2026-02-11

DE MI LIBRO "SEMINARIO VACÍO"

 

NA INFANCIA EN SEGOVIA DE MI LIBRO "eL SEMINARIO VACIO"

Posted: 16 Jan 2019 11:31 AM PST











 

 

 

LA VENTANA DE MI INFANCIA

Yo nací en una ciudad levítica, crecí a la sombra de la torre de una catedral gótica, me dieron en el rostro los sones de sys campans, escuché salmos y cantos de ronda bajando hacia la Hontanilla, dejando atrás la judería vieja, pasando el arco del Socorro. Tiré varetas por las mismas trochas que recorrió Pablillos. Conocí las huellas o las marcas en el camino que dejaron las cáligas de los hoplitas de las legiones romanas, las sandalias de los franciscanos y las zapatillas de los santos. Había una roca cerca de una fuente en mi barrio que tenía una cruz de hierro ya mohosa donde se sentaba Fray Juan cuando subía jadeante desde su convento al beaterio a confesar a las monjes y  donde dicen que Teresa de Jesús se sacudió el polvo de su calzado despidiéndose a la francesa para no volver más. La Fundadora era de armas tomar, Dicen que dijo:    

     -De Segovia, ni el polvo de zapatilla.

Las lenguas de las cotorras mal hablaban de que tenía un lio con su frailuco y medio pues era de corta estatura quiero decir san Juan de la Cruz. Que el refrán advierte que entre santa y santo pared de cal y canto. Claro que santa Teresa era abulense y los de Ávila y Segovia la ciudad rival nunca nos llevamos bien del todo que se diga. Cuando jugaba la Gimnastica con la Unión Deportivasalía la gente a palos en el Campo del Peñascal. Procedemos de una estirpe mística muy devota y a la vez socarrona y pagana aunque de cristianos viejos como el que más. Otros historiadores señalan, al contrario, que somos la mayor parte de raíz de ahí nuestra complicación mental pues de Segovia ni la burra la novia nos achacan los que nos quieren mal. Vaya usted a saber pues se asegura que todos los israelitas de Burgos cuando salieron mal con los de aquella otr ciudad castellana se vinieron a acoger bajo los arcos del acueducto. Se bautizaron en masa y se hicieron hidalgos y caballeros de vieja estampa más papistas que el papa y más españoles que el pupas.

He de decir a tal respecto que nuestro amor a la Virgen de la Fuencisla tan arraigada en nuestras vidas arranca de una pobre judía (nuestra querida virgen debiera ser la abogada contra la violencia de género) a la que su marido acusaba de andar tonteando con un capellán, el sanedrín quiso dilapidarla pero luego cambió de parecer. Hombre sería mucho mejor tirarla por un barranco que nunca faltan por ahí por tejadilla y ahí en eso en peñas escarpadas que marcan las orillas de lo que otrora fuera mar, una mar prehistórico. Y por ahí la defenestraron aquellos malditos. María del Salto se encomendó a Nuestra señora y Ésta la recogió en su manto como si fuese su regazo maternal se tratase. Ella estaba allí al pie de las peñas donde las aves alzan sus nidos y donde un pueblo de amor transido vibra en tu Honor. Me he puesto a escribir una novela que es la historia de mi vida y me sale una salve.

Total que nuestros antepasados se bautizaron en masa y las aguas del  Rasemir se convirtieron en un gran Jordán donde los del Pueblo elegido tornó sus ojos a Cristo. En cierta manera los segovianos nos sentimos un pueblo elegido. Elegidos para la palabra y para el dolor. Si la cruz es un privlegio a nostros nos signaron con ella desde el principio hasta tal punto que sólo a nosotros se nos permite hablar mal de la ingratitud de los elegidos. De raíz conversa eran los coronel y los Davila incluso el propio Torquemada prior del convento de Santo domingo presentaba un origen nada preclaro y converso era Pablillos y el gran historiador Colmenares otro que tal. Que nos nos vengan con alicantinas. Lo que pasó pues pasó.A qué ton eso de meter la reja en la Historia como si fuera la vertedera de un labrador honrado que labra sus campos por La Lastrilla. Los mandiles eran los asesores y los confesores de la Reina Católica y los pincernas de su hermano el infausto Enrique IV que a mí me parece que no era tan impotente como le arguyen aunque aquel rey todo hay que decirlo se aficionó a las costumbres moriscas y estaba rodeado por una corte de jenízaros andaluces. Todos los de la Guardia Mora.  Converso era el sacristán de san Facundo el que entregó las hostias para que las arrojase a la caldera y la sagrada forma empezó a subir y subir por los tejados dando la vuelta giratoria a todo el poblado hasta  ir a parar a la celda de un novicio dominico del convento de Santo domingo que iba a recibir el Viático.. el fraile era tambien marrano como María del Salto como la mayor parte de los obispos, deanes y capellanes que ejercieron en Segovia y como judíos fueron los conquistadores que acompañaron a Colón. ¿Fue verdadera o fingida su conversión? Eso pertenece a los misterios archivados en los anales de nuestra historia. España es al fin y al cabo una locura. Pero una locura maravillosa.

En la mescolanza de los sonidos que bajan de arriba o suben por abajo ecucho los ecos de mi niñez perdida: los cantos infantiles de la rueda y el corro, el son de los viejos romances. Veo subir la cuesta que lleva a la Puerta del Socorro a muchos peregrinos camino de Compostela con la calabaza y el bordón pardas hopalandas. Pardo era el color con los que se vestían los campesinos de la gleba y negro el de los caballeros los clerigos y los domines. Pardos eran los picos de las putas. De las famosas meretrices de Segovia. En mis primeros años conocí los últimos suspiros de Castilla la Vieja. Era un país absolutamente a la España de hoy. Pardos son mis ojos y pardo soy yo hijo de la luz y de la noche. Parda humildad semi franciscana. Don Pablos me estaba haciendo señas desde la otra ventana y traía un libro en la mano aquel protodiacono de los pícaros y me insinuaba tolle et lege. La primera foto que me hicieron en la alameda fue acompañado de un libro. Tenía un libro en la mano el pelo rubio y la barriga algo abultada.

 Pero no maldigamos a los tiempos creyendo el pasado fue mejor pues eso supone una blasfemia un querellarse contra los designios misteriosos del Criador. Yo me forjé una idea heroica del mundo. Caballeresca. Había que salir en pos de un ideal a la búsqueda de ínsulas baratarias a desfacer entuertos defender a los humillados y ofendidos y pelearme contra los gigantes que luego resultaron solo aspas de molino harinero. ¡Qué cosas! Acaso me sumí en un romanticismo trasnochado pero eso ya nada importa.

La sombre de aquella catedral acariciadora y benigna hizo de mí un exaltado de la cruz hasta llegar a la convicción de que sin cruz ni cristianismo no son posibles ni la el amor ni la belleza. Acaso en parte llevase razón pero la cruz no debería jamar imponerse por la espada ni a la fuerza. Bajo el arco oscuro y olendo un poco a húmeda bodega del postigo aquel por donde pasaban los carros y los areneros de Espirdo y los panaderos de Encinillas que subían a vender su mercancía a la ciudad o los curas de teja, breviario y balandrán arrebujado como un tapabocas sobre el pescuezo para no apañar frío en las tarde heladas habían cabalgado los guerreros de la edad media (Segovia enclavada sobre un castro que es todo un baluarte siempre conservó un aire militar, fraguamos país en la lucha contra el moro o peleando en nosotros mismos acabada la reconquista) pero tambien los picaros y los perailes.

