FUENTESOTO PREGÓN DE SAN VICENTE
Sr. presidente de la asociación de amigos de la ermita, mí querido Constantino amigo antiguo. También recuerdo a Gregorio que se fue a fumar el caldo de gallina a los cielos, espero que desde allá nos escuche, Sr. alcalde, amigos y paisanos, gente de este pueblo, residentes y forasteros:
Inauguramos las fiestas del bienaventurado Vicente, patrono tutelar de los sotohontaneros. Porque sois del soto y la ribera del hontanar. Soto viene del latín "subter" (lo que está abajo) y es antónimo de somo (summus) lo que está arriba. Con respecto a hontanares, andáis holgados de fuentes y de manantiales: la colorada, la de la culebra, Peñacolgada que cría berros y era un buen bebedero para las bestias.
Es para mí un honor y emoción dirigirme a vosotros en este día hermoso de agosto cuando honramos la memoria de san bernardo, el doctor melifluo como le conocen los teólogos, el cantor de las alabanzas a maría y asimismo propalador del culto vicentino en occidente al famoso mártir diácono de la tarraconense. Asimismo, fue el fundador de la orden del cister. Se cree que a lo largo de los 63 años de vida Bernardo, 1090-1150, erigió más de un centenar de lauras cenobíticas en toda Europa. En 1141, llamado por Alfonso VI, viene a Castilla y establece un monasterio en Sacramenia en el predio llamado de Cardava. Fue el segundo que fundara después de establecerse en Roma.
El rey de castilla, el hijo de doña Urraca que reinó de 1123 a 1157, queriendo perpetuar la memoria de su triunfo sobre las huestes de la media luna, que su clerecía atribuyó a un milagro de san Vicente entregó en donación pro ánima unos terrenos en Sacramenia, su señorío.
San Vicente había sido decapitado en 304 por orden de Daciano , prefecto de Cesaraugusta en tiempo de Diocleciano que desencadenó la más sangrienta de las nueve persecuciones contra los primitivos cristianos. Y recibió la palma del martirio en compañía de sus "hermanas" Sabina y Cristeta, dicen los martirologios. Los que habéis estado en Ávila habéis podido admirar esa maravilla del arte románico que es la basílica homónima. Es el mismo santo de nuestra ermita de abajo en las pobedas. Allí antes de que vinieran los cistercienses había eremitas refugiados desde los visigodos. En misales y cartularios muzárabes que yo he visto se le hacía la fiesta a san Vicente el 27 de octubre y su nombre figuraba en el canon misae muzárabe. La reforma gregoriana del siglo XII suprimió este rito bastante diferente al romano quedando restringido a algunas catedrales como la de Toledo e iglesias juraderas o de fuero erigidas para la sepultura como santa Gadea en Burgos donde el Cid cometió la osadía de pedirle cuentas a Alfonso VI sobre la muerte de su hermano. Otras ermitas juraderas que conozco fueron la de Santa Casilda en la Bureba, San Vicente de Buezo y acaso también esta nuestra. Esta es tierra es fronteriza y el culto vicentino al igual que el migueleño quizás precediera incluso al culto jacobeo. A Santa Casilda hija del rey Alamún cuando llevaba pan a los cristianos que estaban en las mazmorras de su padre los panes se le convirtieron en rosas después de encomendarse a san Vicente dulce patrón. Pero de ¿qué Vicente nos habla la Leyenda Aurea? ¿Del san Vicente de diacono mártir de Zaragoza o del obispo de Ávila? Y es aquí donde nuestra fe se turba y la mente se confunde porque los hechos se quedan colgados como suele ocurrir al narrar las vidas de muchos santos. Todas son estupendas y maravillosas pero pingando sobre el abismo del supuesto. Estamos ante un galimatías, querido sotohontaneros. ¿A qué santos nos encomendamos? ¿Qué santo ponemos: san Vicente obispo de la iglesia de Ávila de los Caballeros?, o ¿san Vicente diácono, mártir de Huesca al que cita s. Agustín y al que el poeta Prudencio canta en versos inolvidables por la constancia en la fe y la impasibilidad ante el tormento? Porque después de sufrir el martirio del potro fue descuartizado y su cuerpo arrojado a los perros, por orden de Daciano impulsor de la última y feroz de las persecuciones en la Citerior. La muerte de este Vicente de Aragón y que para más INRI era valenciano va unido a la de otros dos grandes diáconos de la cristiandad con los que forma terna: con s. Vicente y s. Esteban. Las actas martiriales de los dos Vicentes, el valenciano y el abulense, datan del año 304.
