|
NA INFANCIA EN SEGOVIA DE MI LIBRO
"eL SEMINARIO VACIO" Posted: 16 Jan
2019 11:31 AM PST
LA VENTANA DE MI INFANCIA Yo nací en una ciudad levítica, crecí a la sombra de
la torre de una catedral gótica, me dieron en el rostro los sones de sys
campans, escuché salmos y cantos de ronda bajando hacia la Hontanilla,
dejando atrás la judería vieja, pasando el arco del Socorro. Tiré varetas por
las mismas trochas que recorrió Pablillos. Conocí las huellas o las marcas en
el camino que dejaron las cáligas de los hoplitas de las legiones romanas,
las sandalias de los franciscanos y las zapatillas de los santos. Había una
roca cerca de una fuente en mi barrio que tenía una cruz de hierro ya mohosa
donde se sentaba Fray Juan cuando subía jadeante desde su convento al
beaterio a confesar a las monjes y donde dicen que Teresa de Jesús se
sacudió el polvo de su calzado despidiéndose a la francesa para no volver
más. La Fundadora era de armas tomar, Dicen que dijo: -De Segovia, ni el polvo de
zapatilla. Las lenguas de las cotorras mal hablaban de que
tenía un lio con su frailuco y medio pues era de corta estatura quiero decir
san Juan de la Cruz. Que el refrán advierte que entre santa y santo pared de
cal y canto. Claro que santa Teresa era abulense y los de Ávila y Segovia la
ciudad rival nunca nos llevamos bien del todo que se diga. Cuando jugaba la
Gimnastica con la Unión Deportivasalía la gente a palos en el Campo del
Peñascal. Procedemos de una estirpe mística muy devota y a la vez socarrona y
pagana aunque de cristianos viejos como el que más. Otros historiadores
señalan, al contrario, que somos la mayor parte de raíz de ahí nuestra
complicación mental pues de Segovia ni la burra la novia nos achacan los que
nos quieren mal. Vaya usted a saber pues se asegura que todos los israelitas
de Burgos cuando salieron mal con los de aquella otr ciudad castellana se
vinieron a acoger bajo los arcos del acueducto. Se bautizaron en masa y se
hicieron hidalgos y caballeros de vieja estampa más papistas que el papa y
más españoles que el pupas. He de decir a tal respecto que nuestro amor a la
Virgen de la Fuencisla tan arraigada en nuestras vidas arranca de una pobre
judía (nuestra querida virgen debiera ser la abogada contra la violencia de
género) a la que su marido acusaba de andar tonteando con un capellán, el
sanedrín quiso dilapidarla pero luego cambió de parecer. Hombre sería mucho mejor
tirarla por un barranco que nunca faltan por ahí por tejadilla y ahí en eso
en peñas escarpadas que marcan las orillas de lo que otrora fuera mar, una
mar prehistórico. Y por ahí la defenestraron aquellos malditos. María del
Salto se encomendó a Nuestra señora y Ésta la recogió en su manto como si
fuese su regazo maternal se tratase. Ella estaba allí al pie de las peñas
donde las aves alzan sus nidos y donde un pueblo de amor transido
vibra en tu Honor. Me he puesto a escribir una novela que es la historia
de mi vida y me sale una salve. Total que nuestros antepasados se bautizaron en masa
y las aguas del Rasemir se convirtieron en un gran Jordán donde los del
Pueblo elegido tornó sus ojos a Cristo. En cierta manera los segovianos nos
sentimos un pueblo elegido. Elegidos para la palabra y para el dolor. Si la
cruz es un privlegio a nostros nos signaron con ella desde el principio hasta
tal punto que sólo a nosotros se nos permite hablar mal de la ingratitud de
los elegidos. De raíz conversa eran los coronel y los Davila incluso el
propio Torquemada prior del convento de Santo domingo presentaba un origen
nada preclaro y converso era Pablillos y el gran historiador Colmenares otro
que tal. Que nos nos vengan con alicantinas. Lo que pasó pues pasó.A qué ton
eso de meter la reja en la Historia como si fuera la vertedera de un labrador
honrado que labra sus campos por La Lastrilla. Los mandiles eran los asesores
y los confesores de la Reina Católica y los pincernas de su hermano el
infausto Enrique IV que a mí me parece que no era tan impotente como le
arguyen aunque aquel rey todo hay que decirlo se aficionó a las costumbres
moriscas y estaba rodeado por una corte de jenízaros andaluces. Todos los de
la Guardia Mora. Converso era el sacristán de san Facundo el que
entregó las hostias para que las arrojase a la caldera y la sagrada forma
empezó a subir y subir por los tejados dando la vuelta giratoria a todo el
poblado hasta ir a parar a la celda de un novicio dominico del convento
de Santo domingo que iba a recibir el Viático.. el fraile era tambien marrano
como María del Salto como la mayor parte de los obispos, deanes y capellanes
que ejercieron en Segovia y como judíos fueron los conquistadores que
acompañaron a Colón. ¿Fue verdadera o fingida su conversión? Eso pertenece a
los misterios archivados en los anales de nuestra historia. España es al fin
y al cabo una locura. Pero una locura maravillosa. En la mescolanza de los sonidos que bajan de arriba
o suben por abajo ecucho los ecos de mi niñez perdida: los cantos infantiles
de la rueda y el corro, el son de los viejos romances. Veo subir la cuesta
que lleva a la Puerta del Socorro a muchos peregrinos camino de Compostela
con la calabaza y el bordón pardas hopalandas. Pardo era el color con los que
se vestían los campesinos de la gleba y negro el de los caballeros los
clerigos y los domines. Pardos eran los picos de las putas. De las famosas
meretrices de Segovia. En mis primeros años conocí los últimos suspiros de
Castilla la Vieja. Era un país absolutamente a la España de hoy. Pardos son
mis ojos y pardo soy yo hijo de la luz y de la noche. Parda humildad semi
franciscana. Don Pablos me estaba haciendo señas desde la otra ventana y
traía un libro en la mano aquel protodiacono de los pícaros y me insinuaba tolle
et lege. La primera foto que me hicieron en la alameda fue acompañado de
un libro. Tenía un libro en la mano el pelo rubio y la barriga algo abultada. Pero no maldigamos a los tiempos creyendo el
pasado fue mejor pues eso supone una blasfemia un querellarse contra los
designios misteriosos del Criador. Yo me forjé una idea heroica del mundo.
