2008-05-10

LIEBANA O LA DECADENCIA MONÁSTICA EN OCCIDENTE

Antonio Parra
Habiendo proyectado la idea paradisíaca del monasterio de Liébana como locus amoenus a través de su impresionante naturaleza y los montes y prados que circundan al paraje pues parece ciertamente un lugar cerca del cielo lo cierto es que al lector avisado un repaso a la Crónica de Alfonso III el Casto, una diplomática que se remonta del 790 y prosigue en otros cronicones en cartorios libros de apeos registros de donaciones pro anima y pleitos muchos pleitos pues por lo que parece los frailes no sólo anduvieron a la greña por cuestiones mercuriales y mucho más pedestres que las cuestiones del cielo- tengamos los pies en la tierra – con los lugareños de Sopuerta, Carranza, Potes Bejo, Mogrovejo, Lebeña, Argüebanos, Tanarro y un largo etcétera sino también con las sedes episcopales de Astorga y de León luego Y con las abacales de Oña y de San Benito de Valladolid. Liébana era convento sufragáneo del de Oña también cluniacense y del de San Mamés de Dobres. Los monjes eran rentistas y encargaban del cultivo de las sernas y riberas a sus aparceros. Hay señalamientos del derecho de infurción enfiteusis, diezmos menudos y alusiones a mozos de soldado y mesegueros y viñadores. En la edad media no lo olvidemos el monasterio era una entidad de producción económica lo que implica un desvío del Principio evangélico que seguramente se conservaba más limpio de polvo y paja en los días primigenios cuando los hispano romanos al hundirse las cristiandades de Hispalis Córdoba y Toledo se apartaron a vivir la vida contemplativa renunciando al mundo sus pompas y vanidades. Este era el monaquismo esencial que llegaba de Oriente y en concreto de Capadocia. Los cenobitas no se juntaban más que en ciertas ocasiones y gozaban una mayor libertad interior. No había roces entre ellos. La reforma cluniacense y posteriormente la de San Bernardo que trata de desviarse de la relajación benedictina les da este carácter de explotación económica una especie de gleba medieval en que los monjes sobre todo los donados Vivian en un régimen de semiesclavitud bajo la férula del abad y dice un refrán popular que el abad de lo que canta come y de lo que comían era de las misas de difuntos y las donaciones pro ánima que hacían los señores. La norma del celibato en la Iglesia de occidente aparte de que la castidad practicada en realidad o fingidamente pueda ser más cómoda para el que lo practica deja de ser un engorro para los propietarios del convento que se ven libres de los pleitos de herencia y todo ese lío que suelen determinar las relaciones sexuales de hombres y mujeres, celos, divorcios cuernos, enfermedades de la prole, y aquellos partos temibles en que una de cada tres mujeres moría desangrada en los sobrepartos. Para ser un padre de familia hay a veces que tenerlos bien puestos mucho más que para fundar una orden religiosa o estar al frente de un noviciado. A los frailes díscolos e incorregibles se los metía en un calabozo por el abad que era señor de horca y cuchillo y santas pascuas. Luego las rivalidades y envidias entre miembros de la comunidad convertían en un infierno lo que a primera vista ahora nos parece un paraíso. De modo que si los cartujos han aguantado casi diez siglos (Cartussia numquam reformata quia numquam deformata, se dijo) es porque en su régimen no hay roces entre ellos. Además tienen prohibido el hablar y por la boca muere el pez. Tenían dos carteles en su celda en uno ponía “Morir habemus y en otro “sile et psalle”. Canta y guarda y silencio. Hay que morir ya lo sabemos. Y algunas lenguas llevan veneno. De otro lado el archivero francés estudió las colecciones diplomáticas que quedan del viejo monasterio de Santo Toribio del año 1300 hasta 1515 y en ellas todo es más de lo mismo: cuentas, albaranes, reclamaciones de pechas y de tributos, alcabalas y falencias. Todo muy jurídico y a base de grandes empapelamientos. Las grandes federaciones monásticas vivían a cuerpo mientras la masa iletrada padecía imposiciones y cargas. Debió de ser dura y corta la vida en la edad media. No idealicemos. Así y todo la disciplina mantenida con mano de hierro y látigo en ristre por el prior que tenía en su aposento unas disciplinas no sólo para hacer penitencia el mismo sino como correctivo de las faltas al reglamento. Para ganar el cielo los novicios al profesar tenían que dejar aparcado a las puertas su ego y perderse en el anonimato de la vida conventual. La renuncia llegaba a tal extremo que desparecen prácticamente del mundo de los vivos. En las listas de profesos no hay más que nombres todos iguales unos a otros. Era la renuncia al mundo con todas sus consecuencias hasta desaparecer hasta enterrarse e inhumar su libertad hasta que les llegase la hora de la muerte. Las crónicas no hablan de las torturas interiores y exteriores de estos consagrados a Dios. Los libros sólo nos dan nombres indiferenciados. Y decir esto no supone formular un artificio literario. Es proclamar una verdad. Luego los templarios con el ideal caballeresco medieval dieron a estas organizaciones económicas dinastiítas un carácter militar. Pero a los monjes visigóticos que constituyeron la primera formación de Santo Toribio de Liébana les estaba vedado el tomar armas. En el siglo XIV a raíz de la peste negra Castilla sufre un desplome por falta de brazos y de vocaciones. La muerte había segado villas y ciudades con su guadaña. Se escuchaban por doquier las estrofas del Dies Irae y Liébana queda prácticamente arriesgado. No. No es bueno trazar una visión beatifica. Tal vez nos hemos dejado llevar de los hagiógrafos y panerigistas que exaltan el ideal dando la espalda a la verdad. Pero todo eso escrito y muy bien escrito en el “Nombre de la Rosa” de Humberto Eco donde se traza la descripción de la vida que debió de ser la vida puertas adentro. Desde fuera todo lo vemos muy bonito lo que no quiere decir que las vocaciones a la perfección no las siga habiendo pues el Espíritu sigue llamando y hoy se puede ser un eremita en estos tiempos. Monjes sin habito con los que nos cruzamos en el metro, que viven el Evangelio y han hecho ofrenda de sus vidas. Silencio interior en medio de la algarabía y bulla de estos tiempos. Es la formula que más me gusta y hasta puede que muchos querramos practicarla o al menos la practiquemos. Por eso no nos comprende. La vida del monje sin embargo es renuncia, sufrimiento, amor a la verdad. Ellos son vergeles y oasis en medio de este desierto y ello no quiere decir que sean autistas. Sólo practican el exilio interior. Se les moteja porque viven abrazados a la Cruz de políticamente incorrectos. El habito sigue su curso adelante gracias a estos pararrayos de oración. La cosa no es nada fácil desde luego

domingo, 11 de mayo de 2008
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