CATORCENA Y EUCARISTÍA
Siempre estaré con vosotros hasta el fin de
los tiempos. Esta promesa del Salvador yo la asumo como la presencia de Cristo
y de su caridad mediante la iluminación del Spiritu pero es soterraña. La
gracia va por debajo y asiste o aconseja a los creyentes en Jesucristo de una
manera milagrosa. Y en estos tiempos de irreligiosidad, ateismo de los que no
creen en nada y discuten sobre la prima de riesgo, en lugar de la procesión
trinitaria o del más allá y del misterio de los novísimos, cuando volvemos un
poco a las catacumbas y en las catacumbas nos encontramos los que no comulgamos
con ruedas de molino ni somos políticamente correctos creo que es una idea más
servible que la preconocida por el cardenal de Milán fallecido recientemente. Martini
ponía el dedo en la llaga y proclamaba una reforma urgente de la Iglesia pero
no hacen falta reformas, pienso yo, sino una vuelta a los origines. Por
ejemplo, la eucaristía, uno de los primeros dogmas del cristianismo. Admiten la
transubstanciación los anglicanos y cismáticos[1].
No así los luteranos y la mayor parte de los conventículos protestantes. Ni por
supuesto los judíos que no creen que Jesús fuera el Mesías. El dogma de la
transubstanciación puso a España en pie de guerra con todo el norte de Europa.
Lo mejor del teatro español se ciñe a los autos sacramentales, a las fiestas
del Corpus, a las Cuarenta Horas a las que solían asistir los monarcas
españoles sobre todo los Austrias y a los triduos y rosarios cuando al final se
hacía la reserva, se cantaba el pange lingua gloriossi corporis mysterium, un
himno compuesto por el Doctor Angélico en el cual la temática es que el Antiguo
Testamento ha de dar paso al Nuevo. Santo Tomás sabía bien lo que se decía. No
hablaba a humo de pajas porque la Eucaristía es tema central de la teología
católica. Hoy por desgracia muchos de nuestros templos están vacíos o se
cierran después de los servicios litúrgicos en evitación de robos y
profanaciones o por falta de quórum. La juventud occidental se desentiende de
esta tradición porque los desespañolizadores parecen haber alcanzado su
objetivo y la desespañolización implica la descatolización gracias al poderoso
influjo de los medios de comunicación hábilmente manejados por la masonería. Y
la iglesia no ha podido o no ha sabido velar por este baluarte de nuestra fe
que es la presencia de Jesús humanado en el sagrario. Ya no se hacen las
tradicionales visitas y en Jueves Santo casi ni se recorren los monumentos.
En la ciudad de Segovia siempre fuimos muy
fervorosos del Sacramento y todos los años por turno las catorce parroquias
celebraban las fiestas de la catorcena. Eran unas fiestas de barrio, humildes,
pero que conservaban el carácter carismático de la buena gente de mi pueblo.
Alguna rifa, un poco de verbena, algo de tiro al plato, rifas y los caballitos
tan tradicionales. El obispo de Segovia, don Ángel Rubio, ha hablado y no sin
cierta razón que la catorcena ha perdido su prístino objetivo. Pero tales
razones huelen un poco a puchero enfermo. Porque la tradición conmemora un
hecho que hoy sería políticamente correcto y más cuando los munícipes y los
nuevos quirites, los instalados de siempre, intentan de congraciarse con el
elemento judío. Bueno en Segovia una buena parte de los que allí nacimos
tenemos un origen hebreo – yo nací frente al Osario que estaba en el Pinarillo
y observé cómo los hijos del pueblo elegido no llevaban flores a sus muertos
sino piedras que son el símbolo de la roca de Israel- pero se produjo el
bautismo o la conversión sentida o por conveniencia material de todos ellos. En
Segovia fueron muy pocos los que se adhirieron al edicto de 1492. Es más fue
muy notable el influjo de la conversión en la iglesia, en el ejército, en la
magistratura e incluso en el movimiento comunero. Juan Bravo por ejemplo no era
un militar como lo pinta su estatua sino un mercader de paños.
En 1312- se cumplen siete siglos esta vez-
hubo un sacristán que entró en tratos con la aljama hebrea y un rabino que se
llamaba don Caifás; a cambio de 30 cornados le pidió el copón del sagrario de
la iglesia de San Facundo. El clérigo se lo entregó. El rabino y sus secuaces
tomaron el pan bendito, prepararon un caldero y cuando estaba hirviendo
arrojaron las hostias consagradas a la perola, que en lugar de quemarse- una de
los de la cuadrilla era churrera- empezaron a elevarse con gran estruendo.
Quedaron aterrados. La sinagoga se llenó de claridad. Tembló la tierra y por
una grieta que se abrió en la cúpula la hostia desapareció, se alzó sobre el
perfil urbano y fue a parar al convento de Santo Domingo donde leían la
recomendación del alma a un novicio moribundo que comulgó de aquel viático y
sanó. La helgadura milagrosa podía verse en el imafronte de la iglesia
plateresca que hoy es universidad. No sabría decir si son hechos históricos o
pura leyenda. Lo cierto es que tal acontecimiento dio lugar al establecimiento
de las fiestas de la Catorcena que se remontan al siglo XIV. Una tradición que
hemos mamado muchos segovianos de niños e inspiró la gran devoción al
sacramento de tanto arraigo en la ciudad.
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