 Subían pobres de solemnidad y detrás mujerucas arrebujados en sus mantones. Peleamos contra el sarraceno pero acabamos adquiriendo muchas de sus costumbres en realidad. Todo en la vida es circulación. Ir y venir. Subir y bajar. El eterno metisaca del nacer y morir del engendrar del parir. Arillos concéntricos de la nada. Relojes de sol y clepsidras. El arco del socorro impetérrito entendía poco de cronómetros. Tempus fugit. Pero da igual. La estancia del hombre sobre la tierra no es más que un soplo.

Habían clavado una lápida en lo alto del pasadizo que decía al fran escritor humorista don Francisco de Quevedo autor del Buscón que era de Segovia natural. Efectivamente en una de las casas del cantón tuvo el verdugo municipal su residencia y al lado vivían los corchetes y alguaciles. El corregidor un poco más arriba. Creo que era el mismo edificio donde una comadrona que se llamaba doña Aniana Dios la tenga en su regazo me sacó del vientre de la Juani que las pasó moradas pues la criatura que alumbró pesaba seis kilo doscientos gramos y esa criatura era yo.

Ahora bien tachar de escritor humorista a don Francisco de Quevedo el poeta más serio y profundo de la lengua castellana que sólo pasó al conocimiento del pueblo por sus chistes verdes o los relativos a la coprología (pedos, privadas, eructos y otras bellaquerías que entre dos piedras feroces salió un hombre dando voces adivina quien es pues píntale de verde) me parece un poco precipitado pero acaso responda a una venganza de la historia que ha sido contgando y manejada por quien ha sido contada y don Francisco que acaso fuera de la misma estirpe de los manipuladores acusó a los judios y a los venecianos de ser los grandes conspiradores contra la corona de Castilla. Eso nunca se perdona. Claro está.

Aquel letrero contra el cual disparamos algunos cantazos en nuestra furia iconoclasta y llevados de la ignorante clastomanía de la juventud (hay que destruirlo todo, no dejar títere con cabeza) lanzamos algunas pedradas y todavía está ahí la señal. Mi cantazo hizo una esquilar en un ángulo pero aún se puede leer. La leyenda también le pareció a don –camilo José Cela cuando cruzó por allí un bruma de mal gusto indicio de la estulticia de nuestras fuerzas vivas.

Pablillos pudo ser uno de mis compañeros de juego aquellos niños con los pantalones con remiendo que no gastaban calzoncillos y un solo tirante de mi cuadrilla. Con los que jugaban conmigo al chito a la malla a guardias y ladrones al zorro pico zaina. Juntos entrabamos en las casas deshabitadas en los hospitales de sangre abandonados donde todavía quedaban vendas y jeringuillas y sondas sobre las camillas. De uno en uno nos daba miedo explorar aquellos recintos. Podría haber fantasmas. Y la leyenda clavada en la Puerta del Socorro pienso al cabo de muchos años que selló mi destino. Sus letras gordos pesan aun sobre mi cabeza. Yo iba para santo. Quería ser cura y acabé en escribidor que es una profesión por decir algo y que guarda cierta relación con todo lo relacionado con la picaresca.

Naciera yo a la sombre de aquella catedral divina que se erguía sobre las casuchas de mala nota y las escalerillas donde estaban las puertas marcadas del barrio sefardita. Pienso si mis orígenes no me habrán predeterminado. ¿Habrán sido maldición o bendición? ¿Trajeron suerte o fueron una desgracia semejantes premisas del que busca y se afana y doce al año que viene en Jerusalén, reza salmos, eleva sus ojos al cielo al dio y siempre vuelve sobre sus pasos. Ir y venir que llaman acarrear. Girar y girar. Y venga dar vueltas. Vano empeño eso de buscar la arcadia. El paraíso y el infierno yacen en el fondo de nostros mismos. Son estos empeños frutos de la vanidad y de la locura humana. Cristo sin embargo nos sonríe. Está en las historia. Aunque nos elija solo para el dolor. No para el triunfo ni para la fama o la honra- esa sabiduría me la comunicó Pablillos- porque no somos otra cosa que carne de dolor. Eso no lo entienden ni las mujeres ni algunos paisanos míos. Todos ellos no leyeren jamás el Libro del Bendito Job. Por eso se desperran y no encontraran jamás consolación.

 De esta forma me apareé a mi yugo y me resigné a mi suerte. A veces me parece que he triunfado que soy un elegido que el Santo de los Santos ha escuchado las plegarias de este pobre miserable. Por todo eso y por mucho más muchas gracias, Señor.

En los terraplenes de los adarves de la muralla donde crecían hierbas ociosas, lampazos y parietarias, estaba el edificio. Le llamaban la Casa de la Troya. Acaso este título de una novela de Pérez Lujín definiera el continente y el continente y el contenido fisico así como el carácter de sus moradores. Fue la casa del Gran Matarife. Algún escudo con los atributos heráldicos del Santo Oficio debieran de andar por allí cosa que espantaba a algunos transeúntes a los que entraba  el canguis y de repente se persignaban arreando el paso. Hubo habladuría de que oyeron ruidos de cadenas y clamores de almas en pena pero no era en nuestro edificio sino en la finca colindante donde nadie vivía. Sólo algún gato pero de noche todos los gatos son pardos y algunos de estos bichos pudieran resultar gatos inquisitoriales. Hay que andar siempre con la mosca en la oreja. ¿Fantasmas a mí? No gracias. Temo mucho más a los vivos que a los muertos pero no se puede ir contra corriente ni desbaratar las creencias del populacho. Del rey y la inquisición chitón. Asi que ojo al cristo que es de plata. Paso corto y vista larga.

Entonces no sabíamos lo que era eso. No había aparecido aun en nuestras carnes la llamada del sexo que todo lo desbarata, ni bebíamos vinos aunque nos mofásemos con los borrachos muy frecuentes por aquellos contornos y en aquella porque en Segovia había más tascas y tabernas que iglesias y oratorios que ya es decir ni habíamos empezado a alternar ni a tomar café. Nuestros pulmones y nuestros bandullos estaban todo lo limpios que se puede estar a los cinco o seis años asi como nuestros pensamientos y nuestras almas por más que nos diga que el ser humano viene al mundo con el sello del pecado y siente una proterva inclinación a hacer daño y a mal pensar.

Tambien es verdad que estábamos en estado salvaje o acaso fuéramos el buen salvaje roussoniano limpio de polvo y paja. Triscábamos por la vereda, saltábamos de una peña a otra temerarios en nuestra osadía y despreciando el precipicio que mediaba entre ambas rocas. Jugábamos a la guerra en batallas de moros y cristianos como  podía ser menos en cualquier ciudad española. Organizábamos dreas con los chavales de San Andrés parroquia a la que pertenecían los que Vivian en la puerta ulterior del Arco. Los de la citerior éramos de San Millán. Había verdaderas guerras campales a cantazo al final de las cuales alguna ventana quedaba con los cristales hechos zarzamillo y los dueños traían al delincuente de la oreja abriéndole a su padre el libro de reclamaciones por daños y perjuicios.

     -Son tres reales por el cristal que rompió tu chico.

Y el progenitor ya estaba esperándonos con el cinto. Aquella noche no había cena o mejor  dicho cenábamos de la correa y de los vergajos. Pero Eros y Tanatos no habian asomado aun la oreja y de la política únicamente hablaban los mayores y de sus conversaciones colegiamos la tristeza y desolación las vidas truncadas y los muertos que trajo aparejados aquella contienda fratricida. Las mulas de la  inquisición nos traían al fresco. Hacía muchos años que habían dejado de transitar aquellas sendas. El tizne del demonio sigue ensuciando aun algunas almas negras. No comprendo ese afán de los españoles por cuestionar nuestra historia y entregarnos a disquisiciones que a ninguna parte buena conducen y sólo sirven para enfrentarnos los unos con los otros. Debe de ser porque aun llevamos la ley del ojo por ojo y el diente por diente marcada a fuego en nuestros entresijos displicentes. Buena gana de elucubrar con ucronías y futurismos. Nosotros ajenos a todo eso jugábamos al trompo y a las canicas como si tal cosa.

