Morbo visigótico, la envidia y la hipocresía. Sin embargo la grandeza de esta torre en lo alto de un somo me sobrecoge. Es uin grito de memoria al pasado y una advertencia al futuro. Castilla ya se ha dicho face los omes y los desface. Es una nación que da origen a la e3spañola. Se hizo peleando contrta el infiel. Fuimos unos adelantados del sionismo, era nuestra meta la conquista de los Santos Lugares. Mis antecesores eran pequeños, cetrinos algo trabados de hombros (lo pregonan las angosturas de esta escalera) pero recios en la batalla, curtidos en la lucha. Avezados al sufrimiento, prevenidos en frontera y ellos estaban en la vanguardia. Esta iglesia y estos monasterios fueron destruidos varias veces por la morisma pero luego reconquistaron sus tierras renegaron de Mahoma y cantaron vivas a la Trinidad. Dios es Uno y Trino. Ni mahometanos ni judíos han entendido aun la procesión trinitaria que es uno de los grandes enigmas teológicos del mundo.
En
tiempos de la reconquista cambió bastantes veces de mano. Fuentesoto en la
margen derecha del Duero marcaba el hito de la frontera. El edificio debió de
ser un templo dedicado a Jupiter luego basílica cristiana por su planta
cuadrangular (se aprecia bien en el ábside) enseguida los visigodos dedicaron
la iglesia a san Gregorio VII el papa que luchó contra las investiduras el del
castillo de Canosa. Vino san Bernardo y erigió un monasterio en aquellos
parajes en la ribera del Duratón donde vivían muchos eremitas. Estamos
hablando de las circunscripciones de Cuevas de Provanco, Sacramenia, Aldeasoña,
Tejares, los Castros, Torre Adrada, Sepúlveda. Pero los eremitorios debieron de
ser arrasados en una de las muchas razzias como demuestran las adarajas que quedan
en el lienzo de pared junto al arco ojival actualmente cementerio donde fueron
inhumados muchos miembros de mi familia. El templo debió de ser de buena
hechura.
El
cimborrio no se ha caído ni tampoco la torre de san Gregorio. Los vanos del
campanario arcos de medio punto parecen dos ojos fantasmales que vieron el
discurrir de la vida de Fuentesoto. El pueblo antes estaba arriba. Hoy se
reclina en torno a una fuente torrencial que da origen a la vega que riega los
campos de Sacramenia y de Pecharromán.
Esta
escalera de caracol enm el olvidado campanario creo que guarda el secreto del
enigma templario y forma parte del carisma cisterciense, un secreto a muy poco
revelados pero que en mis horas bajas de desaliento pienso que es signo de
predestinación. Al fin y al cabo Dios no abandona a los que lucharon por Él y a
los que nacieron vivieron y murieron a la sombra de la Cruz del Temple. Respice
stellam voca Mariam. Yo no sé pero esta devoción a la Virgen que
me inculcaron de pequeño me ha sacado a lo largo de mis días de muchos atascos.
El día
de san Bernardo los que, como yo, siguen la regla del Doctor Melifluo y
abrazaron las constituciones de su monacato dentro del siglo se sienten un poco
tristes. Es tristeza fin de siècle, llanto por nuestros pasos perdidos,
tristeza de finales del verano, nostalgia celestial por el canto de aquellos
monjes blancos con la cogulla negra resonando lejanos a través de los
valles de Europa. Son las voces anónimas de quienes siguieron la senda apartada
del cantor de María, delicadas armonías del 20 de agosto.
Menguan
los días, marchan las golondrinas pero los zarzales se encuentran llenos de
fruto y la luz declinante baña de todos los colores el rosetón de la antigua
iglesia del monasterio de Cardaba en Sacramenia cuyo claustro fue vendido a los
norteamericanos y hoy puede visitarse en Nueva York. Subí varias ocasiones a su
emplazamiento en el alto Manhattan cuando era corresponsal o bien acompañando a
familiares y parientes venidos de España o llevado por la nostalgia de aquellos
sillares de buena labra que contenían todo el carbono 14 y el polvo de aquellos
andurriales que tantas veces recorrí de niño. Eché de menos el silencio monacal
y esa vida anónima de los profesos que, muertos al mundo, sus pompas y
vanidades, pasaron por esta vida sin dejar rastro salvo alguna que otra firma
al dorso de alguna letra capitular miniada, un nombre o una fecha consignados
al desgaire sobre algún que otro libro del armoriumo biblioteca
capitular.