Caballeresca. Había que salir en pos de un ideal a la búsqueda de ínsulas
baratarias a desfacer entuertos defender a los humillados y ofendidos y
pelearme contra los gigantes que luego resultaron solo aspas de molino
harinero. ¡Qué cosas! Acaso me sumí en un romanticismo trasnochado pero eso
ya nada importa. La sombre de aquella catedral acariciadora y benigna
hizo de mí un exaltado de la cruz hasta llegar a la convicción de que sin
cruz ni cristianismo no son posibles ni la el amor ni la belleza. Acaso en
parte llevase razón pero la cruz no debería jamar imponerse por la espada ni
a la fuerza. Bajo el arco oscuro y olendo un poco a húmeda bodega del postigo
aquel por donde pasaban los carros y los areneros de Espirdo y los panaderos
de Encinillas que subían a vender su mercancía a la ciudad o los curas de
teja, breviario y balandrán arrebujado como un tapabocas sobre el pescuezo
para no apañar frío en las tarde heladas habían cabalgado los guerreros de la
edad media (Segovia enclavada sobre un castro que es todo un baluarte siempre
conservó un aire militar, fraguamos país en la lucha contra el moro o
peleando en nosotros mismos acabada la reconquista) pero tambien los picaros
y los perailes. Subían pobres de solemnidad y detrás mujerucas
arrebujados en sus mantones. Peleamos contra el sarraceno pero acabamos
adquiriendo muchas de sus costumbres en realidad. Todo en la vida es
circulación. Ir y venir. Subir y bajar. El eterno metisaca del nacer y morir
del engendrar del parir. Arillos concéntricos de la nada. Relojes de sol y
clepsidras. El arco del socorro impetérrito entendía poco de
cronómetros. Tempus fugit. Pero da igual. La estancia del hombre
sobre la tierra no es más que un soplo. Habían clavado una lápida en lo alto del pasadizo
que decía al fran escritor humorista don Francisco de Quevedo autor del
Buscón que era de Segovia natural. Efectivamente en una de las casas del
cantón tuvo el verdugo municipal su residencia y al lado vivían los corchetes
y alguaciles. El corregidor un poco más arriba. Creo que era el mismo
edificio donde una comadrona que se llamaba doña Aniana Dios la tenga en su
regazo me sacó del vientre de la Juani que las pasó moradas pues la criatura
que alumbró pesaba seis kilo doscientos gramos y esa criatura era yo. Ahora bien tachar de escritor humorista a don
Francisco de Quevedo el poeta más serio y profundo de la lengua castellana
que sólo pasó al conocimiento del pueblo por sus chistes verdes o los
relativos a la coprología (pedos, privadas, eructos y otras bellaquerías que
entre dos piedras feroces salió un hombre dando voces adivina quien es pues
píntale de verde) me parece un poco precipitado pero acaso responda a una
venganza de la historia que ha sido contgando y manejada por quien ha sido
contada y don Francisco que acaso fuera de la misma estirpe de los
manipuladores acusó a los judios y a los venecianos de ser los grandes
conspiradores contra la corona de Castilla. Eso nunca se perdona. Claro está. Aquel letrero contra el cual disparamos algunos
cantazos en nuestra furia iconoclasta y llevados de la ignorante clastomanía
de la juventud (hay que destruirlo todo, no dejar títere con cabeza) lanzamos
algunas pedradas y todavía está ahí la señal. Mi cantazo hizo una esquilar en
un ángulo pero aún se puede leer. La leyenda también le pareció a don –camilo
José Cela cuando cruzó por allí un bruma de mal gusto indicio de la
estulticia de nuestras fuerzas vivas. Pablillos pudo ser uno de mis compañeros de juego
aquellos niños con los pantalones con remiendo que no gastaban calzoncillos y
un solo tirante de mi cuadrilla. Con los que jugaban conmigo al chito a la
malla a guardias y ladrones al zorro pico zaina. Juntos entrabamos en las
casas deshabitadas en los hospitales de sangre abandonados donde todavía
quedaban vendas y jeringuillas y sondas sobre las camillas. De uno en uno nos
daba miedo explorar aquellos recintos. Podría haber fantasmas. Y la leyenda
clavada en la Puerta del Socorro pienso al cabo de muchos años que selló mi
destino. Sus letras gordos pesan aun sobre mi cabeza. Yo iba para santo.
