2026-05-16

 


el canto de la passio muestra la superioridad del rito romano

Posted: 23 Mar 2016 03:51 AM PDT


Este grito ancestral narrado de una forma melódica y dentro de la austeridad lacónica que caracteriza al rito romano es uno de los legados más impresionantes que ha dado el catolicismo a la cultura occidental y un signo de que nuestra religión católica, pese a nuestras dificultades, caidas, lapsos y relapsos, la corrupción pontificia, es un aval que garantiza la superioridad de nuestra fe. Cristo murió por todos. Fue el único redentor de la humanidad. El mensaje es sublime pero la Passio ha de ser cantada, nunca leida, por dos sochantres diáconos y un presbitero el que representa la voz del Señor. El cronista narrra los hechos de una manera circunspecta y con esa grandeza épica que caracteriza al evangelio de Juan. Es lo más hermoso que ha surgido de la pluma de un apostol inspirado por el Espíritu. es una melopea que tuve la suerte de oficiar en mis años mozos y que ha marcado toda mi existencia. No hay nada m´ñas grande en literatura. La narrativa es precisa y concisa como coresponde al Águilka de San Juan. En el rito bizantino griego y entre los rusos no se canta la Passio y esta circunstancia obliga a pensar que pese a las calidades armónicas de su liturgia ésta nunca aventajará al rito romano. La iglesia católica es la  verdadera y en el canto de la Passio se haced universal. Extra Eccelesiam nulla salus. Los paganos, los mahometanos, los judíos y todo aquel que no acepte la verdade redentora del Calvario no se salvará. Dios nos ayude a los creyentes a seguir adelante.

JUEVES SANTO EN SEGOVIA HACE SESENTA AÑOS. VIENDO PASAR LA PROCESIÓN

Posted: 23 Mar 2016 03:25 AM PDT







 

VIENDO PASAR LA PROCESIÓN

Antonio Parra

 

Era Jueves Santo y en Segovia nevaba. El capirote es un poco cegato y hay tela que tapa el globo ocular. El penitente tiene que saber donde va. De ahí esa mirada de los capuchones de Semana Santa que a mí me asustaban desde niño y podían ser tan amedrentadores, como los zangarrones de Carnaval. ¡Uh.Uh¡  Que te asusto.¡ Uh. Uh!  El coco. Luego ese capirote ridículo que no era sino los viejos remilgos del alma colectiva de un pueblo que temblaba a la Inquisición y tenía que hacer muestra y profesión publica de fe en mi Segovia, y eso que allí hemos sido de siempre cristianos viejos. También a los relajados al brazo secular del Santo Oficio lo vestían con una túnica morada, les tapaban el rostro y les subían en un jumento.

A la hoguera se iba siempre cara atrás. Las procesiones son remembranza enigmática de aquel abigarrado mundo. Había triunfado el catolicismo. Casi nadie explica cómo perviven tales representaciones del fervor popular. Por unas horas aquellas masas férvidas quitaban a Dios de las manos de los curas y lo sacaban a la calle bajo estandartes. Era también un mundo gremial. Ciudades divididas en barrios. En el horizonte las cofradías. Las hermandades competían como en un campeonato de mus por exhibir el mejor cristo y la imagen de la Virgen más viva. Nosotros éramos de los Dolores de Santa Eulalia, por otro nombre Nuestra Sra. De los Siete Cuchillos. Antiguamente sector textil, mayormente tintoreros y peraíles.

Por las calles de mi pueblo aquella noche que nevaba (era la acción de los vientos exhidras o favonios que para los romanos anunciando lluvia traían primavera) porté mi cruz y camine descalzo y con cadenas por el piso helado. Bajo el capuz sonaban en mis orejas sonaban determinativas las profetas del santo Profeta “Di mi cuerpo a los que me herían y mis mejillas a los que me mesaban el cabello: no aparté mi rostro de los que me injuriaban y escupían. El Señor era mi auxilio” [Isaías 50,5,10]. A lo largo de mi vida he sabido lo que es la calumnia y el gargajo de las bocas purulentas pero mis lomos estaban bien amarrados. Sint lumbi vestri precinti (hay que atarse los machos) otras palabras que recordé al ceñirme el cíngulo o la soga de esparto de cofrade  Ninguna asechanza a mi salud no obstante a pesar de aquella burrada de caminar descalzo y con una cruz que pesaba ciento veinte kilos a la costilla. Sólo agujetas un par de días pero luego como si tal cosa. ¿Milagro?  No lo sabría explicar pero algo hay.

 Uno se siente reo no sabe por quién y con complejo de culpa. La culpa. Oh félix culpa. Luego lo comprendí, era gente menos aficionada a los toros que a los autos de fe. Allí siempre gustaban las procesiones y cabalgatas. Pasos. Carrozas. El Santísimo Sacramento. La tarasca de Corpus. Las fiestas de la Catorcena. La Piedad de  Aniceto Mariñas. El novenario de la Fuencisla. El gallo de san Pedro. La espina de Santa Rita de Casia. Gigantes, cabezudos y estafermos por San Juan de Junio y hasta el brazo  incorrupto de San Antonio María Claret he visto yo desfilar bajo los ojos solemnes y ensimismados del acueducto porque todas las procesiones las de la Semana Grande y las otras confluían en la Plaza del Azoguejo.