El
monasterio debió de ser muy grande dadas las dimensiones de la bodega y del
granero. En todas las actas la firma del padre cillero o ecónomo figura al lado
de la del abad. Algo más de un centenar de monjes entre profesos y donados que
hacían vida de comunidad total sin derecho a la privacidad ni a una celda
conventual según la estricta regla de Claraval. Los cistercienses supusieron la
reforma relajada a la regla de san Benito vigente en los dos grandes
monasterios benedictinos: Cluny y Montecasino. Mantuvieron la cogulla negra
pero el hábito y el cordón son blancos. Representan una norma más rigurosa de
vida porque todo lo hacían en común. Carecían de privacidad. En los dos
monasterios centrales de Citeux y Clairvaux la vida discurría a toque de
campana. En la “Carta De Caridad” san Bernardo recomienda a sus hijos el
trabajo manual como primordial y continencia. La regla Bernardina vedaba
a los monjes todo comercio con el bello sexo y la entrada en el claustro estaba
prohibida. “Es más dificultoso vivir un hombre en compañía de mujeres sin ofensa
a Dios que resucitar a un muerto”, escribe el Doctor Melifluo.
El
intelectual viene en un segundo plano y se practica a la hora de tercia por
monjes cualificados calígrafos que trabajan en el “scriptorium”. Los
monjes benitos por su parte encargaban del trabajo de manois a los donados que
eran verdaderos siervos de la gleba pero la norma del “ora et labora” es la
misma. Otra de sus singularidades es el fervor marial. San Bernardo (extraño
personaje, algunos de cuyos aspectos relevantes de su personalidad no han sido
descubiertos) fue el gran cantor de María, una devoción que importaron los
templarios de lñas cristiandades bizantinas. No hay que olvidar que el carisma
cisterciense, siguiendo las pautas de su fundador, que predicó la segunda
cruzada, pone a a sus hijos a los pies de la Virgen. Era su lema “mira a la
estrella, invoca a María” y todos sus monasterios, situados en lugares
apartados, en valles escondidos “in saltibus et campestribus” donde
podían llevarse a cabo tareas agrícolas, lejos del mundanal ruido, siguiendo el
curso del sol y la rotación de las estaciones.
Este
monasterio de Sacramenia del que no queda cnada estaba ya en malas condiciones
cuando a últimosd del siglo pasado lo visita el polígrafo malllorquón J. M.
Quadrado y poco tiene que ver en su estructura que es la m´ças antiguas de las
casas cisterciense con la grandiosidad de Veruela o el Oliva.
La
orden cisterciense a primera vista es mucho más dificultosa que la benedictina
lo que al correr de los siglos va a dar lugar a disputas internas entre frailes
mitigados y observantes pero su expansión en unos pocos lustros a partir de
1098 cando se establece la primera fundación resulta un hecho que habría que
calificar de milagroso. En menos de cincuenta años Europa desde Escocia a Portugal
y desde Polonia y Suecia hasta el sur de Francia y Polonia surge una verdadera
eclosión de cenobios. Esta eclosión monástica en el que prepondera el sello
cristiano de la Europa medieval se compadece poco con la mentalidad lógica y
hedonista del siglo XXI. No lo podemos entender pero la cronología
histórica del humano quehacer tiene que ver poco con el Divino Designio. El
Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere. Hasta el punto de que en este
fenómeno topamos con lo inefable.
Se cree
que el primer monasterio en la península ibérica fue el de Sacramenia (muralla
sagrada significa el toponímico en latín) en Segovia consagrado en 1133 por
doce monjes borgoñones. Algunos cronistas, sin embargo, sostienen que le
precedió el convento de Moreruela. Le siguieron el de Osera emn Galicia,
Valparaíso en Córdoba, Las Huelgas, Oliva, Fietero, Scala Dei, Veruela, el
monasterio de Piedra y Poblet.
