TIEMPOS DE TRIBULACIÓN. MÁS VIOLENCIA DE HOGAR
Antonio
Parra
En
tiempos de tribulación no hacer mudanza, dejar correr el agua pero uno no
escapa a la zarpa de la tele o a las enconadas cabeceras del rotativo que
parece que una mano inicua tal vez de ángel vengador está escribiendo la
historia. Miro a lo alto y se me secan en garganta las plegarias. Es demasiado
duro saber que en Zaragoza unos hijos han pegado a su padre una paliza por
haber agredido previamente a la madre. Tragedia familiar a dos bandas pero los
bustos parlantes del chismorreo el hurgón de la mierda y el resentimiento en
cada mano lo cuentan con una sonrisa prejuzgando sin ser jueces. A estas
torticeras y muñidoras de enredo merecerían que se les llevase la pasma.
El trono
que dejó la reina de las mañas y de las mañanas - ya cayó- un personaje con el
cual yo urdí los juncos de una novela han sido ocupados por otras princesas del
celestineo. Digo esa Mercedes Ballesteros que hace tándem a costa de los
presupuestos públicos con un ex policía. Ya no hay ética y me avergüenzo un
poco de mi profesión periodística. Nunca pensé que podíamos caer tan bajo. La
violencia de género que encubre la perpetua guerra civil y que ha llegado a los
tálamos y al cuarto de estar en que nos hallamos inmersos los españoles no
puede contarse con la sonrisa diabólica de este dúo, y un síntoma de la
descomposición de la familia, la degradación de la fibra moral, nunca puede ser
abordada con esa enigmática sonrisa de Mona Lisa. Siempre dando la razón a una
parte. Ciertamente estamos en guerra: los padres contra los hijos, el esposo
contra la esposa, hermano contra hermano. Y ahí tenemos a doña Ballesteros con
cara de merienda entrevistando al pobre hijo, muchacho cabal, que salió en
defensa de su madre atacada por el marido obcecado, celoso y con orden de
alejamiento. Alabándole la gracia. Le tenías que haber dado más.
¿Más?
Pero si está en coma en el hospital.
El morbo
está alcanzando la enésima dimensión y España está enferma. Se decía más feo
que pegar a un padre pero eso era antes y la norma ya no vale por lo visto. Y
hay algunos que hacen riza a costa de las tragedias personales de los demás. La
violencia doméstica es una forma de
terrorismo. Seguramente pero mucho más horrible y zafio me parece el terrorismo
informativo practicado adrede por “personalidades” mediáticas sin un mínimo de
deontología profesional. En el pecado ya llevan la penitencia.
A la
Campos ya la auguré un negro destino en mi libro y a ésta pues también. Ya
caerá. ¡Pobre padre! ¡Pobre madre! ¡Pobres hijos!
En
tiempos de tribulación no tomar resolución nos recomienda san Ignacio.
Tribulación viene de tribulum (en latín abrojo) y también de tribula
que quiere decir trilla. Acudo a la Escritura y a los clásicos donde mora la
eterna santidad de Israel, ese Israel que nada tiene que ver poco con las
mudanzas y quiebros de la política que responde en parte a los dictámenes de la
concupiscencia, el dinero y el afán de la honra, la fama, el deleite y todo eso
que tanto aprecia el mundo en su hoguera de vanidades y expurgo una frase del
Eceliastés que nunca podrán borrar pero que tienen que aprender ese feminismo
satánico que en parte está provocando esa violencia de género: Es mejor
morar con el león y con el dragón que con la mujer. Ezequiel profeta se
queja de habitar entre escorpiones. “Aula diaboli, aquilonis percussio”(aula de
maldades y aguijón del alacrán). Y es por esto por lo cual la Misna hebrea tan
preocupada por esa disposición de la condición femenina al barro recomienda las
abluciones rituales. Y uno de los
pecados mayores del judaísmo es tocar cadáver o yacer con menstruante sin
acudir después al sacerdote que limpie. Todos somos parte de la culpa. Habrá
gentes que pongan el grito en el cielo pero dura lex sed rex de los
romanos y volviendo a los judíos que han buscado la purificación de Israel y la
Santificación del Nombre durante milenios esto es halajá. Quiero decir
sagrado. El pecado original habita entre nosotros y el demonio antiguo acecha.
Quevedo llama a las malmaridadas aguadoras del infierno portátil. Por ella se
desenvainan las espadas y brillan las navajas. Aunque no habrá cosa más dulce y
grande en el mundo que ellas. Transmiten la vida. Son el bien pero a veces por
su causa estallan las guerras, las broncas, los asaltos y se vienen abajo las
familias, se deshacen las casas. Y la cosa parece que va a peor. En España
donde vivimos una sorda guerra civil no declarada esto es un signo. Para el
terrorismo mediático o los pornógrafos al uso estas pobres mujeres vapuleadas o
asesinadas no son sino carnaza. Un bledo les importa su futuro, su honra o su
estabilidad emocional. Y si en el hogar algunas campan por sus respetos en el
trabajo son tiranas.
Se
aprovechan de su prepotencia de condición de mujer y los maridos son ahora
mismo seres acorralados y angustiados, hombres al agua. Pero todo este fenómeno
forma parte de la rebelión de la bestia. Me asalta la congoja. Malos días
aguardan pero en tiempos de tribulación no hacer mudanza. Muchos de los sin
techo que he conocido y de esos vagabundos que derrotan por la vida con un
cartón de vino y una banco en un parque como único consuelo son príncipes
destronados y esposos arrojados de sus casas que prefirieron la huida a ponerse en su sitio y no por falta de
agallas sino porque es de poca hombría pegar a tu santa aunque a veces se lo merezca. Por qué embiste el toro? Porque tiene miedo cuando lo acorralan. Esos
pobres diablos o toros acorralados en un acto de desesperación se pierden o cometen una salvajada. Es la
solución menos honrosa. Pero de ese ejército de vagabundos, seres derelictos y
derrumbados, no hablan la gobernanta de la tele doña Ballesteros y su cómitre
el poli Manolo porque no forman parte de su apetitosa carnaza. Pero en fin esto
es una lucha porque hay gente que se casa no con una mujer sino contra una
mujer y en todas las guerras ya lo decía Cela el que aguanta gana. Señores
amarillistas, por favor tengan a bien no narrar estos tremendos dramas pasionales
inclinandose de una lado del fiel de la balanza con pocos miramientos y con la
alacridad del que se bebe un vaso de agua porque el encarnizamiento y la
desesperación están esparciendo el efecto llamada. Mejor en tiempos de
tribulación no hacer mudanza. Dios nos ayude.
Ampáranos, Virgen Santa.
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