La hermosa tradición católica está a veces salpimentada de ucronías y de nebulosas. Guardo silencio ante lo que importa desde el punto de vista de la curiosidad anecdótica, aunque el depósito de la fe, la fe del pueblo, permanecerá incólume a lo largo de los siglos, firme en sus veras esencias. Veréis: como no quiero aburriros y llenaros la cabeza de cifras y de datos de vetustos cronicones os voy a contar un caso que ocurrió cerca de aquí en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme durante la guerra carlista. El personal andaba dividido en dos bandos, cosa que ocurre en nuestros predios lamentablemente con harta frecuencia. Unos eran partidarios de don Juan. Otros, de don Manuel. Había empate en las urnas electorales y, claro, la incógnita no se despejaba. Tablas salían en cada comicio. He aquí que había en aquel pueblo un sacristán llamado Felines que era un vivales y un cura don Sisenando que era una almina de Dios. El cura y el sacristán urdieron una artimaña someter la cuestión de designar alcalde a un ordalía, a un juicio de Dios.
- Mire, don Sisenando-le dijo Felines una tarde al arcipreste- vamos a ir a pedir parecer al santo Cristo del Amparo para que solvente la cuestión.
- Pero, hijo, por dios; eso es una temeridad. Jesucristo no se metió en política.
- No, señor cura, si Él no se mete, los que nos metemos somos nosotros. Por eso vamos a hacer lo siguiente: yo toco las campanas, usted se pone la estola mientras yo me escondo en el camerino y ato una soga a la mano del cristo, una en cada mano, la de don Juan en la izquierda y la de don Manuel en la derecha. Usted pregunta a la imagen quién quiere por alcalde. Como dios es de derechas tendrá que salir don Manuel.
- No necesariamente-repuso el arcipreste- porque con frecuencia el diablo enreda y mete sus pezuñas en las urnas, pero como quieras Felines. No me gusta la treta pero será la única forma de que vuelva la normalidad al pueblo que las aguas bajan turbios y el río anda revuelta.
Dicho y hecho. Una mañana tocan a misa y, celebrado el santo sacrificio, el presbítero revestido con los argumentos más lujosos se dirige al altar mayor para proceder al careo:
- Santo cristo del amparo- clama don Sise con su profundo vozarrón- ¿a quien queréis por alcalde? Cuando yo diga un nombre tú alzas el brazo.
- ¿Queréis a don juan? ¿Queréis a don Manuel?
El cristo, quieto. Y así varias veces. Por mucho que girara el buen cura, el cristo parecía estar sordo. La feligresía miraba la escena con ojos escépticos. Cuando por última vez imprecó a la imagen, salió de detrás del altar una vocecilla, era la de Felines.
- Pues ni a don juan ni a don Manuel que se me jodió el cordel.