La
disciplina monástica es más rigurosa que entre los benedictinos porque, amen de
sus votos de humildad pobreza, estabilidad y obediencia, estaban obligados por
la Carta de Caridad no sólo a amarse unos a otros sino también a soportarse de
por vida. Conllevancia se llama esta figura. El quebrantamiento de esta norma
podía derivar en penas de cárcel decretadas por el abad. En los monasterios
había calabozos y celdas de castigo. Cuando la comunidad era convocada a
capitulo cada uno de los religiosos había de hacer confesión pública de sus
pecados. Otra nota relevante para los que querían alcanzar lña perfección era
la supresión de la concupiscencia de los ojos y la sujeción de la regla.
El silencio es la vía de la paz interior.
Los
monjes habían de cumplir taciturnidad y sólo podían hablar por señas. Todos los
monasterios con esa simplicidad creativa constaban de una iglesia, un
refectorio, varios claustros para los monjes profesos y otro para los donados o
conversos, un caldario o hipocausto (gloria) para calentarse,
la cilla o granero, caballerizas y salón de aperos, enfermería y un cementerio.
Pasaban la noche en dormitorios corridos, su descanso nocturno siendo
interrumpido por el rezo de maitines, prima tercia y nona. Una forma de vida
empuñando el azadón y el breviario. La ergasiomanía (ganarás el pan con el
sudor de tu frente) no es para el monje una condena por el pecado de Adaán sino
un instrumento de salvación
Rezaban
en una única iglesia y comían en un refectorio comunal, iban a trabajar
al campo en cuadrillas y estudiaban en el scriptorium (una gran sala al
lado de la huerta) volcando su sabiduría sobre los códices haciendo correr el
cálamo con buen pulso e infinita paciencia benedictina sobre el pergamino.
Escribían con tinta negra y roja. Quehacer impersonal sin vanagloria. Fidelidad
a un canon y un horario fijo. Al tomar el hábito cisterciense hacían el
voto de renunciar al “yo”. Este anonimato como regla de vida como muerte a las
cosas del siglo, la supresión de cualquier prurito mundanal, es un dato
sorprendente. En el claustro cisterciense se respiura un espíritu colectivo. Es
lo coral total, que hace pensar en los koljós soviéticos o los kibutz
israelíes.
Todos
los días igual. Hacían guerra a las pasiones; dominaban sus apetitos,
mortificaban sus carnes con ayunos y morían de muy viejos casi siempre delante
de un retrato de la Virgen María que les abría las puertas del cielo. Ello
forma parte del misterioso legado cisterciense que siempre me sedujo.
El que
a dios tiene nada le falta aunque viva pobre como una rata y en el más estricto
anonimato monacal. Buscaban el paraíso en la tierra y la unión con el Altísimo
mediante la plegaria litúrgica, el trabajo de manos, a tenor con los cánones de
la Regla de san Benito mejorada por Bernardo de Claraval. Uno de los mayores
santos que ha dado la Iglesia pero esa grandeza no le exime de la complejidad
de su personalidad. El don de profecía forma parte del carisma cisterciense.
Hay que tener en cuenta que vivió en un siglo de cambio. El feudalismo entre en
crisis y los siervos de la gleba se desarraigan. Las predicaciones
apocalípticas al grito de Dios lo quiere de Pedro Ermitaño habían dado pábulo a
la creencia de que se acercaba el fin del mundo y en esa estructura mental
mesiánica se produce el desplazamiento de gentes que quieren tomar Jerusalén
para aguardar en la Ciudad Santa la Segunda Venida. Un disparate desde luego
pero no hay que olvidar que Dios escribe al derecho con renglones torcidos y de
ese espíritu de milicia celestial que pone a la hueste católica en movimiento
se va a producir el espíritu de renovación espiritual que traen los monjes
blancos, san Bernardo como buen francés cree en la verticalidad. El espíritu de
su obra es simple calado en la línea recta.
