SIETE DE JULIO SAN FERMÍN
Empiece la fiesta, corra el vino de las saturnales, suenen las charangas de las cuadrillas y los riariauriaus. Me cae en las manos un libro “Plaza del Castillo” de Rafael García Serrano, el que fuera mi director en Pyresa. Buena persona. Mejor escritor y furibundo novelista.
Pocos camaradas me quedan; se han muerto casi todos, pero Rafa pervive en mi memoria. Esta novela es un homenaje a Pamplona, a san Fermín y a Navarra. Y una explicación eufuística de cómo empezó la guerra del 36.
Se percibe el aliento de Mola, alto desgarbado, con sus ojos de japonés. El jefe de Seguridad del ministerio de Gobernación. El que urdió el levantamiento o se lo urdieron. Moriría ¿en un atentado tenido por accidente de aviación?
Tengan muy presente lo que dicen los historiadores
verdaderos: el Movimiento nacional, lo que otros denominan el golpe, qué mala
leche, fue urdido por la masonería y los judíos que jugaron como siempre a dos
barajas. La mano que mece la cuna ¿dónde estaba?
Mola era el que más
sabía mientras a Franco un Franco dubitante lo montaron en el “Dragón Rapid”. La conspiración
venía de Londres.
Los militares
africanos fueron los muñecos del gran guiñol: Cabanellas, Sanjurjo, Varela,
Yagüe y en el otro bando Miaja, Rojo, Modesto, Riquelme… Fraternidad de armas que derivó en compló.
Hemingway vendría a
corroborar lo anunciado por G, Serrano con mucho más donaire y garbo literario
porque el norteamericano era un tanto garbancero y sus páginas huelen a güisqui.
Nuestra guerra civil fue una fiesta y este es el arranque que plantea mi querido ex director: que aquello fue una verbena sangrienta, un san Fermín por todo lo alto y se corrieron muchos toros miuras.
La conspiración falangista se inicia en una casa de putas.
Rafa corrobora el
testimonio de mi padre que era a la sazón cabo pieza en el regimiento de Medina
del Campo. El Silvinin ya me contaba.
Cuando fueron movilizados
para acudir al alto del León muchos soldados del regimiento 13 Ligero con fuarnición en Medina del Campo se emborracharon y se fueron de
putas para celebrar lo que parecía una siniestra cuartelada.
Pensaban que la guerra
era una fiesta y tenían ganas de jarana.
“Yo me abstuve─ hijo, dijo el Silvino─ y bien que me alegré
porque gran parte de la batería les pegaron unas purgaciones que ni con perganomato curaban, de aquí te espero y
al haber resaca, cuando llegamos al frente, los rojos nos arrearon un
zambombazo a la hora del rancho y murieron diez por no saber manejar el goniómetro
ni acertar en la desenfilada. Había paella y murieron todos los rancheros”.
Que san Fermín les
tenga en su gloria a aquellos artilleros. Les estuvo bien por necios y por
puteros. Cada vez que subo el puerto de los Leones en un recodo de las siete revueltas me acuerdo de los rancheros. ¿Qué habrá sido de las hetairas?
domingo, 5 de julio de
2026