Aspiraba a llegar a kas estrellas siempre buscando el plano ideal el que marcara la aguja del pararrayos catedralicio allá arriba por encina de los ojos de la torre. Los días de fiesta yo veía sacristanes en camisa volear las campanas sudando oprimidos bajo el peso de los badajos pero había que anunciar el magno acontecimiento de la pascua. Abajo en la plaza los de las charangas lanzaban voladores y don Francisco de Quevedo los ojos cegatos los pies zopos pero la lengua suelta y acerada de un cofrada subía hacia el enlosado muy fatigado el hombre. Se acababa de entrevistar con el Domine en la casa donde no se come ni se bebe. He seguido los pasos de aquel cojo divino genial y tabernario yendo por el mundo un poco telumante de libros y de literatura pegando palos de ciego y de que me cerraran altísimas puertas.

     -A los profetas ya no os hacen caso.

     -Mientras no nos ahorcan seguiré apostrofando.

     -No eres más que la voz que clama en el desierto. Cabezazos contra un muro. Mira que eres testarudo.

Por la calle pasaban algunas monjas un panadero morisco y un cristalero que iba a componer una vidriera que había derribado uno de los pedriscos que suele haber en esta ciudad por las fiestas de San Pedro. Todos se los veía muy afanados las monjitas con los ojos bajos el morisco muy altanero y que no le quedaba en la boca ningún diente portaba a la cabeza una bandeja como una herrada. Por allí cerca estaba el obrador paredaño al convento de las claras. Don Francisco que iba ya harto de vino entró en un cuchitril socavado como una bodega en los mismos bajos del temple al lado de una ebanistería. La entrada de la bodega ostentaba en el dintel un laurel báquico y un letrero que ponía: “más vale aquí mojarse que enfrente ahogarse! Y justo enfrente acurrucado en el lecho del valle donde estaban los pegujares y los tablares lindamente labrados por los hortelanos moriscos con sus arriates y sus caballones adosados en perfecta simetría bajaba el Rio clamores bastante crecido de corriente salvo en agosto. También lo decían el rio Mierdero porque en él desaguaban las letrinas de la ciudad. Sumirse en él debiera de ser buena tortura. Don Francisco llevaba sobre  el chaleco una enorme cruz colorada. Era de la orden de Santiago y aun borracho aparecía siempre en compostura. El mosto nunca le hizo perder la condición de caballero. Me hubiera gustado a mi ser el escudero de aquel sublime beodo. Sus libros aun me siguen emborrando de sabiduría, de piedad y de risa.

Aspiraba a alcanzar ls estrellas. Siempre buscando el plano ideal. Mi vida se enmarcaba en el rectángulo de aquel ventanal balcón que daba a la acera. Esta condición de niño humilde ha marcado mi camino. Anduve casi todas las sendas, hice muchas descubiertas por muchas tierras, pero sobre todo exploré todos los libros y caté los mejores vinos de la tierra. In vino veritas. Sangre de Cristo. Desde lo hondo del jarro el jocundo espiritu de Pablillos el mejor amigo que hubo en mi infancia me hacia momos. Y no eran burlas. Eran señas. Asi cogía fuerzas y cargaba con la gran luna del espejo para irla pasando a lo largo del camino.

Y las campanas tan… tan… tan. Los moros las aborrecían y es una de las muchas cosas que me fastidian de su religión aparte de que no permita beber de lo mejor que da la vida ni comer jalufo wl que no toquen campanas nunca en lo alto de los minaretes. La voz del almuédano nunca tendrá los timbres maravillosos y por eso he llegado a la conclusión de que el cristianismo es la religión verdadera. Sin campanas no puede haber dios y yo escuché muchas horas su dulce repicar. Invitan a la paz, la armonía, el civismo. Algún sacristán en aquellas tenidas en lo alto de la torre se asomaba a descansar y a echar un cigarro contemplando el magnifico panorama que brinda la ciudad. Debía de ser un hombrón pero desde abajo parecía muy pequeñito.

     -Baja un poco el acelerador. No te entusiasmes tanto.

     -La pasión siempre nos vuelve a los hombres ridículos. Ya   se muy bien lo que me quieres decir, zampabollos.

     -Piensa mal y acertarás.

     -Desde luego

Mi vida iba a ser no tardando mucho un descarrilamiento a la carta. Fracasos sentimentales. Problemas laborales trifulcas de todo tipo. Originales para publicar devueltos. Fui un vagabundo sin suerte. Una novia me dejó a la puerta de la iglesia otra me divorció. No sé qué mal hice. No tienes vista. Eres un poco patán. Fracasos sentimentales situaciones decepcionantes. Por los cafés hice el ridículo y hasta las putas se reían de mí en los prostíbulos. Sin embargo yo les decía aguardad que yo escriba. Dadme papel y tinta. La literatura me transformaba en una arcángel. Entonces armado de la flamígera espada de la palabra me convertía en una arcángel invencible, desalmenaba a mis enemigos, les dejaba sin argumentos y sin palabra en la boca. Había una fuerza en mí. Quizás fuera la potencia de la fe.

Descarrilamientos a la carta. Fui pegando bandazos pero estos fracasos son algo exterior hay que fijarse en  lo que va dentro no en el accidente sino en la sustancia. Mi vida osciló a péndulo entre realidades consecutivas y suposiciones metafísicas. Fui don quijote y sancho. Pero ser español significa estar sujeto a esa condición de metamorfosis.                    

Aquella fue la ventanal de mi infancia un balcón que daba a la calle pues vivíamos en un piso bajo. Dicen que no eres de donde naces sino de donde paces y yo pací en muchas partes pero el haber visto la luz primera a la sombra de la catedral y haber abierto los ojos a los paisajes que cercan la urbe fue algo definitivo. Como un sacramento que imprime carácter.

El recuerdo de aquellos años trae hasta mía-recuerdos de un viejo- aromas de la infancia lejana. Percibo en mezcolanza el eco de sonidos de bronce de la campana

 

Aquellas navidades fueron tristes cuando Juanlo se murió. Yo he nacido a la sombra de la espira de una catedral del gótico tardía, alta ebúrnea, encaramada mirando a las estrellas o en dialogo permanente con el añil de los cielos límpidos de Segovia. Cuando voleaban las vísperas de las grandes fiestas  todos los pájaros abandonaban helgaduras de los huecos de la muralla donde posaban sus adarajas los canteros romanos y ahora era habitáculo de golondrinas y de las perennes chovas de Segovia de un altanero y lejano piar y salíanb corriendo mientras se alegraban los rostros y las conversaciones se fundían con el sonido del bronce de la campana gorda que sonaba sólo en dos ocasiones el Día de la Resurrección y el 15 de la Virgen en la solemnidad de Nuestra Señora. Ese día al correr de los años me casé yo. Si la torre de la Dama de las Catedral con sus flamígeros pináculos me parecía inalcanzable las paredes de la muralla romana junto a uno de cuyos cubos se adosaba casi la casa de vecindad donde vine al mundo me poarecía poco menos que inexpugnable.

-Tan. Tan.tan.