No había cine, pocos teatros y muchas ganas de aprender y de ver cosa. Los rostros de aquellas grotescas tallas y esos cristos moribundos, sanguinolentos, llagados y con la expresión de la agonía, los pelos lacios, hirsutas barbas y esas vírgenes atormentadas de expresiones compungidas blondas de seda, justillos de encaje, y moqueros de puntilla, siendo así que las lágrimas eran de cristal, arrastrando mucho peplo y mucha joya bajo el palio de brillantes se me metieron alma arriba. Fueron sensaciones perdurables. Que llevo marcadas en lo más profundo de mi ser.

 ▬¿Por qué suelta usted tanto latinajos en sus escritos, Ejusmodi?

 ▬ Toma por que va a ser porque parece que retumban en mis oídos los ecos del canto de la passio que hacían a tres voces los chantres de mi catedral –Dimas, Jerónimo y don Bernardino, el bajo Jesús, el contralto, la sinagoga y el tenor, cronista)

 Y aquellas voces, aquella melodía, suenan como un grito inmortal en mi memoria. El ámbito de las procesiones era una plástica de rigor. Sermones tallados en imágenes de cartón piedra o en madera de Espirdo. Una teología que entra por los ojos y de la que a lo largo de tus días no podrás deshacerte jamás. Lo mismo que el sonido lejano de clarines, timbales y tambores. O el silencio vibrante del Cristo de los Gascones. Nos llevaban a todas. Recuerdo un Domingo de Ramos que mi hermano Nano agarró un perra porque quería que los subieran en la borroquilla de Jesús del paso en la que el Señor hacía su entrada triunfal en Jerusalén.

      ▬Yo quiero ir ahí.

      ▬Hijo mío que esto no son los caballitos. Es Jesús que pasa camino de Jerusalén; tírale un beso

      ▬ Yo quiero subir al burro. Pues sí, pues sí y sí.

Y el Naneras se revolcó en el barro poniéndose perdido el traje de marinero recién estrenado. Le tuvieron que calentar el canto, mas ni por esas. Él berreaba aún con más fuerza.  Había cogido tal perra que se había puesto muy burrito.

 Estábamos en la acera de la calle de Muerte y Vida viendo pasar la procesión y los berridos de mi hermano que estaba de antojo creo que se escuchaban en la Escarelillas de San Roque a la otra punta. El deán de la comitiva, don Fernando Revuelto, que bien me acuerdo de su nombre y de su prócer figura casi dos metro medía, nos miraba de reojo y un canónigo pertiguero estuve a punto de acceder a los deseos del enano y ponerle sobre los lomos del borriquillo de cartón en lo alto del paso.

      ▬¿Y ahora qué hacemos, Desiderio?

  ▬Auparle en lo alto del paso,  don Fernando

      ▬Y si le seguimos dando el gusto nos pide la luna. ¡Condenado nene!

      ▬Déjenlo ustedes, señores curas, déjenle que está burrísimo –terció mi pobre padre.

Aquel día  Naneras se acordó de la tunda que le dieron por ser Domingo de Palmas. Y se lo tuvo merecido.

 Las procesiones duraban tres horas y era casi media noche cuando regresábamos a casa, mis hermanos medio derrengados y despeados de tanto estar de pie horas y horas, los pequeños dormidos en brazos de mi  madre. Mi padre nos llevaba a la gigantilla o en cuello.  Papá cógeme que me canso.

En el cielo asomaba solemne y compasiva la luna de Pascua. Sólo comíamos torrijas el jueves y el viernes y los soldados que desfilaban y los que estaban cubriendo carrera con el ánima del fusil mirando para abajo.  Por la radio sólo ponían saetas y canto gregoriano (ojalá volviesen aquellos días) y  las calles se llenaban de un sorprendente mujerío. De las hermosas Manolas con el rosario de cuarzo y la mantilla que iban a velar a Cristo muerto. Los hombres se metían en las tascas a beber una limonada que hacía que se te doblaran las piernas y una cazalla que llamaban los taberneros matajudios, especial de la casa para los días santos.

 Las pítimas que se cogían eran procesionales. En las iglesias el monago no tocaba la campanilla y los santos de los retablos estaban tapados tras un lienzo nazareno.

      ▬¿Por qué está triste la luna, papá?

      ▬Porque se ha muerto Dios.

Y las campanas de las catorce parroquias y de los treinta y tantos conventos y monasterios de Segovia estaban toda la noche tocando a muerto. Y hasta el Río Clamores lamía las murallas y la hoz del Pinarillo embebecido de silencio. Toda la ciudad estaba de duelo.

 Ese mundo de mi infancia es el que quise recuperar yo hace unos años cuando me vestí de nazareno. Detrás de la Dolorosa de Santa Eulalia la de los artilleros con las insignias de las lombardas al través sobre el montón de granadas en el peto de la carroza. Los cabos gastadores cubrían armas. Nos habíamos puesto el hábito a la bajada de la cuesta de Cantarranas, enristré las cadenas eslabonadas a un brete que servía de cerco a los pies y yo debía de ser un espectáculo porque el metal al contacto con los adoquines tintineaba que las llevaban los demonios o como si acabasen de aterrizar toda una división acorazada en plena Calle Real. Los grilletes y los golpes de rebenque era una escena antigua de los viejos disciplinantes. Condenados a galeras por Jesucristo. Al fin y al cabo todos somos cómitres y remeros de la vida. Túnicas moradas y hermanos mayores con hábito de galas, muy distintos al de los vulgares nazarenos con aires prepotentes subiendo para arriba y descendiendo para abajo, dándose mucha importancia.