Quería ser cura y acabé en escribidor que es una profesión por decir algo y
que guarda cierta relación con todo lo relacionado con la picaresca. Naciera yo a la sombre de aquella catedral divina
que se erguía sobre las casuchas de mala nota y las escalerillas donde
estaban las puertas marcadas del barrio sefardita. Pienso si mis orígenes no
me habrán predeterminado. ¿Habrán sido maldición o bendición? ¿Trajeron
suerte o fueron una desgracia semejantes premisas del que busca y se afana y
doce al año que viene en Jerusalén, reza salmos, eleva sus ojos al cielo al
dio y siempre vuelve sobre sus pasos. Ir y venir que llaman acarrear. Girar y
girar. Y venga dar vueltas. Vano empeño eso de buscar la arcadia. El paraíso
y el infierno yacen en el fondo de nostros mismos. Son estos empeños frutos
de la vanidad y de la locura humana. Cristo sin embargo nos sonríe. Está en
las historia. Aunque nos elija solo para el dolor. No para el triunfo ni para
la fama o la honra- esa sabiduría me la comunicó Pablillos- porque no somos
otra cosa que carne de dolor. Eso no lo entienden ni las mujeres ni algunos
paisanos míos. Todos ellos no leyeren jamás el Libro del Bendito Job. Por eso
se desperran y no encontraran jamás consolación. De esta forma me apareé a mi yugo y me resigné
a mi suerte. A veces me parece que he triunfado que soy un elegido que el
Santo de los Santos ha escuchado las plegarias de este pobre miserable. Por
todo eso y por mucho más muchas gracias, Señor. En los terraplenes de los adarves de la muralla
donde crecían hierbas ociosas, lampazos y parietarias, estaba el edificio. Le
llamaban la Casa de la Troya. Acaso este título de una novela de Pérez Lujín
definiera el continente y el continente y el contenido fisico así como el
carácter de sus moradores. Fue la casa del Gran Matarife. Algún escudo con
los atributos heráldicos del Santo Oficio debieran de andar por allí cosa que
espantaba a algunos transeúntes a los que entraba el canguis y de
repente se persignaban arreando el paso. Hubo habladuría de que oyeron ruidos
de cadenas y clamores de almas en pena pero no era en nuestro edificio sino
en la finca colindante donde nadie vivía. Sólo algún gato pero de noche todos
los gatos son pardos y algunos de estos bichos pudieran resultar gatos
inquisitoriales. Hay que andar siempre con la mosca en la oreja. ¿Fantasmas a
mí? No gracias. Temo mucho más a los vivos que a los muertos pero no se puede
ir contra corriente ni desbaratar las creencias del populacho. Del rey y la
inquisición chitón. Asi que ojo al cristo que es de plata. Paso corto y vista
larga. Entonces no sabíamos lo que era eso. No había
aparecido aun en nuestras carnes la llamada del sexo que todo lo desbarata,
ni bebíamos vinos aunque nos mofásemos con los borrachos muy frecuentes por
aquellos contornos y en aquella porque en Segovia había más tascas y tabernas
que iglesias y oratorios que ya es decir ni habíamos empezado a alternar ni a
tomar café. Nuestros pulmones y nuestros bandullos estaban todo lo limpios
que se puede estar a los cinco o seis años asi como nuestros pensamientos y
nuestras almas por más que nos diga que el ser humano viene al mundo con el
sello del pecado y siente una proterva inclinación a hacer daño y a mal
pensar. Tambien es verdad que estábamos en estado salvaje o
acaso fuéramos el buen salvaje roussoniano limpio de polvo y paja.
Triscábamos por la vereda, saltábamos de una peña a otra temerarios en
nuestra osadía y despreciando el precipicio que mediaba entre ambas rocas.
Jugábamos a la guerra en batallas de moros y cristianos como podía ser
menos en cualquier ciudad española. Organizábamos dreas con los chavales de
San Andrés parroquia a la que pertenecían los que Vivian en la puerta
ulterior del Arco. Los de la citerior éramos de San Millán. Había verdaderas
guerras campales a cantazo al final de las cuales alguna ventana quedaba con
los cristales hechos zarzamillo y los dueños traían al delincuente de la
oreja abriéndole a su padre el libro de reclamaciones por daños y perjuicios. -Son tres reales por el
cristal que rompió tu chico. Y el progenitor ya estaba esperándonos con el cinto.
Aquella noche no había cena o mejor dicho cenábamos de la correa y de
los vergajos. Pero Eros y Tanatos no habian asomado aun la oreja y de la
política únicamente hablaban los mayores y de sus conversaciones colegiamos
la tristeza y desolación las vidas truncadas y los muertos que trajo
aparejados aquella contienda fratricida. Las mulas de la inquisición
nos traían al fresco. Hacía muchos años que habían dejado de transitar
aquellas sendas. El tizne del demonio sigue ensuciando aun algunas almas
negras. No comprendo ese afán de los españoles por cuestionar nuestra
historia y entregarnos a disquisiciones que a ninguna parte buena conducen y
sólo sirven para enfrentarnos los unos con los otros. Debe de ser porque aun
llevamos la ley del ojo por ojo y el diente por diente marcada a fuego en
nuestros entresijos displicentes. Buena gana de elucubrar con ucronías y
futurismos. Nosotros ajenos a todo eso jugábamos al trompo y a las canicas
como si tal cosa. Aspiraba a llegar a kas estrellas siempre buscando
el plano ideal el que marcara la aguja del pararrayos catedralicio allá
arriba por encina de los ojos de la torre. Los días de fiesta yo veía
sacristanes en camisa volear las campanas sudando oprimidos bajo el peso de
los badajos pero había que anunciar el magno acontecimiento de la pascua.