El mundo se llenaba del gozo de las vísperas. Ese toque de vísperas o el son más convencional y perfunctorio del anuncio de las horas canónicas los llevo metidos en los tímpanos del alma. Campanas que tocan a veces solas en la memoria. Los niños salíamos a la calle y nos subíamos a las peñas de piedra caliza-en las margas y oquedades sobre las que se alzaban los cimientos de la ciudad aparecían a veces fósiles y animales disecados de formas extrañas, moluscos, valvas, camarones y caracoles que recordaban que un día Segovia fue mar precisamente allí donde se alzaba aquella hermosa y grandiosas catedral, para ver tocar. Los bultos de los sacristanes que accionaban las cuerdas y los badajos desde lo profundo de la cuesta del socorro parecían figuritas de un Belén. Unos puntitos blancos en mangas de camisa.

El haber visto la luz por primera vez bajo la sombra de aquel impresionante gótico tardío creo que imprime carácter. Dejaría en mi ánimo un enervamiento, una tensión hacia la verdad y hacia la belleza que constituyen el principal legado del cristianismo. Para mi la religión es una búsqueda y una añoranza del paraíso. Sin esta noción estética que proyecta sobre el mundo la sombra del ideal como la de aquel cimborrio que lanza su sombra al páramo  y el valle no es posible la vida ni la esperanza. Era hermosa aquella catedral que el mundo debe al genio de Gil de Hontañón. Airosa y joven. Siempre que vuelvo a mi ciudad la encuentro moza como una novia. Un mojón clavado en la llanura que inspira elevación recogida y oración. Cada vez encuentro al mirarla algo desconocido. Produce endiosamiento.

Y otra cosa. Está dedicada a la Virgen. Forja una noción protectora desde la lejanía. Anduve luchando muchos años con las sombras del mundo añorando esa claridad que siempre tuvo la luz de Segovia algo único. Nostálgico del manto de protección de Nuestra Señora que los rusos denominan pokroven una fiesta especial que designan como el Día del Manto. Desde aquel ventanal del número cuatro de San Valentín yo aprendía a mirar a lo alto a escuchar las campanas y a ver como avanzaba la sombra protectora de la torre con el girar del sol sobre el horizonte como un manto protector de la virgen sobre Segovia. Me hubiera gustado ser menos entusiasta y enardecido pero aquella sombra y aquel manto me hicieron como soy. En la muralla había un sillar romano en el que se leía una inscripción. Iuvenalis Iuvenale decía la inscripción. Lo demás estaba borrado por la lluvia que erosionaron el granito. Podía ser una piedra miliaria o acaso aquella piedra formó parte de un templo a algún dios derruido. La muralla romana fue derruida por Almanzor. En la reconstrucción se aprovecharon todos los materiales. Tambien me intrigó aquel letrero. Segovia romana inspiró mi inclinación hacia la latinidad lo que es lo mismo que la catolicidad. Vengo de un origen donde universalidad quiere decir tambien altruismo y un cierto sentido caballeresco / romancesco de la existencia. Tales antecedentes me recluyen e incluyen. Mirar hacia lo alto a la catedral. Había un cipres intramuros que eclipsaba la vista en parte de ka torre. Las tardes de primavera era un nido inmenso de todas las aves del cielo y a mano izquierda estaba el Arco del socorro con el escudo que mandó esculpir el emperador Carlos V en la cara norte y una talle de la virgen de las Nieves en la otra. El postigo había sido derruido en parte pero quedaron en parte los ojos oscuros de los matacanes de vigilancia y las saeteras de lo que debió de ser el cuerpo de guardia.  

  Yo miraba continuamente para la cuna vacía y seguía becando a mi hermano por todos los rincones de la casa.  En el hornacho bajo el fregadero.  La lumbre estaba puesta toda la tarde.  Hizo mucho frío aquel invierno del 47 y hubo fuertes nevadas pero los días fueron alargando, se hicieron más largos y fríos.  Estábamos de luto pero venían visitas y nuestra casa era un filandón de gente a dar el pésame.  Hay que sobreponerse... llegó el abuelo del pueblo con un saco de patatas y judías que madre vendía al estraperlo pero mi madre la Juanique sabía cómo ahorrar la peseta era mujer de buen corazón y gran parte de los víveres que criaba el abuelo Benjamín en el huerto, en el judiar o que trillaba en la era o molía en los molinos harineros iban a parar a los necesitados de nuestra vivienda.  La puerta del sargento Parra y la Juaniestaba abierta y hasta hacían cola y pedían la vez en espera de un socorro.  La cola todo hay que decirlo no era tan nutrida como en el pasillo largo y hediondo que conducía hasta la puerta de la Felisa que recibía a sus visitadores-usuarios en bata de cola.  Las vecinas se hacían lenguas de la generosidad de mi progenitora.

-Ay, señora Juanita, (qué buena es usted!

-Ni mucho menos, Macrina.  Tiene que ser unos por otros.


A su lado no había pobres aunque mi madre tenía su geniecito. Cuando rompía un vaso o tiraba la leche que traía el machacante del cuartel me zurraba cola zapatilla.  El óbito de Juan José había supuesto un duro golpe para ella y creo que empezó a padecer de los nervios.  Yo había quedado como el rey de la casa.  Sin embargo, siempre tuve la sensación de ser aborrecido porque al poco tiempo quedó encinta y nació otro hermano el tercero que siempre sería su favorito.  Al cabo de mucho tiempo pienso que aquel trauma de no ser querido de ser infravalorado o despreciado ha sido un lastre psicológico en mi vida.  Y muchos de los padecimientos psíquicos e inseguridades que me han azotado tuvieron su origen en este interregno entre la muerte de Juanlo y el alumbramiento de Zacarías cuando mi madre tuvo un grave padecimiento de tipo nervioso.  No sé.  Por otra parte tuve la sensación de que mi padre se volcaba con los de fuera y a mí me golpeaba al menor pretexto.  Yo fui uno de tantos niños maltratados de la postguerra.  En las fotos de aquella época que conservo aparezco con los ojos tristones y siempre con un libro en la mano.  Esto de los libros fue síntoma.  A los libros me aferré de por vida.  Los clientes-usuarios de la Felisa aumentaban con el paso de los días y debió de irla bien en su negocio el más antiguo del mundo pues al poco tiempo se mudó a una casa más lujosa en la calle Gascos.  Era una mujer rubia, alta y muy simpática.  Siempre me daba caramelos puesto que el hijo del señor Silvino el militar en la Casa de la Troya era toda una autoridad y me besuqueaba pero a mí no me complacían los achuchones de la Felisa.  Llevabalos labios pintados y el aliento le olía vino que tiraba para atrás.  Desde entonces las magdalenas me inspiraron compasión y una cierta curiosidad.  Yo no sería nunca de los que tiraran la primera piedra.  Tampoco los inquilinos de nuestro bloque que hacían la vista gorda.  Pobre mujer.  A su marido un oficial republicano murió en el Ebro.  Tuvo que dedicarse al arte seguramente no por vicio sino por pura necesidad.  Tenía una hermana la Concha que iba a vender caramelos por toda Segovia.  En las ferias en las procesiones en el âseo Nuevo o en el Salón sonaba la voz aguardentosa de aquella mujer metida en años y en carnes que vendía chuches y el pirulí de la Habanapor un real.

-A ral... a ral... ral.


Era su santo y señas y las buenas gentes de mi ciudad compadecidas se rascaban el bolsillo e iban a comprar a la Concha un cucurucho.  La percepción que tengo de aquel entonces era un vivir como hermanos.  No había pasado más de un lustro de finalizar la contienda y allí no se hacían distinciones entre republicanos y nacionales.  Se hablaba de paz de lumbre de trabajo.  Pero las marcas de aquella guerra terrible quedaron tal vez marcadas en el interior de las almas.  La señora Segunda que me daba cacahuetes por ejemplo.  La recuerdo jorobada y pequeñita subida sobre un tuero del fregadero de su cocina que daba al patio con pozo de brocal y vistas al Pinarillo. Le habían matado al marido en la guerra y a un hijo.  Vivían de lo que sacaba Gabriel el cojo que vendía pipas y cigarrillos en la estación.  Todos los días se le sentía bajar por la escalera a rastras.  Se protegía las manos con una especie de almohazas para no herirse y con rodilleras y subía a su triciclo con un pedal de mano y con su cesta pedaleaba los dos kilómetros que distaban  entre el barrio de la estación y el Arco del Socorro.  Era el único que miraba a los militares con cierta prevención.  Sin embargo, le quería mucho por ser hijo de la señora Segunda una santa él decía.