      ▬Siga la fila, penitente, y ese capirote va de medio lado▬ ordenaba el Cofrade Mayor como si fuese un mariscal  de campo dándose aires

Estos capuchones impertinentes eran los capataces y comisarios de la procesión. Los que te metían en vereda y hacían guardar la línea. Y te daban un poco de aguardiente de guinda si desfallecías Mi cruz pesaba un huevo. La habíamos traído de Valsaín y las cadenas  eran especiales. No sé cómo resistí en aquella tarde fría de nevasca los pies desnudos detrás de mi Virgen de Santa Eulalia. Cada uno tome su cruz y sígame. Me hacía mucha ilusión seguir al Señor. Le pedía por mi familia. Por mis hijos. Le agradecí haber salido con  bien de una grave enfermedad (había estado dos años con unos dolores tremendos de barriga  y pasaba las  noches en un grito). De vez en cuando mi vista se concentraba en las aceras.

Algunas mujeres me miraban con compasión, los niños, aterrados, y algunos hombres descreídos como si aquello fuera una broma. Inquiriendo con los ojos. Pero tú de que vas tío. Y yo con los míos les respondía: por  una promesa, sí por una promesa. ¿Sabe usted?

 Horas antes de que comenzara el desfile penitencial unos graciosos habían esparcidos cristales y puntas por el firme de la calzada  por donde había de pasar  Dios.  Ninguno de los nazarenos se lastimó, ¡qué cosas!

A la catedral llegamos derrengados pero airosos y con una ganas trágicas de mear. No me aguanto. No me aguanto. Ay que me lo hago. Preguntamos a un canónigo que nos miró de arriba abajo, como si fuereamos la escoria de la sociedad. Con un gesto de superioridad y como diciendo pero mira qué chiste (ya sé porque le llamaban el chistoso aquel tonsurado) como si los hombres fuéramos ángeles y no estuviéramos sujetos a las leyes imperativas de la fisiología.

Cuando haya WC en las iglesias, ermitas y catedrales, la humanidad habrá dado un paso importante. En la sacristía de la iglesia mayor de Segovia había un triste evacuatorio rudimentario. Nos vedaron la entrada a los nazarenos pues estaba reservado a clérigos, y personas consagradas y nosotros éramos vulgares penitentes. Pecadores del montón así que buscamos el rincón más oportuno, salimos al enlosado de los autos de fe y exoneramos nuestras vejigas bajo las dovelas de los postigos. Meadas de caballo o mejor dicho de verdaderos padres de la iglesia. Por debajo del halda de nuestras túnicas de nazarenos salía un chorrete cálido y espeso. Orinamos junto a la pared de la fachada más impresionante, la del Oeste, de todo el gótico flamígero. Es la puerta de Santa Bárbara una especie de Sarmental en Segovia donde yo he visto lucir las más impresionantes puestas del sol. Que cada uno cargue con su cruz. Que cada palo aguante su vela. Creo que desde su camarín la atalajada Virgen de los Dolores miraba para nosotros con compasión como diciendo: “pobres”.  Los canónigos empezaban ya a cantar el “Stabat Mater” y empezaban las horas santas ante los monumentos. Se había muerto Dios.

 AVE COLOR VINI CLARI

primeros trancos de una novela onlines



EL ESTUDIANTE DE ALCALÁ QUE SE REENCARNÓ EN ARCHIVERO


La impresión que tuve cuando en el año 2009 llegué a Alcalá una madrugada de enero a cumplir con mi último año de archivero[1] hube la impresión tenaz de que yo había estado allá antes, quizás una vida pretérita, había paseado por aquellas calles, guarecido del sol y la lluvia bajo los soportales del Calle Real, haber tenido a un físico la bacinilla mientras practicaba una sangría a un paciente de bubas en el hospital de Atarazanas por cuyas crujías iba y venía un postulante cojo que era cojo y calvo y hablaba con ese tonillo de los de Azpeita proflglando su discurso de concordancias vizcaínas, trayendo orinales y pericos, gasas, sanguijuelas y pomadas, con mucha diligencia pero con algún asco pues había tomado el oficio de enfermero como penitencia por los pecados de su vida anterior, que el veterano de las guerras de las comunidades aseguraba haber sido muchos, y por los que lloraba constantemente hasta salirle surcos en las mejillas de los regueros de tanto llanto, inflamado de orgullo humano y amor divino - yo no lo vi, claro, me lo contaron los que daban ejercicios-, pero cuando lo dicen… Iba el buen donado arrastrando la pata chula que la tenía tiesa desde que le pegaron un zambombazo en el castillo de Pamplona. Decían que había sido soldado, acérrimo del emperador- y como buen realista nos miraba por encima del hombre a nosotros pobres comuneros- y que estaba allá viviendo de la caridad de unos teatinos aunque se juntaba con alumbrados y gente de dudosa procedencia. 

También me había cruzado con otro estudiante zambo, corto de vista y largo de lengua, el que luego tendría entre sus dedos la pluma mejor tajada para contarnos cómo España por defuera y por de dentro con sus versos castellanos, con sus decires, coplas y donaires, en verso y en prosa. Éste andaba con los cuadrilleros dando novatadas y cobrando el portazgo a los novatos del convite al banquete nada más ingresar al pupilaje, La Patente, que se dice, y a unos les arrebataban el sombrero a otros les ponían perdida de gapos la capa nueva, o les traían un jarro para darles a beber cerveza y no era cerveza pues aquella maldita encella había sido utilizada como sillico donde meara toda la cuadrilla a escote, y de hoy en un año; a otras les mandaban echar calle arriba a la pata coja y les lanzaban piedras mientras el cachicán del rey de gallos prorrumpía en estentóreas risotadas:

-¿Ponen las gallinas?

-Creo que sí. Ya es san Antón. La gallina pon y cacarean las pitas por los corrales, que las estoy oyendo, y se está bien al sol.

