NIKOLAI GARIN “los estudiantes”
Los dos primeros libros que yo compré en mi
vida cuando tenía 15 años fueron de una edición barata de la colección Austral.
El uno era La abadía de Northanger de Jane Austen y el otro de Nicolás
Garin, La primavera de la Vida.
El texto de la Austen era un novelón de gossip (habladurías sentimentales)
inglesas que cuadraban poco con lo que yo esperaba del libro –un romanticismo a
lo Walter Scott, con frailes y monjes blancas en el marco de la old merry
England- pues yo no sabía, ignaro de mí, que por Inglaterra había pasado la
apisonadora de Cromwell que arrasó monasterios, incendió abadías y transformó
conventos en rectorales de parsons (curas
anglicanos) cuyo primer deber en la vida era casar a sus hijas con un buen
partido y tomar el té con el Squire o señor de la localidad. La Austen, hija de
un vicario anglicanos, es una mediocre narradora supervalorada por la
papanatería hispana. Sin embargo, el del ruso me entusiasmó y marcó la pauta de
mi senda por la vida. Ahora me he vuelto a encontrar con la segunda novela de
Garin “Los estudiantes” que narra la vida de los estudiantes de San Petersburgo
poco antes de la revolución bolchevique. Hermosísima y tristísima novela en la
cual se espeja como en las aguas del Neva todo aquel ardor de vivencia
estudiantil: amores desenfrenados, las veladas y los bailes de la Ópera, la
enfermedad ocasionada por el alcohol y el libertinaje. Garin es la oposición a
Tolstoi cuyas novelas discurren lentas como el Volga. En cambio, las del Neva son
frenéticas, apasionadas, vertiginosas. Son cuadros de costumbres, verdaderos
sketches cinematográficos y un escorzo de la vida mundana en los últimos
lustros del zarismos. En ellas se siente el vértigo y la precipitación de los
soliloquios de Dostoyevsky. Los personajes son estudiantes hijos de
terratenientes de provincia que al llegar a la capital se corrompen en contacto
con compañeros disolutos que arrastran una vida crápula. Uno son de derechas y
otros de izquierdas pero en todos ellos palpita el aliento de la revolución que
se avecina y los compañeros de aula y de travesuras quedarán separados por la
ideología a uno y otro lado de la trinchera. Mencheviques y bolcheviques. Este
es el caso del protagonista Tioma Kartachov, un hermoso efebo, el hijo predilecto
de su madre, que derrocha la fortuna familiar en francachels y acaba enfermando
de sífilis. En aquel Petrogrado se vivía frenéticamente. Tuvo fama la capital
rusa por sus muejres que eran las más hermosas del mundo. Vemos pasear a
Kartachov por la Perspectiva Nevski de levita y sombrero de copa. El cariño o
pasión que sentía hacia él su madre y el favor del que goza entre las mujeres
van a ser el detonante de su ruina.
Quería ser escritor, escribe una novela al estilo de las “Hazañas de
Rocambole” pero es rechazada por los editores. Se juntra con malas
compañóas y las auroras de la ciudad imperial lo ven llegar muchas madrugadas
en noches blancas tambaleante y calamocano a su pensión. ¿Por qué los malos no
parecen sufrir, las cosas les va bien en la vida, como es el caso del judío
Moseyenko que acaba casandose con una marqués y gozando del favor y del buen
crédito de la sociedad habida cuenta de sus ideas revolucionarias “mientras a
nosotros que amamos a nuestros semejantes, somos cristianos ortodoxos, creemos
en el bien, en la belleza y en la hidalguía, se nos considera retrogrados y la
gente nos desprecia y al final caemos en el pozo del alcohol o en el de las
enfermedades venereas”? Una observación atinada sobre el alma rusa:
“El mayor de los males rusos es
nuestro estúpido idealismo sin asiento sólido sobre la tierra. Somos un pueblo
de soñadores que no saben hacer nada práctico. Ahí tienes a los americanos.
Gente con los pies en el suelo, que se preocupan poco de ideales y carecen del
sentimentalismo llorón que nos caracteriza a nosotros”
En esto difiere de Dostoyevsky el cual en el
seno de la intelectualidad rusa postulaba por la rusificación de Europa. Garin
reclamaba la europeización de Rusia. Era un “zapadnik”(occidentalizado)
como Turguenev. “Mientras en América los obreros y campesinos son ciudadanos
aquí la inmensa mayoría vive una vida zoológica y sólo una exigua minoiría
privilegiada puede permitirse el lujo de la filosofía, de la literatura y del
arte o la ciencia… somos un pueblo sucio, hambriento, gregario, analfabeto,
desconocedor de nuestra propia historia, legos en política, desconocedores en
la práctica de toda norma de higiene, no acostumbrados a la convivencia y con
todo y eso nos creemos en el derecho a hablar mal de los pueblos civilizados y
darles lecciones”[1].
Tioma es tambien “ t i o r m a” (cárcel) y
Tioma Kartachov por una secreta causa por un inicuo designio había sido
escogido por los dioses para el dolor. Condenado a vivir en medio de la
opulencia el lujo y el vicio. Trata de abandonar el vicio de las mujeres y del
vino, se siente feliz por haber dejado de fumar durante una semana. Quiere
regenerarse pero siempre fracasa incluso en su idea de suicidarse, y compra una
pistola que lleva varios meses en el bolsillo porque “soy un cobarde”. La
novela acaba con un signo de esperanza. Viaja hacia el sur. En una estación
lejana el convoy se detiene en una estación en la otra via se ha detenido otro
tren ascendente de forzados que los llevan a Siberia. Mira por la ventanilla y
entre los presidiarios de aquel tren celular su mirada se cruza con la de su
compañero de juegos de infancia, Ivanov, el revolucionario, uncido a la cadena
de su destino, al que conducen a presidio. Tioma. Tiorma. Rusia la dicen la
cárcel de los pueblos pero los que así hablan no saben que hay muchos más
presos y condenados a muerte en los Estados Unidos. Y en América no hay autores
que sepan cantar tan bien el dolor de la vida y del mundo como esta gran
pleyade del pueblo ruso. Nikolai Garin es un tour de force que me ha vuelto a
conmover en la senectud con la misma fuerza que me impresionó en la
adolescencia con su arte de narrador.
17 de enero del 2010
[1] NOTA DEL AUTOR: Es evidente que Garin exagera llevado de su idealismo y de su desconocimiento de lo dura, durísima, que era la América de las sweat shops y del capitalismo salvaje. Como buen ruso, era un poco idealista
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