Y fue de esta forma como aquella democracia (urnas, crijas y verijas, votos, pundits, carteleros, silencieros, jefes de prensa, encuestas Gallup y todas sus vainas y cachondeos que aquí se hará lo que yo diga, oficinas de agitación y propaganda, ombudsmen, etc. y etc.) terminó en cachondeo. De cualquiera manera, este humilde pregonero sin ánimo de entrar en polémica ni ofender a nadie y tras sopesar pros y contras de la cuestión – y sobre el caso escribí hace ya muchísimos años con el fotógrafo Santiso cuando hacía mis primeros lances en el periodismo y luego me emocioné cuando en Nueva York y en Miami visité los claustros que miran a la bahía del Hudson y el parque de Everglades con el mismo señorío despampanante con que miran para nosotros esos muros de la torre del cementerio, antiguo templo migueleño, augusto gremial de la paz y del silencio en el páramo vigilado por ese somo al cual los sotohontaneros nunca hemos de perder de vista porque desde su silencio esas piedras nos hablan de la brevedad de la vida y de la vanidad de las cosas humanas- se inclina del parecer de que el san Vicente de ahí en eso, el de la ermita de la vega, que era una primera avanzadilla del monasterio de Cardava, guarda relación con el mártir abulense. Con el obispo. Y nada tiene que ver con el valenciano. Y, como n me gusta dejar las cosas en el aire y soy de formación eclesiástica, voy a tratar de demostrarlo:
1.- Si os fijáis en uno de los capiteles interiores perfila la talla estante de un obispo que en una mano tiene el báculo y con la otra bendice, exhibiendo sendos dedos enguantados en la quiroteca litúrgica. Su figura emerge en medio de una decoración ficoidea y lo flanquea la palma del martirio a ambos lados. Obispo y mártir tenemos. Ese era al menos lo que quería demostrar el artista que esculpe los arcos de la "sedilia" del presbiterio hace 800 años.
2.- Alfonso VII el emperador nació en Ávila. Mandó construir la catedral fortaleza del Cister y debía ser devoto de este san Vicente su santo paisano.
De otra parte, hay que meterse en la mentalidad del hombre que habitaba estos tesos por aquellos días de la reconquista. Creían que el mundo se acaba en el 999 y todos estaban imbuidos del terror del milenario. Estaban en un error. El sol siguió fingiendo el día primero del año 1000 y todos celebraron la Circuncisión del Señor como era precepto. Tampoco se puede entender la fe del hombre medieval sin el culto a las reliquias. La vida era corta y azarosa plagada de enfermedades y sobresaltos. Los cristianos se aferraban a las reliquias de los santos, sobre todo de aquellos que derramaron su sangre por Xto. Como talismán de protección. La seguridad no estaba garantizada por mor de las razzias o campañas militares sarracenas de primavera o las luchas dinásticas fratricidas entre los reinos cristianos. Las gentes iban de acá para allá con la casa a cuesta, con las reliquias de sus santos mártires según reflejan las novelas del greco ortodoxo Nikos Kazanthakis. Es una costumbre que nace en Constantinopla bajo la influencia directa de la roma de las catacumbas de venerar los "benditos despojos" y tan es así que sólo se podía decir misa en aquellos altares que constaran de un ara con un receptáculo interior con los restos humanos. Es lo que se conoce como antimnesis o recordación. Estas aras purificadas por el testimonio de aquellos y aquellas que vertieron su sangre por el Cordero abonan la sentencia de Tertuliano de que la sangre de los mártires será siempre semilla de cristianos. El Cronicón Burguense declara que un 10 de agosto de 1002 murió y fue sepultado en los infiernos Almanzor caudillo moro justo al cabo de año de haber perpetrado una de sus más cruentas razzias. Hasta 52 le computan los historiadores. En una de ellas arrasó la catedral de León. Y en su última campaña siembra de desolación el monasterio de Cardeña donde 202 monjes y monjas mozárabes fueron pasados a cuchillo. El 6 de agosto día de aquella escabechina en la fuente del pozo del convento en vez de agua mana sangre. Poco antes había dejado como la palma de la mano el reducto de Ávila que era desde los romanos una fortificación castrense. Sus moradores huyeron hacia Burgos con los cuerpos santos de Vicente, Sabina y Cristeta. El poema de Fernán González describe aquellos días de temblor con la siguiente estrofa:
"… tomaron las reliquias todas las que hubieron, alzaronse en castilla y así la defendieron"…
La torre de la iglesia del somo que contempláis ahora mismo con vuestros propios ojos pudiera haber sido objeto de uno de los devastadores ataques del moro Almanzor. Porque la mitad del mismo parece destruido. Sólo quedan el campanario y el ábside. La nave del templo o fue derruida o no se llegó a edificar nunca. Quizá su factura sea prerrománica y tenga que ver con el prerrománico asturiano porque con sus contrafuertes y su estructura airosa y alzada se parece un poco al ovetense san Juan de Lillo. Son iglesias cuadradas sin vanos. Si nos remontáramos más allá en la historia la fábrica tiene todos los visos de haber sido un castro romano. En todo caso, hay está con su espadaña señera y su veleta oxidada y los dos ojos huecos del campanario. Las campanas se las llevó el empecinado para fabricar balas en la guerra contra los franceses. Pero ahí está la veleta de la torre señalando las 52 direcciones de la rosa de los vientos velando por la paz eterna de nuestros muertos mirando para el valle con ojos estáticos y perennes ojos huecos. Siendo testigo de nuestras alegrías y de nuestros lutos. Pero arriba sobre todo está la cruz. La cruz siempre.