-Lo pasado pasado, Gabriel, hay que echar todo eso en el olvido.

-Ya.  Pero es muy difícil renunciar a las ideas, mi sargento.


Sin saber que responder mi padre le ofrecía la petaca y fumaban amigables el soldado de Franco y el paralítico republicano.  Gabriel vendía pipas en el andén y cuando regresaba a casa escribía poemas.  Yo tengo sus manuscritos que desgraciadamente no vieron la luz.  Por aquella escalera bajaba  Taito que era aprendiz de albañil y la Tía Carnerita gorda como una tinaja y la voz ronca de aguardiente dejando un rastro de olor.  Uno de sus hijos era ciego y vendía los veinte iguales para hoy y una hija la Carmenhabía tenido un hijo de soltera, Constantinoque era de mi edad.  Lo había engendrado un italiano del que nunca más se supo pero la Serafina la hija mayor de la Carnerita cuidaba de todos ellos.  Fregaba suelos se levantaba a las cinco de la mañana para  asistir y por el verano vendía helados en un puesto que tenía en el Azoguejo.  Estaba cargada de hijos y tenía a su marido en la cárcel. iba a verlo al penal de Cuellar algunos jueves en los coches de línea de Galo Álvarez.  Tengo que decir que mi padre que estuvo destacado en la guardia de soldados que vigilaba el castillo le llevaba  paquetes de comida y lo recomendó al coronel Tomé para que saliera en libertad alegando motivos de buena conducta y además el Iglesias el marido de Serafina carecía de delitos de sangre.  Este hombre llegó a ser en Segovia muy popular pues era buen recitador y en muchos salones de actos se le invitaba como rapsoda.  Su tour de force era el Piyayo de Ganbriel y Galán.

  Aquella ventana de mi infancia oreaba horizontes de melancolía pero nunca el odio que ha aparecido casi setenta años después a menos que ese rencor estuviera soterrado o haya saltado a la palestra de forma interesada a instancias de esas fuerzas oscuras que tienen una trayectoria invisible pera tan malignas como frecuentes en nuestra historia.  Esas fuerzas son las que envenenan la convivencia entre españoles.


Otro de los personajes que subían y bajaban por la escalera de la casa de San Valentín era un guardia civil padre de otro amigo al que aludiré después puesto que el señor Juan, muy serio y muy guardia civil, cuando pasó a la reserva fue contratado como portero del seminario de Segovia.  Le recuerdo siempre serio inmerso en un gran mutismo introducido en su tronera.  En toda la tarde se leía de arriba abajo el Adelantado de Segovia.  Aquella sequedad aquella seriedad escondían un buen corazón  pero tambien un entendimiento cargado de experiencias pesimistas sobre la inclinación al mal de la naturaleza humana que él había vivido a través de su oficio de policía en años muy duros.  Era un hombre enorme alto bien parecido con unas anchas hombreras.  Bajaba las escaleras lentamente com el máuser en bandolera la capa y el tricornio.  Infundía un poco de respeto aquel honrado número de la Benemérita pero daba la impresión de estar amargado por cuestiones que ya he detallado en otro capítulo de esta historia de mi vida.  A la puerta le esperaba el otro número con que hacía la mayor parte de los servicios y salía mauser y escarcela al hombro de correría.  Se llamaba Belinchón.  Pese a su apellido en aumentativo el guardia Belinchón era pequeñito vivaracho y locuaz.  La pareja era un contrapunto.  Parecían la ele y la i pero toda una pareja de la Guardia Civilcirculando por los caminos de España.  Acostumbrados a ver mucho y a pasar fatigas y sinsabores.  Paso corto vista larga y ojo al cristo que es de plata como se suele decir. Casimiro el guardia mi vecino era de rango inferior a Belinchón que lucía una galón rojo en forma de ángulo por lo que antes de iniciar el servicio tenía que cuadrarse y darle la nopvedad como subalterno.

-Sordenes.  Sin novedad, mi cabo.

-Pues adelante con los faroles.

Y La L y la I transfigurados en pareja de la GC desparecían por el postigo del Socorro.  Pero antes una paradita en la tienda del Tío Juvenal que solía invitarles a café de puchero y una copa de coñac.  Se agradecía pero se rehusaba.  La Benemérita no prueba el alcohol cuando está de servicio.  Se les respetaba y acaso se les quería pero también se les temía.  El guardia Casimiro le contaba una vez a papá en una de las pocas ocasiones en que éste rompió su reserva y su mutismo que el peor servicio para ellos no era la lucha contra el maquis.  Era la cuerda de presos.  Alguna vez mirando atrás en su hoja de servicio fue cuando tuvo que conducir desde Puerto de Santa María hasta Chincilla a tres penados que iban a ser reos de muerte.

-Parra, eso sí que es duro.  Se te parte el corazón.  Nunca

te acostumbras- le decía.


Por eso aquella tristeza en el rostro del guardia Casimiro.  La guerra le pilló en Madrid.  Un guardia civil tiene que ser siempre leal a su gobierno.  Luego cuando vio aquel desbarajuste se pasaría a los nacionales.  Sus ojos estaban cansados de tanto testimonio de tristeza de tanto ir y venir en interminables retenes por los caminos.(Cuantos secretos encerrados en el macuto de un guardia civil!  Luego regañaba mucho con su mujer por causa del Antoñita al que nunca consiguió meter en vereda como declararé después.



