TERESA DE AHUMADA APOTEOSIS
CRISTIANA
XXX
FRAY DIEGO DE YEPES CONFESOR
DE LA SANTA Y DE FELIPE II APORTA UN ENFOQUE DIFERENTE A LA HISTORIA MÍSTICA DE
ESPAÑA
XX
NUEVA VISIÓN DE LA VIDA Y LA
OBRA DE TERESA DE JESÚS
por ANTONIO PARRA
CAPÍTULO I
1) De cómo llegó a mis manos
el manuscrito del Padre Yepes, confesor de Felipe II y de Santa Teresa de
Avila.- 2) Entusiasmos y cansancios de España.- 3) La cruz venció al candelabro
y a la media luna.- 4) Esta recia española agrupa en una las tres almas que
tuvo la catolicidad castellana.- 5) Hay que creer en el milagro.- 6) La vida
bien vivida de una santa en el límite de una sensualidad mística.- 7) Ama y haz
cuanto quieras. 8) El temple anarquista de su espiritualidad capaz de hablar
con Dios sin intermediarios.- 9) Ir por los caminos con Cristo pegado a sus
alpargatas que entre los pucheros también anda el Señor.- 10) El justo no goza
de vida tranquila.
29 de octubre
de 2001
Ayer domingo
llegó a mis manos en Villalba un manuscrito o pergamino encuadernado en pasta
española con algunos desconchones en la tapa, sin portada, pero voluminoso
libro escrito por un confesor de la Santa. Es poco conocido y el contenido del
texto puede revolucionar los estudios teresianos porque el autor, testigo de
cargo, maneja elementos de primera mano, desconocidos tal vez olvidados sobre
el asunto, sazonado en una prosa escueta, sencilla y de rancio sabor castellano
donde las palabras suenan altas, concepto macizo y verbo ajustado. La
hagiografía es importante porque está en sintonía con el ambiente, la época,
los grandes temas y los problemas subyacentes. Bajo el manto de una inquietud
religiosa late el descontento económico del que pingaba hidra amenazante de la
bancarrota, la desigualdad social y el cansancio, esa desilusión de España.
Toda una sociedad confiaba en el milagro. Como éste rara vez llegaba, se daba a
los naipes, al vino, a los juegos de toros y cañas, alternando trisagios y
novenas en los templos abarrotados y servidos por un cuerpo sacerdotal que
nunca fue tan numeroso, con las casas de lenocinio. Putas, tabernas y sotanas
sobraban en aquella nación de reyes pasmados y de una inmensa mayoría ociosa
aguardando el maná celestial o las miras puestas hacia Sevilla por si era
llegada la flota con sus galeras onerarias, y el oro y la plata, de arribada.
Los barrios pecadores siempre se apiñaban bajo
el manto de la santa catedral. España hacía el amor y luego, arrepentida, pero llena de vida, rezaba. Y en su corazón
lo celestial y lo macabro se terciaban. Los espectáculos de mayor concurso:
correr el gallo y un auto de fe con mucha chamusquina y coroza. A los gallos se
les arrancaba la cabeza desde un caballo a galope, y los reos marchaban hacia
el cadalso con las manos atadas a lomos de un asno cara atrás, cubierto el
rostro con el capuz de los penitenciados por el Santo Oficio. Jamás se conoció
tanto brío genésico por estos reinos. ¿Quién podrá llamar pacata a esta
sociedad con tantos orígenes raciales y aleaciones y cruces por de más? Pese a
lo que digan muchos autores, aquí se supo tomar sabor a la vida, cada uno a su
aire, español soy hasta la gola y la libertad es española con barras de Aragón,
se jactaba Gracián[1].
Y hay algunos que como Juan de la Cruz y Teresa de la Cruz subliman el denso
voltaje sensual y lo transforman en poseía y en prosa mística, alteza de miras,
visión de águila remontandose a las cumbres donde el alma se siente capaz de
hablar de tú a tú a su creador.
Su lectura en la cual me enfrasco una noche
cálida de octubre, mes teresiano, mes de plenitud, puente de vísperas de todos
los Santos con las cadenas radiales perdidos en sus circunloquios sobre la
infidelidad como hecho consumado en esta sociedad descristianizada y donde todo
vale pues en ese aspecto el sexo no es
pecado ni hay cielo, aunque nos quede un buen trozo del infierno para cundir
mucho rato, supone como un vuelo a Marte en elevador portátil sin necesidad de
esas andaderas que llaman naves espaciales. Era un carácter extremista que
llenó Europa de casas donde se practicaba la penitencia hasta el límite: la
santa fetidez, la santa descalcez, el menoscabo de todo lo relacionado con el
cuerpo en grado supino, para vencer las inclinaciones de su naturaleza que le
atraillaban a una sensualidad bien marcada. Era lo que se dice una verdadera
hija de la raza. Se observa en ella toda esa castidad judía que uno se
encuentra ahora al llegar a cualquier “kibutz” israelí donde la carne pesa y el
cuerpo es un regalo de Dios no para el placer sino para servirle mediante el
trabajo. El menoscabo a las cosas del mundo entronca con el lado místico de los
escritores masoréticos y los cabalistas. Lo llevaba en los genes Teresa. Era
herencia de sus padres. En ella se detecta la ascendencia del candor, el
optimismo escéptico del pueblo viejo afincado en la lectura del Libro de los
Libros que siempre ha creído en el poder de la voluntad y en su destino. Está
llena también de las contradicciones e iteraciones de la biblia. Su existencia
fue una búsqueda perenne de ese monte Carmelo, monte Sión, grabada en el alma
judía que siempre desea regresar al monte donde Elías se enfrentó a los
sacerdotes de Baal.
Luego fue
peregrina y anduvo muchos kilómetros de acá para allá dando pasos inciertos por
la Meseta y en eso quiso imitar a sus ancestros que fueron inquietos e
itinerantes como los profetas de la casa de Israel y el propio Jesús siempre en
ruta. A todas las horas con el pie en el estribo que le llevara por los pueblos
de Galilea y la Decápolis. Tanto su vida como sus escritos es una perenne
“aliya”que en lenguaje cabalístico es la ascensión del monte santo. Y no un
“yored” o descenso. Si se analiza esta trayectoria, se observará que la vida de
Teresa constituye una subida,
Las Teresas
de ahora mismo, arremangadas de modernidad y destilando revancha, han
dado la vuelta a los argumentos después de haber escuchado nuevamente el silbo
de la astuta serpiente que engañó a su abuela, los quiciales boca abajo, en
esta carrera desenfrenada por la inversión de valores en que nos anegamos, y ya
no les queda a estas “españolitas” de rumbo patricio más que el nombre, y el
carácter peleón arduo de su patrona.
Porque son hembras de armas tomar, mujeres de rompe y rasga. ¿Dónde se oculta
la mano culpable de tanta violencia de género como contra nosotros se desata?
¿Dónde está el temple ancestral de una Esther, princesa de la luz, o de Judith
la fuerte? Alguien ha destapado la olla donde se guarda el puchero enfermo de
la revancha. Se ha roto el asenso que ha permitido que las místicas de antaño
persigan con furor perverso alcanzar la crítica de la razón pura feminista. En
cada familia, en cada tálamo, debajo de las sábanas, se viven sórdidas y
cerradas batallas de guerra civil. Una guerra que nunca estalla. Eso es lo malo
y de la que tenemos sólo noticias mediante algunos sueltos colocados en la
sección de la página negra de los periódicos. Un hombre mata a su mujer y luego
se suicida. Un hombre acribillado a balazos por un guardia urbano después de
una riña conyugal. Etcétera. Las Teresas de nuestros sueños han dejado de creer
en el más allá. Siguen una dieta equilibrada y hacen ejercicio físico yendo al
gimnasio para durar acá abajo y disfrutar que lo que se nos promete allá arriba
es incierto. España ha dejado de ser católica. ¿Algún día lo fue
verdaderamente? A lo largo de este
estudio del mito teresiano que tiene relación con el hic et nunc entreviendo la
realidad y la circunstancia me propongo aforar, si puedo, algunas respuestas a
este misterio desde el amor tenaz y el desasosiego pertinente e impertinente.
Dicen que vivimos en el mejor de los mundos posibles pero éste no podrá
entenderse sin el misterio de la cruz y el dolor de Cristo que con su pasión
venció al demonio. La historia de Teresa de Jesús es la narración de un
embridado coraje.
Nos hallamos en el nádir de todo lo que quede
tejas arriba. Este es el mejor de los mundos posibles, insisten los
críticos. Los conceptos que aparecen en
esta semblanza biográfica de bello trazo y mejor factura recuerdan una historia
de ciencia-ficción en la cual el hambre y la honra juegan al escondite, y hay
intervenciones celestiales para cualquier apuro, coloquios con el Omnipotente.
“Yo no quiero que tengas conversación con hombres sino con ángeles”, le
comunica la voz misteriosa en uno de sus arrobos. Teresa lleva a su propio Dios
pegado a las alpargatas, pero ni el lenguaje ni la mentalidad se entienden
aparentemente al día de hoy, por más que estas secretas intimaciones fueran
transmitidas en el más llano y castizo romance.
Cuando la aprietan demasiado sus detractores contra las cuerdas, invoca
la autoridad divina que se ha puesto en comunicación con ella para decirla lo
que se ha de hacer. La palabra de Dios por encima de la de los hombres, rabien
los inquisidores como el Tostado, se chinchen los nuncios como Sega, y que se
confundan los muy reverendos señores arzobispos.
¿La sociedad española ha cambiado tanto o
siempre fue así? ¿Qué fue antes la palabra o la idea? En cierto modo esta
autora con independencia de que se sea o no creyente en los valores que
preconiza nos invita al banquete de la palabra. Escribiendo de mística nos
enteramos al propio tiempo de pucheros y de recetas culinarias. De paso, nos da
cumplida noticia del ambiente de la España en que vivió. De sus sueños y de sus
zozobras a un paso de Dios y de la hechicería. Ya siendo monja es sacada del
monasterio para someterse a un tratamiento de curandera en un pueblo
precisamente donde había una sorguina que había echado mal de ojo a un cura y
tenía dominio sobre su voluntad bajo sortilegio. Pero Teresa como Juan de la
Cruz no son cantores de un crepúsculo sino de la aurora de una nación llena de
bríos. ¿Quién habló de decadencia? Amaba a Cristo con toda la fuerza de su alma
y el brío de su carne ofrecida en holocausto y esta fuerza relación con su Dios
no es más que una manifestación de pasión por la vida y de su horror por la
muerte con su hilarante obscenidad. El judío ama la vida con tal fuerza que el
martirio no está establecido en los cánones talmúdicos salvo en un estado de
necesidad, la ley mosaica es una exaltación del mundo en que vivimos habida
cuenta de que las nociones que se tienen de la gehena, del seno de Abrahán y
del limbo, son harto imprecisas y descabalgadas. A la Santa le daban pavor los
muertos, sobre todo, los muertos ambulantes. Sabía lo que quería. Por eso escribió sus obras de seguido sin
tachaduras ni borrones. Sin una mala vacilación ni notas al dictado de la
misteriosa voz celestial que le intima desde el otro lado de la luz, y sin
notas ni prontuarios aunque sabía un poco de latín. Es esto casi un milagro que
una mujer sin letras despliegue extraordinaria cordura verbal y alcance un
estilo tan depurado, muy lejos de los planteamientos retóricos y tautológicos
con los que algunos literatos en su día, y a las actas de hoy, embadurnan y
disfrazan la realidad. Teresa, alarife del Señor, con el tesón canteril de un
picapedrero, esculpe imágenes para la posterioridad, raleas angélicas, y lega y
bisoña en el arte de las letras se nos revela como auténtica maestra de
latinidad. Redacta en estado de éxtasis guiada por una mano que hace volar la
pluma sobre el papel hasta alcanzar las cumbres más altas. Cierto que vivió una
cultura de la muerte y donde lo póstumo se exaltaba en la desmedida con que actualmente
se obvian velorios y ritos funerales. Así y todo su vida y su obra fueron un
canto a la vida de gracia antes de que bajara la marea del pesimismo que se ha
de abatir sobre la nación española de forma implacable.
La mayoría de
los autores dan por insegura una entrevista de la monja reformadora con Felipe
II pero aquí, en esta biografía del P. Yepes, a cuya autoridad apelaron siempre
los tratadistas de la descalcez, se sienta por hecho un cara a cara entrambos, en una visita de adiós
que debió ocurrir en el verano o en el otoño de 1577. Los dos son recios,
tienen carisma y con su estigma van a marcar los rumbos de nuestra historia, en
lo espiritual, en lo político y la mentalidad, porque el espíritu teresiano
parece encontrar una rara sintonía con el católico emperador. Se dice que la
encareció Su Majestad “rogase por él”,
pues dudaba que con simples medios humanos pudiera ser llevada adelante la
tarea que tenía entre manos gobernando a toda la esfera armilar sobre unos
dominios donde no se ponía el sol, en católico y con parsimonia de monje. Y
este mismo encarecimiento lo confiere en otra carta: “Encargadle ruegue por mí
a Nuestro Señor y por mis reinos”.
A su augusta persona acude en lo más recio de
sus tribulaciones cuando el Tostado, un portugués, amenazaba con recluirla en
la Encarnación en celda de confinamiento solitario. Al igual que el autor de
esta amplia y documentada hagiografía, fray Diego de Yepes, al cual desterraron
del priorato de Zamora a uno de la Rioja. En Soria sostiene una entrevista con
Madre Teresa a la que comunica sus inquietudes; ella, que tenía don de conocer
conciencias, le anuncia que pasada la tribulación llegaría a ser rehabilitado
en su Orden[2].
Nadie estaba seguro en la España de aquel entonces; incluso el propio primado
Carranza, la mano derecha del rey, murió en prisión, relapso en herejía, sin
retractarse de sus ideas en favor del cambio. Juan de Avila purgó tres años de
cárcel lo mismo que Juan de la Cruz nueves meses en una exigua ergástula
conventual de Toledo de la que huyó descolgándose por un ventanuco; como pesaba
poco el pobre frailuco, la cuerda
confeccionada con tiras de sabanas e hilos de una cobija no se quebró. Sabemos
que siempre andaba con tomos de tratados místicos de acá para allá y las
artolas de su mula cargadas de relojes de arena para así mejor cumplir con la
regla conventual.
Aunque sean escasas las noticias de la vida de
este autor, es más que probable que Diego de Yepes fuese de raíz conversa y
tuviera que ver o fuese pariente del mismo san Juan de la Cruz, según nuestras
conjeturas. Está escrito el manual, que a veces recuerda a un libro de
maravillas por lo sabroso de su relato y la enjundia de su trabazón verbal que
no aburre ni cansa, (se lee todo de un tirón), a doble columna en xilografía y
hay adornando las entradas hermosas capitulares. Un colofón con el ADMDG al
final de sus cuatrocientas y pico
páginas en tipografía del cuerpo catorce.
La mayor parte
y más principal de esta Vida y milagros está tomada de su misma fuente, y
original, que es lo mismo que yo vi y experimenté en esta Virgen[3].
Se trata de un
testimonio de primera mano y de capital precisión. Fray Diego de Yepes, a
despecho de la oscuridad conventual en la que discurre su carrera, escritor
minusvalorado, por la riqueza de su lenguaje directo y claro, que convierten
sus textos en algo animado, muy de hoy, parece ser que fue un eclesiástico
importante sabedor de confidencias y de no pocos secretos de Estado; nació en
la villa toledana de su nombre, ingresó en los jerónimos y llegó a ser prior
del Escorial. Sabemos que estuvo penitenciado y desterrado en La Rioja. Esta
merma no fue óbice para que ocupase uno de los cargos más codiciados: el de
confesor regio. En el regazo de este monje piadoso y letrado reclinó sus cuitas
nada menos que Felipe II. Al propio
tiempo, fue testigo ocular de los transportes celestiales y mercedes de la
Mística Doctora, en su capacidad de consultor suyo y guía espiritual durante
catorce años. Ocupó la sede episcopal de Tarazona donde curiosamente décadas
adelante iba a florecer otro misticismo tan señalado como el de la Venerable
María de Ágreda. Allí había ido desterrado de su monasterio de Zamora en
circunstancias poco aclaradas cuyo jaez hoy se desconocen y están reclamando ya
el escrutinio del investigador.
¿Fue este obispo impulsor de esa corriente de
espiritual tan española que trasciende todo el siglo XVII hispano? ¿Promovió
las campañas contra los protestantes como la Invencible y en cuanto
teresianista tuvo alguna relación con los alumbrados y dexados puesto que la
idea motriz que impulsaba a los conversos era del todo exagerada y mesiánica:
la sumisión de la tierra a la ley evangélica al amparo de un solo poder
espiritual y temporal convergente en la tiara romana y el cetro imperial español?
El sionismo no es más que una manifestación de este impulso en la era atómica.
Israel se siente abocado a ser luz de las gentes. Por desgracia su candelabro
no luce ya con rayos de cruz. Por eso son peligrosos los tiempos de apostasía
que vivimos, porque se ha renunciado a Cristo y porque su norma aparentemente
no es regla de vidas.
Tiene su enjundia, o desde luego parece un
contrasentido, que gran parte de los asesores religiosos - Arias Montano,
traductor de la Biblia y desengañado del mundo así como el cardenal Silíceo-
del Rey Prudente fuesen alumbrados.
Víctimas y victimarios pertenecían al mismo elenco, y por eso tal vez se
dijo que aquí fustigadores y fustigados son siempre los mismos. ¡Misterioso
país! Conjeturas a un lado, Soria entre
Castilla y Aragón, y por donde pasó en su huida acogiendose a altana en un
monasterio cisterciense de Teruel Antonio Pérez[4],
vio el resurgir de una importante corriente mística arraigada por largo tiempo
en las parameras sorianas. También estuvo patrocinado por los Mendoza y la Casa
de Medinaceli cuyo origen de todos es conocido.
Por supuesto
que el prior de la Orden Jerónima, el instituto religioso más importante
durante los primeros austrias, con grandes propiedades en los cinco reinos y al frente de un convento tenido por
verdadera corte, no era un donnadie. Puede asegurarse que gracias a su
valimiento se encauzase la reforma carmelitana con vara alta en la cancillería,
gracias a los buenos oficios cortesanos del fraile que pararon tanto al husmeo
del inquisidor en acecho como la cólera de los detractores y del nuncio papal
sobre todo. La Santa, parece incontestable, tenía buenas aldabas. Ante el cetro
hubo de achantarse la vara del corregidor. Con su mano izquierda sabía revolver
Roma con Santiago. Nunca se hacía de pencas.
En Avila sus
paisanos quisieron empapelarla y en Santa Cruz de Sevilla, calle de Armas donde
estuvieron instaladas al principio sus monjitas se vio aparecer junto a las
puertas del Carmen Descalzo a los corchetes del Santo Oficio, que andaban siempre
en mula con una gualdrapas rojas a las que iba zurcida una cruz morada. Los
cuadrilleros temibles se les decía. “No me entiendo con las gentes de
Andalucía”, se lamenta en una de sus cartas durante una rara ocasión en ella de
desfallecimiento. Nunca pudo
acostumbrarse a aquel calor ni a aquella gente que en plena misa rompía a cantar y a bailar. Otras
costumbres y otros donaires que impresionan a la austera castellana. El vino
más barato que el agua y muchos borrachos en los mesones. Capeó el temporal
como pudo y escribiendo se hacía compañía a sí misma aunque a la sombra de la
Giralda todo fueron tribulaciones y en Sevilla escribió poco. Excepto algunos
memoriales y pliegos de descargo contra las lenguas envidiosas y maldicientes
que la acusaron de andar por amores con uno de sus capellanes. El único lugar
donde todo marchó sobre ruedas en el negocio de sus fundaciones fue Palencia,
“de la que no quiero dejar de decir loores” pero en Alba, en Segovia, en
Medina, en Pastrana, en Avila, en Toledo, en Malagón donde convirtieron para
convento una vieja mezquita, en Villanueva de la Jara, en Soria, en Burgos, en
Salamanca, en Valladolid, todo fueron sinsabores. Parece que se repite siempre
la misma película. Caridad cristiana y comprensión lo que se dice en estos
burgos y villas podridas encontró poca. Pero se sentía trascendida por el
cometido de una misión que cumplir. Una luz ilumina pues sus escritos y hay una
rienda que le lleva por el camino a remolque de arrieros, malsines, jorguines
que veían el futuro, jovenados sin experiencia que querían profesar en la regla
carmelita, canónigos engreídos, soldados con poco corazón, picaros y perailes,
lidiando en su peregrinar con aquella hampa hablando con Jesucristo y teniendo
que verselas a cada paso con la gente del bronce. Su existencia fue una
contradicción a lomos de una mula. Dios cabalgaba a las ancas aunque con
frecuencia el diablo hace de lacayo disfrazado con frecuencia de frailón. Pero
Teresa a pesar de todo nunca suelta la brida ni dejó que se le desbocara su
jumento ni sucumbió tampoco al huracán de empellones y de protestas.
Fue publicada
la obra en dos tomos en 1602. Hubo una segunda reimpresión supervisada por fray
Diego en 1614 y otra, que es la que supuestamente manejamos en 1776, con
aumentos sobre ediciones anteriores. Alberga un propósito edificante “que
encamine a servir a Dios, objeto principal que debe tenerse en la vida de los
santos, por ser lo que más vale” y está dedicada al papa Paulo V[5]
al que dice que quiere ser pregonero de su virtud en agradecimiento de sus
favores. Se siente en todo momento no sólo devoto sino también testigo de
cargo. Estamos ante el verdadero propulsor y mentor de los cultos
teresianistas, que fraccionarían a España en dos durante bastantes años. Ya se
ha hablado bastante de este pleito entre la descalcez de alpargata y el carmen de la mitigación o
del paño, que volvió a escindir la nación en dos barbechos una vez más y como
siempre para no romper una gloriosa costumbre de enfrentamientos por
tiquismiquis aparentemente de poca monta pero encubridores de esa dicotomía
profunda que a muchos les hace pensar seamos un pueblo con el alma y con la
mente partida en dos. Esquizoide. Aquí por menos de nada se prepara la de
valganos dios cuando surgen bandos. Santiaguistas y carmelitas descalzos a la
greña anduvieron durante el valimiento
del conde duque Olivares, que era de rama conversa, muy cruel y muy beato, y
con él tuvieron mano los judíos ocultos,
por lo que no vamos a insistir en ello. Baste decir que los primeros
tuvieron como valedor a Quevedo y algunos representantes de la nobleza y de la
ordenes militares. Son los comerciantes y mercaderes marranos los que secundan
la otra opción. Se trata de una visión enfrentada del mundo que esconde un afán
en parte de las vanaglorias pero estrictamente hay oculto un motivo económico.
Yepes advierte
que Teresa fue la mujer fuerte de la que habla el Libro y salpica su tratado de
acotaciones escriturarias. Sin estudio humano una flaca mujer sin arrimos, por
ser todo el saber recibido de orden divino, escribió libros plagados de
celestial doctrina. Gozó de favores del
cielo y otros emolumentos, con visiones, revelados y hablas de Dios, pero con
mucho fueron mayores sus trabajos y dificultades que con pecho más que de varón
venció por Xto pasando por alto los dones de profecía, de discreción de
espíritus y la gracia de hacer milagros con la que en vida y en muerte estuvo
galardonada. En su entusiasmo teresianista llega a decir que esta “virgen ocupa
un sitio en la gloria inmediatamente después de Santa María”. Es un libro muy
denso de conceptos y ameno a la vez. La dedicatoria está datada en Tarazona a
uno de agosto de 1606.
En el prólogo
aduciendo la referencia de “las personas graves y doctas que aprobaron el
espíritu de la Santa Madre abadesa” se realiza un elogio de la virginidad
monástica en una prosa castellana llena de sensualidad casi voluptuosa que hará
a algunos interrogarse acerca de la materialidad de estos desposorios del alma
consagrada con el Señor. Muchos no lo entienden porque es una de las paradojas
del camino de perfección en el que sus viadores se alimentan del maná
escondido.
Esto suena
algarabía, señala, citando a san Bernardo, para los no iniciados en esa ruta y
Agustín les llama a los que no entienden tales arcanos hombres de ojos
embotados incapaces de tasar nada que no tenga que ver con los sentidos. Es el
problema de siempre: el milagro, la ruptura por Dios de las reglas del juego
por sí mismo implantadas. Pero los portentos existen y ahí están los santos
para refrendarlo con sus ejemplos de virtudes colmadas, para escudriñar los
escondidos secretos y ocultos misterios de la gracia. Fe es creer lo que no
vimos por lo visto. Y meigas haberlas haylas.
Es el texto un
regalo estilístico desde el principio. La prosa de este autor aunque se crea
poco en lo que dice, mas bien el cómo lo trata, resulta un manjar exquisito.
Porque glosa a una mujer de pocas letras la cual tuvo la dicha de mover la
pluma bajo la inspiración directa del Espíritu Santo de modo que sus escritos
descubren penetrales insondables del poder infinito. En ella se dieron
ayuntamientos de milagros como la conservación de su cuerpo incorrupto y
prerrogativas inexplicables. Su fama así como la noticia de su tránsito
conmovió a sus contemporáneos y en la España de fines del s. XVI constituyó
suceso sociológico y psicológico. Conviene tener presente que la mística de
remate sustituye a la literatura fabulosa de la caballería andante. Teresa viene a convertirse en Amazona del
Dulce Nombre; en mujer, un paralelo al Caballero de la Triste Figura al que el
amor de Jesús dio su acolada y en cada uno de sus dieciséis conventos abiertos
a iniciativa suya vela las armas en pro de la religión, casi la única quimera
que nos quedaba. ¡Qué grande!
Se atisba un cansancio con la realidad y
Castilla siguiendo los pasos de don Quijote vuelve a la aldea cansada de
pelear. Se recoge. Tener presente este desacierto de lo mundano que se torna en
desistimiento de la idea imperial, según Menéndez y Pidal. Sin embargo, no se
ha desceñido todavía de la Tizona del Cid y sueña en la fundación de la ciudad
de Dios, en el advenimiento de su reino. España por la utopía. La monja
carmelita sale al campo a desfacer entuertos y no encuentra gigantes ni molinos
de viento. Lo que encuentra son arrieros desabridos, venteros mal encarados con
habla de reniegos y que como el agua estaba más cara que el vino por aquel
entonces no dejaban de mano el pitorro de la alcarraza que regaba sus gargantas
resecas con el chorro dionisíaco de ese vinillo alegre color corinto, de
Andalucía o de la Mancha. A veces se atropa con ángeles y los santos de su
devoción bajan desde la corte celestial a visitarla y consolarla, pero lo más
que encontró fue villanía, incomprensión de los suyos, sendas extraviadas,
clérigos un tanto burlones, curas de misa y olla, algún que otro santo,
jesuitas reformadores, jiferos y matarifes moriscos que todavía sacrificaban
sus reses mirando hacia la Meca en corrales secretos y pasadizos que tenían por
norte la alquibla y donde se prosternaban zalameros de Alá en la azalá
quíntuple día tras día , duquesas caprichosas, confesores rigurosos,
maniáticos, obsesos y abusadores, reyes prudentes, burlas de tarde en tarde, el
hambre y la sed casi siempre, los hielos de Castilla y los soles andaluces
abrasadores. Riadas y crecidas como la del Arlanzón en Burgos y la del Tormes.
¡Qué vitalidad!
La gente mira
al cielo esperando favores e intercesiones. Algunos parece que lo logran pero
¿qué puede haber más allá del panegírico? Lo curioso que es una época que no se
siente preocupada por el sexo, que entonces llamaban honra, o por la riqueza
sino por el mas allá. Esta preocupación se plasma en una obra de Tirso de
Molina “El condenado por desconfiado” que a decir de Menéndez y Pidal remonta sus
orígenes a una fábula oriental muy antigua[6]
donde se aducen las razones del amor divino y el humano. El riguroso Paulo que
pasó su vida haciendo penitencia tiene un momento de debilidad cuando bebe un
vaso de vino, se emborracha va a la ciudad y allí fuerza y mata a una mujer,
mientras que Enrico, un verdadero malhechor que había pasado su existencia en
salteamientos y latrocinios pero que cuida de su padre anciano con amor
solícito, al fin de sus días en la horca comulga y confiesa y muere arrepentido.
¿Los rezos al ermitaño de qué le aprovecharon? viene a ser la tesis de este
drama. “Seis doncellas he forzado. - se declara el facineroso protagonista-,
falsos fingido y quimeras, hecho máquinas y enredos”. Sin embargo, Paulo como
se le apareció el demonio y le dijo que los actos no son nada, que viviera a su
albedrío puesto que al final todo iba a dar igual optó por la desbandada y un
día le dice a su pinche Pedrisco dejar aquello, “de estos altos robles los
hábitos ahorquemos” y parten caballero y escudero como Pólux y Castor, con el
leal Pedrisco a las ancas y en el mismo caballo, camino de Nápoles. El tema
está tomado de una vieja leyenda de la caballería andante, y recordemos que
Teresa es una romera de Dios que va por los caminos fundando casas de oración.
Enrico se salvó porque amaba y Paulo el devoto
se condenó porque su alma era toda ella un poso de odio. El problema teológico
que plantea Tirso casi dando razón a los volterianos, los cuales alegan que la
religión no ha traído más que disensiones, odios y guerras y que no hubiera
menester de tantos ritos que por nuestro malhado no sirvieron sino para
contiendas y resquemores, es de
envergadura. El mercedario con su astucia característica no se desciñe un ápice
de la línea ortodoxa pero en su “Condenado por desconfiando” viene a hacer
sonar bocina de advertencia contra la beatería. En el fondo el problema le
parece irresoluble lo mismo que el de la fidelidad de la mujer en quien tampoco
confiaba demasiado. Anareto, el padre doliente de Enrico, le hace la siguiente
recomendación a su hijo a la hora de
tomar esposa: “ Procurad no sea hermosa porque cual marido alcaide no seáis de
una cárcel de hermosura donde la afrenta es forzosa y con celos no le deis pena
que no hay mujer que no sea buena si ve que piensan que es mala”. Esta
preocupación por la honra se encuentra también presente en los escritos de
nuestra Santa aunque por pudor pasa de largo y lo aborda muy de pasada, los
inocentes galanteos de su juventud fueron a sus ojos pecados enormes por los que
hace penitencia en la madurez y ya de vetusta. Pedrisco el fiel escudero del
ermitaño “yo he de ir contigo a las ancas en tu misma mula cuando cabalguemos
al infierno” se siente un desdichado a los que infaustos hados del destino dan
carena. Aquí se juega con el espinoso asunto de la predestinación. Establece la
teología luterana que de poco te sirven tus esfuerzos si naces apartado de Dios
o como dicen los árabes marfuz. Y al final de la obra aparece Paulo el
santurrón “ceñido el cuerpo de fuego y en culebras cercado” mientras que el
facineroso Enrico, que contaba con mejor estrella, se le ve ser transportado al
cielo en volandas por escolta de ángeles desde el mismo patíbulo donde hacía
cabriolas y se columpiaba su cuerpo exánime. El gran dramaturgo, que tenía tan
buen conocimiento del alma humana y que estaba muy ras con ras con el sentido
común del pueblo llano, pues no era un místico, hace un bosquejo del destino
del hombre abocado a una suerte que desconoce y que él no ha elegido de grado:
infierno o paraíso. ¿Por qué unos nos condenamos y otros nos salvamos? Es la
misma pregunta que en su vida y obra se hace Teresa de Jesús. Las respuestas en
el “Condenado” y en “Camino de Perfección” vienen a ser análogas pero nada
puede ser demostrado por procedimiento matemático. Y digamoslo bien alto para
que nadie nos pueda argüir de negligencia o de falta de rigor: el bien y el mal
se estabilizan en un mismo plano y a veces de tan intrínsecamente unidos como
están hasta parecen compatibles. Es fundado suponer que la misericordia
infinita al final se aplacará de nuestras flaquezas pero esa solución no era de
recibo en el siglo XVI.
En las
costumbres, con todo, hubo pocos tiempos más tolerantes y laxos, antes de la
poda de Calvino y de los rigurosos jesuitas,
en nuestra historia como aquel pero la religiosidad era recia, fuera de
lo común hasta el extremo de que las visiones suelen acabar con frecuencia en
orgías carnales entre los alumbrados. ¿Cuál es la raya que separa al aberrado
del verdadero siervo o sierva de la religión? Magdalena de la Cruz, la vidente
cordobesa, que decía que había llevado a Cristo en sus entrañas y que “estuvo
preñada del Espíritu Santo” murió en la hoguera, y Teresa canonizada por un
pueblo que se disputaba las reliquias de su cuerpo agotado.
Es muy difícil
delimitar los campos o discernir los hitos de separación en este continuo mundo
de intercadencias e intercambios. Se buscan refrendos y apelativos de
autoridad; no podía ser de otra forma en una sociedad que siempre pide
ejecutorias de la hidalguía, obsesionada
de la estirpe ortocéntrica, la honra y el buen parecer. Hace entonces una
relación de los avales que certifican la buena conducta y ascendencia de la
hija de Rodrigo Cepeda. Quiere demostrar en todo instante su buen linaje y que
lo suyo es cosa de Dios que así se lo manifiesta por conducto de apariciones y
hablas al oído, arrobamientos, etc.
El primero es
fr. Domingo Bañez, catedrático jubilado de Prima en Salamanca, teólogo ilustre,
que confesó a la Santa mucho tiempo, encargado de sus alabanzas fúnebres en Alba, que medió a
su favor con un sermón en la catedral abulense cuando toda la ciudad se volvió
marejada de hostilidad y de murmuración contra la reforma carmelita. El
segundo, otro dominico, Bartolomé Medina, quien se mostró refractario a admitir
las dádivas que recibía reputándolas por supercherías, pero luego de confesarla
un día cambió criterio. Diego de Covarrubias, obispo segoviano, Juan de las
Cuevas, obispo de Avila. Diego de Chaves, confesor que fue -uno de los muchos-
del rey Felipe II y prior de Santo Tomás de Ávila, Fernando del Castillo,
historiador de la orden dominicana, García de Toledo, comisario general de
Indias, Pedro Fernández provincial del que es el dictamen que después de
tratarla dijo que había entendido ser posible que las mujeres puedan seguir la
perfección evangélica, de lo que con anterioridad a su encuentro con la Mística
Doctora mucho dudaba. La misoginia era una corriente de pensamientos por
aquellos días locos de viento cierzo. Así lo avalan los versos que transcribo
de uno de los mayores, y no menor por lo arrinconado y romántica vida de monje
giróvago que huyó del monasterio cisterciense de Moreruela y se enroló en las
banderas que peleaban por el emperador en Alemania. Me refiero claro está a
Cristóbal de Castillejo. Muerto en el sitio de Viena en 1556 peleando contra
una de las múltiples algaradas turquesas.
¿Qué se espera
de quien tuvo el diablo por maestro?
Y en otro
pasaje estampa ese desden hacia el amor profano que late el menoscabo de la
mujer en el plano humano glosando un sorites escalonado en contundencia
irrefutable que se enseñaba en las escuelas catedralicias durante el medievo:
“Quid levius
vento? Fulmen/ Quid fulmine? Flamma?/ Quid flamma? Mulier/ Quid muliere?
Nihil.”
En pocos pasajes
de la literatura española se plasma este desencanto o desasimiento de la idea
imperial de la cual habla Menéndez y Pidal como en estas estrofas del
imponderable Castillejo:
¿Quién te
engañó, Castillejo, / Estando bien en España./ A venirte en Alemania/ Para
dejar tu pellejo./ En tierra ajena y extraña?/ No me engañara esperanza, / Ni
apetito de favor./ Ni deseo de privanza; / Mas engañóme el amor; / Y este dio
causa al yerro; porque amó/ A su rey demasiado, / Con lo cual se han engañado/
Otros muchos como yo.
Nietzsche habló
del ser y la nada pero este poeta renacentista que se opuso a la introducción
de las novedades italianizantes se refiere a la mujer como la pura nada, el
polvo infinito.
¿Cuál cosa hay
que ligera/ pasa el tiempo y no reposa?/
El rayo que sale fuera. Y al rayo? Lo llama fiera./ Y a la llama qué
otra cosa?/ La mujer. Amor loco todo es viento.
Esta tradición
misógina arraigaba desde los primeros eremitas. Se huye de la mujer pues es la
dueña del amor y el amor es la otra cara de la muerte. Sin embargo, se trata no
de la mujer real sino de su ficción. Locura fantasmagórica. Del diablo que se
disfraza de los atributos femeninos. Cuando Hilarión, Pacomio, Sabas, Antonio u
otros solitarios resisten a la tentación de la mujer representada como un
jardín de deleites parece que caen en la trama de sus propias fantasías. Y la
mujer que les atormenta no es la de la maldición de Yahwé al expulsar a los
primeros moradores del paraíso: “ parirás los hijos con dolor y estarás
sometida a tu marido”. Teresa sueña
restituirla a su primitivo estado de gracia mediante la abnegación, la castidad
y el desprecio de todas las cosas del siglo. Al devolver a la regla carmelitana
a su primigenio rigor quiere que sus pupilas sean émulas de aquel san Hospicio todo
comido de piojos. De Macario el bienaventurado que pasó su vida dentro de una
charco de limo. Se fija en María la Egipcia tostada por el sol del Sinaí, o en
santa Pelagia que nunca retiraba de su cueva los excrementos para oler mal en
nombre de Dios y alcanzar su gracia, o la dulce Isabel de Hungría que se bebía
el agua de los baldes en que se bañaba a los leprosos. Una exageración, una
demasía a lo divino. Su meta se propone alcanzar objetivos revolucionarios.
Intentos mesiánicos, pero el mundo siempre será igual. Nunca pasa nada. La
rienda de las pasiones tira hacia abajo y hay una fuerza de gravedad que nos
ata a esta carne perdedora. Somos rastreros de miras. El hombre no cambia. Por
ese lado resplandece como una pionera de la libertad de la mujer.
La misoginia de Castillejo, que también tiene
muy presente Teresa en su concepción del mundo porque nunca se fía demasiado de
las mujeres, se tercia en su caso con una androfobia al menos sospechosa, si no
fuera porque, entre otras muchas cosas, se aprecia en su personalidad una recia
inclinación hacia la persona del padre, don Álvaro al cual quería con todo el
alma. Este complejo edípico suele ser corriente entre no pocas españolas.
Señala el P. Efrén, otro de sus biógrafos, al respecto:
Había crecido
en un grupo aplastante de mayoría masculina. Conocía al hombre como la palma de
la mano y comprendía sus ambiciones y sus ensueños. Cuando oía a los ascetas
del perfil de su padre que el hombre era un lobo que devoraba a la mujer acaso
no podría por menos de sonreírse.
Para el padre
ella era la niña de sus ojos y en el deseo de posesión va don Álvaro a
reprenderla severamente por sus amistades y por sus lecturas. Empieza a
manifestarse la rebeldía y la cosa acaba, cuando sabe de los pretendientes que
rondaban la puerta de su hija y de una posible boda, de la cual no quería oír
ni hablar enviandola al Monasterio de María de Gracia, pasado el Mercado Chico,
extra muros en la hondonada donde está hoy el Barrio de Santiago. Allí va a
encontrar una persona, sor María Briceño que será determinante en su vida. A su
lado se olvida de los galanteos y lecturas y se entusiasma con la idea de
dedicar su vida al claustro. El bueno de don Alonso responde a este propósito
que albergaba su predilecta con un rotundo “No en mis días”. Pero si el padre
es tozudo la hija pertenece a ese grupo de personas que difícilmente dan el
brazo a torcer. Se vislumbra un poco de la tesonería de que hará gala durante
las fundaciones. Los santos son un prodigio de entereza y fuerza de la voluntad con una salud mental a
prueba de bomba. Y un Día de Difuntos del año 1535 abandona de incógnito el
hogar paterno y se presenta en la portería del Monasterio de la Encarnación,
acompañado de su hermano Juan que desde allí correría a pedir el hábito en los
dominicos.
De los otros
hermanos todos tomaron la carrera de Indias. Hernando, el mayor se embarcó con
Cabeza de Vaca, Rodrigo murió en Buenos Aires y Lorenzo y Jerónimo de Cepeda
harían fortuna en Perú. La milicia era el mejor medio de promoción en la escala
social. Ningún nieto de quemado o descendiente de moro o judío era aceptado
para el servicio, pero allá van leyes do quieren reyes. Si no se hubiera
saltado esta norma a la torera a lo mejor no hubiese habido colonización
americana. Por fin don Álvaro hubo de transigir y dio la anuencia al monjío de
su hija predilecta. Toma la decisión un Día de Ánimas. No hay que echar al
olvido esta fecha porque a quien inauguraba una cultura de la muerte terrenal
para ganar la vida eterna en esa onomástica cuando la Iglesia honra la memoria
de los santos desconocidos y de los que murieron en el Señor van a sucederla
coincidiendo con ese día de lutos terrenales cosas extrañas, tomas de hábito,
decisiones trascendentes o simples sustos como lo que le aconteció a ir a
fundar en Salamanca. Apariciones y obsesiones. La vida de esta mujer está
rodeada de esa aureola de noche de difuntos con resplandores de fuego fatuo y
tañido de campanas en la distancia. Semeja en cierta forma, y a mano contraria,
a la de don Juan de Mañara. Teresa tiene algo de burladora y de seductora pero
para la trascendencia y para la eternidad. Ella, que temía tanto a la muerte,
por ser vital, y pegada al terruño como ella sola pero renuncia a él para
seguir al Esposo quien se le aparece y le habla casi todos los días en un
idioma coloquial.
