CLOVER & HARP LOS
PUBS DE LA TERCERA AVENIDA
Nueva York cuando yo
la conocí era una ciudad judía bajo la vara del alcalde Koch primer munícipe pero
los que curraban eran los irlandeses e italianos (todos en la policía) subidos
a los andamios cual albañiles constructores real state bienes raíces. Una escala
más abajo se situaban los negros de Brooklyn y del Bronx tribus y pueblo de
Dios y en la cola los hispanos pero los que llevaban todo el papeleo de los
impuestos y alcabalas eran los del pueblo elegido.
Con todas las tasas
que enviaba la alcaldía neoyorquina se podía sustentar todo el estado de Israel
así que los hasidim de Mea Shearin el barrio ortodoxo de Jerusalén pudieran
pasarse los días y las noches los meses y los años estudiando la Torá para discernir
cuando llegará el mesías.
Estudiar y procrear
hijos cumpliendo el mandato bíblico de crecer y multiplicaos. Tuve buenos
amigos judíos: Sam que me vigilaba ─trabajaba para la CIA─ y leía mis crónicas
y obtuvo para mí el carné de conducir gratis y un estanquero de la calle 22 que
me proporcionaba cigarros puros de
vitola verde baratitos y me llevaba cada mñana los periódicos el New York Times
el Wall Street Journal, New York Post vespertino, Los Angeles Times y el Miami
Heral. Se llamaba Baruch.
Yo veía algún que otro
sábado ver a estos judíos ortodoxos con sus sombreros ridículos, sus blancas
camisas enfundados en dulletas talares barbas raquíticas y ojos inexpresivos
subir a la sinagoga del barrio seguidos de una recua de judieznos con aladares
laterales cayéndoles sobre el rostro a manera de coletita.
Las esposas de los hasídicos
no cesaban de parir. En algunas familias la prole era de más de quince hijos. Todos
esperando la llegada del Mesías.
Las mujeres gastaban
peluca, ningún afeite sobre sus rostros. Iban por la vida sin maquillaje.
El detalle me sigue
impresionando todavía porque la contramedida a lo que se estila en occidente:
el sexo como deleite no en función reproductiva. La castidad judía se alza contra
la lujuria pagana cristianizada. En ese sentido no soy un “goim” y si algún
rastro de judaísmo ─dicen que los Parras venimos de la tribu perdida─ aplaudo
la medida. Lo importante es la descendencia, los hijos. No la libido.
Dejemos en paz a los judíos
y su misteriosa resistencia a lo largo de los siglos. A mí lo que me gustaba de
Nueva York eran aquellas tabernas irlandesas de la Tercera Avenida donde acudía
tras despachar mi crónica a Madrid con un letrero verde que te quiero verde
como la verde Erín, la hoja del trébol y el harpa de las nereidas que se
bañaban en las aguas del río Liffey.
Al entrar allí era
como si escuchase el rumor de las olas al estallar contra los acantilados de
County Cork o escuchase el acento del hablar culce de County Sligo.
─How are you, paddy?
─Not so bad.
Struggling along
─This is my round. Pint
of guinnes, please.
La cerveza negra nos
ponía en órbita y la Tercera Avenida se convertía en un rincón a little corner
of Dublin. Sobre todo cuando sonaba mi bakada preferida “The rumbling Rover”. La
cual canta la historia de un vagabundo que recorre la isla de los santos y de
los cantos con un harpa y un violín. Era la canción q ue escuché de labios mi primera mujer cuya madre era de origen
fenian (irish) del clan de los Heagerty. Originarios de Donegall. Aquellos vasos de negra cerveza forman parte de los
recuerdos dulces que tengo al cabo de tantos años de la Gran Manzana pero los
hay amargos como cuando unos negros en un traslado me robaron un abrigo de pieles,
una bicicleta que había comprado en Londres, el asalto que padeció mi mujer (no
sé si la violaron cuando abandonamos el piso de Manhattan y nos fuimos a vivir
a la isla contigua) cuando nos mudamos de casa. O aquella vez en que viajando
en el transbordados de Staten Island navegando cerca de la Estatua de la
Libertad vimos sobre cubierta varios cadáveres de ahogados que la corriente
había arrastrado desde la bahía del Hudson.
No hay comentarios:
Publicar un comentario