Esos
colores vitrales de la iglesia escondida en el valle de Sacramenia guardan
muchos de mis recuerdos de niño cuando en cuadrillas acudíamos a la romería que
se celebraba en el prado Boyal de Cárdaba la romería del santo fundador de los
Monjes Blancos; garrafatinas, almendras de Alcalá, tiro al pato en las casetas,
tambor y gaita. Inundaban el aire melodías de dulzainas. Los del pueblo, jota
va jota, viene (¡arsa morena!) bailaban al santo hasta que antes de atardecido
acababa el jolgorio y regresábamos a nuestras aldeas andando y casi en plena
oscuridad entregados a la contemplación de la estrellería las noches de agosto
que en la provincia de Segovia tienen un fulgor especial. La llegada de
los cistercienses a esta comarca cercana a Sepúlveda y a Sebulcro donde
habitaban los ermitaños de los Siete Altares sepulvedanos o los morabitos de
las Cuevas de Fuentesoto representó la fusión del antiguo monaquismo oriental
con el ideal del monasterio benedictino de Occidente. Alfonso VII suprime el
rfito mozárabe y adopta el calendario y el martirologio romano. Esta
singularidad de las ermitas de san Vicente cerca de los pagos de Pecharromán y
de la iglesia de san Gregorio en un cerro, de traza cuadrada, pero de nave
ojival, no ha sido debidamente estudiada. Para mí representa la fusión de las
tres culturas a la sombra de la cruz. Es el síndrome del carácter cisterciense
concomitante a los templarios.
Hace muchos
años que no acudo al festejo en los predios sacramenios los muros sagrados del
antiguo cenobio castellano y una de las primeras fundaciones cistercienses,
situado entre Valtiendas y Pecharromán aguas debajo de un río que nace en
Fuentesoto y al que aun no han puesto nombre solo se sabe que es afluente del
Duratón. Flotan sobre el ambiente tristezas de despedida, nadie conoce los
pasos ni los designios de dios por qué los muros sagrados se derrumbaron en el
trajín de los siglos, de las guerras, las desamortizaciones, las leyes
secularizadoras: ese ir y venir de la historia en el que no se percibe un rigor
lógico. Es el caos de las pasiones humanas, el vórtice de la naturaleza
inmisericorde con los débiles.
Si en
Inglaterra pasó como un terremoto Cromwell que redujo a ceniza casi
prácticamente la totalidad el patrimonio eclesiástico inglés, uno de los más
ricos durante la edad media, en España un ministro por nombre Mendizábal pasó
por estos ámbitos como la apisonadora. Por si fuera poco mamelucos y gabachos
durante la francesada dieron buena cuenta de lo que quedaba.
Se
quemaron cosechas, pegaron fuego a varios pueblos como el de Santa Cruz
en el alfoz de Fuentidueña y ardieron conventos. Un furor revolucionario
sacude la historia de tarde en tarde y agitando la tea iconoclasta acabó con
estos muros consagrados. La casa matriz del Cister y la propia orden que
irradió por toda Europa una fuerza expansiva, cultural y constructora al grito
de Dios lo quiere, impulso de las cruzadas, premonición del arte románico en el
que Cristo se convierte en músico y arquitecto, un increíble y misterioso
movimiento religioso y litúrgico en la primera y segunda mitad del siglo XII
está hoy casi desparecida. El cenobio de Citeux donde cuando murió el fundador
en 1153 residían en el claustro cerca de ochocientos monjes la Bretaña
francesa, en pleno valle de Claraval se convertiría en una de las
penitenciarías inexpugnables de Francia, al igual que el monasterio de San
Miguel de los Reyes en Valencia o el propio Chinchilla. Los edificios que un
día fueron jardines de María – en mi obra Viva Claraval elogio de la vida
contemplativa lo específico – se transforman en aulas de dolor–.