Juan de Salinas otro escéptico también se
volvió teresianista cuando fue a Toledo a predicar una cuaresma y “la anduvo
examinando y haciendo grandes experiencias con ella y quedó tan aficionado y
enterado de su santidad que con ser hombre tan ocupado la iba a confesar cada
día” llegando a la conclusión de que más que mujer parecía varón y de los más
barbados.
Sigue la lista
con fray Diego de Yangües. Al principio sintió la doctora inclinación por los
domínicos pero años adelante la báscula se va a inclinar del lado de la
Compañía. No sabemos a qué se debió el cambio aunque ella confiesa que para
esto de elegir director espiritual era muy exigente. Otro, Pedro Ibañez regente
y rector del San Gregorio de Valladolid, que tras oírla en el tribunal de la
penitencia durante seis años, emite la sentencia de ser todo cosa de Dios.
Larga es la lista de personalidades eclesiásticas de su entorno a los que
sedujo con su carácter inefable.
El encuentro
con el franciscano Pedro de Alcántara va a ser providencial puesto que fue él
quien más le animó cuando más recias eran en Avila las contradicciones contra
su persona y con mayor ahínco la denostaban. Se alega que por su parte el
propio Pedro Alcántara que era de un pueblo de Plasencia de la familia
Barrantes se animó más a seguir el camino de la virtud. Aumentó sus
penitencias. Pedro y Teresa fueron dos vasos comunicantes y en el Libro de Su
Vida ella se deshace en elogios hacia el gran penitente que alcanzaría luego
los altares. Pero el famoso P. Gracián no sale por ninguna parte, aunque haya
alusiones de pasada a Juan de la Cruz, el cual aparece siempre cargado de
“relojes” en sus viajes pues quería cumplir exactamente con la regla incluso
durante los desplazamientos, en la biografía de Yepes que nos ocupa. Quede como
dato para la posteridad investigadora.
Confesores
suyos fueron los dominicos Mancio, y Vicente Varrón consultor del Santo Oficio,
Felipe de Meneses, y el presentado[7]
padre Lunar prior a su vez de Sto. Tomás de Avila. Francisco de Ribera S.I empleó su vejez en escribir la biografía de
la santa a quien trató. Otro jesuita es Enrique Enríquez[8],
auditor de su proceso de canonización. Rodríguez Araoz y Francisco de Borja la
conocieron en Sevilla donde pasó fatigas y tribulaciones como queda plasmado en
su Libro de las Fundaciones. Bartolomé Pérez rinde elogios hacia la figura de
esta mujer varonil. Gerónimo Ripalda la trató cuatro años y dijo que en todo
dejaba la Madre olor de santidad. Juan de Aguila elogia sus virtudes
teologales. El Padre Salazar rector de Cuenca. Padre Santander, rector de
Segovia y Paulo Hernández consultor de la inquisición toledana apronta esta
versión:
Grande es la
madre Teresa de Jesús de tejas abaxo pero mucho mayor es de tejas arriba. Es
mujer de gran espíritu y trato singular con Dios.
Cristóbal Colón
visitador del arzobispado de Valencia cuando estuvo en Valencia[9].
Aduce este prelado que a través de la oración tuvo conocimiento de muchas
cosas. Allí conoció a fr. Luis Beltrán otrosí puesto a los altares quien la
secundara en sus afanes reformistas y la augura una profecía: que su instituto
así que pase medio siglo dará mucha gloria a la S.I. Otros clérigos y
religiosos de fuste que se cruzaron en su camino y quedaron maravillados de su
virtud, aduce el Padre Yepes, fueron Juan de Avila. Que la acompañara a lomos
de una mula hacanea en todos sus viajes, su valedor y escudero en el
trajín en carro por las dos Castillas,
Extremadura y Andalucía. Sólo una vez usó el coche o la carroza y fue a raíz
del regreso de América de su hermano Lorenzo que le regala fuerte suma de
dineros para su Obra. Luis de Granada que se ocupó de biografiar a los dos y
fue su mentor espiritual. Pero sin duda el más influente fue Pedro de Alcántara
quien la recomendó a los Mendoza, primero a don Álvaro de Mendoza obispo de la
sede abulense y más tarde a la princesa de Éboli con la que no terminó del todo
bien y sale escandalizada a tenor con lo que se lee en Las Fundaciones.
Francisco de
Borja fue muy aficionado a ella y Julián de Avila, su capellán, aporta el
siguiente testimonio:
Yo traté,
conversé, confesé y comulgué a la Santa madre al pie de veinte años poco más o
menos y en todas las fundaciones que se le ofrecieron hasta que Dios la llevó,
fui yo el que la acompañaba y servía. Tuvo la fe muy viva y la esperanza tan
clara como se ha podido ver en los santos y la caridad tan ferviente que
trabajos y contradicciones o desvíos ni otras cosas que sería muy largo de
decir la resfriaban de su caridad... yo la daba de ordinario el Santísimo
Sacramento cada día y la mayor parte quedaba arrobada.
Entre los
obispos que la conocieron figura Teutonio de Berganza, arzobispo de Ebora un
portugués que extendió su obra por Portugal y tradujo algunos de sus libros. El
canónigo de Toledo Belazquez, que ocupó la sede de Osma y más tarde la de
Santiago, la recibía en su casa de rodillas. El obispo de Palencia, Álvaro de
Mendoza y el de Sevilla, Cristóbal de Rojas, otro converso, se profesaban
devotísimos de su persona al igual que el arzobispo de Burgos Cristóbal Vela y
el arriba mentado, de Segovia, Diego de Covarruvias, así como su sobrino Juan Orozco de
Covarruvias que sería preconizado al
solio episcopal de Guadix.
Yuste aduce que
éste en su “Libro de la Verdadera y la Falaz Profecía” propone a Teresa como
ejemplo de virtud a seguir. Se huelgan mucho de haberla confesado el Dr. Manso
ob. Calahorra, Castro, de Segovia, Sierra de Palencia:
Los cuales
engrandecen como es razón la excelencia y santidad de sus virtudes que en ella
experimentaron y tocaron con las manos.
Y entre los
admiradores se cuenta el autor a la sazón ob. de Calahorra y dice que su única
diversión es cantar las alabanzas de Teresa y promulgar sus favores. Don
Fernando de Toledo el duque de Alba dejó al morir tres años después que ella
catorce mil ducados de renta para sufragar los gastos de la canonización y donó
parte de su hacienda para fundar un monasterio de descalzas en Consuegra. El
arzobispo de Valencia Juan de Ribera por mas que no la conoció en carne mortal se
tuvo identificado con su persona y con su obra y fue uno de los grandes
postulantes en pro de su subida a los altares. Lorenzo de Otadui ob. de Avila
dio diez mil ducados para construir el monasterio de la Encarnación. Eran por
así decirlo los “famosos” de entonces. Merecían la atención pública no por sus
conquistas sexuales o por sus desenlaces sino por sus arrobos místicos. A un
lado u a otro del péndulo España guarda esta inclinación hacia la demasía que
con frecuencia desembocan en el esperpento. El fenómeno teresiano, en sus dos
manifestaciones, la del cilicio de esparto y la del desenfreno sexual que hoy
vivimos y en el que intervienen otras “teresas” bien distintas pero tan
influyentes gracias al poder de la publicidad y la propaganda, es un plato suculento
de aberraciones mentales para ser estudiado por los clínicos.
XXXXXXX
CAPÍTULO II
JJJJJJJJ
1) Influencia
teresiana en el jansenismo francés.- 2)
Prosigue la relación de personalidades eclesiásticas y civiles que
fueron avales de su reforma.- 3) Virgen incorrupta. Su cuerpo apareció en la
fosa de Alba sin señales aparentes de putrefacción.- 4) Búsqueda de Eldorado y
la influencia que tienen en la mentalidad española los libros de caballerías.-
5) Encontrar los remedios contra la herejía.- 6) Religión y superstición: lo
que le acaeció con el cura de Becedas y su amuleto.- 7) las mujeres morían
jóvenes y de sobreparto como le ocurrió a la madre de la Santa, doña Beatriz de
Ahumada, de quien quiso tomar el nombre, en vez del de su padre.- 8)
Zangarrones, duendes y campanadas en la Noche de Ánimas: una vida romántica que
se parece algo a la que plasma el drama del Tenorio.- 9) Haciendo higas a
Belcebú.- 10) La saludadora del Barco de Avila.
Pero sobre todo
fue su gran protector el rey Felipe II al que conmovían sus cartas lo mismo que
su hija la princesa Juana que la invitó a posar en las Descalzas Reales cuando
pasó por Madrid, convento del que era priora y el propio rey de Francia Enrique
IV promovió fundaciones de la orden en aquel país, instituyó al Carmelo
Descalzo de París como revulsivo a la herejía protestante, pero uniendolo a la
de los Religiosos de San Lázaro y San Mauricio.
Biógrafos
fueron Francisco Rivera S.I, fray Domingo Bañez, OP. el cual no pudo llegar a
dar la estampa que concesionó sobre su persona. El mentado Julián de Avila
avala la tesis de que la Madre tuvo una larga lista de ensalzamiento
memorialista detrás de sí. En particular, el P. Fray Luis de León agustino que
dejó a medio concluir porque cuando había escrito cinco o seis pliegos murió
pero aunque “no sacó a luz parto tan deseado, hizo un prólogo al Libro de su Vida que escribió la propia
santa”.
Yepes que
escribe a fines a fines del XVI refiere cómo el culto teresiano arraigó
temprano entre los españoles con carácter casi de aclamación. En Tarragona hubo
un concilio para pedir al papa reinante su canonización. Cundió su fama de
milagros, que en algunas partes alcanzó parangones equiparables a los de la
Virgen María, a causa de su incorrupción sepulcral y la fragancia que exhalaban
sus restos. Castilla por ella se puso de los nervios, y Avila su ciudad natal
casi enajenada ante la fama de sus éxtasis. Eran tiempos de toros y cañas y de
portentos. Nuestro ejercito dilataba sus energías por la faz de Europa frente a
una fortuna adversa mientras el pueblo se volvía un experto consumado en el
arte de vivir con poco, amante del teatro y de los tinglados de la antigua
farsa, entusiasmado con noticias de maravillas y apariciones. Había llegado
tarde a la fe cristiana y la transfunde en sus raíces moriscas o hebreas. El
individualismo judaico que concibe la relación con el Altísimo como un pacto de
amistad abandona su concha y sale a la
cancha, perdón por el juego de palabras, mas fue así. Entre los de origen
beréber la nueva fe adquiere matices de sensualidad islámica: procesiones,
disciplinantes, supersticiones, creencias fanáticas. El carácter hispano
alcanza su nivel de marmita a presión. La sensibilidad estaba en flor de
piel. Lo que mirado bajo el prisma de la
actualidad candente en el turbulento otoño de 2001, cuando el bagaje conceptual
y todo ese conjunto de valores que pusieron a esta Sor Intrépida a los caminos
polvorientos se encuentra en entredicho y el edificio de la iglesia ruina
amenaza fue el triunfo de la verdadera fe, y la integración de los advenidos en
la renta común. España, crisol de razas y de culturas, pero siempre a los pies
de la cruz. Fue la única nación donde el cristianismo se impuso al judaísmo y a
la creencia mahometana.
Ese sea acaso
el mayor milagro de la vida de Teresa. Por encima de los noticiosos fenómenos
preternaturales y gracias especiales que aureolaron su existencia y difundieron
su fama. He aquí la nueva Judith que se rinde a los pies de Xto. En ella se
palpa el triunfo del espíritu sobre la carne flaca. Era la hora de Castilla en
su momento más brillante. La nación en peso la colocó de intercesora y vio en
ella al prototipo de la hembra de la raza. He aquí a la conversa que busca el
patronato de las grandes familias godas: Alba, Medinaceli, Vela, Pita, Quesada,
Guzmanes, Barrientos, Xandoval, Guevara. Topó con no pocos estorbos y mucho
hubo de zarcear por las sendas y andurriales de la Castilla profunda pero en
todo momento, cuando se adivina el derrumbe final, siempre aparece por detrás
de los proscenios una mano que la saca en la misma boca del peligro. Teresa fue
un portento de la fe engastada en una psicología de humor zumbón y muy a ras de
tierra. Al final pudo salirse con la suya, repetimos.
Hay por una
parte la España reverente de fe ciega y la España descreída que se pliega a la
razón de la apariencia y del disimulo pero todo en grado extremo. A los
españoles no nos gusta la realidad que nos cerca a pesar de ser un pueblo tan
realista y pragmático que se compadece con un idealismo desbaratado, dentro
ambos extremos de un alma misma. Por eso
nuestra historia está repleta de contradicciones, y por eso quizás nos metemos
siempre cosas en la cabeza. Necesitamos obsesiones que desvirtúen los hechos
terrazgueros de una vulgaridad irredenta. Pero otros pueblos son más vulgares
aun y no lo dicen por boca de sus intelectuales atormentados como nosotros.
Teresa viene a ser un paradigma del temple que reconcilia los dos opuestos.
Paradojas de la escopeta nacional.
La opción
misticista se convierte así en un cedazo por donde transigen las varias
corrientes étnicas que conforman la piel de toro que fue siempre crisol de
razas. Es una válvula de seguridad en la que cabe todo pero con todas las
bendiciones jerárquicas y la aquiescencia prelaticia.
Castilla, sin
embargo, era aun un chorro de energía que salía de estampía a la búsqueda de
Eldorado o que moría en Flandes por el papa
al que siempre contemplaron nuestros ojos como una divinidad en la
tierra. Los italianos, con estar más cerca, no se muestran al respecto tan
exaltados. Pero nuestra patria necesitaba anticuerpos para combatir los virus
de la herejía y encontrar la triaca contra la ponzoña que envenenaba Europa.
Por eso se erige en baluarte de la fe. No por los intereses sino por los
principios.
La historia de
la vida de Teresa de Cepeda y Ahumada la aborda en 42 capítulos Yepes, que se
abren con una hermosa calcamonía del retrato que hizo de ella Albiztrux en 1776
con este epígrafe “Berddra (sic) efigie de la doctora mística Sta- Teresa de
Jesús”. Es una crónica de locuras a cargo de una mujer que era todo ella
sensatez, poder volitivo y equilibrio. Por debajo de todo se advierte una
intención secreta. Acaso el dedo de Dios secundado por los dineros de los
mercaderes de Medina y toda un caudaloso registro de criptojudíos. El mentor
económico principal fue su hermano Lorenzo el pirulero. El oro aportado por
éste desde las Indias representó un
papel importante en el establecimiento de los doce palomarcicos blancos por
toda la geografía española.
Su hermano
Rodrigo, compañero de juegos de infancia, de entre los nueve hermanos que tuvo
Teresa, seguramente era al que profesaba más amor. Rodrigo pasó a Indias y
murió pronto en la conquista del Río de la Plata. Antes de partir había dejado a su hermana
como albacea de todos sus bienes, pero Teresa al profesar en la Encarnación se
los cede a su vez a María de Ahumada, la que vivía en Castellanos de la Cañada
en cuya casa posó un invierno cuando cayó malo, los médicos la desahuciaron y
quedó en manos de la curandera de Becedas.
Apenas
iniciados los primeros párrafos obtenemos la admonición de que esta mujer
abulense fue una verdadera enviada de Dios para contrarrestar los tiempos de
herejía por los que atravesaba la iglesia. Se advierte el carácter mesiánico de
su figura. El esquema ha seguido funcionando en la mentalidad de no pocos
españoles que miran a esta mujer como un símbolo del destino y las virtudes de
la raza. Elías, el que ha de venir, el monte Carmelo, el pregonero del
bautista. De ahí arranca el Carmelo, tomando las cosas ab ovo, fundamento de la
tradición cenobita. Antón, Hilarión poblaron los desiertos de oratorios y casas
de adoración que imitan el convento del Carmelo. El primer prior sería Caprasio
hasta que la crueldad de Ahumar el mahometano acabó con estos enclaves de
devoción. Algunos monjes quedaron en el monte Carmelo. Hay referencia de que
Américo de Antioquía les favoreció hacia el año 1100 y nombró abad de aquel
monte a san Alberto un año después de que Godofredo de Bouillon reconquistase
Jerusalén para los cristianos un día del Carmen de 1099 a la hora de tercia. La
“aelia capitolina”[10]
cambia con frecuencia de manos y por ella pelearon las huestes de Ricardo
corazón de León, san Luis y Juan Sin Tierra; empero quizá por nuestros pecados
se resiste a nuestras armas y vuelve a perderse ya definitivamente tras la
batalla del monte Carmelo ganada por Saladino en 1192 y desde entonces estuvo
en manos del turco.
Sin embargo, a
juzgar por la trama del pensamiento del panegirista y biógrafo había algunos
que ponían en duda estas hablas con Dios, estos arrobos y misericordias divinas
para con ella. La duda se presenta aquí cuando uno menos se lo piensa.
Vino al mundo
reinando en España Juana la Loca bajo el pontificado de León X al comienzo de
un día de finales del invierno el 28 de marzo. Era la fiesta de san Bertoldo,
monje carmelita. Corría el año 1515.
El autor se muestra refractario a descubrir el
linaje de su encartada pero al fin afirma que era de noble cuna, Alonso de
Cepeda y de Beatriz de Ahumada con la que casó de segundas que le diera nueve
hijos, murió a los treinta y tres años.
Dice el P. Efrén de la Madre de Dios en su relación de la vida de Teresa
de Jesús[11]:
El linaje de
los Cepeda se remansó en Tordesillas y se bifurcó en dos ramas: la de Segovia y
la de Toledo. El apellido revive en Toledo por doña Inés de Cepeda que casó con
Juan Sánchez de Toledo, de estirpe judía. Los hijos decidieron sostituir el
apellido[12]
por el de Sánchez de Cepeda para poder mirar cara a cara a la sociedad en que
vivía. Juan Sánchez judaizó apostatando de la religión católica que había
abrazado. Y como los Reyes Católicos habían implantado en 1483 el Tribunal de
la Inquisición y los católicos apóstatas podían ser reconciliados, resonó en
Toledo el pregón de los perdones en 1485 y don Juan acudió a reconciliarse con
la Iglesia el 22 de junio. Le echaron de penitencia un sambenito con sus cruces,
que tenía que llevar públicamente los viernes en procesión de iglesia en
iglesia durante siete semanas. Se estableció como comerciante de paños y sedas
abriendo una tienda en la cal toledana de Andrín (ahora reyes Católicos).
Después le
vemos enfrascado en pleitos de hidalguía y ya en Avila se dedicó a casar a sus
hijos con damas de linajuda estirpe. Alonso, el hijo mayor y padre de Teresa,
casa con Catalina del Peso en 1505 y regaló a la novia ricas preseas (chócalos
de oro, sortijas y manillas, gorguera y cofia de oro y una falda de ruán
amarillo, ceñidor de tafetán y un monjil aceitunado) en lo que aparece como un
intento por parte del dinero de comprar la alcurnia. La esposa murió a los dos
años de gripe. Dos hijos le nacieron de este lazo matrimonio: Juan Vázquez de
Cepeda y María de Cepeda, la que casaría con Juan de Ovalle, constructor
medinense, el que labró la primera casa de la Orden. Luego casó con una prima
de la difunta que tenía posesiones en la aldea de Gotarrendura en la rica
encartación de Las Morañas, que se apellidaba Ahumada y tenía el nombre de
Beatriz, de catorce años. El novio tenía veintinueve. De este segundo
matrimonio de don Alonso vendrían al mundo nueve varones y tres hembras. Teresa
ocupaba el tercer lugar en la saga de doce.
Teresa la milagrosa en aquella familia nutrida
de entre los once hermanos[13]
era la que tenía una naturaleza más despierta, se inclinó desde pequeñita a
cosas mayores como un anticipo de su grave destino de mujer fuerte. Con su
hermano Rodrigo ya jugaba a las ermitas, quería ser santa y un día se escapó
con él a tierras de moros[14]
para recibir el martirio puesto que querían volar al cielo cuanto antes y el
camino más seguro era el de firmar la fe con su sangre, un atavismo muslímico.
Lo hemos visto en los calamitosos sucesos del once septiembre, cuando unos
jinetes que volaban a lomos de alazanes de hierro se hicieron dardo ellos
mismos para más hostigar y derrumbar con la fuerza de sus arietes alados el
muro del castillo del gran capital, la Torres Gemelas.
A los doce
años, fecha en que pierde a la madre[15],
se opera un cambio en estos fervorines trascendentes de ser mártir de sangre y
cuchillo. Postrada ante el altar de la Virgen le pide con muchas lágrimas a la
Señora que ocupase el lugar que había ocupado en su vida doña Beatriz.
Verdaderamente puede decirse que María del Carmelo se convierte en madre en la
tierra y en el cielo de Teresa de Jesús a raíz de quedar huérfana. El instinto
femenino la impulsa a ser coquetona, un pecado venial que lloraría toda su
vida, con aquella afición a los afeites, a las fiestas y a los saraos mundanos.
Con las nubes de las pasiones se escurecen las lumbres de la razón, dice el
hagiógrafo. No habíamos llegado a los intríngulis de la novela psicológica
aunque la Fundadora avilesa sería siempre una gran psicóloga.
Le tomó sabor a
los libros de caballerías, la literatura rosa de entonces, aunque mucho más
edificante claro es, juego inocente muy lejos de lo que nos dan ahora los
programas de las televisoras. Debió de
enamorarse del Palmerín de Inglaterra y de Lancelote del Lago. El Amadís de
Gaula, obra de Gutierre de Montalvo un arevalense, que apareció en 1508 en su
edición definitiva, Tirante Lo Blanco con sus atrayentes descripciones del lujo
de la corte bizantina y las Sergas de Esplandián encandilaban con su prosa
ahíta de embelecos y de hazañas en las que se exalta la lealtad y nobleza del
amor puro. La epopeya de las Indias quizá sea el apéndice real a aquellas
ficciones literarias. Posiblemente los movimientos místicos que aparecen como
setas en otoño después del concilio de Trento, en lo que tuvieron de conato de
dar albergue a un ideal genuino y altruista de relación con el Ser supremo cara
a cara, menoscabando la realidad lóbrega y aburrida de un mundo engañoso, se conecte
de alguna forma con este alarde de imaginación, ese afán de huida. La fábula corteja a la ficción en el anhelo
de los desposorios espirituales con Dios. Fue cuando don Duardos se esconde
bajo el escapulario de una tonsura y la reina doña Labra toma hábito y entra en Religión cansada de
devaneos y de lances.
En su vida y en
su obra resplandecen los rasgos de entrega y de nobleza de todo caballero
andante, aparte de que debió de ser hembra de armas tomar. Recia pero deseada
por todos. No se cansó de llorar y pedir penitencia por aquellos desvíos de
juventud así como de sus inclinaciones al visiteo. Debía de ser una muchacha
guapa y sociable pues dice:
Viendose ella
querida de muchos escomenzó ella también a querer; y como era discreta y
apacible. Arríjase a no gustar de estar escondida y empezó a abrir los ojos al
mundo y a apreciarse del aderezo, galas de moza, y de la curiosidad en ello con
alguna demasía y exceso.
Seguramente
esta afición a la lectura la tomó de su difunta madre. Beatriz de Ahumada
gustaba de estos almanaques tan denostados por la hija pero que la verdad sea
dicha no eran una tontería sino que ayudaron a formar un espíritu noble y
generoso de Castilla. La letra impresa incentiva la curiosidad, crea vistas
interiores en el fondo del corazón así como el deseo de contemplarlos y verlos
por sí misma. Allí nacería su talante soñador y tal vez las primeras lecturas
aquilatarían el marfil de su estilo literario.
Todos los
poetas y escritores han de tener algo de contemplativos. Sin embargo, y pese a
la candorosa apariencia del cuerpo delito:
Con este vaso
procuró el demonio darle a beber el veneno de la afición a las cosas del mundo
que aunque parece sabrosa suele a muchos causar la muerte.
Pero como tuvo
siempre aborrecimiento a toda deshonestidad eso le salvó así como el miedo a
perder la honra. Estamos ante una española recia de las de antaño. Se trataba
de simples cosas inocentes: conversaciones, coqueteos. Sin embargo, algunos
biógrafos apuntan la posibilidad de que Teresa fuera una mujer apasionada y que
estuviera enamorada de un primo suyo que pide su mano. Tenía catorce años y don
Alonso la recluye en el monasterio de Nuestra Señora de Gracia de donde sale
por motivos de salud. Otra vez al siglo. Parece ser que la liana psicológica era
tan rotunda que algunos frenólogos sospechan un complejo edípico en ella, éste
la quería como la niña de sus ojos y ella a él. Por este motivo se opuso al
ingreso en el monasterio carmelita de Encarnación con un rotundo “no, en mis
días”, mas ella quería ser monjita de la Virgen a la que sentía una devoción
especial y sin el consentimiento paterno ingresó en la Orden fundada por el
profeta Elías una mañana de fines de verano acompañada por Antonio de Ahumada,
uno de sus hermanos, renunciando al mundo con sus pompas. Era una chica guapa y
tenía muchos pretendientes. Allí toma el hábito agustino el 2 de noviembre de
1533 Día de difuntos pero después de año y medio de estancia enfermó
gravemente. Dos años más tarde, en la víspera de Todos los Santos de 1535 recaba
el velo de las desposadas con Xto en la
Encarnación. En esa fiesta, donde paradójicamente se desarrolla la acción del
drama del Tenorio, a Teresa le ocurrían cosas importantes, recibía avisos del
cielo, o mociones celestiales que determinarían el venidero curso de su
existencia. Otro día de Ánimas años más
tarde cuenta la historia de cómo fundó en Salamanca en una casa llena de
duendes y con el “miedo a los estudiantes que acechaban a dos pobres monjas
desvalidas” mientras afuera en todas las torres de las iglesias sonaban los
toques a clamor. Estaban las dos pobres mujeres en aquel caserón vacío muertas
de miedo y con miedo a los duendes. Le
dan desmayos y males al corazón que la dejan sin habla, empieza a hacer acto
presencia tanto la epilepsia como el mal de ijada que le afligieron toda su
vida. Pero nunca le da importancia ni dramatiza cuanto le ocurre. Dotada de un
sentido del humor de cazurra sabe reírse hasta de su propia sombra.
Las actas que
narran la peripecia de esta singularísima personalidad hispana camino de la
santidad son una secuela de aventuras ocultas en el mundo interior que remedan
los libros de caballería los cuales ella tanto gustaba de repasar en sus
primeros días. Una misteriosa fuerza guía su alma apercibiendola hacia un objetivo
de gloria que alcanza por senda de abrojos y de padecimientos. La salud no era
buena y acaso padeciera de gota coral. En uno de sus ataques la dieron por
muerta pues yació cuatro días de cuerpo presente y con la sepultura abierta y
esperando las exequias que le habían aparejado sus compañeras de la Encarnación
se salvó gracias a su padre.
Don Álvaro
revela su ascendencia judía cuando sigue tomando a Teresa amortajada el pulso
exclamando para que le oyeran los del duelo: “Mi hija no está para enterrar”.
Por lo común, los hebreos en la edad media eran médicos y cirujanos. Recuerdése
que su padre, esto es el abuelo de Teresa, había sufrido proceso el 1497 por
judaizante de acuerdo con lo que revelan las actas de la Inquisición de Toledo.
Fue condenado y más tarde habilitado pero toda la familia se desgaja, una rama
salió para Ávila y otra para Tordesillas. Algunos primos quedaron en Toledo. Ya
estaban en Talavera cuando ella va desde la Encarnación en romería a Guadalupe
a hacer una ofrenda a la Virgen por sus hermanos que peleaban en América. Los
visita y es muy agasajada. Allí profetiza a una de sus sobrinas que un día
profesaría en el convento de Toledo. Por
la Ciudad Imperial siente una predilección especial. Era lugar de sus amores.
No se puede decir lo mismo de Avila, de su nacencia, a la que aborrecía no
tanto como a Segovia, la villa hermana, pues en ambos pueblos le tocó mucho que
sufrir. “Ni el polvo de las zapatillas” llegó a decir de la Ciudad del
Acueducto en una ocasión cuando las malas lenguas la acusaban de que tenía a
san Juan de la Cruz por amante.
Al cabo de un
año en La Encarnación no le prueba y don Alonso ha de sacarla pues su salud se
agrava. Habían oído hablar de una famosa saludadora. Seguramente sería la
Vidente del Barco de Avila, la que trató al emperador camino de Yuste y al que
prometió cuando ya estaba casi al pie de la sepultura largos días y
anunciandole que no dejaría este mundo “sin ver colmados sus deseos de ser coronado emperador en Jerusalén”. Murió el
augusto personaje, que venía de vencida casi a los pocos meses, pero ello no
era óbice para que esta pitonisa gozara de gran fama y dinero. Seguramente era
una judía conversa de la calaña de Celestina, versada en las enseñanzas del
Jeziráh[16].
No fue escaso en este tiempo el grado de virtud y de fe pero tampoco menguaba
la superchería y los agüeros. Los curanderos, tanto o más que ahora, estaban de
mod. Para curar el mal de ojo,
profetizar el porvenir, y hacer limpiezas exhaustivas de las fuerzas negativas.
Sus procedimientos quirúrgicos y las recetas eran asaz traumáticos, que en vez
de sanar ayudaban a morir a los enfermos que caían en sus redes. Prescribían
rabos de lagartija, apósitos con pieles de conejos desollados vivos,
electuarios a base de lechuga en pisto con picos de lechuza y uñas de jabalí y
astas de rinoceronte, la “Viagra” de entonces, que es lo que se dio a Carlos V
para remediar sus impotencias. Las composturas de los huesos partidos eran
singularmente dolorosas a fuerza manipulaciones y estirones de los miembros
lisiados. Someterse a estos matasanos era como sentarse en el potro del
tormento para remate acabar descoyuntados. Porque si alguna vez curaban a
alguien era más a resultas de la autosugestión que de los conocimientos
mecánicos de tales galenos.
Fueron hasta
este lugar Teresa y una monja de la Encarnación, Juana Suárez, que la cuidaba
pero no era temporada de curaciones y había que esperar a la primavera para
obtener una tratamiento con las hierbas del campo. Deciden quedarse en la zona
durante la invernada en espera de que el clima de Gredos pudiera beneficiar a
la enferma. Le da albergue su hermana, como ya hemos señalado, y en este tiempo
entretiene sus ocios leyendo el “Abedecario espiritual” de Osuna, libro
iniciático para los que querían buscar a Dios dentro de sus conciencias. No hay
que salir fuera sino entrar, abandonarse en sus manos, volver a la infancia
espiritual, dejando todo de su omnipotente mano y que Él haga el gasto. No hay
que ir muy lejos para encontrarlo,
porque está dentro del alma según la tesis del franciscano autor, sospechoso de
iluminismo en su día. La perla escondida se encuentra en nuestra alcoba. Sólo
hay que barrer un poco debajo de la zofra, como la Mujer del Evangelio. Si no
os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
En abril de
1539 se pusieron en marcha:
Llevaronme con
harto cuidado de mi regalo mi padre y mi hermana y aquella monja mi amiga que
había salido conmigo y era mucho lo que me quería.
La conducen a un pueblo de la sierra por
nombre la Aldea de la Cañada a la espera
de ser recibidos por la curandera de
marras, experta en pócimas y otras
hierbas que por poco la envenena, amén de descoyuntarla, con sus ungüentos a la
pobre Teresa a partir de plantas oficinales y la deja exangüe con sus purgas,
sangrías y lavativas. Empeoró de todas todas. Sin embargo, nunca hay mal que
por bien no venga.
Entretiene la
espera la enferma con la lectura de una serie de libros que un tío suyo
residente en Beceras le proporcionó. Este personaje que hace las veces de rabí
o maestro interior va a ser determinante del curso de su espiritualidad. Entre
los manuales aportados se encuentra el “Abecedario de Osuna”[17]
que luego sería expurgado en el Indice de la Inquisición como cosa prohibida.
El propio autor sería encausado como sospechoso de iluminismo. En él aprendió la oración de recogimiento y
de quietud. Hay otro libro importante en los inicios de su vida de oración que
preconizaba igualmente le quietismo. Llevaba por título “La subida al monte
Sión”. Lo firmaba otro franciscano, Bernardino de Laredo. Su filosofía copiada
directamente de los manuales alemanes y del anónimo inglés del s. XIV abominaba
de la oración vocal. Lo que hay que hacer es dejarse llevar, no hacer nada. Él
nos guía. Por supuesto fray Bernardino tuvo problemas con el Santo Oficio. Este
libro le fue proporcionado por otro converso devoto, Francisco de Salcedo,
habitual del locutorio de la Encarnación, “caballero intachable y de vida
santa”. Fue mandada recoger la edición
por el inquisidor asturiano Fernando de Valdés. “¿Quién la mete a Teresa en
tales invenciones? ¿Para qué esos extremos y novedades de tanta oración y
contemplación y andar escondida en los rincones y desvanes de la casa?”,
clamaba la voxpopuli. Era el lenguaje del qué dirán, del congenial y
convencional respeto humano. Sin
embargo, la voz interior le insuflaba al oído: “No temas que yo te daré un
libro vivo”. La primera visión la tuvo el Día de san Pedro de 1560. Cristo le
mostró sus manos y pocos días más tardes vio su divino rostro “dejandola tan
absorta que no cabía en sí”.
Hasta entonces
nadie había hablado de esto. Las relaciones con Dios tenían un sentido coral y
litúrgico pero la gran aportación de los convertidos de la fe mosaica es ese
voluntarismo capaz de enmarcar esas relaciones con el dulce Jesús en trato de
tú a tú. Ya no es necesario ir a la iglesia sino que orar puede hacerse desde
cualquier parte. “Entre los pucheros también anda el Señor”. El planeamiento reviste toda una carga de
profundidad contra la teología del sacerdocio y de los sacramentos, pero los
conversos saben reconducir esta tensión hacia una renovación espiritual
exuberante y cargada de matices barrocos que contrasta con la simplicidad del
cristianismo medieval, más tajante pero más humano aun a costa de sacrificar la
santificación personal a la de toda la comunidad. En el norte de Europa los
discípulos de Lutero hablaban del “libre examen”. Y algunos predicadores en la
cuerda floja realizan en sus sermones verdaderos encajes de bolillos para no caer
en la paranoia heresiarca.
Acompañada de
Juana Suárez anduvo por Castellanos de la Cañada hospedada en casa de una
hermana suya a la que amaba mucho, María de Cepeda. Empieza a experimentar los
sufrimientos, angustias “pues Dios la apretaba” de la vía de perfección. Los
efluvios y don de lágrimas que guardó toda su vida se alternaban con las
sequedades y ausencias suyas. Es una contradanza de ascensos y resbalones pero
poco a poco va cobrando vigor en sus pasos el peregrino espiritual.
De este camino
o peregrinación hablan todos los adheridos a esa unión espiritual desde los
staretz rusos y la mandra kármica hasta los sufíes y sunnas musulmanas. Unos y
otro se expresan casi con un lenguaje perifrástico de idénticos términos:
castillo interior, asperezas, desprendimiento, el mundo debajo de los pies,
verse a uno extraño en su propio cuerpo, hablas cósmicas, arrobamientos, la
nube que flota, ansias de lo total, transfixiones y vulneraciones, unión con
Dios, un vigor recibido de lo alto que la ayuda a soportar tormentos y
tribulaciones de la encamadura áspera, por la cual ha de pasar, como si se
tratase de un fielato de dolor, el alma antes de llegar a esa divina
indiferencia etc. Es lo que se conoce
como infancia espiritual, la nube encastillada, la ligadura espiritual a la que
se accede después de la vía contemplativa y purgativa. La unitiva es ya el
remate de toda esta singladura, el supremo estadio. Al pie de veinte años duró el tiempo de sequedad. Dice
que en su pecho se libraba una reñida batalla para desasirse de todo y alcanzar
el abandono en Dios.
Piloto de esta
singladura particular fue aquel pariente del pueblo escondido en las montañas
de Gredos el que los libros de oración le prestara pero otro de sus hallazgos
fue el descubrimiento de las obras de san Agustín. Y luego hubo gran copia de
asesores espirituales y de confesores por cuyas manos cual si se tratase de la
arcilla del alfarero su alma iba pasando. A algunos estima un montón pero otras
la confunden y merecen poco crédito.
Un tío suyo,
Pedro Sánchez de Cepeda, hidalgo que
vivía viudo en Hortigosa, hizo las veces de maestro de conciencia que le inicia
en la ruta. Acaso fuese un rabí críptico que olió la chamusquina con que el
inquisidor amenazó a su padre. Pues salió este señor, como ya hemos dicho, de
Toledo a uña de caballo huyendo de los cuadrilleros imperiales.
Ella muestra
desde entonces una pasión contumaz hacia los libros. Hasta el extremo de que
sin su concurso no sería capaz de entrar en trance.
No surtió
ningún efecto la terapia de pócimas y de sangrías a su desmedrado organismo
aplicada por aquella saludadora cuyo nombre no se señala; enflaqueció, estaba
hética hasta lo increíble y muy postrada la moza. De su salud espiritual hay
que apuntar que la experiencia sería positiva y determinante. Aquel cambio de
aires en la sierra duró nueve meses los suficientes para trabar conocimiento
con aquel tío suyo que debía de ser persona señalada y que gozaba de su retiro
fuera de la gran trifulca teológica que agarrotaba a España. Imaginemoslo
vuelto a sí mismo. Debía de ser que siguiendo la máxima talmúdica de no poner
la vida dada por Dios al tablero por cuestiones de escasa monta en el estragal
de la casa colgadas de las varas habría cecina, chorizos y longanizas, maniobra
de despiste que esquiva la mirada de lo que se aguarda en los aposentos de
adentro, las moradas, para decirlo en el idioma de la santa.
Allí en Becedas
conoció a un cura que debió de prendarse de ella en el confesionario y que no
debía de ser tan buen maestro espiritual como su tío siendo laico. Este hombre
estaba hechizado y Teresa con sus oraciones le rompió el maleficio de resultas
de llevar al cuello un amuleto que le había dado su barragana. Por orden de la
monja lo tiró al río el sacerdote y como por ensalmo se deshizo el sortilegio.
Moriría al año siguiente reconciliado con la iglesia. La vidente y confesada
suya así se lo había anunciado. Le tenía aprecio sor Teresa a aquel cura y no
le arguye a él de pecado sino que culpa a las “mujeres que suelen ser malas”.
Despierta aquí el aspecto taumatúrgico, uno de los rasgos de su santidad, por
el que se la compara a Catalina de Siena la cual curiosamente a la par muestra
una raíz conversa. Hay muchas coincidencias con la mística italiana y también
con la alemana, santa Gertrudis. Las tres santas mujeres fueron visionarias y
venían de familias convertidas al catolicismo.
De regreso a su
convento en la ciudad de los santos y de las piedras desahuciada por los
médicos como apuntamos estuvo a punto de ser inhumada pero cuando ya la cera de
los cirios funerarios despierta de su sueño y pregunta a su querido padre que
por qué la habían despertado. Durante este tránsito epiléptico[18]
y en estado de catalepsia con el rigor
mortis y ese aspecto de difunto que dan a veces los que padecen gota coral el
que llaman padecimiento de los cesares vio el túnel del que hablan muchas de
las personas que tuvieron esa misma experiencia. El mal de corazón y las
calenturas de las que se queja en sus escritos pudieran ser interpretadas como
paciente del fuego sacro, mal de san Marcial o san Antón, una especie de
erisipela muy maligna y gangrenosa, común en aquella época. No pocos hospitales
fueron fundados en España para acoger a los enfermos del temible fuego sacro.
De esa
circunstancia data la primera visión. Se le apareció Jesucristo y le mostró los
monasterios que habría de fundar y que salvarían muchas almas del infierno[19].
Padeció a su decir incomportables tormentos la lengua hecha pedazos y mordida a
causa de los ataques toda encogida y sin pasar alimento. La enfermedad duró
desde el día de la Virgen de agosto hasta la Pascua florida y durante la
convalecencia permaneció tullida tres años.