-De ¿Dónde es vuesa mercé?

-De Carrión de los Condes, señor.

-No me digas señor. Dime coleguita. Y ahora para ver como andas de recursos te vamos a mantear.

-No. No por vida de mi madre.

Protestas inanes. Entre cuatro o cinco trajeron una cortina de paño morado con las que se atapan los altares en tiempos de Pasión y alzaron por los aires al palentino una y otra vez. Lo subían, lo bajaban y hacían como querer dejarlo caer en el santo suelo hasta descoyuntarse como si fuese una manta palentina a la que la doméstica zurra el polvo en el balcón. Uno de los manteadores dominado por el estro profético había leído el futuro y pronosticó la llegada de guerreros por el aire.

-Así volarán algún día los paracas[2].

-Bajarme de aquí fementidos, hideputas.

-No. Bartolo, no aguanta, no seas caguita. Los soldados de Cristo han de soportar todas las pruebas con buen talante.

-No ésta- exclamó el palentino- que voy a vomitar.

Implacables no se apiadaron de las voces que daba el neófito que no paraba de gimotear y de proferir ayes y de llamar a su madre.

-Ay madrecita mía que mal día amaneció para mí.

-¿Cómo te llamas?

-Teofilo

-Pues Teofilo te vas a acordar del día de san Antón hasta tu graduación cuando vuelvas a tu obispo con tu bonete y tus cartas dimisorias de misacantano.

Poco después corrieron el gallo y hubo otras bromas, muchas jácaras. Decían que el masto lo había traído de Mastrique un luterano con lo que fue mayor el ahínco con que le sacudían estopa al animalito y el enojo con el que le arrancaron el pescuezo aquellos malos cristianos. 

-¿Qué hacéis hijos del gran demonio?

-Pues no lo ves. Cortarle la cresta al hereje.

-Al hereje. Al hereje- gritaron todos a coro. 

Los estudiantes estaban ya beodos. Puede decirse que al cuadrillero mayor de estas justas que era un teólogo portugués que de allí a poco iría a parar como capellán santiguador a uno de los tercios viejos creyendo que el ave era el que más zurraba al rey de gallos y cabalgó su jumento a los cuatro pies exhibiendo su trofeo chorreando sangre hasta la plaza.

Tan divertidas escenas no las padecí yo, que siempre me suelo hacer el longuis y escurrir el bulto en tales situaciones de pintar bastos, por vivencia material, aunque sí espiritual. Creo que las había leído en algún libro picaresco o a lo mejor fueron una nefasta experiencia de los estudiantes de latinidad de los que formé parte en la vida que me precedió.

Iban avanzando las nubes del entrelubricán y remejaban las sombras los campos yertos con alguna claridad. Amanecía dios igual que entonces sobre las riberas del Henares, y la vida tiritaba bajo la helada, se escuchaba el campanil de las clarisas, y en otras muchas iglesias de la población anunciando que ya habían dado cuenta de maitines y laudes. Sobre la cúpula de la catedral de los Santos Niños las cigüeñas complutenses que son las más elegantes y majestuosas de la península ibérica – se las nota en el volar- descabezaban su último sueño con su singular modo de dormir a la pata coja pues la cigüeña según dice el refrán alta vive, alta vuela y en lo alto toca la castañuela.

-Diga usted que sí. Cigüeñas vigilantes del Henares donde las ninfas moran crotorando silogismo. Son la viva imagen de la castidad, la fidelidad y la paciencia.

A Teofilo por fin lo dejaron en paz los tunos y vino a recogerlo una mujer que, movida a piedad, lo llevó a su aposento donde lo lavó, cepilló su capa llena de salivazos e indignidades.

-Hijo, te han vuelto eccehomo. Dichosos muchachos.

El manteado nada dijo pero las caridades de la dueña le hicieron revivir. Fue al arca y extrajo un bodigo de la última cocedura cortó el corrusco y se lo entregó junto con un dedal de aguardiente. Su desfallecimiento se debía no al manteamiento sino que no había comido en dos días.

Alcalá lo resucitaba de la misma forma que me reencarnó a mí. Pues yo también volví en la españolísima ciudad a la vida por un complicado proceso de metempsicosis intelectual. Podía ser uno de aquellos estudiantes y continos que arrastraban la loba sin mangas y flameaban becas al viento multicolores cada uno con el color y la divisa del colegio del que procedían (granate el de los ildefonsos, amarillos los de atarazanas y verdes los de san Marcos, blancos los cistercienses y dominicos. Acabada la cátedra de prima aquel abigarrado mundo de estudiantes era un espectáculo. Teólogos y minoristas usaban sotanas y los canonistas portaban un bonete de tres puntas en la cabeza que entre los jesuitas era bisunto. Poco después de entrar yo al Estudio General los licenciados en Artes empezaron a gastar balandrán cubridero por cima de los hombres y teja (sombrero sin alas que llevaron los clérigos españoles toda la vida).

Como venía aterido y en tren de cercanías no había calefacción, para entrar en calor me arrimé a la barra de una taberna e estaba frente por frente de un gran seminario vacío de traza neogótica. El chigrero un rumano por nombre Ventila salió a servirme. Le pedí un aguardiente de los Carpamos zwuiska de 40 grados.

-Bona zwuiva.

-Buenos días.

Se sorprendió Ventila de mis conocimientos de la lengua románica hablada a orillas del Ponto por los soldados de Trajano que guarda su raíz latina en conjugación con muchos aditamentos eslavos y turcos por lo cual conserva una prosodia endiablada.

-Sé también decir Xristós enviat[3].

-Ahora no es Pascua.

