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May 2017 02:20 AM PDT
16 de abril
santo Toribio de Liébana
la fe y el
tesón huyen a las montañas y a la sombra del pico Ubiello por la otra cara
santo Toribio uno de mis muchos santos de las actas mozárabes en las que es
abundoso el mes de abril debió de vivir en el monasterio donde cuatro siglos
después un monje anónimo con tino de buen pendolista caligrafió y pintó los
primorosos códices miniados del Libro del Apocalipsis más conocido por el
nombre de Beato de Liébana. De su vida se sabe bien poco. Que lo hicieron
obispo de Astorga la sede que ocuparía también san Fructuoso de Braga y
que fue un varón justo y limpio de corazón al que el papa san León Magno le
escribe una carta [el mismo que recriminó la conducta levantisca a san Hermenildo
contra su padre Leovigildo]. Quizás no tengamos que fiarnos muchos de los
panegiristas y hagiógrafos que hacen el elogio de personajes descorridos y
deforman la mirada. Pero una cosa es importante en esta pléyade de oscuros
varones: que fueron a refugiarse a las soledades del Bierzo buscando a Jesús en
la vida contemplativa y fundaron monasterios en cuevas a lo largo de la
cordillera pirenaica. Dicen que allí estuvo asentado el paraíso. Dumio, la
sierra de Oscos, los recónditos emplazamientos de las montañas cantábricas, las
Batuecas, el Valle del Silencio camino de Astorga y Ponferrada. Estos
personajes me reafirman en mi vieja creencia de que la santidad existe y se
determina de muchísimas maneras porque múltiple y multifaria, hablando muchas
lenguas y a través de innumerables circunstancias se produce el aproximamiento
a Dios lejos de las vanidades del mundo. El monaquismo tan denostado e
incomprensible para nosotros produjo estas figuras extrañas que encontraron a
Dios en el retiro y en los libros, en la controversia, porque Cristo los hizo
libres. Cristo libertador. El Eleuteros frente a las miserias y circunstancias
de la vida terrenal. Y aun hoy sigue existiendo la bondad y la gracia. Se puede
practicar perfectamente el anhelo de perfección y el monaquismo viajando en
autobús o en medio de la vorágine de esta ciudad tan bella y cosmopolita que es
Madrid. Santo Toribio interceda por nos. También nosotros tenemos vocación de
pendolista y amamos la belleza interior que consagra a las almas. Y que nada
tiene que ver con el “edoné” lo exterior, lo carnal y mortal y todo eso que
desaparece en la tumba para trocarse en polvo y gusanera.
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