Todo lo llevó
con paciencia y quería soledad y oración pero en la enfermería con tanta
publicidad no había aparejo dello, matiza. Se puso buena merced a la
intercesión de san José. Entonces se le apareció el Señor atado a la columna
procurando apartarla de la vana conversación.
Para reinar en
el cielo hay que despreciar el propio cuerpo. Sufrir y padecer. Con dolores se
edificaron los muros de Jerusalén. He ahí una manifestación del inveterado
masoquismo hebreo, cosa que los españoles de ahora mismo serían incapaces de
comprender[20].
Como dios sabe de nuestros gustos hiere en la coyuntura donde más duele. Ella,
sin embargo, deseaba la salud. Al punto la abogacía del glorioso san José va a
ser el remedio.[21]
Le llama su ayo glorioso, el amigo que nunca la dejará mientras viva en la
estacada. En el puerto de las siete revueltas que enmarca su camino tortuoso
hacia la santidad él será siempre el valedor que acorre en todo instante a
sufragarla.
Otra
información que aportan sus escritos (lo deja con frecuencia caer al desgaire)
es el menoscabo en que eran tenidas las féminas a la sazón. Se las hacía de
menos. Los caballeros las amaban las protegían pero no las tenían demasiado en
cuenta. Estaban al brasero bien guardadas y tapadas pero merced a los desvelos
de esta real hembra ese statu quo de conveniencia empieza a dar síntomas de
quiebra. Encontramos en la fundadora la plenitud de un feminismo incipiente de
fervor católico que explica la razón por la cual las españolas empezaron a
dejar la cocina tan sólo fuera camino de la iglesia. Todavía mantuvieron el
velo pero ganaron consideración y aumentos como amas de gobierno.
Teresa se
convierte en paradigma de mujer de rompe y rasga representante del ordeno y
mando a lo divino. La religión sólo era un pretexto para romper amarras pues
bajo los auspicios del glorioso patriarca José que le concede todo, nunca niega
nada, acaba saliéndose con la suya. Apuntamos aquí uno de los enigmas de este
corazón encastillado en la virtud que a la vez suscita ternuras apasionadas
toda vez que espantos y prevenciones, por sus batallas contra el diablo celoso
de que le arrebatase sus presas, por sus milagros y curaciones extremas. En su
personalidad conviven sin aspavientos la cordura doméstica y el fervor de andar
por casa con la locura de las visiones y las levitaciones. Los rusos la
llamaría una yurodivia[22].
Estaba anegada dentro de Jesucristo en quien ve no sólo el esposo sino un
auténtico libertador. Las simpatías y los odios que suscitaran prosiguen hasta
la fecha porque hemos de escindir que España sigue estando dividida en dos. Sus
mentores fueron los miembros de la nueva burguesía de orígenes oscuros y los
detractores la miran con recelo por la falta de alcurnia. Dos ideas
irreconciliables alentaban bajo un mismo pecho.
Ella era una
mujer de fe. Infatigablemente “tenía puesta la mano en la aldaba del corazón”.
Sin embargo, el maligno que no descansa infatigable en sus mañas trató de
desbaratar su entereza por lo leve. A medida que fue ganando bríos en su
convalecencia parece ser que siendo una costumbre muy social en Avila por tales
calendas las visitas a los conventos[23].
Parece ser que ella se aficionó a dar palique a sus muchos admiradores
espirituales tras la reja del locutorio pero en una ocasión al pasar por la
portería del monasterio de la encarnación tuvo la visión imaginaria de Jesús
atado a la columna llagado y con un brazo hecho girones que al pasar la miró
haciendola recapacitar en su actitud y dice el biógrafo que estas distracciones
inocuas en apariencia representaban los riesgos del pecado mortal porque el
“alma iba de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad y de ocasión en ocasión”,
tan fuerte fue la experiencia que mandó pintar la representación de aquel Ecce
Homo que figuraría muchos años junto al torno del convento de San José. Otra
vez durante la visita de un hombre vio como venía detrás de él un ser
monstruoso. Era el diablo que se había disfrazado de sapo. Lo tomó como un aviso del cielo y a partir de
ahí dejó de dar vía suelta a sus antojos. Jamás olvidaría aquella visión.
Nunca cometió
pese a todo pecado mortal ni cayó en la impureza conservando para siempre el
galardón de la doncellez aunque en el corrillo de sus adoradores suscitara
pasiones que nunca se podrían calificar de santas[24],
pese a lo cual lloraría estas faltas leves como si fueran desacatos terribles
durante sus días penitenciales, siguiendo el ejemplo de Magdalena, san Pablo,
el Rey David, del que también fue ferviente devota o María Egipciaca, san
Martiniano y otros muchos padres del yermo. En la historia de su vida encarece
y exagera estas culpas ligeras que debieron ser insignificantes pero que
repugnaban a su alma perfecta y llora como gravísimos delitos insignificantes
que trata de expiar con aspérrimas penitencias. Explica Yepes que solía llevar
bajo la camisa un “silicio” de hojalata que trucidaba sus carnes y a causa de
las disciplinas tenía llagadas las espaldas. Imitando a algunos santos se
arrojaba el cuerpo desnudos sobre una zarza o se encamaba entre matas de
ortigas. Un día se le apareció Nuestro Señor que le pidiese de no andar a la
reja del locutorio puesto que “no quiero
tengas conversación con hombres sino con ángeles”. Así de claro y tajante.
El cúmulo de
penitencias debió de exasperar a algunos de sus paisanos. No paraban de
murmurar tachandola de mojigata y ponían el ejemplo de una tal Mari Díaz que en
aquella ciudad gozaba a la sazón de fama de santa sin que se tuviere noticia
alguna de arrobos y de visiones intelectuales. Algunos de los confesores a los
que consulta no sabían distinguir si eran trazas diabólicas lo que le ocurría. Sufre horrores
al no poder recabar un parecer seguro.
El provincial
de los jesuitas, Francisco de Borja, de visita por aquellos días en la ciudad,
le saca de dudas. Era un hombre principal “buen servidor de Dios”, letrado,
como le gustaban a ella los guiadores de almas.
Sin embargo, el
mejor espolique que tuvo en esta escalada de la perfección era el propio Cristo
que a solas la hablaba. Unas veces se le aparecía atado a las columnas y otras
sin verle escuchaba su voz y sentía su presencia.
Estando un día
del glorioso san Pedro en oración vio cabe sí o por mejor decir sintió a N.
Señor y veía que Su Majestad era quien la hablaba no porque le viese con los
ojos corporales ni menos con visión imaginaria sino porque el mismo Señor le
daba a entender que estaba allí pero sin mostrarsele.
Con la llaneza
con que cuenta sus embelesos incluso los más recalcitrantes tendrían que
rendirse a la veracidad. Es un corazón que habla, el de una pobre “mujercilla
flaca y ruin y temerosa como yo” y no parece envuelto habida cuenta de la
cordura de la santa en fantasmagoría y alucinaciones. Sus confesiones
manifiestan sabiduría y familiaridad en el trato con Dios. Así que unos días
las visiones son imaginarias y otras reales como la que refiere en el capítulo
XXIX de su “Vida” refiriendo su acorralamiento e incomprensión:
Vime estando en
oración en un gran campo a solas, alrededor de mí mucha gente de diferentes
maneras, que me tenían rodeada, todas parece que tenían armas en las manos para
ofenderme unas, otras dagas, otras lanzas, otras espadas, otras estoques muy
largos. En fin yo no podía salir por ninguna parte sin que me pusiese a peligro
de muerte y sola sin persona que hallase de mi parte. Estando mi espíritu en
esa aflicción, que no sabía que hacer, alcé los ojos al cielo y vi a Cristo[25]
no en el cielo sino bien alto de mí en el aire que tendía mano hacia mí y desde
allí me favorecía de manera que ya nada temía a la otra gente, ni ellos aunque
querían me podían hacer daño.
Nada podrá el
mundo contra la virtud aunque parece que tengan todas las armas de su mano.
Dios lo puede todo. Fue la peor persecución que tuvo y venía de parte de sus
amigos y parientes en su ciudad natal, pero de Jesús también decían lo mismo en
Nazaret sus paisanos. ¿No es este el hijo del carpintero? Esta idea de la
divinidad socorriendo al pobre y al desvalido es una constante soteriológica de
raíz profundamente cristiana y es la filosofía central del canto del
Magníficat.
El demonio
quiso contrahacer tales visiones haciendose pasar por el Salvador pero por
ciertas señas colegía que la luz no era la misma ni la majestad aterradora que
inspira el Salvador de los hombres. Dichas declaraciones son una demostración
apodíctica de las ardides malvadas del príncipe del mundo con sus marcadas
tendencias a seducir pues se hacía pasar en el paroxismo de la impostura por
sensato. Por eso le llaman separador y mentiroso. Porque finge de lo que
carece. Los santos poseen un olfato especial para advertir su presencia. Ella
es una de las pocas personas privilegiadas que han visto al Señor y tanto
impresionó su imaginación que encargó a un pintor de cámara, Juan de la Peña
Racionero, salmantino y amigo suyo, que plasmara aquella imagen en un cuadro.
Que poco tiene que ver con aquel retrato que de la Madre hace fray Juan de la
Miseria que tanto le desagradable pues la sacó vieja y pitarrosa y más fea de
lo que era, pues siempre se tuvo por hermosa.
Estas mercedes
divinas en que su Amado se le mostró en su naturaleza radiante con el diablo
intentando contrahacerlas, reconducirlas, o imitarlas, porque algo temía y
quiso llevarse el gato al agua duraron tres años. Al cabo se le apareció aquel
famoso serafín, pequeño más que grande que esgrimía un dardo de fuego con que
horadaba las entrañas penetrando con placer y al mismo tiempo dolor, que tiene
todavía intrigados a los estudiosos de la psique humana. Es evidente que hay en
esa descripción similitudes de aspecto sexual habida cuenta del erotismo con
que se describe la visión del heraldo celestial y cómo la trata. Un confesor,
esta vez jesuita, le ordenó bajo pena de excomunión de resistir a tales
visiones por sospechar de demonio[26].
Y aquí tenemos a la buena de Teresa, en cumplimiento de lo que su padre
espiritual la ordena, dando higas, esto es, haciendo con los dos dedos el signo
del macho cabrío, cuando aparecía Jesucristo por la puerta de su celda. Debía de sentir escrúpulos porque llegó a
pensar de que se estaba burlando de su mismo Dios y Señor con tales gestos más
que de monja recoleta de verdulera del mercado de los martes, pero ella se
debía en todo a la obediencia. Le pedía al verlo tan lastimado que la perdonase
puesto que lo hacía en aras de sumisión a la voluntad de un superior, pues para
ella el confesor era el representante de Dios en la tierra.
Y pudiendo su
Majestad dar luz a los confesores para que conociesen que era él, el que tan
amorosamente se aparecía y regalaba a su sierva, permitió que en esto se
engañase, para que se entendiese que en esto eran hombres, y ella más que
mujer, pues probada con tan rigurosos mandatos, obedecía como un ángel, no paró
aquí su trabajo, que como los confesores, habían aferrado en que era demonio,
no se contentaron con las pruebas que habían hecho, sino que trataron también
de quitarle la oración. Y de esto escribe la santa que se había enojado Cristo,
y les dijo, que les dijese que aquello era tiranía.
Sintió la
llamada y la siguió pero nunca pudo desceñirse del talante de la astucia. Sus
reacciones aparentan candidez pero en todas ellas hay una intención secreta
para defenderse de las imputaciones de supercherías. Era tiempo de videntes y
de pitonisas. Por doquier afloraban monjas extáticas y vulneradas,
enajenaciones y raptos a cargo de la gente simple que sin conocer el Evangelio
del todo se apasionaba por todo lo relacionado con la teología.
Ella pone, para
guardarse las espaldas, en boca de Jesucristo, que se le aparece, algunos
reparos a los confesores díscolos que la hostigan y maltratan o simplemente
sospechan. La confesión auricular viene a ser una prolongación del brazo largo
de la Inquisición, genial método de control de las conciencias. Consigue con
sus añagazas burlarlos o encandilarlos. Aquí se manifiesta el talante libérrimo
e independiente de esta mujer que acaba casi siempre saliéndose con la suya.
Era muy santa pero también muy lista. Siempre da muestras de su ingenio y de
sentido común, nunca de torpeza y tal vez esto prueba que dios estaba con ella.
Argüida de embustera, y menudeando las críticas contra su persona, no merma por
ello su deseo de sumirse en el inmenso mar del amor. Orquesta la huida hacia
delante. Teresa se desentiende, se
ensimisma, no hace caso.
Para vencer al
príncipe de las tinieblas, a menudo embutido en un roquete de clérigo que se
sienta en el fielato de pecados y penitencias, traía siempre comigo una cruz.
En ella aparecieron un día misteriosamente tres gemas preciosas, para maravilla
y embeleso de algunos lapidarios que no pudieron explicar este desacato a la
luz de la razón y lo atribuyeron a arte diabólica. Ella ganaba la partida al
tentador al grito de “vade retro”. Cristo en persona le había regalado una cruz
de su divina pasión con un engaste de perlas preciosas.
Las dudas se
prolongaron durante casi tres lustros y al cabo de este tiempo de examen
durante el cual el Maestro de Justicia acendraría su virtud como el oro en
crisol de platero aflojaron las dudas y embelecos. Cesaron las hablas, Avila se
volvió muda después de los trastornos que conmovieron a la villa con motivo de
sus trances, remitió la general hostilidad que habían suscitado sus intentos de
reformas. Le quedaban otros muchos bancos de pruebas, sobre todo Sevilla, donde
la tribulación fue aun mayor, porque allí estuvo a punto de seguir los peldaños
del cadalso, émula de otra veora famosa, Magdalena de la Cruz, que quemaron por
impostora. La santa siempre siente escalofríos al recordar los ardores del sol
andaluz que estuvieron a punto de abrasarla y de perecer su reforma.
Mas por el
momento, entre sus paisanos, enmudeció el vilipendio de los detractores, “subió
la luz a su lugar, que deshizo la niebla, declarase la verdad” y Teresa no
volvió a ser importunada. A partir de ahí comienza un trienio glorioso de
celestiales dádivas (levitaciones, arrobamientos, visiones intelectuales e
imaginarias, transfixiones). Se le aparece Cristo en persona, varios ángeles,
la mayor parte de los profetas, san Martín y san Andrés y a santo Domingo de
Guzmán al que vio en una cueva de los desmontes sobre el Eresma. Gozó de la
presencia de estos seres extraterrestres con evidencia que llaman los teólogos
atestiguante, que es un grado menor que el que se permite a los bienaventurados
que rodean al Padre en cuerpo glorioso. Subió con san Pablo al tercer cielo y
así nos lo dice, describe a la Trinidad representada por un hermoso mancebo
unas veces y otras como una paloma, pero no como las de la tierra, más blanca,
y con tres joyas preciosas refulgiendo al batir de sus alas.
Explica cómo
puede ser esto con la parábola del agua que siendo de naturaleza pesada y
material al contacto con el fuego se vuelve nube. Así el alma que ve a Dios se
transforma, tiende a levitar, a perder los estribos y soltar las amarras que la
constriñen a la materia, y empieza a subir a una atalaya desde donde se
descubren las laderas del principio y del fin, la personalidad se desdobla, los
cabellos se erizan, el aliento pierde huelgo, las canillas parece que se
parten, el corazón de ternura se esponja y las piernas flaquean bajo el dominio
de la celestial embriaguez.
Los raptos le
dejan sin sentido y duran horas y hasta días enteros. El propio Padre Yepes su
biógrafo asistió a algunos de ellos. La madre fue izada de repente hasta la
altura de una de las ventanas del coro tras recibir la comunión y quedó en
transporte, su cuerpo se mecía como partículas de polvo en suspensión bajo la
caricia del sol oblicuo que penetra en una sala, o plumas en las alas del
viento. La frenología es aun ciencia en mantillas y puede que esta quiebra
momentánea de las leyes de gravitación universal pueda ser explicada por alguna
causa psíquica aun no desentrañada. Hay conductos de la mente, y en el cerebro humano
todo es químico, que yacen oscuros. No se ha descubierto todavía la causa por
la cual los sonámbulos son capaces de andar kilómetros sin perderse o los
beodos aciertan en el camino de retorno al hogar teniendo enajenados todos los
sentidos. ¿Tuvo que ver la gota coral que padeció desde niña con estos
trastornos y elevaciones?
XXXX
CAPITULO III
1) Una frágil
salud de hierro. Los éxtasis mejoraban su condición.- 2) Cuando el diablo
termina por cansarse en su afán de dar a la Santa carena. Sin embargo en su
ciudad natal la ponen motes; la llaman maga, jorguina, histérica.- 3) Quibla
coránica. Moriscos y marranos siguen practicando en secreto sus creencias.- 4)
El cisma luterano.- 5) Símbolos y picotazos del águila calva de las Rocosas.-
6) Telequinesia. Familiaridad con ángeles y con santos. Comunicados con el más
allá. Estuvo con su hermano Rodrigo confortandole en los últimos momentos
mientras agonizaba en Buenos Aires.- 7) Llevó a Jesucristo esculpido en los
senos.- 8) Expurgos y milagros.- 9) Los clérigos al principio pusieron en duda
sus locuciones con el cielo.- 10) de lo que le aconteció durante una sermón en
la iglesia de los dominicos de Santo Tomás de Avila.
JJJJJJJ
Entonces la
noticia de todos estos sucesos pasmosos que ocurrieron en el convento de La
Encarnación tuvo a la ciudad en vilo. Fervores y recriminaciones se alternaron
dividiendo a los abulenses en dos bandos (más tarde también España quedaría
seccionada en dos facciones por causa de esta santa como hemos visto en la gran
polémica sobre el compatronato, piedra de escandalo de la católica nación
durante el s. XVII), hasta el punto de que ella misma pidió al Señor que no le
granjease aquellas mercedes que ponían su nombre en entredicho. Ella no quería
ser centro de atenciones. Parece ser que sus plegarias encontraron acogida allá
en lo alto y no volvió a experimentarlos con la misma frecuencia e intensidad
de antes. Sólo lo sintió por una cosa pues dice que durante los raptos cesaban
al punto todos los dolores de su cuerpo. Está demostrado que cada vez los tenía
su salud mejoraba.
El vulgo, unos
la adoraban, otros condenabanla por hechicera y farsante y algunos la
compararon con alguna de las jorguinas o videntes tan populares en la época de
Felipe II; con lo que habiendo cesado los arrebatos espectaculares la gente que
es de habitual murmuradora empezó a dejarla en paz, lo mejor que le puede
ocurrir a un verdadero místico, siempre en guardia contra la publicidad. A la
Madre le gustaban poco las cosas de la tierra, lugar de destierro pues como
decía el paso del alma por este mundo no es más que una mala noche en una mala
posada, y de posadas incómodas ella sabía algo a efectos de su trajín
andariego.
Por fin tuvo
señorío sobre los diablos y las cosas del mundo “que no se me daba dello más que
de las moscas”. Volvió a las soledades claustrales y se convirtió en ese pájaro
solitario sobre el tejado que cantara el Rey Poeta: “Vigilavi, factus sum sicut
pásser in tecto”[27],
para gozar de esa forma más del Esposo a sus anchas.
Todo cuanto
cuenta y cómo lo cuenta responde a ese concepto especial que han tenido los
hispanos, nacidos en un solar que ha sido caleidoscopio de razas, del
cristianismo táctil, humanado, sensual, con todo el recargamiento barroco de
los retablos que estallan y se retuercen en columnas salomónicas y enramadas de
parras de corinto, de nazarenos compungidos y vírgenes traspasadas de siete
cuchillos portando en andas, angelitos que vuelan y toda una cargazón y
granazón simbólica de la prosa mística que es como un estallido. Dios entre por
los sentidos, apele a los ojos. Es un modo de entender la religión más visceral
que racional, donde el dogma se vuelve espectáculo y auto sacramental, para
confutar el error, para arrancar las malas hierbas que crecían en este jardín
espiritual de la Piel de Toro y para ahogar los resabios del fanatismo
sarraceno o alzarse sobre la ostentación exhibicionista del converso, que tuvo
que aparentar y abjurar de su vieja en pública, aunque de puertas adentro la
siguiera practicando. No sabemos lo que ocurría dentro de los patios, pero las
longanizas colgaban en el estragal y las santas imágenes velan en los arcos
cimbrados de las portadas. Se da la ocasión de una doble fe, pero bajo este
caparazón subyace una obsesión por los dineros y las rentas que hicieron
posible esa plenitud. Los sarracenos que solían morar en las casuchas en torno
a la iglesia de Santiago, reducto morisco en la Avila coetánea a estos hechos,
seguirían practicando en secreto sus ritos: cuatro prosternaciones diurnas y la
llamada a la azalá en que el almuédano convocaba a los creyentes a la oración
del “izdán”. Su voz quedaría ahogada por el tañido de las vibraciones del
bronce en los campanarios cristianos convocando a vísperas pero los fieles al
Profeta, que programaba un código de vida más fácil porque demandaba menos
renuncias y prometía y permitía el deleite, seguirían enhiestos en sus viejas
prácticas. Es un credo el suyo más fácil de aguantar, halaga los sentidos e
incluso deja algunos cabos sueltos a la hora de pactar con los bajos instintos.
De origen selenita en el corán la luz del sol parece que se refracta y rinde
pleitesía a la parcialidad. Eligieron por día santo el viernes que era el
dedicado a Venus en la antigüedad. Por eso el moro puede resultar lascivo,
vengativo e incluso perverso. Dentro de los patios sonarían las recitaciones anhelosas de las suras
coránicas como una aceptación del destino inexorable con miradas para la quibla
de los preceptos orientando sus tumbas hacia el naciente y enterrando a sus
muertos de medio lado. No admite réplicas. Es un lo tomas o lo dejas. Si no
crees en Alá eres un perro. Como no le adores te paso a cuchillo. Y sus
sacerdotes en las mezquitas rezan inclinados ante el Corán puesto debajo de un
repostero verde del que cuelga una espada. Y en los cuernos de su luna apunta
algo siniestro. Con todo no se explica el fácil arraigo que tuvo y la súbita
propagación que tuvieron las prédicas del Profeta arrebatandole clientela al
cristianismo y espacio vital. Hay quién ve en esta excepcional propagación del
credo muslímico una punición divina por los pecados y desavenencias de los
cristianos.
Y a pesar de
todo, bajo esta complicada parafernalia
late - y aquí viene otro de los enigmas- un anhelo de evasión de la realidad,
menoscabo de las cosas del mundo que son todas perecederas. Y el enigma puede explicarse por una serie de
claves biorrítimicas. España, en estado de éxtasis, un fenómeno psíquico que parece una desconexión con la
inteligencia, se había convertido en
símbolo de la victoria de la cruz cuando sobreviene el cisma luterano. El
triunfo sobre el elemento semita había costado ríos de sangre desde Guadalete a
Santa Fe, varas y varas de tela para los crespones de luto, mares de lágrimas.
Ocho siglos de pelea. La reconquista es un tiempo enardecido. En ninguna otra
época ni nación se había producido un triunfo tan rotundo de la cruz sobre la
media luna y las tablas mosaicas. Esto no se lo perdonarán a nuestra España los
que aspiran a un gobierno mundial. No olvidarán que aquí sufrieron una derrota
las fuerzas oscuras.
El aguila calva
de la Unión es calco simbólico del águila caudal multípara y nutricia de
pueblos que campea en el escudo de los Reyes Católicos ostentando en el pecho
los escudos de los siete reinos y debajo, cabe un flanco, el yugo de la labor y
las flechas del poderío. Se ha suprimido en la enseña estadounidense el yugo
que unce a una empresa común sustituyendo al amor por el miedo, como si
dijéramos, y al aguila calva de las rocosas se la alargaron las garras que
aprieta en sus zarpas como si fueran misiles en su aljaba, mientras el pico es
más curvo y pugnaz, apéndice de un animal carnívoro con ojos que amenazan como
los del basilisco. Son dos formas diferentes de concebir el imperio. Mientras
el aguila de Patmos acoge a los pueblos bajo sus alas, el aguila masónica de
Jefferson los devora, pero también el águila calva de las Rocosas caerá un día
abatida a los pies de su ballestero correspondiente.
La hija de los
Cepeda viene al mundo sólo unos meses más tarde de fallecer Fernando de Aragón,
artífice de la unidad patria, en el seno de una familia de sangre nueva, pero
que siente en sus venas la pulsión de ese ardor mesiánico de Israel
perfectamente injertado a la cepa hispana. Ese fue un poco nuestro triunfo de
gloria y nuestra gala y ahí reside una de las claves para explicar el mito
teresianista, que las tres culturas se transfundan y adunen. Nunca pudo sonar
con más propiedad que aquí el dicho de “ex pluribus unum”. Cuando yo muera todo
lo atraeré hacia mí que dijo Cristo. Ese es el sueño. Y, atención, esta especie
de enajenación de todo un pueblo fuera de sí y adorando al verdadero Mejías,
Jesús de Nazaret, que mejoró la ley de Moisés y de Mahoma supuso un esfuerzo
tamaño, que deparó nuestra decadencia. Mi reino no es de este mundo. Ahora de
lo que se trata es de invertir todo ese orden sustituyendo el empeño de sueño
mesiánico en la tierra que simboliza el aguila de Patmos elegido como
representación de España. Su hermanastra el aguila calva de las Rocosas
amenaza. Sus revoloteos en semicírculo en ceñida sobre la geografía son el
aviso de ataque contra el orden católico. Nunca perdonarán tampoco a Teresa.
Las visiones,
una suerte de entrada en el mándala, el círculo blanco de los hindúes y en ese
estado sobreviene el crepúsculo del pensamiento y al que se extasía ya todo le
da igual porque alcanzó las cumbres de la indiferencia, desasimiento, desapego,
que tuvo la Santa a los no iniciados les sonarán a extraña algarabía, porque
estas cosas al querer entablar una apologética del mundo católico equivalen a
un hacer la higa a la razón. Ellos dicen que vivimos en el mejor de los mundos
posibles y más allá de lo que se ve se extiende el campo de la duda. No
entienden el lenguaje divino y, como explica San Juan de Avila en una carta
personal a Teresa de Jesús:
No tienen razón
los que por sólo esto descreen estas cosas, porque son muy altas y parece cosa
increíble abajarse la majestad infinita a comunicación amorosa con una de sus
criaturas. Y así he visto a muchos escandalizados de Dios en sus criaturas, y
como están muy lejos, no piensan hace Dios con otros lo que con ellos no hace.
Sin embargo, ella se interna en un inmenso
laberinto de fenómenos paranormales que constituyen casi una vivencia
cotidiana, contada con la naturalidad y despejo que le fueron propios, como lo
pudiera hacerlo un ama de casa que hace inventario de sus existencias en la
alacena o de las enfermedades de sus críos. Esa era Teresa: una española que no
se parece al resto y las cosas que dice son tan sabrosas que “no saben al
entendimiento de mujer, que de ordinario suelen ser cosas rateras de poco tomo
y sustancia”, agrega Yepes.
En este tiempo
se consuma el matrimonio espiritual y ella navega a velas desplegadas por el
océano del Verbo humanado al que trata con la familiaridad de un buen marido.
Cristo se le aparece en persona y le muestra un día el infierno y otro el
purgatorio[28].
La meditación sobre los pasos de la Pasión representa para ella una fuente de
delirios. ¿Realidad objetiva o proyección formal de nuestra personalidad
atávica? Teresa en sus visiones corporales llega incluso a tocar con las manos
los clavos y las espinas, palpa con el tacto el haz de azotes o vérbera con que
fue flagelado el Salvador. Observa cómo comparece entre salivajos y abucheos en
el pretorio. Experimentar todas las sensaciones que hubo aquella tarde del
primer Viernes Santo en el Gólgota, escucha los diálogos de los soldados y ve
al centurión nervioso porque se hace tarde y entiende las blasfemias en hebreo
que pronunciaron los sayones. Percibe el clamor de la turba envalentonada y
descreída y hasta acude a consolar a José Arimatea que presencia las escenas
del Calvario desde lejos. Luego, en otra secuencia de milagros cuenta con el
privilegio de ver a Cristo resucitado y a los apóstoles los conoce por el
nombre y por el rostro y pudo saber por telequinesis la fisonomía de muchos
santos. Entre ellos les había hermosos y hombres y mujeres de una humildad
supina. Hablaba por conducto del don de la glosolalia recién otorgado con todos
ellos, en arameo, en francés, en alemán, en griego o en italiano. Desfilaron
por su retina los diez mil mártires de la Legión Tebana. Pudo comunicarse con
sus padres, don Alonso y doña Beatriz de Ahumada que estaban en el cielo y a su
hermano Rodrigo - otro portento de bilocación- pudo asistirle a la hora de la
muerte cuando expiraba en Buenos Aires víctima de una flecha enherbolada
disparada por un indio. ¡Cuánta fe! Vivía en la amistad del Criador que
invitaba a Teresa a su casa. Y a la Trinidad, siguiendo este orden de gracias
particulares, pudo diquelarla. Se le apareció en forma de bello mancebo que le
regaló su túnica llena de perlas, una de las cuales fue a parar a don Rodrigo
de Toledo, Duque de Alba, que la portó a
manera de escapulario en Flandes durante sus campañas[29].
El rocío
celestial se desparramó por su vida y era como si llevase a Xto esculpido en
sus senos. Teresa no queda libre de algunas demasías en que incurrieron no
pocos alumbrados de aquella centuria que se jactaban de amar a Dios en el
delirio del paroxismo de los desposorios místicos como si a un verdadero galán
se tratara hasta el punto de sentir celos de la Virgen María o de María
Magdalena a la cual cumplió el honor de acariciar su cuerpo y de ungir sus
pies.
Eran celos
piadosos, claro está, pero no por eso se desciñe toda esta atmósfera de un
calido vapor sentimental, que causa extrañeza a un cristiano de nuestra época
donde los sentimientos religiosos tienen resonancias diferentes o van por otros
cauces. Por ejemplo, cuesta entender muy bien esto del purgatorio o el de las
llamas del infierno, tema inagotable de los predicadores del siglo XVI ora
católicos ora protestantes. Entonces se tenía a la divinidad acotada, para uno
propio en uso exclusivo, encerrado en el Sagrario donde se reservaba el derecho
de admisión. Ahora la horma es más intelectual, se siente de otro modo la
presencia del Salvador en la historia aunque sin llegar al “enjesusamiento” de
los reformistas que tuvieron sus precursores en lo caterinati y los jesnatos,
movimientos místicos italianos del s. XIII.
Gritos
entusiastas que hacía exclamar a algunas novicias en el coro “quiero tener un
hijo tuyo” y en algunos conventos se sentían los jadeos del orgasmo místico y a
otras, dominadas por pujos de celotipia espiritual, exclamaban ante una talla
de la Virgen: “Tú eres su madre, yo soy su esposa”.
Ella miraba
para una de las santas mujeres con cierta prevención hasta que un día
expresamente mandó a decirla Jesucristo en una de sus comunicaciones:
-A ésta la tuve
de amiga cuando moré en la tierra, pero a ti te tengo de amiga viviendo en el
cielo. Soy todo tuyo y tú toda mía. Yo me llamo Jesús de Teresa.
La colación de
tales arrebatos parece que fue expurgada del Libro de Su Vida. Aun así Yepes de
ellos da cuenta y comenta que el 24 de julio, fiesta de la famosa penitente,
siempre solía Teresa recibir gracias especiales.
A exabrupto
suenan tales mociones a oídos contemporáneos, poco afinados para familiarizarse
con estos agudos de la algarabía. Por ello se comprende el escandaloso impacto
que debieron de provocar entre sus contemporáneos puesto que ya va dicho que la
linea de frontera entre la aberración y la corrección se delimita con muy
delgado muro. A no ser por los buenos oficios de algunos prelados como Pedro de
Alcántara, el provincial de los dominicos, García de Toledo, de san Juan de
Avila que supervisa algunas de estas visiones, o del Inquisidor Salazar que fue
lenible juez para con su persona, o el jesuita confesor suyo que la avala, o la
ilustre Guiomar de Ulloa de linajuda y piadosa casta que la encubre es muy
probable que Teresa hubiese caído al otro lado de la cerca, o que no hubiese
entronizado en los altares.
Dios estaba con
ella, a pesar de estos excesos. La obra de las fundaciones así lo demuestra.
Fue un tejer y destejer el hilo de Ariadna con la rueca siempre a punto el
crucifijo a mano para acometer la batalla contra una serie de dificultades de
carácter diabólico y en cuya resolución vuelve a verse la intervención divina.
Es la fundación
de su primer monasterio el que topó con mayores resistencias, venidas de sus conterráneos. Se cumplió el axioma que
pregunta quién es tu enemigo a la que corona la respuesta del de tu oficio.
Fueron los curas y los frailes de su pueblo en comandita con un sector del
pueblo los que trajeron por la calle de la amargura.
Cuando propuso
a sus hermanas de la Encarnación la idea de volver a la pureza primigenia de la
orden establecida por san Alberto en 1171 siguiendo el modelo de Hilarión y de
Basilio con una regla durísima que fue mitigada por Inocencio IV en 1431,
algunas hermanas casi la tiran de los pelos. Iban diciendo por ahí que si
estaba loca.
-Tiene ganas de
figurar y recaudar las rentas de la fundación.
-Mira la beata
ésta con sus arrobos.
-Eres embustera e hipócrita.
Hubo de sufrir
especies y puyas de esa índole. Teresa nunca perdía la calma. Una vez fue a
escuchar un sermón pronunciado por un dominico en Santo Tomás. El predicador se
despachó a su gusto y miraba con ojos fulminantes hacia ellas lanzando invectivas
y andanadas contra aquellos que dicen ver a Dios y a la Virgen. Fingen raptos
con ánimo de figurar traicionadas por su soberbia.
-No se salvarán
por muchos rosarios que recen. Y pasen las cuentas de los dieces de
padrenuestros que tenga un trisagio. En vano sus súplicas. No les servirá de
nada. Caridad es lo que hacen falta. Amor a los hermanos.
Suele acontecer
que estos murmuradores farisaicos reclaman del otro una caridad que nunca
practican viendo sólo la paja en el ojo ajenos. El bueno del dominico parecía
estarse predicando a sí mismo. Subía al púlpito para escucharse y recomendando
la caridad y el amor fraterno seguramente que no las ponía en práctica jamás.
Una hermana de
la Santa que acompañaba a Teresa a aquella novena se revolvía en su banqueta
cerca del hachero enfurecida y estuvo a
punto de increpar al cura o salirse de la iglesia. Sin embargo, la aludida
escuchaba con atención y compostura, como si las invectivas y anatemas que
lanzaba aquel energúmeno no fuesen con ella, aceptando con humildad el
mortificante varapalo.
La soberbia e
impertinencia es mal arraigado que arranca de muy atrás y suele encaramarse a
los púlpitos. Con el mismo tesón hoy que ayer y para escandalo de muchos
cristianos. Se percibe un cierto abuso de poder, falta de tacto en estos
priostes echacuervos que más que ejercer
su ministerio ostentan una poltrona. Peroran y catequizan sin ton ni son,
émulos de Fray Gerundio de Campazas, parecen jatibes o imanes -los moros no
sólo trajeron a España las jotas sino también los púlpitos a la religión-
fundamentalistas. Hay en estos oradores una falta de decoro y una insolencia
que tiene poco que ver con la doctrina sino con sus conveniencias y encaramados
en el estrado vociferan jupiterinas que parecen a Zeus tronitonante desde el
Olimpo. No parece sino que utilizan su ministerio para rienda suelta a su
cólera o sus apetitos de poder. Dan de esa forma una pobre impresión. Y lo
malo, que ese bajo estilo de jatib echacuervos impregna a los catequistas de la
democracia. El diablo no sólo se ha metido a cura a la polaca sino que lleva ya
bastante tiempo ejerciendo el periodismo. Todos imitan al monstruo sagrado
donde tiene su podio el ministerio de la verdad y de la mentira que son la
Sienén y el Njoqtaimas, emporios de la noesis al servicio del dinero.
A quien esto
escribe, que es de siempre muy devoto del rosario, le ocurrió una experiencia
tan pesada como tuvo la Madre en 1571- esto era en la primavera del 2000-
cuando un párroco de Asturias que yo tenía por persona piadosa empezó a despacharse
a su gusto contra el rosario:
-Aunque reces
veinte rosarios al día no te vale nada- decía don Aniceto.
Y yo quieto.
Él no rezaba
ninguno porque lo ha suprimido por las tardes. Hasta que él llegó el eco de las
avemarías se esparcía por las bóvedas de la “catedral vaqueira” que así llaman
al templo de San Martín de Luiña. No obstante, esta gloriosa devoción fundada
por Domingo de Guzmán es tenida en menos por algunos de la Curia post
conciliar.
Me mortificó
mucho con sus palabras, pues él conocía que me ofendía, y yo no sabía dónde
poner los ojos ni para donde mirar si para el techo o para el retablo. Creo que
estuvo más de cinco minutos lanzandome andanadas, trágame tierra. Aquel orlando
furioso debía de haberse enterado a través de las mujercillas que le hacen
corro y don Aniceto por aquí y don Antonio por allá, que dicen tiene buen
cartel entre las vecinas y poco respeto por la mujer del prójimo, y declaró su
disgusto al enterarse de que hay “uno por ahí que reparte rosarios de cuerda
con sartas blancas que relucen por la noche, pertenece a la cesta de Amparo y
es un borracho” y eso no está aprobado, no son benditos. Yo los suelo repartir
entre los enfermos y allí donde barrunto algún peligro o añagaza del enemigo
del género humano. Le debió de molestar por creer que atentaba contra sus
competencias de padrinazgo espiritual entre su grey y por eso echaba sapos
aquella mañana en misa de doce. ¡Vaya por dios!
Sólo le faltara
pronunciar mi nombre y apellidos poniendome en ridículo ante toda la congregación.
Estuve en un tris que no me levanto y abandono la asamblea en medio del Santo
Sacrificio. Una fuerza me retuvo, aunque al salir me mojé bien los dedos y la
frente en la pila del agua bendita, para espantar los malos pensamientos, que
me dieron ganas de contestarle haciendo uso de las prerrogativas
constitucionales del derecho de réplica, aunque parece ser que en la Iglesia
del post Vaticano II se ignora esta norma y los curas siguen predicando que se
quedan solos, diciendo niñerías, como en tiempos de poco después de Trento, o
abrogandose el autobombo y platillo. Se siguen escuchando a sí mismo y a sus
monsergas. Y menos predicar y dar más trigo. El maligno odia esta práctica
devota que salvó a la catolicidad de tantos peligros.
A diferencia de
Teresa yo no soy sino un pecador pero en medio de mis aflicciones y
sufrimientos a causa de la impostura circundante también me refugio en el
corazón de Xto. Sea el mi refugio y fortaleza.
No sé ni como
me contuve de salir corriendo pues vi como a aquel clérigo por nombre Aniceto
que movía los brazos debajo de la estatua de san Martín y le habían salido de
entremedias de la casulla como dos cuernos y en los zapatos sendas pezuñas.
Estaba puesto de pie sobre una salvadera de azufre.
Los problemas
continúan siendo los mismos casi medio milenio después por culpa de algunos de
sus más indignos ministros. Se escuchan en los sermones demasiadas tonterías y
habiendo tanto desacato al dogma y a la moral y
se permite utilizar los templos como lugares de conciertos y hasta se
les ha habilitado para acoger las protestas de los emigrantes de arribada, y
ninguna voz se alza contra la depravación de nuestras costumbres, ni hay nadie
que se atreva a excomulgar a algunos profazadores del Salvador en los ámbitos
publicitarios, pues España está siendo pavorosamente descristianizada, ahí
tenemos a muchos sermoneadores haciendo encajes de bolillos y arguyendo de
colusión con el maligno a los que buenamente tratan de invocar el nombre de
María en esta hora difícil.
Al igual que
entonces ahora corren tiempos recios. Se escuchan muchas niñerías desde los
ambones[30]
que están siendo utilizadas de tornavoz de las consignas del anticristo porque
el medio es campo abonado para las potencias del contubernio. En unos aumenta
la transigencia con las niñerías y sus prédicas resultan cursis. Otros
simplemente se van por las ramas y la mayor parte siguen hablando para sí
mismos halagando su orgullo con escándalo del pueblo de Dios. Son cínicos, se
solapan bajo una mampara de bondad que no les pertenece, y taimados. Son
diablos. Nunca practican tampoco lo que predican, ni aunque revestidos de los
ornamentos creen en la función que ejercen. Meten mucho ruido, bufan,
descalifican y al final son sinuosos y retorcidos. Sepulcros blanqueados. En la
conferencia Episcopal por los visos se la cogen con papel de fumar y hasta el
mismo Vaticano se inhibe a la hora de llamar a parte a Arzalluz, ese ex fraile
sanguinario e hipócrita culpable de tantos muertos en nuestra patria durante
más de cinco lustros. Tal cautela y tantos miramientos y enjuagues no son de
Dios. Tienen que ver con el ambiente envenenado de la política.