Si es importante la figura de Alfonso el Emperador es porque su reinado representa un oasis de paz y de bonanza en medio de la confusión y de los crudérrimos albores del castellano solar. Es el monarca de las tres culturas. Se hace coronar en Toledo donde funda la escuela de Traductores. Fomenta la tolerancia entre las tres religiones, repuebla las tierras desforestadas, rotura campos, convierte a los templarios en guardias de los peregrinos a Compostela poniendo a los caminantes a recaudo de las asechanzas de los bandoleros. A tal fin otorga donaciones y rentas a la orden de los Caballeros hospitalarios de la Orden de Calatrava. Bajo sus designios los judíos van a gozar de la protección regia y trae desde las tierras de Andalucía a tarifes árabes que serán los constructores de la mayor parte de las catedrales e iglesias castellanas. Ellos dejan en esta arquitectura su impronta árabe y así nace el mudéjar. Alfonso VII el Pacificador divulga la imagen de un Cristus structor o constructor. Impulsa el arte románico. Castilla se llenará de templos de una apariencia mágica, oscuros por dentro y por fuera pero iluminados por una luz interior para ahondar en la profundidad de dios, la búsqueda de la armonía. Las claves de este arte cristiano y algo Taif donde la teología se enseña a través de la piedra a través de toscas esculturas se han perdido. Es una catarsis iniciática a la búsqueda de la trascendencia y del más allá. Los seres tetramórficos de los bestiarios, la cara de las arpías, las figuras con cuerpo de león y rostro de mujer, las ventanas telescópicas o arpilleras y las bóvedas de cañón que devolviendo el eco cubren el templo de una ortofonía eficaz donde sobran los micrófonos. Los cistercienses que rezaban en latín y tenían la mentalidad de los romanos elevarán sus monasterios al socaire de los buenos vientos en valles escondidos y alejados de las ciudades en lugares alumbrados por fuentes y buenas aguas. Era la nuncupatio lustral o bendición de los sacerdotes de Júpiter que hereda el cristianismo. Hay en estos monjes el sentido apotecario y curativo de la existencia, conocían las propiedades medicinales de todas las hierbas. Conocían la alquimia y eso es la gnosis o lo que queda de la gnosis, una forma de acercamiento a Dios a través de la naturaleza y por el conocimiento de los libros y de la razón. La cruz ochavada de los claveros de Calatrava, Santiago, Montesa y Alcántara es el símbolo de un mundo nuevo que galvaniza la cristiandad con un salto adelante que rompe con los esquemas antiguos pero dejando en parte intactas las creencias romanas de los viejos dioses. El culto a la Virgen María es una metamorfosis de la devoción a la tierra madre de la que venimos todos. Cambia el culto, se mudan las costumbres, se dilatan los campos de conocimiento. Universidades como Salamanca, Palencia, Sorbona, Bolonia son el catalizador de la revolución innovadora. Esta revolución que marca una apoteosis del catolicismo medieval se opera gracias al cister y a las ordenes militares subdependientes del mismo a partir de 1118 que es cuando Claraval predica la segunda cruzada. La cruzada fracasa (sus propósitos eran limpios pero sus procedimientos y métodos poco cristianos) pero triunfa la idea mística traída de oriente por los monjes blancos que lucían un escapulario con la cruz colorada. Unos eran contemplativos, los cistercienses y otros operativos los hospitalarios de San juan de Jerusalén a los que el papa dio dispensa para cabalgar con espuelas y esgrimir armas. Alfonso VII también llevaba al pecho una cruz