-Si me das otro chupito de ese coñac hablaré no sólo el rumano sino el griego, el búlgaro y hasta el húngaro que no es idioma indoeuropeo.

-Birak[4] - repuso Ventila que era de una región del Danubio frontera con Hungría, frotándose las manos. A la legua se notaba que aquel fondista extranjero no era tan cruel y áspero como los taberneros nacionales gente odiosa y encanallada y que sabía seguir la corriente a los borrachos y aguantarlos. No echarlos a la calle o pegarles.

Sin embargo aquel aguardiente de los Cárpatos tenía poco que ver con aquel vino chirle que nos servían en el refectorio los días de fiesta de guardar y con el que ayunábamos el viernes Santo para refrescar el gañote de nuestros queridos domines cuando andábamos a pupilaje. De mis labios surgieron cantos de alabanza al dulce néctar traicionero que pasa bien pero luego habrá que mearlo. Entra acariciando Baco en sus dominios y se apodera. Los que sucumben a los falaces halagos de la bebida saben que no hablo a humo de pajas:

Ave color vini clari

Ave sapor sine pari

Tua nos inebriari

Digneris potantia

Oh felix venter ubi intraris

Et felix guttur

Quam rigabis

Oh felix os

Quod lavabis

Oh beata labia[5]

Y a través de aquellas coplas tabernarias en latín surgió el monje giróvago que llevo dentro de mí. Los parroquianos me admiraban por mi capacidad de ingesta y el don de lenguas aunque estaba inspirado más por Baco que la Blanca Paloma. A sus ojos yo era un resucitado, un español que no se parecía a esos otros españoles taciturnos y reconcentrados en sí mismos del siglo XXI que nada tenían que ver con sus predecesores y me deseaban buena madrugada. Buona diminuta. De todas las horas del día era la amanecida la que más me gustaba. Puerta por puerta de la cantina del dacio estaba la iglesia ortodoxa. Celebraban la navidad. Olía a incienso. Un orfeón esparcía por la nave de la antigua católica preces de un maravilloso y concento retando a las preces que decía deprisa un diacono muy gordo desde el antifonal. Prostérneme en tierra y besé los santos íconos y los ecos de la plegaria diaconal me transportaron miraculosamente al sopista con poca fortuna que había sido hará lo menos quinientos años.

Clareaba el día y Alcalá se había transformado. La vía del tren volvía a ser la estrata romana que había sido durante mil años y los regimientos ilustres como el Villaviciosa XIV volvieron a su antiguo ser de los castra romanos donde practicaban los equites las artes desultorias. Recordando que allí estuvo de asiento la Victrix o la invencible con todos sus escuadrones y acies los cuales dieron el relevo a los tercios viejos los que combatieron en Italia y en Flandes. Por el camino pasaban estudiantes. Me sumergí en aquel bullicio juvenil de mozos camino de la docta casa, la universidad recién fundada por Gonzalo de Cisneros. Y aquel gentío buscando las aulas entremezclado con los escuadrones de soldados que salían al campo a ejercitarse en la instrucción de sus armas me recordó la gran verdad de que la pluma y la espada son hermanas y que la lengua va de cómitre con el imperio. No hay vuelta de hoja. Todos llevaban capa corta, un puñal al cinto, y en la otra cadera colgaban del cinto los cartapacios, las pizarritas los plumieres y los recados de escribir. Confundidos entre la multitud se veía a algún catedrático de mucetas coloradas, amarillas o azules según la disciplina que enseñaran, tocados de la orla con plumas de avestruz. La cátedra de prima comenzaba a las ocho de la mañana. Un bedel somnoliento se acercaba al estrado precediendo al profesor batía sus palmas y formulariamente rezaba una oración luego de lo cual abría las puertas del aula y exclamando en voz alta Propinquate, alumni, lectio incipit se dirigía a los estudiantes y luego al facultativo: magíster, aperta est cátedra . Los pupilos llenaban el aula. Por falta de bancos muchos se sentaban en el suelo. Todos portaban recado de escribir y rayajeaban las palabras del catedrático sobre un palimpsesto en forma de pizarra que luego pasaban a limpio los oidores. Sólo se hablaba en latín. Transcurrida hora y media regresaba el ujier valonado luciendo un espadín y un sombrero chambergo y volvía a dar unas palmadas.

-Satis.[6]

A esta señal el catedrático se quedaba con la palabra en la boca y los alumnos salían al patio en medio de un gran alboroto.

Pasaba entonces un fraile benito cuya presencia de padre del desierto discordaba con la de la alegre muchachada. El benedictino caminaba con los ojos bajos y el rostro inclinado tapándose con la cogulla. Avanzaban todos atropelladamente. Si veían a alguno de su aldea iban a darle los días y a recibir nuevas de la aldea. Los más vivaces espantaban el frío y los sabañones arrojándose bolas de nieve. Uno de los proyectiles alcanzó a un catedrático de hebreo en todo el occipucio. Rodó por los suelos el bonete bisunto en medio de los gritos y juramentos del Dómine en la lengua que enseñaba y el cual yacía por el suelo cual largo era buscando a tientas las antiparras que también se le habían caído y sin las que no veía dos en un burro. Sonaron a su lado carcajadas, maldiciones y porvidas. 

Uno de los tunos dijo:

-Comed nieve de una vez, padre mío, ya que nunca os empacharéis de jalufo.

Montó en cólera el cristiano nuevo y retumbaron excomuniones por la Calle de la Hueva

-Pronto pagareis bien caro vuestras truhanerías. Os vamos a echar del mundo, voto a bríos.