La retórica fue
de por vida uno de los grandes peligros del catolicismo occidental. Con muchas
y grandes palabras se llena el saco. En el fondo no queda nada.
El siglo XXI
está pidiendo una reforma de raíz, acaso un nuevo concilio que ataje la
desmesura y postración en que se encuentra la verdadera religión pilotado por
estos clérigos que ni fu ni fa, castos en apariencia pero siempre bastante crueles
y poco sensibles con los males del prójimo, de estragada moral. Unos se dicen
de ideas avanzadas e incluso llegan a secundar los crímenes de Eta por miedo al
qué dirán, confabulados con el poder y atentos a las sinecuras o a las migajas
que caen de la gran mesa. Otros integristas. Uno no puede por menos de añorar
la presencia de un Cisneros, de un Ximenez de Rada el arzobispo de las Navas y
de tantos prelados y clérigos que dieron su vida por España, defensora de
Cristo y de la fe católica. A veces me pregunto si la iglesia de nuestros días
ha dejado de ser católica y de si sólo conserva de sus antepasados el nombre.
Este al menos el sentir de muchos buenos españoles que se ven abandonados de
sus pastores. Si esta institución tiene en sus manos la verdad ha de salir en
su defensa para bien o para mal. Hay que estar a las duras y las maduras y éste
es el sentir del pueblo que notan que los representantes de aquello que más ha
amado y ha padecido se han pasado al enemigo con armas y bagajes.
Esta iglesia de
hoy recuerda bastante a la de Tancredo. El fervor ha entrado en dique seco, la
barca varada y el gran tren del amor en vía muerta. Aparcada por los que mandan
la tienen más contenta.
Nos gustaría
ver a una iglesia donde se alabara al Señor, se cantara más y se hablase menos
diciendo siempre lo mismo, igual rutina, los rollos se repiten más que la
cebolla, y se siguiesen los ritos de la antigua liturgia plena de símbolos por
más que los oficiantes fueran hombres casados, gente como los demás, para
tranquilidad de muchos maridos, y que no siendo del mundo vivan en el mundo,
siguiendo las máximas de Cristo. Amen. Tal vez sea mucho decir pero si algún
futuro aguarda es la diaconía. Habría que desclericalizar pero sin someterla a
un proceso de secularización, ni a una desamortización nueva, para mantenerla
viva. Pronto darán un paso adelante los que sientan con agallas de presentar
testimonio. Una nueva era de mártires aguarda.
Madre Teresa,
estás de actualidad. Padeciste mi misma dolencia. Estuviste sola y sin arrimos,
pero Él estaba a la mira, velando por ti. Te guardaba.
Es hora ya de
decir la verdad y explicar por qué tanta gente está huyendo al desierto para
encontrar a Cristo. En los templos desiertos y diezmados por la rutina y por la
fuerza de la costumbre no lo encuentran. Ahí está la clave de la reforma que
pretendía esta carmelita intrépida.
Su situación
empezaba a ser comprometida en aquella ciudad que para ella fue más de los
cantos que de los santos. El demonio enredaba y la Encarnación estaba en pie de
guerra contra la sor reformista.
Corrían tiempos
recios y el provincial Salazar deshoja la margarita sobre si conceder licencia
de abrir una sucursal del Carmelo ciñéndose a las capitulaciones sinaíticas.
María Ocampo, su sobrina, recién ingresada en el noviciado, estaba dispuesta a
acompañarla en la empresa fundacional. Guiomar de Ulloa, dama principal,
promete dineros. Luego se volverá atrás cuando su confesor la niega la a
absolución por andar en amistad con la monja rebelde.
Pero sigue
escuchando la voz interior y ante el brete de quién obedecer entre Dios y los
hombres. Guarda silencio y se somete a la obediencia de Salazar. Todo se
vuelven inconvenientes hasta un sobrinillo suyo, hijo de su hermana Juana y de
nombre Gonzalo, recién llegado de Alba para rehabilitar una casa recién
comprada con el propósito de fundar, es enterrado entre los escombros del muro.
Lo sacan ya muerto. La madre está desesperada y su padre, el cuñado de Teresa
que es el que hace las obras, un albañil, experimentado, que había colocado las
alidadas y rafas de ladrillo con pericia suprema, pega voces y culpa a sor
Teresa de ser la responsable de la muerte del pequeño promoviendo gran
escándalo. El constructor su pariente, Juan de Ovalle, ese era su nombre, que
había venido expresamente desde Alba de Tormes ostentaba el alarifazgo mayor
para los duques. Ya era difícil que rafia por él entablada se viniese abajo.
Esta claro que los diablos enredaban.
Ella toma al
chiquillo en los brazos se aparta a una alcoba a rezar y al punto vuelve sale con él de la mano. Al poco rato empezó a
jugar y hacer niñerías según precisiones del Padre Yepes.
Esta anécdota
no viene en otras biografías de Teresa. El jerónimo demuestra que era imposible
que la pared pudiera caerse habiendo sida erigida por tapiador tan experto y
que el muchacho volviese a la vida después de haber sido aplastado por los
sillares su pequeño cuerpo. Tuvo que haber intervención diabólica pero Dios
demostró su cariño por la atribulada carmelita en tan amargo trance. Corrían rumores
por el pueblo de que estaba embrujada y de que sus hablas con Dios y con los
santos no estaban deparando sino mala suerte. Yacía al pie de la cruz de la
murmuración y la calumnia sin arrimos pero el Señor suele andar a la mira en
tales casos y sale en defensa de los débiles y humildes. Es lo que pasó.
Tanto voces tan
autorizadas como san Luis Beltrán y san Juan de Avila dieron sus avales y
salvoconductos certificando que los trances inexplicables no eran obra
diabólica sino signo divino, pero en aquellos tiempos en que se cometían tantos
desmanes en las calles y se hacían tantas ofensas a la religión el que una
frágil mujer se dispusiera a reformar su orden representaba una abominación
para las mentes bienpensantes.
Siempre está
tratando de justificarse a sí mismo buscando avales y firmas que la respalden
para su labor. Mientras tanto, el Señor actuaba por otros conductos e intervino
fortuitamente en la crisis de la manera más tonta. Había fallecido en Toledo
uno de los ricoshombres de Castilla, Arias Pardo, protector eximio de la Orden
y el provincial, Ángel de Salazar, le pidió a título de obediencia que acudiese
allí para aliviar los duelos de su desconsolada viuda, doña Luisa de la Cerda.
Es así como abandona Avila que estaba soliviantada contra su persona. La
noticia del milagro que obró para justificarla fue interpretada no bajo la mira
de lo sobrenatural sino como un accidente y la pobre Teresa estaba afligidísima
y sin saber qué determinación tomar. La mañana de Nochebuena de 1571 llega a la
Ciudad del Tajo acompañada de una de sus beguinas. Son recibidas ambas
religiosas como muchas atenciones pero la privanza que parece gozar de doña
Luisa la hace ser envidiada por otros de los cortesanos. No le gusta aquella
atmósfera y piensa en la frase del Evangelio sobre la riqueza, el camello y el
hilo de aguja. Los grandes señores no viven en libertad sino que son esclavos
de sus cosas.
El mismo
sentimiento de aversión asaltaría el alma noble y despreciativa para las cosas
del mundo en otra casa similar, la de los Duques de Medinaceli. Nunca pudo
aguantar los caprichos de la princesa de Éboli. En Toledo conoce a otra colega
la beata María de Jesús que abre sus ojos. A su parecer la primitiva regla de
san Alberto permitía a los primeros monasterios que fundaron los cruzados en
Palestina ser establecidos sin renta ni dote.
Es el eureka
que le viene a sacar de atascos porque estaba fuera de sí buscando fondos y ése
había sido el elemento de discordia que tuvo con el cabildo abulense. Los curas siempre la ponen pegas. Ocurrió en
Medina donde los agustinos casi estuvieron a punto de apedrearle. Salvo en contadas ocasiones, como en
Palencia, donde percibió una atmósfera de liberalidad y de falta de interés que
le recordaba el desprendimiento de las cosas del mundo, sus monasterios
tuvieron unos comienzos discutidos. Desgraciadamente siempre hay que hablar del
oro de la Iglesia.
He ahí otro
gran caballo de batallo. Hasta para proclamar bienaventurado en los altares se
necesitan grandes desembolsos pues hay que pagar curiales. La formula mágica
para pechar con tales dificultades era el dios proveerá y la fue bien. Se fiaba
más de sus plegarias que de la bolsa. Además, iba sola por los caminos sin
cuenta corriente ni tarjeta de crédito. Pero tenía una Visa poderosa en la
cartera: la oración. Yepes expresa los
reparos a la empresa quijotesca que ella encaraba al dejar sus palomarcicos sin
renta ni dote esperando que el maná cayera del cielo magistralmente con el
siguiente párrafo:
Comunicó con
algunas personas graves su parecer y casi entre sus confesores y letrados no
halló quien lo aprobase. Decíanle que era desatino, que estaba la caridad muy
resfriada y diferente de otros tiempos que habría pocas que la siguiesen en sus
deseos y que les costaría mucho procurar su sustento; que para gente cuya
profesión es oración sería grave daño, porque los cuidados cuando son
demasiados fácilmente ahogan el espíritu.
La cordura de
Sancho Panza viene a recordar que los santos y las guerras sólo salen adelante
con doblones. Por los visto, los conventos pobres y sin independencia económica
con frecuencia en aquellos tiempos se convertían en casas de mala nota. A la
santa la convencían aquellas razones pero cuando se prosternaba ante el
sagrario allí sonaban otras opuestas. El propio Xto le pedía que no tuviera más
reparo y que fundase. Que desoyese los juiciosos desatinos de la impróvida
razón. ¿Al fin y al cabo no estaba ella tasada como una loca a causa por Jesús?
Sólo en el cielo recababa la luz de inspiración. Al contrario, “consideraba que la renta era
madrasta de la penitencia, la sobornadora de regalos y enemiga de la templanza,
y veía los daños que en los monasterios han nacido de la superfluidad y
abundancia: que sin duda eran a su parecer mayores que los que había engendrado
la pobreza” Fr. Pedro Ibáñez, presentado
de la Orden Dominica, su antiguo valedor en Avila, aduciendo un pliego de
cargos teológicos, ahora se llama a parte y le disuade de su intención de
fundar sin renta.
Pero Pedro de
Alcántara, otro simpatizante, por aquellos días fue a posar en la misma casa de
donde era huésped la Madre en casa de doña Luisa de la Cerda[31].
Fray Pedro se mostró de su parte y era del criterio de que de ninguna manera lo
dejase. La escribe una enjundiosa carta maciza de sentencias y de razonamientos
a Toledo en que la exhorta a seguir las indicaciones de la llamada interior
olvidandose de los hueros consejos de los letrados que tendrán mucha ciencia y
poco amor de Dios, y entre otras cosas dice:
El consejo de
Dos no puede dejar de ser bueno, ni es dificultoso de guardar, sino es a los
incrédulos, y a los que fían poco de Él, y a los que se guían de la prudencia
humana. Porque quien dio el consejo dará el remedio... si V.M. quiere seguir el
consejo de Xto de mayor perfección, sígalo; porque no se dio más a hombres que
a mujeres, y hará que le vaya muy bien. Y si quiere tomar el consejo de
letrados sin espíritu, busque harta renta, a ver si le valen ellos. Que si
vemos faltas en monasterios pobres, es porque son pobres contra su voluntad, que
yo no alabo simplemente la pobreza, sino la sufrida por amor a Cristo Señor
nuestro, y mucho más la deseada y procurada con amor[32]...
XXX
CAPÍTULO IV
1) Suprimidas
las ejecutorias de hidalguía.- 2) Un día de san Bartolomé de 1562.- 3)
Quijotesco ideal: España por el rey, por el papa y por la utopía.- 4) Rufianes
y místicos.- 5) Carros y carretas en un destino andariego.- 6) “La queremos y
la amamos; Te Deum laudamus”.- 7) Tejer y destejer su pleita.- 8) El peral
milagroso de Villanueva de la Jara.- 9) Recado de escribir por penitencia y le
salieron a la Santa unos libros maravillosos.-10) Dos ciudades a palos por su
causa.
---JJJ---
El día de san
Bartolomé de 1562, un 24 de agosto castellano anegado de brisas, olía a pan y a
tamo de las rastrojizas, el verano ya de vencida, de mañanita una campana
empezó a sonar, la de un convento recién labrado y estrenado, uniéndose al coro
de voces de bronce que alegraban las alboradas de la villa; unas pocas gentes
se habían congregado en el conventillo de San José para la toma de habito de
cuatro monjitas, todas pobres, huérfanas, sin dote: María de la Paz, Ursula de
los Santos, María de Avila, hermana del M. Avila el Apóstol de Andalucía y
Antonia de Enao, la portugueña. Todas ellas deseaban seguir camino de
perfección habitando en rigurosos encerramiento detrás de la reja, según la
regla del Profeta Elías, dando puerta a
los consuelos humanos, y vivir sólo para Dios. Las cuatro postulantes eran de
raíz conversa, de origen oscuro. Doña Teresa de Ahumada, nombre al que
respondía en sus primeros votos en la Encarnación, apeó su título de doña para
ser Teresa de Jesús a secas. No era meramente la reforma de una regla relajada
lo que allí estaba en juego sino una verdadera metamorfosis de la estructura
mental de los españoles y españoles. Ya se les pedirán credenciales de linaje.
El carmen descalzo al igual que los jesuitas no exigen a sus candidatos al
sacerdocio o a la profesión religiosa las consabidas ejecutorias de hidalguía.
Se hablará de conversos en sus centros pero nunca de freiras ni de beguinas.
La ceremonia
tuvo lugar de forma casi clandestina como las velaciones de segundas, y los funerales
pobres, para no suscitar demasiadas sospechas en el vecindario. Teresa de
Ahumada la sierva de Dios otra vez se había salido con la suya, dandoles higas
a los diablos que tanto entorpecieron la llegada de aquel día. Su rostro
parecía como habitado como de una luz celestial. Pese a sus 47 años era una
mujer bien parecida, ojos negros bajo unas cejas bien definidas, buen talle,
porte distinguido, labios gruesos y dientes en su sitio, esbelta aunque algo
metida en carnes pues siempre tuvo una tendencia a engordar, nadie diría que
hubiera estado tan enferma en su juventud.
Nadie había
visto tampoco madre abadesa ni monjitas tan guapas. Pero ya no se llamará madre abadesa sino
madre superiora. Se consagraban a la vida celestial y todas recibieron nombres
de ángeles. A la puerta de San José había que dejar cuanto les había
pertenecido en el siglo, hasta el apellido nativo. Antonia sustituyó el de Enao
por el de Espíritu Santo; de la Paz por la Cruz, sin embargo, sor Ursula de los
Santos quedó como estaba. Las hermana de san Juan de Avila empezó a atender por
el de María de San José. Terminaba de este modo una lucha de clases que tenía
por aquellas fechas puesto cerco a los muros de conventos y abadías. En
adelante no habría ya distinciones entre cristianos viejos y nuevos.
El 1562 resultó
ser un año fatídico para la cristiandad. El turco se había apoderado de Chipre
arrasando villas y aldeas, violando mujeres y matando niños y ancianos. A los
pocos mancebos que sobrevivieron la matanza se los llevaron después de
castrarlos a los serrallos de Estambul para eunucos. Alá es grande (y cruel).
El único monasterio católico que había en la isla siguió la misma suerte que
los cenobios de rito griego. Era de la estricta observancia carmelita siguiendo
la regla otorgada por san Alberto de Jerusalén. El papa Eugenio IV había
mitigado sus constituciones que como más abajo veremos eran durísimas pero el
chipriota se mantuvo aferrado a la antigua fórmula de santificación hasta
acabar pasto de las llamas de la morisma incendiaria.
Todos vieron un
signo enviado desde arriba en que la Orden no se extinguiera. Las cuatro
profesas de san José recababan la antorcha y seguían una tradición de estricta
observancia que había durado cuatro siglos. Sólo el Omnipotente puede hacer estas
cosas. Que un exiguo palomar blanco convertido en casa de oración gracias a la
pericia del cuñado Juan de Ovalle fuera eslabón de enganche a la vieja
tradición contemplativa formaba parte del misterio. El oriente cristiano de
Hilarión, Macario y Pagnufio y el occidente entraban en contacto por medio de
san Alberto, aquel noble inglés que se alistó en las cruzadas y murió penitente
obispo de Jerusalén. Carmelitas, templarios y cistercienses nacen de la misma
ocasión; del deseo de la vida apartada y de los desengaños del mundo. Sin
embargo, todo lo que es humano comporta imperfección. Con el paso de los años
el ideal fue decayendo lo mismo que su fervor y los institutos fundados con
entusiasmo fueron desbaratados por la rutina de la vida de comunidad; algunos
desaparecieron, como el Temple, diz que víctimas del anhelo de riquezas, y de
contubernios con la magia; otros se inclinaron por caminos laxos y su lujo, el
desentendimiento de la clausura[33],
hace que en el siglo XIV, por ejemplo, Chaucer desgrane carcajadas en sus
Cuentos de Cantorbery a costa de los carmelitas de Londres, casa instituida por
Simón Stock, que habitaban en un monasterio puesto a todo tren cerca de
Whitechapel.
François Villon
dedica a estos religiosos algunas de sus sonoras bufonadas en “Le Ballade des
Pendus”.
En Francia,
Gran Bretaña, Alemania y norte de Europa las reformas desamortizadoras de
Enrique VIII, de Calvino y de Melachton significaron el cierre de la mayor
parte de los monasterios de mala nota, en buena parte porque muchos habían dado
en casas de perversión y de libertinaje. Es a la luz de estas consideraciones
que se ha de encandilar el afán de la religiosa abulense de convertir los muros
carmelitas en pared inexpugnable, echar con más fuerza el pestillo, parar la
galantería del locutorio, colocar el almaizar[34]
sobre el rostro de sus pupilas, quienes al recibir el cordón de san Elías y de
san Eliseo se comprometían a una existencia apartada, cárcel en vida para ganar
el cielo. Abrazaban a la hermana pobreza y se comprometían a una existencia de
escasez y de apreturas en el congosto claustral donde la fetidez y los piojos
van a ser compañeros de cama. Estos molestos animalitos van a ser una de las
primeras preocupaciones de la Santa. Tuvo que hacer un milagro san José para
librar a las primeras carmelitas de este flagelo.
Además, eran los grandes terratenientes y la
notoriedad de sus posesiones suscita los deseos de los de abajo, que ven en los
frailes un mal ejemplo, una inadecuación entre la prédica y la práctica.
España va a comportarse
de un modo diferente al resto de los cristianos septentrionales postulando la
contrarreforma. Fue una idea descabellada y quijotesca, si se examina el
proyecto con los ojos de la razón, mas, a la luz del dictamen del espíritu
quizás sí que se acierte a entender el concepto por el que lucharon Teresa de
Jesús, Iñigo de Loyola, José de Calasanz. Partiendo del supuesto de que la
verdad y el error son incompatibles y de que no caben conciliaciones que
valgan. Sin embargo, si observamos la naturaleza de los hechos objetivos y
sobre todo en materias tan abstrusas como la teología se da una intercadencia
de contrarios. Lo que repugna a los hombres es grato al corazón de Dios.
Además, no es
justo derramar sangre en nombre de Dios a pesar de que los seres humanos
transforman su credo en banderín de enganche, porque sólo ven en él una
prolongación de sus propios deseos, algo que justifica sus propias acciones y
la concepción del mundo autóctona, y del que se derivan ciertos planteamientos
dinámicos o pretextos para convocar yihad, a pesar de que el quinto mandamiento
suyo el de no matar, cuyas cláusulas ni moros ni judíos, tampoco por desgracia
los cristianos, respetaron. En
demostración, un repaso a la historia o un vistazo a los titulares de la
actualidad.
¿Por qué
permitió Dios los saqueos de los cruzados que encontraron una contrarréplica en
la debelación otomana de 1562? Son misterios de su mente inescrutable esta
tolerancia, si no permisión, del triunfo de las fuerzas del mal. El dolor
siempre debe de tener un registro de purificación por más que este sentido,
oculto, nunca lo veamos. Con ese código críptico se escriben las paradojas de
nuestros anales, dominio del capricho, la casualidad o el absurdo.
Unos nacen,
otros mueren, y es preciso que el grano se hunda en la arena si quiere ser
espiga. El Carmelo se renovaba bajo los auspicios de la expiación propiciatoria
de la cruz, para pedir perdón por los pecados de los herejes que allende los
Pirineos quemaban catedrales y dejaban convertidos en solares cabildos y
ermitas. Era la furia de Armagedón. Había estallado el odio fratricida y en esa
tormenta de cólera el inconformiso, la soberbia o la estupidez jugaron sus
bazas. Renace el fantasma de la iconoclasia y España manda a sus soldados a
pelear en guerras que nunca se hubieran producido de haber existido por parte
de Roma un poco más de benignidad y de tolerancia, si los curas y los frailes
hubiesen llevado vidas conformes a la pauta evangélica.
El duque de
Alba Fernando de Toledo salía siempre a campaña llevando bajo la loriga un
cristo que le había labrado la Santa[35].
La cual nunca pudo entender el pensamiento ni la actitud de aquellas pobres
almas descarriadas que profanaban los sagrarios y que irremisiblemente se
condenaban; ello le roía las entrañas.
No era más que
una cuestión baladí, accidente, no sustancia. Se ha comprobado que la comunión
podía ser dada en la mano y suprimir las estipulaciones acerca del ayuno
eucarístico, y por eso no se ha hundido el mundo. ¿Está Cristo en presencia
real bajo las dos especies? No
quisiéramos entrar en polémica, pues basta saber que él está en la historia y que el vino y el pan
de la Sagrada Cena se han convertido en alimento de vida. ¿Memorial o puesta en
escena del sacrificio del Gólgota? La escolástica, con su tendencia habitual a
los encajes de bolillos, a veces deforma el verdadero rostro del Señor. En la
ortodoxia que tienen epíclesis y no consagración real no ha muerto gente por
esa trifulca alegórica.
Sin embargo, en
el ambiente en que vivía la fundadora estos asuntos veniales constituían
anatema. Era devota de las Cuarenta Horas y manda erigir los monasterios para
desagraviar las afrentas que se hacían en tierras protestantes. La primera
ceremonia que se lleva a efecto en el primer enclave de la restauración fue
colocar el Santísimo en aquella especie de portal de Belén que era el convento
de san José de Avila. Dende, la obsesión por hacer la Reserva con el canto del
“Pange lingua”, el primer acto fundacional de todos los centros de la reforma
descalza, en expiación por los pecados e injurias que recibía Jesús encerrado
en su Tabernáculo.
Comen a su
Dios, son unos antropófagos, dirán los moros escandalizados de ver comulgar la
hostia los cristianos, mientras en el norte se desnudaban los altares y se
cerraban por inservibles los sagrarios, o echaban a la hoguera las custodias
buriladas en oro. Los erasmistas alegaban que adorar una cruz es fetichismo,
como convertir a dios en un palo y para colmo estaba el culto a las reliquias,
extracciones falsas en su mayor parte de los vestigios sagrados, motivo de
innúmeros escándalos, los abusos simoníacos e imposturas de las indulgencias y
perdonanzas, había cantidades fijas para la absolución de cualquier pecado que
tenían un precio mayor oscilante entre su gravedad o parvedad. La Capilla
Sixtina fue labrada en razón de las limosnas que dejaron los sufragios por las
Ánimas Benditas. La doctrina del Purgatorio nació de las visiones, un poco
discutibles, de los “caterinati” de la Orden Tercera dominica y los jesnatos, fundados
por Colombini de Siena, movimiento jesuitino que empezó predicando el
desasimiento de las cosas terrenales y acabó fascinado por el becerro de oro.
Las noticias
que llegan de Alemania sobre profanaciones y mofas convierten a España en un
perpetuo auto sacramental. La nación en peso se coloca de rodillas en acto de
desagravio por las profanaciones de las que tiene noticia, y, ensimismada en
sus iglesias, recanta y retracta de su
pasado moruno o hebraico para después sacar su fe a las calles en procesiones,
convirtiendo la alegoría del dogma en algo sensible y palpable, porque al Dios
humanado, a la segunda persona de la Trinidad se le puede hablar de tú a tú,
nos está esperando en la custodia y en el cáliz, de ahí el nuevo carácter
intimista y subjetivo que adquiere la nueva religiosidad.
San José abrió
sus puertas con sus moradores entonando el “Pange, lingua, gloriossi corporis
mysterium” de Sto. Tomás de Aquino haciendo la reserva. Eran tan pobres las
monjas que carecían de casullas y ornamentos para el culto y hubo que encargar
misales prestados a Toro. Pero la mañana era de una singular belleza tranquila
con esa luz castellana con bríos de totalidad que desciende sobre los peñascos
y parece que los transforma en flamas. Avila de los cantos. Hasta los
berrocales que hay en las cuestas que derivan hacia la ribera del Adaja
escoltada por una guardia de chopos parecían cantar el “Tantum ergo”, en
claridad de éxtasis.
No había muchos
asistentes a la profesión de las cuatro mozas; todas, con excepción de Ursula
de los Santos, que había sido una mujer atractiva, eran casi unas niñas. La
entrega de los primeros velos se desarrolla en un ambiente clandestino, se hace
casi a escondidas para no soliviantar los ánimos. A despecho de las
dificultades el Espíritu Santo se había salido con la suya, hágase su voluntad,
por cuantas higas hubo de hacer la M. antes de aquel instante, un momento de
bonanza en medio de la tempestad.
Afuera rugía la
marabunta, corrían tiempos recios. Los estrelleros detectaban señales apocalípticas,
menudeaban las predicciones, los horóscopos y calendarios son de esta época,
los augurios apuntando a una Segunda Venida. El Renacimiento descubrió la
ciencia positiva y a los clásicos olvidados pero fue por igual responsable de
un resurgir de la brujería. Por un lado volvía a rebullir el islam con la
fuerza arrasadora que le es propia, fucilazo de medias lunas y de cimitarras,
excitado por s intransigencia obcecada, su influencia se hacía notar en
Andalucía, no digan al Andalus por favor, que los vándalos nada tienen que ver
con los moros. Luego detectaría la M. este atisbo morisco indeleble cuando fue
a fundar más allá de Despeñaperros, en Córdoba y en Sevilla fue donde peor lo
pasó. En la primera ciudad, emporio de la alumbrada Magdalena de la Cruz, la
Inquisición tramó echarla el guante, en la segunda comprueba, para su disgusto,
que en las iglesias son excesivos, cantan y bailan y dicen donaires a las
macarenas y a las mujeres que acuden al templo para ser vistas por sus galanes
más que a rezar. En el sur el sol pega más fuerte. Todo se vuelve excesivo. Allí gusta la
hipérbole. Es riqueza Andalucía y es también pobreza en demasía.
La bestia es
inexorable en sus planteamientos estratégicos, suele hacer la tenaza al
embestir: el norte estaba copado por Calvino y otros heresiarcas y por el sur y
por el Este acechaba la morisma. Sólo al Oeste quedaba Portugal. Los tercios de
don Fernando de Toledo, mentor teresiano, cruzaban los Pirineos y para detener
la furia de las armas ofensivas del enemigo se echaban al cuello un escapulario
por defensa que les bordaran a los soldados las hijas de Sta. Teresa, pero a
los niños holandeses y belgas se les asustaba diciendo que viene el coco, ya
está aquí el Duque de Alba. Guillermo de Orange tampoco era manco. No nos lo
perdonan desde entonces. Nos están pasando factura a todas horas. El
antihispanismo no es ni mucho menos un cuento chino.
Todo era, sí,
una quimera, pero los pueblos que no alimentan de sueños perecen y la España
quijotesca se batió por un ideal y por una religión que consideraba la
verdadera. Que fue un poco vehemente y precipitado no hay que dudarlo pero esos
bríos han formado parte de nuestra grandeza y contra lo que se crean muchos
éste es un solar liberal porque los inquisidores no tenían patente de corso
para quemar con tanta alacridad como piensan algunos historiadores ingleses ni
ninguna otra nación ha tenido esa rara habilidad que posee la literatura
española para la compunción crítica y debeladora de su realidad, al socaire del
género picaresco.
La mística es
la sobrehaz del “Buscón” sin detrimento de que a causa dello, pues los extremos
se tocan, presenten puntos de contacto. Los alumbrados se entregan a la evasión
de ese mundo que les es hostil e ingrato al que denuesta, siendo así que es el
que les da de comer, mientras Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache hacen
inmersión pública en él y nos lo muestran tal cual es, crudo, recio, a veces
divertido y favorable donde caben ciertos gozos pasajeros. El místico, más
exigente, busca lo inacabable y tal vez lo inalcanzable.
Con sus
convulsiones y espasmo el siglo XVI en su aliento innovador, dando rotundos
vuelcos la rueda de la fortuna, mucho va
a tener que ver con el XXI. Haciendo valer la promesa de “estaré con vosotros
hasta la Parusía”, Jesús, el Jesús de Teresa, cuando todo se daba por perdido y
los batallones de la infantería española se batían en retirada, hizo florecer
por la geografía patria aquellas humildes espadañas de las capillas carmelitas
que se alzaban implorantes como lirios de ternura, sacrificio orante y
expiación, para aplacar los pecados de los herejes que a la Santa le “partían
el corazón”.
No había mucha
gente en la ceremonia inaugural pero había venido Guiomar de Ulloa con un brial
negro que lucía la pechera de brocado, el terciopelo realzaba la augusta
belleza de su noble rostro. Estaba el Maestro Daza, un clérigo que por sus
penitencias y ayunos, recordaba más un haz de sarmientos más que vulto de un hombre pues parecía un espectro todo
hecho de raíces de olivo; venía acompañado por dos padres de la Compañía con un
aire grave e inexpresivo bajo el gorro bisunto y la sotana ajustada por un
ceñidor, ellos no usaban escapularios ni cordón ni estaban obligados a coro
como el resto de las órdenes religiosas, tales innovaciones ignacianas
representaban una verdadera revolución, y a la legua se vía que, juntos pero no
revueltos, ellos no querían ser frailes, eran a la vez militantes y
contemplativos, muy letrados e inquisitivos, iban por el mundo asistidos de su
prudencia y sin fiarse de nadie. Bien cierto que esto les volvía algo
orgullosos y distantes. En Roma empezaron a llamarles guardias de corps del
dogma católico al frente de las vanguardias de una elite. Eran temidos y
odiados por los frailes. Pronto se alzaron con el santo y la limosna acaparando
riquezas. Ha sido la orden más opulenta que nunca existió porque concentraron
su apostolado entre las clases adineradas.
Cerca del
presbiterio estaba la viuda de Arias Pardo, doña Luisa de la Cerda de la Casa
de los Medinaceli, amiga y devota de Teresa. Todos se apretaban en la iglesia
de muy exiguas proporciones. Sonaron los compases del “Veni, Creator”, las
cuatro candidatas al velo negro y al manto blanco de la Virgen del Carmen se
prosternaron. Fue un momento muy solemne cuando las novicias descubrieron sus
testas, todas eran rubias, y las presentaron en ofrenda a Jesucristo.
Significaba que antes de recibir el don renunciaban a toda vanidad incluso la
instintiva de sus cuerpos de mujeres hechos para agradar, concebir y parir.
Igual que la
oveja reclina su cabeza ante la toza del matarife ellas las ladearon ante un
diácono que traía un estolón y unas tijeras, las rapó al cero en un esquilo
demoledor y a la vez conmovedor, en medio de un silencio impresionante. Sólo se
escuchaba el abrir y cerrar de las palancas de la podadera, alguna lágrima
ahogada. La tonsura es reclamo de la Iglesia a los que pretenden ingreso en su
servicio. Más de alguno de los presentes a la vista de la escena recordaría con
emoción el viejo romance que todos los que ya peinamos canas escuchamos cantar
allá por la infancia en el corro o al juego de la comba por las calles y
ciudades españolas:
“Yo me quería
casar con un mocito barbero/ Mas, mis padres me querían monjita de monasterio/.
Una tarde de verano me sacaron de paseo/ Al revolver de una esquina había un
convento abierto, / Salieron todas las monjas, todas vestidas de negro/ Con un
cirio en la mano que parecía un entierro/. Me sentaron en una silla y me
cortaron el pelo/. Juntando sus blancas manos me rezaron un credo/. Zarcillitos
de mi oreja, anillitos de mis dedos/ Lo que más sentía yo era mi mata de
pelo... Era mi mata de pelo”.
Se percibiría
entonces esa atmósfera mitad de júbilo y de tristeza que embarga las bodas y
las profesiones de religiosos, que son también verdaderos desposorios. Sonaron
epitalamios y cantos de pedida. Acabada la liturgia y aunque el convento era
pobre y la ceremonia se había realizado medio a escondidas habría un pequeño
agasajo en el que se serviría un poco de mazapán, alcorzas, y repostería hecha
al horno por las novicias; para acompañar, algo de aloja. Asistirían las
linajudas doña Guiomar de Ulloa[36]
y doña Luisa de la Cerda, los clérigos y los parientes de Teresa, que eran muy
pobres y cargados de familia.
Luego una campana
anunciaría a la ciudad, como en todos los monasterios carmelitas, que Prima
había sido dicha y sus moradores podrían hablar hasta la hora de Completas. Por
ese cabo las estipulaciones son algo más suaves que la de los cartujos pero, en
contrapartida, se hayan obligados a ayunar a pan y agua excepto los domingos,
desde la Fiesta de la Cruz, el 14 de septiembre, hasta Pascua florida. Bajo la
Regla de san Alberto y san Elías también les constriñe la pobreza. No podrán
tener otro cosa que los burros de carga en común y su clausura, más rigurosa,
les impide salir de su celda sin permiso del prior incluso para pasear.
La campaneta
avisaba que en San José se iba a volver a la vieja observancia de la Tebaida
oriental. Los padres del yermo seguro que desde la Gloria sonreirían ante la
intrepidez de su devota discípula, abonada a la renuncia, entregando sus vidas
en oblada para que fueran un motete que nunca cesa de expiación e impetración;
son los misterios del Cuerpo Místico y la interpolación de los tres estamentos
eclesiales: militante, purgante y triunfante. El mundo estaba mal, corrían
tiempos recios. Como siempre.
Luego todo el
concurso se diseminó por las callejas intramuros de la Ciudad de las Murallas,
callejas y pasadizos. El aire parecía de cristal y pocos transeúntes se veía
deambular, pero, como de costumbre, las tabernas estaban concurridas y los
figones y posadas henchidos de una población trashumante. El sol se alzaba
sobre el machito, era casi el mediodía y volvían reatas de carros de la era cargados
de costales de cereal camino de sus pósitos o para guardar en los sobrados de
las casas solariegas; la trilla estaba a punto de concluir, había sido un buen
año de trigo. Unos arrieros bajaban hablando entre sí con grandes voces por la
costanilla de Sonsoles, chiscaban sus trallas sobre los lomos de las
caballerías de tiro y al sonoro coloquio de los trajinantes en palabras bien
dichas y como clavadas que dejaban en el aire un poso de moderación ponía
contrapunto el cantar de los cubos de los ejes de las carretas del país,
alegres como un himno de resurrección. Su presencia era un anticipo de lo que
habría de venir porque Teresa sería una abonada a estos incómodos vehículos a
los que se subiría para ir y venir en sus fundaciones. Sus huesos molidos se acostumbrarían
al traqueteo de las ruedas y una vez en Córdoba tuvieron que bajarse todas y
aserrar los pezones del cigüeñal para pasar la puente. En Sevilla se llevó al
carro la corriente del Guadalquivir y acabaron varando en un arenal salvandose
toda la dotación de puro milagro, otro milagro de teresa.
Las golondrinas, alegres y dicharacheras,
impregnaban el infinito de quiebros con sus revoloteos recortados.
En la explanada
cabe la ribera del río un grupo de soldados hacía la instrucción y realizaba evoluciones
de esgrima sobre el pasto, algunos cargaban sus mochilas a punto de partir para
Flandes, limpiando con grasa los sables y los mosquetes. Muchos de aquellos
soldados del Rey bajo las ordenes de un capitán moreno, enteco, de buena voz de
mando, un almete morisco y almilla de cuero, jubón y gorgueras, polainas, botas
espoleadas, chambergo y valona de gala, los bigotes enhiestos y el aire a la
vez valeroso y desafiante con maneras de donjuán no regresarían para volver a
ver la luz de aquella ciudad, no hay otra en el mundo. Pero los añafileros,
honra y fama de los Tercios de Don Juan de Austria, seguían, como si nada,
atacando sus tonadas marciales en preparación del desfile de despedida y el
estruendo rimbombante de la caja. Ajenos a su suerte, los soldados bisoños de
la última leva reían y jugaban bajo la vigilancia de los veteranos de piel
curtida, y todos decían piropos a las mujeres que pasaban sin importarles la
edad ni el estado. Estaban entretenidos y descansando antes del alarde. Al fin y al cabo morirían por la religión
defendiendo las banderas del emperador. Era una compañía entera con sus
vistosos uniformes, el ala del almete de acero en media luna, ajustado
talabarte sobre el coleto para ceñir la espada con pomo de ataujía tapando los
pechos encendidos, las barbas puntiagudas, las trusas de colores a juego, el
tahalí terciado las bragas atacadas.
Unos sacaban brillo al talabarte, otros embetunaban las botas. Se sabría por
sus ademanes que eran gente recia y avezada a las fatigas y deleites de la
aventura y la guerra. En los corros se hablaba de mujeres y de soldadas, de
allí salían porfías y votos a bríos. La guarnición era mixta. Entre los
españoles había suizos, alemanes, algún croata. El ordenanza del comandante era
un calabrés por nombre Ciutti.
Entretanto y
pasada la puente, los arrieros, alcanzada la cima de la otra ladera, los
arrieros se detuvieron cerca de los Cuatro Postes. Se apeó el mayoral que
inspeccionaba a la reata, a humo de pajas aunque con buen golpe de vista a
fuerza de la costumbre y toda una vida entre carromatos y galeras onerarias,
cerciorando la consistencia de los tentemozos y riostras, pegaba golpes sobre
las teleras y comprobaba la solidez de las varas, pues era un largo camino
hasta Salamanca y después Lisboa, que era entonces la primera ciudad [37]española,
e impartió la voz de mando:
-¡So!
Toda la
comitiva se detuvo. El sol había cruzado la vertical y en San Vicente sonaban
avemarías, era la hora de yantar. En lo
alto de la casa torreada de los Andrade había posado una caudatrémula buscando
el alivio al bochorno del día, no lejos de allí entre los rastrojos cantaba una
collalba. De la campiña regostada y seca venía un olor a almizcle entreverado
con los efluvios del hinojo y el cantueso. Recio perfume. Antes de abandonar la ciudad se hacía menester tomar pan y hacer
la parva colación de un poco de queso y cebolla, algún nabo. Los tientos a la
bota a todos les vendrían bien, pues el vino abundoso fue aquel año. Se había
echado la tarde encima y hacía bastante calor. Luego los recueros durmieron el
mosto trasegado en siesta sobre los haces de una parva que hallaron a mano,
cobrando así fuerzas para el camino bajo un calor agostero cuando el disco del
astro estaba en sus comedios torrando los trojes. El aire ardía. Parecía que
caer fuego de arriba. Castilla se iba a sumir en calentura mística toda ella. Y
hacía mucho calor. En el convento de Nuestra Señora de Gracia una tornera por
nombre Margarita echaba una cabezada sobre un arcón antes de llamar a la
comunidad al canto de Nona. Se había corrido la voz de que Teresa que fue
postulanta en aquel centro de Agustinos estaba causando un verdadero cisma con
los del paño. ¿Cisma o reformación? Verdaderamente, estaba dando la vuelta la
tortilla, mucho habían cambiado los tiempos. Los goznes del torno giraron con
pesadez lúgubre y detrás en el zaguán se escuchó la voz de un hombre cansado
que se llegaba a pedir una limosna por el amor de Dios.
-Ave María
Purísima.
-Sin pecado
concebida. - maquinalmente le contestó sor Margarita despertando de su siesta a
escondida Estas no son horas, hermano, ahora llaman a coro. Venga más tarde. La
oficina está cerrada.
Y el pedigüeño
se alejó bufando maldiciendo su infortunio, a la tornera que dormitaba y a la
madre que la parió.
-Por vida de Marte.
No hay razones con el egoísmo de curas y monjas. Siempre la misma: Viene a
deshora, se nos acabó el caldo, ya no hay sopa boba. A mí que he servido al rey
y al papa y defendiendo sus banderas me lisiaron ahora se me da con la puerta
en los hocicos, malhayan los camándulas. ¿Dónde te has escondido, dulce Jesús?