ochavada. El ocho va a ser el número áureo que se repetirá en las construcciones templarias y cistercienses. En la propia ermita de Fuentesoto hay ocho ventanas. Es el guarismo que ciñe el círculo. Y se refiera tal vez a las ocho puntas que luciera la estrella de David. El ocho es múltiplo de doce y el ritmo de la creación es cuaternario: doce apóstoles, doce planetas, doce lunas tiene el año. Veinticuatro son los ancianos del Apocalipsis y 24 los caballeros. Otro múltiplo de ocho es el 32 y 32 son los doce sitiales que hay en los coros de las catedrales. Bajo Alfonso VII empieza a ser segura la ruta gracias a la vigilancia de las órdenes militares. Toda Europa se pone en movimiento. La sociedad avanza y abandona el sedentarismo de los burgos medievales. Del mal de las cruzadas se sigue el bien del proceso tecnológico y fue como pasar del trillo y del arado romano a Internet salvando las distancias. La humanidad pega el salto adelante dejando atrás la mentalidad del imperio carolingio, sin solución de continuidad. Y este invento de Internet se basa en movimientos binarios, en el principio de la dualidad matemática. Se dice que los monjes bancos inventaron una máquina que hablaba: el baffamot por lo que fueron acusados de arte diabólica ante el Papa. Sin embargo el mayor hallazgo de la orden cisterciense no fue la bóveda de cañón ni el arco de medio punto sino el encuentro con el espiritu cristiano que se explaya en la expansión de las siete artes liberales –trivium y quadrivium- sino el encuentro con un cristianismo que ama la belleza. Y de ahí viene el impulso civilizador. Aquellos frailes borgoñones trajeron a estas tierras la viticultura y guiados por el abad Beltrán construyeron en Sacramenia un convento que era una copia exacta del Aula Dei de Clairvaux. Poco después este abd francés sería preconizado arzobispo de Toledo.
No puedo menos de evocar el talante hospitalario y benéfico que trajo el Temple a Castilla. Mitad monje mitad soldado, el hospitalario se solidarizaba con los pobres al que defendía tanto de las arbitrariedades del poderoso como de las incursiones de Almanzor. Abrió iglesias de asilo para acoger a los peregrinos. De allí nacieron nuestras hermandades y cofradías gremiales que velaban a los difuntos, enterraban a los muertos, asistían a las familias menesterosas y decretaban obreriza cuando algún vecino del pueblo caía malo y no podía realizar las faenas del campo. Ellos segaban, trillaban y beldaban por él. El medioevo tiene una mentalidad coral y total, poco individualista. De los maestros que construyeron las catedrales apenas sabemos los nombres o tenemos noticia y la poesía provenzal de los trovadores es enteramente anónima. La democracia nació en Europa bajo las arcadas de los atrios románicos. Los concejos se reunían a la sombra de olmas centenarias como la que había cerca de donde yo os estoy hablando y que muchos de vosotros habéis conocido para deliberar sobre cuestiones atañederas a la vida en común. Si alguno tenía un problema o una queja que formular lo denunciaba en la junta. De forma directa. Ese parlamentarismo vis a vis y sin intermediario debajo de la olma o a la sombra de los arcos es el que hemos conocido todos los domingos a la salida de misa. Se resolvían los pleitos, se contaban los chascarrillos y se comentaban los sucesos acaecidos. Se generaba literatura oral y el arte de contar. Se creía en la persona humana, y en el fuero, no en la fuerza de la masa, del número porque como muchos saben las urnas son trágalas. Allí todos tenían voz y voto y a nadie se le negaba