Eran salas de Dios. ¡Qué ironía! El monasterio de Veruela en Soria le
sirvió a Bécquer de inspiración para algunas de las historias de terror en las
que se inicia el romanticismo como género literario al igual que toda una
pléyade de cenobios cistercienses en Galicia (Celanova), Zamora (Moreruela),
Palencia (Aula Dei), fantasmagóricos recintos abandonados. La regla Bernarda
cambió el rostro de occidente desde el punto de vista religioso. En España el
rito hispano visigótico de origen griego cede el sitio al rito romano. Los
monjes blancos traen consigo el espíritu de cruzada y se transforman en soldados
ocupando torres en la frontera. A partir de los cistercienses los cruzados
impregnan Europa de un nuevo espíritu, que es el espíritu de frontera y de
defensa de la cruz.
Otro
aspecto es el afán repoblador. Plantan majuelos, roturan baldíos, siguiendo el
precepto de san Benito ora et labora en el que inspira su regla san Bernardo.
Los caldos del mejor vino del mundo el Vega Sicilia que se cría por estos pagos
fueron una invención cisterciense. Los monjes trajeron esquejes de las viñas
borgoñonas las cuales, trasplantadas a los valles del Duero, produjeron ese
mosto superior.
Cardaba
– la data de su consagración remonta a 1142– fue construida por musulmanes que
fueron hechos prisioneros por Alfonso VII el Emperador y conducidos a Castilla
como mano de obra. Es por esto por lo que en los valles de Sacramenia,
Aldeasoña, Provanco y Peñafiel buena parte de la población es de origen morisco
(también judía) que se mezcló con la autóctona de ascendencia romana o vaccea.
Son los aportillados de Sacramenia a los que Alfonso X manumitió y les dio
derecho a llevar armas y acudir a la guerra como soldados.
Sabemos
que el primer abad era borgoñón y se llamaba Raimundo y que el último era un
amigo del Empecinado que se tiró al monte y murió peleando con los franceses. Se
llamaba fray Elías.
En 1835
son enajenados los predios de Cardaba y los compra un labrador rico de
Pecharromán. Casi un siglo adelante 1925 el magnate Randolph Hearst los
descubrió y decide adquirirlos con la intención de transportarlo piedra a
piedra a los USA por cinco millones de pesetas. Los sillares marcados y
ordenados fueron embarcados y transportados en un carguero a Estados Unidos.
Ocurre
la gran crisis del 29 y los negocios de Hearst el magnate que inspiró al
Ciudadano Kane de Orson Wells dio en quiebra y el cargamento permanece olvidado
en una dársena del puerto neoyorquino. Unos estibadores al cabo de tres décadas
descubren el contenedor y las piedras van a parar a Miami (el ábside) mientras
el claustro se queda en un museo al norte de la Ciudad de los Rascacielos. En
fin, todo un cúmulo de vicisitudes dignas de un apasionante thriller trama
para ahormar una novela supositicia de fantaciencia.
De las
piedras seculares emanó según cuentan una maldición que ocasionó la ruina del
magnate de los grandes rotativos. Hearst había sido el culpable de que el
gobierno yanqui declarara la guerra a España arrebatándonos el último florón
del viejo imperio colonial. En connivencia con el almirante Simpson urdió la
estratagema burda de la voladura del Maine. Murieron muchos de nuestros
soldaditos como consecuencia del hambre y del tifus después del bloqueo a la
isla por la poderosa escuadra norteamericana. Aquellas piedras monacales
clamaron revancha contra el hundimiento del buque “Furor” mandado por Fernando
Villamil el héroe astur que un 3 de julio de 1898 levó anclas a sabiendas que
esta temeraria salida del puerto de Santiago firmaba su sentencia de muerte.
La
ruina de aquel banquero que en uno de sus múltiples viajes a Europa quiso
comprarlo todo yo me pregunto si la quiebra de aquel hombre de negocios
no fue una venganza de los templarios después de la estratagema del Maine y la
guerra de Cuba. Por lo visto. A veces la Providencia castiga sin piedra ni
palo.
Curiosamente
en la actualidad uno de los centros de florecimiento de la trapa cisterciense
es California, Nueva York, Connecticut y Nuevo Méjico.
n una dársena del puerto neoyorquino. Unos estibadores al cabo de tres décadas descubren el contenedor y las piedras van a parar a Miami (el ábside) mientras el claustro se queda eESPAÑA MI NATURA
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