¿Dónde estás que en tu nombre me despachan? Dios le ampare, vuelva otra día, y
así en cada lugar.
Siempre, lo
mismo pero España aquella fiesta de san Bartolo era un horno como barruntando
la tormenta que se avecinaba en los Países Bajos. Unos transigían con los
erasmistas, otros se amoldaban a la nueva situación o cambiaban de bando como
el rey de Francia musitando que París bien vale una misa y otros predicaban el
integrismo. Allí mismo se había desencadenado una guerra civil entre dos
bandos: el de las botas y chapines, y el de las alpargatas esparteras. ¿Y a
todo esto la caridad donde la ponemos? ¿En qué arca se esconde la tela de la
tolerancia, la compasión, la piedad? Los santos eran muy santos pero algunos
como Ignacio de Loyola estaban siempre de un humor de perros. Fuego en el aire,
llama en las casas, y los corazones eran un ascua en el tórrido verano de un
siglo de sequías e inundaciones. Había subido el termómetro, hacía mucho calor.
Lo hacía, lo
hacía, era lo suyo. Por aquella tierra siempre se habló de ardores desde el Día
de san Lorenzo con sus noches cuajadas de meteoritos que llaman “lágrimas” y
del fuego del Día de san Bartolo, y en mitad de la canícula cuatro monjas había
tomado el hábito, los soldados de un regimiento de asiento que se preparaba
para ir a la guerra en la explanada de la ribera que recuerda que Avila no fue
en su antigüedad más que un campamento romano, y una escuadra de muleros que
iban de recua camino de otros reinos demostraba que en el S. XVI se había
convertido en ciudad de acarreo.
Iban sonando
lentas, voz cabal del bronce, las campanas de los carillones y el reloj de los
conventos y cabildos catedrales, medidores exactos de los rezos, los cantos,
las genuflexiones, las hermosas invocaciones devanaban en febril tarea de
levigación las motas de arena símbolo de los minutos y segundos resbaladizos.
Tempus fugit. Las hojas del almanaque se desleían poco a poco. San Juan de la
Cruz tenía una manía cuando salía de viaje. Siempre llevaba consigo una reloj
de arena para todas y cada una de las estipulaciones del régimen de comunidad.
El que se somete a la vida de campaña no puede pasar sin el toque de corneta.
Pues lo mismo el monje sin campana ni “relox”.
El alhamel
mayor fue el que primero bebió y luego le siguió toda la cuadrilla en tragos
largos y victoriosos. Trallazos y estrépito de fustas. Indiferencia y vino al
pie de los Cuatro Postes el monumento que recuerda a la salida de la monumental
urbe castellana el triunfo de las armas cristianas sobre las mahometanas cerca
de cuatrocientos años atrás. Una vez yantados y habiendo echado una cabezada
sobre algún poyal, volvieron a enganchar y desparecieron entre una nube de
polvo allá por donde se bifurca la senda iluminada por los búcaros de cristal
que perfilan la lejanía de Gredos. Nosotros no los veremos pero algún día
volverán si es que el vino no hace de las suyas y reciben un cuchillazo jifero[38]
de la chafra de cualquier matarife, cliente habitual de este tipo de
establecimientos durante el medievo, en alguna venta de la ruta, o les vienen
encima salteadores, o mueren pateados por alguna de sus acémilas, o le come el
beriberi, o sucumben a la fiebre amarilla o al Fuego de san Antón. El pueblo
llano no lo pasaba bien, pero comía mejor que muchos hidalgos. El único camino
que les quedaba a los pobres para su manumisión de la gregaria leva era la
iglesia y el ejército. Y ello no sólo en España, que era el país más rico de
Europa, sino en todos los rincones de la cristiandad. En Francia, Inglaterra y
nada se diga de Irlanda, donde las cosechas de patata no estaban aseguradas
jamás. En aquella época, la pobreza era
vergonzante y casi general. África y América del Norte estaban en la edad de
piedra. La irrupción del islam en el espacio sujeto al yugo de Roma sobre todo
en la zona de Anatolia, Alejandría y Cartago había representado un paso atrás
en la senda del progreso.
Dejemosles
partir a los arrieros y volvamos a la ciudad. Hoy es un gran día, pero apenas
se nota esta trascendencia. Todo sigue igual. Por la Travesía de san Segundo
que desemboca en Muerte y Vida subía muy acezado y cachazudo a la catedral a
las Vísperas un voluminoso canónigo moviendo su gran panza; abajo, por Las
Losillas se paseaba meditabundo y como ensimismado en su ropilla un viejo
hidalgo fruncido el ceño el aire de melancolías, como no queriendo saber nada
de nadie. Era alto, huesudo, debía de comer poco pero con sus paseos daba
cuartos al pregonero habiendose espolvoreado los hirsutos bigotes con migas de
pan de que acababa de hacer refección. Un tullido, mientras tanto, contaba sus
hazañas allá por Mastrique y pedía limosna y compasión para sus heridas que le
habían inferido luteranos recitando la oración del Justo Juez. El veterano de
las guerras de Flandes extendía sus lamentables muñones tostados por el sol e
imploraba la caridad de los viandantes con voz apenada y acuosa. De tarde en tarde pasaba por el atrio de
Santo Tomás alguna señora de gran empaque y dejaba caer un ochavo. ¡Ay de los
viejos soldados que padecieron en lucha por la patria, es mérito que pocos
reconocen! Pero la vida sigue. Cerca de la casa fortaleza de los Aboín hilaban
comadres y en las eras de Abanto por mejor pasar la tarde se arrancaban por
seguidillas los aperadores que aguantaban la canícula sobre el trillo. El Adaja
en su cauce de la hondonada discurría semiseco. Pronto cuando el día fuese de
vencida empezarían las ranas a croar a la hora en que los gañanes volviesen de
segar y las mozas fueran a llenar el cántaro a los caños de la fuente
principal. En un portalón del alfoz de
Santiago se vio pasar rauda la sombra de una tapada morisca. Iba a hacer un
jofor en nombre de Alá. Aquel año de 1562 pontificaba en Roma Pio IV[39],
reinaba en España el católico y prudentísimo rey Felipe II, era general de la
orden carmelita fray Juan Bautista Rubeo de Ravena. Avila augusta seguía como
ensimismada, hoy igual que ayer, señora de la piedra blanca y gris en un tono de cromatismo que
combinaba el malva con la jerapellina, jorfe amurallado, bastión inexpugnable,
tolmo de devoción en medio del paisaje serrano, más cerca de Dios por su
altitud que ninguna otra de España, recoleta en sus muradas de cubos
enigmáticos y poternas de eximia traza, sin desceñirse jamás de la fíbula
líquida del Adaja, meandro de serenidades, pulso de inmortalidades. Dios, Dios.
¿Dónde está Dios? Si lo queréis encontrar, puede que lo encontréis cerca de
Avila. Como una saeta de fuego a punto de saltar.
Teresa, a buen
paso y echado el velo sobre la frente, cruzó la Candelada y bordeando la
catedral en cuya puerta cimbrada montaban guardia sendos atlantes luciendo en
el pecho sus escamas y una adarga que a primera vista recuerda la alzada de una
verga humana. Entró a hacer unas santiguada. Dentro de la penumbra del templo
catedralicio resonaba la melopea del cabildo y ella se arrodilló ante el altar
de san Marcial y pidió a la Virgen que la amparara. Luego, a través de los
soportales orilla de la plaza porticada descendería otra vez a la Encarnación,
su alma mater. Nuevas batallas del espíritu en lontananza. No era la hija de
una guerrero como Bernardo de Claraval ni estuvo en las mesnadas mercenarias
del Duque de Nájera, al igual que Ignacio de Loyola. Su padre lo más probable
que fuese un tendero o un cirujano, que había apeado del apellido el cognomen
de Sánchez trocandolo por el de Cepeda para disuadir a la caza de brujas; se le
acusaba de criptojudío y de pobreza de linaje. Pero las circunstancias de la
vida la habían convertido en una amazona de dios.
Los aires
marciales y misioneros dominan su existencia de cruzada, una titánica pelea
contra el mal. Corrían tiempos recios, vientos de guerra. A los diez años
justos de la apertura de San José tuvo lugar a instancias de Catalina de
Medicis, sobrina del papa reinante, la terrible Noche de san Bartolomé. Teresa,
caballera andante de la palabra, trata de convertirse en una Juan de Arco a la
hispana sin otras prevenciones o parafernalias que los rezos de sus monjas.
Quería cambiar el mundo y estaba segura
de luchar por una causa que no era equivocada. Era una mujer alta, algo entrada
en carnes, la piel muy blanca, poseía una hermosa voz y unos ojos vivos y
penetrantes, y una disposición de lunares en la comisura de los labios
embellecían un rostro que fue muy bello en la mocedad y a la vejez de una
distinción enorme.
Aquel 24 de
agosto no fue más que una tregua en la guerra civil que había desencadenado su
opción de apretar la regla a sus hermanas de la Encarnación. Sobre el cielo de
un azul sin nubes se formaron nuevas borrascas y no faltaba quien murmuraba no
con cierta sorna y su ápice de razón:
-Mas
conventos... Aquí lo que sobran son rezos y nos falta bien común, hospitales,
fábricas, tenerías y telares, médicos para combatir enfermedades. No nacen
niños y muchas se meten monjas porque temen morir de sobreparto, como le
ocurrió a doña Beatriz de Ahumada. La pobre tuvo once hijos. Su vida se limitó
a una larga estancia en el paritorio. ¿Y eso Dios no lo ve? Buena vida la de
las monjas.
-Aquí lo que
necesitamos son armerías para no tener que pagar a precio de oro las dagas que
nos suministran los genoveses y los venecianos. Todo el oro que traen los
cargamentos de Indias se nos va en pagar estas condenadas guerras contra los
herejes. Sobran monasterios y alcabalas y falta gente de labor.
Las críticas al
ocio expansivo de los castellanos se escuchaban por doquier.
Surgieron
bandos como en el evangelio; unos a favor de Marta y otros de María. La
encausada, como hay gente para todo y de gustos no hay nada escrito, fue blanco de invectivas. Los dichos y
habladurías que corrían por la ciudad la señalaban de embusteras e iluminada,
pero ella ya de antemano (y Teresa era terca) había optado por la opción del amor contemplativo, pero manda a
sus monjas, y esa es una prueba más de las muchas contradicciones que siembran
su personalidad, que trabajen de mano, y que nunca estén ociosas.
-Cierto el
pueblo está en la miseria y gimiendo bajo el peso de las gabelas.
-Eso; que
construyan hospitales en lugar de templos.
España en el acmé
de su esplendor se hallaba en bancarrota y a merced de los usureros de afuera.
El papa romano trataba al monarca español con cierta frialdad. Era un Medicis.
La pobre Teresa es lega en las viejas intrigas de la corte de san Juan de
Letrán, desconocía que los pastores de aquella santa iglesia llevaban a veces
vidas depravadas, y que para acabar con la vida de sus rivales no vacilaban en
utilizar el veneno. Había tratado de defender la independencia económica de sus
fundaciones, para que no dependiesen de nadie, pero en el de Malagón y en el de
Salamanca tuvo que aceptar la donación pro ánima según la costumbre medieval
donde las familias pudientes dejaban su herencia a los frailes para que
custodiasen de por vida el lugar de su encerramiento y dijesen misas
gregorianas a perpetuidad. A cambio las comunidades enclaustradas podrían vivir
con cierto desahogo. La limosna de las Ánimas Benditas sirvió no ya meramente
para sacar almas del purgatorio sino para sacar de apuros a los monasterios.
Paz por territorios. Plegarias por ofrendas. ¿Se podrá comprar la vida eterna?
Pero esas
extravagancias formaban parte de su carácter a veces severo, otras entusiasta y
en muchos casos sardónico echando toda la ironía castellana en el asador, lleno
de cambios bruscos. No quiere monjas muy instruidas pero a sus confesores los
prefería letrados. No se fía tampoco de la condición femenina pues “muchas
mujeres juntas son harto trabajo” y en la Encarnación estuvieron a tirarla del
moño unas descontentas con su reforma, pero con halagos y promesas las trajo a
su cauce. “¿Queréis a Teresa por abadesa? La queremos y la amamos. Te Deum
laudamus”. Esto decían unas mientras otras gritaban como posesas en contra de
su bordón. Algunas de las del jovenado no es que entrasen en trance, es que les
daban vahídos. ¿Quién podrá contar los incidentes de una batalla campal dentro
de un convento? La reforma teresiana recortaba algunos de los privilegios y
derechos adquiridos. Y en eso son muy contumaces, en el respaldo de sus usos y
costumbres, hasta numantinos, los españoles. Dios es conciencia pero también
mucha mano izquierda. A veces no dudó en
utilizar la violencia si quiera verbal o procedimientos tan expeditivos como el
de su garrote de abadesa, lo esgrimió contra un galán inoportuno que rondaba la
reja de las carmelitas del Paño y traía muy alborotado el gallinero con sus
locuras. No volvió a portar por el locutorio. Prefería que sus las postulantes
fuesen profesas, que no hubiese legas ni freilas, ni señoras de mucho viso, ni
bachilleras, ni melancólicas. Un santo triste, dicen los manuales de ascética,
es un triste santo. La santa las ponía de patitas en la calle sin
contemplaciones porque era de armas y tomar. Ella era la vera efigie de la
reciedumbre. Hay en su espiritual síntomas de un combate agonístico, acérrimo
que no excluye la violencia. Esto no deja de ser un contrasentido para una
religión que predica la mansedumbre y el perdón de las ofensas, y no la
venganza de los enemigos, o alcanzar triunfos materiales en esta vida. Es aquí donde
brota lo más puro de su alma judía. ¿Y quién que no se haya abismado en la
lectura de los salmos que son materia
prima de la oración pública de la Iglesia, un préstamo de la Vieja Alianza a la
Nueva, que no haya sentido estos mismo escrúpulos? La iglesia de Jesús hace sus
suplicas por cartapacio, poniendo en labios de sus monjes plegarias que
brotaron del corazón arrepentido de un judío pecador como fue el rey David o de
un patriarca en desgracia como fue Job. Teresa venía de la recitación y del
manejo constante de estas plegarias de la ley antigua. De niña debió de
escuchar recitar la “Shemá”[40]
a su abuelo que no había recibido de grado el bautismo y seguía practicando de
incógnito los preceptos mosaicos.
“Una monja de
Toledo apretada de melancolías y muy tocada (echaronla) del convento por
melancólica y fue a dar cuenta al Santo Oficio de que las reformadas se
confesaban unas con otras”.
Anduvo renuente
a aceptar en su compañía a señoronas arrepentidas como ocurrió con la princesa
de Éboli y a bachilleras[41]
y cultas latiniparlas. Otra contradicción. Ella era una intelectual a lo divino
y muy ilustrada en cuestiones del Antiguo Testamento y de los Salmos, como
demuestran sus escritos. Por inclinación innata y por atavismos de raza pues en
sus genes bullía el espíritu del Pueblo del Libro.
De un lado
quiere que la pobreza de los centros que funda sea total, y se obstina contra
los ordinarios de las diócesis por las que peregrina, y de no pocos de sus
confesores a que los descalzos gozasen de una renta fija y que vivieran de la
caridad y de su sudor, pero para evitar que ésta fuese solemne y vergonzante se
ve a aceptar las numerosas donaciones por herencia que le legan algunos de sus
condicionales. Todos se hicieron, con excepción del primero de San José, con
mandas y herencias pías. Había defendido con uñas y dientes la autarquía
económica propugnando entre sus pupilas que no comiesen a expensas de algún
benefactor pudiente. Sin embargo, como a
Ignacio de Loyola, son los ricos comerciantes de Medina del Campo, los que van
a apostar por el instituto que surge como reacción a los padres de la
mitigación o calzados.
Encarece el
trabajo de manos con tal que sea humilde y no pomposo. La aguja, la rueca y la
azadilla para sallar patatas del poco de huerta y sobre todo para no estar
nunca ociosas al ser la ociosidad la puerta de ingreso a la tentación. Pues
como dice Casiano, el monje ocupado sólo recibe el asalto de un demonio,
mientras el holgazán será vulnerable a todas las embestidas de las potencias
infernales. Se cuenta que Pablo el Ermitaño tenía su cueva llena de cestos y
espuertas de mimbres que entretejía todo el año y como no había quien se las
cogiera por la noche de San Silvestre las quemaba. Teresa se aferró a las
recomendaciones del “ora et labora” benedictino; las manualidades son la sal
que preserva de corrupción nuestra vida. Pero utilizándolo como medio no como
fin ya que, según acota el Eclesiastés, el trabajo está hecho para el hombre, y
no el hombre para el trabajo. “Era tan amiga del trabajo de manos que cuando
sus prelados le mandaban escribir algún libro, lo sentía porque esta ocupación
la alejaba del bastidor”.
En todos los conventos la dieta era
vegetariana y comían de lo que daba la tierra. “Todo lo que no fuese Dios le
era amargura, llegó a no comer más que hojas de las parras, de este modo trujo
la carne sujeta al espíritu”. Los libros que escribió por imposición de la
obediencia nunca por su vanagloria[42]
denotan una familiaridad de trato y de intimidad con la trascendencia aun en
las cosas más menudas de una “flaca mujer y sin estudios” que ya quisieran para
sí los mejores memorialistas ingleses. Por sus confesiones conocemos detalles
de la cotidianidad de entonces. Así: “La túnica interior gruesa la trocaron por
una jerga; con la jerga criaron piojos, y hubo que volver a la estameña”.
En Villanueva
de la Jara, un año de grandes hambres 1579, las madres tenían un peral que por
milagro estuvo dando peras abundantísimas todo el año. Lo desfrutaban y al día
siguiente el arbolejo ostentaba cargazón
sorprendente de peras que denominan muslo de dama en el país, y tanto que
servía para satisfacer las necesidades del monasterio y luego de la abundancia
de banastas recogidas se repartían entre el pueblo para remediar el hambre de
los lugareños y curar a los enfermos, que, probado el fruto del frondoso peral
milagroso, al punto sanaron de sus dolencias. Y con las albaquías o restos de
las repletas maconas en Villanueva de la Jara se fabricaba la mermelada en la
que fue insigne aquella villa manchega. Y en otro convento al año siguiente,
que fue de peste, cuando el universal catarro del que hablan los autores, no
quedó más que un escriño de harina. Era tiempo de marzo y eso significaría que
las monjas no tendrían para sus remedios hasta el otoño, pero la
despensera tomaba harina cada semana
para una cocedura y el cillero seguía
sin merma. Ninguna religiosa
pereció de inanición y aun les bastaba para vender y dar a los
desvalidos. La faldriquera divina es un saco sin fondo, su misericordia nunca
se acaba. Otro milagro.
Propulsora del
encerramiento y la clausura inviolable, reunión de mujeres que huellan el mundo
“poniendo debajo de los pies sus deleites y la gloria que él más estima”, la
simpar Teresa siempre estuvo en danzas, en pleitos, con el cayado en la mano
para partir en circunstancias poco adecuada para religiosas recoletas tarifando
con recueros, venteros, gente del bronce, mozas de partido, algún fraile
prófugo de su comunidad, clérigos poco recomendables, padeciendo la sed bajo el
sol implacables del sol de Andalucía, los hielos de Segovia, las riadas de
Burgos, perdiendose con sus hermanas en lo más fragoso de Sierra Morena, y
expuesta a los peligros de los pico y pala y de los perailes. A vueltas con los
de la capa parda y los del capillo, compartiendo techo y a veces plato con
capadores, alojeros, zurcidores, cedaceros, cuadrilleros del Santo Oficio los
mangas verdes y galeotes. Toda la chusma. Cuando posaban en alguna venta del
camino, la priora era muy escrupulosa de la Regla y ponía a Julián Dávila que
le acompañaba en todos los viajes de centinela, y nombraba una tornera, para
que todas las relaciones de la vida diaria con el grupo se hicieran por el
torno habitual. Ni que decir tiene que las monjitas deberían ir dando tumbos
bajo el toldo de las carretas del país sin eje de suspensión, escuchando los
juramentos del aperador cuando alguna que otra mula cerrera empinaba, se
descuadraba un cubo, o una vara se partía. Un voto a bríos o un rugido de
cólera, en tal momento, perforaría el firmamento pues buenos son los arrieros a
la hora de pegar voces. Entonces no había mapas de carreteras ni una red de
comunicaciones como la que pusieron en ejecución para holgura y provecho de los
españoles don Miguel Primo de Rivera y don Francisco Franco. Aun quedaban más
de cuatro siglos para que viniese al mundo aquel zamorano universal, el que
motorizó a los españoles, y que se llamaba don Federico Silva Muñoz. Las rutas
eran de herradura siguiendo el trazado de las calzadas romanas, sin letreros de
orientación, con bandoleros moriscos al
acecho en las gargantas y desfiladeros despoblados. Con el deseo de alcorzar
los viajeros poco avisados no ganaban nunca el atajo. Se despeñaban por los
barrancos o sucumbían presas de las alimañas.
Bien es cierto
que contaba como palafrenero a aquel cura que era un bendito que la escoltaba
en sus recorridos de turismo fundacional por las diversas regiones españolas[43]
pero su mejor espolique era el propio Dios, el mismo Jesucristo que se le
aparecía en sus arrobos indicando el camino a seguir. “Ya eres mía y Yo todo
tuyo”, se le declaró un día Jesús, su verdadero amante. Luego probaría la saeta
enherbolada y allegaría la visión del serafín que le deparo el don de las
entrañas desgarradas por la transfixión mística. En el estilo literario de
Teresa desgarbado y sin alifafes late eso que se da en llamar por la teología
presencia, esencia y potencia divina, confusión del abismo insondable. Algunas
páginas de las “Moradas” causan vértigo por su mucha doctrina y admirables escondrijos.
El alma inmortal vive apenada en el saco terrero de la carne. Hay una mano que
nunca la detiene en su ascensión hacia arriba. Pero al diablo no hay que
perderlo nunca de vista, “pues en todo momento le dio gran batería y
turbación”. De ahí sus intercadencias. La carne pesa, rastrera, con sus
resabios de vanagloria, con sus dudas y congojas. Y esto lo sabemos porque un
día su superior, el P. Salazar, a la vez provincial de los carmelitas e
inquisidor general, la ordenó poner por escrito lo que sentía. Fue una
penitencia pero de ese castigo, so color de reprensión por sus rebeldías, salió
una escritura magnífica, prez de la lengua castellana, hasta tal punto que bien
es cierto que “Dios escribe al derecho con letras torcidas”.
A veces tenía que hacerse la tonta para
despistar a los cuadrilleros de la Inquisición que estuvieron muy cerca de
apresarla y si no lo hicieron fue por compasión, o porque el Señor, que estaba
a su lado, levantaba cortinas de humo en la polvareda, y la escabullía. Se
limitaron a destinarla forzosa al convento de San José de Toledo. Menos mal que
tenía cabimiento con el monarca y quien en última instancia fue el que paró
algunos golpes, pero ya sabemos que Felipe II tenía una personalidad dubitativa
y vacilante como la de la Santa, sujeta a los vaivenes de un carácter que
oscila entre la exaltación más entusiasta y la desgana. Nunca comprendió la
rebelión de sus posesiones en el norte y la desconexión que percibía en el
Palacio de Letrán con sus proyectos de apuntalar a la cristiandad.
Los psiquiatras podrían explicar sus
melancolías por el mismo proceso que experimentaron Loyola y Teresa de Ahumada
en sus desengaños de las cosas del mundo. Y en medio de esa inadecuación entre
el mundo al que aspiramos y al que tenemos delante de los ojos, hizo lo que
hacen la mayor parte de los españoles honrados, en el ejercicio de un cargo de
autoridad que suscita antipatías e incomprensiones, meterse a monjes. Felipe II
vivió vida de fraile. Siempre vestía de negro y su capa aguadera y su ferreruelo
semejaban a la sotana y a la túnica talares.
Asistía con la comunidad de jerónimos al canto o al rezo de las Horas y
hasta interrumpía al hebdomadario si notaba que se había saltado una rúbrica o
pronunciado mal una frase del reato del día. España quiso abarcar demasiado y
denotaba una falta de fuerzas, sólo esperaba un milagro. La mayor parte de los
asesores eran conversos: Arias Montano, Villacastín y el propio Yepes. El sueño
de Felipe II era un proyecto mesiánico basado en la ley de Cristo. Por eso
quizá haya sido tan discutido y tan perseguido.
No cabe duda,
asimismo, que había nacido bajo el halda de una estrella polémica. Allá por
donde iba suscitaba pasiones encontradas. Su decisión de romper con la
mitigación enconó los ánimos al borde de la guerra civil, una verdadera lucha
de castas en vida y en muerte los abulenses estuvieron a palos con los albenses
disputándose una parte de su cadáver milagroso y odorífero. En Alba de Tormes
tuvieron que conformarse con un brazo tronzado, el resto fue devuelto a su
ciudad natal, hasta que por un Breve pontifical -historia macabra de una
truculencia incomprensible- se ordenó al concejo de Avila que devolviese a Alba
lo que le fue arrebatado con fuerza.
XXX
CAPÍTULO V
1)Monja
inquieta y andariega.-2) Sus prisiones.- 3)Pero una luz la habitaba que le
hacía vivir en Dios.- 4) Intimidad con el Criador y sencillez.- 5) Los
templarios y el Carmelo.- 6) Castigos corporales a los monjes relajados. 7) La
ley del silencio.- 8) Ceñid vuestro lomos de la correa de castidad e induíros
de la loriga de la justicia. -9) Importancia del trabajo manual.- 10) El siglo
del amor.
---JJJJ---
A la luz de
estas fuerzas que suscitaba se comprende aunque no se comparte el dictamen que
mereciera la Santa a su enemigo más encarnizado el nuncio Sega que la llamó
“monja inquieta y andariega que por holgar se anda en devaneos so color de
religión”. Y la ordenó que se recluyese tres años en Toledo donde estuvo
arrinconada y maltratada en una celda en la que hubiese terminado sus días a no
ser por la protección regia. Luego el visitador Pedro Fernández explicaría que
aquellas “contradicciones eran claras envidias y manifiestos de pechos
ensañados”.
Hubo mucho
alboroto, a veces grita, se alzaron enemigos contra su persona de debajo de la
tierra, y hasta las piedras parece se volvieron contra ella, ni los púlpitos la
perdonaron y fue blanco de todas las desdichas y enfermedades, pero sus dardos
envenenados nunca la alcanzan y uno a uno fue desbaratando los contubernios y
soflamas. Personalidad misteriosa. Una luz la habitaba, que la hacía vivir en
Dios, impulso vehemente a una misión soteriológica por las almas que se
condenaban. Vio el infierno en una ocasión y Jesucristo en persona le mostró el
lugar que le aguardaba, de haber seguido la ruta de los devaneos, afeites y
disipaciones. Por pecados contra el sexto mandamiento que hoy se considerarían
pecadillos. Teresa es una contrarrevolucionaria en materia sexual. En su afán
de colocar sobre sus monjas el velo, que recuerda al “burda” de los talibán, en
la actualidad sería blanco de las acrimonias feministas, que la tacharían de
retrógrada e integrista, como lo hicieron ya en su día las 150 mujeres que
vivían en el primer convento calzado que profesó.
Escribía de
corrido con prosa eficaz y sin alifafes, ni un tachón se aprecia en sus
entregas ológrafas. No hay en sus obras floreros estilísticas pero trasmudan a
la posterioridad el espíritu de la época que le tocó vivir, así como esa
intimidad con el Altísimo, que le permitió columbrar panoramas en las cumbres,
acomodados sólo para unos pocos escogidos. Por eso sus asertos causan asombro e
incredulidad a los hombres y mujeres que viven después de Freud y de Mary
Quanta, de Carnaby Street, y de las parejas de hecho, “lo hago porque me
apetece y dispongo de mi cuerpo a voluntad, a nadie tengo que dar cuentas”.
En las
capitulaciones de san Alberto ob. de Jerusalén, otorgadas en San Juan de Acre
al primer prior carmelita, que fue san Bracardo, se daba una regla dura,
siguiendo las pautas trazadas por los anacoretas griegos y los latinos que
desertando del ambiente turbio de las Cruzadas, determinaron la renuncia del
mundo. Algunos se fueron a vivir al Sinaí, otros al Carmelo. En ello observaron
algunos un símbolo oculto de engarce entre los dos Testamentos porque el
profeta Elías y Eliseo fueron arrebatados allí. Los ermitaños pensaban que la
perfección del ayuno y la abstinencia de la carne les volvería limpios a los
ojos del Señor, en espera de su segunda llegada. Por eso el templario Alberto
redacta estas leyes de seguimiento que se basaban en la castidad, la
obediencia, la vida en comunidad pero sin tratos los unos con los otros más que
para el rezo de oficios y misas. Que la
celda prioral esté a la entrada del cenobio para recibir las visitas. En origen
eran cuevas pero la reforma de Inocencio IV a mitad del XV las transformó en
camarillas de las que los moradores no podían entrar ni salir sin permiso del
abad. El modelo era la Tebaida anacorética siguiendo los pasos de Simón el
Estilita que estuvo veintiséis años subido a una columna, se le gangrenó una
pierna por la que trepaban gusanos que caían al suelo de tan gordos y el
ayunador les increpaba: “comed, comed, animalitos, lo que el Señor os pone en
el plato”.
La reforma
papal impuso a todos el refectorio y el rezo en comunidad. Algunos dentro de la
celda tenían una alcoba o camara secreta. Allí pasaban la mayor parte de sus
días. El domingo era preceptivo la misa conventual y la confesión pública de
los pecados unos a otros. Los castigos eran corporales. Alberto recomienda que
los infractores del reglamento fueran castigados con “caridad”. Y esta misma constitución
es incoada por san Columbano en sus monasterios celtas, donde a los monjes
dormilones se les castigaba a una porción de azotes con el famoso “birch”[44]
de abedul, si se descuidaban en el canto del Oficio Divino o llegaban tarde a
maitines. Ningún otro instituto monástico seguía una dieta más estricta que
ellos, puesto que habrían de ayunar todos los días excepto domingos desde la
Exaltación de la Cruz hasta la Pascua, pero en la norma del silencio se les
dejaba mayor holgura que a los cartujos que no pueden hablar sino el 6 de
octubre fiesta de san Bruno; los carmelitas han de guardarlo sólo desde la
puesta del sol hasta la aurora del día siguiente, desde Completas hasta Prima.
En cuanto al atuendo los primitivos seguidores de san Elías iban vestidos de
burda jerga, descalzos y por cama un jergón de tablas, de cabezal una piedra,
nunca lecho propiamente dicho.
El paso del
hombre sobre la tierra es breve y lleno de peligros y el que piadosamente
quiere vivir la perfección recomendada por Jesucristo tendrá que mortificar sus
sentidos. “Vuestro adversario- exhortan las constituciones carmelitanas por el
plan viejo- anda de ronda, puesto que busca el medio de devoraros. Ceñid con el
cinto de la castidad vuestros lomos, vestid la loriga de la justicia, fortaleced
vuestros pechos con santos pensamientos, ponerlos sobre los hombros la túnica
blanca de la virtud porque está escrito el pensamiento de Dios os guardará del
fuego de las saetas de vuestros enemigos”.
Encarece a los
habitantes el trabajo de manos para que el “demonio os encuentre siempre
ocupados, si llega a visitaros, y no tenga entrada a vuestras almas por la
puerta de la ociosidad”. Los monjes trabajando en silencio coman su pan. Luego
san Alberto hace la loa del mutismo espiritual que depara quietud y calma, es
atavío y ornato de la justicia, que “en el mucho hablar no faltará pecado y
quien habla sin consideración hallará mal y Dios nos pedirá cuentas de todas
las palabras ociosas que pronunciamos”.
Como ya dijimos
la supererogación en la práctica hizo que la observancia padeciera el acoso de
la rutina y que los monjes se volvieran laxos, algunos ante la presión islámica
quedaron abandonados y una gavillas de acontecimientos y de cismas lamentables
en el seno de la cristiandad depararon mala fama a los padres del paño. La casa
madre fue trasladada desde San Juan de Acre[45]
de donde fueron desplazados por los frailes menores a Roma y luego tuvieron
gran influjo en Italia y en particular en Inglaterra en tiempos de Simón Stock
erector del convento de Londres, el cual plantearía la vuelta a las
constituciones antiguas sin conseguirlo. Teresa de Cepeda propone una cura de
caballo: la vuelta a las normas originarias de la Orden de san Elías,
sobreseídas en 1444 por un rescripto pontificio, que las tachaba de
impracticables y aspérrimas.
Su lenguaje
místico suena pues a algarabía[46].
No estamos iniciados. Por el camino de la virtud se necesita un guía que abra
la trocha y desbaste la maraña de pensamientos y de sentimientos encontrados, y
escalar por el huso de los sueños, la escala de Jacob con peldaños
resplandecientes, es como trepar hasta el Everest. La vida mística recuerda a
un laberinto en forma de escalera de caracol.
El profeta Jacob recorrió sus peldaños por vez primera. Hay que volver a
la tetada, hacerse como niños, sumirse en el letargo, la posición alfa, o
dejarse transportar en la nube del no saber, porque el misterio no quiere
conocer, renunciando a la sabiduría del mundo a fin de ganarse la divina,
sintiendose iluminado por un tercer ojo que le descubre paisajes desconocidos.
Para poder crecer. Su idioma es un
laberinto porque refleja fenómenos del trasmundo, sin sujeción a las leyes del
espacio y del tiempo. Por eso una norma de vida que exija la renuncia suena a
coloquio de marcianos. Hacer el amor ya no es pecado mortal, proclaman las
sufragistas del sujetador talla de realce, a calzón caído, a la vez que
defienden a la mujer objeto con voz hombruna enarbolando un cartel con la runa
de los movimientos ad lib (una cruz invertida). Si fuera peritado su discurso
seguro que se encontrara en él elementos diabólicos. Según ellas la virginidad
es un trauma y apolillada antigualla la castidad. No creen en las vestales. Sin
embargo, en el infierno que contempló santa Teresa hay muchos y muchas penando
por do más pecado hubieran. Está escrito: no fornicarás, no desearás a la mujer
de tu hermano de modo que la obsesión católica con el sexo no es más que la
reminiscencia innata en el corazón de los creyentes a la transgresión lúbrica
definida por las tablas de Moisés.
Para el mundo
judío el sexo es un medio no un fin en cuyo ejercicio el ser humano se corrompe
y se vuelve ínfimo e instintivo a semejanza de las bestias, el verdadero hijo
de Jehová siente horror a la promiscuidad. Su inhibición contradice empero las
normas de la naturaleza. Entre los mamíferos y las especies vegetales son la
fuerza de la sangre y el azar casual no el designio los que se encargan de la
viscosa y maravillosa a la vez tarea de la generación. La lujuria es estéril y
el pueblo de Israel, con sus complicados canónes acerca del levirato, se reputa
por pueblo fecundo. Quisiéramos tener cuerpos de ángeles para presentarnos ante
Adonay con un corazón puro y agradable pero la sangre y el deseo nos vuelven
inmundos. El cristianismo, por el contrario, no lucha contra la fuerza y la
sangre sino contra los espíritus que se propagan por el aire. Hay que estar
alerta. Es un paso más allá.
Existen otras
atingencias que revelan el origen judío de la Santa. Además del asco del semen
y de toda la emanación corporal, no podía soportar la presencia de un cadáver,
la sangre le producía nauseas. Estando la Noche de Difuntos de 1567 en
Salamanca adonde había acudido con Ana de San Bartolomé para abrir un
establecimiento carmelita, la casa destinada a convento se hallaba ocupada y
sus inquilinos, todos estudiantes, fueron desahuciados por el corregidor,
prometieron vengarse con una de las habituales cencerradas, disfrazándose de
almas en pena y haciendo ruidos raros por las dependencias de la enorme mansión.
Muertas de miedo las dos monjitas se encerraron en una pieza resguardada por
temor a los “espíritus” o a una buena gamberrada de los becarios, pero como
ninguna de las dos era capaz de conciliar el sueño, Ana le dijo a sor Teresa:
-¿Qué haría
V.M. si ahora mismo caigo muerta y se encuentra sola entre cuatro paredes al
lado de un difunto?
La mandó callar
pero pasó la noche muy intranquila y horripilada por la posibilidad de sentir a
su lado la presencia de un cuerpo mórbido tenido por lo más impuro de la
naturaleza entre los cabalistas.
Amaba los
libros y conocía la Biblia de corrido algunos de suyos pasajes, sobre todo los
del salterio, había escuchado salmodiar a sus mayores, aunque en alguna ocasión
despida a una candidata al hábito por jactarse de tener un buen conocimiento de
la Escritura, un gesto exterior, con el deseo de despistar a los inquisidores.
Las biblias protestantes eran quemadas en la plaza de Valladolid en los autos
de fe. Cuando se caía el pan lo besaba. Todos los suyos al expirar volvieron la
para la pared. Se confesaba muy devota del Rey David y de san José. No comía
cerdo. Al rezar seguramente se balanceaba su cuerpo y no movía los labios
apenas. Tenía algunos conocimientos de
cirugía, sabía de hierbas y algunos clérigos que encontró por el camino
sospecharon de su celo de conversa. Todo ese acerbo de creencias que llevaba en
la masa de la sangre, reflejos condicionados y adquiridos a lo largo del
turbulento peregrinar del pueblo elegido por la tierra, formaban parte de sus
genes, y se manifiestan en su espiritualidad de talante abierto, independiente
y con ribetes mesiánicos. El Pueblo de Dios es asamblea de luz y de salvación,
no de tinieblas y de destrucción como pretenden sus enemigos que cargan sobre
sus espaldas el vituperio de deicidas, no siendo esto verdad, porque fue el
sanedrín y los escribas y los fariseos (letrados) los que mandaron al madero al
dulce Jesús[47].
Su talante es
hasta cierto punto feminista porque se proponía no solamente la neutralización
de la herejía, la salvación de todos los infieles, y a tal respecto su
encuentro con el P.Maldonado, un franciscano que regresó de Mexico y fue a
verla a la Ciudad de las Murallas antes de emprender camino de Ágreda como
visitador franciscano. Le dijo que eran muchísimos los pobres paganos que
morían sin la luz de la fe y, por tanto, se condenaban. Los judíos sienten una
responsabilidad, una especie de tesón por la salvación, ganas infinitas de luchar en pro del establecimiento del
reino de Dios en la tierra, el progreso científico, la mejora de vida. Ella
quería al establecer un Carmelo más riguroso la morigeración de las costumbres
monacales. Vi cómo muchas religiosas caían en el infierno de cabeza por culpa
de la lujuria. Ella exige la reforma de costumbres de su siglo denominado por
los historiadores como la centuria lasciva. El sexo se convierte así en
obsesión, una obsesión del subconsciente judío. Tema polémico.
Quiere liberar
a las mujeres de las garras del varón que las oprime luego de seducirlas. Esa
es la razón de su defensa de la pureza de vida. La existencia de la condición
femenina no ha sido nunca grano de anís. Las españolas de su tiempo conocían de
cerca la miseria y los dolores, el hambre, las preñeces, los palos y el lema de
la pata quebrada y en casa que trajeron los moros. Quería guardarlas y
rendirlas al pie del esposo, y esta es otra de las contradicciones de su
epónimo carácter, echandolas el velo, cerrando puertas. El yugo y la carga del
Esposo son más suaves que las arras de los maridos mundanos. Sus contemporáneas
en aquel siglo de guerras, pestes y falta de condiciones higiénicas en aquellos
burgos cerrados auténticos mechinales, no pasaba de los cuarenta años. Por lo
común pasaban de mozas a viejas desdentadas, los úteros hinchados por las
continua preñeces, y gran parte moría de parto; su madre, doña Beatriz de
Ahumada a los treinta y tres.
Para llegar a edad provecta los castellanos y
castellanas de aquella hora se metían en un convento donde tenían el condumio
asegurado y llevaban una dieta que garantizaba longevidad. A esta existencia
holgada se añadía la promesa de la vida eterna, podían gozar de gracias
especiales y ganar fortunio de santas.
Bastaba la
condición de renunciar al mundo, y ayunar resulta más salutífero que atracarse.
Encerradas, no corrían el riesgo de ser ultrajadas[48]
y quedaban exentas del baticoleo de la lujuria, siempre dentro de lo que cabe,
pues ya sabemos que los demonios libertinos no cejan y ponen con frecuencia
sitio a los conventos, y al siglo que le tocó vivir lo llamaban el siglo del
amor romancesco, porque, insistimos, es al pie de los monasterios donde nace el
mito donjuanesco. Teresa quería exonerar a sus candidatas a la santidad de las
ataduras que ligandolas al varón las subyugan de por vida, aspira a algo mejor,
a un amor que no fuese fungible, lejos del tálamo, la prole y la cocina. Todo
su afán es esparcir por España harenes para que en ellos holgara solo el Esposo
Místico, el único que emancipa a la
condición femenina de su estigma de
muerte y pecado.