el uso de la plabra. Todos nos conocíamos y cada uno sabía de qué pie cojeaba su vecino y en qué talón apretaba el zapato. Los tiempos eran duros. Había más pobreza y pocos adelantos tecnológicos- asistíamos a los últimos estertores de la edad media- pero, pobres como ratas, no abundaba el egoísmo y creo que, sin mitificar ni creer que los tiempos pasados fueron mejores, cundía el buen humor y había misericordia. Como decía mi abuela, "hijo, hijo, todos tenemos un ventano al cierzo". El humor no estaba reñido con el respeto. Si alguno hacía "alguna", cometía un extravío o decía algo chocante, que se fuese preparando. Porque las caídas y sucedas del tal entraban en el disco duro de la memoria colectiva y los sotohontaneros tenían memoria de elefante. Por ejemplo, todos nos recordábamos de la burra del tío Aquilino y su aventura con los garañones del molinero de la Villa de Fuentidueña que se acarraban en la modorra veraniega, el costal sobre los lomos en la rinconada de la casa del sastre. La recua aparecía por el berral a la hora de sexta. Muchos segadores y trilladores se estaban echando un poco la siesta. Sonaban los esquilones. Allí mismo algunos presenciaron una escena de aquí te pillo aquí te mato. La asnilla del Aquilino estaba torionda y los burros tirando la carga rebuznando con todas sus fuerzas todos querían montarla. Llamada de la sangre y lucieron sus anhelantes como varas lapiceros negros que en realidad eran chuzos de sereno todo carne prieta. Los conciertos de rebuzno a varias voces no eran precisamente la armonía de los que escuchan a una escolanía. Allí presenciamos escenas en vivo y en directo sin necesidad de tener que abonarnos a Canal Plus. Fue toda una exhibición de poderes fálicos del onagro. A estos bichos la naturaleza les nombró superdotados. El molinero de la Villa que subía fumándose un cigarro por los chimorretes de junto al berral a trallazos quiso deshacer la coyunda. Por la boca afloraban todos los cagamentos y blasfemias del repertorio sacrílego. Mas, que si quieres. Poco es lo que puede hacerse contra las leyes de la naturaleza. Pero para más información sobre el acaecimiento de la "parada asnal "cabe los chimorretes consulten mi libro "Quien encontrará la mujer fuerte".
Todos recordamos a la par al tío Farruco, otro carácter de aquellos tiempos, con su jarrillo camino de la bodega. Meneaba un poco la cabeza a causa del parkinson y le rilaban las manos pero el jarro lo aguantaba tieso entrelazado en su gran manaza y le decía a su mujer " y que coño, Filomena, saca la vaca marela"… "no me da la gana"… "ya te he dicho que no me retruques, Filomena". Siempre andana por ahí con su cancioncilla acerca de la vaca marela.
- ¿Qué hay, bien y tú? La familia ¿bien?
- Bien todos, gracias a dios
- ¿Hace un traguillo?
- Venga, señor Francisco
Aquel vinillo se trasegaba apetitoso y Farruco que era ahorrativo y poco gastizo usaba jarros tan pequeños como esos que venden en las tiendas de souvenirs.
Al aceptar la invitación el Felines que tenía muy mala sombro, clo clo clo, refrescaba bien el gañote y se lo devolvía vacio.
- Pero si me lo has bebido todo, granuja. Bueno, hijo que te aproveche. Tengo que volver a por más a la bodega.
Con que tenía que volver grupas y regresar a la bodega para colmar el recipiente, y, como dicen que el alacrán picado se asusta de su propia sombra, desde entonces el Tío Farruco anduvo listo, dejó de hacerse el encontradizo con el sacristán Felines y evitaba los corrillos.
- Esta noche ni tú ni yo, Teodoro.
O la carta del tío Enrique carta en la mesa presa.