Abajo en la plaza los de las charangas lanzaban voladores y don Francisco de
Quevedo los ojos cegatos los pies zopos pero la lengua suelta y acerada de un
cofrada subía hacia el enlosado muy fatigado el hombre. Se acababa de
entrevistar con el Domine en la casa donde no se come ni se bebe. He seguido
los pasos de aquel cojo divino genial y tabernario yendo por el mundo un poco
telumante de libros y de literatura pegando palos de ciego y de que me
cerraran altísimas puertas. -A los profetas ya no os
hacen caso. -Mientras no nos ahorcan
seguiré apostrofando. -No eres más que la voz que
clama en el desierto. Cabezazos contra un muro. Mira que eres testarudo. Por la calle pasaban algunas monjas un panadero
morisco y un cristalero que iba a componer una vidriera que había derribado
uno de los pedriscos que suele haber en esta ciudad por las fiestas de San
Pedro. Todos se los veía muy afanados las monjitas con los ojos bajos el
morisco muy altanero y que no le quedaba en la boca ningún diente portaba a
la cabeza una bandeja como una herrada. Por allí cerca estaba el obrador
paredaño al convento de las claras. Don Francisco que iba ya harto de vino
entró en un cuchitril socavado como una bodega en los mismos bajos del temple
al lado de una ebanistería. La entrada de la bodega ostentaba en el dintel un
laurel báquico y un letrero que ponía: “más vale aquí mojarse que enfrente
ahogarse! Y justo enfrente acurrucado en el lecho del valle donde estaban los
pegujares y los tablares lindamente labrados por los hortelanos moriscos con
sus arriates y sus caballones adosados en perfecta simetría bajaba el Rio
clamores bastante crecido de corriente salvo en agosto. También lo decían el
rio Mierdero porque en él desaguaban las letrinas de la ciudad. Sumirse en él
debiera de ser buena tortura. Don Francisco llevaba sobre el chaleco
una enorme cruz colorada. Era de la orden de Santiago y aun borracho aparecía
siempre en compostura. El mosto nunca le hizo perder la condición de
caballero. Me hubiera gustado a mi ser el escudero de aquel sublime beodo.
Sus libros aun me siguen emborrando de sabiduría, de piedad y de risa. Aspiraba a alcanzar ls estrellas. Siempre buscando
el plano ideal. Mi vida se enmarcaba en el rectángulo de aquel ventanal
balcón que daba a la acera. Esta condición de niño humilde ha marcado mi
camino. Anduve casi todas las sendas, hice muchas descubiertas por muchas
tierras, pero sobre todo exploré todos los libros y caté los mejores vinos de
la tierra. In vino veritas. Sangre de Cristo. Desde lo hondo del jarro el
jocundo espiritu de Pablillos el mejor amigo que hubo en mi infancia me hacia
momos. Y no eran burlas. Eran señas. Asi cogía fuerzas y cargaba con la gran
luna del espejo para irla pasando a lo largo del camino. Y las campanas tan… tan… tan. Los moros las
aborrecían y es una de las muchas cosas que me fastidian de su religión
aparte de que no permita beber de lo mejor que da la vida ni comer jalufo wl
que no toquen campanas nunca en lo alto de los minaretes. La voz del
almuédano nunca tendrá los timbres maravillosos y por eso he llegado a la
conclusión de que el cristianismo es la religión verdadera. Sin campanas no
puede haber dios y yo escuché muchas horas su dulce repicar. Invitan a la
paz, la armonía, el civismo. Algún sacristán en aquellas tenidas en lo alto
de la torre se asomaba a descansar y a echar un cigarro contemplando el
magnifico panorama que brinda la ciudad. Debía de ser un hombrón pero desde
abajo parecía muy pequeñito. -Baja un poco el
acelerador. No te entusiasmes tanto. -La pasión siempre nos
vuelve a los hombres ridículos. Ya se muy bien lo que me quieres
decir, zampabollos. -Piensa mal y acertarás. -Desde luego Mi vida iba a ser no tardando mucho un
descarrilamiento a la carta. Fracasos sentimentales. Problemas laborales
trifulcas de todo tipo. Originales para publicar devueltos. Fui un vagabundo
sin suerte. Una novia me dejó a la puerta de la iglesia otra me divorció. No
sé qué mal hice. No tienes vista. Eres un poco patán. Fracasos sentimentales
situaciones decepcionantes. Por los cafés hice el ridículo y hasta las putas
se reían de mí en los prostíbulos. Sin embargo yo les decía aguardad que yo
escriba. Dadme papel y tinta. La literatura me transformaba en una arcángel.
Entonces armado de la flamígera espada de la palabra me convertía en una
arcángel invencible, desalmenaba a mis enemigos, les dejaba sin argumentos y
sin palabra en la boca. Había una fuerza en mí. Quizás fuera la potencia de
la fe. Descarrilamientos a la carta. Fui pegando bandazos
pero estos fracasos son algo exterior hay que fijarse en lo que va
dentro no en el accidente sino en la sustancia. Mi vida osciló a péndulo
entre realidades consecutivas y suposiciones metafísicas. Fui don quijote y
sancho. Pero ser español significa estar sujeto a esa condición de
metamorfosis. Aquella fue la ventanal de mi infancia un balcón que
daba a la calle pues vivíamos en un piso bajo. Dicen que no eres de donde
naces sino de donde paces y yo pací en muchas partes pero el haber visto la
luz primera a la sombra de la catedral y haber abierto los ojos a los
paisajes que cercan la urbe fue algo definitivo. Como un sacramento que
imprime carácter. El recuerdo de aquellos años trae hasta
mía-recuerdos de un viejo- aromas de la infancia lejana. Percibo en
mezcolanza el eco de sonidos de bronce de la campana Aquellas navidades fueron tristes cuando Juanlo se
murió. Yo he nacido a la sombra de la espira de una catedral del gótico
tardía, alta ebúrnea, encaramada mirando a las estrellas o en dialogo
permanente con el añil de los cielos límpidos de Segovia. Cuando voleaban las
vísperas de las grandes fiestas todos los pájaros abandonaban helgaduras
de los huecos de la muralla donde posaban sus adarajas los canteros romanos y
ahora era habitáculo de golondrinas y de las perennes chovas de Segovia de un
altanero y lejano piar y salíanb corriendo mientras se alegraban los rostros
y las conversaciones se fundían con el sonido del bronce de la campana gorda
que sonaba sólo en dos ocasiones el Día de la Resurrección y el 15 de la
Virgen en la solemnidad de Nuestra Señora. Ese día al correr de los años me
casé yo. Si la torre de la Dama de las Catedral con sus flamígeros pináculos
me parecía inalcanzable las paredes de la muralla romana junto a uno de cuyos
cubos se adosaba casi la casa de vecindad donde vine al mundo me poarecía
poco menos que inexpugnable. -Tan. Tan.tan. El mundo se llenaba del gozo de las vísperas. Ese
toque de vísperas o el son más convencional y perfunctorio del anuncio de las
horas canónicas los llevo metidos en los tímpanos del alma. Campanas que
tocan a veces solas en la memoria. Los niños salíamos a la calle y nos
subíamos a las peñas de piedra caliza-en las margas y oquedades sobre las que
se alzaban los cimientos de la ciudad aparecían a veces fósiles y animales
disecados de formas extrañas, moluscos, valvas, camarones y caracoles que
recordaban que un día Segovia fue mar precisamente allí donde se alzaba
aquella hermosa y grandiosas catedral, para ver tocar. Los bultos de los
sacristanes que accionaban las cuerdas y los badajos desde lo profundo de la
cuesta del socorro parecían figuritas de un Belén. Unos puntitos blancos en
mangas de camisa. El haber visto la luz por primera vez bajo la sombra
de aquel impresionante gótico tardío creo que imprime carácter. Dejaría en mi
ánimo un enervamiento, una tensión hacia la verdad y hacia la belleza que
constituyen el principal legado del cristianismo. Para mi la religión es una
búsqueda y una añoranza del paraíso. Sin esta noción estética que proyecta
sobre el mundo la sombra del ideal como la de aquel cimborrio que lanza su
sombra al páramo y el valle no es posible la vida ni la esperanza. Era
hermosa aquella catedral que el mundo debe al genio de Gil de Hontañón.