Se encocoró el estudiante el muy cabrito hizo la señal de la cruz, después el buz y acto seguido empezó a gritar al hebraísta:

-Marrano… Marrano. Cómete tus biblias. Eres hereje, luterano encubierto y alumbrado.

Oído esto, el catedrático que debía de ser converso cobró temor y levantándose como pudo y sacudiéndose el barro y la nieve de la sotana tomó el portante y enfiló por una calle adyacente pues alguien había mentado al Santo Oficio. Con la bulla se hicieron presentes los corchetes. Los estudiantes de que los vieron pusieron aina pies en polvorosa. La concurrencia asistía alborozada a la escena y todos se hacían lenguas de la puntería con que aquel bellaco había descalabrado al converso pero al pasar junto al portal de la iglesia de la Compañía le echaron mano los alguacilillos, lo trabaron, manearon y subiéndolo en un asnillo las manos atadas; él caminaba cara atrás como los condenados a muerte y así lo llevaron preso a la cárcel del arzobispo. Cuatro días a pan y agua y cien azotes. Lo soltó el alcalde bajo advertencia de que si incurría en otra travesura semejante de descalabrar a un “judío” iría a galeras. Así que por san Antón la gallina pon. Se había acabado Michelmas y empezaba el de Santomatía. El más frío y desabrido. Estudiantes a estudiar pechando contra los cierzos rigurosos que os arrebatan la capa cuando salís del portal y la nieve y el pedrisco jugaban al chito con nuestros respetivos cogotes cuando no eran gargajos de algún truchimán imbele pero maligno. Había venido yo de sopista con mi amo que era de Soria y que se llamaba don Martín de Agreda y bajo la vigilancia de su ayo Muriel de Torrelaguna el cual por ser paisano del Cardenal tenía fuero. Nuestra lavandera era una tal Doña Guiomar que aparte de la colada se encargaba de planchar el hábito y coser los botones que eran 75 en recuerdo de los 75 azotes que dieron a Cristo. Habíamos venido desde la alta paramera aquellas navidades por muy malos caminos en una recua de jumentos pero con buenas alforjas y provisiones y una no menguada bolsa pues nuestro señor y padrino el Duque de Agreda era hombre rico. Conducía la recua un arriero morisco el cual en cuanto nos descuidábamos nos sisaba hurgando en nuestros bolsillos estando dormidos y el maldito cuando nos topábamos con una cruz de humilladero se reía o le lanzaba gargajos. Iba en su mula cantando lilailas y no faltaban zalemas y abluciones al alba y a la atardecida ante nuestras propias narices. Pasado Almazán nos encontramos con una estantigua que llevaba el cadáver de un fraile que había muerto santo en Andalucía a un pueblo de Castilla. Recalamos en Aranda en una posada donde a mi amo le robaron un crucifijo de oro que traía. Fue un asunto de picos pardos. Don diego se dejó engañar por unas izas que operaban en conchabanza con unos malandrines, el uno era su cohén y el otro su rufián. Era gente muy despiadada como también lo era el arriero morisco aquel Antón Muñoz fanático de Mahoma. Y a la que nosotros bajábamos para Alcalá por el camino real de Francia subían soldados de las últimas leves que iban a combatir por nuestro rey y nuestra santa religión a Flandes. Unos llevaban escapularios que les regalaron sus madres como por ejemplo una imagen de san Vitorino todo llagado después del tormento al que fue sometido en Panonia. Debía de ser bisoño. Un furriel contaba que en la guerra los santos y las reliquias no sirven para nada. Sólo el valor y la fortuna. Pasábamos mucho frío porque los días fueron perversos. Hacíamos hogueras y a veces Antón Muñoz perdía su ruta borrada por la nieve y blasfemando contra todo lo divino y humano perdía el tino aunque no se acordaba del maldito Mahoma. Únicamente de Dios y la Virgen. ¿No ahorcarían a aquel malvado?



[1] Me tocaron unos años difíciles de la transición cuando la globalización mandó al desván al arte, a la literatura, el buen gusto y vino la ginecocracia embalada. Seguía siendo a mis 64 años un escritor en barbecho, un autor en busca de editor.

[2] En Alcalá desde los años 50 está ubicada de guarnición la Brigada Paracaidista

[3] Cristo resucitó

[4] flores

[5] salve color del clarete, salve sabor sin igual, dignate emborracharnos con tu divina potencia. Dichoso el vientre que te porta, dichoso el gañote que regarás, oh feliz boca y dichosos sean los labios que estampan un beso al jarro.

[6] Basta

 

EVARISTO CASARIEGO Y EL LENGUAJE DE LA MAR

 

En Cudillero donde vivo hay dos voces para designar a los marineros y a los de tierra adentro. Unos son pixuetos y los de la aldea caizos. Para él los marinos son de mejor índole que los labriegos.

Esa misma distintiva se da en don José Pereda al referirse a los “pejines” y a los callealteros.

No quisiera meterme en un tremedal en el cual soy lego pues de lenguaje marino aquí el que sabe es Sacha Marqués con toda la cuadrilla de amuravelos con su sermón a vera de dársena el día de San Pedro. Así he sentido una admiración tremenda por la solercia y propiedad de lenguaje que maneja Evaristo Casariego.

Sus libros son perlas del buen decir y del entusiasta conocimiento. Sabe describir como ningún otro incluso superando a Galdós un combate naval en “Con su vida hicieron fuego” cuando la fragata “Mar Céltico” que comandaba el teniente don Francisco Menéndez (Quico) se enfrenta a un transporte moscovita el “Nikolaev” al grito de a quema maquinas y proa a él.