- Coño conté que era una carta
Él creía que era un duro.
- Tía Piquilaya.
- ¿Qué?
- Pues que me voy a los frailes y me vengo a despedir.
- ¿Y eso? ¿Cómo te dio tan fuerte, hijo?
- Pues ya ve que me entró la vocación. Ya no nos volveremos a ver más. Hasta el Valle de Josafat, señora.
- Bueno, bueno, si es tu gusto. Te daré la gala.
Y la gala consistía en cinco reales de plata que la vieja guardaba en el refajo, pero a los quince días ya estaba el Teodoro de vuelta. Se encontró con la buena mujer en el camino de los almendros.
- ¿Pues cómo por acá de vuelta? ¿No dijiste que no nos volveríamos a ver hasta el Día del Juicio Final.
- Sí, señora, pero a mí el noviciado no me probaba.
Nuestro amigo había ahorcado los hábitos poco después de llegar. Ahora todas estas anécdotas retumban en mi memoria.
Vegas abajo se encuentra el monasterio cisterciense más antiguo de España y uno de los más venerables de la cristiandad. Había sido trasladado a los Estados Unidos piedra a piedra. Lo compró Rudolph Hearst el hombre que inspiró la película de Orson Welles "Ciudadano Kane". A sus espaldas quedaba una historia larga de casi nueve siglos. El primer abad de Sancta Maria de Cardava se llamaba Raimundo y se establece el año 1142. Para la erección de la fábrica trajo operarios musulmanes aprehendidos en las guerras de Andalucía por los ejércitos de Alfonso VII. Los operarios árabes serían luego manumitidos y sus descendientes repoblaron como campesinos estas tierras. Gozaban de la protección del Temple. Eran frailes guerreros fronterizos que conocían las costumbres tanto de alauitas como hebreos y al final de sus misas se rezaba la "alfatija" y la Shemá, porque de verdad creían en la concordia de las tres religiones siempre que la Cruz guardase prelación sobre las otras dos. Algunas costumbres muslímicas fueron adoptadas por nuestros antepasados como el de que las mujeres se cubrieran el rostro y se acurrucasen en sus hacheros separados de los hombres en la iglesia de San Pedro. Todos hemos visto a nuestras abuelas salir a la calle con el pañuelo negro que los moros llaman "alfareme" o "chador" que tapaba la cara pero sin llegar a los extremismos del burka. Y tapadas iba a realizar las tareas del campo.
La impronta muslímica vuelve aparecer en las ménsulas y decoraciones de los arcos románicos que evitan cualquier representación antropomórfica. Las suras o peripsemas del Alcorán vedaban a los creyentes estampar cualquier imagen humana en las mezquitas por considerarlo atentaría contra el Dios Único y evitar así la idolatría. Este resabio iconoclasta es morisco. Por eso la decoración de los ventanarios se diseña en grecas o círculos evolutivos que constituyen el esgrafiado segoviano. Flores, trenzas, filigranas ficoideas constituyen la esencia del arabesco. Algunos de los alarifes que buril en ristre esculpieron los capiteles que rematan el ábside de san Vicente debían de estar recitando suras mientras llevaban a cabo su primoroso trabajo. Tal vez soñaran en el jardín de Alá, un paraíso muy diferente al que prometió Cristo, lleno de gozos sensuales y de huríes. Sin embargo en el interior de la ermita se puede admirar el rostro de san Vicente obispo que surge con su mitra y su baculo de entre palmeras. "Iustus ut palma florebit". La vida en este convento Bernardino transcurrió monótona durante siglos siendo testigos sus muros de la mudanza operativa de toda una comarca desde 1147 hasta 1835. había un maestro clavero o superior general que visita éste y otros conventos periódicamente, un maestro de novicios, un limosnero y un cillero encargado del almacén de grano. Los campesinos de alrededor llevaban allí sus primicias y tributos en especie. El fraile capiscol se encargaba del coro (canto conventual siete veces al día). También se le llamaba precentor o maestro de capilla. El abad era autónomo en su