He aquí, pues, una más de las múltiples
contradicciones de la bienaventurada abulense. Sus ansias de libertad y
relaciones con Dios de tú a tú sin intermediarios establecen por primera vez
sello de modernidad, algo que se percibe en el fondo de sus escritos: el deseo
de manumisión de la esclavitud femenina. Era obstinada y lista, y de esa forma,
mediante amaños y argados, despistó a los detractores; confundió a sus
enemigos. Estamos ante un temple
rebelde, no aceptaba las reglas del juego, a la chita callando dio la vuelta a
la tortilla, materializando de esa manera la revancha del converso, relegado y
tenido en menos, anticipandose a la jugada, siempre desbordando, porque en
todo, hasta en lo nimio, se muestra gallarda y excesiva.
Sus
establecimientos monacales siempre siguen una misma pauta. Primero la
inspiración divina. El celo por la honra de Dios, la salud del mundo y la
conversión de la infidelidad le roía las entrañas: “Quiero que fundes por amor
a las almas. ¿Qué tienes?, ¿Cuándo te he faltado? El mismo que fui soy, no te arredres. Ten fuerte, Teresa”. Y
así sucesivamente, escucha la voz y tiene visiones. Se la aparece. Empiezan los
trámites, la ciudad se alza contra ella en gavilla, el clero contempla el
proyecto como una merma de sus prerrogativas y derechos adquiridos. En Medina
eran los agustinos los que se oponen con uñas y dientes, en Salamanca los
teatinos y en Segovia son los del cabildo. En este lugar, aunque contaban el
beneplácito del obispo, llega un provisor de madrugada, enviado por los canónigos
de la catedral cercana, instando a que desalojen el edificio. En Sevilla el
arzobispo impide que en el nuevo palomar carmelita se haga la reserva del
Santísimo. Dificultades y trabas surgen a cada paso y curiosamente son los
hermanos de vida consagrada y los curas los más reacios. En verdad esa caridad
y comprensión cristiana brilla por su ausencia, únicamente en Palencia notó la
largueza y generosidad de los primitivos tiempos de la iglesia cuando sus
miembros tenían comunidad de bienes. En la Bella Desconocida el canónigo
Reinoso, el ricohombre don Suero de Vega, doña Elvira Manrique, heredera del
conde de Osorno, al que llamaban en la comarca “el padre de los pobres” a causa
de la largueza y frecuencia de sus dádivas, acogieron en sus moradas a las carmelitas
peregrinas, no permitiendo que fueran a posar a ventas de mala fama, como era
lo habitual. Pero esa hospitalidad
constituye una excepción a la norma de trato poco evangélico y dureza de
corazón. Palencia siendo pobre hizo honor a la fama de su noble linaje godo. En
otras partes donde la influencia conversa o morisca se dejaba detectar mejor el
comportamiento fue menos deferente. En
Sevilla siendo la ciudad más rica del reino pasó hambre con sus monjas; en Segovia,
emporio lanero, el cabildo le dio malón con sus impertinencias y en Toledo,
villa de sus ancestros, estuvo encerrada por orden del nuncio Sega; por Córdoba
pasó de noche y por poco se ahoga en el Guadalquivir[49]
al perder los arrieros la maroma de la barca en que vadeaban la corriente,
hubieron de llamar a un cerrajero para aserrar los cubos del carruaje que se
atolló en los guardacantones del puente; y en la Roda de Villanueva de la Jara
y Veas, que eran predios de Encomienda a la Orden militar de Santiago se
oponían a que en aquel pueblo se erigiese convento sin dote, no querían los
caballeros de la cruz roja al pecho renunciar ni a su jurisdicción ni a las
prebendas. Una pragmática firmada por el rey anuló tales contradicciones. Pero
la propietaria que cedía los terrenos para fundar, una tal Catalina Codines que
había tenido algunas revelaciones místicas y luego habiendo curado de
hidropesía y de un zaratán al pecho, era tentada de gota artética y de ceática,
males de garganta y zozobra, pero con el pie en la sepultura y sanó, decidió
dedicar su existencia a Dios, hubo de posar al pie de dos años largos en la
Corte hasta que llegó el permiso de Felipe II. Sólo la corona podía interferir
en las competencias de las ordenes militares. Era la norma.
¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio. ¿De que
parte se levanta el viento del odio? De las tiendas donde pernoctan en esta
vida los de tu raza. Pasó ya con el Nazareno a los que sus paisanos quisieron
despeñar tras haberle escuchado en la sinagoga. ¿No es ese el hijo del
carpintero? ¿No conocemos a su madre María y Jacobo y Juan sus hermanos? Los
que traten de seguir sus pasos encontrarán las mismas pegas, el encono
visceral, y las trabas de la envidia que dicen que es verde como el pendón de
Ahumar.
Por lo general
encuentra oposición numantina a sus planes, resistencia feroz, movidas por la
avaricia. Un convento sin renta solía constituir una rémora para la diócesis.
Pronto se da cuenta la Madre de que los maravedís y ducados constituyen la
materia próxima con que se labran las casas de oración. Sin bolsa ni proventos
no hay obra de Dios que se sostenga. Tiene que dar marcha atrás y replantearse
el tema, aceptar donaciones. A veces las busca por todos los medios. Sin el patrocinio de la Casa de Alba o las limosnas
de los Mendoza la paloma mística no hubiera jamás alzado el vuelo.
XXXXXXX
CAPÍTULO VI
1) De muchas
mujeres juntas líbrenos Dios.- 2) Un hospital para enfermos de fuego sacro en
el Camino de Santiago.- 3) La malicia y el candor.- 4) A chapinazos con la
Madre Superiora.- 5) Perplejos de sus donaires.- 6) Prosopografía física que se
corresponde con un temperamento castellano.- 7) Lo primero el Santísimo.- 8)
Instrucciones muy concretas sobre el tocado, el peinado, la disposición de la
celda por dentro y hasta la forma de cantar; manda que la “entonación no sea
por punto sino por tono, lo más sencillas que quepa”.- 9) Oración vocal y
oración mental.- 10) San José nunca le falla.
---JJJJJJ---
“De muchas mujeres juntas Dios nos libre; dan
trabajo” y “a Dios rogando y con el mazo dando” son sentencias que ayudan a
entender la psicología de esta mujer que por algún tiempo se convierte en dueña
del alma quimérica de España a caballo entre el señorío y el desinterés y la
mezquindad realista. El carisma de los arrobos de la Santa se tercian con las
referencias a la situación social pavorosa. No todos vestían de brocado. Se
comía mal, había plagas y los cuerpos enfermos eran almacenados en el hospital
como aquel de la Concepción de Burgos[50]
que pretendía acomodar para oratorio. “Era casa pobre, llena de enfermos,
quejidos y malos olores, muchos ratones y sabandijas asquerosas”.
Hay
circunstancias en que Teresa se manifiesta como el epítome del candor y la
sencillez para más tarde mostrar toda la sagacidad y la sorna de hembra
castellana, como cuando instala en la sala capitular de la Encarnación una
talla de la Virgen. “De hoy en adelante ella será vuestra priora”. Sed sagaces
como serpientes y cándidos como paloma. Ese gesto venció la resistencia de todo
un monasterio amotinado contra su persona. Y en medio de los rigores, cuando
más arrecia la persecución, escucha la voz interior: “Teresa, ten fuerte”. Él
le va mostrando el camino pero a veces parece que se alcorza la senda, siente
el coraje de los esfuerzos en balde, los pasos perdidos. El demonio no ceja. A
veces es duda y a veces violencia, como aquella vez en Toledo en que una beata
a la cual había quitado un sitio junto al hachero durante una celebración
litúrgica al que acudieron las hermanas, a las que no permitía el obispo tener
ara propia en su convento, la acusó de ladrona, dijo que le faltaba la toquilla
y que una monja de las tapadas con el velo
lo sustrajera, se descalzó un chapín y estuvo a punto de correr a
chapinazos a la fundadora.
Sus
aspiraciones artísticas parecen mínimas pero los filólogos andan aun
investigando sus escritos al cabo de casi medio milenio de su rúbrica, y
siempre dan con algo nuevo, un detalle que se les pasó a los eruditos
teresianos de generaciones anteriores. Así como la obra de san Juan de la Cruz
es la más traducida a idiomas extranjeros después del Quijote, “Las Moradas”
representan un reclamo habitual tanto para la psicología como la grafología y
los especialistas en el Siglo Oro. Se alzan bandos en pareceres, disputan unos
con otros y no se nos saca de dudas, porque el espíritu de Teresa deja a todos
perplejos. Los libros salidos de su mano guardan una frescura, adobada de
refranes y de esa cachaza de los castellanos, entusiasta y noble, pero con sus
pliegues de cuquería. Decires y saberes del pueblo. Demosofía aplicada al cauce
misterioso de las relaciones y trascendentes. Causticidad que en algunos oídos
de los prelados suena ras con ras a
herejía. No hay neurosis a pesar de todo. Los santos son heroicos porque les
domina una fuerza de voluntad que asombra.
Debió de ser
muy hermosa, luego engordó y aun entrada en carnes todavía debió de seguir
suscitando pasiones. A lo último le daba todo igual como bien expresa su poema
en que exalta la indiferencia santa del contemplativo[51],
una vuelta al rollo, a la infancia espiritual, a la tetada del lactante, dejar
todas las potencias exteriores en estado alfa y conocer la paz y el sosiego que
sólo puede alcanzarse por la puerta interior. Queda una pintura suya salido de
la paleta y los pinceles, no demasiado exquisitos de fray Juan de la Miseria,
la santa, que guarda todavía esa coquetería instintiva que la mujer guarda
hasta el fin de sus vidas, se queja de que la haya sacado en el retrato poco
favorecida.
En sus viajes a
lo primero en tartana llevaba consigo a doce monjitas a las que hacía guardar
la regla incluso en medio de las incomodidades de la ruta, ponía tornera,
llevaba un reloj y una campanilla, instrumentos indispensables de la
disciplina, intentando atenerse a la clausura entre el traqueteo, los relinchos
de los jumentos, los desvíos, los ritos de los recueros exasperados que en
medio del campo rompían a blasfemar, las angosturas e incomodidades de la
travesía. Después y “como muchas mujeres juntas son un peligro, dan trabajos”
se inclina por aviar con la impedimenta y las personas indispensables. El nudo
de la oposición se va deshaciendo poco a poco. Dios escribe al derecho con
letras torcidas, pero, de entrada, los prelados, como el arzobispo de Sevilla,
Rojas, se muestran renuentes a dar la aquiescencia. Teresa, recién llegada a
fundar, se desvive por que se exponga en el lugar el Santísimo. Son crecientes
y menguantes de la vida espiritual ora con mimos y consuelos ora con desarrimos
y sequedades. Pero no hay que amilanarse ante las pegas sino tirar para delante
y es así como completa la lista de sus 17 monasterios de la Virgen del Carmen
que pronto ganaron fama de santidad, por
su pobreza, rigor de la claustra, penitencias y cilicios, y atuendo diferente a
los de la mitigación con arreglo a las instrucciones precisas de la Madre al
respecto:
El vestido sea
de jerga de buriel sin tintura, el escapulario cuatro dedos más alto que el
hábito; las tocas, de sedeña o lino hueso sin plisar. Túnicas de estameña y
sábanas han de ser de lo mesmo, el calzado alpargatas y, por honestidad, peales
de sayal, y el jergón de paja con una antepuerta de alfamar para recato.
Traigan el pelo cortado para no gastar dineros en peinado. Jamás habrá de haber
en la celda espejo o cosa curiosa sino todo descuido de sí. Y que todas se
entretengan en trabajo de manos[52],
no primoroso, que monje ocupado no es tentado, y el trabajo corporal es la sal
que preserva de toda corrupción nuestra vida. Los hombres, que son varoniles,
con el regalo reciben ánimo y condición de hembras... Manda comulgar sólo los
domingos y fiestas de la Orden y el canto en el coro ha de ser sencillo, que
nunca el entonación sea por punto sino por tono, a voces todas iguales... De
dichas o cantadas Vísperas hasta Nona a la mañana siguiente habrá silencio
general. Freilas[53]
y monjas de coro no habrá. Todas han de ser profesas para evitar distinciones y
prerrogativas; a cada una le compita una tarea por turnos semanales en el
desempeño de todas las funciones conventuales (cocina, sacristía, lavandería y
corral) excepto la tornera que habrá de ser designada por el provincial y
tendrá una demandadera de afuera a sus expensas.
El último
tranco de la existencia carnal de la Santa sería un continuo delirio de
portentos. A una de sus vírgenes la conforta en la hora de la muerte viniendo
desde otro convento muy lejano a despedirse y a otra muy enferma le asegura que
no está para enterrar y su fama se cumple. La fama de sus poderes y
preeminencias hinchió los rincones de aquella Castilla estragada por el anhelo
de lo preternatural, convulsa y paralizada. El pueblo entretiene su ociosidad,
porque ya hemos dicho que la casta hidalga pedía ejecutorias para no pegar
golpe y vivir sin trabajo teniendo en menos los oficios manuales, como cosa de
advenedizos, otro resabio hebreo ha de reputarse esta traza atávica que aún
perdura entre las clases pudientes españolas, todas quieren enviar a sus
retoños a la universidad, para ser más que los otros, para tener un título que
colgar de una alcayata, se vuelve contemplativo. La opción eclesiástica es la
que cuenta con más adeptos. Otros, que
aborrecen el arado y el bieldo, se alistan en la marina o el ejército. Esta
ociosidad, tan peculiar, redunda en pro del arte y la literatura. Nunca se
escribió tanta ni tan buena prosa ni se escanciaron mejores versos.
El tomismo en
las aulas magistrales pugna reñido duelo con el erasmismo. Salamanca y Alcalá
se convierten en palenque entre los seguidores de Platón y los del Estagirita
protagonizados por jesuitas del bando de Aristóteles y dominicos y agustinos
que alientan el panteísmo. Hartos de silogismos hace escuela entre los
estudiantes el iluminismo de los que aborreciendo al mundo se recluyen en
lugares apartados para mejor seguir el evangelio o se declaran abiertamente en
pro de una reforma erasmista, que tuvo en los primeros focos protestantes que
aparecieron en Valladolid y en Sevilla tantos adeptos, hay asomos de brujería,
y confesores y predicadores encaramados a los púlpitos o desde el trono de los
confesionarios dan una interpretación nueva a la Escritura. La oración mental
toma el relevo a los ritos externos con merma del culto antiguo. Hay confusión
y bandos y se perfila lo que parece una guerra de curas por la hegemonía del
poder sobre las conciencias. En España no se llegó a entender, tampoco se le
explicaba al pueblo de Dios que era una guerra de intereses económicos dentro
de la cual tan culpables eran los luteranos como el papado Borgia, la
obstinación y contumacia con que se combatía el Credo Niceno en las provincias
del Norte. Las aguas se estaban saliendo
de madre. La corona española apostó por la intolerancia aun a riesgo de
comprometer los intereses del pueblo que la verdad sea dicha nunca se había
manifestado como un verdadero creyente ni tampoco cristiana adoptando una
postura pasiva de fe del carbonero para no complicarse demasiado la existencia
contemplando la religión desde un punto de vista sensorial de escuela barroca.
Sólo un milagro
hubiera podido conjurar el derrumbe. Había comenzado la decadencia, pero este
declive será un crepúsculo glorioso, en verdad un tiempo admirable con el que
España deslumbró a la Humanidad. Duraría dos siglos a grandes rasgos, desde el
desembarco de Carlos V en Tazones hasta la noche de Todos los Santos de 1700,
cuando en una alcoba del alcázar de Madrid expiraba entre exorcismos y mejunjes
el último vástago canijo de la Casa de Austria, Carlos II el Hechizado.
Los historiadores parciales se ensañan con
este período; algunos cronistas poco avisados al narrar el Siglo de Oro a la
vez que pasan por alto lo que acontecía en otras naciones del orbe cristiano
parecen caminar sobre ascuas. Toda Europa cruje bajo el peso de las aflicciones
deparadas por las guerras de religión con su secuela de hambres y epidemias.
Había cambiado todo, hasta la misma meteorología, en medio de las convulsiones
sociales y económicas de la centuria decimosexta. Se produjo una nueva
glaciación que volvió el clima benigno del medievo en más riguroso y seco, como
demuestran las numerosas inundaciones de las que dan cuenta los escritos
teresianos. No pocos autores pensaron
que se acercaba la hora suprema. Nostradamus y otros agoreros echaron mano de
la bola de cristal para predecir calamidades.
Al hilo de esto
cabe reflexionar sobre una conjetura: que el apocalipsis no fuera un espacio
relativamente corto en el tiempo sino de resultas de un lento proceso que pudo
empezar a quedar expedito con los cataclismos del cisma europeo. Una vidente
alemana, Sta. Gertrudis[54],
al propalar la devoción cordimariana, se refirió a la escatología como un
devenir lento, alentado por la rebelión de Lutero y el renacer islámico lleno
de amenazas y de virulencia para los cristianos.
Las condiciones
de vida en la Francia asolada de huracanados vientos, en la nebulosa Albión o
en la clara Toscana o la feroz Alemania, tierra de lansquenetes, eran
aterradoras. Se comía poco aunque se holgara mucho, circunstancia
desencadenante de la avariosis o mal gálico. Las pestilencias medievales se
repitieron varias veces por la faz del orbe conocido, lo que condujo a
interpretar a algunos moralistas tales flagelos a guisa de purgas que enviaba
el Altísimo a la cristiandad enlodada en la lascivia. Los movimientos de
reforma calvinista tienen una génesis puritana que no habrá que perder de vista
y en parte eran similares a los mensajes que trataron de difundir los Carlos
Borromeo, los Camilo de Lelis, los Juan de Avila, los Luis Beltrán, o los
Vicente de Paúl, los Juan de Dios.
Eso de puertas
afuera. Por lo que hace a España, la sociedad estaba dividida por una
mezcolanza de etnias y de creencias. Los marranos y los conversos,
incorporaciones tardías a la fe, aprontan su sabia nueva. En aquel tiempo de
inseguridades y de falta de fijeza en todo, sólo en el seno de la iglesia se
vivía bien. Los candidatos al estado clerical podrían gozar de un buen pasar y
obtendría el reconocimiento y la situación de privilegio; en una palabra, el
poder y las rentas con las garantías que esta forma descansada de vida da para
la holganza y el ocio creativo, que es el que siempre ha tenido la católica
España, frente a otros pueblos protestantes que se toman la vida más en
serio. Para un español que vive
aterrorizado por el pensamiento de que hay que morir en el fondo nada es
importante, ni la misma religión. Es gente fatalista y muy acostumbrada a
fingir y a manifestar concejeramente lo que no es.
No obstante la
Iglesia con sus aumentos y gajes, su inmunidad foral y fiscal representa el nexo
de unión en el vértice de los poderes. Sin embargo, aquella vez, por su culpa o
su falta de previsión y dejada de la mano del Espíritu Santo, y los malos
ejemplos del alto y bajo clero, se encuentra en crisis. Siempre nos han tocado a los españoles vecinos
incómodos. Pero donde más se notaba su falta de convergencia era en el ámbito
internacional debido a los intereses de estado encontrados sobre todo de España
y de Francia. Esta última, embalada hacia una política antihispana que Madrid
intentaban sofrenar basándose en paños calientes: casamientos de las infantas
con los herederos del trono de San Luis y pactos de familia, también las hijas
de Santa Teresa pronto abren casa en París con la recomendación expresa de que
alumbren con buen augurio y hora corta a los retoños de estos casamientos que
sien embargo se iban muriendo poco a poco, alentaba sin ambages las rebeliones
árabes en la Alpujarra y en el Reino de Valencia, mientras entabla relaciones
bajo cuerda con Solimán para que dé carena a nuestra escuadra que defendían en
el Mediterráneo la bandera del papa.
¡Vaya un
comportamiento de monarca cristiano! se dirá. Pero es así: las relaciones entre
los pueblos no están soldadas por el amor natural y la filantropía, sino que
obedecen a intereses nada altruistas. Y para más inri durante todos los
conclaves que se celebran a últimos de aquel siglo y comienzos del siguiente
los cardenales a las ordenes de Richelieu son los que organizan los pucherazos
en perjuicio casi siempre de los españoles sobre los que pesaba de antemano el
veto. Era muy activa la corte de Versalles en la organización de redes de
espionaje por el Viejo Continente.
Supieron ser más inteligentes o más diplomáticos al comprar las
voluntades de las eminencias de San Juan de Letrán y de esa forma controlar los
acontecimientos en Europa.
El pueblo
llano, desconocedor de tales intríngulis, que por otra parte le son ocultados
por los confesores, casi todos jesuitas, que
se desocupan de él, dejándolo en manos de los frailes embrutecidos y
delirantes, mientras ellos se emplean a fondo con las marquesas y las hijas de
casa rica para asenderearlas por el camino de la virtud, agacha la cabeza
resignado. Se limita a morir heroicamente en Lepanto o derramar su sangre bajo
las banderas de los tercios, o, en el mejor de los casos, pasar a Indias, donde
encuentra campo a su inventiva y a su capacidad erótica, que tampoco era para
echarla en saco roto. Todo un continente se volvió mestizo o criollo en unas
cuantas generaciones. Está claro que nuestro destino no estuvo en Europa sino
en África y en América.
Las clases
altas se dedican a vivir de las rentas. Los señores del castillo a perseguir a
las doncellas por los corredores y a tener hijos bastardos, mientras sus
consortes, relegadas en el tálamo, se consuelan a partir de novenas y de
triduos. La piedad subjetiva es el hontanar de una serie de devociones piadosas
de más que dudosa reputación, el barroco cae en el mal gusto o en el
acaramelado estilo de esa prosa de oficio que tanto irritó al P. Isla. ¡Cómo
esta el mundo! Esa viene a ser la conclusión de la lectura de los libros
escritos por la Santa. Ayer como hoy y hoy igual que mañana. Esto no cambia.
Los de abajo se conforman con poco: pan y circo, algún que otro achuchón a una
moza en el troje o en el pajar, besos al jarro, y en las fiestas de guardar,
toros y cañas. Y de propina suele acudir a los novenarios en algún monasterio
señalado donde se dice que hay una religiosa que recibe del cielo gracias
especiales como transportes y llagas, olor a flores, curaciones inexplicables.
Esto es lo que más le gusta al pueblo
lego, ignorante y poco avezado, aunque de buenas inclinaciones y gran corazón,
de la religión, algo que se pueda tocar con las manos, que las devociones
redunden en el propio beneficio. Por eso aquí se han puesto velas a san
Antonio, se han llevado ofrendas a santa Barbara y a santa Quiteria o san Roque
no dejemos de invocarla cuando se sufre la dentellada de un perro rabioso. Y
que todo sea para bien, y de hoy en un año. Besos al jarro. A los
bienaventurados de la corte celestial que no nos hagan caso se les olvida por
desaborido, y santas pascuas. Teresa tenía uno que nunca le fallaba. Cosa que le pedía cosa que le daba: San José.
El santo varón le sacó de más de un apuro y resolvía todos los conflictos.
Varios de las casas, la primera y la última, en Avila y en Burgos, las coloca
bajo su vara milagrosa y siempre florecida, y tan taumaturgo fue, que hubo en
el invierno de 1581 adonde llega empapada y a punto de ahogarse al vadear el
Arlanzón, grandes avenidas a causa de diluvios, las aguas lamieron la entrada
pero sin atreverse a entrar en el convento.
Castilla
elevaba la vista anhelante de agua o medrosa de inundaciones. Encomienda arriba
sus intenciones. Tenía que haber un milagro y todo el mundo cree ver visiones,
se olvida de la realidad diaria tan adversa buscando consuelo e intervención
directa en este mundo pecador. Gusta de vigilias y procesiones, organiza
triduos y pasa buenos ratos escuchando las retahílas de algún magistral que se ha subido al púlpito
para hablar de la patrona.
A veces no es
sólo el mero fervor devoto el que le mueve a acudir presto a las iglesias. Como
en el drama del “Burlador de Sevilla”, Mañara va más que por oír misa por
seguir a las damas. Las mujeres solían estar encerradas y apenas pisaban la
calle si no era camino del templo. Habían los galanes de aprovechar la
oportunidad. En cuanto a monasterios, el diablo andaba también listo y “a la
reja”. Era cosa notable cuando sonaba la campana de Nona en los conventos ver
afluir hacia los locutorios a toda una turba de admiradores secretos acudir a
las puertas de estas casas de oración para requebrar de amores a su doña Inés.
El hábito no hace al monje ni espantaba a los sacrílegos donjuanes que acudían
al pana de rica miel. Antes bien, era un
incentivo.
En algunos
casos era capaz de disfrazarse hasta de rey como demuestran sucesos [55]acaecidos
en la villa de Madrid, a lo que cuenta, que tuvieron como protagonista al
candungo de Felipe IV y a las monjas del monasterio benito de San Plácido. En
ese recinto, que debió ser guarida de alumbrados, de la noche a la mañana
veintitantas monjas quedaron preñadas, por lo visto de mano de su capellán,
hombre mozo y de muy pocos escrúpulos que predicaba el amor total y la entrega
sin condiciones a Jesucristo en la persona de su representante en la tierra, el
confesor y maestro espiritual. Se dijo que en aquel lío pudo estar metido el
rey del que dice Marañón que era hombre de una capacidad amorosa insaciable,
casi femenina. Echaron tierra al asunto aunque no se pudo evitar que la
Inquisición abriera causa. Al culpable lo ahorcaron y a sus dirigidas las
enviaron a la cárcel de Toledo. Los códices guardan silencio discretísimo sobre
si llegaron a alumbrar lo que concibieron durante las pláticas pías y qué fue
de los frutos múltiples de aquellos meneos “sacrílegos”.
A la luz de
esto se comprende el por qué no podía ver a las monjas de la Encarnación pelar
la pava con extraños, y aunque no fuesen extraños sino parientes y conocidos, a
la reja. Conocía el percal y tendría sus motivos. Se desvivió por la clausura
estricta y por echar candados y velos a las profesas. Al principio éstas
tomaron a mal las curas de caballo que se proponía y ciento cincuenta se
juramentaron en gavilla contra sus deseos de reforma pero luego las aceptaron
más sosegadas. Felipe IV tenía con las monjas una verdadera fijación. En el
mentado San Plácido de una estuvo tan enamorado que se citó con una en su celda
pero la abadesa que estaba sobre aviso le urdió una encerrona. Ordenó a la
novia que se pusiera de cuerpo presente y cuando en la iglesia retumbaban las
estrofas del Dies Irae y se rezaban los funerales por su alma vino el amante
furtivo. Don Felipe al oler el humo de las velas y del incienso y el lamento
trágico de los gorigoris puso pies en polvorosa.
Estos
burladores[56]
el azote de las congregaciones sacaban de sus casillas a la Madre, que a uno
amenazó con salir detrás de él con un estoque si no dejaba en paz a una
postulante. Le revolvían las tripas
tanto o más que los propios luteranos. Aducen los sexólogos que en los
complicados mecanismos del ludo amoroso representa un papel notable el morbo. Lo prohibido es un
grado. En un tiempo en que los burdeles y las casas de tapadillo eran innúmeras
en las ciudades y en villas y hasta en los pueblos los galanes dejando las
malas optan por las buenas. El deseo no respeta. Es sacrílego y en su
curiosidad desemboca en la paidofilia,
el fetichismo, la bestialidad, aberraciones que si mirándolo bien presentan un
aspecto diabólico. La lujuria no sólo
corrompe a las sociedades, desencadena tempestades de violencia y por donde
pasa deja una estela de lágrimas.
Todas estas
bizarrías que leemos en la gran prosa ascética de éste y de los siglos
siguientes, tan abundante en las letras castellanas, y que a oídos profanos
suenan a algarabía fabulosa, entroncan comúnmente con el genero caballerescos
que sublima el amor profano y el deseo al amor divino. Los avatares que cuentan
Teresa con su habitual lozanía recuerdan sucesos novelescos pero a los que el
pueblo tomandolos sabor mitificaría más tarde aun teniendolos por fabulosos. A
la fabricación de este mito han contribuido no pocos los hagiógrafos. El
primero, Ribera, asegura que en su infancia había compuesto en compañía de su hermano
Rodrigo un libro de caballerías con sus aventuras y ficciones “y salió tal que
habría mucho que decir de él”.
Es la impulsora
de la corriente mística, un venero en el cual se registran los mejores pulsos
del ser nacional, y artesa donde se amasa el castellano como idioma universal.
De su encuentro con Juan de Santo Matía, misacantano, con el cual traba
conocimiento al poco de la fundación de Medina del Campo la víspera de la
Virgen de agosto da cuenta en una de las
entradas el biógrafo Diego de Yepes pero abordando la cuestión de pasada acaso
barruntando pero sin ser más explicito la importancia que iba a tener aquel
tocayo suyo, uno de los mayores escritores en español, en el siglo Juan de
Yepes, autor de “Llama de amor viva”:
“En este tiempo
trajo el Señor a Medina a fray Juan de la Cruz, mancebo pero grande de espíritu
y talento; y, como la Santa tuviese nuevas de su vida y religión acordó también
de hablarle, y luego que le habló como buena lapidaria conoció los quilates de
aquella piedra preciosa, y parecía que lo era, que él solo bastaba para primera
piedra del monasterio que quería labrar”.
La fundación de
Medina donde recibió dineros y casa del mercader Blas de Medina, tratante de
paños en Flandes (está por estudiar en qué grado y cómo las guerras del norte
enriquecieron a los conversos que andaban en tratos con los marranos lusos e
hispanos que tenían abierta sinagoga en Amsterdam y en Brujas, y fueron los
únicos beneficiados de aquel conflicto en el que negociaron ventas de armas y
contratas pingües al tiempo que secundan el vendaval reformatorio saliendo
fiadores de jesuitas y carmelitas con los que llegan los vientos del cambio)
tuvo por milagrosa. En esta segunda donación tuvo que renunciar a su idea de
convento de pobreza y aceptar las dotes copiosas de trescientos ducados de
María Ocampo y los seiscientos de Isabel Ortega, un emolumento significativo
para aquel entonces. La caravana de mujeres no se enfrascaba a la aventura. La
Madre era muy escrupulosa y legalista, jamás suele dar un paso en falso y sin
el asesoramiento del escribano o del confesor. Tuvo muchos a veces son ellos
los que parecen que carean a la Santa pero otras veces es ella las que les hace
investigación, adivina su vida y costumbre o delata sus vicios. Como le ocurrió
con el párroco de Becedas o con un reverendo que asistía en la encarnación y a
quien vio al momento de dar comunión como el diablo lo tenían prendido y
enredado entre los cuernos. Aquel oficiante se atrevía con sus manos indignas a
portar al Señor y distribuir la comunión. En otro instante espantoso Dios le
muestra el lugar que le tenía preparado en el infierno. Fue una visión
fugacísima pero la impresión de aquella escena le quedaría de por vida; y en
otras las confidencias siguen, siempre en su propio beneficio por ejemplo,
cuando Cristo en persona vino a decirla que Bernardino de Mendoza no saldría
del purgatoria hasta que no se dijese la primera misa en el Carmelo reformado
de Valladolid. A san José le tuvo siempre a mano. A la Magdalena cuya fiesta
celebraba con rumbo la vio en varias ocasiones y también vio a san Andrés y al
apóstol Juan que asistían como diáconos y subdiáconos a la misa celebrada por
san Pedro de Alcántara. Conocía no sólo por el nombre sino por la cara a santa
Catalina de Siena, santo Domingo que se le aparece en una cueva del convento de
Santa Cruz de Segovia, y a san Benito y a santa Escolástica y a otros muchos.
Los jofores que
vierte sobre algunas personas a las que vaticina el fin de sus días o el cese
de una tribulación según hemos indicado se cumplieron todos a rajatabla.
Resucitó a su sobrino Gonzalico Ovalle, el hijo del cantero de Alba de Tormes y
antiguo soldado a las ordenes del Duque, cuando se le cayó una pared encima,
aunque en la versión del milagro difieren los biógrafos. Efrén de la Madre de
Dios dice que el niño cayó malo y fue encontrado muerto en la obra antes de que
las rafas de ladrillo se derrumbasen y añade que su hermana que estaba encinta
de la impresión de ver al pequeño muerto parió al cabo de unos días pero que el
fruto de este segundo alumbramiento moriría a la semana. La Madre que le
administró al neófito las aguas de socorro tuvo un trance y al cabo vino para
su hermana muy contenta diciendole que se alegrase porque acababa de presenciar
la entrada de un angelico en el cielo.
Las monjas de
San José criaron miseria pues el sayal de velarte y el basto buriel de la tela
en que esta prendas de la Reforma estaban confeccionadas pronto fueron reclamo
y albergada de incómodos parásitos. De que lo supo puso sus poderes en juegos
apretando en la oración para que no se les deparase semejante plaga. Dios la
hizo casa y de repente la liendre desapareció. Los que visiten este lugar
encontrarán allí un cristo de los ojos lindos al que se conoce por otra
denominación: la del cristo de los piojos. Fue el que obró el milagro, además,
con la garantía expresa otorgada por la fundadora de que de allí adelante
ningún convento carmelita los tendría. A tan repugnantes parásitos se les niega
la entrada y desde que Teresa hizo este milagro ya no hay liendre.
Si bien los
ortópteros no representan una grave amenaza para el desenvolvimiento de la vida
claustral los cáncamos peores son de otra calaña. Nada más temible que la roya
humana. Las picaduras de este chinche son las más mortíferas. Porque el diablo
gusta de disfrazarse de toca y griñón y se ciñe a lo mejor los cuadriles con un
escapulario santo. Teresa tiene que librar cerrada batalla contra este
personaje que se le aparece cuando menos se lo piensa. Y hasta le hizo una
coplilla;
Pues nos dais
vestido bueno, rey celestial, libranos de mala gente este sayal.
El diablo son
los otros, según Sartre. Anida en el espíritu de contradicción que nos es afín
como seres humanos. Esté donde esté y fuere quien quisiere, el caso es que este
personaje, Mefistófeles, o como tengan bien a nombrarlo, formó parte de su
existencia, y puso no pocos estorbos en el camino de su santificación. Por lo
pronto, ella tenía un carácter vivo que no toleraba réplica y lo trata de
solucionar derrochando dosis de gran humildad y espíritu de obediencia pero el
orgullo que llevaba dentro salía a flote. No fue un negocio traer una priora de
la Encarnación a San José. Parece ser que la Santa y Teresa Cimbrón discutieron
y ésta tuvo que regresar al primer monasterio. Es cierto: a veces el diablo y
el infierno son los otros. Consciente de tal fragilidad procuró que en sus
casas las profesas estuviesen el mayor tiempo con las manos ocupadas y a ser
posible aisladas, en celdas separadas, con ermitas exentas del edificio matriz
o con cámaras inaccesibles dentro de las propias habitaciones. Para estar en la
nube del no saber. Para abstraerse. Como los morabitos mozárabes que se
apartaban a un desván de la iglesia o los anacoretas monotelitas escondidos en
le helgadura de una roca. El caso es no tener comercio con las demás. Porque
entonces surge la tentación, salta la chispa. Cada mochuelo a su olivo. Cada
pájaro a su alcanda y cada penitente en su rahez. ¡Qué lista! ¡Cuánto conocía
el alma de las mujeres esta santa castiza nuestra!
No paro de
sonreír para mis adentros con melancólica tristeza cuando acudo a Avila y me
paro a besar al Cristo de los ojos lindos por otro nombre el de los piojos. Es
contemporáneo de la última sesión del concilio de Trento: 1563. Después a la
que subo tengo que alargar el paso por miedo a la liendre de los conventos no
me dé un pasmo. Es la envidia. Allí la gente con iniciativa no es bien quista.
Ha de serse gregario y del montón. Si alzas un poco el gallo te degüellan. ¡Qué
bien lo sabía Teresa! Y con Ana Dávila que era mujer de temperamento discutió.
Por eso el Señor no para a veces de echarle reprimendas y encarecerla tuviese
mano izquierda para manejar a sus discípulas y zarcear en medio de tantos
peligros. Había cocodrilos con la boca abierta esperandola al borde de las
charcas. Las curias siempre dieron albergada a este tipo de monstruos
omnívoros. Los peores diablos son los que llevan sotana y alzacuellos. Lo supo
por experiencia. Tuvo que bandearse por orillas viscosas y resbaladizas. Dios
estaba con ella, desde luego. Si no, imposible entender su vida.
Su muerte en
alba de Tormes conmueve al igual que su personalidad no ya meramente por toda
la parafernalia admirable que rodea al hecho sino por la admirable humanidad de
esta gran mujer sin parangón, los muchos trabajos que tiene que soportar hasta
el final dentro del halo polémico en el que se desarrollaron sus días. Le llega
con motivo del alumbramiento de la Duquesa. Unos vienen y otros van, unos nacen
y otros mueren; esa es la fija.
En aquel tiempo
los grandes personajes, llegado un momento trascendente de la vida:
alumbramientos, decesos, viudedades, salidas del esposo o de los hijos para la
guerra, quieren contar con el valimiento o la intercesión de estas “santas”
mitad parteras ora plañideras ora aliviadoras de los lutos, que deparan buena
suerte, o arrimo contra el infortunio. Se las trata como de la familia, con
derecho a alimonia y mantenencia pero sin soldada. Posaban en casa de la gente
de viso formando casta aparte en medio de la servidumbre fija o flotante, que
no suele mirarlas con buenos ojos, dentro de las cortes y los castillos
medievales, en todo instante bien nutridos de damas de compañía, bufones de
aluvión, parientes pobres, paniaguados y parientes propios sin otro lucro que el
vivir de gorra.
De origen
medieval es la costumbre. Ella da origen al mecenazgo. Y sin su hospitalidad no
se hubiera entendido el gran arte y literatura cristianos desde oriente a
poniente, desde Inglaterra a Rusia y desde Noruega hasta Italia. Ambos tienen
un arranque de justa poética al pie de la mota del castillo del feudo y guardan
ese candor primoroso de todo lo que se transmite por vía oral. A su socaire encuentra acogida y medra las
leyendas, la paremiología, los juegos de manos y de cartas. De aquí arranca esa
potencia para contar historias.
Era un fuerte
entramado de relaciones humanas. De esta tropa de advenedizos que llegan nadie
sabe dónde a pedir posada, habituada a las inclemencias del extremoso clima, lo
que hace que se desarrolle su habilidad innata para llevarse un pedazo de pan a
la boca o encontrar un poco de paja que les sirviera de lecho, nace el lirismo
de los lais provenzales con sus inclinaciones caballerescos, la música del
romancero o la prosa de los libros de caballerías. Es como un despertar. Se
abre la rosa de los vientos a nuevos rumbos. En los aposentos palaciegos, por
otro lado, de las cortes ducales, como la de Alba, Lerma, Medinaceli, Medina
Sidonia, Benavente, regentadas por los Fernández de Toledo, Guzmanes, Mendozas
y esas cien grandes familias, muchas de origen conversos pero que con habilidad
entallan su origen oscuro al disfraz de los sonoros nombres godos, que se
alzaron con la exclusiva de la riqueza que supuso para algunas arcas la llegada
del oro americano, tuvo la Mística española casa propia.
Es un ir y
venir que llaman acarrear. En todo un ardiente penar a la sombra de la
obediencia y bajo la amenaza de la coroza que se cierne sobre la cabeza del
reformador, el cual escogió por norma de vida el vivir peligrosamente. Un paso más y terminas en la herejía y atraes
sobre ti la coroza del penitenciado por la Inquisición. En Segovia un provisor
suspicaz la ordenó que quitara el Sacramento y mandó por los corchetes el
corregidor con auto de excomunión. Todas esas congojas hacen acto de presencia
en sus obras las cuales patentizan al tiempo que el fuego divino que la mueve
algo vivo y tan humano como el temple de una mujer que se rebela contra el
estado de cosas. Sufrió mucho Teresa y parece ser que Dios se sirvió de los
amparos que otorgaba el cabimiento de la Casa de Alba para evitar los
alguaciles y el baldón del Santo Oficio. Otras no tan afortunadas cayeron en la
heterodoxia. Luego todo cuanto vive lo pone por escrito.
Así cuando es
comisionada por uno de sus muchos confesores a que redacte la segunda parte del
“Libro de Su Vida” que son “Las Moradas”, una fantástica alegoría de sus
vivencias de oración en forma de símbolos, tiene que echar mano de las
impresiones que le causara su entrevista con el monarca, habitante del
Escorial, un adusta interpretación en
estilo gélido herreriano de la mística ciudad de Dios, con ventanas
infinitas que encierran cámaras y claustras infinitas. Ante el palacio y el
hombre que lo habita, esclavo de su deber, cubierto de legajos de magnifica
presencia, una voz murmura a los oídos de la monja, tan abierta y campechana,
epítome de la llaneza y campechanía castellana, un sosegaos. Parece que las piedras hielan la mirada
mientras el alma se abrasa en aquel inmenso caserón con diseño de parrilla. No
se permiten las manifestaciones espontaneas ni el memorialesco semblante que
impregna otras narraciones sino un lenguaje sublime, apto en exclusiva para los
iniciados. Este encuentro con El Escorial y lo que este monumento representa
para la idiosincrasia de la época filipina debió de dejar una impronta
determinante.
