RUMBLING ROVER EN NEW
YORK CITY y (III)
Mi director me ordenó
que llegado a la Ciudad de los Rascacielos yo contase una historia. Cumplí el
mandato. Disparé contra todo lo que se movía es decir intenté trasladar y poner
negro sobre blanco la vida en aquella ciudad en los años 70 del pasado siglo. Nada de lo humano me era
ajeno. Trasladaba al papel todo lo que asaltaba mi retina: Casius Clay, la
academia de West Point, los contrastes de aquel país donde circulaban por la
calle las mujeres más hermosas y las más feas, los ejecutivos más elegantes y
los homeless que iban a morir al Bajo Manhattan. Dije que Naciones Unidas era
un sitio muy aburrido en el cual iban a parar todos los conflictos del mundo
pero difícilmente se podría decir que era un rompeolas. Admiraba a los chinos
de Mao, sonrientes, eficaces, uniformados con un uniforme que pudiera ser un hábito
clerical y uno de mis colegas pekineses que había ejercido la corresponsalía en
España me dijo que prefería Madrid y yo se lo agradecí convidándole a una taza
de té. Nueva York la más pagana y la más ferviente, de convicciones religiosas
profundas. América me pareció un país excesivo con las montañas más altas, los ríos
mayores, una climatología extrema. A veinte bajo cero en enero en Chicago y por
agosto tal calorina que pudieras cortar el aire con una navaja. Los más altos,
los más bajos. Los gordos que exhibían una gordura bariatica, imponente Muggy
days. Subí con mi cámara al Bronx, en Harlem unos morenos se subieron en el
capó de mi coche y me vi negro para salir. Cruzaba cada mañana el Verrazano uno
de los puentes más largos del mundo en mi Seat133. Lo dejaba aparcado en la
dársena, tomaba el transbordador y subía hasta la calle 52 en la bicicleta que
me robaron en una mudanza. En el tercer piso de Naciones Unidas saludaba a
Herby un judío que me perforaba las crónicas a una velocidad de vértigo. Luego
me cansé de la ONU y decidí despachar mis trabajos desde casa. La RCA que
instaló un télex. Creo que puedo ufanarme de haber sido uno de los pioneros del
teletrabajo. Pero los momentos más gratos fueron los que pasé con mis amigos
irlandeses jugando a los dardos o trasegando cerveza en las tabernas de la
Tercerea Avenida. MacNamara me contaba cómo había diso herido en Vietnam y
había derramado sui sangre por América, MacKey otro de la cuadrilla no se
sentía tan patriota. Su familia había llegado como emigrantes a la isla de
Ellis con la forma tradicional de “jumping the ship” (polizonte) y trabajaron
muy duro pero sin fortuna. Hugh Heaney lo mismo que Martin Mehan decían de
regresar a la Verde erin. Eran de Belfast y a todos ellos les habían matado
algún pariente. Pertenecían al IRA. Pero esa era otra historia que me llenaba
de melancolía mientras escuchaba los violines y una dulce irlandesa, la
animadora, ataba las estrofas de la bellísima balada “The rumblin rover”.
Irlanda de entre todos los países de Europa es el más querido para mí
No hay comentarios:
Publicar un comentario