jurisdicción y en su dignidad episcopal e equiparaba con la de los obispos. Los libros de rezos se guardaban en un armorium o biblioteca. De transcribir las cartas y copiar los textos se encargaban los pendolistas que garabateaban en letra gótica y gozaban de harto prestigio en la comunidad. San Bernardo copió sus constituciones de la regla benedictina pero introduce algunas modificaciones: sus monjes carecían de privacidad, dormían en dormitorios corridos, comían lo mismo y a las mismas horas, visten de blanco y no de negro, y son grandes devotos de la Virgen María. El año 1835 significa la muerte de la vida claustral. Por un decreto de un ministro de Isabel II, el sr. Mendizábal quedaron secularizados los monasterios y propiedades confiscadas. Sólo se permite aquellas órdenes religiosas que se dediquen a la beneficencia y al clero secular. Con la secularización de Mendizábal todos los monjes salieron del convento. Durante la guerra de la independencia estos centros fueron expoliados y profanados. El de Sacramenia sirvió de cuadra a la caballería de Murat cuyos lanceros polacos fueron muy hostigados por uno de la tierra. Se llamaba el guerrillero Juan Martín Díez El Empecinado, natural de Castrillo de Duero. Cuenta Hardman, cronista inglés, en su "Historia de un Guerrillero" cómo el Empecinado acampó en las inmediaciones del monasterio con su partida y desalojó a los franceses. En 1809 los cistercienses lo recibieron con los brazos abiertos y en el refectorio contó el famoso cabecilla cómo había sido traicionado por sus paisanos. Hubo de salir de naja y escapó de la cárcel del pueblo de una manera singular. Valiéndose de sus extraordinarias fuerzas levantó a un burro corpulento a pulso y saltó con él al camino y en esta cabalgadura se dio a la fuga. Sus fuerzas eran tales que era capaz de derribar a un caballo de un puñetazo. "Oyéndole el prior-prosigue Hadman su narración- que era un hombre de talento y muy patriota aconsejó a Juan Martín diez que abandonase la provincia de Segovia donde había muchos envidiosos por su prestigio y encumbramiento gracias a su valentía y extraordinario vigor físico. Y le ofreció cartas para los priores de todas las comunidades cistercienses con que contaba la orden en el sur de España y en Portugal, para que allí pudiera acogerse a altana y conseguir cobijo y dineros…"
Nadie es profeta en su aldea y al Empecinado le ocurrió lo que a tantos otros buenos hijos de esta tierra recia pero incomprendidos y victima de ese cáncer español que se llama morbo visigótico y que no es ni más ni menos que envidia . Juan Martin el empecinado y el Incomprendido, un hombre de la ribera, epítome y héroe epónimo con las virtudes y defectos de la raza, tuvo la desdicha de perecer en el patíbulo. Fue ajusticiado en el rollo de Roa por orden de un rey tan nefasto como Fernando VII al que defendió con las armas en la mano frente a los franceses y quien le mandó ajusticiar a causa de sus ideas liberales un malhadado día del mes de las flores de 1825. cuentan las crónicas que cuando le llevaban a ahorcar rompió las cadenas y se llevó al verdugo por delante. Un pelotón de cincuenta lanceras se las vio y deseó para reducir al antiguo guerrillero. Roa, el pueblo que había liberado años antes, pagó con la hiel de la incomprensión las mieles del amor a la patria chica. No puedo por menos de evocar a este valiente traicionado por su propia gente. Pero era uno de los nuestros. Siguió el ominoso designio que espera a muchos castellanos. Castilla face los homes y los desface. De eso ya se lamentaba el Cid en Santa Gadea. Quiera Dios que tan lamentables historias no se vuelvan a repetir.
Sotohontaneros todos, que viva la fiesta. Y a pasarlo bien por estos días vacacionales y por estos sexmos y que a todos nos bendiga san Vicente y de protección. He dicho
Antonio Parra
22 de agosto de 1997