  De oscurecida pasaban los grandes rebaños de la mesta.  Mil.  Diez mil ovejas.  Creo que hasta cien mil cabezas pasaron por el portón camino del fielato para el pesaje y la alcabala.  Detrás venía el morueco o carnero padre con un cencerro.  A los flancos, guardando la línea, excelentes guardianes de la majada, los mastines, algunos de ellos de una alzada pareja a la de un buche que obedecían las órdenes de los rabadanes, todos con boina, calzados con albarcas y con piales y zaragüelles.  Parecían soldados que la mesta siempre estuvo algo militarizada. Por las noches se sentía ladrar a lo lejos el ladrar bronco y profundo de aquellos perros que desafiaban no sólo al lobo con sus carlancas sino también a la luna.  Contemplaba yo aquel tránsito impresionante de cabezas de ganado, un mar de ovejas. Siempre había sido así.  Desde la edad media hacían vereda delante de aquella casa e iban a pernoctar al Pinarillo cerca del cementerio judío donde estaba el osario o cementerio judío.  En plena cañada real.  Costumbre establecida desde las merindades. Aquel olor aquel tamo que los animalitos levantaban al cruzar la puerta del Socorro de la vieja ciudad amurallada me impregnó del sentir de la historia de mi país.  Un pueblo bronco y mágico y comunero que siempre tuvo muy arraigado el sentimiento de la libertad.  Entraban por la de San Cebrián e iban a dar al puente de Santi Spiritus que cruzaba el Clamores.  La vida seguía y poco a poco dejé de pensar en mi hermanito muerto aunque de tarde en tarde cuando me traían de en cá la señora Antonia la catalana miraba para la cuna suya recién hecha.  Sobre el dosel lloraba un angelito triste pero las sabanas estaban limpias y las almohadas como esperándole.  Al final de aquellas navidades los Reyes me trajeron un caballito de cartón.  Era así de grande tan grande como los mastines de los pastores trashumantes.  Era muy bonito de color gris, los ojos saltones, una silla roja y andaba sobre ruedas.  Tacatatacata.  Con el juego venía una fusta.  Es lo que me hizo más ilusión.  Me pasé dos días cabalgando y no quería bajar del carretón ni a tiros.  Mi alazán tordo gris cabalgaba todos los horizontes.  Los Reyes vinieron ricos.  También me trajeron un camión de bomberos que arrastraría yo por la acera al pie de la muralla.  La hija de la Macrina que era mi amiga me acompañaba en aquellas veladas de la ilusión.  A ella la habían echado una cocinita y una muñeca con la que jugamos a los papás y a los médicos.  Pero la hija de la señora Macrina no me gustaba.  La que verdaderamente me gustaba era otra: era la hija del subteniente Casado compañero de mi padre.  Vivían detrás de la Plaza Mayor cerca del obispado y según la costumbre en aquellos años las familias se solían hacer visitas los domingos y fiestas de guardar.  El visiteo a medida que fue subiendo el nivel de vida y fuimos siendo más rico fue sustituido por el chateo: recorrer diferentes bares de tapas más vulgarmente conocido como alternar.  En la postguerra no daba para tales dispendios de salir a tomar algo.  Ese algo se tomaba en casa.  Siempre con algo más de fundamento.  Se llamaba Merceditas la hija del subteniente y creo que fue mi primera novia mi amor precoz.  Cuando llegaban las visitas a nosotros nos gustaba meternos debajo de las faldas de mesa camilla y nos contábamos cosas.  Hacíamos lo que veíamos hacer a los mayores y nos hablábamos sentados en el hueco del brasero.  También venían los  Tinaqueros que tenían un jijo que se llamaba Cipri y era de mi edad.  Él me enseñço a jugar al guá.  Tenía mucho tino con las canicas que llevaba en una bolsa prendida a la cintura algunas de ellas de mármol. Cipriano sabía silbar muy bien entre dientes.  Me enseñó pero ese silbo maravilloso que hacía él nunca lo pude copiar.  Yo decía cositas a Merce en nuestro escondite de la mesa camilla mientras los mayores hablaban de sus cosas y jugaba a las bolas con el Cipri o a los carreristas.  Los corchos de la cruz blanca dentro metíamos un cromo de nuestro ciclista preferido que solía ser Berrendero o Trueba el ganador de la Vueltaa España torneábamos un cristal a molde del agujero del corcho y luego se  pegaba con jabón y ya estaba listo para dispararlo por una carretera de arena hecha removiendo la tierra con las dos manos en horizontal y hacíamos puertos de montaña y todos con sus correspondientes bajadas temerarias.  El que golpeando al Acarrerista@ con un golpe del dedo índice y pulgar llegaba con su cromo a la meta el primero ése ganaba.  El que se salía de la pista quedaba descalificado.  Así eran los primeros juegos de infancia en la solana de la Puertadel Socorro.  Veía pasar la vida desde mi ventana balcón en el piso bajo pero exterior del número 4 de San Valentín.  Sólo tenía un dormitorio el comedor y una cocina con los techos muy altos pegada a la escalera con una leñera tenebrosa donde yo pensé que habían encerrado durante mucho tiempo a mi hermanito.  La ventana daba a la muralla.  El primer paisaje que vieron mis ojos fueron aquel muro de sillares romanos que arrancaban justamente de la espalda de los peñascos de calizas sobre los cuales se eleva la ciudad.  Los grajos y los vencejos anidaban en las socarrenas o hendiduras que dejaban los andamios.  Las tardes de primavera eran una fiesta de alas negras recortadas de golondrinas en vuelo versátil y exhibicionista alegrando con sus trinos la atardecida.

Si alzaba la vista contemplaba a el capitel augusto de la Dama de las Catedrales una saeta volando al firmamento. Todo era verticalidad e imperial arquitectura. El lugar parecía comunicarte una fuerza interior y un grito de llamada: citius, altius fortius. Os quiero a todos escaladores atletas del Señor. Esa fuerza de la mirada hacia las cosas latía dentro del fanal de un ojo oculto. Era como el grito de una fe ancestral.

Aquel edificio del gótico tardío fue la sede de mis primeras vivencias. De la mano de mi padre subíamos a misa por las viejas callejuelas de la judería casas humildes que parecían acurrucarse bajo el amparo de aquella torre mágica. Los domingos a las once había misa cantada. Tarareaban Tercia los canónigos detrás de la reja del coro de impresionante labra luces apagadas. Por los vitrales policromos de las grandes ventanas encaramadas penetraba una luz lechosa y sobre el gran facistol donde yacían los vetustos y desencuadernados becerros antes de la misa cantada el ángel de los salmos pasaba las páginas. Me impresionaron de siempre y con algo de ellos mi alma quedaría marcada para siempre aquellos librotes, aquella salmodia. Abrid señor mis labios. Dios de Israel seas mi baluarte contra quienes me persiguen. Y los herrajes de cierre y las letras gordas pautando melismas gregorianos. Allí se reclinaban las claves de una música olvidada. El precentor se acercaba con paso leve y cantaba una antífona. Respondía el coro con desgana pero haciendo valer en medio del cansancio la virilidad  de los siglos. En medio de la monotonía de la historia las oraciones sonaban. De tanto pasar página los extremos de los cantorales llevaban la marca de los dedos que tocaron los cantorales sagrados. Sentados en sus reclinatorios o apoyados sobre las misericordias de fina labra aquellos religiosos de capas negras y blancos sobrepellices cumplían la rúbrica y el decoro. Una ausencia se pagaba con una multa de tres pesetas. Siete veces al día. La impronta de los dedos sobre un ángulo de la página hacían estar en los hombres que habían cantado las Horas desde el siglo XII. La familiaridad con el trato divino les había convertido en seres escépticos y deponentes. Cantando era una forma que tenían de arremeter contra las embestidas de la Bestia que acosaba a una humanidad en aflicción: guerras, hambrunas, discordias, muerte, enfermedad, fracasos. Tus alabanzas salgan de mi boca, Señor siete veces al día. Te alabaré desde la aurora hasta el ocaso. ¿Y tu, dios mío, qué me das? Una protección dispensas yo no la veo. Abre, señor, mis labios pero abre también mis ojos. El órgano prorrumpía en sones mayestáticos al final del oficio. En lo alto de la cúpula

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESPAÑA MI NATURA

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LA NOCHE EN QUE EL DIABLO EN SEGOVIA PERDIÓ UNA APUESTA CON EL AMA DEL CURA

 

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Juan de Pacheco el conde de Villena se paseaba por la alameda-yo lo vi- con su casaca verde, jubón de tiras almidonadas la sobrevesta grana para espantar murciélagos calzas de seda rosa almilla de hilo sobre la almilla encarnada, borceguíes de lamé, espada de plata.

 

Estampa de lindo don Gil de las Calzas Verdes la cincha de cuero bien ajustada y sus polvos mágicos dentro de la escarcela.

 

Iba echando humo por los ojos y por la nariz. Fue el primero en fumar cuando aun no se había descubierto el tabaco. Portaba bajo el tabardo hojas disecadas que luego deshilaba y apelmazaba pacientemente con el puño y así liaba sus vegueros de Vuelta Abajo sus, targaninas y sus farias.

 

Me fumo un cigarro puro y que se hunda el mundo. Doy mi palabra que no vale nada. Las palabras son humo que se lleva el viento. Por decir y prometer que no quede. Las obras son otra cosa: obras son amores y no buenas razones. Danos y danos hasta que no te conozcamos, somos la güestia de Fray Jarro. El vino acompaña pero ahí en eso nos mira la Sana Compaña.