Se rindieron los ruskis, el capitán se pegó un tiro por negarse a arriar pabellón, pero toda la tripulación quedó a salvo al entregarse todos prisioneros.

 A Quico le dieron por la gesta la laureada de San Fernando.

 En esta novela se alude a nordesteadas, al viento borguil, noche celada, rezón, soltar amarras, espaldillas, tolete, chiscón, estaca, aduja, viento de bolina, mar bella. Tomar la barra y lo contrario soltar amarras.

Casariego es admirable no sólo por sus facultades descriptivas también por las narrativas.

No se puede dejar de la mano a esta hermosa novela que es un canto a Asturias y a sus esforzados hijos depositarios de un oficio en el cual trajinaron durante siglos. Estos marineros cantabros enseñaron a navegar a media Europa.

Dice el novelista luarqués al cual lo nacieron por lo visto en Tineo que él prefería el trato de los hombres de la mar a los callealteros por su lealtad y por su religiosidad. Si no sabes rezar entra en la mar.

A este respecto uno de los capítulos más impresionantes es el que dedica al rescate de un grupo de derechistas que huyendo de sus perseguidores se refugiaron en la cueva de Albelda donde sólo podía acercarse el ser humano con marea baja.

Pues bien, zarpa con una motora y remando a proeles se llega hasta ellos.

Subieron y uno de los del grupo se acordó del cristo de los marineros que preside señero el paisaje de Luarca en una ermita colgando sobre el acantilado.

¿Qué hacemos con el cristo? Nos lo llevaron. Treparon  la escarpada senda, desclavaron la imagen del retablo, un cristo con faldellín y a rastras lo bajaron.

 Lo remolcaron a la sirga y así llegaron a otro puerto ocupado por los nacionales, el de Tolones. Este catolicismo a machamartillo fruto de una tradición secular sale a relucir, pero sin beaterías.

“En Febrera los católicos se clasifican en tres grupos: Los que se comen los santos y huelen a cirio e incienso, los que van a misa por compromiso y por último están los descreídos, los ateos” se habla en cambio sin remilgos de un cierto anticlericalismo que el autor debió de padecer dado su carlismo liberal.

 El párroco era un sacerdote sin tacha, pero enseñaba el catecismo a fuerza de sopapos. Sin embargo, si había un enfermo o un pobre en la parroquia acudía a visitarlo y le metía unos duros debajo de la almohada. En las rectorales los días de romería se comía y se bebía a lo grande. A los postres el café con gotes y un buen cigarro puro.

El cura de Canero cuenta una historia que le había ocurrido con un feligrés un carlista vasco que apenas hablaba castellano y trabajaba de carpintero de ribera.

Tenía una bicicleta y muchos días se le veía pedaleando por las aldeas del concejo. Iba a mozas.

 Un día se le presentó una llorando. El vizcaíno la había dejado embarazada y no se quería casar pero al poco tiempo se presentaron más. Hubo hasta cinco a las que había hecho madres. Ellas sucumbieron a sus encantos galantes.

El cura lo llamó para echarle un rapapolvo.

─Pero hombre, Iñaqui, ¿cómo haces eso? ¿Qué tienes tú que las vuelve locas?

Y él dijo:

─Bisicleta, padre, bisicleta de Eibar

Humor típicamente astur. Coña marinera. Habría que leer a Casariego en estos momentos

 

15 de febrero 2023

 ¿SASTRES VIENEN? AL INFIERNO VAMOS. PEDRO SÁNCHEZ EN LAS ZAHÚRDAS DE PLUTÓN

 

 

Quevedo desplace a Menéndez y Pelayo

 

 

 

En el siglo XVII se produce la apoteosis de la lengua española. Los conceptistas la visten de corto buscado la frase pugnaz que deje al aire el concepto mientras los culteranos prefieren escribir largo y pomposo. El epígono del conceptismo es Quevedo. De los culteranos, Góngora. Pese a la interacción entre ambas tendencias los cervantinos quedan al margen. Menéndez y Pelayo escarnece a don Francisco de Quevedo mientras se hace todo mieles para Miguel de Cervantes un escritor que fue considerado el sumo de la perfección pero menos atractivo. Incluso los mas férvidos entusiastas cervantinos jamás habrán leído el Quijote. Entretanto probarán siempre las mieles del Buscón y del Lazarillo. Quevedo diga don Marcelino lo que se le antojé supo pulsar los mejores registros del idioma con sus asimetrías sus antitesis sus exageradas paradojas. Don Francisco nunca se alborota pero pinta en sus paginas la mejor caricatura del barroco. Cuando se aparta de la sátira  nos sale un místico o un moralista como demuestra su libro “La política de Dios y el gobierno de Cristo! O “Vida de Marco Bruto”, en las Zahúrdas de Plutón regresa al humor. Un retablo de los estamentos sociales en la España de Felipe IV. Dejen pasar a los sastres. ¿Sastres vienen? Al infierno vamos cuenta con mucha cachaza el narrador de las zahúrdas una visita al infierno. “Comenzoseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes, fui entrando con unos sastres recién llegados que iban medrosos con los diablos. En la primera morada encontramos siete diablos escribiendo sin parar. Preguntaronme mi nombre, dijele y pasé… llegaron unos remendones y dijo uno de los diablos deben entender los zapateros que el infierno no se hizo sino para ellos, según se vienen  por acá.

Estamos ante un primer plano de la escatología católica, una visita a las calderas de Pedro Botero desde las perspectivas de lo que indica la teología católica sobre los Novísimos y vemos en medio del fuego del infierno a los sastres cortando el paño a los zapateros lesna en ristre y a los cocheros meneando el látigo y pidiendo dineros a los demonios.