Sin embargo,
cuando dice con iluminada cordura que esta vida no es más que una mala noche en
una mala posada, en esta frase vuelca su experiencia en algunos garitos en los
que ha de pernoctar con sus monjas, como aquella venta en el Tiemblo donde
vivió una pesadilla protagonizada por un capitán de los Tercios que,
sintiendose humillado porque el mesonero le había dado una habitación peor que
a las carmelitas, tiró de alfanje y estuvo a punto de liarse a mandobles con la
congregación. En esta vida llena de contradicciones y de peligros se viene a
padecer befas, humillaciones, escarnios, incomprensión, descalabros. Pero a cambio de estas privaciones y
sacrificio les aguarda a los escogidos un cielo al que se llega por la senda
del camino de perfección y esa
recompensa prometida lo encarna el monasterio escurialense donde todo es
armonía de líneas perfectas, el aderezo del alma que ha salido triunfante en la
lucha con las pasiones.
A regañadientes
y sin el mayor entusiasmo, más que por complacer a la gran señora doña Beatriz,
por pura obediencia, acude a confortarla en los instantes del alumbramiento.
Algo así debió de hacer la Virgen María con su prima santa Isabel. Una confidencial celestial le anuncia que su
presencia no era necesaria pues la mujer ha parido. Está muy cansada pero tiene
que cumplir con su deber. En estas postineras señoras (Guiomar de Ulloa; Luisa
de la Cerda; Ana de Mendoza, princesa de Éboli, “furiosa y terrible mujer”,
esposa del valido del rey, don Ruy Gómez, de origen portugués, antojadiza e
intransigente; Elvira Manrique) encuentra la buena faldriquera para fundar sus
conventos de pobreza, que son sólo hacederos gracias a las rentas y donaciones
de los nobles. Pero su actitud hacia tales damas guarda cierta reserva a medias
entre la suspicacia y el halago del converso que busca abrirse paso en la
sociedad mediante la recomendación y el amparo de la alcurnia. Es por esto por
lo que su padre cambió el apellido manchado de Sánchez por el de Cepeda y
Ahumada.
A pesar de todo
se observa que en la descalcez ya no tienen cabida los nombres rimbombantes que
campeaban en la Encarnación: Quesada, Estrada, Arias, Quiñones, Andrades,
Velascos y Quirogas. Predominan los nombres de siempre: las Catalinas Codinez,
las Aldonzas, etc., que se transmudan en Anas de San Bartolomé, María de la
Purificación, Blasa del Santísimo Sacramento.
Por el camino
les llega un heraldo para anunciarle la feliz novedad del alumbramiento de una
niña. El parto fue corto. Ya no era necesaria su presencia pero decide seguir
hasta la villa salmantina. Venía de
Burgos donde el último cenobio que establece fue una larga secuencia de trabas
a cargo de la curia y de engorros. Ésta y la de Sevilla le dieron mucho
trabajo. Entra en la ciudad con el tiempo metido en inundaciones de diluvio por
diciembre de 1581 y sale en la primavera del siguiente después de la gran riada
que estuvo a punto de llevarse río abajo a media ciudad. Se tuvo pro prodigio
el que el nivel de la aguas no sobrepasara los zócalos del oratorio. Una placa
sobre el frontis del muro de esta casa burgalesa que las carmelitas tienen en
el barrio del Espolón sigue pregonando la intercesión milagrosa en aquella
avenida. Las riadas debieron de ser muy frecuentes en aquellos estíos tan
calurosos. Me remito a los famosos versos del romancero: “Bernardo estaba en el
Carpio/ El moro en el Arapil[57]/
Como el Tormes venía crecido/ no se puede combatir”.
Ella ya barruntaba su próximo fin pero no ceja
y vence con tesón las porfías del eclesiástico de turno renuente a que en su
jurisdicción se erigiera una comunidad monástica sin las garantías de autonomía
económica.
En lo que el
arzobispo daba su anuencia de apertura del recinto tuvieron que irse a vivir
con los apestados y moribundos del Hospital de la Concepción, que era un
lazareto de peregrinos por aquel entonces. La experiencia debió de ser
traumática en aquella crujía del dolor. Los piojos verbeneaban a su antojo
subiendo y bajando por las sábanas y cabezales; y entre los quejidos, malos
olores y alimañas asquerosas, que las ratas campaban por sus respetos, las
monjas no podían concentrarse en la oración. Para colmo a una de ellas se le
apareció el diablo. Era un mastinazo negro que se escondía por el tiro de la
chimenea y se asomaba de vez en cuando al cocedero. Belcebú hace acto de
presencia una y otra vez en la vida de los grandes penitentes, puesto que ni al
propio Cristo ahorró tentaciones.
Los cronistas
se refieren a esta penuria de pasada pero aquí está la otra cara de la moneda
de aquella España de esplendor donde sólo los frailes y los curas vivían a
cuerpo de rey, comían a mesa puesta y para colmo se acostaban con quien les
diese la gana, porque la emigración a América y las guerras europeas en contumaz
leva de hombres y sangría de dineros habían dejado Castilla sin la presencia de
varón. Los eclesiásticos podían holgar a sus anchas quebrantando todos los
mandamientos eso sí con la mujer ajena, pues todos los maridos estaban o presos
del turco o padeciendo trabajos en las campañas de Italia, o desbastando
selvas. Hubo algunos frailes que alardeaban de su condición fáustica como aquel
franciscano de Ocaña que insinuaba a todas las mujeres que topaba en el
confesionario que era menester se acostasen con él si querían engendrar a un
profeta. Los alumbrados habían en muchas partes dejado verdaderas rafas de
hijos naturales a cargo de sacerdotes desaprensivos que trataban de mejorar la
raza sin contemplaciones preñando a un monasterio de una sentada como pasó con
las benedictinas de San Plácido en la Villa y Corte o aquel P. Chamizo de los
iluminados de Llerena que encastó a veinticuatro incautas, o Magdalena de la
Cruz, a la que llegaron a comparar sus detractores con Teresa, la cual se
jactaba de haber portado en sus entrañas al Niño Jesús y que a veces recibía la
visita de dos diablos incubos a los que El de arriba daba permiso para que
hicieran cuanto quisieren de ella pero sin poderla dejar encinta porque un
ángel bajaba del cielo y quemaba la semilla en su útero depositada. Macabro y
realista detalle.
Presencia del
diablo, delirios esperpénticos y para colmo todo acaba en la cama de un
hospital. La realidad no sólo eran aquellos cardenales enjaezados viajando por
los pueblos en carroza para llevar a cabo su visita pastoral, o aquellos
jesuitas y dominicos henchidos de soberbia y de sabiduría que se enzarzaban en
polémicas dialécticas que a veces terminaban en campal batalla. Se veía ir y
venir por toda la península a lomos de mulas pardas a los nuncios y bulderos.
La realidad era por igual la que ofrecía el espectáculo del desamparo de
aquellos lazaretos para pobres apestados y vergonzantes.
La sociedad que
tanto hablaba de amor a Dios se olvidaba del prójimo en injusta y calamitosa
situación. Los veteranos de las campañas imperiales o los cautivos cuya
libertad fue comprada al precio de la generosidad de algún alfaqueque heroico
como la de aquel Fray Juan Gil, mercedario de Arévalo, que rescató a Cervantes
de los baños de Argel, venían a morir en la indigencia a estos centros. En
compañía de hidalgos arruinados, rameras víctimas del mal francés con la
carraca de san Lázaro a mano para impedir que nadie se les acercase por temor
al contagio, o de niños sin padre.
A tales centros
de beneficencia se les llama de forma muy diferente. Unos eran “casas de
sudores y de vapores contra el fuego sacro” como el de san Antón de Madrid que
el vulgo conocía por la Sábana Blanca[58],
o el de la Refitolería segoviana que atendía a expósitos; en otros, la
especialidad era la de curar la sarna. Pero más abundantes eran los nosocomios
pues el la locura y las enfermedades mentales hacían estragos. Las advocaciones
para estos refugios (Misericordia, Sancti Spiritus, La Piedad, San Antón) dan
cuenta de la intención piadosa de ellos.
Ni los libros
de caballerías ni en las súmulas escolásticas se detienen a contemplar estos
antros de pobreza o engendros del vicio, pero la verdad sea dicha en el Siglo
de las Bellotas como llaman los autores a esta centuria hubo abundante cosecha
de lupanares, tabernas y de conventos. Los Padres de la contrarreforma parece
que se desentienden de los mismos; sin embargo, los relatos teresianos de forma
subliminal son una referencia velada a los desvaríos del siglo amoroso. Los
bucólicos de la novela pastoril no tienen tiempo para echar un vistazo a tales
miserias como corresponde a una literatura evasión, las comedias de capa y
espada soslayan tan infausta realidad, lo feo no puede entrar tampoco en un
auto sacramental destinado al ensalce sublime de la divinidad. Únicamente su
presencia late en las hazañas de nuestros pícaros.
Exhala el
último aliento entre las ocho y media y las nueve de la noche del día de San
Francisco de 1582, que como fue el siglo en el que mudaron los tiempos
correspondía al 14 de octubre. Antes de morir profirió una frase misteriosa.
“Muero hija de la Iglesia” que acaso refleje sus luchas y dudas de conversa que
no la dejaron hasta la postrer alentada; eso sí, para recibir la eternidad se
echó de costado y respiró por última vez mirando de cara a la pared, como dicen
suele ser habitual entre los hebreos. Durante el tiempo en que estuvo aquejada
del mal del sepulcro la priora de Alba no fue nunca a verla. Debían de haber
sostenido días antes una fuerte discusión que agravaría su fatiga, el mal de
corazón o epilepsia así como los síntomas de un proceso canceroso que debiera
de datar de mucho antes. Peleó hasta el final.
En esa resistencia a la aceptación del destino que aguarda a todo mortal
mostró su estaminal judaico habituada a
hablar de tú a tú con la divinidad.
Desde la
primera biografía que publica el P. Calahorra en 1608 el teresianismo forma
casi tratado aparte, todo un género literario, como hemos visto al principio de
este tomo, pero acaso la hagiografía más entusiasta fuera redactada por su
capellán, Juan de Avila al que copia casi en todo el P. Ripalda.
XXXXXXX
CAPÍTULO VII
1) Inseguridad
y perseverancia.- 2) Una misteriosa frase al morir.- 3) Lados ocultos en su
vida y en su obra.- 4) el barroco espiritual.- 5) Sus relaciones con los
místicos alemanes del Círculo de Windscheim al cual pertenece Tomás de Kempis.-
6) ¿Es san Juan de la Cruz el primer poeta castellano, de verdad? -7) El
mastinazo negro que vio descolgarse por la chimenea en el convento de Burgos.-
8) Hacia una nueva explicación de las claves escondidas.- 9) La exégesis de
Américo Castro.- 10) El mundo futuro.
---JJJJJJJ ---
Américo Castro
aduce su propia hermenéutica mediante el procedimiento freudiano para explicar
los trances místicos que según el polémico autor vienen determinados por la
histeria y el desquiciamiento que propicia la vida tan artificial que se vive
en los conventos aplicandoles el psicoanálisis freudiano en su deseo de
vulgarización. Don Américo desmitifica el mito de la unidad. Su obstruccionismo
desconstructivista ha contado con no pocos adeptos, mas no por ello deja de ser
venenosa la interpretación del mito teresiano. Ahí le duele. Sangra por la
herida y con su encono parece ser que ha hecho bastante daño porque en su
doctrina se basan, chutan, fusilan o refrita los cronistas neo judaizantes que
van contra el cristianismo y contra la unidad conseguida por los Reyes
Católicos. Lo peor es que ha dado pábulo a la nueva política que se hace desde
el Pentágono de dar la vuelta al reloj de la historia hasta los taifas. Esa
balcanización les viene bien a los judíos que la respaldan por entero. Y por si
ello fuera poco han volado a la SIC. Sostiene que tanto Teresa como Juan de la
Cruz evitan hablar de su linaje. En este último el atavismo era mucho más
fuerte debido sobre todo al conocimiento bíblico. Al parecer entonces los
nombres eran importantes y de ahí la avidez por trocar los apellidos que
revelaban oficios manuales o pueblos por cognómenes espirituales: Sacramento,
Asunción, Santo Matía, Purificación, Dulce Rostro para conjurar sospechas. Ya
lo hemos dicho antes pero me parece que la observación de don Américo es sagaz
y no da en falso. Porque se percibe no sólo mediante su encastillamiento en
Dios el deseo no sólo hacer higas a mundo, demonio y carne sino de zafarse de
la austeridad postiza que para ella no tenía ningún valor. Américo Castro llega
a la conclusión de que en su obra desigual y con muchos altibajos trata de
defenderse y a veces finge tratando de salvar los muebles y en el anhelo de
incorporarse a un proyecto de España diferente cuajado de rasgos soteriológicos
en los cuales se detecta tanto la inseguridad como la perseverancia del judío
avanzando hacia la cumbre en medio de los enredos y marañas de un ambiente
hostil. En su llaneza finge lo que no es, el alma retorcida y atormentada de un
judío al que se le obliga cambiar no de grado sino de fuerza la religión,
porque ella se sentía en cierta forma adscrita a un plano superior y trata
dende de relacionarse con la alcurnia. Juan de la Cruz por su parte intenta
alejarse de la masa vulgar en beneficio de las elites y critica la religiosidad
falsa de los eclesiásticos de la época, agrega Castro que el misticismo español
va a remolque de otros movimientos espirituales surgidos en Centroeuropa
propiciadores de la vuelta al cristianismo en estado puro sin aditamentos
seculares a través de la Vulgata, y del erasmismo. Pero en esto me parece a mí
que en su ensayo sobre Santa Teresa el eminente historiador no recapacita
acerca del aislamiento e incomprensión en que se encuentra la nación española
remando contra corriente y dilapidando sus energías en una quimera. Hasta el
propio monarca es pesimista. De lo que se trata es de conservar la unidad que
había sido conquistada a costa de muchos siglos de lucha. Era una teocracia. El
poder civil y el espiritual eran todo uno y con la aparición de focos
protestantes y los rescoldos del resquemor morisco así como el poder de los
judíos siempre oculto y bajo cuerda que en la historia de España es un genio de
índole trashumante, pues ellos han estado viniendo y marchándose pero sin irse
del todo porque gracias a los buenos oficios de los reformadores empezaron a
tener un dominio importante de los asuntos eclesiásticos en las diócesis
españolas y en el Vaticano controlaron los dineros de san Pedro. Es
incongruente en resolución concluir que Teresa con todo lo que tenía detrás
fuese una histérica. Ella es una auténtica convertida a Cristo y en los
estertores agónicas cuando formula aquella frase de “muero hija de la Iglesia”
demuestra que ese ha sido su propósito y su cometido aunque no estuviera de
acuerdo con las forma de actual de un sector de la curia que siempre le fue
hostil. Sus orígenes hebreos están ahí
pero son una simple anécdota de manera que el pueblo de Dios recibe en ella la
partitura de una canto nuevo, una estirpe de savia forastera que aceptando un
cometido diferente al anterior se encamina, conjurado por las misteriosas y
secretas fuerzas que impulsan la historia, a un destino inédito. Ella es el
mensaje y el medio a la vez. Erigida en profetisa de las rutas abiertas y,
poseída como de una euforia retórica, bebe en los pezones mismos del manantial
del idioma que en su pluma al igual que en la del otro alumbrado misterioso
Juan de Yepes se transforma en vehículo de expresión de una serie de conceptos
en los que no había ahondado cualquier otra lengua. A. Castro dice que llega
tarde España a la mística. ¿Cómo va a ir a remolque de otras naciones europeas
si el portadora de nuevos valores, si crea otro lenguaje (algo muy semejante a
lo que está pasando ahora con la jerga global de Internet) y proyecta otra
concepción del mundo? Viene el barroco y el pensamiento teresiano podría
encontrar un símbolo en esa retorcida columna salomónica cargada de racimos de
Corinto que trepa y ahoga la éntasis de las palmeras en los retablos
churriguerescos. Se trata, por tanto, de una visión charra, recargada, que sólo
puede acomodarse en alguien con una mente tan complicada como la del converso.
Viene de una parcela confusa donde impera el equívoco y donde no hay un mando
único sino lo que depara el caleidoscopio de la lente en perpetua distorsión.
Muchos floripondios y arabescos, adornos en espiral y volutas de una firma a la
que nunca se le palpa el trazo final que garabatea desde el lenguaje coloquial
de una sociedad a punto de experimentar cambios traumáticos y donde está a
punto de acabar la inconsciencia y seguridad del poder salvador de Cristo que
hace del medievo un mundo feliz y despreocupado. De la mano de los nuevos
heraldos del cambio se entra en un espacio torturado y cerrado, el de la
mística, con sus moradas y alcobas, las capillitas en infinidad de altares a
algunos de los 16.000 hombres y mujeres a los que autoriza el culto de dulía el
Concilio de Trento. Se ha dado por concluida la nave central catedralicia para
entrar en dependencias de devociones particulares y gremios, y la oración
mental desplaza a la vocal; esto implica mermas. Los candorosos santos de las
primitivas etapas atraían y pese a los disparatado de sus proezas y heroicos
sacrificios para ganar el cielo resultaban atrayentes pero los que alcanzan la
hornacina después de Trento, siguiendo una proporción inversa de espacio y de
tiempo se nos vuelven un poco hoscos y hasta antipáticos. Cuanto más próximos,
menos creíbles. ¿Quién no se rendirá hasta la hermosura viril de un santo
Martino dividiendo clámide y lanzandose desde lo alto del caballo para abrigar
al pobre? ¿O san Lorenzo pidiendo a su verdugo cuando estaba en la parrilla que
le diese la vuelta porque de ese lado ya se había torrado lo suficiente? Es un
gesto que llena de ternura. Cifra como antecedentes suyos en la erótica celeste
a Raimundo Lulio, quien a su vez se inspira en los santones sufíes. Detrás del
movimiento subyace la pléyade de los “viejos alemanes”, una gran cosecha que
tiene por mentor y fundados a Ludolfo de Sajonia, “El Cartujano”, autor de una
biografía de Cristo muy popular durante el siglo XV, su lectura mientras
convalecía de su herida en una pierna en el asalto a Pamplona dicen incidió en
la conversión de aquel lansquenete llamado Iñigo de Loyola. El libro es todo un
punto de arranque para abordar la fe desde la perspectiva interiorizada y
pietista a la manera de Eckhart, Kempis, Nicolás de Cusa. Por último Lutero
también encontró Lutero en el Cartujano su fuente de inspiración cuando huyendo
de sus perseguidores se retiró al castillo de Warfurt donde estuvo escondido
once meses. A esta fortaleza propiedad de los landgraves sajones y que había
habitado santa Isabel de Hungría la llamaba el heresiarca mi “isla de Patmos”
porque allí le vendría la inspiración para pergeñar su doctrina de
justificación por la fe. Para salvarse no hacen falta las obras. El elegido no
peca nunca aunque quisiera ya que Jesús al morir por él lo convirtió en justo a
los ojos del Padre. Esto que parece una aberración no es ninguna teoría. A
Martín Lutero le pareció una idea nueva pero es el concepto central que planea
sobre la filosofía agustiniana y anteriormente fue el motivo por el cual fue
condenado a morir ajusticiado el obispo de Avila, Prisciliano, por orden del
emperador Máximo. Sus discípulos trasladaron sus reliquias a Compostela. En
esta tesis se va a basar la turbina de fuerza que mueve a todo la dinamo
protestante. Cuando le vino a la cabeza
este concepto mientras leía las Epístolas de san Pablo el monje agustino creyó
ver en todo la inspiración del Espíritu Santo. Pero no hace sino beber en la
tradición de los Maestros del Círculo de Windsheim que contó con importantes
aparte de los ya citados de Taulero y otros muchos ascetas cuyos puntos de
vista siguiendo las prédicas del Cartujano se pasan de la raya de la obediencia
al dogma. Es una entrega a la vida de la oración mediante la muerte del yo y la
búsqueda de la trascendencia al modo intimista; se atisba el deseo de hollar
las riquezas con menoscabo de las glorias humanas; es un rechazo de la iglesia
exterior para salir en defensa de la comunión de los santos, la iglesia real y
esotérica, la que se vuelca sobre el Cuerpo Místico, a la que guía el Espíritu
esbozando un proyecto de salvación adecuado al mandamiento nuevo, más allá de
los intereses espurios y secundarios del clero. Todos los bautizados participan
del sacerdocio de Jesucristo. Para entrar en el cielo no hacen falta bulas
papales ni indulgencias. Los actos humanos no valen un ardite a ojos de Dios.
La confesión auricular no sirve para otra cosa que para despertar apetitos
desordenadas o como psicoterapia y en la eucaristía, el único sacramento que
admite Lutero junto con el bautismo, no hay transubstanciación sino memorial de
la Cena. La idea posee una fuerza revolucionaria que conmueve a la iglesia
hasta los cimientos. La onda expansiva del terremoto provocada por este genio
del mal que era Martín Lutero pero un eminente eclesiástico influirá
subliminalmente incluso en sus enemigos. Lutero quiere una iglesia desnuda sin
santos ni ornamentos y Teresa de Avila preconiza la descalcez. Pues le dan
enojos y quebraderos de cabeza cambia sin cesar de confesores. Todo el Kempis
es una demoledora diatriba contra el monacato de los “cucullati” (cogolludos) o
freires relajados, los que en frase de Papini no hacían otra cosa que picotear
en el coro y cacarear en el refectorio. Pero mientras erasmistas, anabaptistas
y anglicanos acusan al papa de secuestro del evangelio, Lutero iría más lejos
al formular que éste era el anticristo, los contrarreformistas hispanos se
agarran a este institución como a clavo ardiendo, trascendencia sus propias
funciones y apelan al pontífice romano en sus diferencias y tensiones con el
Santo Oficio. Los españoles son los únicos católicos que se han creído esta
historia de la “potestas clavium” origen de la primacía; para los franceses,
algo chovinistas no se trata sino de una institución política que supieron
utilizar a propia conveniencia, y los italianos sólo ven en la silla de Pedro
una fuente devisas. Tomandose más a pecho y por eso aquí se dijo aquello de ser
más papista que el papa, lo consideran zar celestial, el representante de Jesucristo, el primer vértice del triángulo
gnéisico (altar, trono, tierra) de las potencias espirituales. Y esa especie de
adoración o culto a la personalidad del papa y del rey ha llegado hasta
nuestros días gracias a las sabias campañas concertadas por el Opus Dei para
salvar los muebles de nuestro “Establishment”. España se podrá ir a pique. Mas
mantenga Su Majestad la corona en su sitio. El príncipe no puede casarse con
una cualquiera, aducen los peritos áulicos que en medio de la depravación de
costumbre que asuela el territorio ponen cara de horrorizadas ursulinas cuando
se les mienta a Eva Shanum. Con respecto a Wojtyla sigue siendo el emisario de
Dios. Surja el Polaco, perezca la Iglesia. Oh generación depravada y dura de cerviz. Unos por exceso y otros por defecto el río se
sale de madre. Pero el legado de Teresa con sus contradicciones y alma
torturado y retorcido sigue ejerciendo influjo sobre las santas teresas laicas
de este matriarcado, las fijas y en plantilla de nuestro panorama midriático.
No son material fungible sino pebeteros incombustibles. Por más que rodeadas de materia ígnea.
Aplicando la
norma de los contrastes a la sobredicha corriente revisionista seríamos capaces
de detectar un paralelismo entre lo que acontece en el norte, pues
indirectamente se va a seguir acá el grito de rebelión luterano con sus
genialidades y sarcasmos. Pero allí se reclama una iglesia nacional, con lo que
nace tanto en Inglaterra como en Alemania como en Suiza y nada se diga en la
Francia hugonote una concepción religiosa del cristianismo vinculada al
territorio y a los genes que permanece una noción interesada de las interpretaciones
evangélicas como casta de salvación, nave de los elegidos. A los que estudian
la Escritura les van bien los negocios, consiguen prestigio. Si diéramos la
vuelta a los argumentos y estudiáramos la norma teresiana del “sufrir y
padecer” encontraremos subyacente esta misma aspiración a no comportarse como
la chusma organizada ni masa vulgar. La Iglesia tiene que ser un círculo de
distinguido. La frugalidad, la discreción y la austeridad depararán a Calvino
una buena corriente en los bancos ginebrinos (así nació el capitalismo
paritario a la conciencia nacional de los estados) mientras que a los místicos
de la contrarreforma este menoscabo de las cosas terrenas y desapego a sus
pompas y vanidades amortiza en el más allá un puesto de privilegio. Pero a
diferencia de sus naciones hermanas del norte España se reserva el derecho a la
nacionalidad prefiriendo la universalidad. El P. Sepúlveda había defendido el
cesaropapismo. Luego, Francisco Suárez tendría que dar marcha atrás, pero con
esa aspiración se embarca en las carabelas rumbo al Nuevo Mundo. España
baluarte de la fe católico. Triunfo absoluto de la alianza sacrosanta integrada
por trono, altar y ejército. En Roma no se comprometen con tanto entusiasmo.
Los papas convocan a la cruzada sólo en casos estrictamente indispensables a
sabiendas que los cardenales galos y alemanes estaban a la mira. La
espiritualidad aberrante y desinteresada de los alumbrados españoles contrasta
con el provincialismo interesado de los herejes. El papado todavía guarda las
formas porque no había aparecido aun por el palacio de San Juan de Letrán
monseñor Escrivá de Balaguer con su decálogo de 999 normas guarda la forma y
conserva el latín como vínculo de la totalidad. Sin latin la SRI se convierte
en un conventículo descepado válido para hacer el juego a las multinacionales y
a las mafias pero así lo decidieron los padres conciliares en el vaticano
segundo. Inspirados de seguro no por el Spiritu sino por la escolta infernal
del príncipe de los abismos dejando puerta franca a la desestabilización y a la
confusión generalizada. Los judíos no hubieran cometido la impostura de
liquidar el hebreo. ¿Qué sería del islam sin el alcorán escrito en árabe? Volvamos a lo que pasó entonces. Ni el
protestantismo ni la militancia de los jesuitas consiguieron el objetivo
fijado. Nada se reformó. El encono sirvió de piedra de escándalo a los paganos.
Al encresparse las posturas de esta cerrazón acontecerían las guerras de
religión. Los extremos se tocan. A uno y otro lado lo que sendos flujos
innovadores se traen entre manos es un reto: la lucha por el poder y el control
de las cabezas visibles. Zwinglio y Calvino esgrimían la biblia como fuente de
autoridad, lo que no deja de ser una aberración porque de la divinización de
una escritura se siguen demonios, lo que nunca hubiera jamás deseado el
Inspirador del texto sagrado. Los libros sagrados fueron redactados conforme a
un plan, una mentalidad, un contexto en que las palabras no valían lo mismo y
los símiles del lenguaje han sacado de quicio los hermeneutas al dar de lado la
semántica perecedera confundiendo lo sagrado con lo profano, lo temporal con lo
eterno. Unos tiran por la borda la liturgia y la tradición, con excepción de
Inglaterra donde todavía se mantiene en algunos círculos, mientras otros se
aferran a una noción inmovilista y anatematizan a aquellos que se atreven a
poner en duda la Vicaría jesusea del obispo de Roma (ver la confusión entre el
rey temporal y el espiritual pauta principal de los Ejercicios Espirituales),
dispuestos a lanzar excomuniones y darles a algún cabeza de chorlito con la
biblia en la cabeza. Tal hizo la Madre con una postulanta de Toledo que decía
era bachillera. “Aquí todas somas monjas ignorantes”. Le deniega el hábito y
todo por tener un ejemplar del Antiguo Testamento. Que ella que se decía devota
del Rey David sabía bien de coro aunque manteniendo su secreto. Ventura te de
Dios hija que el saber no te faltará. La virtud está en el medio. Entre ambas
intransigencias se ve claro la parte de razón que llevaba Lutero al señalar con
el dedo a una clase clerical que vivía mucha más tranquila al frente de una
grey ignorante y oscurantista. “Biblias, hija, no traigáis que no tenemos
necesidad de vos”; estas prevenciones de la Fundadora ante una mujer que se había
esforzado por saber un poco más echando un jarro de agua fría sobre sus
esperanzas reflejan a lo puro indiscreción, ya que de la discusión nace la luz
y sin discusión no cabe un grado de libertad. La ignorancia estorba a la
sabiduría en su diseño activo y creación permanente del mundo. Nadie puede
erguirse en exclusiva de la verdad, ninguno tiene la última palabra. El
catolicismo romano se desvió de las fuentes griegas y los abusos de la sede
primada junto con la soberbia de algunos príncipes determinaron aquella
situación de escisiones, enfrentamientos y cismas. Al menos la ortodoxia griega
se libró de aquel cataclismo. Centurias atrás, los debates y disparidades de
criterio sobre aspectos del dogma trinitario y la intervención de María en el
proyecto mesiánico no fueron lastre sino acicate para la caridad redundando en
un acrisolado fortalecimiento de las verdades reveladas. La fe saldría
fortalecida de las demasías de Prisciliano, aquel que había dicho que los
elegidos no pecan nunca, o de la confrontación arriana. El credo niceno viene a
ser un colofón a la controversia entre monofisitas y monotelitas. Pero en el
sexcentésimo los bandos pugnan de muerte poniendo a Dios por testigo de sus
enconos. El resultado: una ordalía de odio. No hay contemporización alguna. Por
eso desde entonces se tiene como nota de mal gusto la costumbre en algunos
países cualquier coloquio con tema religioso; ya la fe pasó a convertirse en
creencia. Había comenzado el primer acto del drama universal. Se alzaba el
telón del apocalipsis. Johannes Busch se llamaba el prior del monasterio en los
Países Bajos donde se inicia la corriente pietista que da pábulo a los vientos
de reforma. Primero, es una brisa. Luego se desatan las furias eólicas que
desparraman el huracán. Desde el claustro benedictino de Windesheim a través de
propuestas inocentes y de exhortaciones parenéticas se insta a la reforma de
costumbres. Pero siempre hay que echarse a temblar cuando alguien nos habla de
reformas, ajustes finos y otras zarandajas porque ellos siempre serán la puerta
de la exclusa que suelte la cascada. El primer caballo del tiempo final empezó
a cabalgar con las cruzadas y no ha parado de estampar sus cascos contra los
morrillos del empedrado de la historia. Ahora la trepidación va a más. Hitler
acuñó el lema de “Gott mit uns” que ha recogido Bush - aquí tenemos a otro Bush
y este no es abad aunque preconiza la reforma y el sometimiento de todos los
pueblos a la vara de medir demócrata- en el “God bless América”. A la Daciana
Galiana se le hace al oírlo la boca agua lo mismo que al gordo de la cabeza
apepinada, jurisperito de todo y de nada que aparece en el programa ése de la
“Reina de las Mañanas”, pero a mí la carne se me pone la carne, porque yo no
soy Laura la mujer del mandatario ni clamo venganza por lo de las torres
heridas por el rayo allá donde los jinetes suicidas ellos mismos con toda la
tripulación se hicieron dardo y brasa. Todo esto confirma mis sospechas de que
Boje se escribe con b de burro y b de burro. Y Bojo se llama el baranda que ha
inaugurado el milenio con una guerra contra el infiel Ben Laden de quien nada
sabíamos hasta aquel once de septiembre por la mañana de repente convertido en
todas las ansias de vindicta de la sed imperialista. Están resucitando los
gigantes y la hidra sionista asiste al parto. Un río de aguas bermejas corre a
nuestro lado mientras se erizan los cabellos amenazantes de la arpía. Es
valiente como un Héctor pero el día en que se desparramó la noticia de los
atentados corrió a refugiarse en una casamata antinuclear. ¿Dónde están mis
hijos? ¿Y Laura, la ambiciosa? Machácalos Georgie Porgie no les dé cuartel,
hijo del alma. Dios está con nosotros, pero por si acaso el cowboy pagado de su
orgullo pero víctima de su ignavia estuvo varias horas extorris, esto es
desaparecido, que dirían un romano. Yo no comprendo esta guerra asimétrica.
Falta proporción y sobran imágenes y banderas colchoneras. Me suena a algarabía
como el mensaje místico. Todo se hace
para capturar al obtuso Ben Laden al que los internatutas ven ya bambolearse en
la horca, lo quieren vivo o muerto. Mas ¿quién es él? Mil contra uno. Abusones,
ya podréis. He aquí las contradicciones del semiperíodo que hemos delante. El
príncipe dominante es sagacísimo, cada palabra suya posee semántica no en balde
le apodan el zar de la semiótica. Veo gran efusión de sangre derramada y al
fantasma de Nerón surgiendo de las aguas bermejas del Tíber que discurren entre
tusones de niebla para esconder los sicarios que conminan la ciudad amurallada
al abrigo de la noche. No conoceremos nunca a nuestros sayones porque se tapan
la cara. Actúan de madrugada, diz que vienen a defender la democracia pero en
realidad otras son sus intenciones, nos prenderán y luego nos asesinarán como
conejos. Bush y Busch son homónimos en anglosajón y en otras lenguas de origen
germánico. Quieren decir la misma cosa: breña, matorral. Un asturiano diría en
vista de la actual situación que los trogloditas bajan de la braña arisca
empuñando el garrote. Lo agitan sobre el
aire saturado de ominosos presagios. Ya suenan los primeros trallazos. Todos
somos papas y sacerdotes de nosotros mismos, predicaba Lutero. Pues claro;
entre Dios y los hombres maldita faltan que hacen los intermediarios. Ivan
Busch será uno de los primeros en
inocular el veneno y en el “Cronicón Windesheimense” se cita: “Aun cuando
fundes mil conventos de tu mano, aun cuando alimentes con tus bienes a todos
los pobres del mundo, no merecerás salvación si vives en pecado mortal”. Este
discurso nos suena. Es el que me largó directamente el cura de soto de Luiña
por tener la fea costumbre de ir por el pueblo atizando un rosario. Que por
cierto en aquel lugar idílico de la insólitamente bucólica Asturias se me
apareció después de salir de la iglesia. Era un abacero con los ojos tan claro
que parecían los de un candil de todas las venganzas. Pero de ese extremo
infausto de mi vida contemplativa mejor no hablar sólo a titulo de referencia
para demostrar que la existencia del maligno en el mundo no es un cuento chino.
El mastinazo negro que vio santa Teresa en el hospital de la concepción y el
abacero rubio del camino ruin que lleva a San Martín de Luiña eran la misma
cosa y hubo que salir corriendo. La huida es la mejor de esquivar su ságena que
tiene buena almadraba para prender incautos dentro de sus redes. Si lo ves,
escapa. A mí se me apareció donde menos lo esperaba. En un valle de ensueño.
Pues allí estaba disfrazado en forma de abacero. “Vengo a arreglarte la
bicicleta, te conviene hacer ejercicio, adelgazar, esparcirte un poco.” “No
quiero”, repuse. No paré de correr hasta el Rellayo y subí la cuesta de las
revueltas de Artedo que parecía a Pegaso el de los pies alados. Se me habían
erizado los cabellos y pasé tanto miedo que no puedo contar lo que vi porque la
sola memoria de aquel espectro me produce grima.
LAUS DEO
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XXXXXXX
Epílogo
LITURGIA EN JERUSALÉN
De lo que debió
de ser la vida en Jerusalén en las primeras centurias dan cuenta las relaciones
de una monja peregrina de origen español llamada Egeria. En la iglesia de la Resurrección
o Anastasía los fieles se reunían toda la noche hasta el canto de los pollos
(pullorum cantum) para asistir a las celebraciones presididas por el patriarca
y toda su corte episcopal de presbíteros, diáconos y coros. Era una divina
liturgia cantada a varias voces con la intervención solemne de las vírgenes o
“parthenae” y los monjes de vida consagrada. Se observa que el nacimiento de la
liturgia que en griego significa servicio público va pareja a la del monacato.
La castidad era un aditamento para los pueblos de origen sincretista, un adorno
de la perfección personal. No ocurre lo mismo a este respecto con los judíos
quienes a diferencia de los griegos y los romanos veían la esterilidad como una
maldición de Dios. Estamos abocados al círculo místico y sin una explicación
preternatural nadie podrá salir del laberinto. La fe nos conduce siempre al
símbolo en un intento por conciliarse con la razón. Para explicar nuestras
creencias hemos de acudir a lo inefable. Por eso la religión, que nos ata a lo
desconocido, tiene que ver con las fuerzas misteriosas de la vida. Una de ellas
será la música y el arte del canto. Para que estas reuniones del ágape durasen
desde la salida de la luna hasta la aurora algún acicate debería de haber para
sostener el fervor y el interés de los congregantes. La magia vendía dada por
algo que ha sido privativo de la iglesia primitiva instituida por Jesús, adorno
del que adolecen sus hermanas, la mezquita y la sinagoga, el Christus músicus,
el sueño de la belleza eterna que baja a la tierra y permite al hombre
participar de la dicha perenne. Desde los primeros siglos los ojos cristianos
tornaron a oriente de donde toda luz nace. Así la salmodia cristiana tiene que
ver en su simplicidad con los versos áureos que repetían mecánicamente los
pitagóricos y los vedas hindúes, sin comprender su significación. Los monjes se
sabían de memoria y repetían como papagayos las palabras pero esta simplicidad
hacía más efectiva la plegaria porque obraba maravillas en los que practicaban
este tipo de oración: la vuelta al centro, sentirse en presencia de Dios,
comunicarse con ese testigo que todos llevamos inscrito en algún repliegue de
nuestra psique. Es en Jerusalén donde se origina toda esperanza. Hacia allí el
alma del orante revierte. El zionismo se
ha encargado mediante las guerras que todos conocemos de echa a pique esa
esperanza utópica en un mundo mejor mediante el amor y la caridad, desplazando
a los cristianos de sus sedes y haciendo que la Ciudad Santa sea una cuestión
sangrienta entre árabes y judíos, entre Mahoma y Moisés. Nunca del Hijo de Dios
que padeció allí muerte de cruz. La cruzada lanzada por el tándem Bush-Chini,
muy bien preparada y orquestada de antemano con múltiples mentiras, no tiene
por objetivo el islam sino más bien el cristianismo. Está claro que quieren
borrar la memoria de alguien que les estorba. Pero por mucho que se empeñen y
estén tratando de dar vuelta a los libros santos borrando aquellos pasajes
bíblicos que les sean impropicios se cumplirán los dictámenes de Isaías que
advierten a los secuaces del Gran Cofrade: “Dominus ex ligno regnabit”(el Señor
imperará desde el leño). No se frustrarán a pesar de todo nuestras esperanzas
porque lo que está pasando en la Jerusalén de Ariel Chorreón pasaba ya durante
el mandato del Tetrarca que mandó degollar a los inocentes y su comportamiento
ratifica la profecía cristiana de “no viene a traer paz sino la guerra”. Las
matanzas y demoliciones que observamos de palestinos y de sus propiedades a
cargo de tanques y excavadoras israelíes son un corolario al comportamiento de
Herodes. El odio a Jesús sigue vivo. Se está estrechando el círculo. Se acaba
el tiempo. Estaba escrito.
Convendría, por
tanto, enfrascarse en la lectura de aquel primer reportaje de lo que acontecía
en Palestina en el siglo IV narrado por esta peregrina española que acude a los
pies del Santo Sepulcro atraída por esa cruz de Constantino que había aparecido
con engastes de piedras preciosas y que pudo conocer también santa Teresa en
una de sus visiones.
El símbolo del
dolor y de la ignominia se convierte así en presea de salvación. El Señor
reinará desde el leño, símbolo de nuestra fe.
Cristo
sacerdote se alza en triunfo sobre las colinas y sus discípulos a lo largo de
los siglos irán buscando sus huellas.
Sabemos que
triunfó sobre el mundo, el dolor y la muerte y que ese triunfo y esa presencia se materializan
todos los días en la eucaristía. No convendría, por tanto, perder de vista esta
preeminencia. La liturgia es símbolo en el cual convergen la tradición y el
dogma así como los tres niveles del Cuerpo Místico que desde la aurora hasta el
ocaso y de forma ininterrumpida a lo largo de las cinco partes del orbe se
concelebra con los ojos puestos en el lugar de la tumba vacía. La iglesia de la
Resurrección jerosolimitana sea nuestra quibla. El punto de orientación
referencial de los que siguen esta creencia.