Airosa y joven. Siempre que vuelvo a mi ciudad la encuentro moza como una
novia. Un mojón clavado en la llanura que inspira elevación recogida y
oración. Cada vez encuentro al mirarla algo desconocido. Produce
endiosamiento. Y otra cosa. Está dedicada a la Virgen. Forja una
noción protectora desde la lejanía. Anduve luchando muchos años con las
sombras del mundo añorando esa claridad que siempre tuvo la luz de Segovia
algo único. Nostálgico del manto de protección de Nuestra Señora que los
rusos denominan pokroven una fiesta especial que designan como
el Día del Manto. Desde aquel ventanal del número cuatro de San
Valentín yo aprendía a mirar a lo alto a escuchar las campanas y a ver como
avanzaba la sombra protectora de la torre con el girar del sol sobre el
horizonte como un manto protector de la virgen sobre Segovia. Me hubiera
gustado ser menos entusiasta y enardecido pero aquella sombra y aquel manto
me hicieron como soy. En la muralla había un sillar romano en el que se leía
una inscripción. Iuvenalis Iuvenale decía la inscripción. Lo
demás estaba borrado por la lluvia que erosionaron el granito. Podía ser una
piedra miliaria o acaso aquella piedra formó parte de un templo a algún dios
derruido. La muralla romana fue derruida por Almanzor. En la reconstrucción
se aprovecharon todos los materiales. Tambien me intrigó aquel letrero.
Segovia romana inspiró mi inclinación hacia la latinidad lo que es lo mismo
que la catolicidad. Vengo de un origen donde universalidad quiere decir
tambien altruismo y un cierto sentido caballeresco / romancesco de la
existencia. Tales antecedentes me recluyen e incluyen. Mirar hacia lo alto a
la catedral. Había un cipres intramuros que eclipsaba la vista en parte de ka
torre. Las tardes de primavera era un nido inmenso de todas las aves del
cielo y a mano izquierda estaba el Arco del socorro con el escudo que mandó
esculpir el emperador Carlos V en la cara norte y una talle de la virgen de
las Nieves en la otra. El postigo había sido derruido en parte pero quedaron
en parte los ojos oscuros de los matacanes de vigilancia y las saeteras de lo
que debió de ser el cuerpo de guardia. Yo miraba continuamente para la cuna vacía y
seguía becando a mi hermano por todos los rincones de la casa. En el
hornacho bajo el fregadero. La lumbre estaba puesta toda la
tarde. Hizo mucho frío aquel invierno del 47 y hubo fuertes nevadas
pero los días fueron alargando, se hicieron más largos y fríos.
Estábamos de luto pero venían visitas y nuestra casa era un filandón de gente
a dar el pésame. Hay que sobreponerse... llegó el abuelo del pueblo con
un saco de patatas y judías que madre vendía al estraperlo pero mi madre la
Juanique sabía cómo ahorrar la peseta era mujer de buen corazón y gran parte
de los víveres que criaba el abuelo Benjamín en el huerto, en el judiar o que
trillaba en la era o molía en los molinos harineros iban a parar a los
necesitados de nuestra vivienda. La puerta del sargento Parra y la
Juaniestaba abierta y hasta hacían cola y pedían la vez en espera de un
socorro. La cola todo hay que decirlo no era tan nutrida como en el
pasillo largo y hediondo que conducía hasta la puerta de la Felisa que
recibía a sus visitadores-usuarios en bata de cola. Las vecinas se
hacían lenguas de la generosidad de mi progenitora. -Ay, señora Juanita, (qué buena es usted! -Ni mucho menos, Macrina. Tiene que ser unos
por otros.
A su lado no había pobres aunque mi madre tenía su
geniecito. Cuando rompía un vaso o tiraba la leche que traía el machacante
del cuartel me zurraba cola zapatilla. El óbito de Juan José había
supuesto un duro golpe para ella y creo que empezó a padecer de los
nervios. Yo había quedado como el rey de la casa. Sin embargo,
siempre tuve la sensación de ser aborrecido porque al poco tiempo quedó
encinta y nació otro hermano el tercero que siempre sería su favorito.
