Ricardo León
Grave tristeza universal de las almas y de las cosas es el legado que estampa en sus obras Ricardo León escritor prolífico, algo rubiales, trabajaba en un banco, castizo y profundamente español. Malagueño originario de las Asturias de Santillana. A este lugar dedica su libro más señero.
Recorre las alturas del Monsacro. Se imagina la Oviedo levítica de los
tiempos en que Fernando Valdés el Inquisidor General funda la universidad...
austeros sillones frailunos, alcatifas, un armario donde guardaban ediciones
viejas del Quijote. Bandas morunas de tiraz. Estofas y blondas y un
cuerpo poco trabajado, pero escritor puro sumido en el afán de la perpetua
redacción, el tormento de las Danaidas. Dice: "aquel que no ha tenido
juventud se resigna con facilidad a la vejez"... Oh divino éter que
aligeras auroras... pálido sol de enero amigo de la nieve... yo nací andaluz
pero soy un hombre del norte. Hunde su pluma en el dintorno de heladas
entelequias. Nostalgia y abandono de literato que rema contra corriente.
Leyendo sus textos me embutí de su enjundiosa verborrea. Le acompañé por las
tabernas de Málaga. Visité el Perchel, la calle Larios y me asomé al balcón del
Naranco, perdiéndome luego entre las rúas amurilladas de Santillana del Mar.
Soy también un hombre que supo del embrujo de Andalucía. No tuvo gran fortuna. Sus
libros de adorno yacían empolvados en las bibliotecas familiares de los años
cuarenta, las páginas sin cortar. Nunca fueron abiertos aunque su "Cristo
en los infiernos" es un must para conocer las barbaridades cometidas en
Madrid por la horda marxista. Así se cataloga a sí mismo: "tuve fama de
hombre docto, poseo puntas y ribetes de bibliómano y conviví, por
desgracia, con gente rústica y bozal". El pescado espetado y los famosos
boquerones de Málaga fueron el gran disfrute de su vida. Así como las puestas
de sol con el astro rey brillando en las tajeras de los huertos. Es otro gran
escritor descatalogado.
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