Existe una
interacción entre este iglesia peregrina y la Jerusalén celeste. Todas las manos se juntan en la misa el rito
de iniciación de los elegidos. En contra de los supuestos que se manejan ahora
mismo por el diablismo que nos envuelve quizás la oración litúrgica debe de ser
mucho más agradable a los oídos del todopoderoso que la que nace del fervor
individual y subjetivo porque se hace confesión pública, es testimonio de
adoración y posee un carácter colectivo que une a los habitantes de este mundo
con los vecinos de esa Ciudad de Dios a la cual aspiran los devotos. Allá se
dirá una misa que nunca se acaba. Ya estarán de más los testimonios y martirios.
El recuerdo de
esta presencia físicas de los primeros fieles que vio santa Egeria hace revivir
las enseñas de la Panagia o asambleas de todas la noche a lo largo de los
cuatro cuadrantes en que dividían el
tiempo los romanos desde la puesta del sol hasta los clarores del alba
matutina: vísperas, prima vigilia, media noche, alectorias (canto del gallo).
Cuando
escuchaban el grito rompedor del primer masto los bautizados se apresuraban
hacia el ara de la confesión, en reminiscencia de la apostasía del pueblo judío
que por boca de san Pedro en el pretorio negó al Mesías prometido.
No le conozco a
ese galileo. El eco de semejante traición seguirá esparciendo sus vibraciones
sonoras a lo largo de las profundidades de la noche de la historia.
Es el síndrome
de la casa vacía. Cuando canta el gallo el primer discípulo por miedo a los
judíos, llevado de miras interesadas o tratando de salvar el pellejo, volvió
sus espaldas al maestro.
Ese pecado se
rememora cada madrugada. Durante muchos siglos los monjes que han sido y serán
abandonan el lecho y se alzan para honrar a Dios y rogarle se apiade de aquel
primer pecado.
He aquí el
sentido de la primera de las horas canónicas: maitines. Lavar la culpa de
aquella primera negación, reconociendo que con san Pedro todos hemos cometido
falta. La Iglesia durante dos milenios ha estado rindiendo culto de alabanza,
impetración y expiación al Verbo Encarnado. Sus voces han santificado la media
noche, que es la hora bruja, la de los grandes fantasmas. Vigilad y orad. De
esa forma nos hemos sacudido el yugo del tentador.
En algunos
ritos como el sirio caldeo a este primer canto de los pollos se le reconoce
como el “galinycion”, pero en la tradición occidental se le puso otro nombre:
el lucernario, un oficio que se divide en siete nocturnos o lecciones a su vez.
Pero la tarde de Viernes Santo se denomina “tenebrario”. Es la única vez en que
se apagaban todas las luces, lucernas, del templo, para recordar la hora en que
el Ungido expiró en el palo.
La jornada se
establecía conforme a la clepsidra griega en cuatro etapas: prima o con la
fresca, tercia con el sol en sus comedios, sexta o luminosa, nona al empezar la
tarde. Con lo que se suman ocho partes entre diurnas y nocturnas. Así separaban
los romanos sus días.
El origen de
este vocablo viene de Διες (dios) y el Dios eminente para la concepción
olímpica grecolatina era Jupiter tonante, Zeus, el autor de la luz y el que
separaba la claridad de la sombra. El cristianismo hereda esta disposición
heliocéntrica y el heliotropismo del Breviario Romano es cosa notable. Sus más
hermosas composiciones son aquellas que cantan a la luminaria triunfante (Iam
lucis orto sidere Deum deprecemur supplices ut in diurnis actibus, etc.) y se
compara a Cristo con Zeus y a su símbolo, la cruz, con sus rayos que esparcen
calor y vida al género humano.
Estamos pues
ante una religión estaurocéntrica[59]
que nos recuerda a las divinidades zoroástricas para diferenciarlas de las
selenitas. La gran diferencia entre el judaísmo y el cristianismo es que la
primera computa el tiempo por la luna y la segunda tiene un carácter febeo.
Tal matiz las
diferencia en todo. Los sarracenos copian de los judíos esta inclinación por la
libración sicigia. Fascinados por la erección del disco plateado que han
convertido en enseña de su credo han hecho bandera del engaño, la equivocación
y el error. El islam camina bajo el halo de la luz refleja de la casta selene.
Volviendo a la
raíz de las palabras no olvidemos que selenosis vale en castellano tanto como
mancha, mentira y falsos testimonio. Talmúdicos y sarracenos son pueblos, pues,
selenógrafos. No miran a la luz cara a cara sino a través del espejo. Éste es
otro de los grandes dramas de la historia universal pero no nos vamos a detener
a meditarlo nuevamente pues doctores tiene la Iglesia y esto así nos parece
caiga quien caiga: la verdad no puede hacer buenas migas con la falsía ni se
pueden uncir los antípodas sin contratiempo. Aunque hay quienes se empeñan en
dar coces al aguijón e ir contra lo que resplandece bajo el meridiano de
Greenwich.
Teresa por su
parte hace su reforma pensando en Jerusalén, la ciudad de la que vinieron sus
padres y a la que ella desea volver enarbolando la bandera de las vírgenes
prudentes tras las huellas del Esposo. Quiere regresar a una tradición eremítica
que se remontaba al Antiguo Testamento al pie del Sinaí cerca de la fuente
donde fueron arrebatados en carne mortal Elías y su discípulo Enoj.
Eran las veras
esencias del yermo donde las dos tradiciones, la mosaica y la cristiana, se
ayuntan. Proponía un regreso a las veras esencias para proclamar la fe en
asamblea con cítolas y péñolas, en concento de voces bien acordadas, de la que
salgan alabanzas día y noche.
Conserva la
regla de coro de los primeros solitarios de estos cenobios de Cesarea y la Tebaida
y promulga que el oficio divino sea celebrado en comunidad pero “sin mucho
regalo” y que la salmodia fuese sencilla y “por entonación, no por puntos”,
pues pretendía que sus discípulas suprimieran todo lo externo y superfluo para
ganar profundidad y simplicidad. La liturgia que se cantaba en Jerusalén debió
de ser un regalo de los sentidos hasta el punto de que pudo caber la sospecha
entre los rigoristas que su gran belleza corría convertirse en el fin no en el
medio de entonar las preces. No era del
todo cierto esa suposición pero Teresa la adopta.
Hoy por ejemplo
nos sigue extasiando a los que hemos percibido alguna vez ese aroma y esplendor
del Ungido los “trotarios” y acordes del rito bizantino. Sin embargo no nos
dice nada por ejemplo un Mozart, con ser sus partituras insuperables o
cualquier concierto de esos que ahora utilizan a las iglesias por teatro. Se
trata de composiciones perfectas pero les falta eso que anima lo que estaba
dentro y que era la emanación del Cristo mismo.
Abundando en
esto diremos que nos parece que hay melodía más sublime, a pesar de su
sencillez melódica, que la narración cantada que se hacía de la Pasión según
san Mateo en las iglesias medievales a tres voces. Los puericantores de Viena muy bien pero sin
sacramento, sin celebración eucarística, el mensaje queda tronzado y a medio
gas.
La Santa,
insistimos, guarda la norma del coro en comunidad, algo que otras ordenes que
surgen en la contrarreforma, como los jesuitas, suprimen, pero manda que el
oficio sea rezado y cantado pocas veces para no dar puerta a la tentación de la
vanidad.
Quiso que se
salmodiara pero sin demasiados requilorios ni el entusiasmo del querubín del
que hablan los padre griegos y prohibió de sus conventos las antífonas y los
estribillos. La mayor parte de las profesas desconocía el latin. Se aprendían
de memoria el salterio y repetían sus dípticos una y otra vez.
Antífona en gr
significa oposición de dos voces. Cuando san Basilio en el 317 funda su primer
eremitorio introduce en su regla el oficio en común de las horas canónicas
(prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas, maitines y laudes) y
establece un canon litúrgico que había de repetirse en las asambleas de la
comunicad a lo largo de los doce meses del año. Fue este santo varón, gran artista,
el autor de la mayor parte de las partituras de las misas de medianoche,
herederas del ágape romano y de los banquetes funerarios.
Este culto
público, con algunas variantes, puesto que cada monasterio tenía motu propio,
irradia de Antioquia, Bitinia, Siria, Cilicia y Cesarea donde estaba la
provincia de Jerusalén particularmente.
De este epicentro se esparcen ondas de circunvolución eucológica ex
solis orto usque ad occassum a todo el orbe cristiano.
Es la fe viva,
llama perenne como la de aquellos fanales de mecha incombustible que iluminaban
como si fuera de día las paredes del templo del Santo Sepulcro. Es la antorcha
que por mucho que azote el viento jamás se apaga, candela incandescente.
Es el
resplandor que imparte el pregón pascual al grito del diácono que encabeza la
procesión en la noche de Sábado Santo repitiendo bajo el hachero la eterna
consigna del Resucitado: “Lumen Christi”.
“Ad lucem per
crucem”. Hasta la luz a través de la
cruz.
No hay devoción
más grande ni oficio divino mejor cantado, apto para estos tiempos de tinieblas
que nos embargan que el que se imparte en esa noche santa. El diácono que lleva
el cirio en la procesión es también el que porta las claves. Potestas
clavium. El cielo y la tierra pasarán
pero mi palabra no pasará.
Consigna mayor
no puede haber ya. La vida cristiana consiste en una vigilia perenne. Hay que
estar preparado porque la segunda venida puede acontecer en cualquier
instante. Que nunca se extinga el pábilo
de esa palmatoria que aunque tenue encandila la noche de la fe. Como si la
noria de la historia hubiese perdido el compás o nos deslizáramos a lobos de un
trineo sin riendas por el tobogán loco todo parece sujeto a la gravitación de
un vértigo misterioso. ¿ Sonará la trompeta? No sopléis sobre contra candela. Que seáis faro que guía. Confortables
candelabros que envíen rayos y no fauces lóbregas del precipicio. Los
centinelas no han de bajar la guardia. Vigilate et orate ut not intretis in
tentationem.
Estas
recomendaciones del Salvador marcan el origen del monacato en lo que tiene de
rigor y de parsimonia, de renuncia a la voluntad propia para acatar la común.
Las Horas eran
las diosas del Olimpo, hijas de Temis y de Júpiter rectoras de los cuatro
elementos secantes de la divisoria del cómputo del tiempo. Algo inasible, inaprensible que sólo se puede
comprender parcelandolo. El tiempo no existe porque es el eco del movimiento
perpetuo y de la fuga perpetua. Sólo se entiende dentro del convencionalismo.
En un hablar por hablar. En un decir amen.
Las hijas de Zeus
imperaban sobre las agujas del horologium, administraban cada una de las
partículas y gotas de la clepsidra y del reloj de arena y señoras del Olimpo
administraban la economía de las cuatro estaciones. Hay en todo esto algo
agrario, telúrico, ancestral. Ellas presidían los ciclos de la fecundidad o
llevaban a Eolo del ronzal airado permitiendole soplar cuando haga falta.
“Hic apellant
lykinion quod nos dicimus lucernas”[60],
nos informa la monja viajera.
Las Horas son
también emperatrices del dietario eclesial. A cada una de ellas corresponde un
himno, una antífona, un salmo y el conjunto de rezos que corresponde a un día
lo llaman reato. Al que estaban obligados todos los miembros del iglesia desde
el último subdiácono hasta el papa bajo pena grave. Es como una rueda. La
oración constante de la que habla san Pablo y que propugnaban los “monologios”
de las preces hesicásticas de la antigüedad.
El Breviario al
igual que el reloj y las inclinaciones del equinoccio consta de cuatro mitades:
verna, estivo, autumnales y hiemales. Es un ciclo con cuatro secantes.
Movimiento binario estricto en sus intercadencias de rotación y traslación. No
hay aguas pandas en el lago místico; antes bien, evolución sin tasa, agitación
constante, lucha y guerra perpetua. Un curso o periplo que asume el alma
cristiana en el camino de perfección.
El iniciado o
adepto trata de imitar evoluciones y revoluciones de la misma naturaleza. El
carro nunca para aunque lo parezca y esto es señal de bienaventuranza.
Las Horas eran
doce diosas mitológicas. Cada una de ellas tenía una misión cumplir en el orden
cronológico. Pero las horas canónicas se reducen a ocho. Aquí otra vez el
número áureo de cabalística intención y a cada una de ellas le corresponde una
plegaria diferente para cada uno de los instantes de las 24 horas del día
dentro de los 365 del año.
Estamos ante un
curso de instrucción y de crecimiento cara al sol pero sin perder tampoco las
lunaciones de cuyo computo se calibra la fecha de la pascua. Es todo un
programa de lectura bíblica, de adoctrinamiento parenético sin que falten los
esponjamientos líricos. La Iglesia ha querido abrir su alma a Dios a través de
David o de Job. Presta la voz del pueblo de Israel para elevar su plegaria.
En su
peregrinación por los valles y los oteros del tiempo irá, peregrina,
percibiendo en su caminar los ecos de estas antífonas que tanto impresionaron a
la monja Egeria en su visita a los Santo Lugares. Se escucha el rumor de las
olas de un océano que ataca el concento y el concierto de un pueblo entero que
se expresa en latín pero tomando sus pericopas del hebreo con un solo corazón y
una sola boca a los pies de la cancela del Santo Sepulcro, el primer sagrario,
la cancela del primer iconostasio. La melodía resuena alegre, o grave y
profunda, a través de las bóvedas de las catedrales góticas empinandose por las
columnas flamígeras entre nubes de incienso a la hora de alzar o coincidiendo
con la fracción del pan.
Unas veces
rugirá como un estampido y otras tendrá la dulzura de un motete. Sin el hervor
de los coros que se perciben ahora a tiempo parcial y serán un anticipo de la
sonoridad que viene, la entonación de la vida perdurable, nada se hubiera hecho
en la cultura occidental.
Los maestros de
capilla, apóstoles del buen gusto y que tanto contribuyeron a la difusión de la
fe como los mismos misioneros y a la hegemonía y preeminencia de nuestra
religión, con sus sinfonías y motetes, regalo de los sentidos, son un acicate
para seguir viviendo. He aquí una demostración que el cristianismo rindió desde
siempre pleitesía a la belleza.
No es una
filosofía de carácter utilitario. El David de Miguel Ángel no vale para nada y la Capilla Sixtina
a muchas generaciones habrá aterrorizado y confundido pero está ahí como
emblema supremo de que el artista cristiano tiene a gala ser émulo del Primer
Gran Artífice.
La arquitectura
y la estatuaria están cargadas de tantos símbolos que constituyen de por sí una
segunda lectura de la biblia con versiones casi inimaginables y capaces de
diseñar casi nuestro destino de manera profética, un destino esculpido a fuerza
de machacar con la gubia y el buril.
Esta existencia
que Dios nos da es única pero a veces no sabemos entenderla del todo. Por eso
no la vivimos bien. Hay que buscar esa verdad noemática y poética siguiendo los
pasos de los primeros pitagóricos sin perderse jamás en este laberinto de
estímulos y de símbolos. Claro que el noema implica un doble lenguaje pero es
la jerga en la cual se expresa la misma vida llena de contradicciones y de
contraindicaciones. Una supererogación total. Por eso nos sentimos ahora mismo
muchos sobrantes y perplejos.
Volvamos al
supuesto cero que es el que se comprime dentro del misterio de la redención.
Al contrario
que en la sabiduría mundanal la sapiencia de lo imperecedero nos remite a las
esencias más que a los accidentes y las esencias se esconden detrás de esos
símbolos. Iconos los llama el nuevo lenguaje cibernético. Cuya claves habían
sido ya divulgadas por la biblia.
Es un lenguaje
que apenas se percibe pero que circunda el ámbito sonoro. Que con su sutilidad
refracta e infringe las normas de la perspectiva. Todo el arte romano es una
enciclopedia encaminada a ilustrar a una población mayoritaria mente
analfabeta.
Sin embargo,
esto no es del todo cabal. Muchos sí que sabían leer y escribir y estaban
familiares con la gnosis que utiliza siempre vehículos de expresión críptica
que únicamente sabían interpretar y captar los iniciados. Para los gnósticos de
Cesarea la escala de Jacob constaban de 24 escalones correspondientes a las franjas
del horario diurno y nocturno. Mediante el rezo de las Horas la pléyade de
escogido al levantarse a medianoche se contra el poder de las tinieblas
dominantes en súplica impetratoria y rinde una oblada de expiación. Oración
sustitutoria. Este fue el sentido que quiso dar Teresa a la descalcez como
movimiento de plegaria ininterrumpida reivindicando de esta forma la vuelta a
los orígenes de la primera observancia carmelita. Le espantan las profanaciones
que realizan en Alemania los herejes. Quiere pedir por los sacerdotes y por los
misioneros. Previene una ejército muy poderoso de humildes que ganan la batalla
sin disparar un solo tiro o descalzar un mandoble, sólo pasando los dedos por
las cuentas de su rosario.
Es la fuerza de
la fe que mueve montañas y esto es muy grande. Entrar en el alma de Teresa es
ir a la búsqueda y el descubrimiento que sendas ocultas e inefables que guarda
la vida del espíritu y todas nos remiten a esa potencia formidable de la
contemplación en sus tres vías purgativa, iluminativa y unitiva o matrimonio
espiritual.
A todos los
grandes santos de la Iglesia los encontramos prosternados o de rodillas la cara
vuelta hacia Jerusalén. Así san Jerónimo recomienda a su disípula Leta que ore
hasta la madrugada para mantenerse vigilante como buena guerrera de Xto.
Hay que estar
preparados ante el primer dilúculo y al postreros, subir a la atalaya para
catalogar todo lo que nos viene de arriba. De esta forma el monacato se concibe
como un servicio público, un cuerpo de elite, un grupo de choque dentro del
ejercito en que militan los combatientes de la Cruz.
El verdadero
monje reza sin interrupción. Nunca se quiebra el nudo que le ata a la fuerza
emanante de arriba y nada le perturba ni le hace perder la presencia de Dios.
Así nos lo
enseñan los monologuistas del desierto que practican el hesicasmo, una especie
de feed back que nos acerca a la sencillez, cordón umbilical que une al cielo
con la tierra. Incluso cuando se duerme no hay que parar de rezar. La vida
consagrada es oración perenne. Se abandonan al huso del sueño que da vueltas.
Teresa de Lisieux una de las mayores almas contemplativas que hayan existido lo
definía como “la escalera”; era un infancia espiritual, un volver al estado
alfa. Acontece en ese trance una suerte del crepúsculo del pensamiento. La
verdadera noesis. Este abandono espiritual causa en los que lo padecen
verdadero deleite. es el huso del sueño. El ascensor. La escalera. Un saberse
dependiente y abstraído en otro ser más poderoso y fuerte y con semejante
inmersión en el centro místico se alcanza la totalidad. La rueda que no cesa.
La rueca que pega tumbos por los canales del éxtasis. Entramos en los
principios del mandala. O círculo blanco que irradia el poderoso saber de la
gnosis. Todo esto claro está resulta algarabía para los que no hayan
experimentado este gozo hacia adentro que no puede ser tasada con instrumentos
de medir materiales ni verse con ojos de la carne. La inteligencia del usuario
se desciñe de todo lo temporal, se desconecta y atraviesa algo muy parecido a
un tonel, el que describen algunos agonizantes que estuvieron a un paso de la
muerte física. Se han hecho experiencia con el bulbo raquídeo de los encausados
y notan que las pupilas se agrandan, los músculos se distienden y el organismo
ingresa en una estado de languidez y de sopor semejante al de la embriaguez.
Hay un acendramiento de la capacidad de concentración. La mente se vuelve
selectiva y se bloquea para todo aquello que no tiene que ver con aquello que
está ocasionando el arrobo. En ese estado se alcanza la anestesia. No sienten
el dolor ni reaccionan al hielo, al fuego o a la aguja que taladra la planta de
los pies. Todo ello depara un estado de euforia que no deja resquicios a
intrusos corporales. Hay una disminución de las pulsaciones, perdida de la
noción del tiempo y del espacio que rompen la barrera de las leyes de la
gravitación universal. Son excepcionen pero se han dado circunstancias en el
que el cuerpo extático se alza, levita o se escinde pudiendo ocupar dos sitios
físicos a la vez (levitaciones). Es un desapego o desasimiento de todo, una
dejadez infinita (dexados). Se nota una indiferencia al dolor semejante a la
padecida por los esquizoides ante el propio destino o apatía de novísimos
porque se ve el alma rodeada y protegida por el abrazo de Dios que se hace
omnipresente tanto fuera como dentro. El alma del rotario consagrado sabe ver la mano divina en todo.
El mundo le da vueltas como a los derviches muslímicos pero no se marea y es
feliz en él. Flota en la nube del no saber, del no querer, del no existir. Es un rezo que no se acaba nunca. Se ha
alcanzado el matrimonio espiritual. Esto es la vía unitiva conclusión inmediata
del proceso purgatorio e iluminativo. No deshacen este nexo ni la vigilia ni el
sueño ni el trabajo de manos. El afortunado que recaba semejantes mercedes
espirituales ha tocado techo.
Este es el
sentido de la sentencia teresiana “Entre los pucheros también anda el Señor” en
su infatigable defensa del trabajo de manos como vínculo de acercamiento a la
presencia divina. Que no se acaba la noche, que no paren los cantos. ¡Eya
velar! Vigilia perpetua.
La entrega del
consagrado semeja a una batería cuyas pilas están puestas en serie y jamás se
desconectan. Sin orantes no habrá Iglesia. Así lo entendieron los antiguos. Por
tanto dieron tanta importancia al monacato. Todas las grandes ciudades
cristianas estaban rodeadas como si se tratase de adarves de defensa o de
pararrayos de un aro de monasterios dispuestos en círculos. En Moscú era el
“anillo de oro” y Roma presenta toda una hilera de templos o “fana” que iban
desde el Aventino y el Aquilino al Monte Celio. Felipe II establece su corte en
el Escorial que es un enorme cenobio para así granjearse el favor de Dios para
sus gobierno. Los Borbones en Paris contaban con el Port Royal y en ningún otro
lugar de la cristiandad hubo tantos conventos abiertos y en erección para pedir
por la prosperidad de la monarquía inglesa como en las riberas del Támesis
hasta la venida cismática de Enrique VIII. Fue precisamente en Cantorbery donde
se entroniza el Oficio Romano que ya había sido aprobado en el Concilio de
Whitby.
Así mismo, York
aparecía rodeado de cenobios cistercienses en la linea de ballesta que traza el
río Ouse al bañar a la ciudad. En dicha ciudad dichosamente cristiana en otro
tiempo yo viví y fui vecino y puedo dar testimonio. Allí encontramos como una
linea de fuerza que activa la energía positiva y que seguramente se debe al
gran voltaje de las muchas plegarias que se desgranaron por aquellos rincones
de la Inglaterra Feliz.
De Nueva York
no se podría decir lo mismo y allí también moré tres años pero ésta es una
ciudad judía donde me pasaron cosas terribles como he tratado de explicar en
alguno de mis tomos, pues carece de esa vibración positiva. Antes bien, se
pueden detectar bajando de las nubes de sus rascacielos hacia las calles que
son como simas subyacentes del desfiladero cascadas de malevolencia. Un ángel
negro batía las alas y allí no te podías sentir a gusto. Ni estar con aplomo.
Era la capital del mundo ajeno. Un verdadero cristiano lo notará nada más
llegar allí.
Ese mismo
proceso lo está viviendo ahora mismo Jerusalén a la que se pretende
descristianizar a marchas forzadas.
A la luz de
estas consideraciones se podría inferir que el enemigo de los hombres nos ha
ganado la partida. Habría que pensar que la nueva era acaba de empezar bajo el
signo de un cambio que anuncia la fatalidad del fin del tiempo. Todas aquellas
ideas por las cuales luchó, vivió y padeció Teresa se baten en retirada.
Aparentemente. Sólo aparentemente. La realidad hoy es capciosa. No debemos caer
en el pesimismo. El Amado de esta santa virgen no podrá dejarnos solos.
-Fin-
15 de diciembre
de 2001
[1]Baltasar Gracián
(1601-1658) jesuita. Autor del criticón, uno de los libros mejores del mundo a
juzgar de la glosa castellana general, El Criticón. Nada tiene que ver con fray
Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, médico, matemático autor místico,
(1545-1614), fue el ideólogo de la descalcez, que tuvo a Teresa por hija de
confesión y dictó los estatutos de la Orden de la Virgen según las
constituciones de san Alberto. Lo metieron preso por ciertas hablas de
amancebamiento con una monja del convento de la Pajería que fundara la Madre.
Éste le profesaba mucho amor, después del éxtasis de Écija juró obedecerle toda
la vida, y estaba muy pagada de una profesa, Bela, (Isabela) que la llegaba al
corazón al recordarle a su ídolo y mentor con sus monerías. Empero, Yepes no le
cita ni una sola vez en este libro que escribió sobre la vida de la
reformadora.
[2] El don de
profecía se manifiesta en otras múltiples circunstancias, al igual que la
introspección de conciencias y la taumaturgia, fenómenos preternaturales con
los que se signa a los elegidos
[3]Al representar
en mayúscula el sustantivo virgen quiere dar a entender que el culto que ha de
rendirse al personaje ha de estar un punto más arriba que el de dulía, aunque
sin llegar al de hiperdulía tributada a la Madre de Dios, pero por ahí se anda.
En Avila es venerada con tanta pasión como María de Nazaret bajo la advocación
del Pilar es honrada en Zaragoza.
[4] El secretario regio protegía
a los judíos, sabido es.
[5]Camilo Borghese
Siena 1552, fue delegado apostólico de Clemente VIII en España para asuntos de
fe, le llamaban excelente cardenal, tuvo dificultades con Felipe II, elegido
papa el 16 de junio 1605 con el apoyo de los cardenales franceses. Tras su
elevación al pontificado estuvo sometido a las presiones entre los reyes cristianos,
las exigencias de Enrique IV de Francia que incluso llegó a prestar apoyo a los
moriscos contra Felipe III, temo que me lo gobiernen, decía su padre que tenía
mejor golpe de vista para percibir las maniobras del Vaticano y las
conspiraciones de genoveses, venecianos y flamencos contra su trono. Llevó
adelante los trabaos de la Capilla Sixtina y decoró el altar de la Confesión.
Una de sus bulas curiosamente permite a los misioneros en China llevar birrete
durante la celebración del santo sacrificio, pues para los chinos esta
costumbre resultaba indecorosa y de ahí nace el birrete de los clérigos. En el
conflicto por la hegemonía que sostenían Francia y España por la hegemonía
nombró cardenal al Duque de Lerma Francisco de rojas Sandoval el 16 de mazo de
1618. Paulo V, pontificado fructífero, pontificó quince años, siete meses y un
día, y murió a los 79 de su edad el 28 de enero de 1621.. Fue un papa que
favoreció a los jesuitas en quienes admiraba su exacta pulcritud y su sabiduría
y reclamó contra los letrados de París que habían pedido quemar los libros del
salmantino Francisco Suárez. Tuvo una mancha: condenar a Galileo, pero fu un
pontífice de talla, muy parecido a Pio XII, alto majestuoso, no hubo ningún
otro que aprobara tantas ordenes religiosas de una sentada.
[6]Calila e Dima,
un apólogo escrito en sanscrito, que motiva la inspiración de las danzas de la
muerte y de los bestiarios medievales.
[7]Entre los
dominicos se entiende presentado el fraile que ha tomado órdenes y se prepara
para recibir título de maestro.
[8]Apellido judío.
[9]Se desconocía
que la andariega monja hubiese estado nunca en la Ciudad del Turia. He aquí,
pues, una información absolutamente novedosa.
[10] Es como
llamaban los romanos a la Ciudad Santa después de su destrucción por Vespasiano
el 70.
[11]Biblioteca de
autores cristianos 1982
[12]Es una
costumbre muy corriente entre las familias de casta judía. El pueblo de Israel
va por el mundo trocando los nombres.
[13]Don Alonso
aportó a su matrimonio dos hijos entenados fruto de su anterior casamiento.
[14]Por aquellas
fechas se hablaría en la ciudad de la frustrada campaña de Cisneros contra los
piratas berberiscos de Argel. en el testamento de Isabel I se hacía referencia
a que la estabilidad del reino dependería del control del Estrecho y el dominio
del Norte de África. La gloriosa reina parece iluminada por inspiración
profética precisamente hoy cuando la unidad nacional se cuartea y el moro por
el Sur hostiga y cruza el agua en pateras. Muy pocos políticos en el 2001
quieren ver esta realidad. Los dos vástagos de don Alonso querían llegarse
hasta Argel para verter su sangre por Xto. Puesto que su religión es la
verdadera y no el Corán.
[15]Roma había sido
saqueada dos años ha por las tropas descontentas del Emperador reclamando sus
soldadas y Castilla acababa de pasar el trauma de una primera guerra civil, la
de las Comunidades.
[16]Jeziráh: libro
cabalístico que enseña a los iniciados a hacer milagros.
[17]Tomó Dios este
libro por instrumento de sus misericordias. Hagamos hincapié que su autor tuvo
conexiones con el molinismo y estuvo a punto de ser quemado ¿Cómo entender a
los conversos?
[18]Estando
apretada del parasismo.
[19]Estaba al
parecer tan muerta que la hubieran enterrado si su padre no lo estorbara muchas
veces porque conocía mucho el pulso y no podía creer que estuviese muerta. Y
cuando la decían que la enterrase respondía: esta hija no está para enterrar.
Al cabo de cuatro días volvió de su sentido y hallóse con la cera en los ojos y
los de su padre y hermanos llenos de lágrimas, que la lloraban ya como muerta.
[20]Acá todo es
padecer, no lo que queremos sino lo que nos envían.
[21]Nótese la
importancia del culto josefino, una devoción que habían traído los conversos.
El primer monasterio que funda la madre lo erige bajo su advocación. “Este
padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir, no me acuerdo
hasta ahora de haberle suplicado cosa que la haya dexado de hacer. Es cosa que
espanta las mercedes que Dios me ha hecho por medio de este bienaventurado
Santo: los peligros de que me ha librado así de cuerpo como de alma. Que a
otros santos parece les dio Dios gracia para socorrer en una necesidad, este
glorioso bienaventurado tengo por experiencia que socorre en todas.”
[22]Dementes del
Señor
[23]Los galanes de
monjas eran una institución merodeadora de conventos durante la edad media y en
esta costumbre recala el famoso Mito del Tenorio.
[24]La verdad es
que de todas sus faltas y culpas no fueron más que alguna liviandad en las
conversaciones y pláticas del tiempo que fue seglar y ahora siendo monja la
tuvo también la mano poderosa del Señor para que no le ofendiese gravemente ni
se viese jamás en desgracia ni enemistad suya.
[25]Lo vio en carne
gloriosa
[26]Le mandó que le
diese higas y que se santiguase cuando se le representase un espectro.
[27]Quedé vigilante
como pájaro encaramado en el tejado.
[28]Hasta Catalina
de Siena ningún padre de la Iglesia habla de este lugar cuya existencia se
incorpora a la doctrina católica teniendo que vencer algún que otro obstáculo.
Entre los ortodoxos nunca se le menciona.
[29] Curiosamente,
la Casa de Alba es la gran mentora de la reforma descalza y secundó y pagó con
dineros la rápida canonización de Teresa en 1621 contribuyendo entre los
españoles a difundir el culto teresiano
[30]Los púlpitos
han dejado de utilizarse en la nueva liturgia.
[31]En los palacios
de la gente encumbrada era costumbre en determinadas ocasiones tener bufones de
cámara y llamar a curas y monjas con fama de santos en caso de muerte o de
enfermedad.
[32]La relevancia
de esta edición del Libro II de la vida de la bienaventurada Madre Teresa de
Jesús tiene el aliciente de incluir este texto fechado en Avila el 14 de abril
de 1562. Precisamente san Pedro de Alcántara era aquél que había profetizado
que la obra por ella comenzada daría mucha gloria a Dios.
[33]Bonifacio VIII,
por una constitución aprobada en la sesión XV del Concilio de Trento, había
mandado la clausura para las religiosas consagradas bajo la profesión de tres
votos pero esta clausura no se observaba en tiempos de Pió V, que es el que
aprueba la reforma carmelita bajo diversos pretextos. El pontífice mandó so
pena de excomunión mayor no se permitiese salir del claustro a las religiosas,
excepto en casos de incendio, lepra y peste. la bula “Regularum personarum”
prohíbe a su vez la entrada y el visiteo de monjas en conventos masculinos, por
su lado los frailes no podían poner pie en el recinto sagrado sin una
autorización del obispo.
[34] El almaizar
era una especie de “burda” talibán, de origen moruno. Según las pretensiones de
Teresa, a la vista de cualquier hombre las religiosas tendrían la obligación de
cubrirse con esta prenda de vestir la cara. La Madre que era una verdadera
sufragista de los cielos y una libertaria del espíritu habría tenido hoy no
pocos problemas con el clan de las feministas. No se llevan las tapadas ni se
amagan los encantos del bello sexo tras ropajes sugerentes que excitan el deseo
mediante la imaginación. Es el desnudo sin preámbulos. No es de extrañar que
ante semejante descoco el varón occidental esté perdiendo la libido y es que la
mujer es mucho más atractiva por los que guarda que por lo que muestra.
[35] Los holandeses
se habían rebelado contra la Iglesia y contra su monarca legítimo Felipe II.
Pío V a fin de promover, según la Historia de la Iglesia de Artaud de Montor, y
al soberano, fue el primer papa que introdujo las medallas benditas y los
escapularios y concedió gracias especiales a sus portadores. Al mismo tiempo
premió al Duque de alba con la entrega de una espada (stocco) y un sombrero
ancho cubierto de adornos (barettone), todos estos objetos habían sido
bendecidos la noche de Navidad.
[36] Esta doña
Guiomar al enviudar profesaría en le Carmelo, y perseveró, contra la norma
habitual en esta clase de damas linajudas. La Madre era refractaria a darles el
hábito. La princesa de Éboli quiso profesar fue ocasión de no pocas zozobras
para la fundadora.
[37]Villa por
villa, Madrid en Castilla; ciudad por ciudad, Lisboa en Portugal, y tanto por
tanto Medina del Campo (adagio popular)
[38] Los jiferos
solían descuartizar su res orientandose por la quibla coránica. Era un oficio
desempeñado en Castilla por hebreos y moriscos y su menester tenía algo de
ritual. Para desangrarla colgaban la pieza de un arnés con la intención de
purificar de sangre los tejidos y hacer que la carne fuera trufa o “kosher”.
[39] Juan Ángel de
Medicis nació en en Milán 31 marzo 1499 y tras graduarse en Bolonia llegó a
Roma el 27 de diciembre de 1527 el año del saco, el mismo día y a misma hora en
que 32 años adelante sería preconizado
para la cátedra de san Pedro. Peleó en Hungría con las tropas italianas
contra los protestantes y fue enviado como plenipotenciario papal para negociar
con los turcos en Polonia. Fue elegido sucesor de Paulo IV por aclamación el
día de nochebuena, con la venia de los cardenales Sforza, Farnesia y
Caraffa. Se trata por tanto de un papa
Medicis que había nacido el día de la Pascua, fue electo el de Navidad y
coronado en la Epifanía en una corte pontificia llena de intrigas donde eran
frecuente los parricidios y los envenenamientos y con la perenne guerra entre
España y Francia sobre el horizonte.
Nombró cardenal a su sobrino Carlos Borromeo a los 23 años, por lo que
recibió acusaciones de nepotismo. Tuvo muchos problemas con el embajador del
monarca español en el Vaticano, Claudio Vigil de Quiñones, que quería que su
rey tuviera prelación sobre el francés, pero el papa Medicis era anglófilo y
ambas partes litigaban sobre cuál de los dos reyes era más cristiano y más
católico. A Pío IV le cupo el honor de ver terminado el concilio de Trento al cabo
de XXV sesiones y 18 años de deliberaciones y discusiones. Fue víctima de una
conjuración y a punto estuvo de morir asesinado por una familia rival, murió de
tercianas el 10 de diciembre de 1565 a los 66 años. A él se debe la
introducción en el Vaticano del indice de los libres prohibidos , estableció un
ptochropium hospicio para pobres y a instancias de su sobrino Carlos Borromeo
fundó un convento para mujeres arrepentidas que habían ejercido la prostitución
y que se llamaba casa Pía, ptrocropio y xenodokio
[40] Oración rabínica a la aurora
y al ocaso
[41]En Toledo
rechazó a una postulante muy piadosa que decía leer todas los días el Antiguo
Testamento. “Guardese su biblia, que aquí todas somos mujeres poco instruidas,
no entendemos más que de la aguja, la rueca y la azadilla”. Con estos
exabruptos oscurantistas ahuyentaba a la Inquisición.
[42]A los
consagrados a la vida monástica no se les permitía firmasen sus escritos. Por
eso la mayor parte de la literatura que se escribe en los conventos es anónima
como corresponde a personas que han renunciado a los halagos de la honra, están
muertos para el mundo,
[43]Julián Dávila,
su escudero fiel, al que “tenía mucho amor”. Tal compañía despertó recelos en
algunas partes como en Segovia, donde surgieron voces y conjuras, sospechas de
amancebamiento. Sin embargo, por quien verdaderamente debió de sentir cariño,
espiritual ciertamente, fue hacia el P. Gracián, al que por cierto no menciona
Diego Yepes en esta hagiografía que comentamos a diferencia de otros biógrafos.
[44]una vara de
madera flexible. En las famosas “public schools” británicas todavía se
administra esta fórmula de disciplina inglesa, reminiscente de san Columbano.
[45] Murió asesinado en Jerusalén
por los árabes en 1214
[46]De al haraviya,
la lengua árabe, forma de hablar confusa e inteligible de los musulmanes.
[47] No se detecta
en sus escritos ninguna alusión antisemita ni menoscabo de judíos, que fueron
habituales entre los escritores apologéticos y pasionistas
[48]El estupro y la
violación eran males más frecuentes incluso que ahora, pero tampoco entonces
incluso las novicias estaban a recaudo ya que rondaban los conventos los
famosos galanes de monja, moscones de la reja y el cuchicheo del locutorio para
seducir a las incautas. El propio rey Felipe IV de una potencia sexual
insaciable fue uno de ellos. Cerca de los botareles de estos recintos sagrados,
tan bien guardados que algunos parecían cárceles nació el Mito del Donjuán.
[49]“La barca iba sola sin remos
a toda furia río abajo, todas daban voces, como vieran el peligro en que se
hallaban y la muerte a ojo, pero la barca encalló en un arenal, y fue milagro”
(Vida de la Bienaventurada Madre Teresa de Jesús por Diego de Yepes).
[50] Está
documentado como uno de los lazaretos de peregrinos en la ruta jacobea para
tratamiento de enfermedades de la piel. antes de llamarse de la concepción
estuvo advocado a san Roque.
[51]¿Que mandáis,
Señor hacer de mí?/ Dadme alegría o tristeza, dadme pobreza o riqueza/ Dadme
infierno , dadme cielo/ Vida dulce, sol sin velo/ Pues del todo me rendí / ¿Qué
mandáis, Señor, hacer de mí?
[52]“En ello hizo mucha fuerza,
puesto que la ociosidad y el regalo es la puerta de todos los vicios”. Era
partidaria de esta independencia porque sabía que en los conventos con renta y
bien provistos pronto se cuela el demonio del tedio; del tedio al ocio y luego,
la parlera, el devaneo, los billetes “toda la disipación que hoy vemos en
muchos locutorios con las enclaustradas todo el día ocupadas en hablas ociosas
ante la reja”, apunta Yepes.
[53]Las freilas en
las ordenes militares eran religiosas que entraban al servicio de otras con más
rango. Entre los benedictinos se llamaba así a los donados los cuales estaban
exentos de las obligaciones de coro y como no sabían latín sólo estaban
obligados a la oración vocal. Se encargaban de las tareas domésticas.
[54]Existen
marcados paralelismo entre la trayectoria mística entre ella y la Mística
Doctora. Desde su retiro de Eisleben Gertrudis fallecida en 1354 y de la que
dijo Cristo “ en el corazón de Gertrudis me encontraréis anunciaba en sus” Revelaciones
que la devoción al Corazón de Jesús sólo podría entenderse a la luz del
acontecer de los últimos días del mundo, por ser el amor de Cristo la panacea
contra el odio que se desencadenaría al final.
[55] La muerte de
Villamediana pudo venir como consecuencia de alguna de estas parcialidades
[56] Burlador como
sinónimo de violador
[57] arapil, teso,
meseta pequeña ( Sal.)
[58]Mediante
procedimientos diatérmicos o de talasoterapia envolviendo a los pacientes en
vapor se trataba de remediar los estragos de la avariosis sifilítica de la cual
estaba afectada media población,
[59]σταυρoς = cruz,
estaca, madero (gr.)
[60] Aquí denominan
Licinio lo que nosotros denominamos lucernas. λικιvιoς = la hora del lobo, la
hora bruja.
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