 

—Echemos un culín

 

Aficionado a la alquimia, contaban  por Segovia las malas lenguas que resucitó a un muerto en Toledo cuyo cadáver había conservado en formol en su casa de Toledo pero con tan mala suerte que, estando echando al recién resucitado el exorcismo y vertiendo sobre su cabeza el agua de gracia, en ese momento llegaron los mangas verdes. Alto a la Inquisición. Y allí se acabó el invento del quiromántico. El bautismo del resurrecto quedó enmedias res. Alto a la dueña.

 

―Daos preso

 

El diablo se esfumó echando humo por las alquitaras y al marqués metieron preso. Los corchetes miraron por qué Villena que tenía pacto con el diablo no se escapara aunque era hombre gentil y de buenas palabras y por ende decían dél en la corte de Segovia: " el Marqués de Villena ni palabra mala ni obra buena".

 

Tiempo adelante, siguió practicando la magia negra en sus calderos. Con sus adrollas y embustes tenía cautiva la voluntad del Rey Nuestro Señor el Cuarto Enroque. Fue el primer noble en tener tratos con los diablos y concretamente amigo suyo del alma era un diablo cojuelo que era feo y corcovado y que echaba una peste a azufre que tiraba para atrás pero más listo que el hambre lo sabía todo del mundo. La fortaleza de Satanás está en la sabiduría. Es muy viejo y los tratadistas por eso le llaman el cálido y el antiguo. Ha visto mucho al rodar de los siglos.. Sin embargo, el demonio su  punto flaco tambien tiene. Como siempre engaña, se le ve el plumero.

 

Por lo visto fue el marqués de Villena en consorcio con el Heraldo de las Tinieblas el que construyó el acueducto en una noche. Don Juan de Pacheco se había prendado de una moza muy garrida y salerosa cuyo pesar en la vida era tener que bajar al Eresma, atravesando la ciudad, con su cántaro a la cabeza para ir a llenarle de agua a una fuente que llamaban de san Geroteo muy extramuros sita en un calvero del bosque del campillo. Por verano ese raudal se secaba y la moza tenía que bajar hasta las riberas del Parral donde el De Pacheco se estaba construyendo una casa para sus frailes.

 

Águeda se llamaba la interfecta y servía como ama de llaves en cá un cura. Llevaba muy a mal tan trabajoso menester y una noche el diablo disfrazado del marqués de Villena salió a su encuentro y le espetó sin más ni más. Yo te llevaré el agua a la rectoral sin que tengas que ir y venir cada tarde al hontanar. Construiré una larga cañería y podrás tener todo el agua que tú quieras a cualquier hora del día. Aún no se había descubierto el grifo.

 

―Me lo pensaré

 

―Doyte tres días de plazo

 

 ―Al amo he de consultar

 

―A nadie se lo dirás

 

―¿Por qué?

 

―Porque ese cura es andaluz y al andaluz haz la cruz y a mí no me gusta ese garabato, ya sabes

 

―Bueno, bueno ya veremos

 

Sin embargo, allende horas veinticuatro la moza y Pedro Botero concertaron un contrato.

 

―Yo te construyo el albellón que nunca vieron los siglos y a cambio tú me entregas el alma. Serás mía.

 

―Y yo te pongo una condición que la obra esté terminada en una noche.

 

―Vale. Convenido ―dijo Belcebú

 

―Si en ese plazo la terminas yo me casaré contigo

 

El diablo embutido en el cuerpo del Marqués de Villena ya se relamía de gusto ante la prospectiva de gozarla. La chavala ciertamente estaba como un tren o mejor dicho como la carroza de n rey porque a la sazón tampoco se había inventado el tren. Trato hecho. Vengan esos cinco. Cuando amanezca el día de mañana que es viernes tú tendrás llenas tus tinajas y el agua no te faltará para beber, para guisar, para limpias las letrinas. ¿Y para bendecirla? El diablo se puso frenético, porque su mayor horror era el agua bendita, al escuchar aquello y por eso hay tanta suciedad y roña en las calderas de Pedro Botero.

 

Los inquilinos del Orco no se lavan jamás. O eso no. Nunca mentarás tal palabra. Agua bendita.

 

Águeda entonces se persignó y a don Juan de Pacheco por poco le da el telele. Sin embargo a trancas y barrancas y tras muchos dimes y diretes llegarían a un consenso pues famosas fueron en la Castila de su tiempo las ardides y habilidades del marqués. Era el valido de Enrique IV un experto en la forja de pactos y de consensos. Bien pudiera haber sido militante de la UCD y sacando a plaza toda la artillería de sus persuasivas convenció a la moza del cántaro y alma de cántaro a que formase el papel en el que ponía convengo por la presente a ser tu mujer etcétera… si tu me construyes y elevas hasta mi morada la casa de mi tío el señor deán una acequia.

 

El diablo con las prisas y rebosante de lascivia pronto iba a tener a mano una perita en dulce no había leído la letra pequeña y una cláusula que decía que el acueducto tendría que ser levantado en una noche. Selló y lacró el documento con balduque como si fuera un diploma regio o una carta emplomada.

 

 De acuerdo. Tenemos que darnos mucha priesa. Yo a mi disposición tengo cien mil obreros. Esta misma noche, todos estarán en el tajo. ¿Adonde va vuesa merced ahora? Pues a Arévalo, tengo que ver por allí unos amiguetes que celebran una tenida. Comeremos tostón en un mesón de la villa y después del almuerzo vengo volando. ¿Entendido? No faltaba más. Don Juan de Pacheco, como buen ángel caído, poseía el dote de la bilocación. Podía estar en dos sitios a la vez, trasfigurarse en un instante.

 

 Arévalo era un centro de conspiración. Allí por las artes mágicas de quiromante, el marqués podía volar por los aires.

 

habían montado meses antes de este suceso un tingladillo y pusieron encima de un pavés un monigote que era una caricatura del Rey, colocaron en la tarima un monigote  y lo destronaron y nombraron en su lugar como rey de Castilla a su hermano Alfonso XII.

 

Aquella pantomima conocida en la historia como la Farsa del pelele de Arévalo dio lugar a una terrible y sangrienta guerra civil que terminaría con la abdicación de don Enrique y la cesión del trono a su hermana doña Isabel. No hay mal que por bien no venga.

 

Águeda, estando en estas zozobras, cuando Satanás se fue a hacer sus cosas, quedó un poco aturdida y arrepentida. De vuelta a casa encendió una vela a la Virgen de la Fuencisla. Madre de los cielos que libraste a María del Salto de los infames sacame a mí de este apuro Madre Bendita.

 

Y sucedió que don Juan frotándose las manos, después de su aquelarre en la capital de las Morañas, regresó volando a Segovia en el atardecer y allí estaban establecidas as cuadrillas, los picapedreros, los boyeros que transportaban los sillares desde las canteras de Valdevilla, los barreneros, los del buril y del cincel, los carpinteros fumistas. Toda la tropa del infierno se puso manos a la obra.