Al cabo de mucho tiempo pienso que aquel trauma de no ser querido de ser
infravalorado o despreciado ha sido un lastre psicológico en mi vida. Y
muchos de los padecimientos psíquicos e inseguridades que me han azotado
tuvieron su origen en este interregno entre la muerte de Juanlo y el
alumbramiento de Zacarías cuando mi madre tuvo un grave padecimiento de tipo
nervioso. No sé. Por otra parte tuve la sensación de que mi padre
se volcaba con los de fuera y a mí me golpeaba al menor pretexto. Yo
fui uno de tantos niños maltratados de la postguerra. En las fotos de
aquella época que conservo aparezco con los ojos tristones y siempre con un
libro en la mano. Esto de los libros fue síntoma. A los libros me
aferré de por vida. Los clientes-usuarios de la Felisa aumentaban con
el paso de los días y debió de irla bien en su negocio el más antiguo del
mundo pues al poco tiempo se mudó a una casa más lujosa en la calle
Gascos. Era una mujer rubia, alta y muy simpática. Siempre me
daba caramelos puesto que el hijo del señor Silvino el militar en la Casa de
la Troya era toda una autoridad y me besuqueaba pero a mí no me complacían
los achuchones de la Felisa. Llevabalos labios pintados y el aliento le
olía vino que tiraba para atrás. Desde entonces las magdalenas me inspiraron
compasión y una cierta curiosidad. Yo no sería nunca de los que tiraran
la primera piedra. Tampoco los inquilinos de nuestro bloque que hacían
la vista gorda. Pobre mujer. A su marido un oficial republicano
murió en el Ebro. Tuvo que dedicarse al arte seguramente no por vicio
sino por pura necesidad. Tenía una hermana la Concha que iba a vender
caramelos por toda Segovia. En las ferias en las procesiones en el âseo
Nuevo o en el Salón sonaba la voz aguardentosa de aquella mujer metida en
años y en carnes que vendía chuches y el pirulí de la Habanapor un real. -A ral... a ral... ral.
Era su santo y señas y las buenas gentes de mi
ciudad compadecidas se rascaban el bolsillo e iban a comprar a la Concha un
cucurucho. La percepción que tengo de aquel entonces era un vivir como
hermanos. No había pasado más de un lustro de finalizar la contienda y
allí no se hacían distinciones entre republicanos y nacionales. Se
hablaba de paz de lumbre de trabajo. Pero las marcas de aquella guerra
terrible quedaron tal vez marcadas en el interior de las almas. La
señora Segunda que me daba cacahuetes por ejemplo. La recuerdo jorobada
y pequeñita subida sobre un tuero del fregadero de su cocina que daba al
patio con pozo de brocal y vistas al Pinarillo. Le habían matado al marido en
la guerra y a un hijo. Vivían de lo que sacaba Gabriel el cojo que vendía
pipas y cigarrillos en la estación. Todos los días se le sentía bajar
por la escalera a rastras. Se protegía las manos con una especie de
almohazas para no herirse y con rodilleras y subía a su triciclo con un pedal
de mano y con su cesta pedaleaba los dos kilómetros que distaban entre
el barrio de la estación y el Arco del Socorro. Era el único que miraba
a los militares con cierta prevención. Sin embargo, le quería mucho por
ser hijo de la señora Segunda una santa él decía. -Lo pasado pasado, Gabriel, hay que echar todo eso
en el olvido. -Ya. Pero es muy difícil renunciar a las
ideas, mi sargento.
Sin saber que responder mi padre le ofrecía la
petaca y fumaban amigables el soldado de Franco y el paralítico
republicano. Gabriel vendía pipas en el andén y cuando regresaba a casa
escribía poemas. Yo tengo sus manuscritos que desgraciadamente no
vieron la luz. Por aquella escalera bajaba Taito que era aprendiz
de albañil y la Tía Carnerita gorda como una tinaja y la voz ronca de
aguardiente dejando un rastro de olor. Uno de sus hijos era ciego y
vendía los veinte iguales para hoy y una hija la Carmenhabía tenido un hijo
de soltera, Constantinoque era de mi edad. Lo había
engendrado un italiano del que nunca más se supo pero la Serafina la hija
mayor de la Carnerita cuidaba de todos ellos. Fregaba suelos se
levantaba a las cinco de la mañana para asistir y por el verano vendía
helados en un puesto que tenía en el Azoguejo. Estaba cargada de hijos
y tenía a su marido en la cárcel. iba a verlo al penal de Cuellar algunos
jueves en los coches de línea de Galo Álvarez. Tengo que decir que mi
padre que estuvo destacado en la guardia de soldados que vigilaba el castillo
le llevaba paquetes de comida y lo recomendó al coronel Tomé para que
saliera en libertad alegando motivos de buena conducta y además el Iglesias
el marido de Serafina carecía de delitos de sangre. Este hombre llegó a
ser en Segovia muy popular pues era buen recitador y en muchos salones de
actos se le invitaba como rapsoda. Su tour de force era el Piyayo de
Ganbriel y Galán. Aquella ventana de mi infancia oreaba
horizontes de melancolía pero nunca el odio que ha aparecido casi setenta
años después a menos que ese rencor estuviera soterrado o haya saltado a la
palestra de forma interesada a instancias de esas fuerzas oscuras que tienen
una trayectoria invisible pera tan malignas como frecuentes en nuestra
historia. Esas fuerzas son las que envenenan la convivencia entre
españoles.