En la visita de los chistes vemos al marques de Villena el nigromante ni palabra mala ni obra buena dentro de una redoma donde destilaba sus conjuros hecho jigote.  En estos tiempos donde la patraña hace sus conjuros y unos y otros en la España esperpéntica rinden culto a lo mendaz la lectura de don Francisco de Quevedo Villegas puede resultar recomendable. Pedro Sánchez parece un personaje salido de las paginas del Buscón aunque sin la gracia de aquellos pícaros y perailes. No dice una verdad ni a ciegas y por más que lo aspen. Ahí va por el mundo luciendo sus chaquetillas cortas que están dejando a España con el culo al aire.

 

jueves, 23 de feb

CANTO A GALICIA museo de Cela. La madre del escritor era una bella señora inglesa. Por ese el escritor proclamaba que era medio inglés

 
















 

OSTENSORIO

 

Aquel tragaluz desde donde vigilaba

Por la rendija tus carnes prietas

Escusón de los austrias

Y ahora me arrepiento

De mi gentileza

Pero Xto es la clave del arco

Y a mí el pasado se me atraganta

Malo fui

Y pecador

Trono de Dios

Tabernáculo aristócrata

Una bendición solemne

A la maldad católica

Es reue mich

Besos poselovat para ti

Recuerdos de crueldad

Yo era un lirico

Con alma de romancero

Poco nos val

Ahora me vienen esos pesares

El alma pusimos al retortero

Todo está en venta

 

Beneditio Dei

Hecha la reserva

Dios yace en esa hostia

Ostensorio de la dicha eterna

POR SER AYER SAN ISIDRO ME VOY A LOS TOROS

 ANDE YO CALIENTE, RIASE LA GENTE PERO LA GUERRA CONTRA EL NARCOTRAFICO Y LAS LANCHAS ASESINAS ES TAREA DEL EJERCITO QUE DEFIENDE NUESTRAS COSTAS Y NO DE LA BENEMERITA

 

Toda España practica la moral del avestruz y encerrada en su concha practica la moral de Góngora:

─Ande yo caliente ríase la gente

Pues todos los días de funeral y ahí está la ministra de los papos caídos que no dice nio mu. Que la Guardia Civil se coma el marrón y aguante mecha. Nuestros soldados son para mandarlos a Ucrania o para escoltar los portaviones gringos. Pero bueno saliendo de mi concha más abroquelada que la de un galápago me voy a los toros. La plaza de las Ventas de bote en bote. Suenan clarines y timbales. Vuelve la fiesta. Tres espadas con sus cuadrillas saltan al albero para jugarse la vida frente a seis toros astifinos. 

Son valientes, guapos, derramando juventud y ágiles que cuando aprieta el morlaco ellos de un brinco saltan la barrera. Ayer cogió a un espada y por poco le salta el ojo.

 El diestro fulminó a su enemigo a la primera después de curarse en la enfermería. Pañuelos al viento. Aclamaciones por todas las andanadas repletas y una oreja. El quinto de la tarde prendió a un banderillero. Lo levantó por los aires y rehiletes al suelo. 

Fue un susto pero hay que tener agallas para enfrentarse a esos morlacos cuatralbos. San Isidro labrador estuvo ayer en las Ventas y milagrosamente evitó tres cornadas mortales. Pero esta es España.

 Que siga la fiesta. 

Me fumé un veguero de buena vitola en el tendido y vine contento para casa mientras uno de los diestros abría la puerta grande y era portado a hombros

 

16/05/2026

 CIRUELAS CLAUDIAS

Bebíme un piezgo de sidra anteanoche y hoy me aflige el “clavo” de la resaca. Salí a la huerta, espléndida mañanita de mayo y encontré consuelo mirando para los tres ciruelos damascenos que dan escolta a las hortensias en un ángulo del jardín. Enveraron ya a punto de dar fruto.
Bajé a la bodega y tomé un tarro de mermelada de las ciruelas claudias que ocupan otro lugar árbol salutífero. Tres cucharadas mojadas en vino y se me pasó como por ensalmo la resaca. Confío en los remedios que al pobre mortal ofrece la naturaleza. Según los naturistas la ciruela endrina en su jugosa drupa en tiras de mucilago y carnosidad vegetal lleva un analgésico que hace el oficio de detente bala a los hervores de la ebriedad del día después.
Es un analéptico que restablece las fuerzas esquilmadas por los eufóricos vapores del alcohol. Por esto y por otras razones soy un amante de este árbol rosáceo de flores blancas que vino a Europa desde Siria (el ciruelo de Jerusalén da óptimos cascabelillos los mejores en el mercado pues dicen los Apócrifos que aplacaron la sed de Nuestro Señor cuando le dieron ganas de beber).
Existen cerca de un centenar de especies, de muy diverso sabor y consistencia del parénquima o pepita: Ciruela patrón, ciruela roja y gualda (según la cara donde le dé el sol), ciruela claudia, ciruela sin almendra, delfina, temprana que madura en agosto, de pernigón, mirabel, damascena, de flor negra, de flor blanca, ciruela uterina muy pequeña de una pulgada que madura a fines de mayo, ciruela albaricoque. Y otras muchas.
Sobre todo es de su fruto benéfico y salutífero su arrope. Recomendable para hacer pis y para hacer pos.
El mejor laxante y un remedio cabal contra la anuria óptimo excipiente diurético que recomiendan para la imposibilidad de la secreción urinaria. Que te conozco, ciruelo. Ya lo dice el refrán popular…
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Jorge Iso