 

La impresionante estructura con sus mas de ciento sesenta ojos que serían luego una de las maravillas del mundo iba a ser edificada en una sola noche por arte de magia y las tercerías o malas artes de don Juan Pacheco testaferro de Belcebú pero tambien Belcebú con las prisas puede meter. No se había visto tanto trajín. Nadie oyó hablar de tanta pericia en el manejo de la llana el cartabón de la plomada. Los últimos parroquianos de las tabernas de Segovia que con un jaro entre los labios y una baraja entre las manos se asomaban a la puerta de las tabernas e iluminaban con un candil aquella escena. Eran testigos de la gran azofra. ¿Irían a abrir una brecha en la montaña? Bo, dijo un mesonero que se llamaba Cándido y miraba la obreriza parapetado detrás del mostrador de su figón viendo caer monedas al cajón: maravedíes y doblones que les derramaban los soldados en sus consumiciones.  Segovia fue desde los romanos plaza de asiento de las legiones lo que le da un aire mitad militar y mitad castrense. Nos va a hacer un puente un puente que no necesita río― sólo una acequia que va por arriba― pero será una cosa grande. Así habló el mesonero famoso por el cochinillo que preparaba ak horno. Nunca se había visto tanto trajín Previamente con un berbiquí taladraban los lingotes que quedaban acoplados al salmer y al contra salmer mediante taladros de plomo. La cimbra del arco de medio punto era perfecta. Esto es el no va más. Obra de romanos. El diablo se había propuesto devolver a los segovianos una replica exacta de la fabrica que mandó edificar Augusto.

 

Subían y bajaban las piedras elevadas por poleas y otros ingenios buscando el garfio que los juntaba a una velocidad de vértigo. Águeda que espiaba la construcción de rodillas mientras rezaba a la Virgen de la Fuencisla orando ardientemente para que se le perdonase su pecado. Ay, madre, buena, la hemos hecho. Prefería ser la coima del deán a la mujer del diablo y virgencita, virgencita, que me quede como estoy, prometió en aquella febril noche de los encantamientos ir descalza a Compostela a arrodillarse ante la tumba del Apóstol, juró hacer mil limosnas, llevar cilicio un mes, pidió que la emplumaron por haber caído en aquella irrisoria tentación, y a medida que avanzaba la madrugada daba ya la apuesta por perdida. El diablo trabajaba a destajo con una febrilidad que Segovia parecía la noche en que los americanos eligieron a Trump. Nadie se lo creía. Imposible que la hueste diabólica saliera derrotada. Todo te lo daré si ante mí te prosternas y me das alabanzas. Recordaba la frase de Cristo apártate de mí Satanás, vade retro. Sólo a tu Señor adorarás. Ella no había tenido la suficiente presencia de ánimo ante la llegada del diablo que incluso lo llevó en volandas al pináculo del templo y desde aquella atalaya le hizo contemplar todos los reinos y las naciones, el devenir del progreso, el avance técnico y todos los inventos que muchos atribuyen al acumen y la magia del Ángel Caído. Cristo fue tentado y venció. No así el ama del cura. La carne es flaca.

 

Mientras tanto se desarrolló una actividad frenética de golpes y voces que alarmaron al vecindario. Las mujeres salían a la calle en camisón y se preguntaban unas a otras qué pasa qué ocurre. ¿Se acaba el mundo?

 

―Qué, bah. Estamos trabajando. Nosotros somos unos "mandaos".

 

Desde los tiempos del moro Almanzor que destruyó el acueducto romano y de él no quedo piedra sobre piedra no se vio cosa igual. ―Deben de ser los del ayuntamiento que como es verano están en obras y quieren poner la ciudad patas arriba- explicaba a su vecina una dueña descreída.

 

Todo la noche se escuchó el lamento de la lechuza, se sentía volar aves hacia no sé donde y los ruidos de las carrerillas y los reniegos de los obreros llegaban mezclados con un olor a azufre. Los entendidos en exorcismos comentaban que era evidente que por allí andaba el Pateta que volvía a tentar a Nuestro Señor Jesucristo... todo te lo daré si te prosternas ante mí y me adoras.

 

Las legiones infernales habían subido a Segovia y se habían puesto manos a la obra. Iban los areneros arrimando material. Los esportilleros porteaban yeso en sus artolas. Los boyeros vascos llegaban de los montes arrastrando piedras.

 

En lo alto del andamio estaban los encofradores del barrio de San Lorenzo muy duchos en albañilerías todos ellos moriscos y que para mayor honra de Alá desobedecían a los maestros de obra y revocaban las fachadas sin colocar jamás la figura humana o animal porque dice el Coran que eso es idolatría y esgrafiaban los muros con gran pericia y paciencia experta poniendo unas simetrías que simulaban los brotes de pámpanos y arrequives floridos, de una geometría esotérica y al revés. Para hacer más llevaderos los trabajos canturreaban lilaila y aires de su tierra que los cristianos no entendían. Eran jarchas. Pero allí osaban los areneros de Tejadilla con sus carromatos, los panaderos de Encinillas con sus bodigos para que comiera el personal. Don Juan había mandado traer tallistas orensanos, rudos mozallones trabados de hombros como bargueños y altos como castillos con la cabeza grande y las narices romas.

 

Ellos hablaban en su fala añorante. Uno le preguntó a otro que cual fue la causa por la cual fue condenado al fuego eterno.

 

-Eu carayu. ¿E tú?

 

Un gallego no cambia su estructura mental e incluso en el infierno; es capaz de responder a una pregunta con otra pregunta. Y el que quiera saber más que vaya a Salamanca. Los dos personajes permanecían subidos a una escalera. Nadie podría saber-así eran de prudentes- quien de los dos subía y quién bajaba. Pero los dos machacaban el canto con suma destreza. Uno de aquellos orensanos debía de ser pariente de Mariano Rajoy con su filosofía de que "el que aguanta gana".

 

Una meiga se acercó entonces al grupo de los gallegos y les entregó una orza que más bien era un cántaro llena de ribeiro. Tras algunas libaciones los galeotes de la galaico cornisa empezaron a parlar a puñados y se mostraron dicharacheros y amables los que antes anduvieron reservones. No hay nada como una buena jarra del de Rivadavia y una empanada de hojaldre para hacer decir a un gallego lo que piensa. Ah la mia mai, so fillodo demo... El gallego preguntado subió al patíbulo condenado a muerte por un juez eclesiástico. Había matado al obispo de Compostela por haberle encontrado encamado con su mujer. El preguntante había sido cuatrero pues procedía de la zona donde se celebra la rapa las bestas. Lo pescaron en una feria de Medina con una partida de cien acémilas robadas. Fue sometido a tormento de amputación de las dos manos por amigo de lo ajeno. Con tal de tomar un poco el aire y respirar los vientos de Segovia que le recordaban los airiños verdes de a sua terra no les importó tomar parte en aquella magna obreriza aunque el Marqués de Villena les estaba haciendo trabajar como burros. Eso de construir el acueducto en una sola noche, tela marinera. ―Largo me lo fiáis. Eu carallo.

 

Las cuadrillas de vizcaínos también eran muy interesante y aunque no armaban tanta bulla como los de las Rías Bajas, pues es su costumbre hablar bajo y cantar alto se distinguí por el esmero que ponían con sus yuntas de bueyes en el acarreo de las moles de granito. Cruzaban apuestas sobre cuál era la mejor yunta de bueyes y a ver quien llega antes. Hablaban entre ellos su gacería sin que les entendiese nadie. Venida la alborada, estuvieron ya casi todas las arcadas dispuestas. Y sólo faltaba un arco cuando el sol empezó a lucir por las quebradas de la cordillera. El diablo perdió el pleito y la dama del cura se puso tan contenta que decidió como agradecimiento abandonar el mundo y profesar en  Santa Rita. Llegaría a ser tutora de la Reina Isabel de Castilla y fue nombrada abadesa. Todos en Segovia contaban como una hermosa leyenda la historia de aquel milagro y cuando oían hablar del Marqués de Villena escupían para arriba. Ah el Marqués de Villena ni palabra mala ni obra buena.

ESPAÑA MI NATURA

UNA INFANCIA EN SEGOVIA DE MI LIBNRO "eL SEMINA