Otro de los personajes que subían y bajaban por la
escalera de la casa de San Valentín era un guardia civil padre de otro amigo
al que aludiré después puesto que el señor Juan, muy serio y muy guardia
civil, cuando pasó a la reserva fue contratado como portero del seminario de
Segovia. Le recuerdo siempre serio inmerso en un gran mutismo
introducido en su tronera. En toda la tarde se leía de arriba abajo el
Adelantado de Segovia. Aquella sequedad aquella seriedad escondían un
buen corazón pero tambien un entendimiento cargado de experiencias pesimistas
sobre la inclinación al mal de la naturaleza humana que él había vivido a
través de su oficio de policía en años muy duros. Era un hombre enorme
alto bien parecido con unas anchas hombreras. Bajaba las escaleras
lentamente com el máuser en bandolera la capa y el tricornio. Infundía
un poco de respeto aquel honrado número de la Benemérita pero daba la
impresión de estar amargado por cuestiones que ya he detallado en otro
capítulo de esta historia de mi vida. A la puerta le esperaba el otro
número con que hacía la mayor parte de los servicios y salía mauser y
escarcela al hombro de correría. Se llamaba Belinchón.
Pese a su apellido en aumentativo el guardia Belinchón era pequeñito
vivaracho y locuaz. La pareja era un contrapunto. Parecían la ele
y la i pero toda una pareja de la Guardia Civilcirculando por los caminos de
España. Acostumbrados a ver mucho y a pasar fatigas y sinsabores.
Paso corto vista larga y ojo al cristo que es de plata como se suele
decir. Casimiro el guardia mi vecino era de rango inferior a
Belinchón que lucía una galón rojo en forma de ángulo por lo que antes de
iniciar el servicio tenía que cuadrarse y darle la nopvedad como subalterno. -Sordenes. Sin novedad, mi cabo. -Pues adelante con los faroles. Y La L y la I transfigurados en pareja de la GC
desparecían por el postigo del Socorro. Pero antes una paradita en la
tienda del Tío Juvenal que solía invitarles a café de puchero y una copa de
coñac. Se agradecía pero se rehusaba. La Benemérita no prueba el
alcohol cuando está de servicio. Se les respetaba y acaso se les quería
pero también se les temía. El guardia Casimiro le contaba una vez a
papá en una de las pocas ocasiones en que éste rompió su reserva y su mutismo
que el peor servicio para ellos no era la lucha contra el maquis. Era
la cuerda de presos. Alguna vez mirando atrás en su hoja de servicio
fue cuando tuvo que conducir desde Puerto de Santa
María hasta Chincilla a tres penados que iban a ser reos de muerte. -Parra, eso sí que es duro. Se te parte el
corazón. Nunca te acostumbras- le decía.
Por eso aquella tristeza en el rostro del guardia
Casimiro. La guerra le pilló en Madrid. Un guardia civil tiene
que ser siempre leal a su gobierno. Luego cuando vio aquel desbarajuste
se pasaría a los nacionales. Sus ojos estaban cansados de tanto
testimonio de tristeza de tanto ir y venir en interminables retenes por los
caminos.(Cuantos
secretos encerrados en el macuto de un guardia civil! Luego regañaba
mucho con su mujer por causa del Antoñita al que nunca consiguió meter en
vereda como declararé después.
De oscurecida pasaban los grandes rebaños de
la mesta. Mil. Diez mil ovejas. Creo que hasta cien mil
cabezas pasaron por el portón camino del fielato para el pesaje y la
alcabala. Detrás venía el morueco o carnero padre con un
cencerro. A los flancos, guardando la línea, excelentes guardianes de
la majada, los mastines, algunos de ellos de una alzada pareja a la de un
buche que obedecían las órdenes de los rabadanes, todos con boina, calzados
con albarcas y con piales y zaragüelles. Parecían soldados que la mesta
siempre estuvo algo militarizada. Por las noches se sentía ladrar a lo lejos el
ladrar bronco y profundo de aquellos perros que desafiaban no sólo al lobo
con sus carlancas sino también a la luna. Contemplaba yo aquel tránsito
impresionante de cabezas de ganado, un mar de ovejas. Siempre había sido
así. Desde la edad media hacían vereda delante de aquella casa e iban a
pernoctar al Pinarillo cerca del cementerio judío donde estaba el osario o
cementerio judío. En plena cañada real. Costumbre establecida
desde las merindades. Aquel olor aquel tamo que los animalitos levantaban al
cruzar la puerta del Socorro de la vieja ciudad amurallada me impregnó del
sentir de la historia de mi país. Un pueblo bronco y mágico y comunero
que siempre tuvo muy arraigado el sentimiento de la libertad. Entraban
por la de San Cebrián e iban a dar al puente de Santi Spiritus que cruzaba el
Clamores. La vida seguía y poco a poco dejé de pensar en mi hermanito
muerto aunque de tarde en tarde cuando me traían de en cá la señora Antonia
la catalana miraba para la cuna suya recién hecha. Sobre el dosel
lloraba un angelito triste pero las sabanas estaban limpias y las almohadas
como esperándole. Al final de aquellas navidades los Reyes me trajeron
un caballito de cartón. Era así de grande tan grande como los mastines
de los pastores trashumantes. Era muy bonito de color gris, los ojos
saltones, una silla roja y andaba sobre ruedas. Tacatatacata. Con
el juego venía una fusta. Es lo que me hizo más ilusión. Me pasé
dos días cabalgando y no quería bajar del carretón ni a tiros. Mi alazán
tordo gris cabalgaba todos los horizontes. Los Reyes vinieron
ricos. También me trajeron un camión de bomberos que arrastraría yo por
la acera al pie de la muralla. La hija de la Macrina que era mi amiga
me acompañaba en aquellas veladas de la ilusión. A ella la habían echado
una cocinita y una muñeca con la que jugamos a los papás y a los
médicos. Pero la hija de la señora Macrina no me gustaba. La que
verdaderamente me gustaba era otra: era la hija del subteniente Casado compañero
