- con Aranguren al que llamabann Amarguren un profesor de Ética feo como el demonio quien le suspendió en la cátedra de Filosofía y tuvo que repetir aunque era del mismo curso y amigo de su hija, con Laín, con Dionisio Ridruejo el divisionario de la Azul que se hizo socialdemócrata y el gran Laín Entralgo. Ah cuando vengan los míos fue el grito y todo quedaría en agua de borrajas.

Las misas del P. Sopeña y Jesús Aguirre eran contestatarias. Empezaba el rollo de los cristianos de base. Cambiar todo para que todo siga lo mismo. Se aburría porque para él la misa tiene que comportar la magia de la eucaristía y los modos eran zafios y personeros. Era una misa cantada en lengua vernácula. Este aborrecimiento del latín a Remigio Bermejo le resultaba sospechoso. Sopeña oficiaba de preste asistido por el padre Jesús Aguirre de diácono y el padre Abel de subdiácono. En la homilía se habló de política del cambio. Aquello era una romería y el estado mayor desde donde se lanzaban consignas para la lucha estudiantil. Del templo salían algunos energúmenos derechos a tirar piedras a los grises. Luego venían las carreras, las reivindicaciones, la agitación propagandista. Algunos de aquellos sacerdotes se decían marxistas.

A la salida se encontró con el padre Abel al que conocía de Comillas.

—¿Tú por aquí?

—Pues sí

—Te creía muy lejos. ¿No te ibas a ir a misiones, Remigio?

—No me probaba.

El padre Abel, excelente poeta, eximio periodista que escribiría en “YA” era un soriano muy seco, pero buena persona que también fumaba tabaco negro y tenía la voz tomada. Se olía la tostada. Los curas se hacían socialistas y luego pasó lo que pasó. A Sopeña lo destituyó precisamente uno  de aquellos cachorrillos de la militancia de base quienes por entonces no habían dejado de ir los domingos a misa, y en la Universitaria por supuesto. Cuando se hicieron grandes se transformaron en tigres de Bengala, cría cuervos. Pero ustedes los curas todavía creen en dios, le escribió en una nota que le llegó con el cese del motorista. El padre Sopeña según cuentan se quedó de un aire, nunca sospechaba que aquel jovencito barbitaheño sobrino de don Salvador de Madariaga andando el tiempo se convertiría en el ideólogo del gobierno del Gran Filipo y posteriormente el jefe de los guardias de la Otanacabando en el “carnicero de Belgrado”. Joder con los psoatas.¡Qué dureza! Claro que de raza le venía al galgo: la proclamación de Madariaga como doctor honoris causa por Oxford sería uno de sus primeros reportajes. Lo fotografió en los claustros y bajo la torre del reloj de Fairfaix. Era un viejecito con lentes de montura de plata la nariz acaballada, y cara de mala leche que pronunciaba el castellano con propiedad pero con acento extranjero pues se había pasado media vida en Ginebra  hablaba todas las lenguas de la masonería y por eso era llamado tal vez tonto en veinte idiomas, la toga algo remendada y una bufanda negra que le curaba el catarro, y el chambergo doctoral que era más grande que su persona pues era muy bajito y su mujer que le tiraba de la sotana para que no hablara con españoles franquistas. Era proverbial el odio hacia Francisco Franco de este autor historiador. Le habían encumbrado tan alto que el personaje en aquella vis a vis en la tarde de otoño del 72 le pareció algo ridículo. Dentro de la universidad famosa de Oxford debía de ser uno más y no se le daba tanta importancia como entre los hispanos. Dios te libre de los liberales. A Voltaire también lo mandaron a la guillotina sus propios discípulos. Estas historias se sabe cómo empiezan. Nunca como terminan.

Dejémonos de aparcerías y de chismorreo baratos. Hay que enjalbegar el alma perdonando a nuestros enemigos y eso cuesta

—No hay que hablar con herejes y empanadores Y ENALGRAMADORES. Tú a lo tuyo, sigue tu camino y no mires para atrás—había vuelto a escuchar la voz del Numen.

La tarde era plácida. Luscinia el ruiseñor del véspero trinaba su canción eterna en la copa de una acacia en la Plaza de Santa María Micaela. Él estaba en su cuarto del sexto piso de la calle presidente Carmona preparando un parcial de historia, consultando los apuntes garabateados con letra nerviosa durante el primer trimestre en los bancos de un aula de la Facultad de Filosofía y Letras. Echaba un pitillo celtas cortos cada dos horas para no dormirse ante el cuaderno Había sido un día tranquilo. Había visto a Marta. Su presencia había llenado la clase de aroma y juventud, usaba una colonia única especial, y de sonrisas. Lo miró desde su asiento de primera fila. Se quedó embobado y casi pierde los apuntes y los papeles. La amaba en secreto en un amor platónico a distancia. Pero ya se ponía el sol. Luscinia dejó de cantar en la cima de la acacia. Él no era más que un estudiante pobre hijo de un militar de baja graduación que escuchaba al padre Sopeña en los minutos religiosos antes de las noticias de las ocho en la Ser, tomaba apuntes y daba clases particulares de latín para ayudar en casa.

 

ESPAÑA MI NATURA

SATANÁS REINA EN EL MUNDO POR AHORA PERO AL FINAL LUZBEL SERÁ VENCIDO

Posted: 17 Jan 2019 02:53 PM PST

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