de mi padre. Vivían detrás de la Plaza Mayor cerca del
obispado y según la costumbre en aquellos años las familias se solían hacer
visitas los domingos y fiestas de guardar. El visiteo a medida que fue
subiendo el nivel de vida y fuimos siendo más rico fue sustituido por el
chateo: recorrer diferentes bares de tapas más vulgarmente conocido como
alternar. En la postguerra no daba para tales dispendios de salir a
tomar algo. Ese algo se tomaba en casa. Siempre con algo más de
fundamento. Se llamaba Merceditas la hija del subteniente y creo que
fue mi primera novia mi amor precoz. Cuando llegaban las visitas a
nosotros nos gustaba meternos debajo de las faldas de mesa camilla y nos
contábamos cosas. Hacíamos lo que veíamos hacer a los mayores y nos
hablábamos sentados en el hueco del brasero. También venían los
Tinaqueros que tenían un jijo que se llamaba Cipri y era de mi edad. Él
me enseñço a jugar al guá. Tenía mucho tino con las canicas que llevaba
en una bolsa prendida a la cintura algunas de ellas de mármol. Cipriano sabía
silbar muy bien entre dientes. Me enseñó pero ese silbo maravilloso que
hacía él nunca lo pude copiar. Yo decía cositas a Merce en nuestro
escondite de la mesa camilla mientras los mayores hablaban de sus cosas y
jugaba a las bolas con el Cipri o a los carreristas. Los corchos de la
cruz blanca dentro metíamos un cromo de nuestro ciclista preferido que solía
ser Berrendero o Trueba el ganador de la Vueltaa España torneábamos un
cristal a molde del agujero del corcho y luego se pegaba con jabón y ya
estaba listo para dispararlo por una carretera de arena hecha removiendo la
tierra con las dos manos en horizontal y hacíamos puertos de montaña y todos
con sus correspondientes bajadas temerarias. El que golpeando al Acarrerista@ con un golpe del dedo índice y pulgar llegaba con
su cromo a la meta el primero ése ganaba. El que se salía de la pista
quedaba descalificado. Así eran los primeros juegos de infancia en la
solana de la Puertadel Socorro. Veía pasar la vida desde mi ventana
balcón en el piso bajo pero exterior del número 4 de San Valentín. Sólo
tenía un dormitorio el comedor y una cocina con los techos muy altos pegada a
la escalera con una leñera tenebrosa donde yo pensé que habían encerrado
durante mucho tiempo a mi hermanito. La ventana daba a la
muralla. El primer paisaje que vieron mis ojos fueron aquel muro de
sillares romanos que arrancaban justamente de la espalda de los peñascos de
calizas sobre los cuales se eleva la ciudad. Los grajos y los vencejos
anidaban en las socarrenas o hendiduras que dejaban los andamios. Las
tardes de primavera eran una fiesta de alas negras recortadas de golondrinas
en vuelo versátil y exhibicionista alegrando con sus trinos la atardecida. Si alzaba la vista contemplaba a el capitel augusto
de la Dama de las Catedrales una saeta volando al firmamento. Todo era
verticalidad e imperial arquitectura. El lugar parecía comunicarte una fuerza
interior y un grito de llamada: citius, altius fortius. Os
quiero a todos escaladores atletas del Señor. Esa fuerza de la mirada hacia
las cosas latía dentro del fanal de un ojo oculto. Era como el grito de una
fe ancestral. Aquel edificio del gótico tardío fue la sede de mis
primeras vivencias. De la mano de mi padre subíamos a misa por las viejas
callejuelas de la judería casas humildes que parecían acurrucarse bajo el
amparo de aquella torre mágica. Los domingos a las once había misa cantada.
Tarareaban Tercia los canónigos detrás de la reja del coro de impresionante
labra luces apagadas. Por los vitrales policromos de las grandes ventanas
encaramadas penetraba una luz lechosa y sobre el gran facistol donde yacían
los vetustos y desencuadernados becerros antes de la misa cantada el ángel
de los salmos pasaba las páginas. Me impresionaron de siempre y con algo de
ellos mi alma quedaría marcada para siempre aquellos librotes, aquella
salmodia. Abrid señor mis labios. Dios de Israel seas mi baluarte contra
quienes me persiguen. Y los herrajes de cierre y las letras gordas pautando
melismas gregorianos. Allí se reclinaban las claves de una música olvidada.
El precentor se acercaba con paso leve y cantaba una antífona. Respondía el
coro con desgana pero haciendo valer en medio del cansancio la
virilidad de los siglos. En medio de la monotonía de la historia las
oraciones sonaban. De tanto pasar página los extremos de los cantorales
llevaban la marca de los dedos que tocaron los cantorales sagrados. Sentados
en sus reclinatorios o apoyados sobre las misericordias de fina labra
aquellos religiosos de capas negras y blancos sobrepellices cumplían la
rúbrica y el decoro. Una ausencia se pagaba con una multa de tres pesetas.
Siete veces al día. La impronta de los dedos sobre un ángulo de la página
hacían estar en los hombres que habían cantado las Horas desde el siglo XII.
La familiaridad con el trato divino les había convertido en seres escépticos
y deponentes. Cantando era una forma que tenían de arremeter contra las
embestidas de la Bestia que acosaba a una humanidad en aflicción: guerras,
hambrunas, discordias, muerte, enfermedad, fracasos. Tus alabanzas salgan de
mi boca, Señor siete veces al día. Te alabaré desde la aurora hasta el ocaso.
¿Y tu, dios mío, qué me das? Una protección dispensas yo no la veo. Abre,
señor, mis labios pero abre también mis ojos. El órgano prorrumpía en sones
mayestáticos al final del oficio. En lo alto de la cúpula
ESPAÑA MI NATURA |
||
|
You are subscribed to
email updates from antonioparragalindo.blogspot.com. |
Email delivery powered
by Google |
|
|
Google, 1600 Amphitheatre Parkway,
Mountain View, CA 94043, United States |
||
No hay comentarios:
Publicar un comentario